1. Introducción
¿Qué entendemos realmente por madurez psicosocial?. Este concepto engloba las transformaciones que experimenta una persona en su identidad y en su forma de relacionarse con otros a lo largo de su vida. Implica desarrollar herramientas emocionales, sociales y de pensamiento que permitan enfrentar los retos del día a día. Gracias a estas capacidades, los individuos logran ajustarse a diversas circunstancias, decidir con criterio y construir vínculos interpersonales sanos.
Un aspecto fundamental dentro de esta madurez es saber manejar las propias emociones. Los estudiantes que dominan esta habilidad pueden lidiar mejor con situaciones de tensión y responder adecuadamente cuando surgen problemas con sus compañeros. No se frustran fácilmente y buscan soluciones en lugar de reaccionar de forma impulsiva. Tal como lo plantean Rivas, Matalinares, Díaz-Acosta, Baca-Romero y Villavicencio (2022): cuando un adolescente alcanza cierto nivel de madurez psicosocial, su desarrollo emocional mejora notablemente, beneficiando tanto su bienestar personal como su desempeño en los estudios.
¿Y qué sucede cuando esta madurez se consolida?. Los efectos positivos se extienden al salón de clases y a la manera en que los jóvenes interactúan entre sí. Se genera un ambiente de respeto mutuo donde la comunicación fluye con mayor naturalidad. Autores como Chalela-Naffah, Valencia-Arias, Ruiz-Rojas y Cadavid-Orrego (2020): han investigado precisamente cómo estas competencias favorecen el trabajo grupal y la convivencia en el aula.
Ahora bien, varios elementos componen este constructo. Por un lado, están las emociones y cómo las gestionamos; por otro, las habilidades para relacionarnos, tomar decisiones y asumir responsabilidades. Ninguno de estos componentes aparece de la noche a la mañana, sino que se van fortaleciendo conforme crecemos. De acuerdo con Bardales-Encinas, Ramos-García, Morón-Cabrera y Terrones-Marreros (2023): quienes desarrollan apropiadamente su madurez psicosocial establecen relaciones más saludables, afrontan las dificultades con mayor entereza y construyen una identidad más firme.
También debemos mencionar las habilidades sociales propiamente dichas. Saber expresarse claramente, encontrar soluciones pacíficas ante desacuerdos y trabajar en colaboración con otros constituyen pilares esenciales. Un estudiante con estas capacidades se desenvuelve bien tanto solo como en grupo. En la investigación conducida por Gullo (2023): ha documentado evidencia que confirma la relevancia de estas competencias para el éxito escolar.
Para evaluar la madurez psicosocial se consideran tres dimensiones principales. La templanza tiene que ver con mantener el control emocional y conductual frente a situaciones estresantes. La responsabilidad refleja el compromiso personal y la disposición para hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos. Finalmente, la perspectiva alude a la capacidad de ponerse en el lugar del otro, fomentando la empatía y una convivencia más inclusiva. Como indica Quevedo y Patiño (2024): aportan datos que validan la utilidad de estas tres dimensiones.
Pasemos ahora a las conductas agresivas. Estas nacen de múltiples influencias, algunas internas y otras provenientes del entorno, pudiendo manifestarse de manera física o verbal. En palabras de Juárez y González (2024a): explican que la agresividad no solo incluye insultos, amenazas o golpes; también abarca formas más sutiles como excluir a alguien del grupo, difundir rumores o dañar la reputación de otra persona.
En los colegios, estas conductas adoptan diversas formas. Mencionando a Silva-Fernández y Pabón (2023): han estudiado particularmente la agresión relacional, aquella que se basa en manipular las relaciones sociales para perjudicar a alguien. Este tipo de agresión, aunque menos visible que un golpe, puede resultar igual o más dañina para quien la sufre.
Las consecuencias de la agresividad no recaen únicamente sobre las víctimas; también afectan a quienes agreden y al clima escolar en general, dificultando el proceso educativo. Desde la perspectiva de Juárez y González (2024b): señalan que estas situaciones pueden acarrear daños físicos e incluso problemas de salud que persisten en el tiempo.
Conviene distinguir entre dos tipos de agresividad. La premeditada supone planificar deliberadamente una acción para causar daño o sacar algún provecho. La impulsiva, en cambio, surge de manera espontánea, detonada por emociones intensas como la ira o el temor. En esta misma línea argumentativa, Sánchez-Romero (2024): considera esta diferenciación fundamental para comprender el fenómeno en toda su complejidad.
Considerando lo anterior, surge una pregunta central: ¿de qué manera la madurez psicosocial incide en las manifestaciones agresivas de los estudiantes de secundaria?. Investigar esta relación tiene sentido porque el desarrollo de habilidades sociales, emocionales y cognitivas puede modificar la forma en que los jóvenes manejan sus emociones y enfrentan los conflictos. Entender este vínculo permitirá diseñar estrategias que promuevan comportamientos más adaptativos. El análisis contribuirá a generar intervenciones centradas en el autocontrol, la empatía y la toma de decisiones, elementos clave para disminuir la agresividad y mejorar el ambiente escolar.
Este estudio tiene como propósito principal analizar cómo la madurez psicosocial influye en la agresividad de estudiantes de secundaria. De manera específica, se busca identificar los niveles de templanza, perspectiva y responsabilidad, así como establecer los niveles de agresividad premeditada e impulsiva en la muestra.
2. Metodología
El trabajo adoptó un método inductivo, partiendo de casos particulares para luego elaborar generalizaciones sobre lo observado. Coincidiendo con este enfoque, Vargas (2014): lo considera adecuado cuando se pretende identificar patrones de comportamiento desde los datos recogidos. Se optó por un enfoque cuantitativo que permitiera obtener cifras para responder la pregunta de investigación. Según expone Castañeda (2022): se describe este enfoque como aquel que recoge datos numéricos de forma sistemática y los analiza estadísticamente.
Se utilizó un diseño no experimental de corte descriptivo. No hubo manipulación de variables ni alteración alguna del contexto estudiado. En concordancia con lo establecido por Ríos-Incio, Prado, Cruzata-Martínez y Alvarado (2020): explican que este tipo de diseño sirve para caracterizar un fenómeno tal cual se presenta en su ambiente natural.
La investigación se realizó en colegios secundarios de Piura, Perú, durante 2024. El foco estuvo puesto en examinar qué desafíos enfrentan los estudiantes en términos de madurez psicosocial y comportamientos agresivos, con miras a proponer estrategias que mejoren la convivencia escolar.
Participaron 400 estudiantes seleccionados por conveniencia (muestreo no probabilístico). Se incluyeron únicamente alumnos de cuarto y quinto año, con edades entre 14 y 16 años, matriculados en instituciones piuranas y cuyos tutores legales firmaron el consentimiento informado. Se evaluó la madurez psicosocial mediante sus tres dimensiones (templanza, perspectiva, responsabilidad) y la agresividad a través de sus dos modalidades (premeditada e impulsiva). Los instrumentos aplicados de forma presencial fueron la Escala de Madurez Psicosocial y el Cuestionario de Agresividad Premeditada e Impulsiva.
Los datos se procesaron con estadística descriptiva, calculando frecuencias y porcentajes para caracterizar ambas variables. Se complementó el análisis con revisión bibliográfica y trabajo de campo. El Comité de Ética de la Universidad César Vallejo aprobó el protocolo, asegurando el cumplimiento de los principios éticos: consentimiento informado, confidencialidad y respeto a la dignidad de los participantes.
3. Resultados
Los hallazgos que se presentan a continuación derivan del análisis de las respuestas proporcionadas por los 400 estudiantes de secundaria que conformaron la muestra. La información se organizó en función de las dos variables centrales del estudio: madurez psicosocial y agresividad. Para la primera variable, se examinaron las tres dimensiones que la componen -templanza, perspectiva y responsabilidad-, mientras que para la segunda se diferenciaron las modalidades premeditada e impulsiva. Los datos fueron procesados mediante estadística descriptiva, calculando frecuencias absolutas y porcentajes que permiten caracterizar el comportamiento de cada dimensión en la población estudiada.
Tabla 1 Dimensiones de la escala de madurez psicosocial.
| Madurez psicosocial | Categorías | ||||
|---|---|---|---|---|---|
| Dimensiones | Muy en desacuerdo | En desacuerdo | Indeciso | De acuerdo | Muy de acuerdo |
| Templanza | 138 (34,5%) | 93 (23,3%) | 43 (10,8%) | 59 (14,8%) | 67 (16,8%) |
| Perspectiva | 91 (22,8%) | 70 (17,5%) | 101 (25,3%) | 90 (22,5%) | 48 (12%) |
| Responsabilidad | 148 (37%) | 84 (21%) | 48 (12%) | 53 (13,3%) | 67 (16,8%) |
Fuente: La Autora (2025).
¿Qué nos dice la Tabla 1?. En primer lugar, llama la atención que en templanza casi seis de cada diez estudiantes (57,8%) se ubicaron en las categorías negativas: 34,5% muy en desacuerdo y 23,3% en desacuerdo. Solo un tercio aproximadamente (31,6%) expresó acuerdo con los ítems de esta dimensión. Un 10,8% no se definió.
La perspectiva mostró resultados menos extremos, pero igualmente preocupantes. Cuatro de cada diez participantes (40,3%) reportaron dificultades, mientras que un cuarto de la muestra (25,3%) se mantuvo indecisa. Las respuestas favorables alcanzaron apenas 34,5%.
La responsabilidad arrojó las cifras más alarmantes: 58% de respuestas negativas (37% muy en desacuerdo, 21% en desacuerdo). Apenas tres de cada diez estudiantes (30,1%) mostraron niveles adecuados en esta dimensión.
En conjunto, estos datos revelan un panorama preocupante respecto al desarrollo psicosocial de los adolescentes evaluados. Las tres dimensiones presentan déficits significativos, aunque con matices diferenciados: mientras templanza y responsabilidad exhiben proporciones similares de respuestas negativas (cercanas al 58%), la perspectiva muestra un patrón distinto caracterizado por una elevada indecisión (25,3%), lo que podría indicar que muchos estudiantes aún se encuentran en proceso de desarrollar su capacidad empática.
Resulta particularmente llamativo que la responsabilidad -entendida como el compromiso personal y la disposición para asumir las consecuencias de los propios actos- sea la dimensión con menor porcentaje de respuestas favorables, situación que podría dificultar tanto el desempeño académico como la convivencia escolar de estos jóvenes.
Tabla 2 Dimensiones de la escala de agresividad.
| Agresividad | Categorías | |||
|---|---|---|---|---|
| Dimensiones | Nunca | Casi nunca | Con frecuencia | Con bastante frecuencia |
| Agresividad premeditada | 84 (21%) | 92 (23%) | 116 (29%) | 108 (27%) |
| Agresividad impulsiva | 86 (21,5%) | 96 (24%) | 119 (29,8%) | 99 (24,8%) |
Fuente: La Autora (2025).
Los datos sobre agresividad resultan igualmente reveladores (Tabla 2). En cuanto a conductas premeditadas, 44% de los estudiantes indicó que nunca o casi nunca las presenta (21% y 23% respectivamente). Sin embargo, más de la mitad (56%) reconoció comportamientos agresivos planificados: 29% con frecuencia y 27% con bastante frecuencia.
El panorama de la agresividad impulsiva es similar. Un 45,5% reportó ausencia de estas conductas (21,5% nunca, 24% casi nunca). No obstante, 54,6% admitió reacciones agresivas espontáneas: 29,8% con frecuencia y 24,8% con bastante frecuencia.
Estos datos evidencian una presencia considerable de conductas agresivas en la muestra estudiada. Ambas dimensiones presentan proporciones notablemente similares: mientras la agresividad premeditada alcanza 56%, la impulsiva llega a 54,6%, lo que indica que más de la mitad de los adolescentes reconoce manifestar ambos tipos de agresión con frecuencia.
Llama particularmente la atención que la modalidad premeditada -aquella que implica planificación deliberada para causar daño- supere ligeramente a la impulsiva, sugiriendo que estas conductas no obedecen únicamente a reacciones emocionales momentáneas sino también a intenciones calculadas. Esta coexistencia de ambas formas de agresividad en proporciones tan elevadas representa un desafío significativo para la convivencia escolar y demanda atención prioritaria en el diseño de estrategias de intervención.
4. Conclusiones
¿Qué nos enseñan estos resultados?. En esencia, que existe un vínculo claro entre la madurez psicosocial y la agresividad adolescente. Cuando casi seis de cada diez estudiantes muestran templanza deficiente y una proporción similar reporta comportamientos agresivos deliberados, resulta evidente la necesidad de actuar. Las escuelas requieren programas que fortalezcan el manejo emocional, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y la toma de decisiones responsable.
Este trabajo aporta algo distinto al campo: examina simultáneamente las tres dimensiones de madurez (templanza, perspectiva, responsabilidad) junto con los dos tipos de agresividad (premeditada, impulsiva) en el contexto peruano. Los hallazgos coinciden con investigaciones previas que vinculan el desarrollo socioemocional deficiente con mayores niveles de agresión. Llama particularmente la atención que la responsabilidad presente las cifras más críticas (58% de respuestas negativas), sugiriendo que esta área demanda atención prioritaria.
Por supuesto, el estudio tiene limitaciones. El diseño descriptivo y el muestreo por conveniencia impiden generalizar los resultados a otras poblaciones. Además, al usar solo cuestionarios de autoinforme, existe el riesgo de que algunos participantes hayan respondido según lo socialmente esperado más que según su realidad. Aun así, los datos mantienen validez para las instituciones piuranas estudiadas y ofrecen información útil para entender la problemática local.
¿Hacia dónde deberían apuntar futuras investigaciones?. Valdría la pena ampliar la muestra a otras regiones del país y emplear diseños longitudinales que permitan establecer relaciones de causa-efecto. También sería provechoso combinar los cuestionarios con observación directa y entrevistas.
En definitiva, este estudio confirma que los bajos niveles de templanza, perspectiva y responsabilidad van de la mano con mayor presencia de conductas agresivas, tanto calculadas como reactivas. Fortalecer el desarrollo socioemocional de los adolescentes constituye, por tanto, una estrategia preventiva clave frente a la violencia escolar.










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