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Educere
versión impresa ISSN 1316-4910
Educere v.12 n.41 Meridad jun. 2008
Reflexiones sobre una posible educación bolivariana
María de la Luz Figueroa.
Universidad de Los Andes. Núcleo Rafael Rangel Trujillo - Venezuela. maryluzfm@hotmail.com
Resumen
A partir del postulado de Simón Bolívar: "Moral y luces son nuestras primeras necesidades", en este artículo se analiza la orientación psicoeducativa legada por El Libertador. Su base teórico-conceptual integra las principales investigaciones sobre el desarrollo humano, la interconexión evolutiva entre moral y lógica, y los estudios sobre el peso de los sentimientos morales en el comportamiento inteligente. Se revisa y reformula el significado de conceptos básicos propuestos como característicos de una "educación bolivariana" tales como: integral, liberadora, transformadora, centrada en el ser humano. Se especifica el tipo de moral e inteligencia a cultivar en un verdadero hombre constructor de una nueva sociedad a través de una posible educación bolivariana de calidad y equitativa, así como el procedimiento metodológico básico. Se hace un alcance a los llamados “cuatro ejes educativos fundamentales”.
Palabras clave: educación bolivariana, moral ecosistémica, inteligencia afectiva, desarrollo humano
Abstract
Reflections about a possible bolivarian education
Quoting Simón Bolivar: "Morals and Education are our first needs", the psycho-educational legacy orientation left by The Liberator is analyzed in this article. His theoretical- conceptual basis integrates the main researches about human development, the evolutional interconnection between morals and logics, and the studies on the weight of moral feelings within intelligent behavior. The meaning of basic concepts suggested as characteristical of a "Bolivarian Education" are reviewed, such as: integrational, liberator, transformational, focused on the human being. The kind of morals and intelligence that should be cultivated in real human builder of a new society through a possible Bolivarian education of quality and equitable is specified; as well as the basic methodological procedure. A scope of the so-called "four fundamental educational axes" is done.
Key words: Bolivarian education, ecosystemical morals, afective intelligence, human development
Fecha de recepción: 28-11-07 • Fecha de aceptación: 04-03-08
1. El punto de partida: Moral y luces son nuestras primeras necesidades
¿Qué debemos entender por educación bolivariana partiendo de estas directrices básicas dejadas por Simón Bolívar? Aún hoy no ha dejado de ser sólo una hermosa frase la orientación dada por El Libertador, en referencia a las necesidades fundamentales a cubrir para el desarrollo de personas y sociedades.
Claramente se señala en esta frase que el aprendizaje de principios y normas que regulan el correcto manejo del intelecto (pensamiento lógico-racional), así como el correcto manejo de la afectividad (sentimientos sanos, correctos, morales), es prioritario en relación al resto de las necesidades, incluidas las necesidades materiales. Al respecto, la propuesta de una “pirámide de necesidades” (Maslow, 1973) debe ser correctamente entendida como el orden del despertar de la conciencia de las necesidades humanas, y no de una jerarquía de los motivos que orientan el desarrollo evolutivo, puesto que si así fuera estaríamos contribuyendo a formar un tipo de mentalidad materialista y egocentrista desde la base.
Bolívar situó en primer lugar, y en el lenguaje de la época, la moral y la luz de la razón como base del desarrollo psicosocial. Y no puede ser de otra manera si entendemos que lo material es una concreción del nivel interno de una persona, y por proyección, del nivel de desarrollo de una sociedad. Si bien las necesidades de supervivencia física son fundamentales para la vida, son secundarias con respeto a las necesidades llamadas “psicoespirituales”. Es la práctica de principios y normas fundamentales en lo moral y en lo lógico, lo que va a determinar la calidad de la vida personal-social. Por tanto “moral y luces” como primeras necesidades es un requisito sine qua non del desarrollo evolutivo de hombres y naciones. Y esto lo sabía claramente El Libertador.
¿Cómo entender entonces el sentido de esta orientación en la práctica educativa?
2. Sobre conceptos básicos propuestos
Integral
Se plantea que una educación orientada por los ideales bolivarianos debe ser integral. Sólo se puede integrar lo que viene originalmente integrado por naturaleza en el ser humano. Y el ser humano es una unidad tridimensional que interconecta lo espiritual, lo mental y físico, y en permanente interrelación con el ecosistema. Hay que distinguir entre lo espiritual y lo mental. El aspecto espiritual se encuentra en el sentimiento profundo, en lo más recóndito de nuestra conciencia. Es la dimensión principal, el nivel espiritual es el factor decisivo que repercute en todo cuanto se emprende en la vida.
Con respecto a lo mental, la psicología distingue entre “operaciones afectivas” y “operaciones lógicas” (Piaget, 1975). La evolución mental implica el desarrollo conjunto de la lógica y la moral. La moral viene a ser la lógica de los sentimientos, en tanto que la lógica sería la moral del pensamiento. Los sentimientos son susceptibles de alcanzar el nivel de las operaciones afectivas (sentimientos morales); así como el pensamiento puede alcanzar el nivel de las operaciones lógicas (pensamiento lógico-racional). Las operaciones afectivas corresponden a sistemas de valores morales que se implican racionalmente unos en otros (Piaget). La educación de la coordinación de los sentimientos morales y del pensamiento lógico es esencial en el desarrollo mental; y dentro de este proceso, la cooperación es fundamental. (Piaget). Sin el intercambio de pensamientos y sentimientos con los demás, el individuo no llegaría a unificar su vida mental en un todo coherente. La evolución mental del individuo requiere de la vinculación social.
Profundizando arribamos al papel decisivo del autocontrol de impulsos, de sentimientos y pensamientos en el desarrollo evolutivo. El autocontrol, sobre la base de la conciencia de principios y normas es fundamental para llevar una vida de calidad. La vida material refleja la armonía o desarmonía del aspecto interno, psicoespiritual, de las personas.
De tal modo que una educación integral debe cultivar una actitud adecuada. Es prioritario abordar el aprendizaje de la autorregulación sobre la base del respeto de principios y normas morales e intelectuales. Una educación integral debe ir más allá del mero desarrollo de habilidades y destrezas intelectuales y tecnológicas y contribuir al perfeccionamiento de la unidad que constituye el ser humano. Esto es lo denominado formación del carácter, aspecto normativo de la personalidad conformado por actitudes, en continuo aprendizaje a través del pulimento y fortalecimiento de la vida diaria. Los estudios muestran que la actitud es factor determinante del desarrollo individual y organizacional. “La excelencia no está en la competencia técnica sino en el carácter”. Lo expuesto confirma la necesidad de estimular la elevación integral de la unidad humana a través de la educación del carácter; de la enseñanza-aprendizaje de una actitud que exprese sentimientos y pensamientos nobles. La connotación psicosocial de este abordaje de lo educativo puede ser de alto impacto puesto que la orientación del carácter individual orienta la dirección del carácter de una sociedad (Fromm, 1973).
Liberadora
Se afirma que la educación debe ser liberadora. Pero en el universo no existe la libertad absoluta. Se dice “todo vive en una jaula invisible”, aludiendo a las normas y límites dentro de los cuales se desarrolla la vida en todas sus manifestaciones. De modo que la verdadera libertad es una libertad con límites. Entonces se trata de liberar al ser humano, pero ¿liberarlo de qué?
Actualmente se está planteando que “debemos elegir entre la alegría o la emancipación como ideal educativo” (Gordillo, 1991). La educación es una ayuda para que el hombre logre un estado de virtud, esto implica rectitud y alegría como efecto de su logro. La alegría, por su parte, contribuye a llevar a buen fin la acción educativa. Para Santo Tomás: “la alegría perfecciona el acto, pues se presta más atención y más celo a aquellos actos que se realizan con alegría”. Según Lersch, investigador de la personalidad humana, la alegría clarifica la percepción y da al pensamiento y a la voluntad una particular dirección. El pasado recibe, gracias a ella, un nuevo sentido y, asimismo, la actitud hacia el futuro (Gordillo).
La alegría es un ingrediente básico y el instrumento más eficaz al servicio de la educación. Basta recordar las aportaciones de la Escuela Nueva: María Montesori, Pestalozzi, Manjón, en cuanto a la alegría como espontaneidad, confianza, apertura, en oposición a una disciplina demasiado estricta. Sin embargo, las corrientes psicológicas más modernas parecen haber vaciado de contenido este concepto, llegando incluso a desvirtuarse y desaparecer del horizonte pedagógico. Más bien ha sido reemplazado por sus opuestos: la angustia, el miedo, la frustración. Es clara entonces, la inconsistencia que supone considerar la alegría como mero ambiente educativo, o como concepto opuesto a la disciplina, pues más bien es algo que requiere un esfuerzo y el logro de la concreción en actitudes y comportamientos.
Se señala que dentro de la denominada “pedagogía ideológica” han aparecido simultáneamente la “pedagogía de la emancipación” y la “pedagogía individualista”, ambas apoyadas en valores y convicciones que, como las opiniones, se ubican por encima de la falsedad (Brezinka en Gordillo, ibídem: 17). La pedagogía de la emancipación tiene como finalidad el logro de una sociedad en la que exista el mayor grado posible de libertad, igualdad y bienestar para todos. Por su parte, la pedagogía individualista pretende no el bien de la sociedad, sino el bienestar propio; educar para la autorrealización, para la satisfacción de las propias necesidades. Se aspira a lograr una sociedad en la que los derechos del individuo son más importantes que sus deberes.
La “pedagogía de la liberación” aspira a desarrollar (Klafki en Gordillo, ibídem: 18) el “espíritu crítico”, referido especialmente a la crítica social e ideológica. Igualmente a lograr la “autodeterminación”, que implica que “hay que hacer una crítica social permanente”. Sin embargo, las metas educativas no pueden establecerse sobre la base de la oposición a algo, para liberarse de ese algo. Su lema no puede ser la negación. (Gordillo, ibídem: 18). Además, esta pedagogía considera la libertad como valor absoluto. Y sobre esto hay que reflexionar seriamente, pues los seres humanos tenemos “libre albedrío” para optar por lo correcto, o incorrecto, pero no tenemos, como nada en el universo, libertad absoluta.
La verdadera libertad significa entonces ejercer una libertad con límites; aprender a actuar acorde a principios y normas. También significa aprender a liberarse de la negatividad en todas sus facetas: del descontento, la queja, la crítica, la oposición, y sus derivados: el rencor, el odio, los celos, la envidia, que son esquemas mentales que polarizan el mundo para controlarlo y se encuentran en la base de los conflictos religiosos e ideológicos, y de todo conflicto en general. Desapegarse de esquemas centrados en el ego y orgullo, conducentes al individualismo y egoísmo, bajo principios y una visión materialista del mundo, que sólo considera el aspecto visible, externo de las cosas, ignorando su dimensión invisible, trascendente. El fin educativo es contribuir al establecimiento de una nueva civilización, que permita una calidad de vida elevada y digna para todos los seres vivientes, y no sólo para los seres humanos. Hay que discernir correctamente qué estimular, y cómo proceder en las diferentes edades, para ir orientando la personalidad hacia la alegría y el respeto.
Transformadora
Todo verdadero desarrollo es un proceso endógeno que se refleja en lo exterior, apoyado y gatillado por procesos exógenos. Parte siempre de un cambio interno, de la transformación de la persona; se proyecta ecológicamente en su vinculación con todo lo existente, y se materializa en la existencia concreta. Por lo tanto, una educación transformadora debe inducir cambios en el “aquí y ahora” personal; pequeños cambios, pero constantes y persistentes. Este proceso requiere aprender/desaprender/reaprender a sintonizar el sentimiento interno, la actitud, momento a momento, con principios superiores. Sólo desde una transformación interna en profundidad, gradual y progresiva, es posible una verdadera transformación social.
Si toda verdadera transformación es endógena, que parte del cambio de los sentimientos y actitudes internas, no se puede continuar haciendo “más y mejor de lo mismo”, centrados en la educación intelectual, sino equilibrar esta educación con la educación de una moral universal, altruista. Es preciso formar personas contentas, sanas y armónicas, orientadas por principios y valores superiores; con virtudes tales como la gratitud, la humildad, la aceptación positiva de las cosas. Personas respetuosas de los demás y de la naturaleza; conscientes de la unicidad de lo existente.
Centrada en el ser humano
Vimos anteriormente que el ser humano funciona como una unidad espiritual, mental y física, a su vez en conexión unitaria con el ecosistema. Y es el sentimiento profundo, actitud interna, el mecanismo que lo conecta con todo lo existente. Por este motivo, la elevación de la calidad del sentimiento interno de cada individuo repercute holísticamente en la elevación de la calidad de la totalidad (Pichón Rivière, 1980).
Centración en el ser humano no significa una “centración egocéntrica”, ni una “centración antropocéntrica”, sino partir de la misión que tiene el ser humano sobre el planeta Tierra: construir una mejor civilización, que combine en armonía lo espiritual y lo material, orientada por principios y valores ecosistémicos, universales, que se concreticen en actitudes capaces de ultrapasar las diferencias religiosas e ideológicas.
Lo anterior implica reconocer la unicidad de los seres humanos; que todos tenemos un mismo origen. Captar la diversidad como parte de la unidad y la unidad dentro de la diversidad. La educación debe llevar a reformular las prioridades individuales-colectivas a partir de una visión más alta, amplia y profunda de la misión humana en el mundo.
El ser humano no es sólo un ser social, sino que es también un ser natural, parte de la naturaleza, pero sin embargo, la trasciende. Es un ser espiritual en un cuerpo material, capaz de discernir correctamente y sintonizar sus actos del día a día con principios y normas de vida no sólo social, sino también en su relación con el mundo de la naturaleza y lo trascendente. La moral humana básica debe ser una moral ecosistémica, que lo oriente hacia una vinculación correcta con todo lo existente. Esto requiere respeto de reglas y límites en la conexión con el mundo como totalidad, incluyendo el sí mismo.
De tal modo que una educación centrada en el ser humano significa enseñar a tomar conciencia de que se está profundamente imbricado, en permanente interacción con el medio natural, social y cultural y, por ende, con una gran responsabilidad planetaria.
Educar ¿qué moral?, y ¿qué inteligencia?
Las investigaciones del desarrollo cognoscitivo, tanto en cuanto al aspecto lógico como moral, evidencian que éste avanza a través de un proceso de equilibración permanente entre funciones invariantes de asimilación y acomodación, y estructuras variables que van construyéndose y perfeccionándose en el encuentro con el medio. Se observa que el proceso natural evolutivo tiende a avanzar desde una moral egocéntrica, heterónoma, hacia una “moral altruista, autónoma” (Piaget, ibídem; Kohlberg y Mayer, 1984). Más aún en el momento histórico actual, es necesario educar una moral básica de cortesía y buenas maneras en sentido integral, holístico. Es decir, cultivar una vinculación sana y armónica con todo lo existente, sobre una moral sustentada en los principios y normas fundamentales para el funcionamiento de la vida en sentido ecosistémico.
Esta formación debe comenzar desde las primeras edades de la vida, adecuada al nivel de comprensión de cada quien. Esta forma de llevar la educación es clave en el momento actual de la humanidad, pues sólo una moral basada en principios universales altruistas, puede llevar a una convivencia humana equilibrada, así como a una utilización de la ciencia y tecnología en armonía con el funcionamiento del universo. La inteligencia por su parte es un constructo que alude a la capacidad de operar, con inteligencia y sensibilidad, en forma cada menos egocéntrica sobre el mundo (Piaget, ibídem). Actualmente hay acuerdo en que la autorreflexión y el autocontrol de los impulsos derivados del deseo de poder y ambición egocéntricos es lo que conforma el aspecto distintivo de la inteligencia humana. Siendo la calidad de la afectividad resultante de este proceso de regulación, y no el cociente intelectual, la verdadera medida de la inteligencia (Gardner, 1995; Goleman, 1996).
Actualmente se considera que la inteligencia emocional, también denominada “inteligencia afectiva”, puesto que integra sensaciones, pensamientos, sentimientos, lenguaje (Zuleta, 2007: 267) básicos para la convivencia, es reconocida como una metahabilidad equivalente al concepto tradicional de carácter, que condiciona las llamadas “aptitudes para el vivir”. En la base se encuentran los llamados “sentimientos superiores”, o “instintos morales básicos”, propios del altruismo.
Por este motivo, la verdadera inteligencia regula voluntariamente impulsos y tendencias según principios y normas fundamentales. Y son los sentimientos altruistas hacia el ecosistema total los que sustentan la formación de hábitos proactivos positivos, base de una vinculación sana, armónica y productiva con todo lo existente. Se trata de una metahabilidad que integra componentes cognitivos y afectivos de tipo lógico y moral.
Equidad y calidad
Educar es guiar a los niños y niñas en su formación como seres humanos sobre la base del respeto y la transformación, en la convivencia. Se plantea que el educador debe saber distinguir entre funciones diferentes pero complementarias: la “formación humana”, referida al desarrollo del individuo como persona “cocreadora” de un espacio de convivencia social y ecológica, y la “capacitación”, relativa a recursos operacionales, habilidades y capacidades de acción en el mundo, al servicio de la formación en tanto tarea educativa principal. Es preciso saber juntar y separar a voluntad la formación humana de la capacitación en el acto de enseñar (Maturana y Nisis, 1995).
La misión de la educación es enseñar la comprensión humana y no sólo la comprensión intelectual, garantía de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad. El ser humano actual vive “una ceguera del conocimiento”, por lo que es necesario enseñar la “condición humana” y la “identidad terrenal”; saber enfrentar las incertidumbres y conjugar las bases de una “ética del género humano”. (Morin, 2000)
Una educación sustentada en una conciencia planetaria es ineludible y urgente. El cultivo de la comprensión tanto intelectual como afectiva, base de un pensamiento positivo y de sentimientos nobles orientados hacia el altruismo, es verdaderamente una educación de calidad. Y sólo este tipo de educación puede ser impartida con equidad. Sólo desde una razón y una moral no egocéntricas, ni antropocéntricas, sino altruistas, que promuevan la participación de cada quien, acorde a sus posibilidades y potencialidades, la educación podrá ayudar al logro de una felicidad conjunta.
Sólo la centración en principios racionales y morales universales permite avanzar hacia una globalización armónica; hacer uso reflexivo del conocimiento científico-tecnológico, y moderación en la utilización de los recursos naturales. “La educación es la reconstructora de la sociedad, pero primero tiene que nacer un nuevo modo de pensar antes de que pueda nacer la nueva época” (Edward Spranger, maestro, psicólogo y filósofo alemán del siglo XX).
3. La realidad de la educación actual
Si duda que la educación actual se caracteriza por ser excesivamente intelectualista, academicista, al punto ser llamada una “pedagogía nemotécnica”, que no hace objeto esencial el conocimiento y la asunción al mismo tiempo de la identidad compleja de la condición humana (Zuleta, ibídem: 284). Es una educación centrada en el desarrollo de la materia como principal, que prioriza el avance tecnológico, con la idea de que es a través de la ciencia como se va a va a generar un verdadero progreso humano. Por esta razón se busca la eficiencia material-tecnológica, a través del desarrollo intelectual, especialmente del razonamiento lógico-analítico, que desconecta la sensibilidad de la inteligencia y favorece el nublamiento de la conciencia. Y al marginar la “educación moral”, se soslaya el aprendizaje de cómo afrontar las dificultades de la vida, base del forjamiento del carácter. Se obstaculiza así el desarrollo de la verdadera inteligencia.
Tal situación se asocia al aumento de los conflictos emocionales y al surgimiento de “un malestar emocional” o “crisis emocional colectiva”. La actual generación de niños (as) tiene más problemas emocionales que la anterior. Son más solitarios y depresivos, coléricos y rebeldes, impulsivos, agresivos y propensos a la preocupación. Indicadores tales como depresión y suicidios, consumo de drogas, delitos, deserción escolar, aparecen en una población cada vez más joven (Goleman, 1996; Shapiro, 1997).
La situación de la educación actual también afecta a los educadores. En la actualidad somos testigos de la producción gradual de una pérdida de profesionalismo en el rol docente, manifestada en una tendencia a que el profesor pase a desempeñar una función técnica, y en algunos casos, meramente operativa (Solar, 2001). El análisis del llamado “desgaste profesional de los profesores” (burnout) evidencia de síntomas tales como tensión, irritabilidad, depresión, pesimismo, agotamiento físico y emocional. Síndrome que se encuentra asociado a un sentimiento de eficacia deficiente, a una escasa autonomía en el campo laboral, a ansiedad y desánimo; lo que obstaculiza el desarrollo de las potencialidades de los estudiantes (Arón y Milicic, 2004).
Es difícil así formar jóvenes con actitudes sanas, positivas, que tengan amor por las personas, por la naturaleza y que tengan altos ideales por su país. Más bien se forma una generación corrupta, autodestructiva que sufre y se angustia. Una educación que margina la formación del carácter, al separar la moral de la razón, y con ello la ética de la vida cotidiana, margina el cultivo de sentimientos y actitudes para la vida, con lo cual se inhibe el desarrollo de la conciencia. Y es este tipo de educación excesivamente intelectualista y academicista lo que está contribuyendo al uso irreflexivo de la ciencia y tecnología. Se puede decir que la educación actual, al no contribuir a elevar la calidad de la unidad razón y moral, está contribuyendo a la crisis global planetaria.
La educación debe ocuparse del intelecto, y a la vez enseñar a acoplar la vida a principios universales. Hay que formar con urgencia, y a gran escala, educadores idóneos y probos, teniendo como objetivo la verdadera educación. Una enseñanza dice “La prosperidad humana no perdura cuando está basada en el mero conocimiento, en el avance tecnológico, o en la supremacía de la intelectualidad”.
(Okada) Sólo la formación de un Hombre verdadero, capaz de poner límites mediante la conciencia y la razón moral y lógica, al deseo y a la ambición, productos éstos del ego, hará posible la construcción de una nueva civilización para el planeta Tierra.
Y ¿qué hacer para desarrollar este tipo de educación? La praxis educativa bolivariana debe considerar la educación de los aspectos moral, intelectual y físico, en tanto constituyen aspectos fundamentales que condicionan la vida humana. No sólo desarrollar estructuras de pensamiento lógico, sino también y, principalmente, un pensamiento-sentimiento interno sano y armónico. Es sobre esta base que las acciones concretas pueden ser productivas en lo personal y en lo colectivo. Es necesario estimular desde las primeras edades el desarrollo de la conciencia; aprender a pensar, sentir y hacer con alegría y altruismo en la vinculación con todo lo existente.
La educación bolivariana posible
Inventamos o erramos
Simón Rodríguez
Es preciso que una educación bolivariana, ubicada en el momento actual, crítico para la supervivencia de la humanidad y del planeta, parta de lo local-individual, pero aspire a construir una nueva sociedad mundial, con una “conciencia política planetaria”, sustentada en principios y normas universales, requisito para un progreso planetario conjunto, exento de discriminación.
En este sentido, un verdadero Hombre es aquel cuya conciencia, y dentro de ella, su razón, ponen límites a su deseo y ambición. Sólo un verdadero Hombre será capaz de desarrollar una convivencia de altura con todo lo existente. Pero el logro de este Hombre no es producto de mecanismos endógenos naturales, sino que requiere de la activación de mecanismos endógenos personales, de voluntad y de esfuerzo, los cuales pueden ser frenados o estimulados por los mecanismos socio-culturales-ambientales.
El perfeccionamiento humano por encima del desarrollo material
La supremacía de un verdadero desarrollo humano está por sobre el desarrollo del capital, y no sólo del “capital económico”, sino que también de lo que se denomina “capital humano”, o “capital social”. Y no puede ser de otra manera, aunque se crea lo contrario, puesto que las condiciones materiales de existencia siempre van a reflejar el estado interno del individuo y de una sociedad. Los estudios muestran que el desarrollo es un complejo proceso holístico que avanza en espiral, donde individuo y medio se encuentran en permanente interconexión, donde el avance de un individuo incide en el avance de su hábitat y del ecosistema como totalidad (Pichón Rivière, 1980).
El principio esencial del funcionamiento del Universo dice: “Espíritu principal, materia secundaria” (Okada, 2000). Es decir, los fenómenos materiales, observables, obedecen a una dinámica oculta, donde lo visible refleja lo invisible. Esto es parte de la complejidad de lo real. Se dice: “El mundo externo visible y el mundo interno invisible se encuentran interrelacionados en una dependencia mutua que constituye la base de la vida” (Odairisama). Por esta razón, la educación debe enseñar, desde las primeras edades y durante toda la vida, a avanzar gradualmente en calidad humana, tanto moral como intelectual, hacia la tolerancia con el otro, a la vez que en la estrictez con uno mismo; hacia la positividad, el bien común en sentido ecosistémico, la valoración y cuidado de los recursos de la naturaleza; y, de este modo, participar verdaderamente en el logro de un progreso familiar, comunitario, del país y del planeta.
Sólo cuando la educación, desde los primeros años de vida, desarrolle pensamientos y sentimientos morales, verdaderamente inteligentes, podrá tener éxito en liberar al ser humano de los esquemas egocéntricos y materialistas que se encuentran en la base de la “autolimitación”, de lo que se denomina “mentalidad de víctima”; “mentalidad de escasez”; “mentalidad egocéntrica”; “mentalidad materialista”. Es el aprendizaje de estas actitudes, habilidades y competencias, que entrañan sentimientos morales básicos, “sentimientos inteligentes”, lo que debe orientar el proceso educativo.
Hombres verdaderos, constructores de una nueva sociedad
Una educación que estimule la formación y desarrollo de “hombres verdaderos”, correctos e inteligentes en su vinculación con todo lo existente, puede efectivamente contribuir al logro de una nueva sociedad de mayor calidad y más feliz, en sentido planetario. Esta educación requiere de una concepción holística, desde la cual entender que la felicidad humana depende de la felicidad planetaria. Mas este proceso debe pasar por la elevación de nuestros sentimientos y pensamientos.
De esta manera la educación puede contribuir a formar hombres y mujeres motivados y preparados con las herramientas fundamentales para construir una sociedad en la que el ser humano tome la responsabilidad y corresponsabilidad de su misión en la Tierra. Para lo cual debe erradicar la mentalidad centrada en principios materialistas, existente tanto dentro del capitalismo como del socialismo, y pasar a ser sujeto proactivo generador de una verdadera transformación personal-social-ambiental.
Una verdadera educación bolivariana, fundamentada en la orientación que nos dejó el Libertador: “Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, se sustentaría en
- El desarrollo de seres de alto nivel humano, sensibles e inteligentes, capaces de cumplir con la misión de concretar una nueva sociedad, donde haya paz y armonía global.
- El retorno a los principios originarios de cada cultura particular y de los ideales que forjaron la historia del país.
- La conciencia del momento crítico “aquí y ahora” del planeta y la importancia de la unificación, no sólo por el bienestar común, sino por la supervivencia planetaria.
- El cultivo de una moral de altura, ecosistémica, a la vez que de una inteligencia lúcida, capaz de manejar moderadamente no sólo el mundo externo, sino también y principalmente, el mundo interno de los propios sentimientos y pensamientos.
Y ¿cómo realizar esta tarea educativa? El cultivo de esta doble metahabilidad moral y lógica esencial para la vida, puede y debe ser entrenada tempranamente, desde la primera infancia. Sólo así se podrán formar hábitos positivos para una relación correcta y lógica; inteligente (Figueroa, 2000, 2005) consigo mismo (vinculación intrapersonal); con los demás (vinculación interpersonal); con la naturaleza y con lo trascendente (vinculación intrapersonal). Es necesario enseñar a manifestar gratitud por todas las cosas, incluso por las cosas negativas, puesto que toda situación entraña un aprendizaje, un pulimento en el forjamiento del carácter, y también una protección. Las experiencias psicoterapéuticas y reeducativas comprueban una y otra vez la importancia de una actitud agradecida, que acepte la realidad tal como ella es, y no como uno quisiera que fuese; a la vez que un sentimiento humilde, elementos básicos para poder ultrapasar las dificultades y mejorar la vida.
De allí la importancia de enseñar a practicar la gratitud ante todas las cosas; el entender toda situación negativa como fortalecimiento; la humildad de corazón; la cooperación mutua, el reconocer los esfuerzos y méritos de los demás; el preservar los recursos de la naturaleza y evitar el desperdicio. Todo ello entraña sentimientos virtuosos, a la vez que inteligentes; e implican firmeza consigo mismo, a la vez que tolerancia con los demás. Por eso generan la verdadera fuerza que impulsa el desarrollo psicosocial. Se trata de desarrollar aptitudes y modificar actitudes propias de la “inteligencia afectiva”, fundamental para una vinculación sensible e inteligente con el mundo.
La educación requiere de una doble acción: enseñar (teach), a la vez que acompañar (coach) el proceso de aprendizaje. Su apoyo es una metodología triple: didáctica, referida a la utilización de la exposición teórica; modélica-mediacional, a través de la observación real o virtual, y experiencial, llevar a la práctica lo aprendido. La formación humana necesita de conceptos claros y operativos, de agentes mediadores, de modelos significativos para el educando, y del propio entrenamiento comportamental.
Cabe destacar la importancia del trabajo cooperativo ya mencionado anteriormente, (Piaget, 1975), como estrategia para el desarrollo lógico y moral; tema que no ha sido considerado especialmente relevante en la investigación. Según estudios, la cooperación no sólo favorece el desarrollo de la operación mental, base del pensamiento lógico, sino que el uso exclusivo de técnicas de cooperación en el aula produce una mejora notable en el desarrollo del juicio moral (Korthals, Lickona y Vincent en Ortega, Minguez y Martínez, 1997: 35).
Las técnicas inductoras de cooperación, el aprendizaje cooperativo, posibilitan un mayor desarrollo del pensamiento moral que el aprendizaje competitivo, y permiten, el desarrollo de habilidades sociales como la empatía, la atracción interpersonal y la superación de prejuicios. Actitudes positivas tales como el mutuo reconocimiento, la búsqueda de puntos comunes, o de encuentro, la búsqueda de soluciones conjuntas para una tarea común, facilitan el desarrollo del sentimiento moral hacia los demás miembros del grupo, a la vez que pensamiento moral (Ortega y otros, ibídem: 35). Sin embargo, el perfeccionamiento interno de los estudiantes, sobre la base de la formación de una personalidad sensible e inteligente, con corrección y discernimiento, implica necesariamente un liderazgo moral e intelectual afín del educador, en sintonía con principios superiores y con valores encarnados en actitudes cotidianas (Figueroa, 2000, 2005). El principal recurso educativo para la formación de un nuevo y verdadero hombre en cada estudiante es el propio educador(a), como persona igualmente en proceso de perfeccionamiento personal, pues “los estudiantes aprenden, no sólo de lo que se les dice, sino que también, y más aún, de lo que ven”.
4. Un alcance a “los cuatro ejes educativos fundamentales”
A partir del análisis del significado de la moral y de la luz del entendimiento para una educación bolivariana, es posible intentar precisar el sentido de los llamados “cuatro ejes verticales fundamentales” de una educación bolivariana:
- Aprender a crear. Es importante clarificar que se trata de aprender a experimentar e innovar pero hacerlo en armonía con todo lo existente; buscando aportar al progreso conjunto del ser humano y del planeta; a lograr la felicidad de todos los seres.
- Aprender a convivir y participar. Aprender a convivir en armonía con tolerancia y buena voluntad con todo. Aprender a participar, cooperar desinteresadamente, con sentimiento altruista, y dentro de las posibilidades de cada quien.
- Aprender a valorar. Significa aprender valorar la importancia de todo lo existente, como parte integral de la totalidad. Se corresponde con una moral ecosistémica.
- Aprender a reflexionar. Significa pensar con profundidad y con la mayor objetividad. Pero también pensar en el propio pensamiento. Aprender a reflexionar y autorreflexionar, con estrictez humilde consigo mismo, única forma de eliminar el ego y el orgullo, principales obstáculos del pensamiento reflexivo y del aprendizaje.
5. A manera de conclusión
La unidad moral y luces vuelve a confirmarse como aspecto educativo prioritario si se aspira a contribuir al proceso evolutivo humano en el tiempo histórico que nos corresponde vivir. Y es el propio maestro del Libertador, Simón Rodríguez, quien avala la necesidad de educar el autocontrol voluntario de impulsos, condición del avance hacia la condición de Hombre verdadero, cuando señala que “La educación es la formación del hombre para la acción, para el uso de la razón, para la moderación de los sentimientos, para el dominio de su voluntad, es libre el hombre que es dueño de su propia voluntad” (Calzadilla y Carles, 2007: 17).
Una verdadera educación bolivariana tendría que abocarse a formar personalidades que emanen alegría y corrección, apoyada en la educación simultánea de una moral ecosistémica y de una inteligencia positiva, tanto racional como afectiva. Podría ser posible así cumplir con la misión de formar y desarrollar Hombres verdaderos; hombres y mujeres que continúen, en el “aquí y ahora” histórico, la misión bolivariana de unificar en un todo de diversos colores y texturas, la diversidad americana.
Una educación de este tipo implica una “revolución interna”, que es la verdadera revolución, en correspondencia con los ideales bolivarianos. Y orientada por la propia moral y la propia luz del entendimiento del Libertador este tipo de educación se torna no sólo necesaria para la Venezuela de hoy, sino que pasa a ser una propuesta educativa para el mundo. Finalizamos con un pensamiento de Gabriela Mistral, poetisa chilena, premio Nobel de Literatura, 1945.
Maestro: enseña en tu clase el ensueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de entendimiento.
Nota
* Profesora chileno-venezolana. Universidad de Los Andes – Núcleo “Rafael Rangel”. Psicóloga y Doctora en Educación. Profesora asociada de la Universidad de Los Andes, Núcleo Rafael Rangel, adscrita al Departamento de Ciencias Pedagógicas. Actualmente es Directora del Centro de Desarrollo Integral Sustentable, CIDIS.
Bibliografía
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