Servicios Personalizados
Revista
Articulo
Indicadores
-
Citado por SciELO -
Accesos
Links relacionados
-
Similares en
SciELO
Compartir
Tiempo y Espacio
versión impresa ISSN 1315-9496
Tiempo y Espacio vol.27 no.68 Caracas dic. 2017
Reflexiones sobre la historia intelectual
Reflections on Intellectual History
Juan Carlos Contreras
Licenciado en Historia (Universidad de Los Andes) Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar) Master en Historia del Mundo Hispánico (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid) Cursante del doctorado en Historia de la Universidad Federal de Goiás, Brasil. E-mail: juancontreras73@gmail.com
Resumen: El presente trabajo tiene la intención de reflexionar sobre las nociones fundamentales de la historia intelectual. Pretendemos ordenar estas ideas iniciales apoyados en los autores que nos han permitido comprender su importancia. De ellos pretendemos resumir los aspectos esenciales que nos han informado sobre la importancia del lenguaje, la relación dialógica entre los grandes textos y sus estudiosos, los planteamientos contextualistas y las críticas que sobre estos temas se han desarrollado. Incluimos referencias a los aportes sustanciales de Hayden White sobre la historia y la narración.
Palabras clave: Historia intelectual, contextualismo, narración e historia.
Abstract: The present work intends to reflect on the fundamental notions of intellectual history. We intend to organize these initial ideas supported by the authors who have allowed us to understand their importance. From them we intend to summarize the essential aspects that have informed us about the importance of language, the dialogical relationship between the great texts and their scholars, the contextualist approaches and the criticisms that have been developed on these topics. We include references to the substantial contributions of Hayden White on history and narration.
Keyword: Intellectual history, contextualism, narration and history.
Recibido: 03-07-2016
Aprobado: 10-04-2017
Reflexiones sobre historia intelectual
Desde ciertos ámbitos y enfoques de la historiografía, en los que hemos participado activamente, la discusión sobre la historia intelectual es inexistente. Tal ignorancia o desconocimiento puede atribuirse a varios factores: la pervivencia de tendencias puramente historicistas, la conformación de espacios de discusión de temas con los grados de especialización que son característicos de las últimas décadas historiográficas o el simple desconocimiento. En el ámbito de la historia colonial, por ejemplo, es evidente que ha ocurrido una renovación, temática y metodológica. Incluso la temática política administrativa se ha nutrido y diversificado por la sedimentación de ideas y autores que, por su peso en el ambiente intelectual occidental, resultan ineludibles y no solo ante las resistencias de la historiografía disciplinar y tradicionalista, sino porque el peso de aquellas otras disciplinas, que estos autores representan, ha conformado una tendencia paradigmática que es imposible ignorar. Peter Burke (1993), señalaba, con un dejo de nostalgia por la vieja historia, que el avance de la antropología, la sociología, la ciencia política se ha convertido en una amenaza que desdibuja la historia tal como muchos la conocíamos y practicábamos. Las amenazas en éste sentido son un terreno fértil para la innovación pero también para la incertidumbre disciplinar, metodológica y paradigmática.
Además, todo el ambiente intelectual del siglo XX, ha experimentado el impulso fundamental de la lingüística cuyo impacto atravesó toda la reflexión en las ciencias sociales y humanas. En este sentido, es innegable que el estudio del lenguaje, de sus consecuencias en los individuos y en la cultura ha sido el espíritu que anima la discusión que se ha renovado constantemente en la historia intelectual.
La Historia Intelectual
En el panorama de historiografía del siglo XX, la historia intelectual representa una especie de reacción frente al predominio de los enfoques estructurales o de la renovación metodológica y temática de las generaciones que se hicieron fuertes en las diversas versiones de la escuela de Annales. De hecho, François Dosse señala que los autores fundamentales de aquella escuela francesa percibieron, tangencialmente, los aspectos significativos de la lingüística, de la hermenéutica y del universo fecundo del análisis de los grandes textos, la intención de los autores y el papel de los lectores. Es decir, «el discurso» y la manera como éste se configura, constituyó un aspecto marginal para gran parte de historiografía contemporánea.
Y esto sucedía, paralelamente, a los grandes aportes de Gastón Bachelard, Georges Canguilhem y Michel Foucault. El asunto es que los postulados de estos autores planteaban, de hecho, una ruptura con el paradigma moderno de la ciencia y por lo tanto insistían en una vía alternativa o más bien subversiva que desafiaba las regularidades pretendidas por el discurso científico convencional. Desde estas posiciones, se entiende que una de las características de la historia de la ciencia es la discontinuidad y la ruptura, de ninguna forma el recorrido lineal y progresivo. Las distintas y muy importantes aportaciones de la revista francesa ignoraron pues, tales pretensiones subversivas y se enfocaron en la renovación temática de la historia política y de los acontecimientos. La historia intelectual encontraría un terreno fértil al otro lado del canal, en lo que se conoce como la escuela de Cambridge. Como señala Dosse (p. 207), la conclusión evidente es que cada época tiene su propia lógica conceptual, su propio discurso que se asienta en todos los órdenes y que afecta todas las esferas de la vida humana incluida la intelectual.
Entonces, la historia intelectual pretende varios asuntos: incorporar al ámbito de la reflexión histórica el enorme impacto de la discusión sobre el lenguaje en el ámbito de la filosofía (Russell, Wittgenstein, Austin) En consecuencia, poner el foco en el análisis de la narrativa y el discurso para de ésta forma reinterpretar el estudio de la historia de las ideas, la influencia de los grandes textos y otorgar nueva centralidad a la política como tema de investigación y análisis. Al final, la historia intelectual pretende destacar la importancia de los aspectos superestructurales con respecto al enorme peso de la discusión sobre las estructuras económicas en la historiografía del siglo XX. En la historia intelectual, se difuminan los límites de la filosofía, política, la epistemología y la historia, tal como se conocía hasta ese momento.
No obstante, y como era lógico esperar en una ambiente intelectual de derrumbe de los «grandes relatos» el camino que recorre la reflexión sobre el lenguaje, la narrativa y el discurso está constituido de senderos fértiles y sugerentes pero sin salidas diáfanas, cómodas o sencillas. De hecho, las diversas rutas que recorre se impugnan unas a las otras, planteando esfuerzos críticos de enormes consecuencias sin que esto signifique la consolidación de paradigmas incuestionables. En este sentido, cobran importancia las críticas que Dominick LaCapra ha señalado sobre los progresos de la historia intelectual y también sobre sus limitaciones.
Las escuelas de la historia intelectual. Francia e Inglaterra
Las diversas posiciones con respecto a la historia intelectual reproducen la misma tendencias de lo que había sido el desarrollo de la filosofía y de la historiografía en el siglo XIX y gran parte del siglo XX: su conformación de acuerdo a los ambientes nacionales, esto no quiere decir que no existan influencias o vasos comunicantes entre autores y tendencias, pero es evidente que la comunidad intelectual occidental sigue conformada de acuerdo a sus lugares de desarrollo e influencias inmediatas.
Superando ésta visión parcelaria es evidente que estas escuelas nacionales están atravesadas por la influencia de las grandes corrientes del siglo pasado y sobre todo por lo que se ha denominado el giro lingüístico. Pretendemos en este apartado destacar los aportes fundamentales de las distintas escuelas que han influido en el desarrollo de la historia intelectual.
Con respecto a la escuela francesa, y como señalábamos, ocurre un panorama contradictorio pues los grandes aportes epistemológicos de figuras intelectuales como Bachelard, Canguilhem y Foucault no encontraron eco en la gran producción historiográfica francesa nucleada en las distintas generaciones de Annales (Dosse, 2007). El objetivo de Foucault, por ejemplo, con respecto a la historia fue buscar las discontinuidades, los vaivenes y los desplazamientos de las prácticas discursivas. Esto significa una crítica contundente a los postulados de la historiografía moderna, a las continuidades, a las causalidades simples. El arqueólogo, que sería su propuesta de reemplazo al historiador, sería de una naturaleza distinta. Mientras el historiador como representante de la lógica discursiva moderna, pretende hilvanar, el arqueólogo pretende deconstruir, derrumbar la noción de continuidad y de progreso.
La base del discurso de Foucault refiere a la lingüística estructural, según Dosse. Deja aparte el sentido y el referente, es decir al sujeto. Este será uno de los temas fundamentales en la discusión de la historia conceptual de Cambridge y uno de los aspectos que generan mayor discusión en el debate que ha ocupado a la historia intelectual. Foucault es tajante en éste sentido, pues señala: No hay significante, ya sea la intencionalidad del locutor, el marco referencial o alguna significación oculta (p. 210). Foucault no analiza el discurso de acuerdo a los métodos lingüísticos descriptivos. No se reduce sólo a la semiótica ni a la hermenéutica. Dosse señala: El discurso en el sentido de Foucault significa al mismo tiempo dimensión estructural y cronológica. (p. 210)
Sin más desarrollo en Francia, el tratamiento de los aspectos fundamentales de la historia intelectual tendrá amplia repercusión en la denominada escuela de Cambridge. Esta escuela también se halla entre la filosofía, la historia, la ciencia política y la lingüística. Se basa en el linguistic turn del segundo Wittgenstein y al contrario de los postulados foucoultianos le asigna un papel fundamental al análisis del contexto y a la lingüística de los enunciados (Dosse, 2007). Otra característica fundamental de la Escuela de Cambridge es que en mayor o menor medida se basa en la semántica histórica, separándose de la genealogía. Es decir, los contextualistas entienden que su análisis solo es posible desde el presente.
La escuela de Cambridge
Las críticas de los principales autores de Cambridge tienen que ver con los dos enfoques predominantes hasta la década de los cincuenta, es decir, las críticas al textualismo y al contextualismo social Tanto para Pocock como para Skinner el punto de inflexión para una nueva manera de entender la metodología en la historia de las ideas fue la obra de Peter Laslett sobre dos autores: Patriarca y John Locke. Sobre Locke el descubrimiento de Laslett fue que el objetivo del inglés era la refutación de la obra de Robert Filmer sobre Patriarca y no una respuesta a las posturas de Thomas Hobbes, como tradicionalmente se había interpretado en los estudios de teoría política. La intención de Locke no podía entenderse si no era tomando en cuenta esa situación, su contexto, sus intenciones, compenetrándose tanto con su mundo contemporáneo como con las inquietudes a las que quería dar respuesta. Señala García Sigman (2013) sobre Skinner: Alcanzar tal conclusión le permitió al historiador británico sostener que resultaba un grave equívoco concebir la historia del pensamiento político como un diálogo entre pensadores canónicos que, en la práctica, sólo posteriormente eran ungidos como tales. (p. 37)
Precisamente, en el tratamiento de lo político pretenderán, tanto Popcok como Skinner, superar las posiciones tradicionales de la historia de las ideas por la importancia que le atribuyen al contexto histórico. La tradición más importante de la historia de las ideas estaba precisamente fundamentada en el tratamiento textualista, de manera casi exclusiva. En este sentido, los principales autores de la escuela de Cambridge se apoyan en los datos filológicos de la época estudiada, en las categorías mentales y culturales del momento. Dosse señala, al respecto: La escuela de Cambridge consiguió poner la filosofía política a prueba de la historia. (p. 214)
Entre los asuntos que criticaba Skinner se encontraban: La ausencia de un análisis del contexto al momento de estudiar una obra. La supuesta coherencia de los autores clásicos y por esto mismo, y a su vez, la supuesta concatenación de ideas de las grandes referencias de la teoría política con respecto a los otros autores que se consideraban canónicos. Es decir, la supuesta existencia de problemas perennes sobre los cuales las obras canónicas debería ofrecer respuestas. El análisis tradicional de la historia de las ideas políticas tenía que ver con la revelación y análisis de cómo los diferentes autores clásicos iban tomando, en una dinámica de superación, dichos problemas perennes y teleológicamente construyendo las bases de la ciencia política moderna. El ejemplo de Laslett indicaba, para Skinner y el resto de los autores de Escuela de Cambridge, que tal forma de interpretación del curso de las ideas políticas era, en esencia, artificial. Y entonces todo tendría que ser revisado y reinterpretado.
Tal revisión y reinterpretación tendría que fundamentarse sobre lo que Skinner cataloga como mitologías (García Sichman, p, 43 y ss.). La primera de ellas sería la mitología de las doctrinas pues de acuerdo a ésta concepción se convierte a cada autor, como ya habíamos señalado, en un teórico de los problemas perennes de la política, incluso forzando afirmaciones dispersas. Skinner identificaba a los seguidores del norteamericano Arthur Lovejoy como particularmente inclinados hacia estas prácticas. Paradójicamente, la escuela norteamericana de Lovejoy apuntaba críticas a los autores canónicos cuando estos no desarrollaban sistemáticamente las ideas relacionadas con los problemas perennes de la disciplina, es decir, cuando el desarrollo del pensamiento no seguía el curso natural establecido por los estudiosos de la disciplina en el presente. El curso de la historia de las ideas se mostraba ambiguo cuando no evolucionaba de acuerdo a lo que desde el presente del estudioso, habría de ser su desarrollo.
Por otra parte, Skinner identifica la mitología de la coherencia, es decir, y siguiendo la lógica de la primera característica: se desechaban las contradicciones, se relativizaban las ambigüedades y las obras menores que atentaran contra la coherencia que ya había sido determinada por el estudioso.
A su vez, Skinner, de acuerdo a lo que refiere, denuncia la mitología de la prolepsis, es decir: las obras canónicas solo adquirían significado como antecedentes del desarrollo de una determinada teoría del conjunto de los problemas perennes de la disciplina. Habría entonces en el curso del pensamiento occidental una especie de teleología de la teoría sobre la modernidad y este sería el principal objetivo a estudiar por parte de los historiadores de estos temas. Lo demás sería descartado (García Sichman, p. 45)
Precisamente, éste último asunto demostraría para Skinner la desviación de enfoque que debería ser superada: la mitología de la coherencia desecha las contradicciones, se relativizaban las ambigüedades y las obras menores que atentaran contra la coherencia que ya había determinada por el estudioso.
Si estas eran las principales críticas al textualismo, Skinner también tendría sus diferencias con respecto a lo que denominó contextualismo social pues rechazaba las posturas que privilegiaban los contextos sociales antes que los lingüísticos. El enfoque contextualista convertía a las ideas en epifenómenos subordinados a las condiciones materiales Dicha posición generaba un problema intrínseco: era imposible entender el surgimiento de ideas que atentaban contra el contexto y que lo subvertían. (García Sigman, p. 42)
Ante las críticas formuladas al ambiente historiográfico precedente, la escuela de Cambridge y Skinner en particular, pretenden la incorporación de las ideas de R. G. Collingwood, L. Wittgenstein, J. Austin.
Los aportes de Collingwood para Skinner se basaron en el rechazo de la idea de los problemas perennes y más bien en lo circunstancial y contingente de las interrogantes que se plantean. El término usado es el de radical contingencia. En segundo lugar, le debe a Collingwood la postura de las preguntas y respuestas y entonces la suposición que cada tesis es la respuesta a una pregunta. En tercer lugar, que la comprensión de un texto solo puede lograrse a través del conocimiento de las intenciones del autor. No obstante, estuvo en contra de la propuesta de Collingwood de repensar las ideas del autor. (García Sigman, p. 45)
Si los aportes de Collingwood son importantes, los de Wittgenstein son fundamentales en cuanto al análisis de los usos del lenguaje. Se rescata la noción acerca de que el significado debería dirigirse hacia el uso. De Austin, se incorpora la noción que los usos de las palabras deben entenderse en cuanto a las intenciones que las originaron, es decir, los actos ilocucionarios. La intención, para Skinner, a partir de Wittgenstein y Austin, es fundamental para entender el significado. Pocock se suma a la metodología que propone Skinner cuando señala que en los autores clásicos de las ideas políticas hay que descubrir hacia donde apunta su discurso que a su vez, sería su acción. El contexto lingüístico es la clave para analizar las intenciones de los autores al comunicar sus ideas. (Rabasa, 2011, p. 169)
El uso de los nuevos postulados que se denominarían de contextualismo intelectual se aplicaría al redescubrimiento y relectura de autores sobre los cuales parecía imposible reinterpretar algo más. Pocock y Skinner trabajarían en una nueva mirada que atiende al contexto y a la certeza sobre la posibilidad de interpretar las intenciones de los autores. Para Pocock, por ejemplo, el surgimiento de la política moderna ocurriría a partir del «momento maquiavélico» y este momento no significa otra cosa que el enfoque del sujeto político independiente de la fortuna y de esta forma convierte a Maquiavelo en el precursor del pensamiento político de la Edad Moderna. Pero continuidad y ruptura se reinterpretan de formas novedosas, las valoraciones sobre Locke y Hobbes apuntan a rescatar en ellos los factores que los vinculan con la tradición y al igual que con Maquiavelo, tanto Pocock como Skinner, pretenden también rescatar la continuidad de la tradición greco latina redescubierta al final del medioevo.
Más importante quizás, que la reinterpretación de los «clásicos», es la forma como llevan a cabo esta labor. De hecho, en las propuestas metodológicas hay importantes diferencias. Para Pocock el mundo está delimitado por el lenguaje y los significados, entendiendo que el historiador puede llegar a comprender las ideas de un tiempo que no es el suyo: «El paradigma de sentido se encuentra en un determinado paradigma del lenguaje» (Dosse, p. 216). Skinner, según Dosse atribuye una intencionalidad mayor a sus actores. Además, es: «más sensible a la dimensión ética propia del trabajo del actor/autor que se supone confía al historiador la capacidad de comprender lo que se habla» (p. 216) «Con Pocock nos situamos en el contexto de la lengua, mientras que con Skinner concedemos el privilegio a la palabra y por eso a las condiciones de enunciado e intención» (p. 216)
Skinner rechaza el determinismo sociológico, la biografía intelectual, la genealogía de los conceptos y el constructivismo. A su vez: «Pretende privilegiar lo que el texto significa en el momento que es enunciado... Por lo tanto, el historiador tiene que trasladarse al interior del universo de significados del autor para encontrar lo que le producía sentido a él» (Dosse, p. 222). Para saber que quiere decir el autor cuando su expresión no es diáfana hay que restituir históricamente el contexto para develar lo que no está dicho. Según Dosse, Skinner, más que el externalismo contextual y el internalismo textual lo que pretende es la interpretación en sí misma y para ello es necesario el estudio de las categorías mentales del pasado.
Las críticas al enfoque de Cambridge tienen que ver precisamente con la sustancia filosófica y politológica de los textos estudiados. Los filósofos e historiadores de las ideas acusan a los contextualistas de querer desdibujar los conceptos propios de su disciplina y de un exceso reduccionista. En otras palabras, de un enfoque historicista o de negación de la esencia filosófica. No obstante, es evidente que el contexto histórico, para la lectura e interpretación de las grandes obras, hace más difícil la lectura anacrónica. Cambridge representó para los historiadores un campo fecundo de investigación con el uso de nuevas perspectivas de análisis.
Las críticas de Dominick LaCapra sobre la Historia Intelectual
Encontramos que el esfuerzo crítico de LaCapra tiene mucho que ver con el desarrollo de la vertiente contextualista y conceptual de los historiadores de Cambridge. No obstante, es preciso señalar que las posiciones de LaCapra, minuciosas y muy sugerentes, abarcan un panorama mucho más general. Allí, están retratadas muchas de las contradicciones que evidenciaba la historia intelectual y que se manifestaban ya en la década de 1970. En primer lugar, la incapacidad de diferenciarse de la historia social de las ideas, e incluso, del papel de preliminar en las biografías de los grandes personajes de la historia de las ideas. LaCapra pretende ir más allá de las diferencias establecidas entre internalistas y contextualistas que se manifestaron en autores como Lovejoy y Merle Curti.
Entre los problemas que LaCapra identifica para estas posturas limitadas tenemos dos fundamentales: la concepción documentaria por no decir positivista e historicista de la historia intelectual. El otro asunto capital es el de relación dialógica entre el historiador y el texto. Al respecto señala: ...es significativa la manera en que el enfoque con que el historiador aborda el objeto de estudio está informado o influido por las concepciones de otros historiadores o hablantes. (p. 240) En este sentido, en la relación entre el lenguaje y el mundo LaCapra reconoce que debe su posición a los aportes de Hayden White, autor de cuya contribución fundamental nos ocuparemos más adelante.
Entre los múltiples asuntos que aborda LaCapra en relación a las críticas sobre la historia intelectual se encuentra lo que él llama las trampas del contexto y en éste sentido los autores de la escuela de Cambridge se convierten en el objeto de análisis. Son seis los asuntos problemáticos sobre los que pretende llamar la atención: 1) Las relaciones entre las intenciones del autor y el texto 2) La relación entre la vida del autor y el texto 3) La relación de la sociedad con los textos 4) La relación de la cultura con los textos 5) La relación del texto con el corpus de un escritor y 6) La relación entre los modos del discurso y los textos. Sobre todos estos aspectos La Capra pretende cuestionar las aparentes certezas que la historia intelectual había alcanzado y que según su opinión han estancado su desarrollo.
Con respecto a las intenciones de los autores La Capra critica directamente uno de los aspectos más significativos de las posiciones de Skinner, quien señalaba precisamente, su confianza en la posibilidad de interpretar a los autores y sus intenciones. La Capra (1998) pretende problematizar el asunto y al respecto señala que las intenciones de un autor pueden ser inciertas y ambivalentes y nunca deben tomarse sin el debido contraste, sin el debido procedimiento crítico. Debe sustituirse lo documentario por lo dialógico: La cuestión es hacer todo lo que esté en nuestras manos, no para evitar la argumentación sino para lograr hacerla, hasta donde sea posible, lo más informada, vital y abierta de manera no dogmática a la contraargumentación (p. 255) LaCapra insiste en que las intenciones del autor no pueden, de ninguna manera, ser la única fuente de interpretación de su obra.
La relación de la vida del autor con su obra, es otro de los ejemplos en los cuales la aparente solución puede ser un problema. La vida del autor y su obra pueden impugnarse mutuamente o manifestarse en abiertas contradicciones. Además, la psicobiografía puede ser más representativa del biógrafo que del biografíado y en éste sentido se convierte en otro de los ejemplos en los cuales quien hace el esfuerzo crítico debe entender la relación dialógica efectiva con el objeto de estudio. La vida del autor de las obras clásicas puede ser compleja y evidentemente con muchas variables a tener en cuenta, por ello, es preciso entender que los estudios enfocados en la biografía de los autores pueden derivar en reduccionismos que limitan la verdadera comprensión de los autores y sus textos.
La relación de la sociedad y los textos constituye para LaCapra un punto de abundante y de densa discusión. Al respecto se pregunta: ¿de qué forma un texto representa el discurso o la ideología de la sociedad? ¿ el texto es representación o mero reflejo? Al mismo tiempo, el texto se puede convertir en una amenaza con respecto al discurso dominante, en un elemento cuestionador, cuya influencia en la sociedad en la que se inscribe puede ser un punto de inflexión, de ruptura. Con respecto a las obras de arte La Capra señala: ...la cuestión es hasta que medida el arte cumple la función escapista de la compensación imaginaria de los defectos de la realidad empírica y en que otra medida la función contestataria de cuestionar lo empiríco de una manera que tenga implicaciones más generales para el desarrollo de la vida (p. 263) Además LaCapra advierte sobre las deudas que, inevitablemente, se acumulan sobre las obras canónicas cuando se tienen conceptos fuertemente establecidos y sedimentados. Para deslastrarse de tales interpretaciones es necesario, primero, estar conscientes del peso de su existencia e importancia.
La relación de la cultura con los textos. LaCapra señala que hasta ahora la historia intelectual se ha enfocado en la circulación de las grandes obras entre los miembros de las clases privilegiadas. También con respecto a los intentos de traducir el discurso complejo para públicos menos ilustrados y como, tal operación, requería transformar y seleccionar tales obras. Esos serían los procedimientos del enfoque documentario. LaCapra, en contraste, insiste en el enfoque dialógico, es decir: ...estimular al lector a responder críticamente a la interpretación que ofrece a través de su propia lectura o relectura de los textos primarios (p. 267)
Con respecto a la relación de un texto con el corpus de un escritor LaCapra señala tres tipos de casos 1) la continuidad entre textos, lo que implicaría un desarrollo lineal 2) la discontinuidad entre textos, lo que evidenciaría cambios e incluso rupturas entre etapas y períodos y por último la síntesis dialéctica. Con respecto entre los modos del discurso y el texto LaCapra sigue los aportes de Hayden White sobre los tropos, señalando que, aunque los autores no inventan ficciones como la literatura: ...en otros niveles los historiadores se valen de ficciones heurísticas, elementos contrafácticos y modelos para orientar su investigación de los hechos (p. 278)
La principal pretensión de LaCapra es que quedase de manifiesto que la posibilidad de desarrollo de la historia intelectual tendrá que ver con el abandono de lo que llama la concepción documentaria de la historia y que en el caso del tema específico de lo intelectual se vuelve todavía más contraproducente.
La historia como ficción según Hayden White
Dedicaremos los últimos párrafos de éste trabajo a las ideas de Hayden White, que sirve como referencia principal a LaCapra para dar centralidad al asunto del lenguaje y del historiador y que por su importancia merece un tratamiento aparte. Las propuestas de White destacan la enorme importancia del lenguaje, ya no solo para la parcela de lo intelectual, sino para la comprensión de la conformación del discurso histórico y más importante aún para la forma como hacemos cognoscible lo acontecido.
Las tesis central de White, según Miguel Ángel Cabrera es que: ...la relación entre el historiador y la realidad está lingüísticamente mediada (p.6) Y en sus relaciones con el lenguaje el historiador no usa un instrumento neutro y literal sino una herramienta ineludible que ya de hecho se convierte en un factor estructurante de la comprensión del mundo. A su vez, de cómo el mundo es expresado.
Lo que White llama trama es la forma como los hechos son acomodados para ser narrados, pues los hechos tal como ocurren no se encuentran ordenados en relaciones causales. Es una manera de familiarizar los hechos con las formas existentes (retóricas) en las que se expresa lo acontecido La significación de los hechos es una operación del historiador. Siguiendo a Cabrera en sus conceptos sobre White señala: ...la historia tiene un componente ficcional, en el sentido que somete a los acontecimientos históricos a una operación de composición con el fin de dotarlos de unos significados que estos por si mismos no poseen (p. 129)
Como la historia no se trata de la simple acumulación de hechos para la conformación de anales o crónicas sino de la elaboración de un discurso basado en la narración y en la explicación y allí ocurre una construcción figurativa. Tales construcciones retóricas, los tropos, representarían los modelos con los cuales el discurso es expresado. Los tropos serían la metáfora, la metonimia, sinécdoque y la ironía.
Las ideas de White comprometen la concepción tradicional de conocimiento histórico científico equiparando a la historia con la literatura, con el arte. En este sentido Cabrera señala: ...no es posible hablar ni de verdad histórica, ni de avance de conocimiento, concebidos respectivamente, al modo convencional, como correspondencia con la realidad y como movimiento de ajuste progresivo entre historia y objetividad. Pues, para White, la relación entre las interpretaciones no es vertical (unas interpretaciones desplazan a las otras) sino horizontalmente diferentes interpretaciones conviven y poseen valor cognoscitivo similar (p. 131-32)
Cabrera señala que, no obstante, las críticas de autores como Roger Chartier y Arnaldo Momigliano, las tesis de White hacen imposible volver a la situación epistemológica anterior. A pesar que entiende el lenguaje como un asunto universal y no como un producto histórico concreto desde una concepción eminentemente estructuralista, es imposible negar que la discusión surgida a través de Metahistoria confirmó la centralidad del asunto lingüístico y reforzó el ambiente de deconstrucción del discurso histórico- historiográfico moderno.
En éste sentido nos encontramos con muchas certezas ¿cómo desconocer la importancia de la evaluación del contexto a la hora de estudiar un determinado autor y su obra? ¿cómo desconocer los resultados del reimpulso de la historia política? Al mismo tiempo y tomando en cuenta la interpretación narrativista de la historia ¿cómo desconocer la vigencia de las tesis de White cuando, a pesar de los cuestionamientos sigue siendo una postura paradigmática? Y lo es a pesar de constituir una especie de agravio a la posibilidad de una construcción histórica científica. Si nuestra forma de interpretar los hechos está condicionada por la existencia de modos de discurso y por la estructuración narrativa ¿cómo no estar atentos a estos asuntos?
Fuentes
1. BURKE, P (1993) La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales 1929-1989. Barcelona: Editorial Gedisa. [ Links ]
2. CABRERA, M. A. (2005) Hayden White y la teoría del conocimiento histórico. Una aproximación crítica Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 4, pp. 117-146. [ Links ]
3. GARCIA SIGMAN, L. I.(2013) Quentin Skinner en los inicios de su trayectoria intelectual: su visión de la historia de las ideas. Historiografías, 6 (Julio-Diciembre,): pp.32-52. [ Links ]
4. DOSSE, F. (2007) La marcha de las ideas. Historia de los intelectuales. Historia Intelectual. Valencia: Universitat de Valencia. [ Links ]
5. LACAPRA, D. (1998) Repensar la historia intelectual y leer textos. En: PALTI, Elías José. Giro lingüístico e historia intelectual. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, pp. 237-293. [ Links ]
6. RABASA GAMBOA, Emilio (2011) La Escuela de Cambridge: Historia del Pensamiento Político. Una búsqueda metodológica. En-claves del Pensamiento, vol. V, núm. 9, (enero-junio) pp. 157-180. [ Links ]












