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Tiempo y Espacio

versión impresa ISSN 1315-9496

Tiempo y Espacio v.20 n.53 Caracas jun. 2010

 

JORGE BRACHO. (2008). GLOBALIZACIÓN, REGIONALISMO, INTEGRACIÓN,

Alexander Olivares G. UPEL-IPC-CIHMBI

En los actuales momentos se emplea con mucha frecuencia la palabra globalización, la cual suele ser asociada de inmediato con un planeta interconectado gracias a las telecomunicaciones. También es definida por muchas personas como la occidentalización del mundo. Incluso se piensa que la globalización es un fenómeno de reciente data. Sin embargo, las nociones sobre la globalización siguen siendo muy vagas, lo que genera diversas lecturas sobre el fenómeno y hasta miedos asociados con la anulación de la diversidad cultural.

Jorge Bracho, profesor e investigador de la UPEL, experto en cultura latinoamericana, historia, epistemología y didáctica de las ciencias, examina con detenimiento este tema en su libro Globalización, regionalismo, integración (2008), fruto de sus estudios divulgados en múltiples publicaciones y ponencias a escala nacional e internacional.

En la primera parte de la obra, «La globalización, una aproximación», nos muestra que aunque la globalización es un fenómeno en esencia económico –vinculado sobre todo con el capitalismo– y político, debe ser abordado desde un punto de vista interdisciplinario. De hecho, para entender la dimensión de la globalización, el autor se detiene a analizar sus alcances mediante diversas vertientes culturales: identidad nacional y regional, gastronomía, religión, lengua, entre otros.

Otra de las afirmaciones relevantes de Bracho sobre la globalización es que esta no es de fecha reciente, como es habitual pensar. Aunque se habla de globalización a partir de las décadas de los setenta del siglo XX, las primeras manifestaciones de los procesos globalizadores (o «mundialización») se inician en el siglo XVI con el mercantilismo y se magnifican con los viajes de circunnavegación, conquista y colonización de los territorios americanos, africanos y asiáticos. Estos acontecimientos históricos incrementaron los contactos culturales al punto de que no estamos necesariamente ante imposición de culturas, sino de asimilación de culturas. Un ejemplo de ello es que productos eminentemente americanos como la papa, el maíz o el tomate forman parte hoy de la gastronomía mundial.

Los medios de comunicación acabaron por ser los grandes catalizadores de la globalización en los siglos XIX y XX, pues contribuyeron a difundir ideas y acontecimientos desde lugares remotos. La facilidad que brinda Internet para las comunicaciones entre personas de distintas nacionalidades ha permitido que hoy hablemos de «ciudadanos del mundo». Esta avasallante interconexión es lo que hace pensar que la globalización es un fenómeno reciente y de actual desarrollo. Bracho también enfatiza que, aunque la globalización tiende a homogeneizar las culturas del mundo (al estilo norteamericano y europeo), lo cierto es que más bien ha generado el efecto contrario. El autor, citando a Zwingle (1999), comenta que en Shangai el programa Plaza Sésamo, de origen estadounidense, fue rediseñado por los educadores chinos para inculcar sus propios valores y tradiciones; asimismo, Mc Donald’s en la India sirve carne de cordero y ofrece un menú vegetariano aceptable incluso para el hindú más ortodoxo.

En la segunda parte del libro, «Región, regionalismo e integración», el autor expone los parámetros que han determinado, sobre todo desde el siglo XIX, el concepto de región: el territorio y sus recursos naturales; la lengua, la religión e historia comunes. El regionalismo, aunque pretende unificar valores culturales a través de la escuela y los medios de comunicación (los símbolos patrios y naturales, por ejemplo) para así lograr que sus pobladores actúen y piensen de forma similar, no ha impedido que las expresiones particulares de muchas regiones se hagan sentir. Esta particularización no puede interpretarse necesariamente como un acto de rebeldía hacia la universalización, sino que responde a factores geográficos, sociales e históricos que han contribuido a reinterpretar los sentimientos de pertenencia. Un buen ejemplo de ello es el caso de Maracaibo con respecto al resto de Venezuela: citando a Ortega (1984), Bracho explica que la situación geográfica de Maracaibo estimuló su alejamiento del resto del país, lo cual la condujo a relacionarse con el Caribe, los Andes y Colombia. Esto estimuló la tardía incorporación de la ciudad zuliana a la independencia, así como el florecimiento de casas comerciales europeas, el papel del puerto de Maracaibo, el arraigado sentimiento federalista y la explotación petrolera.

En ese sentido, Bracho sostiene que la idea de universalidad no ha dejado de ser un espejismo, porque muchos de sus contenidos no escapan de la especificidad. Tal enaltecimiento de lo particular sobre lo general se lo debemos, según el autor, al posmodernismo.

Por otra parte, se resalta el papel de la regionalización para crear alianzas internacionales en los planos económico y político, bajo la justificación de los vínculos geográficos, históricos, lingüísticos y culturales entre los países involucrados. La Unión Europea, Mercosur, OEA, CAN, ALBA, etc., son evidencias tangibles de este fenómeno. Bracho afirma que estos intentos de integración en Latinoamérica buscan como objetivo la eliminación del subdesarrollo, la sustitución de importaciones y la ampliación de los mercados.

En síntesis, los procesos de globalización, regionalización e integración están estrechamente relacionados, y en cierto modo responden a pragmatismos económicos y políticos que no tienen por qué aniquilar la diversidad cultural de los países. De hecho, la regionalización demuestra que lo particular sirve de sustento para plantear alianzas entre las naciones.