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versión impresa ISSN 0254-1637
Argos v.23 n.44 Caracas jun. 2006
Intencionalidad y representación errónea en la teoría filosófica de Daniel C. Dennett
Intentionality and wrong representation in Daniel C. Dennetts philosophical theory
Juan José Colomina Almiñana
Doctorando Universidad de Valencia, España jjcolomina@hotmail.com
Resumen: El propósito de este trabajo es doble. Por una parte, quien escribe pretende presentar un mapa conceptual de la teoría evolucionista de la intencionalidad derivada, que Dennett ha defendido por varias décadas y que concreta magníficamenteen sus últimas publicaciones. Por otra parte, el artículo intenta mostrar que las tesis dennettianas son coherentes dentro de su sistema de naturalización de la filosofía.
Palabras clave: Daniel C. Dennett, intencionalidad derivada, representación, significado, evolución, lenguaje.
Abstract: The purpose of this work is double. On the one hand, the author aims at presenting a conceptual map of Dennetts evolutionist theory of derived intentionality that he has defended for several decades and that he magnificently defines in his last publications. On the other hand, the article tries to show that Dennettian theses are coherent within his system of philosophys naturalization.
Keywords: Daniel C. Dennett, derived intentionality, representation, meaning, evolution, language.
Recibido: 4/3/06, aceptado: 3/5/06
"A medida que continúa el proceso evolutivo los organismos que sobrevivan serán aquellos que causalmente reaccionen en forma diferente a estímulos diferentes, aquellos que discriminen".
Daniel C. Dennett,
Contenido y conciencia (p. 97, cursiva mía)
Tal vez la idea más controvertida de la filosofía de Daniel C. Dennett sea ésta: los seres humanos no son más que mecanismos dotados de intencionalidad derivada configurada por la evolución de las especies. Esto ha sido considerado por algunos como una afrenta porque relega al humano al estatus de simple artefacto: las acciones del ser humano, así, no responden a sus propios intereses sino que se ven programados por "agentes internos especializados para recibir la información disponible en la periferia del cuerpo" (Dennett, 1996a, p. 102) que constituyen. Es decir, el ser humano queda relegado a un simple compuesto de pequeños sistemas intencionales organizados según los propósitos de la evolución, propósitos que por otra parte son ciegos. Sus críticos apuestan por la renuncia a este tipo de intencionalidad: un ser humano dispone de intencionalidad real o intrínseca, de lo contrario no pasaría de ser un mero zombie sin voluntad ni decisión. Esta crítica apuesta también por denunciar la anti-intuitividad de dicha tesis: según el sentido común, los humanos nos sabemos como libres y responsables de nuestros actos, realizamos nuestros movimientos según nuestras propias intenciones.
Los estudios de Daniel C. Dennett, a pesar de sus fines puramente filosóficos, pueden encuadrarse dentro del campo de las ciencias cognitivas. Por su naturaleza multiforme, esta disciplina combina metodologías, teorías y conceptos pertenecientes a diversas disciplinas, disciplinas no siempre fácilmente compatibles pero, nunca, excluyentes. En pocas palabras, el estudio de las tesis de Dennett obliga a que nuestra investigación sea interdisciplinaria: nos involucra con terminología filosófica y científica y nos obliga a emplear diversas metodologías (biología, neurología, psicología, etc.) para hacer justicia a la profundidad de los pensamientos trasmitidos en los escritos de nuestro autor, profundidad que se irá abriendo paso a medida que avancemos en nuestra investigación y vayamos enfrentándonos a los problemas y los conceptos.
El mito de la intencionalidad intrínseca
Darwin revolucionó al mundo al introducir la teoría de la evolución. Dicha teoría afirmaba que todos los seres son producto del proceso de selección natural iniciado, no por una Mente Universal ni por una Inteligencia Divina, sino por la acumulación aleatoria y arbitraria de modificaciones ambientales indicadas por algoritmos; éstos permitieron la configuración de un cierto tipo de orden, una rutina, capaz de crear, desarrollar y evolucionar cierto tipo de organismos que consiguieron elevarse hasta la posibilidad de controlar su propio desarrollo.
Este proceso de evolución, en principio arbitrario, acabó por conformar unos organismos con una cierta distribución fenotípica (una cierta organización genética y bioquímica) capaz de albergar mentes primitivas (proto-mentes), mecanismos capaces de hacerse cargo de sus propias modificaciones. Esto permitiría explicar de modo sencillo el paso del diseño natural al (re-)diseño inteligente controlado por el mismo individuo. Pero, ¿cuál es el problema? La explicación naturalista (científica) del nacimiento de la mente humana desmitifica el mundo humano, porque esta tesis desmiente la idea de la folk psychology (psicología popular) que afirma que el ser humano es libre porque es capaz de causar sus propias acciones. En realidad, el ser humano no es libre de actuar libremente de este modo porque no elige sus propias acciones, sino que tan sólo responde a la configuración que realiza por él su propia historia cognitiva, lo que restringe su ámbito de acción.
El desarrollo se produce de modo ciego pero no de modo desordenado. Los organismos primigenios son modificados aleatoriamente para probar su resistencia al entorno en que habitan: aquellos diseños que funcionen se potenciarán, los que no funcionen tenderán a desaparecer. En palabras de Henry W. Beecher, "el diseño al por mayor es de mayor grandeza que el diseño al por menor" (citado en Dennett, 1995, p. 100). Pero, si el supuesto orden no viene establecido por una intencionalidad superior, ¿cómo pudieron evolucionar los organismos mejor diseñados? Esto es, si negamos la existencia de lo que Locke llamó Mente Universal, ¿a quién podemos atribuir el objeto de la evolución?
El relojero ciego
Como hemos defendido hasta ahora, el punto fuerte de la teoría evolucionista (teoría que Dennett hará suya) es la afirmación que dice que la evolución actúa (en palabras de Richard Dawkins)1 como "un relojero ciego": la evolución posibilita el caldo de cultivo que permitirá la posibilidad de un auto-desarrollo en los individuos, un desarrollo que no viene delimitado por leyes rígidas ni estrictas que marcan el recorrido, sino que viene delimitado por la imposibilidad de cometer incompatibilidades. Es decir, las partículas bioquímicas que componen todo individuo no pueden mezclarse sin más, sino que suponen una cierta normatividad externa indicada por las enzimas que las componen y que permiten, a la vez que restringen su posibilidad de unificación en partículas más complejas. Dennett emplea una metáfora: es como si cada partícula tuviera una puerta que sólo puede abrir quien posea la llave adecuada. Esta unificación sí que es aleatoria, ya que depende del caso concreto de cada partícula el que llegue a unificarse (o no) permitiendo constituir, así, mejores estructuras.
¿Cómo debemos entender este proceso de unificación y desarrollo? Muchos han supuesto que lo que Dennett (y otros evolucionistas como Ruth G. Millikan)2 defienden cuando hablan de este tipo de superación biológica es una determinación física. Pero nada más lejos. Dennett apela a la genealogía para explicar la complejidad de dicho fenómeno: del mismo modo que en ingeniería se recurre a la reversión para analizar los proyectos de la competencia, también los organismos recurren a esta estrategia (es decir, también los organismos biológicos inspeccionan su estructura para analizar el desarrollo que sea óptimo para su supervivencia); porque los organismos son productos de diseño creados indirectamente por el entorno en conjunción con su propia distribución interna (producto de su anterior desarrollo), que no responde más que a los intereses de supervivencia que la evolución depositó ciegamente en el inicio. Los organismos se desarrollan según conviene para sobrevivir. Pero esta declaración corre el peligro de ser malinterpretada: lo que Dennett pretende decir es que el organismo no se adapta al ambiente, sino que los organismos se modifican a sí mismos (o son modificados) o se auto-diseñan sólo según el modelo que viene codificado en su genética (que debe ser entendido en un sentido amplio y abierto y no en sentido restringido y cerrado); y si su nueva estructura reacciona bien en el ambiente, se verá potenciada por su funcionalidad. Esto es, los organismos parecen comportarse, a menudo, de tal modo que podemos comprender y explicar dicha conducta como intencional (Dennett, 1987a, p. 27).
Esto desmiente toda pretensión de mitificación del proceso por el cual apareció la mente humana. El ser humano es uno más de los organismos evolucionados. Como todas las demás criaturas, también el hombre comenzó sus andanzas a partir de la ordenación delimitada por los algoritmos de la evolución, sólo que su evolución le ha permitido llegar hasta un punto en el cual parece tener cierto tipo de intereses. Pero dichos intereses no son suyos propios sino que vienen determinados por toda la estructura fenotípica que dicho individuo posee, estructura que (recordemos) en un principio fue pasiva y moldeada por la acumulación aleatoria de los algoritmos de la evolución. Por lo tanto, concluye Dennett, la intencionalidad real o intrínseca que muchos parecen atribuir al ser humano es una ficción y cualquier intento de fundamentarla no es más que un intento de creación de ganchos celestes (Dennett, 1995, p. 102), de fundamentar ideas en hechos trascendentales sin ningún tipo de evidencia empírica. Si algo explica la existencia de la intencionalidad esto es el proceso evolutivo entendido como progresiva elevación de grados de refinamiento en los fenotipos estructurales de los organismos, elevaciones realizadas mediante grúas concretas (como capacidades añadidas o recursos aleatorios) que permiten una explicación a las nuevas actitudes y conductas (Dennett, 1995, p. 116), aunque más desmitificada y desencantada, de cómo realmente llegó el ser humano a poseer una mente capaz de representar objetos; grúas en tanto metáfora de mejoras en la adaptación de órganos y derivados. Pero como hemos explicado, dichas representaciones no son directamente elegidas por los individuos, sino que son producto de la cognición que posibilita el conjunto evolucionado de su sistema, son producto de la evolución. Por lo tanto, el ser humano (aunque parece que actúe siempre según sus propios deseos y creencias) tan sólo puede disponer de una intencionalidad derivada.
Criaturas biológicas y creaturas IA
Dennett comienza por denunciar los 25 años durante los que el cognitivismo pretendió ser la única respuesta posible al problema de la mente.3 Este Computacionalismo de Alta Iglesia (Dennett, 1987b, p. 60) pretendía responder de modo mecánico a las pretensiones de simulación de capacidades cognitivas humanas, indicando que los estados mentales y la conducta de los sujetos se debían al procesamiento de fórmulas sintácticas capaces de relacionar de modo causal entradas y salidas de datos de modo unidireccional. Pero esta ortodoxia no es capaz de salvar dos lagunas. En primer lugar, no logra salvar el problema que plantea el (llamado) cuello de botella de von Newmann4 ("el procesamiento de información simbólica se basa en reglas secuenciales que se aplican una por vez", Varela, 1990, p. 55). Si los humanos procesaran las órdenes mentales de una en una, el procesamiento de información se ralentizaría, algo que desmiente la intuición que indica que un humano procesa la información muy rápidamente. En segundo lugar, el cognitivismo también considera que "el procesamiento simbólico está localizado" (Valera, 1990, p. 55), que cierta información se encuentra en sitios localizables del cerebro, algo falso porque cuando se dañan ciertas partes del cerebro, el procesamiento de información encuentra vías alternativas de comunicación (como, por ejemplo, la potenciación de las reacciones galvánicas de la piel).5 Estas lagunas pueden solucionarse si, en lugar de establecer sistemas lineales de procesamiento de información, se opta por un sistema de procesamiento distribuido en paralelo, un sistema que permite el procesamiento de distintos algoritmos al mismo tiempo. Aunque la solución de Dennett parte de este supuesto, su respuesta final pasará por considerar un centro de conciencia no localizado ni centralizado, sino distribuido y complementado por toda la red cerebral y neuronal.6
Como hemos dicho, Dennett insiste en la afirmación que defiende al humano como un ser intencional.7 Los humanos son sistemas más o menos complejos de células cuyo comportamiento puede ser analizado, comprendido y explicado como respondiendo a cierto tipo de creencias y deseos (y a otros estados mentales); esto es, su conducta puede ser explicada apelando a actitudes proposicionales. El problema surge cuando intentamos unir esta tesis de la existencia de sistemas intencionales con la polémica tesis dennettiana que afirma que los humanos son también artefactos, sólo que desarrollados según los algoritmos de la ley de la evolución. Entonces, como cualquier artefacto, el ser humano tan sólo posee una intencionalidad derivada, lo que obliga a que esos deseos, razones, creencias, etc., a las que parece responder el sujeto, en realidad son extrínsecos al mismo.
¿Por qué plantea un problema la intencionalidad derivada?
Es famosa la polémica que Dennett sostiene con varios filósofos de renombre acerca de la intencionalidad.8 Como él mismo confiesa (Dennett, 1987a, p.255), en una de las muchas discusiones que llevó a cabo con Fodor acerca del problema de la representación errónea,9 se le ocurrió simplificar al máximo las situaciones en las que se llega a un error en la representación de un estado (mental), recurriendo a un sencillo mecanismo expendedor capaz de aceptar (o no) monedas. Fodor argumentó que el caso es irrelevante porque de lo que se trata es de ver cómo es posible el error de representación en seres que poseen intencionalidad original y no en meros artefactos dotados con intencionalidad derivada. Dennett preparó un pequeño escrito (revisado y reeditado como el capítulo 8 de Dennett 1987a) en el que defendía, por un lado, que los artefactos poseen una intencionalidad derivada y, por otro, que los seres humanos no somos más que artefactos (sólo que más sofisticados) modelados según las leyes de la evolución.
La reacción no se hizo esperar. Toda una serie de filósofos (Searle, Fodor, Chomsky, Dretske, Burge y Kripke, entre otros) replicó a su artículo afirmando que el hombre posee intencionalidad original: esto es, y en palabras de Dennett, considerando que "nosotros [los hombres] somos significadores sin significado" (Dennett, 1987a, p. 255). La teoría de una intencionalidad original afirma que el genuino agente es aquel capaz de significar por sí mismo todo aquello que hace: ningún artefacto (por muy sofisticado que sea) podrá jamás lograrlo, ya que sólo será una herramienta con el propósito de , capaz de hacer como si , fabricado para satisfacer intereses y necesidades programadas en un software por un diseñador externo, lo que indica que los objetivos que (aparentemente) presente no serán genuinamente suyos, sino que derivarán de aquellos originalmente instalados por el programador.
Dennett comprendió entonces que el problema de la representación errónea sólo se plantea en aquellas teorías que conciben que los hombres poseen dicha intencionalidad original. Para demostrarlo, Dennett se apoya en una serie de ejemplos, que además le permiten afirmar el carácter derivado de la conciencia. Concibamos una máquina expendedora de refrescos con un dispositivo (llamado two-bitser, porque tan sólo está formado por dos bits de información) capaz de discriminar monedas de 25 centavos de dólar de todo aquello que no lo es. Su intencionalidad es derivada porque sus constructores la diseñaron para ese fin. Cada vez que se introducen 25 centavos de dólar, el dispositivo las acepta y entra en el estado Q, pero cabe la posibilidad de que alguna otra vez pueda entrar en el estado Q cuando se le ha introducido otra cosa que no es una moneda de 25 centavos de dólar. Así, es posible que la máquina pueda representar erróneamente el estado Q porque puede saltar a pesar de no ser una moneda de 25 centavos de dólar lo que se le introduzca (al igual que puede ser que alguna de las veces que sí se introduzca una moneda de 25 centavos de dólar, el dispositivo no entre en el estado Q). Pero no se plantea aquí ningún problema porque, como hemos dicho, este dispositivo sólo tiene una intencionalidad derivada. Digamos que tan sólo podemos decir que las entradas del dispositivo en el estado Q son equivocadas o acertadas si partimos del supuesto de que somos nosotros, los constructores del dispositivo y los usuarios, los que interpretamos que lo son; es decir, si partimos del hecho que afirma que dicho dispositivo discrimina realmente monedas de cuarto de dólar porque es nuestra intención que así sea. Por supuesto, el dispositivo cometerá errores, entrando equivocadamente en el estado Q, pero tan sólo puede ser catalogado como error por nuestra intención depositada en el dispositivo (seguramente, tanto los constructores como los dueños del dispositivo también tendrán la intención de que dicho artefacto sea lo más preciso posible, por lo que continuamente estarán trabajando en su perfeccionamiento). Hasta este punto, todos los críticos estarían de acuerdo con Dennett, ya que todos consideran que los artefactos disponen de una intencionalidad derivada.
Consideremos ahora que la misma máquina es llevada a Panamá. Su funcionamiento es idéntico: cuando alguien introduce una moneda, el dispositivo debe detectar que es la moneda adecuada y proceder para expender una lata de refresco. Sólo hay una modificación: en Panamá, la moneda en curso es el balboa (de idéntico valor al dólar), por lo que en lugar de tener que identificar monedas de 25 centavos de dólar, el dispositivo ahora debe detectar monedas de 25 centavos de balboa. Cada vez que alguien introdujese una moneda de 25 centavos de balboa, el dispositivo two-bitser entraría en un estado físicamente idéntico a Q. Entonces, ¿por qué negar que cuando se le introducen 25 centavos de balboa (sabiendo que están fabricados con los excedentes de stock de monedas de 25 centavos de dólar norteamericanos) no entra en el estado Q, sino que entra en un estado QB? Porque no fue esa la intención de los constructores. Los programadores del dispositivo two-bitser pretendían construir un dispositivo capaz de discriminar monedas de 25 centavos de dólar y no monedas de 25 centavos de balboa. Pero a pesar de que el dispositivo two-bitser no fue creado para discriminar monedas de 25 centavos de balboa, también funciona para este propósito. Esto quiere decir que, desde el punto de vista intrínseco, nada en la constitución del dispositivo que permite identificar monedas de 25 centavos de dólar permite diferenciarlo de un dispositivo construido intencionalmente para discriminar monedas de 25 centavos de balboa, ya que ambos responden satisfactoriamente al propósito de identificar el mismo trozo de metal por peso y tamaño. Es decir, responden adecuadamente a la misma función. En realidad, el estado físico (ya sea Q o QB) en el que entra el dispositivo cada vez que detecta una moneda, no significa nada, porque no responde a ninguna intencionalidad original. Tanto para Dennett (como para Millikan),10 que el dispositivo two-bitser trasladado a Panamá pueda situarse en el estado Q o en el estado QB depende de si el encargado del traslado de la máquina expendedora de bebidas que lo contiene lo hizo por la capacidad del dispositivo de identificar monedas de 25 centavos de balboa. Si no es así, el estado en el que el dispositivo se situará cada vez que se accione será Q; pero si fue ésta su intención, entonces el dispositivo cada vez que salte se situará en el estado QB. Se mantiene así la hipótesis de la intencionalidad derivada en los artefactos: en el primer caso, el dispositivo entrará erróneamente en el estado Q cada vez que alguien introduzca en la máquina expendedora una moneda de 25 centavos de balboa; en el segundo caso, el dispositivo representará correctamente el estado QB, pero estará sujeto a posibles errores al representar el estado QB. Sólo podemos decir que dicho artefacto detector responde adecuadamente a su función porque satisface la intención (derivada) de los constructores, los propietarios y los usuarios de la máquina expendedora en la que está instalado. Esto es, sólo podemos afirmar que un artefacto muestra (cierto grado de) intencionalidad si responde satisfactoriamente a los propósitos que se sitúan en su contexto (en este caso, cumplir la función que sus constructores, propietarios y usuarios esperan de él como detector de monedas).
Hasta aquí todos (tanto Dennett como sus críticos) están de acuerdo, incluso los críticos aceptarían las conclusiones porque el dispositivo two-bitser aparece caracterizado como un artefacto construido para un propósito, lo que lo dota de intencionalidad derivada. Pero los críticos comenzarían a disentir cuando aplicamos la misma estrategia a otro tipo de organismos no-mecánicos.
Dennett ofrece otro ejemplo. Basándose en los experimentos de Lettvin, Maturana, McCulloch y Pitt sobre el sistema visual de las ranas,11 afirma que la indeterminación funcional que facilita la adaptación de los estados cognitivos de las ranas (estados que les permiten discriminar entre aquello que es comestible y aquello que no lo es) permite una explicación para la evolución de la intencionalidad.Las ranas disponen de un sistema visual adaptable (mediante un hecho evolutivo denominado exadaptación) 12 que les permiten funcionar de modo eficaz a la hora de alimentarse, porque su percepción de algo identificado como comestible permite activar un cierto estado mental (algo así como "veo ahí comida ahora") que permite disparar la base de su lengua con precisión para atraparlo. Esto indica que, a pesar de no concretar qué sea aquello que observa (ya que se dispara el mismo estado si lo que se presenta es una bola negra, una mosca o una mancha), el cerebro de la rana responde adecuadamente a los estímulos visuales adecuados permitiendo activar los mecanismos necesarios para su alimentación, lo que permite la supervivencia del organismo. Esto, según Dennett, permite desmitificar el esencialismo de la intención: la intencionalidad no puede ser original, ni puede darse a priori, ya que depende de la adaptación del individuo a su entorno exterior. Si el significado de qué sea realmente lo que signifique dicho estado mental es indeterminado, sólo puede concretarse mediante una intervención externa, por lo que la intención (aparente) de una rana de disparar la base de su lengua para alimentarse no puede nunca ser intrínseca, lo que viene a respaldar la teoría que indica a estos organismos como artefactos, ya que responden a estímulos externos por medio de respuestas internas. Tan sólo nuestra interpretación de la conducta de la rana cuando intenta atrapar algo que no es alimento (esto es, cada vez que algún contenido visual causa la activación de la base de su lengua) permite identificarlo como un error representacional.
Hemos visto cómo tanto los artefactos construidos por el hombre como los organismos biológicos nohumanos pueden considerarse como sistemas con intencionalidad derivada, y sólo se les puede atribuir errores representacionales en tanto son sometidos a una interpretación por parte de aquellos que pueden aplicar la estrategia intencional. Pero, ¿qué ocurre con los humanos? Los críticos de las tesis dennettianas consideran que un humano no sólo es capaz de representar objetos, o de entrar en estados mentales como Q o QB, sino que (y esto es lo importante) son capaces de reconocer en dichos estados un significado en sí mismo; y no porque dependen de algo externo, sino que dichos estados intrínsecamente significan algo profundo (visto desde un punto de vista internista). O bien que el significado es algo real con existencia independiente de los humanos particulares (visto desde un punto de vista externista), lo que les permite concluir que los humanos tienen una intencionalidad original. Para tratar esta cuestión, suelen recurrir al experimento putnamiano de la Tierra Gemela.13
Pensemos en un individuo al que mientras duerme se le traslada a la Tierra Gemela. Al despertar, mira por la ventana y al ver un caballo se le dispara un estado mental, "caballo". Lo que ocurre es que en la Tierra Gemela, caeteris paribus, los caballos no son realmente caballos sino algo (molecularmente hablando) diferente, algo que denominaremos percaballos. Lo que pretenden estos defensores de la intencionalidad original es que el estado mental que tiene nuestro amigo realmente significa "caballo" y no "percaballo".
Pero según Dennett, el significado es indeterminado y no depende de nosotros mismos. Nosotros no somos más que mecanismos similares a los two-bitser, sólo que mucho más sofisticados. Si yo en la Tierra al ver un caballo entro en el estado mental C, pero mientras duermo soy trasladado a la Tierra Gemela y vuelvo a ver un caballo y vuelvo a entrar en un estado físicamente idéntico a C (sólo que aquí lo llamaremos PC), ello no importa. ¿Por qué? Porque el estado mental se activa de todos modos. Y aunque en la segunda situación no es realmente un caballo sino un percaballo lo que veo, de todos modos despierta el mismo tipo de estado. Del mismo modo que el dispositivo two-bitser entraba en el estado Q cuando se le introducía una moneda de 25 centavos de dólar como cuando la moneda era de 25 centavos de balboa, ¡no hay nada en la configuración intrínseca de mi estado mental C que se dispara cuando veo un percaballo que lo haga diferir del estado mental de mi doble cuando se encuentra en el estado PC por el mismo hecho! Y lo que indica realmente en que estado me encuentro, si en C o en PC, depende de la carga semántica del lenguaje que se emplee, depende del contexto en el que me halle situado. Este ejemplo concluye Dennett - afirma que los humanos también son sistemas intencionales derivados cuya intencionalidad es extrínseca y no depende de ellos.Como es obvio, los críticos no aceptan este argumento porque relega al individuo humano a mero instrumento, y siguen pensando que el ser humano es especial porque tiene intencionalidad original.
Dennett recurre a otro ejemplo para intentar convencer a sus críticos. Imaginemos que queremos criogenizarnos para despertar en el año 2406, para lo que debemos entonces construir una cámara criogénica capaz de resistir infortunios y eventualidades porque no podemos confiar en algo externo que garantice su correcta conservación. Necesitamos por ello construir un artefacto con cierta autonomía y autocontrol interno, para lo que deberemos dotarla de objetivos generales, pero definidos, y de la suficiente tecnología como para poder improvisar y poder forjar estrategias que maximicen las posibilidades de alcanzar dichos objetivos, como la capacidad de evaluar beneficios o discriminar las acciones ineficaces. Un artefacto de este tipo dispone de intencionalidad derivada, incluso los críticos están de acuerdo, porque no perseguirá sus propios objetivos sino los de aquellos que lo construyeron y programaron.
Según Dennett, un artefacto como la cápsula criogénica no difiere demasiado de los seres humanos. Como el criogenizado, que dotó de intencionalidad a su máquina mediante la programación del software adecuado, los humanos también somos sistemas programados intencionalmente por nuestros genes egoístas, siguiendo la terminología de Richard Dawkins.14 La evolución de organismos cada vez más complejos no es más que el modo más eficaz que han encontrado los genes (y los memes)15 para su supervivencia y expansión. La preservación de los genes es la razón de ser del sujeto humano. Lo que ocurre es que en el caso de los seres humanos, dichos sujetos fueron diseñados de modo que llegaron a ser capaces de ignorar el objetivo primordial y llegar a constituir su propio summum bonum. Esto nos indica que la intencionalidad humana en realidad es ficticia, es derivada. Se la proporcionó la evolución (la Naturaleza): el objetivo principal era la supervivencia de los genes. Que el humano haya evolucionado hasta el organismo con mente compleja que es hoy en día no es más que una casualidad. Los genes son los significadores sin significado (los motores inmóviles), no los agentes humanos.
Pero los genes tan sólo se comportan como si tuvieran intencionalidad. Toda su intencionalidad es como si realmente tuvieran representaciones propias, pero en realidad no poseen, también, más que una intencionalidad ficticia y derivada. Por lo que tampoco pueden ser el origen de la intencionalidad. Pero si no son los genes los que dotan de intencionalidad ¿de dónde viene? De la propia Naturaleza, es ella la que ciegamente produce los diseños desde los que los genes pueden desarrollarse, posibilitando por ello llegar hasta la constitución de organismos inteligentes capaces de mente. Es la evolución la que selecciona un diseño, potenciándolo, y todo ello sin necesidad de representaciones conscientes o inconscientes (algo que ya depende de la historia cognitiva de los primeros organismos) de las razones para dichas elecciones. Las primarias razones son la optimización de la función a cumplir por dicho diseño; las razones vienen ya dadas por otras criaturas. Pero de todos modos podemos caer en la tentación de establecer principios de explicación para dichas elecciones, algo totalmente erróneo, porque las elecciones se realizaron a partir de la funcionalidad de los movimientos (por ejemplo, la elección de un pulmón como órgano no fue establecida de antemano o mediante la adaptación progresiva de órganos primigenios, sino que se estableció por su adecuada capacidad para la oxigenación de la sangre).
¿Por qué la idea que afirma al hombre como un simple artefacto evolucionado dotado de intencionalidad derivada causa tantos problemas? Que a los creacionistas les parezca una tesis abominable tiene sentido,16 pero ¿por qué la critican Fodor y compañía? Dennett aporta dos razones. Por un lado, si aceptamos la idea que afirma que somos artefactos con intencionalidad derivada, entonces aquello que pensamos no tiene un significado real porque tan sólo cumplimos la función que nos fue encomendada; el significado sería, por tanto, una ficción que no depende de nosotros: esto significaría negar la tesis del acceso privilegiado de primera persona a los propios estados, la introspección (algo a lo que Dennett, como buen quineano, está dispuesto). Por otro, si aceptamos que somos artefactos, no podemos tener acceso de ningún tipo, porque no existe nada profundo que sea el significado de nuestros estados; todo estado u órgano tan sólo puede tener una significación funcional: no habría un significado profundo, cada cosa tan sólo serviría para cumplir la función que le fue encomendada. Pero no surge ningún tipo de problemas si respetamos la teoría darwiniana de la evolución: los indicios nos confirman que no somos más que simples criaturas evolucionadas (eso sí, hasta cotas insospechadas) que surgieron de aquel primigenio ácido universal constituido de modo aleatorio y arbitrario por la acumulación algorítmica.
El verdadero problema de la representación errónea
Tal vez la resistencia más perspicaz a las tesis de Dennett es la planteada por Fred Dretske,17 basándose en las ideas que plantea en El conocimiento y el flujo de información.18 Dice Dretske que es necesario que encontremos en el dispositivo two-bitser incorporado a la máquina expendedora de bebidas un principio interpretativo que (como sucede con los biólogos con la Naturaleza) nos diga qué funciones le son propias, evitando con ello que dichas funciones puedan representar falsamente los propios estados. Así, cada función tendrá un contenido restringido: una función sólo está por lo que debe estar y no puede ser representada erróneamente porque responde a una significación natural correspondiente a una determinada distribución bioquímica.
Dennett afirma la incorrección de esta crítica. Teniendo en cuenta el ejemplo de Braintenberg del transductor de simetría,19 afirma que para la evolución, que una función pueda a menudo representar falsamente un contenido es un bajo precio a pagar, si ello permite una mayor eficacia por parte de un mecanismo por otro más funcional pero menos versátil. Por ejemplo: un pez que disponga de un transductor de simetría que pueda llegar a fallar en determinados momentos a la hora de representarse un contenido ("hay un predador cerca") cada vez que algo de cierto tamaño se mueva cerca de él, a pesar de que realmente esto no sea un depredador sino que confunda a un pez no-peligroso por un peligro potencial, pero que sea lo suficientemente rápido y ligero como para posibilitar una huida que minimice riegos, es preferible y tendrá mayores posibilidades de sobrevivir que otro pez que disponga de un transductor de simetría mucho más preciso (capaz de representar correctamente sólo aquello que suponga un peligro) pero que procese la información más lentamente y tenga un peso mayor porque permite una huída mucho más torpe y arriesgada. Esto demuestra que hablar de principios naturales en los que se basa la evolución natural no tiene sentido cuando nos damos cuenta que lo que se potencia es aquello que sirve para cumplir la función básica de permitir la supervivencia del organismo.
Dretske contraataca aportando argumentos searleanos. Los artefactos son capaces de manipular símbolos internos, pero no pueden comprender lo que significan; es decir, tienen sintaxis pero no semántica.20 Los estados deben tener un significado único establecido de una vez por todas y que es accesible al sujeto.
Pero insiste Dennett - no hay tal significado natural, sino que sólo existe un significado funcional: el significado lo establece la Naturaleza porque el estado mental está ahí para realizar aquello que debe realizar; por ejemplo, el cuclillo que tira los huevos rivales sin motivo aparente más allá de la maximización de sus propios intereses de supervivencia, significado que el cuclillo tiene por su estructura fenotípica pero no por sí mismo, sino como producto de la evolución natural. Así, un órgano que nació para cumplir una función en particular en un momento determinado puede modificar su función: esto indica que el significado no es estrecho, sino que depende de la significación externa que se le pueda dar a una cierta función, debe ser entendido en sentido amplio. El significado, así entendido, no depende de causas sino de un contexto causal (Fodor comete los mismos errores que Dretske al intentar postular un lenguaje del pensamiento que permite asociar concepto con significado: no podemos decir que un término mental tiene un significado determinado porque depende del contexto de uso y no de nosotros).
Otro famoso filósofo que defiende la tesis de la existencia de una intencionalidad original es T. Burge.21 Partiendo de sus críticas al individualismo, Burge arguye que el significado de los estados internos de los individuos no puede ser de otro modo de cómo en realidad es, ya que es su historia cognitiva interna lo que lo determina. La intencionalidad de los agentes es real: las creencias y los deseos son reales porque emplean claúsulas caeteris paribus ("si un agente cree que hacer x permite satisfacer y, entonces hará x"). Así que, según Burge, la intencionalidad original también responderá al contexto causal intencional y causalmente por razones internas.
Las tesis de Burge (como las de Dretske y Fodor) no consiguen llegar al evolucionismo porque prefieren ser realistas acerca del contenido. Pero, según Dennett, su realismo acaba por depender de una intencionalidad intrínseca en la Naturaleza; acaban en "fuertes presunciones de optimalidad que dependen de encontrarle sentido a lo que la Madre Naturaleza pensaba" (Dennett, 1987a, p. 275) que obliga a otorgar un significado primordial y único (natural) a aquello (órganos, estados, etc.) que sólo lo tienen de modo derivado y funcional.22
Pero Dennett se encuentra con algunos problemas al considerar que la Naturaleza dota de significado funcional y derivado a los estados y órganos. Por ejemplo, ¿cómo podemos identificar el valor de un estado o un órgano? Dennett responde de modo naturalista: según las leyes de la evolución, que son ciegas y que podemos concretar mediante algoritmos. Esto es, el estado u órgano en cuestión no tiene ningún tipo de significado natural, sino que tropieza de modo accidental con una función (que comienza a considerársele como propia) y que permite dotarlo de un significado funcional y mediante su implementación es capaz de reproducirlo e imitarlo. El que mediante la evolución cierto tipo de seres consiguieran poder representarse sus propias razones no es más que algo accidental. Por ello, Dennett concluye que nuestro significado es externo y derivado: una lista de la compra escrita en papel tiene el mismo significado que, en la memoria, aquel que le otorga el esquema general de los propósitos, que incluye aquello que importa para una época o una sociedad.
Esta intencionalidad puede denominarse real, pero del mismo modo que podemos decir que es real la selección natural de la que se deriva. El problema principal de esta teoría derivada de la intencionalidad es establecer el punto en el que es representada, pero podemos solucionarlo diciendo que los propósitos de la Naturaleza son inexpresados (como hace Millikan), que nosotros somos la cadena y no un eslabón más.
Pero entonces ¿qué decir de los objetos que tienen una función determinada? Que ésta es tan sólo ilusoria. Afirmar que algo tiene la función para la cual fue construido (y que no puede cumplir ningún otro propósito) es equivocarnos, caemos en la falacia intencional. La realidad es que la significación no es intrínseca ni natural, sino tan sólo funcional. La función de algo viene dada por su propia historia, ya que puede ser interpretada de varios modos según su contexto causal. Pero ¿no corremos peligro de caer en el adaptacionismo lamarckiano al afirmar que algo se adapta a la función según conviene? No, porque no estamos hablando de adaptación. Algo puede no haber sido diseñado para una función concreta, pero si ahora realiza bien una tarea que no le corresponde, entonces puede ser empleado para dicha función (por ejemplo, el dispositivo two-bitser, el pulgar del panda,23 el pulmón). Es decir, que lo que hace la evolución no es tanto dotar a sus productos de una adaptabilidad, sino que más bien actúa como un "chapuzas": lo que la evolución hace es bricolaje. La Naturaleza corta y pega aquello que funciona adecuadamente para alguna función concreta y lo recoloca en el lugar que más provecho puede proporcionar. No hay intencionalidad original, por lo que el realismo de los significados sólo es posible si aceptamos la teoría natural de las funciones como realista.
Conclusión
A lo largo de estas líneas, hemos defendido la teoría dennettiana que afirma que todos los organismos son el resultado de la evolución, marcada por una serie de ciegos procesos de acumulación, demarcados por algoritmos, que les permiten llegar a tener una cierta intencionalidad derivada en tanto que su comportamiento puede ser interpretado desde el punto de vista de la interacción con su entorno. También hemos atendido a las respuestas que desde ciertos sistemas filosóficos ha provocado esta afirmación, en tanto que consideran que la intencionalidad propia de los humanos tan sólo puede ser entendida como intrínseca porque apela a un trasfondo profundo.
Pero el concepto derivado debe ser entendido en un sentido externista (Acero, 2001, pp. 49-54). Con ello no queremos decir que la intencionalidad humana venga asignada por algo o alguien, o que dependa del significado de las expresiones lingüísticas o simbólicas. Pero sí que podemos aceptar que nuestros estados mentales representen (fijen) sus contenidos por sí mismos en tanto en cuanto se interpretan dentro de un contexto socio-cultural. En este sentido, podemos decir que un estado mental está totalmente indeterminado hasta que no interviene un contexto que lo determine. Y en cuanto indeterminado puede dar la impresión, a menudo, de representar erróneamente un contenido, dependiendo del sistema contextual desde el que se interprete.
Notas
1 Dawkins, R. (1986). The Blind Watchmaker. Londres: Penguin Books.
2 El lector interesado puede consultar Millikan, R.G. (1984). Language, Thought and Other Biological Categories. Cambridge, Ma.: MIT Press; y Millikan, R.G. (1993). White Queen Psychology and Other Essays for Alice. Cambridge, Ma.: MIT Press.
3 El lector interesado en el tratamiento que Dennett realiza de otras aproximaciones a dicho problema puede consultar Dennett (1978b).
4 Este problema lo plantea por primera vez John von Newmann con la intención de reformular la llamada máquina de Turing. Una máquina de Turing es una estructura sintáctica conceptualmente simple capaz de realizar funciones de computación mediante la entrada y salida de datos. Pero dicha máquina sólo realiza un movimiento por vez, por lo que el proceso es lento para cómputos complicados. Cf. Turing, A. (1937). "On computable numbrers, with and application to the Entscheidungsproblem". Proceedings of the London Mathematical Society, Vol. XLII, pp. 230-265; von Newmann, J. (1958). The Computer and the Brain. New Haven, Co.: Yale University Press.
5 Para la revisión que hace Dennett de ciertas anomalías cerebrales puede verse Dennett (1992).
6 Dennett (1991), especialmente el capítulo 9.
7 El texto básico sobre este tema es "Intentional systems", en Dennett (1978a). Puede consultarse también Dennett (1987a).
8 Una excelente crítica en lengua española al argumento de Dennett de la intencionalidad derivada aplicada a los humanos la encontramos en Acero (1997).
9 La noción de representación errónea se refiere a un problema muy concreto de la filosofía actual de la mente. Suele tenerse por cierto que una de las características básicas de los hechos mentales es su intencionalidad, su capacidad de ser acerca de objetos. A menudo, el objeto hacia el cual se dirige dicho hecho mental, esto es el contenido de dicho estado, no está definido sino que es ambiguo, por lo que ni tan siquiera el propio sujeto es capaz de indicar a qué elemento del mundo externo se refiere su estado mental. Cuando esto ocurre, es posible que la indeterminación del contenido del estado mental haga pensar a los sujetos que se refiere a un determinado objeto, cuando en realidad es a algún otro hacia el que están dirigidos. Es en este caso cuando podemos hablar de error representacional o de error en la representación. (Adviértanse las enormes similitudes que con la obra de Quine tienen estas tesis dennettianas).
10 Millikan (1984) considera que la "función adecuada" de un artefacto es aquella para la cual fue creado. Pero está de acuerdo en que un mismo artefacto puede valer para otros propósitos siempre y cuando consiga satisfacer otras funciones, aunque no sean aquellas para las que originariamente se construyó.
11 Lettvin, J.Y.; Maturana, U.; McCulloch, W. y Pitt, W. (1959). What the frogs eye tells the frogs brain, Proceedings of the IRE, 12, pp. 1940-1951.
12 La ex-adaptación es el término acuñado para referirse al hecho biológico que permite a un órgano evolucionar de modo tal que, bajo un esquema restringido, parece responder a su función de modo vago pero que, visto desde un punto de vista amplio, permite una alta eficacia en el desempeño de sus funciones.
13 En 1975, Hilary Putnam escribió un extenso trabajo (The Meaning of Meaning) en donde, por una parte, defendía la externalidad de la determinación del significado de los términos de los lenguajes naturales y, por otra, el necesario papel que en ello cumplía la distribución del trabajo lingüístico, básicamente destinado a expertos y científicos. Para defender sus tesis, planteó un experimento mental en el que dos sujetos idénticos habitaban mundos paralelos, salvo la excepción de que en uno de ellos la fórmula química del agua era una complicada secuencia que puede abreviarse como XYZ. Ello venía a indicar que a pesar de que ambos sujetos, caeteris paribus, eran idénticos mentalmente y los elementos a los que se dirigían parecen idénticos, ambos se referían a objetos distintos cuando pronunciaban la palabra "agua": al líquido agua-H20 el primero y al líquido agua-XYZ el segundo.
14 Dawkins, R. (1989). The Selfish Gene. Oxford: Oxford University Press.
15 Un meme es un paquete discreto de información que actúa de modo similar a los genes en tanto en cuanto se le puede aplicar la misma estrategia intencional, y en tanto en cuanto está sometido a las mismas leyes evolutivas al parecer que su objetivo principal es su propia supervivencia. La idea se desarrolla ampliamente en Dawkins, R. (1990). The Extended Phenotype. Oxford: Oxford University Press.
16 Para una crítica desde el punto de vista creacionista (la tesis que sostiene que el mundo tal y como lo conocemos fue creado directamente por la gracia de Dios, tal y como lo cuentan las Escrituras) puede verse Johnson, P. E. (1995). Dennetts dangerous idea. The New Criterion, 14 (octubre), pp. 9-16.
17 Para una revisión mucho más precisa de esta polémica puede consultarse el excelente trabajo de Miguens (2002).
18 Dretske, F. (1981). Knowledge and the Flow of Information. Cambridge, Ma.: MIT Press. Aquí, Dretske distingue entre significado natural o significadon (aquel significado que viene dado de modo directo y que permite excluir cualquier posible error en la representación de lo que significa porque depende de la propia configuración interna de los organismos) y significado funcional o significadof (aquel significado que puede ser atribuido equivocadamente a algo porque responde adecuadamente a las funciones que lo provocan, pero que realmente no corresponden a su significación natural).
19 Braintenberg, V. (1984). Vehicles: Experiments in Synthetic Psychology. Cambridge, Ma.: MIT Press. Aquí,el autor analiza un órgano que en algunos animales permite representar de forma ambigua pero eficaz la forma geométrica de los elementos que aparecen en el campo visual, analizando la simetría de sus partes, así como su tamaño, posición, velocidad con respecto al sujeto y que permite ponerlo en alerta sobre la posibilidad de encontrarse con algún peligro.
20 Searle hizo famoso el ejemplo de la habitación china. Podemos comparar el procesador de un artefacto con una habitación en la que se encierra a un hombre. En esta habitación cerrada, el hombre dispone de todos los manuales y gramáticas disponibles de chino mandarín. Su misión es responder (empleando dichos manuales) a toda una serie de órdenes externas escritas en pancartas, con frases con perfecto sentido escritas en chino mandarín que son introducidas en la habitación (a través de algún mecanismo de ventanillas) mediante la extracción por las mismas ventanillas de una pancarta, también escrita en chino mandarín, que contenga la respuesta adecuada. A pesar de que dicho individuo es capaz de responder correctamente a toda entrada (obviamente, también puede equivocarse), no podemos decir que dicho individuo comprenda el chino mandarín, ya que sólo actúa según la gramática puesta a su disposición. Del mismo modo, los artefactos son sólo sintácticos: se les introduce toda una serie de órdenes a las que responden según la sintaxis que les proporciona su diseñador, lo que a menudo permite contemplarlo como si comprendiera lo que hace. Cf. Searle, J. (1985). Minds, Brains and Science. Boston: Harvard University Press, especialmente capítulo 2
21 Burge, T. (1985). Individualism and psychology. Philosophical Review, XCV, 1, pp. 3-46.
22 De modo similar ocurre en la teoría de la visión de Marr. Éste defiende la eficacia causal de primitivos modelos de intensidad de luz insertos en la retina, que funcionan según procesos computacionales y que permiten implementar representaciones tridimensionales del mundo externo de modo independiente del contenido representacional del que disponga el sujeto en cuestión. Cf. Marr, D. (1982). Vision: a Computational Investigation into the Human Representation and Processing of Visual Information. San Francisco: Freeman. Pero, y como defiende Dennett, cuando atribuimos contenido a una estructura primitiva en el modelo de visión de Marr, sólo podemos defender dicha atribución de contenido si apelamos a que esa es la función que la Madre Naturaleza le asignó (Dennett, 1987a, p. 275). Es decir, que dicha estructura primitiva tiene un significadon que se corresponde con la función que realiza y para la cual fue creada.
23 O al menos esta es la tesis que se sostiene en Gould, S. J. (1980). The Pandas Thumb. Nueva York: Norton.
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