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Boletin de Linguistica

versión impresa ISSN 0798-9709

Boletin de lingüistica vol.22 no.34 Caracas dic. 2010

 

Cortés Carreres, santi y ViCent GarCía Perales (eds.). 2009. La historia interna del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (alPi). Correspondencia (1910-1976). Valencia: Universitat de València. 514 pp.

Reseñado por Enrique Pato Université de Montréal enrique.pato-maldonado@umontreal.ca

Santi Cortés Carreres y Vicent García Perales acaban de editar una “historia interna” del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI). Las cartas seleccionadas, fechadas entre 1910 y 1976, corresponden con el inicio del proyecto del “mapa lingüístico de España” y la suspensión de los trabajos de edición del ALPI. El valor de esta correspondencia es grande, teniendo en cuenta que muchas cartas permanecían inéditas. En concreto, los editores presentan 322 cartas de: Tomás Navarro Tomás (104), Aníbal Otero (32), Aurelio M. Espinosa (8), Lorenzo Rodríguez-Castellano (61), Francesc de B. Moll (11), Manuel Sanchis Guarner (75), Armando N. de Gusmão (2), Luís F. Lindley Cintra (8), Ramón Menéndez Pidal (14), Rafael Lapesa (2) y Rafael de Balbín (10). El carácter “estrictamente epistolar” y la voluntad “de exhaustividad” del volumen, tal y como señalan los editores (Introducción, p. 24), son dos aspectos que merecen ser recordados. Presentaré a continuación, algunos de los detalles “ignorados o mal conocidos” que llaman la atención de la historia interna del ALPI, siguiendo las partes en que está dividido el epistolario.

Primera parte. “I. Procesos de gestación, primeras excursiones e interrupción de la guerra civil (1910-1937)”. Cartas 1-56. Las 56 cartas seleccionadas comienzan en 1910, cuando Menéndez Pidal indica a Miguel de Unamuno la necesidad de conocer las variedades dialectales que subsistían en España y su definición en un mapa dialectal, para obtener así una idea del “habla viviente que late debajo de la uniformidad literaria” (c. 1, p. 51). Ese trabajo “pesado” sólo podía ser llevado a cabo por unos pocos, pensando que serían necesarios unos “4 ó 5 años” para realizarlo.

Entre esos pocos, Menéndez Pidal pensó en Federico de Onís, con el que había realizado ya algunas encuestas en un viaje dialectal, pero su participación en el ALPI nunca tuvo lugar, ya que Onís ingresó en la Universidad de Columbia en 1916. Las siguientes cartas muestran que Menéndez Pidal debe figurar como “inspirador” y “supervisor” del ALPI, pero también que Navarro Tomás, tras su estancia en Francia (Montpellier, Grenoble, París), Alemania (Heidelberg, Marburgo, Hamburgo, Leipzig, Halle) y Suiza (Zurich), se convierte en el “responsable” del ALPI. En efecto, la formación que adquirió Navarro entre 1912 y 1913 fue sólida y única, no sólo por el conocimiento que adquirió de primera mano de los Atlas europeos, los aparatos y las herramientas disponibles en los laboratorios, su manipulación y compra con la idea de “llevar el laboratorio a las aldeas” y de realizar una experimentación “ambulante”, sino por el conocimiento del paladar artificial, las excursiones con Millardet (sobre el provenzal), y el conocimiento de las noticias sobre un proyecto de Atlas lingüístico de España, y otro Atlas hispanoamericano, ideados en Hamburgo por el “audaz y ambicioso” Schädel (c. 7, p. 62), lo que suponía una verdadera “afrenta” al no ser siquiera anunciado a Menéndez Pidal.

El método de Gilliéron no podía servir de modelo al proyecto español, y el de Wrede tampoco. Navarro descubre en Europa que “los que estudian fonética experimental no son dialectólogos y los que estudian dialectología no son fonéticos” (c. 8, p. 64), asimismo a los investigadores que no son filólogos les falta “por consiguiente el cariño a la historia” (c. 8, p. 65). Su entusiasmo era grande, tenía ya un “plan” y deseaba salir a los pueblos con los aparatos. Doce años más tarde, en 1925, Menéndez Pidal se da cuenta de que no va a poder encargarse de la dirección del Atlas, ambición que no deseaba Navarro, pero “trabajando juntos yo no puedo considerarme como igual a usted” (c. 11, p. 67). El cuestionario estaba en marcha. En 1927 Griera se ofrece para colaborar en el Atlas Lingüístico de España, pero Navarro no lo acepta, al considerar que “es incapaz de hacer un buen Atlas de España” (c. 13, p. 71). Navarro continúa su formación en Venezuela y Puerto Rico, donde lleva a cabo el primer atlas lingüístico del español, con encuestas que le ocupan “de cinco a ocho horas” con cada informante (c. 13, p. 70). Para el caso de la Península, “con buen auto, buenas carreteras, clima agradable, dinero y buenas relaciones, el trabajo de recorrer los pueblos, buscar los sujetos, dominarlos y exprimirlos representa un esfuerzo bastante regular” (c. 13, p. 71). El trabajo se podría dividir en zonas entre varios encuestadores, pero lo mejor es que “una sola persona” recogiera los materiales, pues no es “fácil la colaboración en el Atlas” (c. 13, p. 71). El tiempo va pasando, y Navarro considera necesario “contar con unos cuantos jóvenes” para llevar a cabo el trabajo, y así lo expone a Amado Alonso (c. 16, p. 74). Tras la ausencia de Alonso, tres jóvenes se someten en 1929 a un cursillo de fonética con Navarro: Rafael Lapesa, Ángel Lacalle y Paulino Ortega Lamadrid. Ninguno de ellos continuaría en el ALPI. En 1930 y 1931 se incorporan Aurelio M. Espinosa, primer encuestador del ALPI a sus 23 años, Sá Nogueira, que finalmente renunciaría, y Rodríguez- Castellano de 25 años. Los trabajos comienzan en 1932 por tierras de Soria y Guadalajara, más tarde serían Murcia, Almería, Granada, Málaga y Sevilla. Los viajes se suceden, y los encuestadores alternan los cuestionarios “extensos” con los “pequeños”, siguiendo un sistema de “dos días para cada punto” (c. 22, p. 80). El viaje es “feliz”, pero pasan mucho frío, y son necesarios algunos cambios en el itinerario previsto. En ocasiones utilizan caballerías para llegar a los pueblos, y los sujetos son en su mayoría “hombres maduros e inteligentes” (c. 26, p. 84). En 1933, para la parte de Valencia y Cataluña, Navarro piensa en Moll y en Sanchis (para la parte de fonética), éste último a sus 22 años se convierte en el colaborador más joven del proyecto. Moll y Sanchis tendrían una “remuneración mensual de 300 pesetas” (c. 27, p. 85), pero ambos deberían adquirir el “criterio concordante” y una “práctica acústica” para llevar a cabo el trabajo de forma correcta. Las encuestas por Cataluña, donde el nivel cultural “es bastante elevado” (c. 35, p. 93) se realizan normalmente a pie o en taxi. Por último, se establece la incorporación del joven Otero, de 23 años, para realizar la zona gallego-portuguesa. Los problemas durante el trabajo de campo fueron continuos, primero por el difícil desplazamiento, las “frecuentes reparaciones” del coche y la prometida compra de un nuevo Ford. Las cartas nos ofrecen, asimismo, rica información sobre el método de los “animales” y el “álbum” para desarrollar el cuestionario, así como los “documentos para los gobernadores” que se emplearon en el trabajo de campo. Por último y más importante, presentan datos concretos sobre los problemas con los presupuestos y la reducción de ayudas de la Junta de Relaciones Culturales y del Ministerio de Instrucción Pública al ALPI; la “advertencia” de Moll de “renunciar a intervenir” en la obra si no se aclaraban algunos aspectos económicos (c. 35, p. 95); y más tarde los enfados de Sanchis ante la “austeritat” y el “egoisme” de “Poncio” (Navarro), que lo llevan a pensar presentar también la dimisión (c. 47, p. 106), tal y como hacía Otero, presentando la dimisión a cada instante (c. 52, p. 112). La relación entre el director del proyecto y los colaboradores fue estrecha, pero diferente. El trato con Moll siempre fue de “Sr. D.”, mientras que a Sanchis y a Rodríguez-Castellano los trató de “queridos”, y les recomendaba “cuiden las comidas” (c. 39, p. 99). Al final del camino, Navarro confesará a RodríguezCastellano que “de todo el antiguo grupo es usted el amigo más fiel” (c. 321, p. 449). La relación entre los equipos de encuesta (los “atlánticos”) no deja de ser entrañable, como deja ver, por ejemplo, la carta 36 en la que Moll y Sanchis cuentan a “R-Castellano y Espinosa” sus hazañas y aventuras (calificadas de “karáъa”). Aunque pronto habría “cruces” de equipos, pues Sanchis y Rodríguez-Castellano, en ausencia de Espinosa, se encargarían de Valencia y Castellón, y más tarde de Zaragoza, Teruel, Cuenca y Huesca. Espinosa trabajaría ahora con Otero por tierras de Zamora y Orense, donde hacen cuadernos muy buenos, “llenos de observaciones y acotaciones” (c. 41, p. 101), y luego en Ávila. Los planes continúan, y se suceden las encuestas de Navarra, La Rioja y Álava. El ‘descanso’ de Moll, debido a que “sus muchas ocupaciones” le impiden volver al trabajo del Atlas, mueve al resto de los colaboradores a solicitar también un descanso merecido, tras una “continua actividad”. La guerra civil española interrumpe el proyecto. La carta de Menéndez Pidal a Gil Casares (c. 55, p. 115) solicitando la intervención para ayudar a Otero, hecho preso en Tuy, cierra la primera parte.

Segunda parte. “II. Reanudación y retorno de los materiales expatriados (1939-1951)”. Cartas 57-116. Tras la guerra civil, “no se sabe nada” de los trabajos del ALPI. Navarro, desde Nueva York, escribe a Amado Alonso señalando que la mayoría de los materiales están en su poder, y que el ALPI “ofrece ya un valor de documentación histórica” (c. 58, p. 122). Menéndez Pidal, de vuelta en España tras tres años de exilio, toma las riendas del proyecto. Sanchis es hecho prisionero en Salamanca. Nada se sabe de Otero, ni de Nobre de Gusmão. Navarro reanuda el contacto con Rodríguez-Castellano y confía en ver algún día terminada la empresa “en que con tanto cariño han trabajado para bien de la cultura española y del prestigio científico del país” (c. 63, p. 129). Los preparativos de la “Misión Diplomática” para recuperar los materiales “propiedad del Estado español” son puestos en marcha por la embajada de Washington (c. 64, pp. 130-132).

Los contactos entre los colaboradores se recuperan. Otero vuelve a Meira (Lugo) tras ser liberado. Sanchis, que seguía cumpliendo condena de “doce años y un día” (c. 67 p. 136), es también puesto en libertad tras cuatro años. Rodríguez-Castellano, en cambio, al ver la situación en el Centro de Estudios anuncia apartarse “definitivamente de la Lingüística” (c. 69, p. 137), cosa que finalmente no haría. Menéndez Pidal, deseoso de ver publicado el Atlas, contacta a Otero para retomar los trabajos de Portugal, y con Moll y Sanchis para continuar las encuestas catalanas. Moll le comunica que el trabajo “exige unos cuatro meses” y que los gastos “ascenderían por lo menos a unas cuarenta mil pesetas” (c. 73, p. 141). Desde Nueva York, unos meses antes, Navarro confiaba en “poder reanudar nuestros trabajos lingüísticos” (c. 74, p. 142). Sanchis y Rodríguez-Castellano sabedores del acuerdo entre Navarro y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) “para concluir y publicar” el Atlas bajo su dirección, le escriben para tratar sobre éste y los planes para repasar los cuestionarios, lo que incluía también “formar los borradores de los mapas” (c. 83, p. 154). Ahora, más que nunca, se hacía necesario “disponer de un coche para las encuestas”.

Y quedaba por confirmar si Portugal “al fin se va a incluir también” en el proyecto (c. 80, p. 149). El interés del CSIC por terminar la obra es grande, sobre todo tras conocer la noticia de que Arnald Steiger planeaba realizar un Atlas Lingüístico de la Península (c. 80, p. 150). Otero termina el trabajo en Galicia, constreñido “a un número limitado para no hacer la labor inacabable” (c. 82, p. 152). La eliminación de Portugal y el Rosellón es algo que se baraja. Los planes para ir a Nueva York son continuos, y aunque a los encuestadores el Atlas los “rejuvenece”, las dificultades económicas son muchas. Mientras en octubre de 1947, Rodríguez-Castellano encuesta en Asturias, Sanchis lo hace en el Pirineo catalán, donde “resulta cada pueblo a unas 550 ptas.” (c. 89, p. 163). Los cuadernos de Valencia, que se encontraban en paradero desconocido, son recuperados. Los planes del Atlas se vuelven a estancar, a pesar de haber sido anunciado en la Asamblea Cervantina de 1947. Rodríguez-Castellano comunica a García de Diego su idea de renunciar “con carácter definitivo” (c. 92, p. 167) si no hay noticias sobre el viaje a Nueva York. Navarro y Lapesa señalan el posible interés de la Fundación Rockefeller de colaborar en el proyecto, pero los años pasan y poco se avanza. Balbín insta a Navarro para regresar a Madrid y “poner en marcha la confección y publicación del Atlas” (c. 95, p. 170), pero Navarro rechaza el ofrecimiento por la “necesidad imperiosa de atender la salud”. Sus indicaciones sobre la preparación de los mapas son continuas, “la numeración debería hacerse del norte a sur preferentemente” y los originales de los mapas creados por los colaboradores “de su puño y letra para evitar errores” (c. 95, p. 170), lo que finalmente no se hizo. Ni la Guggenheim Foundation ni la Rockefeller conceden las becas solicitadas. Navarro desea devolver los materiales antes de terminar su actividad académica (c. 105, p. 183), pero Sanchis le sugiere que “no tome la decisión sin que se le den las debidas seguridades pues pudiera muy bien ocurrir que fueran a quedar olvidados en cualquier rincón de Medinaceli” (c. 108, p. 185). Finalmente, Rodríguez-Castellano y Sanchis logran obtener “9.200 pesetas para el viaje” y “630 dólares para estancia y viaje de regreso” (c. 111, p. 189). Después de un periodo de casi dos meses, el 17 de enero de 1950 los colaboradores reciben “todos los materiales del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica que tenía bajo su custodia” Navarro (c. 115 p. 193). Menéndez Pidal (c. 86, p. 158) establece contacto con Cintra y le pregunta por un “posible entendimiento” sobre la realización del Atlas peninsular entre ambos países.

Tercera parte. “III. Entendimiento con Portugal y terminación de las encuestas (1951-1956)”. Cartas 117-202. Los colaboradores por fin tienen “asignado despacho en Medinaceli” (c. 117, p. 197). Asombran las palabras casi premonitorias de Navarro, quien en 1951 desea que el Consejo mantenga esa buena actitud “y que no quede todo a la publicación del primer volumen” (c. 119, p. 199). Menéndez Pidal señala que “el Instituto para a Alta Cultura presta su colaboración al Atlas” (c. 121, p. 201). Se piensa en sustituir a Gusmão, por motivos de salud, y el propio José M. Piel propone como candidato a Chorão de Carvalho, además de ofrecerse para acompañar al equipo de encuestadores. Según Otero, “Piel cree que esta demora es debida a que el Consejo no tiene interés en publicar el Atlas” (c. 124, p. 205), y que se estaba “perdiendo lamentablemente el tiempo, por falta de Dirección eficiente” (c. 125, p. 205). El “asunto de Portugal está sumamente confuso”, y en principio la aportación de Portugal era “un colaborador y un coche” (c. 127, p. 207). Sin embargo, no le fue posible “ceder um automóvil para as deslocações” (c. 139, p. 220), y, a pesar de que Gusmão era becario del Instituto para a Alta Cultura y había cobrado por el trabajo, su “estado mental” era preocupante (c. 140, p. 221). Finalmente, por motivos de salud, “no puede colaborar” en el ALPI (c. 143, p. 224). “La enfermedad de Gusmão se llama esquizofrenia”, escribirá Otero (c. 145, p. 228). Menéndez Pidal informa a Otero de que “ante la enorme dificultad para contar con Chorão de Carvalho, se ofrece Cintra a hacer el recorrido de Portugal” (c. 150, p. 232). Se planifica también la encuesta al Rosellón. En diciembre de 1951 Sanchis y Rodríguez-Castellano son hechos “colaboradores oficiales” del CSIC. Lo convenido era “hacer ahora el 1er cuaderno nada más, hasta componer 100 mapas, el 1er tomo” (c. 135, p. 215). Menéndez Pidal, Dámaso y Balbín indican la necesidad de activar los trabajos del Atlas. Para la numeración de los enclaves era conveniente dividir la península en cinco zonas dialectales, “por simplificar”, incluyendo “Albacete con Castilla y Murcia con Andalucía”, y ponerse de acuerdo sobre las palabras que formarían el primer tomo (c. 136, p. 216, y c. 138, p. 219). Dámaso es nombrado para la supervisión del Atlas. Las “diferencias entre amigos” son continuas. Rodríguez-Castellano escribe a Dámaso para comunicarle que “anulen al menos temporalmente, mi nombramiento de colaborador”, pues no podía trabajar si “Sanchis hace en cada momento aquello que se le mete en la cabeza o lo que conviene a él, pero no lo que la obra del Atlas exige” (c. 141, p. 222). De hecho, los colaboradores publican trabajos de divulgación del ALPI de manera independiente. Rodríguez-Castellano escribe a Balbín para manifestarle que “mucha culpa” de que los trabajos no vayan bien “la tiene Sanchis” (c. 151, p. 233). El envío de las normas de simplificación y unificación de las transcripciones fue una de las causas del malentendido entre los dos colaboradores, del “tono realmente antipático” (c. 161, p. 245) y de la “cierta sequedad” (c. 164, p. 248) de Rodríguez-Castellano. El propio Navarro escribiría meses más tarde a Rodríguez-Castellano que era “fácil darse cuenta de que entre usted y Sanchis no existe una compenetración suficiente de maneras de conducirse en su colaboración que debiera ser de completa confianza y lealtad” (c. 173, p. 259). La confección de las listas empezaron con “las palabras que fueron elegidas para reflejar los problemas de Fonética histórica” (c. 149, p. 231). Según lo convenido, “se hacen ahora 107 palabras”, aunque “cada tomo constará de 100 mapas […] por si no se aprovechan algunas palabras” (c. 158, p. 242). Dámaso deja la supervisión del proyecto, “que en realidad nunca había tomado” (c. 154, p. 237), y le sustituye Balbín. Menéndez Pidal cree conveniente una reducción mayor de los signos fonéticos ya simplificados. Otero se desplaza a Lisboa y comienzan las encuestas de Portugal, “labor de principal importancia y de mayor compromiso”, en palabras de Navarro (c. 165, p. 250). Pero sin coche, “no se pueden hacer más de dos [puntos] por semana” (c. 167, p. 251). Según Otero, “Cintra es muy trabajador y entusiasta” (c. 167, p. 252). En tres meses se encuestan 20 puntos. El propio Cintra, muy preocupado “de que se eche a perder una gran parte del trabajo” sugiere a Menéndez Pidal el nombre de Lapesa para estar “al frente de la publicación” (c. 168, p. 253). Tres meses más tarde se habían encuestado 35 puntos, y para septiembre de 1954, había 26 puntos más. El propio Cintra manifiesta su preocupación por incluir los 15 “puntos visitados en el 36 por Otero y Gusmão” (c. 170, p. 255), y cree que habría que prescindir de ellos, pues “es un defecto bastante grande que la mayor parte de España, por un lado, y Portugal, por otro, sean estudiados en épocas tan distintas”. Finalmente deciden “no hacer sino 80 puntos” (c. 176, p. 262), y la encuesta de Portugal se da por terminada. No obstante, “existen discrepancias de oído y de método” entre Cintra y Otero, porque no fue “un trabajo de equipo, como en el resto del ALPI, pues ha faltado la unidad de criterio y de método y la sintonía” (c. 182, p, 270). El problema principal estaba en los datos contradictorios recogidos sobre la diptongación portuguesa de ou y ei (y de si Otero había oído “músicas celestiales”). Otero, como colaborador del Atlas, quería serlo con “sus” sentidos y no con los ajenos, y no deseaba que su trabajo figurara en una simple nota; por su formación con Navarro realizaba transcripciones fonéticas muy matizadas. Para Navarro lo más razonable era “inclinarse a tomar en consideración el testimonio del que afirma la presencia de un fenómeno, en lugar de decidirse por el que lo rechaza” (c. 187, p. 278). Para solucionar el problema, Cintra aporta una cinta magnetofónica en la que no aparece la diptongación en el sujeto informante. Para aclarar mejor el asunto y conciliar pareceres se decide llevar a cabo una excursión de comprobación “para discutir sobre el terreno el impugnado diptongo” (c. 200, p. 295), con una “gratificación de 2.500 pts.” (c. 201, p. 296). Otero decide no participar, ya que el Consejo le había “dado de baja como colaborador”, sin previo aviso (c. 197, p. 291). Respecto a la relación entre Navarro y Otero, podría calificarse de ‘extraña’. El propio Otero confesaba, “nunca podré contar con la simpatía de Navarro” (c. 131, p. 211). En alguna ocasión habían tenido, maestro y discípulo, ciertos conflictos por “el complicado timbre que sólo él [Navarro] había oído”. Las dificultades “provenían de mi famoso ‘defecto de carácter’”, escribirá Otero (c. 145, p. 227). Lo lamentable es que en el Consejo pasaba lo mismo, y para el ‘caso Gusmão’ nadie quiso “tomar en consideración mi opinión” (c. 142, p. 224). Otero fue de los pocos que se expresó siempre con claridad, llegando a escribir a Balbín: “aunque no quieras desempeñar un papel de primer orden en la publicación de la obra, debías abandonar un poco tu diplomático papel de coordinador y asumir una especie de autoridad para que las cosas se hagan lo mejor posible” (c. 180, p. 267). La relación de Navarro y Rodríguez-Castellano fue muy distinta. Al final Navarro le trata por su nombre: “querido Lorenzo” (cf. las cartas de 1952 a 1959). Datos adicionales de interés aparecen en el informe de Sanchis (1951, n. 59, p. 150), donde se aclara que las Islas Canarias quedaban excluidas del proyecto del ALPI porque allí “el español se extendió en época tardía”; aunque en un principio parece que se pensó incluirlas (c. 81, p. 150 y c. 177, p. 264), así como las capitales de provincia. Otro dato relevante es la omisión del enclave de Muros (A Coruña) de la edición final del ALPI, hecho que Otero señaló oportunamente en 1955 (c. 190, p. 280); además de la consideración que hacía el propio Navarro “como mero director retirado o excedente” del Atlas (c. 195, p. 289).

Cuarta parte. “IV. Traslado de los materiales a Mallorca e inicio del proceso de cartografiación. El Congreso de Lisboa (1957-1959)”. Cartas 203-249. La confección del Atlas se traslada a Mallorca, no sin reservas, especialmente por parte de Rodríguez-Castellano, pues “no hay que olvidar que es una obra en colaboración” (c. 206, p. 304). La excursión de Sanchis y Cintra por Portugal, para la comprobación de los diptongos, concluye con el juicio de que “es inexacto y desorientador transcribirlas como tales diptongos, según hacía Otero” (c. 204, p. 302). Otero, como indicamos, no participó en dicha excursión por desavenencias con Balbín (c. 205, p. 303), y por problemas familiares (c. 210, p. 308), pero finalmente continuará como colaborador del ALPI. Rodríguez-Castellano, “en vista de que los materiales son ya demasiado viejos” y de que “están ya en marcha varios atlas regionales”, considera que debería publicarse un sólo tomo con los principales problemas fonéticos, y el resto de los materiales en forma de listas de palabras. Así se lo comunica a Balbín (c. 206, p. 305), y al propio Alvar (c. 213, p. 311).

Las cartas de reproches y acusaciones entre Rodríguez-Castellano y Sanchis son continuas. Los problemas del ALPI se centran, por una parte, en las transcripciones, demasiado complicadas (sobre todo las del andaluz), y en el modo de simplificarlas, en la confección del mapa-pauta, en la lista de palabras seleccionadas para la parte de Fonética, en el diseño “espinoso” de la portada de la obra (en la que Navarro de ningún modo quería figurar como director: “Insisto en que mi nombre debe ser omitido”, c. 234, p. 336; “Es asunto que tengo bien meditado y decidido y ruego a usted y a sus compañeros que acepten y obedezcan mi deseo”, c. 245, p. 349), y en los “extravíos” de algunos de los materiales, por el desorden de Sanchis. Por otro lado estaba la falta de fondos para poder pagar a las personas de las editoriales: la becaria (Aina Moll), los dibujantes y ayudantes, y la editorial Seix y Barral.

En noviembre de 1957 el Sr. Fullana, primer dibujante del ALPI, llevaba “ocho mapas hechos” (c. 217, p. 315), y los colaboradores del ALPI se habían comprometido a realizar 100 mapas y tener listo el primer volumen para el IX Congreso de Lingüística Románica de Lisboa de abril de 1959 (c. 217, p. 316). En marzo de 1958 Sanchis habla de “una veintena de mapas” listos (c. 221, p. 320), en julio tenía el compromiso de entregar “los 25 primeros mapas en el establecimiento litográfico” (c. 229, p. 330) y en noviembre de 1958 había 40 mapas (c. 234, p. 336 y c. 237, p. 340).

A este respecto el propio Navarro señala, “comprendo que haya dificultades económicas, también las había antes, y sin embargo pudo llevarse adelante el trabajo con relativa rapidez. Algo debe faltar, sin duda, aparte del dinero” (c. 219, p. 318). En efecto, los retrasos por parte de ciertas personas e instituciones, entre ellos: Balbín (c. 226, p. 325), Cintra (c. 229, p. 330), Badía (c. 231, p. 333), Seix y Barral (c. 240, p. 343), y el Consejo mismo (c. 243, p. 346), hacen que el desarrollo del proyecto se vea afectado.

Las pruebas del mapa-pauta del ALPI están hechas en junio de 1958. Navarro realizó una revisión cuidadosa del mismo (c. 227. p. 326-7, y c. 230, p. 331-2). Entre los detalles más llamativos de la confección de los mapas está la inclusión de Eljas (Cáceres), localidad estudiada por Espinosa para su tesis (c. 232, p. 334), o el despiste en las fechas en que se realizaron las encuestas (c. 238, p. 341). Por otra parte, es curioso que Sanchis, como “Redactor jefe” del ALPI, no estuviera en contacto con Navarro. Asimismo, la relación que mantuvieron los colaboradores, y el propio maestro, con Espinosa es otro de los aspectos interesantes: “otra dolorosa decepción fue la de Espinosa”, escribirá Navarro en 1971 (c. 311, p. 437). En efecto, Sanchis y Rodríguez-Castellano cuentan a Navarro, “nosotros no mantenemos con él contacto alguno y ya sabe Vd. que en Nueva York no hablamos con él aunque escuchamos su conferencia” (c. 244, p. 348).

Navarro les contesta que “tampoco yo tengo comunicación con Espinosa” (c. 245, p. 349). Años más tarde confesará de nuevo, esta vez a Otero, que “tampoco he tenido ninguna correspondencia con Espinosa desde que vine a los Estados Unidos, caso lamentable de los profundos estragos de la guerra” (c. 312, p. 437). Finalmente, los colaboradores anuncian a Navarro que “estamos ya afortunadamente en la etapa final” (c. 244, p. 348), y aunque el contrato con Seix y Barral no se había formalizado (c. 248, p. 352), se logra disponer de 17 mapas para seleccionar una muestra y presentar el proyecto del ALPI en el Congreso de Lisboa.

Quinta parte. “V. Preparativos finales y edición del volumen inicial (1959-1962)”. Cartas 250-281. Aunque Sanchis, en enero del año 1960, pronostica “ya sin miedo alguno” que ése el año en el que “aparecerá el ALPI” (c. 257, p. 364), los problemas económicos, la falta de fondos del Consejo y los acuerdos y relaciones con la editorial Seix y Barral continúan (c. 250, p. 357). El traslado de Sanchis de Palma a Valencia “va a trastornar los trabajos del ALPI” (c. 254, p. 361), pues se cambia de dibujantes (c. 255, p. 362), también el hecho de que Ana Moll, al parecer “inteligente pero muy poco constante (c. 266, p. 378)”, deje de colaborar en el proyecto (c. 256, p. 363). Por otra parte, se debe realizar una revisión y simplificación del alfabeto fonético y pensar en el “folleto de notas que debe acompañar cada tomo” (c. 258, p. 367, y c. 264, p. 377), con los datos de los sujetos, las fechas, la descripción de los pueblos y las notas lingüísticas (c. 266, p. 380). El número de ejemplares de la tirada proyectada era de 1.500, pero el Consejo creía conveniente “dejarla en 1.200 ó 1.300” (c. 261, p. 371).

Si bien Lapesa tenía “un interés especial” en que llegara el volumen I completo del ALPI al Congreso Internacional de Dialectología de Bélgica, en agosto de 1960, (c. 262, p. 372), lamentablemente ningún delegado del ALPI asistió a Lovaina (c. 270, p. 384). Navarro escribe a Rodríguez-Castellano una de sus cartas más extensas e interesantes en la que le cuenta la gestación y “los cimientos de la empresa”, tal y como había anunciado (c. 245, p. 349 y c. 246, p. 350). En principio, la idea fue que “el atlas español lo hiciéramos don Ramón y yo”, y “no se trataba más que del dominio del castellano y del aragonés”. Los jóvenes colaboradores añadieron la experiencia de “análisis fonético y de descripción de variantes de sonidos” (c. 263, p. 374). Navarro estaba convencido de que “la fonética y el cuestionario eran inseparables e indispensables en el Atlas” y mantuvo la idea de que “el Atlas debía comprender todo el espacio peninsular” (c. 263, p. 375). Por la imposibilidad material para llevar a cabo el proyecto, continúa Navarro, Menéndez Pidal “tuvo que desistir de tal propósito y dejarlo en mis manos”, el cambio “fue en perjuicio de la obra” y “lo he lamentado siempre” (p. 375), además de la “espina que dejó en don Ramón este involuntario renunciamiento” (p. 375).

La iniciativa y el plan fueron de Menéndez Pidal, pero “el Atlas que originariamente concibió don Ramón no era el que en definitiva se ha ejecutado” (p. 376). Por otra parte, las tensiones y los reproches entre Rodríguez-Castellano y Sanchis no cesan (c. 265, p. 377, c. 266, p. 378). Aunque la lista de “palabras previstas para el volumen II” ya estaba hecha (c. 267, p. 381), Rodríguez-Castellano le señala a Sanchis que “Balbín tiene verdadero interés en que salga este primer volumen. Dudo, en cambio, que tenga un interés igual en la continuación de la obra. Si ello ocurre así, se deberá en gran parte a nuestra desastrosa colaboración” (c. 268, p. 382). En efecto, Balbín quiere acelerar el proyecto, pues “Alvar publicará, antes del mes de Junio, alguna cosa de su Atlas de Andalucía, y nuestra situación vendrá a ser un poco desairada” (c. 271, p. 386). Los “malos entendidos” con Seix y Barral retrasan la corrección de las pruebas de los mapas.

Sanchis no recibe en Valencia las pruebas, pero sí llegan al Consejo porque “el envío de las cuatro copias a Madrid ha obedecido a una petición concreta del Sr. Forte” (c. 273, p. 388). La primera parte de la “Introducción” del volumen es revisada por Navarro, quien la encuentra “clara, justa y precisa” (c. 274, p. 389), sin embargo anota algunos detalles, como el de que él no formó parte “de ningún equipo” de encuesta (p. 389). Sanchis le pide una “crítica rigurosa” de la segunda parte (c. 275, p. 390), le anuncia el “futuro archivo fonográfico apéndice del ALPI” y espera que “cada año y medio pueda publicarse” un nuevo volumen del Atlas (p. 391). El Consejo piensa en obsequiar a Navarro con un “ejemplar lujosamente encuadernado, como los que regalan al Papa y a Franco” (c. 277, p. 393), pero en los fondos de la Biblioteca Apostólica Vaticana no figura ningún ejemplar del ALPI. A pesar de los problemas con la editorial, el 21 de marzo de 1962 Seix y Barral saca el primer volumen del ALPI, y “cuarenta ejemplares completos” salieron con rumbo al Consejo (c. 281, p. 398). El primer volumen podría ser presentado, por fin, en un congreso internacional, el de Lingüística y Filología Románica de Estrasburgo.

Sexta parte. “VI. Etapa final: un proyecto inacabado (1962- 1976)”. Cartas 282-322. El ALPI es “recibido con todos los honores” en Estrasburgo (c. 282, p. 401). Navarro lo recibe “con gran alegría y hasta con emoción” (c. 283, p. 402), pero se lamenta de que “no haya sido posible incluir las capitales de provincia en la forma proyectada” (p. 402), y le “conmueve ver convertida en realidad una parte por lo menos de la idea que se ha perseguido durante tanto tiempo” (c. 287, p. 406). El propio Navarro solicita a Zamora Vicente una reseña sobre esta obra, “mina inagotable para artículos y monografías filológicas” (c. 285, p. 405), pues cada mapa “encierra materia para un buen comentario histórico-geográficolingüístico” (c. 287, p. 407), y, del mismo modo, revisa y encuentra pequeñas confusiones. La tirada final del volumen I se elevó a 1.563 ejemplares, aunque el Consejo acordó que “se harían solamente 1.000 ejemplares”, lo que aparte de echar “por tierra los cálculos de coste y de consumo de papel, nos agrava el problema de almacenamiento” (c. 286, p. 406).

Rodríguez- Castellano hace una última encuesta en Gilena (Sevilla), en septiembre de 1962. No hay noticias de la marcha del segundo volumen del ALPI (c. 294, p. 414), pero “el libro anejo al primer volumen” estaba muy avanzado (c. 295, p. 415), en él figurarían “los errores” que se hubieran detectado (c. 297, p. 418 y c. 298, p. 420). Dicho trabajo se ve retrasado por Cintra (c. 306, p. 429 y c. 307, p. 430). La idea de Sanchis era poder presentar el II volumen en el XI Congreso de Lingüística Románica de Madrid de 1965 (c. 299, p. 421), pero “la publicación del ALPI sigue detenida” en diciembre de 1964, sin saber “si ello es debido a Sanchis o al Consejo” (c. 301, p. 423).

Rodríguez-Castellano se pregunta por las causas de la lentitud y no sabe “si la demora obedece a razones económicas, a negligencia de los colaboradores o a informalidad de las imprentas” (c. 304, p. 426), “quizá no falten personas que opinen […] que se debe dejar paso libre a los Atlas Regionales” (p. 427), atlas que “consiguen preferencia por ser de ejecución más rápida y menos costosa” (c. 305, p. 428). Según el propio Sanchis, la táctica de Alvar era “considerar el ALPI como un trasto viejo que debe ser arrinconado y que no interesa continuar” (c. 306, p. 429). El silencio y la “incomunicación” que mantuvo Sanchis desde entonces fue algo sentido por Rodríguez-Castellano (c. 308, p. 432) y Navarro, y “es posible que Sanchis desistiera de la empresa por la pesadez del trabajo y la escasa remuneración” (c. 319, p. 446). Con el paso de los años, Navarro solicitará a Sanchis “la devolución al Consejo de los materiales del ALPI” (c. 317, p. 443).

Balbín confiesa a Navarro que el silencio de Sanchis venía de lejos, pues “va para diez años mi falta de comunicación con él” (c. 318, p. 444). Las últimas cartas del epistolario se centran en la figura de Navarro, quien no desea volver de ningún modo a España, y no por una “cuestión de política, sino de actitud intelectual, de concepto civil y sobre todo de ética”; además “las amistades perdidas no se han reanudado; la helada fue tan honda que llegó hasta las raíces” (c. 294, p. 415), por otro lado, y según confiesa el propio Navarro, “tengo el defecto de no olvidar lo pasado y de no perdonar deslealtades ni traiciones” (c. 302, p. 425). Con motivo de la muerte de Menéndez Pidal, escribirá: “venero su memoria como hombre sabio y bueno.

Lamento en el alma que en la prueba inexorable de la guerra le fallara la moral” (c. 311, p. 436). En cuanto al ALPI, aclarará a Lapesa que “no hay que esperar ningún descubrimiento que altere las bases conocidas de la dialectología española […] su principal utilidad consistirá en completar ese conocimiento poniendo a la vista la riqueza de variantes de cada palabra, la múltiple subdivisión de las zonas generales, los enlaces y enclaves entre unas áreas y otras y la corriente de expansión de cada fenómeno” (c. 296, p. 417). Años más tarde escribirá que “el ALPI tiene la importancia indiscutible de abarcar conjuntamente la unidad de la Península y de distribuir su material de un modo equilibrado entre lo fonético, lo gramatical y lo lexicológico” (c. 310, p. 435), que “habrá que resignarse a considerar el ALPI como un material histórico para futuros lingüistas” (c. 311, p. 437), y que “el ALPI tiene el valor de representar la totalidad de la Península, base para la dialectología comparativa íbero-hispana” (c. 319, p. 446). La última carta editada recuerda la labor del maestro por “hacer ver a los escépticos o mal intencionados el valor real que tiene esta obra, si se la mira con ánimo limpio y teniendo en cuenta la fecha en que se hicieron las encuestas y los fines que se deseaban alcanzar” (c. 322, p. 450).

El volumen se abre con una Presentación de José Jesús de Bustos Tovar (pp. 11-14), y se cierra con el Epílogo de David Heap (pp. 455-458). Cuenta además con un Índice de nombres (pp. 459-466), un completo Índice de cartas (467-474), unas Referencias bibliográficas (pp. 475-482) y un Apéndice fotográfico (pp. 485-514) de 44 imágenes, fotos de los colaboradores (solos o con los informantes, p. 489) y de los miembros del Centro de Estudios Históricos (CEH) (p. 485) y del CSIC (p. 504), imágenes del cuaderno I (p. 487), mapas del ALPI (p. 503), algunas de las cartas editadas y las portadas de ciertas publicaciones relacionadas con el Atlas (pp. 510-514), entre otras. Después de esta revisión de la historia interna del ALPI, queda señalar que el proyecto de su publicación definitiva se está llevando a cabo en el CSIC, bajo la dirección de Pilar García Mouton, y con la colaboración de Inés Fernández-Ordóñez (UAM, RAE), David Heap (Western Ontario), Maria-Pilar Perea Sabater (Barcelona), Xulio Sousa (Santiago de Compostela) y João Saramago (Lisboa). Tal y como pronosticó Navarro, “algún día, en circunstancias más favorables, se publicará la obra total” (c. 313, p. 439).