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Utopìa y Praxis Latinoamericana
versión impresa ISSN 1315-5216
Utopìa y Praxis Latinoamericana v.12 n.38 Maracaibo sep. 2007
CABALGANDO CON ROCINANTE Una lectura del Quijote desde nuestra América
Arturo Andrés ROIG.
Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.
Estas palabras tienen un doble objeto: por un lado, expresar mi más profundo agradecimiento a los queridos amigos venezolanos que nos visitan y que acaban de honrarme con el título de Doctor Honoris Causa, otorgado por la benemérita Universidad del Zulia, en Maracaibo, a la que representan oficialmente; y, por el otro, aproximarnos a un tema que cada vez se puede observar con mayor fuerza entre nosotros, el del quijotismo, o dicho más adecuadamente de nuestro quijotismo sudamericano y caribeño.
Resulta interesante observar que nuestro quijotismo ha tenido dos líneas de desarrollo. Llamemos a una de ellas literaria, puesta en obra por autores inspirados en el mensaje de Cervantes y con el objeto de contribuir a una reforma de nuestras costumbres, a la vez que una defensa de aquellos valores vigentes compatibles con aquél mensaje.
La otra, la que podríamos llamar como un quijotismo práctico, más profunda, expresados en actos elocuentes por sí mismos y que invocaron más de una vez los ideales atendiendo a un cambio moral y político y, sobre todo social, más allá de toda parenética.
Lógicamente que no han faltado autores y personajes políticos que vieron en el quijotismo el riesgo de utopías sociales peligrosas e intentaron ridiculizarlo en sus valores intrínsecos.
Pues bien, con unos u otros, don Quijote se pasó a nuestras tierras y desde muy temprano. Está probado que la primera edición de agotó no en España, sino en nuestras tierras americanas. Más tarde, cuando se iniciaron las primeras recreaciones literarias se dio comienzo con ellas a la campaña de reformas que hemos mencionado. Un caso ciertamente interesante es la obra de Tulio Febres Cordero, autor de un Don Quijote en América o sea la cuarta salida del ingenioso hidalgo de la Mancha, aparecida en la ciudad de Mérida, ciudad venezolana y que podríamos considerar vecina de Maracaibo, en 1905. Entre sus valores, a más de su ingenio, nos parece importante destacar la constante simpatía y apoyo en favor de los esfuerzos cubanos por su independencia y por todos aquellos venezolanos que se fueron a combatir en la manigua.
Así, pues, los ideales del quijotismo, leídos con variantes históricas, pero siempre en relación con un humanismo, seguirán apareciendo en sucesivas salidas.
Para entrar de lleno en materia, no creemos equivocarnos si decimos que la primera aparición significativa se produjo con motivo de la guerra de independencia de las últimas colonias españolas en América, y quien heredó e hizo de hecho suya la figura del Quijote ha sido y de modo notable, el héroe cubano José Martí. Tuvo éste un ideal inmediato y constante: la libertad de su patria y, a su vez, ese ideal tan ricamente enmarcado en una visión universal de lo humano. Como don Quijote, su vida fue, un tejido de aventuras y de salidas" y, como sabemos, en la última de éstas acabó heroicamente sus días frente a quienes representaban, la negación de los ideales quijotescos, el ejército represor de ocupación español. Su muerte fue la culminación de una idea sostenida con pasión sin desmayos hasta la muerte en Dos Ríos. En la inmortal figura de Martí se encarnaron las más altos ideales del quijotismo y con él la clásica figura cervantina cobró nueva vida.
La amplitud de este proceso no deja de causar asombro ¿Por qué hemos titulado a estas breves páginas Cabalgando con Rocinante? Pues, porque estamos hablando de sucesivas cuartas salidas. En efecto, la expresión está implícita en los primeros renglones de la carta que Ernesto Che Guevara envió a su madre y su padre, poco tiempo antes de ser asesinado en Bolivia. La carta, ciertamente emocionante comienza:
Queridos viejos.
Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo..."
¿Qué significaba sentir el costillar de Rocinante? Pues que caballo y caballero sentían la necesidad de correr una nueva aventura desde un ideal por momentos realista, por momentos utópico. Cabalgar con Rocinante era enarbolar un quijotismo según los hombres y los tiempos y hacerlo, otra vez, desde nuestra América.
Ahora bien, ¿cuál es el sentido profundo del quijotismo? La cuestión aquella de cambiar un tipo de novela por otro, de abandonar la literatura fantástica del Amadís de Gaula y tantos otros, por una tendencia literaria nueva, no deja de ser un reduccionismo y hasta una discusión inútil de géneros literarios. Bien es cierto que esto se encuentra presente en las páginas de Cervantes, pero bien podemos entenderlo como una de las tantas cortinas que intentó el autor para poder expresar en su modo más pleno, lo que es el quijotismo.
Éste, antes que nada, es una utopía social, la que dadas las condiciones de la sociedad de la época, únicamente podía llevarlas a cabo un loco. Lógicamente que los Amadises, los Esplandianes y tantos otros resultaron ser un hábil recurso para explicar la demencia de Don Quijote, pero a su vez, para explicar una caballería andante la que le toca asumir a cada generación, según las sociedades y los tiempos.
Las diferencias entre lo que podríamos llamar la caballería histórica" y la que utiliza Cervantes para bogar verdaderamente en favor de la justicia, fueron radicales. En el Amadís de una cantidad atroz de muertes, de violencia, en defensa de los derechos territoriales y las riquezas acumuladas por los señores de cada feudo, a lo que se agregan los amoríos de corte, al margen absoluto del mundo de los siervos. Frente a este cuadro desolador que en parte parece haber sido el ideario de los conquistadores de los primeros tiempos, el Quijote, que no está enfeudado, levanta un programa de justicia y de humanidad, no defiende un territorio, ni tampoco fueros tan sólo quiere desfacer entuertos, es decir, regresar a un mundo en el que reine la justicia, tanto para uno como para otros y otras. Y eso, ¿quién podía hacerlo? Pues, alguien que había perdido el juicio.
El tema venía del Renacimiento según podemos leerlo en el célebre Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam. Esta, la locura, no era otra cosa que una cordura la que frente al desenfreno de las pasiones de la época pasaba por vesanía. Esa locura era, además, vida tal como lo dice ella misma hablándonos en primera persona: A medida que los hombres se alejan de mi, la vida se retira de ellos".
Pues bien, la locura de Don Quijote es cordura, es decir, su conducta está regida por leyes del corazón y de la reflexión. Cervantes tuvo la habilidad literaria de presentar como demente a uno de los personajes más cuerdos de la literatura de su época. A eso se debe el asombro tantas veces manifestado ante la cordura de un loco.
Pero las imágenes fantásticas que el Quijote encuentra en los antiguos libros de caballería y su conducta en relación con ellas ¿No sería una prueba de un estado realmente demencial? Quienes así lo entienden no perciben el valor de símbolo que tienen los caballeros de antaño, idealizados, así como los gigantes, los monstruos y los encantamientos. Ahí se encuentra posiblemente la tarea más rica que lleva a cabo Cervantes.
Volvamos a Rocinante. Mientras este viejo caballo es montado por don Quijote, se siente completo. Cuando la segunda salida, son los relinchos del jamelgo los que deciden a don Quijote a emprenderla. Y el día en el que deja de montarlo, ya definitivamente, nuestro héroe retoma la razón perdida, mas, ya para morir. No está demás que recordemos que don Quijote más de una vez dejó libre a su cabalgadura, sin desmontar él, en la búsqueda de aventuras. Rocinante no fue jamás reemplazado ni siquiera por el burdo recurso de CIavileño, inventado por unos duques ociosos e ignorantes, que no tenían otra intención que reírse de la locura con la que aparecía la cordura del héroe.
Francisco de Quevedo, el no menos inmortal Quevedo, tanto como lo fue Cervantes, su amigo, es posiblemente quien ha mostrado el punto débil de la novela cervantina. ¿Por qué no había de morir loco, si gracias a su locura el Quijote le servía a Cervantes en su increíble capacidad de lectura simbólica? Nadie puede creer que en verdad nuestro héroe atacó a molinos de viento cuando lo que enfrentaba eran los monstruos de múltiples brazos que poblaban una sociedad inclemente, autoritaria, viciosa, movida por ansias ilimitadas de poder y riquezas sacadas de la sangre del pueblo español y, ya en época de Cervantes, de las poblaciones indígenas de América. Leer el Quijote en la sucesiva y casi interminable simbólica, es leerlo en su mensaje profundo. El Quijote fue escrito para que rieran con él los simples y los señores de las cortes que en nada les interesaba ese personaje que con su pasión de justicia llegaba hasta lo extravagante.
Pues, en eso se apoya Quevedo para darnos lo que hubiera sido la versión congruente de la muerte de Don Quijote. ¿Hacía falta hacerlo morir como cuerdo y renunciar a las lecturas que le habían hecho perder el juicio? Yo tengo juicio ya -le hace decir Cervantes al moribundo- libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballería?, palabras que llenan de regocijo al vulgo que lo rodea: la sobrina, el cura, el ama, el bachiller, el barbero y hasta el mismo Sancho.
En las páginas finales, Cervantes le hace renunciar al Quijote, de la potente fuerza de recursos simbólicos que podían leerse en los libros malditos y perversos con los que juzgó a la sociedad que te tocó vivir. En un poema de Quevedo titulado Testamento de don Quijote, éste no aparece como lo presenta Cervantes que vivió loco y murió cuerdo, sino que si falleció en estado de cordura, según lo pinta Quevedo fue porque siguió siendo loco hasta el final. Después de haber dejado como testamentarios, ante el asombro del escribano, a personajes fantásticos: don Belianiz de Grecia, el caballero del Febo y a Esplandián el de las jergas, Sancho enojado le dice No es razón buen señor mío / que cuando vais a dar cuenta al Señor que vos crió / digáis sandeces tan fieras y cuando le proponen que llame un cura para la confesión le dice a Sancho con voz tierna / ve a la Peña Pobre y dile / a Beltenebros -otro personaje de fantasía- que venga. En fin, todo concluye con el espanto del cura que viene a darle la extremaunción:
En esto la Extremaunción
asomó ya por la puerta,
pero él que vió al sacerdote
con sobrepelliz y vela,
dijo que era el sabio propio
del encanto de Niquea
y levantó el buen hidalgo
por hablarle, la cabeza.
Mas viendo que ya le faltaban
juicio, vista, oído y lengua
el escribano se fue
y el cura se salió afuera.
¿No dice nada el hecho de que don Quijote no entre, en ningún momento de la novela, a una iglesia? ¿No es cierto que la Iglesia había colaborado activamente en la conversión forzada y la expulsión de moros y judíos? ¿Se ha olvidado lo que era entonces la Santa Inquisición, una de las instituciones más perversas? Don Quijote al momento de morir vio al sacerdote, no como tal, sino como un encantador más, es decir, alguien que podía hacer tanto el bien como el mal. Don Quijote, para Quevedo, aun en el lecho de muerte, no se había apeado de su Rocinante, seguía siendo don Quijote.
Y el Caballero de la triste figura sigue montando a Rocinante y lo hará durante siglos. Con el pobre jumento irá siempre el quijotismo, es decir, el altruismo, la generosidad, la filantropía, el amor y la utopía, y con todos ellos, los sueños y las ilusiones, el desinterés y la ingenuidad. En la España de entonces, ya convertida en nación colonialista y entregada a la destrucción de pueblos, así como de sus culturas, todas esas virtudes únicamente podían ser locura. Así, pues, Quevedo nos presenta a un Quijote sin regreso a una razón razonable", la de la futura sociedad burguesa en ciernes ya en esa época. Cabalgar con Rocinante es intentar lo imposible y, con suerte, hacerlo posible.
De ahí esa confesión del Che Guevara a sus padres: sentía, otra vez, en sus talones el costillar del humilde jaco. El quijotismo, tal como lo entendió Quevedo, lo fue sin concesiones, sin renunciamiento. El caballero muere en su ley, como José Martí, como el Che Guevara, en quienes, huido de Europa, se refugió aquél Caballero de la triste figura y del alma grande. Ese es nuestro quijotismo, el quijotismo americano que seguirá vivo mientras se tengan ilusiones de un mundo mejor, un mundo el que quepamos todos y todas con dignidad. Esas ideas son las nuestras.
Ya para terminar voy a leer unas hermosas palabras de José Martí dedicadas a la amada patria venezolana, como lo son todas las de nuestras tierras.
...a nuestra América desinteresada, decía en un Discurso así la hemos de querer y admirar sin límites, porque la sangre que dio para conquistar la libertad, ha continuado dándola por conservarla! Proclamemos, contra lacayos y pedantes, la gloria de los que en la gran labor de América se van poniendo de quicio y abono para la paz libre y decorosa del Continente y la felicidad e independencia de las generaciones futuras!".
BIBLIOGRAFÍA
1. Cervantes, M de (2004): El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Madrid, edición del cuarto centenario, Real Academia Española.
2. García Rodríguez de M (1996). Amadís de Gaula. Planeta, Madrid.
3. Guevara, E (Che) (1996). La Revolución: Escritos esenciales. Taurus, Bs As.
4. Martí, J (1992). Obras escogidas en tres tomos. Ed Ciencias Sociales, La Habana, Cuba.
5. Quevedo, F de (1780). El testamento de Don Quijote. en: Poesía. El Parnaso Español, Madrid.











