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Educere
versión impresa ISSN 1316-4910
La Revista Venezolana de Educación (Educere) v.9 n.31 Meridad dic. 2005
Mario Briceño Iragorry, el trujillano universal
Domingo Miliani*
Escritor, diplomático y profesor de la Universidad de Los Andes. Núcleo “Rafael Rangel”. Trujillo - Venezuela
* EDUCERE, a su memoria.
Era 1951. El país empezaba a padecer la mordaza de una dictadura solapada bajo forma de una Junta de Gobierno que presidía Germán Suárez Flamerich luego de asesinado, un año antes, Carlos Delgado Chalbaud. La prosperidad material devino en un neorriquismo dirigido a borrar la fisonomía cultural de nuestro pueblo. Las emisoras radiaban sólo música yanqui. Se bailaba rock-and-roll, se tomaba whisky en abundancia, como siempre. Se vestían camisas truman de un multicolor ofensivo. El habla cotidiana estaba invadida de “yanquismo” a granel. Don Mario escribía todos los miércoles, una columna titulada “Bitácora”. En los liceos caraqueños de entonces leíamos, cada miércoles, con avidez furtiva de conspiradores adolescentes, aquellas páginas cargadas de mensaje. Nos enseñaba el viejo. Tomábamos conciencia de nacionalidad. Entendíamos el precio moral muy alto que pagaban los pueblos cuando pierden el sentido de la tradición. Bajo su estímulo constituimos un grupo de muchachos. Algunos, del Liceo “ Andrés Bello”; otros del “Fermín Toro”; los restantes, del liceo de Aplicación, estudiar, leer al viejo Briceño Iragorry, que nos parecía un ser inaccesible, austero, que no hubiera reído nunca.
Dentro de una misma intención alentaba entonces la idea de unificar algunos industriales no importadores para defender la existencia de una “burguesía nacionalista”. Entre ellos estaba la gente de pampero; concretamente Alejandro Hernández. Había un cura amigo del industrial. Margariteño, receptivo a las inquietudes alarmadas de los jóvenes: el cura Manuel Montaner. Ellos compartían, un tanto a la bohemia, nuestro desvelo sobre la crisis del pueblo que era constante en las prédicas de los miércoles, en la columna del viejo Mario.
Juan Pablo Peñaloza, Rodrigo Mora, J.R. Núñez Tenorio, otros muchachos, una larga lista que ahora es imposible reconstruir, fundamos el grupo “Araguaney”. Primero comenzó por presentar los festivales de danza que nos permitían. Lo otro eran los paros y las huelgas, himno nacional y planazos. Un buen día alguien dijo que podíamos invitar al viejo Briceño-Iragorry para que dictara una conferencia. El júbilo de unos y la perplejidad escéptica de otros recibió el baño frío, cuando otro alguien sostuvo que el viejo era un tieso, que no se rebajaba a conversar con los muchachos, que sus artículos de periódicos apenas eran una cubierta momentánea a su obra de historiador de academia. Insistimos en hacer lo posible para hacer la conferencia. La hubo en el Liceo “Andrés Bello”. El viejo Dionisio López Orihuela accedió, con la advertencia de que debía ser algo serio, algo que no podía degenerar en desorden callejero. Aceptamos, Don Mario fue. Nos habló emocionadamente con una sencillez ejemplar. El auditorio estaba repleto. Trató los problemas de nuestra riqueza histórica, del pasado y del presente; de los piratas y saqueadores de ayer y de hoy. Nos dijo verdades que necesitábamos con hambre peleadora. Llovieron las preguntas. Las respondió con valentía que heló a muchos, por miedo a las represalias. Recuerdo a un compañero cercano que al oír hablar del imperialismo y su presencia tangible en campos insospechables, más allá del petróleo, comentó: “todo es muy bueno, pero cuando él termine, lo que viene después, vale: o nos expulsan o nos mandan presos”. No nos expulsaron.
Finalizó la conferencia. A los aplausos siguieron unos clamores unánimes contra el imperialismo, contra la dictadura. Salimos del auditorio. Cumplimos nuestra promesa. No hubo desórdenes. Sin embargo, a las puertas del liceo, Don Mario fue abordado por dos tipos. Un grupo de nosotros lo rodeó para escuchar. Ellos dijeron: ustedes también van a acompañarnos. Es una averiguación. Fuimos con él. La averiguación era en un viejo edificio de El Paraíso. Por la Avenida Principal. Bajamos de los carros sin separarnos. Ellos nos mandaron a sentar en unas bancas de tablillas a esperar que nos llamaran. No lo hicieron. Vino un señor elegante. Saludó al viejo: se trata de una pequeña equivocación. Usted puede irse. La averiguación es con estos muchachos, sabe, lo de siempre, los desórdenes. Tenemos órdenes superiores de averiguar qué se proponen con el tal grupito. El viejo, más austero y sereno que antes, le dijo: yo vine con ellos; o nos vamos todos juntos o yo también me quedo. Nos volvieron a sentar en los bancos. Pasaron un par de horas más. Al final, el señor elegante bajó de su oficina por segunda vez. Nos amonestó con humillante paternalismo. La palabra bochinche la oímos por enésima redundancia. Y luego con un “pueden irse” nos dejó en libertad a todos. El viejo no permitió ser llevado aparte de nosotros. Su expresión final fue clara y enfática: si de verdad están libres, entonces yo voy a llevarlos. No necesitan más compañía. Muchas gracias.
Así comenzaron a crecer su figura y su nombre entre los lectores que peleábamos los miércoles por leer los recortes de su “Bitácora”. Esos ensayos fueron después material de los libros que editó y distribuyó gratuitamente el grupo de Pampero. Los imprimió José Agustín Catalá en Ávila Gráfica. Los títulos no tienen para nosotros la posibilidad de olvido: Mensaje sin destino y Alegría de la tierra, dos obras que gritan en el tiempo su mensaje incómodo, su verdad no silenciable. Dos libros que deben reeditarse en formatos populares, volver a entregarlos en manos de muchachos que nacieron por los años en que pasaron estas cosas, puestas ahora al margen de los doctos y singularizados recuerdos de escritores que hablan de él, de Mario o de don Mario y que para nosotros sigue siendo el viejo Briceño-Iragorry, aquél que parecía no haber reído nunca, pero lo hizo cuando salió en libertad al lado nuestro.












