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versión impresa ISSN 1012-1587
Revista de Ciencias Humanas y Sociales v.20 n.45 Maracaibo dic. 2004
Ciencias sociales, historia y cultura. Construcción de nuevas tendencias teóricas
Johnny Alarcón Puentes1
y José Luis Monzant Gavidia2
1Docente e investigador/Universidad del Zulia.
Facultad Experimental de Ciencias. Departamento de Ciencias Humanas. Unidad de Antropología. alarconpuentes@hotmail.com
2Docente e investigador/Universidad Católica Cecilio Acosta.
Facultad de Artes/Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt. Programa Educación. jl_monzantg@yahoo.es
Resumen
El objetivo en este trabajo resultado parcial de una investigación documental fundamentada en los planteamientos teóricos de Roger Chartier y Clifford Geertz ha sido analizar la pertinencia de unas ciencias sociales que rompan con los paradigmas positivistas tradicionales y contribuyan a definir un diálogo transubjetivo. Objetividad, subjetividad, verdad, relativismo cultural y representaciones son algunas de las categorías sometidas a la re-interpretación como vía para replantear un análisis que permita re-asumir la conciencia colectiva desde y para Nuestra América. Se concluye que las ciencias sociales deben buscar su re-definición crítica más allá de los postulados del positivismo, por tanto, se propone un planteamiento histórico-antropológico novedoso y crítico que se gesta en torno a los lineamientos fundamentales de unas ciencias sociales interpretativas de los hechos socioculturales.
Palabras clave:Ciencias sociales, historia, interpretación, verdad, honestidad transubjetiva.
Social Sciences, History and Cultura. Building New Theoretical Trends
Abstract
The objective of this paper, the partial result of documentary research, based on the theoretical expositions of Roger Chartier and Clifford Geertz, has been to analyze the pertinance of social sciences that break with the traditional positivist paradigm, and which contribute to defining a transubjective dialogue. objectivity, subjectivity, truth, cultural relativism and representations. These are some of the categories submited to re-interpretation as a way to reframe an analysis that allows us to re-assume the collective conscience from and for Our America. The conclusion is that social sciences must look for their critical redefinition beyond the postulates of positivism, and from there a novel and critical historical-anthropological exposition is set out and is developed around the fundamental principles of the interpretative social science of socio-cultural facts.
Key words:Social sciences, history, transubjective honesty, interpretation, truth.
Recibido: 08 de junio de 2004 Aceptado: 25 de noviembre de 2004
INTRODUCCIÓN
El presente trabajo es resultado de una reflexión colectiva sobre el análisis historiográfico y el papel de los científicos de las ciencias sociales en el proceso de construcción del conocimiento, que los autores realizan desde hace varios años. Marcar distancia con las versiones tradicionales de las ciencias sociales ha sido uno de los objetivos principales. En el debate mundial sobre la cientificidad de las ciencias sociales, cobra especial relevancia el discernimiento sobre la objetividad y la subjetividad como elementos diferenciadores entre lo que está fuera o dentro de las ciencias. La pertinencia de la polémica viene dada debido a que, en la actualidad, todavía se niega la cientificidad a las ciencias sociales como resultado de la comparación con los resultados permanentes (demostración, verificación, teorías, leyes) de las ciencias naturales. En el plano metodológico, se aplicaron criterios de análisis de la investigación documental fundamentada en los planteamientos hermenéuticos aplicados al estudio histórico-cultural que hacen Roger Chartier y Clifford Geertz.
El artículo consta de tres aspectos esenciales, abordados desde una perspectiva crítica. Se comienza con la problematización de los aspectos teóricos de las ciencias sociales. En el segundo punto el viejo postulado positivista de la objetividad científica de la verdad como punto de partida y de llegada de la cientificidad es confrontado con el papel de la interpretación y de la honestidad transubjetiva como procesos psicosociales inherentes de la actividad humana y a la construcción del conocimiento científico. Por último, se a tiende los modelos de la modernidad y posmodernidad para establecer los criterios de un nuevo enfoque histórico antropológico.
1.MÉTODO Y METODOLOGÍA DE LA HISTORIA CULTURAL
El positivismo ha convertido lo social en objeto de una pseudociencia en la medida en que exige experimentación, comprobación y verificación del conocimiento hasta llegar a ser leyes irrefutables. El papel de los científicos sociales no consiste en construir verdades y, menos aún, en establecer leyes; el propósito consiste en interpretar la realidad. Mientras los científicos sociales pretendan aplicar el método científico experimental-positivista, las ciencias sociales continuarán siendo consideradas ciencia en construcción, tal como Lombardi (1997:385) denomina a la historia. La causa por la cual las ciencias sociales al igual que todas las ciencias permanecerán inconclusas e inacabadas, se debe a que sus métodos y metodologías están en incesante construcción y cambio y no debido a que no puedan establecer leyes. Lo contrario conlleva a reducir las posibilidades de hacer ciencia desde la perspectiva del cambio y la contingencia, al desconocimiento de la naturaleza humana múltiple, diversa y heterogénea, según el tiempo y el espacio vital y a la convicción de que es posible la existencia de una ciencia única, de un pensamiento único.
El filósofo de la historia y la cultura alemán, Wilhelm Dilthey (Cuadernos de filosofía, 2004), sostiene que las ciencias sociales tienen la posibilidad de explicar los hechos humanos, pero aplicando métodos que le sean propios. Dilthey consideraba que la ciencia subjetiva de las humanidades (historia, derecho, arte y religión) debería centrarse en una realidad históricasocialhumana, ya que el estudio de las ciencias humanas supone la interacción de la experiencia personal, el entendimiento reflexivo de la experiencia y una expresión del espíritu en los gestos, palabras y artes. Casi un siglo después, el antropólogo estadounidense Clifford Geertz (1996), afirma que la ciencia es interpretativa y que el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido. La cultura es esa urdimbre y el análisis de la cultura ha de ser, por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones. Lo que busca es la explicación, interpretando expresiones sociales que son enigmáticas en su superficie. Todo es interpretación, concluye Geertz; toda ciencia es interpretativa si su objeto de estudio es el hecho cultural o social. Ese todo sumamente complejo que es la cultura, resultado de interacciones y expresiones transubjetivas, es el objeto de estudio de las ciencias sociales. Cuando se analizan hechos lejanos o cercanos en el tiempo, se hacen interpretaciones, se interpretan interpretaciones y, como continúa Geertz, nos toca incluso explicar explicaciones (1996:24), a pesar de que se trabaje sobre la base de fuentes primarias (discursos, cartas, leyes o testimonios personales). Esto se debe no solo a la subjetividad humana, natural y social, personal-colectiva, involuntaria e inconsciente de las distintas miradas y pensamientos (1) de los protagonistas; también se debe a las múltiples acciones de estos actores sociales y a las variadas motivaciones y circunstancias que los conllevaron a concretar sus hechos. La interpretación de la realidad es un producto social, pero como proceso cognoscitivo, es inherente al ser humano. Es causa y consecuencia del proceso de socialización y forma parte de las potencialidades del ser humano.
El aporte de Geertz en el campo de la antropología del estudio específico del comportamiento y la forma de trabajo de los etnógrafos es extensible a la historia y al resto de las ciencias sociales. Lo primero que debe tomarse en cuenta es que ese todo sumamente complejo que es la cultura está inserto en el proceso histórico, es resultado de la práctica histórica. Lo importante en este caso es acceder al mundo conceptual de los individuos e interactuar dialógicamente con ellos para descifrar los significados del hecho cultural (Geertz, 1996:334). Esta definición es fundamental, aunque puede implicar el riesgo de concluir que tan sólo con el discurso social el cómo los actores perciben el hecho cultural es posible interpretar el complejo societario. La interpretación, por el contrario, es resultado de la relación entre la práctica histórica y el significado de lo real construido por el hombre. Las explicaciones de los significados deben buscarse en quienes les imponen significación: el ser humano socialmente constituido. Si bien las culturas son sistemas de símbolos y significados compartidos, ello no significa que pueden buscarse explicaciones globales en las operaciones mentales. Hay que recurrir a la praxis simbólica de los hombres que la sustentan y le dan vida. La cultura es vista a sí como un complejo proceso de interacciones simbólicas que abre espacios para la homogeneidad y la heterogeneidad. Toda la crítica se torna ambivalente frente a este entramado de subjetividades y el investigador, entre múltiples opciones, tiene la posibilidad de ser honesto, responsable, serio y sincero, para no tergiversar la realidad de manera intencionada.
El estudio de la producción simbólica forma parte del objeto de estudio de la historia cultural o antropología histórica, la cual redefinió el papel de la historia, generó diversos replanteamientos actuales de la historia, y esto parece inagotable; pero por herencia de los Annales se olvidó la dimensión de la epistemología histórica la dimensión reflexiva de la historia y, en la actualidad, no puede eludirse la necesidad de la presencia de esta reflexión teórica y metodológica dentro de cualquier investigación, por más empírica que sea (Chartier, 1995:227-242). Con este enfoque, Chartier ha reabierto el debate teórico-metodológico de la historiografía sobre el estatuto del conocimiento.
En el proceso de construcción del conocimiento, el hombre interpreta sobre la base de la producción simbólica, es decir, construye una representación de la realidad. Chartier (1995:233), considera que uno de los problemas del estudio de las representaciones es que nos distancia de una posición epistemológica fundamentada únicamente en el ejercicio de la crítica histórica. La investigación historiográfica dedicada a hacer inteligible la práctica histórico-cultural y sus representaciones se ajusta al tipo de fuentes inherentes al objeto de estudio. Las fuentes resultan de la mezcla entre el documento escrito (el testimonio, la explicación, la interpretación) y la oralidad; y, dada la prevalencia que hoy tiende a dársele a la segunda, el método y la metodología se aproximan más a la etnografía, a la antropología histórica. La transdisciplinaridad se hace presente para enriquecer el trabajo historiográfico, para fortalecer el soporte epistemológico; incluso, para consolidar métodos propios de las ciencias sociales como sugerían Dilthey y otros pensadores de los siglos XIX y XX en oposición al esquema positivista.
A Chartier le parece
importante recalcar esto porque si los historiadores quieren definirse como especialistas en un campo particular con sus límites necesarios y como constructores de una reflexión más amplia de la discusión filosófica, literaria o de las ciencias sociales, deben pensar a partir de los otros, lo que puede conducir a variados temas históricos (1995:231).
2.HONESTIDAD TRANSUBJETIVA: ¿VERDADES O INTERPRETACIONES?
La rigidez de la crítica aplicada por científicos sociales positivistas, se torna anacrónica e ineficaz frente al relativismo subjetivo de Geertz. Además de la crítica, en el tratamiento y análisis de la fuente, el científico social ha de defender la honestidad, la responsabilidad, la seriedad y la sinceridad. En la actualidad, la fortaleza de los científicos sociales radica en no hacer tergiversaciones deliberadas, premeditadas; en estar comprometidos socialmente con el pensamiento plural y crítico, para que el resultado de las nuevas investigaciones posibilite el diálogo transubjetivo.
En las ciencias sociales, los resultados del proceso de construcción del conocimiento necesariamente se convierten en versiones interesadas de la realidad (Lombardi, 1997:385), producto de las múltiples interpretaciones y de los intereses económicos, políticos y sociales que encierran. La objetividad científica no existe en los términos planteados por el positivismo. La meta que han perseguido los historiadores y otros científicos sociales para alcanzar el rango de ciencia verdadera, debería estar en la honestidad científica transubjetiva. A ella debieron llegar los positivistas cuando partieron en la búsqueda de la objetividad científica. La imparcialidad es otra pretensión deshumanizante ya que desde que se comienza a desarrollar una investigación se trabaja sobre determinadas suposiciones y en ellas está implícita la particular manera del científico entender la realidad, su carga de valores, sus intereses personales y sociales e incluso la necesidad de relectura del pasado que cada generación manifiesta para entenderla desde su presente. La historia personal de cada individuo es uno de los factores condicionantes más influyentes durante el proceso de construcción del conocimiento en las ciencias.
Cuando Adam Schaff otro defensor de la condición de ciencia subjetiva de las ciencias sociales atiende lo referente a la relación que existe entre el proceso cognoscitivo y la verdad, sostiene que ella está determinada por la honestidad subjetiva y que esto, sin embargo, no obliga a la historia a bajarse del pedestal científico y situarse entre las artes (Schaff, 1971:4). Es pertinente referir las distintas visiones que los historiadores ofrecen de un solo y único acontecimiento, según pertenezcan a épocas o generaciones diferentes o, si son contemporáneos, según los distintos sistemas de valores en que se fundamentan, como expresión de sectores sociales opuestos o afines, de concepciones del mundo divergentes o similares, de distintos intereses socioeconómicos y políticos.
En la actualidad, el elemento subjetivo en las ciencias sociales sólo pueden negarlo los guardianes del museo positivista. Quienes han alcanzado el nivel de la ciencia en su dimensión actual, asumen la transubjetividad y sacan provecho de sus potencialidades. Una de las metas posibles es que los investigadores sociales asuman la contextualización de la transubjetividad para acercarse de manera interpretativa a la realidad; pero ello sólo es posible si se transita por las distintas subjetividades que emanan de la práctica histórica concreta.
Escribir historia, por ejemplo, es, básicamente, interpretar el pasado. El historiador relata y es consciente de que relata Cada libro de historia representa un fragmento del pasado y, al mismo tiempo, se da como representación de este fragmento del pasado (Chartier, 1995:241-243). Desde hace décadas, la historiografía está orientada a convertirse en interpretación de lo cotidiano, de la diversidad dada en un tiempo y espacio singulares. Avanza hacia la comprensión de la práctica histórica, del hecho histórico (2), mediante la exposición de los testigos, mediante sus representaciones del hecho y sus interpretaciones. Pero, según Chartier, la historiografía sólo Es científica si por ello entendemos la posibilidad de establecer un conjunto de reglas que permitan controlar operaciones proporcionadas a la producción de objetos determinados (Chartier, 1995:241). En Cultura escrita, literatura e historia. Conversaciones con Roger Chartier, el científico problematiza nuevamente el estatuto científico de la historiografía, pero anuncia condiciones. Su fortalecimiento depende, según él, de la recuperación de toda epistemología de la coincidencia entre los hechos y su representación en el relato histórico la relación, bastante problemática, entre prácticas y textualización (Chartier, 1995:233).
Abordar la historia desde la perspectiva de las representaciones sociales obedece al propósito de marcar distancia con el método y la metodología historiográfica tradicional y, sobre todo, con la historia política tradicional. Por ello, todo nuestro esfuerzo va contra la historia política tradicional, que es la historia de los acontecimientos políticos (Chartier, 1995:244). No se trata de anular el acontecimiento como hecho histórico ya que, desde los orígenes de la historiografía, la acción, la práctica histórica es su objeto de estudio y así ha de continuar; pero al científico no le está dado aproximarse al hecho en su singularidad espaciotemporal. Tan solo le es posible hacerlo suyo en la medida en que el actor y/o testigo lo relatan, lo explican, lo interpretan. Es lo que Chartier llama las relaciones prácticas de la representación, al tiempo que reflexiona sobre las dos dimensiones de la representación: lo que representa algo y lo que se da representado por algo, tal como lo concibió Louis Marin. Pero advierte en torno al riesgo de disolver las prácticas dentro de sus representaciones, lo que obliga necesariamente a volver a pensar el concepto mismo de representación y a volver a articular las relaciones que hemos discutido entre representaciones de un relato histórico y las prácticas sociales que se dan a través de esta producción de representaciones (Chartier, 1995:23,32,230).
Una de las grandes limitaciones del paradigma positivista dentro del campo de las ciencias sociales, y de la historia en particular, ha sido la pretensión y la práctica de emitir un juicio y demostrarlo. Esto exige e impone no dar muchos pasos, quizá no más de dos, sin citar a algún investigador o testigo que haya dicho primero lo que se necesita afirmar. Así lo han hecho sectores que administran y controlan la educación y la investigación universitaria en Venezuela y otros países de América Latina, Europa y Estados Unidos. Demostrar es citar, sustentar con la fuente primaria para asegurar la objetividad del investigador, quien no hace especulación alguna y no se parcializa, pues la verdad está en ceñirse al dato fiel de la fuente. Dentro de la escuela positivista, los científicos sociales niegan la relación que existe entre el proceso cognoscitivo y la realidad; la importancia de la interpretación y la valoración de la transubjetividad en los análisis históricos-antropológicos.
Una de las alternativas es la visión crítica de la realidad, la cual permite interpretar la actual sociedad de mercado-globalizado. Los puntos de encuentro y desencuentro acerca de cómo percibimos el hecho, la práctica histórica, conllevan a una interpretación consensuada de la realidad, en un momento-lugar determinados. A partir de la interrelación entre la realidad y la interpretación que el ser humano hace del hecho real, es preciso respetar la visión del otro; respetar a la persona en su integridad. No obstante, durante el proceso de construcción del conocimiento, el científico ha de problematizar el discurso del otro en la búsqueda de nuevas interpretaciones.
Según Alan Guy (2002), Andrés Bello es uno de los grandes filósofos de la humanidad, con la desventaja real, de ser un latinoamericano del siglo xix. Cuando Bello, desde su espacio-tiempo, afirmó tantos peligros como corre la verdad en manos del historiador, no previó el papel que jugarían otros actores en el proceso de construcción del conocimiento. Los periodistas, por ejemplo, como sujetos concretos en el campo de los medios de comunicación, juegan un papel más dinámico e influyente en la construcción-difusión de las versiones socialmente aceptadas sobre un hecho o proceso histórico. Los historiadores son, en la actualidad, apenas un apéndice de las principales megacorporaciones de la información, que hoy, como dice Ignacio Ramonet (Rebelión. org, 2002), están ya en manos de los vendedores de cañones. La interpretación de la realidad es vendida hoy como otro producto del mercado globalizado. Desde los medios se construyen verdades colectivizadas, impuestas de manera sutil gracias a la tecnología de la información. Aparentemente, existe la posibilidad de comprarlas o no ya que el mercado es libre y deja la libertad de decir no. Sin embargo, la verdad oficial es distribuida con idénticas estrategias publicitarias que los productos materiales y, por lo tanto, sólo se ofrecen las bondades de adquirir el producto, lo que se repite una y otra vez. Desde mediados del siglo XX, se consolidaron las grandes empresas de la memoria colectiva de la humanidad. Fue perfeccionado uno de los procesos de control social que data de los inicios de las clases sociales y, en consecuencia, de las desigualdades y de las injusticias sociales, vinculado a la apropiación de los recursos económicos y de los saberes. Parte de la tarea de los científicos sociales es problematizar y teorizar la actual realidad desde la perspectiva crítica de las ciencias y, de esta manera, confrontar el conocimiento que se produce en las altas gerencias de los medios de comunicación.
3.MODERNIDAD-POSTMODERNIDAD: CRISIS Y AUGE HISTÓRICO ANTROPOLÓGICO
En la actualidad, es pertinente reivindicar una visión histórico-antropológica que tome en cuenta los múltiples enfoques renovados que, desde una perspectiva de los excluidos, están naciendo en la periferia del sistema capitalista (América Latina, Asia, África). El análisis histórico-antropológico occidental conocido como eurocentrismo y su modelo de evolución impuesto al resto del mundo, ha llevado al quehacer historiográfico al actual punto de confusión. El método científico euro-occidental pretendió valerse tan solo del documento escrito para analizar las sociedades y delimitó lo que está fuera y dentro de los parámetros históricos. Quedaron por fuera los pueblos ágrafos, a los cuales se les consideraba simple material arqueológico. El eurocentrismo no es consecuencia de la negligencia teórica por parte de los europeos; no ha sido producto de un error de cálculo o de método. Es una visión colonialista y colonizante, consciente y premeditada, puesta en práctica con el propósito de alterar y conducir el proceso histórico de las sociedades periféricas hacia formas supuestamente más civilizadas y cultas; se impusieron modos de vida al estilo europeo como única solución a los problemas y desafíos de los tiempos. Todo esto ha servido para mantener la cosmovisión occidental de pueblos superiores e inferiores. Los historiadores y los etnógrafos, en general, han estado al servicio de la colonización, pues han justificado los intereses de los países hegemónicos. En palabras de Humberto Melotti (1975:20), ...con la aceptación de semejante dogma la tarea del historiador se torna paradójica: ya no se trata de descubrir la historia sino de reencontrarla de acuerdo con un modelo a priori que se da por descontado de una vez para siempre. Occidente, en su relación con la alteridad, no ha asumido la diferencia y, por el contrario, ha postulado un destino manifiesto de evolución para toda la humanidad, imponiendo un estilo de vida dado como superior, desarrollado y civilizador de los pueblos primitivos y bárbaros. La historia se construyó bajo modelos ideales de evolución: se resolvió primero en la cabeza de los hombres (con el sello de Hegel) y luego se aplicó a realidades concretas.
Dentro de las ciencias sociales se requiere de un cambio de rumbo que posibilite a la periferia construir y difundir su interpretación propia de la realidad; que sus investigaciones se consideren tan válidas como las del centro hegemónico euro-estadounidense. Las ciencias sociales deben servir para resolver problemas de manera democrática y no para envanecerse de ella con erudiciones sectarias y aisladas del complejo societario. La concepción multilineal de la historia según la cual existe multiplicidad de hechos culturales en las diferentes sociedades, con respuestas particulares, propias, frente a una misma situación o problema es una de las alternativas propuestas desde la perspectiva crítica de las ciencias sociales. Se construye un modelo que descarta la posibilidad de encajonar a todas las sociedades dentro de la concepción unilineal del proceso histórico euroccidental, actualmente en crisis. Los historiadores deben estudiar a las sociedades no occidentales, pero deslastrados de los discursos unilineales y colonialistas que se reafirman con la modernidad. Se deben deconstruir los niveles epistemológicos hasta hoy conocidos y con los cuales hemos mirado al otro bajo parámetros prejuiciados y avanzar en la construcción de nuevos métodos que posibiliten analizar lo diverso, la diferencia, lo múltiple, lo discontinuo.
La reinterpretación histórica debe pasar bajo el prisma del cuestionamiento hecho a Occidente desde la posmodernidad, pues ha invocado la pluralidad, la diferencia, la heterogeneidad y la hibridación, contribuyendo así al descalabro del eurocentrismo. Se debe valorar la crítica posmoderna al modelo desarrollistaevolucionista de la modernidad para llegar a un sitial de creatividad intelectual que permita redefinir los estudios históricos, de tal manera que haya aportes significativos a la comprensión del complejo social. Dentro de los nuevos parámetros epistemológicos, lo importante es encarar al otro occidental en el terreno teórico enfatizando la diferencia como punto esencial de cualquier análisis.
Los científicos sociales de la periferia deben replantearse un rumbo investigativo desde nuestra mismidad. En el actual marco de crisis paradigmática, la historia adquiere vital relevancia. Lo primordial hoy es el barrio, la ciudad, la etnia, las minorías, el lenguaje, la memoria, los sentimientos, las costumbres, las leyes, entre otras unidades más o menos autónomas que son objeto de análisis pormenorizado desde una perspectiva tanto diacrónica como sincrónica; pero sin perder la perspectiva mundial y sus múltiples interrelaciones y articulaciones.
La dinámica acelerada con el desenmascaramiento de los ideales de una determinada modernidad postulada por Occidente, es un elemento teórico que ha permitido entender los múltiples desarrollos culturales de los pueblos a los cuales se les había negado el derecho a la diferencia. Es necesario superar algunos de los criterios modernos que mueven el planeta desde hace más de doscientos años como las verdades irrefutables y el progreso tecnológico a cualquier precio y que nos han traído a este mundo laberíntico y globalizado, en el cual no encontramos el camino para construir una nueva sociedad que se asiente en la participación y la organización alternativa. La salida no puede provenir de una posmodernidad que se ve como moda intelectual que propugna la desesperanza, el vivir el presente sin pensar el futuro, el no hay salida a la situación actual. Tampoco puede venir de una posmodernidad justificadora del capitalismo, del fin de la historia y del sujeto; aquella que se niega a sí misma cuando se hace universal. La superación de la modernidad que debemos asumir, permite repensar y recrear las esperanzas en un mundo diverso y más justo.
Una historia que siente sus bases en el pasado, pero que se retrotraiga a la cotidianidad presente de los pueblos es vital para la memoria colectiva de toda la periferia. Muchos historiadores denigran de la historia actual o inmediata por considerarla material sociológico/periodístico. Esta visión estructural-funcionalista muy extendida en la actualidad y contraria a las nuevas tendencias que nacen a la luz de las críticas al proyecto moderno considera que todo intento por interpretar la realidad inmediata es pura especulación y no es digna de ser tomada en cuenta. Historiadores con gran celo por la disciplina piensan que al compartir saberes, conocimientos, conceptos, teorías con otras ciencias pierden la originalidad y especificidad de la historia. Se trata de una postura irreflexiva, acrítica, acientífica, pues la historia siempre tendrá el sello que la delimita y la diferencia de otras ciencias sociales. La manera como la historia aborda a los sujetos de investigación siempre tendrá el principio diferenciador que proviene de la interpretación. Los historiadores no deben incurrir en versiones univocistas, unidireccionales, unilineales; por el contrario, deben partir de las múltiples interpretaciones, de las relaciones transdisciplinarias y de las transubjetividades emanadas de la realidad, para construir una historia contada desde varias perspectivas. Pero sin los excesos de avalar el ideal posmoderno según el cual todas las versiones son válidas: tanto las del oprimido como las del opresor, pues con eso se justifica la manipulación y tergiversación de la historia por parte de aquellos que interesadamente se pliegan a una visión múltiple de ella, pero interesada.
CONSIDERACIONES FINALES
En este trabajo se ha cuestionado la construcción de verdades históricas que conduzcan a instituir tanto modelos societarios preestablecidos como la representación sobre el acontecimiento. Lo pertinente consiste en construir un discurso histórico sobre la base de la contextualización de las transubjetividades, con lo cual se dé una perspectiva amplia del hecho histórico. Tampoco significa esto que es imperativo asumir la microhistoria o análisis de lo local de manera aislada, descontextualizada de la realidad mundial. Los historiadores que así piensan y trabajan, circunscriben el hecho histórico a un espacio desconectado del resto de los complejos societarios y desconocen que el hecho histórico único, específico e irrepetible de una región o localidad, es la plataforma para ir más allá; para buscar las interrelaciones con aspectos a escala mundial o establecer la interconexión con otras microhistorias. Ninguna comunidad, por remota que esté, se encuentra del todo aislada, menos aún hoy con el fenómeno comunicacional de largo alcance. Por tanto, la reproducción de capitales, la tecnología, la división mundial de trabajo, la discriminación, las enfermedades, los avances en salud, son ejemplos de lo interrelacionados que se encuentran los espacios.
Otro aspecto de los desaciertos recientes ha sido postular el fin de la historia. La imposición de un discurso y de un modelo histórico unitario, unilineal, unívoco, no implica que la historia como dinámica, como práctica haya concluido y se paraliza en ese determinado modelo socioeconómico, tal como lo planteó Francis Fukuyama. Esto solo muestra la crisis de los metarrelatos y la irrupción de las múltiples microhistorias que habían sido negadas desde la historia eurocéntrica. Por el contrario, en la actualidad la práctica histórica de la periferia ha irrumpido tanto en Nuestra América como en otros lugares del mundo contra la práctica unilineal de las potencias euroccidentales. Por su parte, las ciencias sociales profundizan su particular proceso de construcción y esto permite su reconstitución, redefinición y mutación constante, pues la contingencia es su patrón determinante. Esa particularidad viene dada, precisamente, por su carácter transubjetivo-interpretativo, que niega la posibilidad de establecer verdades absolutas y concretar la ansiada objetividad postulada por el positivismo decimonónico. Una de las alternativas consiste en transitar modelos de explicación que, desde las ciencias sociales, posibiliten la apertura hacia diálogos transubjetivos-contextuliazados desde los cuales se reconozca el carácter temporal de los postulados científicos.
Notas
* Proyecto Financiado por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad del Zulia.
1.Como dice Geertz cuando cita a Ryle acerca de su pregunta sobre qué está haciendo Le Penseur: pensando pensamientos (Ver página 21).
2.A partir de esto, el hecho histórico puede ser definido como una serie de gestos, comportamientos, prácticas y lugares (Chartier, 1995:227).
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Cuadernos de filosofía. Pensadores del siglo XX: Wilhem Dilthey.
http://www.filosofia.net/materiales/rec/sxx.htm
Ramonet, Ignacio. Medios de comunicación en unas pocas manos.
http://www.rebelion.org/medios/ramonet311202.htm












