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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508versión On-line ISSN 2443-468X
CDC v.27 n.75 Caracas dic. 2010
Discurso
«Mi mayor satisfacción la he tenido en el quehacer universitario»
Domingo Felipe Maza Zavala*
* Discurso pronunciado en ocasión de recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad de Carabobo, 9 de julio de 2009.
El doctor Domingo Felipe Maza Zavala fue ante todo un maestro, como lo reconocen la inmensa mayoría de los economistas venezolanos y buena parte del país. Hombre estudioso, honesto, de convicciones claras, preocupado por la suerte de Venezuela y con una gran sensibilidad social, no dejó nunca de transmitir sus ideas de una forma concisa y pedagógica, de manera que pudieran ser entendidas por el ciudadano de a pie. El discurso que a continuación se reproduce, pronunciado en ocasión de recibir de parte de la Universidad de Carabobo en 2009 el título de Doctor Honoris Causa, resume de manera marcada estas características de su vida pública. En él destaca, en primer lugar, su condición fundamental como universitario. Señala el maestro Maza que «La universidad es un factor de la historia, espíritu y acción para mantener viva la llama del pensamiento libre, de la libertad de conciencia, del afán de saber y conocer para mejor orientar los destinos de la nación». Por ello resalta es menester la preservación y defensa de la autonomía como «el principal deber de la comunidad universitaria». Su larga experiencia como docente se expresa también en su inconmovible confianza en los estudiantes como motores del cambio, críticos, amantes de la libertad y siempre disconformes. «Torpe el Gobierno que trata de impedir la manifestación de la juventud en defensa de principios e ideales que son sustancia de los intereses más justos y honestos», sentencia, para rematar que «la Universidad tranquila, vuelta hacia sí misma, cuidadosa tan solo del perfil académico, no tiene cabida en este tiempo, en este país». Palabras que siguen guardando vigencia para los momentos que transcurren.
Maza Zavala fue profesor de sucesivas generaciones de economistas, a quienes proveyó orientación a través de numerosas publicaciones, cuando no en sus conferencias en las universidades donde impartió sus enseñanzas. En su discurso a las autoridades académicas de la Universidad de Carabobo no podían faltar importantes referencias al acontecer económico del mundo y de Venezuela en particular. Transluce su honda preocupación, que lo acompañó a lo largo de su vida, por la excesiva dependencia del país de ingresos petroleros sumamente vulnerables a los vaivenes de precio en los mercados internacionales. El profesor Maza Zavala nunca dejó de remachar que el verdadero desarrollo debía basarse en una productividad creciente de las actividades industriales, comerciales, agrícolas y de servicio, que proveyera empleos estables y bien remunerados, asociado a políticas públicas que brindaran un marco macroeconómico estable para incentivar la inversión productiva. El Estado tiene una responsabilidad ineludible, además, en la atención a las necesidades de la población. En su discurso confiesa su inclinación socialista y su crítica de las iniquidades del mundo capitalista, pero aclarando que «No es compatible el socialismo con el poder unipersonal, con la dependencia absoluta del proceso de la conducción de un solo hombre por excepcional que sea».
En fin, este discurso es un notable ejemplo de lo que, a lo largo de décadas, representó Maza Zavala para Venezuela. Un universitario cabal, siempre presto a investigar el por qué de los acontecimientos en el mundo de la economía y a divulgar su interpretación al respecto, nunca estuvo ajeno a las responsabilidades e implicaciones que, en el plano de la política, pudieran derivarse de sus ideas. Combinó la consecuencia con sus ideales con una sólida fundamentación conceptual en sus argumentos, siempre orientados por su preocupación por la suerte del país. Sin duda que, en estos momentos difíciles por los que atraviesa la nación, hará falta la palabra señera del doctor Domingo Felipe Maza Zavala.
Humberto García Larralde*
* Coordinador del Área de Desarrollo Económico del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes, Universidad Central de Venezuela.
No hay mayor honor ni más profunda satisfacción que el otorgamiento de los títulos que la Universidad tiene a bien conferir a quienes han realizado una trayectoria académica y han servido lealmente a la institución. El recibimiento de esta distinción lo hago con humildad, no por falsa postura sino por el convencimiento de que adquiero un compromiso especialmente exigente, como universitario que es mi condición fundamental y como ciudadano de esta república de accidentada historia, siempre en la encrucijada entre el pasado y el futuro. La Universidad es un factor de la historia, espíritu y acción para mantener viva la llama del pensamiento libre, de la libertad de conciencia, del afán de saber y conocer para mejor orientar los destinos de la nación. Por ello no es posible desligar el honor del título del deber de continuar en la lucha por la verdad, por la justicia, por la dignidad, por la paz, por el desarrollo nacional.
Quiero interpretar que este honor, esta credencial de tan singular significación, es un reconocimiento a todos los profesores, docentes e investigadores de la Universidad venezolana, que han dedicado sus esfuerzos y sus vidas al conocimiento de los procesos sociales, desde las células constitutivas como lo son las familias y las empresas hasta la dinámica del colectivo, desde los hechos más simples de la cotidianeidad hasta los más complejos de los cambios que dejan huellas en la evolución de los pueblos y de la propia humanidad. Aprehender la realidad para transformarla es la función esencial del universitario; estimular racionalmente la conciencia crítica que orienta la autenticidad del pensamiento y la consistencia de la acción, desentrañar las raíces profundas del ser y el acontecer, no aceptar pasivamente lo que se tenga como verdad en los medios académicos de los países desarrollados, sino someterla al análisis objetivo, a la prueba de los hechos, al principio de la concordancia entre lo que se enseña y lo que se practica, la reflexión, la observación, la comprobación, no limitarse a la lógica formal sino contrastar con la lógica inexorable de la vida, que transcurre entre regularidades relativas y contingencias, entre el pausado trajinar por los senderos conocidos y los saltos de los que da cuenta la historia. Con frecuencia, como se ha puesto de manifiesto en esta época de conmociones e incertidumbre, la ciencia va a la zaga de los cambios y los pronósticos resultan inadecuados, porque al diagnóstico le falta consistencia.
La función de la Universidad no es la sencilla transmisión del conocimiento existente, porque este es perecedero, de plazo cada vez más breve en su vigencia y su utilidad; esa función es la de desarrollar la capacidad para renovar el conocimiento, para hacerlo servir en nuevas situaciones, dotar a los estudiantes de los medios, instrumentos y principios por los cuales se indaga la razón del acontecer, la sustancia motriz de la transformación. Cuando se egresa de la Universidad con un diploma de licenciatura se encuentra perplejo y sorprendido ante la realidad que se le presenta mediante el ejercicio profesional; lo tuve como mi primera experiencia de graduado y la mejor pasantía es hacerle frente a los problemas, aplicar los instrumentos metodológicos y operativos disponibles, verificar si los conceptos básicos ayudan a interpretar los fenómenos que se van presentando y no creer que los libros de texto o de consulta son recetarios para las soluciones. El profesional universitario está aprendiendo siempre, la vida es un continuo aprendizaje, un movimiento incesante, lejos de la rutina y el estancamiento. El docente debe renovar cada cierto tiempo su bagaje de conocimientos, para lo cual lo más indicado es investigar, indagar en las fuentes documentales, intercambiar experiencias con los colegas y promover en las clases la discusión, la participación de los estudiantes, de lo cual surgen luces, inquietudes, ideas, para avanzar en el dominio de la disciplina científica. El profesor aprende de sus alumnos y con sus alumnos: treinta años de contacto con numerosos auditorios de estudiantes, de profesionales, de interesados en el tratamiento de los problemas del país, de la América Latina y del mundo, me han formado en la captación de los hechos, en el descubrimiento de sus causas, en la proyección de sus efectos y consecuencias y, lo que es particularmente importante, en la formulación de pronósticos ejercicio difícil y riesgoso, sin lo cual la utilidad del diagnóstico es relativa y restringida. En este sentido debo reconocer que mi actividad como periodista ha sido complementaria de la que he tenido como profesor; porque el periodista no puede limitarse a informar, sino procurar la interpretación de lo que informa, extraer de los noticias orientaciones para los lectores. También he estado y aun estoy del otro lado de la relación, es decir, como entrevistado, como declarante, obligado positivamente a estar informado y a opinar sobre la marcha de los acontecimientos, que frecuentemente no es tranquila sino contingencial y hasta turbulenta.
Es oportuno mencionar porque la carrera de la vida de quien recibe un reconocimiento como el que se me otorga en este acto es indispensable para la apreciación de la personalidad lejos de todo afán individualista o de exaltación de vanidad que mi tiempo útil en mi prolongada existencia lo he compartido entre la Universidad, el periodismo, la función parlamentaria y el Banco Central; desde luego, las horas íntimas han sido y son para el hogar, fundamento y acicate del quehacer. He contribuido, modestamente, al estudio, investigación y presentación de resultados de carácter público en los campos de la reforma agraria, de la industrialización, de la organización del Estado, de la incorporación de la actividad petrolera al dominio nacional, de la reforma fiscal, de los controles de cambio, la política monetaria y financiera, entre otros. Como periodista he puesto de mi parte para que la comunidad se familiarice con la terminología económica, el significado de las variables y sus relaciones, en la toma de conciencia de que la economía es factor fundamental de la vivencia de las personas y no una abstracción especulativa para el disfrute de especialistas. Porque más allá de los laboratorios de investigación, del ambiente reposado de las bibliotecas, de los gabinetes burocráticos cerrados, transcurre la vida, la angustia cotidiana, la incertidumbre, la esperanza, el tejido sociológico de la lucha por la supervivencia, por la seguridad, por el yantar en paz y el reposo merecido.
Me complace y me honra formar parte de la comunidad de esta Ilustre Universidad de Carabobo, de fecunda historia, parte notable del sistema nacional de universidades, eje del desarrollo científico, tecnológico y cultural del país. Esta institución ha sido y es lugar para el combate por las ideas que encarnan valores trascendentes del individuo y la sociedad: la igualdad, la solidaridad, la dignidad, los derechos humanos, la identidad nacional, la conciencia del ser universitario. Valores que resisten el cambio de situaciones, las contingencias de la vida pública, el empeño de los dictadores y autócratas de reglamentar el pensamiento, tergiversar la verdad, falsificar la realidad, fundamentar el poder en la arbitrariedad y el temor. Estos valores son cimientos de la Nación y orientadores del comportamiento de dirigentes y dirigidos. Son los valores que inspiran las grandes decisiones, que iluminan la noche del infortunio cuando surgen dudas y declinan esperanzas. Son distintos de los valores materiales, forjados por la riqueza y exponentes de prosperidad. Combinar los valores individuales y sociales trascendentales, la sustancia de la ética, con la creación de valores económicos para el bienestar, la seguridad, la evolución del país, la confianza en el porvenir, constituye la clave del desarrollo y, desde luego, la razón esencial de la institución universitaria. Porque en situaciones de penuria, de miseria, de inestabilidad, de mengua del potencial productivo no pueden cultivarse en propiedad los valores institucionales y sociales y sobreviene la quiebra de estos, su caída, su deformación. La miseria y la libertad son incompatibles: en la miseria dominan las necesidades; en la abundancia bien lograda domina la libertad.
La comunidad universitaria tiene que ser modelo de democracia, por la solidez de sus relaciones internas y externas, por el cabal ejercicio de los derechos que le corresponden, pero también por el cumplimiento de los deberes que son indispensables. La comunidad universitaria es garante de la autonomía de la Universidad, condición necesaria para el desenvolvimiento de la institución. La preservación y defensa de la autonomía es el principal deber de la comunidad universitaria. Sin autonomía no existe la libertad de cátedra, ni de investigación, ni de difusión del pensamiento crítico, ni de disposición de los recursos materiales que sean asignados u obtenidos por la institución. Sin autonomía no es posible la escogencia por vía electoral directa de los mejores servidores de la Universidad para las funciones propias de la actividad universitaria. Sin autonomía la dinámica del escalafón profesoral se condiciona a intereses espurios en detrimento de méritos, credenciales y logros científicos y culturales. No obstante, hay que advertir que la autonomía no significa una patente de corso para discriminación, atropello, concentraciones internas de poder, despilfarro de recursos y escasa transparencia de las gestiones. Debe significar coordinación con otras universidades e instituciones de educación superior, colaboración para que los objetivos propios del Estado sean alcanzados, rendición de cuentas con absoluta claridad, participación calificada en la planificación nacional. La autonomía es el valor supremo de la Universidad.
Quiero destacar en particular el componente estudiantil de la comunidad universitaria, cuya función en la historia nacional ha sido demostrada en ocasiones memorables en que se libraron batallas trascendentes por la independencia y la libertad de nuestra nación: hago referencia especial al 12 de febrero de 1814, en que, conducidos por José Félix Ribas, contribuyeron con sus vidas a detener en La Victoria a las hordas de Boves; también traigo a la memoria las jornadas de 1914, 1919 y 1928, contra la dictadura de J.V. Gómez; y 1936, alborada de tránsito a una forma de democracia restringida en el cual la Federación de Estudiantes de Venezuela desempeñó el papel que correspondía a los partidos políticos todavía en gestación y varios de sus dirigentes fueron encarcelados y exiliados; y una vez más, el 21 de noviembre de 1957, los estudiantes declararon una huelga combativa que fue un factor para el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez. Y en el presente, ante la coyuntura de una enmienda constitucional para permitir la reelección indefinida del Presidente de la República y otros funcionarios, que niega la alternabilidad en la conducción de la República, los estudiantes universitarios levantaron sus manos pintadas de blanco y sus banderas de lucha pacífica en defensa de los principios democráticos y las garantías ciudadanas, exponiéndose a la represión oficial que no comprende, al parecer, que la juventud es fuente de rebeldía, de protesta, de lucha, por ideas e ideales que representan las condiciones éticas del desenvolvimiento de las instituciones. No se debe reprimir el futuro y la juventud es depositaria del futuro, de la continuidad progresiva de la Nación, enlace de generaciones, fibra fresca en la cual palpita la conciencia colectiva. La juventud estudia y lucha, lucha y estudia, su inquietud no puede recluirse en las aulas, laboratorios y bibliotecas, sino que exige participación en la vida social, en el proceso de transformación hacia el desarrollo, en la preparación de los escenarios en que le corresponderá actuar como profesionales y como ciudadanos. Infortunada una colectividad en que la juventud permanezca indiferente ante su acontecer, sumergida en libros, experimentos de laboratorio, discusiones académicas y el tranquilo discurrir de la vida doméstica. En todo caso sería el paradigma de una sociedad madura, que ha alcanzado la perfección humana posible, en que las turbulencias, los desequilibrios, las injusticias, la opresión y la explotación de unos seres humanos por otros sean lejanos recuerdos del pasado, desvaídas imágenes propias de piezas de museos, páginas amarillas que se deshacen al contacto de las manos. No es precisamente nuestro caso.
Los estudiantes expresan la inconformidad, el descontento, la angustia de la gente del común. Expresan estas situaciones con pasión, con valor, con responsabilidad, con mística; no puede ser la manifestación fría, formal, tranquila que los gobernantes desearían; tampoco, desde luego, debe darse cabida a la violencia. Torpe el Gobierno que trate de impedir la manifestación de la juventud en defensa de principios e ideales que son sustancia de los intereses más justos y honestos. Porque, como enseñan la sociología y la psicología, la contención represiva de la inconformidad puede llegar al punto de saturación y provocar una explosión popular de impredecibles consecuencias. La democracia propicia la controversia de opiniones, actitudes, ideas, intereses, y por ello las soluciones a los problemas que aquejan a la colectividad pueden surgir normalmente, sin necesidad de recurrir a la violencia. Los estudiantes se expresan como exponentes que son de la Universidad, es decir, como cultores de la razón. Lo hacen tanto cuando exigen reivindicaciones propiamente estudiantiles como cuanto participan de las coyunturas políticas del país, porque entienden que su futuro como ciudadanos y como profesionales se forja cada día y no pueden ser ajenos a ese acontecer. Además, la vida pública y social, en su mejor acepción, es fuente de aprendizaje, laboratorio de experiencias que contribuyen a moldear la personalidad. No pueden los jóvenes recluirse en aulas, recintos académicos y salas tranquilas de lectura mientras, más allá de los cotos universitarios se juega la suerte de la nación. Tampoco pueden ser extraños ante los sucesos del mundo, no sólo los adelantos científicos y tecnológicos y los frutos de la inteligencia y la cultura, sino también las conmociones, la dinámica del poder, las mudanzas de la geopolítica, el padecer de los pueblos en procura de su libertad y de la paz. Todo ello, lo del interior y lo del exterior, constituye la materia viva de la formación universitaria.
Me he detenido en el componente estudiantil de la comunidad universitaria, sin dejar de considerar las actuaciones del personal docente y de investigación, porque este es parte de la misma angustia existencial, de inquietudes y preocupaciones y porque es depositario de la confianza y del afecto de los estudiantes. No puede ser, por tanto, fría y formal, rígida y circunstancial la relación entre profesores y estudiantes, sino dinámica, vital, fecunda, movida por los mismos factores del sucederse de la cotidianeidad, a veces tranquila, evolutiva, como el quieto fluir de los ríos dentro de sus cauces, pero en ocasiones turbulenta, agitada, por fuertes corrientes, sobre todo en países como el nuestro cuya historia es un largo trajinar en busca del desarrollo, objetivo prometido, paradigma que acicatea las jornadas trascendentes de las sociedades, centrado en la igualdad de oportunidades entre las naciones, en la justa distribución no sólo de la riqueza material y el bienestar sino también, especialmente, del conocimiento y de la capacidad de adquirirlo y mejorarlo, sin que constituya monopolio de las megacorporaciones transnacionales ni de los países que se califican como adelantados. La paz del mundo, la convivencia pacífica de los grupos humanos, se basa en la solidaridad, en la cooperación, en el esfuerzo común para eliminar la pobreza, el hambre, la enfermedad, el infortunio, el desamparo, y por la sanidad del ambiente, el equilibrio con la naturaleza y el propio equilibrio social. La cátedra es, debe ser, por tanto, un lugar de intercambio, de trabajo, de procesamiento de experiencias, una microhumanidad de múltiples perfiles, no un modelo de verticalidad en que el profesor enseña y el alumno recibe la enseñanza, sino un plano horizontal en que el profesor es orientador, guía, promotor, no un impositor de lo que considera la verdad, la escurridiza verdad sujeta a cambio en el tiempo y el espacio.
No puede marginarse de esta estimación al personal auxiliar, de apoyo, de servicio, trabajadores de la Universidad, sin cuyo concurso sería más difícil, limitada e incompleta la actividad docente y de investigación; este personal participa, inevitablemente de la vida universitaria, que le afecta y la padece o la disfruta según los casos. Este componente de la comunidad se identifica con la institución, comparte con los otros componentes las circunstancias adversas y las afortunadas y contribuye con su esfuerzo al cumplimiento de las metas y los objetivos de la Universidad.
Naturalmente en el epicentro de los acontecimientos que afectan a la vida universitaria están las autoridades de la institución, cuyo desempeño debe corresponder a la culminación de la carrera universitaria. La elección de las autoridades y de los representantes de los profesores y estudiantes constituye uno de los aspectos esenciales del principio de la autonomía universitaria. Las autoridades tienen la alta responsabilidad de conducir las actividades de estas casas de estudio, de reflexión, de pensamiento, pero también de desvelada vigilancia por los derechos y garantías de la ciudadanía, y no es de poca monta el compromiso. La imagen de la Universidad tranquila, vuelta hacia sí misma, cuidadosa tan solo del perfil académico, no tiene cabida en este tiempo, en este país. No escapa la Universidad a las contingencias públicas, ni a sus propias contingencias. Bulle en su interior lo que en el exterior ocurre. Idealizamos a la Universidad como vanguardia de la nación, como faro luminoso para llevar a buen puerto a los navegantes, centro de referencia del saber, del conocer, de la auscultación de la realidad nacional y fuente de indicaciones para la superación de las dificultades. Pero la Universidad es al mismo tiempo reflejo del país, las dificultades de este la afectan, no es una isla fuera de la ruta de las tormentas, sino parte de la realidad, inmersa en ella. No es un paraíso donde moran seres excepcionales, sino un microuniverso expuesto a riesgos, a escasez de recursos, a agresiones externas y enfrentamientos internos. Las autoridades tienen que pacificar los ánimos, ser árbitros de conflictos, líderes de la comunidad, defensores de la autonomía y al mismo tiempo impulsores de la transformación académica, de las reformas administrativas y funcionales, de los cambios indispensables en una institución que no puede permitirse la rutina ni la inercia.
He vivido el proceso del desarrollo de la Universidad durante la mayor parte de mi existencia, desde la época de estudiante, que se conserva fresca en el recuerdo, hasta la actual, más de sesenta años, mi edad mayor, la memoria cargada de mi relación como profesor de tantas promociones, el reencuentro con quienes ayer fueron jóvenes soñadores y ahora son como los caminantes que llevan a cuestas el cansancio del trajinar, y nos contemplamos los rostros que fueron tersos y juveniles y ahora son expresiones de la huella del tiempo, aunque el espíritu no se marchite, aunque la voluntad no falte, aunque la mente conserve lucidez y la conciencia la firmeza del buen juicio. Los árboles crecieron y maduraron, los libros se tomaron amarillos, nuevas voces y risas resuenan en los corredores y jardines: la Universidad permanece, no sólo testigo sino también actora de la historia.
He dicho que la Universidad es la vanguardia del país. Esta posición es obligante, de elevada e irrenunciable responsabilidad. Para hacer frente a ese compromiso la Universidad debe estar preparada, institucionalmente, científicamente, tecnológicamente, humanísticamente y espiritualmente. Este compromiso no se limita a la formación superior de los profesionales que contribuirán al adelanto del país, al aumento de su capacidad de creación de riqueza, al bienestar de la población, a la estabilidad social, al desenvolvimiento del Estado de derecho y de justicia sino también a la definición integral de un proyecto de desarrollo que sea compartido por todos los sectores en sus lineamientos estratégicos y modos y medios de ejecución, y por ello se requiere el concurso de las diferentes disciplinas del saber y el conocer, lo que implica un esfuerzo de integración, el encuentro de un escenario común de índole metodológica, conceptual, semántica, funcional, en que se plasme el concepto mismo de universidad, es decir, unidad en la diversidad y diversidad en la unidad. Porque la realidad nacional es única, aunque múltiple y compleja, polifacética, cuyas raíces constituyen la caracterización estructural de lo que existe como problema, como oportunidad y como posibilidad de transformación. Hay que ofrecer a los venezolanos una alternativa viable, convincente, consistente, que encarne las aspiraciones, las expectativas, los requerimientos materiales, éticos y culturales de la totalidad. Una ruta al desarrollo, una concreción del futuro, una utopía realizable, una configuración de la Venezuela que necesitamos, queremos y podemos alcanzar.
El proyecto nacional de desarrollo no puede ser una abstracción, un producto de laboratorio, un mensaje de minoría a la minoría, sino una visión integral de lo que el país tiene que ser, en lo económico, en lo social, en lo institucional, en lo político. Ese proyecto tiene que ser y comprender un cuadro de los valores fundamentales de la colectividad, de la identidad nacional, de la sustancia viva de la soberanía, de la libertad, de la dignidad, de la conciencia crítica, del sentido real y profundo de la democracia. Por ello hay que promover la discusión, la participación, el consenso, la compenetración en todas las instancias y niveles de la sociedad, sin exclusión, sin discriminación, sin zonas oscuras, sin dudas e incógnitas; transparente, objetivo, capaz de concitar todas las voluntades y todos los esfuerzos para llevarlo adelante. Los planes llamados de la nación hasta el presente han sido documentos muy bien elaborados, propósitos plausibles, modelos de gestión; pero no han trascendido del ámbito burocrático, de los compartimientos del sector público, de la voluntad de los dirigentes del Estado; pero carentes de auténtica socialización, es decir, de participación del colectivo, y por ello se han frustrado, no han pasado de ser volúmenes pesados y de colección en los anaqueles de las bibliotecas y los archivos muertos. Ni siquiera han sido pauta obligatoria efectiva para la acción oficial; ha sido evidente la falta de coordinación, la dispersión de programas y proyectos, el casuitismo ante los problemas el alcance del corto plazo, la falta de continuidad a través de los gobiernos y las instituciones. Ahora se pretende la implantación forzada de unas ideas no bien definidas ni expresadas bajo el calificativo de socialismo del siglo XXI con la advocación del pensamiento y la acción de Simón Bolívar, y unas cuantas actuaciones que, en lugar de abrir camino a un nuevo orden económico, han tenido por efecto, por lo general, el debilitamiento del aparato productivo, inclusive el que está bajo el control del Estado. La característica más notable de este socialismo es la concentración de poderes en la Presidencia de la República y la subordinación prácticamente absoluta de las instituciones que, en principio, deben ser garantía del ejercicio democrático. Debo confesar a título personal mi frustración, en gran parte, con el desenvolvimiento público en los diez años concluidos el 2008. Mi pensamiento es de índole socialista, creo en la necesidad de un cambio estructural de la economía y la sociedad, no sólo en Venezuela sino en la América Latina. Estoy convencido de que la historia marcha hacia una transformación profunda del modo de organización de la sociedad para crear riqueza, distribuirla y utilizarla para el continuo mejoramiento de todos los miembros del colectivo. Observo que el capitalismo en su etapa actual, donde predominan las megacorporaciones, la alta finanza, los mercados en funcionamiento por la competencia monopolista, la amplia desigualdad de ingresos y oportunidades, el desempleo, la pobreza, la recurrencia de las crisis, entre otras calamidades, no es apto para satisfacer las necesidades de la humanidad, sus aspiraciones de una vida liberada de la escasez, de la incertidumbre, de la guerra, y de calidad cada vez mayor. Por ello se plantea una alternativa de cambio. No se trata de destruir lo que el capitalismo ha logrado como beneficio: el aumento de la productividad, el adelanto de la ciencia y la tecnología, la multiplicación de bienes y servicios que, bien distribuidos, hacen más liviana la vida, la potencialidad de la innovación, entre otras realizaciones. Se trata, como claramente expresó Marx, de construir sobre esos adelantos un nuevo orden económico y social auténticamente democrático, en que el trabajo no sea un castigo o una carga sino un motivo de satisfacción, una afirmación de la dignidad humana, una fuente de recursos para la elevación de la calidad de vida y para la seguridad económica y social. Un orden en que la participación colectiva sea el principio rector de las decisiones y un factor de autorregulación de la gestión pública y privada. En estos principios he fundamentado mi pensamiento y mi modesta actuación en la vida pública. Pero lo que ha ocurrido en la década de referencia está muy lejos de ese ideal. No es compatible el socialismo con el poder unipersonal, con la dependencia absoluta del proceso de la conducción de un solo hombre por excepcional que sea.
No soy un crítico obcecado. Lo que considero positivo, acertado, conveniente, lo reconozco y estimulo; lo que, por el contrario, estimo negativo, errado o inconveniente, lo califico como tal. Reconozco, por ejemplo, que se ha efectuado una cierta difusión social del ingreso petrolero, bajo la forma de las misiones y las pensiones del Seguro Social. El poder adquisitivo de amplios grupos sociales ha aumentado en términos monetarios y el patrón de consumo ha mejorado sensiblemente. Esta es una de las razones por las cuales ha aumentado la brecha real entre la oferta y la demanda agregada interna de bienes de consumo básico, con efecto inflacionario, y la necesidad de recurrir a la importación al favor de los altos ingresos petroleros hasta fines de 2008. Conviene observar que cuando se reduzca el gasto público en virtud de la caída del petróleo la demanda de bienes y servicios se contraerá, porque la difusión de ingresos tiene como fuente precisamente el ingreso petrolero. Esta misma posibilidad hará que se pongan de manifiesto dos o tres debilidades fundamentales de la política social del Gobierno: la de la distribución del ingreso de índole progresiva, ya que lo que se difunden en amplios sectores de la población no procede, en su mayor parte, de la actividad productiva sino de la distribución de subsidios que desaparece en parte con la reducción del gasto público; en el mismo sentido hay que mencionar lo que podría denominarse la falsificación de la pobreza, pues las fuentes oficiales informan que esta ha disminuido sustancialmente en la década 1999-2008 en razón de la distribución de subsidios y pensiones; hay que advertir al respecto que la pobreza no es sólo de ingreso monetario, sino de carencias elementales para una vida sana, estable y digna, como la salud, la educación, la seguridad económico/social, la vivienda, entre otras; por último es conveniente mencionar que el crecimiento económico que se ha registrado los últimos cinco años se ha fundamentado en el gasto público, y al contraerse este la tasa de crecimiento descenderá hasta cifras muy bajas o negativas. Pobreza, inestabilidad económica e inflación no han sido abatidas en este período en que cuantiosos recursos han ingresado al país, además de los captados internamente mediante la carga tributaria.
Otro aspecto que es necesario destacar es el establecimiento progresivo del poder comunal bajo la figura de los Consejos Comunales que deben ser, en principio, órganos de la voluntad popular formados directamente en la comunidad respectiva. Para que los Consejos Comunales adquieran realmente fortaleza para ejercer sus atribuciones deben tener independencia y recursos económicos, sin interferencias de los poderes públicos. Han sido creados varios de estos Consejos en diferentes lugares del país y sería conveniente evaluar sus actuaciones para verificar si gozan de las dos condiciones que he señalado. Por último quiero hacer referencia en este orden de ideas a la participación de los trabajadores en las decisiones que tomen las empresas bajo control del Estado, que no consista en figuras decorativas o convidados de piedra de los representantes en los órganos de decisión, sino que efectivamente participen. De modo distinto he observado que los trabajadores de varias de esas empresas (petróleo, siderúrgica, aluminio, entre otras) están en frecuente conflicto por la defensa de sus derechos, hasta el punto de que se da la circunstancia paradójica de que el Estado es un patrono menos deseable que los privados. Este es un socialismo singular en que los trabajadores están excluidos de la gestión de las empresas del Estado.
En esta oportunidad no puedo dejar de considerar la crisis financiera y económica que conmueve actualmente a la economía mundial y cuyos alcances y efectos seguramente se harán presentes en nuestra economía, tan dependiente de las relaciones económicas internacionales.
Esa crisis, según la opinión autorizada de economistas de los países desarrollados, es la más grave que ha sufrido el sistema capitalista desde la década de los treinta del siglo XX y no se tiene la noción precisa de su duración e intensidad. Es conocido que el fenómeno se hizo evidente en las dificultades financieras de los bancos de Estados Unidos, cuya incontinencia crediticia en el ramo de inmuebles condujo a la insolvencia de los deudores y al colapso del mercado inmobiliario. Pero la crisis no se detuvo en el campo financiero sino que se extendió a otras actividades, de tal manera que la bolsa de Nueva York acusó un descenso sustancial de las cotizaciones de las acciones más importantes; luego, las megacorporaciones en la industria automotriz y los precios del petróleo sufrieron descensos muy pronunciados, todo lo cual obligó al Gobierno de Estados Unidos a anunciar un plan de asistencia financiera por un monto de alrededor de 800.000 millones de dólares para evitar la quiebra de varias corporaciones financieras y fabricantes de automotores. La crisis financiera se ha convertido en recesión económica. No se ha circunscrito a la economía norteamericana sino que se ha extendido a Europa occidental, Gran Bretaña, Rusia, China y Japón. Es, por tanto, un revés grave para la economía mundial bajo el capitalismo. La globalización fenómeno que se desenvuelve desde las últimas décadas del siglo pasado hasta el presente ha sido propicia para la mundialización de la recesión, ya que se ha construido una espesa red de relaciones de todo orden a través del globo: financieras, tecnológicas, comunicacionales, de inversión, producción y consumo, que hace que cualquier dificultad que afecte sensiblemente a alguna parte del sistema se transmita sin pérdida de tiempo a las restantes. Las megacorporaciones han sido instrumentos muy eficaces para la construcción de esa red y, aunque se practican algunas modalidades de competencia entre aquellas, sus intereses están entrelazados.
Las políticas de los Gobiernos de los países desarrollados no han progresado realmente en concordancia con los cambios registrados en la economía, y los instrumentos aplicados nada tienen de novedosos y sí mucho de tradicionales y convencionales. Frente a las variaciones de la coyuntura utilizan los medios consabidos de la política monetaria, cautiva en un dilema sin aparente solución: el alza de las tasas de interés puede frenar el impulso inflacionario a expensas del crecimiento económico; el descenso de aquellas tasas para estimular la actividad económica puede impulsar la presión inflacionaria. En el mismo sentido la política fiscal nominalmente neoliberal u ortodoxa confronta sus propias contradicciones: el aumento de los impuestos desestimula a la economía porque se contraen al mismo tiempo la inversión, el ahorro y el consumo, pero el aumento de la carga tributaria permite equilibrar en lo posible el presupuesto; sin embargo, la expansión del gasto público parece inevitable, no sólo por el gasto social sino también ostensiblemente por el gasto militar acrecentado por los conflictos en que se envuelven por propia voluntad las grandes potencias, con Estados Unidos a la cabeza. Lo que resulta de este complejo de contradicciones es un compromiso de precario perfil: una llamada tasa natural de inflación, convencionalmente tolerable; una tasa natural de desempleo y una tasa natural de crecimiento económico inferior al óptimo posible, con un déficit fiscal de no más del 3 por ciento del PIB. Desde luego, una crisis económica fuerte como la actual desajusta ese mecanismo y desencadena procesos acumulativos de control difícil. Las medidas tomadas hasta ahora en los centros rectores del capitalismo no pasan de ser paliativos, pero no resuelven el problema de fondo. Los consumidores en buena parte deudores tienen que reducir sus gastos y ello afecta a la demanda de derivados del petróleo. Si el Gobierno de Estados Unidos y de otros países alivian la carga tributaria, los consumidores preferirán ahorrar para pagar sus deudas. Las fábricas consumirán menos combustibles, así como los medios de transporte y la maquinaria agrícola. Por ello y por la reabsorción de la especulación financiera los precios del petróleo que en los meses comprendidos entre agosto de 2007 y julio de 2008 ascendieron casi vertiginosamente hasta más de 140 dólares sufrieron una caída sustancial desde septiembre del 2008, acentuada los meses finales del año pasado y comienzos del actual, no obstante el crudo invierno norteño. De sus indudables efectos en la economía venezolana hablaré más adelante.
La crisis económica y financiera, ya en fase de recesión, no podrá resolverse sin modificaciones significativas en el sistema económico mundial, entre otras las siguientes: reforma de las instituciones y los mecanismos financieros, entre estos el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; mayor eficiencia en las regulaciones y prevenciones para evitar crisis financieras, casi siempre impulsadas por ondas especulativas; medidas para reducir el desempleo hasta el límite inferior acotado por la tasa natural de desempleo; fortalecimiento del Estado como órgano regulador, interventor y partícipe de la actividad económica; equilibrio entre las funciones del Estado y las del mercado, para hacerlas complementarias y evitar tanto los excesos del Estado como las imperfecciones del mercado; aumento de los medios y modos de la cooperación internacional en materias tales como el intercambio comercial, la inversión, el desarrollo tecnológico, la conservación del medio ambiente natural, la pobreza y la desigualdad socioeconómica. Se trata, como siempre, de un nuevo orden internacional, paradigma inalcanzado porque los intereses de la geopolítica, el poder de las corporaciones gigantes y las considerables diferencias de culturas, de regímenes de gobierno y conflictos históricos, levantan obstáculos que hacen muy difícil reordenar el sistema mundial de relaciones. El capitalismo se ha transformado notablemente desde su forma clásica, de librecambio y pequeñas empresas, hasta la contemporánea de grandes concentraciones de capital, dominio tecnológico, financiero y poder político. En esta oportunidad no desaparecerá este sistema, pero si no se transforma habrá nuevas crisis más graves que la actual.
Una economía como la venezolana, altamente dependiente de las relaciones económicas internacionales, principalmente con los países capitalistas de mayor desarrollo, está en la ruta de los huracanes y sismos financieros y económicos que de cuando en cuando sacuden al mundo en totalidad o a alguna de sus partes. Entre los elementos globalizadores está el petróleo, precisamente el eje de esta economía. La demanda de petróleo depende directamente del crecimiento económico mundial y particularmente del de las potencias económicas desarrolladas. En los últimos tiempos esta demanda ha sido manipulada por la especulación financiera mediante el tráfico de papeles sin referencia real bajo el calificativo de operaciones a futuro, lo que determinó un alza sin precedentes de las cotizaciones del crudo, sin relación precisa con la situación de la oferta ni la demanda efectivas. Al fallar el soporte financiero cayeron los precios del petróleo en una pendiente negativa: de 140 a menos de 40 en el transcurso de seis meses. Venezuela obtuvo el año pasado ingresos petroleros por casi 90.000 millones de dólares, un máximo histórico. En el presente año, en el mejor de los casos, tales ingresos no sobrepasarán los 40.000 millones. Si se tiene en cuenta que aproximadamente la mitad de los ingresos fiscales ordinarios y el 85 por ciento de nuestra balanza de pagos se sustentan del petróleo, podrá apreciarse simplemente el efecto de aquella caída en nuestro país. El Gobierno ha declarado reiterativamente que estamos «blindados» ante los efectos de la crisis internacional por el motivo de que se ha acumulado en diferentes entidades del sector público activos en divisas por el orden de los 60.000 millones de dólares. De esta cantidad un 66 por ciento, o sea 40 millardos de dólares, estaban en la reserva internacional del Banco Central de Venezuela; recientemente fueron transferidos a Fonden institución financiera oficial 12.500 millones de dólares según lo ordenado por la ley. Las importaciones de bienes y servicios conexos requieren 50 millardos de dólares anuales, cifra que de por sí excede el monto del ingreso petrolero previsto para el año. Es probable un déficit de balanza de pagos de 8.000 a 10.000 millones de dólares sin incluir la salida neta de capital lo que llevaría las reservas del BCV a 18.000 millones de dólares a fines de año, de las cuales son operativas, es decir, disponibles para pagos internacionales, alrededor de 14.000 millones de dólares; un segundo revés de la balanza de pagos el año 2010 abatiría las reservas hasta un nivel de 6.000 millones de dólares o menos. Al mismo tiempo caerían los ingresos fiscales petroleros y, como efecto inducido, los ingresos tributarios internos, por lo que el gasto público tendría que ser reajustado en proporciones significativas. El encadenamiento de efectos conduciría a una tasa de crecimiento algo mayor que cero o negativa. Sería la recesión económica con perfiles de gravedad. Retornarían las altas tasas de desempleo y pobreza, en un escenario de presiones inflacionarias más fuertes.
Es indispensable advertir que no sólo factores exógenos están oscureciendo el horizonte de nuestra economía, sino también factores endógenos que tienen su génesis, en mi opinión, en la séptima década del siglo pasado, cuando ocurrió la primera bonanza petrolera del periodo de la democracia representativa. La extraordinaria afluencia de ingresos petroleros al país sirvió de base al gobierno de Carlos Andrés Pérez para intentar realizar el plan denominado la Gran Venezuela, de aceleración del crecimiento económico y del bienestar social, para lo cual no sólo se utilizaron los recursos del petróleo sino también el crédito público externo. La hipótesis principal que sostenía la estructura de la Gran Venezuela era que los elevados precios del petróleo se mantendrían por varios años, lo que no ocurrió, pues la bonanza duró apenas tres años. Las fluctuaciones de los precios del petróleo son una característica de este mercado que obedece a múltiples factores y contingencias. En la bonanza reciente, que concluyó a mediados del 2008, el factor especulativo relacionado con el mercado de futuro del petróleo y financiado con disponibilidades bancarias fue determinante de la elevación sin precedente de los precios, hasta más de 140 dólares, y desde septiembre se desplomaron hasta menos de 40, al compás de la crisis bancaria de Estados Unidos y Europa. Pero, retornando el hilo de la explicación que deseo exponer, debo decir que la Gran Venezuela (1974-1977) dejó una secuela de índole estructural negativa: la expansión acelerada de las variables macroeconómicas circulatorias y el rezago entre estas y la economía real, lo que ha determinado una brecha que, en el fondo de las cosas, genera inflación. Cerrar esta brecha es una tarea fundamental de una estrategia económica de desarrollo, pues implica el impulso sostenido y planificado de fortalecimiento del aparato productivo y la sustanciación real de la demanda de bienes y servicios, que no debe proceder de ingresos inestables no originados en el trabajo productivo, en el disfrute rentístico de subsidios y empleos que encubren paro forzoso, sino en creación de riqueza. Este año tenemos un escenario económico bien complicado y en buena medida incierto, Sin duda se contraerá el ingreso petrolero en una proporción mayor del 50 por ciento, lo que se reflejará en un déficit fiscal considerable si no se reajusta el gasto público o si el Gobierno no recurre a aumentar la carga tributaria o a devaluar el bolívar. El reajuste del gasto público, que sería la medida más razonable, ocasionaría un debilitamiento del crecimiento económico, con mayor desempleo, aunque quizá con menor inflación. Las importaciones de bienes y servicios tendrán que reducirse entre un 20 y 25 por ciento para evitar un desequilibrio fuerte de la balanza de pagos y una caída de las reservas internacionales. Si la crisis económica internacional continuara el próximo año con cierta gravedad, los precios del petróleo no se recuperarán al nivel que se puede considerar como de equilibrio: para nosotros de alrededor de 70 dólares y, por tanto, las dificultades para la economía venezolana y el bienestar social no serán superadas. Desde luego, estas consideraciones están sujetas a que el Gobierno no tome las medidas necesarias para enfrentar la recesión y evitar consecuencias mayores que las previstas. La primera medida que debe tomar el Gobierno es procurar un acercamiento con los sectores empresarial, sindical y social con el propósito de llegar a un acuerdo de emergencia nacional, que permita que cada sector asuma su responsabilidad y aporte su esfuerzo para superar la recesión; de no ser así, si el Gobierno se empeña en una gestión aislada, unilateral, autosuficiente, y peor aún, enfrentado a más de la mitad del país, las dificultades económicas serán mucho mayores y más persistentes y la economía perderá recursos y tiempo para el desarrollo. En el pasado pudimos sobrevivir económicamente con precios del petróleo de 20 o 30 dólares, pero las condiciones de la actividad económica eran muy diferentes en cuanto a distanciamiento entre Gobierno y empresas privadas y el entorno internacional era más favorable. Me refiero, en concreto, a períodos anteriores al año 2000. En años recientes, de bonanza petrolera, se han desbordado tanto el gasto público como las importaciones, en tanto que la producción ha tenido un lento crecimiento o un estancamiento. En realidad estos años de expansión han sido muy deficientemente aprovechados para el fortalecimiento de una capacidad económica reproductiva, diversificada, menos dependiente del exterior, como también para un mayor nivel de bienestar social equitativo.
El Gobierno ha declarado reiterativamente que el país dispone de recursos y medios para enfrentar la crisis y evitar sus efectos más agudos y graves en la economía y en la gente. Estimo que es verdad. Los activos en divisas de los sectores público y privado superan, en conjunto, los 70 millardos de dólares, sin contar los que los particulares poseen en Estados Unidos, Europa, paraísos fiscales y monetarios, que se estiman en alrededor de 120 millardos de dólares; esta inmensa fortuna no está disponible para el país en las actuales circunstancias. Gran parte de esa fortuna evadida por diferentes motivos, tales como la desconfianza, la incertidumbre, la corrupción no retornará al país; pero con un cambio de clima institucional, político y económico, que genere confianza, algo regresará. No obstante, lo que es necesario decir es que no podemos descansar en la confianza de que con los recursos disponibles en términos financieros y monetarios sin una estrategia de cambio compartida por todos los sectores de la vida nacional, no serán suficientes para superar la crisis. La mejor y más eficaz preparación debe ser la existencia de un potencial productivo que permita sustituir importaciones, atender a la demanda interna de bienes y servicios y concurrir a los mercados internacionales con bienes competitivos en proporción significativa. Desde luego, esto no se logra en el corto plazo, pero es posible echar las bases para que a la vuelta de ocho o diez años se tengan resultados importantes en el sentido indicado. Por supuesto que la recesión económica en puertas no será superada fácilmente, con paliativos. Hay que decir la verdad a la nación: el crecimiento económico se debilitará hasta niveles algo superiores a cero o negativos; la inflación persistirá en altas tasas; la escasez de artículos necesarios de consumo y de producción se acentuará, el desempleo aumentará, el nivel de bienestar social, particularmente de los grupos más vulnerables, descenderá. No se trata de alarmar, ni exagerar, sino de alertar oportunamente para que el impacto no sea tan sorpresivo. El Gobierno debe decir la verdad en cuanto a la perspectiva, para no dar lugar a falsas ilusiones. Si los precios del petróleo se recuperaran en menor tiempo del previsto y en mayores niveles, las penalidades serían menores; pero quedaría la experiencia para que una nueva caída del producto básico de exportación nos puedan encontrar preparados y empeñados en la construcción de una economía fuerte, de una sociedad equilibrada, de un país integrado y activo.
No huelga insistir en la necesidad de la formación de un frente nacional de desarrollo, constituido por todos los sectores del país, sin discriminación y, por supuesto, el Gobierno como factor fundamental y administrador de parte de los recursos más importantes. Es la hora de la unificación de la nación, de elevar la conciencia pública y privada hasta alturas trascendentes, para el servicio de la colectividad y no para beneficio de una parcialidad. Hora de oportunidad, porque la crisis puede interpretarse como oportunidad, como acicate para abrir caminos al esfuerzo nacional a la voluntad del país, a la grandeza de pueblo que plenó de gloria páginas de la historia. Y en este sentido la Universidad tiene una función de primer orden, como orientadora, investigadora, planificadora, inclusive como crítica para la mejor gestión, como formadora de generaciones de profesionales provistos del poder del conocimiento y animados por la gallardía de la juventud para contribuir al análisis y la solución de los problemas que nos aquejan. Es una paradoja que mueve a reflexión que las necesidades, la escasez, la pobreza real, la penuria se multiplican en los períodos de bonanza económica como el que hemos tenido hasta el año pasado y que podría retornar en un futuro incierto. Estimo que el recurso más valioso, más productivo, insustituible, es el factor humano, los hombres y las mujeres de este pueblo en que se deposita la confianza del resurgimiento. Los bienes materiales son auxiliares necesarios para el proceso de producción; pero no son independientes, no cumplen sus funciones sino mediante la acción humana, de la inteligencia y la aptitud física, bienes inapreciables que generan los bienes materiales. En el proceso de reproducción de ese potencial la Universidad es una fuente renovadora, que además de reproducirse a sí misma en términos ampliados cada vez más, contribuye calificadamente a la reproducción de las generaciones que expresan en su actividad y en sus actitudes la evolución ascendente de la humanidad hacia la cumbre del pleno desarrollo.
En el ocaso de la vida, andado ya en su mayor parte el camino que nos propusimos o que se nos impuso en la constelación de contingencias y circunstancias inevitables en el acontecer de la existencia, al analizar retrospectivamente mi modesto pasar, encuentro que mi mayor satisfacción la he tenido en el quehacer universitario, la hermosa tarea de estimular en los estudiantes el ejercicio del pensamiento crítico, la de compartir con ellos y con los compañeros profesores el pan de las ideas, la indagación de la verdad que nunca es absoluta ni permanente, sino relativa y cambiante; la emoción irrepetible de la primera clase, la sorpresa profunda del anuncio de la primera promoción que llevó nuestro nombre, el encuentro casual o frecuente con antiguos discípulos que nos recuerdan; el hecho sin par de que quienes fueron alumnos después fueron profesores e investigadores de gran trayectoria o personajes de la vida pública; apreciar que el tiempo no transcurre en vano sino que implica creación, novedad, esperanza, distintos escenarios, diferentes actores, y en algún recodo del camino, ojala propicio para el descanso, la planta andariega se detendrá, dejando atrás huellas que sirvan a otro caminante para proseguir la ruta interminable hacia la paz, la abundancia de los bienes materiales y la excelencia de los bienes espirituales y culturales de las naciones.












