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Saber

versión On-line ISSN 2343-6468

Saber vol.28 no.3 Cumaná set. 2016

 

Ildefonso Riera Aguinagalde o la controversia de las ideas

Ildefonso Riera Aguinagalde or controversy of ideas

Froilan Ramos Rodríguez1,2

1 Universidad Simón Bolívar, Departamento de Formación General y Ciencias Básicas, Área de Pensamiento Crítico, Caracas, Venezuela, 2 Universidad de Los Andes, Facultad de Filosofía y Humanidades, Instituto de Historia, Santiago, Chile

E-mail: froilanr@usb.ve

RESUMEN

Este trabajo analiza la vida pública de Ildefonso Riera Aguinagalde (1834-1882) como escritor y político que participó en los vaivenes de la construcción del Estado nacional en la Venezuela decimonónica. Con base en una sistemática revisión historiográfica y en la consulta de fuentes primarias, se reconstruye la actuación política de Riera Aguinagalde en medio de los desafíos de su tiempo: la Guerra Federal (1859-1863) y los debates de las ideas entre liberalismo-federalismo y conservadurismo-centralismo. En suma, la labor de Riera Aguinagalde representó la inquietud de una parte de la sociedad de su tiempo, por construir un orden civil y político en medio de la turbulencia de caudillos militares y las luchas violentas, que minaron la Venezuela de la segunda mitad del siglo XIX.

PALABRAS CLAVE: Civil, federalismo, Guerra Federal.

ABSTRACT

This paper analyzes the public life of Ildefonso Riera Aguinagalde (1834-1882) as a writer and politician who participated in the vagaries of the construction of the national state in the Venezuela’s nineteenth century. Based on a systematic historiographical review and consultation of primary sources, the Riera Aguinagalde political action was reconstructed amid the challenges of his time: the Federal War (1859-1863) and discussions of ideas between liberalism-federalism and conservatism-centralism. In sum, the work of Riera Aguinagalde represented the concerns of part of the society of his time, to build a civil and political order amid the turbulence of military caudillos and violent struggles that undermined Venezuela in the second half of the nineteenth century.

KEY WORDS: Civil, federalism, Federal War.

Recibido: noviembre 2015. Aprobado: febrero 2016. Versión final: junio 2016.

INTROITO

La centuria decimonónica estuvo marcada por las tensiones entre las posturas liberales-federales y conservadores-centralistas en buena parte de Hispanoamérica, junto con las expresiones del caudillismo militar y las diferencias Iglesia-Estado durante las primeras décadas republicanas independientes. Venezuela no fue la excepción. No obstante, en el País de la eterna primavera, en medio de los hombres de espada y luchas fratricidas, destacó un caballero de oratoria notable, intelecto cultivado y respetuoso, poseedor de un pensamiento original, que concilió los ideales liberales y la inspiración católica, su nombre, Ildefonso Riera Aguinagalde, y su vida intelectual es la vida de una nación que intentaba organizarse a sí misma.

En la historiografía tradicional, frecuentemente se encuentran retratado el siglo XIX venezolano, por periodos de oligarquías de conservadores o liberales, signadas por los vaivenes del autoritarismo impuesto por los caudillos militares, sin que aparezcan en algunos casos, o se reseñe tenuemente en otros, la presencia de pensadores civiles, sus ideas y sus esfuerzos. En Riera Aguinagalde se encuentra un hombre polifacético, que combinó la labor intelectual, política y periodística, en las que se pueden compartir o no sus posturas, pero que al final de su vida, experimentó el precio de las ideas en un país a la sombra de las armas.

La Carora de la aurora decimonónica (1834-1846)

Al comienzo de la tercera década del siglo XIX, una Venezuela recién separada de la República de Colombia, se encontraba agotada de una de las guerras de emancipación política más cruentas y largas de la América Hispana. Se proponía emprender la organización independiente de su Estado Nacional ajustado a los principios republicanos y del liberalismo clásico, consagrados con la nueva Constitución de septiembre de 1830, dentro de una democracia censataria, y bajo la hegemonía de los hombres de sable al cinto surgidos de la misma contienda.

En el interior del país, en la ciudad señorial de “Nuestra Señora de la Madre de Dios del Portillo de Carora”, a orillas de río Morere, en la recientemente creada Provincia de Barquisimeto, nació Ildefonso Riera Aguinagalde el 1° de febrero de 1834. En el seno de una de las familias propietarias principales del mantuanaje local, hijo de don Andrés Manuel Riera y Fernández y de doña Francisca de Aguinagalde, siendo del mayor de diez hermanos, seis varones y cuatro hembras. Por su lado paterno, los Riera, de origen catalán, se habían asentado en Carora desde fines del siglo XVI, antes habían estado en Santa Ana de Coro, mientras que por su lado materno, los Aguinagalde, procedían del País Vasco (Euskadi), y habían llegado a la ciudad hacia la segunda mitad del siglo XVIII.

El niño Ildefonso recibió sus primeras letras de la mano de su tío materno, el franciscano Fray don Ildefonso Aguinagalde, religioso de amplia y reconocida labor educativa en la región, quién le dictó clases de latinidad, en el Convento de San Francisco. Su formación inicial se nutrió de la cultura amplia y del catolicismo inculcados por su preceptor, estos dos rasgos estarán presentes a lo largo de toda su vida, su ávida curiosidad por la lectura universal y la conservación de su creencia cristiana, su respeto por ésta última, estuvo influenciado por la presencia constante de familiares religiosos y cercanos a él durante distintas etapas, primero su tío, y luego su hermano menor, Andrés Manuel (1836), que seguirá la vocación sacerdotal.

Una República joven (1830-1858)

Los primeros lustros de la República (1830-1858) transcurrieron bajo una relativa legalidad, sustentada en la capacidad de los principales caudillos nacionales (generales José Antonio Páez, 1830-1847, y José Tadeo Monagas, 1847-1858) de sofocar los levantamientos armados de otros caudillos y sus “revoluciones”. Al igual que en otras partes de América, surgieron en el escenario público el debate de distintas corrientes de pensamiento político y económico, los llamados “conservadores” que ejercieron el poder -aunque no podría decirse que fuesen una fuerza homogénea propiamente-, y los liberales(1), representados por Tomás Lander y Antonio Leocadio Guzmán, cuya influencia iría creciendo en años subsiguientes.

(1)Con la aparición del periódico El Venezolano, dirigido por Antonio Leocadio Guzmán, en 1840, éste se convirtió en uno de los principales órganos de propagación de las ideas liberales en el país.

Paralelo a estos años, el joven Ildefonso viajó en 1849 a la capital, Caracas, como otros jóvenes de provincia a completar sus estudios. Culminó su formación secundaria obteniendo el título de Bachiller en Filosofía en 1850, y se inscribió en la Universidad Central de Venezuela, en “la carrera de ciencias médicas y se graduó de Doctor en Medicina el 19 de noviembre de 1856” (Perera 1967: p. 148). Mientras que su hermano Andrés Manuel, se ordenó sacerdote en 1855, convirtiéndose en párroco de la Iglesia de Altagracia de Caracas.

Probablemente, de estos años caraqueños, y a la par de sus estudios de medicina, comenzo a empaparse el joven Ildefonso de las ideas del liberalismo, de boga en ese momento en ambos lados del Atlántico. Al tiempo que la Tierra de Gracia experimentaba la sucesión en el gobierno de los hermanos Monagas, José Tadeo y José Gregorio(2), con sus nepotismos y autoritarismos, lo cual los habían distanciado tanto de las fuerzas conservadoras, que inicialmente les apoyaron, como de los grupos liberales, que les habían respaldo luego, estas tensiones iban creciendo. Intertanto, el novel médico decidió volver a su Carora natal a ejercer su profesión.

(2)Si bien el presidente José Gregorio Monagas había decretado la “Ley de Abolición de la Esclavitud”, el 24 de marzo de 1854, la figura hegemónica de su hermano mayor, José Tadeo, como caudillo gobernante había creado malestar entre conservadores y liberales.

En los primeros meses de 1858, se presentaron una serie de hechos políticos que generarían cambios en Venezuela, y honda impronta en el joven Ildefonso. El 5 marzo, inició la “Revolución de Marzo” contra el gobierno de José Tadeo Monagas, sus trasfondos llegaron a esparcirse al interior del país. El gobernador de la Provincia de Barquisimeto, Dr. Espiritusanto Gil -padre del futuro historiador José Gil Fortoul-, un conversador connotado, ordenó en abril la detención de varios conocidos liberales de Carora, como don Andrés Riera, el Dr. Miguel Anzola y el Pbro. Rafael Yanes, ante tal situación Ildefonso acompañó a su padre. Al llegar los cautivos a la ciudad de Barquisimeto, él mismo fue apresado, siendo todos dirigidos a Valencia, en la que don Andrés “murió también en Valencia atacado de fiebre, al día siguiente de haber visto morir a su compañero de prisión el Pbro. Yanes” (Oropeza Vásquez 1991: p. 20).

En este sentido, es pertinente detenerse en los sucesos que se desarrollaron en el entorno cercano de la vida de Riera Aguinagalde para entender su inclinación por el liberalismo. La prisión y muerte de su padre, don Andrés Riera, y la experiencia de haber sido preso por el gobernador Gil, se sumaron a los sucesos de 1854, en la que su tío, don Martín María Aguinagalde, gobernador de la Provincia de Barquisimeto y propulsor de la abolición de la esclavitud, fue asesinado; y su otro tío, fray don Ildefonso Aguinagalde, fue objeto de destierro debido a sus posturas liberales. Todo lo cual tuvo influencia sobre el joven Ildefonso, y de esta época son sus primeros escritos contra los conservadores.

La Guerra Larga: Caudillismo y muerte (1859-1863)

La situación acumulada de inestabilidad política del régimen del general Julián Castro, las inconformidades de liberales y conservadores en torno a la Convención de Valencia de 1858 convocada por Castro, sumado al descontento económico y social de años anteriores sobre la posesión de tierras, conllevó a uno de los más violentos y oscuros episodios por los que ha transitado la sociedad venezolana, la Guerra Federal o Guerra Larga. Desde febrero de 1859, el general Ezequiel Zamora [puede consultarse: Manuel Donis (2007)]. Ezequiel Zamora.), invocando la situación del campo, de concentración de tierras, y proclamando las ideas del federalismo como opción, logró reunir las fuerzas liberales, de allí en adelante, llamados “federales”.

Para comprender este proceso de violencia política que se entremezcla con el fenómeno del caudillismo, conviene la reflexión de don Domingo Irwin Gáffaro:

Así como la Constitución de hecho casi federal de 1858 no logró frenar el estallido de la Guerra Larga, la dictadura Páez-Rojas no pudo contener el ímpetu guerrero federalista. El problema no era uno de carácter doctrinal, o de arquitectura del poder político; era un problema de ambición de poder, de falta de institucionalidad. En su lucha por el poder ambos segmentos enfrentados del núcleo propietario venezolano recurren al clientelismo caudillesco y a la guerra (Irwin Gáffaro y Micett 2008: p. 122).

De acuerdo con Irwin Gáffaro, en la Guerra Larga convergieron intereses de apetencias políticas personales y de caudillos militares, en una relación patrón-cliente, que impone la violencia como forma de acceder al poder política, por encima de cualquier viso de institucionalidad, o de base doctrinal sólida, lo cual reviste a este proceso, como uno más de los conflictos desatados por el pretorianismo histórico, que represento una honda pérdida para el país, en su costo humano, sus actividades económicas, su respeto a un marco legal - institucional, entre otros.

Intertanto, en septiembre de 1859, el ejército federalista tomó la ciudad de Barquisimeto, Ildefonso y su hermano Andrés Manuel se unieron a las fuerzas federales, integrándose al ejército federalista, el primero como médico, y el segundo, como capellán. Al respecto señala José Gil Fortoul: […] “entre los patíquines, hombres civiles sin mando de tropa, los doctores Ildefonso Riera Aguinagalde, Agustín Agüero” (Gil Fortoul 1954: p. 154). Por su parte, Francisco González Guinán recoge lo siguiente:

En el Ejército federalista vencedor en Santa Inés, la Sabana, Maporal, Corozo y Curbatí se encontraban los siguientes jefes:

Plana Mayor. General Juan C. Falcón, jefe supremo de la revolución y de sus ejércitos; General Ezequiel Zamora, jefe del Ejército; General Wenceslao Casado, jefe de Estado Mayor General; Auditores de Guerra, General Francisco Iriarte, Coronel Licenciado Antonio Guzmán Blanco, Doctor Eugenio A. Rivera y Doctor Elías Acuña; Médicos: Doctores Ildefonso Riera Aguinagalde y Benjamín Acuña; subjefe de Estado Mayor General, Coronel Carlos T. Irwin; Ingeniero, Coronel José Ignacio Chaquert (González Guinán 1954: p. 85).

De la apreciación de ambos historiadores, se desprende la función desempeñada por Riera Aguinagalde dentro del ejército federalista conducido por el general Juan Crisóstomo Falcón, en la que fungió como médico, miembro de la “Plana Mayor”, pero también participó en la importante función periodística a favor de la causa federal. Riera Aguinagalde junto con Guzmán Blanco redactaron Ecos del Ejército, periódico órgano oficial del ejército federalista, impreso en Barquisimeto, del cual sólo se publicaron cuatro números.

En Ecos del Ejército, Riera Aguinagalde y Guzmán Blanco, desplegaron una labor propagandística a favor de la causa federal; justificaron sus procederes políticos como su derecho (Ecos del Ejército, N° 1, 1859, Septiembre 7); atribuyeron y criticaron crímenes cometidos por el ejército centralista del gobierno, exaltaron las figuras de Zamora y Falcón (en su segundo número); enaltecieron las batallas que libraban, se referían a un occidente federado con un ejército federalista de 5.000 hombres (Ecos del Ejército, N° 3, 1859, Octubre 3); pero las palabras de mayor adulación fueron consagradas a la batalla de Santa Inés, en la que se presentaron una y otras vez vanaglorias al ejército federalista y sus principales caudillos (Ecos del Ejército, N° 4, 1859, diciembre).

Durante las operaciones de las fuerzas federalistas en el occidente venezolano, Riera Aguinagalde acompañó al general Falcón como cirujano, a la vez que su hermano Andrés asistía religiosamente al ejército. En esta función, viajó y participó con las fuerzas federalistas en la batalla de Santa Inés (Barinas, 10.12.1859), combate de La Sabana (11.12.1859), sitio a la ciudad de Barinas (12-13.12.1859), batalla de Corozo (24.12.1859), combate de Curbatí en Barinas (25.12.1859), sitio a San Carlos de Austria (9-16.01.1860), batalla de Coplé (17.02.1860), en la cual las fuerzas de gobierno, bajo el mando del general León de Febres Cordero, vencieron a los federalistas. Las fuerzas federalistas fueron divididas, y dispersaron sus acciones hacia una guerra de guerrillas, que se mantuvo por los años subsiguientes.

Por su parte, los hermanos Riera Aguinagalde marcharon junto con el general Falcón a la vecina Nueva Granada. Falcón volvió a Venezuela, mientras que los hermanos se establecieron en Sogamoso, cantón de Tunja, en 1860. Andrés se desempeñó como cura parroquial, e Ildefonso vivió con limitaciones económicas, se logró mantener ejerciendo su profesión de médico. Asimismo, de estos años en Sogamoso, nació su único bastago, Cecilio, hijo natural.

En medio de la lucha fratricida que se desarrollaba en Venezuela entre 1859 y 1863, en las demás naciones del continente se presentaban casos similares, salvo contadas excepciones. En los Estados Unidos, se libraba igualmente una confrontación intestina, entre los Estados de la Unión al Norte y los Estados Confederados al Sur, la Guerra de Secesión de 1860 a 1865; México terminaba de librar su propia guerra civil (Guerra de las Reformas, 1856-1859) para entrar en otra contra los franceses en su país (1861-1867); en la misma Nueva Granada, liberales y conservadores de igual manera disputaban sus diferencias políticas con las armas (1860-1863), más sur, en la Argentina, centralistas y federalistas, tenían años con sus disputas, entre las Provincias del interior por autonomía y la hegemonía bonaerense.

La Federación (1864-1866)

Luego de la firma del Tratado de Coche el 23 de abril de 1863, entre federalistas y centralistas, se puso fin a la contienda, los últimos entregaron el gobierno a los primeros. Al término de la guerra en Venezuela, Riera Aguinagalde decidió regresar al país. Por estos años (1864-1869) desplegó una intensa actividad política, legislativa, periodística e intelectual, desarrollandolas de forma paralela, y de la mano la una con la otras. Riera viajó de regreso por el camino de los Llanos, fundó en la ciudad de Barinas el periódico El Occidental, a favor de la causa liberal, luego prosiguió su recorrido a Barquisimeto, el general Falcón lo designó miembro del gobierno provisional de la Provincia (luego Estado) de Barquisimeto, junto con el doctor Agustín Agüero y el presbítero Ildefonso Escalona, desde esta posición Riera Aguinagalde respaldó el establecimiento de las garantías (El Federalista, 1863, Septiembre 29, p. 3.) para los venezolanos, establecidas por el gobierno.

Intertanto, Falcón, máximo jefe de los federalistas, convocó el 13 de agosto de 1863, a una Asamblea Constituyente. Esta Asamblea Nacional Constituyente de la Federación, estuvo compuesta por 69 diputados representantes de los nuevos estados (antiguas provincias) de Caracas, Aragua, Guárico, Barquisimeto, Carabobo, Portuguesa, Maracaibo, Yaracuy, Coro, Trujillo, Mérida, Margarita, Apure, Barcelona, Cumaná, Maturín, Barinas, Cojedes y Táchira. Por el Estado Barquisimeto, se nombraron cinco diputados principales, tres eran civiles y dos militares, Riera Aguinagalde fue nombrado diputado por Barquisimeto (El Federalista, 1863, Noviembre 6, Primera página) a la Asamblea Constituyente.

La Asamblea se instaló el 24 de diciembre de 1863, la dirección del órgano quedó conformada por militares: el general Guzmán Blanco como presidente, el general José Gabriel Ochoa como vicepresidente, y el coronel José María Ortega como secretario. Además, aproximadamente la mitad de los representantes fueron militares, lo cual en su conjunto, aporta una muestra de que el proceso político estaba copado por la presencia de militares. Si durante el criticado período 1830-1863, habían predominado los caudillos surgidos de la guerra de independencia, ahora en 1863, se imponía una nueva generación de caudillos militares, los surgidos de la misma guerra federal.

En este orden, la tarea primordial de la Asamblea Constituyente fue la redacción de un nuevo texto constitucional de corte federal, para estos fines se creó una comisión integrada por: el Dr. Manuel Norberto Vetancourt (Cumaná), el Lcdo. Andrés A. Silva, el Dr. José Manuel García (Caracas), el Dr. Ildefonso Riera Aguinagalde (Barquisimeto), el general Emeterio Gómez (Barinas) y el ciudadano Antonio María Salom. La carta magna final se terminó el 28 de marzo de 1864, fecha en la que culminó su vigencia la misma Asamblea, la nueva Constitución de los Estados Unidos de Venezuela (Documentos que hicieron historia…, 1989: pp. 576-605), fue firmada el 13 de abril de 1864, por Falcón, dando inició a así al establecimiento jurídico y político del sistema federal en Venezuela.

Con la nueva Constitución federal de 1864, se legitimó, por un lado, la Federación como sistema asumido por el Estado, y por el otro, Falcón en el gobierno como presidente. Riera Aguinagalde se convirtió en uno de los principales defensores de la causa liberal federal, hizo muestra de una pluma resuelta y ágil, escribió por estos años una serie de artículos sobre temas políticos y doctrinarios. En los primeros, se refirió a los principales acontecimientos internos y externos de su época, haciendo defensa de la nación venezolana y del contiene americano. Mientras que en el segundo campo, reflexionó sobre los ideales del federalismo, los cuales propugnaba, a la vez, que atacaba duramente a los conservadores o godos.

De esta época de 1864 y 1866, publicó -entre otros-: “Perú y España” (El Nacional, N° 11, 1864, Julio 13), en el que meditaba sobre el conflicto hispano-peruano del momento, en el Pacífico; “Discurso pronunciado en el acto de celebrar en el Templo de San Francisco los Oficios Divinos para el entierro del Ciudadano Simón Planas” (El Porvenir, 1864, Junio 18), en el que hizo muestras de firme catolicismo, de su adherencia a Falcón, y gala de su cultura clásica greco-latina, al enlazar personajes y hechos del mundo antiguo; “Política Interior. Candidatura del Gran Ciudadano para la Presidencia de los Estados Unidos de Venezuela” (El Nacional, N° 15, 1864, Julio 27); “Política Interior. Ideas Reaccionarias Imposibilidad de su Propaganda. Porvenir de la Revolución” (El Nacional, 1864, Agosto 3), otros.

Asimismo, Riera Aguinagalde realizó un viaje a Europa en 1866, en el que visitó España, Francia e Italia. A la vez, que mantuvo una copiosa correspondencia con su hermano Andrés, quien fue electo Obispo de Barquisimeto (sin llegar a ejercer dicho cargo). Este epistolario ha sido titulado “Diario de Italia” y se conserva inédito, en él describió su recorrido por la bota itálica: Roma el 28 de septiembre, había salido desde Paría el 21 de sept., pasó por Turín el 23 sept., por Florencia el 25 de sept., y por Pisa el 26 de sept., al tiempo que mostró su admiración por la arquitectura y obras de arte que observa en el viejo contiene, en su visita al Vaticano tuvo la oportunidad de conocer al Papa Pío IX, que reafirmó su emoción católica como evidencian sus escritos.

La Controversia de las Ideas (1867-1869)

Entre 1867 y 1873, Riera sostuvo tres celebres polémicas. La primera, con el arcediano Dr. Antonio José Sucre, discutió sobre la "usura” en 1867. La segunda, con don Cecilio Acosta, debatió sobre la idea de “revolución” en el desarrollo de la historia y la civilización humana. La tercera, con Arístides Rojas, intervinó Riera defendiendo al arzobispo Narciso Coll y Prat -de ésta se tratara más adelante-.

La primera de la polémicas sostenidas Riera Aguinagalde fue con el arcediano Dr. Antonio José de Sucre Alcalá-Alcalá (Cumaná 1831- Ecuador 1895), militar, político, sacerdote y diplomático, descendiente del mariscal Sucre. Ésta se desarrolló en 1867 y discurrió sobre la doctrina de la iglesia católica respecto a la usura. Por un lado, se encontraba la postura conservadora del arcediano Sucre, y por el otro el pensamiento liberal de Riera Aguinagalde (3). El contexto en que se presentaba esta polémica entre Sucre y Riera Aguinagalde, era el de la década los 1860, en la cual la economía venezolana se encontraba en momentos difíciles, venía de varios años de guerra, de un deterioro notable que repercutía en todos los sectores, inclusive en la Iglesia Católica, por ello, el debate que se formó sobre el préstamo y la usura, se tornó de lo pragmático a lo teológico y moral.

(3)Puede consultarse: Ildefonso Riera Aguinagalde (1867). Refutación a las opiniones del arcediano doctor Antonio José Sucre sobre el préstamo a interés y la justificación de sus opiniones; El Federalista, 19 de marzo de 1867; El Federalista, 11 de abril de 1867; El Federalista, 25 de abril de 1867.

La segunda polémica sostenida por Riera Aguinagalde fue con el educador don Cecilio Acosta (1818-1881), hombre de próvida intelectual y personal, reconocida por sus contemporáneos. Esta polémica fue una de las más famosas de todo el siglo XIX venezolano, y una de las más estudiadas por la historiografía criolla(4). Ésta se desarrolló entre fines de 1867 y los primeros meses de 1868, tuvo como escenario la prensa, Ildefonso Riera Aguinagalde (Clodius), escribió “Deberes del Patriotismo” (El Federalista, 1867, Dieiembre 15), en los que comenzaba la defensa de la “revolución” (Federación) como fundamento asociado al ideal de Progreso. A esto, replicó Acosta (Tullius), en las que hizo un llamado a la paz en medio de una nación agitada por los años en guerra; Clodius atacó a Tullius, tachándole de dogmatismo, mientras que Tullius, le reprochó a Clodius sus defensas desde su presencia en el gobierno. Ambos polemistas exhibieron un lenguaje respetuoso, pulcro, de honda cultura universal, de creativas exposiciones de sus ideas, y de episodios de elogios generosos mutuos. Decía Clodius (Riera Aguinagalde):

¿Quién viene? ¡Desfilan Alejandro, Aníbal, César, Napoleón y Bolívar! En sus pasos se siente algo parecido al temblor de la catástrofe, algo de aquella llama de fuego devorador, flammae ignis davorantis de Isaías. Que sigan; resignados nos descubrimos para verlos; traen en sus manos lágrimas, desastres, son una fatalidad necesaria, pero han recibido una misión, y Dios ordena que se cumpla. Llegan otro, ¿cómo se llaman? San Pablo, Bacon, Santo Tomás, Bossuet, Vargas! Que caiga el espíritu de rodillas para saludarlos; visten de blanco y traen en sus manos consuelo y salud. Benditos sean esos hombres, misioneros de la idea y de la paz (Riera Aguinagalde 1951: p. 213)

(4)Sobre la polémica Riera Aguinagalde - Cecilio Acosta, pueden consultarse, entre otros: Manuel Caballero (1999). Diez grandes polémicas en la historia de Venezuela; Reinaldo Rojas (2000). “Ildefonso Riera Aguinagalde: liberalismo y cristianismo en el siglo XIX”. Boletín de la Academia Nacional de la Historia, pp. 263-278; Tomás Straka (2009). “La república revolucionaria. La idea de revolución en el pensamiento político venezolano del siglo XIX”. Politeia, pp.165-190.

Para Riera Aguinagalde, los procesos humanos, y su historia misma, estabán signados por dos elementos la “guerra” y las “revoluciones”, la primera un mal destructivo pero necesario, y la segunda una etapa constructiva, ambas necesarias para el “progreso” de las socieades, que según él, se había presentado así desde la antigüedad. Acosta abogó por la paz y el entendimiento en la nación, como estados cierto para avanzar en sus propósitos nacionales, mientras que Riera Aguinagalde exponía, con inteligencia y energía, sus ideales sobre el patriotismo, y el espíritu de progreso -algo muy en boga en todo el continente y con clara inspiración francesa-, pero Acosta y Venezuela, sólo habían conocido la primera, la guerra, que las iniciales cinco década de la Republica ya había plagado sus desmanes de destrucción material e institucional, no así, esa segunda fase constructiva a la se refería el galeno.

En Riera Aguinagalde parecieran presentarse las contradicciones de una época y de una nación; defendió desde la tribuna de apoyo al gobierno, las ideas de guerra y “revolución” como sinónimos de Progreso. En su opinión, fueron esas ideas las que llevarón a los federales al poder; creía en las fuerzas destructivas de la guerra y constructiva del Progreso a la vez; creía en los grandes conquistadores y estrategas militares como instrumentos casi divinos enviados por la Providencia, en esto, reafirmó y se mantuvo constante en sus palabras las citas de la biblia, de los evangelios, de los principales profetas, a los que citó en latín. Encierraron las palabras de Riera Aguinagalde las aspiraciones del liberalismo, junto con un claro fervor de catolicismo, al que siempre defendió en vida.

Desde el decenio de los sesenta de la centuria diecinueve, Riera Aguinagalde se hizo conocido dentro de los círculos intelectuales y políticos, como notable orador(5), escritor y hombre poseedor de una cultura universal y cristiana. Según Luis María Castillo, contemporáneo y amigo suyo, Riera “poseía las difíciles dotes del orador: la acción, el movimiento, el gesto, la pronunciación, la entonación de la voz, que tanto recomienda Quintiliano en sus Instrucciones Oratorias” (Castillo 1981: p. 446). Mientras que sus escritos, diseminados en varios periodos de la época, demuestran destellos de originalidad, bagaje cultural y elegancia, plausible en sus celebres polémicas con distinguidos intelectuales.

(5)Laurano Villanueva lo llamó “orador filósofo”, en su obra, Vida del valiente ciudadano general Ezequiel Zamora (1975. p. 423). Lo incluyen en “Oradores Académicos” en el Primer Libro Venezolano de Literatura, Ciencias y Bellas Artes. 1974. p. 35; Mariano Picón-Salas se refirió como: “la voz de órgano y métaforas orientales del Doctor Ildefonso Riera Aguinagalde”, en Viejos y Nuevos Mundos. 1983. p. 24.

De igual modo, Riera Aguinagalde continúo con una activa labor intelectual, escribió biografías de los principales protagonistas de la Guerra Federal y relacionadas a esa causa, dedicó trabajos a Zamora, al general José Víctor Ariza, y al general Francisco Mejía [1798-1881] (Riera 1977), ambos cercanos colaboradores del gobierno de Falcón (1863-1868). En 1869, se fundó en Caracas, la Academia de Ciencias Sociales y de Bellas Letras, de la cual formaron parte: Felipe Larrazábal, Riera Aguinagalde, Amenodoro Urdaneta, Arístides Calcaño, Julio Calcaño, Diego Jugo Ramírez, Juan José Mendoza, Cecilio Acosta. Esta Academia sesionó en los espacios del Congreso, se esforzó en promover la cultura y la literatura, se creó un certamen el 1° de octubre de 1869 (El Federalista, 1867, octubre 2: p. 3.), en ocasión de celebrar el natalicio del Libertador Simón Bolívar.

A la par de su labor intelectual, Riera Aguinagalde continúo actividades políticas. En 1868, participó en la redacción del programa liberal y en la formación de la “Sociedad Liberal de Caracas” (Pensamiento Político 1961: pp. 485- 486), junto con otros dirigentes del Partido Liberal, como los generales Francisco Mejía y Antonio Guzmán Blanco, Jacinto Gutiérrez, Mariano de Briceño, Rafael Arvelo, Felipe Larrazábal, su intención era poder articular coherentemente la continuidad en el gobierno, en torno a contenidos fundamentales. Al año siguiente, 1869, Riera Aguinagalde ejerció como Secretario de Cámara de Diputados (Actos Legislativos de Congreso Constitucional 1869: pp. 5-169) en el Congreso Nacional, luego fungió como ministro de Relaciones Exteriores, del 31 de julio al 6 de diciembre de 1869.

El ocaso de un hombre público (1870-1882)

Los últimos años de vida de Riera Aguinagalde estuvieron signados por su alejamiento de la vida pública, sobre todo a partir de 1869 y 1870, cuando el país se vio envuelto, otra vez, en la inestabilidad política de una nueva “revolución” de caudillos. Los “Azules” fueron derrocados por la “Revolución de Abril” de 1870, dirigida por Antonio Guzmán Blanco, quien tomó Caracas y se afianzó en el poder, directa e indirectamente, hasta 1888.

A continuación, se suscitó uno de los episodios de la vida Riera Aguinagalde menos conocidos con propiedad, su prisión. Al respecto, Héctor Parra Márquez refirió: “La prisión de Riera Aguinagalde comenzaría en septiembre 1871, a juzgar por una carta suya para su hermana Francisca, a quien él llamaba Pacha, en la cual, con fecha de 5 de marzo de 1872, afirmaba llevar “seis meses de prisión” (Parra Márquez 1983: p. 38). Se hallaban también en prisión, los doctores Felipe Larrazábal y Félix E. Bigotte, miembros como Riera de la Academia de Ciencias Sociales y Bellas Letras. No queda claro las razones del encarcelamiento de Riera Aguinagalde, pero como otros políticos venezolanos del siglo XIX, se hizo frecuente que con los bruscos cambios políticos, las “revoluciones, alzamientos, insurrecciones”, deposiciones de gobiernos, también cayesen los funcionarios de turno.

La situación de encontrarse cautivo, influyó hondamente en Riera Aguinagalde. Por lado, se refugió en el afecto de su hijo, Cecilio, manteniéndose ocupado leyendo, escribiendo cartas (entre noviembre de 1871 y marzo de 1872, le envió 18 en total), y sermones para que su hermano Andrés los leyese en el pulpito. Mientras que por otro lado, vivió amargos momentos en su relación con su esposa, doña Dolores Aguado, hija del general federalista Pedro Vicente Aguado, con quien no tuvo descendencia.

Durante el decenio de los setenta del siglo XIX, Riera Aguinagalde se retiró de la vida política, marchó hacia su terruño, Carora, y a los campos de Santa Bárbara. Durante este período ejerció la profesión médica sólo para la atención de familiares y amigos, le escribió cartas a amistades cercanas, de El Tocuyo, Carora, Barquisimeto y Caracas. Por estos años, se dedicó a su interés permanente por la biblia, la cultura y la literatura; redactó discursos para certámenes y recepciones académicas, entre otras.

Por esta época, surgió la tercera polémica que protagonizó Riera Aguinagalde con el médico, naturalista y tradicionalista don Arístides Rojas (1826-1894). Ésta se desarrolló en septiembre de 1873, y tuvo epicentro la figura de monseñor Narciso Coll y Prat (1754-1822), Arzobispo de Caracas entre 1810 y 1816, durante la primera parte de la Guerra de Independencia. Rojas publicó un trabajo titulado “La Imprenta en Venezuela durante la Colonia y la Revolución”, en la cual criticó la actitud del Arzobispo de Caracas, Narciso Coll y Prat, mencionándolo de “fanático”, por no sumarse al movimiento independentista de 1810. A continuación, Riera Aguinagalde hizo una defensa de las acciones y actitud de Coll y Prat, en la cual explicaba la actuación pública y personalidad de prelado español, signada por los vaivenes de la guerra, diferencias con las autoridades.

Sus apariciones públicas se hacieron más esporádicas. En 1877, el 27 de abril, pronunció el discurso de orden en la apoteosis del Doctor José María Vargas, sus palabras fueron de admiración hacia el sabio guaireño. Este mismo año, Riera Aguinagalde apoyó la opción de un civil, el Dr. Raimundo Andueza Palacio, como candidato presidencial, sin embargo, obtuvo la victoria el general Francisco Linares Alcántara, candidato inicialmente guzmancista. Riera Aguinagalde asumió la cancillería el 3 de octubre de 1877, pero renunció ante la corriente antiguzmancista el 23 de noviembre. Tuvo que exiliarse, marchando a Francia, a la cual llegó el 12 de julio de 1878. Nuevamente, la turbulencia política continuaba en Venezuela, un nuevo levantamiento armado, la “Revolución Reivindicadora”, retornó al poder a Guzmán Blanco. Riera Aguinagalde fue llamado para hacerse cargo de la cartera de Hacienda (González Guinán 1954: p. 33), llegó a Venezuela en febrero de 1879.

No obstante, la salud de Riera Aguinagalde no iba bien, razón por la cual viajó nuevamente a Francia, y tomó residencia en París. Don Lisandro Alvarado describió a Riera: “De Altura mediana y cabeza voluminosa, fue atacado de una afección cerebral -reblandecimiento, según parece-. La enfermedad tuvo un curso bastante largo, manifestándose desde temprano la locura de las ideas. Su fallecimiento tuvo [sic] lugar en París el 24 de marzo de 1882” (Alvarado 1893: p. 391). Los quebrantamientos de Riera continuaron y empeoraron, murió en la capital gala, donde todavía permanecen sus restos.

Consideraciones finales

A la luz del tiempo, se pueden madurar las siguientes reflexiones sobre Riera Aguinagalde, en los campos intelectual y político:

El Doctor Ildefonso Riera Aguinagalde fue la expresión de una época, la segunda mitad del siglo XIX venezolano, de gusto por el encumbramiento de la cultura greco-latina, del romanticismo discursivo, y de la influencia del pensamiento liberal europea, particularmente francés, de las cuales Riera Aguinagalde tomó inspiración y logró reunir en un pensamiento propio, en el que compaginaba el liberalismo con el catolicismo. No obstante, de su fecunda pluma, no dejo una obra “orgánica” para la posteridad, su pensamiento quedo diseminado en artículos de opinión en la prensa.

Por otra parte, se puede no estar de acuerdo con las ideas de Riera Aguinagalde, algunas marcadas por la agitación de su época, posturas tan exaltadas en Francia como en otras latitudes de América, pero en lo que coincidieron contemporáneos y adversarios, fue en su actitud respetuosa hacia los pensadores con los que sostuvo polémicas, con algunos de los cuales mantuvo amistad y elogios, como con don Cecilio Acosta. Así, fueron reconocidos su apoyo constante a la cultura y al saber en la nación a través de empresas intelectuales, como fundación de periódicos, Academia, y certámenes, todos ellos, esfuerzos por hacer florecer la cultura, las artes y el pensamiento en la joven Venezuela.

Por último, en Riera Aguinagalde se funden las aspiraciones de una época y de una sociedad, por conciliar, las ideas del liberalismo, sus ideales de Progreso, y la de institucionalizar un Estado, junto con la de un hombre sinceramente católico, que mantuvo durante toda su vida, una búsqueda de respeto y de servicio social de la Iglesia, en medio de posturas seculares de otros liberales y del caudillismo militar. En este sentido, se puede observar en Riera Aguinagalde, las demandas de su propio tiempo y de las circunstancias que vivió una nación joven, que intentaba consolidar el Estado Nacional, y en ello chocó frontalmente con todo lo que consideraba obstáculos, incluyendo al mismo Riera Aguinagalde, que experimentó el personalismo político, la violencia de la guerra, el ser apartado de la administración pública, la prisión, y el exilio, en resumen, el precio de las ideas en un país secuestrado por las espadas de los caudillos.

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