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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508versión On-line ISSN 2443-468X
CDC v.25 n.67 Caracas abr. 2008
Política y ciudadanía en una sociedad neoliberal avanzada, Chile 1990-2007
Juan Carlos Gómez Leyton*
* Profesor de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales (Arcis), Chile. jcleyton@uarcis.cl
Resumen
El presente artículo analiza la sociedad chilena desde 1990 hasta la actualidad, caracterizándola como una sociedad neoliberal avanzada. La conformación de este tipo de sociedad ha sido producto tanto de la acción política de la restructuración capitalista realizada por la dictadura militar del general Augusto Pinochet, como de las políticas desplegadas por los Gobiernos democráticos (1990-2007), que han profundizado, ampliado y consolidado el neoliberalismo en Chile. Una de las principales consecuencias de esta acción política e histórica de más de treinta años ha sido la constitución de nueva ciudadanía.
Palabras clave
Sociedad neoliberal / Neoliberalismo / Ciudadanía neoliberal / Fragmentación social y políticaAbstract
This article analyzes the Chilean society from 1990 to the present, describing it as an advanced neoliberal society. The constitution of this type of society is the result of the political action of the capitalist restructuration under the military dictatorship of General Augusto Pinochet as well as of the policies deployed by the democratic governments (1990-2007), which have deepened, widened and consolidated neoliberalism in Chile. One of the main consequences of this historical and political action of more than 30 years has been the constitution of a new citizenship.
Key words Neoliberal society / Neoliberalism / Neoliberal citizenship / Political and social fragmentation
RECIBIDO: ENERO 2008 ACEPTADO: ABRIL 2008
Introducción
La formación social chilena luego de la restructuración capitalista impulsada por la dictadura militar del general Augusto Pinochet (1973-1990) y profundizada y ampliada por los Gobiernos democráticos (1990-2007) se ha transformado en la principal sociedad neoliberal de la región latinoamericana; condición que caracteriza la acción social, política, económica, cultural e histórica de las y los ciudadanos que la integran. Durante tres décadas la concepción neoliberal ha diseñado y trazado los contornos culturales e ideológicos del Estado, del mercado y, sobre todo, de la sociedad civil.1
El «neoliberalismo» ha dejado ser una determinada política económica o forma de acumulación, para transformarse en un tipo específico de sociedad capitalista: la sociedad neoliberal. Esta condición se alcanza cuando el neoliberalismo se vuelve no sólo dominante, sino, y sobre todo, hegemónico; constituyéndose no solo en la forma en que las elites y los sectores capitalistas dominantes organizan el orden social e histórico, sino logrando permear e imponerse a los demás sectores y grupos sociales subordinados o dominados que conforman la sociedad. A través de distintos mecanismos sociales, culturales, educacionales y aparatos ideológicos, la cosmovisión dominante va produciendo una ciudadanía y un estilo de vida profundamente neoliberal. Los principales rasgos históricos que van adquiriendo estas sociedades y sus ciudadanías son: a) ser políticamente conservadoras, b) mediáticas, c) ampliamente despolitizadas, d) mercantilizadas, e) fragmentadas social, económica y culturalmente, f) profundamente desiguales, f) individualistas y competitivas, entre otros.
El presente artículo tiene como objetivo revisar y exponer algunos de estos rasgos a través del análisis del tipo de ciudadanía que se constituye en este tipo de sociedad, rasgos que al mismo tiempo dotan de identidad y especificidad a las sociedades capitalistas neoliberales, especialmente en su fase superior o avanzada, como es el caso de la chilena (Brescia, 2000; Engel y Navia, 2006; Gómez Leyton, 2002, 2006b).
El artículo se organiza en dos apartados y una conclusión. En el primero exponemos la constitución de la sociedad neoliberal avanzada chilena. El planteo con el cual trabajamos aquí parte del supuesto de que este tipo de sociedad constituye la versión «chilensis» de la sociedad del riesgo que describe Ulrich Beck. Por cierto que se trata de la versión «subdesarrollada» o periférica de las sociedades del riesgo centrales. Pero dadas la profundidad y la amplitud histórica que ha alcanzado el neoliberalismo en Chile, le otorgamos el calificativo de «avanzada».2 En el segundo apartado entramos en el análisis de la actividad política y de la ciudadanía que se realiza y se desarrolla en una sociedad neoliberal avanzada. Nuestra hipótesis central es que a partir de la perdida de la centralidad e importancia de la política en las sociedades neoliberales avanzadas, la ciudadanía se constituye en los espacios privados en vez de en el tradicional espacio público. Las y los ciudadanos neoliberales son sujetos privatizados. En consecuencia, el neoliberalismo, con su apelación al individualismo y su reivindicación de lo privado, destroza o fragmenta la unidad de la ciudadanía política y social que se construyó en las sociedades industriales durante el siglo XX, dando origen a distintos tipos de ciudadanos sociales y políticos.
Chile: una sociedad neoliberal del riesgo avanzada
La conformación de la sociedad neoliberal avanzada en Chile ha coincidido con otros procesos históricos que la informan, la sustentan, la dinamizan y la influyen de distintas maneras. El influjo y encanto del pensamiento posmoderno, el impacto de la cuatro «ies» que integran la globalización (inversiones de capital en red, información en Internet, industria fragmentada e individuo global consumidor), la desaparición del socialismo real (la muerte de la esperanza igualitaria y libertaria expresada en el socialismo), el fin de la Guerra Fría y la constitución de un mundo internacional unipolar, el agotamiento de la democracia liberal representativa, entre otros procesos históricos, han tenido al interior de la sociedad chilena un fuerte y profundo impacto que, unido al proceso de restructuración capitalista iniciado en los años setenta por la dictadura militar, ha producido la versión nacional de la sociedad neoliberal del riesgo que describe Beck (1998).
Por cierto, se trata de la «versión chilensis» de la sociedad del riesgo en virtud de que la teoría de la modernización reflexiva o segunda modernidad ha sido construida a partir de la realidad histórica de la sociedades capitalistas modernas plenas (europeas o estadounidense). La «versión chilensis» correspondería a las sociedades del riesgo de la periferia.
En ese sentido, la sociedad neoliberal del riesgo periférica sería una versión incompleta, inacabada, muchas veces no más que una mala copia de la versión original. Agréguese a ello que todos los procesos de modernización desarrollados en América Latina en general, y en Chile en particular, no han logrado nunca romper con los lazos de dependencia que ligan nuestras sociedades periféricas con las centrales. Por esa razón, la sociedad del riesgo neoliberal chilensis es un híbrido en que se mezclan aún aspectos propios de la sociedad moderna industrial, es decir, de racionalización de la tradición, con elementos de la racionalización de la racionalización.
Siguiendo esta línea argumental habría entonces que apuntar que la sociedad neoliberal del riesgo no ha logrado superar ninguna de las polarizaciones, contradicciones y desigualdades heredadas de las modernizaciones anteriores. Diríamos que las ha redefinido pero no superado. Por tanto, el actual proceso histórico se caracteriza tanto por la continuidad como por la ruptura. Pero, también, por la novedad.
No obstante la condición periférica de la sociedad neoliberal del riesgo chilena, ella constituye la versión más avanzada de todas las existentes en la región latinoamericana. Por esa razón, se presenta como la que ha logrado superar o modificar las principales dimensiones sociales, políticas, económicas y culturales que caracterizaron la sociedad industrial sustitutiva. Unas de las transformaciones de mayor impacto entre los sujetos que habitan, conviven y existen en las sociedades neoliberales es el cambio en la percepción del «tiempo». Para los sujetos neoliberales no existe (no conciben) lo que Fernand Braudel (1989) denominó la «larga duración», es decir, el tiempo largo. Vivir en la sociedad neoliberal del riesgo avanzada es vivir en un cambio perpetuo, que gira sobre sí mismo. Es el tiempo corto o mediano, el acontecimiento o la coyuntura. Es el presente continuo. A diferencia de la modernidad industrial, especialmente, de la época del fordismo y del Estado social del bienestar, en donde todo tendía a la estabilidad y la perdurabilidad de lo estructurado, a la larga duración, en lo social, en lo político, así como en lo económico. En la sociedad del riesgo, en cambio, nada es estable, todo es mudable e inseguro, de ahí el riesgo. Todo es cambio rápido, la existencia no se construye para el futuro, sino para el presente, que es permanente. Si la modernidad industrial ofreció a la ciudadanía seguridad social, laboral y familiar, la sociedad «mercantil» del riesgo ofrece escasas seguridades en esos planos. Lo que ofrece son riesgos, inestabilidad e incertidumbre por doquier. De allí que un aspecto central de la sociedad neoliberal del riesgo sea la tendencia al «presentismo», o sea, la tendencia de los sujetos a vivir intensamente su y el presente y, a la vez, rehuir comprometerse en proyectos vitales de larga duración.
Los cambios que se observan en la organización de las familias, por ejemplo, son demostrativos de la constitución de la sociedad neoliberal avanzada del riesgo. Recordemos que la modernidad industrial tenía como requisito paradójico que se mantuviera un orden familiar premoderno o tradicional. El modelo establecía al hombre trabajando en el espacio de la producción industrial (trabajo retribuido) y a la mujer a cargo de la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo en casa (trabajo doméstico). Ambos espacios son los encierros de la sociedad industrial. En uno estaban los hombres y en los otros las mujeres, en compañía de los niños y las niñas, aunque estos están, también, en la escuela (otro de los encierros modernos). Las políticas asistenciales del Estado del bienestar y del keynesianismo reforzaban el mantenimiento de dicho modelo a través de estímulos económicos, sociales, culturales, educacionales. Sin embargo, todo esto comienza a cambiar como producto de la restructuración capitalista neoliberal, que pone fin a los procesos de industrialización, y con el acceso de las mujeres a la educación, por un lado, y la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo, por otro (Tironi, 2005).
En la sociedad neoliberal del riesgo revientan las relaciones entre los sexos, las que estaban soldadas en la separación producción y reproducción, y que eran mantenidas a través de la familia con el apoyo de las políticas sociales del Estado del bienestar y de las políticas económicas del keynesianismo, especialmente, del pleno empleo.
La conjunción simultánea de la liberación de las mujeres de los roles tradicionales con el desmantelamiento de las políticas keynesianas y del bienestar y la implementación de las políticas neoliberales provocó la crisis de la familia, del matrimonio y de las relaciones de pareja, del amor, etc. Según Beck (1998), todo se volvió inseguro: la forma de convivencia, de quién hace qué trabajo, las nociones de sexualidad y amor y su inclusión en el matrimonio y en la familia. La institución de la paternidad se disgrega en padre y madre; la actitud de los hijos cambia con la intensidad de la vinculación, hoy son los últimos en irse de la casa. Todos estos cambios han redefinido en las sociedades neoliberales avanzadas las posiciones políticas conservadoras: lo característico del actual conservadurismo es y será por mucho tiempo la lucha por la «reunificación» de aquello que la crisis de la modernidad industrial disolvió. La reunificación del trabajo y vida; trabajo doméstico y trabajo retribuido; de las parejas, de padres e hijos. El discurso neoconservador en defensa de la familia, del control de los padres sobre la tutela de los hijos, el rechazo a los métodos de anticoncepción, entre otros, constituyen la nueva agenda valórica de los sectores políticos y sociales que miran con nostalgia el pasado reciente, es decir, el orden cultural y político moderno industrial.
Uno de los aspectos más relevantes de ese orden moderno era su condición de ser una sociedad del trabajo, especialmente, productivo industrial. La política social central del Estado era asegurar el pleno empleo, o sea, dotar a los ciudadanos de un trabajo remunerado, estable y continuo en el tiempo. Las biografías de los hombres se construían en torno a la experiencia laboral de larga duración, tanto en el trabajo retribuido como también en el matrimonio. La biografía de las mujeres se desplegaba en torno a la experiencia del matrimonio y a la crianza de los hijos, elementos constitutivos del trabajo doméstico. Con la instalación del neoliberalismo esa sociedad del trabajo industrial llega a su fin, puesto que tanto el trabajo retribuido es afectado por el desempleo industrial masculino, como el trabajo doméstico es afectado por el empleo femenino.
Se produce, de esa manera, un doble desempleo, lo cual provocará la crisis de la estructura familiar industrial. Esta crisis obliga a hombres y a mujeres (en nombre de la propia supervivencia material) a hacer de sí mismos el centro de sus propios planes de vida y de su propio estilo de vida.
En este sentido, la descomposición del modelo familiar industrial tiende a eliminar las pertenencias y la transformación de «sujetos colectivos» modernos industriales tales como las clases sociales, los partidos políticos, las organizaciones sociales comunitarias, e incluso los movimientos sociales, etc. Se instala el individuo solitario, desconectado de lo social y político, pero enchufado a los aparatos que lo conectan con la realidad virtual, imaginaria, global (v. García Canclini, 2004; Garretón, 2004; Sartori, 1998; entre otros).
La mayor fragilidad de la familia moderna industrial se expresa en la caída de la tendencia al matrimonio, el aumento de las separaciones, los divorcios y la convivencia, la crisis de la paternidad/maternidad, el aumento de los hogares a cargo de una mujer, la caída de la fecundidad y el aumento de los hogares unipersonales, etc.
El análisis, brevemente, de algunos de los aspectos antes mencionados en las cifras arrojadas por el censo poblacional del año 2002 y su comparación con el censo del año 1992 no indican que las tendencias predominantes de la sociedad del riesgo neoliberal sean ampliamente marcadas en la sociedad chilena.3 Las cifras muestran, por ejemplo, que la categoría casado/a se mantiene como predominante, aunque su porcentaje descendió del 51,8 por ciento en 1992 al 46,2 por ciento en el año 2002; los solteros y viudos mantienen casi los mismos porcentajes entre ambos censos; sin embargo, las categorías separados y, en especial, conviviente o pareja, experimentan un alza importante, tal como puede observarse en el cuadro 1.
En relación con el tema del matrimonio, o de los casados, digamos que en la sociedad del riesgo neoliberal predomina el individualismo, el hedonismo, y el principal compromiso social de los sujetos es la privatización de sus vidas individuales. Por esa razón algunos autores estiman que se trata de una sociedad dominada por el narcisismo. Todo ha cambiado, hasta el amor. Lo cual no es una cosa menor, pues afecta directamente el matrimonio y la familia. Se ha pasado del amor romántico al amor confluente.
En términos tradicionales, en el matrimonio predominaban los lazos de cooperación y colaboración entre los esposos; al compartir la responsabilidad de sostener la alianza, el patrimonio familiar, el amor romántico contribuía a consolidar la alianza y a proyectarla en el futuro. La concertación matrimonial, el enlace, la unión de dos sujetos, constituía el punto de partida para la construcción de un proyecto de vida, en el cual el amor romántico era una apuesta destinada a controlar y dar sentido al futuro: «contigo pan y cebolla».
El matrimonio moderno industrial tenía como base espiritual el amor romántico, y como base material el trabajo retribuido y el trabajo doméstico por un lado, y la acción del Estado social, la base política, por otro. En cierta forma, el éxito del proyecto familiar estaba asegurado en la medida en que esas bases funcionaran, y en gran parte así fue.
En cambio, en la sociedad neoliberal avanzada los cambios acaecidos han alterado las bases amorosas, materiales y políticas del matrimonio industrial. En general se pueden identificar cinco cambios que estarían afectando a la estructura tanto familiar como matrimonial.
Primero, la prolongación de la esperanza de vida ha alterado el tejido biográfico, especialmente de las mujeres. En décadas anteriores el tiempo que duraba la vida de una mujer bastaba para traer al mundo y educar el número de niños supervivientes «deseados» socialmente; hoy por hoy, los deberes maternos acaban a los cuarenta y cinco años. Vivir «para los hijos» hace mucho tiempo que dejó de ser un objetivo existencial de las mujeres. Este vivir se ha convertido en una fase pasajera, relativamente corta, liviana, puesto que el número de hijos también ha disminuido. La tasa de fecundidad, por ejemplo, tuvo una significativa reducción entre el censo 1992 y el censo de 2002: de 135,3 por mil pasó a 96,52 por mil, con una variación de menos 38,78. Por lo tanto, las mujeres tienen por término medio tres décadas de «nido vacío». De manera que actualmente la sociedad chilena tiene más de un millón y medio de mujeres en la «mejor edad» que viven en comunidad postmaterna, a menudo sin una actividad concreta que llevar a cabo.
En segundo lugar, los procesos de modernización neoliberal han restructurado el trabajo doméstico, especialmente como resultado de los procesos técnicos de racionalización que pasan a este campo. Numerosos aparatos, máquinas y ofertas de consumo descargan y vacían el trabajo. Se ha producido la «descalificación del trabajo doméstico». En efecto, un ejército de aparatos electrodomésticos inunda el mercado destinado a aliviar a las mujeres, pero no sólo a ellas, sino también a los hombres, así como también a las trabajadoras y los trabajadores del servicio doméstico, en sus tareas hogareñas. Según el censo 2002 el 78,7 por ciento de los hogares nacionales posee lavadoras, el 41,4 por ciento secadoras/centrífugas y el 82,1 por ciento refrigeradores, aparte de microondas, jugueras, batidoras, etc., lo que genera una mayor cantidad de «tiempo libre» a las dueñas de casas, que potencia la salida hacia el trabajo profesional extra-doméstico.

Sin embargo, la «descalificación del trabajo doméstico» no implica la liberación de las mujeres chilenas de este trabajo, sino más bien la interrelación del mismo con el trabajo retribuido femenino. Esto significa que la mujer asume tanto la tarea doméstica como el trabajo retribuido. En otros casos se produce una delegación del trabajo doméstico en otros miembros del núcleo familiar, como pueden ser hijos o hijas; por lo general, en una hermana o la abuela. Pero también están las guarderías infantiles, el kindergarten o las «nanas» que asumen el cuidado de los hijos de las madres que trabajan. De acuerdo con las cifras del censo 2002, se podría sostener que la delegación de funciones en otros miembros del grupo familiar, como la mezcla de trabajos en la mujer, es la solución más extendida en la sociedad chilena, dado que tan sólo el 1,4 por ciento de los hogares nacionales declara tener una «asesora del hogar».
En tercer lugar, la caída de la tasa de fecundidad revela que los hijos y la maternidad ya no son un destino natural del matrimonio o de las mujeres. Además esto se une al principio de los hijos deseados o de la maternidad querida. Exceptuando el embarazo adolescente, las mujeres de la modernidad neoliberal, al contrario de sus madres e incluso de sus abuelas, pueden codeterminar, consensuar o confluir con su pareja el sí, el cuándo y el número de hijos. Esto, especialmente, gracias a la extensión y masificación de los métodos anticonceptivos. Al mismo tiempo, la sexualidad femenina es liberada del «factum de la maternidad» y puede ser descubierta y desarrollada conscientemente contra las normas masculinas. De ahí que el número de hijos haya disminuido significativamente de una década a otra, reduciendo con ello el número de integrantes de la familia nuclear.
Los hombres y mujeres de la modernidad neoliberal se unen para estar juntos, para evitar la soledad, pero no necesariamente para procrear, para criar hijos o para realizarse en los hijos. Por lo general, aunque aún no es algo muy extendido en la sociedad nacional, los hombres y mujeres que se «emparejan» traen sus propios hijos. Los hijos comunes eran el producto del amor romántico. Mientras que los hijos tuyos y los míos y los nuestros (en algunos casos) son propios del amor confluente.
En cuarto lugar, el aumento de las separaciones, de las anulaciones, así como de la «convivencia», en una década, remite a la fragilidad del sustento matrimonial y familiar, como se muestra en el primer cuadro. Estos aumentos parecen más el efecto que la causa de la aparición del amor confluente, contingente, activo, que rehúye las expresiones «sólo», «único» y «para siempre» a la vez que rechaza el modelo heterosexual como única imagen de pareja. A la inversa del amor romántico, el amor confluente no espera la validación del yo en la presencia del otro, no es necesariamente monogámico e introduce el ars erótica en el seno de la relación conyugal, que se mantiene «hasta nuevo aviso». El matrimonio pasa a ser una institución devaluada, que perdura en la medida en que contribuya a la satisfacción emocional. Mientras tanto la descendencia pasa a ser vista como un «elemento inercial», un impedimento para la separación, antes que un motivo de consolidación del vínculo conyugal. Actualmente, rotas las diferencias de roles, el matrimonio deja de verse como una institución imprescindible para la planificación del futuro de las personas. La fecha del casamiento deja de ser importante dentro de las efemérides del calendario personal, afirma con no poca ironía Anthony Giddens (2001). Ya no se espera completar la identidad del yo en la consumación de una relación «de por vida».
La «convivencia» expresa el amor confluente. Pero también expresa la revalorización de un «yo» narcisista y hedonista de los individuos de la sociedad del riesgo. De allí que Alain Touraine (1997) se pregunte si podremos «vivir juntos». Los narcisos (hombres y mujeres) rechazan los compromisos afectivos justamente por el peligro potencial de sufrimiento y de dolor que convocan tanto el vínculo amoroso como los compromisos de largo plazo. La baja de la tasa de natalidad observada en el censo 2002 es una indicación certera de las dificultades que tienen las nuevas generaciones para afrontar los riesgos de una relación comprometida. Más aún cuando las políticas implementadas por el neoliberalismo han retirado las bases materiales y políticas que posibilitaban que los ciudadanos y ciudadanas de la modernidad pudieran asumir con cierta seguridad los riesgos de la vida matrimonial. El lema de la sociedad del riesgo neoliberal es «arréglatelas como puedas».
El «arréglatelas como puedas» apunta en la dirección del creciente proceso de individualismo que experimentan los sujetos de la sociedad neoliberal, cuya expresión es la soledad. Según las cifras del censo del 2002, el aumento de los hogares unipersonales fue de un 76 por ciento desde 1992, siendo las mujeres las que lideran el alza: si bien los datos del censo señalan que el hogar con jefatura masculina sigue siendo el mayoritario el 68,5 por ciento de los hogares, la jefatura de hogar femenino aumentó con respecto a 1992 en 6,2 puntos porcentuales, avanzando del 25,3 por ciento en 1992 al 31,5 por ciento en el 2002.
En suma, el proceso de ampliación y profundización de las tendencias propias de las sociedades neoliberales del riesgo acentúa significativamente el «des-compromiso» de los individuos con las organizaciones sociales de la sociedad civil. Este des-compromiso es la manifestación concreta del proceso de individualismo de los derechos ciudadanos y de la acción de los mismos en la sociedad y en el sistema político.
La dinámica de conculcación de los derechos sociales y económicos impulsados por el neoliberalismo redefinió de facto los límites de pertenencia a la comunidad, en el sentido amplio del término. Esto condujo, en un primer momento, a la proliferación de luchas en torno al reconocimiento de la existencia. Ello explica la explosión de movimientos y de organizaciones sociales que se articularon desde la sociedad civil buscando ampliar y reformular la comunidad, especialmente, en el plano económico y social. Sin embargo, una vez consolidada la dominación neoliberal, la acción colectiva de algunos grupos sociales o movimientos de la sociedad civil se activará en torno a una demanda más ligada a lo cultural-simbólico.
La hegemonía neoliberal ampliada y sostenida por la Concertación de Partidos por la Democracia desde los años noventa en adelante trajo como consecuencia la consolidación del individuo en la sociedad. No por casualidad, parte de la teoría social ha venido analizando dichos procesos en términos de una nueva dinámica de individualismo liberal. Desde esta perspectiva, la sociedad neoliberal avanzada exige a los individuos el hacerse cargo de sí mismos y que, independientemente de sus recursos materiales y simbólicos, desarrollen soportes y competencias necesarios para garantizar su acceso a los bienes sociales. En este nuevo escenario social, el bienestar ya no aparece como un derecho, sino como una oportunidad.
Este proceso no sólo significará el declive y la fragmentación (social y política) de la ciudadanía, sino también la aceptación, la legitimación, defensa e incluso demanda de ciudadanías restringidas, que no poseen un alcance universalista ni aspiraciones igualitarias, sino que son más bien específicas y propias de un determinado grupo social que las reclama; por ejemplo, las minorías sexuales, las minorías indígenas u otras similares. El reclamo o la demanda de reconocimiento de la existencia se constituyen y se sostienen en función de la diferencia más que de las semejanzas entre sujetos que conviven en una misma comunidad o sociedad política. Se trata de un reclamo por una ciudadanía restringida, cerrada y exclusiva. En otras palabras, una ciudadanía «individualista», puesto que no se inserta necesariamente en una lucha amplia y colectiva por una nueva ciudadanía: no conlleva una oposición con las formas de ciudadanía propuestas por el neoliberalismo, todo lo contrario, se inserta en las lógicas del mercado. O sea, son funcionales a la dominación política e histórica neoliberal.
Política y ciudadanía neoliberal
La actividad política, en general, y la democrática en particular, así como la democracia liberal representativa en las sociedades neoliberales avanzadas, atraviesan por un proceso de crisis que empuja dicha actividad hacia «la baja», mientras la actividad mercantil, el individualismo, el conformismo, la desigualdad social y la fragmentación ciudadana, la desprotección social y los riesgos van «en alza». En ese sentido se puede sostener que mientras más se consolida una sociedad neoliberal, más innecesaria resulta la política, especialmente la democrática, y la actividad de la democracia liberal representativa como régimen político pierde validez e interés para importantes sectores de la ciudadanía; quedando ambas actividades (la política y la democracia) en manos de los traficantes de la palabra y el poder, o sea, de las elites políticas (Maestre, 1994). La actividad política representativa, por ejemplo, queda encapsulada y monopolizada en los partidos políticos «conformes con el sistema», los que tienen, a su vez, el control y la dirección política de la sociedad (Gómez Leyton, 2003a). En un escenario como este, la ciudadanía opta por retirarse a los espacios privados y automarginarse de toda participación social y política. De manera que la política institucionalizada se vuelve más elitista, la separación entre la ciudadanía y la clase política es cada vez mayor, provocando una profunda incomunicación entre ambos actores y sujetos de la democracia. Por esa razón, la actividad política neoliberal se vuelve estéril, se transforma en lo que Tomás Moulian, denomina «la seudopolítica».4
La seudopolítica, siguiendo a Moulian, la realizarían los partidos políticos conformes con el sistema, los sectores políticos y sociales que participan activamente en el sistema político neoliberal. Mientras que las y los ciudadanos que se oponen o resisten dicho orden político prefieren desarrollar lo que Beck (1999) denomina «la subpolítica». O sea, una política que se realiza y se desenvuelve en los márgenes de la institucionalidad oficial. Por ello, el partido político predominante en este tipo sociedades es el «partido de los no electores». El abstencionismo político entendido, en un sentido amplio, como la no participación política es el comportamiento habitual de las y los ciudadanos chilenos (Gómez Leyton, 2004a, 2004b).5
La constitución de la ciudadanía neoliberal que no se condice con el desarrollo y cierta ampliación y fortalecimiento experimentados por las organizaciones sociales de la sociedad civil durante la dictadura militar (1973-1990) es el resultado del mantenimiento, ampliación y profundización del neoliberalismo por parte de los Gobiernos de la Concertación de Partidos Políticos por la Democracia que han conducido la sociedad chilena desde 1990 hasta la fecha. No es que las organizaciones sociales de la sociedad civil hayan desaparecido o que no se manifiesten con relación al Gobierno o al Estado o al mercado, sino más bien que ellas han experimentado un vaciamiento ciudadano similar al de las organizaciones políticas, especialmente los partidos. Este vaciamiento social y político se explica por la deconstrucción que experimenta el modelo tradicional de ciudadanía inducido por el neoliberalismo. Lo que ha llevado a la fragmentación de la ciudadanía y a la mutación de sus compromisos políticos y cívicos (Gómez Leyton, 2006a).
La ciudadanía neoliberal se expresa fundamentalmente en el surgimiento y constitución de una ciudadanía política fragmentada cuya principal característica es la desvinculación de la política y, especialmente, de la política democrática. En la actualidad es posible identificar en la sociedad chilena cuatro tipos de ciudadanos políticos, a saber: a) los tradicionales, b) los no electores, c) los no políticos y d) los subpolíticos.
Los ciudadanos tradicionales son aquellos que conciben la ciudadanía política tal como se practicó durante el siglo XX. Es decir, son esencialmente ciudadanos electores; para ellos la participación en los actos electorales es la mayor y más acabada manifestación de su responsabilidad cívica y política. Tienden a militar o simpatizar con algún partido político, pero sin mayores compromisos ni involucramiento activo en la acción política partidista. Su compromiso cívico fundamental es asistir a los distintos actos electorales a que son convocados. El sufragar es un tipo específico de salida al espacio público desde sus espacios privados: el hogar o su trabajo.
Los ciudadanos «no electores» son ciudadanos y ciudadanas que se encuentran inscritos en los registros electorales, pero que tienen un comportamiento político electoral abstencionista. No sienten mayor apego por la actividad política electoral ni partidaria. En este grupo se encuentran los no electores activos y los congelados. Los primeros son los que votan en blanco o anulan su voto, es decir, concurren y participan en los actos electorales, pero no eligen. Los segundos no asisten a todos los actores electorales, sino que concurren y votan en determinadas elecciones, especialmente en las presidenciales. Difícilmente van a votar en las elecciones parlamentarias o municipales. Es decir, congelan o suspenden su ciudadanía política entre una elección y otra. Son menos comprometidos social y políticamente que el grupo anterior.
Los ciudadanos no políticos son aquellos que han renunciado voluntariamente a su condición de ciudadanos políticos. Para tal efecto no se inscriben en los registros electorales. Rechazan la política, los partidos y la clase política. Son ciudadanos despolitizados e irresponsables, políticamente hablando. Son los menos comprometidos socialmente.
Los ciudadanos subpolíticos son todos aquellos que pueden ser ciudadanos políticos activos (es decir, están inscritos en los registros electorales) o no electores (abstencionistas activos o congelados) o también no políticos, pero que son activos ciudadanos en los espacios subpolíticos de la democracia neoliberal. Trabajan en los espacios no institucionalizados de la política democrática. Son críticos activos de la democracia liberal representativa. No rechazan la política, todo lo contrario, son cien por ciento, políticos. Por lo general, son ex militantes, ex combatientes de los sesenta o de los ochenta, altamente comprometidos con el cambio social actual: son defensores del medio ambiente, críticos del mercado; en ellos la crítica es todo. Son constructores de experiencias democráticas participativas y directas en el ámbito de los espacios locales. Son la inmensa gran minoría de ciudadanos activos en la subpolítica democrática. Ellos apuestan por la democracia radical y participativa.
De estos cuatro sectores ciudadanos el único que se encuentra actualmente representado en el Parlamento son los ciudadanos tradicionales. Sin embargo, ello no quiere decir que esa representación sea óptima. Si bien ellos constituyen alrededor del 55 por ciento de la población con derechos políticos activos y son la base de apoyo político electoral de la democracia actual, el avance sistemático de los «no electores», especialmente de los «no ciudadanos políticos», y el crecimiento lento aunque sostenido de los ciudadanos subpolíticos cuestionan profundamente el tipo de ciudadanía construida en los tiempos del libre mercado.
Una ciudadanía política fragmentada no contribuye al desarrollo de una democracia sólida, incluyente y participativa; todo lo contrario, permite que la democracia sea una democracia de los políticos más que de la ciudadanía. Las luchas ciudadanas durante la dictadura se hicieron en torno a la idea de que había que procurar alcanzar una democracia con una ciudadanía poderosa. Esas luchas fracasaron abiertamente, pues lo que hoy encontramos es la pobreza política ciudadana. El ciudadano ha sido reducido sólo a la expresión de votar (Gómez Leyton, 2003a, 2004b).
Ahora bien, frente a este «ciudadano pobre» políticamente, el neoliberalismo ha construido los «ciudadanos ricos» mercantilmente hablando. La existencia de sociedades como democracias neoliberales avanzadas supone la constitución de una «sociedad abierta», es decir, donde ambas, sociedad y democracia, se estructuran a partir de una economía de libre mercado. Y en donde el Estado se ve reducido a lo que algunos han llamado el «Estado mínimo», especialmente por la no intervención en el proceso productivo y económico semejante al desarrollado por el estado keynesiano. Evidentemente, el Estado neoliberal no es de ninguna manera débil, ni mínimo, todo lo contrario, es una forma estatal muy poderosa y está muy activo en el control y mantenimiento de la sociedad neoliberal (Gómez Leyton, 2002, 2006c, 2006e).
Advirtamos que la conformación de una economía dirigida por las fuerzas del mercado fue posible por la acción del Estado bajo el control de la dictadura militar. La configuración de la economía neoliberal es producto de la acción del Estado, el cual potencia la constitución de un ciudadano esencialmente económico, en vez de político y social, como lo hizo el Estado social keynesiano (Gómez Leyton 2006c, 2006e).
La ciudadanía, por tanto, no se realiza en el acto de la participación política o cívica, ya sea en el partido, en el acto electoral o en la organización social de la sociedad civil, sino en el acto de consumir. Se es ciudadano en la medida que se participa en el mercado. De ahí que el sociólogo Tomás Moulian, analizando la sociedad chilena hace ya diez años, haya descrito la existencia del ciudadano credit-card o ciudadano consumista (Moulian, 1997).
A este ciudadano credit-card lo encontramos, por cierto, en la mayoría los países democráticos en donde se ha instalado y desarrollado la economía neoliberal de mercado. Podemos preguntarnos si este ciudadano se interesa por la democracia o por la política; en otras palabras, si se compromete con la sociedad civil. En términos amplios, la respuesta es negativa. Por lo general, la ciudadanía credit-card es una forma de despolitización de la ciudadanía democrática, política y cívica. Ya no se concibe la política como posibilidad de deliberación y de liberalización; por tanto, la interrogación crítica no existe, fundamentalmente porque el consumo vía el crédito se ha transformado en un formidable factor de disciplinamiento social y político. La participación es plenamente mercantil, ya no se busca la integración a través de los canales políticos sino, esencialmente, de los mercantiles. En la medida que este ciudadano comete la falta de dejar de pagar, su ciudadanía se desvanece. El mercado lo expulsa. Lo reduce a una ciudadanía exclusivamente política, pobre. Es alguien que ha perdido la posibilidad de acceso a una extensión casi mágica de sus posibilidades y poderes para volver a ser nadie. Vuelve a ser un otro tipo de «cliente», aquel que depende totalmente de los vaivenes de la política. Sin embargo, no se realiza en ella. La rechaza, la niega. En ese acto, se niega a sí mismo como ciudadano. La política pierde sentido, pues ella no lo vincula con el mercado. No puede, por lo tanto, construir su proyecto de vida. Los proyectos de vida de los ciudadanos «credicales» ya no tienen como referencia la política en su sentido moderno, es decir, como construcción colectiva del futuro; su referencia directa es el mercado. Es allí donde los ciudadanos y ciudadanas, transversalmente, eligen los medios que les permiten su realización social, económica y cultural. Por consiguiente, no necesitan de la política de carácter redistributiva como la desarrollada durante la época del Estado del bienestar. La política pierde su centralidad y, por consecuencia de aquello, también los mecanismos de la democracia representativa, como, por ejemplo, las elecciones. Eso explica la creciente no participación política electoral y social que se observa en la sociedad chilena, el des-compromiso ciudadano y el vaciamiento de las organizaciones de la sociedad civil.
La existencia y masividad del ciudadano credit-card ha reemplazado en forma mayoritaria al ciudadano político-partidista-social-cívico. En términos simbólicos actualmente es más importante poseer o acceder a una «tarjeta de crédito» (master card, visa o cualquier otra) que poseer el «carnet del partido» o la cédula de votante. Por lo tanto, a este nuevo ciudadano no le interesa mayormente la competencia política en cuanto esta pone en conflicto distintos proyectos históricos de sociedad. Su interés principal es el mantenimiento del status quo político, económico, social, pero necesariamente, cultural. Por ello, políticamente definida, la ciudadanía crediticia-mercantil es conservadora y al mismo tiempo despolitizada. Produciendo una democracia y una sociedad civil: mercantil, conservadora y desmovilizada (Gómez Leyton, 2002, 2006c; Hopenhayn, 2005).
La ciudadanía social neoliberal
La fragmentación de la ciudadanía en su dimensión social se va sostener en tres ejes centrales de la sociedad neoliberal avanzada: la propiedad (individual), el consumo (en sus distintas subespecies) y la autoorganización (colectiva). Esto nos permite identificar tres tipos de ciudadanos sociales: el propietario o patrimonial, el consumidor-usuario y el colectivo-participativo.6
El ciudadano propietario o patrimonial es consustancial a cualquier régimen liberal capitalista. Sin embargo, ese tipo de propietario experimenta un cambio sustantivo en la fase neoliberal del capitalismo, pues no se trata sólo del propietario constituido desde el dominio o control de medios de producción, sino de su expansión dentro de las clases medias altas y medias en ascenso, como también entre los sectores populares o trabajadores, producto del proceso de mercantilización de los bienes básicos y del acceso a servicios.
La ciudadanía patrimonialista, propia del orden neoliberal se configura sobre dos ideas fundamentales: por un lado, la idea del ciudadano propietario; por otro, la autorregulación como base de la autonomía individual.
La dinámica de la restructuración capitalista impulsada por el capital financiero y mercantil desembocó en la reprivatización de lo social y la mercantilización de los derechos sociales y económicos de los cuales eran propietarios los ciudadanos en la fase industrial del capitalismo. La expropiación política y social por parte del capital de los derechos sociales y económicos de los trabajadores y ciudadanos en general dio lugar, en la etapa de instalación del neoliberalismo, a un ciclo de protestas y de resistencias populares y sociales desde la sociedad civil. El reclamo político exigía la reposición y la devolución de los derechos expropiados. Sin embargo, la fuerza de la idea de la obtención de «propiedad» vía la participación individual en el mercado, la resistencia del capital a la re-socialización de esos derechos ahora convertidos en bienes mercantilizados y, sobre todo, la seducción mediática del acceso a la propiedad como objeto de deseo y de poder pusieron fin a la exigencia inicial de la ciudadanía tradicional.
La adhesión de la ciudadanía nacional postautoritaria en Chile a la cosmovisión neoliberal, o su conversión a esta, especialmente en las clases medias altas y medias y también en importantes sectores populares, fue posible por dos factores: por un lado, el acceso al consumo a través del crédito, y por otro el estable y prolongado crecimiento económico que siguió a la crisis del ajuste estructural neoliberal de comienzos de los años ochenta. Este prolongado crecimiento económico se inició en 1985 y se mantuvo bajo el cuidado de las políticas económicas concertacionistas hasta la crisis asiática de 1997. No obstante, esta crisis no logra quebrar ni alterar la tendencia establecida en la segunda mitad de la década de los ochenta. Luego de dos años malos, la recuperación del crecimiento económico, si bien con ciertas dificultades, ha logrado situarse en la senda anterior. La recuperación del acceso al consumo y la ampliación inusitada del crédito hacia sectores sociales antes excluidos de este han reforzado la ciudadanía patrimonialista, como ha quedado expuesto en el acceso a bienes de consumo masivo, especialmente de electrodomésticos.
La manifiesta adhesión ciudadana a la cosmovisión neoliberal se ilustra de manera más elocuente en las nuevas urbanizaciones privadas que se construyen en los principales centros urbanos chilenos, especialmente en Santiago de Chile. Se trata de enclaves residenciales particulares protegidos por guardias de seguridad privados, monitoreados por cámaras de vigilancia, cercados con poderosas y altas rejas de fierro que no sólo son la manifestación de una demanda de seguridad, sino de un nuevo estilo de vida.
Este nuevo estilo de vida apunta a construir una sociedad civil fragmentada de individuos «semejantes», basada en la existencia de fronteras espaciales, el acceso a la vivienda propia (en lo posible separada y distinta de las demás) y la afirmación de la homogeneidad social: imponiéndose la exclusión, la separación del otro o de los otros por no ser iguales o semejantes. Se trata de la cultura social del ghetto. Somos iguales, pero defendemos y afirmamos nuestro ser social a partir de la diferencia cultural, económica y, sobre todo, patrimonial. La demanda y la exigencia de la diferencia apuntan y se dirigen a mantener el sentido de las semejanzas.
El «encierro» en el espacio privado es total y completo. Se trata de una huida hacia adentro, es una forma de manifestar el rechazo al espacio público, que es visto como una amenaza y un peligro para la conservación del patrimonio adquirido, o sea, de la propiedad. La adopción de este estilo de vida basado en la privatización de la seguridad manifiesta el acoplamiento del modelo de ciudadanía patrimonial con una nueva estructura de temores e incertidumbres, que no es contra o ante la acción del Estado ni del mercado sino, fundamentalmente, ante aquellos que no tienen los recursos materiales ni las posibilidades culturales para acceder a los bienes patrimoniales que soportan la nueva ciudadanía. En otras palabras, ante los pobres.
Los miedos que hoy expresa la ciudadanía neoliberal no tienen que ver con los miedos producidos por la acción del Estado de la seguridad nacional. La estructura de los temores y la demanda de seguridad y protección tienen que ver con una nueva polaridad (amigo/enemigo; adentro/afuera) que se constituye tanto en el mercado como en la misma estructura social de la sociedad civil. Leído a partir de sus consecuencias políticas y sociales, este modelo de ciudadanía denota una aspiración comunitaria cuya base es, cada vez más, el miedo. Lejos de proponerse alcanzar ideales de igualdad o solidaridad, la demanda de seguridad es negativa y defensiva: en el fondo ya no se trata de alcanzar algo «bueno», sino tan solo de evitar «lo peor», conservando lo que se tiene. La «utopía de la seguridad» es una aspiración que atraviesa transversalmente a la sociedad civil neoliberal, y en la medida en que los distintos grupos socioeconómicos son integrados al mercado a través del mecanismo crediticio, se extiende ampliamente.
Según estudios recientes, el ingreso promedio percibido por los habitantes de la ciudad capital Santiago de Chile, que concentra el 40 por ciento de la población total del país, permite sostener que, descartando el grupo ABC1 e incluso el E, el 80,4 por ciento cuenta con ingresos suficientes para participar activamente en el mercado (v. cuadro 3). El salario mínimo, establecido en 240 dólares, es a su vez el mínimo exigido por las entidades crediticias para otorgar créditos de consumos en una casa comercial o financiera; siempre y cuando el solicitante no tenga antecedentes comerciales negativos. La extensión del crédito alcanza tales dimensiones que actualmente los supermercados ofrecen líneas de créditos a mujeres «dueñas de casa» que no necesariamente poseen ingresos propios. También se han abierto líneas para jóvenes, ya sean estudiantes o profesionales. Según la Cámara de Comercio de Santiago, en los últimos trece años las tarjetas de crédito de las grandes tiendas se han disparado desde 1,3 millones a 7 millones. Y las bancarias aumentaron en un 43 por ciento sólo en cuatro años.
En opinión de los publicistas de la sociedad neoliberal el consumo se ha democratizado. Sin embargo, la desigualdad se ha disparado, fundamentalmente por medio de la conformación de circuitos mercantiles cada vez más diferenciados y fragmentados. Estos se han transformado en valor de cambio; el acceso a las diferentes calidades de servicios, de bienes y productos marca y señala las oportunidades en la vida social y económica y marca la emergencia de nuevas fronteras sociales, impulsando el desarrollo de categorías heterogéneas de ciudadanía (Tironi, 2005).
La expansión del modelo del ciudadano propietario ha implicado una alta valorización social del derecho de propiedad privada entre los ciudadanos y ciudadanas que viven en la sociedad neoliberal avanzada, de acuerdo con las percepciones expresadas por habitantes de distintas comunas de la ciudad de Santiago de Chile, interrogados sobre la importancia que tiene el derecho de propiedad y si este era respetado. Entre los grupos socioeconómicos que habitan comunas de ingresos ABC1 y C2, el 92,1 por ciento considera que el derecho de propiedad es «muy importante o importante» y un 65,6 por ciento opina que sí es «muy respetado o respetado». En los sectores socioeconómicos C3, el 91,8 por ciento y el 52,3 por ciento, respectivamente, piensa que es muy importante o importante y muy respetado o respetado. Por su parte, en los sectores populares, o de ingresos D y E, el derecho de propiedad es considerado muy importante o importante en un 87,3 por ciento, y un 41,2 por ciento sostiene que es «respetado». En estos sectores hay una proporción más alta que piensa que el derecho de propiedad «no es respetado» en Chile; un 55,2 por ciento así lo percibe. Las percepciones manifestadas por ciudadanos y ciudadanas confirman la fuerza que tiene el modelo ciudadano propietario.



Con todo, el núcleo de la ciudadanía neoliberal es la figura del ciudadano consumidor. En efecto, esta figura conlleva la idea de que los individuos requieren otro tipo de derechos ciudadanos, como son los derechos y deberes del consumidor. La Ley N° 19.496, publicada el 7 de marzo de 1997, constituye una normativa marco a cuyas disposiciones quedan sujetos los actos jurídicos que, de conformidad con el Código de Comercio u otras disposiciones especiales, tienen el carácter de mercantiles para el proveedor y civiles para el consumidor.
El establecimiento de esta normativa permitió dar un salto significativo al interior de la ciudadanía credit-card: del ciudadano «consumidor puro» al ciudadano consumidor- usuario. El primero facilita el des-dibujamiento de la matriz conflictiva de lo social, ocultando y despolitizando los efectos excluyentes iniciales del régimen económico neoliberal. Sólo cuando se consolida y se extiende a toda la sociedad, el consumo neoliberal abre espacios de inclusión e integración social de carácter mercantil; ocultando tras esa inclusión la cuestión de las desigualdades sociales.
Este ocultamiento ideológico nos revela la importancia crucial del consumo en tanto dispositivo de legitimación de la sociedad neoliberal desde los años noventa al desaparecer los dispositivos represivos de la dictadura, a través de mecanismos políticos democráticos que privilegiaron fuertemente la «seducción individualista» mediante la revalorización del triunfo y la competitividad individual. Lo particular del modelo ciudadano consumidor puro es que fue avalado por todas las fuerzas del establishment político. Es decir, por los partidos conformes con el sistema.
La intensidad de la expansión del consumo y del crédito ha impulsado a los ciudadanos a conformar nuevas formas de organizaciones sociales. La sociedad civil se ha puesto en movimiento especialmente para constituir un nuevo tipo de ciudadano, el ciudadano consumidor-usuario o el ciudadano cliente. Este nuevo tipo de ciudadano es el que comienza a ocupar hoy en día el centro de la escena del espacio público.7
La forma que adoptó el proceso de privatizaciones durante la dictadura militar pinochetista, la conformación de mercados monopólicos y la misma presencia de la dictadura limitaron severamente la emergencia del ciudadano-usuario. Ello explica que sólo en democracia los derechos de los consumidores comienzan a ser considerados como parte de los derechos de los ciudadanos, al tiempo que se constituyen las primeras organizaciones de consumidores. Actualmente existen diecinueve a lo largo y ancho del país, destinadas a defender los derechos de los consumidores-usuarios. Cabe señalar que antes que garantizar el escenario apropiado para la gestación de un hipotético «control ciudadano», ejercido por el consumidor-usuario, la dominación política neoliberal se encargó de proclamar su existencia virtual, asegurando, al mismo tiempo, su inviabilidad empírica. En los hechos, la virtualidad del consumidor-usuario fue compensada por la ostensible centralidad que adquirió el consumidor puro, imagen impulsada por el modelo neoliberal dictatorial.
El declive inevitable de la figura del «consumidor puro», asociada al dispositivo de dominación pinochetista, nos advierte sobre la importancia estratégica que adquiere en la actualidad el ciudadano consumidor-usuario. En ese sentido, la primera condición para la emergencia de este es que se restituyan o se establezcan nuevas capacidades estatales para fiscalizar, supervisar y regular la acción del mercado, así como el fortalecimiento y capacidad de autodeterminación de las propias organizaciones de consumidores.
Por lo tanto, vale la pena preguntarse si la condición de posibilidad del consumidor-usuario no abre nuevas oportunidades y desafíos ciudadanos, en la medida en que su potencial realización puede colocar en el centro la discusión sobre las bases de un nuevo pacto social. Tengamos en cuenta que su «realización» interpela tanto al Gobierno como al mercado. Un ejemplo de ello fue la protesta de los ciudadanos-usuarios-estudiantes que demandaban un mejor servicio educativo, a través del mejoramiento de la calidad de la educación (v. nota 7).
No hay que olvidar que el espacio del ciudadano-usuario es más elástico de lo que muchos suponen, ya que la cuestión de los servicios recorre transversalmente la sociedad, al tiempo que, como de costumbre, afecta de manera más severa a los sectores económicamente más vulnerables.
Desde estos sectores sociales se configura el tercer tipo de ciudadanía neoliberal: la asistencial-participativa. Esta, lejos de prescindir del Estado, señala su omnipresencia, aunque mediada por diferentes tipos de organizaciones sociales de la sociedad civil, especialmente las ONG. A través de la articulación entre políticas sociales focalizadas y redes de organizaciones comunitarias, el Estado neoliberal se instala en el territorio natural de los movimientos sociales poblacionales o urbanos y desde allí desarrolla una dinámica de ampliación y socialización de esos sectores para integrarlos plenamente en la sociedad neoliberal; mostrando con ello que su función no sólo apunta a la gestión de las necesidades básicas, sino, de manera general, a controlar la existencia y la reproducción de la vida de los sectores populares y de los sectores populares pobres.
La autoorganización de estos últimos no sólo asume un carácter unívocamente funcional a la dominación y a la reproducción de la hegemonía neoliberal: hay que señalar que esa organización social colectiva también es, por un lado, un imperativo impulsado desde arriba con claros objetivos de control social, pero por otro lado es el resultado de las luchas «desde abajo». Estas organizaciones logran desarrollar nuevas formas de participación mediante la autoorganización territorial y el desarrollo de prácticas sociales de carácter comunitario y solidario, lo cual les permite reconstituir identidades sociales y re-significar los espacios locales. Pero no necesariamente alterar las bases de la dominación neoliberal.
Aunque las nuevas e incipientes formas de participación ciudadana popular se han convertido en el espacio de producción de movimientos sociales innovadores, esta forma de ciudadanía se emparenta con la acción social y política de los ciudadanos sub-políticos a los que nos referimos más arriba, que tienen escasa o nula incidencia en el sistema político imperante en la sociedad neoliberal avanzada.
La reformulación de la relación entre Estado, mercado y sociedad civil que se tradujo en un severo retroceso de los derechos sociales, económicos, civiles y políticos creó las estructuras políticas de oportunidades para la conformación de una nueva forma ciudadana: la ciudadanía neoliberal, que constituye el eclipse del modelo de ciudadanía social y colectivo instalado con el desarrollo capitalista industrial (Gómez Leyton, 2006c, 2006e).
Todo lo anterior nos permite caracterizar la sociedad chilena como una sociedad neoliberal avanzada. En ella la mayoría de las fuerzas sociales y políticas han aceptado y adoptado el neoliberalismo. No hay mucho espacio para el cuestionamiento de lo existente. Todas y todos son «neoliberales» en Chile, sean de derecha, centro o izquierda (Gómez Leyton, 2002, 2004b, 2007).
A modo de conclusión
Las tres décadas de neoliberalismo en Chile tienen dos fases claramente marcadas en lo que se refiere al régimen político, pero no al tipo de sociedad y forma de Estado que se ha constituido y desarrollado. La primera es la fase dictatorial, entre 1975 y 1990; fase de instalación, crisis y reajuste del proceso de neoliberalización del capitalismo nacional. La segunda, la democrática, entre marzo de 1990 hasta la actualidad, es la de consolidación, profundización y ampliación de la sociedad neoliberal.
Los distintos Gobiernos democráticos en el poder desde marzo de 1990 conformados por la Concertación de Partidos por la Democracia, una coalición de organizaciones políticas de centro izquierda (Partido Demócrata Cristiano, Partido Radical Social Demócrata de Chile, Partido por la Democracia y Partido Socialista de Chile) han continuado y expandido el modelo de acumulación capitalista neoliberal.
Así, en los primeros seis años del siglo XXI la sociedad chilena fue gobernada por un presidente socialista, Ricardo Lagos Escobar, militante del mismo partido de Salvador Allende; lo cual es sólo una triste coincidencia, pues a diferencia de Allende, que murió luchando por una sociedad justa, igualitaria y solidaria, Lagos terminó su gobierno manteniendo a Chile entre los países de peor distribución de ingresos en el mundo, con tasas de personas con problemas de trabajo muy altas, que no permiten afirmar que el crecimiento registrado se utilizara en «beneficio de la mayoría». La concentración de los ingresos y de la riqueza siguió siendo muy fuerte en beneficio de las mismas minorías de siempre, como lo demuestran las tasas de ganancia exorbitantes de las empresas transnacionales cupríferas o de los principales grupos económicos, de manera que las políticas macroeconómicas no se emplearon en orientar en un sentido redistributivo los incrementos de los ingresos originados por el crecimiento económico (Fazio, 2006; Fazio y Parada, 2006; VV.AA., 2006).
Un alto funcionario del Gobierno de Lagos, el director de Presupuesto Mario Marcel, al momento de hacer el balance de la gestión gubernamental, señaló: «hemos ido revalorando más de lo bueno de muchas de esas reformas [refiriéndose a los años de Pinochet], e identificando dónde están las cosas que no funcionan». Por esa razón, el ex ministro de Hacienda de Pinochet, Sergio de Castro, expresó que «el gran mérito del [primer] Gobierno [concertacionista] de Patricio Aylwin fue precisamente validar el modelo. Todo el mundo esperaba que una vez en el gobierno iban a deshacer totalmente el modelo, pero no fue así». Y, agregó que el socialismo ya adoptó el modelo, así que, ¿qué peligro va haber? Hoy está asentado.
A pesar de que algunos analistas sostienen que estarían en retirada en el mundo, especialmente desde que se inició la última crisis económica a fines de los años noventa, las concepciones neoliberales mantienen en Chile su hegemonía. Ese es el gran mérito de la Concertación, haber legitimado el neoliberalismo en la sociedad civil chilena.
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Notas
1 En Gómez Leyton 2003, hemos desarrollado la idea de que la historia reciente de América Latina se caracteriza esencialmente por el desarrollo simultáneo producto de la restructuración capitalista del mercado y de la sociedad civil.
2 En nuestra comunicación «En busca de las alternativas perdidas al neoliberalismo latinoamericano» hemos expuesto los elementos metodológicos y teóricos que nos permiten calificar una determinada sociedad latinoamericana como «neoliberal avanzada». Ver Gómez Leyton, 2006b.
3 Para este análisis nos hemos apoyado en el trabajo colectivo compilado por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE, 2003).
4 Según Moulian (2004:13), la «seudopolítica corresponde a la simulación, al despliegue de conflictos acalorados pero ficticios, cuya puesta en escena puede ser virulenta pero en realidad solo es una nueva variante de un nuevo espectáculo, la entretención de la política.(...) La seudopolítica busca generar la imagen de la hiperpolitización, una de cuyas expresiones sintomáticas es una preocupación obsesiva por los personajes políticos. La prensa, la televisión y las radios multiplican las noticias políticas, pero sus temas son el chismorreo (generalmente morboso, pero en ocasiones solo frívolo) sobre las vidas privadas de los hombres públicos y los trascendidos sobre los casos de corrupción, tratados de manera desigual y sesgada. La seudopolítica busca el asesinato de imagen de la política, para convertirla en impotente».
5 La abstención política en Chile alcanza al 47,5 por ciento. Este porcentaje considera tanto la ciudadanía que no concurre a votar en los torneos electorales, como aquellos que votan en blanco o anulan su voto. Pero también se considera a las y los ciudadanos que no están inscritos en los registros electorales y que actualmente llegan a 2.400.000, aproximadamente el 22 por ciento de la ciudadanía con derecho a sufragar (Gómez Leyton, 2003a, 2004a, 2004b).
6 Seguimos aquí los planteamientos de Maristella Svampa (2005) para el caso argentino.
7 Ejemplo de esta nueva forma de movilización social organizada desde la sociedad civil neoliberal fue el movimiento de los estudiantes secundarios demandando la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Educación, LOCE, en función del mejoramiento de la calidad del servicio educativo suministrado por los agentes del mercado de la educación básica y secundaria nacional, especialmente por los sostenedores de colegios y liceos particulares subvencionados por el Estado. Para un análisis de la protesta social y política en las sociedades neoliberales avanzadas, ver nuestro trabajo en Gómez Leyton, 2006d.














