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Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales
versión impresa ISSN 20030507
Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales v.11 n.1 Caracas ene. 2005
La estructura productiva de América Latina:
¿convergencia hacia la sociedad del conocimiento?
"En el decenio que siguió a la crisis se notó la declinación del coeficiente de ternura en todos los países considerados o sea tu país, mí país ".
Juan Gelman
La economía es una ciencia
Alexis Mercadoa
aCentro de Estudios del Desarrollo (Cendes), Universidad Central de Venezuela
Resumen
Parte sustancial del discurso sobre la sociedad del conocimiento considera a este como mero instrumento de la producción y el consumo. Esta simplificada concepción de la realidad está modificando radicalmente el comportamiento y la organización de las estructuras generadoras de conocimiento y, evidentemente, ha tenido gran efectividad desde el punto de vista productivo y económico en las regiones desarrolladas del Norte. Estas economías sustentan su producto en la agregación de valor vía conocimiento, pero consumen recursos naturales en forma no sustentable que provienen en su gran mayoría de las zonas ecuatoriales o las situadas al sur de estas. Si estas últimas regiones aportan básicamente recursos naturales a la estructura económica global, el conocimiento no está teniendo las mismas implicaciones para la actividad productiva que en las latitudes del Norte, hecho que lleva a cuestionar el carácter universal de conformación de un "paradigma de producción de la sociedad del conocimiento". En latinoamericana se procura adoptar las formas de gestión del conocimiento que se vienen implantando en los países desarrollados (PD) las cuales redefinen la relación de los centros de enseñanza con la sociedad, privilegiando las vinculaciones con el mundo productivo, esto sin tomar en cuenta las diferencias existentes en cuanto a cultura y nivel de desarrollo tecnológico de las estructuras productivas y restando importancia a áreas clave como las ciencias y las ingenierías, decisiones que resultan en enormes diferencias de impacto en la generación de riqueza y bienestar en la sociedad.
Palabras clave: sociedad del conocimiento; educación superior, ciencia y tecnología, estructura productiva.
Summary
The Latin American Productive Structure: Toward the Knowledge Society?
To a great extent, the discourse over the knowledge society assumes that it is simply at the service of production and consumption and this simplified version of reality is radically modifying the behavior and organization of the structures that generate knowledge, with an evident impact on the economy and production in the developed countries of the North. These economies effectively produce added value based on the incorporation of knowledge but the natural re-sources they consume come largely from the South. As the latter contribute basically natural resources to the world economy, then the incorporation of knowledge does not have the same implications as in the North, so that the universal applicability of the "productive paradigm in the knowledge society" is questionable. Nevertheless, Latin America is adopting the new forms of generating knowledge defined in the North, redefining the relationship between higher education and society, privileging links to the productive process, without taking these differences into account. At the same time, there is a lamentable failure to strengthen key sectors such as the basic sciences and engineering, with serious implications for the potential promotion of growth and well-being.
Keywords: Knowledge society, Higher Education, Latin America
Recibido: 29-10-2004 Aceptado: 12-11-2004
INTRODUCCIÓN
Hace unos días en la recién iniciada disputa por la sede de las olimpiadas de 2012, en la que participan exclusivamente ciudades muy conocidas de países ricos, un noticiero televisivo "deportivo"
destacaba que una de las sugerencias del Comité Olímpico Internacional (COI) era que "debía colocarse un mayor énfasis en el aspecto comercial". Al parecer, en la nueva realidad global, mucha de la institucionalidad del deporte sugiere que lo deportivo sea menos deportivo y más comercial, algo similar ocurre en el ámbito de la cultura, donde mucha institucionalidad también plantea que lo cultural sea menos cultural y sea más comercial, y en lo académico, donde se exige que lo académico sea menos académico y sea más comercial. Digamos pues que, extremando la apreciación, mucha de la nueva institucionalidad plantea que la realidad sea menos realidad y sea más comercial.Es dentro de esta lógica que se viene desarrollando parte sustancial del discurso acerca de la emergencia de la sociedad del conocimiento. Bossier (2001) señala que "el conocimiento o capital cognitivo y su tasa de incremento son las claves del siglo xxi, no sólo del crecimiento económico sino también del lugar que países, regiones y ciudades ocuparán en el ordenamiento futuro de territorios ganadores y perdedores en el brutal juego competitivo de la globalización". Así, todos los elementos de la realidad se van tornando "meros instrumentos de la producción y el consumo"; el ser humano ya no es más ser humano pues se convirtió en "capital humano", el medio natural ya no es lo que nos circunda, provee recursos, impresiona y fascina sino un activo más denominado "capital natural".
Esta simplificada y sesgada concepción de la realidad está modificando radicalmente el comportamiento y la organización de las estructuras generadoras de conocimiento y, más aun, de la sociedad. Es innegable la gran efectividad que ha tenido en sus propósitos políticos a escala global, pues como señala Scott (2003) el significado más común de esta visión es el triunfo del capitalismo de libre mercado como proceso globalizador, lo cual no es apenas un simple fenómeno tecnológico sino también intelectual, el triunfo de la racionalidad científica y la culminación de la tradición de la Ilustración.
Es innegable, también, la gran efectividad que ha tenido desde el punto de vista productivo y económico, sobre todo en las latitudes situadas en torno o por encima del trópico de Cáncer. Si se toman como referencia indicadores de desarrollo y bienestar centradas alrededor de lo económico ingreso per cápita y consumo se constata que los países situados en estas zonas geográficas son los que disfrutan de los más elevados estándares, sostenidos en crecientes productos industriales que, en la generalidad de los casos, dependen aparentemente cada vez menos de los recursos materiales y cada vez más en la generación de valor a través del conocimiento. Esta sería la característica fundamental de la estructura productiva en la era de la sociedad del conocimiento.
Pero si bien sustentan su producto en la agregación de valor, estas economías consumen recursos naturales las más de las veces en forma no racional e insostenible, recursos que, a final de cuentas, provienen de algún lugar. Puede citarse como ejemplo de esta tendencia la evolución de la producción de commoditties petroquímicos y de acero a escala global, pues se observa un sorprendente y continuo crecimiento, en niveles superiores a 3% anual crecimiento que tiende a un carácter exponencial (Mercado y Córdova, 2004). Un elemental balance de masas indica que, a pesar de un creciente proceso de reciclaje y notables aumentos en la eficiencia de la producción, el crecimiento de la economía global continúa descansando grandemente en una progresiva explotación de hidrocarburos fósiles y minerales metálicos y no metálicos, los cuales provienen en su gran mayoría de las zonas ecuatoriales o las situadas al sur de éstas.
Si estas últimas regiones están aportando básicamente recursos naturales y commodities a la estructura económica global, es entonces lógico suponer que el conocimiento no está teniendo las mismas implicaciones para la actividad productiva que en las latitudes del norte. Esto lleva a indagar, cuando no cuestionar, algunos supuestos del carácter universal de la conformación de un "paradigma de producción inherente a la sociedad del conocimiento".
Puede decirse que una buena parte de la institucionalidad latinoamericana vinculada a la ciencia, la tecnología y la educación superior está procurando adoptar las formas de gestión del conocimiento que se vienen implantando en los países desarrollados (PD), esto en mucho derivado de nuestra habitual tendencia a la imitación. Cabe señalar que estas formas de gestión redefinen la relación de los centros de enseñanza con la sociedad, privilegiando las vinculaciones con el mundo productivo. En ese sentido se va consolidando un espacio para el ámbito privado en la orientación y promoción del desarrollo de conocimientos, por lo que buena parte del esfuerzo de generación de los mismos se debe colocar a su servicio.
Más allá de ineludibles cuestionamientos éticos y morales que se le puedan endosar a esta tendencia, materia que escapa al objetivo del presente artículo, pero asumiendo que este proceso ha adquirido un carácter cuasiirreversible, se pretende mostrar algunos elementos que van conformando la fisonomía de los espacios de formación superior de cara a los pretendidos requerimientos de la sociedad del conocimiento. En nuestra opinión, en América Latina se está intentando adoptar estas formas de organización en las que aparentemente el Estado declina parte de sus responsabilidades de apoyo a la generación de conocimiento, las cuales progresivamente se van transfiriendo al sector privado (Scott, 2003). Sin embargo, esto se hace sin tomar en cuenta las grandes diferencias existentes en cuanto a cultura y nivel de desarrollo tecnológico de las estructuras productivas y restando importancia a la formación en áreas clave como lo son las ciencias y las ingenierías, decisiones que tendrán, entre otras consecuencias, enormes diferencias de impacto en la generación de riqueza y bienestar en la sociedad.
Esto último se evidencia al observar el perfil productivo que se ha conformado en América Latina, basado fuertemente en la explotación de recursos y generación de bienes primarios que evidentemente no es coherente con la estructura del nuevo paradigma tecnoproductivo, sustentada en la agregación de valor a través del conocimiento. Si bien pudiera decirse que en el ámbito de la generación de conocimientos en ambas realidades se procuran acciones que estimulen la interacción entre la misma amplia gama de actores (universidades, empresas y estado), las posibilidades de articulación efectiva entre éstos son sensiblemente diferentes.
En el presente artículo se presentan brevemente algunos puntos de vista sobre los cambios en la función social del conocimiento, destacando cómo progresivamente en el ámbito de la educación superior éste se ha ido poniendo básicamente al servicio de los intereses económicos. Seguidamente, se discutirá cómo se va reflejando dicho proceso en América Latina. A nuestro entender, los resultados en términos de impacto social, que pudieran traducirse en vínculos entre estos actores y transferencia de conocimientos van siendo muy diferentes, hecho que se demuestra en la última parte del trabajo al analizar el desempeño productivo de la región
El cambio de la función social del conocimiento
Finalizada la Segunda Guerra mundial el desarrollo de conocimiento científico y tecnológico emergió como elemento clave de poder. En Estados Unidos, país cuya organización de estímulo y promoción de la investigación se constituyó en el paradigma a emular (Mowery, 1993), el complejo industrial militar comenzaría a señalar las áreas en las cuales los investigadores tendrían la "libertad de investigar". Este hecho predefiniría trayectorias específicas a la procura del conocimiento científico. A partir de este momento, en muchas áreas de la ciencia y sin que los practicantes tuvieran conciencia plena de ello, se fueron modificando las formas de concebir y orientar la investigación. La energía nuclear, la microelectrónica, diversas áreas de la química se desarrollaban en función de necesidades de este complejo. Una participación más activa y profesionalizada de los Estados en su promoción establecía un amplio espacio de gestión pública en la cual las comunidades de investigadores, a pesar de orientar sus investigaciones dentro de "trayectorias predefinidas", podían establecer con relativa independencia sus formas de organizarse y legitimarse, además de establecer que los productos generados por éstas podían y debían considerarse bienes de carácter público.
Ya en la década de los 60 del siglo pasado, en los PD comienzan a reconsiderarse las formas de patrocinio a las universidades. En Gran Bretaña se revisan los esquemas de financiamiento público a la educación superior, esto a partir de cuestionamientos al postulado tan difundido de la posguerra que establecía que el continuo e incremental gasto en educación superior e investigación podía generar continuas y altas tasas de crecimiento económico (Williams, 1986). A mediados de esa década, el gobierno comienza a ejercer presiones para que las universidades se tornasen menos académicas y "más relevantes", para lo cual se adoptaron estímulos que propiciaban la colaboración entre universidades e industrias, que consideraban cooperación en programas de investigación y soporte a actividades de postgrado bajo supervisión conjunta de académicos e industriales (Ibíd.).A partir de los 80, este proceso se acrecentará de manera significativa debido especialmente a procesos de carácter político y científico-tecnológico. Con relación al primer aspecto, el ascenso de la visión neoliberal, que llevaba aparejado el debilitamiento del Estado, se tradujo en nuevas formas de relación de éste con las organizaciones de educación superior. En algunos casos, se establecía la disminución del apoyo a actividades de investigación y/o exigencias en la reorientación de los objetivos y organización de las mismas. En cuanto al segundo aspecto, la irrupción de las nuevas tecnologías implicó nuevas formas de organización de la generación de conocimiento, redefiniendo los límites entre investigación científica y desarrollo tecnológico. Así, por ejemplo, un producto de investigación biotecnológica o microelectrónica podría tener rápida y práctica aplicación industrial. Como nunca antes, el conocimiento comenzó a verse de forma "natural" como mercancía.
El creciente impacto de la investigación universitaria en la generación de nueva tecnología incrementaba su importancia estratégica en un mundo donde los mercados adquirían escala global, replanteando, inclusive, los términos de la competitividad (Adrions y otros, 1991). Esto impulsaba un rediseño de la política universitaria, proceso que no estuvo exento de conflictos, pues en algunos sectores de la educación superior comenzaron a surgir preocupaciones por el destino de la "libertad académica". Vincular a la universidad con el sector privado, en un marco donde el Estado centraba su preocupación por el control del déficit, constituía, prácticamente, un proceso cuasilógico e inevitable.
En esta perspectiva, la generación, difusión y uso de conocimientos, aparte de estar sufriendo importantes modificaciones, parecen tener diferentes connotaciones geográficas. En primer lugar, se registra una creciente internacionalización. Vessuri (2003) señala que el desarrollo exitoso de mercados domésticos e internacionales requirió continuamente de avances técnicos que tenían su soporte en investigación proveniente de regiones cada vez más diversas. Esta internacionalización ayudó a modificar la visión acerca de la ciencia pues ésta pasó a ser considerada crecientemente como un recurso para el crecimiento económico y menos como una actividad cultural universal intrínsecamente valiosa. Esto ha generado nuevas lógicas en las formas de generación y apropiación del conocimiento (Ibíd.).
Scott (2003) describe este proceso como una reconceptuación de la educación superior y la ciencia como elementos dentro de un amplio campo de "conocimiento industrial". Así, los nuevos planteamientos de gestión de la educación superior parecen supeditar los esfuerzos de la sociedad al desarrollo de modelos de educación y formas de generación de conocimiento que sean, ante todo, útiles a la estructura productiva global. "El cambio es del conocimiento social al conocimiento de mercado" (Buchbinder, 1993); "el conocimiento que fue libre, abierto y para el desarrollo de la sociedad, es ahora patentado, confidencial y para el beneficio de las empresas privadas" (Harris, 1991 en Buchbinder, 1993).
En términos de organización de la educación superior la visión extrema de esta corriente se expresa en la concepción de la universidad empresarial (Smilor y otros, 1993). Estos autores señalan que la hipercompetencia mundial está cambiando el alcance y la función de la universidad:
Surge un nuevo modelo de universidad empresarial, que comprende una participación más directa en la comercialización de las actividades de investigación (...) una actitud respecto a la formulación de programas de estudios más orientada hacia la solución de problemas y basada en la información y un nuevo empeño por aplicar los principios de gestión de la calidad general a la actividad universitaria (Ibíd.).
Entonces ya no se trata apenas de colocar el conocimiento a beneficio de lo privado, de los negocios, sino organizar su generación bajo los modelos y esquemas de funcionamiento de este último. Es en este punto donde lo económico se convierte en el hilo conductor y se apropia del discurso de la sociedad del conocimiento. Socialmente, ha sido internalizada la incuestionable creencia de que el conocimiento constituye el recurso económico clave (Scott, 2003).
A esta altura, ya prácticamente todo el basamento institucional para la educación superior y la investigación está prácticamente en sintonía con esta perspectiva. La casi totalidad de las proposiciones se orientan con base en esta forma de gestión, determinando que buena parte del espacio para el desarrollo del conocimiento y la investigación se consolide en el ámbito privado.
Los cambios en la gestión del conocimiento en el siglo xxi
Lo anterior plantea nada menos que un cambio en los paradigmas de gestión de la educación superior y la investigación. La OCDE destaca que las universidades se están adaptando a este nuevo ambiente en forma muy positiva (subrayado nuestro). "Estas las universidades evidencian estar evolucionando hacia nuevos roles y nuevas configuraciones para el siglo xxi" (OCDE, 1998). Según este organismo, algunas de las tendencias que se van conformando en este proceso se pueden resumir en los siguientes aspectos:
·
Disminución del financiamiento gubernamental a la investigación y desarrollo, en particular a la investigación universitaria. En consecuencia, las universidades están procurando nuevas fuentes de financiamiento y la definición de nuevas bases para ello.·
Cambios en la naturaleza del financiamiento gubernamental. Los fondos para la investigación académica son crecientemente basados en contratos y más dependientes de criterios de resultados y desempeño.·
Incremento de financiamiento de I+D industrial lo cual está llevando a las universidades a desarrollar investigación más dirigida a potenciales aplicaciones comerciales.· Creciente demanda de relevancia económica del conocimiento. Las universidades están cada vez más presionadas a contribuir más con los sistemas de innovación y las economías nacionales.
· Incremento de vínculos formales. El nuevo contexto de la investigación estimula a las universidades a establecer joint-ventures y acuerdos de investigación cooperativa con la industria.
·
Creciente preocupación por el futuro de la investigación "personal". Un envejecimiento de la "fuerza laboral" científica, aunado a una falta de interés de los jóvenes por algunos campos de la ciencia, incrementa las preocupaciones acerca de la futura disponibilidad de un adecuado número de investigadores.·
Rol cambiante de la universidad. La universidad es reconocida como esencial para la economía basada en el conocimiento. Así ningún país puede permitir que decline en sus capacidades de investigación, entrenamiento y transferencia de conocimiento. Los países de la OCDE necesitan asegurar que las universidades puedan continuar desempeñando sus funciones en beneficio de la sociedad a escala local, nacional y global (OCDE, 1998).Es interesante que, a pesar de destacar la forma muy positiva como las universidades se están adaptando a los cambios, el mismo documento señale la preocupación por el declinar de la investigación y cambios radicales en la función social de las universidades. Puede decirse que en sintonía con el main stream desde la OCDE se saludan los cambios en los roles de la universidad y el Estado en la gestión del conocimiento. Sin embargo, al destacar también las preocupaciones parecen decir: los cambios son correctos pero no debemos dejar que "se nos vaya la mano".
Uno de los efectos más notorios es el cambio tanto en el perfil de las disciplinas académicas como en la demanda de las mismas. En Europa, un agresivo consumismo y un cada vez más pronunciado instrumentalismo entre los estudiantes está generando un incremento en la popularidad de carreras como tecnologías de información, computación negocios y gerencia. En contraposición, se observa un comparativo declinar en las carreras humanistas tradicionales y las ciencias naturales (Scott, 1993). Dicho proceso parece plantear una contradicción dentro del discurso de la sociedad del conocimiento, pues si algo justamente ha caracterizado a las formas de organizar estas últimas disciplinas en las universidades y centros de investigación es precisamente tener como objetivo principal la búsqueda del conocimiento.
Así, los cambios en los valores académicos y la creciente aplicación de una visión gerencial corporativa de la educación superior, pueden estar socavando el derecho proclamado de las universidades de ser diferentes (Ibíd.), modificando radicalmente su función social y cambiando las nociones de autonomía. Nadie discute la necesidad de tener instituciones que atiendan los reclamos de la sociedad, y que su vinculación con el mundo productivo se puede traducir en la generación de riqueza, pero esto no significa que deban sacrificar sus espacios para el desarrollo creativo de conocimiento y su capacidad crítica. El planteamiento extremo de la perspectiva economicista de la sociedad del conocimiento apunta a convertirlas en meros apéndices de los megaconglomerados económicos.
El reflejo de este proceso en América Latina
Este discurso consiguió abono fértil en las reformas económicas adelantadas en América Latina desde mediados de los años 80, con el agravante de que no existía una estructura productiva ni con la capacidad económica ni con la capacidad y la cultura tecnológica capaz de ofrecer respaldos significativos.
Ya en 1991, Yero advertía que en Venezuela el creciente interés por la gerencia del mercado había puesto de moda la gestión de la ciencia y la tecnología. En esta perspectiva, señalaba la autora, "Surge la gestión en una Venezuela nueva donde se ha perdido la ilusión de la armonía pero donde parece se está generando, quizá, una nueva ilusión, la salida de la crisis mediante una gestión eficaz" (Yero, 1991).
Las nuevas demandas de competitividad y los nuevos enfoques de estímulo a la educación superior y la ciencia y la tecnología incluyeron la emergencia de nuevos actores y el intento de modificar culturas de investigación; en ese sentido, esta autora señala que se impulsaban cambios en el ethos del investigador, más compatibles con comportamientos de tipo pragmático más característicos de la "ética de los negocios" (Ibíd.).
Al menos conceptualmente, la sincronía con los procesos registrados en la educación superior de los PD era evidente. Se proponía una mayor presencia del sector privado en los procesos formales de toma de decisiones en educación superior, ciencia y tecnología. Sin embargo la similitud parecía llegar hasta allí. En los procesos reales, la presencia ha sido parcial y se ha concentrado en una abierta participación en la educación superior. Para 1994, de un total de 5.438 centros de educación superior existentes, 54% pertenecían al sector privado y concentraban un 38,1% de la matrícula (Guadilla, 2000). Datos más recientes indican que ésta ya supera 40%, siendo Brasil, Colombia y Chile los países donde la matrícula privada ya representa la proporción mayoritaria (Segrera, 2003).
Al igual que en los PD, la estrechez financiera de los Estados latinoamericanos para atender gastos en educación, ciencia y tecnología experimentada desde los años 80, ha provocado situación de crisis en el sector. Barsky y otros (1998) señalan que, en respuesta a la presión provocada por el aumento de la matrícula estudiantil, los Estados han incrementado los presupuestos universitarios, pero éstos no alcanzan a cubrir la magnitud de la expansión obligando a reasignar recursos hacia la docencia y el mantenimiento burocrático de las instituciones en detrimento de las inversiones en laboratorios, bibliotecas y gastos corrientes de investigación, cuestión grave porque paralelamente a otros organismos del Estado vinculados a la ciencia y la tecnología se les ha recortado sus presupuestos.
Por su parte, las universidades privadas, sostenidas casi en forma exclusiva por matrículas, no atienden actividades de investigación de alto costo. Todos estos problemas vinculados al financiamiento ayudan a explicar la expansión de carreras de bajo costo en las áreas de gestión y servicios, las cuales en muchos casos tienen incierto destino laboral. Tal situación agrava un círculo negativo entre crecimiento acelerado de la educación superior, recursos relativos declinantes y pérdida constante de peso de América Latina en investigación y desarrollo en el plano internacional (Barsky y otros, 1998).
La participación del sector privado en el respaldo a actividades de investigación y desarrollo continúa siendo muy exigua. A diferencia de otras zonas del mundo, este realiza aportes muy escasos al financiamiento de estas actividades, basta dar una ojeada a algunos países del continente Americano, para percibir la notoria diferencia entre América del Norte y Latinoamérica (cuadro 1).
Cuadro 1
Inversión en I+D total y participación privada en algunos países de América
País | Inversión en I + D (año 2000) (Millones PPA $) | % de inversión privada | Inversión privada I+D |
1.247 | 22 | 274 | |
Brasil | 13.000 | 38,2 | 4.966 |
Chile | 717 | 23 | 165 |
México (1999) | 3.271 | 23 | 752 |
Canadá | 15.499 | 42,5 | 6.572 |
Estados Unidos | 265.000 | 69,3 | 183.645 |
Fuente: Unesco, Statistical Tables (1996 - 2002).
Aparte de las notables diferencias en cuanto al gasto global de los países, es notorio que, con excepción de Brasil, el grueso de la inversión de los países de América Latina sigue corriendo por cuenta del Estado. Mientras las grandes corporaciones de los países desarrollados se envuelven activamente en la investigación, no sólo a través del financiamiento sino a través de participación directa mediante acuerdos de carácter precompetitivo, en América Latina amplios sectores de la sociedad continúan exigiendo el desarrollo de investigación que genere conocimiento "útil", pero ello sin que el sector privado tenga responsabilidad en su financiamiento. Puede señalarse que en los PD, en sintonía con la visión más economicista de la sociedad del conocimiento, las industrias lo valoran efectivamente como un activo clave para su desempeño y subsistencia, mientras en América Latina parece valorarse apenas el discurso.
Cambios en la estructura productiva
El creciente peso de intangibles basados en el conocimiento en la conformación del PIB en los países desarrollados ha considerado intensos procesos de reconversión hacia nuevos sectores tecnológicos. Uno de los principales cambios en la estructura productiva lo constituyen las nuevas formas de estrechamiento de vínculos con los centros de investigación. En el caso de Europa y en forma más general de los países de la OCDE, por citar dos ejemplos, se observa el desarrollo y difusión de nuevas formas de organización de la investigación conocidos como acuerdos precompetitivos (Unctad, 1988), los cuales consideran la participación de las empresas en programas de investigación en centros de investigación y universidades tanto con aportes financieros como de recursos humanos. Dicho proceso ha estado ligado al proceso de integración regional, que apunta al desarrollo de liderazgo científico y competitividad económica.
Dicha vinculación se ha reflejado en la agregación de valor a través del conocimiento en la industria. En una economía globalizada, un indicador apropiado para observar este proceso lo constituye la participación de los bienes de alta tecnología en las exportaciones de los países comunitarios, Estados Unidos y Japón (gráfico 1)
Como puede observarse en la mayoría de los países de la Unión Europea (UE), el porcentaje de productos de alta tecnología se incrementó en el corto período considerado. Sin duda las políticas comunitarias en los ámbitos de la investigación y el desarrollo tecnológico tienen clara la importancia de fortalecer la estructura productiva como requisito básico para asimilar el paradigma productivo inherente a la sociedad del conocimiento.
Los cambios en la estructura productiva en América Latina
Cambios globales tan radicales plantean enormes retos a la estructura productiva de América Latina. No obstante, en los últimos años se evidencia un debilitamiento de la estructura productiva. Si bien, al igual que en los países desarrollados, se observa un incremento de la participación del sector servicios como componente del producto industrial, en contraposición se registra una disminución de la actividad de manufactura frente a un fortalecimiento de las actividades de extracción de recursos naturales y transformación primaria.
Fuente: Comisión de las comunidades Europeas (2001).
La crisis económica que experimentó la región durante los años 80 llevó a un fuerte cuestionamiento de los esquemas de política industrial adoptados en la región en el marco de la sustitución de importaciones, en especial del papel promotor y regulador del Estado. Esta generó una disminución importante de la inversión en infraestructura al igual que en ciencia y tecnología y en educación superior. Esto contribuyó a debilitar la base de conocimiento de una estructura tecnoproductiva que, en el caso de diversos sectores, algunos de ellos intensivos en conocimiento, se encontraba aún en su etapa infantil (Bell y otros, 1984), y una disminución de los esfuerzos de aprendizaje tecnológico adelantados por muchas empresas hasta entonces (Pirela, 1996).
A partir de esa década, la tecnocracia que fue accediendo al control del Estado en diversos países de la región planteó la necesidad de "modernizar" las estructuras económicas. Paradójicamente, esta modernización descansaba en el aprovechamiento de "las dotaciones de factores" de los países. En otras palabras, cada país debía aprovechar aquel bien que usara más intensamente el (los) factor(es) más abundante(s) de los que dispone para la producción, vale decir, su(s) ventaja(s) comparativa(s). Esta proposición, conocida como teorema Heckscher Ohlin (Chacholiades, 1989), se situaba en la cresta de la ola modernizadora, a pesar de mostrarse tan novedosa en el área económica, que coincide prácticamente con los planteamientos de la teoría de las ventajas comparativas desarrolladas por David Ricardo a inicios del siglo xix. (http://www.systemics.com/docs/ricardo/david.html). Esta "modernización" parece soslayar la importancia creciente del conocimiento.
Como se apuntó, los planes de modernización destacaban la necesidad de fortalecer sectores capaces de integrarse a la economía global mediante el desarrollo de capacidad de competir y exportar creando condiciones macroeconómicas favorables y estímulos a la actividad exportadora (Suzigan y Villela, 1997), sin embargo, desestimaban la política industrial. En la mayoría de los países de América Latina, la política económica colocó el énfasis en la esfera macroeconómica y prestó escasa atención al desarrollo de capacidades tecnológicas, contribuyendo a debilitar aún más las capacidades tecnoproductivas de diversos sectores industriales.
Las sucesivas crisis experimentadas desde 1995, en gran medida generadas por las políticas de los organismos que promovían los programas de ajuste y liberalización (Stiglitz, 2000), desnudaron la precariedad de las economías sometidas a los programas de estabilización y ajuste estructural. Si bien dichas crisis tuvieron alcance global, y su impacto fue desolador en muchos países y sectores, las respuestas de los Estados fueron bien diferenciadas. Por ejemplo, la crisis del sureste asiático colocó al borde del colapso a muchas empresas. Sin embargo, la sólida base de conocimiento científico y tecnológico en la que se apoyaba el extraordinario potencial industrial de estos países, en especial Corea, les permitió superar la crisis en un tiempo sorprendentemente corto (Mercado y otros, 2002).
Muchas economías latinoamericanas también resultaron afectadas, pero a diferencia de las economías del sureste asiático la base de conocimiento tecnológico de su estructura industrial era mucho menos sólida, y las respuestas de los Estados en términos de política no fueron más allá de la aplicación recurrente de programas de ajuste macroeconómico que incidían cada vez más negativamente sobre la situación social y ambiental de la región.
Transcurrido más de un lustro desde este episodio, el devenir de la economía en ambas regiones dice mucho acerca de la importancia que tiene la consolidación de capacidades de desarrollo de conocimiento tecnológico y científico para afrontar los desafíos de la nueva estructura global. Mientras los países del sureste asiático retomaron progresivamente el camino del crecimiento, América Latina no termina de superar la que es probablemente la crisis más grave de los últimos cincuenta años (Mercado y otros, 2002).
Es evidente que estos problemas no pueden resolverse desde una perspectiva solamente económica; esto resulta, cuando menos, insuficiente. Véase por ejemplo el caso coreano. A partir de 1999, el país experimentó un vigoroso proceso de recuperación económica basado en su producción manufacturera. El gobierno jugó un papel clave con la adopción de políticas que contemplaban estímulos al desarrollo de conocimiento tecnológico, en especial programas de apoyo a tecnologías de la información, biotecnología, nanotecnología y tecnologías de energía sustentables; soporte financiero a las empresas, reformas fiscales y entrenamiento de la fuerza laboral (Mocie, 2001, http://www.mocie.go.kr/engindex.htm). Como puede apreciarse, fueron básicamente instrumentos de política tecnológica e industrial que hicieron posible un incremento significativo de la productividad y de las exportaciones, que ayudó a equilibrar rápidamente las cuentas nacionales.
En América Latina, por el contrario, se acentuó la tendencia de procurar el crecimiento económico basándose en el aprovechamiento de ventajas comparativas estáticas la dotación de factores concentradas en los sectores primarios de la economía (explotación no sustentable de recursos naturales), sin prestar mayor atención al desarrollo de conocimientos tecnológicos y científicos necesarios para sustentar un nuevo perfil productivo, "apuesta" que ha tenido graves implicaciones en términos sociales y ambientales. En este contexto, a pesar de los esfuerzos para incrementar las exportaciones, no se ha podido consolidar una aceptable recuperación económica y, socialmente, se continuó deteriorando la calidad de vida de la población traducida en un incrementó escandaloso de la pobreza (Mercado y otros, 2002).
El nuevo siglo consiguió a la región en una situación de gran precariedad económica, social y ambiental. La inversión extranjera, no siempre productiva, que ayudaba a equilibrar una balanza de cuenta corriente deficitaria, ha venido decayendo de manera significativa en los últimos cuatro años y las presiones externas no dejan de amenazar la estabilidad de algunas de las economías más importantes. En esta coyuntura, en países con algunas de las economías más importantes de la región, han accedido al poder nuevos actores políticos que han comenzado a cuestionar las políticas de "modernización" y, partiendo de una visión neodesarrollista (Theotonio Dos Santos, 2004, http://www.argenpress.info/nota.asp?num=014626), procuran una participación más activa del Estado en materia de política tecnológica e industrial, renovada visión que debe apoyarse en la generación de conocimiento tecnológico y científico.
Transformaciones de la estructura sociotécnica
Como señalamos, la revolución microelectrónica ha venido impulsando profundos cambios en la estructura sociotécnica. En los PD muchos esfuerzos se orientaron a la reconversión de las estructuras industriales, colocando el énfasis en el desarrollo de nuevos sectores tecnológicos en especial hacia la microelectrónica, la informática y la biotecnología. Este proceso contribuyó a modificar sustancialmente la composición del producto industrial. Como se destacó, la creciente desmaterialización de la producción y la miniaturización de los productos y la tecnología produjeron un desacoplamiento entre el incremento del producto bruto y el consumo de recursos materiales y energéticos de aquellos países (Simonis, 1997). En América Latina, por el contrario, el PIB tiende a depender cada vez más de la transacción de recursos naturales y de commoditties.
El imperativo del desarrollo sustentable ha generado nuevas demandas a la industria que han llevado a instrumentar normas de actuación que plantean una actitud más responsable con la sociedad y el ambiente, aspecto que determina nuevos retos en términos de conocimiento. Este proceso, sin embargo, no ha estado exento de contradicciones, pues se da en medio de grandes controversias económicas. La exacerbada desregulación del comercio impone la necesidad de ser cada vez más competitivo, a lo cual las empresas muchas veces responden a través de recortes de "gastos". La necesidad de sobrevivir determina suprimir costos que, en circunstancias de dificultad, alcanzan en primer lugar a las actividades de I+D y gestión ambiental (Mercado y Antunes, 1998; Mercado y Arvanitis, 2000). Pero el abordaje de los problemas ambientales, en la perspectiva de desarrollo sostenible, ha abierto espacios para el desarrollo de tecnologías más limpias vinculadas a la constelación de innovaciones tecnológicas del paradigma del conocimiento.
Así, la realidad global que deben afrontar las estructuras productivas latinoamericanas es harto compleja, pudiendo sostenerse que está determinada por cuatro elementos fundamentales: i) tecnológico, caracterizado por la complejización de la producción; ii) Institucional, caracterizado por el gran fortalecimiento de los espacios de promoción y desarrollo de conocimiento tecnológico y científico; iii) económico-productivo, caracterizado por el gran dominio de las corporaciones multinacionales; y iv), el ético-político, definido por los imperativos del desarrollo sostenible.
En medio de este panorama los desafíos resultan inmensos y cabe preguntar ¿en América Latina se ha avanzando en una dirección apropiada para responder a ellos? Una respuesta puede conseguirse dando una ojeada a la evolución de la estructura productiva de la región en las últimas décadas.
Evolución sectorial de la economía en la región
Después de los severos tropiezos sufridos durante la década de los 80, América Latina experimentó índices positivos de crecimiento durante los 90 que se vieron interrumpidos por dos abruptas desaceleraciones: 1995, desencadenada por la crisis mexicana y 1998-1999, derivada de la crisis del sureste asiático, que golpeó severamente algunas de las principales economías de la región (gráfico 2).
Estos datos revelan la gran vulnerabilidad que continúan presentando las economías de la región en el escenario internacional. Si bien la mayoría de los países alcanzaron estabilidad durante los 90, ésta ha demostrado ser, en la mayoría de los casos, precaria y los programas adoptados demostraron no ser nada eficientes en la corrección de importantes factores de carácter estructural (Mercado y Testa, 2003).
Factor determinante de la expansión de la economía de la región durante esa década, fue el incremento de la inversión extranjera. La misma pasó de 8.400 millones de dólares en 1990 a 63.400 millones en 1998, es decir: se incrementó casi ocho veces. Sin embargo, a partir de 2001 se ha comenzado a experimentar una caída significativa de la misma.El análisis de la inversión directa muestra que, con excepción de México y en menor medida Brasil, la región recibió importante cantidad de recursos orientados a las áreas de servicios (tradicionales y nuevos) y a explotación de recursos no renovables (minería y petróleo). En el caso mexicano, las inversiones se concentran especialmente en manufactura y en el caso brasileño, si bien se registra un alto porcentaje de ingresos para servicios, hay inversión importante en manufactura. Esta tendencia desigual fue configurando determinados patrones de desarrollo productivo y formas particulares de inserción en la economía internacional (Cepal, 1998), situación que se refleja claramente en la evolución del producto industrial.
Fuente: Mercado y Testa, 2003.
Cambios en la composición del PIB
Una mirada a la variación interanual del producto interno bruto por grandes ramas de actividad económica permite advertir los importantes cambios experimentados en la actividad productiva de la región en los últimos treinta años (gráfico 3).
as líneas de tendencia evidencian una acentuada disminución de la actividad manufacturera como componente del producto industrial y en menor medida de la agricultura, ambos elementos clave de cualquier economía. En contraposición, los sectores que han evidenciado los índices más altos de crecimiento son servicios y minas y canteras, mostrándose en sintonía con la orientación de la inversión extranjera directa. Este desempeño sectorial permite hablar de un comportamiento dual respecto a las tendencias observadas en los países desarrollados, pues muestran un acoplamiento en lo concerniente a la creciente participación del sector terciario en el PIB pero un desacoplamiento respecto a la evolución del producto bruto de las actividades de explotación de recursos naturales, y en la manufactura. En consecuencia, el desacoplamiento entre el incremento del producto bruto y el consumo de recursos materiales observado en los PD no se está evidenciando en el caso de América Latina.
Dichos resultados indican, además, que el perfil productivo que se conforma en la región apunta a una inserción complementaria de la economía regional en la economía global el cual difiere poco del tradicional incluso se acentúan rasgos primarioexportadores. Así, a diferencia de los países desarrollados, los cuales fundamentan buena parte de su crecimiento en actividades de manufactura que agregan valor vía conocimiento, América Latina consolida su modelo productivo apoyada fuertemente en la explotación de recursos naturales y actividades industriales básicas en detrimento de la manufactura (Mercado y Testa, 2003).
Cambios en las exportaciones
Como se mencionó, uno de los objetivos de las reformas macroeconómicas fue fortalecer los sectores capaces de desarrollar una efectiva capacidad de competir y exportar. La evolución de ingresos por exportaciones demuestra que, en términos absolutos, esto se cumplió de manera satisfactoria, pues, entre 1980 y 2000, casi se cuadruplicaron. Sin embargo, cabría preguntar ¿que está exportando América Latina? ¿Los programas de "modernización económica" lograron modificar los términos de intercambio? Hay que recordar que la extraordinaria recuperación de la economía coreana después de la crisis de 1997-1998 descansó en una intensa actividad exportadora de bienes manufacturados de alto valor agregado. En América Latina, sin embargo, la variación del producto industrial bruto revela que el sector que ha mostrado el menor dinamismo en los últimos treinta años es justamente el manufacturero, situación que debería reflejarse, sin duda, en el desempeño del comercio exterior.
Basados en reciente clasificación propuesta por Sanjaya Lall y adoptada por la Cepal (Cepal, 2002), se analizaron las exportaciones de la región. Estas se agruparon en dos grandes grupos: uno compuesto por productos primarios y "basados" en recursos naturales y otro por productos industrializados, categorizados estos últimos como de baja, media y alta tecnología. En un primer nivel de análisis, interesa conocer la participación de estos dos rubros en esta actividad sin considerar la intensidad tecnológica de la manufactura. En el gráfico 4 se observa la evolución de las exportaciones de América Latina en su conjunto, evidenciando el aumento sostenido de las mismas en el período considerado.
Para 1986, las exportaciones de productos primarios y basados en recursos naturales constituían más de dos tercios de un total aproximado de 82 millardos de dólares. Desde ese año hasta 1990 aumentaron hasta aproximadamente 120 millardos de dólares, manteniéndose la relación dos a uno de productos primarios y basados en recursos naturales respecto a los productos industrializados en su composición. A partir de 1991 la brecha entre ambos rubros va disminuyendo hasta que en 1998 los productos industrializados pasan a ser el componente mayoritario del valor exportado (gráfico 4).
Estos datos parecen contradecir lo señalado con relación a la evolución del PIB sectorial, o, en su defecto, mostrarían una tendencia a la especialización en la manufactura con fines de exportación. Una revisión más detallada en el nivel de los países evidencia que esto ultimo es apenas parte de la realidad pues apenas uno México, por factores relativos a sus oportunidades de ser plataforma de exportación a Estados Unidos, contribuye en la actualidad con más de 50% de la manufactura total exportada por la región.
En efecto, este país fue el único de los pertenecientes a la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) que logró transformar su perfil exportador. En 1993, por primera vez, las exportaciones de manufactura pasaron a ser predominantes y para 1998 éstas correspondían a más de 75 % del total exportado. Sin embargo, aun reconociendo que hoy en día un número apreciable de empresas de capital nacional han incrementado significativamente su oferta exportable, esta han corrido en su gran mayoría por cuenta de corporaciones multinacionales y de empresas maquiladoras, estas últimas muy cuestionadas por la escasa preocupación social y ambiental que demuestran en los lugares donde se localizan y por la escasa o nula agregación de valor nacional a la producción.
Si se descuentan las exportaciones mexicanas, se mantiene la tendencia claramente primario exportadora de la región (gráfico 5). Inclusive, se aprecia que la brecha entre bienes primarios e industrializados tendió a ensancharse en los últimos años, definiendo muy claramente el rol de la región en el aún tan alardeado proceso de globalización. Algo preocupante es que en este segundo bloque está Brasil, que en un momento llegó a ser considerado una potencia manufacturera mundial. Este país, conjuntamente con Costa Rica y México, son los únicos de la región cuyas exportaciones están compuestas en mayor proporción por bienes manufacturados. Este comportamiento de las exportaciones es diametralmente opuesto al que se observó en los países desarrollados (Supra página 12).
Pero si lo anterior tiene de por sí serias implicaciones en términos del desarrollo de capacidad tecnológica propia y el desarrollo sostenible, lo tiene aún más el comportamiento de las importaciones, pues el señalado aumento de las exportaciones de productos primarios ha sido acompañado por un incremento extraordinario de las importaciones de bienes manufacturados (gráfico 6). Como puede apreciarse, estas últimas registraron un ritmo de incremento muy superior al de las exportaciones, generando un creciente déficit comercial a lo largo de los últimos años, que se convirtió en uno de los problemas crónicos de las economías de la región durante los años 90. Algunos "elaboradores de política" estimaban que el déficit de la balanza comercial podría ser compensado por los ingresos de capital extranjero a través de la inversión extranjera directa y capital financiero. Sin embargo, a pesar de los volúmenes crecientes de inversión extranjera directa que se registraron hasta 2000, la volatilidad del capital financiero especulativo y la creciente transferencia de capital para cubrir el servicio de la deuda han incidido en un desempeño cada vez más negativo de la balanza de cuenta corriente. Esta situación ha tendido a agravarse aún más por la caída de la inversión directa en los últimos cuatro años.
Para 1986, la importación de productos manufacturados era aproximadamente 30% superior a la de productos primarios y/o de origen natural, situación que se mantuvo más o menos hasta finales de esa década A partir de este momento, la brecha no paró de ensancharse, siendo que para 2001 esta relación saltó a un 300%, es decir, se incrementó diez veces. Estos valores permiten explicar el proceso de desindustrialización que sufrieron diversos sectores manufactureros de la región. Así los intentos de "modernización" de los años 90 propiciaron que el consumo latinoamericano impulsara la agregación de valor a través de conocimiento, pero en otras latitudes, justo en aquellas que bien han mantenido sus niveles de crecimiento y bienestar (PD) o que los vienen incrementando sostenidamente en los últimos lustros.
Para formarse una idea de lo desigual que resulta el intercambio de bienes, se calculó la diferencia entre exportaciones e importaciones de ambos tipos de bienes, evidenciándose que el superávit en el intercambio de productos primarios, a pesar de crecer sostenidamente, apenas logra cubrir una fracción del déficit en el intercambio de bienes manufacturados (gráfico 7).
Entre 1986 y 1990, el déficit de bienes industrializados se mantuvo alrededor de los 20 millardos de dólares pero a partir de ese momento se incrementó aceleradamente acercándose a los 100 millardos de dólares en los primeros años de la presente década, es decir, un crecimiento de casi cinco veces. Mientras tanto el superávit de productos primarios prácticamente se duplicó.
Estos resultados evidencian que la actual estructura económica es, a todas luces, insostenible y permiten advertir que América Latina está desaprovechando los recursos que puede generar su extraordinaria dotación de recursos para apalancar una estrategia de desarrollo que permita incrementar el bienestar y la riqueza mediante la agregación de valor a la producción vía conocimiento en un marco de sostenibilidad. Ello requiere, aparte de crear las condiciones de estabilidad económica, de un sostenido esfuerzo de desarrollo de capacidad tecnológica y productiva endógena.
Una idea de la magnitud de este esfuerzo se advierte en la pobre contribución de los bienes de alta tecnología en la composición de las exportaciones latinoamericanas. Si bien se observa un incremento de este rubro desde mediados de los años 80 (gráfico 8), este, como se mencionó, corre fundamentalmente por cuenta de las empresas multinacionales y las maquiladoras instaladas en México.
Es evidente que la enorme presión sobre los recursos naturales pone en tela de juicio el carácter sostenible de este modelo. Pero a ello se agrega otro elemento que bien podría catalogarse de nefasto: la deuda externa. Su duplicación desde 1990, a pesar de que por concepto de servicio y amortizaciones la cantidad neta haya sido transferida varias veces a los países ricos, constituye una espada de Damocles sobre la sociedad y los recursos naturales de Latinoamérica. Si se considera el postulado central del desarrollo sostenible: "garantizar la satisfacción de las necesidades de la generación actual sin poner en peligro la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus necesidades propias (World Comisión on Environment and Development, 1987) se establece que definitivamente América Latina transita en dirección opuesta al desarrollo sostenible, y es que gran parte del esfuerzo exportador se orienta a cubrir apenas el pago de servicios de la deuda. Mientras, en la actualidad, no se garantiza la satisfacción de las necesidades básicas de grandes porciones de la población y se está comprometiendo gravemente el derecho de las generaciones futuras de tener garantizada la satisfacción de dichas necesidades. Evidentemente, esta tampoco es la dirección que lleva hacia el paradigma de producción de la sociedad del conocimiento.
¿Es posible reorientar el modelo productivo hacia la sociedad del conocimiento?
Es evidente que América Latina no puede seguir transitando por este sendero. De hecho, el colapso de la economía Argentina a finales de 2001 evidenció la incapacidad de los programas adoptados dentro de esta concepción política para corregir inclusive apenas problemas en el ámbito económico, aparte de haber profundizado problemas de carácter social y ambiental. Como reacción ante ello, diversos países, incluidos Brasil, Argentina y Venezuela, comienzan a replantear su escenario productivo desde una perspectiva neodesarrollista en la cual se rescata la importancia de recuperar capacidad de manufactura, decisión con la cual los diversos organismos multilaterales no se muestran de acuerdo y continúan insistiendo en la aplicación de políticas de corte neoliberal, que cada vez cuentan con menos adeptos en estas latitudes.
Pero es plausible preguntar ¿cuáles son las posibilidades que tienen estos países de recuperar dichos espacios productivos en la manufactura? ¿Será que aún existen opciones para revertir el carácter primario exportador de nuestras economías? ¿Qué papel va a desempeñar la estructura generadora de conocimientos en este escenario? Ciertamente la estructura global limita cada vez más estas posibilidades, pues, como se señaló, ella se caracteriza por una complejización de la producción y el creciente dominio de las corporaciones multinacionales en la mayoría de los sectores productores de bienes y servicios. De allí el enorme desafío que supone superar la condición de inserción complementaria en la economía global. Esto requiere, sin duda, de un gran esfuerzo socio-institucional capaz de diseñar e instrumentar políticas de educación superior, tecnológicas e industriales (policies) altamente efectivas que promuevan el desarrollo de conocimiento tecnológico y científico.
No obstante, hay que dejar claro que no es solamente una cuestión de actuar adecuadamente en el plano de las policies. La capacidad de negociación política (politics) tanto en el ámbito nacional como internacional emerge como un elemento tan o más importante que el de la formulación de las políticas públicas de innovación. Suficiente ver que durante los años 90 los países desarrollados no se conformaron apenas con modernizar sus estructuras institucionales de apoyo a las actividades tecnológicas, científicas e industriales. Aunado a ello, adelantaron agresivas políticas en los organismos y foros internacionales cuyos objetivos eran, entre otros, la desregulación del comercio y la aprobación de legislaciones amplias en las áreas de propiedad intelectual e industrial que procuraban limitar la difusión de la tecnología y creaban un clima propicio para la ampliación de las actividades de sus poderosas empresas multinacionales.
En un contexto tan adverso, es plausible caer en la tentación de mirar hacia las experiencias de los países que en el último medio siglo tuvieron éxito en la industrialización para tratar de sacar algunas enseñanzas. Antes que todo, es necesario plantearse si el análisis de estas experiencias basadas en intensos procesos de aprendizaje y estímulo al desarrollo del conocimiento, en particular las de algunos países del sureste asiático como Corea y Taiwán, o más recientemente China, pueden ser útiles para pensar en alternativas de recomposición de la estructura tecnológica e industrial de nuestros países en la actual "realidad global".
Si se presta atención al proceso de conformación y consolidación socioinstitucional de la educación superior, la tecnología y la ciencia de estas experiencias, no dudamos en contestar que sí resulta útil "mirarlas", sobre todo porque en estos países el Estado ha mantenido una presencia muy importante en el respaldo a la educación superior, la tecnología y la ciencia, aspecto que en el caso latinoamericano es ineludible. Lo que puede resultar absolutamente inconveniente es pretender intentar adoptar las estrategias de desarrollo tecnológico e industrial implantadas por estos países en momentos y circunstancias específicas y, ciertamente, muy diferentes.
En ese sentido, se debe comenzar por señalar que, en los sectores industriales conocimiento-intensivos que caracterizan el paradigma de la sociedad del conocimiento, mecanismos de difusión de tecnología como los registrados en las décadas de los 60, 70 y 80, y que fueron utilizados acertadamente por estos países, no parecen estar tan disponibles y las oportunidades de capacitación tecnológica a través de transferencia y asimilación de tecnología foránea presentan cada vez más dificultades.
Esto implica realizar importantes esfuerzos de desarrollo de capacidades de investigación y desarrollo tecnológico endógeno, lo que supone un "Nuevo Trato" con los centros de investigación y las instituciones de educación superior que permita incrementar las capacidades de generación de conocimiento. Sin embargo esto debe ser acompañado de una serie de esfuerzos de carácter político.
Una tarea prioritaria se ubica en el ámbito de la política y se relaciona con cómo plantarse en el escenario internacional. En Europa, la voluntad de integración llevó a una consolidación y ampliación del bloque económico regional, que ha constituido el gran elemento motorizador del desarrollo productivo del continente. La unión se consolidó de cara a responder a los desafíos competitivos de Estados Unidos y Japón, y que de no haberse experimentado dicho proceso, apenas pocas economías hubiesen podido afrontar exitosamente el nuevo escenario global.
En Europa, a pesar de que subsisten evidentes diferencias en los niveles de desarrollo, en vez de países competitivos hoy se puede hablar de un "continente competitivo" que genera exigencias tecnológicas y promueve beneficios económicos en todo el ámbito geográfico. Un buen ejemplo de este proceso de integración en el ámbito tecno-productivo es la experiencia del desarrollo del Airbus A380, el avión de pasajeros más grande del mundo, cuya primera unidad se inauguró experimentalmente en diciembre de 2004. El A380 constituye el símbolo de la capacidad de innovación de todo un continente y de organización des-localizada de la producción: Alemania produciendo partes del fuselaje y equipos de cabina, Gran Bretaña las alas, Francia fuselaje central y montaje final, y España el timón de dirección. Cabe señalar que el A380 será un avión de baja contaminación ambiental y acústica, y estará basado en las tecnologías más avanzadas (Morgenstern y Schulz, 2004). Este proceso requiere de enormes esfuerzos de generación de conocimiento tecnológico.
La moraleja es que, sin un proceso de efectiva integración, a América Latina le resultará sumamente difícil recuperar y desarrollar sus capacidades de manufactura, las cuales emergen como elemento clave para incrementar la riqueza y el bienestar y eventualmente modificar su inserción primaria exportadora en la economía global. Esta integración implica un fortalecimiento de su capacidad de negociación política en el ámbito internacional como bloque regional, y una estrategia de desarrollo que aproveche su extraordinaria dotación de recursos y propicie un mayor desarrollo de sus capacidades de generación de conocimiento tecnológico y científico que le permita avanzar en la conformación de una estructura productiva acorde con la sociedad del conocimiento.
Planteada la inequívoca necesidad de integración es perentorio plantear entonces opciones de desarrollo productivo que rescaten los espacios de manufactura. Considerando la ineludible realidad global, hay que combinar la negociación política con una inmediata y milimétrica procura de los espacios y salvaguardas que puedan existir en las normativas internacionales que permitan el estímulo y protección de la estructura industrial e intentar aprovecharlas lo máximo posible. A partir de ello, se debe avanzar en el desarrollo de efectivas políticas orientadas al desarrollo de capacidades tecnoproductivas.
Amsdem (2000) señala que, a pesar de las crecientes restricciones existentes en la normativa de la OMC, existen posibilidades para que los países de menor desarrollo promuevan el sector manufacturero. De hecho, en el ámbito de la policy, destaca la experiencia de los mismos países más avanzados, los cuales siguen promoviendo su competitividad industrial desde el punto de vista tecnológico mediante la subvención de la I+D, programas de desarrollo regional y la protección ambiental, además de ofrecer incentivos directos a las empresas para que ubiquen sus sedes de "parques científicos" y polígonos industriales. Como se ve, el planteamiento apunta a fortalecer el desarrollo de conocimiento.
Con relación a estímulos de carácter arancelario y fiscal, Amsden señala que el marco normativo de la OMC no llega a ser inflexible pues contiene salvaguardas y otras medidas que permiten a los países proteger industrias específicas cuando éstas se vean amenazadas por un gran incremento de las importaciones durante un período de hasta ocho años y protegerlas contra todas las importaciones si su volumen pone en peligro la balanza de pagos durante un período indeterminado de tiempo (Ibíd.). Los países que intenten promover sus industrias en el marco de las normas de la OMC deberán conocer e invocar los mecanismos de control recíproco a los que, con frecuencia, recurren los países desarrollados.
Como se puede apreciar, la posibilidad que tiene América Latina para acceder a un modelo productivo acorde con la sociedad del conocimiento en las actuales circunstancias luce muy cuesta arriba. Los desafíos socioinstitucionales son inmensos pero impostergables. No se puede intentar adoptar los modelos de educación superior y estímulo a la investigación como los adoptados por los países desarrollados durante los años 80 y los 90, pues éstos son concebidos en circunstancias muy diferentes y en un ámbito global en el cual justamente se le cierran oportunidades de desarrollo.
Conclusiones
Buena parte del discurso de la sociedad del conocimiento coloca a este como un mero instrumento de la producción y el consumo, concepción que está modificando radicalmente el comportamiento y la organización de las estructuras generadoras de conocimiento. Ello deriva en gran parte de la efectividad que ha tenido esta concepción desde el punto de vista productivo y económico en las latitudes situadas en torno o por encima del trópico de Cáncer. Si se consideran indicadores de desarrollo y bienestar como ingreso per cápita y consumo, son estos países los que disfrutan de los más elevados estándares, sostenidos en crecientes productos industriales que dependen cada vez menos de los recursos materiales y cada vez más en la generación de valor a través del conocimiento. Este sería la característica fundamental de la estructura productiva en la era de la sociedad del conocimiento.
Aun cuando estas economías sustentan cada vez más su producto en el conocimiento, continúan consumiendo recursos naturales en forma no racional e insostenible, recursos que tienen que provenir de algún lugar. Un elemental balance de masas indica que, a pesar del reciclaje y de notables aumentos en la eficiencia de la producción, el crecimiento de la economía global continúa descansando en una creciente explotación de hidrocarburos fósiles y minerales que provienen en su gran mayoría de las zonas ecuatoriales o las situadas al sur de éstas. Si estas últimas regiones aportan apenas recursos naturales y commoditties a la estructura económica global, el conocimiento no está teniendo las mismas implicaciones para la actividad productiva que en las latitudes del norte, situación que cuestiona el carácter universal de conformación de un "paradigma de producción inherente a la sociedad del conocimiento".
Esto ha replantado las relaciones del Estado y la industria con la educación superior. En la década de los 60 los PD comienzan a revisar las formas de patrocinio a las universidades, ejerciendo presiones para que éstas se tornasen menos académicas y "más relevantes". A partir de los años 80, este proceso se acrecentó de manera significativa, observándose en algunos casos una disminución del apoyo a actividades de investigación y exigencias en la reorientación de los objetivos y organización de las mismas. La emergencia de las nuevas tecnologías, por su parte, implicó nuevas formas de organización de la generación de conocimiento, redefiniendo los límites entre investigación científica y desarrollo tecnológico. Como nunca antes, el conocimiento comenzó a verse como mercancía.
La generación, difusión y uso de conocimientos sufrió importantes modificaciones. Nuevas lógicas en las formas de generación y apropiación del conocimiento alrededor de la gestión empresarial de la educación superior, supeditan los esfuerzos de la sociedad al desarrollo de modelos útiles a la estructura productiva global. No se trata apenas de colocar el conocimiento a beneficio de lo privado, de los negocios, sino organizar su generación bajo los modelos y esquemas de funcionamiento de este último
Lo anterior plantea un cambio en el paradigma de gestión de la educación superior y la investigación, caracterizado ahora por una disminución del financiamiento gubernamental, cambios en la naturaleza de dicho financiamiento e incremento de financiamiento de I+D industrial. Esto, sin embargo, ha generado preocupaciones por el futuro de la investigación "personal"; cambios en los valores académicos y la creciente aplicación de una visión gerencial corporativa de la educación superior pueden estar socavando el derecho de las universidades de ser diferentes, modificando radicalmente su función social y cambiando las nociones de autonomía.
Esta tendencia consiguió abono fértil en América Latina desde mediados de los años 80. Nuevas demandas de competitividad y nuevos enfoques de estímulo a la educación superior, la ciencia y la tecnología consideraron la emergencia de nuevos actores e intentos de modificar culturas de investigación que impulsaban cambios en el ethos del investigador, más característicos de la "ética de los negocios".
Conceptualmente, la sincronía con los procesos registrados en la educación superior de los PD era evidente, proponiendo mayor presencia del sector privado en la toma de decisiones. Sin embargo, en los procesos reales, la presencia ha sido parcial y se ha concentrado en una abierta participación en la educación superior. La participación del sector privado en el respaldo a actividades de investigación y desarrollo continúa siendo muy exigua. A diferencia de otras zonas del mundo, dicho sector realiza aportes muy escasos. Así, mientras las grandes corporaciones de los países desarrollados se envuelven activamente en la investigación, en América Latina se continúa exigiendo el desarrollo de investigación que genere conocimiento "útil", pero sin asumir responsabilidad en su financiamiento. En los PD las industrias valoran el conocimiento efectivamente como un activo clave para su desempeño y subsistencia, mientras en América Latina se valora apenas el discurso.
Esta nueva realidad global plantea enormes retos a la estructura productiva de los países de América Latina. La disminución de las actividades de manufactura, como componente del producto industrial frente a un incremento del sector servicios y el fortalecimiento de las actividades de extracción de recursos naturales y transformación primaria, plantea interrogantes serias con relación a las posibilidades de desarrollo de capacidad tecnológica endógena y de conformación de un modelo productivo acorde con los postulados de la sociedad del conocimiento.
Los profundos cambios experimentados en la estructura sociotécnica han modificado sustancialmente la composición del producto industrial generando un desacoplamiento progresivo entre el incremento del producto bruto y el consumo de recursos materiales y energéticos en los países desarrollados. En América Latina, por el contrario, el PIB tiende a depender cada vez más de la transacción de recursos naturales y de commoditties.
La región afronta cuatro retos fundamentales: el tecnológico, caracterizado por la complejización de la producción; el institucional, caracterizado por un fortalecimiento de los espacios de promoción y desarrollo de conocimiento tecnológico y científico; el económico productivo, caracterizado por el gran dominio de las corporaciones multinacionales; y el ético político, definido por los imperativos del desarrollo sostenible.
El análisis de diversos indicadores macroeconómicos evidencia que la región no está yendo en la dirección correcta para afrontar estos desafíos. La evolución del producto industrial bruto por sectores evidencia una reprimarización de buena parte de la economía, mientras que la evolución del comercio exterior se caracteriza por un incremento en las exportaciones basado en gran medida en la explotación de recursos naturales, la producción de bienes primarios y un aumento desproporcionado de la importación de bienes manufacturados. Esto delinea un modelo de desarrollo económico productivo no sostenible.
América Latina no puede seguir transitando por estos senderos. Sin embargo, surgen serias interrogantes acerca de si es posible reorientar la estructura productiva mediante la recuperación y promoción de actividad manufacturera y la apertura de espacios para el desarrollo tecnológico endógeno. La estructura global limita estas posibilidades, lo cual supone un enorme esfuerzo socioinstitucional en términos de diseño e instrumentación de políticas tecnológicas e industriales (policies) que ayuden a superar la condición de inserción complementaria en la economía global, pero también de desarrollo de capacidad de negociación política (politics) aspecto que tiene que ver con la capacidad de negociación en el escenario internacional, que pasa por un efectivo proceso de integración regional
El desarrollo de capacidad técnica-científica y de capacidades competitivas es labor que debe construirse sostenidamente. La reorientación de las trayectorias supone un gran esfuerzo de la sociedad en su conjunto. La debilidad socioinstitucional de los espacios del Estado orientados a la promoción y desarrollo de capacidad tecnológica científica y la escasa cultura tecnológica que prevalece en la mayoría de los actores productivos constituyen limitaciones severas al cambio, razón por la cual es imprescindible trabajar intensamente desde los diferentes ámbitos para superarlas y poder afrontar las profundas transformaciones tecnoproductivas inherentes al paradigma de la sociedad del conocimiento.
Para finalizar, es necesaria una profunda revisión de las políticas de educación superior adoptadas en los últimos años en la región. El explosivo incremento de las carreras de negocios y gestión, en detrimento de carreras científico-técnicas, que en el caso venezolano presentan un decrecimiento preocupante, puede ser útil a las demandas planteadas a nuestros países en los programas de modernización económica donde se establece en forma clara la inserción complementaria de la región en la economía global. Sin embargo, descuidar estas disciplinas y supeditar su desarrollo en función de imperativos de la producción, que muchas veces no existen, puede estar sacrificando las posibilidades de avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible, en el cual la agregación de valor vía conocimiento sea el elemento que enriquezca integralmente la sociedad.
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