Introducción
En el contexto de los recientes rechazos a dos proyectos de reformas constitucionales en Chile, surge nuevamente la discusión sobre la necesidad de modificar el sistema político. Diversos actores, tanto en sectores de derecha como de centroizquierda, han propuesto un paquete de 24 reformas parciales que, en su criterio, abordarían algunos de los problemas estructurales más urgentes del país. Uno de los ejes de esta propuesta se centra en reducir la fragmentación del sistema de partidos, sugiriendo para ello la implementación de barreras legales que limiten la proliferación partidaria.
Este artículo se propone analizar críticamente la efectividad de estas reformas, que se sustentan en una gran confianza en la denominada "ingeniería política" como solución a problemas complejos y de naturaleza multicausal. En efecto, si la fragmentación del sistema de partidos responde en gran medida a la pérdida de institucionalidad de los mismos, resulta cuestionable que modificaciones en el sistema electoral puedan, por sí solas, revertir dicha tendencia.
A su vez, los problemas asociados a la baja eficacia en la toma de decisiones políticas no derivan exclusivamente de la fragmentación partidaria; otros factores como la polarización y la disminución en la calidad del debate político también desempeñan un papel relevante. Finalmente, esta reflexión concluye señalando una contradicción fundamental en el sistema político chileno: mientras que las estructuras e instituciones responden a un modelo de democracia de consenso, las dinámicas y conductas de sus actores reflejan, en cambio, un enfoque marcado por la competencia y el conflicto. Sin duda, que lo importante es que lo que se conoce hace décadas en la teoría se aplique en el análisis, pues como escribió Taagepera (2017):
El sistema electoral afecta a la política, pero también son producto de la política, después de una reverencia inicial a esta causalidad bidireccional… (los analistas) tratan las leyes electorales como causas de los sistemas de partidos, en lugar de resultado (de ellos) (p. 679).
De esta forma, el sistema electoral no es por sí solo suficiente para determinar la reducción permanente del número de partidos del sistema (Cotta et al, 2018, p. 289). Se sabe que la fragmentación de los partidos ha aumentado en las últimas décadas que este no es solo un fenómeno chileno, donde en las últimas décadas ha aumentado la cantidad de partidos. El uso de índices cuantitativos y cualitativos llevarían a cifras de fragmentación superiores a los 11 partidos, por la baja fuerza relativa del apoyo electoral a cada partido, que es un elemento o componente muy importante (Blonde, 1972).
Pruebas del aumento general de la fragmentación, se encuentran -por ejemplo- en un libro reciente de Katz y Mair (2022). Dichos autores entregan una serie de datos de lo que ocurre en muchas de las democracias occidentales.
Tabla 1 Número efectivo de partidos en las primeras elecciones después de 2000 y en las últimas elecciones antes de 2017
| País | Año 1 | Año 2 | N.º efectivo de partidos electorales año 1 | N.º efectivo de partidos electorales año 2 | N.º efectivo partidos parlamentarios año 1 | N.º efectivo partidos parlamentarios año 2 |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Australia | 2001 | 2016 | 3,44 | 4,47 | 2,49 | 3,07 |
| Austria | 2002 | 2013 | 3,02 | 5,15 | 2,88 | 4,59 |
| Bélgica | 2003 | 2014 | 8,84 | 9,62 | 7,03 | 7,82 |
| Canadá | 2004 | 2015 | 3,78 | 3,33 | 3,03 | 2,50 |
| R, Checa | 2002 | 2013 | 4,82 | 7,61 | 3,67 | 6,12 |
| Dinamarca | 2001 | 2015 | 4,69 | 5,86 | 4,48 | 5,57 |
| Estonia | 2003 | 2015 | 5,42 | 5,14 | 4,67 | 4,72 |
| Finlandia | 2003 | 2015 | 5,65 | 6,57 | 4,93 | 5,84 |
| Francia | 2002 | 2012 | 5,22 | 5,27 | 2,26 | 2,83 |
| Alemania | 2002 | 2013 | 4,09 | 4,81 | 3,38 | 3,51 |
| Grecia | 2004 | 2015 (S) | 2,66 | 4,51 | 2,19 | 3,24 |
| Hungría | 2002 | 2014 | 2,94 | 3,22 | 2,21 | 2,01 |
| Islandia | 2003 | 2016 | 3,91 | 6,08 | 3,71 | 5,09 |
| Irlanda | 2002 | 2016 | 3,94 | 6,57 | 3,38 | 4,93 |
| Italia | 2001 | 2013 | 6,32 | 5,33 | 5,30 | 3,47 |
| Letonia | 2002 | 2014 | 6,78 | 5,60 | 5,02 | 5,13 |
| Lituania | 2004 | 2016 | 5,78 | 6,79 | 5,46 | 4,42 |
| Luxemburgo | 2004 | 2013 | 4,26 | 4,85 | 3,81 | 3,93 |
| Países Bajos | 2003 | 2012 | 4,99 | 5,94 | 4,74 | 5,70 |
| N. Zelanda | 2002 | 2014 | 4,17 | 3,27 | 3,76 | 2,96 |
| Noruega | 2001 | 2013 | 6,18 | 4,87 | 5,35 | 4,39 |
| Polonia | 2001 | 2015 | 4,50 | 4,45 | 3,60 | 2,75 |
| Portugal | 2002 | 2015 | 3,03 | 3,59 | 2,50 | 2,86 |
| Eslovaquia | 2002 | 2016 | 8,87 | 7,31 | 6,12 | 5,67 |
| Eslovenia | 2004 | 2014 | 6,02 | 5,33 | 4,90 | 3,97 |
| España | 2004 | 2016 | 3,00 | 5,03 | 2,53 | 4,16 |
| Suecia | 2002 | 2014 | 4,51 | 5,41 | 4,23 | 4,99 |
| Suiza | 2003 | 2015 | 5,44 | 5,83 | 5,01 | 4,92 |
| Reino Unido | 2001 | 2015 | 3,33 | 3,92 | 2,17 | 2,53 |
| EE.UU. | 2002 | 2014 | 2,15 | 2,14 | 2,00 | 1,96 |
Fuente: Katz y Mair (2022), p. 280.
Katz y Mair (2022) señalan textualmente que:
(…) la fragmentación en cuanto a los votos recibidos ha aumentado en 20 de los 30 países, mientras que la fragmentación con respecto a los escaños parlamentarios ha aumentado en 19. Además, de los 10 que no experimentaron un aumento de la fragmentación electoral, 5 se encontraban ya entre los 6 que tenían los niveles más altos de fragmentación al principio de este periodo.
Por ello el número de partidos, aumentó en 19 de estas mismas democracias. En la Tabla 2 reafirma el aumento de la fragmentación partidista.
Tabla 2 Distribución media de votos de los partidos mayoritarios por década: Alemania, Austria, Países Bajos y Reino Unido
| 1960 | 1980 | 1990 | 2000 | 2010 | 2020* | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Alemania (SPD+CDU/CSU) | 86 | 85 | 77 | 68 | 60 | 50 |
| Austria (OVP+SPO) | 91 | 84 | 60 | 55 | 51 | 59 |
| Países Bajos (Pdva+VVD+CDA) | 83 | 82 | 69 | 65 | 51 | 34 |
| Reino Unido (Laborista+Conservador) | 90 | 72 | 75 | 70 | 72 | 78 |
Nota: base a Katz y Mair (2022). Las cifras de la última columna son del autor. Considera las elecciones de 2021(Alemania), 2019 (Austria y Reino Unido) y 2023 (Países Bajos).
Como se ve, la distribución media de los votos de los partidos mayoritarios considerados por décadas en Austria, Alemania, Países Bajos y Reino Unido muestra la concentración del voto en los partidos más relevantes del sistema entre 1960 y 2010. El único caso en que esas cifras no han seguido cayendo de manera relativamente significativa es el del Reino Unido, donde laboristas y conservadores obtenían el 72% de los votos el año 2010 y alcanzan un 78% en 2019. A propósito de los datos de la Tabla conviene destacar que los seis partidos políticos más votados en Chile obtuvieron en conjunto el 53,34% de los votos. Veamos ahora la situación del aumento de la volatilidad electoral comparada con el aumento de la fragmentación.

Figura 1 Volatilidad y número de partidos en treinta países (1832-2019). Fuente:Caramani (2020, p. 237)
En la Figura 1, se observa el aumento de la volatibilidad (señalada por la línea continua del gráfico) y del índice de fragmentación (en barras) en treinta países durante casi doscientos años. Como vemos, la volatilidad se encuentra en su nivel más alto y la fragmentación actual sólo fue superada en 1916 y 1946, en plena Primera Guerra Mundial y recién finalizada la Segunda. Por lo tanto, es notorio el aumento de la fragmentación en muchísimas democracias, incluyendo a países que han intentado reducirla vía el empleo de sistemas electorales desproporcionales, como fue el caso de Italia (Della Porta, 2008, p. 176).
Esto ocurre porque la fragmentación es un fenómeno multicausal. Es decir, su magnitud no depende solo de las instituciones políticas, ni de las electorales, aunque ellas puedan ser factores concurrentes de relevancia. Pero, hay otros elementos incidentes en el fenómeno algunos de estos son los siguientes:
El número y la fuerza e intensidad de las líneas de conflictos, fracturas societales o clivajes, susceptibles de ser politizados y de orientar la competencia electoral por la acción de “emprendedores políticos” que quieren aprovechar la reducción de las barreras de entrada y los cambios en las estructuras de oportunidades de sociedades más diversificadas en estructuras y actores y más plurales culturalmente (Marsh & Stokes, 1997).
Hoy la variedad de clivajes antiguos y nuevos susceptibles de politizarse y ordenar aspectos relevantes de la competencia política, ya no son solo los cuatro clásicos que teorizaron Lipset y Rokkan en 1967 (Lipset y Rokkan, 1992) y a los cuales habría que sumar simplemente los tres clivajes que agregó Arend Lijphart en los años 80 del siglo pasado: apoyo al régimen democrático, dimensión internacional, materialismo versus post materialismo (Lijphart, 1987).
Tabla 3 Estructura de las fracturas sociales (Cleavages) y partidos
| Periodo | Divisiones Sociales | Materias De Los Conflictos | Tipos De Partido |
|---|---|---|---|
| Siglo XIX (primera mitad) | Centro vs periferia | Centralización territorial | Nacionales vs regionales |
| Estado vs Iglesia | Secularización | Religiosos vs laicos | |
| Siglo XIX (segunda mitad) | Ciudad vs campo | Desarrollo industrial, protección del ingreso | Liberales vs agrarios |
| Empresarios vs obreros | Burgueses vs obreros | ||
| Siglo XX (inicios) | División interna de la clase obrera | Reforma, revolución o reacción | Socialistas vs comunistas |
| Reacciones de derecha | Fascistas | ||
| Siglo XX (finales) | Valores materialistas vs postmaterialistas | Vieja y nueva economía | Verdes y libertarios vs tradicionalistas |
| Establishment vs anti-establishment | Vieja y nueva política | Nuevos partidos (populistas, territoriales, antieuropeos) | |
| Pro-Europa vs anti-Europa | Crisis del Estado |
Fuente: Capano et al., (2014, p. 154)
En la Tabla 3, adaptada del libro de los italianos Capano, Piatoni, Raniolo y Verzicheli, que existe más de una decena de fracturas sociales susceptibles de estructurar la competencia política, pese a que el cuadro deja fuera la dimensión de apoyo al régimen de Lijphart. Entre las divisiones clásicas teorizadas por Lipset y Rokkan parte de la división estado-iglesia y capital-trabajo. A ella se agrega la separación socialdemócratas y comunistas y luego el clivaje generado por la derecha.
A todos ellas se incorporan ahora los clivajes materialismo-post materialismo, que han dado origen, a los verdes y libertarios en la izquierda y se adicionan nuevos temas a la dimensión internacional que Lijphart teorizó, pues hoy no solamente se cuentan con partidos antiglobalización como nuevo dato. Estos partidos expresan, el clivaje establishment versus antiestablishment, además han surgido partidos “anti casta”.
Señalemos, a propósito del dinamismo, el número de clivajes, que actualmente la fisura centro-periferia está adquiriendo nuevas configuraciones como etno-nacionalistas que están tensionando fuertemente sistemas políticos como el español y el del Reino Unido. De igual modo, partidos etno-regionalistas han tenido efectos relevantes -hoy día menos visibles- en la política italiana (Cotta, Della Porta, Morlino, 2018, p. 369).
Asimismo, las sociedades actuales son más complejas y también más “líquidas” y menos “sólidas” por cambios sociales y antropológicos. Así ocurre con la pérdida en mercados del trabajo más heterogéneos y precarizados, en el aumento de la relevancia del estatus y en la individuación sociológica (De Nardis, 2020, p. 9).
A lo anterior se adiciona lo cultural y la búsqueda de gratificaciones inmediatas, la pérdida de orientación histórica-cultural y la compresión de lo espacio-temporal, el cortoplacismo como lo señala Di Gregorio (2024) en una obra a cargo de Mazzoleni.
El aumento de la velocidad del cambio y de los avances tecnológicos que han alterado las pautas de participación y socialización política, han impactado en la capacidad de encuadrar tiempos, estilos, contenidos y lógica de la política, en medios como televisión y los audiovisuales que surgen vía el desarrollo técnico. Estas transformaciones incluso facilitan la creación de nuevos partidos, llamados digitales o ciber partidos (Ignazi, 2021; Katz, 2020).
En parte debido a lo anterior, hoy día también se observa una diversificación de electorados y públicos. La complejidad social hace que las variables que pueden condicionar y explicar el voto sean distintas y numerosas. Existen pocas dudas que el fenómeno va en aumento, de allí la llamada “política de las emociones” y el creciente porcentaje de electores que deciden su voto el mismo día de la elección o incluso en el momento de ejercer el sufragio.
Como se desprende de lo dicho, la individuación sociológica, la secularización, pluraliza los estilos de vida y facilita la llamada desintermediación, que debilita a partidos, comunidades y asociaciones de todo tipo e incluso a los medios de comunicación tradicionales. Ya por excepción se encuentran en muchas democracias identidades colectivas fuertes, que respondan a ideologías sólidas y a grupos de referencia compactos (Della Porta, 2002, 2009 y 2017). Las identidades que surgen son más bien reactivas, defensivas y de actuación esporádica.
De allí que el electorado fiel o de pertenencia y aumenta el electorado de opinión. El cambio de las dimensiones competitivas y sus contenidos es otro efecto de la mediatización política, el desarrollo de los medios audiovisuales e internet (Mazzoleni, 2010; De Nardis, 2020) que priorizando en la agenda pública aspectos parciales, buscan comunicar y socializar bajo sus lógicas y no la de los partidos. Estas dinámicas facilitan que hoy día encuentren terreno abonado manifestaciones y actores centrados en movimientos de objetivo único, muchas veces con características de protesta disruptiva.
La competencia electoral ahora basada en asuntos puntuales, por ejemplo: aborto, migraciones, corrupción, control de la inflación, ley y orden, les otorga margen a los partidos, quienes proponen una dinámica agenda temática y más inestables de la competencia política (Colomer, 2017).
Se ha destacado que la forma actual que adquiere la comunicación política es fruto de cambios relevantes en los dispositivos tecnológicos, que los coloca en una posición asimétrica favorable con relación a los partidos políticos. La lógica de la televisión supone y requiere audiencias masivas, convirtiéndola en un medio que privilegia la diversión y el entretenimiento y donde los contenidos más serios a comunicar, como dijimos, con suerte pueden estar relacionado o recaer sobre asuntos puntuales, los llamados issues, parte esencial de una agenda pública dinámica y variable. Estas características de la agenda política, segmenta a las audiencias y favorece la fragmentación, ya no solo mediática, sino que también social y política de los públicos y de los actores.
Se agrega a lo ya dicho el enorme desarrollo e impacto de internet que polariza lo político y promueve la conformación de “mini públicos”, nichos y audiencias tribalizadas de alta diversificación y que no actúan entre si -no interaccionan- generando muchas veces las opiniones ajenas y fanáticas de las opiniones coincidentes.
A su vez, lo negativo de la política, favorece los estilos populistas de comunicación y afecta la capacidad de respuesta de la democracia, impulsando también la desafección y el desencanto con la política, además, incide en la volatilidad electoral.
En efecto, los fenómenos políticos actuales como la segmentación, fragmentación polarización se encuentran vinculados estrechamente a modificaciones radicales en el intercambio político. (De Nardis, 2020: cap.12).
Pero el desanclaje social induce a la desinstitucionalización, por la merma en la fortaleza del vínculo con los grupos sociales de referencia y los votantes- también se explica por sus propias dinámicas de funcionamiento: los discursos, junto con prácticas extendidas de profesionalización excesiva y donde los partidos se centran únicamente en el logro de cargos burocráticos, en desmedro de los objetivos de representación social y de acción pública viable (Katz, 2020; Caramani 2020; Hofmeister 2021).
Wolinetz (2007) ha realizado un gran aporte a estos temas explicando lo que puede ocurrir cuando los partidos sólo estructuran los cargos, olvidando las tareas de representación social y de impulsión de políticas públicas. Su aporte al tema se resume en la Tabla 4.
Las distinciones y aportes de Wolinetz ayudan a comprender el caso chileno donde todas las etapas de la llamada disconformidad con los partidos (Losche, 2006): partiendo por la deslegitimación hasta llegar a la desinstitucionalización, pese a que ello fue advertido tempranamente por Mainwaring, Montes y Ortega (2001), Huneeus (2014), Altman y Luna (2016), entre otros.
Las crisis económicas y sociales, evidenciadas desde el año 2008 en adelante, encontraron así terreno fértil - actuando como acelerantes - (Wolf, 2023; De Nardis, 2020: cap. 11) para potenciar la crítica y el rechazo de los partidos políticos históricos con nuevos partidos populistas de derecha e izquierda, que se presentan como contrarios al orden establecido, impuesto y sostenido por partidos escleróticos, producto de una estatalización perversa, incluso cartelizada según algunos autores, y por el abandono de las tareas de representación y trabajo programático (Kitschelt y Wang, 2014).
Como sintetiza certeramente Ignazi (2021), el pacto fáustico de los partidos del establecimiento con el Estado alimentó el descontento de la ciudadanía para con ellos. La aceleración de la dimensión temporal que provoca transformaciones a nivel tecnológico que impacta en todas las esferas, globalizada y comunicada en línea y al instante, dificulta la permanencia de muchos actores colectivos antiguos, no solo los partidos -pensemos, por ejemplo, lo que ocurre también con las iglesias y su pérdida de protagonismo relativo en la esfera pública, en la cultura y en la socialización- y facilita la aparición de múltiples partidos y otros actores nuevos que desafían real o presuntamente al establecimiento político (De Nardis, 2020).
En las últimas dos décadas no solo han surgido muchos actores colectivos de protesta, también hemos conocido los “partidos piratas”, los partidos de nicho e incluso los partidos empresas (Katz, 2020) al servicio de caudillos y outsiders cuyas carreras políticas solo votantes desafectos, indignados y despolitizados que también han personalizado su voto, como lo vemos expresado en la recurrente frase “yo voto por personas y no por partidos”. Paradójicamente las transformaciones adaptativas de acuerdo a Panebianco (2000) lleva de vuelta al partido de notables weberiano, ahora en contextos de democracias no censitarias ni excluyentes, sino que de ciudadanía potencialmente extendida.
La situación actual de los partidos políticos se ven afectados por las características y situaciones indicadas, su estabilidad y capacidad funcional, personalizando el liderazgo, volviéndolo preeminente y sin contrapesos, en desmedro de la organización partidaria (Mazzoleni, 2010). Estos fenómenos generan problemas severos para la marcha de los sistemas políticos, pues la tendencia a la “lideralización” unida a la mayor facilidad para surgir y expresarse que poseen hoy los movimientos sociales de protesta, los recursos económicos, mediáticos y el conocimiento experto y los grupos populistas y radicales. Estos últimos cambian las agendas políticas y la dirección de la competencia, en muchas democracias, provocando inclusos cambios enormes en sistemas políticos otrora estables.
La solidez de las coaliciones de gobierno y de oposición y la previsibilidad del comportamiento estable dotado de capacidades decisorias en sistemas políticos que hoy, además, son multinivel, pues no operan solo en el nivel nacional, sino que también en el supranacional (Capano, et al., 2014).
La situación de inestabilidad también se agrava pues la función de coordinación y de estructuración del mundo político que los partidos históricamente han cumplido, hoy está muy disminuida cuando no desapareciendo (Katz, 2020; Clark, et., 2017). Volatilidad política y electoral, desconfianza y desafección ciudadana, se unen así a la pérdida de eficacia decisoria, colaborando al desprestigio de los gobiernos y dificultando aún las hiperpluralistas democracias contemporáneas (Della Porta, 2009).
Como se observa, en la Figura 2 las funciones que los autores destacan como propias de acuerdo a Hofmeister, 2021; Clark, et., 2017), hoy día se ven reducidas progresivamente solo a la de competencia electoral. Es decir, los partidos están cumpliendo cabalmente una sola función, los partidos, es una tarea igual de importante que tratar de disminuir los índices de fragmentación y, como diremos al final, del índice de polarización.
Métodos
En el estudio se empleó una metodología descriptiva con el propósito de lograr una comprensión minuciosa y exacta. En particular, se buscaba examinar y detallar el efecto de la reforma política, fragmentación y polarización partidista y calidad. A su vez, la investigación se fundamentó en un enfoque documental, que implicó la recopilación y el análisis meticuloso de diversos documentos, informes, estudios anteriores y cualquier otra fuente relevante sobre el tema (Hernández-Sampieri & Baptista, 2014). Se consultó una amplia gama de materiales, incluyendo artículos científicos, informes de organismos oficiales, registros históricos y literatura especializada.
El proceso metodológico incluyó la identificación y selección de documentos relevantes en relación de la reforma política, fragmentación y polarización partidista y calidad para asegurar la pertinencia y calidad de los documentos escogidos. Se llevó a cabo una revisión sistemática de la literatura para cumplir con el propósito del estudio.
Resultados y Discusión
Los sistemas electorales que carecen de importancia al momento de la fragmentación partidista; pero su aumento o disminución depende de variados factores y, probablemente, enfrentarla hoy día puede resultar más complejo dado que los partidos se han debilitado al perder su rol de representación, disminuida su capacidad de agregación de intereses por una baja en la calidad de su deliberación programática.
Respecto de la reforma política es muy importante, primero, tener presente que los sistemas electorales son complejos y están compuestos por al menos cuatro elementos: el tipo de lista, la regla de asignación de escaños, la magnitud del distrito y la existencia o no de barrera legal (Nohlen, 1994).
Por ello, no parece razonable poner énfasis solo en las barreras legales mientras se permite -facilitándolos- los pactos electorales. Esto es incongruente y contradictorio. Tampoco es certero enfatizar sobre las asambleas para proponer la reducción de escaños que se eligen por distrito o por circunscripción. Como señala Nohlen (2012) solo Lijphart releva la variable tamaña de las asambleas, encontrando una relación estadística significativa, pero de pequeña magnitud, entre dicha variable y la desproporcionalidad (Lijphart, 1995).
En cuadros de opinión donde ya existe mucho sentimiento anti político puede ser tentador realizar propuestas de disminución del número de escaños en las asambleas representativas, sin embargo, los senadores y diputados que existen en Chile actualmente es el mismo que existía en 1973, cuando se quebró la democracia por la dictadura.
Es importante dejar claro que la magnitud de los distritos en Chile que regulan la elección de congresistas, no es técnicamente alta. En efecto, los que escogen cinco escaños, son pequeños, medianos aquellos que eligen hasta diez y grandes aquellos que eligen sobre once escaños o más. En Chile actualmente la cantidad de diputados va de tres a cinco escaños, y solo algunos distritos podrían considerarse medianos. Lo mismo ocurre con las circunscripciones senatoriales, que eligen cinco escaños cada una (Nohlen, 2017).
En segundo término, como ejemplo adicional el análisis unidimensional y de mirar el conjunto de los problemas actuales destacamos que, si además de la fragmentación partidista existe un problema de calidad que conduciría a terminar con las exigencias de miles de firmas para constituir partidos.
Esto dificulta que los partidos sean efectivamente filtros de militantes, cuadros y dirigentes, buscando calidad política, técnica y ética, los riesgos de selección adversa como los que vemos expresados en tantos aspectos: incapacidad, oportunismo, cuando no falta de ética y corrupción. Disminuir esta exigencia fortalecería - junto con la eliminación de los pactos electorales- la legitimidad de exigir mínimos porcentuales para acceder a las asambleas representativas, es decir: poner barreras legales para obtener escaños se legitimaría si fuera un cambio que acompañara a otros.
En tercer término, otra medida que parece fundamental si se busca reducir la fragmentación, es desincentivar el independentismo en todos los niveles del sistema político. La situación de “independientes” dentro de pacto o fuera de pacto es mucho más crítica en el nivel municipal (Chacón, 2024). Así, al desanclaje social une su bajo desarrollo organizacional y su presencia descendente en el territorio.
De esta forma, se hace urgente ver cómo se enfrenta un problema presente en el sistema partidista chileno desde hace más de una década. Nos referimos al proceso de desnacionalización del sistema de partidos -la pérdida de homogeneidad territorial en el apoyo a los partidos-. Este fenómeno hoy está presente ya no solo en el norte del país, donde es claro prácticamente hace dos décadas. Considérese solamente el efecto de la influencia de la familia Soria en Iquique y toda la región de Tarapacá prácticamente desde 1990.
En cuarto lugar, si se busca como objetivo fortalecer los partidos, también es clave no insistir en implementar mecanismos de democracia directa cuando la urgencia es potenciar y mejorar la representación política (Innerarity, 2020, p.109); no debilitarla, hasta que este sistema de partidos de atomización y desinstitucionalizado (de atomización, básicamente porque como dijimos, se ha desinstitucionalizado, ha perdido fuerza organizacional, presencia territorial y se ha desanclado socialmente), vuelva a estructurar mínimamente el voto ciudadano.
Concluimos estas reflexiones sobre el tema de la fragmentación del sistema de partidos, relevando que ella no es el único elemento que dificulta la gobernanza, la gobernabilidad, la capacidad decisoria, el logro de acuerdos y la toma de decisiones mayoritarias.
También, debe preocupar lo que está ocurriendo con la polarización, con la distancia ideológica entre los partidos extremos del espectro. Se sabe desde el libro Partidos y Sistemas de Partidos escrito por Sartori (2009), que polarización y fragmentación presentan relaciones complejas y que no son unívocas. Por ello reducir la fragmentación partidaria no va a resolver necesariamente la distancia ideológica o el alto número en el índice de polarización. Su disminución depende de otros factores.
Asimismo, Sartori, junto con Giacomo Sani, profundizan en algo que ya se había señalado en el libro original. La fragmentación no evoluciona necesariamente existe por la posibilidad del bipartidismo polarizado ("otras posibilidades"), así como también de un multipartidismo numéricamente fragmentado (“extremo”) y, sin embargo, ideológicamente moderado. Lo ocurrido entre las décadas de 1990 y 2010 mostró empíricamente lo certero de este último aserto (Wolinetz, 2006; Della Porta, 2009).
Como ya sabemos, lo polarizado -o sea de solo dos partidos relevantes, pero con una enorme distancia ideológica entre sí- es igual o más peligroso que el del pluralismo polarizado. Así lo prueba en el periodo de entreguerras, que terminó con su anexión por los nazis en Austria, así como en Venezuela y Colombia (Ruiz y Otero, 2013; Ware 2004). El caso actual de mayor relevancia, tal como es el bipartidismo vigente en países como Estados Unidos como los señala Hofmeister (2021). De esta forma, pensar que, al reducir la fragmentación, suponiendo que ello sea posible, se resolverá inmediatamente el problema de la polarización es incurrir en un error.
El fenómeno de la polarización destacado por Wolinetz (2006), Pasquino (2018), Della Porta (2009) y Caramani (2020), es la importancia de las interacciones de cooperación y/o de competencia entre los partidos del sistema y qué tipo de interacción predomina- como factor componente clave de un sistema de partidos. La polarización normalmente tiende a producirse no sólo por distancia ideológica entre los partidos extremos del espectro.
También, la dinámica competitiva donde los partidos enfatizan, y a veces absolutizan, las relaciones de competencia llegando en el extremo a políticas adversariales y de confrontación en una interacción donde desaparece la mínima dinámica cooperativa. Por ello, se va a resolver vía la reducción del índice de fragmentación. Aun cuando existan conductas adaptativas y los comportamientos estratégicos, dicho cambio puede ser más o menos rápido (Cox, 2004).
Finalmente, una última reflexión direccionado al voto obligatorio, quizás sería conveniente esperar a la primera elección para ver las reformas graduales que deben darse dando un paso hacia la búsqueda de transformaciones, por la previsible relevancia que implicará pasa el voto voluntario, donde participa el 40 o 42% de los votantes, donde esa cifra ha sido significativamente mayor, que la votación promedió una participación de 85%.
En efecto, la capacidad deliberativa y técnica impide formular programas de gobierno consistentes, que respondan a agendas pertinentes. Ciertamente, cuando los partidos están disminuidos surgen dos conductas opuestas y extremas, pero igualmente negativas: se incurre en la demagogia y el diletantismo, promoviendo en el espacio público iniciativas inviables, lo que permite el aumento de la desafección, la desesperanza y la indignación contra el sistema político de ex electores que se sienten engañados
La segunda opción perjudicial es caer en el tecnocratismo, que consiste simplemente en convertir los partidos políticos en grupos de intereses o tecnócratas que muchas veces naturalizan los problemas sociales al elevar a la categoría de inalterables las restricciones y los límites. Con ello la política pierde importancia para ciudadanos y votantes, quienes pueden optar por la abstención electoral y el abandono del espacio público (Mair, 2015).
Estos comportamientos partidistas no logran la dirección, entre las expectativas y necesidades del demo y la consideración prudencial y pertinente de los límites que impone la realidad a los decisores públicos. Con ellos los partidos pierden aún más relevancia y los movimientos sociales asumen la propuesta y los grupos de interés la propuesta.
Surge de lo dicho no solo de cambios a las leyes electorales, sino que también de las leyes de partidos. El financiamiento público genera incentivos y obligaciones más fuertes en materia y adecuada asesoría a los representantes de los distintos niveles del sistema. El voto programático también afecta altos porcentajes del financiamiento estatal a la obligación de tareas vinculadas con el desarrollo fino de propuestas temáticas en materia de política pública relevante, obligándolos a realizar algunos eventos anuales como congresos programáticos donde se formulen programas de gobierno pertinentes adecuados, viables y realistas.
Destacamos que la situación del financiamiento de los programas presidenciales ha terminado haciendo crisis por la super oferta e inconsistencia de las propuestas programáticas cuyo costo de financiamiento alcanzaban el 18% del PIB chileno. Continuar con esta situación no es sostenible. Una alternativa estaría orientada a hacer un informe controlando la rigurosidad, el financiamiento de los programas de gobierno, estableciendo la consistencia técnica de dichos supuestos de financiamiento de esos programas. Con ello se podría avanzar en el desincentivo de propuestas y estilos populistas, pues seguir en esta lógica programática demagógica, no contribuye a fortalecer la confianza en las instituciones ni en los actores democráticos.
Para fortalecer los partidos se hace necesario fomentar una disciplina mínima en su actuación, donde se evalué la posibilidad -pese a lo impopular que ello puede ser en medio de dinámicas de personalización con listas electorales cerradas y bloqueadas. En ellas existe la obligación de ejecutar el voto no por candidatos individuales, resultandos electos partidos según el porcentaje que la lista haya conseguido. No parece fácil compatibilizar el voto en lista abierta con la pérdida del escaño por transfuguismo, al ocupar un sistema donde el elector entiende que está votando por personas y no por partidos.
Lo anterior supone procesos transparentes y democráticos en la determinación de las listas. Dichos procesos debieran ser regulados por el Servel -incluyendo las elecciones partidarias oligárquicas y antidemocráticas definan la composición de las listas.
Poner en discusión lo que sucede puede llevar a análisis unidimensionales y a propuestas erradas, que, probablemente, ni siquiera resuelven problemas que se quieren enfrentar, agravando los vigentes o agregando otros nuevos. Así ya ocurrió con la reforma que aprobó el voto voluntario (Saffirio, 2012).
Sin embargo, nadie ha propuesto -so pretexto de reducir la fragmentación partidaria- el volver al sistema que establecía la Constitución del 25, donde solo bastaba la mayoría relativa para reducir la fragmentación en la magnitud de la legitimidad de un gobierno que va a ejercer el mando de acuerdo al tiempo establecido, en Chile 4 años.
El desajuste central del sistema político chileno actual y que refuerza la reforma política, es la contradicción que existe entre un modelo de democracia caracterizada más bien por rasgos consensualistas y las prácticas y los comportamientos de los actores políticos disfuncionales a dichos rasgos e instituciones vigentes, cuando no derechamente facciosos y adversariales.
Arend ha desarrollado dos tipos o modelos de democracia que, aunque abstractos son orientadores analíticamente (Lijphart, 2000), tal como se detalla en la Tabla 4.
Tabla 5 Instituciones y dimensión mayoritaria-consensual
| Institución | Democracia mayoritaria | Democracia consensual | Chile |
|---|---|---|---|
| Sistema electoral | Mayoritario | Proporcional | ✔ |
| Multipartidista | ✔ | ||
| Tipo de gobierno | Mayoría monopartidista | Coalición/minoría | ✔ |
| Federalismo | Unitario | Federal | ꓫ |
| Bicameralismo | Unicameral | Bicameral | ✔ |
| Rigidez constitucional | Constitución basada en la supremacía parlamentaria | Constitución considerada como una ley superior | ✔ |
| Tipo de régimen | Parlamentario | Presidencial | ✔ |
| Relaciones entre grupos de interés | Pluralismo | Corporativismo | ꓫ |
| Banco Central | Dependiente del Ejecutivo | Autónomo | ✔ |
| Control Constitucional | Ausencia de revisión judicial | Sí. Por un Tribunal Constitucional | ✔ |
Fuente: Adaptado de Lijphart, Modelos de democracia (2000)
Como, se observa, el sistema político chileno posee ocho características que son propias del modelo consensual de democracia y solo dos que caracterizan al modelo mayoritario de esta: el Estado unitario y la expresión pluralista y no corporativa de los intereses sociales.
Conclusiones
Después de los fracasos relativos de estos procesos parece razonable buscar incentivos promoviendo conductas y prácticas políticas más cooperativas y compatibles con las instituciones vigentes. Acá lo central es no considerar como perversos los acuerdos, la negociación, ni la moderación de las posiciones propias.
La polarización ideológica se presenta en Chile junto con la polarización relacional. Ello ocurre porque los partidos consideran la competencia como un juego de suma cero en la búsqueda del botín del Estado y sus interacciones interbloques, a veces también intrabloques, acentúan lo adversarial.
Debería ser claro que las conductas confrontacionales y “mayoritaristas” antagonizan con la configuración de una democracia con instituciones y estructuras más bien consensuales y solo consiguen que se imponga el veto, la parálisis decisoria y la radicalización de las agendas, no son solo retomar el crecimiento económico, enfrentar la corrupción. También son necesarias nuevas políticas públicas que suponen no solo cambios cualitativos a nivel de sanidad, educación, vivienda, vejez y regulación además de avanzar en la superación de una crisis de décadas en la productividad. Constitucionalizar la agenda o proponer reformar políticas asistémicas no parece ayudar en la mejora de la democracia chilena y solo aumenta el riesgo de reacciones anti políticas.
















