Servicios Personalizados
Revista
Articulo
Indicadores
-
Citado por SciELO -
Accesos
Links relacionados
-
Similares en
SciELO
Compartir
Utopìa y Praxis Latinoamericana
versión impresa ISSN 1315-5216
Utopìa y Praxis Latinoamericana v.15 n.50 Maracaibo sep. 2010
Cultura política y política de las culturas juveniles
The political culture and politics of youth cultures
Oscar Aguilera Ruiz
Instituto de Ciencias Sociales, Universidad Católica del Maule, Chile.
RESUMEN
Se somete a discusión la utilidad heurística de incorporar la perspectiva de política de las culturas juveniles para analizar los vínculos entre juventud, política y cultura en la contemporaneidad. Si los enfoques tradicionales enfatizaron en el carácter cultural de la política, y enfatizaron en los elementos simbólicos, los significados y las percepciones que las juventudes construyen sobre la política, lo que se propone es pensar políticamente la cultura juvenil y visibilizar los nuevos lugares de constitución del conflicto en la actualidad, ampliando el campo de estudios hacia prácticas juveniles que impugnan los significados hegemónicos de la participación política.
Palabras clave: política, cultura, juventud, participación.
ABSTRACT
The paper submits for discussion the heuristic usefulness of incorporating the political perspective of youth cultures in order to analyze contemporary connections between youth, politics and culture. If traditional approaches emphasized the cultural character of politics and the symbolic elements, meanings and perceptions that youth construct regarding politics, what is proposed here is to think about youth culture politically and make visible new spaces for constituting conflict today, broadening the field of studies toward youthful practices that contest the hegemonic meanings of political participation.
Key words: politics, culture, youth, participation.
Recibido: 01-04-2010 · Aceptado: 15-08-2010
INTRODUCCIÓN
Una de las perspectivas para acceder a la relación juventud y política es desde aquello que denominamos culturas políticas juveniles. Realizamos sí una advertencia compartida con Varela (2005) y es la imprecisión conceptual observada en el uso del concepto de cultura política así como los espacios políticos a los cuales refiere en la literatura antropológica latinoamericana: tanto a las prácticas que los sujetos y colectividades despliegan al interior del sistema político1 como en lo que refiere a los procesos autorganizativos de las comunidades2, así como respecto a las percepciones y opiniones que los sujetos tienen respecto a la política3.
En el caso de los estudios sobre juventud en Chile, la utilización del concepto de cultura política aparece relacionado fundamentalmente con aquello que podemos denominar imaginarios juveniles de la política, sin que se le vincule con el plano de las prácticas que los sujetos despliegan. Es más, la propia tradición de estudio sobre cultura política responde más al canon norteamericano y se ha orientado hacia el estudio de los percepciones y al de la institucionalidad política4.
A pesar de esta situación, la literatura especializada en juventud constituye una ruta de acceso que permite conectar aquellos procesos de orden macro social y de preocupación de las instituciones públicas (políticas y educacionales), con las prácticas políticas y culturales juveniles. ¿Qué señala entonces aquella información secundaria, estadística y literaria, sobre la relación entre cultura, juventud y política?
En primer lugar, y desde el punto de vista de la antropología política5, las lecturas de la relación entre juventud y política se inscriben fundamentalmente en el análisis de las prácticas juveniles al interior del sistema político. La especificidad de estas lecturas viene dada por una particular concepción y utilización del concepto de cultura política en América Latina y concretamente en Chile que si bien han incorporado los componentes culturales al análisis, a partir del uso y desarrollo del concepto de subjetividad social6, dichas subjetividades son construidas teóricamente a partir de dos tradiciones comprensivas de lo político-cultural:
una más de análisis político o politológico, de restricción del concepto a sus planos más estrictamente políticos (en rigor, psicológico-políticos); y otra más antropológica, cultural o culturalista, que se resiste a la reducción de la cultura a sus planos y datos más psicológicos y cuantificables, defendiendo un uso más abierto, menos restrictivo temáticamente y más cualitativo en términos de la metodología de investigación utilizada (lo que no implica necesariamente un rechazo al uso de métodos cuantitativos)7.
Sin duda que para mostrar su utilidad conceptual, no podemos señalar genéricamente lo que la cultura política no es o a lo que se opone. Por el contrario, implica trazar ciertos hilos argumentativos que nos permitan aproximarnos de manera diferenciada respecto a las tradiciones clásicas vinculadas con los sistemas políticos o con comunidades auto constituidas y en conflicto con el exterior (como en el caso de los grupos étnicos en Latinoamérica). Es más, la propia complejidad de las sociedades urbanas contemporáneas exige superar algunas dicotomías clásicas utilizadas en el estudio de lo político desde una perspectiva antropológica, siendo quizás la de mayor relevancia la adjudicación a priori de un conflicto del tipo amigo/enemigo entre las prácticas de la sociedad al margen y en contra del Estado8, o la excesiva territorialización que impide ver las conexiones translocales como lo vienen mostrando las ciencias sociales contemporáneas9.
Lo político, desde una perspectiva cultural, implica siempre una definición operacional contingente en tanto las propias sociedades van transformando sus marcos culturales y con ello la propia definición de lo que sería lo político. Sólo así podríamos entender que las prácticas juveniles de los jóvenes fueran nombradas como culturales, como señalan los informes nacionales de la juventud hasta el año 200610 pero que repentinamente esas mismas prácticas se nombraran como políticas, como lo ejemplifica la propia convocatoria a discutir nuevas modalidades de participación política o los movimientos estudiantiles11. Más que un cambio en las prácticas, cambiaron las denominaciones y conceptualizaciones que despliegan quienes investigan.
1. CULTURAS POLÍTICAS JUVENILES
Pero si hay algo que podría sostener la utilidad analítica del uso de la categoría de cultura política es recuperar el sentido antropológico que remite a los modos de pensar y actuar la vida en comunidad y que se encuentran tensionados a partir del eje autonomía y heteronomía. En este sentido, lo que surge a partir del análisis de las prácticas y discursos juveniles es que los significados respecto a la horizontalidad, la democracia participativa, el distanciamiento del sistema político, etc., son compartidas por todos, independiente de si adscriben a algún estilo juvenil o no, de si participan en un colectivo o participan en un partido político, o en un voluntariado o hacen trabajo comunitario. Los jóvenes, mayoritariamente, comparten una crítica profunda a los modos de organización de la sociedad, a las tradicionales formas de participación en el campo de la sociedad civil, llámese partidos políticos, sindicatos, federaciones, y proponen una redefinición de las relaciones políticas y los mecanismos institucionales que las regulan.
Y esas condiciones culturales de participación son universales, porque las y los jóvenes no sólo tienen distanciamiento con el actor sino que tienen distanciamiento con la relación que constituye el modelo representativo. Para ello es necesario problematizar y desalojar la interpretación del distanciamiento entre juventud y sistema político como un asunto de orden geográfico, donde la distancia se explica como un proceso circunstancial e inherente a la condición juvenil pero que en un momento determinado, dicha distancia debía acortarse y se podría re-enganchar a la juventud en los marcos de la política institucional. A esta lectura oponemos aquello que a partir de nuestra investigación denominamos distanciamiento geológico y que remite a los profundos e intensivos cambios socioculturales que están redefiniendo las propias capas constitutivas del orden social y político moderno, y que, inicialmente, era atribuido a grupalidades juveniles subculturales (punks, izquierda radical, entre otros), pero hoy en día comienza a ser la condición cultural para todos los y las jóvenes y que no va a ser resuelto con una serie de modificaciones procedimentales como la inscripción automática en los registros electorales al cumplir dieciocho años y la obligación de votar como sostienen algunos cientistas sociales chilenos12. No se trata de polarizar el análisis construyendo tipologías en que estarían por un lado los que participan de lo electoral y los que no lo hacen, o los que no participan por desidia y los que no participan porque apuestan otros modos de acción y construcción política. Consideramos, a la luz de los procesos de transición sociocultural que enfrentamos tanto en términos individuales como colectivos, analizar estos procesos políticos partir de la metáfora del péndulo en que podemos trazar una línea imaginaria que une dos puntos de movimiento en tanto asumimos que ambas posiciones comparten discursivamente la crítica al sistema político actual aunque se traduzcan en orientaciones de acción pero en sentido diverso.
Esta forma de relacionarse con la política institucional va dejando de ser subcultural en el sentido de un atributo de unos pocos que estarían en resistencia y en lucha con lo hegemónico, para comenzar a ser una característica cultural de las actuales generaciones juveniles. Es así como podemos enunciar, a modo de hipótesis a profundizar en el futuro, la idea de ruptura generacional entre las culturas políticas tradicionales y las políticas de las culturas juveniles. Se trata por tanto de un cambio generacional en los modos de concebir y ejercer la política por parte de las actuales generaciones juveniles. ¿En qué se traduce esta nueva cultura política? Observemos tres trayectorias de síntesis; los significados de democracia, ciudadanía y participación, la construcción cultural de los espacios y tiempos de la política y las tensiones que se producen entre la cultura política hegemónica y las prácticas de ciudadanía juvenil.
1.1. SIGNIFICADOS DE LA DEMOCRACIA Y LA CIUDADANÍA
La democracia deja de ser concebida exclusivamente en términos normativos y se incorpora la discusión por la propia definición y características de la forma de gestión política que propone. El nudo central de estas discusiones está puesto en primer lugar en la relación entre representación y participación: la concepción democrática de los jóvenes se fundamenta en la necesidad de ser agentes activos en los procesos de toma de decisiones y monitoreo de las acciones públicas que desarrollan los administradores del Estado y los representantes públicos. Ante esa disposición subjetiva, los canales ofrecidos por el actual modelo político están circunscritos a la posibilidad de votar cada cuatro años, pero no a la idea de transparencia y monitoreo de las acciones públicas o la revocabilidad del mandato político otorgado a los representantes, una práctica que se transforma en cotidiana en las agrupaciones juveniles13. Algo similar sucede con la ciudadanía en tanto su puesta en práctica está restringida a algunas personas de la sociedad, y deja fuera a parte importante de ella convirtiéndola en una de las principales reivindicaciones juveniles en tanto su uso es negado y por extensión es negada la propia juventud. Señala Balibar que (...) la negación de la ciudadanía se funda siempre sobre la exhibición de alguna diferencia antropológica discriminatoria (...)14. Y eso es lo que encontramos hoy en Chile, cuando por una parte se rebaja la edad de imputabilidad penal a los 14 años mientras se mantiene el otorgamiento de los derechos civiles y políticos a los 18, sólo por nombrar un eje de discriminación cultural que se anida en la propia definición ciudadana: una otredad queda excluida y permite, por ese ejercicio, afirmar la pertenencia de un nosotros político que se constituye.
Todos estos asuntos tienen la potencia de pensar las posibilidades de una construcción democrática que no escape al conflicto. Al respecto, es interesante analizar la forma polémica en que los jóvenes constituyen sus relaciones al interior de sus organizaciones como en relación a la institucionalidad. De acuerdo a la etimología, la palabra política tiene al menos dos raíces: una de ellas es polis, y de ahí la idea de vivir conjuntamente propio de la polis, y la otra es pólemos, que no es otra cosa que el antagonismo y el conflicto15. Y lo que ocurre es que la democracia hasta ahora no les ofrece a los jóvenes la valoración de su propia cotidianeidad: imposibilitada de reconocer la fuerza del pólemos, privilegia la polis (es decir, la norma). ¿Y qué otra cosa nos encontramos en las opiniones juveniles desarrolladas en sus propios micromedios de comunicación, en los grandes medios de comunicación a los que son invitados, y en los encuentros a los que son convocados por parte de las autoridades sino la necesidad de reconocerse diferentes y antagónicos al mundo adulto e institucionalizado? De allí que autoritarismo, democracia, seudodemocracia, democracia a medias sean temas ligados a este debate desde el mundo juvenil. Conversar socialmente, desde la diferencia y con respeto, parece ser la propuesta de acción que lanzan los jóvenes a través de sus diversas formas expresivas y sus opiniones; asumiendo que polis y pólemos, constituyen el fundamento central de una política democrática.
Desde ese lugar es que se establecen entonces las diferencias con las generaciones anteriores, y sólo allí cobran sentido las distinciones respecto a los procesos político-culturales experimentados por las diversas generaciones: es decir, dictadurademocracia, partidos políticos generación descreída de la política partidaria, la cultura del consumo, las tecnologías, la globalización, el individualismo, las formas disímiles de organizarse y participar, los temas por los cuales abanderarse, etc. Todos estos matices reflejan las diferencias que pueden perjudicar la comunicación y el entendimiento entre generaciones y con ello la no comprensión de las diferentes formas de participar, de ejercer la democracia, de ser visibles en la sociedad y el ser sujetos políticos. En definitiva, se desafía a que exista una mayor comprensión y valoración de las prácticas juveniles por parte del mundo adulto, tal como dejan en evidencia las palabras de la Ministra de Educación sobre el activismo juvenil y que sintetizamos en la interrogante que ella formuló: ( ) ¿por qué anda en la calle desde los 11 años? ¿por qué ella se ha convertido en una activista desde los 11 años?. ¿Es eso lo que esperamos de un niño de 11 años, que ande reclamando como decían ellos, hoy por las ballenas, mañana por la Ley General, pasado mañana por la causa mapuche(...)16.
1.2. SENTIDOS DE LA PARTICIPACIÓN
Muy vinculado con lo anterior, los sentidos y orientaciones otorgados a la participación dejan de tener una connotación prescriptiva (lo que hay que hacer) y se acaba la exclusividad (dónde se participa). El desplazamiento hacia otras áreas y zonas de participación emerge como lo más relevante de los discursos juveniles analizados. El paso de organizaciones juveniles definidas orgánica y temáticamente a grupalidades en que las formas de estar juntos no están predefinidas y los temas que movilizan a la acción pueden ir cambiando en el tiempo son cuestiones que han pasado a formar parte de la mayoría de las prácticas de los jóvenes. Asimismo, una fuerte crítica a los actuales modos de participación ciudadana se complementa con el desarrollo de acciones cotidianas que fomentan y profundizan unos modos participativos y activos de desarrollar el compromiso con la sociedad. En este contexto emerge la necesaria relación entre estilos juveniles y participación política, en que de modo performativo los jóvenes (hombres y mujeres) van descubriendo a partir de una práctica concreta (musical o cultural), articulando experiencia y construcción de subjetividad, sus propios significados y acciones de participación.
De la misma forma es posible analizar la relación con la institucionalidad pública. Desde las organizaciones juveniles se plantea que la lógica de los fondos concursables como modo de apoyar desde la institucionalidad a las acciones juveniles por un lado es perversa, en tanto los obliga a vivir una tensión entre objetivos propios y definidos de acuerdo al diagnóstico que realizan y construir sus acciones a partir de una agenda definida desde la institucionalidad pública. Fruto de la tensión se constituiría acuerdo tácito entre Institución Pública y Organizaciones Juveniles, donde las posibilidades de participación se inscribirían en una lógica polar: 1) la que despliega el Estado a través de sus instituciones (voto, proyectos concursables, organizaciones con personalidad jurídica); y 2) la que proponen los jóvenes en función de una democracia participativa, alternativa, de autogestión o marginal a lo establecido.
Si bien podemos reconocer la existencia de organizaciones juveniles que participan por fuera de la lógica de proyectos concursables (autogestionadas y alternativas), la riqueza de la discusión está definida por aquellos que si participan al interior de los diseños y circuitos institucionales pero que reconocen las dificultades de estos procesos y por lo mismo proponen que la relación que debiera establecerse con la institución fuera de complementariedad, de retroalimentación y de incorporación en la toma de decisiones. Es decir, ejercer la democracia y la participación juvenil, una política que les sirva a los jóvenes, no que se sirva de ellos.
1.3. TIEMPOS Y ESPACIOS DE LA POLÍTICA
La actividad política ha consagrado una temporalidad específica y unos espacios concretos para el despliegue de sus acciones. La temporalidad ha sido conceptualizada a largo plazo (la idea de utopía, como algo que nunca llega es su mejor expresión) con objetivos estratégicos y tácticos (largos y medianos plazos), y con sus propios rituales y escenificaciones (Mensaje Presidencial, Hora de Incidentes en el Parlamento, Votaciones). Todo ello configura a la política como una actividad que se hace en un tiempo excepcional, por hombres que son facultados para dejar sus actividades cotidianas y dedicarse a realizar lo que otros no pueden hacer (Gobernantes, Parlamentarios, Dirigentes de Partidos). Lo mismo ocurre con la espacialidad de la política, que ha consagrado sus propios lugares de actuación: Parlamento, Palacio de Gobierno, Sedes Partidarias, etc. Este relato, tributario del ordenamiento liberal moderno, es interrumpido por los discursos y prácticas que reclaman una política capaz de transformar determinadas situaciones aquí y ahora (decidir y actuar), que los discursos no se encuentren separados de las acciones (coherencia entre el decir y el hacer), y que vuelva cotidiana la política en tanto su objetivo es gestionar las relaciones entre sujetos hombres y mujeres concretos, que tienen interacciones permanentes y que diariamente tienen que relacionarse con otros.
Es aquí donde entran en escena las producciones culturales (medios de comunicación, sellos discográficos autónomos, talleres artísticos, etc) en su relación con los procesos políticos. Así como la televisión ha sido el punto culmine de la mediatización política17, los propios actores juveniles ha comenzado a desarrollar estrategias y medios de comunicación que sirvan a los propósitos de sus objetivos políticos y culturales, en tanto se asume que estas prácticas de comunicación juvenil debieran constituirse en una voz alternativa, reflejando lo que esta mal enfocado o dejado de lado por las políticas sociales, culturales y económicas y siendo un sujeto critico de los procesos que se llevan adelante y fortaleciendo aquellas iniciativas que son valorables. Es decir, promoviendo prácticas que hagan más participativa la democracia, vigilando la actuación de los representantes políticos y gubernamentales, y ofreciendo su espacio (simbólico) como mesa de conversación para el debate y la confrontación democrática entre los ciudadanos (jóvenes) y con las autoridades, lo que habla de los procesos de reapropiación de los medios y técnicas presentes en la sociedad pero que aquí encuentran un uso social al servicio de la democracia intergeneracional.
2. POLÍTICA DE LAS CULTURAS JUVENILES
Lo que podemos apreciar a partir del análisis de las prácticas y acciones colectivas de los y las jóvenes es que estamos asistiendo a una transformación de orden cultural respecto a como concebir la política: parafraseando a García Canclini18 nos encontramos con una cultura ciudadana del siglo veintiuno y una política del siglo veinte, y los propios jóvenes nos señalan que ellos tienen una cultura política del siglo XXI y un sistema político que es del siglo XIX, todo lo cual nos instala sobre un eje temporal de concebir la política y la ciudadanía juvenil.
Al respecto, es necesario señalar que no hablamos tanto de discontinuidades temporales pues las prácticas juveniles en su quehacer político tienen sus propias referencias históricas por lo que tampoco podríamos afirmar que nos encontramos ante una manifestación novedosa enunciada así en abstracto. Sólo basta recordar que muchos de los jóvenes refieren sus prácticas políticas a procesos como el de los sindicatos en resistencia, las mancomunales obreras, colectivos políticos y otras organizaciones desarrolladas a principio del siglo veinte pero con la dificultad de que no están los viejos que hicieron esas prácticas, por lo cual los jóvenes no tienen a quien mirar, no tienen una figura de referencia a partir de la cual socializarse políticamente, y sólo en algunos casos se conservan ciertas memorias familiares y ciertas referencias a la influencia del hogar en las motivaciones para participar y ejercer la ciudadanía. Lo que sí es novedoso es que esas prácticas y referencias históricas se ubican y desarrollan en un modo cultural de hacer política, que es el que se ha venido construyendo desde el siglo XIX hasta ahora en términos hegemónicos, y es lo que efectivamente hoy día se está agotando. Si la cultura política contemporánea fue situando a los sujetos en función de sus ubicaciones en el aparato productivo (patrones/obreros) y a partir de allí se construían las doctrinas partidarias, hoy nos encontramos con que emerge un nuevo lugar para configurar proyectos políticos: la propia cultura.
Podemos agregar, por otra parte, que existe una cultura política específica de esta generación pero coexiste en su configuración con formas antiguas pero tan centrales como la gestión del poder en las organizaciones. Existe una ruptura generacional, se encuentran las condiciones culturales para generar una nueva cultura política a partir de los jóvenes que ya no tienen referentes, pero cuyas prácticas políticas no son completamente puras, no están exentas del conflicto, y eso es lo que apreciamos al analizar la acción colectiva juvenil y los procesos de movilización y protesta social.
Las prácticas juveniles, y que se traducen empíricamente en sus modos específicos de agrupamiento, están íntimamente relacionadas con los modos de relación social que establecemos y se constituyen en una metáfora de lo social19. Poner al centro las formas de relación social existentes, discutir las relaciones entre mayorías y minorías, visibilizar las contradicciones entre un ordenamiento que consagra deberes pero asegura cada vez menos derechos, son cuestiones que van definiendo el carácter profundamente cultural de la política juvenil.
Porque el concepto de democracia que tenemos y el concepto de ciudadanía del cual somos tributarios, operan y son producidos históricamente en un momento bastante concreto (la modernidad, propiedad del capital, modos patriarcales y adultocéntricos) que no es el que hoy existe para la juventud. Dichos conceptos hoy se ponen en juego en el contexto de una sociedad con altas expectativas de movilidad social, con capitales culturales mucho más grandes que los que tenían sus antecesores, lo que se traduce en que los jóvenes están mejores preparados hoy día que sus propios padres aunque paradójicamente sus niveles de inserción social son cada vez más precarios.
Por lo tanto, el modelo de organización social del cual era metáfora el sistema democrático (meritocracia y representatividad) y la noción de ciudadanía (deberes y derechos), hoy día no resiste porque los jóvenes no tienen asegurado el derecho más básico: ser considerados y reconocidos como sujetos con capacidades y opinión. Si lo pensamos solamente en términos generacionales, los jóvenes chilenos a los catorce no pueden votar, pero sí pueden ser considerados responsables penalmente, por lo tanto evidenciamos un desconocimiento al joven como sujeto político (decidir y participar del rumbo de la sociedad) y eso es una dimensión cultural en tanto la sociedad estructura la relación entre los grupos de edad que la componen de una determinada manera, otorgando atributos y significados diferenciados, que son los que hoy están en disputa.
Afirmar el carácter cultural de la ciudadanía juvenil no significa desconocer o eliminar del análisis de lo juvenil todas aquellas cuestiones que remiten a tópicos más estructurales (justicia social, el sistema electoral binominal, la desigualdad, etc.) sino más bien intenta ubicar en el centro de la discusión ( ) los parámetros de la democracia, o al menos, con toda certeza, las fronteras de lo que debe definirse como el escenario político: sus participantes, sus instituciones, sus procesos, sus programas y alcances20. Los propios jóvenes reconocen los límites de la democracia para gestionar de buena forma las relaciones sociales porque se ha privilegiado una concepción altamente normativa del actuar ciudadano, señalan la inconsistencia de la convocatoria hacia el mundo juvenil a participar electoralmente a través de las votaciones cuando el descrédito por la forma de actuar que tienen las clases dirigentes es bastante profundo y en los discursos y prácticas juveniles se observa claramente que los cambios en la administración del gobierno en nada inciden en sus aspiraciones y proyectos político-culturales.
Emerge un discurso y una práctica juvenil que le presta mucha atención a los significados que tienen sus acciones, a los valores que ellos vinculan con su cotidianeidad y que da forma a la política, que no es otra cosa que unas formas de organización y modos de relación social que se establecen entre los sujetos. Se observa así un retorno de lo político21, una recuperación de aquellas dimensiones sociales que ayudan a construir una sociedad más inclusiva y modelos más recíprocos de convivencia entre los sujetos que forman parte de una comunidad.
2.1. LA DISPUTA POR LOS SIGNIFICADOS Y LAS PREGUNTAS POR LA ACCIÓN
Si anteriormente nos ocupamos de aquellas formas culturales de representar y actuar la política, interesa ahora abordar aquellas dimensiones políticas involucradas en el conjunto de luchas por las representaciones y los significados que los sujetos despliegan en sus prácticas sociales y culturales. Ahora bien, es interesante considerar que no sólo estas nuevas formas de hacer política ponen en marcha o hacen visibles estas dimensiones culturales sino que todas las manifestaciones colectivas comienzan a poner en marcha políticas de la cultura independientemente de si son viejas o nuevas formas de agregación o modalidades de participación juvenil. Dicha aclaración es necesaria en tanto que la propia conceptualización de la cultura ha atrapado y cosificado las definiciones de la política restando y desactivando las capacidades de agencia de los sujetos, y como señala Escobar la propia ( ) manera convencional de entender la cultura en varios campos del saber como algo estático engastado en un conjunto de textos, creencias y artefactos canónicos ha contribuido grandemente a hacer invisibles prácticas culturales cotidianas como terreno y fuente de prácticas políticas22.
La noción de política cultural se presenta como útil en tanto permite aproximarnos a ese campo emergente de conflictos y luchas por los significados y representaciones que las instituciones hacen de los sujetos así como al interior de las propias prácticas político-culturales llevadas a cabo por los individuos ya sea en términos individuales y/o colectivos, y aunque no sean conceptualizadas como políticas por los propios actores sociales, como ocurre en los casos de los movimientos juveniles articulados en torno a estilos de vida y/o estéticas particulares y que desarrollan prácticas (de)codificadoras del cuerpo como en el caso de corrientes ambientalistas y/o vegetarianas o veganas, algunos movimientos como los straight edge, entre otros. Tal como señalan Escobar 23 esto implica no suponer que existe una relación mecánica entre las formas de representación de las prácticas y el ejercicio del poder y sus resistencias pues
Esos vínculos, sin embargo, no siempre son explícitos de forma que iluminen los intereses reales o potenciales o las estrategias políticas de actores sociales específicos. Nosotros afirmamos que estos vínculos son evidentes en las prácticas, en las acciones concretas de movimientos sociales latinoamericanos ( ) Es importante hacer énfasis en el hecho de que en la América Latina actual todos los movimientos sociales ponen en marcha una política cultural24.
De allí que retome a Jordan y Weedon25 para decir que
La legitimación de las relaciones sociales de desigualdad y la lucha por transformarlas son preocupaciones centrales de la política cultural. Fundamentalmente, ésta determina los significados de las prácticas sociales, y más aún, determina también cuáles grupos o individuos tienen el poder para definir dichos significados. La política cultural también se preocupa por la subjetividad y la identidad, puesto que la cultura juega un papel crucial en la constitución de nuestro sentido de nosotros mismos Las formas de la subjetividad que habitamos juegan un papel central en determinar si aceptamos o cuestionamos relaciones de poder existentes. Más aún, para grupos marginales y oprimidos, la construcción de identidades nuevas y de resistencia es una dimensión crucial de una lucha política más amplia por la transformación de la sociedad26.
Ello se refleja en la propia práctica de los jóvenes que participan en juventudes políticas donde la tensión está centrada en cómo compatibilizar la herencia política del partido (la tradición) con lo que están viendo en términos culturales de que sus propios jóvenes no quieren asistir a reuniones de cuatro horas para discutir y después traducir en acción lo discutido, o que uno de ellos sea el que los representará al interior del propio partido o en conversaciones con otras organizaciones.
El caso de las movilizaciones de los estudiantes secundarios el año 2006 en Chile muestra cómo a pesar de las amenazas y las posibilidades de ser sancionados no se impidió que los jóvenes ejecutarán las decisiones de la asamblea en un proceso consensuado y en que no se recurre a la figura de la elección y la votación para dirimir sino más bien se apuesta por la lógica de la negociación y del consenso. Eso sí, para no construir un sujeto juvenil idealizado es necesario aclarar que la idea de consenso que manejan no implica uniformidad de pensamiento, sino que más bien remite a un convencimiento moral de la necesidad de la acción. No se trata, dicen los jóvenes, de que todos estamos de acuerdo en la forma en que se actuará sino que se está de acuerdo en que algo hay que hacer y eso es lo que faculta a la asamblea para actuar. Lo anterior es un ejercicio muy interesante de práctica ciudadana que necesariamente deber ser estudiando en profundidad y de acuerdo a cada modalidad de adscripción. Lo central, en todo caso, es que este tipo de práctica recupera la idea de la política y la ciudadanía como una construcción, como un ir haciendo que no puede ser resuelto administrativamente y exento de conflictos. Se trata más bien de la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado27, de unas concepciones de política y ciudadanía sustentadas en el conflicto, en la polémica que posibilita la construcción de la comunidad.
Este proceso no sólo contribuye a la construcción de una ciudadanía juvenil activa que se moviliza en contra de la acción gubernamental. Las relaciones entre ambos actores revitaliza al propio sistema democrático, tal como reconocen los discursos juveniles cuando se refieren a los impactos positivos que tuvo el movimiento estudiantil secundario para la sociedad chilena, en una dirección que es coincidente con lo planteado por Escobar cuando señala que
Los movimientos sociales no sólo han logrado en algunas instancias transformar sus agenda sen políticas públicas y expandir las fronteras de la política institucional, sino que también, muy significativamente, han luchado por otorgar nuevos significados a las nociones heredadas de ciudadanía, a la representación y participación política, y como consecuencia, a la propia democracia. Tanto los procesos mediante los cuales el programa de un movimiento se convierte en política pública, como los de búsqueda de una nueva definición del significado de términos como desarrollo o ciudadano, por ejemplo, implican la puesta en marcha de una política cultural28.
De lo que se trata, en síntesis, es de un desplazamiento en la mirada sobre lo político en su relación con las prácticas juveniles: si en su forma tradicional el foco estaba puesto en los significados y sentidos construidos alrededor de la política (cultura política), sin que ésta fuera mayormente problematizada dada la transparencia de su ubicación y homologación en/con el sistema político, en la actualidad se requiere pensar políticamente las culturas dada la centralidad que está dimensión ocupa en las sociedades contemporáneas y en especial en los mundos juveniles. De allí que a partir de la noción de políticas de la cultura considero relevante, debido a las conflictividades que desde aquí se presentan a la sociedad y a la incapacidad de las políticas públicas de procesarlos de una manera comprensiva, presentar tres procesos socioculturales que están tensionando a la sociedad chilena: a) las políticas de la visibilidad; b) las políticas de la violencia y c) las políticas de la identidad, que expresan la lucha por el derecho a tener derechos, el derecho a ser reconocidos, el derecho a definir de qué deseamos ser parte integrante, y el derecho a un nuevo proyecto de sociabilidad29. Estos procesos que emergen como nudos de tensión en las prácticas juveniles exigen una profundización investigativa que pasa necesariamente por leer las acciones juveniles como prácticas político-culturales y que supone ( ) politizar aquello que no se considera político, al presentar como público y colectivo aquello que se considera privado e individual, presentan un reto al escenario político, para que extienda sus propias fronteras y amplíe su agenda30.
Notas
1 ADLER, LL (1994). Redes sociales, cultura y poder: Ensayos de antropología latinoamericana. Porrúa-FLACSO-México, México. [ Links ]
2 KROTZ, E (1996). El estudio de la cultura política en México: perspectivas disciplinarias y actores políticos. Ed. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Seminario de Estudios de la Cultura)/Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, México.
3 FERNÁNDEZ PONCELA, A (2003). Cultura política y jóvenes en el umbral del nuevo milenio. IFE/IMJ/SEP, México.
4 FUENTES, C (2006). Juventud y participación política en el Chile actual, Revista Observatorio, nº 11, Vol. 3, Septiembre 2006. Instituto Nacional de la Juventud, Santiago. GRIMALDI, D (2006). Acción colectiva, demandas y decisiones: Marco analítico para la movilización estudiantil, Revista Observatorio, Ed., cit
5 En la tradición de la antropología política existe una primera gran división de enfoques y perspectivas más centradas en los sistemas políticos de aquellas otras que se preocupan de los procesos políticos. Sin dudas, este trabajo intenta articular una lectura desde esta segunda perspectiva enfatizando una lectura político-cultural de las prácticas juveniles. Para mayor discusión sobre las tradiciones antropológicas sobre lo político remito a: ABELÉS, M (1988). La antropología política: nuevos objetivos, nuevos objetos, In: http://www.unesco.org/issj/rics153/abelespa.html, consultada en 23/02/2008 y GLEDHILL, J (2000). El poder y sus disfraces. Edicions Bellaterra, Barcelona.
6 LECHNER, N (1988). Cultura política y democratización. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Buenos Aires.
7 LÓPEZ DE LA ROCHE, In: http://usuarios.lycos.es/politicasnet/articulos/culturapol, consultada el 23/02/2008.
8 CLASTRES, P (1978). La sociedad contra el Estado. Monte Ávila, Caracas.
9 WALLERSTEIN, I (2005). Las Incertidumbres del saber. Editorial Gedisa, Barcelona; GLEDHILL, J (2000). Op. cit.
10 INJUV (2004). La integración social de los jóvenes en Chile 1994-2003. Individualización y estilos de vida de los jóvenes en la sociedad del riesgo. Santiago, Chile. INJUV (2005). Segundo Informe Nacional de la Juventud. Santiago, Chile.
11 INJUV (2006). Revista Observatorio. Ed., cit
12 GARRETÓN, MA & VILLANUEVA, T (1999). Política y jóvenes en Chile: una reformulación. Friederich Ebert Stiftung, Santiago, Chile.
13 La idea de mandar obedeciendo muchos de los y las jóvenes que participan en movimientos lo han constituido en un imperativo ético que recuperan de la experiencia de la lucha zapatista en México y que se constituye en una permanente referencia de las actuales prácticas movimientistas juveniles
14 BALIBAR, E (2005). Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global. Gedisa, Barcelona, p. 20.
15 MOUFFE, Ch (1998). El retorno de lo político. Paidós, Barcelona.
16 Diario La Tercera (17/07/2008).
17 ARANCIBIA, P (2006). Comunicación política. Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile. ARCIS, Santiago.
18 GARCÍA CANCLINI, N (1994). Consumidores y ciudadanos. Grijalbo, México.
19 FEIXA, C (1993). La joventut com a metáfora. Secretaría General de la Joventut, Barcelona. PASSERINI, L (1996). La juventud, metáfora del cambio social (dos debates sobre los jóvenes en la Italia fascista y en los Estados Unidos durante los años cincuenta), In: LEVI, G & SCHMITT JC (eds). Historia de los jóvenes. Vol. 2. La edad contemporánea. Taurus. Madrid.
20 ESCOBAR, A; ALVAREZ, S & DAGNINO, E (2001). Política Cultural & Cultura Política. Una nueva mirada sobre los movimientos sociales latinoamericanos. Taurus, ICANH, Bogotá, Colombia, p. 17.
21 MOUFFE, Ch (1998). Op. cit.
22 ESCOBAR, A; ALVAREZ, S & DAGNINO, E (2001). Op. cit., p. 21.
23 Ibídem.
24 Ibíd., p. 24
25 Citado por ESCOBAR et al (2001). Op. cit., pp. 5-6.
26 ESCOBAR, A; ALVAREZ, S & DAGNINO, E (2001). Op. cit., p. 23.
27 LECHNER, N (2002). Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política. LOM Ediciones, Santiago, Chile.
28 ESCOBAR, A; ALVAREZ, S & DAGNINO, E (2001). Op. cit., p. 18.
29 Ibídem.
30 Ibíd., p. 85.
Bibliografias
1. ADLER, LL (1994). Redes sociales, cultura y poder: Ensayos de antropología latinoamericana. Porrúa-FLACSO-México, México.
2. BALIBAR, E (2005). Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global. Gedisa, Barcelona, p. 20. [ Links ]
3. MOUFFE, Ch (1998). El retorno de lo político. Paidós, Barcelona. [ Links ]
4. ARANCIBIA, P (2006). Comunicación política. Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile. ARCIS, Santiago. [ Links ]
5. LECHNER, N (2002). Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política. LOM Ediciones, Santiago, Chile. [ Links ]












