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Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales

versión impresa ISSN 20030507

Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales v.15 n.2 Caracas ago. 2009

 

Reflexiones en torno a la Cultura: Una aproximación a la noción de cultura en Venezuela1

 Jennifer Zapata

Socióloga egresada de la Universidad Central de Venezuela 2002. Mención Honorífica: Magna Cum Laude. Tesis con mención publicación: Relaciones sociales que se establecen en los centros comerciales como espacios de consumo masivo de significaciones. Desarrollando Tesis de la Maestría de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela sobre: Organizaciones culturales. Actualmente Docente Dedicación Exclusiva de la Universidad Bolivariana de Venezuela en las áreas de cultura y proyectos sociales 2008. Docente tiempo convencional de la Universidad Central de Venezuela en el área de comunicación 2008. Venezuela. Jenifer.zapata@gmail.com 

Resumen

Este artículo trata sobre la construcción teórica y conceptual de la noción de cultura en Venezuela, haciendo uso de las categorías de análisis de Néstor García Canclini, representante destacado del evolucionismo cultural en América Latina. También se determinaron algunos conceptos de cultura desarrollados por otros autores latinoamericanos, con la finalidad de enriquecer la reflexión sobre esta temática.

Palabras claves: cultura, Venezuela

Reflections about the culture: An approach of the notion of culture in Venezuela

Abstract

This article discusses the theorical and conceptual construction about the notion of culture in Venezuela, using the analysis category of Nestor García Canclini, who represents the cultural evolutionism in Latin America. Also it’s determinate some concepts of culture development for others Latina America authors in order to enrich the reflection about this theme.

Key Words: culture, Venezuela

“Cuanto más estrechas y más restringidas las definiciones

y los marcos, menos interesante el resultado.”

 Edward W. Said

Hablar de cultura en Venezuela resulta un tanto difícil, pues en ella conviven y confluyen una rica variedad de características y manifestaciones de orden social que hace compleja tal empresa. Sin embargo, no niego la posibilidad de un acercamiento conceptual a la cultura en Venezuela, y no podría en lo absoluto decir lo contrario, ya que es el compromiso que he adquirido con el título que presento en este artículo.

Considero que ante los cambios que se suscitan tanto a nivel nacional como internacional en las diversas esferas –política, económica, cultural–, que constituyen la vida social de los sujetos, la reflexión y discusión sobre el concepto de cultura nos proporcionarían la explicación necesaria sobre la dinámica por la que ha transitado y transita la cotidianidad de los sujetos. En este sentido, la pertinencia de abordar esta temática, con el objetivo primordial de generar algunas respuestas sobre las razones de nuestras prácticas cotidianas, resulta de una importancia indiscutible hoy en día, puesto que la multiplicidad de cambios nos insta a posar la mirada en la reflexión de la cultura como punto neurálgico en la aparición de tales acontecimientos.

En la actualidad Venezuela atraviesa por una serie de cambios en los campos político, económico, social y cultural, propiciados en cierta medida por las acciones emprendidas por el Estado venezolano. Los cambios de mayor resonancia han girado alrededor de las instituciones y políticas estatales, las cuales han generado una serie de planteamientos que de manera explícita o implícita dan cuenta del tema cultural. Entre los planteamientos más destacados están: “Debemos cambiar la cultura consumista, revitalizar o impulsar nuestros valores culturales tradicionales, desarrollar la cultura de participación o impulsar a través de la participación procesos culturales”, pero en el afán de lograr tan grandes y profundos enunciados nos hemos detenido a pensar o repensar qué es cultura, y más específicamente qué es o cómo es la cultura en Venezuela, ya que es tarea obligatoria de quienes pretenden construir un nuevo modelo de sociedad2

No podemos contentarnos con una concepción de cultura originada sólo de las manifestaciones culturales tradicionales ancladas en lo local, pues sería ingenuo y simplista el resultado, ya que nuestro entorno cultural es un universo impreciso, complejo y dinámico de expresiones, producciones y manifestaciones culturales no asentadas en un espacio regional específico. Podríamos decir entonces que,

… en nuestro entorno nada es unideterminado, todo se relaciona con todo y nada se comprende sino en relación con ese todo. Un todo, por cierto, que no es unitario, ni sistemático, ni organizado. Más bien, es sinérgico, entrópico, holístico, ecosistémico, y estos atributos significan que el desorden, el riesgo y el error son ineliminables en la realidad. En un ecosistema se conjugan la unidad y la desunión, la armonía y la desarmonía, la identidad y la alteridad, el dinamismo y la estabilidad, la estructuración y la desestructuración (Guédez, 2001, 46).

Frente a este contexto de dinamismo constante, nos podemos encontrar con manifestaciones de orden popular y tradicional que se adscriben al ámbito local y con aquellas que se relacionan con espacios des-localizados, sin que se presente necesariamente la desaparición de ciertos elementos culturales por la preeminencia de otros, sino que se reacomodan, se conjugan y se transforman, garantizando de esta manera su supervivencia en la sociedad.

Antes de continuar desplegando este planteamiento quiero detenerme en la noción etimológica de cultura, ya que en ella se ubican tres dimensiones conceptuales que suelen ser –cotidianamente –muy utilizadas por ciertas instituciones o grupos sociales al determinar y diferenciar lo que es cultura de aquello que no lo es. Además, presentaré algunas concepciones relativas al tema que coadyuvarán al desarrollo final de la noción de cultura en Venezuela.

Cultura: noción etimológica

En primer lugar, encontramos que para la Real Academia Española cultura es: “(Del latín cultura). F. Cultivo. 1. Conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico. 2. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. 3. Popular. Conjunto de manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo” (Diccionario de la Real Academia Española, 2001, 714).

En esta acepción podemos identificar cuatro características que han marcado de forma significativa el concepto de cultura:

1. La cultura vista como cultivo, vinculación directa con la “agricultura”, que implica todo un proceso de cuidados de la tierra para que la misma genere frutos; estos cuidados se encuentran implicados en la siembra, labrado de la tierra y finalmente la cosecha. No explicitando si el resultado de tal cultivo sería “bueno o malo”, simplemente es cultivo, que para fines de tipo social es el acto de cultivarse o ser culto en cuanto a la adquisición de conocimientos3. Pero no cualquier conocimiento, sino aquel que permita la criticidad del mundo que nos rodea. En este sentido, podemos observar la ruptura que existe con las verdades fundamentadas en la teología, y un abrazo con las ideas seculares planteadas con mayor fuerza debido a las características históricas en la época de la Ilustración.4

2. Los modos de vida y las costumbres ubicados en un contexto social específico, es decir, donde el desarrollo técnico que data del siglo XVII marcan la pauta como condicionante de otros actos de producción, como es caso del arte.

3. La cultura relacionada con espacios tradicionales de producción local, sin hacer referencia qué tipos de manifestaciones pueden ser denominadas culturales, lo que deja abierta la interpretación de tal aspecto.

4. La cultura como una actividad exclusiva del ser humano, puesto que es el único que puede dinamizar los procesos anteriormente señalados.

Como se puede observar el concepto etimológico de cultura se encuentra estrechamente ligado a los procesos de cambio que trajo consigo la época de la Ilustración, siendo el más emblemático el avance tecnológico resultado de la aprobación y valoración que adquieren en este momento los conocimientos científicos, los cuales tendrán grandes repercusiones en las diversas esferas que conforman la vida cotidiana de los sujetos. A tal respecto Pablo Guadarrama plantea lo siguiente:

En el orden filosófico los trascendentales pasos dados por el pensamiento moderno hacia la emancipación humana con las reglas del método cartesiano, la superación de los ídolos del conocimiento planteada por Francis Bacon, quien propugnaba una “geórgica” o “agricultura del alma”, y la concepción spinoziana de la libertad como conciencia de la necesidad, prepararon el camino para que el siglo de las luces iluminara significativamente el concepto de cultura (Guadarrama, 2006, 20).

Este proceso de apertura a una nueva construcción del concepto de cultura significó una ruptura con la noción aristocrática de la misma, donde sólo tenía cabida la “sabiduría de doctos”. Por tanto, la vinculación o relacionamiento del concepto de cultura en la época de la Ilustración serán con la acepción de “civilización”, la cual conlleva las aspiraciones de los paradigmas de igualdad, libertad y fraternidad proclamados por la burguesía ascendente.5 Pero, por otra parte, la cultura en el pensamiento moderno era considerada como un “don” adjudicable a ciertas personas o como las riquezas espirituales y materiales de algunos pueblos (Guadarrama, 2006). Esta apreciación de lo concerniente a la cultura deja grandes vacíos, puesto que su construcción avala como culto aquellas manifestaciones provenientes de estadios de elevación espiritual y material que obviamente son definidas desde la modernidad, dejando por fuera de esta concepción manifestaciones tradicionales de orden cultural que ya estaban presentes en varios territorios por donde pasará “la fortuna moderna”. Lo que a su vez implica el desconocimiento de la existencia de las mismas, y de su capacidad de hibridación con los nuevos modelos culturales. Además de no explicitar el papel del componente simbólico en la valoración que los sujetos adjudican a determinadas actividades u objetos que constituyen su mundo de sentido cultural, y su capacidad creadora e innovadora de ese mundo.

Antecedentes relevantes en cuanto a la noción de cultura

La noción etimológica de cultura y el uso cotidiano que se hace de la misma en las diferentes instituciones de una sociedad generan también el desconocimiento de estudios pioneros en el área de la antropología, los cuales ya habían determinado el carácter abarcante, plural, heterogéneo y complejo de la cultura, tales como los realizados por Edward B. Tylor y Franz Boas. Según Tylor la cultura es “ese todo complejo que incluye conocimiento, creencia, arte, moral, derecho, costumbre y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de una sociedad” (Tylor, 1871; citado por Diccionario de antropología, 2000, 138). Lo determinante en esta concepción es la aceptación de que la cultura es compleja, porque incluye una serie de manifestaciones que se ubican en órdenes diversos de nuestra existencia social. Sin embargo, esta disertación se circunscribió a una noción de cultura anclada en la singularidad; es decir Tylor consideraba que todas las sociedades contaban con un mismo legado, que sólo se diferenciaba por sus niveles de avance o desarrollo. A diferencia de Franz Boas, que afirmaba la existencia de culturas plurales y diferentes, las cuales eran el resultado de la compleja constitución local, que no podían ser medibles con un solo criterio de avance (Diccionario de antropología, 2000).

Hago mención de estos dos autores porque los considero emblemáticos en la discusión sobre el concepto de cultura, pues los mismos reconocían el carácter plural y diverso de la misma, tendencia por la cual se inclina este trabajo; además de abordar la temática desde una perspectiva antropológica.6

Estos descubrimientos fueron muy significativos en el área de la antropología cultural, no obstante hubo un acercamiento al estudio de la cultura desde tres perspectivas o universos: el moderno, el popular (García, 1990), y el comunicacional. En el universo moderno se generaron y legitimaron una serie de formas y contenidos que debían ser aprendidos y aprehendidos para llegar a ser cultos, los cuales se identificaban en las siguientes esferas: arte, literatura y ciencia. Tales esferas no poseían restricciones en cuanto a fronteras, puesto que este modelo se encontraba cimentado en la idea de progreso, lo que conlleva a su vez al despliegue homogeneizador de las sociedades. Bajo este modelo se generó la reorganización de las sociedades en bienes e instituciones. Esta situación se repetiría igualmente en el universo popular, con la diferencia de que en este espacio se procuraba la preservación de los valores tradicionales a nivel local, sin las influencias de la industrialización y la masificación de la cultura. El universo comunicacional, que se desprende de la fuerte avanzada del primer universo,7 tiene como objetivo la sustitución de los espacios tradicionales por los espacios audiovisuales de comunicación.

Cada uno de estos universos trató en gran medida de diferenciarse y mantenerse con absoluta pureza, aspiraciones que no tienen concreción en la realidad, puesto que los mismos presentan fronteras débiles, las cuales han permitido el entrecruzamiento de sus contenidos, generando escenarios culturales híbridos. Lo que no implica la desaparición de un universo por otro u otros, sino la transformación de estos espacios en algo nuevo, espacios con una constante interrelación. En este sentido, Néstor García Canclini plantea que:

La modernización disminuye el papel de lo culto y lo popular tradicionales en el conjunto del mercado simbólico, pero no los suprime. Reubica el arte y el folclor, el saber académico y la cultura industrializada, bajo condiciones relativamente semejantes. Lo que se desvanece no son tanto los bienes antes conocidos como cultos o populares, sino la pretensión de unos y otros de conformar universos autosuficientes… (García, 1990, 18).

Entonces, este es el nuevo escenario que debe ser objeto de estudio para lograr una aproximación a la noción de cultura en Venezuela, un escenario que es más propenso a la transformación que a la extinción de espacios culturales, pues sería improductivo asomarnos a ella desde un universo en particular que sólo presentaría carencias con respecto al cúmulo de interacciones que pueden o no ser consideradas ajenas al mismo que determinan significativamente su existencia. Dado estos planteamientos, sería necesario situarnos en torno a la discusión de culturas híbridas, ya que nos acercaría un poco más al objetivo de este artículo.

¿Qué son las culturas híbridas? y ¿cómo se constituyen?

Según Néstor García Canclini, todas las culturas son híbridas o “culturas de frontera. Todas las artes se desarrollan en relación con otras artes: las artesanías migran del campo a la ciudad; las películas, los videos y canciones que narran acontecimientos de un pueblo son intercambiados con otros. Así las culturas pierden la relación exclusiva con su territorio, pero ganan en comunicación y conocimiento” (García, 1990, 326).

Es decir, que hablar de un nosotros significa hablar al mismo tiempo de otros, porque las fronteras entre un país y otro se han desdibujado, permitiendo la interrelación y amalgama de componentes culturales particulares. Para comprender mejor aún este fenómeno, a continuación me referiré a dos procesos a los cuales Néstor García Canclini les otorga un importante peso en la aparición de este nuevo escenario cultural: 

1. La mezcla de las colecciones que organizaban los sistemas culturales y la expansión de los géneros impuros.

2. La desterritorialización de los procesos simbólicos.

Con respecto al primer punto, las colecciones se refieren a la búsqueda y posterior compilación de objetos que identifican y diferencian culturalmente a pueblos, etnias, barrios o clases, es decir, objetos que detentan un gran valor histórico y simbólico. Estos objetos eran adquiridos por investigadores, y los llamados coleccionistas o folcloristas (García, 1990), a través de grandes viajes a las sociedades con profundo arraigo tradicional. Luego estos coleccionistas se trasladaban a las ciudades en las cuales hacían gala de sus hallazgos en los museos de las mismas. Actualmente, este tipo de eventos se desvanece, puesto que ya no es necesario el trasladarse físicamente a lugares tan apartados del lugar de origen para obtener y apreciar tales objetos, pues pueden encontrarse en diversas tiendas de las ciudades o en internet. Esta situación ha generado un proceso de descoleccionamiento y la reorganización de los sistemas simbólicos entre los grupos (García, 1990), puesto que se debilitan las fronteras entre lo popular, lo masivo y lo culto, hecho facilitado por las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Sin embargo, esto no quiere decir que hayan desaparecido las diferencias entre las clases, sólo que es de hacer notar la constante interconexión entre espacios que eran considerados inquebrantables o puros, y de acceso limitado.

En relación con la desterritorialización de los procesos simbólicos, este es el resultado del debilitamiento de la relación de culturas específicas con sus respectivos territorios geográficos o sociales. Lo que ha coadyuvado a que este proceso se genere con gran fuerza han sido los medios de comunicación e información y los movimientos migratorios. Hoy en día evidenciamos, en los bailes, la música, la moda, los discursos, el arte, la literatura etc., la capacidad de permeabilidad de nuestros entornos culturales. Es un trabajo casi titánico tratar de desnudar cualquier manifestación para observarla en su estado de “pureza”, que sería algo totalmente absurdo, pues al hacerlo estaríamos desmembrando el sentido que ha adquirido con la puesta en práctica de un “collage cultural”.

Además, el flujo migratorio entre países también ha incidido en gran medida en que nuestro entorno se vuelva una rica y compleja mixtura, donde las diversas prácticas se confunden, sin dar lugar a distinciones entre lo propio y lo ajeno. Con respecto a los flujos migratorios Daniel Mato manifiesta lo siguiente: “Este fenómeno ha diversificado profundamente la composición étnica y nacional de importantes ciudades como New York, Paris, Madrid, y Londres –y aunque en menor medida y más limitada diversidad también la de Caracas y México D.F, receptoras de múltiples oleadas de exiliados políticos y económicos de otros estados de la región…” (Mato, 2003, 34). Este autor afirma que tal contexto no sólo produce espacios pluriétnicos, sino también espacios de disputa cultural, puesto que los contenidos simbólicos –de ciertos grupos, comunidades o países no necesariamente pasan por “regulares” adaptaciones y transformaciones, sino por resistencias, ya que se niegan a sucumbir ante procesos de combinaciones culturales que pueden implicar la desaparición absoluta de sus contenidos particulares, por tanto, existen interconexiones pero a su vez diferenciaciones. Tales diferenciaciones marcan las características distintivas de las prácticas culturales entre los sujetos o grupos sociales. Sin embargo, es importante señalar que las practicas distintivas de determinados grupos sociales no denotan –necesariamente correspondencias con las clases o posiciones sociales a las que pertenecen, ya que una práctica de tipo popular puede bien ser ejercida por grupos que pertenezcan a estratos sociales diferentes del cual es originaria tal actividad. La diferencia se expresa en la manera como ejercen tal práctica, como la consumen o comprenden. Entonces, presenciamos en un mismo entorno la presencia de una compleja gama de diferencias, y a su vez de interconexiones y combinaciones resultado de una activa dinámica cultural.8

Cultura: algunas contribuciones conceptuales para la discusión

Toda esta disertación, generada a partir de los fundamentos teóricos expuestos por Néstor García Canclini sobre la cultura en América Latina, establece coincidencias con lo conceptos de cultura tratados por Alejandro Oropeza, Víctor Guédez, y Edward W. Said.

Según Alejandro Oropeza cultura es: “… el resultado de un largo proceso histórico-social e integrada por un cúmulo de valores, entre los cuales se cuentan las expresiones artísticas, bien sean surgidas de su propio seno o asimiladas de otras comunidades…” (Oropeza, 2005, 16).

Desde esta perspectiva la cultura es considerada como un espacio de gran amplitud, derivado de la producción histórica de manifestaciones culturales (tradiciones, costumbres, valores), las cuales puedan tener vinculaciones no sólo con lo propio, sino también con lo ajeno, pues deja claramente manifiesto la apropiación de componentes culturales por parte de las comunidades no generadoras de los mismos.

Bajo esta misma tendencia, nos encontramos que Víctor Guédez define cultura como: 

… una manifestación social e histórica. Ella nace en la sociedad, se administra mediante los recursos que la sociedad le proporciona y es un activo factor que fomenta el desenvolvimiento de la sociedad. Además, la cultura se expresa en un determinado espacio y en un determinado lugar de los cuales recibe influencias y sobre los cuales proyecta otras (Guédez, 2001, 44). 

Para este autor es de gran relevancia el entorno donde se desarrolla la cultura, el cual podría modificarse o reestructurarse producto de las influencias, no sólo internas del entorno, sino también externas al mismo. En este sentido, Víctor Guédez, concibe entorno como “todo aquello que en un momento determinado interactúa con la atmósfera cultural de una sociedad”. Este entorno asume tres características fundamentales en la actualidad, como son la “disruptividad, impredecibilidad y la complejidad” (Guédez, 2001, 45).Con respecto a las características del entorno, me detendré brevemente en ellas, ya que sus contenidos podrían esclarecer el camino hacia la construcción de la noción de cultura en Venezuela.

La disruptividad se manifiesta en la rapidez, la profundidad y la globalidad de los cambios ocurridos en las sociedades. Lo impredecible tiene su asidero en la disruptividad, pues los cambios son tan profusos que se hace difícil determinar con exactitud los aspectos que pueden surgir de un entorno que se transforma tan rápidamente. Y, por último, tenemos la complejidad, que se expresa en los diversos elementos internos y externos que constituyen el entorno cultural que, por su variedad en cuanto a características, contenidos y formas, hacen imposible la determinación unitaria y homogénea del desarrollo cultural.

Estos procesos se evidencian en la denominada des–localización cultural, la cual pone de manifiesto que las culturas locales ya no pueden justificarse, determinarse, ni renovarse contra el mundo, porque su universo de sentido no se construye con la consolidación de elementos locales, sino también con elementos que se ubican fuera de ese entorno. Desde la perspectiva de Edward W. Said:

La cultura es siempre histórica, y siempre está anclada en un lugar, un tiempo y una sociedad determinados. La cultura siempre implica la concurrencia de diferentes definiciones, estilos, cosmovisiones e intereses en pugna. Además, las culturas pueden volverse oficiales y ortodoxas –como en los dogmas de sacerdotes, burócratas y autoridades seculares– o pueden tender hacia lo heterodoxo, lo no oficial y lo libertario. En ambos casos, sin embargo, lo interesante de una cultura es su relación con otras culturas y no sólo su interés en ella y su grandeza (Said, 2005, 52).

Esta concepción de cultura resulta sumamente interesante, porque no sólo evidencia la hibridación cultural existente en la definición que hagamos de los contextos culturales, sino también la concurrencia en un mismo escenario local de aspectos culturales que inclusive pueden plantear pugnas entre ellos por las distancias de sentidos y significados que los constituyen, pero que no niegan la posibilidad de entrecruzamientos. Este panorama ha caracterizado en buena parte la configuración cultural de América Latina, debido a la gran permeabilidad que han tenido los contextos locales de América Latina en cuanto las nociones de identidad cultural provenientes del mundo Europeo desde el siglo XVIII, y más recientemente de Estados Unidos. Las causas de este reciente fenómeno se sitúan en el gran desarrollo tecnológico de este país, el cual se evidenció en la elevada producción agrícola, industrial y financiera, además de los movimientos migratorios hacia su espacio local (Canclini, 1995).

Sin embargo, esto no significó la adopción absoluta de sus referencias culturales, puesto que la misma confluencia de diversos elementos socio-culturales tanto a lo interno como a lo externo de Estados Unidos implicó la reestruccturación de las relaciones de dependencia cultural. Esto sucede porque los sujetos no sólo incorporan de forma inanimada los aspectos culturales dominantes, sino que son capaces de reconocerse como diferentes en un espacio que trata de determinarlos como sujetos homogéneos, por lo que reaccionan ante el mismo e incorporan sus propias especificidades para recrear y configurar su mundo de sentido. 

Por otra parte, toda esta realidad nos proporciona a su vez una comprensión de lo que somos, una mezcla de eventos del pasado, relacionados con un presente que provoca un futuro extenso e inabarcable de expresiones culturales. Al respecto George Steiner manifiesta lo siguiente: 

Cada nueva era histórica se refleja en el cuadro y en la mitología activa de su pasado o de un pasado tomado de otras culturas. Cada era verifica su sentido de identidad, de regresión o de nueva realización teniendo como telón de fondo ese pasado. Los ecos en virtud de los cuales una sociedad procura determinar el alcance, la lógica y la autoridad de su propia voz vienen de atrás (Steiner, 1998, 18).

Aunque este autor no haga mención explícitamente de la hibridación que experimenta determinada cultura, es obvio que reconoce que una cultura específica debe su presencia y permanencia a un pasado que guarda relación con otras culturas. Además de presentar en sus reflexiones la carga simbólica que se encuentran implicadas en la constitución de una cultura determinada. Es decir, que no basta decir que las culturas pasan por un proceso de hibridación cualquiera, sino que a su vez seleccionan las imágenes, situaciones y elementos que constituirán su mundo de sentido cultural. En este sentido, Darcy Ribeiro señala lo siguiente en relación la cultura:

… la cultura es un orden particular de fenómenos caracterizados por ser una réplica conceptual de la realidad, simbólicamente transmisible de generación en generación, bajo la forma de una tradición que provee modos de existencia, formas de organización y medios de expresión a una comunidad humana (Ribeiro, 1990, 23; citado por Oropeza, 2005, 15).

Esta concepción de cultura se nos presenta como un mundo simbólico que se circunscribe a un ámbito de expresión cultural, considerando la herencia que se transmite generacionalmente en las comunidades. Es decir, que existe un proceso de selección de aquellos elementos culturales que serán incorporados por las generaciones, elementos que marcan significativamente sus universos de sentido.

Todo lo antes señalado nos debe conducir a un concepto de cultura que logre la comunión en su interior de los siguientes aspectos:

· Los procesos de hibridación cultural.

· La complejidad que confiere la construcción de la cultura.

·  El contenido simbólico que presentan ciertas actividades, relaciones, objetos y aspectos que constituirán el mundo cultural de los sujetos.

· La apropiación simbólica por parte de los sujetos de ciertas actividades, relaciones, objetos y aspectos, mediante los procesos de transmisión generacional.

· Y, finalmente, la capacidad creadora e innovadora que tienen los sujetos ante las experiencias simbólicas.

Cultura: una construcción desde la perspectiva de Néstor García Canclini

El concepto de cultura que puede satisfacer en gran medida todas las demandas que se hicieran en el apartado anterior es el siguiente: “… la cultura abarca el conjunto de los procesos sociales de significación, o, de un modo más complejo, la cultura abarca el conjunto de procesos sociales de producción, circulación y consumo de la significación en la vida social (García, 2004, 34).

Esta noción resulta sumamente amplia, pues no sólo se refiere a objetos o determinados eventos que representan tradicionalmente la cultura de alguna localidad, sino que alude a las relaciones cotidianas que envuelvan o desarrollen procesos de significación. Es decir, que desde la puesta en escena de una danza ritual de alguna región hasta la elección del lugar para vacacionar pueden ser consideradas cultura, porque son fuentes de significación social. Aquí se entrecruzan las fronteras entre lo social, lo cultural, lo material y lo simbólico. Sin embargo, esto no quiere decir que todas las prácticas sociales sean cultura, sino que contienen una dimensión cultural. A continuación expondré el fundamento teórico en el que se sustenta Néstor García Canclini para afirmar que no toda practica social puede ser considerada cultura.

Primero, este autor hace uso de las categorías analíticas desarrolladas por Jean Baudrillard en su libro Crítica de la economía política del signo, en el cual se identifican cuatro tipos de valor en las sociedades: valor de uso, valor de cambio, valor signo y valor símbolo. El valor de uso remite a la utilidad que tiene o que tendrá el objeto en la satisfacción de alguna necesidad el valor de cambio es el costo que tiene el objeto en el mercado o en su relación con cierto trabajo: el valor signo son las connotaciones alejadas del valor de uso, que adquiere el objeto por la puesta en práctica de estrategias –que en su mayoría son propias del mercado– que influyen en las decisiones de adquisición, compra o intercambio por parte de los sujetos. Y, finalmente, el valor símbolo “vinculado a rituales, o actos particulares que ocurren dentro de la sociedad” (García, 2004, 33).

Esta taxonomía le permitió a Néstor García Canclini hacer la distinción entre lo cultural y lo socioeconómico, es decir, que el valor de uso y el valor de cambio tiene que ver primordialmente con la base material de la vida social, a diferencia del valor signo y símbolo que se refieren a los procesos de significación o cultura.

Esta separación que existe entre las diferentes formas de valor no se presenta de manera tan rígida en la sociedad, para el autor tal taxonomía sólo es un requerimiento de orden metodológico, porque que en la realidad existe un constante entrecruzamiento de lo social y lo cultural. “Entonces, cuando decimos que la cultura es parte de todas las prácticas sociales, pero no es equivalente a la totalidad de la sociedad, estamos distinguiendo cultura y sociedad sin colocar una barra que las separe, que las oponga enteramente” (García, 2004, 37). Es por esta razón, que la cultura –desde la perspectiva de Néstor García Canclini– debe ser conceptuada como procesos sociales que circulan y se consumen constantemente en la cotidianidad.

Bajo este enfoque se puede comprender por qué determinadas prácticas u objetos detentan valores simbólicos específicos para ciertos grupos sociales, pues depende esencialmente de las características socio-culturales del entorno donde se desarrolle este proceso. Igualmente podremos evidenciar las diferencias en los usos y apropiaciones y reapropiaciones que realizan los sujetos de un mismo objeto o evento social. Estaríamos ante la presencia de transformaciones de significados de acuerdo con diferencias simbólicas y contextuales en las cuales se ubican los sujetos.

Una olla se puede convertir en un florero, un huipil en mantel o elemento decorativo en la pared de un departamento moderno. No hay por qué sostener que se perdió el significado del objeto: se transformó. Es etnocéntrico pensar que se ha degradado el sentido de la artesanía. Lo que ocurrió fue que cambió de significado al pasar de un sistema cultural a otro, al insertarse en nuevas relaciones sociales y simbólicas (García, 2004, 35).

Se puede afirmar que los grupos sociales tendrán la tendencia a cambiar los significados a los objetos o eventos culturales en la medida en que éstos pasen de un contexto a otro. Dada esta condición podríamos hablar de que los sujetos son actores activos en la incorporación de nuevos elementos culturales que, además de re-significar las mismas situaciones u objetos, estarían innovando el campo de relacionamiento simbólico. Entonces, la cultura debe ser vista también como la capacidad creadora que tienen los sujetos para producir sentidos e innovar (Brünner, 1993; citado por Guzmán, 1999) la realidad que los circunda.

Por otra parte, cuando Néstor García Canclini hace referencia a procesos sociales de significación, no hace una precisa distinción o diferenciación entre los que se encuentran en el plano cultural y aquellos que no están en el mismo, por lo tanto procesos de tipo político, económico y comunicacional pueden estar interactuando, consolidando así el escenario cultural no sólo local, sino también global.

Un tema insoslayable: la cultura global

En este apartado se desarrollará brevemente el tema de la globalización, haciendo énfasis en su relación con la cultura. La globalización es un fenómeno multidimensional, puesto que ha trastocado los diferentes ámbitos que constituyen la vida social de toda sociedad a escala mundial, tales como: el económico, el político y el sociocultural.

Desde la perspectiva de José Brünner, la globalización “procura dar cuenta de la novedad de un capitalismo que ha extendido sus límites hasta los confines del planeta, envolviéndolo en la lógica de los mercados y las redes de información” (Brünner, 1998, 11). Es decir, que la globalización es un proceso que consolida el capitalismo a escalas impensables en épocas anteriores, ya que utiliza el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación como herramientas para su expansión, que no sólo es económica sino también política, social y cultural. En relación con la cultura, la globalización se puede describir como un proceso que crea vínculos y espacios sociales transnacionales, revaloriza culturas locales y trae a un primer plano terceras culturas (Beck, 1998).

Dimensión económica de la globalización

Desde una perspectiva económica, las transformaciones experimentadas en el proceso de globalización no son más que expresiones del definitivo agotamiento del modelo o régimen de acumulación que se impuso con el fin de la Segunda Guerra Mundial, basado en la estructura productiva fordista y en la utilización de políticas económicas cimentadas en el paradigma teórico keynesiano. Esto determinó la modificación de la organización del proceso productivo, erigiéndose un nuevo paradigma socio – tecnológico basado en el conocimiento, la información y la microelectrónica; dando origen así, a nuevos sectores de punta, procesos tecnológicos y nuevas formas de organización social.

Dimensión política de la globalización

El proceso globalizador ha tenido también su expresión política, situación que se evidencia en la redefinición de las funciones del Estado-nación; producto de los procesos de descentralización, los cuales han disminuido las competencias del Estado; aunada a esto nos encontramos con la emergencia de organismos no gubernamentales (ONG), y el poder creciente que han adquirido organizaciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) (Sonntag, 1995).

En la época del capitalismo industrial, el Estado definía y defendía los espacios nacionales del proceso de acumulación mundial, ya que en ese período histórico se erigía como el ente organizador y regulador de las sociedades. Con la globalización las áreas de maniobra del Estado se reducen, mientras se desarrollan y fortalecen las organizaciones internacionales, las transacciones transnacionales, la cooperación regional, las dinámicas subnacionales y las organizaciones no gubernamentales (Griffin; citado por Nederveen, 1994). Pese a este contexto, el Estado-nación sigue siendo el actor principal en el orden mundial de la política, mientras que las corporaciones multinacionales son los agentes dominantes en la economía mundial (Giddens, 1990).

Dimensión cultural de la globalización

Todo este panorama conlleva a su vez, y de manera irreversible, una serie de transformaciones suscitadas en el plano cultural.9 Y el factor que ha contribuido de manera contundente en tales transformaciones ha sido el alcance que ha tenido el área de las telecomunicaciones, puesto que han impulsado una serie cambios en las formas de relacionamiento social. Al respecto José Brϋnner plantea que todo aquel que esté interesado en el tema de la cultura no puede obviar en sus reflexiones la importancia de las industrias culturales, pues ellas detentan el complejo industrial massmediático, el cual produce la visión del mundo, provocando la transmutación del lenguaje en realidad simbólica. Esta realidad coloca a la industria cultural en dos posiciones de suma importancia:

1. Principal sector de la economía en la era de la globalización, porque se ha convertido en fuente de entretenimiento e información para la sociedad.

2. Promotor de una nueva estructuración de la conciencia, porque configura una conciencia cimentada en visiones de mundo, verbigracia de ello es la gama inabarcable de signos y símbolos que circulan cotidianamente en la actualidad.

Esta circulación de símbolos y signos y su posterior consumo se encuentra facilitada por la rapidez con la que viaja la información a través de satélites, pantallas de televisor y la Internet. Hecho que nos introduce en un viaje constante a lugares y situaciones que geográficamente no están a nuestro alcance. Generando a su vez, una movilidad geográfica de los valores10 (Brünner, 1998).

Por otra parte, las telecomunicaciones han venido fomentando modos de vida global o lo que se ha llamado “estandarización u homogeneización cultural” (Sonntag, 1995, 1). Es necesario destacar, que la generación de este proceso se debe en gran medida a la influencia que ejerció Estados Unidos como potencia económica a escala mundial. Pues hizo uso de los medios de comunicación para difundir sus modos, estilos, y valores de vida. Un hecho histórico emblemático de la fuerza comunicacional con que contaba Estados Unidos fue durante la Guerra Fría, ya que en su lucha contra el comunismo desplegó una intensa campaña comunicacional, que consistía en exponer las diferencias en los estilos de vida de ambos bloques. Sin embargo, esta homogeneización se ha visto alterada por una serie de acontecimientos absolutamente heterogéneos, los cuales se han revigorizado paralelamente a los procesos de homogeneización, tales como: los nacionalismos, sentimientos religiosos, fundamentalismos de diversa índole, además de la renovada presencia del espiritualismo.11 Se puede decir, entonces, que no se genera una convergencia lineal de los contenidos culturales y de las informaciones transmitidas por los medios audiovisuales de alcance mundial.

Algunas consecuencias vinculadas con la cultura

Desde la perspectiva de Beck (1998), afirmar lo contrario –en cuanto al señalamiento anterior– sería como no tener en cuenta las paradojas y ambivalencias presentes en la dialéctica de la globalización. En este punto es realmente pertinente considerar los planteamientos que hiciera Roland Robertson (citado por Beck, 1998), quien afirma que con la globalización corre pareja cada vez más la localización. No obstante, lo local y lo global (como sostiene Robertson; citado por Beck, 1998) no se excluyen mutuamente. Al contrario lo local debe entenderse como un aspecto de lo global12. Puesto que la globalización significa también acercamiento y mutuo encuentro de las culturas locales, las cuales se deben definir de nuevo en el marco de este clash of localities (coincidencia de localidades).13 Entonces, la cultura global no puede entenderse estáticamente, sino sólo como un proceso contingente y dialéctico. Es decir, como un proceso de glocalización, en cuya misma unidad se aprecian y descifran elementos contradictorios.14

Según José Brünner, todo esto se puede definir como un universo pluralista, en el cual los individuos pueden mantener relaciones sin el apoyo de estructuras soportantes, porque las mismas han tendido a la disolución dando paso a relaciones postradicionales15 o posnormativas. “Valen no la tradición y la norma, sino el compromiso y la autenticidad” (Brünner, 1998, 76).

Esta realidad hace que la experiencia que vive el sujeto sea una experiencia ecléctica. Desde la perspectiva de Jean Lyotard: “El eclecticismo, es el grado cero de la cultura contemporánea: uno escucha reggae, mira un western, almuerza Mc Donald y cena comida local, (…) el conocimiento es materia de juegos de TV” (Lyotard; citado por Brünner, 1998, 135). Estamos ante un sujeto que interpreta su mundo con fragmentos de diversas realidades, a las cuales debe su presencia, principalmente a las interconexiones e instantaneidad existentes en los espacios comunicativos de los grupos sociales.

A modo de conclusión

La realidad objeto de las constantes innovaciones, resultado de la capacidad creadora que tiene los sujetos, ha sido en gran medida impactada por los medios de comunicación e información. Hoy por hoy es innegable la presencia de expresiones culturales tanto modernas como tradicionales en los medios de comunicación e información, logrando que estas trasciendan sus espacios locales originarios; y convirtiéndolas en eventos u objetos aprehensibles para un conjunto mayor de personas. Los medios de comunicación e información tienden a redimensionar los significados de tales eventos o expresiones culturales, ya que de esta manera pueden hacerlos aprehensibles a personas que desconocen los mundos de sentidos originarios, a los cuales éstos pertenecen, entonces ya este evento u objeto perteneciente a una región en particular a transitado por un proceso de resignificación, una resignificación no definitiva, puesto que faltaría la que añadirían los sujetos que finalmente se apropien como eslabón final de los eventos u objetos culturales.

Estamos ante la puesta en escena de una transnacionalización de los contenidos simbólicos-culturales (Guzmán, 1999) de nuestras realidades. Sin embargo, esto no quiere decir una pérdida total de las singularidades locales, sino su constante entrecruzamiento con características, elementos o aspectos provenientes de espacios territorial y sociohistóricamente diferentes16 que hacen que el acercamiento cognoscitivo a la cultura local o tradicional sea sumamente complejo. Pero ¿por qué se presenta exactamente la complejidad en la cultura? La complejidad en la cultura17 se presenta por la existencia de diversas prácticas culturales que constituyen finalmente una cultura en particular. Esto le confiere a las culturas particulares cierta unicidad –aunque parezca contradictorio– porque conservan en la diversidad sus sellos distintivos. Según Edgar Morín:

… las culturas y las sociedades más diversas tienen principios generadores u organizadores comunes. Es la unidad humana la que lleva en sí los principios de sus múltiples diversidades. Comprender lo humano, es comprender su unidad en la diversidad, su diversidad en la unidad. Hay que concebir la unidad de lo múltiple, la multiplicidad del uno (Morín, 2000, 59).

Por lo tanto, en una cultura particular no desaparecen los elementos que le confieren su carácter diferenciador con respecto a las otras culturas, sino que se fusionan en conjunto con las otras culturas, constituyendo una amalgama diversa, donde la misma es la identidad característica de cualquier entorno local. Lo moderno con lo tradicional en sí deben concebirse como una misma entidad, si se observan desde una mirada plural, donde la diferencia marca las construcciones significativas de los sujetos. Nuestra determinación cultural la conforman una serie de indeterminaciones que hacen que nuestra visión de la realidad sea una mixtura inabarcable de situaciones y sentidos, pero que no obsta para su comprensión por parte de los grupos sociales.

La noción de cultura en Venezuela debe ser presentada, entonces, no como resultado de la concatenación de manifestaciones tradicionales que no tienen posibilidad alguna de modificación, pero tampoco como la anulación del ámbito de producción simbólica y de sentido local por la preeminencia y exaltación de valores foráneos, ya que ambos planteamientos sitúan a los sujetos en un nivel de total hermetismo, proclive a la mera reproducción de aspectos culturales que se imponen, eliminando toda posibilidad de reacción ante un mundo en el que los sujetos son capaces de reaccionar y provocar transformaciones. Puesto que la cultura es el resultado de un proceso de desarrollo socio-histórico, lo que implica su carácter multideterminador, y a su vez, la capacidad de ser multideterminadora (Morín, 2000) de procesos no previstos que innovan y reconfiguran los contextos sociales.

Negarnos a tal realidad sería como negar que en eventos festivos de ciertos sectores venezolanos se disfruta aún de la música de un Memo Morales, que incorporó en su repertorio musical la articulación del ceceo característico de los españoles con una singular matización zuliana, además de un notable arraigo a los eventos de la Caracas de los 50 del siglo xx, pese a que el director de la orquesta –donde éste hacia gala de su admirable fusión vocal– era de origen dominicano; o negar la danza ritual religiosa de los Diablos Danzantes de Yare, porque las prendas y otros objetos característicos de esta actividad se encuentran expuestos en el aeropuerto internacional de Maiquetía para la compra de los turistas visitantes a nuestro país; o negar a un Reverón que presenta en sus hermosas obras la influencia de la Europa de 1908-1915, y la de su “mentor intelectual y existencial” (Liscano, s/f, 13) Ferdinandov, artista de origen ruso; o negar la existencia del trabajo fotográfico titulado Pasajes de la ciudad: Fragmentos de Caracas del autor venezolano Jean Herrera, el cual capta con absoluta profundidad la cotidianidad de una Caracas inconmensurable de significados, porque tales fotografías se han expuesto en las salas del Frankfurt Bank, y en diferentes espacios de Berlín (Centro Nacional de la Fotografía de Venezuela, 2006). Negar esta realidad, que es inocultable, o inclinarnos a la exacerbación de lo tradicional en detrimento de lo moderno, o viceversa, sería un absoluto error, porque estaríamos negando las significaciones que cada una de estas actividades desencadena para la consolidación de nuestro mundo de sentido, un mundo que se consolida paradójicamente en procesos constantes de hibridación.18

Un panorama de tal complejidad genera de igual forma seres humanos complejos, los cuales se definen en la mixtura, las diferencias y las contradicciones. Pues los encontramos inoculados en las diversas religiones que se encuentran en un mismo espacio local; y paralelamente se zambullen en las practicas “new age”, intentan también provocar la generación de seres humanos con ciertas sensibilidades e inclinaciones hacia los géneros musicales clásicos y “sofisticados” a través de la exposición temprana a las melodías de Mozart y Beethoven, pero a su vez disfrutan de los primeros movimientos rítmicos de éstos ante la exuberancia del reggaeton o ante la calidez del joropo tuyero en las representaciones escolares. Esto es en definitiva nuestro mundo, un mundo que se constituye con fragmentos de diversas realidades, que representan lo que hemos sido y lo que somos y dan sentido a nuestras acciones en la contemporaneidad venezolana. Finalmente, hago énfasis en esta realidad porque todo aquel que esté interesado en el tema de la cultura, bien sea desde el ámbito académico (espacio que se caracteriza por altos niveles de abstracción) o desde el ámbito de las instituciones del Estado (espacios que se caracterizan por altos niveles operativos), debe reflexionar sobre este cúmulo de relaciones existentes en una sociedad, las cuales determinan o condicionan los espacios culturales, porque de lo contrario se corre el riesgo de asumir posturas aisladas de la realidad, las cuales tenderán a excluir elementos o grupos sociales de gran importancia, y los cuales son los objetivos de análisis y acciones de cualquier actor social atraído por esta rica área de conocimiento.

Notas

1 Debo aclarar que esta propuesta se encuentra ubicada en la corriente teórica denominada neoevolucionismo cultural, la misma surge como necesidad imperante de ampliar el campo contextual y metodológico de la ciencia enfocada al estudio de la cultura, permitiendo así un acercamiento mucho más comprensivo y explicativo de las diferentes realidades socioculturales (Oropeza, 2005). Esta propuesta teórica ha sido una entre otras corrientes la ecología cultural de M. Sahlins y el materialismo cultural de M. Harris que han surgido con la finalidad de reaccionar contra enfoques reduccionistas o contradictorios sobre la cultura.

Dentro del neoevolucionismo cultural se adscriben autores como Etienne Tassin, Roger Chartier, Claudio Rama, José Brünner, y Néstor García Canclini.

2 En la actualidad el Estado venezolano ha vinculado en la mayoría de las acciones emprendidas una noción de cultura anclada en lo tradicional (lo local y lo “propio”), dando por sentado que tal definición es reflejo fiel de la realidad venezolana. Es necesario destacar que existe una diferencia entre las acciones políticas que desarrolla un Estado para la conservación y valoración de lo que sus instituciones consideran cultura, y las prácticas diversas que se generan en una sociedad, las cuales recrean y revitalizan los entornos sociales. Desde esta perspectiva se abordará la noción de cultura en Venezuela, no es el objetivo de este artículo desentrañar los fines que contienen las políticas públicas dirigidas a los espacios culturales, pues bien es conocido que éstas deben dinamizar acciones culturales con base en un concepto operativo de cultura, es decir, que le permita identificar las áreas específicas a abordar. Sin embargo, deseo evidenciar que este tipo de apreciación sobre la cultura denota un sesgo en su construcción operativa, porque, como ya mencione anteriormente, la tendencia es vincularlo –en gran medida con los espacios tradicionales.

3 “… no toda la actividad del hombre era considerada propiamente culta, pues frente al concepto de cultus también manejaban el de incultus refiriéndose no sólo a un lugar sin cultivar, sino también a lo desaliñado, tosco, ignorante, grosero, descuidado, sin arte, así como a todo lo que evidenciara ignorancia, descuido, abandono, negligencia, etc”. (Diccionario ilustrado latino-español, español-latino, 1971, 119; citado por  Guadarrama, 2006, 16).

4 “¿Qué motivos explican que el concepto de cultura adquiera una mayor atención en el pensamiento ilustrado? Factores tan impresionantes como la capacidad humana para descubrir nuevos mundos, y sobre todo encontrar hombres con diferencias étnicas y culturales tan marcadas, el efecto de revolucionar la industria y de ejecutar progresos acelerados en el conocimiento científico, pudieron haber sido algunos de esos motivos. También el enriquecimiento del saber filosófico y en especial su emancipación respecto a la religión, posibilitarían que el antiguo ideal de formación humana, ahora planteado en nuevos términos (Bildung), favoreciera la reflexión sobre el concepto de cultura” (Guadarrama, 2006, 18).

5 Cabe destacar que este proceso permitió el impulso y la consolidación de la clase burguesa, ya que la misma había liderado estos procesos de cambio, lo que justificaba su presencia en “la herencia y la dinámica de la cultura” (Steiner, 1971).

6 Sin embargo, no se deben desdeñar –como antecedente– los aportes filosóficos que hiciera John Locke con respecto al concepto de cultura en el siglo XVIII, y que doscientos años más tarde retomarían los antropólogos para elaborar la primera definición formal de cultura. Este autor consideraba que la mente humana era como un “gabinete vacío” (Locke, 1690; citado por Harris, 1979, 9), la cual se llenaría de los conocimientos necesarios a través de procesos de enculturación. En palabras de Locke: “Supongamos que la mente es, como si dijéramos, un papel en blanco, sin ninguna letra, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde procede esa vasta provisión con la que la bulliciosa e inagotable fantasía del hombre la ha pintado con una variedad casi infinita? (...) A esto respondo con una sola palabra: de la experiencia” (Locke, 1690, 122; citado por Harris, 1979, 10). Esta postura teórica recibió su expresión mas clara en el estadista francés Anne Robert Jacques Turgot, quien incorporó como elemento determinante en la construcción de una definición de cultura la educación “y esta educación es el resultado de toda nuestra experiencia sensorial y de todas las ideas que hemos sido capaces de adquirir desde la cuna” (Turgot, 1844, 645; citado por Harris, 1979, 12). Esta asociación de educación y cultura ha sido desarrollada en las primeras páginas de este artículo.

7 El universo moderno se sustenta sobre una lógica económica, que no debe ser ignorada en las reflexiones que se hagan con respecto al tema de la cultura. Pues  las condiciones materiales de la vida condicionan de manera importante –no siendo lo único– nuestra percepción y aprehensión de las expresiones y relaciones socioculturales. La corriente teórica que se sitúa en esta posición analítica es el materialismo cultural, cuyo exponente más destacado es el antropólogo Marvin Harris. Este autor considera que “tecnologías similares aplicadas a medios similares tienden a producir una organización del trabajo similar, tanto en la producción como en la distribución, y ésta a su vez agrupamientos sociales de tipo similar, que justifican y coordinan sus actividades recurriendo a sistemas similares de valores y de creencia (...) el principio del determinismo tecnoecológico y tecnoeconómico concede  prioridad al estudio de las condiciones materiales de la vida sociocultural, del mismo modo que el principio de la selección natural da prioridad al estudio de las diferencias de eficacia reproductora” (Harris, 1999, 3). Es evidente que su propuesta apunta hacia una comprensión causal nomotética de la cultura, aspecto que no comparto, además de su principio determinista del fenómeno cultural. Sin embargo, no niego la importancia de sus aportes, pues, como bien mencione al principio de esta cita, las condiciones materiales son un elemento importante en la discusión en torno a la cultura –hecho considerado en este artículo–, mas no son el único factor condicionante de la realidad sociocultural.

8 “… en el hecho de que, por ejemplo, el tenis o el mismo golf ya no están, hoy día, tan exclusivamente asociados, como en otro tiempo, a las posiciones dominantes o a los deportes nobles, de igual forma en que la equitación y la esgrima ya no son el entretenimiento de los nobles como lo fueron en sus comienzos (es lo mismo en Japón con las artes marciales). Una práctica inicialmente noble puede ser abandonada por los nobles, y el caso más frecuente es cuando se adopta por una fracción creciente de burgueses o pequeño-burgueses, incluso por las clases populares...hay que cuidarse de transformar en propiedades necesarias e intrínsecas de un grupo cualquiera las propiedades que les incumben en un momento dado del tiempo...” (Bourdieu, 2008, 28-29).

9 La globalización en el plano cultural es el resultado de las contradicciones, tensiones, desajustes, cambios, interrelaciones e interacciones entre los ámbitos político y económico (Brünner, 1998).

10 La presencia de movilidad geográfica de los valores la adjudica José Brünner a la puesta en escena de un relativismo cultural, propiciado en gran medida por las tecnologías de la información y la comunicación.

11 “… todo parece indicar que al menos el presente período de este proceso de globalización combina simultáneamente fuertes tendencias, tanto a la homogenización como a la estimulación de diferenciaciones, y ello tanto desde un punto de vista económico como social y cultural” (Mato, 2003, 31).

12 Con respecto al tema de lo global y lo local, Daniel Mato (2003) hace uso de estas categorías analíticas para adentrarse en la discusión de las identidades, encontrándose con la existencia de identidades deslocalizadas o translocales, porque se definen no sólo en relación a un lugar, sino también en las fronteras de los Estados-nación. Aunque no es el objeto de este artículo abordar las identidades, considero necesario plantear el surgimiento de este fenómeno, que da cuenta de conexiones existentes entre lo local y lo global.

13 Evidencia de ello, es “la creciente difusión y penetración de las culturas altas y populares de muchas sociedades pobres y en desarrollo, y una interacción mucho más compleja de ellas con la cultura central o hegemónica. Así, por ejemplo, las contribuciones a la literatura antiguamente llamada ‘universal’ (occidental), a la música popular y al arte mundial provienen ahora también de Bombay, África del Sur, Jamaica, Colombia o los países árabes. No sólo la televisión norteamericana tiene una audiencia internacional, sino también los grupos de rock británico, los dibujos animados japoneses, las telenovelas brasileñas (…) La literatura de América Latina ha experimentado un  prolongado boom en muchos países desarrollados…” (Brünner, 1998, 156).

14 Tales contradicciones las plantea Zygmunt Bauman (citado por Beck, 1998) cuando considera que la glocalización es, fundamentalmente, un nuevo reparto de privilegios y ausencia de derechos, riqueza y pobreza, posibilidades de triunfo y falta de perspectivas, poder e impotencia, libertad y falta de ella. Puede concebirse este proceso de glocalización como una nueva fase de estratificación a nivel mundial, en cuyo devenir se construye una nueva jerarquía a nivel sociocultural y autorreproductora.

15 “… un orden postradicional no es uno en que las tradiciones desaparezcan. Lejos de eso, es uno en que las tradiciones cambian de estatus. De ahora en adelante las tradiciones tienen que explicarse a sí mismas; se tornan objeto de interrogación o discurso” (Giddens; citado por Brünner, 1998, 137).

16 “En todo caso, interesa subrayar que, en el concierto de tendencias tan contrapuestas, este proceso últimamente parece amenazar más claramente la existencia de al menos algunos Estados y el sentido de sus símbolos y de las fronteras entre todos ellos, que la existencia de identificaciones étnicas, de género, de condición social, de localidad. etc…” (Mato, 2003, 33). El autor plantea este argumento para rebatir la idea de que el planeta se dirige hacia una inminente homogeneización, que en lo absoluto no tiene asidero afirmar.

17 Según Daniel Mato, existe una serie de fenómenos que han contribuido a las tendencias combinadas y complejas de nuestras sociedades, tales como: “… aumento y diversificación de los flujos migratorios; difusión del uso de nuevas tecnologías de procesamiento de datos, imágenes visuales y sonidos; densificación de las redes de comunicación de datos y de los medios de difusión masivos de información; nuevas redes mundiales de relaciones gubernamentales y no gubernamentales; mercantilización de símbolos étnicos…” (Mato, 2003, 34).

18 La hibridación no implica la desaparición total de las diferencias; este proceso manifiesta interconexiones, combinaciones, pero a su vez la presencia de ciertas distinciones culturales.

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