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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font face="Verdana">La psiconeuroinmunología: Nueva visión  sobre la salud y la enfermedad</font></b></p>     <p align="center"><b><font size="2" face="Verdana">* Dr. Italo Marsiglia G. </font></b></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Miembro Correspondiente  Nacional</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">* Revisión del Coordinador, I  Conferencia Magistral, XVI Congreso Venezolano de Ciencias Médicas, Facultad de  Ciencias de la Salud, Universidad de Carabobo, 9 de abril de 2008. Cátedra de  Clínica y Terapéutica Quirúrgica “A”. Escuela “José María Vargas”. Facultad de  Medicina. Universidad Central de Venezuela.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">&nbsp;<b>INTRODUCCIÓN</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En los casi 50 años de  ejercicio de la medicina interna, algunas experiencias han quedado grabadas en  mi memoria. Y he de rememorar algunas: desde la observación de “gripe crónica o  repetitiva” como expresión de depresión subyacente, la aparición de enfermedad  maligna luego de la jubilación o de la depresión prolongada, la tardía  reactivación del cáncer de mama después de la enfermedad y muerte de algún ser  querido, o en una paciente en particular, la aparición del síndrome miasténico  por timoma maligno, luego de soportar alevosas vejaciones a su condición  femenina, o el desencadenamiento de enfermedad de Graves siguiendo al impacto  psicológico, o la asociación de manifestaciones depresivas en el cáncer  pancreático, los procesos infecciosos severos, el hipo y el hipertiroidismo y la  enfermedad de Cushing, o la relación de la cardiopatía isquémica y otras  enfermedades crónicas con el estrés psicológico prolongado o, hasta el súbito  desarrollo de infarto agudo del miocardio ante la muerte trágica de allegados.  En todos estos casos me resultó evidente y más que casual, la importancia del  componente emocional en el desarrollo o desencadenamiento de estas enfermedades.</font></p> <font FACE="Verdana" SIZE="2">     <p ALIGN="justify">Estoy consciente que experiencias similares habrán sido  observadas por otros colegas, también preocupados por la trascendencia de los  factores psicológicos en la preservación de la salud o en el desarrollo de la  enfermedad. Sin embargo, en aquel entonces surgían, entre otras, estas  interrogantes: ¿De qué mecanismos se valen los factores psicológicos para  desencadenar alteraciones inmunológicas? o, ¿Qué vías utilizan los factores  inmunológicos para producir depresión o enfermedad neuroendocrina?</p>     <p ALIGN="justify">Y si bien, en el pasado, sólo podíamos intuir las relaciones  entre el sistema nervioso o endocrino y el fenómeno inmune, hoy una nueva  disciplina, la psiconeuroinmunología ha puesto en evidencia los estrechos  vínculos y grado de integración de los sistemas, nervioso central, endocrino e  inmune (1-4).</p>     <p ALIGN="justify">Gracias a esa integración funcional, el sistema nervioso  central percibe y responde consciente o inconscientemente a los cambios del  mundo externo e interno; el sistema inmune, detecta y elimina a invasores  externos o internos; y el sistema endocrino suministra la respuesta a distancia  que hace al organismo más apto para la lucha<b>. </p> </b>     <p ALIGN="justify">Los sistemas neuroendocrino e inmune juegan su mayor papel en  la adaptación. Cualquier factor “estresante” o amenaza al estado de homeostasis,  es contrarrestado por una respuesta adaptativa (5). En el humano, la integración  de estos sistemas tiene como fundamento teleológico, conservar la salud y hacer  efectiva la lucha por la supervivencia.</p> <b>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="justify">NUEVA VISIÓN SOBRE LA SALUD Y LA ENFERMEDAD</p>     <p align="justify">Conexión bidireccional de los sistemas inmune y  neuroendocrino</b></font></p>     <p align="justify"><font FACE="Verdana" SIZE="2">Basedovsky y Sorkin (6),  observaron que la exposición a un antígeno eleva el cortisol plasmático y activa  la respuesta inmune. Ellos propusieron el vínculo funcional de los sistemas  inmune y nervioso mediante un mecanismo de retroalimentación negativa, en el  cual: la activación de las células inmunes resulta en la producción de  citoquinas, que le informan al cerebro el incremento de la función inmune; como  respuesta, el cerebro activa el eje hipotálamo-hipofisoadrenal (HHA) y, éste a  su vez, a través de la secreción de glucocorticoides suprime la respuesta inmune  (<a href="#fig1">Figura 1</a>). Esos estudios y los que se les han relacionado  posteriormente han dado origen a la psiconeuroinmunologia (1-6).</font></p>     <p align="center"><a name="fig1"> <img border="0" src="/img/fbpe/gmc/v117n3/art02fig1.gif" width="527" height="467"></a></p>     
<p align="justify"><font FACE="Verdana" SIZE="2">Pero, parecería injusto ignorar  los aportes que en este campo hiciera Hans Selye, al establecer entre los años  1936 y 1956, la teoría sobre el “síndrome general de adaptación” (7-10). Al  demostrar la íntima conexión entre estrés y estímulo de la secreción de la  corteza adrenal y, a la par, los efectos protectores de los extractos adrenales  sobre el estrés, Selye vislumbró sus posibles nexos con las que denominó  “enfermedades de adaptación” y, por ende y en propiedad, debe reconocérsele como  precursor de esta excitante y novedosa área del conocimiento médico.</font></p>     <p align="justify"><font FACE="Verdana" SIZE="2">Varios descubrimientos  realizados en los pasados 30 años han puesto en evidencia las interacciones  fisiológicas entre el sistema neuroendocrino y el sistema inmune (11), llevadas  a cabo mediante un sistema de señales o lenguaje bioquímico común, en el cual  participan neurotransmisores (péptidos y no péptidos), hormonas, factores de  crecimiento, citoquinas, receptores y ligandos (12). De hecho, las señales por  excelencia del sistema neuroendocrino, neurotransmisores y hormonas, regulan la  actividad celular del sistema inmune al actuar sobre sus receptores específicos,  como son p.ej.: los receptores de glucocorticoides (13). Efectivamente, muchos  mediadores neuroendocrinos se comportan como ligandos para los receptores  pareados con la proteína G (G-protein coupled receptor). Glucocorticoides,  catecolaminas y citoquinas, modifican la sensibilidad de estos receptores al  disminuir el nivel intracelular de la quinasa respectiva (G-protein coupled  receptor kinase). Igualmente, los procesos inflamatorios o el estrés, modifican  constantemente la sensibilidad de los receptores de las células inmunes; de tal  manera, la respuesta inmune final guarda relación con la sensibilidad de esos  receptores a los estímulos del sistema neuroendocrino.</font></p>     <p align="justify"><font FACE="Verdana" SIZE="2">Al compartir con el sistema  neuroendocrino esta suerte de comunicación química, el sistema inmune actúa como  un sexto sentido que recibe información imperceptible para otros sistemas  corporales, enviándole a su vez señales que permiten la respuesta adaptativa al  cambio detectado (14). De tal manera, el sistema inmune identifica con gran  sensibilidad y especificidad a microorganismos patógenos, tumores y alergenos, a  la par que detecta y responde a los cambios emocionales del propio individuo. La  participación del sistema nervioso central y periférico, resulta de vital  importancia para mantener el delicado balance entre la respuesta inmune mediada  por células (Th1) y la respuesta inmune humoral (Th2) (5).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Neurogénesis, funciones  cognitivas y sistema inmune</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La neurogénesis es un aspecto  muy importante relacionado con el sistema inmune. A lo largo de la vida, la  formación de nuevas neuronas a partir de las células progenitoras ocurre en el  gyrus dentado del hipocampo. Aunque la neurogénesis hipocampal adulta no es bien  conocida, estudios recientes sugieren que la nueva población neuronal juega un  importante papel en las habilidades cognitivas dependientes del hipocampo,  incluyendo la memoria expositiva o declarativa. El proceso de neurogénesis  adulta está muy influido por la interacción entre las células del sistema inmune  adaptativo y las células inmunes residentes en el sistema nervioso central.  Recientemente, Ziv y Schwartz (15), demostraron que las células inmunes  contribuyen a la neurogénesis hipocampal. La regulación de la actividad de las  células inmunes es crucial, tanto para la atenuada actividad inmune propia de  los síndromes de inmunodeficiencia, como para la intensa actividad de los  procesos inflamatorios severos, que pueden deteriorar la neurogénesis y,  también, las funciones cognitivas dependientes del hipocampo. En su proyección  hacia el futuro, estas investigaciones permitirán comprender de qué manera el  cuerpo afecta a la mente.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Respuestas inmune e  inflamatoria La respuesta inmune comprende el reconocimiento de un agente  patógeno y la reacción para contrarrestarlo y, esa respuesta, puede ser innata y  no específica o adaptativa y específica. Los monocitos, macrófagos y neutrófilos  integran la primera línea defensiva inespecífica e innata, que permite  identificar, fagocitar y destruir al agente patógeno. Un subgrupo de linfocitos,  las “células asesinas naturales” (NK), constituyen otro sistema de  reconocimiento (y destrucción) no específico e innato, que permite identificar  los cambios que ocurren en la superficie de células tumorales o infectadas por  virus. Los monocitos, macrófagos y células asesinas, también reconocen y  destruyen los patógenos recubiertos con el anticuerpo específico (5).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los linfocitos T y B son los  componentes centrales de la respuesta inmune adaptativa, capaces de identificar  de manera específica los diferentes patógenos, intra o extracelulares. Los  linfocitos B combaten los patógenos extracelulares mediante la producción de  anticuerpos específicos que reconocen y se unen al antígeno correspondiente. Por  su parte, los antígenos son moléculas de la superficie del patógeno o de sus  toxinas (5).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los linfocitos T ayudadores  cumplen funciones reguladoras, al interactuar con los linfocitos B en la  producción de anticuerpos, o al ayudar a los linfocitos mononucleares a  inactivar patógenos intracelulares. Los linfocitos T citotóxicos destruyen las  células del huésped infectadas con virus y otros patógenos intracelulares. El  receptor de antígeno de las células T se relaciona estructural y funcionalmente  con el anticuerpo de superficie de las células B (5).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Las células del sistema inmune  están ampliamente distribuidas en el organismo, movilizándose en gran número  hacia el sitio de impacto del agente patógeno. La inflamación resulta del  aumento de la suplencia sanguínea por vasodilatación local y por incremento de  la permeabilidad capilar, que hacen posible la diapédesis de leucocitos y la  exudación del plasma contentivo de los mediadores inmunes. La migración  leucocitaria es la respuesta al fenómeno de atracción química conocido como  quimiotaxis.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Las células que intervienen en  la reacción inflamatoria, monocitos, polinucleares y linfocitos, actúan en el  sitio de la inflamación conjuntamente con las células inmunes locales accesorias  (células endoteliales, mastocitos, fibroblastos tisulares y macrófagos  residentes). Para la ulterior quimioatracción celular y la coordinación de las  células efectoras, se producen citoquinas localmente, lípidos mediadores de la  inflamación y neuropéptidos. Las citoquinas activan por vía hemática al sistema  de estrés y, en los animales de experimentación son responsables de la llamada  conducta enfermiza (sickness behavior).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Las fibras sensoriales  aferentes al área de inflamación envían señales de alarma al SNC y secretan in  situ y según sea el caso, sustancias proinflamatorias o antiinflamatorias, como  son respectivamente, el neuropéptido sustancia P y la somatostatina. La  noradrenalina, neurotransmisor liberado por las fibras postganglionares  simpáticas, ejerce fundamentalmente un efecto antiinflamatorio (5).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Papel de las células Th1 y Th2  y de las citoquinas Tipo 1 y Tipo 2 sobre la regulación de la inmunidad celular  y humoral Las citoquinas, productos de una variedad de células hematopoyéticas,  son proteínas solubles que interactúan con receptores celulares específicos,  involucrados en la regulación del crecimiento, desarrollo y activación de las  células del sistema inmune y en la mediación de la respuesta inflamatoria,  normal o patológica. Como tales, las citoquinas juegan un papel primordial,  tanto en la respuesta inmune innata, como en la respuesta inmune adaptativa, y  su expresión se altera en los desórdenes inmunes, inflamatorios e infecciosos.  En general, diferentes citoquinas pueden tener un efecto similar y, a su vez,  una misma citoquina puede tener diferentes efectos. Este pleiotropismo es el  resultado de la expresión de una misma citoquina sobre múltiples tipos de  receptores celulares. El conjunto de las citoquinas integra la llamada “red de  citoquinas” (16).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La respuesta inmune es regulada  por los fagocitos responsables de la inmunidad innata y por las subclases de  linfocitos Th1 y Th2, componentes de la inmunidad adaptativa. Las células Th1  secretan fundamentalmente interferon-gamma (IFN-y), interleuquina-2 (IL-2) y  factor de necrosis tumoralbeta (TNF-ß), que son citoquinas promotoras de la  inmunidad celular y de la actividad proinflamatoria, mientras que las células  Th2 secretan citoquinas diferentes, principalmente IL-4, IL-10 e IL-13,  promotoras de la inmunidad humoral y de la actividad antiinflamatoria (<a href="#fig2">Figura  2</a>).</font></p>     <p align="center"><a name="fig2"> <img border="0" src="/img/fbpe/gmc/v117n3/art02fig2.gif" width="528" height="486"></a></p>     
<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Las respuestas Th1 y Th2 son  mutuamente inhibitorias, y por tanto, la IL-12 y la IFN-y inhiben la respuesta  Th2 y, viceversa, la IL-4 y la IL-10 inhiben la respuesta Th1 (5).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Retroalimentación entre  citoquinas y sistema nervioso central</font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Aunque está bien documentada la  neurotransmisión por la vía aferente del vago, la vía humoral mejor conocida  para la transmisión de información desde el sistema inmune al sistema  neuroendocrino, tiene a las citoquinas como su principal protagonista. Como ya  mencionamos, la acción conjunta de citoquinas y sistema nervioso central se  establece mediante un mecanismo de retroalimentación negativa, en el cual, la  activación del sistema inmune por un antígeno provoca la producción de  citoquinas; esta señal informa al SNC del incremento de la actividad inmune; el  SNC estimula al eje hipotálamo-hipofisoadrenal para la secreción de  glucocorticoides; y como parte final del mecanismo, el incremento del cortisol  suprime la respuesta inmune. Efectivamente, las citoquinas IL-1&#945;, IL-1ß, IL-6,  TNF-&#945;, incrementan la actividad del sistema HHA que se evidencia por el aumento  de los niveles séricos de hormona liberadora de corticotropina (CRH) o CRH mRNA,  vasopresina, hormona adreno-corticotrópica (ACTH), proopiomelanocortina mRNA y  cortisol. A su vez, el cerebro posee receptores para la IL-1, IL-2 e IL-6 y  otras citoquinas y a la vez produce IL-1. Las citoquinas también afectan  directamente a la hipófisis y a las suprarrenales, incrementando  respectivamente, los niveles séricos de ACTH y glucocorticoides (1-5, 17).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sistema de estrés Las señales  eferentes del sistema nervioso al sistema inmune son cubiertas por el sistema  neuroendocrino y por el sistema nervioso autónomo, resultando explícito que las  funciones del cerebro como órgano regulador inmune participan en la respuesta  inmune. Efectivamente, las hormonas secretadas por el sistema neuroendocrino  juegan un importante rol en la comunicación y regulación de las células del  sistema inmune (17).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La homeostasis basal y en  condiciones de estrés es mantenida por el llamado “sistema de estrés” (<a href="#fig3">Figura  3</a>). El componente central del sistema se ubica en el hipotálamo y en el  tallo cerebral, mientras que el componente periférico (y vía eferente) lo  constituyen, el eje HHA y el sistema simpático periférico y de la médula adrenal  (5). Los efectores de esa respuesta son respectivamente: las neuronas del núcleo  paraventricular del hipotálamo, que secretan CRH y arginina-vasopresina (AVP); y  en el tallo cerebral, las neuronas noradrenérgicas del locus ceruleus y del  sistema simpático autónomo. Estos efectores regulan, respectivamente, la  actividad periférica del eje HHA y del sistema nervioso simpático periférico y  de la médula adrenal, cuyas respuestas finales son, respectivamente, la  secreción de corticoesteroides y catecolaminas. La acción conjunta de  glucocorticoides y catecolaminas mantiene la homeostasis.</font></p>     <p align="center"><a name="fig3"> <img border="0" src="/img/fbpe/gmc/v117n3/art02fig3.gif" width="528" height="459"></a></p>     
<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La CRH y la AVP actúan  sinérgicamente, siendo también estimuladas por los neurotransmisores  colinérgicos y serotonérgicos. Ambas hormonas son inhibidas por el sistema del  ácido gammaaminobutírico/ benzodiacepina (GABA/BZD) y, en el núcleo arcuato, por  el sistema peptídico proopiomelanocortina (POMC). A su vez, la activación  directa del núcleo arcuato por el sistema de estrés, juega un importante rol en  el incremento de la analgesia que ocurre durante el estrés (5).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La activación del sistema de  estrés va seguida de cambios adaptativos de la conducta y físicos. Los cambios  centrales del estrés incluyen: estado de alerta, aumento de la atención y  funciones cognitivas, aceleración de los reflejos motores, disminución de la  ingesta y de la conducta sexual e incremento de la tolerancia al dolor (5). A  nivel periférico, la activación del sistema de estrés, por una parte, eleva las  secreciones de norepinefrina en el sistema nervioso simpático y, de adrenalina y  norepinefrina en la médula adrenal; por otra parte, aumenta la secreción de  corticoesteroides en la corteza adrenal. Todos estos cambios guardan relación  con la adaptación física que afecta la actividad cardiovascular, el metabolismo  intermediario y la modulación de las respuestas inmune e inflamatoria.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Otras hormonas también influyen  sobre el funcionamiento del sistema inmune. Entre las hormonas proteicas, esa  acción se ha establecido para la prolactina, la hormona de crecimiento y el  factor de crecimiento 1 similar a insulina (IGF-1), demostrándose también el  importante papel de la hormona estimulante tiroidea (TSH). De hecho, está  comprobado que a nivel celular las hormonas proteicas neuroendocrinas influyen  sobre la inmunidad, a la par que, los procesos inmunes afectan al sistema  neuroendocrino. El sistema de comunicación descrito se activa cuando los  procesos inflamatorios inducidos por las citoquinas proinflamatorias antagonizan  la función de varias hormonas, ocasionando resistencia endocrina tanto a nivel  periférico como a nivel cerebral. En la inflamación, el balance entre citoquinas  y hormonas permite alcanzar el estado de homeostasis (11).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hipotálamo y reloj biológico Es  bien conocido el papel del hipotálamo en la síntesis de hormonas estimulantes o  inhibidoras de la hipófisis anterior; entre otras, las hormonas liberadoras de  gonadotropina, tirotropina, corticotropina y hormona del crecimiento,  sintetizadas en las neuronas parvocelulares del hipotálamo, que constituyen el  pivote central del eje HHA (17,18).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">El hipotálamo también integra  la información corporal y cerebral que permite la adaptación al medio ambiente y  a la reproducción, haciendo posible la supervivencia del individuo y la  perpetuación de la especie. En efecto, múltiples funciones son reguladas por los  procesos hipotalámicos neuroendocrinos y autonómicos, en concierto con la  conducta apropiada que es mediada por influencias neuronales sobre otras áreas  del cerebro. Estos sistemas anatomo-funcionales regulan, metabolismo,  circulación y sistema inmune. Por ser esenciales para la supervivencia, los  sistemas son interdependientes y, particularmente, influenciables por los  factores ambientales, tales como, hora, día o estación del año, por el estrés,  por la retroalimentación sensorial autonómica y por las hormonas circulantes  (19).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Al abordar los mecanismos de  integración hipotalámica, debe considerarse la influencia del núcleo  supraquiasmático o “reloj biológico”, sobre los procesos organizados por y en el  hipotálamo. El SNC impone su ritmo al cuerpo por intermediación de la secreción  hormonal, y del sistema nervioso autónomo, simpático y parasimpático, cuyas  señales preparan al organismo para los cambios cíclicos determinados por la  acción hormonal (19).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Salvo por la influencia de la  luz y la melatonina, los mecanismos de información al cerebro de otros sistemas  periféricos son poco conocidos. En tal sentido, debe prestársele atención al rol  de los órganos circunventriculares. Así, el núcleo arcuato resulta esencial para  el mantenimiento de la homeostasis de la energía y para la integración de las  señales del apetito y la saciedad. Los receptores de hormonas metabólicas, como  insulina, leptina y ghrelina, llevan la información periférica al núcleo arcuato  y al SNC. De hecho, los estudios neuroanatómicos del núcleo arcuato y del SNC,  utilizando trazadores anterógrados y retrógrados, demuestran su interconexión  recíproca en la transmisión de señales relacionadas con la alimentación (19).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Glucocorticoides, inflamación e  inmunidad El efecto antiinflamatorio e inmunosupresor de los glucocorticoides ha  sido ampliamente utilizado en el tratamiento de las enfermedades autoinmunes y  neoplásicas. Ambos efectos están íntimamente relacionados con los mecanismos  celulares y moleculares que participan en el control de las citoquinas y otros  mediadores. Y aunque se había presumido que estos efectos sólo se observaban con  dosis farmacológicas, hoy se piensa que su naturaleza es fisiológica y  resultante de los mismos mecanismos genómicos mediados por un receptor único,  con una relación dosis-respuesta similar (18).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Aunque los glucocorticoides  influyen sobre la mayor parte de las células que participan en las reacciones  inflamatoria e inmune, algunos efectos son particularmente evidentes. Los  glucocorticoides disminuyen la agregación de células inflamatorias en el sitio  de la inflamación y, a la par, elevan la cifra de neutrófilos y reducen los  valores de linfocitos, monocitos, eosinófilos y basófilos. El efecto linfopénico  de los glucocorticoides es más evidente en las células CD4 o células T  ayudadoras que en las células B, mientras que las células T citotóxicas o CD8  resultan relativamente insensibles. Los glucocorticoides disminuyen las  funciones de las células B, especialmente, las relacionadas con la producción de  anticuerpos (18).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Muchos efectos de los  glucocorticoides sobre la reacción inflamatoria e inmune resultan de la  supresión de la producción o de la actividad de citoquinas y otros mediadores,  como quimoquinas, agentes inflamatorios, hormonas y neurotransmisores, que son  liberados en respuesta al estrés (18).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Glucocorticoides y sistema  nervioso central</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los glucocorticoides influyen  sobre la conducta, el humor y la excitabilidad y actividad eléctrica neuronal.  Son bien conocidos los trastornos de conducta que ocurren, tanto por el déficit,  como por la sobreproducción de glucocorticoides, y las alteraciones del sueño  que acompañan al tratamiento con corticoesteroides. Además, en muchos pacientes  con depresión se demuestra hiperactividad del eje HHA con incremento de los  niveles plasmáticos de cortisol. A su vez, el estrés y los glucocorticoides  afectan la recuperación de la memoria tardía. La deficiencia o el exceso de  glucocorticoides pueden dañar o destruir las neuronas piramidales y del gyro  dentado del hipocampo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">El cerebro y la médula espinal  tienen receptores para mineralocorticoides y glucocorticoides. Los primeros son  particularmente abundantes en el gyrus dentado y células piramidales del  hipocampo y en otras áreas del sistema límbico, mientras que los receptores de  glucocorticoides se distribuyen ampliamente entre neuronas y células gliales.  Los niveles basales de glucocorticoides actúan por la vía de los receptores de  mineralocorticoides para mantener la excitabilidad neuronal, mientras que los  niveles de glucocorticoides inducidos por el estrés, actuando por la vía de los  receptores de glucocorticoides suprimen la actividad neuronal. Los  glucocorticoides también participan en la actividad de algunos sistemas  enzimáticos y mecanismos de transporte del SNC (18).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Glucocorticoides,  homeostasis y estrés</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como señalamos, Selye (7-10)  aportó las primeras evidencias acerca de la íntima conexión entre estrés y  hormonas de la corteza adrenal y el efecto protector sobre el estrés de los  extractos adrenales, demostrando también que un amplio rango de noxas y  estímulos estresantes activan la corteza suprarrenal, pudiendo causar las que  denominó como “enfermedades de adaptación”.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por su parte, Ingle (20,21)  propuso que los niveles basales de corticoesteroides ejercen el efecto permisivo  necesario para mantener algunas funciones homeostáticas en respuesta al estrés.  Efectivamente, los glucocorticoides sostienen la vida mediante dos mecanismos  diferentes pero relacionados: en niveles bajos o “permisivos”, activan los  mecanismos homeostáticos defensivos que ocurren en la vida diaria, mientras que  en situaciones de estrés y en cantidades mayores o “supresoras”, suprimen esas  respuestas defensivas ya activadas y exageradas, para evitar su efecto deletéreo  sobre el organismo (<a href="#fig3">Figura 3</a>).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los glucocorticoides pueden  activar o suprimir los mecanismos moleculares que regulan ciertos mediadores de  los mecanismos de defensa, como puede ocurrir a nivel de la célula blanco con  los receptores de IFN-y y los receptores de IL-6: la acción permisiva se inicia  con bajos niveles de cortisol y el efecto supresor se logra al alcanzar el  cortisol niveles elevados (18).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Salud y enfermedad. Estrés,  depresión y enfermedades crónicas</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Es antigua la creencia de que  los eventos adversos de la vida y los estados emocionales pueden impactar  negativamente las funciones corporales, el estado de salud y las expectativas de  vida. Se ha establecido que los estados afectivos negativos, como la depresión,  se asocian con mortalidad prematura e incremento del riesgo para la  aterosclerosis coronaria, la diabetes mellitus tipo 2 y la incapacidad. En la  literatura publicada en los últimos 50 años la modulación psicológica de las  funciones inmunes también es un fenómeno bien establecido (22).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por otra parte, se ha sugerido  que los estados afectivos positivos ejercen un efecto protector sobre la salud,  si bien, las vías mediadoras de tales efectos son poco conocidas. En esa área de  investigación, Steptoe y col. (23-25), han demostrado que la sensación de  felicidad o bienestar disminuye la actividad neuroendocrina, inflamatoria y  cardiovascular, apoyando el concepto de que los estados positivos se vinculan  directamente con los procesos biológicos implícitos en la condición de salud.  Estos autores comprobaron que los estados afectivos positivos se asocian con  valores más bajos de cortisol libre y, adicionalmente en las mujeres, con  niveles menores de los marcadores de la inflamación, como proteína C reactiva e  interleukina-6. Esos efectos, explicarían la influencia de los factores  psicosociales sobre el riesgo a la enfermedad cardiovascular y a otras  enfermedades crónicas, tal como se ha sugerido para la psoriasis y la artritis  reumatoide.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por su parte, Matsunaga y col.  (26), comprobaron que la evocación de sentimientos positivos aumenta la  actividad de las células asesinas naturales, incrementa el nivel periférico de  dopamina y activa varias áreas del cerebro (corteza prefrontal media, tálamo,  hipotálamo, circunvolución subcallosa, corteza posterior del cíngulo,  circunvolución temporal superior y cerebelo). Esta activación simultánea de los  sistemas, nervioso central, endocrino e inmune, en respuesta a las emociones  positivas, parece depender del sistema dopaminérgico.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Uno de los más intrigantes  ejemplos de la asociación entre los sistemas nervioso e inmune, se evidencia en  la capacidad del SNC para establecer la asociación entre un estado inmune y un  estímulo ambiental específico. “Se ha demostrado el condicionamiento de la  conducta sobre la respuesta inmune en situaciones clínicas determinadas” (27).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La modulación psicológica de  las funciones inmunes se demuestra en la observación de los efectos negativos  sobre la salud de los estímulos estresantes y, el cómo, personalidad, estatus  psicopatológico, relaciones interpersonales e intervenciones “sobre la conducta”  pueden, influir positiva o negativamente sobre la función inmune. El estrés  psicosocial puede afectar el curso de las enfermedades infecciosas y el proceso  de cicatrización de las heridas. También se ha demostrado la influencia negativa  de las citoquinas proinflamatorias sobre la evolución de múltiples enfermedades,  como ocurre en los procesos cardiovasculares y, además, el cómo, la secreción de  citoquinas proinflamatorias puede estimularse directamente con las emociones  negativas y el estrés e, indirectamente, con las infecciones crónicas o  recurrentes (28).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por tanto, son tópicos muy  importantes, el efecto del estrés sobre la conducta y la respuesta inmune, la  relación del proceso inmune con personalidad, psicopatología y conducta, y el  condicionamiento “de la conducta” en la inmunidad (29,30). También, algunos  estudios demuestran la relación de la crianza inicial con la maduración del  sistema inmune y, las influencias psicosociales sobre la declinación de la  inmunidad en la senescencia (31).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Las emociones estresantes  alteran la función leucocitaria. El estrés disminuye la respuesta de los  glóbulos blancos a las células cancerosas o infectadas con virus. No obstante,  el estrés no afecta por igual a todos los subgrupos de leucocitos, mientras que  exacerba algunas enfermedades autoinmunes que involucran a un determinado  subgrupo de células blancas. Más aún, la literatura médica documenta la eficacia  de las intervenciones terapéuticas verbales para modificar los parámetros del  sistema inmune y aumentar la capacidad corporal para combatir la enfermedad.  También está documentado el impacto del estrés crónico vinculado a la pobreza  sobre la función del sistema inmune (32). En ese sentido, Kemeny (33) encuentra  que la amenaza al status social ocasiona cambios en los sistemas autonómicos,  endocrino e inmune, que pueden explicar sus efectos adversos sobre la salud. En  esta respuesta fisiológica relacionada con el mundo social, en la que participan  mecanismos psicológicos y biológicos, los procesos cognitivos jugarían un  importante papel.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La hostilidad es un factor de  riesgo para la evolución adversa de muchos procesos tan disímiles como  enfermedades cardiovasculares y desorden de estrés postraumático y,  posiblemente, las citoquinas son mediadoras de esta relación. Hommersteeg y col.  (34), en el Laboratorio de Psiconeuroinmunología de la Universidad de Utrecht,  investigaron en hombres sanos la relación de la hostilidad con citoquinas y  quimoquinas de las células T inducidas por mitógenos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La hostilidad se relacionó  significativamente con la disminución de la secreción de citoquina IL-6 y con el  incremento de citoquinas proinflamatorias (IL-2, TNF&#945; e IFNy) y  antiinflamatorias (IL-4, IL-5 e IL- 10). En este estudio se observó una relación  inversa significativa entre edad y nivel de hostilidad. Por su parte, los  traumas tempranos de la vida y la depresión tuvieron relación positiva, aunque  independiente de la hostilidad.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En relación con la estricta  interconexión y vinculación inmunológica entre salud y conducta, se ha destacado  la influencia recíproca del sistema inmune sobre el cerebro y la conducta, en  condiciones normales y en la depresión, en la cual, los procesos  inmunoreguladores resultan parte integrante de una compleja red de respuestas  adaptativas. Efectivamente, la activación de los procesos inflamatorios puede  influir sobre múltiples aspectos de las funciones del SNC incluyendo, el  metabolismo de los neurotransmisores, la función neuroendocrina y, en el humano,  los cambios de la conducta predictivos de depresión (3).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Un buen ejemplo de cómo estos  conceptos se infieren de la observación in vivo, lo tenemos al analizar los  efectos de los estímulos estresantes. El estrés crónico altera la evolución de  varias enfermedades que son modificables favorablemente por la intervención  psicosocial (3,4,35,36).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">De hecho, el estrés y la  depresión también se vinculan con el inicio o progresión de desórdenes  relacionados con la inmunidad, incluyendo, cáncer y enfermedades infecciosas,  sugiriendo que los efectos del estrés y la depresión sobre el sistema inmune  tienen relevancia en la expresión de estas enfermedades (2,3,37-40).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Schulz y Gold (41), destacaron  la importancia del estrés psicológico con la mayor frecuencia de infecciones, la  disminución de la respuesta a la vacunación y el retardo del proceso de  cicatrización de las heridas. La literatura médica también aporta evidencias  sólidas acerca de la repercusión del estrés psicológico sobre la evolución de  las enfermedades oncológicas y autoinmunes (42).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por ejemplo, en la psoriasis,  una enfermedad inflamatoria crónica mediada por las células Th1 ayudadoras, se  ha demostrado que el estrés psicosocial agudo puede desencadenar la enfermedad,  presentando como hallazgos inmunológicos más significativos: incremento de los  monocitos y células CD4 (+), descenso de las células CD3 (+)/CD25 (+),  incremento de las citoquinas proinflamatorias IFN-y eIL-2 y disminución de las  citoquinas antiinflamatorias IL-10 e IL-4 (43).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Algunos autores (37,44-47)  encontraron que al menos en parte, la fatiga observada en la esclerosis múltiple  es mediada por la activación de las citoquinas proinflamatorias, mientras que la  activación del eje HHA se relaciona con el deterioro cognitivo observado en la  enfermedad. En la esclerosis múltiple, el grado de inflamación del SNC, medido  por resonancia nuclear magnética, guarda relación con los niveles de marcadores  inflamatorios, los síntomas depresivos y la fatiga. También se ha sugerido que  la fatiga, en pacientes tratados por cáncer, puede relacionarse con un proceso  inflamatorio crónico que incrementa la producción de citoquinas y embota la  respuesta del cortisol a los estímulos psicológicos estresantes (39).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La administración de citoquinas  también puede producir alteraciones cerebrales similares a las descritas en  pacientes deprimidos, hecho que para la depresión ha permitido establecer esta  hipótesis de las citoquinas, por su influencia sobre la serotonina, los sistemas  noradrenérgicos y el eje HHA (48).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como hemos mencionado los  estados depresivos que acompañan a las enfermedades inflamatorias somáticas,  también se asocian con incremento de citoquinas proinflamatorias y consumo de  triptófano gracias a la activación de la IDO (<a href="#fig4">Figura 4</a>).</font></p>     <p align="center"><a name="fig4"> <img border="0" src="/img/fbpe/gmc/v117n3/art02fig4.gif" width="440" height="402"></a></p>     
]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Estos hallazgos le confieren al  sistema inmune un rol causal de las manifestaciones conductuales en un amplio  rango de enfermedades, por lo cual algunos autores (39,40) proponen que el  funcionamiento anormal del eje HHA altera la regulación de la retroalimentación  de los sistemas endocrino e inmune.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sustentada en hallazgos  objetivos, la hipótesis de las citoquinas establece la función neuromoduladora  de las citoquinas proinflamatorias, que guarda relación con las características  de la conducta, neuroendocrinas y neuroquímicas de los desórdenes depresivos.  Varias enfermedades médicas caracterizadas por respuesta inflamatoria crónica,  como la artritis reumatoide, pueden acompañarse de depresión. Adicionalmente, la  administración de citoquinas proinflamatorias en el tratamiento del cáncer o de  la hepatitis C, se acompaña de síntomas depresivos. Por último, la  administración de citoquinas proinflamatorias en animales de experimentación,  induce una “conducta enfermiza” con un patrón de conducta similar al de la  depresión humana.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como conclusión, podemos  inferir que, así como el sistema neuroendocrino regula la función inmune Estos  hallazgos le confieren al sistema inmune un rol causal de las manifestaciones  conductuales en un amplio rango de enfermedades, por lo cual algunos autores  (39,40) proponen que el funcionamiento anormal del eje HHA altera la regulación  de la retroalimentación de los sistemas endocrino e inmune.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sustentada en hallazgos  objetivos, la hipótesis de las citoquinas establece la función neuromoduladora  de las citoquinas proinflamatorias, que guarda relación con las características  de la conducta, neuroendocrinas y neuroquímicas de los desórdenes depresivos.  Varias enfermedades médicas caracterizadas por respuesta inflamatoria crónica,  como la artritis reumatoide, pueden acompañarse de depresión. Adicionalmente, la  administración de citoquinas proinflamatorias en el tratamiento del cáncer o de  la hepatitis C, se acompaña de síntomas depresivos. Por último, la  administración de citoquinas proinflamatorias en animales de experimentación,  induce una “conducta enfermiza” con un patrón de conducta similar al de la  depresión humana.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como conclusión, podemos  inferir que, así como el sistema neuroendocrino regula la función inmune  utilizando como intermediarios a neurotransmisores, hormonas y neuropéptidos, a  su vez, las células inmunes influyen también sobre el funcionamiento del sistema  neuroendocrino mediante la intervención de varias citoquinas (35).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Sistemas neuroendocrino e  inmune en la depresión mayor</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Miller (48), en la Emory  University Scholl of Medicine de Atlanta, estudió los mecanismos mediante los  cuales las citoquinas pueden influir sobre el cerebro y la conducta de humanos y  primates no humanos. La depresión inducida por IFN-&#945; parece tener como vía  primaria los cambios provocados sobre el metabolismo de las monoaminas. Desde el  punto de vista clínico, el papel de la serotonina se sustenta en la efectividad  de los inhibidores de la recaptación de serotonina para bloquear las  manifestaciones depresivas producidas por el IFN-&#945; y, en la capacidad del IFN-&#945;  para activar enzimas metabólicas (indolamina 2,3 dioxigenasa) y las vías de  señales de las citoquinas (p38 mitogen activated protein kinase - quinasa de la  proteína p38 activada por mitógenos), que pueden influir sobre la síntesis y  recaptación de la serotonina. Pero también, el papel de la depleción de dopamina  inducida por IFN-&#945; se refleja en los cambios conductuales (enlentecimiento  psicomotor y fatiga) y en la actividad cerebral regional que pone en evidencia  la participación de los ganglios basales; y por las manifestaciones depresivas  inducidas por IFN-&#945; en monos Rhesus, cuyo LCR muestra disminución del ácido  homovanílico, metabolito de la dopamina. Efectivamente, la dopamina, precursor  en la síntesis de noradrenalina y adrenalina, es el neurotransmisor predominante  en el sistema extrapiramidal de los mamíferos y en varias vías neuronales  mesocorticales y mesolímbicas. Los estudios de neuroimágenes en los pacientes  tratados con INF-&#945;, ponen en evidencia la activación de ciertos circuitos  cerebrales, como la corteza dorsal anterior del cíngulo, que pueden guardar  relación con los cambios conductuales producidos por esta citoquina (48).  Efectivamente, en pacientes tratados con IFN-&#945; o IL-2 pueden aparecer  manifestaciones neuropsiquiátricas (ansiedad, depresión, psicosis, ideación  suicida, hipomanía o deterioro cognitivo) (49). Pero, aunque estos efectos  suelen desaparecer al suspender el tratamiento, en algún caso, la alteración  cognitiva puede persistir durante varios años. Y como hemos visto, en los  animales, las citoquinas proinflamatorias producen conducta enfermiza, ansiedad  o anhedonia social. Varios desórdenes neuropsiquiátricos pueden acompañarse de  elevación de las citoquinas proinflamatorias. Como sabemos, estas citoquinas  aumentan la actividad de la IDO que, por una parte incrementa la degradación de  triptófano en kinurenina y, por la otra, disminuye la síntesis cerebral de  serotonina. Por tratarse, de que este neurotransmisor es requerido para el  estado de ánimo normal, en los desórdenes psiquiátricos el mecanismo mencionado  ha adquirido significación fisiopatológica. También se ha propuesto que el  desbalance de la vía catabólica de la kinurenina y su interacción con otros  neurotransmisores puede jugar un rol importante (48).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En la depresión, el “modelo de  las citoquinas” ha llegado a la arena clínica y a los nuevos desarrollos en el  área de la psicofarmacología, determinándose de esa manera, la especial  relevancia de las interacciones cerebroinmunes en los desórdenes psiquiátricos y  en las enfermedades médicas asociadas. Además, en los desórdenes inflamatorios  somáticos se ha demostrado que el incremento de las citoquinas proinflamatorias  y el mayor consumo de triptófano son acompañantes del humor depresivo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En la hipótesis para la  depresión mayor, sustentada por Müller y Schwarz (50), la activación del sistema  inmune incrementa las citoquinas proinflamatorias, IL- 2, IFN-y y TNF-&#945;, que  desencadenan los mecanismos fisiopatológicos fundamentales del proceso, como  son, la deficiencia en la neurotransmisión serotonérgica (serotonina o 5-hidroxitriptamina)  y la hiperactividad en la neurotransmisión glutamatérgica (glutamato) (<a href="#fig4">Figura  4</a>). Esta hipótesis involucra las alteraciones de la neurotransmisión y del  eje HHA con las modificaciones observadas en la actividad del sistema inmune y  en la morfología cerebral. Efectivamente, las citoquinas proinflamatorias  activan a la enzima IDO, responsable de la degradación de la serotonina y de su  precursor, el triptófano. De tal manera, el incremento del consumo de triptófano  y serotonina explicaría satisfactoriamente la menor disponibilidad de serotonina  en la depresión mayor. Las citoquinas proinflamatorias también activan la  kinurenina monooxigenasa que eleva la producción de ácido quinolínico, fuerte  agonista del receptor glutamatérgico, N-metil-D-aspartato (NMDA).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Swaab y col. (44), del  Instituto Holandés de Investigaciones Cerebrales, correlacionaron las  alteraciones del hipotálamo y del sistema de estrés con las manifestaciones  clínicas de la depresión. Como señalamos, las neuronas secretoras de CRH y  vasopresina del núcleo paraventricular del hipotálamo, promueven la secreción de  ACTH en la hipófisis anterior y esta a su vez, estimula la secreción de cortisol  en la corteza adrenal. Estas neuronas también se proyectan sobre la eminencia  media y otras áreas cerebrales que regulan la inervación del sistema autónomo  adrenal y afectan el humor. La activación del eje HHA también libera en la  neurohipófisis, vasopresina secretada en los núcleos paraventricular y  supraóptico y oxitocina secretada en el núcleo paraventricular. A su vez, el  núcleo supraquiasmático, llamado el “reloj hipotalámico”, es responsable de los  cambios rítmicos del sistema de estrés.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Tanto la liberación central de  CRH como los niveles elevados de cortisol, se relacionan con las manifestaciones  clínicas de la depresión. En animales de experimentación, la inyección de CRH en  los ventrículos cerebrales se acompaña de síntomas depresivos. La depresión  también es un efecto colateral de la terapia con glucocorticoides y un síntoma  cardinal del síndrome de Cushing. Además, las neuronas CRH se activan en el  estrés y en la depresión. La elevación de los niveles séricos de vasopresina  incrementa el riesgo de suicidio. La prevalencia, incidencia y morbilidad de la  depresión es mayor en el sexo femenino, así como las fluctuaciones de las  hormonas sexuales parecen tener importancia en la depresión, ya que los  estrógenos también estimulan la secreción de CRH. Por su parte, la disminución  de la actividad del sistema nervioso central parece guardar relación patogénica  con el disturbio del ritmo circadiano y las alteraciones estacionales propias de  la depresión, que alteran humor, sueño y ritmo hormonal.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En los procesos inflamatorios  del SNC, la activación de la IDO y sus efectos metabólicos ocurren  principalmente en las células de la microglia. En la depresión mayor los  astrocitos, al carecer de IDO y estar disminuidos en número, contrarrestan esa  vía metabólica; quedando a su vez muy involucrados en la recaptación y  conversión metabólica del glutamato. Por tanto, en la depresión mayor, los  desequilibrios en la respuesta inmune tipo 1 y tipo 2 y en la actividad  astrocito/microglia son responsables de la deficiencia serotonérgica y la  sobreproducción glutamatérgica (50).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La acción central de las  citoquinas puede también explicar la hiperactividad del eje HHA, frecuentemente  observada en los desórdenes depresivos, al alterar la retroalimentación negativa  de los corticoesteroides circulantes sobre el eje HHA. Aunque el efecto central  de las citoquinas proinflamatorias parece responsable de la mayor parte de los  síntomas depresivos, no se ha establecido su papel causal o si éste es un  epifenómeno sin mayor significación (51,52).</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Sistemas neuroendocrino e  inmune en la esquizofrenia</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Müller y Schwarz (53-55),  también proponen para la esquizofrenia la hipótesis del desequilibrio de la  neurotransmisión glumamatérgica mediado por la inflamación. Esa hipótesis  establece un puente entre los hallazgos psiconeuroinmunes propios de la  enfermedad y los resultados de recientes estudios genéticos, neuroquímicos y  farmacológicos. La esquizofrenia es un desorden de la neurotransmisión  dopaminérgica, en la que parece jugar un papel importante la hipofunción  glutamatérgica. Esta hipótesis se sustenta en el hallazgo de los genes  neuregulino y disbindino, que se relacionan funcionalmente con el sistema  glutamatérgico. La hipofunción glutamatérgica es mediada por el antagonismo con  el receptor N-metil-D-aspartato (NMDA). Hasta ahora, el único antagonista  endógeno conocido del receptor NMDA es el ácido kinurénico, que también bloquea  al receptor nicotinérgico de acetilcolina. El incremento del ácido kinurénico  puede explicar los síntomas psicóticos y el deterioro cognitivo, al demostrarse  que sus niveles están incrementados en el líquido cefalorraquídeo y en SNC de  los esquizofrénicos. Por otra parte, en la esquizofrenia se comprueba el  desequilibrio entre las respuestas inmunes tipo 1 y tipo 2, con inhibición  parcial de la respuesta tipo 1 y una respuesta tipo 2 relativamente hiperactiva.  Esta constelación inmune se asocia con marcada inhibición de la enzima IDO,  determinada por las citoquinas tipo 2. Debido a la inhibición de la IDO, el  triptófano es metabolizado fundamentalmente por la triptófano 2,3-dioxigenasa (TDO),  presente en los astrocitos y ausente en las células de la microglia. En la  esquizofrenia, la activación de los astrocitos se evidencia por los niveles  elevados de S100B. Por otra parte, el metabolismo de la kinurenina en los  astrocitos queda restringido a la producción de ácido kinurénico. De hecho, en  el SNC de esquizofrénicos está incrementada la actividad de la TDO y la  concentración del ácido kinurénico. Así, el desequilibrio glutamatérgico-dopaminérgico  mediado por el sistema inmune puede producir los síntomas clínicos de la  esquizofrenia.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Para concluir, la esquizofrenia  y la depresión mayor pueden compartir algunos síntomas clínicos y marcadores  biológicos, que según Müller y Schwarz (55), llegan a tener en la inflamación  una vía final común. En ambos procesos se encuentra incrementada la producción  de prostaglandinas E y la expresión de la ciclooxigenasa 2, como reflejo de un  proceso inflamatorio ligero que puede ocurrir en áreas diferentes del sistema  nervioso central. El desequilibrio mencionado de las respuestas inmunológicas  tipo 1 y tipo 2, que por su acción inhibitoria o estimulante de la IDO, altera  la disponibilidad de triptófano y serotonina, modifica el metabolismo de la  kinurenina, que en el caso de la depresión incrementa la producción de ácido  quinolínico, agonista del receptor NMDA y, en el caso de la esquizofrenia  incrementa la producción de ácido kinurénico, antagonista del receptor NMDA.</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">COLOFÓN</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">El concepto acerca de la red de  interacciones inmuno-neuroendocrinas ha evolucionado en los últimos 30 años. En  la opinión de Basedovsky, los aspectos más trascendentes son: la comprobación  del intercambio de señales existente entre los sistemas inmune, endocrino y  nervioso, la modulación inmune y la regulación de las funciones cerebrales. Los  circuitos particularmente involucrados en estas funciones son: los productos de  las células inmunes, el eje hipotálamo-hipofisoadrenal y el sistema nervioso  simpático. La actividad de estos circuitos puede afectar las funciones inmunes y  el curso de las enfermedades inflamatorias, autoinmunes e infecciosas. También,  resulta evidente el importante rol de las citoquinas en la fisiología cerebral y  en la integración de la red inmunoneuroendocrina (1).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Irwin (2,3), del Instituto de  Neurociencias de la Universidad de California, también revisó los nuevos logros  de la psiconeuroinmunología que permiten conocer: la interrelación entre  conducta e inmunidad atribuible a los mediadores inmunes, los mecanismos  hipotálamo-hipofisoadrenales y autonómicos que vinculan las respuestas del SNC  con el sistema inmune, las manifestaciones inmunes de la depresión y el estrés  y, su riesgo en las enfermedades inflamatorias e infecciosas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Con los nuevos aportes de la  psiconeuroinmunología se abre un nuevo camino, muy promisorio, para la cabal  interpretación de la salud y la enfermedad y, se ofrece una visión de la mente,  sana o patológica, como función cerebral suprema. Este novel enfoque integrador,  enfatizaría el rol protagónico del SNC, por su influencia e interconexión  bidireccional con el sistema endocrino e inmune.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Desde un punto de vista  teleológico, se le daría al cerebro (y a la mente), ubicación acorde con su  función rectora como director de la orquesta corporal, en la que él influye y  puede ser influido por los demás sistemas corporales y por los estímulos  originados en el medio ambiente o en el propio sistema nervioso central. A la  par, se haría más comprensible y evidente la base biológica que, intuimos, deben  tener las enfermedades mentales, que podrían ser estrictamente funcionales y  explicables en base a las alteraciones que ocurren a nivel molecular, en las que  participan genes, neuropéptidos, hormonas, neurotransmisores, factores de  crecimiento, ligandos y receptores y, sin que necesariamente, se acompañen de  lesiones estructurales visibles e identificables por los métodos tradicionales  de la neuropatología.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">De tal manera, podríamos  vislumbrar que el organismo como un todo, mente y cuerpo, actuaría al unísono de  forma coordinada y acompasada, en el constante proceso adaptativo requerido para  mantener la homeostasis o recuperar la salud. Y para comprender este concepto,  no deberíamos escindir al humano en porciones separadas como órganos y sistemas  corporales, ya que desde un punto de vista conceptual, resulta imprescindible  aceptar la participación integrada de unos y otros, para hacer posibles sus  loables funciones.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Indudablemente, al poder  confirmar las alteraciones biológicas que pueden ocurrir por el solo impacto del  sufrimiento humano y su capacidad para engendrar múltiples enfermedades agudas o  crónicas, la racionalización, la sublimación y la aceptación, en su máxima  expresión, deberían hacerlo más llevadero y soportable, para poder alcanzar en  la situación ideal la percepción de las sensaciones y emociones más deseables  para el hombre, cuales son, la armonía y la felicidad.</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">REFERENCIAS</font></b></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">1. Basedovsky HO, Rey AD.  Physiology of psychoneuroimmunology: A personal view. Brain Behav Immun 2007;  21: 34-44.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771077&pid=S0367-4762200900030000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">2. Irwin MR, Miller AH.  Depressive disorders and immunity: 20 years of progress and discovery. Brain  Behav Immun. 2007;21:374-383.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771078&pid=S0367-4762200900030000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">3. Irwin MR. Human  psychoneuroimmunology: 20 years of discovery. Brain Behave Immun.  2008;22:129-139.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771079&pid=S0367-4762200900030000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">4. Glacer R. Stress-associated  immune dysregulation and its importance for human health: a personal history of  psychoneuroimmunology. Brain Behav Immun. 2005;19:3-11.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771080&pid=S0367-4762200900030000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">5. Chrousos GP, Elenkov IJ.  Interactions of the endocrine and immune systems. En: DeGroot LJ, Jameson JL,  editores. Endocrinology. 7ª edición. Filadelfia: WB Saunders Co.;  2001.p.571-586.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771081&pid=S0367-4762200900030000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">6. Basedovsky H, Sorkin E.  Network of immuneneuroendocrine interactions. Clin Exp Immunol. 1977;27:1-12.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771082&pid=S0367-4762200900030000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">7. Selye H. Thymus and the  adrenals in the response of organism to injuries and intoxications. Br Exp  Pathol. 1936;17:234-248.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771083&pid=S0367-4762200900030000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">8. Selye H. The significance of  adrenals for adaptation. Science. 1937;85:247-248.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771084&pid=S0367-4762200900030000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">9. Selye H. The general  adaptation syndrome and the diseases of adaptation. J Clin Endocrinol Metab.  1946;6:117-230.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771085&pid=S0367-4762200900030000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">10. Selye H. The stress of life.  Nueva York: Mc Graw- Hill; 1956.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771086&pid=S0367-4762200900030000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">11. Kelley KW, Weigent DA,  Kooijman R. Protein hormones and immunity. Brain Behav Immun. 2007;21:384-392.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771087&pid=S0367-4762200900030000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">12. Wrona D. Neural-immune  interactions: An integrative view of the bidirectional relationship between the  brain and immune systems. J Neuroimmunol. 2006;172:38- 58.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771088&pid=S0367-4762200900030000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">13. Heijnen CJ. Receptor  regulation in neuroendocrineimmune communication: Current knowledge and future  perspectives. Brain Behav Immun. 2007;21:1-8.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771089&pid=S0367-4762200900030000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">14. Blalock JE, Smith EM.  Conceptual development of the immune system as a sixth sense. Brain Behav Immun.  2007;21:23-33.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771090&pid=S0367-4762200900030000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">15. Ziv Y, Schwartz M. Immune-based  regulation of adult neurogenesis: Implications for learning and memory. Brain  Behav Immun. 2008;22:167-176.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771091&pid=S0367-4762200900030000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">16. Haynes BF, Fauci AS.  Disorders of immune system. En: Braunwald E, Fauci AS, Kasper DL, Hauser SL,  Longo DL, Jameson JL, editores. Harrison’s Principles of Internal Medicine. 15ª  edición. Filadelfia: McGraw- Hill; 2001.p.1805-1830.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771092&pid=S0367-4762200900030000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">17. Bao AM, Meynen G, Swaab DF.  The stress system in depression and neurodegeneration: Focus on the human  hypothalamus. Brain Res Rev. 2008;57:531-553.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771093&pid=S0367-4762200900030000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">18. Munck A, Náray-Fejes-Tóth  A. Glucocorticoids Action: Physiology. En: DeGroot LJ, Jameson JL, editores.  Endocrinology. 7ª edición. Filadelfia: WB Saunders Co.; 2001.p.1632-1646.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771094&pid=S0367-4762200900030000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">19. Buijs RM, Scheer FA, Kreier  F, Yi C, Bos N, Goncharuk VD, et al. Organization of circadian functions:  Interaction with the body. Prog Brain Res. 2006;153:341-360.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771095&pid=S0367-4762200900030000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">20. Ingle DJ. The role of  adrenal cortex in homeostasis. J Endocrinol Metab. 1952;8:23-37.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771096&pid=S0367-4762200900030000200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">21. Ingle DJ. Permissibility of  hormone action. A review. Acta Endocrinol. 1954;17:172-186.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771097&pid=S0367-4762200900030000200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">22. Vitetta L, Anton B, Cortizo  F, Sali A. Mind-body medicine: Stress and its impact on overall health and  longevity. Ann NY Acad Sci. 2005;1057:492-505.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771098&pid=S0367-4762200900030000200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">23. Steptoe A, Wardie J, Marmot  M. Positive affect and health-related neuroendocrine, cardiovascular and  inflammatory processes. Proct Natl Acad Sci USA. 2005;102:6508-6512.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771099&pid=S0367-4762200900030000200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">24. Steptoe A, Hamer M, Chida  Y. The effects of acute psychological stress on circulating inflammatory factors  in humans: A review and meta-analysis. Brain Behav Immun. 2007;21:901-912.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771100&pid=S0367-4762200900030000200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">25. Steptoe A, O´Donnell K,  Badrick E, Kumari M, Marmot M. Neuroendocrine and inflammatory factors  associated with positive affect in healthy men and women: The Whitehall II study.  Am J Epidemiol. 2008;167:96-102.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771101&pid=S0367-4762200900030000200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">26. Matsunaga M, Isowa I,  Kimura K, Miyakoshi M, Kanayama N, Murakami H, et al. Associations among central  nervous, endocrine, and immune activities when positive emotions are elicited by  looking at a favorite person. Brain Behav Immun. 2008;22:408- 417.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771102&pid=S0367-4762200900030000200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">27. Riether C, Doenlen R,  Pacheco-López G, Niemi MB, Engler A, Engler H, et al. Behavioral conditioning of  immune functions: how the central nervous system controls peripheral immune  responses by evoking associative learning processes. Rev Neurosci. 2008;19:1-17.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771103&pid=S0367-4762200900030000200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">28. Klecolt-Glaser JK, McGuire  L, Robles TF, Glaser R. Psychoneuroimmunology and psychosomatic medicine: Back  to the future. Psychosom Med. 2002;64:15-28.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771104&pid=S0367-4762200900030000200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">29. Friedman HS. The multiple  linkages of personality and disease. Brain Behav Immun. 2008;22:668-675.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771105&pid=S0367-4762200900030000200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">30. Martin LR, Friedman HS,  Schwartz JE. Personality and mortality risk across the life span: The important  of conscientiousness as a biopsychosocial attribute. Health Psychol.  2007;26:428-443.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771106&pid=S0367-4762200900030000200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">31. Coe CL, Laudenslager ML.  Psychosocial influences on immunity, including effects on immune maturation and  senescence. Brain Behav Immun. 2007;21:1000- 1008.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771107&pid=S0367-4762200900030000200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">32. Littrell J. The mind-body  connection: Not just a theory anymore. Soc Work Health Care. 2008;46:17-37.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771108&pid=S0367-4762200900030000200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">33. Kemeny ME. Psychobiological  responses to social threat: Evolution of a psychological model in  psychoneuroimmunology. Brain Behav Immun. 2009;23:1-9.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771109&pid=S0367-4762200900030000200033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">34. Hommersteeg PM, Eremite E,  Caviars A, Gauze E, Heijnen CJ. Hostility is related to clusters of T-cell  cytokines and chemokines in healthy men. Psychoneuroendocrinology.  2008;33:1041-1050.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771110&pid=S0367-4762200900030000200034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">35. Tausk F, Elenkov I,  Moynihan J. Psychoneuroimmunology. Dermatol Ther. 2008;21:22-31.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771111&pid=S0367-4762200900030000200035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">36. Zimecki M, Artym J. The  effect of psychic stress on the immune response. Postepy Hig Med Dosw (online).  2004;58:166-175.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771112&pid=S0367-4762200900030000200036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">37. Gold SM, Irwin MR.  Depression and immunity: inflammation and depressive symptoms in multiple  sclerosis. Neurol Clin. 2006;24:507-519.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771113&pid=S0367-4762200900030000200037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">38. Bower JE, Ganz PA, Aziz N,  Olmstead R, Irwin MR, Cole SW. Inflammatory response to psychological stress in  fatigued breast cancer survivors: Relationship to glucocorticoids. Brain Behav  Immun. 2007;21:251- 258.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771114&pid=S0367-4762200900030000200038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">39. Reiche EM, Nunes SO,  Morimoto HK. Stress, depression, the immune system and cancer. Lancet Oncol.  2004;5:617-625.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771115&pid=S0367-4762200900030000200039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">40. Raison CL, Miller AH. The  neuroimmunology of stress and depression. Semin Clin Neuropsychiatry.  2001;6:277-294.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771116&pid=S0367-4762200900030000200040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">41. Schulz KH, Gold S.  Psychological stress, immune function and disease development. The  psychoneuroimmunological perspective. Bundesgesundheitsblatt  Gesundheitsforschung Gesundheitsschtz. 2006;49:759-772.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771117&pid=S0367-4762200900030000200041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">42. Ben-Eliyahu S, Page GG,  Schieifer SJ. Stress, NK cells, and cancer: Still a promissory note. Brain Bev  Immun. 2007;21:881-887.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771118&pid=S0367-4762200900030000200042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">43. Buske-Kirschbaum A, Kern S,  Ebrecht M, Hellhammer DH. Altered distribution of leukocyte subsets and cytokine  production in response to acute psychosocial stress in patients with psoriasis  vulgaris. Brain Behav Immun. 2007;21:92-99.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771119&pid=S0367-4762200900030000200043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">44. Swaab DF, Bao AM, Lucassen  PJ. The stress system in the human brain in depression and neurodegeneration.  Ageing Res Rev. 2005;4:141-194.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771120&pid=S0367-4762200900030000200044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">45. Heesen C, Nawrath L, Reich  C, Bauer N, Schulz KH, Gold SM. Fatigue in multiple sclerosis: An example of  cytokine mediated sickness behavior? J Neurol Neurosurg Psychiatry.  2006;77:34-39.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771121&pid=S0367-4762200900030000200045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">46. Gottschalk M, Kümpfel T,  Flachenecker P, Uhr M, Trenkwalder C, Holsboer F, et al. Fatigue and regulation  of the hypothalamus-pituitary-adrenal axis in multiple sclerosis. Arch Neurol  2005; 62: 277-280.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771122&pid=S0367-4762200900030000200046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">47. Kern S, Ziemssen T. Brain  immune communication psychoneuroimmunology of multiple sclerosis. Mult Scler.  2008;14:6-21.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771123&pid=S0367-4762200900030000200047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">48. Miller HA. Mechanisms of  cytokine-induced behavioral changes: Psychoneuroimmunology at the translational  interface. Brain Behav Immun 2008, Sep 3 (Epub ahead of print) (Adelanto a  impresión).</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771124&pid=S0367-4762200900030000200048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">49. Myint AM, Schwarz MJ,  Steinbusch HW, Leonard BE. Neuropsychiatric disorders related to interferon and  interleukins treatment. Metab Brain Dis. 2008 Dec 10. (Epub ahead of print)  (Adelanto de impresión).</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771125&pid=S0367-4762200900030000200049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">50. Müller N, Schwarz MJ. The  immune-mediated alteration of serotonin and glutamate towards and integrated  view of depression. Mol Psychiatry. 2007;12:988-1000.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771126&pid=S0367-4762200900030000200050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">51. Wichers M, Maes M. The  psychoneuroimmunopathophysiology of cytokine-induced depression in humans. Int J  Neuropsychopharmacol. 2002;5:375- 388.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771127&pid=S0367-4762200900030000200051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">52. Schiepers OJ, Wichera MG,  Maes M. Cytokines and mayor depression. Prog Neuropsychopharmacol Biol  Psychiatry. 2005;29:201-217.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771128&pid=S0367-4762200900030000200052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">53. Müller N, Schwarz MJ.  Schizophrenia as an inflammation-mediated dysbalance of  glutamatergicneurotransmission. Neurotox Res. 2006;10:131-148.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771129&pid=S0367-4762200900030000200053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">54. Müller N, Schwarz MJ.  Immunology in schizophrenic disorders. Nervenarzt. 2007;78:253-256,258-  260,262-263.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771130&pid=S0367-4762200900030000200054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">55. Müller N, Schwarz MJ. A  psychoneuroimmunological perspective to Emil Kraepelins dichotomy: Schizophrenia  and major depression as inflammatory CNS disorders. Eur Arch Psychiatry Clin  Neurosci. 2008;258(Suppl 2):97-106.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2771131&pid=S0367-4762200900030000200055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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