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Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales
versión impresa ISSN 20030507
Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales v.15 n.1 Caracas abr. 2009
La política exterior del Gobierno de Chávez: La retórica chavista y los asuntos sustanciales
Steve Ellner
Recibió su título de Ph.D. de la University of New Mexico en historia latinoamericana en 1979, y ha dado clase en historia económica y ciencia política en la Universidad de Oriente, Núcleo-Anzoátegui desde 1977. Es autor de Rethinking Venezuelan Politics: Class, Polarization and the Chávez Phenomenon (Lynne Rienner, 2008) y Neoliberalismo y Anti-Neoliberalismo en América Latina (Editorial Tropykos, 2006) y co-editor de Venezuela: Hugo Chávez and the Decline of an Exceptional Democracy (Rowman and Littlefield, 2007) y La política venezolana en la época de Chávez: Clase, polarización y conflicto Nueva Sociedad, 2003).esteve74@cantv.net
Resumen
En este artículo el autor hace críticas generales de la oposición frente a la política exterior de Chávez: una primera, que la tilda de demagógica o populista por basarse en una retórica nacionalista diseñada a consolidar su base de apoyo doméstico; y una segunda que hace hincapié en los intentos de exportar la revolución. Las dos críticas suponen que los gastos implícitos en estas políticas son poco beneficiosos para el país. El autor, al ofrecer un análisis en donde se destaca las relaciones tensas y de enfrentamiento con Estados Unidos, argumenta que las señaladas críticas obvian las diferencias sustanciales de interés entre los dos países que nutren el conflicto.
Palabras clave: Venezuela, Estados unidos, política exterior, multipolaridad, OPEP, Mercosur.
The Foreign Policy of the Chávez Government: Chávezs Rhetoric and the Substantial Issues
Abstract
This article broaches two types of criticism with which the opposition confronts the foreign policy of the Chávez government: firstly, that which regards it as demagogic or populist, with a nationalist rhetoric designed simply to bolster domestic support; and a second which puts the emphasis on the attempts to export the revolution. Both assume that the costs involved are not beneficial for the country. The author, on the basis of an analysis which concentrates on the tense relations with the United States, argues that these criticisms refuse to recognize the substantial differences of interest which separate the two countries.
Key Word: Venezuela, United States, Foreign Policy, Multi-Polarity, OPEC, MERCOSUR
Los adversarios y críticos del presidente Chávez han presentado dos interpretaciones de los motivos que sustentan la política exterior de su gobierno. Algunos escritores caracterizan el estilo agresivo y de confrontación de Chávez como demagógico y populista, por cuanto está exclusivamente diseñado para ganar el apoyo de los venezolanos mediante la apelación al sentimiento nacionalista. Al hacerlo así, estos analistas implícita o explícitamente desestiman la relevancia de asuntos económicos y sociales sustantivos. También argumentan que, por todos los pronunciamientos de Chávez sobre un nuevo orden mundial, sus grandiosos proyectos internacionales y desafíos a Estados Unidos, sus iniciativas extranjeras no han logrado ningún beneficio para Venezuela y tampoco han promovido transformaciones a nivel mundial (Corrales, 2006, 39-40).
Un segundo grupo de escritores antichavistas señala el poder por el poder como la motivación verdadera que determina las acciones de Chávez en el exterior. Hacen énfasis en las ambiciones y el empeño de Chávez para difundir los ideales de la revolución, al mismo tiempo que afirman o dan a entender que los cambios que él representa carecen de importancia. Según ellos, los petrodólares, productos del alza de los precios petroleros, han permitido que Chávez persiga ambiciones geopolíticas al subsidiar los movimientos y los gobiernos izquierdistas latinoamericanos y comprar el apoyo de las naciones en todo el mundo (Falcoff, 2004, 38-40; Castañeda, 2006a, 38-40; 2006b, Gunson, 2006, 63). Así, por ejemplo, los acuerdos con las naciones latinoamericanas y caribeñas a las cuales se les suministra petróleo bajo términos especiales de crédito están diseñados para ganar el apoyo de estos gobiernos a las posiciones diplomáticas de Chávez, que en ninguna forma promueven los intereses venezolanos.
Estos dos análisis de la política exterior que se enfocan en el discurso y el poder pasan por alto los asuntos sustanciales y tienden a sobrestimar la importancia de la retórica. El artículo siguiente analiza la política exterior del gobierno de Hugo Chávez con el fin de examinar la relación entre el discurso y los intereses concretos venezolanos.
Relaciones con Estados Unidos
Hasta la huelga general en 2002-2003, el gobierno de Chávez empleaba un lenguaje prudente en sus relaciones con Estados Unidos. La discreción de Chávez se hizo evidente durante la campaña presidencial en 1998 cuando se abstuvo de criticar la administración de Clinton por su decisión en dos ocasiones de negarle la solicitud de visa. Al mismo tiempo, manifestó la posibilidad de mantener un diálogo con el FMI y se comprometió a respetar los acuerdos existentes con el capital extranjero. En septiembre de 1999 Chávez pronunció un discurso en la Asamblea General de la ONU, se reunió con el presidente Clinton (por segunda vez), y habló ante la Cámara de Comercio de Estados Unidos, donde sus observaciones fueron consideradas positivas y alentadoras. En el mismo viaje Chávez prometió a la Sociedad Interamericana de Prensa transmitir a Fidel Castro sus inquietudes referentes a los casos de persecución de los periodistas cubanos independientes. El año siguiente Chávez viajó a Puerto Rico donde evitó referirse a la independencia puertorriqueña y al tema polémico de la presencia militar norteamericana en las islas de Vieques (Romero, 2004, 141).
Sin embargo, durante sus primeros años, el gobierno de Chávez asumió posiciones nacionalistas e independientes, aunque en algunos casos expresaba su buena voluntad para adecuarse a los intereses de Estados Unidos. Después de las devastadoras inundaciones de diciembre de 1999 en el litoral venezolano, Chávez rechazó la oferta norteamericana de enviar ingenieros del cuerpo de la Marina y bulldozers para reparar las áreas afectadas, y al mismo tiempo removió al ministro de Defensa Raúl Salazar quien había ratificado la propuesta (y quien luego se unió a la oposición). Chávez temía que la presencia en suelo venezolano de mil militares norteamericanos sentaría un precedente peligroso y socavaría sus credenciales como nacionalista (Fermín Toro, embajador de Venezuela en la ONU, entrevista del autor, 10 de marzo de 2006, Nueva York). La administración de Chávez también rechazó las repetidas solicitudes por parte de Washington de permitir que aviones norteamericanos de reconocimiento usaran el espacio aéreo venezolano para combatir el tráfico de drogas en la frontera colombiana. De manera similar, después de expresar su voluntad para considerar la idea, Chávez se abstuvo de actuar sobre una propuesta hecha por el general Charles Wilhelm, jefe del Comando del Sur norteamericano, para establecer una base que alojaría a los consejeros militares de EEUU y al equipo de alta tecnología en la frontera colombiana con el fin de bloquear el movimiento de los guerrilleros de esa nación (Guevara, 2005, 44).
Muchos otros asuntos separaban a los dos países: la posición neutral de Chávez en el conflicto de la guerrilla colombiana y sus iniciativas para mediar en la disputa; su denuncia por los ataques aéreos en Yugoslavia por parte de la OTAN; el voto de Venezuela en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en oposición a la censura a Cuba y China y la afirmación de la cancillería venezolana de que el embajador de Estados Unidos en Caracas había hecho presión para que respaldaran la resolución; y las objeciones expresadas por Chávez a la resolución final de la Cumbre de las Américas realizada en la ciudad de Québec en abril de 2001, debido a su apoyo al proyecto de ALCA promovido por Washington.
La línea moderada de la administración de Clinton estaba formulada por el Embajador de Estados Unidos, John Maisto, quien argumentaba que el triunfo electoral abrumador de Chávez obligaba a Washington asumir una posición tolerante, y que además las presiones económicas lo obligarían tarde o temprano a moderar sus posiciones. Un punto de vista opuesto fue defendido por los de línea dura norteamericana, quienes finalmente incluyeron al subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Peter Romero, quien advirtió a Chávez en contra de pasar los límites de la acción aceptable. En una observación que fue noticia internacional, Romero se refirió indirectamente a la estrategia de Maisto hacia Chavez: Ellos nos dicen esperen, pero nosotros los gringos no somos conocidos precisamente por nuestra paciencia. Los politólogos venezolanos Aníbal Romero y Moisés Naím atribuían la pasividad de Estados Unidos a su falta de interés en Venezuela y culparon a Washington por evaluar las credenciales de Chávez como demócrata solamente sobre la base de la política electoral, mientras que ignoraba otros indicadores, tales como las libertades democráticas (Ellsworth, 2003, 11).
Casi desde su comienzo, la administración de Bush endureció la posición de Estados Unidos hacia el gobierno de Chávez al criticar consistentemente sus políticas y posiciones. Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, las acciones de Chávez chocaban con la actitud de está con nosotros o contra nosotros asumida por Bush en la lucha contra el terrorismo. El Departamento de Estado caracterizó como totalmente inapropiada la aparición televisada de Chávez en la cual mostró fotografías de las víctimas del bombardeo norteamericano en Afganistán al que calificó de una matanza de inocentes. En respuesta al incidente, Washington retiró temporalmente su embajadora Donna Hrinak. Posteriormente, el secretario de Estado Colin Powell expresó dudas sobre la comprensión de Chávez referente a lo que es el sistema democrático (Arvelaiz y Porras Ponceleon, 2003, 25).
La administración de Bush apoyó el golpe de abril de 2002 en diferentes frentes. Durante las semanas anteriores al 11 de abril, los funcionarios de la administración y aquellos vinculados con la National Endowment for Democracy (NED) financiada por el gobierno norteamericano se reunieron con numerosos líderes de la oposición venezolana en Washington, sin que de ninguna manera intentaran disuadirlos de llevar a cabo el golpe (Corn, 2003, 128-129, 131). La CIA sabía de los detalles de sus planes que incluían (en las palabras de un documento fechado el 6 de abril que fue enviado al Departamento de Estado) esfuerzos para intentar sacar provecho del malestar proveniente de las protestas de la oposición para que sirviera como justificación del golpe y el arresto de Chávez, junto con diez funcionarios de su gobierno (Golinger, 2005: 104, 247). Un día después del derrocamiento de Chávez, el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer, justificó el golpe al referirse a los tiroteos del 11 de abril: Nosotros sabemos que la acción promovida por el gobierno de Chávez provocó la crisis. La afirmación era engañosa puesto que la Casa Blanca sabía que el golpe estaba en preparación por lo menos una semana antes del 11 de abril. Al mismo tiempo, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Otto Reich, convocó a los embajadores latinoamericanos a su oficina en un esfuerzo por convencerlos de que respaldaran la posición de Estados Unidos de establecer relaciones diplomáticas con el régimen de Carmona. Por cierto, el reconocimiento inmediato del nuevo gobierno por Washington y la reunión entre el embajador norteamericano Charles Shapiro y el presidente provisional de Venezuela, el día 12 de abril, rompieron con la política tradicional de Estados Unidos.
Finalmente, Estados Unidos otorgó apoyo material a la oposición y posiblemente apoyo logístico a los golpistas. Entre 2000 y 2001, Venezuela fue del décimo puesto al primero de los destinatarios más grandes de fondos de la NED en la región, gran parte de los cuales fue asignada a los grupos de oposición que participaron en las movilizaciones que condujeron al golpe, y que luego apoyaron a Carmona (Clemente, 2007; 194-195). Chávez y otros afirman que barcos y helicópteros militares norteamericanos estuvieron estacionados cerca de la costa venezolana para el momento del derrocamiento y pasaban información logística a los líderes del golpe.
En el ínterin entre el golpe de abril y la huelga general en diciembre de 2002, Chávez moderó su retórica agresiva hacia la oposición venezolana, al mismo tiempo que se abstuvo de fustigar a Estados Unidos por su papel en el derrocamiento de su gobierno. Esta moderación fue demostrada por la reacción blanda de Chávez ante la decisión de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID) de instalar una Oficina de Iniciativas de Transición en la embajada norteamericana en Caracas, la cual financiaba generosamente la actividad opositora en Venezuela. Chávez respondió al anuncio con las palabras tenemos que observarla de cerca y prestar atención con calma y paciencia (Harnecker, 2005, 134).
Los duros ataques del gobierno de Chávez contra la administración de Bush, que comenzaron en 2003, fueron una reacción ante la posición endurecida de Washington durante los dos años anteriores, que rompieron con la línea más tolerante de Clinton. En 2003 Chávez comenzó a emplear el término imperialismo para describir el papel de Washington en los asuntos mundiales, y posteriormente lo acusó de cometer genocidio en el Medio Oriente y advirtió de una posible invasión de Estados Unidos a Venezuela. Chávez señaló a Washington como su principal enemigo que eclipsaba a sus adversarios internos y contrastaba con las buenas relaciones de Venezuela con casi todos los demás gobiernos del mundo. Además, Chávez respondió a las agresiones verbales en su contra con ataques personales contra Bush y otros miembros de su administración. Chávez a menudo recurría a calificativos extremos, tal como cuando lo catalogó de un hombre malo, el más grande terrorista del mundo y un demonio (en su aparición ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 2006).
Bush respondió a las denuncias de Chávez acusando al gobierno venezolano de apoyar los movimientos guerrilleros en Colombia y en otras partes, de violar flagrantemente los derechos humanos, y de negarse a cooperar en la guerra contra la drogas. La secretaria de Estado Condoleezza Rice llamó a Chávez una amenaza para la democracia y una fuerza negativa en la región. Para subrayar el autoritarismo de Chávez (como hizo contra varios otros gobiernos también), Bush empleó la misma táctica del presidente Ronald Reagan cuando se reunió con los disidentes soviéticos, encuentros que dejó a la oposición vulnerable a acusaciones de ser serviles a Washington. En mayo de 2005, en uno de una serie de encuentros muy publicitados con líderes de oposición de varios países, Bush se reunió en la Casa Blanca por 50 minutos con la líder de una ONG antichavista María Corina Machado, quien había firmado el decreto durante el golpe de Carmona. Machado luego dijo a los reporteros que la reunión fue un reconocimiento y señal de que el mundo está preocupado por lo que está sucediendo en Venezuela (The Washington Post, 15 de junio de 2005, p. 1).
La oposición de la administración de Bush contra Chávez fue más allá de los ataques verbales y acciones simbólicas. Nunca después de la intervención norteamericana en Chile bajo el gobierno de Salvador Allende, a comienzos de los años 70, y en Nicaragua contra los sandinista en los años 80, Washington había llevado a cabo una campaña intensiva similar en diversos frentes contra un gobierno elegido democráticamente. Después del golpe, el gobierno de Estados Unidos encauzó fondos a través de la Oficina de Iniciativas de Transición (OTI) para apoyar acciones de la oposición venezolana, tal como la campaña para la elección revocatoria en 2004. La OTI asignó cinco veces más dinero que la Fundación Nacional para la Democracia (NED), que había jugado un papel importante antes del golpe. La OTI fue más reservada acerca de sus actividades que la NED, y en palabras de una autora de varios libros sobre la promoción de la democracia en Venezuela, era un instrumento más eficaz para infiltrar la sociedad civil (Golinger, 2005, 132).
En un área particularmente delicada, Estados Unidos intentó bloquear la venta de equipo militar a Venezuela que tenía como fin la diversificación de las relaciones militares de esa nación. El gobierno de Chávez alegaba que las armas eran principalmente defensivas y negó la afirmación norteamericana de que ellas aumentaran de manera significativa la capacidad ofensiva de Venezuela que amenazaba con desatar una carrera armamentista en la región. Las negociaciones incluían 100.000 rifles de asalto Kalashnikov de Rusia (y su posible fabricación, junto con municiones, en dos plantas en Venezuela); dos docenas de aviones de combate Super Tucanos de Brasil; y doce aviones de reconocimiento y transporte de España (una transacción que no se podía realizar por falta de componentes para sustituir los producidos en Estados Unidos, los cuales Washington había negado su suministro). Los esfuerzos de Venezuela para establecer relaciones comerciales con nuevos fabricantes de equipo militar fueron una respuesta a la negativa de Estados Unidos a suministrar, regularmente, partes para la flota venezolana de aviones F-16 (que habían sido vendidos a la nación dos décadas antes).
Estados Unidos y Venezuela también chocaron como resultado de varias elecciones en las Naciones Unidas y organizaciones afiliadas. Así, en 2005, Washington reaccionó ante el apoyo de Venezuela a la candidatura de José Miguel Insulza de Chile como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), dando su apoyo al ministro de Asuntos Exteriores de México, Luis Ernesto Breves (The New York Times, 3 de mayo, 2005). El año siguiente, los Estados Unidos se opuso al esfuerzo de Venezuela para lograr un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mediante la realización activa de una campaña a favor de Guatemala. Washington argumentaba que Venezuela politizaría el debate en las Naciones Unidas y así rompería con la tradición de lograr decisiones sobre la base del consenso.
La escalada del conflicto político, que condujo a más altos niveles de confrontación, forma parte de la radicalización de la presidencia de Chávez en general. En el caso de las relaciones extranjeras, el proceso de intensificación que comenzó en 2003 estuvo precedido por la crítica continua de la administración de Bush a las posiciones de Venezuela durante los dos años anteriores, su apoyo al golpe de abril de 2001, y la instalación de la Oficina de Iniciativas de Transición en la embajada de Estados Unidos en Caracas. Una vez que el gobierno de Chávez adoptó una posición ofensiva en 2003, la escalada de inmediato condujo a un estado de hostilidad continua entre las dos naciones. En verdad, el proceso fue acelerado por los comentarios improvisados de Chávez y su tendencia a reaccionar agresivamente a las afirmaciones en su contra y las acciones tomadas contra su gobierno.
No obstante, al enfocarse en esta dinámica como la causa fundamental del deterioro en las relaciones, se pasa por alto el choque de intereses nacionales y los verdaderos asuntos que están en juego. Independiente de la reacción exagerada por parte de Estados Unidos y los excesos retóricos por parte de Chávez, la fuerza motriz de la intensificación del conflicto eran las estrategias internacionales diametralmente opuestas de los dos gobiernos basadas en distintas metas e intereses a largo plazo. Como se afirmó en los primeros párrafos de este artículo, muchos analistas que escriben sobre la política exterior de Chávez han ignorado estos asuntos sustanciales. Así que, el intento de Venezuela por promover un mundo multipolar y sus políticas en la OPEP diseñadas para estabilizar los precios del petróleo a niveles altos colocaron a los dos países en una situación de confrontación inevitable. El artículo ahora girará en torno a estas dos fuentes del conflicto.
El mundo multipolar
Desde el inicio de su presidencia, Chávez abogó por un mundo multipolar como un correctivo al mundo unipolar basado en la hegemonía. Al hacerlo así, el Presidente venezolano preveía la transformación de naciones vinculadas por alianzas en bloques políticos poderosos. En el caso de Venezuela, los bloques incluían a la OPEP, la comunidad caribeña de naciones, y Mercosur, al que Caracas solicitó su ingreso durante los primeros meses del gobierno de Chávez. Aunque la defensa de la soberanía nacional era la piedra angular de su pensamiento político, Chávez estaba influenciado por la meta de la solidaridad y unidad latinoamericana predicada por Simón Bolívar, así como también por la noción de la interdependencia en el mundo moderno. Chávez estaba por tanto completamente consciente de que vencer la dependencia y el subdesarrollo requería de una estrategia colectiva (Lander, 2005, 31).
El término mundo unipolar era un eufemismo para hegemonía norteamericana, al que Chávez se abstuvo de hacer referencia antes de 2003. El comienzo de la presidencia de Chávez en 1999 fue un momento ideal para levantar la bandera del mundo multipolar. El poder político norteamericano a nivel internacional había llegado a un punto máximo con el colapso de la Unión Soviética en 1991, y la aceptación general del modelo promovido por Estados Unidos basado en las fórmulas macroeconómicas también había declinado para finales de 1990. Además, las denuncias de Chávez contra el imperialismo norteamericano después de 2003 coincidían con el reconocimiento generalizado de la fragilidad y vulnerabilidad del poder económico de Estados Unidos, su pérdida de prestigio debido a la invasión de Irak y la subordinación por parte del presidente Bush de de los urgentes problemas económicos mundiales a la guerra contra el terrorismo.
Subyacente al concepto de mundo multipolar estaba el objetivo de la diversificación económica con la finalidad de superar la dependencia venezolana de Estados Unidos. Como país exportador de petróleo, Venezuela era monoexportador de mayor proporción y más dependiente del mercado norteamericano que los otros países latinoamericanos. En 1997, el año antes de que Chávez llegara al poder, 67 por ciento de las exportaciones petroleras de Venezuela iban al mercado norteamericano (Ministerio de Energía y Minas, Memoria y Cuenta, 2000, tabla 38). El descenso de exportaciones petroleras a Estados Unidos fue modesto durante la presidencia de Chávez, pero llegó a 8 por ciento en los años 2005 y 2006.
Las iniciativas del gobierno de Chávez a favor de un mundo multipolar como es el caso con sus programas sociales internos obedecen a dos conjuntos de objetivos, uno económico y el otro humanitario. Por una parte, la diplomacia venezolana está diseñada para promover la diversificación y transformación de la economía venezolana, y específicamente de la industria petrolera, con la finalidad de superar la dependencia y el subdesarrollo. Los acuerdos que suministran petróleo a otros países bajo términos especiales, así como los proyectos bilaterales de hidrocarburos, forman parte de la estrategia de diversificación comercial y tecnológica. El gobierno venezolano ha señalado que los términos favorables para los créditos otorgados a los países vecinos clientes constituyen una práctica comercial normal en cualquier mercado competitivo. Además, los acuerdos comerciales petroleros gobierno-a-gobierno eliminan los intermediarios, y de esta manera se produce un ahorro considerable de dinero que compensa en parte por los generosos términos de pago.
Por otra parte, Chávez justifica los acuerdos en razones humanitarias de apoyo a las naciones y los individuos no privilegiados. Como fue el caso de programas tales como la creación de cooperativas de trabajadores, el segundo objetivo (el humanitario) ha tomado prioridad sobre el primero (el económico) a nivel del discurso y, hasta cierto grado, a nivel de implementación. La retórica fervorosa de Chávez a favor de la solidaridad internacional, que generalmente excluye la referencia a las ventajas económicas de los programas, los hace susceptibles a malos entendidos y a controversia. No sorprende que los adversarios de Chávez hayan recalcado lo costoso de las causas humanitarias y políticas de la diplomacia venezolana, que, según ellos, representan una gran carga onerosa para Venezuela y una traición a los intereses nacionales.
En junio de 2005, Venezuela firmó un acuerdo con Cuba, Jamaica, República Dominicana y otros diez países de la región, constituyéndose PetroCaribe, el cual es el programa comercial internacional de petróleo más ambicioso. Bajo este arreglo, Venezuela permite que entre 30 y 50 por ciento del precio del petróleo sea pagado en 25 años (dependiendo de los precios internacionales), con un período de gracia de dos años y una tasa de interés de 1 por ciento, y deja abierta la posibilidad de que la deuda resultante sea pagada en servicios o productos, tales como arroz, bananas y azúcar. El acuerdo asciende a 198.000 barriles diarios, un aumento considerable en la cantidad de petróleo que Venezuela suministró a esos mismos países bajo términos especiales en años anteriores. La porción de 21.000 barriles diarios que corresponde a Jamaica, por ejemplo, representa un incremento de 200 por ciento.
La diplomacia petrolera de Venezuela también promueve la cooperación en proyectos de infraestructura relacionados con la industria. En 2007, Pdvsa comenzó a trabajar en la refinería de Cienfuegos, Cuba, la cual había sido inicialmente emprendida por la Unión Soviética, pero que luego se paralizó en 1991. Según este acuerdo, Venezuela suministrará petróleo a la refinería y será dueña de 49 por ciento de la instalación. Un acuerdo similar con Brasil para la construcción de una refinería en Pernambuco está en la etapa de planificación, al igual que el gasoducto que llegaría a Argentina, mientras que otro que llega a Colombia (con planes de extenderlo a Panamá) se terminó en 2007.
La venta de petróleo para calefacción con descuento en los vecindarios pobres en Boston y el Bronx de EEUU en 2005 fue un blanco fácil para la oposición, ya que el programa no aportaba a Venezuela ningún beneficio comercial y representaba una forma de caridad para una nación desarrollada, financiada por una subdesarrollada. Como en el caso de otras iniciativas petroleras, Chávez justificaba el arreglo apelando al sentimiento humanitario. Al hacerlo así, no lograba enfatizar argumentos pragmáticos, específicamente que las organizaciones comunitarias sin fines de lucro administraran el programa, compensando parcialmente de esta manera la reducción de ganancias a consecuencia de los descuentos. Para 2006, el programa, el cual ofrecía descuentos de 40 por ciento (y en alguno casos hasta 60 por ciento), fue extendido a otros estados del noreste de EEUU, y también, de manera gratuita, a los refugios de indigentes. En el mismo año, Pdvsa anunció su intención de vender petróleo para calefacción con descuento a los pobres de Londres (cuyo alcalde izquierdista, Ken Livingston, era un firme partidario de Chávez).
El programa de Pdvsa para la venta de petróleo con descuento tuvo resultados políticos mixtos. Comenzó como una respuesta a las solicitudes de catorce senadores del Partido Demócrata (incluyendo a Hillary Clinton) para que las compañías petroleras privadas usasen sus ganancias excepcionalmente altas para subsidiar el gasóleo de calefacción de los pobres, y fue entusiastamente defendida por los políticos de aquellos estados donde se implementó. Además, el programa recibió cobertura de prensa notablemente favorable en los medios norteamericanos usualmente hostiles a Venezuela. En contraste con Estados Unidos, la iniciativa de Chávez resultó ser una desventaja política dentro de Venezuela. El gobierno venezolano expandió el programa en 2006 aun cuando la oposición sacó provecho, al usarlo como uno de los temas fundamentales de la campaña para las elecciones presidenciales de ese año. Por cierto, el eslogan del candidato presidencial Manuel Rosales: ¡El petróleo no se regala más!, era engañoso: mezcló la venta de petróleo con descuento en Estados Unidos, que carecía de ventajas comerciales, con PetroCaribe y PetroSur, que formaban parte de una estrategia comercial y sí eran favorables a los intereses nacionales, aun con los términos especiales de pago.
El gobierno venezolano declaró que PetroCaribe, PetroSur y otras iniciativas petroleras formaban parte de un plan para unificar e integrar a Latinoamérica conocido como la Alternativa Bolivariana para América (ALBA). Cuba y Venezuela lanzaron el ALBA en La Habana en 2005, con 49 acuerdos comerciales y de cooperación, que incluyen el entrenamiento de 30.000 estudiantes venezolanos de Medicina y operaciones gratuitas de cataratas para 100.000 venezolanos en la isla. En 2006 Ecuador anunció sus intenciones de formar parte del ALBA e inmediatamente después varias naciones caribeñas expresaron interés en participar en los acuerdos de cooperación patrocinados por el ALBA. Ésta fue concebida como un nuevo modelo para la integración de América Latina, así como también un mecanismo para promover la solidaridad internacional en repuesta al individualismo y a la intensa competencia asociada con la globalización. Al subrayar la cooperación latinoamericana, el ALBA pone en evidencia una limitación fundamental del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), cuya piedra angular era la promoción de la competencia comercial. En el proyecto del ALCA no había ningún esfuerzo para reducir las barreras sobre la inmigración y en general carece del espíritu de unidad y solidaridad continental que son objetivos manifiestos de la Unión Europea.
En su crítica de la globalización, el ALBA considera las relaciones asimétricas entre los países desarrollados y los subdesarrollados como un obstáculo fundamental para el intercambio comercial. Como correctivo, propone el tratamiento preferencial para las naciones subdesarrolladas y los sectores no privilegiados de la población. Aun cuando el ALBA se opone a las medidas proteccionistas de los países desarrollados y particularmente las de Estados Unidos, defiende el derecho de los países pobres a defender su población campesina. Su declaración de los Principios Fundamentales afirma que en estos países la agricultura es una forma de vida y no puede ser tratada simplemente como cualquier forma de actividad económica. El ALBA también excluye la participación del Banco Mundial y otras instituciones multinacionales en la formulación de los planes de integración, y propone la creación de los Fondos de Compensación para dar asistencia a los desplazados como consecuencia de los acuerdos comerciales. Otras propuestas del ALBA representan la antítesis de las fórmulas neoliberales. El ALBA plantea un tratamiento prioritario para las empresas nacionales y las cooperativas de trabajadores, y también la exención de la legislación antimonopolio para las empresas estatales.
La creación del ALBA, PetroCaribe y PetroSur por Venezuela, y su solicitud de ingreso en Mercosur representa una declaración de intenciones, pero el efecto concreto de esas acciones sobre la economía venezolana es menos claro. La estrategia de Venezuela en favor de la integración económica latinoamericana enfrenta la realidad de la dependencia extrema de la nación de un solo producto, y su falta de ventajas comparativas en los demás sectores de la economía. Por un largo periodo de tiempo, el ingreso proveniente del petróleo había estimulado las importaciones y socavaba los esfuerzos para profundizar el proceso de sustitución de importaciones. El sector industrial de la clase empresarial de Venezuela estaba además debilitado en los años 90 cuando la desregulación, la privatización y la venta de un gran número de compañías privadas a los intereses extranjeros facilitaron la penetración en la economía nacional. Las oportunidades inmediatas que la integración latinoamericana proporciona a Venezuela están principalmente en el área del petróleo y sus derivados. Además, los portavoces del gobierno señalan al turismo y la exportación de acero, aluminio y mercancía producida por las cooperativas y las pequeñas y medianas empresas venezolanas como fuentes de ingreso para el país en el futuro a largo plazo.
La estrategia de Venezuela en la OPEP
Desde el inicio de la presidencia de Chávez, el término mundo multipolar que él venía empleando era más que un eslogan abstracto, particularmente porque el concepto era aplicable a la estrategia de Venezuela en la OPEP y por lo tanto impactaba en la economía mundial. El multipolarismo implica el fortalecimiento de las organizaciones que representan bloques de naciones, siendo el más importante de ellos el formado por los países petroleros de la OPEP. Bajo la influencia del pensamiento neoliberal en los años 90, el gobierno venezolano de Rafael Caldera había debilitado a la OPEP, al promover planes ambiciosos para incrementar la capacidad petrolera de la nación, al mismo tiempo que violaba las cuotas de producción asignadas por esa organización. Como correctivo, Chávez se comprometió durante la campaña presidencial de 1998 a reducir las inversiones petroleras en 15 por ciento y a trabajar para fortalecer la OPEP. Inmediatamente después de su elección, Chávez cumplió con estas promesas y redujo la producción petrolera con el propósito de respetar las cuotas de la OPEP, una medida que ganó el respeto de los miembros de la organización, incluyendo la conservadora Arabia Saudita.
El nuevo gobierno venezolano conducido por Chávez jugó un papel fundamental en la recuperación de la OPEP, después de dos décadas de una merma de influencia en el mercado petrolero mundial. Un liderazgo recientemente radicalizado en Irán estuvo en estrecho contacto con Venezuela y Arabia Saudita (y así se superaron las tensas relaciones entre los dos países del Medio Oriente) para echar los cimientos de la reunión de la OPEP de marzo de 1999. Estos acontecimientos políticos condujeron al cumplimiento de la decisión de la OPEP de retirar 2,1 millones de barriles por día del mercado internacional, a diferencia de años anteriores, cuando los países miembros no lograron poner en práctica acuerdos similares. Los reconocidos expertos petroleros venezolanos, tales como Humberto Calderón Berti y Leonardo Montiel Ortega, que estaban vinculados con los partidos prosistema, criticaron el acuerdo debido a que las reducciones agudas eran perjudiciales desde un punto de vista técnico y serían compensadas en los mercados internacionales por los países petroleros no pertenecientes a la OPEP (El Universal, 31 de mayo, 1999, p. 1-2).
La propuesta de Venezuela de estabilizar sistemáticamente los precios petroleros a niveles más elevados y su iniciativa de organizar la Segunda Cumbre de la OPEP, en septiembre de 2000, catapultaron a Chávez en el escenario central de la organización. Durante el mes anterior, Chávez visitó a los jefes de Estado de los diez países miembros de la organización para invitarlos personalmente a la conferencia. Chávez fue el primer Presidente en viajar a Irak desde la guerra del golfo Pérsico, y fue particularmente bien recibido por Saddam Hussein, quien propuso que Venezuela ocupara la posición máxima de secretario general de la OPEP. El Departamento de Estado criticó a Chávez por viajar a Irak, como también a Libia e Irán, e insinuó que las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos podrían ser afectadas. En respuesta, Chávez alegó que sus conversaciones con Saddam estuvieron limitadas a asuntos relacionados con la OPEP y los acuerdos petroleros entre los dos países, aunque durante su recorrido el Presidente venezolano hizo un llamado al levantamiento de las sanciones comerciales de las Naciones Unidas contra Irak.
En la Segunda Cumbre de la OPEP, Venezuela logró la ratificación de su propuesta de mantener los precios petroleros entre 22 y 28 dólares. Según el plan, cuando el petróleo excediera el límite de los 28 dólares por más de 20 días hábiles, los países de la OPEP inyectarían 500 millones de barriles por día en el mercado mundial, y viceversa en el caso de precios inferiores a 22 dólares. En su alocución en la cumbre, Chávez hizo un llamado al relanzamiento de la OPEP en la forma de una nueva estrategia que va más allá de la defensa del barril de crudo. Su planteamiento encontró expresión en la Declaración de Caracas aprobada por la cumbre, la cual planteó, entre otras proposiciones, la creación de un banco de la OPEP.
Miembros importantes de la oposición venezolana criticaron los esfuerzos de Chávez para organizar la Segunda Cumbre. En un artículo titulado Política Exterior: Irresponsabilidad y Mesianismo en El Universal, Fernando Ochoa Antich, quien había sido ministro de Defensa para el momento del golpe de abril de 1992, y luego llegó a ser Canciller, argumentó que las divisiones internas en el Medio Oriente condenarían la cumbre al fracaso, y que además la reunión solamente politizaría la organización. También señaló que Estados Unidos tenía el perfecto derecho a tomar represalias contra Venezuela como consecuencia de las reuniones de Chávez con sus adversarios, tales como Saddam y Muammar al-Qaddafi (Ochoa Antich, 2000, 1-6). Como había hecho antes, Humberto Calderón Berti (quien era un líder nacional de Copei) también criticó las iniciativas de Chávez ante la OPEP por reducir la inversión y la producción en la industria.
Al abstenerse tanto de respaldar a Chávez ante la crítica norteamericana como de apoyar el plan de estabilización de los precios petroleros, la oposición venezolana preparó el escenario para la polarización extrema que se desarrolló el año siguiente. La polarización política se agravó por la intransigencia de los líderes de la oposición al oponerse a todas las políticas y acciones de Chávez y en efecto negar su legitimidad como Presidente. El apoyo por parte de ellos al papel de Chávez en la OPEP (aparentemente la más exitosa de sus acciones por cuanto facilitó la recuperación de los precios petroleros) habría mejorado indudablemente la credibilidad de la oposición y de sus críticas a las políticas gubernamentales más polémicas. Además, la negativa de la oposición a distanciarse del Departamento de Estado en cuanto a su crítica al recorrido de Chávez por los países integrantes de la OPEP (conjuntamente con el apoyo por parte de líderes opositores a la solicitud de Washington de usar el espacio venezolano para rastrear los traficantes de droga El Universal, 21 de agosto, 2000, p. 1-13), inició la convergencia entre los antichavistas y Washington, la cual se hizo evidente para el momento del golpe de 2002. En verdad, tanto el jefe del golpe, Pedro Carmona, en abril de 2002, y el candidato de la oposición Manuel Rosales, en las elecciones presidenciales de 2006, siguieron la línea norteamericana al anunciar su intención de suspender la exportación de petróleo a Cuba.
En años recientes, el gobierno de Chávez ha continuado jugando un papel importante en la reducción de la producción petrolera de la OPEP con el propósito de mantener los precios a niveles altos. Al hacerlo así, Chávez se apartaba de la posición tradicional moderada de Venezuela en la OPEP, la cual por varias décadas había intentado reconciliar la línea dura de la organización (que la integraban Irak, Libia, Argelia, y, desde finales de los años 1970, Irán) y la conservadora (encabezada por Arabia Saudita). En su vehemente retórica, Chávez (junto con el gobierno de Irán) ha servido para proteger a Arabia Saudita de los reclamos de Washington contra los altos precios del petróleo. Los sauditas pueden discretamente aceptar los aumentos de precios, los cuales son atribuidos a los radicales de la OPEP, sin tener que pagar un precio político en la forma del deterioro de las relaciones con Estados Unidos (Fareed Mohamedi, consultor de PFC Energy, entrevista del autor, Washington, 10 de noviembre, 2006).
Política exterior y la estrategia desde abajo
Dos aspectos básicos de la política exterior de Chávez, que algunas veces están cargados de tensión, lo constituyen los enfoques estatista y desde abajo (discutidos en mi artículo titulado Las tensiones entre la base y la dirigencia en las filas del chavismo, Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 2008, tomo.14, nº1). Por una parte, el gobierno de Chávez ha logrado importantes triunfos diplomáticos que son hechos posibles por su tolerancia y relaciones amistosas con jefes de Estado que se adhieren a posiciones ideológicas ampliamente diversas (enfoque estatista). Por otra parte, la fogosa retórica de Chávez a favor del cambio revolucionario y la exaltación de Che Guevara y otros íconos revolucionarios han generado el apoyo activo entre los activistas izquierdistas, los movimientos sociales y la población en general en América Latina, en concordancia con la estrategia desde abajo. La estrategia diplomática estatista busca evitar el error cometido por el régimen de Fidel Castro en los años 60 cuando ayudó a los movimientos revolucionarios en todo el continente y al hacerlo perdió la posibilidad de ganar o neutralizar los gobiernos democráticos, que terminaron apoyando las medidas promovidas por la OEA contra la isla. Castro, quien en años recientes ha priorizado la estrategia diplomática estatista, evidentemente aconsejó a Chávez seguir un enfoque realista en las relaciones extranjeras al evitar acciones que alejarían a los gobiernos vecinos (Spenser, 2005).
Uno de los éxitos diplomáticos más importantes del gobierno de Chávez proveniente del enfoque estatista fue la decisión de Mercosur de admitir a Venezuela como miembro regular de la organización. En diferentes encuentros internacionales, los gobiernos de Mercosur han defendido posiciones uniformes, y abrieron de esta forma la posibilidad de actuar como un bloque en concordancia con el concepto de mundo multipolar promovido por Chávez. Las naciones de Mercosur, por ejemplo, apoyaron la solicitud de Venezuela para ocupar un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que fue sometida a votación en la Asamblea General de la organización en octubre de 2006. Además, los gobiernos de Mercosur frustraron el esfuerzo del presidente George W. Bush para reactivar las discusiones sobre el ALCA en la Cuarta Cumbre de las Américas realizada en Mar de Plata, Argentina, en noviembre de 2005.
Chávez está claramente colocado a la izquierda de los centroizquierdistas Luís Ignacio Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina) y Tabaré Vásquez (Uruguay). No obstante, Venezuela comparte con las otras naciones de Mercosur posiciones críticas hacia la intervención unilateral y otras formas de dominación del norte, al mismo tiempo que todos ellos mantienen relaciones amistosas con Cuba. Además, Chávez se ha negado a permitir que las diferencias ideológicas afecten sus estrechas relaciones con sus contrapartes del sur, aun cuando varios movimientos izquierdistas estaban fuertemente opuestos a esos mismos gobiernos. La estrategia estatista pragmática de Chávez fue puesta en evidencia durante su intervención en el V Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil (2005), en el que proclamó su adherencia al socialismo. Chávez respondió a la pita del público dirigida contra Lula, señalando que cada revolución tiene que escoger su propio ritmo, y agregó: Me gusta Lula, lo aprecio, es un buen hombre con un gran corazón (1). Un enfoque pragmático también hizo posible que Chávez mantuviera relaciones cordiales con el presidente colombiano Alvaro Uribe hasta 2007, aun cuando ocupaban posiciones extremas en el espectro político.
Después que Chávez consolidó el control político en Venezuela como consecuencia de su victoria en el referendo revocatorio en agosto de 2004, el gobierno venezolano asumió una posición más audaz en sus relaciones con varios países, y comenzó a poner mayor énfasis en la estrategia desde abajo a expensas de las consideraciones diplomáticas. Hasta entonces, parecía cierta la declaración de Chávez de que solamente con la administración de Bush Venezuela tenía relaciones tensas. El intercambio áspero de Chávez con el presidente mexicano Vicente Fox en la Cumbre de las Américas, en noviembre de 2005, señaló una nueva etapa en la cual el gobierno venezolano abandonaba a menudo el enfoque diplomático o estatista. En la cumbre, Chávez chocó con el esfuerzo de Fox de incluir el asunto del ALCA en la agenda de discusión, y terminó llamando al presidente mexicano un cachorro del imperio (2).
El choque de Chávez con el candidato peruano Alan García en la víspera de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en junio de 2006 fue aún más intenso. En la primera vuelta, el centrista García había llegado en segundo lugar detrás del candidato izquierdista Ollanta Humala, a quien Chávez apoyaba. En repuesta a la afirmación de García de que Chávez estaba tratando de imponer su candidato en Perú, el Presidente venezolano lo llamó bandido y el Carlos Andrés Pérez de Perú. Chávez llegó incluso a amenazar con romper relaciones diplomáticas con Perú en caso de que García fuera electo Presidente. García puede haber provocado deliberadamente a Chávez, y de ser así la maniobra del político peruano fue un golpe maestro. En la campaña para la segunda vuelta, García intentó atraer los votos de la excandidata Lourdes Flores (que había sido eliminada en la primera vuelta) quien estaba a su derecha, aun cuando muchos de sus seguidores consideraban a García un populista radical y un demagogo, tal como se evidenció durante su primera administración en los años 80. García sacó provecho de los ataques de Chávez, al afirmar que tenían por intención intimidar a los votantes peruanos, una acusación que se convirtió en un tema importante de la campaña. García, indudablemente con un gran porcentaje de votos de los partidarios de Flores, derrotó a Humala en la segunda vuelta de las elecciones.
Los principales argumentos que Chávez empleó para justificar el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), en abril de 2006, también pusieron en evidencia la tendencia del Presidente de rechazar frecuentemente el pragmatismo, el cual es la piedra angular de la estrategia diplomática estatista. El anuncio sorprendente de Chávez de esta decisión, que puso fin a treinta y tres años de membresía de Venezuela en la organización, fue una respuesta a los acuerdos bilaterales sobre libre mercado firmados por Perú y Colombia con Estados Unidos. Chávez señaló que ni Perú ni Colombia habían consultado previamente a los miembros de la CAN, como estaban obligados por los estatutos de la organización, y añadió que esos acuerdos favorecen a las elites y a las transnacionales, pero no sirven a los intereses de los indígenas, los negros o los pobres. Por algún motivo, Chávez y otros portavoces del gobierno venezolano no intentaron explicar de manera enfática por qué Venezuela estaría mejor fuera de la CAN desde un punto de vista económico. Específicamente, Venezuela corría el riesgo de ser inundada por productos norteamericanos que entraban a Colombia bajo los términos del nuevo acuerdo comercial. La forma en que Chávez emocionalmente presentó su caso en términos maniqueos, y al mismo tiempo pasaba en gran parte por alto los asuntos económicos concretos, ilustraba la tendencia idealista, no pragmática, del enfoque desde abajo.
La estrategia desde abajo en Venezuela ha sido conducente a los excesos tanto en la retórica como en la acción, que en otros contextos internacionales han sido calificados de ultraizquierdista. El liderazgo chavista ha manifestado un sentido de voluntarismo y optimismo que ha resultado ser incapaz de prever los sucesos. Esta falta de realismo rememora las intervenciones extranjeras del gobierno cubano en los años 60, como se ilustró en el famoso eslogan del Che Guevara Crear uno, dos, tres Vietnam, y su plan quijotesco en Bolivia que le costó la vida. En el caso de Chávez, la suposición de que los izquierdistas Humala en Perú y Andrés Manuel López Obrador en México serían electos presidentes en 2006 condujo a enfrentamientos con Alan García y Vicente Fox, respectivamente. De manera similar, los comentarios insultantes de Chávez contra Bush hechos en su aparición en Nueva York, poco tiempo antes de la votación sobre la solicitud de Venezuela para un asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, indujeron a que varios delegados votaran contra Caracas por temor que ese gobierno intentara usar la posición con fines altamente polémicos que debilitarían la organización (The New York Times, 25 de octubre, 2006, p. 6).
La estrategia desde abajo, la cual rechaza las estructuras políticas existente ha sido defendida por mucho tiempo por los movimientos políticos de la ultraizquierda. La era de la globalización, sin embargo, ha dado a ese enfoque un impulso especial. Tanto los activistas como los académicos comenzaron a cuestionar la relevancia del Estado y las instituciones centralizadas, tales como los partidos políticos, y en su lugar han argumentado en favor de la viabilidad de la toma de decisión local y los movimientos sociales autónomos. Muy recientemente, el ascenso de las fuerzas sociales e izquierdistas en América Latina ha alentado a Chávez a apelar directamente al pueblo basandose un discurso emocional en concordancia con la estrategia desde abajo.
Sin embargo, no existe ninguna incompatibilidad inherente entre las dos estrategias, y el gobierno de Chávez pudiera haber intentado lograr un punto medio entre los dos. No obstante, como en el caso de las políticas internas chavistas, la estrategia desde abajo busca maximizar el entusiasmo y el compromiso popular, los cuales están frecuentemente debilitados por las políticas pragmáticas asociadas con la estrategia estatista. La estrategia desde abajo está diseñada para transformar el apoyo pasivo (o electoral) de los seguidores de Chávez al apoyo activo (en la forma de la movilización).
Mientras que el aumento en la capacidad movilizadora de los movimientos sociales, tales como los que estremecieron a Bolivia, Ecuador y Perú en años recientes, favorece el enfoque desde abajo, el surgimiento de presidentes izquierdistas y centroizquierdistas en países agrupados en Mercosur y ALBA fortalece la posición de los defensores de la estrategia diplomática, estatista. Específicamente, la convergencia de los gobiernos izquierdistas y centroizquierdistas agrupados en Mercosur y ALBA abre posibilidades para un bloque de naciones en el cual Venezuela juegue un papel fundamental. Estos acontecimientos concuerdan con la estrategia multipolar de Chávez que es conducente a una política exterior basada en el enfoque diplomático.
Notas
1. La expresión extrema de la posición desde abajo que anula al Estado y la lucha por el poder estuvo asociada al foro Social Mundial (FSM) después de su fundación en 2001. Sin embargo, el sexto foro realizado en Caracas en 2006 produjo un cambio de énfasis. Una importante categoría temática de discusión en esa reunión fue el poder, la política y la emancipación social. Además, ganó terreno la propuesta para autorizar a la dirección del FSM a asumir posiciones sobre asuntos específicos, aun cuando los activistas en el Foro temían que la propuesta corriera el riesgo de restringir la autonomía de las organizaciones sociales participantes. Los anfitriones venezolanos, conjuntamente con varios prominentes intelectuales izquierdistas, incluyendo a los fundadores del FSM Emir Sader de Brasil y Samir Amin de Egipto, apoyaron esta propuesta.
2. Además, el programa de descuentos otorgados para el petróleo de calefacción a las comunidades pobres del noreste estadounidense fue diseñado para atraer la simpatía de la población general de esa nación en concordancia con la estrategia desde abajo.
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