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Gaceta Médica de Caracas
versión impresa ISSN 0367-4762
Gac Méd Caracas v.113 n.3 Caracas jul. 2005
Palabras de los Académicos Dres. Otto Lima Gómez y Blas Bruni Celli, el 21 de octubre de 2004 en la conmemoración del cincuentenario de la muerte del Dr. Santos Aníbal Domínici
Palabras del Dr. Otto Lima Gómez
Señores Académicos
Invitados de Cortesía
Familiares del Prof. Santos Aníbal Domínici.
Señoras y Señores.
La Academia Nacional de Medicina recuerda hoy al distinguido médico y profesor universitario Santos Aníbal Domínici en el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento.
Seré breve ya que el Discurso de Orden está a cargo del Académico Blas Bruni Celli. Me permitiré, por ello, solamente unas breves acotaciones.
Estuve en el Hospital Vargas entre 1944 y 1977, salvo el lapso de mis estudios en la Facultad de París, y ocupe por muchos años la jefatura de la Cátedra de Clínica Médica y del Servicio de Medicina Nº 3. Ello me facilita una concisa digresión acerca la influencia de Domínici en la enseñanza de la medicina en nuestra Facultad.
Dentro de la amplia bibliografía de Domínici destaco particularmente su "Lección Inaugural de Clínica Médica" dictada el 6 de marzo de 1895 en el Anfiteatro del Hospital Vargas (1) y publicada en nuestra Gaceta Médica el 31 de marzo del mismo año, así como también el documento contentivo de las credenciales del Dr. Domínici presentadas para el concurso de oposición para Profesor de Clínica Médica en la Facultad de Medicina de Caracas en 1938 (2), casi cuarenta años después de aquella Lección Inaugural.
Confrontando lo que expone Domínici en ambos documentos con mi experiencia en París (1952-53) con las características de la medicina que se hacía en el Hospital Vargas en la década de los años 40 es fácil llegar a algunas conclusiones.
La brillante pléyade de profesionales de la cual formó parte Domínici, por su entusiasmo y dinamismo, es acreedora a la limitación permanente por las generaciones médicas de nuestro país. Gracias a ella la medicina del Hospital Vargas alcanzó los rasgos de la medicina de las escuelas europeas de la segunda mitad del siglo XIX, particularmente de la escuela francesa.
Domínici era clínico, enseñaba anatomía patológica y era un hombre de laboratorio. El asumió, en la Cátedra de Hayem y en el laboratorio de la misma que dirigía Gilbert, los fundamentos de aquella medicina basada en la observación a la cabecera del enfermo, en la pesquisa de laboratorio y en la confrontación anatomopatológica. Esa fue la medicina que encontré en el Hospital Vargas. Se realizaba trabajo clínico en las salas y consultas, había en el hospital un laboratorio central de buena calidad y ya funcionaba aparte un servicio de anatomía patológica. Asistíamos diariamente allí con J. A. O´Daly y el profesor Rudolf Jaffé a verificar las correlaciones anatomoclínicas. Al Hospital Vargas regresó Domínici casi cuarenta años después de haberla iniciado en él su enseñanza clínica.
Aquella medicina que hacia Domínici mantiene su vigencia sólo que hoy está confrontada y remozada con el inmenso desarrollo de la tecnología médica. Leyendo los documentos antes mencionados no se puede eludir la percepción del entusiasmo que caracterizó a esta generación renovadora. Los médicos de hoy debemos retomarlo adaptándolo a las nuevas circunstancias que nos toca vivir. Partir de la diversidad clínica que se opone a la patología descriptiva, como decía Domínici, y apoyarse en el laboratorio y en la experiencia deducida de la confrontación anatomoclínica.

Dr. Santos Anibal Domínici. Boceto de la pintora Magda Andrade.
La medicina del siglo XX ha ensanchado las posibilidades de exploración de los enfermos y ha intentado introducir, no siempre con resultados tangibles, los factores psicológicos y socioculturales en el enfoque preventivo, diagnóstico y terapéutico de la enfermedad.
La medicina clínica, tal como la entendió Domínici, mantiene su vigencia. El gran proceso transcultural ocurrido en nuestro país también se refleja en la medicina. Nuestra tarea es ensamblar juiciosamente las adquisiciones tradicionales del arte de practicar la medicina con las nuevas adquisiciones que nos aproximan a una medicina basada en evidencias. Esta síntesis armoniosa contribuirá en mi opinión a la conformación de una medicina de la persona humana en la cual figuren el arte médico, las bases científicas de la profesión y la seguridad social a que todo ser humano tiene derecho.
REFERENCIAS
1. Domínici SA. Lección inaugural. Hospital Vargas, 6 de marzo de 1895. 31 de marzo de 1895;II(18):161-165
2. Domínici. Concurso de oposición para la Cátedra de Clínica Médica. Presentación de Credenciales por el Dr. Santos Aníbal Domínici. El 15 de marzo de 1938. Anales de la Universidad Central de Venezuela. Tomo XXI-junio 1945:305-335.
Palabras del Dr. Blas Bruni Celli
Señor doctor Otto Lima Gómez, Presidente de la Academia Nacional de Medicina
Señores Académicos
Sra. Inés María Domínici de Laffé y Elina Domínici, hijas del doctor Santos Domínici.
Agradezco mucho al Doctor Otto Lima Gómez, Presidente de la Academia Nacional de Medicina, el haberme encomendado estas palabras para recordar hoy, a los cincuenta años de su muerte, a un venerado maestro de la medicina nacional, el doctor Santos Domínici, figura más que emblemática y leyendaria en los anales médicos venezolanos, un nombre que él sólo abarca toda una época de cambios importantes en la docencia y en la investigación médica en el país y que simboliza en su persona una sólida juntura de sabiduría auténtica combinada con inquebrantable dignidad de ciudadano.
Quiero advertir que no es fácil exponer en poco tiempo, ni tampoco en mucho, una aproximación afortunada a esta figura de complejas y variadas facetas, que le correspondió vivir en tiempos venezolanos caracterizados precisamente por no ser los mejores para el civilizador que él quería ser. Numerosos avatares en su larga vida, con interrupciones violentas y ocupaciones múltiples, conforman una tal complejidad en su hoja biográfica, por lo que es muy difícil una acertada aproximación para intentar interpretarla y comprenderla.
Proveniente de una familia de origen corso, de las muchas que vinieron por el oriente venezolano, el doctor Santos Aníbal Domínici nace en Carúpano el 19 de junio de 1869, hijo del notable jurista Aníbal Domínici y Elina Otero. Después de sus estudios de secundaria en el Colegio Bolívar de Puerto España, Trinidad, viene a estudiar medicina en la Universidad Central de Caracas donde obtiene su título de Doctor en Medicina el 16 de marzo de 1890. De inmediato parte a París para sus estudios de especialización y obtiene el doctorado en Medicina en la Universidad de La Sorbona en 1894. En este centro adquiere una sólida formación científica que él aspira llevar a Venezuela cuando regresa en 1895, en el preciso momento en que se estaban creando las cátedras de Clínicas de nuestra Facultad de Medicina, en el optimista ambiente del recién fundado Hospital Vargas de Caracas.
Desde su llegada a Venezuela en 1895 hasta su muerte en 1954 la vida de Domínici transcurre en un permanente desvelo venezolanista: su pasión por la vida y la suerte de la patria la encontramos en cada uno de sus movimientos físicos y en cada una de las frases que expresan su inquietud intelectual y que impecablemente escribe sin cesar en el decurso de su larga vida.
En verdad no llegué a conocerlo personalmente sino de una manera fugaz; sólo estuve frente a él apenas unos minutos, una tarde de uno de los primeros meses de 1954, cuando su inteligente y noble esposa Doña María Machado de Domínici me lo presentó; ya su enfermedad final había avanzado demasiado y mi diálogo con él fue casi inexistente; en ese año estaba yo entonces apasionado en el proyecto de la compilación de los escritos del doctor José Vargas y tuve noticias de que en poder del doctor Domínici estaba la gran mayoría de los escritos científicos de Vargas, todos absolutamente inéditos. Dos maestros y amigos me sirvieron de intermediarios para llegarle a la Sra. Domínici: fueron los doctores Jesús Rhode y Marcel Granier. Ambos la llamaron para recomendarme e inspirarle confianza sobre mi persona: en efecto doña María me recibió con su jovialidad de siempre y me permitió que examinara todos los legajos de los papeles de Vargas, los cuales estaban atados con cintas de colores, envueltos en un papel azul, tal como habían quedado desde la muerte de Vargas, y que doña María había recibido en la tradición familiar, pues ella tenía entre sus ascendientes a Miguel Vargas, hermano de Vargas, quien lo sobrevivió mucho tiempo y además fue su albacea testamentario. Siento una gran satisfacción que la providencia me haya dado la oportunidad de hacerle este reconocimiento público al gesto generoso de la Sra. Domínici. Tuve en mi poder dichos documentos todo el tiempo que fue necesario para copiarlos, y aún más para cotejarlos con las pruebas de imprenta; se los devolví intactos envueltos en los mismos papeles azules y atados con las mismas cintas. Esa documentación constituyó un tomo completo de las Obras Completas de Vargas, y también el más importante, pues todo su contenido estaba completamente inédito. Muchos años después, en 1986, la familia Domínici resolvió que esta valiosísima colección de documentos, constituidos por las historias clínicas y los trabajos científicos, se conservara para la posteridad bajo la custodia de la Academia Nacional de la Historia y yo hice allí construir un arca especial para albergarla y protejerla.
Entre los gestos más nobles de la vida científica del doctor Domínici, siempre me ha parecido que fue su decisión de presentarse al concurso para optar a la Cátedra de Clínica Médica en 1938. Creo que no hay y difícilmente habrá ejemplo similar. Él mismo había fundado esa misma Cátedra en 1895, exactamente 43 años antes; tenía entonces para la fecha del concurso 69 años de edad; estaba recién salido del desempeño del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, donde tuvo una actuación brillante, pionera y precursora en numerosos programas de salud pública, y el haber de una larga vida llena de realizaciones trascendentales científicas y literarias, y con todo eso, viene entonces con sincera humildad a presentarse a un concurso. El documento leído entonces constituye un relato autobiográfico, entre los más importantes en la historia de la medicina venezolana. Hace unos meses le obsequié a mi querido colega Otto Lima Gómez, presidente de la Academia, una copia de este documento. Confieso aquí que este relato del concurso lo he leído y releído muchas veces, y en cada una de estas lecturas he sentido reacciones emocionales diferentes, aunque todas han discurrido en esa penumbra casi inexplicable que existe entre la frustración y la rabia. Como él mismo lo asoma en el comienzo de su lectura, cuando normalmente debía ya estar saliendo, era ahora cuando apenas estaba entrando: esto significaba que el exilio le había robado a la Universidad y a la Patria los mejores años de aquella vida eximia. Cómo cuantificar este daño? Qué terribles encuentros malhadados permitieron que sucediera algo tan absurdo que apartó de nuestra universidad, de la sociedad y del conglomerado científico aquella mente luminosa, que estuvo siempre dispuesta a dar de sí lo mejor?
En este largo documento autobiográfico el doctor Domínici nos cuenta el período de su vida estudiantil en París entre 1890 y 1894: años de fragua, al lado de los eminentes profesores Gilbert y Hayem; en permanente contacto con sus compañeros caraqueños Luis Razetti y José Gregorio Hernández, soñando con los proyectos que realizarían al regreso. Luego su regreso a Venezuela en 1894 y la creación del Instituto Pasteur donde comienza la fabricación de vacunas y sueros; también la creación de la Cátedra de Clínica Médica, fundada conjuntamente con la de Anatomía Patológica. Sobrecogedor por su perspicaz clarividencia es la parte del relato donde Domícini solaza sus recuerdos sobre su Cátedra de Clínica Médica:
Leí mi lección inaugural dice en el Anfiteatro del Hospital Vargas el 6 de marzo de 1895, y fue publicada el 31 del propio mes en la Gaceta Médica de Caracas. Después de consideraciones generales sobre la clínica en general, y de un rápido bosquejo histórico del nacimiento y desarrollo de la medicina en Venezuela, entro a definir el deber del profesor de clínica, el programa de la enseñanza, y a enumerar los nuevos métodos que la física y la química habían puesto al servicio de las enfermedades. "El microscopio, afirmaba yo entonces ...será, a no dudarlo, dentro de muy pocos años el primer instrumento clínico" .. y para comprobarlo citaba distintos casos de mi reciente observación. La Cátedra que iba a regentar por cerca de un septenio, comprendía también la enseñanza de la Anatomía Patológica: hice por tanto hincapié en la suma importancia de ésta, y de la autopsia en los casos fatales, para fijar y comprender los procesos de las enfermedades. Fue, en efecto, regla en mi servicio el practicar la necropsia cada vez que fue posible".
Bastaría esta cita para evaluar debidamente la profundidad de su pensamiento científico y su metodología docente. Su labor en esos años que él llama un septenio se condensan en estas frases:
"De 1895 a fines de 1901, tres generaciones de alumnos pasaron por los servicios de Clínica Médica y del Instituto Pasteur de Caracas; juntos observamos y estudiamos casi todas las enfermedades de nuestro país. No logré publicar el volumen que comprendía mis observaciones y estudios ya compilados y clasificados. Abandonados todos mis papeles cuando mi precipitada salida del país, no me fue entonces posible desde afuera, ni lo ha sido a mi regreso, encontrar ni rastro de ellos".
Innumerable es el recuento de las enfermedades estudiadas, algunas descubiertas o descritas por primera vez en el país: llama la atención la obsesiva concentración que le dedica al problema de las fiebres y su interés por clasificarlas y establecer sus respectivas etiologías. Su incansable actividad fue tan notoria que fue elevado al cargo de Rector de la Universidad Central. En este punto el relato nos revela otra de las muy insondables facetas de su vida.
"En aquellos días, dice cuando me encontraba dedicado a llevar a cabo estas investigaciones, investido como estaba con el alto cargo de Rector de esta ilustre Universidad, envolvióme el imprescindible deber de defender contra los atropellos del Dictador de entonces a los estudiantes de la Universidad; y fui destituido del Rectorado y de la Cátedra, clausurada la Universidad; pocos meses después fui llevado a prisión, de donde salí para fugarme en actitud resuelta de adversario del déspota, abandonando con profundo dolor los estudios que, con el ejercicio de la profesión, habían llenado hasta entonces todas mis actividades y todas mis aspiraciones. Recuerdo estos sucesos, que torcieron brutalmente la ingénita dirección de mi vida, con el único propósito de explicar por qué quedaron en suspenso mis estudios e investigaciones; por qué, con intenso dolor que revive y se exacerba ante vosotros, quedé por tan largos años separado de la vida científica y universitaria de mi Patria".
Esa agitada y tempestuosa etapa de la vida de Domínici, que por la fuerza y el mandato de su dignidad de ciudadano, lo lleva desde su sitial de Magnífico Rector, Profesor Universitario e investigador científico, a convertirse súbitamente en soldado raso declarado en guerra, como militante de una causa política contra una grotesca dictadura, constituye una página de la mejor historia venezolana, que debe esculpirse como un ejemplo en el corazón de cada uno de nosotros y de todos los venezolanos del presente.
Cuando se produce el regreso a la Patria en 1936 el doctor Domínici se propuso recuperar el tiempo perdido para su labor venezolanista, aun cuando él había sabido muy bien aprovechar su tiempo en ese largo período de ausencia que abarca desde 1902, literalmente hasta 1936: y he dicho período de ausencia pues al producirse la reacción de Juan Vicente Gómez contra Castro en 1908, el gobierno quiso aprovechar el prestigio y la sólida formación intelectual de este venezolano excepcional para ubicarlo en las representaciones diplomáticas fundamentales como fueron los cargos de Ministro Plenipotenciario en Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Irlanda y Bélgica. Cuando el Gral. Gómez resolvió el continuismo de su gobierno Domínici decidió romper también con este gobierno y desde 1922 hasta su regreso en 1936 se mantuvo en el exilio.
Ya reincoporado al país en 1936 y después del ejercicio del cargo de Ministro de Sanidad y Asistencia Social se incorpora a la Cátedra de Clínica Médica, y también a esta Academia Nacional de Medicina, en la cual fue electo el 28 de julio de 1938 para ocupar el sillón Nº XXX, y desempeñó la Presidencia en el período 1944-1946; fue también electo Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua donde se incorporó el 31 de enero de 1949.
El 11 de febrero de 1943 leyó en esta Academia su trabajo de incorporación titulado "De la Esquiosomiasis hominalis y en especial de la Bilharziosis mansoni". El juicio crítico le correspondió hacerlo al doctor Jesús Rafael Rísquez. La recepción tuvo lugar en un solemne acto el día sábado 27 de marzo de 1943 a las 5 y media de la tarde, bajo la presidencia académica del Profesor José Manuel Espino. El discurso de bienvenida estuvo a cargo del Doctor Diego Carbonell. El breve tiempo de que dispongo me obliga a renunciar a decir muchas, muchísimas cosas del Dr. Domínici, porque de otra manera estas palabras estarían fuera de lo común y protocolar en actos de esta naturaleza. Sin embargo, no puedo dejar de comentar el discurso pronunciado en este acto de recepción en la Academia Nacional de Medicina, el cual debió ser de particular solemnidad.
Vuelven, como en el relato del concurso, a aparecer las sombras nostálgicas de la prolongada ausencia. De haber estado en Venezuela en 1904 hubiera sido uno de los miembros fundadores de la Academia. Casi cincuenta años atrás, junto con Razetti en París, había sido el ideólogo de esta institución. Las palabras iniciales del discurso, pulidas como una estrofa de Homero, expresan con noble dulzura lo absurdo de la crueldad. Oigamos sus palabras:
"Con el crepúsculo vespertino piso los umbrales del templo de Asclepios, cuya portada vislumbré en la lejanía al despuntar la aurora. La jornada ha sido larga; pero, no llego tarde; aún no ha cerrado la noche".
Este discurso probablemente no tiene comparación en la Academia. Quien lo respondió, una de las figuras más excelsas del humanismo médico venezolano de todos los tiempos, el doctor Diego Carbonell, lo hizo con una magistral disertación, pero prudentemente no se atrevió a penetrar en las honduras de aquella pieza oratoria en la que se combinaba con singular maestría lo bruñido del lenguaje con la profundidad filosófica del tema, que mucho engaña porque al ignorante le parece abstruso y al sabiondo le parece elemental. Conociendo muy bien la inquietud intelectual del doctor Carbonell, y su condición de filósofo de las ciencias, estoy seguro que debió haber estado tentado a entrar de lleno en el fondo del asunto, pero la prudencia y la necesidad desvió sus pasos hacia lo que el protocolo le exigía. No creáis, colegas y amigos presentes, que yo lo piense hacer, pues al igual que Carbonell temo que el momento no es oportuno y en el caso mío, creo que no soy el más adecuado para hacerlo.
Permítaseme sólo decir lo siguiente: el discurso es una muy bien elaborada pieza de cosmología, muy profunda, muy bien pensada, tal como pudo haberla revelado un Empédocles o escrito un Platón en la antigüedad, Descartes o Newton en el siglo XVII o Alfred North Whitehead en el siglo XX. Sólo que los cuatro elementos de Empédocles, que igual toma Platón, agua, aire, fuego y tierra, para Domínici son oxígeno, hidrógeno, ázoe y carbono. Domínici con estos elementos maneja con soltura las estructuras bioquímicas de su momento histórico, pero mantiene el relato del origen de la vida en los niveles de un mito sabiamente mezclado con los rigores de la ciencia. Ni hace 2500 años ni hoy se puede explicar una cosmología sin recurrir al mito. El positivismo decimonónico y el darwinismo que imperan en la formación intelectual de Domínici no logran explicar sino una mínima parte del misterio del mundo visible y tangible que tenemos a la vista. Para explicar la vida los antiguos inventaron el alma, ese prodigioso recurso que nos permite explicar la inteligencia y el movimiento, y aún más, concibieron un alma tan completa que le permite al hombre en una complejísima operación intelectual conocer simultáneamente lo inteligible o abstracto y lo tangible. El relato que Domínici nos presenta para explicar el origen de la vida tiene la excelente virtud de la honestidad intelectual, para saber admitir que hay un punto más allá del cual nada sabemos y que tan válidas son las conjeturas e hipótesis como las alegorías y los mitos. Todo un larguísimo razonamiento con el aporte de eruditas teorías y múltiples detalles, no hace sino llevarlo a la siguiente conclusión:
"El enigma del origen y la razón de la vida absorta el ánimo: ninguno más atrayente, más preocupante ni más torturador. Derívanse de él otros, cual más abstruso, más recóndito: el de la inteligencia, el del alma, el de la muerte, el del más allá... Nuestro vehemente anhelo de saber, de comprender, tropieza con un muro inaccesible que ostenta la imprecación de Jehová al desbordante mar: "Hasta aquí llegarás, y no pasarás más adelante". Tras de esa valla la materia le cede el paso al espíritu, la Ciencia a la Fe: la humanidad se acoge a la existencia de un Ser Supremo todopoderoso, que deshizo el caos, crió la luz, los cielos y la tierra y rige el Universo".
En la recuperación de su tiempo perdido todavía Domínici a sus 80 años de edad debía de ingresar en otra Academia. El 31 de enero de 1949 se recibe como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Reaparece, ahora la última vez, aquella sombra misteriosa de los recuerdos que cabalgan en dos mundos totalmente distintos. El lenguaje sigue siendo el de una prosa purísima, con un contenido denso y erudito, muy variado y muy mezclado: el discurso todo es ahora casi como un testamento intelectual en el cual quiere dejar dicho todas las cosas que tenía que decir. Muy al estilo de Marcel Proust salta con pasmosa agilidad del prodigioso fenómeno del origen de las lenguas al viaje y la vida de los astros; se pasea con holgura en el mundo de los clásicos griegos y romanos; le obsesionan las tragedias de la historia y las frustraciones intelectuales de grandes personajes: Galileo, Cervantes, Voltaire. Como en una especie de justificación de su tardío ingreso a la Academia, resalta y exagera la capacidad creadora de grandes longevos como Goethe, Victor Hugo, Richard Wagner, Bernard Shaw y muchos más. Tampoco la enfermedad sería obstáculo para imprimirle frescura y perfección a una obra: destaca la sordera de Beethoven, la tuberculosis de Chopin, la depresión de Lucrecio, la ceguera de Milton, la enfermedad mental de Baudelaire, la locura de Nietzsche; de esta rica galería de precisos bosquejos nos lleva a un gran salón donde estarán desplegadas como grandes lienzos las geniales obras que estudian las pasiones, las miserias y la intimidad del hombre. Shakespeare nos dice pone en escena todos los aspectos del ser humano, sus pasiones, y virtudes: Hamlet, espíritu profundo, soñador, pensador, irresoluto como todo pensador, personifica la duda, castigo de quien sueña y piensa. Más adelante dice: Miguel de Cervantes Saavedra, fue igualmente gran conocedor del corazón humano, sin lo cual imposible es crear obra perdurable. Entre los caracteres extremos del Ingenioso Hidalgo y su malicioso escudero, tan disímiles de cuerpo y mente, muévese toda la humanidad".
Lugar hay también en el discurso para la intimidad de la confesión profunda y sincera, virtud en la que imita al santo sabio de Hipona; hay un momento en que nos dice: "ya al tramontar la cuesta miro hacia atrás el valle que he ascendido. Al comienzo de la subida tres fuertes conmociones sufrió mi espíritu, tres deslumbrantes revelaciones. La lectura a los veinte años del Origen de las Especies, barrió como huracanado vendaval la niebla que, ocultándome la altiplanicie de la verdad científica ... oscurecía mi cerebro a la salida de las aulas. Los maravillosos descubrimientos de Pasteur aventaron muy lejos de la ignorancia universal y de mi entendimiento los errores que anublaban la génesis, la prevención y el tratamiento de las enfermedades; desde entonces, en labor experimental que llenó gran parte de mi vida, cuántas satisfacciones espirituales no me proporcionó la enseñanza del Maestro". Hasta aquí la cita textual. Cuál se imaginan ustedes, señores, que fue la tercera "deslumbrante revelación". Aquí se profundiza la intimidad de esa agustiniana confesión: la música de Wagner. El impacto es tan profundo que, revela, "a su influjo, el ánimo arrebatado continúa vibrando casi morbosamente". Bastaría esta última frase de su tercera revelación para entender cabalmente toda la magnificencia de su vida: vibrar morbosamente al influjo de la música es la más alta expresión de la pureza espiritual, la más evidente demostración de la nobleza del vivir.
Señores académicos, me cuesta mucho en mis modestas palabras abandonar el comentario a este gran discurso, pues constituye una estimulante y rica mina autobiográfica de la cual, de ser yo psicólogo, me podría surtir para más y muy profundas reflexiones. Permítanme sólo que vuelva un instante a un rincón casi escondido para imaginarnos una joya en miniatura, como las que los museos muestran, aunque con luces tenues, magistralmente iluminadas. Domínici ya no oculta que está y se siente en los umbrales de la muerte y dice: En mi largo recorrido profesional y científico bosquecillos hallé que brindaron sombra y frescura donde sosegar el ánimo intimando con los más altos creadores de emoción: Cicerón, Lucrecio, Horacio, el Dante, Shakespeare, Cervantes, Víctor Hugo.
El discurso en la Academia de la Lengua lo respondió don Mario Briceño Iragorry, un veterano de las letras y como agudo crítico penetró en el meollo mismo del asunto y con una frase lo dijo todo: "En lugar de un tema nos ofrece un florilegio".
Señores,
La vida de Domínici debe llamarnos a profundas reflexiones sobre lo que significa la incuantificable perversidad del exilio. En el espejo están las dolorosas experiencias vividas masivamente en el siglo XX: la España peregrina, el pogromo de la Alemania nazista, el exilio cubano y chileno, el nuestro durante las recientes páginas negras de la historia. Pero hoy nos afecta mucho más que el exilio político, la fuga de cerebros en busca de las oportunidades que la patria niega. Mucho habrá que hacer para contrarrestar este movimiento, para animar a los jóvenes profesionales a luchar en el terruño, para aminorar las causas reales que lo propicia y para atraer a nuestro seno a aquellos compatriotas que ya casi han olvidado nuestros cielos y paisajes. El doctor Santos Domínici debe ser un paradigma para aquellos venezolanos que por cualquier circunstancia hoy están alejados de la patria; pues apenas muere el dictador Juan Vicente Gómez, única causa que lo mantenía exiliado, después de más de 30 años de residencia en París, donde gozaba de las mejores posiciones académicas, sociales y económicas, regresa de inmediato a su tierra, a trabajar y a luchar como si nada hubiera pasado. Algo hay que hacer para divulgar la nobleza de este ejemplo.
Señores Académicos,
Señoras. Señores,
Hijas y demás familiares del doctor Santos Domínici,
Quisiera concluir pidiendo que las palabras de este homenaje me fueran oídas e interpretadas más como una protesta que como un discurso protocolar. Como toda protesta expuesta a caer en el vacío y en el olvido, pero que algún día alguien tenía que pronunciarla en este sagrado recinto. El venezolano puro e íntegro que fue Santos Domínici nunca debió ser un exiliado.
Sres.












