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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508versión On-line ISSN 2443-468X
CDC v.26 n.70 Caracas abr. 2009
La revuelta de los estudiantes venezolanos del 2007
El levantamiento político de una generación
Ramón Casanova*
* Profesor Titular del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes de la Universidad Central de Venezuela. Correo-e: kasanobar@yahoo.com
Resumen
Se analizan las identidades del movimiento de los estudiantes universitarios venezolanos que surge en el 2007 y continúa hasta hoy. Se atribuye su origen a la época política que vive la sociedad, marcada por el intento de instaurar un nuevo orden. Por ser parte de una extensa generación que asimila los valores de la revolución cultural neoconservadora que se instala en el mundo, y por desplegar su ciclo vital dentro de cambios en el funcionamiento social y educativo de la institución universitaria que trastocan la condición estudiantil, experimentan la época como una amenaza a sus expectativas de futuro. Describiendo las representaciones que se hacen del movimiento y las que los estudiantes tienen de sí mismos, se argumenta a favor de una interpretación que los hace parte de las reacciones políticas de las clases medias al orden naciente.
Palabras clave: Movimiento estudiantil / Identidades políticas / Valores culturales / Ciclo vital y época / Transformación institucional de la universidad y origen social de los estudiantes
Abstract
The paper analyzes the identities of the movement created by Venezuelan university students that began in 2007 and continues to date. Its origins are attributed to the epochal political and social circumstances, marked by the aim of establishing a new order. Being part of a generation that assimilates the values of the worldwide neo-conservative cultural revolution, and with its life cycle developing along changes in the social and educative function of the university that modify the student condition, they experiment the epoch as a threat to their social expectations. Discovering the public representations of the movement and the ones that students have of themselves, we favor an interpretation that makes them part of the political reactions of the middle classes to the nascent order.
Key words: Student movement / Political identities / Cultural values / Life cycle and epoch / University institutional transformation and social origin of the students
RECIBIDO: MARZO 2009
ACEPTADO: ABRIL 2009Introducción
Hacia el año 2007 el potente movimiento de las clases medias que ocupó las avenidas de Caracas durante los primeros años del siglo en un intento furioso por arrasar con el orden instaurado ocho años antes, se desgató al fracasar las tentativas de su derrocamiento. De las cenizas y del deseo de revancha surgió la revuelta estudiantil que explotó en las universidades en mayo de ese año y que continúa hasta ahora manteniendo caliente la atmósfera.
Explicar las motivaciones políticas que alientan la revuelta implica explorar las mentalidades de los estudiantes en la época excepcional en que les ha tocado vivir. El de una sociedad conmovida por el afloramiento de intensos antagonismos que traspasan la misma gobernabilidad, para extenderse a los idearios del mundo que se quiere.
Por ello, debemos hablar de una revuelta que encuentra en los eventos de este tiempo las motivaciones para actuar. Ahora bien, ¿qué subjetividad impulsa al movimiento?, ¿integran los estudiantes un gap generacional con imaginarios diferentes a aquellos que les fueron propios a las generaciones de las rebeliones que disparó en casi todas partes un mayo francés del año 68?
Intentamos acercarnos a tales interrogantes valorando el síntoma de la época al interior de las representaciones que han venido haciéndose del movimiento y las que los estudiantes han hecho de sí mismos.
Son la parte más reciente de una historia ya bastante avanzada: la revolución neoconservadora de la era del thatcherismo y el reaganismo, que en los últimos treinta años ha venido trastocando los valores culturales en todo el mundo. Pero más. Suponen en la sociedad venezolana, las consecuencias de mutaciones de la organización universitaria, de culturas académicas y de estrategias educativas definidas alrededor del control del don escolar.
Sólo que precisamente por la época, les ha correspondido darle expresividad política a su generación en ese mundo dramático del nacimiento de un orden en el cual no se encuentran y que es percibido como un fantasma que amenaza sus instituciones y sus expectativas de futuro.
Los años noventa dan lugar a un ciclo de intensas transformaciones de suyo decisivas para el entendimiento de las protestas de los estudiantes universitarios venezolanos. Las instituciones privadas pasan a ser mayoritarias, y las públicas, acorraladas financieramente, casi desapercibidamente experimentan modernizaciones en el currículum de cursos y carreras. Las aspiraciones de los segmentos mejor educados dentro de los más escolarizados, aquellos que logran salvarse de los filtros de la eliminación en la enseñanza media, ingresan a establecimientos y eligen preferentemente carreras de alta valoración en los mercados de mejor remuneración. Lo harán en culturas académicas no sólo remozadas según los medios de reconocimiento de las profesiones en el circuito internacional normalizado de la educación, sino igualmente en estilos intelectuales propios de una cultura meritocrática. Serán transformaciones que terminarán, entonces, redefiniendo la condición estudiantil.
La revuelta se desenvuelve afuera de las universidades y sin señales de disentimientos con las formas establecidas del trabajo académico. Sí, con demasiadas, hacia el deseo de «detener el mundo» que sale a flote con la instalación de un poder que se pretende en la corriente histórica del poder revolucionario. Por eso anotaríamos que lo que se adhiere a la piel de los estudiantes no es, como en los movimientos desde la reforma de Córdoba, la pulsión prometeica de la rebelión contra los dioses, sino otra, aquella que emergerá de la metamorfosis neoconservadora, que, entre otras cosas, desplazará en buena medida, como fuente de producción de valores, el territorio escolar por los espacios del ocio y el consumo cultural.
La inteligibilidad de la revuelta es posible, entonces, en la exploración de los desencuentros entre sus valores y los eventos que emergen dándole materialidad a un orden que aspira a trastocar el mundo venezolano de los últimos cuarenta años; mundo en el cual progresivamente los mecanismos de socialización de los jóvenes armaron identidades políticas que se desprendieron de las fidelidades igualitaristas que han estado en el corazón de todas las revueltas estudiantiles de la modernidad.
Muchas de las interpretaciones son apenas conjeturas, «hipótesis oscuras» (Feyerabend, 1995), que surgen a contracorriente de las más aceptadas en los escasos estudios dedicados al movimiento. Han sido hechas con la esperanza de comenzar a incentivar la investigación de un fenómeno social novedoso, opacado en la comunidad académica nacional por las mismas tensiones que despierta. En este sentido, este trabajo está escrito a medias entre el ensayo y la monografía sociológica.
Como sea, al leerlo quedará claro que nuestra aproximación no es desde cualquier campo teórico y político, sino desde aquel que se despliega en la comparación con los imaginarios que han acompañado el «realismo» de los estudiantes por «el asalto a lo imposible» al interior de una «ética de la liberación» (Dussel, 2000).
Las interpretaciones que aquí presentamos provienen de los análisis de materiales hemerográficos que ilustran las intensiones e intereses que afinan las identidades; de registros documentales que testimonian los territorios de acción, las preferencias y elecciones culturales; de fuentes estadísticas que informan sobre las variables que vienen transformado la condición social y escolar de los estudiantes; y de argumentos teóricos de las sociologías que hablan de los sentidos que mueven hoy día ese universo escurridizo que es el ser joven.
Una interpretación: las tensiones de una época y el viraje de los estudiantes de una generación
Independientemente de la interpretación que se pueda tener sobre el propósito que escondían las protestas que coparon las universidades casi todo el año 2007, lo cierto es que la convocatoria a tomar las calles despertó una profunda movilización que caló en el alma de las masas estudiantiles. ¿Cómo explicarlas?, ¿por qué persistirán en el tiempo hasta hoy?
No sin astucia, los publicistas han querido estimularlas sugiriendo que no son otra cosa que la renovada aparición del impulso «natural» que mueve desde siempre a los estudiantes. Bástenos con mencionar que en un reciente especial de un periódico universitario (Desde otro lugar, 2008) que esboza una cronología, las mismas aparecen asociadas, por ejemplo, a la revuelta de Berkeley contra el tradicionalismo de administración universitaria y a favor del movimiento por la igualdad racial,1 a la comuna del mayo francés,2 al levantamiento de los estudiantes mexicanos cansados del inmovilismo autoritario del establishment3 (Petkoff, 2008; Pinardi, 2008). Y La izquierda intelectual, por su parte y con algo de simplismo, las ha mirado sólo como uno más de los juegos de guerra ensayados para derrocar el nuevo poder constituido en 1999. Pero hay algo más en el fondo.
Intentaremos argumentar que en realidad ambas interpretaciones son insuficientes y que las protestas expresan la presencia en la escena política, a través de las cohortes de los estudiantes del 2007,4 de una generación que viene evolucionando en sus mentalidades al interior de la revolución cultural mundializada de la que habla Ronal Inglehart (1991). Por lo demás, y esto es decisivo para su comprensión, articulándose a un movimiento defensivo de las clases medias para proteger los espacios de reproducción educativa conquistados progresivamente durante el ciclo modernizador que toma vuelo a partir de la década de los sesenta.
Siendo así, no nos debería sorprender que aparezca un movimiento estudiantil de signo «restaurador», ni la magnitud que tuvo y tiene. Al fin y al cabo, en tiempos como el que vive la sociedad venezolana, siempre han tomado forma reacciones con signos similares.
Ya con más tiempo para decantar interpretaciones dentro del imaginario que se ha venido creando sobre el movimiento, Fernando Mires recientemente lo definirá ciertamente como reactivo y defensivo de la sociedad civil; un espacio que para nosotros ha sido «colonizado» por los movimientos de las clases medias. Dirá Mires (2009):
Ahora, cuando una asociación, en este caso el Estado, intenta subordinar o reprimir a las demás asociaciones, la llamada sociedad civil reacciona en defensa propia. De ahí se explica el carácter reactivo y defensivo que asumen las luchas antichavistas dentro de las cuales las estudiantiles son, por el momento, las más significativas. Ellos, los estudiantes, para decirlo en términos breves, están luchando en contra de la estatización de la sociedad. Estatización que, dado el carácter del régimen, llevaría, tarde o temprano, a su militarización.
¿Qué lo explica? Inicialmente diremos que la revuelta universitaria del año 2007, además de ser la consecuencia de aquel giro cultural que se despliega entre nosotros con fuerza en las décadas de los ochenta y noventa, evidenciará el impacto de cambios sociales e institucionales en la anatomía de la universidad venezolana.
Y es que los estudiantes de las cohortes que cursan en la universidad son el resultado de recomposiciones del mundo social que emerge con la implantación de la economía neoliberal y que «cierra» las probabilidades objetivas de movilidad hacia el espacio mesocrático. Probabilidades dadas en el momento «fácil» de la expansión de la universidad de masas simplemente con la obtención del diploma universitario. La implantación de una sociedad de mercado total (Hinkelammert, 1987) favorecerá en adelante a los segmentos medios que lograron controlar intergeneracionalmente, por mecanismos que expondremos más adelante, las mejores educaciones.
Por el período histórico, vivirán sus experiencias, como toda la generación, en la recepción de los valores del hedonismo cultural (Bell, 1981) experimentando identidades distintas a las que fueron el sello de las rebeliones universitarias de los años sesenta, pues no los alienta ya la memoria de los imaginarios que hicieron las sensibilidades de estas. Hablamos, entonces, de las franjas más nuevas de una voluminosa y extendida generación que aceptará los idearios de vida del capitalismo liberal como horizonte de futuro. Idearios adquiridos sobre todo en el tiempo cada vez más ampliado que pasan en los territorios de sociabilidad de los consumos culturales que los organizan en la atomización de los micromundos de las tribus y la dispersión en las rutas del ocio. Micromundos y rutas que funcionan para promover la exaltación subjetiva del derecho a la autorrealización por sobre todo, la búsqueda de la felicidad en el goce intimista; en fin, la glorificación del individualismo a la hora de valorar cualquier aparición de lo que pudiera parecerles un Moloch colectivista y un Leviatán autoritario.
Si estamos en lo cierto, tal vez debamos hablar de un movimiento que engarza con la ofensiva de las nuevas claves conservadoras que se extienden por el mundo. Y es que en el panorama de las ideas con las que se nos quiere convencer de la necesidad moral de esa sociedad de mercado total no hemos escuchado a Sarkozy anunciar extinto el espíritu del mayo francés. Y, antes, al mismo Daniel Cohn-Bendit, en su Forget 68, solicitar que olvidemos el 68. O a las «nuevas generaciones»5 invocar el deseo de la muerte del «prohibido prohibir» y el imperativo del retorno de una ética puritana.
Tal vez, entre otras cosas, para que terminemos aceptando la bondad de esa otra idea de universidad que sale del cálculo instrumental de convertirla también en un mercado más este mundializado de servicios, girando alrededor exclusivamente de los objetivos de la valorización del capital (De Souza, 2008). Y que, por lo tanto, requiere de la pacificación en la memoria de los estudiantes de hoy de la tradición humanista original de la universidad. Aquella que la pensó como la conciencia crítica de la época.
Si, quizás, entonces, el movimiento sea, además, un indicio por estos lados del ocaso de aquel espíritu que se esperanzó con otro mundo: el de las utopías marcusianas de la desalienación del trabajo. Verdadero programa político para una rebelión antisistémica. Y se percibe. En las mentalidades de los estudiantes de la revuelta del 2007 hay pocas cosas que testimonien la conexión con la invitación a «desarreglar el mundo». Tan sólo pretenden seguir siendo los herederos (Bourdieu y Passeron, 1969) en una maquinaria escolar que propende a educarlos para ello.
Como sea, y ampliando los argumentos, el movimiento expresa políticamente el malestar de las clases medias en una época de crisis y reconstitución del orden social que tiene de singular trastocar material y subjetivamente los andamiajes institucionalizados de jerarquías y estatus sociales. Visto desde el malestar, podemos entenderlo como la respuesta de las cohortes más nuevas de tal generación que tienen de particular experimentar su ciclo vital en los espantos de la revolución, cualquiera que sea su promesa. Viven esos espantos ambicionando el destino de sus padres y hermanos, el de ser una «élite tecnocrática», percibiendo la necesidad «natural» de la protección de las barreras educativas y sociales que desde hace un tiempo le han servido para asegurar la reproducción de su condición.
Y por ello, sin lugar a dudas que suponen un retorno al interés político de los estudiantes, más allá de los conflictos distributivos contra los mecanismos de discriminación que emprendió un «proletariado» universitario en los años duros de las reformas liberales. Años en los que por cierto, por la diferenciación social y académica de las categorías del estudiante en la universidad de masas latinoamericana, se anunció provocadoramente la muerte del movimiento estudiantil (Brunner, 1985).
De cualquier manera, las protestas llaman la atención por la ausencia de conflictividad hacia adentro, hacia el funcionamiento de las universidades, y por la concentración de sus objetivos en una agenda política de «vuelta al pasado inmediato». Los itinerarios de la ocupación de las calles por parte de los estudiantes dicen de ello: la clausura de un emporio privado de los mass media, el proyecto de una reforma constitucional que desmontaría engranajes de antiguos poderes, la enmienda para asegurar una permanencia del liderazgo que gestiona el nuevo orden. Verdadera lucha de contrarios entonces, y no simples oposiciones negociables, indicándonos que la sensibilidad del movimiento no es otra que la de una revuelta desde su clase más que una rebelión contra ella. Algo que sí estuvo rondando en el mayo francés.
Desde el comienzo reivindicarán, pues, tal agenda política. Ya Stalin González6 (2007) lo indica en momentos de la reforma: « hemos ido a las instituciones con el tema de RCTV,7 del cual no se nos dio respuesta. Y ahora con el tema de la reforma hay que darle respuesta ». Más adelante agregará: «Es el mismo tema que usamos con RCTV; el problema no era el fin de RCTV, sino el de la libertad de expresión» (ibíd.).
Algo nos dejan ver las motivaciones que quedan implícitamente afuera, y que iremos presentando a lo largo de nuestra valoración. Al contrario de los movimientos clásicos universitarios, no incluyen en sus manifiestos lo que ha sido típico de estos: un rechazo a los ceremoniales de los exámenes, cursos y grados de las carreras y a los rituales del poder académico, una crítica a las finalidades sociales de la universidad realmente existente. Demandas que sí estuvieron, por ejemplo, en el «arielismo» de la reforma de Córdoba y en el «garibaldismo» de generación venezolana del 28.8 Retoman, sí, sus imaginarios educativos, diluyéndolos en un movimiento civil9 cuyas raíces se pueden encontrar en los movimientos internacionales que se entroncan con una visión patricia de la democracia.
Si nuestros argumentos son válidos, es posible considerar que sin los factores que hicieron explosión con la crisis del orden y, sobre todo, con el rumbo que tomó la recomposición del mismo, el movimiento no hubiese ocurrido. Aunque sus posibilidades estaban dadas en las tendencias culturales que venían cuajando mucho antes y que, hemos enunciado, será la tremenda eclosión igualitarista la que sacará a flote lo que permanecía soterrado hasta entonces.
Su originalidad y su arraigo en las masas universitarias provendrá de una diferencia: el distanciamiento del militantismo que quedó como residuo del activismo político en las universidades públicas en los años sesenta,10 refugiado ahora en un sindicalismo estudiantil que sólo tendrá relevancia en el «proletariado» estudiantil del que hemos hablado. Un sindicalismo funcionalizado como una poderosa fuerza de presión hacia las administraciones académicas. Armado de un programa mínimo alrededor de las negociaciones por las decisiones en torno a la distribución de los financiamientos, este sindicalismo se convertirá en un micropoder integrado al establishment.11 Paradoja, puesto que el activismo rebelde de los años sesenta terminará así domesticado en un ultraizquierdismo, y el grueso de las masas desentendidas de la vida de sus instituciones; cerrándose así en Venezuela la fase del movimiento estudiantil por la renovación universitaria.
Con la novedad del rechazo a la cultura política del ultraizquierdismo, el movimiento tendrá, entonces, un poder de convocatoria que agregará el espectro casi completo de las instituciones universitarias; sólo que deberá mucho a la recreación que le concederá esa nueva ágora democrática que son las industrias de la comunicación.
El giro de las universidades
Antes de entrar de lleno a revisar las identidades políticas del movimiento, conviene a estas alturas de nuestra interpretación describir cuáles son las modificaciones institucionales y sociales que comienzan a darle nueva forma a la universidad. Y dentro de estas, las representaciones con las cuales es pensando el movimiento.
La década de los noventa, alentada por los organismos internacionales que promueven reformas en las universidades para el ajuste de las mismas a la reestructuración mundializada neoliberal de las economías y las sociedades,12 es la década del crecimiento de la universidad privada13 y de la modernización de las universidades públicas.14 Estas lógicas de redistribución institucional y de modernización impulsan hasta hoy, en menor medida que en otras sociedades de América Latina, la conversión de las instituciones en verdaderos centros de promoción de culturas académicas que trastocan los sentidos con los cuales se pensaron y definieron sus diseños y objetivos.
Culturas que desplazan las reglas de reconocimiento de las disciplinas del currículum de las carreras, recurriendo a fuentes de valoración externas, ahora cada vez más asociadas a las conveniencias de empresarios que entran de lleno a la financiación y gestión universitaria.
¿Qué tiene de importancia para lo que nos interesa?, pues que el espacio de las elecciones educativas se desplegará, entonces, preferentemente según otros criterios, especialmente económicos, de utilidad de los saberes, donde buena parte de las decisiones sobre lo que es bueno enseñar se corresponderá con intereses de rentabilidad de los nuevos promotores que empiezan a emplazar verdaderas industrias académicas (Giro, 2008).15 Un ejemplo sintomático será la introducción de carreras definidas por un pensamiento operativo: «ciencias de negocios», «ciencias del gobierno».
Pero más, que los nuevos criterios impactarán los mundos de la sociabilidad de los estudiantes, dando lugar a un «currículum oculto» asociado ahora a la construcción de valores políticos según el prestigio que adquieren las nuevas fuentes de reconocimiento y valoración de las culturas académicas, por cierto visibilizadas además por los mass media, que se comportan como agentes pedagógicos de formación de la opinión política de los estudiantes.
Nos atreveríamos a decir que ha sido por este tipo de mecanismos que la revuelta se ha dotado de una identidad.16
El rector Luis Ugalde [Universidad Católica Andrés Bello], uno de los intelectuales con más influencia en la ideología del movimiento, describirá una hagiografía salvacionista de la revuelta, sirviéndose literariamente del imaginario de una sociedad descompuesta, violenta y acosada por la tentación autoritaria.
Los vi de lejos con asombro y los sentí cerca y por qué no decirlo con admiración y solidaridad Fuera de nuestro país me preguntaban por el régimen y por ustedes y respondía con orgullo que en ustedes Venezuela lucha por su libertad y que nuestra amenazada democracia tiene futuro También percibí desconcierto de los cegados por el poder a quienes con razones ustedes enfrentaban. Las botas sólo tienen poder de aplastar a los que se arrastran y poco pueden contra las conciencias que vuelan alto. A la larga, frente a los cascos y los fusiles, triunfan la dignidad y la conciencia con las manos abiertas y tendidas para el necesario abrazo nacional. (Ugalde, 2007).
Teodoro Petkoff, iniciado en el movimiento estudiantil de los años cincuenta, con evaluaciones menos retóricas y más prudentes, casi nostálgicas de los imaginarios rebeldes que coparon buena parte de su vida intelectual y política, escribirá sobre el destino de la revuelta.
¿El futuro de ese movimiento? No lo sé. Como pasa con el país opositor , sólo la presencia de Hugo Chávez, como la de Pérez Jiménez antier ha permitido la unidad, portentosa que haya sido, de los más variopintos matices e intereses de la palestra política. A los cuales unen palabras fundamentales pero demasiado polifónicas, equívocas, usadas: democracia, paz, sentido común Sí, justamente en esta hora de fuego creo que lo que se necesita es sutileza y tenacidad y no destemplanza y maromas ( ) Tienen un lugar privilegiado y limitado en la lucha política. Son muchos los ejemplos que nuestro pasado nacional nos ofrece al respecto, el 23 de enero del 58 para no ir demasiado lejos. Marcuse tenía sus razones para considerar su enorme potencial para el cambio social, el de no estar todavía en los lugares precisos y codificados de la sociedad mercantil. Pero exageró, lo mostró la historia, aquel mayo hermoso y fugaz (Petkoff, 2008:1).
Agustín Blanco Muñoz (2008), corrosivo y escéptico, no dejará de describir lo que le parece ser su origen político: «Los dirigentes estudiantiles sirvieron entonces como especie de señuelo o garantía para la gente. Ahora cuando guardan silencio ante la monstruosidad del [ referéndum] 02D, y cada quien jala para una tolda política, queda claro que lo único nuevo es ver el control y coordinación mediática para vender dirigentes estudiantiles al mayor y al detal ». Y, preguntándose por la propia existencia del movimiento concluirá: «Lo que no sabemos es hasta cuándo aguantará un colectivo que ya no cree ni en unos ni en otros [los partidos], y que es objeto de las mayores miserias. ¿Cuál movimiento estudiantil podrá enfrentar esta monstruosidad?» (ibíd.).
Un ciclo vital en una época singular. La pesadilla de vivir al borde de una revolución, de cualquiera revolución
Ahora bien, precisando, ¿quiénes integran el movimiento y que experiencia define su ciclo vital? Apegándonos teóricamente a la definición demográfica de la juventud17 y teniendo en cuenta las edades legales de la escolarización, los estudiantes universitarios del año 2007 nacieron entre el 86 y el 93 y están conformados por varias cohortes.
Incluirán residualmente a las cohortes que nacieron en el 84 y 85, que en el 2007 tenían ya 24 y 25 años. Pero, en esencia, a los que nacieron entre los años 88 y 93, que ingresaron y están cursando en las universidades aún en el 2009. A los que nacieron entre el 89 y el 93 y que siguen siendo estudiantes en el 2009. A los que nacieron en el 88, que serán estudiantes en el 2007 pero saldrán en el 2009, y a los que nacieron en los años 86 y 87, que serán las cohortes más viejas y dejarán de ser estudiantes al concluir el 2007 o al año siguiente, aunque seguirán siendo jóvenes y continuarán teniendo influencia, sumando aquellos que alargaron sus escolaridades. De cualquier manera, el movimiento adquirirá un rostro especialmente por los nacidos entre el 88 y el 93, que serán los más numerosos y que podrán en buena medida, junto con los que comienzan a ingresar, continuar el movimiento más allá del 2009.
¿Qué los hace singulares dentro de, repetimos, una generación que viene transformando sus mentalidades desde la década de los ochenta y noventa? Como indicamos, no la edad sino las consecuencias de experimentarla en medio de la crisis del orden político y al interior de la percepción de los riesgos que amenazan sus condiciones materiales de vida y sus expectativas subjetivas de futuro. Siendo las últimas cohortes de un cambio intergeneracional de largo aliento en los valores culturales iniciado por sus abuelos, que viven también las experiencias de los años de las generaciones de los sesenta, y de sus padres, que asimilan plenamente estos valores que definirán sus orientaciones y estilos de vida; sin embargo, sus identidades se conformarán influidas por los efectos de período de ese hecho decisivo.18
Y es que el contingente mayoritario de quienes ingresan y cursan en las universidades y participan en el movimiento estudiantil del 2007 o no habrán nacido o no rebasaban los seis años cuando sucedió el «caracazo». Seguirán siendo niños cuando ocurra el alzamiento militar y se harán jóvenes y universitarios en las dinámicas de los años de las sacudidas que han marcado la intensa experiencia de política venezolana, constituyendo su mundo vivido.
Y heredarán de su generación, de las cohortes de sus abuelos y padres que forman parte de un gap generacional19 y pertenecen a ciclos vitales más estables opiniones y juicios, que precisaremos más adelante, imbuidos por la apatía política, la aceptación abúlica del «sistema», el descreimiento en relación con las instituciones.20 Transformados en el sostén de una sociedad mesocrática, de por sí olvidaron sus biografías, sacudidos por el desvanecimiento de los idearios emancipadores que muchos de ellos compartieron y vivieron.
Como sea, la mutación cultural y la socialización política se desenvuelven también al interior de lógicas sociales de la educación que, como nunca, los convierte en una élite,21 pues el acceso y el destino ocupacional de los universitarios, ahora sí lo decimos, dependerá crecientemente del control del capital escolar, el cual se asocia cada vez más al lugar donde se estudie, y al origen social, a través del capital patrimonial (contactos, relaciones, estatus) que acumulan las biografías de sus familias.22
Cierto si tenemos en cuenta que aquellos sectores de tales clases no empobrecidos durante la larga recesión económica dispusieron de estrategias para ampliar el background que aumentarán las probabilidades de éxito escolar y de tránsito a las universidades; una de ellas precisamente el estudiar en los establecimientos de enseñanza media mejor estimados (por tradición, valoración de los entrenamientos, calificación de los maestros).23 Otra, los mecanismos universitarios internos de las pruebas de ingreso, incluyendo las internas, que condicionan los accesos a las facultades y carreras, favoreciendo precisamente a los que provienen de tales establecimientos.
Pero, aun habiendo diferencias en las expectativas educativas y las trayectorias sociales, pongamos por ejemplo, de la pequeña burguesía y los nuevos profesionales, sin embargo, compartirán identidades centradas en las aspiraciones del mantenimiento de los patrones de movilidad de sus familias.
Estas lógicas se complementan con las de la socialización en la institución familiar. Condenados a extender la permanencia en el hogar,24 asumen sus expectativas sin muchas confrontaciones puesto que aceptan lo que sus padres preferentemente esperan de la escuela: una prolongación de la educación en valores que reciben en las culturas familiares.25 Estas culturas, por cierto más permisivas y tolerantes en esta generación, juegan a favor de la normalización y terminarán por impregnar de una perspectiva convencional a los estudiantes, no existiendo y habiendo poca distancia entre los valores y la socialización de la escuela y del hogar.
La anatomía de los mundos de vida de los estudiantes. Consumos, preferencias y elecciones culturales
Con todo, las percepciones políticas deben mucho a los intereses, las actividades y las expectativas de vida que asimilan en aquellos territorios diferentes al hogar y la escuela y en los cuales se desplazan una buena parte del tiempo. Es en estos en los que realmente se aproximan a signos actuales de las subculturas juveniles mundiales.26
Habitan en los espacios cotidianos de la reproducción de estilos culturales que los hacen parte de una «clase internacional» (Casanova, 2005). Sus actividades más frecuentes, las elecciones de consumo y el valor que le dan al ocio nos permiten identificar la importancia de la cultura de masas y de sus medios. Por lo general, provenientes de familias con mayores disposiciones de mobiliarios culturales en el hogar, se mueven inducidos por las industrias del entretenimiento: tienen mucho interés por la moda vestimentaria, los artefactos y los lenguajes del mercado musical, frecuentan los malls e invierten tiempo en los gadgets tecnológicos, eso sí, con empleos preferentes lúdicos, integrándose a una «comunidad universal» por las posibilidades comunicacionales de tales tecnologías. Bien y que lo importante no es señalar este hecho, pues cada vez se extiende socialmente más, sino la elección cerrada de sus lugares de encuentro que bloquea las posibilidades para los contactos intersociales. Participan poco en asociaciones, optan por el mundo de las tribus (Maffesoli, 2004) y son hijos de la televisión por cable y de las programaciones de los canales especializados en este público.
Por estas otras dinámicas, los espacios del tiempo de ocio funcionan elaborando sus subjetividades al ser percibidos y ocupados como el campo para las definiciones de los sentimientos, las responsabilidades, las emociones. Sus identidades se construyen, entonces, en ese tiempo cotidiano preferido al rígido de la institución escolar y al más tolerante de la familia, pero que en todo caso es también un mundo de las obligaciones. Lo comprenden y lo valoran como espacios de libertad para las evaluaciones del mundo, para la experimentación de relaciones sociales, para las elecciones estéticas, intelectuales, educativas y para la selección de estilos de vida.
Sus creencias no discrepan de las de sus padres y están de acuerdo con las normas de la Iglesia institucional, aunque recogen y aceptan con más independencia las opiniones sobre el amor antes del casamiento, el divorcio, la convivencia no legalizada. En esto siguen el itinerario de las preferencias posmaterialistas (Inglehart, 1991). Sólo que la apertura de las creencias no es el resultado de tensiones emancipatorias, pues más bien correspondieron a las cohortes de sus padres. De ellas se proveen de sus juicios morales, no siendo autoritarios y repitiendo la experiencia de sus padres, que apostaron generacionalmente por relaciones familiares permisivas.
Prefieren la felicidad al deber, y más que concebirla por el impulso de las necesidades radicales (Heller, 1978), la evalúan por el bienestar. Siguen con poca atención las «causas mundiales», particularmente las de las agencias y las organizaciones no gubernamentales de la «sociedad libre», pues sus expectativas no son cambiar el mundo sino dejarlo como está.
No presentan los mismos desencuentros que las generaciones anteriores con sus padres en las opiniones políticas, más aún en la medida en que, como apuntamos, las permanencias en el hogar de los padres son más prolongadas.
Una gran mayoría sólo estudia, compartiendo experiencias culturales, diferenciándose en sus signos de la masa de los que no estudian ni trabajan o solo trabajan (Casanova, 2005:24), generándose así un poderoso capital simbólico de autorreconocimiento.
El despliegue de las identidades políticas y el imaginario de futuro
Tal vez sea necesario comenzar por indicar de nuevo el dato que nos parece puede estar condicionando sus identidades políticas. Y es que han modificado las expectativas de futuro en relación con las de sus abuelos y padres. Ahora el futuro los asusta, pues las estrategias de control escolar y laboral para el éxito y el bienestar empiezan a ser amenazadas. Por sus estilos, son realistas y no imaginan otro mundo que no sea este. Quizás sobre tal percepción procesan y recrean juicios que tienden a elaborar un imaginario que culpabiliza a las nuevas formas de funcionamiento del poder.
No siendo, pues, utópicos, su esperanza de futuro se estaciona en esa «vuelta al pasado» de la que hemos hablado. Hijos de la desesperanza, al percibirse como agredidos en sus estándares materiales de vida por el miedo subjetivo a la pérdida de los horizontes de sus padres, no persiguen ni aspiran siquiera a la agustiniana «ciudad de Dios». Mucho menos al viaje a Ítaca.
Pero, ¿qué valores políticos impregnan su imagen de la sociedad?, ¿cómo entienden la democracia?, ¿cuál es su idea de la educación?, ¿qué evaluaciones hacen de las instituciones?, ¿qué interés tienen en la política?
En el conjunto, todos los valores giran alrededor de la defensa de una idea liberal de la sociedad,27 aunque no deja de extrañar que su aceptación de la misma esté llena de lugares comunes en una ingenuidad que sorprende; esencialmente re-conocida en una especie de didáctica del contraste con lo que es esta que emerge y que supone una tentación totalitaria: expropiación de la propiedad, negación de las libertades individuales, cese de la patria potestad. Un dirigente expresará a la prensa, dentro de un simplismo menos ingenuo, aunque simplismo al fin que: « la Ley de Patria Potestad consiste en que los niños son de los padres hasta los tres años y luego hasta los 20 son del Estado y van a estar en una especie de aldea bolivariana» (Sira, 2007).
En los juegos socializadores del hogar, la escuela y los medios han escuchado, y esa es la que han asimilado, la vieja vulgata y nos limitamos a registrarla sobre los significados negativos de la democracia en el socialismo. Les asusta, entonces, el socialismo, al que consideran una escatología apocalíptica. Recurrirán a la misma estrategia anterior y a la reiteración de las claves elementales del pensamiento liberal.
Yo me pregunto señor Presidente por qué, de alguna u otra forma, usted en una retórica de lucha contra el latifundio asume una postura política de quitarle las tierras a sus dueños y solamente le entrega una carta agraria a la gente y no el título de propiedad, efectivamente eso hay que debatirlo, el movimiento estudiantil tiene que debatir esas políticas. (Soteldo, 2007).
Comprenden las libertades en la perspectiva de sus espacios individualizados y privados, prepolíticos, y desde estos emiten opiniones sobre el Estado y las instituciones políticas, siendo profundamente antiestatistas.
Es por eso que exigimos, con la misma entereza y con la misma fortaleza, que se vele y se garantice el derecho a elegir. Entendiéndose el derecho a elegir desde lo más simple como el derecho de decidir qué ropa usar, qué comer y qué ruta tomar para ir a su trabajo. Hasta lo más complejo como elegir su culto, su ideología y sus autoridades políticas. Pasando también por su derecho a elegir qué desea leer en el periódico, escuchar en la radio y ver en la televisión. (Barrios, 2007).
Prefieren los valores de la democracia, pero atribuyéndole prioridad a las libertades por sobre la igualdad.
Estamos en la calle porque somos demócratas y por lo tanto no creemos en ningún grado de autoritarismo. No creemos en las hegemonías de las minorías, ni tampoco en las hegemonías de las mayorías. Rechazamos de forma categórica, toda forma de gobierno, pasada o presente, que atente contra el derecho de los ciudadanos a vivir, y más aún a vivir siendo libres. Hoy nuestras clases son en las calles, hoy no sólo pedimos sino exigimos y promovemos la reivindicación de los derechos civiles. Es nuestro deber hacerlo. (Ibíd.).
Sus representaciones incluyen nociones vagas de igualdad, a las que explican desde un horizonte retributivo. Valoran el derecho a la elección de las familias. Aprueban las ideas sobre el mérito educativo, son indiferentes a la noción de la universidad como un bien público y están más de acuerdo con una idea de autonomía que remite a un espacio definido por intereses corporativos autorreferenciales de tales organizaciones.28
Con ingenuidad un miembro de la Federación de Centros de la Universidad Central de Venezuela, Fran Calvino, al ser interrogado por una periodista sobre la masificación y las posibilidades de ingreso, anotará, según reseña la entrevista:
Reconoció que el número de estudiantes se ha incrementado, pero se debe considerar que en ningún país del mundo existen personas que hayan salido exclusivamente de las universidades: «si eso sucede entonces tendremos que padecerlo porque en el país tiene que haber personal técnico, técnicos superiores universitarios porque son necesarios » ( ) «la respuesta sigue siendo de nosotros porque existe la autonomía universitaria». (Durand, 2008).
Y uno de los líderes más publicitados del movimiento, Jon Goicoechea, al hablar de las libertades, expresaría enfáticamente:
Los venezolanos somos ciudadanos y punto. Si somos ricos o no, eso no tiene nada que ver con nuestra libertad de expresión. La libertad de expresión es tanto para ricos como para pobres. Si se pretende desvirtuar el tema de las libertades para entrar en el tema de la división, eso es altamente irrespetable, pues fomenta la división y desvía la atención de lo que estamos reclamando. Libertades para todos. (Segovia, 2007).
Como se quiera, la ausencia de opiniones al respecto indica que no retoman los temas del laicismo y la gratuidad educativa que han estado siempre hasta hoy en las reivindicaciones de los movimientos estudiantiles, lo mismo que el de la identidad nacionalista, tan preciado para estos movimientos. Frente a tales cuestiones optan por un «cosmopolitismo» que no incluye evaluaciones del sentimiento nacional, pues este en realidad no está en sus mapas políticos.
Introduciendo ahora un ámbito decisivo para el entendimiento de la construcción de sus identidades políticas, diremos que el campo desde el cual elaboran sus evaluaciones se emparenta con una crítica antipolítica a la política, encontrando, ya lo hemos sugerido, en el rechazo a los partidos y en el malestar con las instituciones29 una de las motivaciones más fuerte de la afiliación inicial de los estudiantes al movimiento.
El mismo manifiesto presentado por el representante estudiantil Douglas Barrios en la Asamblea Nacional recogerá sintomáticamente un sentimiento que sabe es capaz de mantener la adhesión de la inmensa mayoría.
Es por eso que la juventud está hoy en la calle, no estamos luchando por los intereses de un grupo empresarial, no estamos luchando en nombre de intereses internacionales, no estamos luchando a favor de una tendencia política. En todo caso, estamos en la calle haciendo política sin los políticos tradicionales, fraguando una lucha cotidiana en nombre de nuestra nación y salvaguardando los intereses de una sociedad entera. (Barrios, 2007).
Más tarde habrá giros. Stalin González, ya egresado, terminará recalando en otro lugar y con otro juicio, este distinto a aquel de la motivación que estuvo en el corazón del movimiento. En el año 2008 declarará algo contradictorio.
creo que los partidos tienen un papel muy importante así como la sociedad civil tuvo el suyo en otros tiempos, y ahora aquí el tema es coordinar esfuerzos. Una democracia sin partidos no tiene sentido, es preciso fortalecer las toldas, pero también la organización social. Una cosa es que personas ligadas al movimiento estudiantil quieran ser candidatos a cargos de elección popular, y otra cosa es que se ponga a apoyar candidatos. Creo que no lo puede hacer porque no es un movimiento electoral. Cada quien tendrá su opinión y simpatía por los aspirantes, yo creo que el movimiento estudiantil debe seguir en su rumbo de organizar socialmente al país. A este país le hace falta no una oposición, sino un movimiento social que de verdad vea cuáles son las necesidades del pueblo venezolano. (Flores, 2007).
Y Ricardo Sánchez, quien sustituirá a González en la presidencia de la federación estudiantil, expresará a requerimiento de la prensa: «[e]n el tema del activismo social. Mi vida cambió para siempre tras las luchas estudiantiles del año 2007 y ahora me siento inclinado hacia el activismo político. El país necesita de la juventud, de la frescura de espíritu que ella representa para seguir luchando por los derechos civiles de la gente» (Sánchez, 2009).
Explorando otros rasgos que acompañan la crítica a la política, podríamos añadir que para la masa que activará la acción en las calles, la revuelta constituye su primera experiencia política. A la revuelta se incorporarán por igual hombres y mujeres y experimentarán esta experiencia, como hemos indicado, con estilos de movilización al margen de las tradiciones de las culturas del activismo universitario. Serán, en esencia, estudiantes de pregrado de todas facultades, aunque sus líderes más visibles provendrán de las escuelas de Derecho, educados más en las disciplinas de un saber normativo y menos empírico-crítico. Algunas de las élites dirigentes son anteriores y, repetimos, provienen de las «nomenclaturas» arraigadas en las organizaciones estudiantiles, particularmente en las universidades públicas.30
Y sus reclamos poco se emparentan con las movilizaciones de este comienzo de siglo en otras sociedades, estas sí jalonadas por la reivindicación de la universidad pública y por las resistencias a la adaptación del currículum de las profesiones a las condiciones que demandan ahora los nuevos actores de la institucionalidad del mercado, tal es el caso de las revueltas europeas al plan Bolonia. O las de las ocupaciones de los universitarios brasileños contra el desmejoramiento de las condiciones de enseñanza y el eterno impasse presupuestario de las universidades públicas. O las del levantamiento de los estudiantes de la educación media chilena contra la privatización, por la vuelta a la educación pública y, más, por el rechazo a la supervivencia de los rasgos del orden autoritario del pasado ya no tan inmediato.
Ahora bien, podríamos avanzar en la conjetura de que su interés por la política también es la consecuencia de la atención que reciben de las industrias de la información y que los lleva a una alta aceptación de la opinión pública,31 sintiendo que dentro del vacío de la multitud dejan de ser anónimos al pasar a ser espectáculo mediático.32
Y añadir, recordando el argumento que hemos presentado más arriba, que la idea que mueve al movimiento y que ordena y sintetiza su ideología es la de conferirle el rostro de un alzamiento por los derechos civiles.33 Sólo que al revisar en detalle lo que está detrás, hay que concluir que pierde algo de la novedad con la cual se entusiasma a sí mismo. Pues en realidad su imaginación debe mucho a las estrategias del conservadurismo mundial. No es secreto que el movimiento mantiene con frecuencia contactos e intercambios con los think tanks de los partidos de la «internacional popular», dándonos qué pensar a propósito de su afiliación ideológica. Desde su propio nacimiento, ya definido el eslogan «Manos Blancas», uno de los asientos preferidos será Madrid. Un estudiante de la Universidad Monte Ávila, en un evento patrocinado por la organización juvenil del partido popular español, no dirá nada distinto, tan sólo enfatizará «la lucha por la libertad y los derechos humanos» (Ayala, 2007).
Y las tácticas comunicacionales, que tan bien han funcionado, no serán, insistimos, novedosas. Su origen y su intencionalidad provienen del ciclo de las «revoluciones de terciopelo» en la Europa del Este.34
Con estas tácticas, el movimiento cobrará vida preferentemente en las convocatorias efímeras de las marchas, en el tiempo extraordinario de la muchedumbre, en las odiseas por inventar motines;35 pero conviene llamar la atención sobre la eficacia de sus tácticas, sean una novedad suya o no. Y es que se colocan culturalmente en los estilos mundiales de la «era de la comunicación visual». Nos referimos a lo que podríamos llamar la estetización de la política. Y es que a las formas organizativas que emplean en las protestas ocupación de calles, manifestaciones, asambleas, performances las acompaña como medio fundamental en la construcción de identidades el uso de instrumentos iconográficos, recursos plásticos, técnicas del diseño gráfico, propios de los lenguajes de la publicidad: palabras mínimas, móviles, polisémicas, manos tatuadas de blanco, rostros impresos metamorfoseados en íconos, juegos tipográficos, produciendo sin lugar a dudas efectos de re-conocimiento.36 Hablaríamos de la sustitución del lenguaje político por formas propias de la semiología, repetimos, del discurso publicitario. De allí otra distinción con los movimientos de los años sesenta. Quedándonos en Venezuela, en los manifiestos de los estudiantes de las escuelas de Letras y de Sociología de la «renovación universitaria»37 las escrituras irónico-corrosivas funcionaron para politizar el saber académico normalizado por la costumbre: «Cervantes, camarada, tu muerte será vengada». Ahora otra estrategia: «No es No». Cultura expresiva sí, pero reduccionismo semántico del lenguaje en un minimalismo, un grado cero de la escritura, deshistorizado y despojado de toda asociación de realidad con el mundo que nombra, casi despolitizado.
Intentado ya sintetizar la jerarquía de los valores que conforman su visión del mundo, diríamos que es el conformismo, pues no son autoritarios, ni nihilistas. Al contrario de los movimientos radicales, no registran en sus imaginarios las angustias emancipadoras de «la muerte de Dios», «el ocaso de la familia», «la sociedad desescolarizada». Revierten, pues, las pulsiones de los movimientos estudiantiles contra la sociedad opulenta y se extasían en ella. Incluyen en sus imaginarios valores del ecologismo, el pacifismo, el antimilitarismo. Y más que violentos, en el sentido de los estudiantes de los años sesenta,38 son iracundos. Aparecen en las calles como ángeles exterminadores movidos por la rabia del «fin del mundo».
Resumiendo, su originalidad es que articulan y ponen a funcionar políticamente las identidades de una generación que demarca los valores en los años ochenta y noventa coincidiendo con el asalto neoconservador, tomando materialidad en la aceptación de los valores liberales de la democracia.39
Van tres años, se mantiene la presión, pero ¿comienza el movimiento a envejecer en sus señales culturales y políticas iniciales? Tal vez. Mirando la trayectoria de sus líderes iniciales, habría que decir que tiene el riesgo de aceptar lo que han negado. El incuestionable deseo de estar en el margen se va desvaneciendo en las entrañas de sus profetas, que comienzan a ambicionar el integrase a las nomenclaturas. El ideario de un movimiento que quiere hacer otra política poco a poco va perdiendo su vitalidad.
Con más retórica que otra cosa Ricardo Sánchez [FCU] dirá:
Nosotros no somos estudiantes de oposición, somos unos estudiantes convencidos de que somos una alternativa política y de que llegará un momento en que [el movimiento] tendrá sus aspiraciones a cargos de representación política y lo haremos en su momento porque este movimiento llegó para quedarse y para decirle [al país] que hay una juventud gallarda y digna que quiere con humildad y compromiso, tomar las riendas de su futuro y del presente. Tal vez sea el tránsito del movimiento original con una crítica a los aparatos políticos a su integración a ellos. Habría que decir que hoy los líderes más visibles de la etapa inicial militan y que un grueso lo hace. (Obelmejías Valdez, 2007).
Un epílogo no tan necesario
Ha pasado casi medio siglo desde las épicas que nutrieron el espíritu de las rebeliones de los estudiantes del mayo francés: las luchas nacionales de descolonización, la resistencia vietnamita, el levantamiento de los negros estadounidenses. Con este espíritu, los estudiantes transformaron en manifiestos la ira contra la economía del desperdicio y la racionalidad técnica del capitalismo burocrático y profesaron la fe en la violencia, entusiasmándose con Fanon, Guevara. Se opusieron a la normalización de la vida familiar e inventaron formas de asociación libre de un comunismo libertario. Ahora pura historia, no queda nada, pues en buena parte todo concluyó en tragedias grotescas de las que casi todos, al menos, no quieren hablar. Y de la idea de universidad crítica para reinventar los rituales del poder académico tampoco queda mucho. Pocas cosas que indiquen que ronda por los campus el alma del hombre rebelde camusiano que empezó a envanecerse con la muerte del ethos que encarnó, como ningún otro, Sartre. En su lugar, el surgimiento del intelectual «realista» extasiado en la pura narrativa de los instantes de la sociedad líquida.
Hacia los años ochenta ya casi todo estará desmoronado. Se puebla la memoria de las rebeliones de las «ceremonias del adiós» y el escepticismo empapa el sentimiento emancipador. El «más allá del socialismo» anunciado en la «despedida al proletariado» será un síntoma de lo que vendrá en los cuarenta años que cierran un siglo y abren otro. El desencanto, que circulará en el silencio más cínico que resistente, se aposentará y los estudiantes que vendrán quedarán acorralados por aquel realismo, desprevenidos para armar de nuevo el espíritu.
Hoy, los estudiantes venezolanos que van al tumulto van sin memoria o con la memoria volátil de las emociones que han aprendido en sus hogares y en las universidades. Por eso nacerán a la política con el riesgo de la asimilación de las claves de la moral cínica de los nuevos integrados. No han tenido ninguna epopeya con la cual estremecer prometeicamente sus sentidos. Sería estúpido por eso invocar una condena. No son culpables de nada. Los fuegos fueron apagados por otros. Por los que se esfuerzan en venderles el arribo feliz de la historia a la Arcadia. También por los que se quedaron en la reiteración automática de las mitologías sacras del hombre nuevo, sin esforzarse a decir qué cosa es.
¿Por qué los estudiantes venezolanos son así? A fin de cuentas, son así porque son parte de una época descreída e inflada de imágenes y menos de palabras, de ídolos y sin héroes. No están ni para la hoguera ni para el elogio. Lo único que se puede decir de ellos es que, afortunadamente, repiten el ritual convirtiéndose en otra generación que ha perdido la edad de la inocencia.
¿Cesará el movimiento tan pronto los estudiantes cierren el ciclo de sus estudios o dejará influencia en la cultura universitaria? Esta es una pregunta necesaria, pero en tiempos duros es difícil aventurar una idea. Quizás las cosas vayan por otro lado y los fuegos renazcan con otros en la recuperación del ideario humanista de la universidad para desentrañar la vida de la polis, por imaginarla guiada por el amor sciendi, por la pasión por el saber, que se pregunta por el malestar de la época.
Notas
1 Una descripción por un autor que participó en la revuelta se encuentra en Draper, 1970.
2 Análisis hechos cuarenta años después por líderes del movimiento pueden consultarse en Farah, 2008.
3 Fuentes testimoniales del levantamiento universitario son los textos de Poniatowska, 1971 y González de Alba, 1971.
4 Es simplemente un corte cronológico que nos sirve para notar la irrupción política de una generación que por sus trayectorias educativas abarca segmentos juveniles que cubren experiencias culturales relativamente similares desde los años ochenta.
5 Nos referimos a la organización juvenil del Partido Popular español.
6 Para entonces presidente de la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
7 Siglas del emporio, denominado Radio Caracas Televisión.
8 Un texto importante para valorar los idearios de la reforma de Córdoba es el de Portantiero, 1978. Los datos mínimos de las influencias de las ideologías revolucionarias en el movimiento estudiantil del 28 y de su uso en la interpretación de su papel político están en Sosa y Lengrand, 1993.
9 Mires, entusiasta, había afirmado en el 2007: «Me pidieron que les contara algo del mayo francés, que terminó con el Gobierno de De Gaulle; al fin y al cabo yo vengo de esos tiempos. Entre muchos aspectos que relaté, les dije que a diferencias de ellos, los estudiantes del mayo francés desataron un enorme movimiento social. En cambio, el movimiento social democrático desató al movimiento de los estudiantes del mayo venezolano del cual ellos ya formaban parte, antes de asumir el rol político de estudiantes» (Mires, 2007).
10 Hemos evaluado los valores de los estudiantes universitarios de los años sesenta, al menos de las élites, a partir de la encuesta del Cendes sobre las élites universitarias (1967).
11 Por las prebendas que origina la cuota electoral de los estudiantes en las elecciones de autoridades.
12 El Banco Mundial y la Organización Internacional del Comercio, verdaderos intelectuales orgánicos del pensamiento liberal, insistirán en un programa que, entre otras cosas, recomendará la no inversión pública en el sector universitario y la organización del mismo como una economía de servicios de alta rentabilidad (De Souza, 2008). El prototipo extremo de este curso modernizador, que comienza antes, será Chile (Mönckeberg, 2007).
13 A comienzos de la década de los noventa (concretamente para el años 1994), el número de universidades era de 32 (17 públicas y 15 privadas). Ya para el 1999, con 40, las privadas superan a las públicas (19 públicas y 21 privadas) (Morles y otros, 20003:166).
14 Después del movimiento de renovación, las universidades públicas sufrirán lentamente reorganizaciones institucionales desde adentro: políticas de numerus clausus; valoración del saber experimental y nuevas categoríaslos investigadores; proletarización de la profesión; diferenciación del estudiantado por los nuevos cursos introducidos los estudios nocturnos, carreras cortas; aceptación de los gerentes en las decisiones directamente académicas.
15 El peso determinante será el del académico-gerente y del marketing institucional, minimizando y desprestigiando la tradición histórica, digamos, del intelectual-humanista.
16 Los medios, a través de los académicos periodistas, han venido extendiendo en la opinión pública un imaginario impregnado de un realismo reaccionario más que cínico, sobre el orden naciente. Un ejemplo, dentro de los muchos, que no deja dudas de cuál es la apuesta: «En Venezuela se discute sobre socialismo como si se tratase de algo nuevo y no de una experiencia con cien años de fracasos. Como observó Hayek, la mayoría de los intelectuales son socialistas por motivos emocionales, porque se niegan a admitir que la voluntad humana no alcanzará la utopía Todo esto resultaría inofensivo si no fuese porque nos hallamos inmersos en el drama tropical del socialismo del siglo XXI. La izquierda buena, no-chavista, enarbola un supuesto socialismo diferente, cuando lo que se requiere es defender un modelo alternativo basado en la libertad individual, la economía de mercado y el Estado de Derecho» (Romero, s/f). Valdría la pena añadir que igualmente han recurrido a la eficacia política de imágenes de la vieja interpretación de América Latina: civilización y barbarie. En una exégesis sobre el movimiento un articulista escribirá: « los estudiantes están levantando su voz de protesta y conduciendo con liderazgo fresco, inteligente, cívico, pacífico, democrático, el movimiento que deberá detener las pretensiones ( ) de llevarnos a un totalitarismo comunista militarista donde la libertad y los derechos de los ciudadanos se vean coartados ( ) Ustedes le dirán a Venezuela y al mundo que no se puede aceptar que a estas alturas del desarrollo de la humanidad, del desarrollo tecnológico, de la Internet y de la globalización, se pretenda que un solo hombre sea el dueño de todo, el único tomador de decisiones, el supremo, el predestinado, el Mesías. Felicitaciones adelantadas por este triunfo seguro. Que el Todopoderoso los siga guiando en estas valientes y democráticas jornadas. La patria se los agradecerá eternamente» (Olaizola DAlessandro, 2007).
17 Es la adoptada por Unesco en 1985 que considera las edades de 15 a 24 años. No se nos pasa por alto las dificultades de esta definición. Si incluyéramos los criterios sociológicos de emancipación, autonomía e independencia, estaríamos de acuerdo con que viene ocurriendo un corrimiento hacia adelante de las mismas.
18 En términos metodológicos, hablamos de los efectos periódicos que resultan del escenario político que se abre con el «caracazo» (1989) y el levantamiento militar del año 92 y se extiende hasta hoy marcando la experiencia del ciclo vital de los estudiantes.
19 Generación caracterizada por Inglehart (1991) por el pasaje de los valores de seguridad material a los de bienestar subjetivo y autorrealización.
20 Estos datos provienen de la Encuesta Nacional de Juventud, aún pendiente de un análisis exhaustivo (Ministerio de la Familia/Oficina Nacional de Estadística e Informática, 1992).
21 Un estudio de las nuevas lógicas de selección en la educación y de los mecanismos familiares y educativos de los grupos de las élites argentinas, extensible a buena parte de las sociedades de América Latina después de las reformas de las décadas de los ochenta y noventa está en Tiramonti y Ziegler, 2008.
22 La incidencia cada vez mayor del capital patrimonial en la reproducción social de puestos y jerarquías viene siendo anotada en las investigaciones en América Latina (Cepal, 1998). Una investigación cualitativa interesante que descubre la operación del mismo en Venezuela es la de Guitián, 1998.
23 Las tácticas de elección escolar según los estilos culturales de las élites (pongamos por caso: tradicionales, innovativos) son múltiples, como el heterogéneo universo de las clases medias: la pequeña burguesía, el segmento profesional de la economía global, la capa de los trabajadores de la administración del Estado, reproduciéndose en una gama variadas de instituciones privadas de enseñanza media según avanzó la crisis de la escuela pública y el mercado educativo en crecimiento captó las necesidades esperadas de socialización y educación.
24 Pues alargan la edad de la emancipación al retrasar la constitución del hogar propio, aun logrado la independencia económica con el primer empleo, por pautas culturales generacionales y por situaciones propias del largo ciclo de recesión económica.
25 A ello contribuye, además, que conforme ha disminuido su peso social, por efecto de transición demográfica, con un aumento de la esperanza de vida de las generaciones más viejas, las experiencias de estos jóvenes ocurren en condiciones objetivas más estables, con mayor influencia de los valores adultos.
26 La interpretación del mundo cultural de los universitarios en esencia resulta de los análisis de dos importantes fuentes de información: la revista de larga existencia Urbe y la más reciente Veintiuno, de la Fundación Bigott.
27 «Entendemos la política [c]omo el instrumento para perfeccionar la sociedad. Para armonizar a todos en el propósito comunitario de justicia para la sociedad entera. Para respetar los derechos individuales, y el pluralismo e institucionalizar la alternabilidad republicana, mediante el limpio ejercicio del sufragio» (Manifiesto, 2007).
28 La noción de autonomía retoma soterradamente el criterio de las corporaciones religiosas medievales y se articula, además, a un concepto de libertad educativa que traslada las decisiones al mundo privado. Sólo que este «mundo privado» se ha venido ensanchando con las conexiones de las universidades con los emporios empresariales y las agencias multinacionales, abriendo al menos interrogantes, escasamente formuladas, sobre el curso de tal noción en el espacio de la influencia creciente de la institucionalidad del mercado de servicios transnacional.
29 Así lo perciben y lo promueven muchos en el momento inicial del movimiento, articulado a las protestas por el fin de la concesión al canal de televisión: «Los jóvenes que en estas dos semanas se han convertido en protagonistas políticos han acertado en muchas cosas y quizás la mejor ha sido deslastrarse de los inútiles líderes tradicionales de la oposición» (Sayegh, 2007). De ahí en adelante este será el tema más insistente. Habrá variaciones, pero será un lugar común: «Los jóvenes que se están incorporando le darán un vuelco a esas organizaciones. Si esos partidos quisieran imponerse al movimiento les será muy difícil porque no somos cinco, sino miles. Los que tienen militancia política son muy pocos. Es válido que estén en partidos, pero no impondrán ninguna línea. Nosotros decidimos nuestra propia estrategia. Creo más bien que somos nosotros quienes presionamos a los partidos para que nos apoyen. Hemos marcado la ruta que nos llevó a la reforma, ellos más bien se han unido a nosotros, en darnos apoyo» (G. Méndez, 2007).
30 El más prototípico será Stalin González. Presidente por varios periodos de la organización estudiantil de la principal universidad pública, estudiante de Derecho y militante de la ultraizquierda, terminará como candidato a una alcaldía de Caracas y miembro del partido Un Nuevo Tiempo.
31 La industria de los medios y los intelectuales registran estas señales y apuestan no al éxito de ellos, sino al suyo, en la celebración de las virtudes que provienen del solo hecho de ser jóvenes y estudiantes. En un manifiesto de las universidades se dice: «Nuestros estudiantes, como jóvenes que son, evocando todos los pasados de la juventud venezolana, han insurgido por la libertad. Una atmósfera de transparencia alienta este movimiento estudiantil novedoso que sólo con las palabras y los colores está llamándonos a reconocer y a construir el futuro» (Comunidades universitarias, 2007). Y la condición de estudiante será asociada a una imagen estandarizada, candorosa e infantilizada, del joven de clase media. Un periodista describirá al dirigente de la Universidad Católica Andrés Bello de la siguiente manera: «[La] apariencia engaña, pues viste pantalones que obedecen a la ley de gravedad, tiene blackberry, nació después del Viernes Negro, tenía 6 años cuando sucedió lo del caracazo y 16 cuando ocurrieron los hechos del 11 de abril» (Segovia, 2007).
32 Con una perspectiva diferente a la nuestra, en un lúcido texto, Sandra Pinardi nota este dato desde las lógicas culturales de hoy: «Esta multitud irrumpió en el espacio público con una dimensión mediática y espectacular que marcó su recorrido ( ) funcionó como imagen y voz de un amplios sector de la sociedad, de los que se hicieron circunstancialmente representantes, y desde ese rol, ese papel, eran televisivos y televisados» (Pinardi, 2008).
33 Argucia táctica que a la hora de las posibles diferencias los mantendrá unidos: «La agenda del movimiento estudiantil sólo la define el movimiento estudiantil. Hoy vinimos aquí a reivindicar los derechos civiles» (Barrios, 2007). De paso volviendo a desentenderse, tal vez con fe verdadera, de los políticos.
34 Para ver las semejanzas con la concepción de tales revoluciones puede consultarse a Chiclet, 2001.
35 En el trabajo de Pinardi, desde la interpretación cultural que emplea se constata esta novedad, que es al mismo tiempo límite «existencial» del movimiento. Diferenciándolo en el despliegue histórico de la modernidad hoy superviviente no en las ambiciones utopistas por la realización de ideales "totales", como fue para la autora el mayo francés del 68, sino en la sucesión reiterada de mundos de sentido inmóviles que es la cultura en la actualidad: «Uno se pregunta ( ) si es pertinente comprender este acontecimiento estudiantil como un movimiento, si no será más adecuado entenderlo como una irrupción multitudinaria de jóvenes que se estableció para detener lo más posible, o para aplazar, todo aquello que sentían amenazado, para afirmar una frontera: la de aquello que no estaban dispuesto a perder; una irrupción multitudinaria que se encontró convocada a partir de las pérdidas y no de las promesas ( ) Actuaron, en este sentido, para preservar unas ideas en el espacio de sus realizaciones [los lugares], el ejercicio de la ciudadanía, la preservación de su autonomía institucional, el encuentro de espacio de convivencia, pero lo hicieron como labor y no como propuesta» (Pinardi, 2007:7).
36 De las cuales sugerimos provienen sus estrategias de acción. Sin comprometer su interpretación, con igual lucidez dirá Pinardi: «[Será] igualmente ( ) un acontecimiento espectacular en sus estrategias y operaciones ( ) [que] se realiza en representaciones tecnificadas, es decir, íconos, imágenes, actitudes, acciones construidas, elaboradas racionalmente, que persiguen fines inmediatos y precisos. Representaciones que en su presentarse comprometen el complejo de imágenes y textos a través de los cuales una sociedad se mira a sí misma, imágenes y textos que se aceptan sin preguntas o dudas, y que son siempre, también, procedimientos, formulas diseñadas para recuperarse a través de los efectos, para producir respuestas: las flores, las bocas selladas, las franelas rojas, la reapropiación de los eslóganes» (ibíd., p. 8).
37 Una parte del programa de este movimiento puede consultarse en Silva Michelena y Sonntag, 1970, y un balance reciente del mismo en N. Méndez, 2009.
38 La literatura y la poesía venezolana se han ocupado de describir la violencia de esta generación: véase Abreu, 1974; González León, 1968; Noguera, 1971; Valera Mora, 2008.
39 Douglas Barrios en su discurso a la Asamblea precisará: «La realidad es que nosotros no formamos parte de un sistema ideológico único, ni poseemos una línea de pensamiento única. Es por eso que las puertas al diálogo y a la discusión seria de ideas y propuestas se encuentran abiertas. Y es dentro de ese marco plural de ideas que emerge nuestra visión común, una visión común de libertad, igualdad y democracia. Y es dentro de esa visión común bajo la cual nace una concepción del estudiante, bajo la cual, los estudiantes no somos socialistas, somos seres sociales. Los estudiantes no somos neoliberales, somos seres libres. Los estudiantes no hacemos oposición, nosotros hacemos proposición» (Barrios, 2007).
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