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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508versión On-line ISSN 2443-468X
CDC v.50 n.50 Caracas mayo 2002
Sistemas de balance de poder regional: geografía, jerarquías y poder nacional
Makram Haluani
Makram Haluani
Profesor Titular de la USB. Estudios de posgrado y doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Münster, Alemania, 1974-1982. Jefe del Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas, USB, desde octubre de 2000 hasta la fecha.
Correo-e: mhaluani@usb.ve
RESUMEN
El presente ensayo pretende estudiar el impacto del poder nacional de los diversos estados, su ubicación geográfica, así como su posición jerárquica cualitativo-comparativa sobre las relaciones políticas y de seguridad al nivel regional. También busca identificar las variables básicas que influyen sobre la creación y aplicación de aquellas capacidades nacionales de carácter político-militar, y relacionar esas variables al patrón modelo de sus relaciones, tanto cooperativas como conflictivas dentro del sistema de equilibrio de poder regional.
Palabras clave
Relaciones internacionales / Poder nacional / Jerarquías / Balance regional / Geografía
ABSTRACT
The present paper aims to study the impact of states power, their geographic location, and of their qualitative-comparative hierarchy on regional political and security relations. It also seeks to identify the basic variables that shape the creation and application of those politico-military capabilities and to link them to the pattern of their cooperative or conflictual relations within their regional balance of power system.
Key words
International relations / National power / Hierarchies / Regional balance / Geography
RECIBIDO: NOVIEMBRE 2001 ACEPTADO: ABRIL 2002
INTRODUCCIÓN
El análisis del orden comparativo-cualitativo jerarquizado, al nivel regional de los estados, es un campo que recién se da a conocer en la investigación académica sobre las relaciones internacionales. Tal orden se establece en primer lugar por el poder nacional de los miembros de un determinado subsistema regional. El poder nacional en este sentido es definido como el conjunto de capacidades políticas, económicas y/o militares de un Estado dado, que le permiten proteger sus intereses nacionales y lograr sus objetivos al nivel regional y hasta mundial, colocándolo en una posición cualitativamente ventajosa ante sus vecinos regionales. Todo orden jerárquico regional evoluciona en función directa y proporcional a la interacción entre las capacidades nacionales por un lado y la ubicación geográfica de los actores regionales por el otro, afectando directa y precisamente la identificación de los objetivos nacionales y la designación de las estrategias para lograrlos frente a sus vecinos.
En la mayoría de los casos, las relaciones regionales cooperativas son más vulnerables que aquellas neutras a las estructuras jerárquicas, sobre todo en el contexto cualitativo. En este sentido, uno de los innumerables criterios para examinar la calidad de las relaciones interestatales al nivel regional es identificar el orden jerárquico comparativo-cualitativo dominante entre los países y discernir aquellos factores y variables que lo constituyen. Los estudios académicos de la jerarquía regional de estados y su impacto sobre los conflictos regionales no han cubierto hasta la fecha la cantidad de casos de conflictos regionales existentes en la actualidad. El patrón de gestiones, acciones, relaciones cooperativas, rivalidades, o de conflictos regionales recurrentes, parece estar estrechamente ligado a las diversas capacidades que cada Estado despliega en un subsistema regional establecido. Igualmente, el equilibrio de poder económico-industrial y militar nacional dentro de todo subsistema regional parece ser afectado por el orden jerárquico que agrupa a sus miembros.
En un acercamiento preliminar de índole metodológico-cualitativa y en un marco teórico de la escuela funcionalista-realista, este ensayo pretende estudiar el posible impacto del orden jerárquico cualitativo-comparativo sobre las relaciones políticas y de seguridad nacional entre países pertenecientes a un determinado subsistema regional, constituyéndose en una unidad geográfica coherente. También se aspira identificar las variables básicas que forman las capacidades políticas, económicas y/o militares de sus actores miembro y relacionarlas con el patrón de sus relaciones cooperativas, conflictivas o neutras, dentro de tal subsistema de equilibrio de poder regional. Por otra parte, vale aclarar conceptualmente en este contexto en qué se diferencia una jerarquía de una heteronomía o de una hegemonía. También deben reseñarse aquellos factores y variables que más contribuyen a establecer la posición de cada Estado dentro del orden jerárquico característico de su respectivo subsistema regional, así como las capacidades específicas (como variantes concretas del poder nacional, tales como su tamaño geográfico, aspectos demográficos, recursos naturales, fuerza económica, capacidades tecnológico-industriales y/o contigüidad) que más determinan la posición de cada Estado, en la jerarquía subsistémica regional.
Además, sería de extenso interés para las futuras investigaciones académicas sobre este tema, examinar el papel específico que juega la combinación selectiva de ciertas capacidades nacionales para adquirir nuevas competencias. Tales combinaciones pueden incluir el incremento, calculado y sistemático, de capacidades militares específicas (no-convencionales), anunciado con la oportuna puesta en marcha de iniciativas diplomáticas, a fin de alcanzar y mantener una supremacía cualitativa en ciertas situaciones y así afianzar una posición más ventajosa en la jerarquía regional. Otra opción que se puede considerar es provocar un conflicto limitado, de orden militar-convencional, para cambiar el statu quo regional. El papel de las potencias extrarregionales en incrementar las capacidades militares de sus aliados, puede afectar este cambio en la jerarquía cualitativa regional, ya que pocos países pueden lograr tal incremento por sus propios recursos humanos y/o materiales. También es de sumo interés en este respecto, la naturaleza, objetivos nacionales y duración de las alianzas y coaliciones formadas entre los miembros de un subsistema regional establecidos o entre algunos de éstos y potencias extrarregionales.
LA TEORÍA JERÁRQUICA EN EL CONTEXTO DE LAS TEORÍAS DE LAS RELACIONES INTERNACIONALES
La gama de las teorías que pretenden explicar las relaciones internacionales es ciertamente amplia en cantidad y variada en calidad. Todas aspiran elucidar el fenómeno de las relaciones interestatales y ofrecer explicaciones en cuanto a los motivos y consecuencias de la conducta de sus actores, ya sean estados soberanos, organizaciones no-gubernamentales supranacionales, entes de los sectores privados nacionales o empresas multinacionales, entre otros. Hoy por hoy se cuentan alrededor de 18 teorías en el campo de las relaciones internacionales, divididas grosso modo entre la escuela estructuralista (la forma define la función) o a la escuela funcionalista (la función determina la forma). Entre las teorías más reconocidas y aplicadas se mencionan la teoría de sistema, la realista, es decir, neorrealista, del balance de poder, la normativa-idealista, la conductista, entre las más relevantes.
La teoría de la organización jerárquica regional de los países pertenece conceptualmente a la teoría de sistema, así como a su pariente neorrealista, siendo éstas el marco epistemológico dominante al asignarles a los estados el papel de la unidad básica y esencial en las relaciones internacionales anárquicas y al determinar su importancia de acuerdo con su ubicación dentro de una determinada organización estructural sistémica (Bueno de Mesquita, 2000:116; Bull, 1995; Clark, 1989). La teoría de sistema se originó en 1957 cuando el politólogo norteamericano Morton Kaplan la desarrolla y detalla sus elementos en su famosa obra System and Process in International Politics. De allí que toda actuación estatal hacia otros países tiene su origen principalmente en la ubicación del Estado en cuestión en el sistema mundial o en su correspondiente subsistema regional. Kaplan identifica la polaridad sistémica como toda base de actuación estatal y específica con sus tres características principales: a) La polaridad describe la dinámica y cambiante distribución del poder entre los estados, contribuyendo a distinguir entre las potencias mayores y aquellas menores; b) identifica jerárquicamente la cantidad y calidad de los miembros, generalmente potencias mayores, del sistema mundial o subsistema regional; c) define el tipo de relaciones entre los mismos (Kaplan, 1957:21-85).
En términos específicos, la teoría de sistema de Kaplan alude a seis principales variaciones en cuanto a la ordenación sistémica de los estados (Hughes, 1991:68-69): sistema multipolar; sistema bipolar laxo; sistema bipolar rígido; sistema universal; sistema jerárquico; sistema de igualdad de poder disuasivo (unidad-veto). Es evidente que entre estas seis variaciones teóricas de la organización sistémica de los estados, la que más se hace énfasis en el presente ensayo es aquella del sistema jerárquico. La variante jerárquica de la teoría de sistema de Kaplan, que caracteriza el marco teórico de este ensayo, encauza en principio la identidad anárquica de toda organización mundial o regional, donde la ausencia de la unidad funcional entre los cualitativamente diversos y numerosos estados determina, con base en su poder nacional, la calidad de sus relaciones y su respectiva ubicación jerárquica en el subsistema regional. Es esta misma variante jerárquica de la teoría neorrealista del sistema que circunscribe además la primicia y el dominio del interés en imponer los objetivos estratégicos de cada uno de los países, estableciendo por consiguiente esa calidad de relaciones entre ellos.
EL PODER NACIONAL: DEFINICIONES CUALITATIVAS Y SU RELACIÓN CON LA GEOGRAFÍA
Ningún estado puede actuar en el contexto de las relaciones regionales y/o internacionales sin algún tipo y sin alguna medida específica de poder, ya sea comprendido éste en un contexto cuantitativo o cualitativo. El poder es normalmente definido como la capacidad de un Estado A para obligar a otro Estado B a actuar de una manera en que este último nunca hubiera actuado. Otras definiciones describen el poder como «la relación entre actores tal, que la conducta de un actor influye, aunque parcialmente, sobre la conducta de otro» (Cohen, 1989:15). El acercamiento preferido en este ensayo al concepto del poder es básicamente cualitativo. En este sentido, el poder se considera como «fundamentalmente correlativo», es decir, que «no es un bien o un fenómeno completamente equivalente a los recursos» (Bueno de Mesquita, 2000:170).
Los numerosos ejemplos históricos y contemporáneos demuestran que los resultados de ciertas disputas no siempre son proporcional y directamente relacionados a los diversos recursos que poseen los actores involucrados. En otras palabras, teniendo la cantidad más grande o la calidad igual de recursos no significa necesariamente que el actor más provisto de tales recursos prevalecerá. Detentar poder nacional superior a los demás implica la capacidad para imponer castigos y/o premios a estados menos capacitados. Un Estado poderoso ante otros, sean ellos geográficamente contiguos o no, disfruta en términos comparativos de más beneficios, en el contexto del tiempo y del espacio correspondientes. Puede influir en una situación específica o evento a su propia ventaja y puede permitirse el lujo de imponer sus intereses nacionales y su agenda en contra de la voluntad de otros estados, aumentando al máximo sus ganancias y manteniendo los costos en un nivel tolerable.
Otras definiciones cualitativamente orientadas describen el poder como «la habilidad de un actor para influir en el resultado de eventos internacionales y obtener así satisfacción» (Jones, 1985:245). Esta definición es también de índole correlativa, es decir, relaciona dos o más actores, condiciona la distinción de ser poderoso principalmente al resultado de eventos favorables al mismo. Pero el hecho de que los resultados pueden ser decididos por intervenciones directas o indirectas, a través de terceros o cuartos actores, hace que semejante definición se vuelve en realidad más situacional o circunstancial que estrictamente relacional o correlativa (Caporaso & Haggard, 1989). Por otra parte, el poder nacional de un Estado en particular ni puede ni debe reducirse solamente a una mera comparación de la cantidad de sus riquezas minerales, sus capacidades científico-tecnológicas, aspectos cuantitativos y organizacionales de su preparación militar, entre otros factores, con aquellas de otros estados.
El poder nacional, siendo un fenómeno claramente distinguible de la fuerza militar, también implica la posesión y el uso racional y efectivo de tales recursos como un cúmulo útil de conocimientos, experiencias, información, datos, carisma, fuerza de voluntad política y determinación, entre otras ventajas psicológicas (Hasenclever et al., 1996:205-206). El poder nacional de un determinado Estado también puede considerarse como una percepción subjetiva, donde la imagen de fuerza que éste proyecta y su capacidad de persuasión pueden crear una situación en que un actor objetivamente más poderoso puede ser objeto de disuasión para utilizar sus recursos e imponer sus intereses nacionales, al percibir los costos que subjetiva y racionalmente éste acarrea. La independencia de un actor A de los recursos humanos, materiales u organizacionales de otro actor B también puede considerarse como una ventaja característica del actor A. Sin embargo, el análisis de todo poder nacional puede realizarse mejor en un contexto comparativo, tomando otros poderes nacionales como marco referencial.
Más allá de lo anteriormente afirmado y de otros aspectos ciertamente muy pertinentes, la definición del poder nacional va más allá de la esfera, tanto relacional-correlativa como situacional-circunstancial. Su definición apunta igualmente a una dimensión estructural, en el sentido de que un actor estatal poderoso estaría en capacidad de imponer las condiciones y los resultados de un evento específico en su entorno geográfico inmediato. El poder nacional de un Estado se determina geográficamente por la existencia e interacción de básicamente cuatro aspectos, independientemente de su uso fáctico en las relaciones regionales e internacionales: riquezas minerales, tamaño, ubicación regional y sus características topográficas. El poder nacional en el sentido geográfico corresponde principalmente a todo lo relacionado con su territorio y con otras características geofísicas. En otras palabras, tal forma del poder nacional es una función directamente proporcional de su entorno geográfico que sólo puede transferirse a otras formas de poder si se dan ciertas condiciones indispensables. Pueden traducirse, a manera de ejemplo, ciertas riquezas minerales disponibles en influencia política internacional, si los decisores nacionales aprovechan oportuna y hábilmente ciertas circunstancias como la situación de la demanda de los mercados internacionales y/o las disputas militares en áreas sensibles, como a menudo lo hacen los países de la OPEP, ya sea todos juntos, o por concierto parcial o a título individual, convirtiendo así sus riquezas minerales en un poder geopolítico mundial.
La extensión geográfica y/o la ubicación regional equivale en realidad a recursos políticos que terminan siendo los principales motivos de ciertas alianzas regionales, sean éstas formales o informales, las que en el caso en que la afinidad ideológica también se dé, llegan entonces a jugar el papel de equilibrista del balance de poder geopolítico regional. La contigüidad física es otra variable del entorno geográfico correspondiente, ofreciéndose como un recurso geopolítico determinante del rumbo y de la intensidad de las relaciones regionales. Tal recurso le permitiría a su protagonista que formara alianzas que refuerzan su posición en el orden regional y que les facilitara así ascender dentro de la estructura jerárquica, aun cuando tales intentos de cambiar el statu quo cualitativo-jerárquico signifique el riesgo de iniciar conflictos regionales impredecibles (Rasler & Thompson, 2000:527).
Otros autores enfatizan una importante diferenciación entre el poder nacional estructural y aquel de índole funcional, siendo el poder estructural de un país una dimensión intermediaria ubicada entre su poder negociador y su poder hegemónico (Krause, 1991:321). En este sentido, el poder nacional, conceptualizado en este contexto como la operacionalización eficaz de determinadas capacidades adecuadas y orientadas hacia el logro de ciertos objetivos nacionales, bien puede significar una variable ageográfica y hasta incluso una dimensión antigeográfica, si se trata del poder tecnológico-industrial altamente desarrollado que independiza al país poseedor de tal poder de todo imperativo espacial (proximidad o distancia geográfica) entre el mismo y sus estados rivales. La proximidad, o sea, contigüidad geográfica, acoplada con una intensa rivalidad bilateral (diádica), constituye a menudo un factor acelerador de crisis y hasta de conflictos bélicos.
Otros factores (teóricos) serían los proporcionados por las élites dictatoriales gobernantes en determinados países con tendencias confrontacionales en su política exterior y que consideran una crisis, o hasta un conflicto regional limitado en tiempo y objetivos, como una oportunidad para aplicar estrategias de distracción. Sin embargo, la posesión oportuna de los recursos adecuados hace la diferencia entre limitar tal crisis y aplacar las tensiones regionales por un lado e iniciar más bien conflictos beligerantes contra otro país (o países), por el otro lado. Es evidente que la teoría de las prolongadas (e intensas) rivalidades diádicas, o sea, bilaterales, se presta más que la teoría de las rivalidades sistémicas, o sea, multilaterales, para explicar las erupciones de guerra basadas en las capacidades nacionales (James, 1995:190).
DEFINIENDO LAS JERARQUÍAS: COMPARACIÓN ENTRE
LA HETERONOMÍA Y LA HEGEMONÍA
La naturaleza de las interacciones entre dos o más países de cualquier subsistema regional está sometida a un juego de reglas motivadas políticamente. En el contexto teórico y analítico estructural-realista, estas reglas provienen de un entorno geopolíticamente realista, de índole imperativa, donde las condiciones de la supervivencia de los estados forman parte y dependen de un mundo anárquico de autoayuda. En nuestro planeta de estados egocéntricos preocupados esencial y primeramente por su propia supervivencia sistémica y física como tal, raras veces puede un país completa y continuamente contar con el apoyo altruista de las demás potencias, ya sean cercanas o lejanas, para afianzar su supervivencia, y menos aún para posibilitar su desarrollo y crecimiento. Los estados son entes artificiales construidos para servir a propósitos trazados y bajo tres condiciones bien definidas: territorio, población y soberanía, tanto hacia dentro como hacia fuera. Podemos agregarle a este conjunto la funcionalidad como una cuarta condición. Una quinta condición necesaria, suficiente y vital para la supervivencia funcional estatal sería la seguridad, definida aquí como una situación ideal de crecimiento marcado por la ausencia de amenazas al mismo. Las élites gobernantes consideran normalmente la supervivencia estatal como una ecuación de tipo suma-cero, donde el aumento de las capacidades de defensa de un país rival es, por consiguiente, una disminución de las propias, formando así una amenaza para su país.
Una jerarquía, como un orden regional subsistémico, necesita un juego de reglas claras que determinan el rumbo y la intensidad de las diversas interacciones políticas entre sus miembros. Estas reglas pueden adquirir incluso la característica de sistemas (Onuf and Klink, 1989:160; Ostrom, 1990; March and Olsen, 1989, 1998) o de estructuras que determinan las relaciones entre los estados y las instituciones regionales (Lloyd, 1993). Además, pueden concebirse tales reglas en forma de sistemas de gobernabilidad regional y de sociedades de estados inspiradas por el sistema westfaliano de estados de 1649 (Young, 1994:26). Estas estructuras suelen llamarse instituciones (Keohane, 1990:732; Krasner, 1999:43) o regímenes (Krasner, 1982:186). Tales formas de estructurar las relaciones regionales corresponden en realidad a subsistemas orientados por normas jurídico-políticas, impulsados por el interés de maximizar el poder nacional de cada Estado afectado, acarreados por convenciones consensuales, así como motivaciones para encontrar y obedecer reglas de conductas racionales entre los actores regionales que satisfagan sus respectivos intereses nacionales.
Aun con todas estas formas de organización regional, debemos diferenciar estructural y funcionalmente entre las jerarquías, heteronomías y hegemonías, a fin de definir sus diversas reglas, ya sean éstas sociedades, instituciones, sistemas de gobernabilidad, normas, convenciones y/o regímenes que determinan el rumbo y la intensidad de las relaciones regionales. Según la tipología descriptiva adelantada por Kurt Burch (2000:190-192), las jerarquías ocurren cuando se colocan las relaciones políticas, sociales o profesionales de manera vertical, tal como las encontramos en las organizaciones castrenses y en las instituciones burocráticas. En los sistemas jerárquicos regionales de índole informal, los actores superiores en su poder nacional determinan la conducta de los actores inferiores a través de peticiones y deseos presentados como directrices y órdenes, especificando el tipo de conducta esperada y los castigos a imponer por desafiar las reglas impuestas. Los órdenes jerárquicos implican diferencias en las capacidades estatales y en la calidad y alcance del poder nacional de cada uno de los actores involucrados. Todo sistema regional jerárquico, especialmente el hegemónico, beneficia normalmente al país más poderoso entre ellos, donde el énfasis en medir la supremacía tiende a orientarse más hacia los criterios cualitativos que hacia aquellos cuantitativos del poder nacional.
En un subsistema regional estructurado heteronómicamente, todos los actores parecen dominar su entorno de igual medida. Se trata de un sistema descentralizado, fragmentado, solapado y frecuentemente competitivo (especialmente entre países desiguales) de autoridades estatales al nivel regional (Ruggie, 1998:179). Los sistemas feudales de la Europa medieval son los modelos históricos más cercanos a los sistemas heteronómicos (Spruyt, 1994:36). En este escenario disparejo, una heteronomía podría definirse como un sistema regional anárquico donde ninguna potencia está en condiciones de dominar su entorno, imponiendo su autoridad y las reglas claras del juego para la conducta regional de los demás países. En tal cuadro, no existe un poderío hegemónico que reparta premios por obedecer las reglas impuestas o castigue a países de inferior poder nacional por transgredirlas.
Una heteronomía regional sólo puede acercarse a un sistema organizado mediante la institucionalización de convenios, declaraciones voluntarias, obligaciones y promesas auto-proclamadas, así como a través de la formalización y consolidación de los intercambios diplomáticos y comerciales. Tales mecanismos corresponden en términos prácticos a la alternativa más viable para evitar un sistema jerárquico de índole hegemónica o la anarquía regional. Para llegar a la opción heteronómica es imprescindible contar con una potencia, un grupo de ellas y/o una institución regional que esté en capacidad de imponer tales arreglos, una condición escasamente realista, dada la misma definición de la heteronomía, que se refiere a un conjunto de países desiguales, fragmentados y con autoridades solapadas.
Las hegemonías, por contraste, no funcionan mediante directrices emitidas por los estados, por institucionalización de convenios o por declaraciones voluntarias, sino con base en las normas y expectativas compartidas por todos los actores del subsistema regional. Los estados hegemónicos no tienen porqué imponer ninguna regla de acción para los demás actores, puesto que su papel dominante y su conducta consiste en identificar y afirmar los valores hegemónicos, también llamadas instrucción-reglas (Burch, 2000:191), y también en rechazar lo que la potencia hegemónica no considera valioso y beneficioso para sus intereses nacionales. Se supone entonces que aquellos estados de menor poder nacional seguirán tales instrucción-reglas voluntariamente, asumiendo que las aceptan racionalmente como una estrategia de minimizar o hasta eliminar riesgos de castigo y para ser premiados por la potencia hegemónica.
La gobernabilidad regional de índole hegemónica, en efecto, termina siendo un premio para aquellas conductas que se adhieren a las instrucción-reglas y un castigo para las acciones que desacatan las normas impuestas. Cualquier Estado que pretende actuar como un actor hegemónico regional debe, por definición, adquirir, maximizar y utilizar sus capacidades nacionales superiores, o al menos amenazar creíblemente con aplicarlas, ya sean ésas de característica cuantitativa o cualitativa, a fin de poder ofrecer premios y/o imponer sanciones y aplicar castigos. La predominancia contemporánea de las ideas occidentales al nivel mundial en materia de principios económicos (reglas de la oferta-demanda, filosofía de libre mercado), de actuación económica (liberalización de economías, globalización), de organizar las estructuras políticas domésticas (democracia representativa, partidos políticos, elecciones), y de cultura en general (música pop/rap/hip-hop, comida rápida, materialismo, entre otras) indica claramente, hoy por hoy, los diversos aspectos del dominio hegemónico occidental omnipresente en las relaciones internacionales.
DEFINIENDO LAS JERARQUÍAS: LAS ESTRUCTURAS FORMALES (GEOGRAFÍA) VERSUS LAS CAPACIDADES CUALITATIVAS
La noción de un grupo de estados organizados en un contexto jerárquico dado induce imágenes de un subsistema regional, tanto estable como estabilizador, con un potencial para un equilibrio duradero de poder entre ellos. La respuesta a la interrogante que si las jerarquías regionales producen una estabilidad estructural y, eventualmente, un sistema viable de equilibrio de poder regional, está altamente relacionada con el grado en que cada miembro de este subsistema regional considera semejante statu quo esencial y aceptable para su supervivencia y seguridad nacional. Esto requiere que los estados afectados acepten este sistema como un requisito y una condición, es decir, una estructura necesaria y suficiente para salvaguardar un statu quo deseable. Tomando en cuenta las características de las heteronomías y hegemonías como variaciones configurativas de subsistemas regionales, las diferencias cualitativas en las capacidades nacionales de los estados individuales son las que hacen que tales órdenes regionales se parezcan más esencialmente a las jerarquías. Un sistema regional de equilibrio de poder no tiene que afianzarse primordialmente en una distribución equitativa entre las capacidades nacionales de un conjunto determinado de sus estados miembro. Un sistema regional de equilibrio de poder también puede lograrse a través de alianzas subregionales racionalmente escogidas, basadas en la protección del interés nacional entre un grupo de estados cualitativamente diversos para equilibrar ese grupo contra otros grupos.
Una vez que cada país acepte y actúe conforme con su posición dentro de un sistema de miembros cualitativamente disparejos, se consolida la actitud hegemónica en un orden regional jerárquico. Aunque tal orden no esté del todo equilibrado, este subsistema puede producir una cierta medida de estabilidad sistémica, y por consiguiente puede generar para las élites gobernantes una percepción de ausencia de amenazas externas, siempre y cuando cada miembro considere el statu quo como un arreglo aceptable y de bajo riesgo. Semejante orden estaría basado, por consiguiente, en una disposición racional y voluntaria por parte de cada país para sostener el orden regional en lugar de alterarlo. Aquellos miembros con una política regional basada en acumular su poder nacional superior en pro de su interés nacional hegemónico, persiguen por lo general una estrategia de alterar el statu quo, incluso por medios beligerantes, porque ellos asumen acertadamente que los demás miembros optan por someterse a la hegemonía regional en lugar de desafiarla porque se encuentran demasiado inhibidos y disuadidos por las posibles implicaciones negativas al intentar perturbar el statu quo.
Ésta es básicamente una premisa idealista. Un acercamiento estructural-realista sería diferente, en el sentido de que se asume que hasta los más débiles de los estados miembro de una jerarquía hegemónica intentarían incrementar su poder nacional, aun cuando ello significaría el riesgo de amenazar la estabilidad estructural del sistema, siempre y cuando creen que estén asegurando la supervivencia nacional. La premisa estructural-realista ayuda a entender varios fenómenos en las relaciones internacionales, entre ellos las carreras armamentistas regionales, los recurrentes conflictos regionales y la política exterior enfáticamente antihegemónica de países como Cuba, Libia y Corea del Norte.
Un orden jerárquico es, esencialmente, una estructura tanto regional como global de carácter unipolar de estados, formados alegóricamente de varios «pisos», con una potencia dominante en el penthouse, es decir, hegemónica, en la cima que normalmente juega el papel de un centro funcional de gravedad. Los órdenes jerárquicos no corresponden necesariamente a subsistemas regionales fragmentados, sino a su reestructuración de acuerdo con un juego diferente, o sea, jerárquico, de reglas de interacción entre sus países miembro. Tal reestructuración prepara a los estados afectados para un orden regional específico, basado en una jerarquía cualitativa (ranking) natural pero que a menudo no resulta tan natural de sus países miembro.
Tal ranking cualitativo jerárquico sucede según un conjunto predeterminado de las capacidades nacionales de cada país, ya sea de naturaleza material (extensión geográfica y ubicación, aspectos demográficos, rendimiento económico-industrial y/o proeza militar), o de índole político-psicológica (cultura beligerante, voluntad política para el uso selectivo de la fuerza militar), así como otras variables afines y relevantes. Las jerarquías hegemónicas regionales, especialmente aquellas que les proporcionan seguridad a sus integrantes y que son multilateral y mutuamente aceptadas por ellos como tal, parecieran ser para ellos mejor que la alternativa, es decir, mejor que (sobre)vivir en un subsistema anárquico regional o internacional. Pero si uno o más de sus miembros endebles, pero con un liderazgo ambicioso y aspirante a mayor poder nacional, deciden no seguir aceptando los términos jerárquico-hegemónicos impuestos, las jerarquías hegemónicas, sobre todo las que son rígidas entre ellas, se vuelven más bien un seguro preludio estructural para la inestabilidad regional.
Lejos de inducir complejos de inferioridad entre los estados cualitativamente más débiles dentro de una jerarquía, ésta representa a menudo la negación de un orden regional justo y equilibrado. Una jerarquía, especialmente aquella con rasgos hegemónicos, corresponde a las condiciones estructurales para desafiar la distribución cualitativa del poder regional. Es un escenario con varias condiciones inevitables con potencial predecible para agudas y duraderas rivalidades regionales, así como una competencia para adquirir capacidades y quebrar la estructura normalmente rígida de una jerarquía. La soberanía estatal dentro de un subsistema jerárquico cualitativamente orientado se vuelve una dimensión relativa.
El hecho de que las potencias hegemónicas dentro de un sistema jerárquico dado no pueden resistirse a la tentación de imponer sus valores y objetivos al resto de los integrantes representa per se una acertada fórmula para que los países más inferiores, pero ambiciosos, dentro de semejante sistema pretendan perturbar sus rasgos en pro de su supervivencia, seguridad nacional, y sus aspiraciones de crecimiento sin amenazas. Esto implica que los intereses nacionales asimétricos de países cualitativamente desiguales constituyen un camino viable para los conflictos potencialmente armados entre sus miembros, involucrando inclusive actores no-estatales y/o subnacionales de la región. La distribución estructural jerárquica de poder al nivel regional impide por lo general los esfuerzos para regular, o más bien equilibrar, a los subsistemas regionales de acuerdo con criterios equitativos. En este orden de ideas, los subsistemas no-regulados promueven y facilitan en cierto modo la aspiración por parte de algunos países de alcanzar mayor poder nacional y conducen generalmente también a un modelo regional caótico, es decir, a jerarquías no-estructuradas (Mansfield, 1993:124).
Las jerarquías pueden describirse teóricamente como estructuras asimétricas anémicas frente a la estabilidad y al equilibrio de poder dentro de subsistemas regionales, en el sentido que ellas reorganizan el ranking jerárquico de sus integrantes, según el orden ascendiente o descendiente de sus capacidades cualitativas nacionales. No obstante, las estructuras jerárquicas sí pueden prestarse a entablar órdenes regionales estables una vez que los estados individuales o las alianzas entre los mismos creen el equilibrio deseado de poder. En la mayoría de las veces, sus relaciones cooperativas son más vulnerables a las estructuras regionales jerárquicas que las estructuras neutrales. Las jerarquías representan cuadros comparativos, cualitativos y verticales de un conjunto determinado de países. Esto significa que poniendo en la estructura sugerida por el ranking sus capacidades nacionales cualitativas en un contexto comparativo, su posición individual en este ranking, y su poder nacional, ya sea este último objetivamente determinado o subjetivamente percibido por los demás miembros del sistema, es comprobado en la medida en que cada país logre imponer sus intereses nacionales ante el resto de ellos. Sólo así pueden percibirse naciones como Brasil, Nigeria, o la India como potencias en su propia esfera regional, comparadas con otros países en Sudamérica, África o Asia, respectivamente.
Hasta la fecha ninguna metodología se ha destacado como convincente para medir exitosamente y desde una perspectiva cualitativa el poder nacional de los estados en órdenes jerárquicos. Un acercamiento metodológico para tal fin, ofrecido por Ray S. Cline, clasifica los países según su masa crítica: C, su poder económico: E, sus capacidades militares: M, combinando estos criterios con aquel de su propósito estratégico: S con su voluntad política: W (Cline, 1994: cuadro 11, 107-109). Este acercamiento está basado en una apreciación cuantitativa poco útil por falta de instrumentos cuantitativos confiables para medir esos criterios. No existe una metodología confiable para determinar tales dimensiones cualitativas, como las de resolución política o la preparación militar en términos cuantitativos y manejables, especialmente porque los aspectos psicosociales, culturales u operativo-militares, así como las dimensiones estructurales varían de un país a otro. Es definitivamente más fácil identificar y definir en términos cualitativos los rasgos de cada subsistema jerárquico regional, que medir cualitativa y confiablemente las capacidades nacionales que llevan en primer lugar a los estados individuales a sus respectivas posiciones dentro de tales jerarquías.
El sistema westfaliano de 1649 previó una estructura políticamente autoritaria basada en el territorio nacional y su autonomía correspondiente, pero la soberanía nacional se constituyó con el tiempo en una variable relativa. El desarrollo de las economías mercantilistas supranacionales, los importantes avances tecnológicos, en especial la industrialización y las comunicaciones de toda índole, así como el surgimiento incansable de las sociedades civiles prestaron su ayuda para debilitar el control estatal del propio territorio y de la propia economía y población. La soberanía nacional, en especial aquella aplicada en las relaciones con otros estados soberanos, ya no depende de una sola persona y no está sometida a la geografía y la autonomía política, como fue estipulado por el orden westfaliano del siglo XVII. Lo que empezó históricamente como un modelo inspirador para el resto del planeta occidental en materia de la formación del Estado nacional y para la cooperación regional nunca logró protegerse adecuadamente de toda clase de constantes transgresiones por imposiciones, coerciones y alianzas hegemónicas (Mattli, 2000:149). Los subsistemas regionales constituidos por estados soberanos, ya sea en formas heteronómicas, jerárquicas o hegemónicas, están propensos por la naturaleza de las aspiraciones políticas de países individuales ambiciosos, a cambios externos e internos. Dada la proclividad de los estados a la constante búsqueda y realización de estrategias conducentes a la maximización de su seguridad nacional, la perpetua exploración (cooperativa o conflictiva) de órdenes regionales que favorecen su supervivencia y fortalecimiento nacional, parece ser el producto natural y continuo de esta búsqueda.
¿CÓMO SE ALTERAN LAS JERARQUÍAS? MODALIDADES, PROCEDIMIENTOS Y RIESGOS
El orden jerárquico de los estados individuales en sus regiones no es exactamente una obra celestial, tampoco es una situación estática, ni unidimensional y mucho menos eterna. En nuestro mundo contemporáneo cada vez más dinámico, interdependiente y multidimensional, la estabilidad de las jerarquías regionales está perpetuamente sujeta a una variedad de condiciones bastante impredecibles, tanto extrarregionales como interregionales, y de toda índole e intensidad, por lo que el ranking regional puede alterarse en un período relativamente corto de tiempo. Pueden percibirse tres estrategias básicas para que los estados puedan intentar modificar su contorno jerárquico «natural». Estas estrategias pueden aplicarse en forma individual o en alguna combinación selectiva:
Iniciar y controlar una crisis de largo plazo con una salida beligerante, esperando debilitar a uno o más miembros del subsistema regional para lograr una situación de suma-cero que teóricamente beneficiaría al actor Estado perpetrador de tal crisis/conflicto;
Emprender un crecimiento unilateral cualitativo con miras a adquirir capacidades especiales, tales como un rendimiento tecnológico-industrial forzado y/o una proeza militar fuera de proporción para el país protagonista en materia de armas convencionales y/o no-convencionales;
Procurar agregarles más capacidades de diversa índole, pero preferiblemente militar, a su poder nacional existente, a través de alianzas bilaterales con potencias regionales o extrarregionales.
Como toda estrategia destinada a agrandar el poder nacional al máximo, cada una de las tres estrategias anteriormente señaladas que aspira transformar el ranking regional cuenta con ventajas y desventajas. Las crisis prolongadas y guerras son normalmente imprevisibles e implican el potencial no sólo para debilitar «el blanco», sino también al actor perpetrador. Las alianzas, sobre todo aquellas que involucran a países superpoderosos y geográficamente alejados de la región en cuestión, producen por lo general resultados impredecibles y mixtos, en el sentido de que el involucramiento de superpotencias extrarregionales sólo dure mientras las crisis y las guerras regionales sirvan a su interés nacional y no trasciendan su umbral de tolerancia en lo que se refiere a costos políticos, financieros y/o militares. Es precisamente la cuestión de cuáles costos tiene el umbral de tolerancia y para quién se torna el factor que decide sobre la sostenibilidad o no de tales alianzas. Los estados dentro de alianzas insostenibles y, por ende, inestables, son más probablemente atacados que aquellos dentro de alianzas estables (Smith, 1995:419).
Esta afirmación bien podría aplicarse a Europa como el continente que cuenta con la mayor institucionalización de subsistemas regionales jerarquizados de todo el planeta. La historia de Europa hasta finales de la Segunda Guerra Mundial fue una de constantes luchas intrarregionales entre sus naciones para rediseñar su orden regional con miras a satisfacer los intereses nacionales de sus países más poderosos. Todos los estados europeos, de los más fuertes hasta los más débiles, actuaban sustancialmente en pro de sus intereses nacionales, de su supervivencia, así como del crecimiento de su poder nacional hasta 1945, fecha en que se dio inicio al funcionamiento de las instituciones europeas supranacionales contemporáneas, es decir, el inicio de perseguir los mismos intereses, pero con las modalidades de la negociación multilateral e integración regional y menos con procedimientos beligerantes como antes de 1945. Las estructuras multilaterales basadas en normas compartidas de negociación y cooperación regional europea que más han perdurado y demostrado su funcionalidad hasta la fecha son: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN; la Comunidad de la Defensa Europea, EDC (luego conocida como la Unión Europea Occidental, EUO); la Comunidad Europea, CD (más tarde llamada la Unión Europea, EU); la Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo, OCED y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, OSCE, entre numerosas instituciones más.
El fracaso del intento de Napoleón Bonaparte por imponer su orden geopolítico jerarquizante en Europa entre 1804 y 1815 fue el motivo por el que sus numerosos rivales triunfadores se reunieron en Viena en 1814-15 con el fin de reorganizar a Europa. Ese particular e histórico evento introdujo a la práctica política europea los conceptos de la concertación, la seguridad colectiva y el equilibrio del poder regional. Pero su principal meta era enmendar las diversas e intensas rivalidades y disparidades europeas del momento, esfuerzo que tuvo un éxito parcial. El Congreso de Viena ayudó a que se apaciguaran las tensiones más agudas en el viejo continente del siglo XIX, aguantándose hasta su estallido más cruento en la forma de la Gran Guerra, la cual demostró que los intereses nacionales y la búsqueda de la supremacía hegemónica por parte de las monarquías europeas más poderosas eran más fuertes que su deseo de una paz duradera, basada en la concertación, equilibrio de poder o la seguridad colectividad.
La desconfianza recíproca entre sus élites gobernantes era demasiado evidente y atrincherada. Era su convicción de que los conflictos limitados, rápidos y de riesgo calculado pudieran ser más efectivos, en medio de la anarquía sistémica reinante de entonces, en cambiar el statu quo regional, es decir, el ranking vigente, frente a su propia ventaja que las negociaciones y concertaciones multilaterales. La Segunda Guerra Mundial derrumbó a la Alemania nazi y el Japón imperial, fortaleciendo a la Unión Soviética socialista y proporcionando la Guerra Fría de 1949 a 1991. Durante este período, los principios de la seguridad cooperativa y colectiva, formalizándose en la OTAN y el Pacto de Varsovia, se volvieron la piedra angular del enfrentamiento Este-Oeste, especialmente mediante la estrategia de la OTAN para confrontar, contener y finalmente causar la dimisión de la Unión Soviética. Así observamos cómo las jerarquías intraeuropeas del pasado, caracterizadas por una fuerte tónica de supervivencia individualista y heteronómica, evolucionaron en instituciones multilaterales de gobernabilidad, cooperación e integración regional, inspiradas por ideales y normas compartidas en pro de la supervivencia colectiva.
Existen varios acercamientos útiles para estudiar las jerarquías regionales y su impacto sobre el equilibrio de poder regional entre sus diversos integrantes. Entre los más destacados de estos acercamientos metodológicos señalamos el método del juego y aquel de la selección racional, ambos correspondientes a sus respectivas teorías. El enfoque teórico del juego se centra en la racionalidad estratégica de énfasis estructural con miras a la supervivencia bajo condiciones de anarquía. Este acercamiento ayuda a los decisores a elaborar una clasificación jerárquica de sus preferencias, es decir, intereses y objetivos nacionales, mediante escenarios y la interacción de sus subescenarios, basándose en el cálculo realista de la ubicación cualitativa de su país en el ranking regional y/o internacional, de acuerdo con sus capacidades nacionales reales (Mares, 1988:454). Por otro lado, sabemos que las aspiraciones hegemónicas de determinados estados juegan un papel vital al inducirlos a maximizar su poder nacional y a cambiar el statu quo según sus intereses nacionales.
En este caso se utiliza el método de la representación espacial (figurativa) explícita del sistema internacional y de la maximización de poder nacional por parte del Estado con aspiraciones hegemónicas dentro de su subsistema para investigar la potencialidad de los conflictos en jerarquías no-estructuradas (Cederman, 1994:502). En otras palabras, indagar el compromiso de un Estado anti-statu quo para cambiar su posición dentro de la jerarquía regional, nos daría indicios confiables en cuanto a la probabilidad de futuros conflictos (Lemke & Werner, 1996:235; Rasler & Thompson, 2000:526). Otros autores consideran aquellos estados internamente «suaves» (democráticos) que sufren presiones domésticas, que son militarmente poderosos y que profesan aspiraciones para alterar su posición regional estructural como candidatos para seguir una estrategia de «extracción externa», es decir, de distracción externa (Mastanduno et al., 1989:471), lo cual bien puede llevar a conflictos limitados o hasta prolongados.
Otro acercamiento metodológico para estudiar las jerarquías regionales es enfatizar la importancia de las alianzas al modificarlas como un aspecto transaccional. En el mundo realista y de autoayuda egocéntrica por parte de los estados, aquellos que optan por más seguridad nacional tienden a sacrificar voluntariamente en cierto grado algunos aspectos de su soberanía a cambio de ofrecer su compromiso en varios grados y formas en diversos arreglos de seguridad cooperativa (Weber, 1997:331). Fortaleciendo su posición de seguridad ante los estados más poderosos, los más débiles adquieren así más opciones y poder (empowerment) para cambiar, es decir, mejorar su estatura dentro de un orden jerárquico dado. Esto puede lograrse al nivel individual o colectivo. El intentarlo al nivel individual implica que un país que ambiciona agrandar su poder nacional tiene que lograrlo o por propios recursos, circunstancia poco realista para la absoluta mayoría de los países, en especial aquellos en vía de desarrollo, o sacrificando su soberanía para aliarse con otros países y obtener así lo que le falta para incrementar, aunque de modo condicional, su poder nacional. En el nivel colectivo un grupo de países estarán en mejor capacidad militar de desafiar el statu quo regional, una vez comprometidos en alguna alianza, en este caso preferiblemente de índole ofensiva, mientras que mediante la formación de una alianza defensiva de seguridad colectiva podrán consolidar más su seguridad nacional, sacrificando su soberanía individual respecto a otros de la región.
Otro aspecto igualmente importante para el análisis de las alianzas como un factor modificador de jerarquías regionales sería sus tipologías funcionales. Según el estudio de Niou y Ordeshook sobre las categorías de alianzas, pueden identificarse tres tipos: el tipo A de alianzas corresponde a un conjunto de países de recursos superiores, colocándolos por sus ventajas comparativo-cualitativas en la categoría de una alianza ofensiva. El tipo B es una alianza cooperativa que aspira y respalda todo arreglo regional de seguridad colectiva, mientras que el tipo C es una alianza «bloqueadora» que se forma inicialmente como defensiva, pero puede volverse ofensiva en la medida en que crezcan y se fortalezcan cualitativamente las capacidades militares colectivas de sus miembros, prestándoles así mayor autoconfianza y asertividad (1994:184). En Europa, la OTAN, la EUO y la OSCE representan definitivamente al tipo B de alianzas orientadas hacia la seguridad colectiva que contribuyeron a disuadir conflictos regionales y mundiales después de 1945, inclusive acudiendo a la opción nuclear, disponible para Estados Unidos, Reino Unido y Francia, como un contrapeso no-convencional a las fuerzas nucleares de la Unión Soviética.
Tomando en cuenta los siguientes cuatro tipos de estados, propuestos por Thomas R. Cusack y Richard J. Stoll: a) el aspirante poder primitivo, b) el balanceador de poder, c) racional y d) el orientado hacia la seguridad colectiva (1994:43), como variaciones de agentes cambiantes de jerarquías, se puede explicar la falta de importantes conflictos regionales entre 1945 y 1991. Según este acercamiento, puede deducirse que la prevalencia en Europa de los países de tipo d contribuyó considerablemente a institucionalizar la cooperación multilateral regional y reforzar las alianzas defensivas de seguridad colectiva, disminuyendo así la confrontación entre los países europeos occidentales. Más aún, ellos actuaban más en función de la maximización de su supervivencia, seguridad e interés nacional que en función del crecimiento (realista) unilateral del Estado, fortaleciendo de este modo la cooperación multilateral y la estabilidad regional basada en el equilibrio de poder. Se evidencia así que esta actitud termina siendo más crucial y beneficia más a la supervivencia del Estado que el acercamiento realista (crecimiento y seguridad unilateral) tradicional (1994:56). Es importante anotar en este contexto, que las similitudes entre los países de la misma región es vital para el éxito de su cooperación, ya sea bilateral o multilateral (Lai & Reiter, 2000:224), siendo ello un factor político que facilita la elaboración y la realización de la agenda de las negociaciones en función del interés, y no del poder nacional.
CONCLUSIONES
¿La jerarquía regional cuenta como medida del poder nacional? En nuestro mundo contemporáneo de mercados globalizados, orientado por la primacía de la economía, y vulnerado por soberanías nacionales relativizadas, encontramos que las relaciones regionales de tipo realista, es decir, guiadas netamente por el interés nacional y por el constante incremento del poder nacional, están también sujetas al estado de desarrollo de los países involucrados y a las estrategias de supervivencia de sus élites gobernantes. Vale diferenciar la trascendencia de las jerarquías regionales en términos del grado de desarrollo nacional de los países involucrados. En el caso de la Unión Europea, y aunque persistan las diferencias en sus prioridades nacionales orientadas únicamente por el interés nacional de sus miembros bastante desiguales, el realismo crudo del pasado ha evolucionado hacia un pragmatismo y una supervivencia económica colectiva evidenciado por el multilateralismo cooperativo intraeuropeo. La necesidad de enfrentar la competencia de Estados Unidos y de Japón por los mercados mundiales y de neutralizar los esfuerzos rusos para recobrar la superioridad soviética, se han impuesto como meta prioritaria del interés nacional de cada uno de los países de la UE. Tal agenda nacional y colectiva europea se hizo posible bajo las condiciones de rendimiento económico relativamente alto y nivelado, similitudes de sus sistemas de gobierno, y los avances tecnológicos, de modo que la jerarquía regional europea pueda permitirse el lujo de reducir la geografía y la militarización del poder nacional a un factor mínimo en sus relaciones estrictamente intraeuropeas, así como en su cooperación multidimensional con Estados Unidos y Japón.
No obstante, las relaciones regionales jerarquizadas entre los países en vía de desarrollo ofrecen un cuadro estructural y funcional bastante diferente a aquel de la UE. La mayoría de los países tercermundistas normalmente operan bajo diversos grados de debilidad gubernamental y de legitimidad frágil, uso ineficaz de los recursos humanos y materiales, infraestructura inadecuada, y niveles generalmente bajos de desarrollo socioeconómico. En casos extremos y de desintegración político-funcional tales países llegan a llamarse «estados fallidos». Las élites gobernantes de los «estados fallidos» tienden a poner la supervivencia de su poder personal, así como la de sus respectivos regímenes, por encima de las legítimas prioridades del desarrollo nacional. Aparentemente se presenta para las élites gobernantes la necesidad de aplicar estrategias de supervivencia doméstica que se basan en la validación externa, es decir, distracción de las presiones internas, enfatizando (o hasta quizás provocando) crisis regionales de índole beligerante que requieren una maximización del poder nacional.
Esta estrategia tiene la finalidad de intentar alterar el statu quo regional a favor del país protagonista, y así canalizar las presiones domésticas hacia una causa patriótica que pretende consolidar la posición de las élites gobernantes. En determinadas regiones como en Europa después de 1945 y en el Medio Oriente desde 1948, donde potencias extrarregionales manifiestan un fuerte interés en participar y controlar no solamente la conducta de cada Estado, sino también en preservar la vigencia de las estructuras y normas regionales, las condiciones de estabilidad regional jerárquica tienden a ser menos problemáticas, aun cuando unos u otros estados guardan serias reservas sobre la validez y legitimidad del orden regional y persiguen abiertamente políticas de agrandar su poder nacional con miras a modificar el statu quo, o sea, la jerarquía regional. Pero en otras regiones como en África Central o el Este asiático, la ausencia de potencias extrarregionales hegemónicas impulsa en efecto estructuras más heteronómicas en aras de procurar un equilibrio de poder inspirado regionalmente. La persistencia de tal ausencia obliga en cierto modo a los integrantes del subsistema regional a aprovechar este vacío de poder para autodeterminar el orden jerárquico deseado. No obstante esta oportunidad, la frecuencia de conflictos regionales no se debe atribuir netamente a un vacío de poder hegemónico, puesto que la falta de estabilidad estructural se debe más bien a la ausencia de mecanismos institucionales multilaterales de alta efectividad tanto diplomática como ejecutiva, para resolver crisis e impedir rivalidades que desatan anarquías regionales y, por ende, quizás conflictos beligerantes.
Sobre todo bajo condiciones anárquicas, las relaciones regionales de orientación realista, interés y poder nacional, son difíciles de resistir por parte de aquellos estados que consideran el statu quo vigente como una amenaza y una «camisa de fuerza» contra sus ambiciones hegemónicas. Todo cálculo para decidir sobre el costo aceptable de ir o no a un conflicto armado para alterar la jerarquía regional depende de ahora en adelante de las capacidades nacionales disponibles para este país hegemónico y de la estabilidad de su régimen político, entre otros factores. Tomando en cuenta que las condiciones regionales anárquicas pueden estimular el expansionismo beligerante de ciertos estados ambiciosos a costa de la integridad territorial y la soberanía de otros, las variables estructurales débiles pueden traducirse en la posible iniciación de guerra, sobre todo si el país protagonista percibe los costos y riesgos de tal iniciación como bajos.
Para aquellos países tercermundistas tecnológicamente débiles, la estructura geográfi-ca regional se vuelve para ellos un factor relevante, en el sentido de que tienden a considerar a los estados contiguos como la amenaza inmediata más grande, pese a que otras potencias geográficamente más lejanas representan para ellos, en términos objetivos y racionales, la amenaza real más grande. Para los países en el escalafón más bajo de desarrollo tecnológico, los países físicamente más cercanos son más fáciles de presentar como las amenazas externas más grandes y son, por ende, más factibles de utilizar en las estrategias validación externa, es decir, el uso de amenazas externas para distraer a la opinión pública doméstica de crisis internas. El adquirir y agrandar el poder nacional, específicamente de naturaleza militar, ya sea convencional o no-convencional, se vuelve en este caso un menester perentorio para las élites gobernantes en pro de su supervivencia.
En el caso de los estados tecnológica e industrialmente débiles, geográficamente contiguos, disconformes con el statu quo vigente y hegemónicamente orientados, la clasificación jerárquica comparativo-cualitativa de tales estados en su respectiva región se presta como un acercamiento metodológico conveniente y viable para examinar y predecir el curso del equilibrio de poder regional. Semejante acercamiento ayudaría a indagar las ambiciones regionales, concentrándose en la formulación de sus intereses nacionales y la adquisición de sus capacidades cualitativas como variables cuantitativamente palpables que afectarían el orden jerárquico en su respectivo subsistema regional. Esos estados tienden por lo general a fortalecer sus capacidades militares, básicamente convencionales, como su forma preferida y variante concreta del poder nacional, sobre todo por ser considerada la modalidad y la alternativa más efectiva de corto plazo, pero no más económica, que aquella de largo plazo basada en logros tecnológico-industriales. Las estrategias de largo plazo no parecen ser las opciones favorecidas para las élites gobernantes con legitimidad doméstica débil, por no representar una solución inmediata y satisfactoria, ya que estas élites razonan que su régimen no sobrevivirá lo suficiente como para disfrutar de sus resultados.
Entre tanto, varios recursos potencialmente vitales para el desarrollo nacional adecuado de los estados débiles, tales como su extensión y ubicación geográfica, los aspectos demográficos (tamaño de la población y la mano de obra juvenil), así como diversos recursos naturales, son a menudo sacrificados por élites gobernantes egoístas como estrategia de largo plazo para adquirir capacidades nacionales a favor de soluciones militarizadas y/o de corto plazo de supervivencia. Tales preferencias se evidencian no solamente al nivel de políticas públicas domésticas, sino también en las relaciones regionales, manifestándose en la preferencia de los países hegemónicos por las alianzas regionales, ya sea en un contexto bilateral o multilateral de índole anti-statu quo, es decir, ofensiva. Finalmente, la afinidad ideológica entre ciertas élites gobernantes de países ubicados geoestratégicamen-te con orientación hegemónica por un lado, y los intereses estratégicos de importantes potencias extrarregionales por el otro, se presentan como factores primordiales en facilitar la modificación de determinadas jerarquías regionales. Las alianzas con potencias interesadas, primermundistas y extrarregionales representan una opción viable para que un país cualitativamente débil se apropie del poder nacional más allá de sus propios recursos geográficos, demográficos y/o tecnológicos, asegurándose así capacidades más altas para sus ambiciones hegemónicas, sean o no éstas perjudiciales para el equilibrio del poder regional.
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