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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio v.18 n.50 Caracas dic. 2008

 

Ramón Santaella Yegres (2006) Geografía: Diálogo entre Sociedad e Historia. Caracas. Fundación Pío Tamayo

Omar Hurtado Rayugsen.

 IPC – UPEL Caracas-Venezuela omarrayugsen@hotmail.com

De Santaella, así a secas, escuchamos hablar por primera vez, a mediados de los sesenta, cuando arribamos desde el monte, al que algunos llaman la Venezuela profunda, con la intención de cursar estudios de profesorado en Geografía e Historia en el Instituto Pedagógico de Caracas. De él se comentaba en la casona de El Paraíso que: (1) era proveniente de la antigua Escuela Normal de Varones, (Miguel Antonio Caro), (2) había sido un callado y extraordinario estudiante y (3) era de los que se había identificado de manera más raigal con el Método de los Conjuntos que desde entonces impulsaba Ramón Adolfo Tovar López; quien, dicho sea de paso, recién llegado de Francia comenzaba a hablar de una Geografía que va más allá de accidentes naturales y frías enumeraciones, es decir de una Nueva Geografía. Ejemplo de esa asociación lo encontramos en el artículo de Santaella “Trabajo porcentual sobre cultivos y superficie cultivada en Venezuela”, publicado en el número 4 de Gea y tan celebrado por la Revista Crítica Contemporánea.

Después supimos que: su apelativo completo era Ramón Bonifacio Santaella Yegres; era caraqueño del Barrio Unión, estaba estudiando en la Escuela de Historia de la antigua hacienda de Los Ibarra; no había conseguido trabajo en la liceos oficiales por lo que laboraba en colegios privados, en una actuación particular de la generalizada obra de las listas negras y persecuciones contra el opositor propia de esos años de democracia representativa; y se desempeñaba como auxiliar de investigación en el Instituto del ramo, hoy Rodolfo Quintero, de la entonces Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela. Lo conocimos personalmente en uno de los numerosos cursos de actualización que nuestros maestros del pedagógico organizaban corrientemente. Entonces empezamos a entender que sólo estábamos accediendo a una mínima parte de lo que el profesor Santaella dominaba de “la ciencia que lo tituló con una designación que ya le pertenecía…[porque se había hecho] maestro con la certeza de que sólo el que pregunta y se asombra puede enseñar”. Como, poéticamente, Mery Sananes presenta a este “atrapador de arcoiris” en el libro que estamos comentando.

En la medida que continuábamos nuestra pelea contra el memorismo y la ilación descontextualizada, que dominaba en los sesenta y sucedáneos, recibíamos noticias de Ramón. Se graduó de Licenciado. Participó en el concurso de oposición para el cargo de Investigador en el Instituto donde hasta entonces era contratado, el cual ganó; recordamos como Francisco Reyes Baena divulgó esta buena nueva con un artículo que intituló: “Veinte puntos”, cuya sola denominación resume la excelencia de la prueba rendida. Tuvo destacada participación en connotados proyectos surgidos de estos ambientes como “Estudio de Caracas”, “La Obra Pía de Chuao” y “La Dependencia de Venezuela”; además de publicar varios artículos de innegable importancia dentro de lo que define su línea de vida, más que de investigación.

Una vez graduados en el IPC nos tocó probar nuestra pequeña ración amarga de las nóminas de los excecrados; aunque debemos reconocer que corrimos con menos suerte que Santaella, porque nosotros si encontramos trabajo en los liceos oficiales al poco tiempo, en tanto que él nunca pudo disponer de una plaza en este subsistema. Mientras no habíamos disfrutado las mieles de las labores públicas fuimos a la Escuela de Historia de la casa que vence las sombras. Más que para resolver una injusta separación de rango y oficio; para saber si era verdad que los historiadores podían ayudarnos a clarificar las cuestiones del Método a quienes nos llamábamos, pedantemente, geógrafos. Como habíamos escuchado decir al hoy reseñado.

Esta pequeña circunstancia nos permitió involucrarnos en la llamada Renovación Universitaria; que sacudió las bases de la centenaria institución, pero dejo en pie mecanismos perversos como la evaluación confundida con la medición del conocimiento a través de pruebas parciales, finales y de reparación. Por lo que interesa a estas notas, recordaremos que asistimos como alumnos a la apertura del Primer Curso de Geografía Histórica que se ofrecía en el país; el cual fue estructurado por Santaella, casi a veinte años de las primeras lecciones de Ramón Tovar sobre la materia y a unos sesenta de los borradores iniciales de Fernand Braudel acerca de la profunda imbricación entre la Historia y la Geografía. No es ninguna retaliación sentimental recordar que este curso se abrió en medio de una férrea resistencia de quienes decían oponerse a la interdisciplinariedad; pero que luego, cuando la asignatura ganó propiedad, no dudaron en desalojar de ella a su fundador y apropiarse de la misma con subterfugios de apariencia legal.

La historia reciente es conocida por todos. Santaella se gradúa de Doctor en Ciencias Sociales, con una tesis, Dinámica del Espacio en la Cuenca del Lago de Maracaibo, que ya es clásica entre los estudiosos de la disciplina. Como la vida de Ramón ha sido una constante lucha con los contrarios; rememoramos como para acceder a este nivel hubo de pelear para que se le reconocieran sus créditos como investigador y hasta tuvo que confrontar, a pretendidas autoridades, en cuanto a la interpretación y manejo ad hoc del pensamiento clásico marxista. Donde, como cosa rara, demostró tener la razón.

Ya jubilado se dedicó con más ahínco a la investigación con finalidad docente. Se involucró frontalmente en el diseño y desarrollo de la Maestría en Educación, Mención Enseñanza de la Geografía que la Universidad Pedagógica Experimental Libertador imparte en los pedagógicos de Maracay, Caracas, Rubio y Barquisimeto; con la de Enseñanza de la Geohistoria, en Maturín. Con la de Geografía, Mención Docencia, en la Universidad del Zulia Y con el Doctorado en Ciencias Sociales que ofrece la UCV.

Bajo los auspicios de la Fundación Cátedra Pio Tamayo, una sociedad que ya nos es familiar, Ramón Santaella nos entrega: Geografía: Diálogo entre Sociedad e Historia. Trabajo que no puede ser considerado aisladamente del constante hacer de su autor.; sino que, por el contrario, representa un eslabón más en el proceso de elaboración permanente que lo caracteriza.

Las trescientas sesenta y cuatro páginas, distribuidas en diecisiete capítulos y una reflexión final, se nos presentan como el producto elaborado de la reflexión del maestro que considera llegada la oportunidad de hablarle a los discípulos, no sólo a quienes tienen el privilegio de compartir sus labores de aula, acerca de las cuestiones que ha venido hilvanado a lo largo de más de nueve lustros de trajinar por los ambientes educativos a todos los niveles y en funciones de permanente aprendizaje. Algo que, por lo demás, ha estado cociendo en sus elaboraciones anteriores. Elucubraciones en las que ha venido confrontado verdades aparentemente inconmovibles. Asumiendo el riesgo que implica la exagerada simplificación, nos permitiremos adelantar algunos casos.

La opera prima que nos regaló: “Región y Localidad Geoeconómica Dependiente”, (1980, UCV); nos permite desmenuzar y cuestionar una de las categorías fundamentales del pensamiento geográfico: La Región Administrativa; y, a partir de un concienzudo análisis de las distintas acepciones, nos deja la sorprendente proposición que en Venezuela, y en buena parte de occidente, ella no existe sino que ha sido sustituida por la localidades que se supeditan a centros extra territorializados, al extremo que todo el país funcionaría, en el mejor de los casos, como una de ellas articulada a los núcleos de poder. Aún está encendida la polémica que se prendió con quienes asumen que entre nosotros si existen esa unidades. Para quienes duden la veracidad de esta afirmación, les sugerimos revisar como se plantea este tópico, en el Proyecto de Reforma Constitucional sometida a referéndum en diciembre del 2007.

Su segundo libro, (La Dinámica.., 1989, UCV), ya mencionado, plantea severos cuestionamientos a la interpretación tradicional de la llamada región histórica; de manera nada casual selecciona para desarrollar su tesis la más emblemática de ellas, la del Lago de Maracaibo. Para desmontar la urdimbre sobre la que descansa su supuesta excepcionalidad se apoya en la dinámica espacial de la misma y asume, apoyado en el comportamiento histórico que la define, que, si bien tiene notas singulares, éstas no le confieren la fortaleza que se esgrime para que sea manejada como un caso único en el devenir nacional.

De este mismo tenor han sido sus trabajos sobre Manuare, el Táchira y las disquisiciones en torno a la interpretación y aplicación de los fundamentos clásicos del materialismo histórico. Por ejemplo, en “Apariencia y Esencia de las Ciencias Sociales”, que aparece en el número 5 de la revista Geodidacta, nos llama la atención en cuanto a que: “…nos conformamos con especular científicamente con la deducción o bien, con la inducción, sin importarnos la esencia (realidad) de dicho objeto”.Por ello, refirmamos que el libro en esta ocasión comentado es el resultado lógico de una saga que, por el mundo de las conceptualizaciones, Ramón ha venido, pacientemente, elaborando durante muchos años.

En él comienza por justificar el diálogo entre estas dos ciencias sociales porque el mismo “…ha debido ser proclamado [dada] la cercanía intrínseca de ambas [lo que nos obliga] a un diálogo permanente, cotidiano que no podemos percibir mientras seamos producto de lineamientos por no decir ‘alienamientos’ positivistas”. Se deslinda de lo que llama los ‘feudos’ de cada ‘señor’ del conocimiento, entendiéndolos como “la herencia del pensamiento dominante durante todo el siglo XIX hasta los momentos actuales”. Frente a esa visión del conocimiento fragmentado y unidisciplinar proclama la existencia de la geohistoria que debe ser entendida, más allá de visiones semánticas y semiológicas, como “una intencionalidad ideológica, metodológica y epistemológica [que] responde a una necesidad interdisciplinaria y transdisciplinaria que debe ser reforzada con el diálogo permanente…”.

Los capítulos subsiguientes los dedica a explicar la importancia de la didáctica en el proceso formativo del educador, lo que es entendible si recordamos la preparación de base que exhibe el autor. No debe verse como una explanación casual la que nos proporciona al insistir que esta disciplina no es una ciencia. Luego pasa revista a la importancia del lenguaje en la capacitación del educador y del investigador; a propósito mencionaremos un reciente decreto del gobierno federal del gigante del norte que sanciona pecuniáramente a los funcionarios que no lean ni escriban correctamente. Sobre este particular, importancia de la lectura y la escritura, el autor avanza unas conclusiones en cuanto al papel de la Universidad Pedagógica que merecen, en un futuro no tan lejano, una discusión más detenida.

Mas adelante, Santaella, detalla la importancia, para la investigación, de calibrar la verdadera articulación entre la realidad y el problema a través del diagnóstico. Pasando a insistir sobre cuanta prioridad tiene el conocimiento de la realidad y la definición de los parámetros que deslindan a las investigaciones de corte pedagógico. Lo que le permite abundar en lo que llama “La Propuesta Pedagógica”, que a su manera de ver, que hacemos nuestra, debe apoyarse en la interpretación del paisaje geográfico, en la realización del trabajo de campo y en el levantamiento de la cartografía geohistórica que debe conducir al mapa síntesis. Esto le permite justificar su otero con la conceptualización de ciencia que maneja y que nos resulta útil para abordar, tanto nuestros espacios urbanos, como el llamado espacio globalizado utilizando lo que denomina neohistorización a la que define como el resultado de: “… la acumulación interactuada de tiempos, acumulación de trabajo, sistema que integra estructuras (espaciales) de manera desigual, sometidas a leyes de cambio y transformación, generadas en el seno del modo de producción dominante, que al mismo tiempo cambia y se transforma” . Todo lo cual, en nuestro caso nacional, es explicable por la compleja incidencia del petróleo, al que asoma como un sujeto social. Tampoco es una futilidad señalar que sus elaboraciones para entender y explicar la espacialidad tienen una sólida base estadística, sin caer en la acepción positivista de asignar valor a los números por los números.

Este libro tiene una profunda significación, son sus compañeros de. nacimiento tres libros: el de Mery Sananes sobre las trampas de la cultura, centrado en el gran Luis Mariano, quien cumplió, el 19 de agosto de 2006, los cien años de su primera luz y dos de Agustín Blanco sobre la violencia, que sólo vienen a reafirmar, por antonomasia, su condición de historiador de los momentos más dolorosos y polémicos de la historia reciente; no obstante esa circunstancia creemos que esta aparición encierra algo mucho más relevante.

No es nada fortuito que quienes hemos estado hermanados por los acontecimientos durante décadas, en la actualidad nos encontremos inmersos en un piélago de circunstancias que, como hemos aprendido de la ciencia por excelencia, son sólo el resultado de la coincidencia de las condiciones objetivas y subjetivas que nos dijeran durante tantos años. Esta coyuntura de la historia nacional nos obliga, como aprendimos de los maestros a quienes Santaella rinde tributo a lo largo de su libro, a profundizar en el estudio de los acontecimientos, a consolidar nuestros análisis en la necesaria coherencia del pensamiento, con la palabra y la acción a través del tiempo; a su vez pivoteados sobre el común denominador del más sólido de los compromisos sociales. Hoy, como ayer, y como siempre proclamamos que no hay otra manera de asumir lo que nos enseñaron, a través del ejemplo, como la ética revolucionaria; la que no se pregona sino que se ejerce.

El país, como un todo, nos exige que coloquemos nuestra formación al servicio de la solución de los problemas de fondo. En el actual momento, cuando quienes hacen política han puesto la cómica y los factores de poder parecen estarse invirtiendo, anunciándonos que los cómicos están haciendo política y hasta los comentaristas de farándula se duelen en la prensa del día porque el “imperialismo está atropellando la belleza de nuestras mujeres, negándoles los cetros que se merecen”. Consideramos llegada la hora para que diferenciemos lo concreto de lo irreal y para desechemos el “empeñarnos en continuar aceptando las directrices y tratar al conocimiento científico como conocimiento de localidades e individualidades”. Para ello necesitamos superar la visión particularista y asumir “el concepto de totalidad y los principios y leyes que la rigen”. Como recomienda Ramón Santaellla Yegres en la “Última reflexión” con que cierra este libro.