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Cuadernos del Cendes
versión impresa ISSN 1012-2508
CDC vol.31 no.86 Caracas ago. 2014
Lo territorial, lo subjetivo y lo político en el análisis de la configuración del sujeto popular
Beatriz Fernández Cabrera*
* Profesora - Investigadora del Área de Desarrollo Urbano-Regional del Centro de Estudios del Desarrollo, Cendes, de la Universidad Central de Venezuela.
Como miembros del personal docente y de investigación de la Universidad Central de Venezuela nos corresponde presentar, a lo largo de nuestro ejercicio profesional, sucesivos trabajos de investigación que nos van permitiendo ascender en el escalafón universitario. Tales trabajos pueden corresponder al informe final de una investigación en particular o bien constituir el compendio de varios artículos publicados previamente en revistas arbitradas (cuyo número depende del nivel del escalafón en cuestión), producto de diversas investigaciones en una misma área temática, antecedidos por una Memoria que los articula para dar cuenta de una indagación de largo aliento. En el primero de los casos, esos trabajos suelen dar origen a publicaciones accesibles a todos los interesados pero, en el segundo, por lo general y dado su carácter de síntesis analítica de una obra publicada, tales Memorias quedan archivadas como testigo del cumplimiento de un requisito académico, no trascendiendo hacia la comunidad científica.
En virtud de que dichas Memorias suelen representar trabajos sumamente interesantes, preámbulo para conocer reflexiones bien sustentadas a través de los artículos que los respaldan, el Comité Editorial de Cuadernos del Cendes decidió ir publicando en esta sección de documentos aquellas memorias relativas a temas del desarrollo de todos aquellos profesores interesados en darlas a conocer.
El presente texto lo elaboramos para ser presentado como Memoria a fin de ascender en el escalafón universitario a la categoría de profesor asociado (Arts. 89, 91 y 95) en cumplimiento a lo pautado en el Reglamento del Personal Docente y de Investigación de la Universidad Central de Venezuela. En él se sistematizan elementos sustantivos para el análisis del sujeto popular, desarrollados in extenso previamente en cuatro artículos:
2013: «La integración socio-territorial de los sectores populares a la ciudad: un proceso conflictivo. Caso del nuevo urbanismo popular La Limonera». Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, Vol. XIX, N° 2, pp. 129-159, Caracas.
2012: «Territorialidad, sujetos populares y nuevas resistencias. A propósito de los Comités de Tierra Urbana venezolanos». Revista Cuadernos del Cendes, año 29, N° 81, sept.-dic., pp: 49-78, Caracas.
2011: «Los Consejos Comunales: Continuidades y Rupturas». Revista Cuadernos del Cendes, año 28, N° 78, sept.-dic., pp: 35-66, Caracas.
2005: «Subjetividad e Identidad colectiva en los sectores populares urbanos». Venezuela Visión Plural. Una mirada desde el Cendes. Tomo: II Cendes-Bid & Co. Editor, pp: 487-502, Caracas.
Con el fin de realizar este análisis entendemos como sujeto popular al que resulta del tránsito que hacen los sectores populares cuando dejan de ser objeto de exclusión, mediante la internalización de su condición, toman conciencia histórica de su papel y ubicación social, emprendiendo por ello una praxis política que busca cambiar sus condiciones de vida. Como hilo central, el texto destaca la indagación sobre tres elementos seleccionados que se manifiestan en rasgos peculiares de los sectores populares urbanos y que constituyen factores importantes del proceso que los va configurando como sujeto popular: la territorialidad, la subjetividad y la politicidad.
A continuación se explorarán las posibilidades analíticas de estos tres elementos con los matices propios de la realidad socio-cultural del mundo popular, tomando en cuenta a la vez el dinamismo suministrado por las coyunturas históricas particulares. Esta exploración busca flexibilizar las rígidas definiciones que desde la sociología clásica se han venido imponiendo al análisis de lo popular latinoamericano. Para tal propósito, se toma en cuenta en los artículos presentados la visión anti universalista y anti hegemónica formulada por científicos sociales latinoamericanos sobre la modernidad capitalista, y se rescata de esta óptica la invitación a comprender lo popular desde lo cultural, desde la complejidad subalterna, desde las otras lógicas que nacen de la realidad de los países periféricos. Esta aproximación analítica se desarrolla en la primera parte de este documento.
En la segunda parte se analizan los cambios que se perciben en el comportamiento colectivo de los sectores populares urbanos venezolanos a través de formas organizativas tales como los Consejos Comunales (CC) y los Comités de Tierra Urbana (CTU). Se examinan estos cambios en relación con la dinámica que los reconfigura, inducida por la nueva institucionalidad propuesta por el Estado en el contexto de la transición socio política en marcha en Venezuela.
En la tercera parte se expone, junto a las reflexiones finales, un conjunto de interrogantes persistentes en este campo de investigación.
Las ideas y argumentos aquí expuestos son derivaciones de la línea de investigación desarrollada en el Área Urbano Regional del Cendes «Reproducción social de los sectores populares urbanos»,1 en la que se inscriben las publicaciones que respaldan este texto, y de las interrogantes particulares vinculadas al trabajo doctoral en actual desarrollo,2 el cual tiene como objetivo comprender desde las raíces territoriales, subjetivas, culturales y políticas, el comportamiento de los sectores populares urbanos en Venezuela.
Los bordes difusos de los sectores populares
Preguntas iniciales
Los grupos populares,3 que muchos autores agregan bajo la denominación de «informales» por estar al margen de las reglas ciudadanas de la modernidad, tienen de singular el estar ligados a áreas sociales excluidas y, en general, el no provenir de esferas de relaciones formales de la sociedad.
Se podría definir a los sectores populares, tal como lo hacen las teorías clásicas de la sociología, la historia y la economía política, optando por un recorte analítico que prioriza su ubicación en determinadas esferas de la realidad social. De tal manera que desde la esfera laboral lo popular estaría dado por aquellos sectores de población que venden su fuerza de trabajo y son asalariados, esto es, se les asimila a la clase obrera. Pero ¿Dónde quedan los trabajadores informales, los familiares, los trabajadores por cuenta propia? ¿Los que no reciben un salario fijo? ¿Todo obrero es popular? y ¿Todo el sector popular es obrero? Las preguntas nos remiten a ver el límite de estos enfoques en la diversidad de condiciones laborales que quedan fuera del rango de la definición antes señalada.
Además que de ser así y en tanto reducto de la clase obrera, los clásicos del marxismo y las corrientes adosadas les atribuyeron a priori a los sectores populares la responsabilidad de ser el sujeto histórico y de tener una vocación revolucionaria.
El dilema conceptual se amplía cuando afloran una diversidad de movimientos sociales en el siglo XX, hecho que informa sobre la heterogeneidad del comportamiento político de los sectores populares y de cuán lejos están de tener un comportamiento político homogéneamente emancipador, como se esperaba. En ese sentido se podría afirmar que la realidad sobrepasó la teoría, presionando a esta última a ensayar otros cauces analíticos.
También se han adoptado atajos conceptuales y procedimentales al reducir los análisis de los sectores populares a los estudios cuantitativos de la pobreza, dada su importancia estratégica para la focalización de políticas públicas. Pragmáticamente se presiona para la medición, aunque con ello no se profundice en los procesos que contribuyan a comprender los cambios de estos sectores en su configuración como sujetos históricos, y tampoco se observan los bordes difusos de su definición.
En ese sentido, no solo es importante llegar a saber quiénes son y cuántos son los sectores populares sino conocer su modo de ser como sujeto social. Luis Alberto Romero, parafraseando a Heráclito, señala que «no encontrará dos veces a la misma clase social, una clase social no es de un cierto modo sino que está siendo, es decir, que está haciéndose, deshaciéndose y rehaciéndose permanentemente, [
] una forma de conocimiento estática, como la que proponen las ciencias sociales, ayuda poco a captar la naturaleza histórica de los sujetos sociales» (Romero, 2007:26).4
Reforzando esta idea, dice Hugo Zemelman (1987), citado por Núñez (2011:167), «La apertura [en el análisis], se relaciona con el cómo es de lo real y con el cómo es posible de darse de lo real, reconociendo la realidad, activándola y potenciándola, y no sólo describiéndola.»
La pregunta lógica que aflora, pensando en el caso venezolano, sería: ¿Cómo se están configurando los sectores populares como sujeto popular? ¿A través de qué procesos?
Conceptualizaciones
En los estudios sociales latinoamericanos, tanto desde los enfoques cuantitativos como desde los cualitativos, el sujeto popular es uno de los temas más destacados. No obstante observamos que, tal y como se plantea en los artículos que respaldan este documento, existen insuficiencias argumentativas producto de la falta de integración epistemológica que desde una visión de totalidad vinculen las dimensiones actuantes en la configuración del sujeto popular.
Grosso modo son dos las visiones predominantes. Una apocalíptica, que lo considera como una multitud amorfa, de pobres anómicos, apáticos, desinteresados y portadores de una socialización que afecta su integración al modelo modernizador. La otra, expresada en una visión romántica que visualiza comunidades puras, no conflictivas, con un modelo de existencia idealizado. A ambas posiciones les aparecen críticas tanto desde las corrientes culturalistas, como desde los análisis sociopolíticos de las sociedades periféricas. Diversos estudios, citados más adelante, han mostrado que ni se han roto los lazos culturales e identitarios que nuclean a los sectores populares en grupos orgánicos, distanciándose así de la masa anómica, ni el mundo popular está constituido por ciudadanos abstractos según los modelos clásicos, bien sea el marxista5 o el liberal.
Estas dificultades son reflejadas en la polivalencia de las nociones empleadas para adjetivar a los sectores populares: pobres, marginales, multitud, atrasados, tradicionales, informales, pre modernos, masa, pueblo, subalternos;6 todas calificaciones que provienen de aproximaciones colaterales apoyadas en interpretaciones inconclusas de la modernización capitalista en las sociedades post coloniales.
Las interrogantes persisten y acompañan la reflexión: ¿Qué une a los grupos que componen a los sectores populares? ¿Por qué se unen? ¿Qué los fragmenta? ¿Por qué se fragmentan? ¿Con qué lealtades y lazos operan? ¿Sus identidades son transitorias? ¿Cuáles son las continuidades y rupturas en las identidades de los sectores populares?
Apreciamos que el elemento cultural, en la aproximación a las identidades de los grupos que constituyen el sujeto popular, abre un espacio muy atractivo para la búsqueda de respuestas a las preguntas precedentes.
Desde los años ochenta los estudios sobre la Identidad Latinoamericana reafirman a los sectores populares como parte de la amalgama mestiza que se produce en la adopción de la modernidad capitalista. Estos estudios son una mirada crítica con acentos de alteridad que muestran las diferencias socio-culturales como signos desafiantes a los límites conceptuales y a la homogenización de la modernidad. Aducen particularidades resultantes de los cambios societales introducidos por el metabolismo del capital en su proceso de expansión.
Atentas a los movimientos indigenistas y anti colonialistas, las ciencias sociales latinoamericanas alimentan una posición que enriquece el análisis y nutre de textura a las nociones hasta entonces utilizadas; hablan de la complejidad del entramado social de los pueblos latinoamericanos. Por ejemplo, los aportes que hace el filósofo Echeverría (1998) diferenciando entre la modernidad nor-europea y la modernidad americana impuesta por EEUU en el siglo XX como un estilo de vida y como un «proyecto civilizatorio».
En el caso de la modernidad americana, el proceso de expansión y consolidación del capitalismo tardío o del tercer mundo se encontró con la resistencia adaptativa de las identidades locales. Resistencia que dificulta el avance del imaginario que acompaña la modernidad americana y produce nuevas configuraciones societarias (Cerbino y Figueroa, 2003).
Haciendo concreción de este aporte en el caso venezolano, el planteamiento de la modernidad americana invita a pensar en la adopción del «american way of life» introducido por el capital a través de las operaciones de las compañías petroleras, lo que produjo formas de comportamiento social mestizo basadas en el consumo y la apropiación de un estilo de vida, e hibridizó las formas sociales presentes antes del impacto petrolero.
En las ciudades, como territorios que concentraban los cambios asociados a la dinámica de la renta petrolera, se destaca el incremento y expansión de los sectores populares urbanos. Estos sectores desplazados y desterritorializados generan identidades transitorias en continua construcción en la vida práctica cotidiana, dado que las zonas donde logran habitar son una forma aguda e inocultable de desigualdad.
Estas identidades, construidas por los migrados y recientes citadinos, Echeverría (1998) las califica como «barrocas»,7 y consisten en la imitación y actualización de las culturas originarias en el contacto con los modos de vida introducidos por «el ajeno y el extranjero». Ejemplo de ello lo encontramos en la religiosidad popular (mezcla de catolicismo con la santería negra); en la ilegalidad de su vida económica (informal, «contra-el bando»), y en la forma ilegal de obtener el asentamiento que ocupan (invasiones). Hay un cruce de la violencia que se sufre con aquella otra desde donde se resiste y se lucha. Una moralidad que no impide una modernidad a medio camino que se expresa en libertades de sexualidad muy temprana. Con ello se construye una forma de vida al margen, entendido como una manera informal de legalidad, lo cual se recrea también en la política, como veremos más adelante en la politicidad popular.8
Entonces, puntualizando, se podría afirmar que la cultura originaria tiene peso en las estructuras sociales generadas por la modernidad capitalista. Por citar algunos autores representativos, pudiéramos nombrar a Ribeiro (1987), quién caracteriza los Pueblos Nuevos (Nordeste de Brasil, Cuba, Venezuela y el Caribe) como naciones donde se produce un proceso de sincretismo cultural que incide en las sociedades locales con una mezcla de formas colectivas de organización social. Garcia Canclini (1989), quien, por otra parte, genera la noción de «culturas híbridas», desmarcando lo popular de su acepción como cultura tradicional; idea que se relaciona con la propuesta del sociólogo boliviano Fernando Calderón (1987) referida a «cómo ser modernos sin dejar de ser indios». O la posición de Sousa Santos9 (1998), quien cuestiona las metanarraciones modernas universalistas aplicadas a las sociedades del tercer mundo y prefiere anclarlas en las tensiones dialécticas y las dinámicas emancipadoras que van emergiendo frente al proceso de globalización.
Siendo más específicos en referir algunos autores que han introducido en el campo de estudio el modo de vida de los sectores populares y su adaptación al crecimiento urbano moderno, está una larga lista de científicos sociales entre los cuales podríamos citar los aportes, desde México, de Oscar Lewis (1966), con sus estudios de antropología de la pobreza, quien define lo popular como sub-cultura; están también las investigaciones etnológicas de Larissa Lomnitz (1975) sobre los mecanismos de sobrevivencia de los pobres mexicanos; el riquísimo estudio de De Souza Martins (2002,2008) sobre los suburbios populares brasileños en relación con la conformación del imaginario obrero popular urbano. Y, desde el punto de vista historiográfico, se destacan los estudios del pueblo llano chileno realizados por Gabriel Salazar (1985).
Las prácticas políticas también resultan relevantes en la caracterización de los sectores populares, y en esta dimensión Maristella Svampa (2000) se sumerge en la variedad de respuestas producida por los actores sociales ante la crisis que atraviesan los modelos neoliberales, poniendo el acento en el proceso de construcción y recomposición de identidades sociales, entre ellas la popular. Javier Auyero (2001) habla del clientelismo como sistema de representaciones de los pobladores de las villas del conurbano Bonaerense y como uno de los mecanismos disponibles en su forma de vida para resolver los problemas. Tal tesis es confirmada por Denis Merklen (2010), quien destaca los cambios ocasionados por el neoliberalismo en la forma de hacer política «de» los pobres.
Todo lo expuesto hasta ahora nos lleva a tomar una postura crítica al encasillamiento de las corrientes estructuralistas en la comprensión de los comportamientos de los colectivos populares y a hacer un registro de los aspectos subjetivos y materiales de los cuales también dependen. En sintonía con Luis Alberto Romero pensamos que «
los sectores populares no son un sujeto histórico, pero sí un área de la sociedad donde se constituyen sujetos» (Romero (2007:41).
Focos de análisis
Sistematizando las ideas presentadas en nuestros artículos, mencionados inicialmente, observamos que existen elementos en los que se puede capturar la peculiaridad del comportamiento popular. Obedeciendo a ello, centramos el análisis en tres focos, a saber:
El territorial, en tanto las condiciones de vida tienen un peso considerable para la organización comunitaria popular, ya que la problematización e identificación de necesidades en el hábitat y territorio compartido motivan acciones colectivas para la búsqueda de soluciones.
El subjetivo, constituido por el cruce de valoraciones, representaciones e imaginarios que posibilitan la formación de un nosotros con memoria y sentimientos de pertenencia, surgido del proceso de apropiación simbólica del lugar que habitan y ocupan socialmente.
Y el elemento político, constituido por las prácticas de relacionamiento y posicionamiento en lo público y en la sociedad.
De allí constatamos que el comportamiento popular en su configuración como sujeto incorpora la territorialidad, la subjetividad y la politicidad como factores determinantes. Esta aseveración nos sirve para ordenar los elementos que queremos destacar.
Territorialidad popular
En dichos artículos hablamos de una territorialidad popular, observable, por una parte, en la defensa del lugar como espacio vital; por otra, como comunidad afectiva (pertenencia) y, por último, como anclaje de su acción pública10 (politicidad).
Tal como lo expresamos en nuestras publicaciones sobre los CC (Fernández, 2009, 2011) y los CTU (Fernández, 2012), una de las características de las organizaciones populares venezolanas es su origen predominantemente asociado a la defensa y dotación infraestructural del hábitat. Estas organizaciones representan el canal para mediar o presionar al Estado de una manera puntual e inmediatista, ya que tanto las demandas como la satisfacción de éstas tiene un carácter microlocal, y, generalmente, con el acceso al bien o servicio se debilita la movilización. Este comportamiento se mantiene de forma recurrente hasta principios de los años 2000. Su sentido y significado primario están dados, en primer lugar, por la lucha contra el desalojo; en segundo lugar, por la dotación de carencias colectivas y, en tercer lugar, por hacer visibles a los barrios, que por ser asentamientos habitacionales autoconstruidos no aparecen en los planos y planes. En consecuencia, afirmamos que la conformación de los territorios populares, desde el proceso de asentamiento hasta su consolidación, genera organización. Al respecto son elocuentes los testimonios que recogemos en el artículo de los CTU (Fernández, 2012).
Profundizando en este tema, existen otros elementos que enfatizan el anclaje del comportamiento popular al ámbito territorial del barrio. Tal como lo señalamos en el artículo sobre el nuevo urbanismo popular La Limonera (Fernández, 2013), encontramos la existencia de una memoria territorial entre los recientes ocupantes, que da cuenta de lo vivido en las diferentes trayectorias habitacionales de las familias. En ese sentido, las relaciones de los habitantes de los asentamientos populares moldean esos territorios, pero, a su vez, estos territorios dejan sus marcas en ellos. Como se expone en dicho artículo, en los nuevos urbanismos construidos por la Gran Misión Vivienda Venezuela, la memoria territorial está presente, facilitando u obstaculizando la integración y formación comunitaria. En el proceso de integración de los diferentes grupos se observa una tensión, dadas las diferentes costumbres y habitus11 de los barrios de donde proceden, con efectos fragmentadores y segregadores entre ellos. En especial, se pudo observar que en la convivencia de los recientes pobladores aflora tanto una adherencia grupal que proviene del lugar de donde se es originario, como también y en consecuencia, una conflictividad entre grupos diferenciados por modos de vida. Se evidencia, entonces, la formación de territorialidades vinculadas a lo que Lefebvre (1971) definía como «proceso de apropiación social del espacio».
En el artículo «Subjetividad e identidad colectiva en los sectores populares urbanos» (Fernández, 2005), se afirma que el barrio es una forma de vida llena de significados compartidos que alimentan la formación de comunidad. Esa manera de vivir en el barrio está cargada de un carácter gregario rural y de prácticas de sobrevivencia que las familias portan al ser trasladas a los nuevos urbanismos. Este fenómeno se traduce tanto en redes de solidaridad como en fuentes de conflicto para la convivencia comunitaria entre grupos procedentes de diferentes barrios. Los pobladores tienden a reproducir la comunidad de origen en su nuevo hábitat, cuestión que se pudiera ampliar no sólo a comunidades residenciales sino también a las de origen étnico, regional y religioso. Empíricamente, constatamos que el barrio es más que un ámbito físico: está constituido de experiencias, de relaciones, de asociaciones, de luchas y conflictos. Es indudable que resulta ser más que una forma de hábitat; es una forma de existencia, una forma de apropiarse y recrear la vida en la ciudad. Es la resignificación de una manera de convivir en la necesidad, haciendo esfuerzos familiares o vecinales y generando prácticas solidarias o ilegales.
La cultura gregaria, traducida en la práctica en comunidades afectivas, redes de parentesco, redes de paisanaje, redes de solidaridad, es una de las características que contribuye a particularizar el modo de vida popular y a diferenciarlo del modo de vida de la clase media con sobresalientes tendencias a la individualización y privatización de los espacios de vida.
Subjetividad popular
El mundo popular urbano es un campo de relaciones complejo, incrustado en nuestras ciudades a contracorriente de la hegemonía económica, política y cultural de las élites dominantes. Las profundas desigualdades socioeconómicas son vividas por los sectores populares como subestimación y estigma, exclusión o falta de integración; y, sensibilizados por ello, las hacen parte de su memoria, generando una subjetividad colectiva llena de emoción y cargada de sentimiento.
Dado el cúmulo de carencias comunes, la convivencia cotidiana en un territorio denso como el barrio genera vivencias de insatisfacción que, al ser socializadas como opiniones y acciones, modelan una sensibilidad colectiva. Esta emocionalidad vivencial colectiva incide en la formación de un nosotros, el cual produce relaciones de pertenencia en los pobladores del barrio.
Las comunidades afectivas, en este caso las populares, son amalgamadas a partir de compartir, no mecánicamente, valoraciones y prácticas desarrolladas en el encuentro en algunos de los espacios donde se desarrolla la vida cotidiana (hábitat, trabajo, religión, tradición). Lo subjetivo aflora de la socialización e internalización grupal de significados de lo vivido en estas comunidades afectivas, a través de lenguajes, códigos, emociones que pueden ser recogidas en un nosotros en el proceso de auto reconocimiento.
Hoy día en Venezuela, un ejemplo de la subjetividad colectiva de los actores se manifiesta en la vivencia de la conflictividad política y de la polarización social. En este escenario se puede apreciar el cómo se reconfiguran las identidades de acuerdo a la visión que una parte de la sociedad tiene de la otra. En una perspectiva dinámica de este proceso, se percibe cómo, las múltiples iniciativas asociativas para la sobrevivencia de los sectores populares estimulados por los cambios en el espacio público que reconocen su participación (nueva constitución, propuestas gubernamentales de organización, controlaría social) comienzan a articularse. Este hecho propicia un auto reconocimiento colectivo popular, del cual emerge una imagen totalmente opuesta a la visión de rechazo al suburbio y sus pobladores que tiene la elite venezolana que los califica como epicentro de la transgresión delincuencial, del desorden y suciedad que está avanzando en la toma de la ciudad y la sociedad.
En el artículo «Subjetividad e Identidad colectiva en los sectores populares urbanos» (Fernández, 2005: 496) se señala: «
metafóricamente se puede concebir la polarización como un campo de lucha entre diferentes imágenes de espejos opuestos, se niega la imagen del espejo que pone el otro, la cual es rechazada por ser diferente, por ser una deformación de todo aquello con lo cual me identifico. Avanzando, en el terreno político se presenta como una lucha entre principios de subjetivización que buscan hegemonizar política y culturalmente una sociedad.»
Lo paradójico es que en esa lucha se van profundizando identidades. Se puede observar una dinámica de reconocimiento y reapropiación de discursos representativos de los distintos sectores sociales, que, en el fondo, deriva en un enfrentamiento del modelo de país en el cual se sienten incluidos/ excluidos.
Como resultado y síntesis, en este juego del poder se constata el paso de una subjetividad individual a otra colectiva, la cual se genera en el momento en que se hacen conscientes las diferencias sociales como una confluencia de las miradas grupales que interiorizan o subjetivan colectivamente las coyunturas históricas.12
Digamos que la comprensión socializada y consciente de las vivencias mediante la visualización de las diferencias sociales abre la posibilidad a los sectores subordinados para desarrollarse como sujeto popular, lo cual se activa en prácticas que le dan identidad frente a otros que se posicionan como adversarios en determinadas situaciones de conflicto.
Politicidad popular
Se podría afirmar que la subjetivación de las carencias potencia prácticas y acciones públicas.13 La base de actuación política de los sectores populares está vinculada a una emocionalidad incorporada a su estilo cultural de manejar lo público, ya que en las zonas populares se han desarrollado tradicionalmente, o por costumbre, núcleos de socialización política naturales donde se refuerzan valores, creencias e imaginarios comunitarios.
Usualmente, estos núcleos se dan en espacios comunes de encuentro vecinal, tales como: la calle, las escaleras, la esquina, la bodega, las canchas, el taller, las paradas de autobuses, el bar, la escuela.
También se podría señalar que la subjetividad, afectividad y socialidad presentes en las comunidades populares penetran la relación y las reglas de las estructuras formales. La lógica del comportamiento colectivo de los pobladores de los «márgenes sociales» es compleja y heterogéne; no se desenvuelve con una solidaridad mecánica sino que orgánicamente amalgama tradiciones y memorias organizativas que van desde el caciquismo hasta las relaciones horizontales del tejido social del rebusque.
Interpretando y recuperando la noción de politicidad popular aportada por Merklen (2010:18), quien la entiende como una proyección de los lazos de socialidad comunitaria hacia lo político, a lo que en los territorios populares no se accede sino que se vive y se apropia en las prácticas cotidianas y en las luchas sociales por la sobrevivencia, diferenciándose así de la politicidad que caracteriza a la clase media. Siendo así, las subjetividades colectivas que preceden o condicionan la politicidad se vuelven cauces, corrientes emocionales que se van objetivando en prácticas expresadas en canciones, anécdotas, chistes, chismes, fiestas, cayapas, acciones de protesta, movilizaciones de apoyo.
Quizás porque los sectores populares dependen más del Estado para su seguridad social y calidad de vida que la clase media, la relación Estado - comunidades populares ha sido de dependencia; mientras la clase media maneja la organización de la sociedad civil como única forma ciudadana «de acceder» a lo político.
A propósito de lo anterior, Chatterjee afirma que en los países del capitalismo periférico el ideal moderno de articulación entre Estado y sociedad no ha sido posible, y que se ha reconstituido en nuevas maneras de conciencia política de los sectores subalternos. Todo ello implica, tomando en cuenta la diferencia socio cultural entre sectores sociales, que los subalternos no participan de lo político como sociedad civil sino en cuánto sujetos de políticas sociales (Chatterjee, 2011: 200).
En vez de sociedad civil, este mismo autor recupera el concepto de sociedad política de Gramsci definiéndola como un nuevo patrón de asociatividad e interpelación entre Estado y sociedad. Dice que los grupos subalternos hoy (refiriéndose a la India y hay que preguntarse si tiene validez para el caso de Venezuela también) tienen más capacidad de negociación que antes y que la sociedad política es muy importante para la definición de las políticas públicas.
En el caso de los sectores populares venezolanos, en el marco de un proyecto de país donde entran como protagonistas, los ideales igualitarios transmitidos son transformados en capacidad de presión ante el Estado, produciendo organizaciones de base que exigen la concreción de sus derechos. Exigen también su participación en las políticas públicas desde la etapa de diseño hasta la evaluación y contraloría de los proyectos. Al respecto, resulta muy significativa la posición de los Comités de Tierra Urbana que no solo presionaron para la formulación de la Ley Especial de Regularización Integral de la Tenencia de la Tierra de los Asentamientos Urbanos Populares en el 2006, sino también para su reforma en el 2011, donde se amplía el tema de la tenencia de la tierra al tema del hábitat popular, de la transformación integral de los barrios y de la democratización y el derecho a la ciudad.
Algunos cambios y tensiones en el comportamiento colectivo de los sectores populares urbanos venezolanos.
Cambios que se perciben
Creemos que el carácter heterogéneo de la exclusión en el que viven los sectores populares propicia la formación de diferentes grupos. Estas agrupaciones con identidades diversas pueden aglutinarse ante determinadas circunstancias históricas e ir definiéndose como sujeto popular del proceso histórico que viven.
En ese sentido, se detecta en el comportamiento colectivo de los diversos grupos populares que la ocurrencia de determinados eventos empuja su encuentro o asociación bajo una identidad provisional; y así actúan en términos gramsciano, como bloque social. Sin embargo, esta imagen de bloque social no es estática, ni definitiva. Tampoco se trata de un cuerpo homogéneo y monolítico; es una mezcla de diversas desigualdades en el campo de los intereses de la vida social, además de ser, como ya lo anotamos, una confluencia de identidades que en determinadas circunstancias espacio-temporales se nuclean y generan una identidad heterogénea, sincretizada, a la que denominamos sujeto popular (Fernández, 2011).
Trayendo a colación a E.P. Thompson (1977) se puede afirmar que los sujetos sociales se constituyen en el antagonismo con otros sectores sociales en determinados momentos socio-históricos lleno de tensiones y conflictualidades, o, como dijera Luis Alberto Romero, «Lo que separa a lo popular de lo que no lo es no se define de una vez y para siempre, sino que es el resultado de una fase concreta del conflicto, y como tal se desplaza, avanza y retrocede» Romero (2007: 35).
Los artículos que respaldan esta reflexión, tomando en cuenta que la Venezuela de hoy es una sociedad expuesta a la construcción de un cambio estructural,14 recogen, sin que ese fuera su objetivo inicial, diferencias entre dos organizaciones de base popular presentes en ese proceso. Encontramos que los CC tienen una forma organizativa para relacionarse con el Estado menos autodeterminante que la organización y la capacidad propositiva de los CTU.
Ponderamos que existen distancias observables entre el ideario institucional del Estado, que carga de significados a las movilizaciones populares en su apoyo a la construcción del socialismo venezolano, y la necesidad política de participación autonómica del mundo popular. Si bien desde el Estado se promueve la participación, a contracorriente existe un relacionamiento tradicional desde ciertos ámbitos de gobierno con los sectores populares. Este relacionamiento reproduce en los espacios locales una «cultura comarcal»,15 con identidades políticas difusas que le conceden importancia a las iniciativas encaminadas a mejorar sus condiciones materiales de vida, sin que éstas sean codificadas necesariamente desde referentes ideológicos de democracia y participación correspondientes con el pensamiento republicano popular y el socialista.
De lo anterior se puede resaltar que la integración social en la nueva institucionalidad en marcha (Misiones y organizaciones del Poder Popular) está mediada por el territorio a través de figuras organizativas que buscan el protagonismo popular expresado en la institucionalización de los vínculos con el Estado y los espacios para la participación en la formulación de políticas públicas.
En ese sentido, este vínculo del Estado con las comunidades ocasiona, indirectamente, en el caso venezolano, la disminución de importancia de la fábrica y por ende del sindicato como lugar de lucha y de conciencia de la clase obrera, todo ello pensando en el proceso de configuración del sujeto popular como actor del proyecto socialista bolivariano y del papel importante que han jugado organizaciones surgidas de otras áreas de necesidades del mundo popular. Derivado de este planteamiento anterior y pensando en los CTU, observamos que existe una revalorización del territorio (el barrio) como espacio de lucha colectiva comunitaria para el mejoramiento de las condiciones de vida a partir de las necesidades comunes convertidas en reivindicaciones y demandas concretas frente al Estado.
Las necesidades de los sectores populares expresadas en los años ochenta y noventa como reivindicaciones puntuales y locales, una vez introducidas las expectativas de cambio social y los imaginarios que despiertan el discurso de protagonismo del Poder Popular, son asumidas e internalizadas como derechos, con diferencias según el grado de madurez política de los grupos.
De allí que el repertorio de luchas del sector popular venezolano cambia, moviéndose por la tensión entre la lógica de sobrevivencia y la lógica de reconocimiento. Su afiliación comunitaria, localista, incorpora contenidos en el terreno material y simbólico, ideas, aspiraciones y expectativas sociales del chavismo como forma del imaginario resultante del proceso. Este proceso moviliza socialidades16 y subjetividades de las comunidades que se transfiguran y reagrupan en identidades que sincretizan lo político, lo religioso y las prácticas de interpelación política como forma de superar la diferencia social.
En ese sentido, el camino de los sectores populares a su constitución como sujeto ha presentado giros que pudieran estar señalando momentos de avances cualitativos en esa dirección.
El cambio cualitativo se expresa en algunas formas de participación popular, como por ejemplo los CTU, las Mesas Técnicas de Agua, lo que incide de manera importante en la creación de la figura de los CC en el 2006.
Al ser pautadas institucionalmente la dinámica de formación de los CC y la formulación de proyectos exigida para la obtención de recursos, la experiencia se tradujo no sólo en la construcción de un espacio formal en el plano institucional para los sectores populares, sino que a través de las dinámicas de actuación se observó un proceso de aprendizaje organizacional para concretar los proyectos. Así, en esta fase, las organizaciones populares se convierten en un actor para la gestión pública.
Ahora bien, este cambio no ha sido sencillo. El proceso ha tenido serios obstáculos debido a la maduración política diferencial entre los segmentos organizativos y distintos grupos que constituyen el mundo popular y a la dificultad de concretar la corresponsabilidad como norma exigida por el modelo participativo.
Las presiones de abajo hacia arriba para la obtención de respuestas institucionales siguen existiendo, pero tienen ahora un cuerpo menos disgregado y más organizado. Con ello, se aprecian cambios en los diversos grupos populares, expresados en un complejo y sutil proceso de construcción identitaria del sujeto popular, que se moverá siempre en el perímetro de lo ya constituido de la sociedad y lo que se está gestando.17
Así, en el contexto del juego de las relaciones de poder que estructuran la sociedad venezolana en los últimos años, la actuación de los sectores populares ha expresado continuidades, retrocesos y avances en la integración política de su acción al calor de los antagonismos políticos de una sociedad tensionada por el cuestionamiento a la legitimidad del Gobierno y de los cambios que plantea; como también, por los errores de implementación e institucionalización de esos cambios.
Tensiones
Sistematizando las tensiones generadas en el proceso de configuración del sujeto popular, encontramos que:
La fisonomía de los sectores populares no es la misma a la de los años ochenta y noventa. Existe la tensa convivencia de una cultura participativa proactiva de sectores que representan movimientos con autonomía y capacidad propositiva y organizativa, y que presionan al Estado para la formulación de políticas, planes y misiones con una cultura participativa tradicional, dependiente del Estado, expresada en prácticas clientelares, inmediatistas, de sectores menos organizados, que reproducen la lógica individualizante y fragmentadora del cazador, de la que hablaba Merklen (2010).
La forma tradicional de los vínculos Estado-comunidad, recuperada por la politicidad popular en prácticas tradicionales de gestión, reproducen relaciones e imaginarios dependientes de los recursos del Estado que chocan con formas organizativas y de pensamiento contrahegemónico como los CTU.
Se abre una tensión entre el Estado y las organizaciones socioterritoriales en la concepción de la política de vivienda. Las expectativas de integración social, que genera el Estado dentro de un horizonte de realización de ideales de justicia e igualdad, se enfrentan en la realidad a una dinámica que confronta la concreción de derechos demandados por las formas organizativas de los sujetos populares con las contradictorias formas gubernamentales de dar respuesta a esas demandas. Un ejemplo de ello, entre otros, lo constituye las iniciativas de los campamentos de pioneros afiliados a la organización de los CTU, quienes como comunidad organizada demandan al Estado la satisfacción de su derecho a vivienda de forma colectiva, no de una manera individual.
Aun cuando el Estado busca reconfigurar su estructura institucional y la formulación de políticas públicas para acoger la participación del poder popular, en general y en la práctica, la implementación de dichas políticas no recoge la complejidad de las relaciones familiares y comunitarias presentes en ese mundo popular. Por ejemplo, democratizar el suelo urbano no es simplemente construir vivienda en terrenos tradicionalmente habitados por la clase media, ya que al no tomarse en cuenta la territorialidad de la identidad barrial en el proceso de adjudicación de vivienda de la GMVV y al no haber un proceso de acompañamiento del proceso de integración comunitaria se incrementa la posibilidad de ocurrencia de conflictos, tanto a nivel intracomunitario, como en el proceso de integración socioterritorial a la ciudad.
El Estado está tensionado por dos lógicas en relación con la construcción del poder popular. Por un lado, impulsa políticas y leyes para satisfacer las necesidades de los sectores populares; pero, por otro, en su configuración institucional persisten prácticas burocráticas aletargadas que entorpecen la plena participación popular. De allí que existe una tensión entre el Estado y la autonomía de las formas organizativas que ha generado.
Reflexión e interrogantes para continuar la investigación
Las identidades amalgamadas en el sujeto popular se expresan en determinados momentos de conflictividad social con actuaciones públicas cohesionadas, que buscan conquistar fragmentos de bienestar social a contracorriente de un orden social que lo ha posicionado en el margen societal y territorial, en los que fueron arrinconados históricamente. En ese sentido resulta de importancia la revalorización de la dimensión territorial de los procesos sociales que configuran y articulan ese sujeto popular.
La confluencia de la territorialidad, la subjetividad y la politicidad en momentos sociales confrontativos pulsa la configuración de un sujeto popular con conciencia de la realidad espacio temporal que vive. Se asemeja a momentos de sincronización de la biografía grupal con la societal. En dichos momentos pueden darse giros colectivos en donde tomen cuerpos identidades transformadoras, de resistencia o adaptativas.
Para finalizar, y en un ejercicio de reflexión libre y no acabado, valdría la pena pensar en el proceso de construcción del derecho a la ciudad en relación a formas organizativas socioterritoriales (CC, CTU), a partir de constatar los efectos conflictivos de la integración de los hábitat de los sectores populares a la ciudad como expresión de una contradicción mayor que alude a las distancias sociales, modos de vida e intereses de todos los sectores sociales que constituyen la Venezuela de hoy.
En tal sentido, el territorio no es un mero lugar en donde se desarrollan acciones y conflictos sociales, sino que es un espacio «constituido» y «configurado» por relaciones sociales en donde la apropiación y dominación de tal espacio en disputa es un elemento resultante del derecho que crean los grupos sociales. Al respecto, Lefebvre señala:
«Aquí hablamos de inversión afectiva. Se trata del proceso por el que un individuo o grupo valora un objeto, y vierte en él su energía afectiva, sus capacidades de acción, intenta hacer de él algo a su imagen, a su semejanza, intenta hacer de él su obra. [ ] Con este término [apropiación] no nos referimos a propiedad; es más, se trata de algo totalmente distinto; se trata del proceso según el cual un individuo o grupo se apropia, transforma en su bien, algo exterior..»18 (Lefebvre, 1971:186).
A partir de esta idea de «apropiación», si la aplicamos al caso venezolano, podemos derivar que la democratización del espacio urbano es un proceso, no un acto. Para democratizar la ciudad no basta el cambio de la ubicación residencial de los pobres en la trama urbana, pasa necesariamente por la apropiación simbólicamente integral de la ciudad y de la sociedad por parte de los grupos populares históricamente excluidos. Es una apropiación subjetiva y política, que permite al heterogéneo bloque popular cohesionarse en torno a prácticas que presionan e intervienen en la formulación de políticas públicas como forma de concretar sus derechos. De esa manera se podrá lograr una producción socioterritorial de la ciudad técnica y políticamente participativa. Esto a su vez conduce necesariamente a tener en cuenta los procesos de confrontación política de los grupos sociales en la producción y apropiación del espacio urbano.
De allí y considerando el deseo de democratizar la ciudad, nos interrogamos: ¿Qué se colectiviza? ¿Qué procesos supone? ¿Quiénes lo protagonizan? ¿De qué manera se implementa? ¿Cómo se integran los fragmentos de ciudad? ¿En qué medida las políticas de integración socioterritorial, tomando en cuenta las conflictualidades de las territorialidades presentes, pueden reproducir fragmentación social?
Estas interrogantes a considerar y dilucidar son el estímulo para la continuación de la investigación sobre el Sujeto Popular Urbano y su papel en los procesos de cambio social.
Notas:
1 Esta línea de investigación incluye varios estudios (Cariola et al., 1992) que sustentan las publicaciones y el análisis consiguiente contenido en el presente documento. Las fuentes de información utilizadas tienen como base las observaciones de campo, las entrevistas y el trabajo etnográfico registrado en las experiencias de planificación participativa desarrolladas como parte del trabajo del equipo del Área Urbano Regional del Cendes: Diseño y construcción de un Observatorio Socioterritorial en el Municipio Valdez (Cendes-Escuela de Gerencia Social- Shell (2006) y Sistema de Monitoreo Comunitario de los Impactos Sociales y Ambientales en la Urbanización La Isabelica, Estado Carabobo (Cendes-SHELL, 2010). Además se utilizó el seguimiento del proceso de conformación de los CC (2009-2010) y la sistematización del registro de las discusiones en las asambleas semanales de los Comités de Tierra Urbana del Área Metropolitana de Caracas (período 2006-2010), realizadas como parte de la recopilación de información requerida en el desarrollo de la tesis de la autora.
2 Titulada «Comportamiento asociativo de los sectores populares venezolanos» (Fernandez, 1998).
3 Conformados por habitantes de los barrios, obreros, campesinos, indígenas, vendedores informales, motorizados, mujeres, ancianos, jóvenes, pescadores, educadores, analfabetas, profesionales, desempleados, empleados públicos, pensionados, con distintas afiliaciones (territoriales, gremiales, étnicas y religiosas).
4 El subrayado es nuestro.
5 El estudio iniciado por Gramsci y seguido por la Escuela de Estudios Subalternos (véase Chatterjee, 2008, 2011) sostiene que las clases subalternas no se centran en los trabajadores industriales sino en un conjunto más amplio, y que las mentalidades o imaginarios por ellos desarrollados tienen que ver con la naturaleza identitaria de los grupos que los constituye.
6 Recupero el concepto de «subalterno» en la medida que permite registrar el carácter heterogéneo de los sectores populares. A pesar que usualmente es empleado como sinónimo de oprimidos o dominados, señala Modonesi (2010:25) que es una forma de ampliar las nociones economicistas e ideologizadas de trabajadores proletarios, obreros y explotados, y de pluralizarlas incluyendo otras modalidades populares.
7 Fenómeno dado entre los indios mexicanos convencidos de que lo único que podían hacer para conservar su identidad ancestral era asumir y apoyar la civilización de quienes los habían colonizado.
8 Interpretando a Merklen (2010), se entenderá por politicidad popular al conjunto de prácticas colectivas informales que desarrollan los sectores populares en la lucha por su sobrevivencia. Esta politicidad no está estructurada ideológicamente, ni refiere un colectivo popular orgánico. Es una forma de reproducir los lazos de socialidad popular en lo político.
9 Este autor rescata de la confrontación entre la racionalidad descontextualizada de las ciencias europeas y la visión romántica de la identidad moderna; la búsqueda radical de identidad que: «implique una nueva relación con la naturaleza y la revaluación de lo irracional, de lo inconsciente, de lo mítico y de lo popular, y el reencuentro con el otro de la modernidad, el hombre natural, primitivo, espontáneo, dotado de formas propias de organización social.» (Sousa Santos, 1998:167).
10 Ver Merklen (2010), Jungemann (2008) y Oslender (2002).
11 El concepto de habitus es empleado en los términos de Bourdieu (1988). Se refiere a los esquemas de socialización de los sectores sociales los cuales modelan determinadas maneras de percibir, sentir y actuar.
12 Pablo Fernández Christlieb señala: « La vida, cuando no es una abstracción, está hecha de calles, automóviles, edificios, ropa, libros, puertas, ventanas, adornos, estéticas, fríos, climas, palabras, fotografías, marchas, música, sonrisas, etc., que por separado siguen siendo calles, etc., pero todos juntos y en concierto y en conflicto, constituyen un modo de pensar y, una forma de sentir. Una atmósfera, un medio ambiente, un estado de ánimo: Este es el espíritu de la colectividad» (1994: 9).
13 Expresión pública de emociones y necesidades.
14 Son interesantes los planteamientos que hace Miriam Flores Darias (2014) en el proyecto de Investigación titulado «Identidades, mundos sociales y clase en el chavismo».
15 Nos referimos a la cultura comarcal como las prácticas y valoraciones socio culturales vinculadas a las vivencias de un ámbito territorial pequeño.
16 Entendida como la construcción de relaciones, redes, vínculos de amistad, perteneciente a un mismo grupo u organización.
17 Véase Romero (2007).
18 Subrayado nuestro.
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