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Revista Venezolana de Estudios de la Mujer

versión impresa ISSN 1316-3701

Revista Venezolana de Estudios de la Mujer v.13 n.31 Caracas dic. 2008

 

Una mirada en soledad en torno a la vida de una profesora universitaria de finales del siglo xx y de una joven editora del siglo xix. Personajes principales de la novela solitaria solidaria (1999) de laura antillano.

Isabel Zerpa

Escuela de Educación Universidad Central de Venezuela. Venezuela.

Resumen

Las palabras que presentaré a continuación, cobran sentido en la medida en que me identifico con las experiencias y con las personalidades de las protagonistas de la novela Solitaria Solidaria (1999), de Laura Antillano. Leerla me ha permitido establecer una comunicación muy especial con Zulay Montero y con Leonora Armundeloy, de quienes me he sentido muy cercana, como mujer y como profesora universitaria. La lectura de esta novela ha propiciado un espacio para desarrollar un proceso de introspección que me conecta con las preguntas que alguna vez yo me he hecho, como profesora universitaria, en torno al sentido de la docencia y sus alcances en la actualidad. Interrogantes similares, se plantea Zulay Montero –a finales del siglo XX– , a través de un relato intimista, donde se presentan sus reflexiones, ensimismamientos y los diálogos que establece con sus colegas, hombres y mujeres, con quienes comparte inquietudes humanas, sociales, políticas y educativas. El análisis de la novela se ha realizado en base a los comentarios establecidos en torno a la búsqueda de los personajes femeninos principales de la novela, presentando citas textuales de los diarios y cartas de Leonora Armundeloy y de las descripciones, diálogos y reflexiones de Zulay Montero. Se hace un análisis general de las experiencias de vida de los personajes, haciendo hincapié en la soledad y el sentido que se le atribuye en los momentos históricos que vive cada una de estas dos mujeres. Se aborda el aporte especial de la novela en torno a la experiencia de la docencia universitaria y la participación de la mujer.

Palabras clave: soledad, literatura y vida, educación universitaria, intrahistoria.

Abstract

The words I shall present now make full sense whereas I identify myself with the experiences and personalities of the novel Solitaria Solidaria (1999), written by Laura antillano. Reading it has let me to set a very special communication with Zulay Montero and Leonora Armundeloy, with whom I felt quite close, both as a woman and as a university professor.

Reading this novel has allowed me a space to develop an introspective process which is able to connect me to the questions I put myself sometimes, as a university professor, about the meaning of teaching and its scope nowadays. Similar questions are put by Zulay Montero —late 20th century—, through an intimate story, wherein her reflections and self-absorptions are presented, as well as the dialogues she maintains with her fellows, men and women, with whom she shares human, social, political and educational concerns. The novel analysis discerns from the comments set around the search performed by main female characters of the text, depicting quotations from Leonora Armundeloy’s diaries and letters, and Zulay Montero’s descriptions, dialogues and reflections. A general analysis is made on characters’ life, focusing upon the loneliness and the respective meaning attributed during the respective historic moments lived by both women. It is also studied the special contribution of the novel concerning the experience given by university teaching and woman participation.

Key words: Loneliness, Literature and life, University teaching, Intra-history.

Recibido: 13 de octubre  Arbitrado: 21 de octubre

"En uno de los viajes que hemos hecho a Mérida en avión, para visitar a la abuela, una señora que iba sentada junto a mi mamá y a Teresa, le preguntó a mi hermana: -¿Qué quieres ser cuando seas grande?

- Yo misma – contestó ella-

- ¿Quién mas voy a ser pues?... "

Teresa. Armando José Sequera

A manera de preámbulo o en la búsqueda de sentido

En el infinito universo de las ficciones del yo, construimos y deconstruimos nuestra intimidad. En ese mismo universo, habitan nuestras búsquedas y, en él, construimos diferentes caminos para escudriñar en el sentido de la vida, para reafirmarnos o negarnos, para hacer sentir nuestra voz, para ser nosotros o nosotras mismas. Esta búsqueda de sentido, este camino a recorrer, forma parte de la experiencia educativa; desde la experiencia de nuestro propio hogar, pasando por el conjunto de interrelaciones que vamos estableciendo en nuestra existencia, en los trayectos que recorremos, en lo que algunos autores denominan “educación permanente”:

(…) lejos de limitarse al período de escolaridad, debe abarcar todas las dimensiones de la vida, todas las ramas del saber y todos los conocimientos prácticos que puedan adquirirse por todos los medios y contribuir a todas las formas de desarrollo de la personalidad. Los procesos educativos que siguen a lo largo de la vida los niños, los jóvenes y los adultos, cualquiera que sea su forma, deben considerarse como un todo (…) (Badesa, 1998:67)

Así también, existen los caminos que transitamos día a día, que otros autores llaman “educación informal”, concebida como la educación que todos recibimos por ósmosis al vivir en sociedad, en la que cada momento de la vida nos enseña algo (Coombs, 1975). En este proceso, que dura toda la vida, vamos conformando nuestra visión del mundo, vamos integrando nuestras creencias y nuestras costumbres, nuestros intereses e inquietudes. En la educación informal, los seres humanos adquieren y acumulan conocimientos, habilidades, experiencias, en relación con el contexto, con el medio ambiente. Como diría Paulo Freire (1998), “los seres humanos no se educan solos, se educan en comunión, mediatizados por la realidad”.

Las reflexiones que siguen a continuación están centradas en las experiencias vividas en el entorno de la ficción literaria, pero muy vinculadas con esos caminos recorridos, con ese aprendizaje de toda la vida y, como en casi toda la literatura, esta ficción está muy vinculada con la realidad; con esa realidad que mediatiza la experiencia educativa. En este sentido, trataremos de establecer algunas relaciones entre género, literatura y educación, a partir del análisis de dos personajes femeninos de una novela, quienes viven en siglos diferentes, pero que están igualmente inmersas en una experiencia educativa, marcada por ese aprendizaje significativo que nos proporciona la vida cotidianamente y, en este caso particular, hermanadas en la soledad que les acompaña y en la “sororidad” que asumen y promueven, en espacios y tiempos diferentes y en su condición de ser, cada una, una mujer en búsqueda del sentido de su propia existencia.

Zulay y Leonora, traslúcidas en el Kaleidoscopio

Zulay Montero y Leonora Armundeloy, personajes principales de la novela Solitaria Solidaria de Laura Antillano, establecen esta búsqueda en momentos históricos diferentes, pero cercanas en la soledad; soledad buscada por ellas mismas en los momentos de interiorización, e impuesta socioculturalmente en muchos momentos, cuando no pueden hacer sentir su voz y su presencia en los ámbitos históricos en donde les toca vivir.

En esta novela, la autora narra las historias de dos mujeres: la de Zulay Montero, profesora de historia en la Universidad de Carabobo, durante las últimas décadas del siglo XX y la historia de Leonora Armundeloy, una mujer de la segunda mitad del siglo XIX, joven editora que rompe los paradigmas femeninos de su época y cuyos diarios y cartas encuentra Zulay, accidentalmente, en una biblioteca.

Como lo expresa Luz Marina Rivas (2001), en el prólogo, podría decirse que Solitaria Solidaria es una novela histórica, donde se incorporan datos importantes de dos épocas: "(…) pues recrea la segunda mitad del siglo XIX venezolano. Hechos importantes como la caída y el nuevo auge del dictador, la presencia de José Martí en Venezuela, el despojo de la Guayana Esequiba, se recrean en la vida de Leonora. La especial amistad de ésta con figuras como Cecilio Acosta, la aparición de la orquesta de mujeres de El bello sexo, que tiene un referente histórico, el proceso de urbanización de Maracaibo o Caracas, refuerzan la conciencia histórica de este texto (…)" (2001:11).

Por otra parte, aparecen referentes históricos y socioculturales vinculados con la vida de Zulay Montero, quien vive en la última década del siglo XX y, después de separarse de su esposo, se traslada desde el estado Zulia a la ciudad de Valencia, donde fija su residencia y se incorpora como profesora en la Universidad de Carabobo. En el entorno de la vida de Zulay, encontramos datos históricos como el auge de la Teología de la Liberación y la participación de los sacerdotes y seglares venezolanos en este proceso, la crisis económica de los ochenta, la tragedia de El Limón, en el estado Aragua en el año 1987, los disturbios estudiantiles de la época en las universidades venezolanas, la participación de los encapuchados en estos disturbios estudiantiles, la visita de Nelson Mandela a la Universidad de Carabobo; los movimientos culturales de los estados Carabobo y Aragua, el nacimiento de las casas de la mujer, las acciones desarrolladas por la Casa de la Mujer en Maracay, el momento de furor por Jhony Cecotto, motociclista venezolano y campeón mundial, la muerte de John Lenon, la cotidianidad de los enfermos del Hospital Psiquiátrico de Bárbula y su presencia en algunos espacios en los alrededores de la Universidad.

Conocemos los acontecimientos y personajes históricos a través del discurso de la intimidad, del universo ficcional presentado por la autora en el acontecer de las vidas de Zulay y de Leonora, donde la cotidianidad y los personajes anónimos cobran vida en el relato. La autora nos pone en contacto con estos acontecimientos a través de un discurso íntimo, trabajado en una singular prosa poética, reflejado en las cartas y diarios de Leonora y en los diálogos, en las reflexiones y descripciones exhaustivas de Zulay. Recursos que crean un espacio de interiorización muy particular en el desarrollo de esta obra literaria. Aspectos que se unen a las realidades y acontecimientos importantes de cada momento histórico vivido por las protagonistas de la novela, lo que la convierte en una novela intrahistórica, donde ambos personajes, aunque viven momentos históricos diferentes, logran encontrarse como en una experiencia caleidoscópica, a través de pequeños espejos donde se cruzan emociones, intereses y episodios de la vida de cada una de ellas y donde, en alguna oportunidad, sin conocerse, una sueña con estar en el lugar de la otra.

…)Soñé, querido Sergio, que no era más Leonora Armundeloy y con dieciocho años, en febrero de 1879, sino una mujer del Siglo XX. Así como lo oyes. Y para entonces, Carabobo, tendría una universidad muy grande que además dejaría ingresar a ella, libremente a las mujeres, y podríamos hasta ser profesoras. ¿Qué te parece?..." Pues, en mi sueño, yo era una mujer del Siglo XX y ya quizás no sufriría la diferencia: esta afrenta tan grande de ser distinta a la norma1… Recibe un beso, primo, y déjame continuar viviendo el estado plácido de la ensoñación.

Tu Leonora. (75)

Por su parte, Zulay guarda, como un preciado tesoro, los diarios y las cartas de Leonora, tal como si el abordarlos o el leerlos en soledad, se convirtiera en una especie de ritual, donde ella se encuentra consigo misma. Podríamos decir que Zulay es tocada por la historia de Leonora Armundeloy –la joven editora del siglo XIX– y podríamos decir también que la soledad de Leonora invade la soledad de Zulay –la joven profesora universitaria de finales del siglo XX– quien busca transformar su vida en un nuevo espacio geográfico y afectivo, después de separarse de su esposo y luego de partir de su ciudad natal, donde ha permanecido la mayor parte de su vida. Zulay entra en la vida de Leonora sin su permiso y Leonora se instala cómodamente en su vida, tocando su propia intimidad, su sentir como mujer, como ciudadana, como investigadora y como profesora universitaria en el área de historia.

Vamos conociendo la vida de Zulay, paralelamente a la historia de Leonora. Historias que conocemos en un cálido e íntimo ritmo narrativo, expresado a partir de los diarios y cartas escritos por Leonora, donde podemos conocer sus sueños, su vida familiar, sus afectos, sus angustias, sus frustraciones amorosas, su vida como editora y sus luchas sindicales. En estos diarios y cartas, también podemos conocer las opciones que progresivamente va tomando Leonora en su vida, como una mujer muy adelantada a su época y, en consecuencia, incomprendida y discriminada.

A pesar de tener personalidades diferentes, son muchos los aspectos comunes existentes entre ellas. Aunque Leonora es una joven extrovertida y Zulay, más bien un poco tímida y observadora de todo lo que acontece a su alrededor, ambas comparten gustos por los místicos españoles. Un ejemplo de este interés lo apreciamos en la visita que hacen Leonora y José Martí a don Cecilio Acosta:

(…)Don Cecilio me ve observar encima de la mesa un ejemplar encuadernado en rojo.

¿Lees a los poetas místicos? - me pregunta.

Lo miro desconcertada, tímida, sin sentirme capaz de elaborar respuestas. Él toma el libro y lee para mí:

Solo la confianza

Vivo de que he de morir

Porque muriendo el vivir

Me asegura mi esperanza;

Muerte do vivir se alcanza,

no te tardes que te espero,

Que muero porque no muero"

El verso queda impreso en la tranquilidad de la tarde, en el aire suavecito que entra por la ventana, y José Martí

desde su asiento, después de una pausa en que todos guardamos silencio, le responde:

"Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero

que muero porque no muero"… Santa Teresa de Jesús…

La noble y serena Teresita… le dice Don Cecilio (…) (126)

Zulay, por su lado, establece una relación poética y soñadora con San Juan de la Cruz, en medio de ese proceso de búsqueda y de acercamiento a Leonora, tal como se lo comenta a su amiga Eulalia:

(…)La noche viene sobre el balcón y las amigas sienten la posibilidad de tocar las estrellas; a estas alturas han preparado una jarra de Caipiriña que toman pausadamente…

Sabes que una vez se me apareció Fray Luis de León…

Eulalia ríe - No te rías es verdad, con frecuencia se me aparece y me dice cosas al oído.

¡Continúa!..

Bueno, una de esas veces me señaló un lucero en el cielo, creo que es aquel… ¿lo ves?.. está como aparte de los otros y brilla más.

¿Aquél?

Sí, ese. Me dijo que pensara en Leonora como si fuese ese lucero, porque verdaderamente, yo no la iba a encontrar sino como ya la tengo: en sus cartas, en sus diarios

Por qué… ¿Por qué te interesa tanto localizar su tumba?

Pues no lo sé, Eulalia. Es una necesidad como de conectarme con algo físico de ella, aunque podría decirse que casi la he visto con la verdad de sus palabras (…) (347)

Otra experiencia común en la vida de estas dos mujeres, es la ausencia de la madre. En el caso de Leonora, su madre muere cuando era niña y la madre de Zulay vive en el extranjero. Ambas mujeres están muy cercanas a la figura paterna. Es el padre de Zulay quien le plantea la posibilidad de trasladarse a Valencia y optar por un cargo como profesora en la Universidad de Carabobo y quien la apoya en la búsqueda de una vida diferente, en la necesidad de tomar otros rumbos:

(…)Zulay vivía entonces la zozobra calcinante de su divorcio; el padre, eterno compañero de sus acciones audaces, había sido capaz de mantenerse solidario a ella una vez más, a pesar de que no compartía ningún afán de ideas renovadoras en cuanto a pareja u orden de vida. El presintió en Zulay una melancolía desconocida y la atribuyó a la situación de su matrimonio Ella, en aras de complacer al marido, había cercenado dentro de sí, todo entusiasmo y curiosidad por el mundo, que, él siendo su padre, conociéndola día a día desde su nacimiento, había considerado dones innatos … Ella había despertado de nuevo… Padre e hija se comunicaban sin mayores dificultades: una sonrisa, un gesto, una palabra suelta, el roce de una mano (…) (230)

En el caso de Leonora, es hija única de un padre amoroso y comprensivo, con quien comparte el oficio de editora, en su imprenta de Puerto Cabello. Este padre es un librepensador. Alejado de la figura del patriarca autoritario, educa a su hija, discute con ella de política y le permite acceder a la biblioteca.

En cuanto a la relación que establecen con su género, ambas son mujeres Artemisa, en sus respectivas épocas. Están muy cercanas en el sentimiento de sororidad que manifiestan con las mujeres de su entorno. Según Shinoda (1993), las mujeres Artemisa tienen un sentimiento de compañerismo con otras mujeres. Al igual que la misma Diosa, que se rodeó de compañeras ninfas, las mujeres Artemisa suelen considerar su amistad con otras mujeres como algo muy importante y, por naturaleza, las mujeres Artemisa tienen inclinaciones feministas, porque las causas adoptadas por las feministas tocan una cuerda interna de su responsabilidad.

Zulay Montero expresa esta sororidad en el ambiente universitario, con sus compañeras de trabajo, con sus amigas profesoras, con Eulalia su amiga defensora de los derechos de la mujer y di-rectora de la Casa de la Mujer, quien pierde su casa en la tragedia de El Limón, en el estado Aragua, con la profesora González, en quien reconoce una gran educadora y a quien profesa cariño, admiración y respeto, con Florencia, compañera de vida de Icaro, el amigo que muere en extrañas circunstancias.

En el caso de Leonora, este sentimiento de hermandad puede apreciarse en la relación que establece con las mujeres de su familia, con sus abuelas, con sus primas, con su amiga Sonia, perteneciente a la Orquesta “El Bello Sexo Artístico”. Así mismo, se presenta como defensora apasionada por las injusticias que se cometen con sus jóvenes primas, por personas de su mismo sexo, dentro su entorno familiar, como ocurre cuando su prima menor es obligada a convertirse en monja y, en relación, Leonora le escribe a su primo Sergio, lo siguiente:

(…)No sé cómo puedo escribirte una palabra de afecto cuando soy absolutamente presa de la indignación… Siempre me he preguntado hasta dónde llegarán los abusos de tu amantísima madre, con relación a la actitud infame y persecutoria que ejerce sobre tu hermanita, mi querida prima Canstancia… Ha llegado la gota que rebosó el vaso: ¡la envía al convento! Quisiera saber qué tienes qué decir a esto, mi librepensador. Tú que tanta alharaca haces de de las posibilidades infinitas que ha hecho posible el ilustre para la apertura mental de la población del país! Creo, en inicial instancia, que lo que la tía Concepción está mancillando es justamente el respeto a la vocación religiosa … Creo que lo que sucede aparte de ofensivo, es triste: se trata de esconderse detrás de una falsa actitud beatísima, usándola como escudo para sentimientos de recelo y envidia ,que ni el mismo Mefistófeles sería capaz de alimentar(...) (72).

Ambas, en su momento histórico, comparten la pasión por la transformación del entorno social y el compromiso por las causas justas. Zulay, como profesora, se incorpora a diversos procesos de luchas en la vida universitaria:

(…)Zulay se integra, participa. Son las primeras elecciones de autoridades universitarias en que lo hace y vive el orgullo de la novedad. Cree en el grupo, en el proyecto académico, en la posibilidad de tomar las riendas y hacer funcionar lo infuncionable. Participa en asambleas, como en reuniones de petit– comité, y no está sola en esto: con ella va el cura Manuel, Luis, sus amigos (…) (179)

(…)Zulay trabaja incansablemente; hay que hacer listas de posibles aliados al proyecto…preparar eventos, conversar con los estudiantes, con los empleados, con los obreros… Hay que estudiar imagen, diseñar políticas estratégicas para seducir votantes (…) (180).

Leonora, en el siglo XIX, en circunstancias más adversas, en cuanto a las actitudes discriminatorias hacia la mujer, toma las riendas de la lucha sindical:

(…)Desde hace algunos meses estamos frecuentando la sastrería de Teodoro Pìnillas, y es que allí se reúne la “Sociedad de Libres Pensadores”. Así, entre mesones, cintas de medir, tizas para trazar patrones de trajes… se conversan las nuevas ideas y se conocen los representantes de los gremios obreros y artesanales más importantes de la capital; barberos y tipógrafos, tabacaleros y ferroviarios, impresores y carpinteros, se encuentran para enfrentar los problemas y contarse sus cuitas. Vale decir: contarnos, porque yo misma me he vuelto muy versada en la materia. … Oculto mis actividades sindicales al señor Alfredo Janh, porque no sé cómo lo tomaría (…) (304-305).

Igualmente, tanto en la vida de Leonora, como en la vida de Zulay, se evidencia la importancia de algunas expresiones de la cultura de tradición oral venezolana, como la celebración de la navidad y sus rituales familiares. La celebración de los Pastores de San Joaquín y la visita de esta agrupación a la familia de Leonora, el 24 de diciembre, la celebración de la fiesta de San Juan, la preparación de la dulcería criolla, entre otras expresiones que constituyen parte de un marco de referencia significativo, y que nos permiten ubicarnos en el contexto sociocultural de ambas mujeres, ya que la autora los presenta, más allá de la descripción de estas celebraciones, como espacios importantes en el fluir interior, en el desarrollo psicológico de los personajes, como lo observamos en muchos momentos en los diarios escritos por Leonora:

(…)Hoy es 24 de Diciembre. Nos preparamos para la víspera de Navidad. Me levanté llena de esa extraña fascinación que produce en mí, la luz tamizada de San Esteban, entrando por la ventana de mi cuarto, en esta casa de los primos Roget, muy de madrugada, cuando lejanamente se confunde el trinar de los pájaros con un veintencito que sopla y ese movimiento de suave ondulación de las aguas marinas, que nunca estoy segura si es producto de mi imaginación, o sí, efectivamente, el hueco entre las montañas permite que él llegue hasta estos parajes… Aquí la vida es bella, y nada como levantarse y recoger ciruelas de huesito para preparar mermelada; y ver la risa de mi prima, medio alocada siempre… con papá, arbolario, sutil y humorístico, contándonos del color, la profusión de indumentarias variadas, de los gestos intempestivos que acababa de ver en el puerto, a donde había ido a acompañar al tío Pierre, (quien debía hacer un despacho de café, cacao y algodón para Bremen). Papá adora esa confluencia que se produce en el muelle entre la llegada de los barcos, la intensidad de la luz solar y la heterogeneidad del paisaje humano entre los nativos de la zona y los foráneos… Y ahora, queridísimo diario, te abandono, porque debo alistarme "presto" para la cena de Navidad, la entrega de los aguinaldos y la llegada de los Pastores de San Joaquín, a quienes tío Pierre y Tía Genoveva tienen como invitados para esta noche. (52-53).

En la vida de Zulay también encontramos diversas expresiones de la cultura popular, representadas en la música, en los espacios de encuentro, en la vida de la ciudad de Valencia y en la cotidianidad que, por momentos, adquiere matices especiales y de trascendencia en su vida. Tal y como ocurre con la celebración de la fiesta de San Juan, pasaje que la autora no los presenta en paralelo con la vida de Leonora, quien es prácticamente seducida por suprimo Mauricio en esta celebración y Zulay, en medio del repicar de los tambores y de cantos de zangueo y coplas a San Juan, tiene un primer encuentro amoroso con Azafrán; personaje que cobrará importancia significativa en su existencia.

En esta experiencia de espejearse, cada una de las protagnistas se encuentra con la otra, a lo largo de la novela. "Cada una de ellas parece sentirse parte del colectivo mujeres, plural también donde sus diferencias tienen cabida y donde nace la solidaridad con su ser mujer. Tanto Leonora como Zulay son entonces solitarias solidarias". (Rivas, 2004:219)

Donde la soledad es abrigo y escenario al mismo tiempo

Gustavo Adolfo Bécquer, en algún momento de su vida, dijo: “La soledad es hermosa…cuando se tiene a alguien a quien decírselo.” De decirse, de decirnos, de contarnos, de esto se trata y, en el caso particular que nos ocupa, nos hala con una fuerza magnética, la manera de asumir la soledad, por parte de estas dos mujeres, quienes viviendo en siglos diferentes, se hermanan en un mismo sentir. Ambas quieren y necesitan hacer oír su voz como mujeres, pero expresan esta necesidad de manera distinta. Leonora, desde su niñez hasta su vida adulta, busca comunicarse con las personas de su entorno y, en este sentido, pareciera que le incide más el peso de la soledad, al buscar con frecuencia, la compañía de otras personas. No obstante, Leonora busca sus propios espacios para estar sola, digamos consigo misma, quizás muy vinculados con su vocación de escritora, que canaliza a través de sus diarios y sus cartas.

Por otra parte, Zulay Montero, la profesora universitaria que decide iniciar una nueva vida, en un contexto desconocido por ella, en las primeras páginas de la novela intenta definir la soledad y nos habla de su relación con ella:

(…) Asumir la soledad no es cosa fácil, y menos cuando estamos divididos como en dos estancias: una es clara, ventana abierta hacia el mundo de afuera: es la que me lleva a preguntar a qué árboles llaman camorucos, por dónde pasa la orilla mas clara del río Cabriales, desde cuándo no tiene tren la ciudad, o simplemente, la que me lleva a recorrer, solitariamente, las calles del centro para estudiar el sistema del tránsito, para descubrir una zapatería de reparaciones, muy vieja, o ver a qué lugares asisten los liceístas fuera de clase. La otra estancia es más íntima; es la reclusión de mi cuarto azul, la revisión de cartas y fotografías viejas, el recuerdo de los otros, de amigos que están lejos, y esa necesidad de fortalecer el mundo de adentro y resguardarlo de la intemperie, de esta pavorosa frialdad." (25).

¿"Solitaria Solidaria"?, ¿Cómo se puede ser solidaria en soledad? Soledad y solidaridad, sororidad, van tomadas de las manos en la vida de estas dos mujeres que coinciden en inquietudes, experiencias y sueños. Ambas buscan hacer sentir su voz y establecen la búsqueda de sí mismas en la época y en los espacios socioculturales donde les toca vivir y desenvolverse.

La soledad de estas dos mujeres va más allá de la soledad metafísica, de la búsqueda interior de ambas y que, en algunas ocasiones, es buscada intencionalmente por ellas mismas: por Zulay, en los momentos cuando come sola y lee el periódico en los restaurantes en la ciudad de Valencia, cuando vive sus momentos de contemplación y reflexiona sobre sí misma:

(…)Esta sensación de comer “sola” en la calle ya está asimilada a mi conciencia; pierdo la noción de extrañeza y la recupero cuando me descubro en los ojos de los que me miran. No puedo evitar cavilar sobre lo que posiblemente ellos pensarán y me divierte inventarme historias: yo soy el personaje de diversas versiones de una misma historia. Me pregunto si yo alguna vez, escribiré una novela donde yo sea ese personaje, y lleguen momentos, frente a la máquina de escribir, en que no sepa qué hacer conmigo misma como personaje de esa novela que escribiré ¿O que escribo en este momento? No sé, esto de estar sentada en esta mesa de pequeño restaurante céntrico, comiendo lenguado con ensalada, y un vaso de leche, al lado de una jaula llena de canarios y periquitos en venta, en una ciudad que me es desconocida, es una situación ideal para ser el inicio de una historia de novela que puedo estar escribiendo en este momento. El mesonero que sirve, me mira con curiosidad… Yo me instalo, con el periódico en la mano, con ese montón de libros de mi clase… Él se asombra de cómo me tomo mi tiempo hasta para colocar la servilleta en mi regazo, alisando los pliegues, rodando un poquito la silla hacia delante, y cómo cada bocado es motivo para contemplar el paisaje, la gente que pasa, la jaula de los pájaros, el sol del medio día (…) (26-27).

Cuando camina por las calles, deteniéndose en lugares específicos, observando hechos y espacios pertenecientes a la cotidianidad de una ciudad que, en principio, está plena de novedades para ella y que la colocan en el centro de la melancolía y de la evocación. Cuando se encuentra sola en el aula de clase o en su apartamento:

(…)Por la ventana se descubre un pedazo de cielo casi blanco, y una brisa suave y sedante. Este cielo, el de la ciudad me resulta extraño casi descolorido siempre… Ocurre que busco rodearme de estas paredes azules. Que en definitiva solo "busco rodearme". Cerrar puertas y ventanas en ese deseo infinito de mantenerlo todo dentro de mí, como una manzana redonda de manos y gestos. La soledad de esta ciudad, su desconocimiento, ese único camino de salida y regreso a la universidad, me están haciendo nostálgica, tibia por el pasado; me dedico a coleccionar recuerdos de instantes, como quien guarda papelitos de caramelo entre las hojas de su libro primario (…) (23).

Y, con el tiempo, llegan a formar parte de sus propias rutinas, cuando prefiere estar a solas en su apartamento y disfruta de sus arreglos, de la experiencia de escuchar la música que le gusta y convierte en un ritual, la preparación de las infusiones. Cuando va a la biblioteca y se encuentra con el legajo de los diarios y las cartas de Leonora Armundeloy.

Leonora por su parte, en algunos momentos, también disfruta de su soledad. Se evidencia este disfrute en sus encuentros con la naturaleza, en los espacios que construye para sí misma, para expresar su verdadero sentir y su búsqueda verdadera, a la hora de escribir sus diarios, donde plasma su cotidianidad y la cotidianidad de su entorno y del momento histórico donde le toca vivir…

Laura Antillano nos va acercando a una experiencia rica en procesos afectivos, donde la rutina y los quehaceres de la cotidianidad adquieren un matiz muy especial, poniéndonos en contacto con la sensibilidad de ambas mujeres, con la construcción de espacios plenos de significados, más allá de las descripciones. En el discurso subyace el lenguaje interior, las búsquedas de Leonora y de Zulay, donde estos actos rutinarios se llenan de belleza poética y nos ponen en relación con el sentir y la percepción del mundo de ambas protagonistas, tal como lo apreciamos en muchos fragmentos. Se destaca, en uno de los diarios de Leonora, lo que podríamos denominar el ritual del lavado de la ropa blanca, donde este quehacer doméstico, cotidiano, ajeno, en la mayoría de los casos, a experiencias estéticas, filosóficas y literarias, nos pone en contacto con la sensibilidad, con la vida interior, con la sensualidad y percepción del mundo de Leonora Armundeloy:

(…)La ropa blanca se lava en casa. En la azotea la lejía va en la palangana de madera, en la caldera que hierve. Aparte la ropa se deja dos horas en remojo. Debo examinar que no tenga manchas: las de herrumbre o tinta son difíciles de quitar y son frecuentes por la imprenta. La mancha se expone al vapor o al agua hirviendo y luego la cubro de sal o de jugo de limón, a veces la leche tibia, también sirve… Uso la azotea del Santander para la tarea de la lejía, agua de lluvias es la más conveniente, que estará sobre fuego desde temprano; tengo para esto una cacerola de cobre, provista de un mango largo. Mis mejillas se tiñen de rojo cuando me dedico a esta tarea. Me gusta mirar desde aquí el malecón y la entrada de los barcos, me siento cubierta por el cielo y, a la vez, la ropa blanca, húmeda y tibia, me acerca a la vida de la piel. Desde aquí las hojas de las palmas me saludan. Yo siento el contacto del algodón y el liencillo; todo es suave, prístino, abierto en su blancura… Luego vivo el placer de extender las piezas y agarrarlas con pinzas en los extremos sobre las cuerdas para observar cómo el viento levanta la suavidad de la superficie blanca y la deja flotar a voluntad, en el espacio inmenso. Mi rutina con el blanco, no es rutina; tiene para mí el espacio de la ceremonia: la ropa blanca debe lavarse en casa, como las penas del alma deben llorarse en secreto, las que importan, las que duelen. (67-68).

Digamos que estos son espacios construidos por ambas mujeres para encontrarse consigo mismas y que, en el fondo, ambas disfrutan plenamente. La soledad real se da en el entorno sociocultural e histórico en el cual les toca vivir, en el hecho de ser mujeres y de emprender búsquedas y luchas que no les están permitidas por su condición de mujeres. Comenta Rivas, en torno a Leonora, que sus cartas y diarios forman parte de un discurso racional, consciente del momento histórico vivido y de un discurso emotivo, a través del cual se vincula con su época, en vista de que otras formas de comunicarse como sujeto no le estaban permitidas por su condición de mujer en el Siglo XIX. Veamos un fragmento de una de las cartas que le escribe Sergio Gentile a su prima Leonora:

Abril de 1880

Carta de Sergio Gentile desde París

Leonora de mis entrañas:

¿Qué tan apasionado resulta este encabezamiento?... pues te diré que bien corresponde a la realidad: cada vez que leo una serie de tus cartas, termino postrado frente a ella solamente soñando con verte. Pero te me vuelves muy inteligente, mi niña, todo lo analizas y hasta podría decirte que leo entre líneas, gestos de soberbia y prepotencia, cuando expones a mi entender conceptos y juicios que en tu cabecita no tienen nada qué hacer… No quiero convertirme en un amoroso regañón, pero me obliga a ello descubrir la simpatía abierta, expansiva que utilizas cada vez que expresas algo sobre tu amigo, ese señor Bolet Peraza que, me perdonarás, no cuenta con mis simpatías…¡ Hay que ver mi Leonora ! ¡A dónde hemos llegado! Esa manera de expresarte irónica y sarcástica, nada apropiada en una señorita de tus dones y natural pureza. Supongo que eso nuevo en ti, lo aprendiste de ese señor quien no tiene la valentía de firmar sus crónicas (…) (114).

Leonora, en su diario, expresa su malestar, sus reflexiones, en torno a esta actitud, en nuestra opinión, absolutamente discriminatoria y descalificadora:

(…)Mis desacuerdos con sus opiniones debieron ser puñales para el primo amado… Los libros leídos y eso que llaman “cultura”, no suman diferencias en cuanto a la idea que de la diferencia entre mujeres y hombres se propone. Para Sergio, el que yo me opusiese a una idea suya se convirtió en un punto de honor, nunca fue pensar, reflexionar, llegar a conclusiones por motus propio… Mi primo no se detiene a escucharme, a leer mis cartas con objetividad: si expreso una idea que él no comparte, supone de inmediato, que alguien me está metiendo ideas en la cabeza. Nunca se le ocurrió que yo podía elaborar conclusiones, constatar factores; no eso es alguien, un personaje o varios, ajenos, que influyen sobre mi actitud; ello conlleva un profundo desprecio hacia mí, y en general hacia las mujeres. Su actitud no es personal, es colectiva; responde a la conducta generalizada entre los hombres con relación a las mujeres. Se nos asignaron unas tareas sécula seculórum. A ellas debemos responder; lo demás nos está vetado (…) (149).

En los diarios de Leonora, podemos apreciar, durante los primeros años, la frescura, la ensoñación de una joven mujer que cuenta entusiasmada, que se apropia de la palabra y narra con detalle lo que ocurre a su alrededor, lo que la afecta, lo que la ilusiona y que identifica sus textos como Diario de Leonora, con las respectivas fechas:

(…)La casualidad, el azar, producen con frecuencia encuentros que parecen haber sido planificados en algún altar sagrado por seres extraordinarios… ¡Basta de preámbulos! A contar: Este mediodía, un poco por hastío y otro, por pura recreación, decidí salir a caminar por la zona del malecón del puerto. Anhelaba la brisa marina sobre mi rostro y agitando las faltas de mi vestido y ese aroma de sal y de sol que la caracteriza… Disfrutando de tales detalles estaba, cuando, mirando el horizonte y los bouquet de flores en la plaza, me llamó la atención de la figura enjuta de un caballero (…) (121).

Posteriormente, el discurso de la narración de sus diarios es transformado por las experiencias vividas, por el sufrimiento y las pérdidas afectivas, por las discriminaciones que sufre al romper los esquemas de comportamiento de una mujer del Siglo XIX. Su primo Sergio Gentile, a quien le profesa su amor y admiración desde la adolescencia, se casa en el extranjero, por intereses económicos y sociales, advirtiéndole que, pese al cariño que le profesa, ella tiene ideas propias y no responde al ideal femenino de una mujer casada: “(…)soy una mujer y no tengo dote. Ese hecho me coloca en un escalón muy bajo en la posibilidad de realizar un buen matrimonio. Siempre lo supe y es un asunto que he preferido no enfrentar por no causar dolor a mis seres queridos (…) (122).

Leonora habla de su soledad, de la muerte de sus abuelas, de su necesidad de ser reconocida, habla de su nostalgia por los amigos que han partido, de su encuentro y de la relación que establece con Manuel Ascanio, con quien, además de compartir ideales políticos y sociales, establece una relación amorosa, cortada brutalmente cuando Manuel es asesinado en una manifestación. Leonora es acusada de conspiración y profundamente herida. Decide hacer una huelga de hambre. En estas circunstancias, la prensa se refiere a ella en los siguientes términos: “(…)La que fuera amante de Manuel Ascanio, una mujer que parece de acero, revestida de piel, es impenetrable, hermética, para todo aquello que no quiere, o no le conviene decir. Si ella se obstina en no decir la verdad, creemos que no hay poder humano que la haga salir de su negativa (...) (313).

Después de estos acontecimientos, Leonora se sumerge en una profunda tristeza:

(…)Pero hay demasiadas ausencias y yo sola no puedo con tanto… Me levanto y veo el retrato de la abuela; pienso en Camelia y los caballos del coche, en Anabely y su destino incierto, en Mauricio y el tiro de gracia, en papá y su distancia. Pienso en mi propia soledad. Hay una persona que deberé ver: es Isaac Acebo… es mi tío. El ayudará a mis propósitos (…) (334).

Todo esto la lleva a pensar en una fatal decisión. Visita al tío Isacc, en la Colonia Tovar, quien es botánico de profesión y comienza a hacerle preguntas en torno la cicuta y los efectos que produce:

– (…) Eso no es bueno hija; es pecado

– Pecado es todo lo que he visto en este mundo (…)

– Tienes mucho que vivir.

– Ya no quiero. ¿Qué sentiría?

– Vértigo, vómitos, mareo…Estás empezando a vivir pequeña.

– No. Ya tendré 38 años; ya supe bastante tío Isaac.

– Manuel no lo perdonaría.

– Manuel se fue; murió; me dejó sola

- Todos estamos solos siempre…

– Estoy cansada, Tío Isaac, tan cansada…

 – ………

– Lo he pensado tío, lo he pensado

– No lo suficiente. (338)

La soledad de Leonora la atrapa en un callejón sin salida, que al final la consume y, tal como lo deja entrever la autora, decide poner fin a sus días. No puede sobrevivir en una sociedad tan adversa: “pecado es todo lo que he visto en este mundo”.

Zulay, por su parte, vive una experiencia diferente. Ella, como mujer del Siglo XX, disfruta de algunos privilegios de los cuales no hubiera podido disfrutar Leonora en su época. Es profesora de historia en la Universidad de Carabobo, donde puede intervenir en los procesos políticos, en las luchas por los beneficios económicos y sociales del profesorado, por la mejora de los planes de estudio y el bienestar de los estudiantes. No obstante, vive fracasos amorosos que trastocan su vida en momentos diferentes. El primero con su esposo y, posteriormente, con Azafrán, personaje por el cual es traicionada más adelante, además de otras experiencias de encuentros y desencuentros afectivos que tienen lugar en el desarrollo de la novela. En la etapa final de esta historia, Zulay establece una relación con Diego, personaje que nada tiene que ver con sus luchas cotidianas, ni con su círculo de amistades y profesional y a quien oculta que es profesora universitaria y con quien pareciera establecer una relación diferente, al final de la novela, como deja entrever Zulay –cuando asume escribir su diario– como Leonora Armundeloy:

(…)Con Diego, con su compañía silenciosa, siento alivio. Es difícil de explicar: es el alivio por largas esperas, por carencias insospechadas, por lo que siempre añoré y no lo sabía. Me gusta dormir con la cabeza sobre su brazo, y saberlo allí, tan cálido conmigo… En las noches nos sentamos a contemplar las rocas bajo el agua, sobre las que cangrejos de diversos tamaños descansan… y el faro alumbra desde la isla, en vueltas constantes, las salientes del muelle. Entonces pienso que no deseos más que esta serenidad, este alivio.” (363).

Solitarias solidarias: Zulay y Leonora se mueven y construyen el entorno de sus propias soledades, muy vinculadas con la condición de ser mujeres. Se hermanan en la búsqueda de sentido. Se aproximan, solidarias y es así como la soledad se convierte en abrigo que cobija a estas dos mujeres y en escenario que ambienta el transcurrir de sus vidas, de sus búsquedas y realizaciones.

Zulay, Leonora y Laura van juntas a la Universidad

Zulay, a través de los textos de los diarios y cartas de Leonora, estudia el período histórico de Guzmán Blanco. Estos documentos se constituyen en fuentes primarias para su investigación, pero, al mismo tiempo, se convierten en un ámbito que la mueve internamente, e impulsan preguntas sobre sus propias búsquedas, sobre su propia identidad como mujer. Leonora, por su parte, en sus diarios expresa sus deseos de ser profesora universitaria y de vivir en el siglo XX y lamenta las actitudes discriminatorias que vive en su época por el hecho de ser mujer.

Leonora es tan importante en la vida de Zulay, que sus compañeros y sus amigas y amigos le preguntan por ella, casi como si se tratara de un familiar, de una persona muy allegada, comparten sus inquietudes y la orientan en la búsqueda de datos sobre “su heroína”, proporcionándole nombres de informantes, lugares, investigadores, historiadores. En fin, Leonora logra entrar también en la vida de otras profesoras de la Universidad de Carabobo:

(…)Ingrid Hemsem ha visto la preocupación de Zulay por constatar los datos de Leonora Armundeloy en referencias reales y habiendo escuchado la historia por boca de Florencia Finol, decidió buscar a la profesora e invitarla a una visita en casa de su hermano Enrique Hemsem,y fue así como Zulay se puso en conocimiento de esta familia que resultó descendiente de aquellos fabricantes de jabón de Castilla, veteado2 (…) (332).

Sin abundar en detalles, es importante destacar que en esta novela encontramos algunos rasgos autobiográficos de la autora, cuya infancia y juventud tuvieron lugar en Maracaibo. Actualmente, vive en Valencia y es profesora de la Universidad de Carabobo. Por supuesto que se presenta una distancia ficcional, determinada por la narración en tercera persona, en el personaje de Zulay y por su caracterización como profesora de historia y no de literatura, como Laura Antillano, quien construye los personajes, a partir de una referencia personal, pero marcando la distancia, a través de la ficción. Pero, al mismo tiempo, nos muestra, a través de un conjunto de coincidencias, su visión del mundo, de la investigación y el estudio, pero tratando de dar respuestas a íntimas interrogantes:

(…)Los aplausos no se hacen esperar. Los estudiantes se ponen de pie y Zulay, conmovida, los mira largo rato, detallándolos en sus facciones. Ella piensa ahora en aquellas montañas azules en la lejanía que no lo son en la cercanía, o que ni siquiera existen. Ella piensa en la veracidad de la ficción. (354)

Profesoras y Profesores: ¿Solitarios Solidarios?

Una vez conocida la experiencia vivida por estas dos mujeres, en el contexto de sus soledades. Habiendo recorrido, a través de la novela, la experiencia de estas dos “solitarias solidarias” y sin sentir que hemos concluido, quisiéramos detenernos en un aspecto, probablemente, abordado en menor cuantía en los análisis realizados sobre esta novela, y nos referimos a la experiencia de la educadora, de la profesora de historia, Zulay Montero; a las reflexiones que se presenta en este sentido, a la presencia de otros educadores y educadoras en la experiencia universitaria que se describe en la novela.

Laura Antillano nos permite hacer silencio en nuestro interior, para buscar desde, y en nuestra propia soledad, para hurgar en nuestra propia experiencia y en nuestro corazón de educadoras y educadores y nos permite encontrarnos con los lugares comunes del susto que nos produce el encuentro con cada grupo nuevo de estudiantes. Así mismo, del compromiso que implica la definición y la experiencia de la docencia universitaria, de la empatía que podemos sentir por nuestros alumnos y alumnas, cuando vamos descubriendo a cada uno de los seres humanos que intentamos formar:

(…) Siempre hay un saltico en mi estómago al tocar la puerta del salón; disimulo mi turbación, y conun rápido buenos días, mis libros ya están colocados sobre el escritorio. Me apresuro a borrar el pizarrón… Mi nombre es Zulay Montero, y quiero… hoy, en este primer día de presentaciones, hablarles de mi concepción de lo que debe ser un profesor universitario… Sus ojos son el mejor índice para determinar el nivel de comprensión de lo que digo. Los que se sientan al fondo son, por lo regular, los más distraídos: el fondo sirve para dibujar el borde del papel, para pensar en el cafetín, para se más críticos, no puedo tener rechazo por los que se sientan atrás porque cuando estudiaba, era ese mi lugar preferido, porque implicaba un rincón de soledad, un apartarse (…) (22-23).

Independientemente de las diversas lecturas que podamos hacer de esta obra literaria; indistintamente del enfoque con el que abordemos la experiencia educativa y considerando ésta, bajo una perspectiva de género, nuestro quehacer como educadores y educadoras se ve reflejado en muchos momentos en el entorno de la experiencia de Zulay Montero y en la vida universitaria donde se desenvuelve. Así mismo, nos encontramos con experiencias comunes al proceso de incorporación y desarrollo académico de profesoras y profesores, como los concursos de oposición, los años sabáticos, los intercambios universitarios, la participación política, la elaboración de los planes de estudio, el quehacer cultural, el trabajo desarrollado con la comunidad donde destaca el trabajo realizado con Eulalia en la Casa de la Mujer en Maracay, las costumbres, las creencias, los afectos, todo eso que forma parte de lo que los expertos llaman “curriculum oculto”.

Por otra parte, vale destacar que, en diferentes momentos de la novela, la autora pone en la voz y en las reflexiones de Zulay Montero, el sentido de su experiencia como educadora, pero también alude a la experiencia de los hombres profesores educadores que se comprometen con la docencia y con la experiencia política, como en el caso de Tomás: “(…) Una expresión jovial y una frescura de trato sencillo, produjeron en Zulay una agradable impresión. Se podía percibir en él, una relación de contacto directo de las cosas, sin artificio, y esa curiosidad propia de quien ha sido apasionado en el aula, hilvanador de acontecimiento, hilvanador de vida (…)" (235). Como el cura Manuel, profesor universitario, teólogo y teórico de La Teología de la Liberación. Como Luis, profesor comprometido y estudioso, con quien comparte además inquietudes políticas. Así también, algunos estudiantes que son mencionados y elogiados por su participación y compromiso en el quehacer universitario.

En el discurso de intimidad que prevalece en la novela, nos encontramos con las reflexiones de Zulay como profesora universitaria:

(…)De sus ex-alumnos recibe noticias de vez en cuando; se han mudado de ciudad en su mayoría, buscando trabajo para sobrevivir. Alguna postal, acaso una carta, una llamada telefónica, y los sabe de nuevo cercanos… Se reconoce sin embargo, solitaria… Y están por su puesto, sus amigas, Raiza, Florencia, Eulalia y ellos: Manuel, Luis… y no mucho más que contar (…)

El Cabriales sigue cruzando la ciudad, pero es otro Cabriales al que pudo conocer Leonora Armundeloy… Sin embargo, no puede evitar un encendido, una chispa de optimismo en medio de clases; ha aprendido que allí está su razón de ser, la sustancia de su paso por el mundo. En los ojos que la miran y  toman el apunte clave, que revisan la bibliografía y traen la discusión a clase, en sus respuestas y curiosidad: he allí el sentido y la alternativa (…) (321).

Zulay es escogida para dictar la última clase; el discurso de orden para los nuevos licenciados en Historia y, una vez superado el nerviosismo inicial, comienza su discurso, refiriéndose a unas palabras del profesor Ramón J. Velásquez. Posteriormente, habla del oficio del poeta y del historiador, para detenerse finalmente en la educación:

(…)La educación y la historia se parecen a la literatura: son razones inocentes y poéticas… Ser maestro es vivir el cotidiano polvo de la tiza sobre el encerado de la pared, repartirse entre páginas con caracteres; horas de serenidad reflexiva, con frecuencia agotadora; se trata de ser reiterativos, jugar al ensayo y el error. Hacer saber de la palabra…De la palabra que levanta del mar irreverente, de la palabra que alumbra lo secreto, que desborda en cascada o se mantiene impávida en labranza. Palabra total, suave y amorosa a veces, tenaz otras, lacerante y desangrada. Esa es la condición de la historia, y dedicarse a ella, requiere de cierto coraje (…) (353).

Zulay Montero habla en su discurso sobre la tarea de la Universidad, definiéndola como un espacio para el conocimiento, el enfrentamiento de las dudas y las interrogantes, así como, para el descubrimiento de nosotros mismos (entendamos alumnos y alumnas, profesoras y profesores), como seres pensantes. Pero además habla de la perseverancia, del compromiso, de la importancia de la lectura y de la necesidad de luchar “(…) por la justicia y el cumplimiento de nuestros destinos como pueblos. Ese es nuestro pacto secreto: nace de una necesidad profunda del espíritu, pero depende de la voluntad (…)” (354).

Pareciera que estas últimas palabras del discurso de la profesora universitaria retumbaran en nuestros oídos, sin duda, también, palabras o expresiones parecidas, escuchadas y leídas muchas veces. En todo caso, palabras que no resultan ajenas en nuestro quehacer del día a día, en nuestra práctica como profesores y profesoras universitarios. Todo esto nos lleva a considerar la intención de la autora, dirigida a plasmar su visión de la experiencia educativa sobre la misión de la Universidad, sobre el compromiso de los educadores.

Laura Antillano, en Solitaria Solidaria, no sólo nos presenta una novela intrahistórica, relatándonos acontecimientos que forman parte de dos épocas diferentes, narrados y centrados, principalmente, en la vida de dos mujeres, contadas en un discurso íntimo y poético. La autora nos pone en contacto con el quehacer educativo, más allá de la institucionalidad y de la formalidad. Digamos más bien, nos pone en contacto con el significado de estas experiencias que nos contactan con el “aprender para la vida” y en este aprendizaje se fusionan: la literatura, la educación, la enseñanza de la historia, como una experiencia transformadora, donde además de los textos históricos, (documentados oficialmente), tiene cabida la intrahistoria, como parte del conocimiento y donde la literatura juega un papel muy importante y, muy especialmente, la literatura escrita por mujeres: “(…) Sin dejar de ser acuciosa y profesional, Zulay encuentra un sentido al trabajo de buscar al pasado: su relación con el pasado y su pertinencia para comprender no sólo su propia identidad, sino la de las venezolanas, la del país en general, como se revela en el discurso para los graduandos de su universidad.” (Rivas, 2001:12).

Finalmente, queremos decir que esta mirada en soledad, nos ha permitido entrar en sintonía con la experiencia de estas dos mujeres solitarias solidarias, con las que nos identificamos, a través del viaje de ficción, pero que sentimos cercanas en la realidad, en nuestra vida y en nuestro quehacer en la literatura y en la docencia universitaria. Nos preguntamos ¿cuántas veces nos hemos hecho las mismas preguntas de Zulay Montero? ¿En cuántas oportunidades, nos hemos encontrado con personajes femeninos en la literatura que nos mueven a la reflexión sobre nuestro ser y nuestro quehacer? Probablemente encontremos respuestas en otra obras literarias, en otros autores y autoras, pero en este caso vivimos la particularidad de asumir la lectura en un proceso de interiorización y de revisión de nuestra experiencia y de nuestra práctica pedagógica. Quizás ni la autora, ni su novela, sean las únicas responsables de esta mirada en soledad, pero unidas a nuestras búsquedas, lograron el milagro, ese milagro maravilloso que se produce en medio del descubrimiento y del asombro y que algunos especialistas en psicología educativa han denominado aprendizaje significativo.

Para concluir nos apropiaremos de los versos de Antonio Machado, citados por Zulay Montero al finalizar su discurso dirigido a los estudiantes de historia: “Qué fácil es volar/ Qué fácil es / Todo consiste en no dejar que el suelo / se acerque a nuestros pies.”

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Notas:

1 De aquí en adelante, todas las cursivas y negrillas que aparecerán en las citas textuales de la obra, fueron añadidas por la autora.

2 Hoy conocido como jabón La Llaves.