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Argos

versión impresa ISSN 0254-1637

Argos v.27 n.52 Caracas jun. 2010

 

Representación del intelectual en tiempos de totalitarismo: Ensayo sobre el límite de la obediencia de intelectuales rusos durante la era estalinista (1923-1953)

Adriana Magdalena Boersner Herrera

Universidad Simón Bolívar.

adrianaboersner@gmail.com

Resumen En el siguiente ensayo se analizará el límite de la obediencia a través de la representación del intelectual ruso en relación con los totalitarismos del siglo XX, tomando concretamente la vinculación que mantuvieron con las doctrinas totalitarias de Stalin (1923-1953). Para ello se desarrollará en una primera etapa lo que para fines de este ensayo se ideará como la representación del intelectual y el límite de la obediencia en figuras que no responden solamente a una representación resaltante y conocida política y artísticamente en la Unión Soviética bajo el gobierno de Stalin, sino también personajes que fueron significativos en el mundo de las letras y las artes en general, pero que en algunos casos, siguen siendo desconocidos por Occidente. En un segundo momento se caracterizará la realidad del movimiento intelectual y artístico de los primeros años de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; y finalmente, la relación de obediencia entre Stalin y los intelectuales; además de los criterios que pudieron haber conducido a algunos representantes rusos a colaborar y a otros de resistir, las políticas del líder totalitario.

Palabras clave Totalitarismo, Intelectual, URSS, Límite de la Obediencia, Líder.

Representación del intelectual en tiempos de totalitarismo: Ensayo sobre el límite de la obediencia de intelectuales rusos durante la era estalinista (1923-1953)

Abstract In the following essay will analyze the limit of obedience through the representation of Russian intellectual in relation to the totalitarianism of the twentieth century, taking specifically, the link remained with the totalitarian Stalin (1923-1953). This will develop at an early stage so that by the end of this trial will devise as representing the intellectual and the limit of obedience in figures that do not respond only to an outstanding and well-known political representation and artistically in the Soviet Union under the government Stalin, but also, characters that were significant in the world of literature and the arts in general, in some cases, unknown to the West. In the second stage will be characterized, the reality of intellectual and artistic movement of the early years of the URSS, and finally, the relationship of obedience between Stalin and intellectuals, in addition to the criteria that could have led to some representatives Russians and others to work together to resist the policies of the totalitarian leader.

Keywords: Totalitarianism, Intellectual, USSR, Bounds of Obedience, Leader.

Die Grenzen des Gehorsams der russischen Intellektuellen während der Stalinistischen Ära (1923-1953)

Abstract Warum gab es Intellektuelle denen es gelang der totalitären Verlockung Josef Stalins zu widerstehen, während sich andere von dieser Doktrin angezogen wurden und sich ihr unterwarfen? Welche Qualitäten befähigten diese Personen dazu, die Verteidigung der Idee der intellektuellen Freiheit fortzuführen? Zur Beantwortung dieser Fragen verfolgt der folgende Artikel das Ziel die Grenzen der Gehorsamkeit durch die Repräsentation russischer Intellektueller unter dem totalitären Regime Josef Stalins (1923-1953) zu analysieren. Hierfür werden wir unser Konzept der intellektuellen Repräsentation und der Grenzen der Gehorsamkeit ausführen, die Realität der intellektuellen und künstlerischen Bewegung während der ersten Jahre der Sowjetunion (UdSSR) kurz charakterisieren, die Gehorsamkeitsbeziehung zwischen Stalin und den Intellektuellen untersuchen und schließlich die Muster ausführen und einige der Kriterien vorstellen, die einige russische Repräsentanten zur Kollaboration und andere zum Widerstand gegenüber der Politik des totalitären Führers geführt haben könnten.

Recibido: 05/11/09 Aceptado: 11/12/09

Ausencia de pensamiento no quiere decir estupidez;

puede encontrarse en personas muy inteligentes,

y no proviene de un mal corazón;

probablemente sea a la inversa, que la maldad puede ser causada por la ausencia de pensamiento

(Hannah Arendt).

El presente ensayo persigue analizar el límite de la obediencia a través de la representación del intelectual ruso en relación con los totalitarismos del siglo XX, tomando concretamente la vinculación que mantuvieron con las doctrinas totalitarias de Stalin (1923-1953). Para ello nos apoyaremos 1) en desarrollar lo que para fines de este ensayo se ideará como la representación del intelectual y el límite de la obediencia; 2) caracterizar brevemente la realidad del movimiento intelectual y artístico de los primeros años de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; 3) la relación de obediencia entre Stalin y los intelectuales, y finalmente 4) exponer los rasgos y proponer algunos de los criterios que pudieron conducir a algunos representantes rusos a colaborar y a otros de resistir las políticas del líder totalitario.

Para esbozar los perfiles del colaborador y el disidente a caer en el juego del poder totalitario, se han elegido casos de intelectuales rusos de comienzos del siglo XX, examinando efectivamente el límite de obediencia en estas figuras que no sólo responden a una representación resaltante y conocida política y artísticamente, sino también personajes que fueron significativos en el mundo de las letras y las artes en general, pero que en algunos casos, siguen siendo desconocidos por Occidente.

1. La representación del intelectual y el límite de la obediencia

...se les agasajaba con grandes fiestas;

comidas caras por todas partes, y sirvientes,

y sabe Dios qué más, mucho más de lo que estos intelectuales

se podrían haber permitido.

¿A quién no le hubiese gustado estar en una situación

en la que a la vez que se era políticamente correcto,

se le compensaba generosamente

por la postura adoptada?

(Jason Epstein)

La representación del intelectual pudiera caracterizarse grosso modo de dos maneras. La primera de ellas como aquel intelectual que desempeña cargos tradicionales tales como el de profesores/académicos, sacerdotes, filólogos, administradores, especialistas que cumplen como portavoces de una causa y son reconocidos ante una sociedad por los méritos que poseen académicamente; y por otro lado encontramos al filósofo-rey, superdotado, con un actuación moral que pudiese llegar a regir la conciencia de la humanidad.

La idea de la representación del intelectual al cual me referiré en este ensayo remite sencillamente a aquellos hombres y mujeres que por vocación y reconocimiento público, poseen el arte de representar su punto de vista, además de tener el compromiso de defender la causa que justifica tal reconocimiento e intelectualidad. En este sentido, Edward Said hace un excelente análisis sobre la representación del intelectual a partir de varias magistrales conferencias del ciclo Reith, en el cual expone claramente lo que supone esta figura y cuáles son sus características más resaltantes:

No existe algo así como un intelectual privado, puesto que desde el momento en que pones por escrito determinadas palabras y las publicas has hecho tu entrada en la esfera pública. Pero tampoco existe únicamente un intelectual público, alguien que se limita a ser algo así como la figura decorativa, portavoz o símbolo de una causa, un movimiento o una postura. Se ha de contar siempre con la modulación personal y la sensibilidad privada, y son estos elementos los que dotan de sentido a lo que cada uno de nosotros dice o escribe. Para lo que menos debería estar un intelectual es para contentar a su auditorio: lo realmente decisivo es suscitar perplejidad, mostrar su rechazo e incluso ser antipático (2007: 31)

Para entender ahora la posición de algunas de estas representaciones rusas frente al poder que ejercía Joseph Stalin en la URSS, se hace preciso conducir el abordaje hacia lo que se concebirá como el límite de la obediencia frente o bajo el régimen totalitario. La obediencia por un lado, más allá de tratarse de un concepto en donde lo que se forja es un cumplimiento de un mandato o un precepto fijo, pudiera también trascender a lo que Elisa Carrió denominó "obediencia por temor a sanciones" y "obediencia dada por el sistema de valores":

OBEDIENCIA POR TEMOR DE SANCIONES, en donde el individuo tiende a obedecer las reglas por dos elementos que corresponden poco más o menos a los dos elementos que constituyen el poder. El primero consiste en que quien no cumple con una determinada regla social se arriesga a cumplir un castigo, que puede consistir en una reprobación moral difusa (burla, vacío social) o en una pena organizada (multa, prisión, etc), y la OBEDIENCIA Y SISTEMAS DE VALORES en donde el segundo elemento de la obediencia está constituido por el valor que la mayoría de la comunidad confiere a la regla misma. En la medida que los individuos creen en el sistema de valores de la sociedad en que viven, obedecen sus reglas porque las consideran buenas (2007).

Sin embargo, la esencia de la obediencia para Stanley Milgram, a diferencia de Carrió, va más allá de sopesar el temor de las sanciones o el sistema de valores de la sociedad. Desde su perspectiva, la naturaleza de este acatamiento remite más "al hecho de que una persona viene a considerarse a sí misma como un instrumento que ejecuta los deseos de otra persona y que, por lo mismo, no se tiene a si misma por responsable de sus actos"[1] (Milgram, 1974: 10). Su obediencia responde absolutamente al sometimiento hacia la autoridad o al cumplimiento del deber como dentro de tantos casos lo constituyó el de Adolf Eichmann durante el régimen nazi de Adolf Hitler[2] y de Feliks Dzierzynski, Viacheslav Menzhinski, Guenrikh Yagoda, Nikolai Yezhov y Lavrenti Beria en la Unión Soviética estalinista.

En los regímenes de corte como los de Stalin, Hitler o Mussolini también existen aquellos colaboracionistas que en palabras del escritor húngaro, Sándor Márai, son

"trabajadores del intelecto y el espíritu" que avalan el sistema con su mera presencia. Por más que se queden en un segundo plano, por más que callen, por más que todo el mundo –incluso los perros rastreadores y los sangrientos jueces del régimen– sepa que ellos en el fondo de su alma rechazan el agresivo experimento social que se está llevando a cabo, simplemente con el hecho de su presencia justifican la violencia existente. Y ese es el momento en que ya no basta callar, sino que hay que pronunciar el "no" bien alto, con todas sus consecuencias, y no únicamente con la palabra, sino también con los actos. Ese "no" es una palabra muy grave: implica un sacrificio que nadie puede exigir a nadie. "Los trabajadores del intelecto y el espíritu" sólo pueden exigirse tal sacrificio a sí mismos (Márai, 2006: 395).

Es así como dentro de la tipología de aquellos intelectuales rusos que se sumieron a la obediencia del poder de Stalin podemos encontrar a aquellos que decidieron 1) mediante la denuncia, seguir la línea bolchevique contra aquellos mal llamados "modernistas" o "progresistas", respondiendo además a la caracterización que hace Enzo Traverso[3] en el cual por oportunismo y prebendas deciden colaborar como verdugos o siervos del poder. Estos colaboracionistas podían ser de interés (apolíticos totalmente) o activos (seguidores de la ideología); 2) Los cómplices del silencio, a los cuales el escritor húngaro Sándor Márai les recrimina que la sola presencia avaló al régimen y sus políticas persecutorias; y finalmente, 3) la conversión y adaptación de algunos intelectuales que por salvar su vida y su trabajo luego del rechazo, deciden rendir pleitesía al poder y al líder.

En este grado de colaboracionismo de intelectuales en la era estalinista, la obra El canal Stalin, del mar Blanco al mar Báltico, Gorki y el resto de escritores que coayudaron en la realización de esta obra común, ofrecen de alguna manera una representación ensalzable acerca de la construcción del dictador Stalin, silenciando las muertes de los trabajadores/constructores y la población en general. Según estos escritores, nadie falleció durante la construcción del modelo estalinista. La manera displicente de probarlo es decir que

cien mil hombres empezaron el canal y cien mil lo terminaron. Por lo tanto, todos están vivos. Sólo omiten los traslados de prisioneros, tragados por la construcción en dos crudos inviernos (Bandera, 2005; http://www.magdabandera.com/es/hemeroteca/070705periodico.htm).

Sobre este despreocupado fallo, Alexandr Solzhenitsin, escritor ruso deportado y confinado a un campo de trabajo en Siberia, mostrará su repulsa hacia lo que representó la figura de Gorki y su despreocupado interés sobre lo que era la realidad dentro de los campos de trabajo:

el escritor Maxim Gorki, quien después de visitar un campo en 1929 se deshizo en alabanzas "sobre la asombrosa energía de aquellos hombres", ignorando al muchacho de catorce años que le preguntó si quería que le contara "la verdad". Gorki contestó que sí y el adolescente le explicó durante hora y media cómo les obligaban a dormir en la nieve, entre otras torturas. El autor de La madre hizo oídos sordos y el joven fue asesinado poco después (Bandera, 2005; http://www.magdabandera.com/es/hemeroteca/070705periodico.htm).

Como contraposición a los intelectuales de compromiso total con el estalinismo, encontramos aquellos intelectuales que tomaron la vía de la resistencia con lo cual se rebelaron bajo diversas formas a las acciones del gobierno que se abocaban más a beneficiar el interés particular del líder que a perseguir el bien común de la sociedad. En este sentido los intelectuales presentes bajo esta representación se hallan definidos, primero, en aquellos que bajo un no compromiso[4], deciden hacer frente con un discurso franco y directo de oposición o reticencia a alabar la figura del líder. En segunda instancia vemos la figura de quienes en el silencio prefirieron hacer oposición a la línea oficial. Así pues, el escritor Isaac Babel, contrario a la idea de Márai, frente al Congreso de escritores soviéticos de 1936 responde a la extrañeza de los oficialistas por llevar varios años sin publicar su obra alegando que "los mandamases del momento en cuestiones culturales manifiestan su extrañeza: ¿no será una forma taimada de mostrar su desacuerdo? ¿de manifestar su desinterés por el socialismo en marcha? ¿de dar la espalda a las preocupaciones del pueblo? Babel, socarrón y con soberbia insolencia, que le harán perder dos años más tarde los carceleros de la Lubianka, replica: "Siento por el lector tanto respeto, que pierdo el habla, me callo. Tengo fama de gran maestro en el arte del silencio" (Salmon, 2001: 165). Para Isaac Babel el silencio

era el medio de resistencia a la "politización del sueño", que perseguía Lenin y Stalin, como lo ha catalogado Martin Amis.

En cuanto al arte del silencio que pauta Babel, años más tarde el escritor argelino, Kateb Yacine, explicaría que "el silencio tiene la fuerza de un grito. Este silencio es la señal que anuncia una huelga del escritor" (Salmon 165). El callar libremente era prohibido en la Rusia estalinista y el no renegar de las raíces burguesas y humanistas que identificaba a un escritor, lo convertían en un muerto viviente, como bien relata Sándor Márai en su segunda autobiografía.

En tercer y último lugar, encontramos aquellos representantes que de alguna manera no les quedó otra opción que salir al destino del exilio para salvaguardar su integridad física e intelectual. Al respecto, Sándor Márai expone su salida de Hungría como la única escapatoria de no ser forzado a claudicar en sus sueños y pensamientos para ponerlos al servicio del régimen totalitario.

No estaba prohibido ni siquiera criticar los "errores iniciales", se podía cuestionar a ciertas personas y ciertas instituciones, pero no poner en duda, ni con una sola palabra, el origen de todo aquello: el producir una ilusión de buena voluntad y espontaneidad necesitaban una crítica débil e inocente.

En ese punto comprendí que tenía que irme del país, no sólo porque no me dejaban escribir libremente, sino en primer lugar y con mucha más razón porque no me dejaban callar libremente (Márai 395).

En este estudio del límite de la obediencia también encontramos la llamada "zona gris", lugar a donde algunos hombres llegan para sobrevivir, a costa de otros hombres que se hallan en la misma situación. El poder en los hombres y mujeres de la zona gris, más que desgastar, corrompe. Cuanto mayor es la cantidad de sumisos a ese reducido centro de poder, mayor es la necesidad de colaboradores, que nunca llegarán realmente a obtenerlo, pero esa pequeña porción de poder marcará una diferenciación entre lo que Primo Levi señaló como "Los Hundidos" y "Los Salvados":

Son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcale a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro habrá quien acepte. [...] Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto (1998: 97).

La culpa es mayor o menor en los diferentes casos, de gente que se sitúa en esta zona, esto debido a su poder de elección de hacer esas tareas que los llevan a colaborar con el poder, y a conseguir privilegios sobre el resto. Para Mark Lilla, en cambio, esta zona vendría a ser donde sucumbe el intelectual ante el mesiánico totalitario por falta de autoconocimiento y humildad. La gente gris existe (fuera del Lager también, afirma Levi) y en sistemas como el totalitario es el mismo gobierno quien crea a estas personas grises.

1.1. De la edad de la plata a la época del terror

En el siglo XIX y comienzos del Siglo XX, explotaron movimientos artísticos que envolvieron la escena intelectual de riqueza, diversidad y sobre todo consolidación de pensamiento. El período entre 1890 y 1917 es el más brillante e interesante de la historia intelectual rusa, a lo que también se ha denominado la Edad de Plata. Estas atrayentes figuras intelectuales estaban representadas por poetas y escritores encabezados por Alexander Blok, Boris Pasternak, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Shólojov, Osip Mandelstam, Boris Pilniak, entre otros.

Como bien relata Isaiah Berlín en su libro Impresiones Personales (1992), existió un manifiesto florecimiento dentro de las corrientes artísticas a comienzos del siglo XX que enriquecieron la cultura y la escena artística del país. Todo esto vendría a culminar en los primeros años de la década del 30 y particularmente en los años del "Gran Terror" y la "Gran Purga" (1936-1940), cuando las fuerzas del Estado comienzan con las persecuciones, las presiones, el envío de los disidentes intelectuales a campos de trabajo forzoso, entre otros, que iniciaría entre otras razones por el asesinato del líder bolchevique Sergei Kírov. A partir de aquí, se emprenderían las grandes y sucesivas muertes de intelectuales rusos.

La relativa libertad y variedad de los años veinte no estaba todavía enteramente desgastada, y al comienzo de ese año los diversos grupos formados bajo la política liberal anunciada en 1925, todavía existían, y todavía adelantaban sus polémicas ocasionalmente letales en la prensa pública. Pero durante 1930, el número de grupos independientes se redujo gradualmente (Brown, 1970: 53).

La literatura de comienzos del siglo XX empieza a manifestar una intensa agitación. Los poetas y demás escritores comienzan a narrar hechos sufridos o vividos. En el caso de la poesía, la música y la literatura en general, el estímulo será "la vida misma". Del lado del Estado, existirán presiones para que la literatura se pusiese a favor del proletariado, de ahí que el escritor que se desviaba de las pautas marcadas por este, acabara en un campo de concentración en Siberia o en algún otro confín remoto del territorio ruso. Para el año de 1930 se constituye la "era de la sumisión" intelectual y artística hacia la consolidación de las políticas y objetivos económicos de la política oficial. Todo esto significó conformidad ideológica y unidad organizativa dirigida a responder las líneas del partido comunista, pero sobre todo, a responder los deseos del líder. En 1934 se crea la Unión de Escritores dirigida por el Partido Comunista y el escritor Máximo Gorki, el cual seguirá un nivel de letargo intelectual y la sumisión hacia la línea que vendría a imponer el Estado.

La línea totalitaria no permitiría las discusiones y mucho menos perturbar el espíritu de los hombres. Las metas eran claras, todo debía estar dirigido al ámbito económico, tecnológico y educativo primordialmente. La tonada era impuesta por la autoridad por lo que los escritores y artistas debían bailar al compás. Algunos de ellos se conformaron, algunos no, en menor o mayor grado.

Para 1939 no quedaba vestigio de aquella Edad de Plata, de aquel mundo artístico sobresaliente del Siglo XIX y comienzos del XX. "El número de escritores y artistas exiliados y muertos fue tal que en 1939, la literatura, el arte y el pensamiento ruso aparecieron como un área que hubiese sido sometida a un territorio bombardeado, con algunos espléndidos edificios aún relativamente enteros, pero desnudos y solitarios entre un panorama de calles arruinadas y desiertas" (Berlín 299).

Luego de la invasión alemana a la URSS en 1941-1942, brota un apetito intelectual que llama Isaiah Berlín, comparable al culto ruso del escritor e intelectual de principios del Siglo XX. Los escritores Boris Pasternak y Anna Ajmátova reaparecen en la escena cultural rusa, con apoyo de los combatientes del frente soviético, quienes además aupaban y glorificaban la figura de ambos poetas a manera de realzar también el sentimiento nacionalista y patriótico luego de la invasión.

Ocurrió entonces un fenómeno asombroso: poetas cuyos escritos habían sido vistos con malos ojos por las autoridades y que, por tanto, muy rara vez habían sido publicados, y en ediciones limitadas, empezaron a recibir cartas de los soldados de los frentes, las más de las veces citando sus propios versos menos políticos y más personales. Se me dijo que la poesía de Blok, Briúsov, Sologub, Esenin, Tsvietáeva, Mayakovski era leída y aprendida de memoria y citada por soldados y oficiales y aún comisarios políticos. Ajmátova y Pasternak, que durante largo tiempo habían vivido en una especie de exilio interno, recibieron un número asombroso de cartas del frente, en que se citaban sus poemas, publicados o inéditos, ya que en su mayor parte habían circulado en privado, en copias manuscritas; hubo peticiones de autógrafos, de confirmación de autenticidad de los textos, de expresiones de la actitud del autor hacia este o aquel problema (Berlín 300-301).

Ya para comienzos de la década de los años 50, la intelectualidad se había visto confinada y censurada por varias políticas oficiales tales como la del realismo socialista, el decreto Zhdanov 1945-1948, la campaña anti cosmopolita y la campaña contra el nacionalismo burgués. La evolución que se vendría a dar luego de la muerte de Stalin en 1953 no sería de mucha notariedad, tal como se conocerá de la propia voz de algunos escritores de aquellos años.

En la literatura soviética post-Stalin vemos que esa hostilidad contra el carácter independiente seguirá existiendo hasta entrada la década de los años 90 del siglo XX, pero al mismo tiempo se evidencia un resurgimiento de la mano de escritores como Joseph Brodsky, Voinovich, Nekrasov, Kasakov, de las actitudes literarias por reavivar el interés a la vida que en 1930 estuvieron a punto de desaparecer.

Durante la era Jruschov se atacaron y acusaron a escritores por desviación pero a diferencia de los días de Stalin, algunos escritores quedaban libres e ilesos, como "prueba de los cambios" que se estaban forjando dentro del mundo literario y artístico en general. El discurso dogmático de Stalin, vino a ser sustituido por un pronunciamiento más orientado al esparcimiento de un nuevo liberalismo y prescripciones literarias sólo en términos globales, en contraposición, de las respuestas y las políticas de realismo socialista y decretos de fuerza como el de Zhdanov, que suplía hasta entonces el Comité Central o su vocero.

2. Situación de los intelectuales en la era del terror estalinista. Obediencia vs. Disidencia

Por fin hemos superado la época de opresión contra las masas.

Ahora vivimos la opresión del individuo

en nombre de las masas

(Evgeny Zamiatan)

Vladimir I. Lenin criticaba a los intelectuales y desconfiaba del creador o artista[5]. Bajo su mando y como bien ocurriría posteriormente con el de Stalin, se buscaría a intelectuales sin talento que forjaran el alma humana de la nación. Stalin por su parte llegó a odiar a todo tipo de intelectualidad lo que generó que hubiese más pensadores en los campos de concentración. Una vez Stalin llega al poder en 1923 hasta su muerte en 1953, la cultura del país se convirtió en una sapiencia monolítica, contrario al relativo auge artístico libre que caracterizó al país en el siglo XIX hasta avanzados los años veinte del siglo siguiente. El intelectual bajo el régimen estalinista estaba condenado a elogiar a Stalin y de participar en la construcción del "nuevo hombre", negándosele incluso la libertad de callar.

A diferencia de Lenin, cuya modestia era proverbial, Stalin amaba los títulos grandilocuentes, [...] Aunque él mismo era ignorante e inculto, le gustaba ser considerado como la cima de la sabiduría artística y el árbitro del saber. Odiaba a los intelectuales y a todo aquel que tuviera un nivel cultural más alto que él porque en su presencia se sentía inferior. Sin embargo, tenía un remedio simple para esto: la eliminación física de estas personas (Fundación Federico Engels, 2007).

Sobre las purgas intelectuales de estos años, existe un libro titulado Esclavos de la libertad de Vitali Shentalinski[6] en el cual se retrata el destino de dos mil escritores rusos desaparecidos durante los años del terror (década de los 30) en donde ante las grandes purgas y el horror totalitario, los escritores rusos mueren de manera prematura víctimas de la depresión que posteriormente conducirían en algunos casos al suicidio, tal es el caso de Mayakovski, Yesenin, Tsvietáieva; del exilio en el caso de Zamiatin; acusados de trotskistas o lo que era lo mismo, ser enemigo como Pilniak y Babel; olvidados en la miseria, aterrorizados, fusilados o enviados a trabajo forzoso.

2.1. El realismo socialista y el Decreto Zhdanov

La política del "realismo socialista" responde a un deseo totalitario de controlar el arte y ponerlo al servicio de la ideología estalinista bajo la vigilancia del Estado. Esta política contó lamentablemente con actividades de red de informadores, aduladores y títeres propios del círculo intelectual. El realismo se crea para reaccionar contra las formas burguesas anteriores a la revolución, convirtiéndose en política oficial del Estado en 1932, promulgada por el propio I. Stalin.

La primera acción de esta doctrina socialista fue la de fundar la Unión de Escritores Soviéticos[7] para iniciar la política que se consagraría por el Congreso de Escritores Socialistas de 1934. El sentido que guiaba este realismo era el de ver la innovación como algo peligroso, como un desvío de las normas oficiales dictadas por el líder.

El contenido estético y social del "realismo socialista" se puede resumir simplemente: es el arte de cantar alabanzas a la burocracia y al Líder Supremo en un lenguaje que todos pudieran comprender. Stalin, y los burócratas cuyos intereses representaba, era un hombre rudo y con una mentalidad estrecha. Sus gustos artísticos eran conservadores. En los años veinte, en la URSS hubo una explosión de la experimentación artística. El partido expresaba sus opiniones sobre las distintas tendencias artísticas y literarias, pero nunca soñó con utilizar el estado para promover a unas y reprimir a otras. Más que cualquier otra manifestación humana, el arte necesita libertad para respirar, desarrollarse y experimentar. Con Stalin todo eso se transformó en lo contrario (Fundación Federico Engels, 2007).

Se impone así una uniformidad sofocante en el entorno, que hizo casi imposible cualquier creatividad artística. Es por ello que el realismo socialista crea la clara división de quiénes eran los intelectuales y artistas aprobados por el gobierno y aquellos que no eran aceptados por sus ideas "progresistas" o "burguesas".

Una vez se decreta la política de Zhdanov en 1946, veremos que la poca literatura que circulaba y se producía hasta el momento estaba operando en el vacío mismo. Se ignoraron todas las tendencias contemporáneas, la literatura soviética que comprendía la Edad de Plata fue casi relegada al olvido y el espíritu libre y creador fue encerrado dentro de una camisa de fuerza.

El efecto del Zhdanovismo, como vino a llamarse esta actitud oficial, fue la de castrar una literatura que había, durante los años de guerra, buscado a tientas su antigua virilidad. [...] La tendencia general era idealizar la vida soviética y la gente soviética, adorar los horribles y duros hechos de esta vida, reducir el conflicto a lo mínimo: cualquier intento de pintar un cuadro más o menos realista estaría seguro de ser desacreditado como una "calumnia contra la realidad soviética". Y la atmósfera general del tiempo se manifestaba en el hecho de que los críticos basaban sus juicios casi exclusivamente en el contenido ideológico, prestándole poca, o ninguna atención, a la calidad literaria (Vickery: 1970: 101).

El decreto sumió bajo a ataques a dos periódicos: Leningrado y Zveda. Las acusaciones iban desde olvidar el básico credo leninista de que los periódicos soviéticos no pueden ser apolíticos hasta el ataque sobre sus publicaciones, que según el Comité Central, estaban plagadas de ideas que eran dañinas ideológicamente.

El objetivo de este decreto que iría a estar sustentado sobre dos más, específicamente dedicados a la represión del cine y el teatro, buscaba castrar la literatura. La literatura debía ser vigorosa siempre y cuando los controles viniesen impuestos desde arriba [el líder].

Bajo este esquema, el decreto Zhdanov no reparó en sancionar a escritores como Zóschenko y poetas como Ajmátova (ejemplos claros de persecución respaldados por el decreto Zhdanov) por considerar que el primero de estos dos casos, sacaba a relucir los peores lados de la vida soviética, pintando un cuadro antisoviético a su vez que manifestaba una clara ridiculización del pueblo. De Ajmátova se verá que fue criticada por una literatura llena de dolor, soledad y desesperanza, que de ninguna manera ayudaban al Estado a educar a la juventud. Fue hasta tal punto la vejación absurda y vacía que se le hizo a esta poeta, con el fin también de hacerle llegar el mensaje a otros escritores que se encontraban en la misma posición, que el Comité Central llegó a referirse de Ajmátova como "parte monja y parte ramera, o más bien ambas, ramera y monja donde la prostitución se mezcla con el rezo" (Vickery 102).

2.2. El mundo artístico e intelectual contra el terror

En el caso de los intelectuales disidentes que no transitaron hacia el camino del exilio, sucumbieron en cambio a las penas de la desaparición, la presión al suicidio, envíos a campos de trabajo, la deportación, presiones psicológicas diarias, que denotan la tendencia del Estado totalitario de Stalin por acallar o censurar el arte y la disidencia que se expresaban en diversas formas artísticas.

Fue esta censura lo que permitió que se crease la Samizdat, respuesta que encontraron los escritores para poder publicar sus obras antes de comenzar sistemáticamente la persecución a los disidentes, además de poder usar este canal para transmitir noticias de manera oral y escrita de lo que estaba pasando internamente en la URSS. Esta práctica de distribución de literatura buscaba básicamente burlar el sistema de opresión a la libertad de pensamiento impuesto por Stalin, copiando los manuscritos de disidentes como Solzhenitsin, Mijaíl Bulgákov y Anna Ajmátova, además de subrayar las incongruencias existentes en el gobierno en cuanto a los acuerdos firmados internacionalmente y la política real interna.

El destino de Vladimir Mayakovski, el famoso poeta y con una larga vida como bolchevique, fue el del suicidio en 1931 para protestar contra la contrarrevolución burocrática. El régimen más tarde se apoderaría de su obra, publicándola en grandes ediciones.

El caso del director de teatro Mayerhold, su fusilamiento vino precedido por el cargo de "enemigo del pueblo" y posteriormente por la sucesiva aplicación de métodos de tortura física que culminaba en la mayoría de los casos en confesar crímenes que no había cometido el prisionero. Al respecto, Vsiévolod Meyerhold escribió lo siguiente:

Cuando los investigadores empezaron a aplicarme métodos físicos me golpearon, a mí, un hombre anciano y enfermo de sesenta y cinco años. Me tiraron en el suelo, boca abajo; me golpearon con un látigo de goma en los talones y en la espalda. Cuando me senté en un banco, usaron el mismo látigo de goma para golpearme desde arriba, con gran fuerza. En los días que siguieron, cuando esas partes de mis piernas sangraban profusamente, volvieron a golpear en esos mismos lugares, sanguinolentos y de color rojizo-azulado-amarillento, con el mismo látigo de goma, y el dolor era tal que parecía que vertieran agua hirviendo en aquellas zonas, llagadas y doloridas, y yo gritaba y lloraba de dolor. Me golpearon en la espalda con ese látigo; me golpearon en la cara con la mano, que balanceaban desde arriba [...] Y combinaron todo esto con el llamado "ataque psíquico". Uno y otro despertaron en mí tal temor monstruoso que mi personalidad quedó arrasada hasta sus mismas raíces [...] Yaciendo en el suelo boca abajo, me retorcía, me sacudía como un perro al que su dueño azotara con una tralla. [...] "La muerte (¡sí, por supuesto!), la muerte es más fácil que esto", es lo que cierta persona sometida a investigación se dijo a sí misma. También yo me lo dije. Y empecé a difamarme a mí mismo con la esperanza de que me llevaran al patíbulo [...] (Mirek tomado de Pipes, 2002: 87-88).

En cuanto a las figuras de Osip Mandelstam y Marina Tsvietáieva, vemos que en el primer caso, considerado uno de los poetas más importantes del siglo, pagó con su vida el epigrama que escribiría sobre Stalin. Tsvietáieva por su lado se suicidaría bajo presión psicológica en 1941 luego de encontrar la revolución, la guerra, la persecución, el exilio, la miseria, el hambre, los horrores del estalinismo, el desprecio y el olvido como un infinito tormento.

Sus dedos son gordos como larvas

y las palabras, definitivas como si fuera plomo,

caen de sus labios;

su bigote de cucaracha sonríe malicioso

y la parte superior de sus botas brilla.

A su alrededor, una chusma de líderes de fino cuello,

aduladores medio hombres con los que juega.

Relinchan, ronronean o aúllan,

cuando él parlotea y señala con el dedo,

forjando una a una sus leyes, para ser arrojadas

cual herraduras a la cabeza, al ojo o a la entrepierna.

Y toda matanza es un placer (Mandelstam en Pipes, 2002).

La poeta Anna Ajmátova por su parte, aún cuando no irrumpió dentro de la poesía rusa como sí lo hizo Mayakovski con escandalosas innovaciones, su postura estuvo siempre firme en no seguir el sinsentido en el que se perfilaba la política de radicalidad y la agudización de la lucha de clases. Las autoridades prohibieron la obra de la poetisa, quien se vio confinada por varios años, al silencio y a retomar su escritura solo después de varios años.

La maquinaria de poder deportó a su único hijo a Siberia tras varios episodios de contacto entre Ajmátova y algunos occidentales como Isaiah Berlín (situación prohibida en la URSS) o visitas al deportado y amigo Osip Mandelstam. Esta misma maquinaria se encargó de fusilar en 1921 a su esposo, el poeta Nicolai Gumilievy; y de detener a su amiga la poeta Olga Bergholtz.

A diferencia de Pasternak, Ajmátova siempre lamentó y se culpó de haber tenido que vivir la muerte de sus más preciados amigos y de sobrevivir los embates del estalinismo y las grandes purgas. Nunca acalló su voz ante el poder, siguiendo adelante con el poemario más importante de su obra, Réquiem.

En el caso de quienes prefirieron el destino del exilio por temor a morir o terminar vendiendo su ideología y obra a los designios del gobierno totalitario tenemos al escritor húngaro Sándor Márai, Evgeny Zamiatin y el escritor y detractor político de Stalin, León Trotsky deportado a Asia Central y posteriormente expulsado de la URSS en 1929 por ser catalogado traidor.

2.3. La atracción y sumisión de algunos intelectuales

La figura de Gorki, elegido presidente de la Asociación de Escritores Soviéticos (1934), formula los principios del realismo socialista e intercede en algunos casos ante Lenin y posteriormente Stalin, por la vida de algunos de sus compañeros[8] de letras creando ante este último, algunos problemas por algunos de los arrestados. En algunos episodios se exhibe que en acostumbradas ocasiones se celebraban reuniones nocturnas que podían durar largas horas, a las cuales asistía Stalin, para discutir y abordar con Gorki y otros escritores, lo que se quería de la literatura soviética. Es el máximo exponente de la literatura proletaria, además del creador de los principios literarios declarados por el régimen soviético, siendo así el peso de su voz, implacable.

El caso de Boris Pasternak, quien sobrevivió a los horrores estalinistas sin procurar a viva voz criticar al gobierno pero tampoco glorificarlo, responde a ese tipo de escritor que menciona Sándor Márai, intelectual espectador que de alguna manera avala la atrocidad con su presencia y su silencio complaciente y sobrevive a los peores años del terror por su posición callada desde la oscuridad[9].

Mijaíl Shólojov, premio nobel, fue una figura resaltante dentro de la literatura rusa del Siglo XX. Se vio asombrado por los eslóganes y proclamas de los bolcheviques, lo que lo llevó a alistarse en el Ejército Rojo, ocupando a partir de allí, diversos cargos militares, administrativos y políticos, llegando a ser elegido diputado del Sóviet Supremo de la URSS. Sus obras le valieron premios, medallas y órdenes por el gobierno de la época. En 1932 ingresa en el Partido Comunista y la publicación de su obra El Don Apacible le vale el premio Stalin en 1941, convirtiéndolo en uno de los escritores más influyentes de la URSS. En sus escritos y proclamas siempre mantuvo la defensa de las políticas y la línea soviética de la conducción estalinista.

En el ámbito de la música veremos figuras que prefirieron tomar el camino de la adaptación como Prokofiev, Khatchaturian y Shostakovich, que luego de ser acusados de "formalista" y "occidentalista", los compositores ajustarán su música a los cánones de la política soviética para 1) tratar de sobrevivir financieramente con la intermediación de sus amigos influyentes de la cúpula del poder soviético; 2) seguir recreando su música como parte de la creencia firme de que la música debía reflejar el sentir del pueblo soviético; y 3) obtener la reivindicación oficial.

El último caso a referir sobre el colaborador que fue atrapado por la estética ideológica de Stalin lo comprende Alexandre Kojève, filósofo político hegeliano y marxista que desarrolló su propia tesis sobre el "Fin de la Historia". Se señala que cuando trabajaba para el gobierno francés y en algunos cargos académicos en su país de residencia, Francia, mantuvo contactos con la URSS, hasta el punto de que para el año de 1999 se acusaría al fallecido filósofo de espionaje durante los años que irían desde 1945 hasta su muerte en 1968. Además, el pensador ruso en defensa de la URSS, establece una clara diferencia entre el régimen de Stalin y las tiranías antiguas en el ámbito de lo moral, exponiendo que tanto los filósofos como los tiranos se necesitan mutuamente para conducir la historia, y este líder [Stalin], a diferencia de lo que pensaban muchos, era la figura que podía encaminar al país hacia un futuro mejor.

3. El nivel de obediencia de los intelectuales rusos. Reflexión final

Hablarle claro al poder, como bien definiría Edward Said, supone que "decirle la verdad al poder no es un idealismo al estilo del personificado por Pangloss; es sopesar cuidadosamente las alternativas, escoger la correcta, y luego exponerla inteligentemente donde pueda hacer el máximo bien y provocar el cambio adecuado" (Said, 2007: 121).

El oficio del intelectual en este sentido supone no sólo un riesgo por las sanciones de ser catalogado como detractor bajo un régimen totalitario que llevaría a muchos de los casos a acallar esa fuerza mediante la prisión, el trabajo forzoso, los campos de concentración, el destierro o el camposanto, sino también, por las gravísimas implicaciones que traería consigo que la intelectualidad se sumiese a un letargo y a una posición resignada de ver y transitar los horrores desde una posición privilegiada. Lo anterior trae consigo la aceptación de la superioridad del poder político por un lado y con ello la colaboración y la persecución de sus iguales por temor a la sanción o la alteración del sistema de valores.

En el caso de la obediencia ciega de algunos intelectuales y su servilismo ante el poder totalitario, la respuesta pudiera deberse al grado de sumisión, que no pareciese en ningún momento ser el de seres pensantes y mucho menos el sentido real de lo que se presume debe ser un intelectual.

El intelectual no es el sabio que vive en una torre de marfil o en su acantilado desde donde ve pasar en la lejanía la nave de gobernantes, a veces locos, necios o incompetentes. El intelectual está atento a lo que lo rodea y se preocupa cuando las cosas van mal para el colectivo. El ejercicio del intelectual es oficio independiente, pero útil a la comunidad. Busca ser práctico y eficaz para sus contemporáneos, asumiendo un compromiso consigo y con su entorno (Neira, 2007; 1).

Ese extravío sumiso de algunas figuras colaboracionista rusas pudo deberse a:

1) la acomodación oportunista que les procuró una posición aventajada dentro del gobierno y una mayor actuación intelectual, aún sesgada, como fue el caso de figuras como la de Máximo Gorki, escritor e ideólogo del realismo socialista.

2) La adhesión a una ideología que a menudo sucumbió hacia una fascinación por lo estético, haciendo parecer que las políticas estalinistas encarnaban esperanzas apolíticas y promoción hacia el conocimiento de la naturaleza y la técnica. A este tipo de colaboracionismo respondió Alexandre Kojève en el cual vemos que existe un oportunismo por su aleación al poder y que responde además a una obediencia de tipo activa dada la afinidad con las políticas revolucionarias que estaba impulsando Stalin en lo económico y social.

3) El colaboracionismo por convicción: tal es el caso de Alexander Fadeyev, activo promotor de la doctrina Zhdanov y verdugo de muchos compositores musicales de la URSS, a partir de 1946; y finalmente,

4) al temor fundado por las represalias que pudiesen haber generado el final de la figura del intelectual. De allí que en algunos casos hayan devenido por un lado en un silencio complaciente con la figura de Pasternak, quien no sufrió el destino de muchos de los escritores y poetas bajo los años de la sumisión o de terror, sino que más bien sobrevivió a los peores años del horror estalinista, pero sí se vio presionado luego de su obra Doctor Zhivago, una vez finalizada la era de Stalin, por exponer críticas hacia este período, que además de su precedente obra, le valió el Premio Nobel de Literatura en 1958[10]; y del otro lado, en una adaptación por la necesidad de encontrar una vía de salida o alternativa de escape como fue el caso de Prokofiev, Khatchaturian y Shostakovich.

Algunos escritores indudablemente adoptaron más o menos voluntariamente la línea oficial bajo el impulso del miedo o del cinismo. [...] Una razón para esta adaptación es el hecho de que no había ninguna salida. No se trataba de poner el propio coraje en juego, no era un problema de coraje individual; sabiamente el régimen había hecho de la ideología ortodoxa una responsabilidad colectiva, [...] Bajo estas circunstancias, la escogencia era simple –silencio o adaptación– [...] (Vickery, 1970: 118).

De aquellos que formaron el frente de la resistencia encontramos claramente a intelectuales que 1) tomaron el ala del no compromiso y la disidencia frontal como el polaco Osip Mandelstam y su esposa Nadiezhda, Anna Ajmátova, la poeta Olga Bergholtz, Alexander Blok, Marina Tsvietáieva, Vladimir Mayakovski y Alexandr Solzhenitsyn (entre tantos otros). Esta fuerza de resistencia que los llevó a caer en la mayor parte de los casos en el ciclo de persecuciones, desapariciones, fusilamientos y suicidios por presiones psicológicas, buscaba defender una fuerza que no los acallaba, que en el caso de los poetas como Osip Mandelstam, se debía a que

La Poesía era poder [...] Desterrados, enfermos, en la miseria y acosados, seguirían sin renunciar a su poder. [Mandelstam] se comportaba como un hombre consciente de su poder, y esto no hacía más que provocar a quienes querían destruirlo. Para ellos el poder se expresaba en armas, en organismos de represión, en la distribución de todo –incluida la fama– por medio de cupones de racionamiento, en la posibilidad de encargar su retrato a cualquier artista que escogieran. Pero [Mandelstam] sostenía tenazmente que, si mataban a la gente por la poesía, tenía que ser porque respetaban y temían la poesía; dicho de otro modo, que también la poesía era un poder en el país (Mandelstam tomada de Coetzee, 2007: 143).

En el caso de Ajmátova vemos que su sobrevivencia pudo responder a ese mecanismo del gobierno totalitario de desaparecer a miles de personas por cada disidente que tuvo, además del reconocimiento claro que poseía esta figura dentro de la población rusa, incluso oficialista.

Aún cuando la poeta flaqueó en contados momentos como en aquella celebración del sexagésimo cumpleaños de Stalin en el cual "puso su voz al servicio del tirano" para poderle salvar la vida a su hijo, la autoridad moral de esta escritora se mantuvo grande en vida y aún después de muerta.

2) El segundo caso corresponde a aquellos escritores que como Isaac Babel, fusilado por cargos de espionaje al servicio de los franceses, se hallaba en la posición de hacer frente y resistencia mediante un silencio de huelga que en palabras del mismo Babel se debería a un respeto hacia el lector y también al escritor; y finalmente se encuentran 3) el caso de los exiliados como Trotsky, Sándor Márai y Evgeny Zamiatin, que sin duda este camino les significó un trauma enorme debido a la pérdida del hogar, de una profesión, de la lengua materna, incluso, la ruptura de los vínculos familiares y amistosos.

Teniendo presente hasta ahora que este Estado totalitario obligó a enfrentar la propia identificación del ser, expropiándolo en este sentido del pensamiento y arrancando la existencia personal como apunta Kertész en su obra La Lengua Exiliada, "a modo de catástrofes inesperadas y nos ofrece las alternativas propias de una pesadilla, entre las cuales nos obliga a elegir" (2007: 68), encontramos entonces aquellos que se situaron convenientemente en la zona gris, pudiendo citar el caso del escritor Mijaíl Shólojov y el cineasta Sergei Eisenstein, quienes por omisión ante las atrocidades del gobierno decidieron plegarse, sin asumir ninguna responsabilidad personal, a los designios de las políticas oficiales para mantenerse con vida, gozar de prestigio y trabajo en medio de una amenaza y ataque total a la intelectualidad. Así mismo, sirvieron con resignarse a ver cómo sus colegas eran lapidados por el sistema y en otras cuestiones coayudaron del mismo círculo intelectual o del Peredelkino[11] con esas denuncias falsas que eran recurrentes para provocar las detenciones de grandes figuras artísticas:

De esta manera la persona entra en la pesadilla, se convierte ella misma en un personaje del sueño angustioso, ejecuta actos parecidos a los oníricos por los que en circunstancias normales no asumiría ninguna responsabilidad personal, y a menudo ni siquiera la percibe (Kertész, 2007: 68).

Lamentablemente el estado permanente de ilegalidad halló su máxima expresión en los regímenes totalitarios como bien apunta Hannah Arendt, dando paso a que las órdenes "intencionalmente vagas y formuladas con la esperanza de que quien las recibía reconocería la intención del que expresaba la orden y actuaría conforme a ello" (2001) respondieran en el caso de la persona gris de la intelectualidad rusa bajo el poder de Stalin, a duplicar la estructura y maquinaria del Estado dirigida a transformar la organización del Estado en una organización encaminada a que cada capa de la relación partido-simpatizante fuera frontalmente un cúmulo de burócratas aliados que en lo consecuente no llegarían a alcanzar a tener el verdadero poder, sino de manera simple mantener, un status de conveniencia y oportunismo.

La exaltación del imperio de la ley, donde además la ideología era elaborada como guía; la movilización a gran escala de organizaciones creadas por el régimen; la formación del partido oficial de facto que maneja el monopolio del poder; el insignificante pluralismo político, económico, social y de pensamiento; el culto a la personalidad del líder y la censura, que en su generalidad llegó a invadir el espacio de lo privado, fue lo que caracterizó el régimen de Stalin, llevando a la gente común y no tan común a estar bajo situaciones y presiones terribles.

Es por ello que Kertész expone que para la gente no tan común, referido específicamente a los escritores, "las dictaduras del siglo XX crearon nuevas formas de existencia intelectual. El escritor que reflexionaba sobre las ideas del espíritu de la época o discutía sobre ellas en cafés, clubes o salones literarios se despertó de golpe y comprobó que estas ideas se habían corrompido y convertido en ideologías de Estado, que en vez de sus interlocutores, se sentaban allí los miembros de la policía secreta del Estado totalitario y que ya no se producían debates sino interrogatorios. Y en las islas de la libertad que se iban reduciendo con enorme rapidez aparecieron los escritores exiliados, como si aquellas ínsulas fuesen las últimas manchas bañadas por el sol antes de que llegasen las heladas" (2007: 68).

En este sentido, los enemigos de la libertad, los totalitarios y sus verdugos, atacan el pensamiento a la intelectualidad tratando siem

pre de presentar su alegato a favor de la disciplina y en contra del individualismo. En el caso de las artes bajo el comunismo estalinista, el ataque a la libertad individual supo disfrazarse con una retórica pequeñoburgués, respaldadas en palabras de abuso como "romántico" y "sentimental".

Contrario a este embate, la representación de intelectuales que sí supo hacer frente activamente o pasivamente al régimen, respondieron principalmente a dos razones. El primero de ellos a la defensa de la libertad intelectual, comprometiéndose para dar "cuenta de lo que se veía, se escuchaba y se sentía, sin estar obligado a fabricar hechos ni sentimientos imaginarios. [...]"[12] (Orwell, 1946), y en segunda instancia, a una conciencia que no funcionó de manera automática, en donde la reprobación pudo deberse, como apunta Hannah Arendt (2007: 71), hasta al punto de preguntarse cómo podrían haber seguido viviendo en paz consigo mismos.

El límite de la obediencia tanto en aquellas figuras que decidieron ubicarse del lado del colaboracionismo como en la zona gris, reveló más allá de las razones que los motivaron a seguir y acatar los valores que impuso el gobierno estalinista, 1) una falta de honestidad intelectual que, creo, se tradujo en una falta de decisión por tratar de buscar entender mejor ese mundo que les tocó vivir y al que no debieron simplemente sobrevivir. El problema que se suscita en este caso es que el juicio intelectual de aquellos que tomaron la línea totalitaria y se amoldaron a un sistema de pensamiento esquizofrénico, quedó para distorsionar la realidad y, por ende, regirse de alguna manera a que sus propias facultades creativas se resecasen. 2) Por otro lado existió un menoscabo de la libertad individual, en donde el mismo individuo dejó de tomar las decisiones de lo que había que hacer y cómo ganarse la vida, dejando en manos de quienes tenían el mando, el poder de decisión. El intelectual colaborador y gris renunció a disponer de lo que quería o no, a ser libre y responsable, quedando así su capacidad de autodeterminación constreñida y reducida a poco menos que nada. Y finalmente se percibe en esta caracterización sumisa 3) un deterioro de la responsabilidad moral en donde el carácter interno de las conductas individuales, el compromiso de accionar y la habilidad de tomar distintas alternativas, quedó reducido a la conciencia de un solo individuo, en este caso el líder.

Todo este esbozo sobre el tema de la obediencia de ciertos intelectuales rusos bajo la era de Stalin, hacen considerar aún más la importancia que tiene la conciencia individual. Una conciencia capaz de permitir que los sujetos fallezcan o reaccionen a tiempo frente a la barbarie, más allá de otras motivaciones con o sin sentido que se tengan para apoyar o no un régimen como el totalitario.

Así como aquel pausado Pereira de Tabucchi, lo que se podría esperar es que la mayor parte de los intelectuales tomen la opción, sin grandes explicaciones, de tener la valentía de escribir y denunciar. No debería ser necesaria la muerte de algunos para finalmente abrir los ojos, sino tener el nivel de conciencia para darle el valor real de lo que significa la libertad, con lo cual y en esa misma medida, la evolución de la vida sea el progreso de la libertad humana.

Notas

[1] Este estudio fue realizado en la Universidad de Yale un año después del juicio realizado a Adolf Eichmann en 1960 en la ciudad de Jerusalén. Posteriormente en el año 1999, Thomas Blass, profesor de la Universidad de Maryland publica un análisis de todos los experimentos de este tipo, realizados hasta entonces, incluyendo entre ellos el de Milgram. El propósito era "averiguar con qué facilidad se puede convencer a la gente corriente para que cometan atrocidades" tales como las ocurridas en el Holocausto. Eichmann tras pruebas psicológicas, arrojó un estado mental de completa normalidad e incluso no reflejó ningún tipo de odio contra los judíos particularmente, lo importante para él como luego se develaría en su diario de cárcel "las órdenes eran lo más importante de mi vida y tenía que obedecerlas sin discusión". Por ello Milgram decidió experimentar con voluntarios, el grado de obediencia y el límite de hasta dónde puede llegar un ser humano para infligir daño a otra persona para acatar o doblegarse a una orden.

[2] En este sentido Hannah Arendt, en lo que ella denominó la "banalidad del mal", apunta a decir como espectadora del juicio que se le realiza a Eichmann que "Lo que más impresionaba en Eichmann era su terrorífica normalidad. Presentado al mundo entero como un asesino feroz y sanguinario, resultaba ser un simple burócrata que sólo sabía expresarse en fórmulas codificadas de las Amtsprache (oficialidad) alemana... no sentía el menor problema de conciencia haciendo el mal pues, bajo el nacional-socialismo, el mal era ley y nunca se le habría ocurrido que se podía violar la ley". "Según Arendt, nunca [Eichmann] se dio cuenta de lo que hacía". Ampliar en: (Traverso, 2001: 105).

[3] Traverso, Enzo. "La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales". /Editorial Herder. 2001. Enzo Traverso Profesor italiano de Ciencias políticas en la Universidad Picardia (Amiens). Ha publicado obras tales como Los marxistas y la cuestión judía;, Les juifs et la Allemagne; y Pour une critique de la barbarie moderne.

[4] La resistencia en este ensayo tiene el sentido que se le da a aquel grupo de opositores que con un conjunto de ideales y valores buscaron enfrentar el personalismo y el individualismo del poder estalinista establecido, conduciendo además la batalla contra el sometimiento y defendiendo los valores de libertad y verdad a través de la fuerza de las ideas, en contraposición a la fuerza política. Cabe recalcar que este concepto posee otras acepciones tales como movimiento político restaurador; guerra de liberación; movimiento eminentemente político; y desde una perspectiva histórica como una empresa militar.

Para Norberto Bobbio existen tres actitudes claramente definidas del intelectual presentes durante el período totalitario, específicamente el fascista. 1) el del compromiso total: aquel que expresa "indisolubilidad entre teoría y práctica, y, por tanto, en la subordinación de la teoría a la práctica". El principio es que "todo es política" [...] 2) el no compromiso "entendido como la actitud opuesta, de desconfianza, indiferencia o evasión respecto a los problemas que se refieren al poder" [...] Bobbio remite a éste tipo de intelectual como aquel más puro. 3) El compromiso crítico: "representado por una actitud diferente a las anteriores que considera que las esferas de la cultura y de la política están estrechamente vinculadas pero no se sobreponen" [...] El sentido y uso que le da Bobbio al concepto de no compromiso como aquellos intelectuales que "estaban en las ventanas observando, mientras el pueblo, el verdadero pueblo, estaba en la plaza", no es el que se quiere tomar en el presente ensayo, sino de aquel que remite más bien a la resistencia verdadera por enfrentar al gobierno y no dejarse someter a los designios y lavamiento de cerebro que perseguía el estalinismo. Ampliar en Baca Olamendi (1998 94).

[5] En un pasaje de un carta escrita por Lenin al escritor Máximo Gorki, se expone la idea sobre cuál era la condición de los intelectuales bajo el nuevo régimen soviético luego de la Revolución de Octubre. "La fuerza intelectual de los obreros y campesinos crece en la lucha por derrocar a la burguesía y sus acólitos, esos intelectuales de segunda fila y lacayos del capitalismo que se creen el cerebro de la nación. No son el cerebro de la nación. Son su mierda". Ver Amis (2004 23).

[6] Sinopsis de la Editorial Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores. Babel, Bulgákov, Mandelshtam, Platónov son sólo algunos de los dos mil escritores rusos que desaparecieron durante los años del terror en las grandes purgas promovidas por Stalin. [...] Vitali Shentalinski aprovechó la apertura de la Perestroika para urdir un plan que hasta ese momento era descabellado: enfrentarse al Partido y a la administración soviética para lograr la rehabilitación civil y artística de varios centenares de escritores represaliados, mediante la publicación de los archivos secretos del KGB. [...] El resultado es un estremecedor viaje a las postreras horas de una decena de escritores que perecieron víctimas de un régimen de pesadilla.

[7] Sobre ésta Unión de escritores resalta el apoyo que le dio uno de los máximos exponentes intelectuales del realismo soviético, Máximo Gorki. Con respecto a su estatuto, la Unión sostenía que "el realismo socialista era el método básico de la literatura y la crítica literaria soviéticas; exigía del escritor veracidad y una representación concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario. La concreción y veracidad histórica de la representación artística de la realidad debe estar vinculada con la tarea de transformación ideológica y educacional de los trabajadores en el espíritu del socialismo. Su objetivo es exaltar al trabajador común, sea industrial o agrícola, al presentar su vida, trabajo y recreación como algo admirable. En otras palabras, su objetivo es educar al pueblo en las miras y significado del socialismo. La meta final es crear lo que Lenin llamó un tipo de ser humano completamente nuevo, el Nuevo Hombre Soviético. Stalin describió a los ejecutores del realismo socialista como ingenieros de almas". En: Realismo Socialista: http://www.prokofiev.org

[8] Máximo Gorki ayudó a 12 escritores de ascendencia judía a escapar de la Rusia de 1921, bajo el mando de Lenin, hacia Éretz, Israel. Entre estos escritores se encontraba: Jaim Najman Biálik, Shaúl Chernijovsky, Álter Druyanov.

[9] Tanto fue el silencio de Pasternak, que algunos críticos mencionan que él no tuvo la fuerza de defender a sus amigos, cuando en alguna situación se requería. Existe una anécdota que relata I. Berlin, contraria a algunas otras versiones en la cual Pasternak ha sido llamado telefónicamente por el propio Stalin para preguntarle si él presenció el epígrafe que hace Mandelstam contra el líder y las políticas soviéticas que se estaban emprendiendo. Pasternak evitando la respuesta sólo se atreve a conminar al dictador para que le dé una cita en la cual pudieran hablar personalmente. La vida de Mandelstam pendía en ese momento. Stalin reitera su pregunta a la cual el poeta prescinde responder nuevamente. Stalin cuelga el teléfono. Días después Osip Mandelstam muere en el campo al que fue confinado.

[10] Boris Pasternak acepta en un primer momento el reconocimiento que le hace la Academia Sueca pero bajo las presiones que le ejercen grupos comunistas soviéticos, éste decide hacer público el anunció de rechazar el premio y no partir al exilio.

[11] Colonia o Dacha situada cerca de Moscú. Pensada y promovida por el escritor Máximo Gorki como refugio para escritores.

[12] Orwell, George. "Por la honestidad intelectual". Polemic nº 2, 1946. Tomado de la revista Letras Libres. Agosto 2006. Nº 92. Traducción: Laura Emilia Pacheco.

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