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Salud de los Trabajadores

versión impresa ISSN 1315-0138

Salud de los Trabajadores v.16 n.2 Maracay dic. 2008

 

EDITORIAL

La crisis financiera global y la salud de los trabajadores

Distintas cronologías se han venido presentando con la finalidad de ubicar el inicio de la crisis financiera global. Ya en 2005, en Estados Unidos la situación bancaria había comenzado a dar señales con la quiebra de algunos bancos pequeños. Sin embargo, no es hasta septiembre de 2008, con la estrepitosa caída de la bolsa de valores, que sacude al mundo financiero estadounidense, que se produce una cadena de eventos similares en varios países y se comienza a comparar con el crack de 1929. La intervención del Gobierno de los Estados Unidos a través de sus instituciones económicas, con el programa de ayuda financiera por un monto superior a los 700.000 mil dólares, para frenar la quiebra de aseguradoras de riesgo, bancos y empresas, conjuntamente con un proceso de ajuste, constituyen las primeras medidas ante la crisis, cuyas consecuencias inmediatas en la población estadounidense se traduce en la pérdida de más de dos millones de viviendas adquiridas con créditos hipotecarios y la pérdida de puestos de trabajo.

Ante problemas de sociedades complejas y de riesgo no es posible pretender que se conoce la magnitud en su totalidad; por lo tanto, debe asumirse una posición como un punto de vista en proceso de investigación. Bien podríamos comenzar preguntándonos ¿cómo se resolverán los problemas financieros globales, cómo se afectará el trabajo y cómo repercutirá la crisis en la salud de los trabajadores?

Lo primero que valdría la pena debatir, buscando el lado oculto de las cosas, en el sentido hermenéutico de Paul Ricoeur es, si se trata de una crisis global o es una crisis del sistema financiero estadounidense que se ha extendido por algunos países, por aquello de compartir las pérdidas aún cuando no se hayan compartido los beneficios. Las reuniones iniciales de los gobernantes políticos y económicos de los Estados Unidos con los países de la Unión Europea, Japón e Inglaterra, tenían como objetivo convencer a los Gobiernos de la necesidad de la solidaridad financiera y bancaria a través del planteamiento de la “globalidad” de la crisis que terminaría afectando a todos.

Las respuestas no se dejaron esperar, al asumir nacionalmente la problemática en la medida que se fuera sintiendo sus efectos. Posteriormente, las reuniones involucraron a los países emergentes o BRIAC (Brasil, Rusia, India, Argentina y China) e últimamente se incorpora Indonesia. Los resultados se asemejaron a la posición de los países desarrollados y se comienzan a implantarse políticas de gasto público nacional para evitar la recesión. Vuelve el espíritu Keynesiano de posguerra a presentarse como alternativa, dentro del modelo capitalista, ahora en globalización: gastar, expandir la economía para evitar la recesión que sería el mal mayor, cuando la disminución del crecimiento del PIB se constata.

Llama la atención cómo entre las primeras pérdidas se encuentran los despidos de los trabajadores al eliminarse los puestos de trabajo, cuando en paralelo se implementa una política de “salvataje” para socorrer a los banqueros que habían realizado las estafas con los bonos “tóxicos” y las hipotecas subprime. Las grandes empresas multinacionales aprovechan la crisis para llevar a cabo despidos masivos en los países donde tienen asiento, se hayan contaminado o no con la crisis financiera. La desterritorialización de esas empresas constituye una garantía para suprimir personal cuando los sindicatos, si los hubiere, han obtenido conquistas laborales que resultan onerosas para quienes trabajan por una máxima ganancia y un mínimo costo.

Las empresas multinacionales o corporaciones, al no tener que rendir cuenta a los Gobiernos de los países donde se asientan, ejecutan políticas laborales de ampliación, reducción, flexibilización y tercerización inconsultas e independientes de la situación económica de los Estados. Así, al incrementarse el desempleo, la salud de los trabajadores se ve afectada de manera inmediata por alimentación, vivienda e ingreso; las consecuencias mediatas se irán conociendo con el tiempo.

Los trabajadores en los Estados Unidos, que han perdido el empleo y/o la vivienda han tenido que acudir, en el peor de los casos, a pernoctar en sus vehículos en los estacionamientos abiertos a la intemperie, o sea, hacer del vehículo la casa; participar del plan para desempleados y en última instancia, acudir a los albergues para indigentes.

Mientras, en Europa se llevan a cabo manifestaciones de protesta (Francia, Alemania e Inglaterra) ante el aumento del desempleo. China por su parte, pone en práctica medidas restrictivas en la economía urbana y expansionista en el interior del país, al devolver grandes contingentes de trabajadores urbanos al campo y vuelve a ponerse en peligro el Estado del Bienestar, cuando se pensaba en la derrota de la aplicación de los programas neoliberales y sus consecuencias de privatización de la salud.

Resulta evidente que en tiempos de crisis financiera y bancaria se asumen los despidos con normalidad. A los desempleados que pierden la protección en salud se suman los empleados que renuncian a las reivindicaciones, con tal de mantener el empleo. Los despidos aumentan la tercerización y ya es de conocimiento público, la ausencia de la protección a la salud de los trabajadores bajo esas condiciones.

Se anuncian cambios globales por una “nueva arquitectura financiera” que ofrece una reestructuración del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial y de otros multilaterales. En el sistema capitalista las crisis son cíclicas y posterior a la crisis ocurre una situación de redefinición institucional. Se asume con naturalidad que cuando la economía virtual, traducida en bonos “tóxicos”, se distancia exageradamente de la economía real, el resultado de la crisis consistirá en restituir la relación. Mientras tanto, se perdieron las viviendas, crecieron los desempleados a nivel mundial, las condiciones laborales disminuyen, la salud de los trabajadores empeora y el saldo de empobrecimiento no se hará esperar.

Carmen Irene Rivero Mendoza

Universidad de Carabobo

carmeirener@gmail.com