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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Aproximación al diagnóstico y tratamiento de meningitis por microorganismos poco frecuentes]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font face="Verdana">APROXIMACIÓN AL DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO DE  MENINGITIS POR  MICROORGANISMOS POCO FRECUENTES</font></b></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2">  Luigina Siciliano Sabatela <sup>(1)</sup>, Ivelisse Natera Alvizu <sup>(2)</sup>,  Lourdes Morillo Gimón <sup>(3)</sup>, Roque Antonio Aouad Tórrez <sup>(4)</sup></font></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2"><sup>(1)</sup> Infectólogo  Pediatra . Servicio de Infectología. Hospital de Niños “JM de los Ríos”.  Caracas, Venezuela. Profesora de Pediatría. Escuela de Medicina “JM Vargas”.  Universidad Central de Venezuela  <a href="mailto:luigina.siciliano@gmail.com">luigina.siciliano@gmail.com</a></font></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2">  <sup>(2)</sup> Infectólogo Pediatra. Profesora de Pediatría. Escuela de Medicina  “Luis Razetti”. Universidad Central de Venezuela  <a href="mailto:urdanetanatera@cantv.net">urdanetanatera@cantv.net</a></font></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2">  <sup>(3)</sup> Infectólogo Pediatra. Servicio de Medicina II. Hospital de Niños  “JM de los Ríos”. Caracas, Venezuela  <a href="mailto:lourdes_morillo@hotmail.com">lourdes_morillo@hotmail.com</a></font></p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2">  <sup>(4)</sup> Infectólogo Pediatra. Clínica Lugo, Maracay. Estado Aragua,  Venezuela atra1962@gmail.com Autor corresponsal: Luigina Siciliano Sabatela <a href="mailto:luigina.siciliano@gmail.com"> luigina.siciliano@gmail.com</a> </font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>RESUMEN</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">  La adecuada evaluación de pacientes pediátricos con meningitis debe considerar  la posibilidad de infección por microorganismos poco  frecuentes, principalmente virus Herpes simplex, que causa enfermedad aguda, y  otros patógenos con evolución clínica prolongada, tales  como Mycobacterium tuberculosis, Candida spp y Cryptococcus spp. Aunque la  mayoría de estas infecciones son más comunes en  pacientes con inmunosupresión, también se producen en personas previamente  sanas. La dificultad para el diagnóstico diferencial inicial  está relacionada con la similitud en los hallazgos clínicos y los parámetros  básicos de líquido cefalorraquídeo. En consecuencia, la  aproximación al diagnóstico etiológico requiere de un alto índice de sospecha y  un análisis minucioso de síntomas y signos, datos  epidemiológicos y antecedentes médicos. La terapia antimicrobiana precoz  disminuye el riesgo de secuelas neurológicas y muerte, por  lo tanto, debe comenzarse tan pronto aparezcan evidencias sugestivas de la  infección, aun sin tener los resultados de las pruebas  específicas para confirmación del diagnóstico.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">  <b>Palabras clave:</b> meningoencefalitis herpética, tuberculosis meníngea,  candidiasis meníngea, criptococosis meníngea.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">  <b>SUMMARY</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">  Appropriate assessment of pediatric patients with meningitis should consider the  possibility of infection with uncommon  microorganisms, mainly herpes simplex virus, which causes acute disease and  other pathogens with prolonged clinical course, such as  Mycobacterium tuberculosis, Candida spp and Cryptococcus spp. Although most of  these infections are more common in  immunosuppressed patients, they also may occur in previously healthy individuals.  The difficulty for the initial differential diagnosis is  related to the similarity in clinical findings and basic parameters of  cerebrospinal fluid. Consequently, the approach to etiologic diagnosis  requires a high index of suspicion and a careful analysis of signs and symptoms,  epidemiological data and medical history. Early  antimicrobial therapy reduces the risk of neurological sequelae and death,  therefore, it should be initiated as soon as evidence suggestive  of infection appears, even without the results of specific tests to confirm the  diagnosis.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">  <b>Keywords: </b>Herpetic meningoencephalitis, meningeal tuberculosis, meningeal  candidiasis, meningeal cryptococcosis</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La identificación precoz de la infección  meníngea y la  aproximación temprana al diagnóstico etiológico <sup>(1,3)</sup> constituyen  la clave para la indicación oportuna de la terapia antimicrobiana  específica, la cual influye favorablemente sobre el  pronóstico del paciente <sup>(4,5)</sup>. En la mayoría de los casos pediátricos  se requiere diferenciar entre infección bacteriana por  Streptococcus pneumoniae, Neisseria meningitidis y  Haemophilus influenzae tipo b <sup>(1,2)</sup> o infección viral, principalmente  por enterovirus <sup>(3)</sup>. La dificultad para el diagnóstico  diferencial entre ambos escenarios se relaciona a diferentes  factores entre los cuales se debe señalar la variabilidad de  las alteraciones del Líquido Cefalorraquídeo (LCR) -bien sea  por infección incipiente, tratamiento antibiótico previo o  punción lumbar traumática-; al inadecuado procesamiento de  cultivos bacteriológicos y a la limitada disponibilidad de  pruebas para identificación de virus por técnicas de biología  molecular <sup>(1-3)</sup>. La complejidad en la interpretación de los  hallazgos se profundiza aún más, cuando se consideran otros  microorganismos menos frecuentes, entre ellos el virus  Herpes simplex, que causa enfermedad aguda <sup>(4)</sup> y otros patógenos,  que usualmente presentan un curso clínico prolongado  o crónico, tales como Mycobacterium tuberculosis,  Candida spp y Cryptococcus spp <sup>(5)</sup>. El compromiso del  Sistema Nervioso Central (SNC) por estos microorganismos  ocurre con mayor frecuencia en pacientes inmunocomprometidos  (ver Cuadro 1), no obstante, también se  presenta en pacientes previamente sanos y sin ninguna  condición predisponente <sup>(6-9)</sup>.</font></p>     <p align="justify"><a name="c1"></a></p>     <p align="center"> <img border="0" src="/img/fbpe/avpp/v73n4/art12c1.gif" width="381" height="440"></p>     
<p align="justify"> <font face="Verdana" size="2"><b>MENINGOENCEFALITIS HERPÉTICA</b></font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El virus Herpes simplex, al igual que otros virus de la familia  Herpesviridae, tiene un especial tropismo por el SNC y  ha sido relacionado con diferentes manifestaciones neurológicas,  entre las que se encuentran meningitis, cuya evolución  es benigna, y meningoencefalitis, que constituye la forma de  presentación más grave de la enfermedad <sup>(6,10-14)</sup>. Aunque  la infección herpética ocurre con gran frecuencia, la complicación  meníngea es considerada un evento poco común, en el  cual no se han identificado factores predisponentes <sup>(6,10-12)</sup>.  Por lo general, la meningoencefalitis en pacientes con más de  un mes de vida se debe al virus tipo 1, mientras que en los neonatos  es más frecuente el tipo 2 <sup>(15,16)</sup>.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El compromiso del SNC después del período neonatal generalmente  se produce por vía hematógena (en infección primaria),  pero también puede ocurrir por vía neuronal retrógrada,  por lo general, en las recidivas <sup>(16,17)</sup>. En los recién nacidos  se produce por diseminación sistémica del virus, el cual  es adquirido con mayor frecuencia durante el trabajo de parto  (85%) por contacto con secreciones genitales de la madre. Sin  embargo, también se ha descrito transmisión viral en el posparto  (10%) de contactos en el hogar con lesiones activas de  piel o mucosas <sup>(6,15)</sup>. Cerca de un tercio de los casos de meningoencefalitis  ocurre en pacientes menores de 20 años de  edad, principalmente entre 6 meses y 3 años <sup>(11,13-15)</sup>. La  mayoría de los casos pediátricos se produce por infección primaria;  en contraste, la enfermedad en adultos ocurre con gran  frecuencia por reactivación del virus <sup>(10)</sup>. El período de incubación  de la infección herpética adquirida después del nacimiento  varía entre 2 días y 2 semanas <sup>(6,16,17)</sup>, mientras que  en los neonatos con infección transmitida durante el nacimiento,  es usual que los síntomas aparezcan en la segunda semana  de vida <sup>(15,16)</sup>.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Las manifestaciones clínicas no son específicas, por cuanto  pueden encontrarse en meningoencefalitis por otros microorganismos  <sup>(5,18-26)</sup>. Los pacientes usualmente tienen historia  de alteraciones de conciencia (97-100%), fiebre (90-  100%), cefalea (74-81%) y vómitos (57%); además, al momento  del ingreso pueden presentar cambios de conducta (85-  87%), meningismo (65%), afasia (36-76%), ataxia (40%), hemiparesia  (38-40%), convulsiones (38-62%), déficit de pares  craneales (32%) y coma (31%) <sup>(10,11,14,17,19,20)</sup>. Los episodios  convulsivos pueden ser focales (65%), generalizados  (23%) o de ambos tipos (12%) (10). Como pródromo de los  hallazgos neurológicos, el 48% de los pacientes presenta síntomas  respiratorios inespecíficos y en algunos casos también  cursa con gingivoestomatitis (6). En el neonato, la asociación  con lesiones de piel y mucosas o la presencia de afectación  sistémica, solo ocurre en menos del 50% de los casos. Por  tanto, cuando la meningoencefalitis se presenta con hepatitis,  neumonitis u otras manifestaciones extrameníngeas, sin compromiso  dermatológico, los hallazgos pueden confundirse  con sepsis asociada a meningitis bacteriana (15,16).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Al igual que las manifestaciones clínicas, los hallazgos  del LCR son muy similares a los encontrados en otras infecciones  virales del SNC (3,4,6). El perfil característico incluye  presión del LCR inicial normal o ligeramente alta, pleocitosis  linfocitaria (&lt;500 células/ml), proteínas normales o un poco  elevadas y glucosa normal (6,15,27,28). También se ha reportado xantocromía o hematíes (26). No obstante, en el 5% de  los pacientes con infección herpética los hallazgos licuorales  pueden ser normales, principalmente en etapas tempranas de  la enfermedad (12,15-20).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La detección del virus en el LCR mediante la técnica de  Reacción en Cadena de Polimerasa (PCR -siglas en inglés-)  constituye la prueba de elección para confirmar el diagnóstico;  debido a su elevada sensibilidad (96-98%) y especificidad  (94-99%), ha reemplazado a las pruebas diagnósticas utilizadas  clásicamente, como el cultivo viral y la biopsia cerebral  (20,27-29). Para la interpretación de los resultados obtenidos  con esa técnica se requiere cautela, ya que pueden ocurrir falsos  negativos, fundamentalmente cuando la muestra se obtiene  en etapa temprana (primeras 24-48 horas) o tardía (después  de 10-14 días) del curso de la enfermedad (26). Tales resultados  también ha sido reportados en pacientes que cursan  con alteraciones discretas del LCR (específicamente pleocitosis  leve con &lt;10 células/ml) (21) y en aquéllos que reciben terapia  antiviral al momento de la toma de la muestra (15). Con  la disponibilidad reciente de la PCR en tiempo real, mediante  la cual es posible la cuantificación del virus, se han logrado  algunas ventajas adicionales, tales como la obtención de  resultados con mayor facilidad y rapidez, mayor precisión en  el diagnóstico, incluso en los primeros días de evolución de la  enfermedad, y la evaluación de la respuesta al tratamiento indicado (10,26,28).  Aunque la medición de los anticuerpos específicos  sintetizados en el espacio intratecal contribuye a la  confirmación de la infección, su sensibilidad y especificidad  son considerablemente más bajas cuando se compara con la  PCR, por tanto, su valor diagnóstico es limitado (10).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Entre los estudios neurológicos por imágenes, como primera  opción se recomienda la resonancia magnética cerebral,  por cuanto tiene mayor sensibilidad y permite la identificación  precoz de alteraciones (30). Cuando solo sea posible la  realización de la tomografía computarizada de cráneo, debe  considerarse que en los primeros días de evolución, el resultado  puede ser normal (10,17,18,30). Entre los hallazgos más  frecuentes destacan signos de edema focalizado con efecto de  masa y signos de hemorragia, ambos ubicados en el lóbulo  temporal o lóbulo frontal. En algunos casos, en especial, en  neonatos y lactantes, pueden ocurrir alteraciones difusas, con  compromiso de otras áreas, tales como lóbulo parietal, lóbulo  occipital, zona periventricular y sistema límbico (10).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Aunque las alteraciones usualmente son asimétricas, en el  38% de los casos puede haber compromiso bilateral (30).  El electroencefalograma reporta alteración en la mayoría  de los pacientes (75-81%) (10,14,26). Entre los hallazgos más  frecuentes, se señala actividad difusa lenta con descargas epileptiformes  periódicas en lóbulos temporal y frontal. Aunque  las alteraciones electroencefalográficas no son específicas, la  focalización con compromiso unilateral de las áreas señaladas,  debe sugerir el diagnóstico de infección herpética (10,14, 26).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El pronóstico de la enfermedad depende del momento en  el cual se indica el tratamiento específico y de la edad del paciente  (6,10,15,16,26,31-33). En este sentido, el riesgo de secuelas  o de mortalidad es casi nulo, si la terapia antiviral se  inicia en los primeros 4 días de enfermedad (31,32), mientras  que es muy elevado cuando el paciente presenta trastornos  significativos del sensorio cuando se inicia la terapéutica  (6,25). El tratamiento con aciclovir intravenoso debe mantenerse  por un tiempo mínimo de 21 días (ver tabla), por cuanto  los esquemas más cortos han demostrado riesgo de recaídas  (6,24,26,31-33). No obstante, independientemente del  momento de inicio o la duración de la terapia, la evolución de  la enfermedad en neonatos, es mucho más desfavorable y el  riesgo de recurrencias es mayor (15, 16,32). La efectividad de  la terapia supresiva con aciclovir oral para prevenir la reactivación  del virus en estos pacientes constituye un aspecto controversial,  y por tanto continúa siendo evaluado (6,15,16).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2"><b>  TUBERCULOSIS MENÍNGEA</b></font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La meningitis por Mycobacterium tuberculosis representa  aproximadamente el 1% de las formas clínicas de la enfermedad  (34). A pesar de su baja frecuencia, constituye la forma  más grave, que aun con tratamiento específico, cursa con elevado  riesgo de complicaciones (34). Al igual que otras formas  de tuberculosis extrapulmonar, la meningitis se produce por  diseminación hematógena, la cual puede ocurrir entre 2 y 6  meses después de la primoinfección (sobre todo en pacientes  menores de 4 años de edad) o por reactivación después de varios  años en pacientes que adquieren alguna condición inmunosupresora  (35,36). Además de la meningitis o meningoencefalitis,  el compromiso del SNC puede manifestarse como  una lesión de ocupación de espacio, específicamente tuberculoma,  el cual ocurre en forma aislada o concomitante con la  afectación meníngea (37).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Entre los factores de riesgo descritos para la meningitis se  encuentran: edad menor de 2 años, desnutrición, ausencia de  vacunación específica e inmunosupresión celular, en particular  infección por el VIH (ver cuadro) (7,38,39).  Para el diagnóstico de meningitis tuberculosa se requiere  la inclusión del mayor número de criterios posibles, entre los  cuales se encuentran los datos epidemiológicos, las manifestaciones  clínicas, la respuesta inmunológica del paciente, la  identificación bacteriológica del microorganismo, los estudios  por imágenes y en ocasiones los hallazgos de anatomía  patológica (40).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La presencia del antecedente de contacto epidemiológico  con un paciente con tuberculosis pulmonar activa (usualmente  un adulto cercano) es un dato de enorme importancia que  puede ser clave para dirigir el diagnóstico. No obstante, solo  se logra en el 30-50% de los casos, y en muchas ocasiones se  obtiene después de insistir reiteradamente en su búsqueda  (41). Aunque la vacuna disminuye el riesgo de diseminación  extrapulmonar del microorganismo, su efectividad máxima  no supera el 80% (7).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La mayoría de los pacientes tiene manifestaciones de comienzo  gradual que son muy similares a las encontradas en  meningoencefalitis micóticas y en meningitis bacteriana parcialmente  tratada (1-4). Por lo general, la evolución clínica  progresa en tres estadios evolutivos (40). En el primero, que  clásicamente dura entre 2 o 3 semanas, puede ocurrir malestar  general, febrícula, cefalea intermitente, cambios del carácter  o de conducta y alteraciones de la escolaridad. En el transcurso  de las siguientes 2 semanas correspondientes al segundo  estadio, aparecen algunos trastornos de conciencia (como  confusión o somnolencia) y signos de afectación neurológica,  tales como irritación meníngea o hipertensión intracraneana,  la cual es reflejada por la presencia de cefalea más intensa,  vómitos persistentes y parálisis de pares craneales. Por último,  en el tercer estadio aparecen las manifestaciones neurológicas  más graves como convulsiones o hemiparesia y se  profundizan los cambios en el nivel de conciencia, que pueden  llegar al estupor o coma, además de convulsiones y signos  de focalización neurológica. Aunque en general la evolución  es subaguda o crónica, en algunos pacientes, en especial,  en los primeros años de la vida, la enfermedad puede presentarse  también en forma aguda con deterioro abrupto y sin la  presencia de los estadios clínicos definidos (35, 36). En estos  casos, la rápida evolución de la enfermedad podría sugerir infección  por bacterias piogénicas y por tanto, se dificultaría o  retardaría el diagnóstico (1,2).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La respuesta inmune del paciente determinada mediante la prueba intradérmica,  solo se logra evidenciar entre el 30% y  50% de los casos (42, 43). En este sentido, independientemente  del antecedente de inmunización, cuando la prueba intradérmica  sea positiva en un paciente con manifestaciones clínicas,  el resultado debe ser atribuido a enfermedad y no a respuesta  vacunal (35, 36). En los últimos años, se ha incorporado al  diagnóstico de tuberculosis la cuantificación in vitro de la liberación  de interferón gamma en respuesta a los antígenos del  microorganismo. La ventaja de esta prueba radica básicamente  en la mayor especificidad en relación a la intradermorreacción,  sin los falsos positivos debidos a la vacuna (44).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Las alteraciones más frecuentes y características del LCR  incluyen presión inicial elevada, pleocitosis moderada, usualmente  &#8804;1000 células/ml con predominio de linfocitos, además  de hipoglucorraquia e hiperproteinorraquia (34-36, 40-  43). En relación a la celularidad, también se ha descrito un  predominio inicial de polimorfonucleares con conversión  posterior a mononucleares en días o semanas (45).  Igualmente, se ha señalado una respuesta paradójica durante  la terapia, en la cual se presenta un viraje transitorio de predominio  linfocitario a polimorfonuclear y, en forma muy ocasional  al inicio de la enfermedad también se podría observar  normalidad de los parámetros (45, 46). La presencia de hipoclorurorraquia  no constituye un hallazgo significativo en la  infección meníngea, por tanto no se incluye dentro de las alteraciones  descritas en revisiones recientes (34-36, 39, 40-  43). La determinación de la actividad de la enzima Adenosina  Deaminasa (ADA) con valores &#8805;10,5 UI/L puede tener gran  utilidad para el diagnóstico, no obstante, su sensibilidad y especificidad  no superan el 81% y 86% respectivamente. Por  tanto, cualquier resultado requiere ser interpretado en conjunto  con los demás hallazgos (47).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Debido a la baja carga bacilar de las formas extrapulmonares,  las pruebas diagnósticas bacteriológicas del LCR poseen  baja sensibilidad, por tanto su negatividad no puede excluir  el diagnóstico. En este sentido es importante señalar que  por tinción de Zielh Neelsen es posible detectar 100 bacilos  por ml o más. Como consecuencia, la sensibilidad no supera  el 20%, la cual puede mejorarse con el análisis de una muestra  de 5 ml o más y con la visualización minuciosa por un  tiempo mayor a 30 minutos (48). Aunque el aislamiento del  bacilo mediante cultivo es la prueba que confirma el diagnóstico,  su sensibilidad es relativamente baja (entre 25% y 70%);  no obstante, podría mejorarse con el análisis de muestras cisternales  o ventriculares (49). La detección del microorganismo  por PCR permite un diagnóstico más rápido, con especificidad  elevada cercana al 100%, aunque la sensibilidad es del  50% (40, 49).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  En la valoración del paciente mediante estudios por imágenes,  la radiografía simple del tórax puede mostrar patrones  alterados hasta en el 50% de los casos (41, 50). La presencia  de un infiltrado intersticial pulmonar micronodular (patrón  miliar) traduce la existencia de tuberculosis diseminada y, por  tanto, el riesgo de siembra hematógena a múltiples órganos  (41, 50). Por otro lado, la tomografía axial computarizada de  cráneo y la resonancia magnética nuclear cerebral, como métodos  en la evaluación del SNC permiten evidenciar alteraciones  como hidrocefalia, disminución del espacio subaracnoideo,  obliteración de las cisternas basales, hiperdensidad basal  y tuberculomas (37). La resonancia tiene la ventaja de detectar  otras alteraciones como la presencia de vasculitis y precisar  el tipo de hidrocefalia, este último hallazgo reportado en  el 70% de los casos (51). La identificación de hidrocefalia no  comunicante permite evaluar el riesgo de herniación que  puede existir al realizar la punción lumbar (37, 51). En cuanto  a la tomografía, la administración de contraste es un requisito  para visualizar la mayoría de las alteraciones; sin embargo,  se ha demostrado que el estudio simple también puede ser  de utilidad para detectar la hiperdensidad basal, con una sensibilidad  del 46% y especificidad del 100% (52).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La indicación de tratamiento específico precoz contribuye  a mejorar el pronóstico de la enfermedad (35). En este sentido,  se requiere inicio inmediato de la terapéutica cuando exista  exposición reciente al microorganismo y hallazgos sugestivos  de la enfermedad, aun sin tener la confirmación bacteriológica  (7, 35). El inicio de la terapia también debería considerarse  en pacientes que reúnan hallazgos clínicos, radiológicos  y factores de riesgo para la adquisición o para la diseminación  del microorganismo, aun cuando no se haya logrado definir el  contacto epidemiológico o no se haya obtenido la identificación  microbiológica del bacilo (7, 35).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El tratamiento antimicrobiano (Cuadro 2) requiere la administración  de esquemas combinados que permitan la esterilización  del LCR e impidan el desarrollo de resistencia antimicrobiana  durante la terapia (7, 53-58). Aunque existen diferentes  opciones terapéuticas, todas coinciden en dos fases  de tratamiento. La recomendación para la primera fase incluye  la administración diaria y por dos meses de isoniacida, rifampicina  y pirazinamida en asociación de una droga adicional  que puede ser etionamida, etambutol o estreptomicina (7,  53-58). La selección de la cuarta droga depende de la edad del  paciente, de la penetración al SNC, los posibles efectos adversos,  la disponibilidad del medicamento y de los patrones  locales de resistencia (7, 57, 58). A pesar que etionamida y  etambutol alcanzan mejores concentraciones en LCR, cuando  exista dificultad para la terapia por vía oral, la estreptomicina  sería la opción recomendada (7, 53-58). Por otro lado, cuando  no se pueda realizar una adecuada evaluación oftalmólogica  (tal como ocurre en pacientes menores de 4 años de edad)  o cuando exista lesión del nervio óptico se recomienda etionamida  o estreptomicina (58).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Para la segunda fase terapéutica, el esquema seleccionado  debería basarse en la sensibilidad in vitro del microorganismo  aislado (7,53,55-58), no obstante, como primera opción se recomienda  continuar con isoniacida y rifampicina administradas  dos o tres veces por semana y durante 7-10 meses, de manera  de completar un mínimo de 9 a 12 meses de terapia total  (53-58). La recomendación de esquemas más cortos que incluyan solo cuatro meses  para la segunda etapa, únicamente  se podrían justificar en pacientes inmunocompetentes, en  quienes no exista evidencia de resistencia a los medicamentos,  la evolución clínica haya sido favorable y se haya demostrado  normalidad de los parámetros del LCR, particularmente  la proteinorraquia (56). Como parte del seguimiento de los  pacientes, también se debe mantener la monitorización de las  eventuales reacciones no deseadas de los medicamentos indicados  (7, 55-58).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  A la par del tratamiento específico se requiere lograr el  control de las complicaciones, en particular la hipertensión  intracraneana, secundaria a edema cerebral o a hidrocefalia.  Es fundamental el tratamiento con corticoesteroides (prednisona  1-2 mg/kg/día -máximo 60 mg/día- o dexametasona 0,6  mg/kg/día cada 6 horas -máximo 8 mg/día en pacientes con  menos de 25 kg y 12 mg/día en pacientes con 25 kg o más-)  durante 3 a 4 semanas, y en algunos casos, la indicación de  acetazolamida o furosemida o incluso el tratamiento quirúrgico  para el drenaje ventricular (7,57,59).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2"><b>  CANDIDIASIS MENÍNGEA</b></font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La candidiasis meníngea constituye la infección micótica  más frecuente del SNC; el microorganismo se adquiere tanto  por vía hematógena de un foco distante como por implantación  directa durante una cirugía (60, 61). Cuando la enfermedad  es debida a diseminación sistémica, usualmente se manifiesta  como meningoencefalitis, mientras que cuando existe  inoculación, la manifestación más frecuente es meningitis  (62). Entre las formas de presentación de la infección en el  SNC se incluyen abscesos y microabscesos cerebrales, estos  últimos asociados a compromiso encefálico (60). Aunque la  candidiasis meníngea ocurre con poca frecuencia, su incidencia  en las últimas décadas ha mostrado una tendencia creciente,  probablemente relacionada a la mayor expectativa de vida  de los pacientes con enfermedad grave y, a la mayor frecuencia  del diagnóstico de la enfermedad (60). Su pronóstico es  muy desfavorable, en particular en pacientes inmunocomprometidos  y neonatos prematuros, o en aquéllos con tratamiento  antifúngico tardío (61,63).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Por lo general, la candidemia se origina desde el tracto digestivo,  la piel o las membranas mucosas, por cuanto el microorganismo  forma parte de la flora normal del humano (64).  Entre los factores de mayor riesgo para originar candidiasis  invasiva se encuentran el tratamiento antibiótico de amplio  espectro, la nutrición parenteral total, la presencia de catéteres  vasculares de larga permanencia, las quemaduras graves,  la cirugía abdominal y las enfermedades o condiciones que  predisponen a inmunosupresión, incluso el bajo peso al nacer  (8,60,62). Los pacientes inmunocomprometidos con candidemia  tienen riesgo elevado de presentar infección meníngea  (ver cuadro) (8, 60). Aunque la inoculación directa ocurre  principalmente durante la colocación de catéteres de derivación  ventricular, también es posible durante otros procedimientos  quirúrgicos más rutinarios, como la punción lumbar  (65). Independientemente de la forma de ingreso del microorganismo,  la candidiasis meníngea es considerada una infección  de adquisición intrahospitalaria (61).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La evolución de la infección suele ser insidiosa y los hallazgos  clínicos son inespecíficos (60). La forma de presentación  típica incluye fiebre, dolor leve de cabeza o cuello y alteraciones  del estado de conciencia que progresan en días o  semanas (60,61). En ocasiones, la enfermedad también puede  tener un comienzo agudo y evolución rápida con manifestaciones  sugestivas de compromiso del SNC, tales como meningismo  y fotofobia (60). Los hallazgos neurológicos focales  ocurren con muy baja frecuencia y a veces puede presentarse  solo fiebre, en especial en pacientes con escasa respuesta  inflamatoria, como los inmunocomprometidos (60).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Cuando existe derivación ventricular, las manifestaciones de  infección podrían ser básicamente signos de disfunción u obstrucción  valvular (65-68). Aunque en neonatos la evolución  clínica también es variable, los hallazgos son muy similares a  los encontrados en otras infecciones sistémicas y, a veces, la  dificultad respiratoria es relevante (60).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La punción lumbar puede evidenciar presión de inicio  normal o ligeramente elevada, y en la celularidad se encuentra  un recuento promedio de 500-600 células/ml con predomino  de linfocitos, aunque a veces también predominan los neutrófilos  (62-69). Además de la alteración citológica, también  es frecuente observar hipoglucorraquia e hiperproteinorraquia  (62,63,69). La dificultad del diagnóstico no solo radica  en la baja especificidad de estas alteraciones, sino en su poca  sensibilidad, por lo cual en algunos casos estos parámetros  podrían encontrarse dentro de límites normales (62, 65). La  visualización de levaduras en el frotis directo y el aislamiento  microbiológico con mucha frecuencia son negativos (67),  por tanto los resultados deben ser interpretados con cautela.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  En muchos casos la confirmación de la infección se realiza  mediante estudios de anatomía patológica posterior al deceso  del paciente (65,68,69). Aunque el microorganismo puede recuperarse  en medios de cultivos usuales para identificar bacterias,  se recomienda un medio específico para hongos  (68,69). Tomando en consideración que no siempre se encuentran  alterados los parámetros citológicos o bioquímicos,  la identificación del microorganismo en el LCR en ningún  caso debería considerarse colonización (5). En los pacientes  que presentan candidemia, principalmente los inmunocomprometidos  y los neonatos, se requiere investigar el compromiso  meníngeo, aun sin manifestaciones clínicas sugestivas  de afectación neurológica (5,70).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  En los estudios por imágenes del SNC, tanto la tomografía  como la resonancia magnética nuclear, pueden mostrar hidrocefalia  en el 20% de los pacientes con enfermedad sistémica  y en el 36% de los pacientes con dispositivos de derivación  ventricular (71). Entre las alteraciones que se pueden observar,  principalmente después de la administración de contraste,  se incluyen edema, lesión de ocupación de espacio y  pequeñas áreas de necrosis o hemorragias, las cuales corresponden a  microabscesos. Aunque estos hallazgos se podrían  evidenciar con ambos estudios, la resonancia ha mostrado  mayor sensibilidad para su visualización (5,72).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La primera opción para el tratamiento antifúngico es anfotericina  B deoxicolato intravenosa (o en cualquiera de sus  presentaciones) preferiblemente en asociación con flucitosina  oral (ver tabla) (66-68,71,73). En algunas situaciones también  podría asociarse anfotericina B intratecal (67). Cuando ocurra  mejoría del paciente (tanto en las manifestaciones clínicas,  como en las alteraciones del LCR) y después de un mínimo  de dos semanas del inicio de la terapia, se podría continuar  con fluconazol intravenoso a dosis altas (66, 68). Esta opción  también podría indicarse desde el comienzo en pacientes que  no toleren la anfotericina B deoxicolato y no se disponga de  otras formulaciones del antifúngico, aunque existe mayor posibilidad  de recaídas (66). La selección del mejor esquema  para cada paciente también depende de la especie de Candida  aislada, y en caso de estar disponible, del patrón de sensibilidad  in vitro del microorganismo (66). En este sentido, se debe  señalar que entre las cepas que se consideran resistentes al  fluconazol se encuentran C. krusei y C. glabrata (73).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  A diferencia de itraconazol y posaconazol, voriconazol alcanza  concentraciones elevadas en el LCR (66). Aun cuando  no existe información sobre su uso en infecciones del SNC,  en casos de resistencia al fluconazol se podría considerar la  indicación como terapia de continuación por vía intravenosa  después de la anfotericina B (66, 67). Las equinocandinas, en  particular la caspofungina, deben reservarse para los casos de  imposibilidad o contraindicación del uso de anfotericina o  fluconazol o cuando existe falla terapéutica (66).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La duración total de la terapia antifúngica no está bien definida,  no obstante se recomienda mantenerla por un mínimo  de 3-4 semanas después de la resolución completa de los síntomas  y signos clínicos de la enfermedad (66,71). Además,  antes de la suspensión se debe documentar la normalización  de los parámetros del LCR y la resolución de los microabscesos  cerebrales en la resonancia (71,73). Junto a la terapia antifúngica,  los pacientes que desarrollan la infección relacionada  a la presencia de catéter de derivación ventricular requieren  su remoción, por cuanto sería muy difícil la erradicación  del microorganismo (66).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2"><b>  CRIPTOCOCOSIS MENÍNGEA</b></font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  La infección del SNC por el Cryptococcus ocurre por diseminación  hematógena desde los pulmones, órganos que  constituyen el sitio primario de infección (9, 60). La afectación  del SNC se considera la manifestación más severa de la  infección (74, 75). Aunque la forma de presentación neurológica  más frecuente es meningitis o meningoencefalitis  (9,75,76), también ocurre como lesión de ocupación de espacio  o criptococoma (60,68,75). El compromiso extrapulmonar  se presenta con mayor frecuencia en pacientes con déficit  inmunológico, en especial, de la inmunidad celular (ver cuadro),  no obstante, también ocurre en pacientes sin evidencia  de inmunosupresión (9, 76). Entre las especies del hongo descritas  en la actualidad se considera que C. neoformans afecta  principalmente a huéspedes inmunocomprometidos, mientras  que C. gattii es el responsable de la enfermedad en pacientes  inmunocompetentes (9,75).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El Cryptococcus es un microorganismo ubicuo en la naturaleza  que se encuentra en el suelo y en el excremento de pájaros,  sobre todo palomas (9,75). La especie C. gattii también se  ha relacionado con varias especies de árboles, particularmente  de eucalipto, y es más frecuente en zonas tropicales o subtropicales  (9, 74). De cualquier manera, el ingreso al organismo se  produce por inhalación desde el ambiente, por cuanto no se ha  demostrado transmisión de persona a persona (9, 60).  Por lo general, el compromiso pulmonar es asintomático  o leve y, por tanto, con frecuencia ocurre en forma inadvertida  (73-75). Aunque las manifestaciones neurológicas tienen  evolución subaguda o crónica, también se ha descrito la progresión  rápida de los síntomas en pocos días (60,75). Como  resultado de la diseminación extrapulmonar del microorganismo,  la afectación del SNC podría estar acompañada de  manifestaciones en otros órganos tales como piel, huesos,  ojos, riñones y próstata (9,74,75). A diferencia de los pacientes  con deterioro inmune, la infección en pacientes inmunocompetentes  tiene progresión más lenta y de localización básicamente  neurológica (60, 75).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Entre los hallazgos clínicos (60,74,75), la cefalea es el  síntoma más constante de la infección meníngea. Aunque es  leve y progresa en forma lenta durante semanas o meses, en  algunos casos puede ser intensa, al punto de interferir con las  actividades usuales. La mayoría de los pacientes tiene fiebre,  no obstante, no es un hallazgo universal (79%). En ocasiones  ocurren vómitos intermitentes. Con frecuencia no se encuentran  signos notorios en el examen físico. La rigidez de nuca  es un hallazgo poco frecuente (30%). Cuando la enfermedad  progresa y ocurre hipertensión endocraneana, se evidencia  edema de papila (33%) y paresia de pares craneales. Otros hallazgos  focales son raros y se atribuyen a la presencia de criptococoma.  También se ha descrito alteración del sensorio  (20%), convulsiones (8-25%) ceguera, confusión, letargo o  cambios de conducta (60, 75).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Las alteraciones características incluyen presión de inicio  ligeramente elevada, pleocitosis linfocitaria leve (&lt;200 células/  ml), hiperproteinorraquia e hipoglucorraquia (60, 69, 73,  75). En contraposición, algunos pacientes, sobre todo inmunocomprometidos,  pueden mostrar hallazgos completamente  normales en el perfil básico del líquido (5,69,75). La prueba  más utilizada para el diagnóstico presuntivo es la visualización  microscópica directa de las levaduras mediante la coloración  con tinta china (u otras tinciones). A pesar de su facilidad,  rapidez y bajo costo, tiene la desventaja de algunos falsos  negativos y falsos positivos. Una de las causas más frecuente  de falsos negativos es la escasa cantidad de microorganismos,  por tanto para aumentar la sensibilidad de la prueba  se recomienda utilizar el sedimento después de la centrifugación del líquido  (60, 75). Por otro lado, los falsos positivos  pueden deberse a la presencia de otras levaduras, fundamentalmente  del género Candida o también por artefactos relacionados  con la técnica (60,74,75).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Para la confirmación del diagnóstico, se requiere la detección  del antígeno capsular específicamente en el LCR, lo cual  se realiza más frecuentemente mediante la técnica de aglutinación  con látex (74,75). Aunque esta prueba tiene elevada  sensibilidad y especificidad (&gt;90%), se han descrito algunos  falsos negativos, en especial, cuando se realizan en los primeros  días de evolución de la enfermedad (60,69,75). La identificación  del antígeno capsular también se puede realizar mediante  inmunoensayo enzimático, prueba que tiene elevada  sensibilidad (85-99%) y especificidad (97%) (60,69,75).  Entre sus ventajas se encuentra la posibilidad de cuantificar el  antígeno, con lo cual se puede monitorizar la respuesta al tratamiento.  Para la confirmación de la infección también se podría  usar el cultivo del LCR, para lo que se requiere un mínimo  de 72 horas (69,75).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  En el inicio de los síntomas de la infección meníngea, el  estudio neurológico por imágenes mediante tomografía o resonancia  magnética puede no mostrar anormalidades, por  tanto, la interpretación de los resultados debe hacerse considerando  el tiempo de evolución de la enfermedad. También se  debe considerar que para la mejor apreciación de los hallazgos  se requiere el uso de contraste endovenoso (60, 70, 73).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Ninguno de los hallazgos encontrados en estos casos son específicos  e incluyen  fundamentalmente engrosamiento  de meninges,  con disminución  de los surcos, hidrocefalia  (9-58%) y criptococomas  (10-30%). En  ocasiones se pueden  observar múltiples lesiones  quísticas en la  base del cerebro (70).  Se debe iniciar el  tratamiento antifúngico  (ver Cuadro 2) en  cuanto se tenga el  diagnóstico presuntivo  mediante la visualización  directa del hongo,  aun cuando no se  cuente con la detección  del antígeno capsular  o el resultado del  cultivo (75). La terapia  específica incluye una  fase inicial, una fase  de consolidación y una  fase supresiva o de mantenimiento (76,77). Como primera opción en el tratamiento  inicial se recomienda anfotericina B deoxicolato intravenosa  (o en cualquiera de sus presentaciones) asociada a flucitosina  por un mínimo de 2 semanas (71-77). Cuando no se  pueda asociar flucitosina, la anfotericina B debe continuarse  al menos por 6 semanas. Entre las alternativas para esta primera  fase, se ha señalado la combinación de anfotericina B  con fluconazol o la terapia única con fluconazol; no obstante,  estos últimos esquemas solo se deben indicar cuando no sea  posible el tratamiento recomendado como primera línea (77).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  Para el seguimiento del paciente se requiere la reevaluación  del LCR a las 2 semanas del inicio de la terapia. Cuando aún  persistan evidencias de infección activa, el tratamiento debe  prolongarse por 6 a 10 semanas, según el tipo de esquema terapéutico  seleccionado. Por otro lado, cuando la evolución  sea satisfactoria, se podrá pasar a la fase de consolidación,  con fluconazol oral a dosis altas por un mínimo de 8-10 semanas,  y posteriormente seguir con la fase de mantenimiento  con fluconazol a dosis estándar por al menos 6 meses. Los pacientes  que tengan compromiso inmunológico deben recibir  este tratamiento supresor por más tiempo, cuya duración dependerá  de la condición inmunosupresora de base (77).</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2"><b>CONCLUSIONES</b></font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  El diagnóstico de meningitis o meningoencefalitis herpética,  tuberculosa o micótica requiere un alto índice de sospecha  y un análisis minucioso de toda la información obtenida  en el interrogatorio, la exploración física, la evaluación del  LCR y los estudios por imágenes. No obstante, la identificación  definitiva del microorganismo involucrado requiere la  realización de exámenes específicos, los cuales deben ser interpretados  según la especificidad y la sensibilidad de cada  prueba. El tratamiento antimicrobiano precoz es fundamental  para mejorar el pronóstico de la enfermedad, y por tanto, ante  la evidencia razonable de la presencia de un determinado microorganismo  debe iniciarse la terapia específica de inmediato,  aun sin los resultados de los exámenes para la confirmación  microbiológica. Esta decisión, que en ocasiones podría  ser controversial, requiere la ponderación entre los beneficios  de la terapéutica y los efectos adversos eventuales de los medicamentos.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  <b>REFERENCIAS</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  1. Chávez-Bueno S, McCracken GH Jr. Bacterial meningitis  in children. Pediatr Clin North Am. 2005  Jun;52(3):795-810</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911555&pid=S0004-0649201000040001200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  2. Mace SE. Acute bacterial meningitis. Emerg Med Clin  North Am. 2008 May;26(2):281-317     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911556&pid=S0004-0649201000040001200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> 3. Irani DN. Aseptic meningitis and viral myelitis. Neurol  Clin. 2008;26(3):635-655.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911557&pid=S0004-0649201000040001200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  4. Rotbart HA. Viral meningitis. Semin Neurol  2000;20(3):277-292.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911558&pid=S0004-0649201000040001200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  5. Cohen BA. Chronic meningitis. Curr Neurol Neurosci  Rep. 2005;5(6):429-439.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911559&pid=S0004-0649201000040001200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  6. American Academy of Pediatrics. Herpes simplex. In:  Pickering LK. Red book: Report of the committee on infectious  diseases. 28ª ed. 2009. pp. 363-373.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  7. American Academy of Pediatrics. Tuberculosis. In:  Pickering LK. Red book: Report of the Committee on  Infectious Diseases. 28ª ed. 2009. pp. 680-701.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  8. American Academy of Pediatrics. Candidiasis. In:  Pickering LK. Red book: Report of the Committee on  Infectious Diseases. 28ª ed. 2009. pp. 245-249.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  9. American Academy of Pediatrics. Cryptococcus neoformans  infections (Cryptococcosis). In: Pickering LK.  Red book: Report of the committee on infectious diseases.  28ª ed. 2009. pp. 270-272.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  10. Tyler KL. Update on herpes simplex encephalitis. Rev  Neurol Dis. 2004;1(4):169-178.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911564&pid=S0004-0649201000040001200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  11. Elbers JM, Bitnun A, Richardson SE, Ford-Jones EL,  Tellier R, Wald RM, et al. A 12-year prospective study of  childhood herpes simplex encephalitis: is there a broader  spectrum of disease? Pediatrics. 2007;119(2):e399-407.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911565&pid=S0004-0649201000040001200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  12. Glaser CA, Gilliam S, Schnurr D, Forghani B,  Honarmand S, Khetsuriani N, et al. In search of encephalitis  etiologies: diagnostic challenges in the  California Encephalitis Project, 1998-2000. Clin Infect  Dis. 2003;36(6):731-742. 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Challenges in the diagnosis and management  of neonatal herpes simplex virus encephalitis.  Pediatrics. 2005;115(3):795-797.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911570&pid=S0004-0649201000040001200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  17. De Tiège X, Rozenberg F, Héron B. The spectrum of  herpes simplex encephalitis in children. Eur J Paediatr  Neurol. 2008;12(2):72-81.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911571&pid=S0004-0649201000040001200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2007 Sep 17.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  18. Vial C, Pozzetto B, Essid A, Stéphan JL, Chabrier S.  Acute encephalitis: report on 32 consecutive pediatric  cases observed in one hospital. Med Mal Infect.  2007;37(4):208-214.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911573&pid=S0004-0649201000040001200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2007 Mar 26.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  19. Kleinschmidt-DeMasters BK, Gilden DH. The expanding  spectrum of herpesvirus infections of the nervous  system. Brain Pathol. 2001;11(4):440-451.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911575&pid=S0004-0649201000040001200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  20. Santos E, Moralejo L, de Dios S, Fuertes A. Encefalitis  por virus del herpes simple con líquido cefalorraquideo  normal. Med Clin (Barc). 2004;122(9):357-358.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911576&pid=S0004-0649201000040001200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  21. De Tiège X, Héron B, Lebon P, Ponsot G, Rozenberg F.  Limits of early diagnosis of herpes simplex encephalitis  in children: a retrospective study of 38 cases. Clin Infect  Dis. 2003;36(10):1335-1339.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911577&pid=S0004-0649201000040001200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2003 May 1.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  22. Kennedy PG. Viral encephalitis: causes, differential  diagnosis and management. J Neurol Neurosurg  Psychiatry. 2004;75 Suppl 1:i10-i15.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911579&pid=S0004-0649201000040001200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  23. Tyler KL. Herpes simplex virus infections of the central  nervous system: encephalitis and meningitis, including  Mollaret’s Herpes. 2004;11 Suppl 2:57A-67A.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911580&pid=S0004-0649201000040001200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  24. Steiner I, Budka H, Chaudhuri A, Koskiniemi M, Sainio  K, Salonen O, et al. Viral encephalitis: a review of diagnostic  methods and guidelines for management. Eur J  Neurol. 2005;12(5):331-343.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911581&pid=S0004-0649201000040001200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  25. Whitley RJ, Gnann JW. Viral encephalitis: familiar infections  and emerging pathogens. Lancet.  2002;359(9305):507-513.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911582&pid=S0004-0649201000040001200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  26. Kennedy PG, Chaudhuri A. Herpes simplex encephalitis.  J Neurol Neurosurg Psychiatry. 2002;73(3):237-238.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911583&pid=S0004-0649201000040001200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  27. Ito Y, Ando Y, Kimura H, Kuzushima K, Morishima T.  Polymerase chain reaction-proved herpes simplex encephalitis  in children. Pediatr Infect Dis J.  1998;17(1):29-32.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911584&pid=S0004-0649201000040001200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  28. Muñoz-Almagro C, Jordan I, Cambra FJ, Esteban E,  Urrea M, Garcia-Garcia JJ, et al. Quantitative real-time  PCR in paediatric patients with herpes simplex infections  of the central nervous system. J Virol Methods.  2008 (2):297-300.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911585&pid=S0004-0649201000040001200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2007 Nov 5.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  29. García-Bardeci D, Pena M, Suárez-Bordón P, Aladro Y,  Pérez-González C, Lafarga B. Utilidad de la reacción  en cadena de la polimerasa en el diagnóstico de las infecciones  herpéticas del sistema nervioso. Enferm  Infecc Microbiol Clin. 2004;22(3):150-155.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911587&pid=S0004-0649201000040001200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  30. Leonard JR, Moran CJ, Cross DT 3rd, Wippold FJ 2nd,  Schlesinger Y, Storch GA. MR imaging of herpes simplex  type 1 encephalitis in infants and young children: a  separate pattern of findings. AJR Am J Roentgenol.  2000; 174(6):1651-1655.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  31. Aoki FY, Hayden H, Dolin R. Antiviral drugs (other  than antiretrovirals). In: Mandell GL, Bennett JE, Dolin  R. Principles and Practice of Infectious Diseases. 7ª ed.  Amsterdam, Netherlands: Elsevier; 2010. pp: 573-576.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">32. McGrath N, Anderson NE, Croxson MC, Powell KF.  Herpes simplex encephalitis treated with acyclovir:  diagnosis and long-term outcome. J Neurol Neurosurg  Psychiatry. 1997;63(3):321-326.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911590&pid=S0004-0649201000040001200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  33. American Academy of Pediatrics. Antiviral drugs. In:  Pickering LK. Red book: Report of the committee on infectious  diseases. 28ª ed. Elk Grove Village (IL):  American Academy of Pediatrics; 2009. pp. 777-782.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  35. Rock RB, Olin M, Baker CA, Molitor TW, Peterson PK.  Central nervous system tuberculosis: pathogenesis and  clinical aspects. Clin Microbiol Rev. 2008;21(2):243-  261,</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911592&pid=S0004-0649201000040001200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  36. Newton SM, Brent AJ, Anderson S, Whittaker E,  Kampmann B. Paediatric tuberculosis. Lancet Infect  Dis. 2008;8(8):498-510.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911593&pid=S0004-0649201000040001200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  37. Donald PR, Schoeman JF. Tuberculous meningitis. N  Engl J Med. 2004;351(17):1719-1720.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911594&pid=S0004-0649201000040001200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  38. Ravenscroft A, Schoeman JF, Donald PR. Tuberculous  granulomas in childhood tuberculous meningitis: radiological  features and course. J Trop Pediatr.  2001;47(1):5-12.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911595&pid=S0004-0649201000040001200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  39. Guwatudde D, Nakakeeto M, Jones-Lopez EC,  Maganda A, Chiunda A, Mugerwa RD, et al.  Tuberculosis in household contacts of infectious cases  in Kampala, Uganda. Am J Epidemiol.  2003;158(9):887-898.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911596&pid=S0004-0649201000040001200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  40. Cegielski JP, McMurray DN. The relationship between  malnutrition and tuberculosis: evidence from studies in  humans and experimental animals. Int J Tuberc Lung  Dis. 2004;8(3):286-298.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911597&pid=S0004-0649201000040001200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  40. Thwaites GE, Tran TH. Tuberculous meningitis: many  questions, too few answers. Lancet Neurol.  2005;4(3):160-170.  </font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911598&pid=S0004-0649201000040001200033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  41. Farinha NJ, Razali KA, Holzel H, Morgan G, Novelli  VM. Tuberculosis of the central nervous system in children:  a 20-year survey. J Infect. 2000;41(1):61-68.  </font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911599&pid=S0004-0649201000040001200034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  42. Yaramis A, Gurkan F, Elevli M, Söker M, Haspolat K,  Kirbas G, et al. Central nervous system tuberculosis in  children: a review of 214 cases. Pediatrics.  1998;102(5):E49.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911600&pid=S0004-0649201000040001200035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  43. Katti MK. Pathogenesis, diagnosis, treatment, and outcome  aspects of cerebral tuberculosis. Med Sci Monit.  2004 Sep;10(9):RA215-RA229.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911601&pid=S0004-0649201000040001200036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2004  &nbsp;</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">44. Pai M, Riley LW, Colford JM Jr. Interferon-gamma  assays  in the immunodiagnosis of tuberculosis: a systematic  review. Lancet Infect Dis. 2004;4(12):761-776.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911603&pid=S0004-0649201000040001200037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">45. Daif A, Obeid T, Yaqub B, AbdulJabbar M.  Unusual  presentation of tuberculous meningitis. Clin Neurol  Neurosurg. 1992;94(1):1-5.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911604&pid=S0004-0649201000040001200038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">46. Sutlas PN, Unal A, Forta H, Senol S, Kirbas D.  Tuberculous meningitis in adults: review of 61 cases.  Infection. 2003;31(6):387-391.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911605&pid=S0004-0649201000040001200039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">47. Moghtaderi A, Niazi A, Alavi-Naini R, Yaghoobi  S,  Narouie B. Comparative analysis of cerebrospinal fluid  adenosine deaminase en tuberculous and non-tuberculous  meningitis. Clin Neurol Neurosurg.  2010;112(6):459-462.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911606&pid=S0004-0649201000040001200040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">48. Thwaites GE, Chau TT, Farrar JJ. Improving the  bacteriological  diagnosis of tuberculous meningitis. J Clin  Microbiol. 2004;42(1):378-379.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911607&pid=S0004-0649201000040001200041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">49. Pai M, Flores LL, Pai N, Hubbard A, Riley LW,  Colford  JM Jr. Diagnostic accuracy of nucleic acid amplification  test for tuberculous meningitis: a systematic review and  meta-analysis. Lancet Infect Dis. 2003;3(10):633-643.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911608&pid=S0004-0649201000040001200042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">50. Girgis NI, Sultan Y, Farid Z, Mansour MM,  Erian MW,  Hanna LS, et al. Tuberculosis meningitis, Abbassia  Fever Hospital-Naval Medical Research Unit No. 3-  Cairo, Egypt, from 1976 to 1996. Am J Trop Med Hyg.  1998;58(1):28-34.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911609&pid=S0004-0649201000040001200043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">51. van Well GT, Paes BF, Terwee CB, Springer P,  Roord JJ,  Donald PR, et al. Twenty years of pediatric tuberculous  meningitis: a retrospective cohort study in the western  cape of South Africa. Pediatrics. 2009;123(1):e1-e8.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911610&pid=S0004-0649201000040001200044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">52. Andronikou S, Smith B, Hatherhill M, Douis H,  Wilmshurst J. Definitive neuroradiological diagnostic  features of tuberculous meningitis in children. Pediatr  Radiol. 2004;34(11):876-885.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911611&pid=S0004-0649201000040001200045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub 2004 Sep 17.  &nbsp;</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">53. Woodfield J, Argent A. Evidence behind the WHO  guidelines:  hospital care for children: what is the most appropriate  anti-microbial treatment for tuberculous meningitis?  J Trop Pediatr. 2008;54(4):220-224.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911613&pid=S0004-0649201000040001200046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">54. Guilarte A, España M, Méndez R, Vásquez A.  Norma  Oficial Venezolana del Programa Nacional Integrado de  Control de la Tuberculosis. MPPS. Caracas, 2006.  &nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">55. Joint Tuberculosis Committee of the British  Thoracic  Society. Chemotherapy and management of tuberculosis  in the United Kingdom: Recommendations 1998.  Thorax. 1998;7:578-582.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911615&pid=S0004-0649201000040001200047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">56. World Health Organization. Treatment of  tuberculosis:  guidelines for national programmes. 3ª ed. Geneva;  2003.</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">57. American Thoracic Society, CDC, Infectious  Diseases  Society of America. Treatment of tuberculosis. MMWR.  2003;52:1-77.  &nbsp;</font></p>     <p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">58. Grupo de Trabajo de Tuberculosis de la  Sociedad  Española de Infectología Pediátrica (SEIP). Documento  de consenso sobre el tratamiento de tuberculosis extrapulmonar  y formas complicadas de tuberculosis pulmonar.  An Pediatr. 2008;69(3):271-278.  &nbsp;</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">59. Thwaites GE, Nguyen DB, Nguyen HD, Hoang TQ,  Do  TT, Nguyen TC, et al. Dexamethasone for the treatment  of tuberculous meningitis in adolescents and adults. N  Engl J Med. 2004;351(17):1741-1751.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911619&pid=S0004-0649201000040001200048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">60. Rauchway A, Husain S, Selhorst JB. Neurologic  presentations  of fungal infections. Neurol Clin.  2010;28(1):293-309.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911620&pid=S0004-0649201000040001200049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">61. Odio CM. Antifungal therapy for infants,  children and  adolescentes with suspected or documented invasive  fungal infection. Drugs Today (Barc). 2010;46 Suppl  C:33-46.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911621&pid=S0004-0649201000040001200050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">62. Chen TL, Tsai CA, Fung CP, Lin MY, Yu KW, Liu  CY.  Clinical significance of Candida species isolated from  cerebroespinal fluid. J Microbiol Inmunol Infect.  2002;35(4):249-254.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911622&pid=S0004-0649201000040001200051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">63. Ostrosky-Zeichner L, Rex JH, Bennett J,  Kullberg BJ.  Deeply Invasive candidiasis. Infect Dis Clin North Am.  2002;16(4):821-835.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911623&pid=S0004-0649201000040001200052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">64. Cohen-Wolkowiez M, Smith PB, Mangum B,  Steinbach  WJ, Alexander BD, Cotten CM, et al. Neonatal Candida  meningitis: significance of cerebrospinal fluid parameters  and blood cultures. J Perinatol. 2007;27(2):97-100.  Epub 2006 Nov 2.  &nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">65. Baradkar V, Taklikar S. Meningitis caused by  Candida  albicans in a premature neonate. J Pediatr Neurosci.  2007;2:90-91.  &nbsp;</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911625&pid=S0004-0649201000040001200053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">66. Pappas PG, Kauffman CA, Andes D, Benjamin DK  Jr,  Calandra TF, Edwards JE Jr, et al. Clinical practice guidelines  for the management of candidiasis: 2009 update  by the Infectious Diseases Society of America. Clin  Infect Dis. 2009;48(5):503-535.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911626&pid=S0004-0649201000040001200054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">67. De Rosa FG, Garazzino S, Pasero D, Di Perri G,  Ranieri  VM. Invasive candidiasis and candidemia: new guidelines.  Minerva Anestesiol. 2009;75(7-8):453-458.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911627&pid=S0004-0649201000040001200055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Epub  2008 Han 24.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  68. Murthy JM. Fungal infections of the central nervous  system: the clinical syndromes. Neurol India.  2007;55(3):221-225.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911629&pid=S0004-0649201000040001200056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  69. Davis JA, Costello DJ, Venna N. Laboratory investigation  of fungal infections of the central nervous system.  Neurol India. 2007;55(3):233-240.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911630&pid=S0004-0649201000040001200057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  70. Jain KK, Mittal SK, Kumar S, Gupta RK. Imaging features  of central nervous system fungal infections.  Neurol India. 2007;55(3):241-250.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911631&pid=S0004-0649201000040001200058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  71. Black KE, Baden LR. Fungal infections of the CNS.  Treatment strategies for the immunocompromised patient.  CNS Drugs. 2007;21(4):293-318.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911632&pid=S0004-0649201000040001200059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  72. Redmond A, Dancer C, Woods ML. Fungal infections of  the central nervous system: A review of fungal pathogens  and treatment. Neurol India. 2007;55(3):251-259.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911633&pid=S0004-0649201000040001200060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  73. Scully EP, Baden LR, Katz JT. Fungal brain infections.  Curr Opin Neurol. 2008;21(3):347-352.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911634&pid=S0004-0649201000040001200061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  74. Chayakulkeeree M, Perfect JR. Cryptococcosis. Infect  Dis Clin North Am. 2006;20(3):507-544</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911635&pid=S0004-0649201000040001200062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  75. Satishchandra P, Mathew T, Gadre G, Nagarathna S,  Chandramukhi A, Mahadevan A, et al. Cryptococcal  meningitis: clinical, diagnostic and therapeutic overviews.  Neurol India. 2007;55(3):226-232.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911636&pid=S0004-0649201000040001200063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  76. Pukkila-Worley R, Mylonakis E. Epidemiology and management  of cryptococcal meningitis: developments  and challenges. Expert Opin Pharmacother. 2008  Mar;9(4):551-560.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911637&pid=S0004-0649201000040001200064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  77. Perfect JR, Dismukes WE, Dromer F, Goldman DL,  Graybill JR, Hamill RJ, et al. Clinical practice guidelines  for the management of cryptococcal disease: 2010  update by the infectious diseases society of america.  Clin Infect Dis. 2010;50(3):291-322.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911638&pid=S0004-0649201000040001200065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <font face="Verdana" size="2">  78. American Academy of Pediatrics. Antifungal drugs for  systemic fungal infections In: Pickering LK. Red book:  Report of the committee on infectious diseases. 28ª ed.  2009. p. 765-776.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2911639&pid=S0004-0649201000040001200066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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