Interciencia
versión impresa ISSN 0378-1844
INCI v.26 n.7 Caracas jun. 2001
CIENCIA E INNOVACIÓN
La ciencia y la tecnología han sido reconocidas como fuerzas motoras esenciales en el proceso de desarrollo. Sin embargo, la década de los ochenta trajo consigo desilusiones para los países en desarrollo en sus intentos de aprovechar los cambios tecnológicos. A la luz del cambio global y de la lucha por un nuevo orden mundial, se requieren teorías innovadoras, nuevos paradigmas y abordajes creativos respecto de la ciencia y la tecnología.
La importancia de la CyT como catalizadores de la prosperidad nacional, la promoción de la salud y la calidad de vida son la justificación para la inversión en investigación básica e industrial. No obstante los beneficios sociales y económicos generados por la CyT en dos siglos de era industrial, la antigua visión de una frontera infinita para la investi-gación no ha brindado soluciones permanentes para la generalidad de la sociedad. En naciones industrializadas, la relación de intercambio entre ciencia y sociedad es fluida, con crecientes demandas políticas para forjar lazos más estrechos entre la investigación básica y las aplicaciones industriales para resolver necesidades sociales.
En los últimos años, muchos países de la Asociación Interciencia han reestructurado el aparato político para la revisión y la financiación de la investigación académica y su enlace con la industria. Con pocas excepciones, como Canadá y, por supuesto, Estados Unidos, las tendencias documentadas para otros países son recientes y es prematuro evaluar logros concretos en términos de objetivos nacionales. Sin embargo, la importancia de desarrollar estrategias innovativas y marcos de referencia para capitalizar la CyT y lograr coherencia en el sector de las políticas públicas no puede ser soslayada.
Una política estratégica para CyT no es incompatible con la excelencia científica, ni lleva inevitablemente al "cortoplacismo" para contentar la avaricia de los estamentos financieros y comerciales. Negar que la investigación básica pueda ser evaluable es contraproducente y enajena innecesariamente a los estamentos políticos involucrados en las decisiones financieras.
Es lugar común en nuestros países comentar que el mayor impedimento para la explotación industrial de la ciencia es el "cortoplacismo" de la industria y la ineficacia en el manejo y la comprensión de la tecnología en los niveles ejecutivos. Estas generalizaciones son cuestionables y peligrosas. La excelencia y la mediocridad existen en la industria y en la Academia, y la competitividad requiere excelencia en ambas.
En algunos sectores académicos se difundió una creencia ilusoria de que todo instituto de educación superior debe ser un centro de investigación internacional de excelencia. Sin embargo, la expansión en la cantidad de universidades y la reclasificación de los centros de educación superior implican que pocos alcanzarán ese status, y la inversión de capital para la competitividad de nivel mundial es apabullante. El efecto a largo plazo del descuido pasivo de la infraestructura de ciencia básica será incapacidad para competir en el futuro, e implica una falta de apreciación por parte de los políticos de la importancia de la ciencia moderna en la competitividad industrial, o una decisión de que la ciencia no es una materia de prioridad nacional, o en el peor de los casos, ambas.
No se puede asumir que la mayor conciencia pública de la CyT implique necesariamente el apoyo del público a la investigación. El potencial de aplicación de las nuevas investigaciones para mejorar el bienestar humano será influido por el ambiente social en el que los avances científicos tienen lugar, y en el que deban aplicarse, así como por el progreso de la investigación per se. Facilitar al público la participación en el debate de los objetivos de CyT es el principal reto pues los ciudadanos esperan respuestas simples a problemas complejos, y reciben información de medios sensacionalistas que prometen hallazgos instantáneos o catástrofes inminentes.
Los desajustes sociales y económicos creados por las nuevas tecnologías pueden también plantear inquietantes problemas para los gobiernos. Éstas pueden crear desempleo en las industrias tradicionales, con impactos nefastos en las comunidades que dependen de empresas de una era anterior, no adaptadas a las circunstancias. Es perentorio que las políticas que sostengan el empleo un objetivo social legítimo no sean disfrazadas de políticas CyT.
La necesidad manifiesta de un mejor enlace entre ciencia básica y aplicación industrial conlleva consecuencias importantes para la I+D académica. Una estrategia de "créannos" por parte de la academia no es suficiente cuando los gobiernos afrontan la poco deseable tarea de asignar escasos fondos a una amplia gama de demandas sociales, muchas de ellas con mayor urgencia que la ciencia básica.
Los científicos deben prepararse para proponer y aceptar medidas productivas para la invención y la innovación. Sin esta voluntad, los políticos y el público juzgarán que la comunidad científica quiere escapar a su responsabilidad.
El rendimiento debe redefinirse en términos de calidad de ideas generadas y seleccionadas, el espectro y la escala de una eventual aplicación industrial, y el éxito de la industria en el mercado global.
Eduardo Charreau
Presidente Asociación Interciencia
SCIENCE AND INNOVATION
Science and technology have long been recognized as essential driving forces in the developing process. Yet, the decade of the 1980s brought with it many disappointments for developing countries in their attempts to take advantage of technological changes. In the light of global changes and the struggle for a new world order, innovative theories, new paradigms and creative approaches regarding science and technology are long overdue.
The importance of S&T as a catalyst of national prosperity, improved health and quality of life justifies investment in basic and industrial research. Despite the dramatic economic and social benefits generated by S&T over two centuries of the industrial era, the old vision of an endless frontier for research has not yielded permanent solutions for most of society. In industrialized nations there is a fluent relation between science and society, with increasing political demands to establish closer ties between basic research and industrial applications to address social needs.
Over the last years many member countries of the Interciencia Association have restructured their governmental policy apparatus for the review and funding of academic research and its links to industry. With few exceptions such as Canada and, of course, the U.S., the policy trends documented for other countries are recent, and it is too early to measure tangible achievements in terms of national goals. Nonetheless, the importance of developing innovative strategies and frameworks to capitalize on S&T and to develop coherence in public policies cannot be overstated.
A strategic policy for S&T is not incompatible with excellence in science nor leads inevitably to short term views to meet the avarice of financial and commercial constituencies. To deny that basic research can be assessed is counterproductive and unnecessarily alienates political constituencies involved in funding decisions.
It is commonplace in our countries to comment that the main obstacle to industrial use of science is the short-term approach of industry and inadequate management and technology understanding at executive levels. Such generalizations are questionable and dangerous. Excellence and mediocrity are present in both industry and academia, and competitiveness demands excellence in both.
In parts of the academia there has been an illusory belief that every institution of higher learning must be a research center of excellence at international level. But the expansion in the number of universities and the reclassification of higher education centers imply that few of them will achieve such a status. Moreover, the capital investments for world-class competitiveness are daunting. The long-term effect of passive neglect of science infrastructure will be an inability to compete in the future, and shows a lack of appreciation by politicians of the importance of modern science in industrial competitiveness, or a decision that science is a low-priority national issue, or, worse, both.
It cannot be assumed that greater public awareness of S&T will necessarily promote public support for research. The potential to apply new research to improve human welfare will be influenced as much by the social environment in which scientific advances take place, where they are to be applied, as by research progress per se. Enabling the public at large to participate in the debate on S&T goals is a major challenge, as citizens expect simple answers to complex problems and obtain information from sensationalist media that promised instant breakthroughs or impending catastrophes.
The economic and social dislocations created by new technologies can also pose troubling problems for governments. They can generate unemployment in traditional industries, with devastating impact on communities that depend on enterprises from a previous era, not adapted to the new circumstances. It is imperative that policies to sustain employment a legitimate social goal should not masquerade as S&T policies.
The perceived need for better links between basic research and industrial application carries with it important consequences for academic R&D. A "trust us" strategy on the part of academia is no longer sufficient when governments are faced with the unenviable task of allocating meager resources to a large spectrum of social demands, much of which have greater leverage than basic science.
Scientists must be prepared to propose and accept productive measures for invention and innovation. Without such willingness, politicians and public will judge that the scientific community wants to escape public accountability.
Performance has to be defined in terms of the quality of ideas generated and selected, the scope and scale of eventual industrial application, and the success of industry in a global market.
Eduardo Charreau
President Interciencia Association
CIÊNCIA E INOVAÇÃO
A ciência e a tecnologia têm sido reconhecidas como forças motoras essenciais no processo de desenvolvimento. Porém, na década dos oitenta trouxe consigo desilusões para os países em desenvolvimento em suas tentativas de aproveitar as mudanças tecnológicas. À luz da mudança global e da luta por uma nova ordem mundial, se requerem teorias inovadoras, novos paradigmas e abordagens criativas com respeito à ciência e a tecnologia.
A importância da CeT como catalisadores da prosperidade nacional, a promoção da saúde e a qualidade de vida são justificativa para o investimento em investigação básica e industrial. Não obstante os benefícios sociais e econômicos gerados pela CeT em dois séculos da era industrial, a antiga visão de uma fronteira infinita para a investigação não tem dado soluções permanentes para a generalidade da sociedade. Em nações industrializadas, a relação de intercâmbio entre ciência e sociedade é fluída, com crescentes demandas políticas para forjar laços mais estreitos entre a investigação básica e as aplicações industriais para resolver necessidades sociais.
Nos últimos anos, muitos países da Associação Interciência têm reestruturado o aparelho político para a revisão e o financiamento da investigação acadêmica e seu enlace com a indústria. Com poucas exceções, como Canadá e, por suposto, Estados Unidos, as tendências documentadas para outros países são recentes e é prematuro avaliar conquistas concretas em termos de objetivos nacionais. Porém, a importância de desenvolver estratégias inovadoras e pontos de referência para capitalizar a CeT e conseguir coerência no setor das políticas públicas não pode ser desprezada.
Uma política estratégica para CeT não é incompatível com a excelência científica, nem leva inevitavelmente ao "curtoplacismo" para contentar a avareza dos segmentos financeiros e comerciais. Negar que a investigação básica possa ser avaliável é contraproducente e aliena desnecessariamente aos segmentos políticos envolvidos nas decisões financeiras.
É lugar comum em nossos países comentar que o maior impedimento para a exploração industrial da ciência é o "curtoplacismo" da indústria e a ineficiência no manejo e a compreensão da tecnologia nos níveis executivos. Estas generalizações são questionáveis e perigosas. A excelência e a mediocridade existem na indústria e na Academia, e a competitividade requer excelência em ambas.
Em alguns setores acadêmicos foi difundida uma crença ilusória de que todo instituto de educação superior deve ser um centro de investigação internacional de excelência. Porém, a expansão na quantidade de universidades e a reclassificação dos centros de educação superior implicam que poucos alcançarão esse status, e o investimento de capital para a competitividade de nível mundial é arrasador. O efeito em longo prazo do descuido passivo da infra-estrutura de ciência básica será incapacidade para a concorrência no futuro, e implica uma falta de apreciação por parte dos políticos da importância da ciência moderna na concorrência industrial, ou uma decisão de que a ciência não é uma matéria de prioridade nacional, ou no pior dos casos, ambas.
Não se pode assumir que a maior consciência pública da CeT implique necessariamente o apoio do público à investigação. O potencial de aplicação das novas investigações para melhorar o bem-estar humano será influído pelo ambiente social no que os avanços científicos dizem respeito, e no que devam aplicar-se, assim como pelo progresso da investigação per se. Facilitar ao público a participação no debate dos objetivos de CeT é o principal desafio, pois, os cidadãos esperam respostas simples a problemas complexos, e recebem informação de meios sensacionalistas que prometem descobertas instantâneas ou catástrofes iminentes.
Os desajustes sociais e econômicos criados pelas novas tecnologias podem também tratar de inquietantes problemas para os governos. Estas podem criar desemprego nas indústrias tradicionais, com impactos nefastos nas comunidades que dependem de empresas de uma era anterior, não adaptada às circunstâncias. É urgente que as políticas que sustentem o emprego de um objetivo social legítimo não sejam disfarçadas de políticas CeT.
A necessidade manifestada de um melhor enlace entre ciência básica e aplicação industrial leva conseqüências importantes para a I+D acadêmica. Uma estratégia de "acredite em nós" por parte da academia não é suficiente quando os governos enfrentam a pouco desejável tarefa de designar escassos fundos a uma ampla gama de demandas sociais, muitas delas com maior urgência que a ciência básica.
Os científicos devem preparar-se para propor e aceitar medidas produtivas para a invenção e a inovação. Sem esta vontade, os políticos e o público julgarão que a comunidade científica quer escapar da sua responsabilidade.
O rendimento deve redefinir-se em termos de qualidade de idéias geradas e selecionadas, o espectro e a escala de uma eventual aplicação industrial, e o êxito da indústria no mercado global.
Eduardo Charreau
Presidente Associação Interciência











uBio 
