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Print version ISSN 1690-7515
Enlace vol.6 no.3 Maracaibo Sept. 2009
Las máscaras de un mito: Claude Lévi-Strauss
Álvaro B. Márquez-Fernández
11 Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA). Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad del Zulia, Maracaibo. Correo electrónico: amarquezfernandez@gmail.com
Fue una de esas mañanas de biblioteca. Agobiado por el viento rapaz de un invierno de abril, un poco antes que la lluvia terminara por penetrar con su sinfonía, a última hora, la helada y sombría neblina del Quartier Latin, logré atravesar la plaza August Comte en búsqueda de la puerta nº. 17 y lograr el resguardo tibio y ancestral de la escalera de mármol en semi círculo y los pasillos de madera de la U.E.R de Philosophie de la Sorbonne.
Me zafaba, poco a poco, al entrar en calor, de ese eclipse invernal en el que se convierte Paris las primeras horas de brumas de un día sin sol matutino Una mirada de reojo a los afiches de la cartelera, me obligó a recortar el paso, sin mucho entusiasmo por los típicos marullos de informaciones, porque en letras altas, gruesas y negritas, sobre el color rosado del afiche, se comunicaba que M. Lévi Strauss del Collège de France y de LAcadémie Française, impartiría un ciclo de conferencias sobre su último libro La Potière Jalouse (1985).
No pude resistir ese canto de sirenas Había estudiado en uno de mis seminarios de Becaduría Docente de la Escuela de Filosofía, con el insigne, recientemente fallecido, Maestro José Sazbón, sus dos principales obras Anthropologie Structurale y La Pensée Sauvage. Indiscutible, entonces, la influencia de Lévi Strauss en mis primeros años de formación y por un cierto tiempo más, era una total inspiración el estructuralismo lingüístico. Mi interés por el estudio del lenguaje tuvo su principio en la filosofía analítica, en especial, con las interpretaciones de Ernesto H. Battistella, sobre Carnap y Wittgenstein. Luego mi recepción de Greimas y Barthes, junto a mis reflexiones gramscianas sobre la hegemonía y la ideología, le dieron consistencia a mis tesis filosóficas del lenguaje en su relación con la ideología y con las formas discursivas del poder político. Había llegado en 1985 a Paris para disfrutar mi primer Año Sabático en la Sorbonne y obtener mi DEA (y posterior Doctorado) con Mme. Hélène Vedrine.
Después de otra gélida mañana, pasadas las primeras horas del medio día, fue que me di cita con las conferencias de Lévi Strauss sobre las investigaciones de su último libro Más allá de los encuentros a desvelos que viví a través de la lectura de sus libros, en mi ambiente tropical de Maracaibo, ahora podía escuchar y desenmascarar a viva voce la presencia de este Maestro. A la hora habitual, este hombre delgado y sereno, de pequeños ojos y mirada vivaz y contemplativa, calvicie pronunciada y cabello blanco muy recortado, anteojos gruesos de amplio vidrios transparentes, de un caminar parsimonioso, curvatura espinal que parecía arcada medieval, atento al silencio de su auditórium, de caligrafía dispersa y trazos cubitas, conferencia tras conferencia nos declaraba con su voz de tonos altibajos y casi melodiosa, una y otra vez, a través de un discurso que obliga a agudizar la escucha, que el mundo es el escenario de un gran relato mítico donde todo es una sinfonía de escalas que se reorganizaban entre sí por la acción comunicativa de los sistemas de signos . Igual que la pintura, la música o la escultura, en el orden de las artes . Y, entonces, su larga y quizás triste figura que parecía concentrar todos los grises de la luz, emergía desde un cuerpo de bengala que se aferraba a la tiza y a la fuerza de un trazo sobre la pizarra para marcar hacia arriba o hacia abajo, en horizontal o diagonal, por círculos o cuadrados esa gramática ignota, sauvage del pensamiento de quien ya no es más alguien que se comunica o expresa desde su cultura, sino otro que busca las polifonías de otras voces que es capaz de escuchar y desea hacerlas visibles en sus particulares significaciones.
En sus palabras y en sus gestos se cristalizaban la humildad y natural sapientia de quien no pierde su fe en la génesis de las representaciones y en la contextualidad material de los sentidos. A sus sesiones de conferencias accedía por la puerta del lado izquierdo de la sala, que parecía fin y principio de dos mundos que compartía de un modo correlativo: la investigación y la cátedra, la escritura y la voz de la palabra. En cada acento o en cada giro, en cada insistencia o resistencia argumentativa, en contra o a favor de sus críticos, la ecuanimidad ante la diferencia era una característica de su personal forma de hacerse entender. Mi primer y último contacto vivencial con el padre del estructuralismo francés pasó en un ambiente de permanente perplejidad y descubrimiento. En alguna entrevista afirmó que La Potière Jalouse, sería su última obra escrita. Que le temía a las reiteraciones y a la perdida de originalidad. Un mito de la modernidad que supo cuestionar y superar pues hasta su último año de los 100 que vivió con toda lucidez, siempre se hizo acompañar de sus más reveladoras mitologías cotidianas . Aprendía de sí mismo y de sus interlocutores, en un afán por aclarar a veces lo inaclarable o inefable, por eso su afición por las artes como expresión de lo más simbólico de la sensibilidad. Eso le valió con toda justicia, su nombramiento de curador del
Museo del Hombre de Orsay.Expresa Andrés Ortiz Osés que se le concedía el mérito de haber aplicado el método estructural saussuriano a los productos culturales-mitos, sistemas de parentesco, usos sociales, etc, a fin de establecer las pautas elementales del comportamiento, las estructuras generales subyacentes a tales formaciones culturales y, en definitiva, la gramática profunda, de modo que ha podido comparar asimismo su actividad develadora de estructuras profundas al marxismo y al psicoanálisis freudiano. Más en concreto, se trata de descodificar en cada caso un universo cultural, o, si se prefiere, de descifrar los diversos mensajes a base de reglas de transformación.
Según Lévi Strauss, la cultura se edifica como símbolo máximo del lenguaje sobre una estructura de oposiciones y correlaciones, es decir, por las relaciones lógicas (antropología estructural). Intenta establecer las leyes naturales (inconscientes) de nuestros productos culturales (conscientes). De este modo, lo que a un primer nivel del sentido común aparece sin-sentido ni significación, a un nivel de estructura inconsciente develada por el análisis estructuralconstruida por el etnólogo pero con fundamento en la explicación-reaparece con sentido. El estructuralismo busca, por consiguiente, las relaciones sincrónicas en su verificación diacrónica.
Se puede, sin abandonar nuestra sociedad, comprender a priori a las demás incorporándolas a la unidad cultural que les da significancia a nuestro devenir. Lévi Strauss abre la posibilidad de hacer admisible un elemento de interpretación de la historia y la realidad a partir de una lógica del análisis estructural que nos permitiría varios ordenes de reducciones cognoscitivas sobre los acontecimientos históricos. El procedimiento consiste en tomar la parte del todo, esto supone un elemento articulador de la razón analítica como racionalidad constituyente y vendrá a jugar un papel muy importante en el momento de las interpretaciones de la lengua, así como de cualquier sistema de significación; primeramente, valida la interpretación de las relaciones de un sistema de parentesco, en segundo lugar, su uso se hace extensivo al campo de la complejidad social que se constituye como un orden de relaciones susceptibles de ser descompuesto de forma igual al código lingüístico. Al momento de estudiar ciertos aspectos de dos civilizaciones, una actual y otra desaparecida, ambas presentan ciertas semejanzas, una analogía en todos los aspectos. Enfoque problemático y polémico. Sin embargo, Lévi Strauss considera relevante los puntos de convergencia que integran a las sociedades que resultan en un sentido compartido, es decir, las invariantes: características que pueden definir, clasificar u oponer culturas.
De estas originales ideas y otras más escépticas, se escribieron catedrales de papeles hasta reciente data. No podía pasar desapercibido esa figura del pensamiento francés que deambulaba por los corredores del Collège de France, instalado en aquel Bureau de la Sección V .y que de vez en cuando solía acercase al ventanal, correr las cortinas, despejar la mirada y contemplar en el horizonte de su imaginación las máscaras de las culturas, los mitos y símbolos que anidan en lo más subyacente de la conciencia y que brotan como las espigas del maíz y rotan como los girasoles, cada vez que la voluntad de interpretación nos exige comprender la historia de nuestra humanidad.
Sentado en una de las bancas del pequeño y siempre floreado jardín interno del Collège hoy evoco aquella tarde cuando puede contemplar, en mi anonimato, en ese ventanal, al trasluz de una estatua griega, a la que miraba en todas sus formas, a ese Espíritu de la Historia del que nos cuenta Hegel todos deberíamos pertenecer .












