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Gaceta Médica de Caracas
versión impresa ISSN 0367-4762
Gac Méd Caracas v.111 n.4 Caracas dic. 2003
Un Maestro de excepción: doctor Félix Pifano Capdevielle (1912-2003)
*Dr. Rafael Muci-Mendoza
Individuo de Número
*Panegírico del doctor Félix Pifano en el acto de homenaje póstumo promovido por la Federación Médica Venezolana el sábado 23 de agosto de 2003. Sede de la Federación Médica Venezolana, Auditórium Dr. Pedro Pérez Velásquez. Caracas, Venezuela.
Consciente de un gran compromiso, vengo hoy como uno más de sus numerosos alumnos a rendir público homenaje a quien nos privilegió con su amistad y con sus sabias enseñanzas. Pese a que esperaba su muerte en cualquier momento por los tantos años que hacían peso sobre su frágil humanidad, confieso que me consternó por lo sorpresiva e inesperada. Así pues, que he quedado otra vez huérfano de padre al irse mi entrañable amigo y mi reverenciado Maestro. Debido a ello, esta nota luctuosa tomará un tono inevitablemente personal por lo que de antemano, presento excusas a la audiencia.
Le conocí personalmente durante mi tránsito en 1959 por su querida Cátedra de Medicina Tropical. Ocurrió desde la distancia en el auditorium, aunque ya esperaba con impaciente deleite llegar hasta él a través de las referencias de mi madre, que no sé como pero bien le conocía, y de mi hermano Fidias Elías quien me llevaba algunos años de ventaja en la carrera médica y siempre me hablaba de él con genuino recogimiento y orgullo. Me impresionó aquel hombre de pequeña estatura, cabeza inclinada hacia un flanco, hablar pausado y tranquilo, que se paseaba por el entarimado de un lado al otro mientras pensaba y hablaba de sus verdades en el lenguaje isócrono del tinajero de su infancia, de sus experiencias personales siempre frescas, de su pasión por la verdad, evitando regurgitar saberes de otros mundos. No era aquel un lenguaje insincero, libresco e invivido, era la suma de muchos años de esfuerzo y estudio: trabajos de campo, observación microscópica, búsqueda minuciosa, compromiso con el compromiso, lúcido pensar. No era la estridencia del político mendaz ni el embuste agazapado del ignorante que en su desespero cree engañar. Eran verdades sencillas que nos guiaban indefectiblemente hacia su senda: la rectitud, el decoro, la obligación autoimpuesta, la verticalidad sin dobleces, roturas o enmiendas. Este es el camino, parecía decirnos, avisoren el final y síganlo con prontitud y sin demora, ¡qué el tren de la vida no espera! Su hablar acompasado pero vibrante, nos permitía entonces intuir la magnitud de la figura que teníamos enfrente. Aunque siempre cercano en mi corazón, le perdí de vista por muchos años; sin embargo, me alegraba siempre al conocer de sus lauros y merecidos homenajes, particularmente el de haber ostentado dos veces el Premio Nacional de Ciencia y contar dos promociones médicas con su nombre. Pero como todo en la vida, llegó un momento en que los años le pesaron y antiguas y dolorosas dolencias físicas ganaron terreno en su endeble economía y le forzaron a retirarse del todo de la vida pública. En esos momentos, tan difíciles como hubieron de ser para un hombre inquieto y un trabajador infatigable como él, sentí el deseo de acompañarle, él me lo permitió y así comenzó una nueva relación personal e intelectual con la que me honró hasta sus últimos días. En el otoño de mi vida, volvía yo de nuevo a ser su alumno, oyéndole con interés y veneración, y dándole gracias a Dios por la graciosa concesión de ese privilegio.
Nace Pifano en Yaracuy, en una casa de la Calle Real en la aldea capitalina de San Felipe, el 1° de mayo de 1912. Aquel villorrio apenas contaba 2 500 almas siendo la población total del Estado Yaracuy de 75 mil habitantes, de los cuales, 86 % era rural y 14 % urbano. Según su percepción personal, sería apadrinado por Cronos, Dios del Tiempo y Pnemóside, Dios de la Memoria, los cuales le insuflaron un largo vivir y al mismo tiempo, hasta muy entrado en años, encontrarse en posesión de una excepcional memoria. Luego, como a menudo ocurre en la edad provecta, le abandonaría Hygeia, Diosa de la Salud, siendo que la famosa frase del insigne médico francés René Leriche, "La salud es el silencio de los órganos" que siempre me recordaba, se hizo para él una contradicción: el Maestro era doquier, doloroso ruido.
Una panoplia de nacionalidades le aportaron los genes y esa experiencia de vidas pasadas conque se tiñe la sangre: su padre italiano, su abuelo francés y sus bisabuelos vascos, templaron su fibra para el trabajo y su porfiada disposición para el pensar y el estudio. Carmelo Pifano, su padre, desposó en San Felipe a Josefina Capdevielle, pero a quien más recuerda en sus relatos es a su abuelita Emilia siempre ocupada en su mecedora haciendo alguna labor, una mujer educada y cristiana que dominaba a la perfección el idioma francés. Su infancia transcurrió por aquellos predios citadinos que aún eran rurales. Al decir de Rodríguez Cárdenas, su amigo del alma, quien le retrató hermosamente "era menudo, pequeño y delgado. Padecía de un quebranto que le deformaba el cuello y miraba las cosas con ojos asustadizos". Fue alumno distinguido de la prestigiosa escuela "Padre Delgado" donde la señorita Nicolasa García le enseñó el deletreo de la cartilla. Luego pasó al "Colegio Montesinos" semillero de hombres estudiosos, "propios para el laboratorio, la pluma o el teodolito" (1). 1926 marcó otro hito en la vida de Pifano cuando el citado colegio fuera cerrado y tuviera que migrar hacia Barquisimeto, donde fue acogido en el regazo de los Hermanos Cristianos de La Salle. La influencia que en el colegio ejercerían dos personajes venidos de Francia y a los cuales me nombró en innumeras ocasiones, marcó huella indeleble en su carácter y en su devenir futuro. Fueron aquellos, faros que iluminaron su mente ávida de conocimientos; fue un encuentro fúlgido entre aquel que quiere dar y ese otro que desea recibir, y que hicieron de él, un creador, un innovador mediante la decisión, la determinación y la pasión que rubricaron cada acto de su vida fecunda. Fueron ellos, el Hermano Atanasio, su profesor de biología quien a su decir, "estableció su mentalidad biológica" (2) y el Hermano Luciano quien le dió "formación matemática" (2). Me contaba que con el primero, mientras sus compañeros disfrutaban del ocio del fin de semana, se iba a reforestar y a recibir en el teatro de los acontecimientos, lecciones de botánica y de una ciencia aún no fundada, la ecología. Recuerda con gratitud como una vez le dijera, "El árbol es el único ser viviente que se defiende inmóvil". Allí debieron conmoverle las criaturas de Dios, las serpientes, los insectos, el campesino en su rancho para medio cobijar, endeble e insalubre, el maruto de los niños malnutridos y tal vez los macilentos, los desesperados, los hidrópicos, los jipatos y los tullíos para quienes no había tutía. Como una premonición del que luego sería, a los 17 años de edad, en julio de 1929, obtiene su título de Bachiller presentando un trabajo sobre "Serpientes ponzoñosas del Estado Yaracuy". Me comentaba que se lo había enviado al Profesor Afranio Amaral, entonces Director del famoso instituto Butantán de Sao Paulo. Algunos años más tarde, cuando Pifano aún joven le visitara para conocerle, él le dijo "Guardo con celo el trabajo sobre serpientes venenosas que su padre me envió hace cierto tiempo" A lo que Pifano te respondió, "No, no fue escrito por mi padre; fue escrito por mí..."
El mismo año 29 se viene a Caracas a inscribirse en la Facultad de Medicina. Como un autoestopista cualquiera, entre las estacadas de un camión de verduras se confunde con apios, tomates y cebollas mientras el bondadoso conductor le aventa hasta las cercanías de la capital. Para entonces, su situación económica era precaria, pero él, que tenía gran aptitud musical, tocaba el bandolín con soltura y además, en su infancia había tomado algunas clases de piano con la señorita Eugenia Artiles, absorbió cual esponja en pocas clases, las prácticas lecciones que aquella le dictó. ¡Invita minerva, lleva la música por dentro! todos se decían. Y de esta manera, en el Teatro Principal de Caracas, tocando el piano para amenizar los cuadros mudos que el cinematógrafo prodigaba, surgían de sus manos virtuosas los valses criollos, los merengues y las mariselas. Al principio trabajó como suplente del pianista principal, pero luego obtuvo el cargo a permanencia, pudiendo así sobrevivir las estrecheces de un provinciano en la capital. Sólo una vez le vi y le oí ejecutar alguna melodía inconclusa en su recién afinado piano... Creo que se molestó porque sus manos, ya olvidadizas y anquilosadas para la música, no respondían al ritmo del metrónomo de su raudo y tintineante corazón, de manera que aquel viejo valse del terruño, pronto finalizó antes de que pudiera ser concluido, y yo, me quedé mirándole... con aquellas las ganas. El cargo de profesor de biología en el Liceo San José de los Teques en 1932 fue una ayuda más a su apretado presupuesto.
Durante sus estudios médicos la búsqueda de la excelencia mueve sus actos. En 1934 se abren los concursos para las monitorías de Clínicas Médica, Obstétrica y Quirúrgica en el Hospital Vargas de Caracas. Decide irse por la de Cirugía en la seguridad de que la obtendría. Un cercano compañero y amigo con más inclinaciones quirúrgicas que él, le pide que no se lance a la contienda pues de ser así, él, cirujano en ciernes, no tendría ninguna oportunidad. En un gesto de bondad y gallardía y haciendo honor a la amistad, se inscribe en las de Clínicas Obstétrica y Médica ganando ambos concursos, cargos que mantiene hasta 1935 mientras miraba complacido a su amigo monitorizando a los aprendices a cirujanos. Ese su compañero, llegó a ser un gran profesor e innovador de la cirugía venezolana. Me hablaba de sus maestros con profundo éxtasis y agradecimiento, de sus charlas con Luis Razetti en el patio del Hospital Vargas donde se erige la estatua del sabio Vargas, del empleo del rudimentario tensiómetro de Pachón que sólo registraba la tensión sistólica, y de cómo, al regreso del doctor José Gregorio Hernández de Europa, se conoció el más exacto aparato de Vaquez-Laubry con el que podían determinarse las tensiones sistólica y diastólica.
A los 23 años, da frutos su conocimiento ya maduro sobre sierpes y ponzoñas, y el 27 de julio de 1935, obtiene el título de Doctor en Ciencias Médicas con una investigación dirigida por el doctor Enrique Tejera e intitulada, "Contribución al estudio etiopatogénico y clínico del emponzoñamiento ofídico en Venezuela". Retorna al lar nativo y al seno del campesinado a investigar las enfermedades de los trópicos que truncaban vidas, terebraban cuerpos y arrebataban esperanzas. Es designado Jefe de Servicio de Medicina Interna del Hospital San Agustín de San Felipe y allí permanece entre 1936 y 1939. Entra y sale del hospital para recorrer pueblos y aldeas, y en ese inmenso laboratorio de la naturaleza, aprende con la ayuda de su agudo ingenio y su vocación para el trabajo, sobre patologías hasta el momento exóticas que urgían develación. Nota diferencias y disimilitudes entre lo asentado en sus libros por los científicos franceses y describe lo que percibió como una medicina "nostra" y regional: nuestra tierra, nuestros hombres, sus idiosincrasias y las noxas que les enfermaban, no eran similares a las descritas en otras latitudes. Ese mal, tan acendrado y tan frecuente en el conglomerado médico de nuestros tiempos, de copiar al pie de la letra experiencias de otros climas sin antes digerirlas, rumiadas y adaptarlas a nuestra realidad, no fue aflicción que acogotara a Pifano. Lo de él era autóctono, novedoso y no se parecía a más nada...
En 1936, el doctor Enrique Tejera es designado Ministro de Sanidad y crea la División de Malariología a cuya cabeza coloca al doctor Arnoldo Gabaldón. Pifano lo acompaña a ver en el terreno el trabajo de la Fundación Rockefeller en Costa Rica y el Canal de Panamá. Allí permanece varios meses. A su regreso, es designado Jefe de Campaña en los Valles de Yaracuy y es provisto de un laboratorio para este fin, que además utiliza para comprender la endemiología regional. ¿Pero cómo vivir solo? Un hombre para ser completo necesita de una mujer con quien compartir alegrías y tristezas, para que le acompañe como la sombra al cuerpo, para que se amalgame a su ser y sean así un solo tejido, una sola sangre, una sola carne. El pintoresco pueblo yaracuyano de Guama le regala el aroma de la flor de su vida, Angelita Cordido, a quien desposa el 18 de noviembre de 1936. Para cumplir con un deber de vida y tener un incentivo más por el cual vivir y por el cual luchar ¿Qué mejor que hacernos inmortales trayendo una descendencia al mundo? Vendrían entonces en sucesión sus cuatro amados hijos, Edmundo, Hernán, Alicia y Emilia. ¡Ahora si es verdad que Pifano tiene los aperos completos para iniciar la labranza de la vida!
Tres años después, en medio de aquella eficiente efervescencia organizativa, el ministerio contrata el doctor Martin Mayer, Director de Cursos Internacionales del Instituto de Medicina Tropical de Hamburgo, Alemania, y el doctor Alberto J Fernández, Director del Instituto de Higiene, funda para él un Departamento de Investigaciones Científicas. De esta forma, las olas del destino aventan a Pífano nuevamente a Caracas, y acompañará al insigne Mayer hasta su muerte 12 años más tarde. Al amparo de su sombra próspera, Pifano es nuevamente enseñado y se deja enseñar. Expresa su agradecimiento imperecedero por quien le nutrió "con las bases de la metodología científica, la disciplina técnica, el análisis crítico, la claridad sintética y el rigor autocrítico en el campo de la Medicina Tropical" (2).
En 1939 comparte con el destacado patólogo alemán doctor Rudolf Jaffé en el Hospital Vargas de Caracas y da clases de Clínica Médica en el Servicio del doctor José María Ruíz Rodríguez. En un pequeño aposento de la institución, armado de un microscopio, los pacientes que requerían su ayuda acceden fácilmente a él. En enero de 1941, la Universidad Central de Venezuela (UCV) llama a concurso para la Cátedra de Medicina Tropical fundada el 1° de febrero de 1926 por el citado doctor Tejera, y Pifano, a instancias de Fernández, se inscribe como aspirante para sustituirlo. Las severas pruebas a que es sometido son superadas con arte y pulcritud, y es elegido profesor titular por unanimidad, iniciando labores el 1° de febrero de 1942. Siente orgullo al decir que el diploma que lo reconoce como tal, fue firmado por el doctor Arturo Uslar Pietri, a la sazón Secretario de la Presidencia de la República durante el gobierno constitucional del General Isaías Medina Angarita. En dichas pruebas Pifano insistió en la creación de un Instituto de Medicina Tropical, sugerencia que se transforma en realidad durante el gobierno constitucional de Don Rómulo Gallegos. Se decreta su creación el 14 de octubre de 1947 iniciándose así, un glorioso capítulo del estudio de las enfermedades tropicales en Venezuela. En su nuevo cargo proyecta el nombre de la institución por todo el mundo y se hace acreedor a los más significativos honores, títulos y premios que su personalidad de gran científico le deparan. Allí se disecan patologías "nostras" como la Schistosomiasis mansoni, amibiasis, Tripanoso-miasis cruzi y rangeli, lehsmaniasis tegumentaria y visceral, micosis profundas, parasitosis intestinales, accidentes por animales ponzoñosos, toxoplasmosis, toxocariasis y tantas otras que se traducen en libros e incontables trabajos científicos en revistas nacionales e internacionales. No melló su humildad insobornable el que en 1962, luego de revisarse el status específico de la Leishmania brasilensis productora en Venezuela de un cuadro clínico completamente distinto y de poder antigénico diferente al de la leishmaniasis tegumentaria clásica, el agente fuera llamado Leishmania brasiliensis pifano!...
Más de 50 años permanece Pifano al frente de la cátedra dedicándose "al estudio de los hechos, más con la intención de interpretarlos que de describirlos" (2) y "...trabajando con una gran terquedad y una gran confianza en mí mismo para lograr los objetivos que persigo en breve o largo plazo" (2). Con este talento y decisión se fortalece la Consulta de Endemias Rurales y se forma un equipo de trabajo multidisciplinario, armonioso y productivo, y se ordena, se engrandecen y se multiplican secciones y laboratorios. Su personal, escogido sobre la base de su solvencia ciudadana, vocación investigativa y docente, se hace más idóneo cuando les inculca la inquietud científica y la necesidad de su capacitación docente que él persiguió con denuedo hasta la excelencia. Muchos de ellos viajan a la Universidad de Sao Paulo en Brasil junto al profesor Carlos Da Silva Lacaz y luego retornan con los frutos de sus conocimientos para constituir un instituto que podía responder con creces a los ingentes problemas sanitarios del país, endémicos y epidémicos y especialmente a los requerimientos de los enfermos desposeídos. A todos sus asociados les ofreció alas y les enseñó a volar, les incentivó, les dio libertad de acción y no les estorbó, y cada cual alcanzó el sitio y posición que sus aptitudes le permitieron. Abandona la Cátedra el 21 de junio de 1981 quedándose como Director del Instituto. "Deseo destacar, entre sus títulos asegura Da Silva Lacaz, uno de sus amigos y exégetas, el de pionero de los estudios de medicina tropical en América Latina. Como pocos, Pifano ha comprendido la importancia de la Patología Tropical en nuestro medio, contribuyendo enormemente a la valoración del hombre y de la cultura tropical" (3).
Como hijo amante, solícito y servicial que fue de la UCV, participó en múltiples comisiones del Consejo de la Facultad de Medicina y fue Decano de la misma por un período. Por cierto, durante ese lapso ocurrió un incidente que muestra su ardoroso culto por la justicia. Un jefe de cátedra y además tutor de un aspirante a instructor aviesamente le interfirió el ascenso. A pesar de que el profesor en ciernes le mantenía al tanto de los resultados de sus investigaciones las cuales eran aprobadas, al momento de la presentación de su trabajo, influyó sobre el jurado examinador para que lo reprobaran. Enterado Pifano, motu propio llamó directamente al afectado sugiriéndole el nombre del abogado que debía defenderlo y con quien se había comunicado previamente. El dictamen de un juez resultó favorable al instructor que pudo incorporarse a la cátedra. Como era de esperarse, luego renunció al cargo. La justicia pues, fue incompleta porque privó a la institución de un hombrer probo y competente. Ese "instructor golpeado", es actualmente un especialista de altos vuelos en su campo.
Su oposición a la tiranía perezjimenista le valió la suspensión de su salario y el exilio voluntario; pero no fue un exilio para conspirar o resollar por la herida, sí para complotar contra la enfermedad que afectaba a su pueblo minando sus esperanzas, quitando sus alegrías y corroyendo sus almas. La cardiopatía dilatada, el corazón atónico "en bolsa de hielo" del chagásico crónico, le lleva por afinidad al Instituto de Cardiología de México donde aprende el arte de Auenbrugger y Corvisart, y de paso, enseña su verdad cándida y humanitaria, se asoma a la Mesa de Morgagni y es impresionado por la poca perceptividad en la búsqueda de las perforaciones hacia la cavidad pericárdica de los abscesos hepáticos amibianos del lóbulo izquierdo con la subsecuente muerte por taponamiento cardíaco; diagnósticos con este tejido de filigrana clínica le valieron luego en Caracas la salvación de muchas vidas y el alivio de muchas penas y dolores.
Ya en 1997 se queja Pifano de la grave crisis social, económica y política en que se hallaba sumida Venezuela, de la masa de enfermos que no tenían acceso a una medicina digna, que debían renunciar a una atención privada costosa y solicitar ayuda de las Instituciones del Estado, en bancarrota y sin capacidad de respuesta. No avisora perspectivas inmediatas para solucionarlas pues piensa "que Venezuela ha sido un país sin suerte, pero los hombres pasan y los errores enseñan. Ya no es el momento dice de andar a la deriva improvisando soluciones con hombres impreparados, con muy baja cultura, carentes del mínimum necesario para garantizar la paz y el respeto para convivir. La historia ha hecho crisis en nuestro tiempo. Es necesaria la transformación del ambiente social en que vivimos para llegar a donde florezca la armonía entre los hombres, la justicia social, la dignidad, una vida sin angustias, y en donde se obligue a mirar con respeto las tareas del espíritu y a los hombres de bien, las obras del pensamiento, las conquistas de la inteligencia" (2).
La pasión del Maestro Pifano era la docencia y a ella dedicó toda su vida universitaria. Una enseñanza vívida y sustentada en la praxis con los pacientes ¡Cómo debe ser! Es difícil pensar que existiera otro Maestro que movilizara los sentimientos más excelsos en sus alumnos: siempre tuvo una profunda confianza y fe en la juventud, objetivándose en él aquella frase de Henry Adams que reza: "Un maestro afecta la eternidad, jamás se puede saber dónde termina su influencia". ¡Cómo no serlo! Pifano fue un "dador feliz", ese personaje definido por la Biblia como el que da mucho y da sin ser procurado y sin esperar nada a cambio. En su labor pedagógica, siempre anduvo a la husma de la frase decidora y reveladora, y como llanero al fin, gustaba echar mano del dicho criollo para ilustrar didácticamente sus puntos de vista, "Pa lapa madrugadora, perro que duerme en la cueva", era una de sus favoritas, valdría decir, que el médico al conocer la enfermedad tenía que mañanear, vigilar y adelantarse a sus designios y triquiñuelas. "Cochino no come jobo porque no mira parriba", tal vez para significar que los frutos del conocimiento no están al alcance de los espíritus pusilánimes; además, su curiosidad científica le hizo comprender el proceder del animal del refrán, cuya anquilosada, fundida columna cervical le impide elevar la cabeza. El conocimiento de este hecho de anatomía comparada mencionada al margen y en letra chiquita en el inolvidable texto de anatomía de Testut, le valió comentarios elogiosos del gran Razetti durante un examen de anatomía normal. Se ocupaba Pifano del buen decir y de la ortografía de sus alumnos, y así, les hacía escribir una especie de trabalenguas "Le dije que me trajera el dije" para mostrarles que el médico debía saber hablar y bien escribir. Entendía que saber de medicina no significaba ser médico y así se lo dijo a un discípulo, "La verdad es que tu sabes mucho de medicina, ojala alguna vez aprendas a ser un buen médico".
Podría uno imaginar que tras aquella egregia figura de profesor y eminente científico, se escondía un hombre huraño y malhumorado ¡Nada que ver! En el Maestro no todo era rigor. Me gustaba jurungarle la lengua sabedor de que era un gran tertuliante, tenía un gran sentido del humor y de que la conversación podía distraerle del dolor ardientoso que de continuo le atenazaba cual corsé apretado, su cintura y sus piernas. Cuando tenía éxito, que era siempre, una sonrisa algo torcida y maliciosa afloraba a su cara al tiempo que sus mejillas se enrojecían, sus ojos miraban en otra dirección y un gesto de predicador volaba a su mano en movimientos de vaivén de arriba hacia abajo... Me decía entonces, ¡Óigame maestro, mire lo que le voy a contar! Esta anécdota es verídica y acaeció en un pueblo interiorano donde hacía mucho calor. Allí vivía una pareja rodeada del afecto de muchos hijos. Ella, toda una matrona, una mujer alabastrina, hacendosa y comprensiva. Él, un caballero muy considerado y siempre de punta en blanco, trabajaba en la jefatura civil. Se levantaba tempranito y colaba el café a la usanza y luego, como dormían en piezas separadas, tocaba a la puerta de su consorte y con el piropo siempre dispuesto en sus labios, le llevaba humeante la aromante infusión. Después se arreglaba y antes de dirigirse a su trabajo se iba a la plaza a conversar con sus amigos. Allí, en su tránsito hacia el colegio, llegaban sus hijos a pedirle la bendición. Una mañana de agosto luego que aquella sorbiera su café, él diligente, fogoso y buscón, le preguntó si le permitía "tener intimidad". A lo que ella contestó, ¡Ayy mi amor! ¿En esta mañana tan tórrida de agosto? La respuesta no se hizo esperar, y él, siempre tan hidalgo y tan comprensivo le respondió, ¡No importa mi amor, entonces lo dejamos para diciembre...!
Pifano comprendió el difícil jeroglífico del enfermo y su circunstancia, donde lo único cierto es lo incierto y lo único seguro es lo inseguro, donde el nunca y el siempre son palabras demasiado precisas para ser empleadas, donde la presencia del médico es aliento, es alivio y es bálsamo principalísimo. Vivió en el recato de quien comprende, que el error está siempre acechante a la vera de la práctica médica, que no existe ni contra ni vacuna contra la propia incipiencia y que los yerros de los colegas deben servimos más para aprender de ellos, que para denigrar de sus personas. En esta época de abuso inmisericorde del tecnicismo en detrimento del intelecto y del juicio clínico, Pífano se erige como patrón de la simplicidad en el diagnóstico, de la parquedad en la indicación terapéutica, del trato humanitario y compasivo, ese que tanto sirvió a sus enfermos de quienes fue seguro recipiente de cuitas y confidencias: sabía mucha materia médica, pero también aprendió a ser médico, porque ambos ingredientes por seguro que no vienen juntos. Fue un inconforme y así, no se contentó como tantos en copiar experiencias foráneas, sino que amasó la suya propia con la maestría de un orfebre y el sentido utilitario que hace que las cosas puedan ser aplicadas y sirvan. Afortunado fue en no vivir nuestro país de hoy, donde cunde el resentimiento de quienes no tienen, porque no tienen con qué..., se desprecia por ignorancia o por envidia el conocimiento hecho a pulso en la fragua del trabajo digno y comprometido, los científicos que lo poseen son tratados como oligarcas, escuálidos o parias, hay incomprensión y sospecha hacia su desprendimiento, no pueden entender como puede trabajarse en provecho de un colectivo al cual se siente indeleblemente unido sin parar miente en el propio beneficio. El periodismo venezolano ha sido mezquino con las figuras notables de la medicina nacional a quienes han ignorado como andrajosos, y no hicieron una excepción con Pifano; muy poco se dijo acerca de la pérdida de este venezolano ilustre, cuyos restos algún día deberían estar donde deben estar, en el Panteón Nacional, al lado de los prohombres que tejieron en la angustia de sus trasnochos la urdimbre de un país. Cómo sufrió el Maestro en la noche triste de estos destructivos tiempos revolucionarios que no lograba comprender, él que había sido un constructor... ¿Cómo podría entender el retroceso a la marginalidad y el primitivismo, la entronización de la ignorancia mezclada con audacia, de la incompetencia ligada a la parálisis, del aspaviento a la mentira unida como acto de fe, de la envidia y el odio a la excelencia, del cinismo con desparpajo, del hombre de álgido corazón, de la insensibilidad extrema ante el sufrimiento humano manifestado en el desplome de la salubridad pública, en el repunte de la malnutrición de niños y adultos, en el ascenso de enfermedades endémicas y epidémicas, en el destartalamiento de las redes primarias de atención, en el genocidio hospitalario de cada día, en la carestía de medicamentos, en el mito de un cambio que no es tal...? Pero no tengo dudas de que volverán tiempos mejores donde los médicos, como parte importante del andamiaje social, jugaremos un rol protagónico. Nosotros, partícipes de las miserias de nuestros enfermos, tendremos que estar a su lado y siempre de su lado, para confortarlos y defenderlos a ultranza, pues únicamente a nosotros nos tienen como aliados para denunciar los atropellos a su dignidad e integridad de venezolanos, por ello, no pueden volver las huelgas médicas, o reeditarse las "horas ceros", indignos procedimientos que el Maestro nunca cohonestó, porque van contra la esencia de nuestro ser y hacer como curadores y contra los derechos del paciente, independientemente de las buenas intenciones sobre las cuales se hayan sustentado estas acciones. Espero que el Maestro Pifano haya encontrado sitial de excepción en el Templo de Minerva desde donde pueda damos calma y luz en momentos tan difíciles para la patria, en circunstancias de permisiva invasión de pseudo-médicos cubanos contra toda ley y derecho y que nada de medicina tropical saben... ¿Qué le vamos a hacer? No habla un Pifano en Cuba. ¡Qué insulto a su memoria Dios mío ! Como conglomerado médico, estamos en el deber de depurarnos desde adentro dejando de lado la politiquería estéril, beneficio de unos pocos, que tanto daño nos ha hecho en nuestra dignidad y decoro.
Recorrió el Maestro su vida esparciendo amor a su patria, a los campesinos desheredados de toda justicia, a la medicina venezolana, a sus pacientes y a sus numerosísimos alumnos que hoy le echamos de menos. Hizo su vida científica en un área donde había abundancia de escasez y de paso nos mostró la importancia de una vida sencilla, de una vida frugal. Su extrema vejez con la reclusión forzosa a que le llevó, le hizo vivir de sus recuerdos y sus sueños no realizados. ¡Ah malaya quien hubiera podido...! Se iba Pifano y su vida señera, mostrándonos lo laberíntico e infinito del camino hacia la verdad y el conocimiento, cuando ya proliferaba el bandidaje que entretiene su tiempo entre el prontuario delictivo, la casa del partido y el ámbito de un desgobierno circunscrito a su circo de vulgacho. Él había dejado obra y escuela, había podido sustituir el mundo de sus sueños, por un mundo de real de creación: el nacimiento y crecimiento vigoroso de la medicina tropical en Venezuela (6). Debemos exaltar la herencia de virtuosismo con que nos legaron las generaciones pasadas y figuras como las de Pifano para que sirvan de argamasa que nos una ante el formidable enemigo que hoy día enfrentamos, tenemos por vencer y estoy seguro que venceremos.
No era Pifano hombre ganado a los honores y homenajes y por años le vimos rechazar en forma irrevocable muchos de ellos, pues decía que "estaban reñidos con su formación y temperamento" (2). ¡Qué contraste con aquellos otros que se mueren por vivir a la sombra del gobernante de turno fotografiándose con él como si profundamente faltosos, esa sombra virtual les infundiera un poco de la credibilidad y de la hombría de que carecen! Tal vez por ello, a pesar de haber sido elegido el 28 de abril de 1955 Individuo de Número de la Academia Nacional de Medicina para ocupar el Sillón XXX, pospuso su incorporación para 14 años más tarde por preferir, "el meandro silencioso de la investigación científica en el laboratorio y en el campo al encuentro de los grandes centros académicos con los triunfadores después de ardorosos momentos de combate" (5). Su bondad hacia mi persona fue manifiesta y desinteresada. En repetidas ocasiones me manifestó que se iría feliz de este mundo si a su partida ocupaba yo su puesto en la Academia. Menos mal que mi incorporación ocurrió mucho antes, pues además de que distancias insondables separaban su ciencia y su personalidad científica de la mía, hubiera sido muy doloroso para mí reemplazar a mi mentor y amigo a quien quería, honraba y honro en grado sumo.
Creo haber retribuido a la amistad que me brindó, a la confianza que me otorgó al dejarme penetrar en su hogar y hacerme recipiente de sus intimidades y partícipe de sus anécdotas, de pintarme una vida cristalina y sin ostentaciones... Siempre caminos inspiradores a seguir. Al través de la soledad, su enfermedad nos acercó, y de manera simbólica muchas veces me habló del desierto del Sahara: "La soledad inmensa que aflige el alma son las 700 leguas de calma y paz" me decía, y aunque sabedores de que el apartamiento que trae consigo la enfermedad mordicante es una paradoja de deseo y al mismo tiempo de rechazo del visitante, sé que mi presencia fue siempre bienvenida, pues, ¡qué mejor que la amistad sincera, bálsamo tranquilo cuando la desesperanza impera! Espero no haber incurrido en exageraciones ni haber empleado palabras dulzonas que él no hubiera querido oír ni tolerado... Pero si así hubiera sido, le pido me perdone, porque la verdad puede ser amplificada por el filtro del corazón y la vibración de los sentimientos.
Las Moiras, las inexorables Parcas, deidades fúnebres hijas de la Noche y personificación del destino de cada mortal tocaron a su puerta en la edad provecta, el 1° de agosto de 2003, a los 91 años con meses, y cuando el fin llegó, Átropos fue la encargada de cortar en dos mitades el hilo de su vida, y el Maestro se fue adormeciendo y el dolor le abandonó mientras avanzaba con la frente en alto hacia la luz del empíreo. Es ley de vida algunos dirán, otros sin llorar, miraremos su partida agradecidos y nos lamentaremos de no tenerlo nunca más como símbolo viviente, paradigma y oráculo de la medicina nacional. Calle el crótalo de la vipérea serpiente, detenga el plasmodio la infestación del eritrocito, no cale los huesos el calofrío palúdico, detenga su genio agravado el dengue hemorrágico, retroceda el chipo y su chupada mortal, no muerda el corazón el Tripanosoma de cruzi, el Maestro ha muerto, ha fallecido Pifano, el enemigo formidable, el aguaitador de enfermedades "nostras", el hombre lleno, bueno, bondadoso y sencillo, un hombre de verdad, ingenuo sincero, sin dolo ni artificio...
Uno un sentido duelo que también es el mío y el de mi familia, al de Doña Angelita su fiel guardiana y compañera de luchas por más de 66 años, al de sus hijos, nietos, familiares y amigos, al de la Academia Nacional de Medicina, al de la medicina nacional, al de la República de Venezuela a secas, al de los médicos y al de la ciudadanía toda.
¡Descanse en la paz que mereció!
Señoras,
Señores.
REFERENCIAS
1. Rodríguez-Cárdenas M. Félix Pifano y el recuerdo. En: Anselmi A, editor. Libro Homenaje al Dr. Félix Pifano en el XXV aniversario como profesor titular de la Cátedra de Medicina Tropical de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. México: Editorial Fournier SA; 1967.p.27-41. [ Links ]
2. Pifano F. Mensaje a la Promoción de Médicos 1957, "Dr. Félix Pifano C" (disertación). Caracas: Universidad Central de Venezuela; 2 de agosto de 1997. [ Links ]
3. Da Silva-Lacaz C. Prefacio. En: Anselmi A, editor. Libro homenaje al Dr. Félix Pifano C. en el XXV aniversario como profesor titular de la Cátedra de Medicina Tropical de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. México: Editorial Fournier SA; 1967.p.7,8. [ Links ]
4. Pifano F. Discurso del doctor Félix Pifano en la inauguración de la Biblioteca del Estado Yaracuy (disertación). San Felipe (Yaracuy); 28 de octubre de 1976. [ Links ]
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