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Educere

versión impresa ISSN 1316-4910

Educere v.11 n.38 Meridad sep. 2007

 

Cavilaciones desde la ventana: coloquio con Don Simón Rodríguez

Ponderings from the window: conversations with don Simón Rodríguez

Myriam Anzola 

Facultad de Humanidades y Educación. Universidad de Los Andes, ULA. Mérida-Venezuela

Desde una de las ventanas del edificio en que funcionan las Direcciones de las Escuelas de la Facultad de Humanidades y Educación de nuestra Universidad de Los Andes, se aprecia una hermosa escultura del maestro Simón Rodríguez, sentado en un banco, desenfadado, compartiendo con un par de chiquillos: uno de ellos de claro origen humilde, el otro de mejor posición social a juzgar por las vestimentas.

La escultura, de por sí emblemática por el personaj e, le ofrece una escenografía especial al patio de la Facultad. Estudiantes y profesores atraviesan por allí sin darle mucha importancia a esas estatuas cotidianas. Sólo eventualmente a algunos muchachos se les ocurre hacerlas partícipes de algún performance o convertirlas en cómplices de alguna protesta. Ante estas circunstancias el maestro Rodríguez, pareciera prestarse venturoso para cooperar con la dinámica de la vida estudiantil.

Una de esas tardes, en que el peso de la Dirección de la Escuela de Educación me agobiaba, no por la actividad burocrática, no por las exigencias estudiantiles, no por las demandas profesorales, por nada de eso, sino por mucho más que eso: por la convicción de que ese contingente de personas que pululan alrededor del paciente Robinson, a la vuelta de pocos años, tendrán en sus manos el futuro en ciernes y pareciera que nadie se percata de ello.

En una suerte de complicidad con la imaginación me dediqué entonces a interpelar al maestro Rodríguez.

M.A. Aquí estoy Simón, viéndote allí tan cerquita, tan impávido, disfrutando de esta tarde merideña tan bonita mientras yo en cambio, encargada de esta ardua tarea, ando sin mucha claridad para discernir. ¡Cómo me gustaría que te levantaras de ese banco y te sentaras aquí, aquí en esta silla, a ver cómo resuelves tantas y tantas cosas tan complejas!... que si el perfil del docente ante las circunstancias actuales, que si la mala formación cultural de los estudiantes, que si la formación de la ética, que las carencias esenciales de formación pedagógica… sin tomar en cuenta los problemas burocráticos que ¡te lo juro! son lo que menos me quitan el sueño en este momento.

Me gustaría preguntarte ¡tantas cosas! Para empezar: ¿todas esas ideas que expresaste en tu tiempo, de verdad creías que iban a tener resonancia en esa sociedad tan arcaica en la que vivías?, ¿en esa gente con esos prejuicios propios del momento?, ¿con todas esas actitudes de petulancia, con esas convicciones de superioridad y supuesto buen juicio que todavía hoy en día no permiten que sean comprendidas a plenitud?

S.R. Mi querida profesora, me llama la atención tan disonante angustia, pero recuerdo que a esa pregunta que me hace, una vez le di la siguiente respuesta: “No creo que la parte influyente de la actual generación adopte mis ideas; pero debe esperar de las Luces que la distinguen, el homenaje debido a la Verdad; y si el modo de decirla desagrada, también debo esperar la indulgencia que reclama la buena intención”.

M.A. Entiendo Simón, le respondí con tuteo de caraqueña, con razón tanta tolerancia por las reacciones. Pero dime ¿de dónde sacaste tanta claridad para aseverar las cosas con esa amplitud de criterio, con ese sentido universalista?

S.R. Eso sin duda, querida señora, se lo debo al curso de mis viajes. Ellos, desde que era muy joven, me condujeron a muchas regiones de Europa y América, los viajes enseñan mucho más que los libros si se sabe apreciar todo cuanto uno va conociendo.

M.A. Cierto, concuerdo contigo en eso. Pero entre tanto viaje y tanta experiencia acumulada de acuerdo a tu juicio siempre tan claro; si tuvieras que privilegiar algún aspecto en la formación del hombre ¿cuál sería?

S.R. El esencial: hacer la vida cuanto más feliz sea posible, para sí y para los demás. Sin duda, aquellos que piensan de otro modo, se asemejan a gentes que, oyendo a un viajero pedirle una buena cama, le contestasen: ¿Qué necesidad tiene de un lecho y de coberturas en nuestra casa, usted que parte mañana? ¡No! Por poco que sea el tiempo que yo deba permanecer en esta posada de la Tierra, sea un año o un día, quiero vivir bien, quiero poder comer en buena mesa y acostarme en buena cama. La brevedad del tránsito no es razón para estar incómodo cuando uno podía no estarlo.

M.A. Me sorprendes Simón, porque por lo que sé, tú viviste muy poco esos anhelos, entiendo que pasaste muchísimo trabajo, para decirlo en buen criollo, ¿no es así?

S.R. Pues la verdad sea dicha, sólo viví holgadamente en los dos lapsos cuando moré junto a mi discípulo Bolívar -de 1804 a 1806 y durante 1825-, y quizás en alguna ocasión excepcional en Europa. El destino, por espacio de ochenta años, me sometió a la ataraxia más estoica.

M.A. A pesar de ello, por lo que he leído, ni la pobreza permanente, ni las hostilidades, ni las incomprensiones a tus ideas y a tu tarea en los ámbitos en que viviste, te debilitaron, te atajaron o menguaron la fuerza de tus propósitos. ¿No es cierto? ¡titánico siempre!, maestro infinito, héroe tesonero, no necesitaste ni de la buena mesa, ni de la buena cama, ni de grandes placeres, para engendrar tu magnífica obra. Pareciera que el encuentro diario con la adversidad acrecentaba la dimensión de tu genialidad.

S.R. Gracias por tanta generosidad amiga mía, pero ya que conoce ese pasado y a partir de todas esas vivencias le pregunto ¿a qué sus agobios estimada profesora? Por lo que puedo apreciar ninguna de estas cosas la aqueja a usted. ¿Le cuento algo?:

Una vez regentaba una Escuela en Valparaíso. El establecimiento, que no contaba más que con año y medio de existencia, había alcanzado a tener en cierta temporada hasta cincuenta alumnos, entre ellos seis costeados por la Municipalidad; pero en aquel momento había decaído hasta el extremo de no ser concurrido sino por dieciocho. Este problema arriesgaba la viabilidad de mi proyecto. Usted en cambio mi querida colega, no tiene tal riesgo, permanentemente a mi alrededor transitan miles de estudiantes cada día.

En mi caso, la disminución de discípulos me había traído la disminución de rentas. Estaba reducido a la mayor escasez. Después de tantos viajes y estudios que habían consumido mi fortuna, me hallaba condenado a no salir de casa, porque no tenía más que una chaqueta, un pantalón de tela grosera y mi viejo sombrero. Esas cosas a usted y a su entorno de desempeño, sin duda, no los afecta, por lo que veo, la universidad satisface con holgura las necesidades de funcionamiento de esta estancia. La escasez no es precisamente una condición en esta casa de estudios, por lo que suelo apreciar.

Yo (en mi tiempo) ni siquiera podía tener el consuelo de publicar el fruto de mis meditaciones, ni el resultado de mis observaciones en la práctica, no encontraba ni editor ni suscriptores para mis obras. Ese es un sin-motivo de preocupación para usted, que con facilidad puede publicar sus ideas con tan sólo el esfuerzo creador de su psiquis. Con frecuencia veo a mí alrededor tarantines con libros publicados por ésta su universidad. Algunos buenos he de reconocer, otros no tanto, la verdad. En lo que a mí competía, no tenía otro camino que seguir adelante, convencido de que la tarea valía la pena.

M.A. Cierto Simón, me acomplejan tus argumentos. Lo que parece suceder es que tu espíritu es de esos forjados a punta de moral sin cortapisas, de esos que no se dejan seducir por nada que no sea lo esencial para alimentar el alma. Pero al menos ¿crees que ese mismo tesón se pudo sembrar en las almas de tus discípulos?

S.R. Pues para ponerle un ejemplo en relación con las enseñanzas en mi proceder docente, le cuento que una vez con mis alumnos acudimos presurosos a auxiliar a unos náufragos que cayeron de una embarcación. Nos dedicamos con toda la voluntad a la tarea e hicimos tan buen trabajo, que después de terminar, un viajero del barco me ofreció una visita; ya en casa, tuvo la generosidad de decirme que deseaba contribuir con su ayuda económica y personal para el resurgimiento de la escuela de Valparaíso; hasta me habló de asociarse conmigo para ese propósito.

Es una muestra de que la decisión de cooperar se contagia y de que siempre hay alguien dispuesto a reconocer el esfuerzo del otro.

Sin embargo nada acepté, había resuelto cerrar mi escuela por haber recibido noticia de que las autoridades gubernamentales iban a efectuar una visita de inspección, punto que consideré lesivo a mi dignidad personal; me disgustó hasta el punto de comunicarle al Gobernador que “desde ese mismo momento había dejado de ser preceptor”. Me reprocharon por no saber adaptarme a las circunstancias y hasta me demostraron que había contradicción entre mis ideas y mi vida. “Tiene usted razón, le contesté: yo, que desearía hacer de la Tierra un paraíso para todos, la convierto en un infierno para mí. Pero, ¿qué quiere usted? ¡La libertad me es más querida que el bienestar!”. Estas cosas no las prediqué con insistencia, pero para bien o para mal algunos discípulos las asumieron porque calaron en ellos.

M.A. ¡Me admiro querido Simón!, ¡ojalá lográramos inculcar esos valores en muchos maestros, o aunque fuera en unos poquitos, de estas nuevas generaciones, me daría por bien servida si eso fuera posible. ¿Sabes qué me preocupa entre tantas cosas?: la carencia de sentido de pertenencia de las nuevas generaciones a esta tierra, a este continente, para hacerlo un sitio más justo y más habitable ¿qué nos recomendarías ahora?

S.R. En “Sociedades Americanas” en 1828, escribí un volumen de ciento cincuenta páginas, lo resumo en una frase: “Quiero que América aprenda a gobernarse”. Ello invita al hombre de América a pensar en esta necesidad de dominio del porvenir, único modo de que los pueblos no se ocupen en pelearse episódica y transitoriamente unos con otros. Las sociedades americanas han llegado a la pubertad; requieren, en consecuencia, fijar y decidir su rumbo. Este, no puede ser ni monárquico -la Independencia erradicó a los Reyes para siempre, en el Nuevo Mundo-, ni republicano a la manera de los regímenes parlamentarios, ni democrático según la concepción de este término en algunos pueblos de la antigüedad. América ha de encontrar su originalidad.

Observo que en Europa hay escuelas para todo, y en América para muchas cosas, pero “en ninguna parte se oye hablar de la Escuela Social”, que será una de las innovaciones básicas propuestas para la reforma americana. Postuló la obligatoriedad de la educación: “La sociedad debe, no sólo poner a disposición de todos la instrucción, sino dar medios para adquirirla, tiempo para adquirirla y obligar a adquirirla”. Estamos cansados ya de República aristocrática o de aristocracia republicana, necesitamos una República real, donde se atiendan las cinco necesidades, fundamento del derecho natural: alimentarse, vestirse, alojarse, curarse y distraerse; y en la cual tengan vigencia los tres respetos: respeto a la vida, respeto a la propiedad y respeto a la reputación. “Lo único que puede hacer la sociedad en favor de los que quieran hacerse aptos, es poner a la disposición de todos la instrucción. No habrá jamás verdadera sociedad sin educación. Enseñar es hacer comprender; es emplear el entendimiento y no la memoria”.

M.A. Querido amigo ¡es como si hablaras para el tiempo actual! Para el tiempo que vivimos en el que sabes soplan nuevos vientos… dame por favor entonces un último principio y así podré tranquilizar mi conciencia:

S.R. “No son pudientes los que tienen, sino los que saben más; el respeto se debe a los conocimientos!”

M.A. Mil gracias queridísimo Simón, vuelvo a mis quehaceres renovada.

Y volví a mi oficina provista de planteamientos profundos, innovadores, pero que en realidad tienen un remoto origen en el incomprendido pensador que confiado en el porvenir, desde el patio de nuestra facultad, mira cómo se perfila el devenir de la educación desde el propio centro de los acontecimientos.

No tuve más remedio que sonreír ante su desenfado, que antes de esta conversación y consciente de la gravedad de mi situación, me resultaba bastante impropio.