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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508versión On-line ISSN 2443-468X
CDC v.23 n.62 Caracas mayo 2006
Populismo autoritario: Venezuela 1999-2005
Nelly Arenas y Luis Gómez Calcaño
Cendes - CDCH, UCV Caracas, 2006
En los años noventa, los científicos políticos venezolanos mostraban escaso interés en el populismo como fenómeno político fuertemente enraizado en la experiencia latinoamericana. Los debates académicos de los años sesenta y setenta sobre el llamado «populismo clásico» (Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas, etc.) ya no se escuchaban más. Había un amplio consenso respecto a la profundidad de la crisis que padecía el sistema político venezolano, el creciente desprestigio de los partidos políticos, etc., pero, a pesar de que algunos académicos norteamericanos empezaban a caracterizar a figuras políticas como Alberto Fujimori, Carlos Saúl Menem y Fernando Collor de Melo como «neopopulistas», la posibilidad de que la crisis política venezolana desembocara en un régimen populista no figuraba entre las opciones que los académicos vaticinaban como salidas posibles.
Kenneth Roberts (2001) ha sugerido que esta ceguera apunta hacia debilidades de la misma disciplina académica, sobre todo de aquella literatura dedicada a analizar el proceso de «transición a la democracia» en América Latina a partir de los años ochenta. Sospechamos que tiene razón. Sin embargo, en el caso venezolano hay otras consideraciones a tomar en cuenta.
Juan Carlos Rey (1987) había caracterizado el sistema político instaurado a partir del acuerdo de Punto Fijo como un «populismo de conciliación de elites» que aprovechaba la renta petrolera para promover una estabilidad política apuntalada por una negociada distribución del excedente. La solidez de los partidos políticos dominantes se encontraba reforzada por su acceso a estos recursos para consolidar el apoyo, sobre la base de relaciones clientelares. Esta caracterización tuvo una amplia acogida entre los científicos políticos del país y avivaba una tendencia a identificar populismo con clientelismo y a suponer que, en la medida en que mermara la renta petrolera, este recurso político (considerado por muchos inherentemente perverso) perdería su eficacia. La creciente hegemonía ideológica del neoliberalismo en círculos académicos durante los años noventa simplemente fortaleció esta inclinación a considerar el populismo como anacrónico e incompatible con cualquier proceso de modernización. La academia llegó así a utilizar el término de manera muy parecida a aquella que ya se había incorporado al «sentido común» del lenguaje cotidiano: como sinónimo de demagogia e irresponsabilidad, es decir, como una simple descalificación. De allí que no podría concebirse como una salida para la crisis política venezolana; ni siquiera como una opción. La estrechez de visión de la aplastante mayoría de los analistas políticos ha sido resumida en forma lapidaria por el mismo Luis Gómez Calcaño (2000:3) cuando señalara que, frente a la evidente crisis de los partidos políticos tradicionales, «el único discurso alternativo parecía ser el de la modernización, entendida como desplazamiento de los partidos por la sociedad civil, de las ideologías por el pragmatismo, de las utopías por el pensamiento tecnocrático y del Estado por el mercado...».
Con el inesperado y fulminante surgimiento del chavismo en el curso del año 1998, Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas tuvieron el enorme mérito de reconocer inmediatamente la importancia de recuperar y replantear el viejo debate académico latinoamericano sobre el populismo, como clave para entender el fenómeno y para abordar cualquier análisis del régimen que se instaló en febrero de 1999. A partir de ese mismo año vienen analizando el acontecer político venezolano y el chavismo desde esta perspectiva. Ahora, el Cendes presenta en forma de libro cuatro artículos redactados entre 1999 y 2005 que giran en torno a esta preocupación. El título del libro, Populismo autoritario, sugiere que los autores no ven el chavismo con mucha simpatía y, en efecto, en un país políticamente polarizado, su análisis se hace más bien «desde la acera de enfrente».
Muchas veces la mirada más penetrante acerca de un movimiento político determinado proviene de «la acera de enfrente». No podemos dejar de recordar que uno de los más perspicaces análisis de las características del Partido Socialdemócrata Alemán, abanderado del marxismo antes de la Primera Guerra Mundial, fue escrito por un aristócrata ingles (Bertrand Russell) en 1895; que otro magnífico artículo sobre el «socialismo» (de 1912) provenía de la pluma de G.K. Chesterton, un católico inglés de nuestra predilección por sus novelas policíacas (remember Father Brown); y que en Alemania misma Weber o Michels entendían mejor las características de ese partido que Lenin.
Nuestros autores hacen su primer acercamiento a la discusión sobre el populismo a través de Laclau, y en el primer capítulo del libro exploran las características del discurso populista. Plantean la notable similitud entre el discurso adeco durante el «trienio» (1945-1948) y el de Chávez hoy en día. La comparación es bien documentada y convincente y sugiere que el discurso populista tiene raíces profundas en la experiencia política venezolana. A partir de la caracterización del régimen político puntofijista ofrecida por Juan Carlos Rey, los autores identifican una dimensión populista en la política durante toda la experiencia democrática del país, acentuada durante el trienio y con Chávez, y más atenuada durante el período post-1958. Además, si el populismo era una característica de la democracia instalada a partir del 58, evidentemente abarcaba un amplio espectro del escenario político y no se podría representar como un fenómeno extraño al cuerpo político o limitado a ciertos movimientos políticos. De hecho, las implicaciones de esta línea de argumentación para nuestra manera de entender la política misma son potencialmente bastante radicales y no se compaginan fácilmente con las corrientes teóricas que predominan en las ciencias políticas de la academia. Por supuesto, no se trataba de abordar el problema como lo hace el siempre provocativo pero cada vez más conservador y panfletario Fernando Mires, quien, en su último escrito dirigido en contra del chavismo, argumenta que: «Siempre la política en periodos electorales ha sido, es y será populista. Eso ocurre en todas partes; y en Venezuela también. Un candidato que no es populista en las elecciones, nunca ganará. Pero, para los políticos responsables, el populismo termina al día siguiente de la elección» (Mires, 2006).
El segundo capítulo, redactado cuando Chávez ya llevaba casi año y medio en el poder, intenta calibrar las características del régimen político que se instauraba. Nuevamente se trata de un análisis basado en una lectura atenta de la documentación apropiada, esta vez sobre la actuación del gobierno más que sobre el discurso de su protagonista máximo. Por supuesto, se incorporan otros referentes teóricos, básicamente aquellos considerados de relevancia para precisar las características del llamado «populismo clásico» y del más reciente «neopopulismo», en lo que refiere a los regímenes así identificados. Hay dos elementos (aunque no solamente dos) que son considerados medulares para discutir la afinidad del régimen chavista con los populismos «clásicos» o «neo»: su relación con los sindicatos y su actuación frente a la ortodoxia neoliberal. La abierta hostilidad del gobierno frente a los sindicatos aglutinados mayoritariamente en la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV) evidentemente contrasta con la actitud de los regimenes populistas «clásicos». Al mismo tiempo, la política económica adoptada en las fases iniciales de la administración Chávez no estuvo signada por una ruptura radical con aquella de sus antecesores y parecía muy distante de la retórica dirigida en contra del «capitalismo salvaje» y del neoliberalismo. Estas dos consideraciones inclinaban el balance a favor de un cierto parentesco con los neopopulismos de los años noventa. Sin embargo, los autores no consideran cerrado el debate, ya que están conscientes de que la situación política seguía siendo notablemente fluida. De hecho, en sus análisis posteriores se inclinan más bien por un parentesco con los populismos clásicos. Así se encuentra reflejado en el cuarto capítulo, que básicamente resume los aspectos más generales de su análisis del chavismo, sin la argumentación detallada de los capítulos anteriores.
Antes de terminar este escueto resumen del contenido del libro, quisiéramos examinar más de cerca el capítulo tres, titulado a «Los Círculos Bolivarianos: el mito de la unidad del pueblo», que consideramos menos logrado que los demás y más influido por las suspicacias surgidas durante la etapa de mayor polarización política (2002-2004). Este capítulo vuelve a preocuparse por el discurso populista, destacando el papel central del mito «bolivariano» construido en torno al Libertador, con sus connotaciones excluyentes de «oligarcas», «traidores» y «enemigos del proceso». La discusión sobre el mito está tan bien documentada como la de los dos capítulos anteriores. Sin embargo, cuando los autores intentan vincular este mito con la organización social encarnada en los «Círculos Bolivarianos» y mostrar sus implicaciones autoritarias (cuando no totalitarias) su pisada se manifiesta menos segura. Señalan, con razón, que se trata de una organización social vertical, dirigida directamente desde Miraflores, y sugieren, también con razón, que de consolidarse como organismos sociales fundamentales de la sociedad política podrían desplazar a otras manifestaciones organizativas de la «sociedad civil» sobre la base de una estructura básicamente corporativista. Lo que destaca en su discusión es el temor de que esto pudiera suceder o de que estaba en ciernes. Lo que falta es información respecto al funcionamiento efectivo de los Círculos. Es decir, a diferencia del resto del libro, hay escasez de evidencia empírica y sobra la especulación basada en el temor.
Además, el desarrollo posterior de los acontecimientos ha mostrado claramente que los temores eran exagerados. Un estudio publicado recientemente por dos investigadores norteamericanos (Hawkins & Hanson, 2006) señala cómo los Círculos disminuyeron en términos cuantitativos y en importancia a partir de (por lo menos) el año 2004 y cómo un análisis minucioso de la ideología y de las preferencias políticas de sus militantes muestra que no se diferenciaban mucho del promedio de los venezolanos en cuanto a su apego a la democracia como valor fundamental. De hecho, cuando durante el curso del año 2003 el desarrollo de las «misiones» ofreció oportunidades más concretas de luchar a favor de soluciones a los problemas más sentidos de los barrios, los miembros de los Círculos se dedicaron más bien a los Comités de Tierras Urbanas, los Comités de Salud, etc. Y estas organizaciones populares nunca tuvieron el mismo vínculo orgánico con Miraflores que los Círculos Bolivarianos.
La discusión sobre los Círculos Bolivarianos sugiere otro problema que tiene el trabajo que estamos discutiendo. Arenas y Gómez inician su discusión del mito del Libertador expresando su preocupación por el hecho de que «cuando la pugna política se hace extrema, se abren los caminos por los cuales puede deslizarse una perspectiva mítica en sustitución de una racional ( ) la violencia desplazará entonces a la política como fórmula para dirimir la diferencias. La aniquilación del otro será un mandato: el deseado encuentro mítico con el reino feliz de los tiempos finales, así lo demandará ...». En consecuencia, como señaló el finado Castro Leiva, «se impide poder pensar de manera libre y racional en la adopción o el ejercicio de otras modalidades discursivas. Toda acontecer político ha de ser medido en última instancia como un asunto bolivariano, sentimental y absoluto, cuestión de traición o patriotismo». Además, nuestros autores argumentan que el nacionalismo que encarna el mismo mito «sirve para conjurar el déficit civil de la democracia. Son estas ideologías portadoras de un sentimiento colectivista que ahoga, porque no la reconoce como legítima, la individualidad, tan cara a la democracia liberal». Por último, sostienen que la meta del proyecto de círculos bolivarianos «es crear el pueblo organizado e ideologizado que canalice las demandas y llene el espacio que normalmente ocupa la sociedad civil» (énfasis en el original).
El problema que vemos se deriva del hecho de que los autores, en su primer capítulo, asumen como punta de partida para su análisis la noción gramsciana de hegemonía, tal como la aplica Laclau para analizar el discurso populista. En seguida, al analizar la trayectoria de la democracia venezolana, parecen reconocer el populismo como una dimensión permanente de la política democrática e intrínseca a ella. De esta manera, al parecer abrazan una perspectiva nueva respecto a cómo entender la política (sendero que ha seguido consecuentemente el mismo Laclau). Sin embargo, en el capítulo tres, el populismo se presenta más bien como algo ajeno a la política democrática, una alternativa potencialmente violenta a la resolución de conflictos según los padrones racionales de la democracia liberal. Pareciera que, después de haber reconocido la ceguera de los científicos venezolanos frente al surgimiento inicial del chavismo, Arenas y Gómez intentaban una búsqueda teórica capaz de remediar esta situación. Nuestra impresión es que abandonaron esa búsqueda en algún momento y volvieron a recurrir a un bagaje conceptual más convencional. En todo caso, nos parece que hay por lo menos una tensión no resuelta que conviene resaltar y explorar más a fondo.
Dicho lo anterior, no podemos terminar esta reseña sin lamentar que nos haya faltado espacio para ilustrar adecuadamente los muchos méritos del libro: muy bien escrito, producto de una búsqueda honesta y bien documentada, lleno de observaciones agudas, en fin, de lectura obligatoria para quienes intentamos entender los apasionantes cambios que está experimentando la sociedad venezolana.
Dick Parker
Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales -Faces- de la Universidad Central de Venezuela
Referencias bibliográficas
1. Gómez Calcaño, Luis (2000). «Sociedad civil y proceso constituyente en Venezuela: encuentros y rivalidades», ponencia presentada al XXII Congreso Internacional de la Latin American Studies Association, Miami, 16-18 de marzo. [ Links ]
2. Hawkins, Kirk A. y David R. Hanson (2006). «Dependent Civil Society. The Círculos Bolivarianos in Venezuela» Latin American Research Review, vol. 41, nº 1, pp. 102-132. [ Links ]
3. Mires, Fernando (2006). «El fin del chavismo», Total News, 17.10.2006, www.totalnews.com.ar. [ Links ]
4. Rey, Juan Carlos (1987). «El futuro de la democracia en Venezuela», en José A. Silva Michelena, coord., Venezuela hacia el 2000. Desafíos y opciones, Caracas, Nueva sociedad/ILDIS/Unitar / Profal, pp. 183-245. [ Links ]
5. Roberts, Kenneth (2001). «La descomposición del sistema de partidos vista desde un análisis comparativo», Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 7, nº 2, pp. 183-200. [ Links ]