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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La ética kantiana en una lectura de revisión]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center" style="line-height: normal; "> <b> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Documento</font></span></b></p>     <p align="center"> <b><span lang="ES-CO"><font face="Verdana">La ética  kantiana en una lectura de revisión</font></span></b></p>     <p align="center"> <b> <span lang="ES-CO"> <font size="2" face="Verdana">Ezra Heymann</font></span></b></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">El autor que destina escritos  al público cuenta con la comprensión que sus palabras puedan suscitar en los  lectores. Por medio de ellas, de su poder evocatorio, propone evidencias que  espera ser participables y ofrece argumentos con los cuales invita al lector a  seguir los pasos de su razonamiento examinándolos en cada frase que pueda leer.  El diálogo nuestro con el filósofo que leemos no es entonces un mero deseo, no  es un mero desideratum, sino una condición de la posibilidad de conocer y  apreciar su propuesta, de poder dar cuenta del orden y de las conexiones en las  cuales la pretensión del autor de que sus señalamientos sean admitidos pueda ser  validada. Ahora bien, en el caso de la ética kantiana, la Fundamentación  de la metafísica de las costumbre  se plantea de antemano como una interpretación de la moralidad común que  Kant supone que es compartida y consolidada en sus juicios cotidianos por cada  uno de sus lectores. Partirá entonces de ciertas complicidades con el supuesto  lector, y su propuesta propia se presenta más bien como un análisis teórico de  la conciencia moral que supone compartida. Para ella tiene sin embargo que  comenzar con la evocación de múltiples facetas de nuestros aprecios y de  nuestras evaluaciones, y de proponer también ciertas estilizaciones suyas y  jerarquizaciones que aun cuando encuentran sus resonancias en nosotros, ya no  resultarán ser de aceptación incondicional e incuestionable. Sin desmentir la  idea de una moralidad común y aun acogiendo la fuerte apelación moral kantiana,  no tardamos los lectores en notar una vez más la permanente posibilidad del  surgimiento de diferencias en la sensibilidad a la cual responden los  pensamientos morales de cada uno, diferencias en parte ya arraigadas en  nosotros, en parte imprecisas o a punto de aflorar de manera imprevista. </font></span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Definitivamente, más que sus  obras de filosofía teórica, mucho más afectados por la incertidumbre de su  interpretación y por las mil reservas y salvedades incluidas, los escritos  fundamentales de la ética kantiana han encontrado en muchos de nosotros un eco  fuerte y decidido. Vale entonces la pena intentar un doble recorrido: repensar y  darnos cuenta de cuáles han sido las razones por las cuales esta ética nos  interesó fuertemente, y ponderar los múltiples alcances de los conceptos claves  que Kant pone sucesivamente en obra para comunicarse con el lector. Una obra  literaria puede ser considerada desde el punto de vista de una estética de la  obra como un objeto que encaramos -por cierto a través de sus articulaciones-  como un todo o que dejamos de lado intocado. Pero si hiciésemos lo mismo con una  obra filosófica o con una obra científica, entonces la consideraríamos como una  obra de arte (lo que es siempre posible hacer) y no como un discurso dirigido a  nosotros que reclama no un juicio global, sino respuestas y negociaciones  sucesivas. Por cierto, nuestra comprensión de las partes se irá modificando por  el conocimiento del conjunto, pero un diálogo no puede realizarse cada vez sino  por partes, paso a paso, a través de las salvedades y de las acotaciones que el  lector le impone a la obra como condiciones de su aceptabilidad. </font> </span> </p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">En el orden del primero de los  recorridos que nos proponemos, el impacto de los temas éticos planteados por  Kant es inmediato y no depende necesariamente de la argumentación específica por  medio de la cual Kant trata de ordenar estos temas morales y eventualmente, en  algún sentido de la palabra, darles una justificación. La jerarquización de los  temas kantianos variará en cada receptor, pero podemos hablar en nombre de  muchísimos cuando decimos cual ha sido el tema kantiano que más inmediatamente  nos habla desde que tomamos conocimiento de su pensamiento ético. Es la idea  planteada en la segunda formulación del imperativo categórico: la persona como  fin en sí misma o la humanidad en cada uno como fin en sí misma. </font> </span> </p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">¿Qué es lo que llama la  atención aquí y que convoca nuestra adhesión a esta fórmula? No se reducen a una  sola las ideas contenidas en ella. Quizás su atractivo primero deriva de que  protesta contra la instrumentalización y contra el desprecio del individuo, de  la persona en particular; un desprecio que llama tanto más la atención cuando se  hace en nombre de la nación, de la clase o de la misma humanidad: del querer  hacer la felicidad de la humanidad de tal manera que ninguna persona en  particular cuente en este inmenso mar y en vista de un proyecto de tal magnitud.  Contiene un fuerte llamado contra las ideologías políticas que al pedir el  sacrificio de la individualidad comienzan por exigir como Tertulian el  sacrificio del intelecto propio, y ante todo, por negar el respeto que merece e  inspira cada persona en particular. La palabra clave no contenida en esta  fórmula kantiana, pero que nos permite dar cuenta de su alcance es el respeto.  Esta palabra, más exactamente las alemanas de Achtung y de Ehrfurcht  que se le aproximan, aparecen utilizadas más bien para describir el sentimiento  que inspira lo que Kant denomina -en forma muy característica para su  pensamiento- “la ley moral en nosotros”. Hace falta entonces una consideración  más atenta para darnos cuenta de su involucración en la idea de un fin en sí  mismo. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">La noción de un fin en sí  mismo, en oposición a un fin que es buscado sólo en vista de otro fin, es  reclamada como necesariamente implicada en toda actividad en el inicio de la  Ética a Nicómaco, y remite a su vez al diálogo Lysis de Platón, así como  a la clasificación de los bienes en el segundo libro de la República. Lo  que da razón de la orientación de una actividad, lo que hace que algo valga la  pena, no puede ser indefinidamente diferido: debe estar a la vista más cercana o  más lejanamente: debe poder ser entrevisto algo que es apreciado por sí mismo.  En Kant sin embargo esta noción es más exigente, ya que implica no sólo que algo  sea querido por sí mismo y no sólo en vista de otra cosa, sino también que su  condición de fin no se deba tampoco al mero hecho contingente de que alguien se  lo haya propuesto. Ha de ser algo que por su propia naturaleza sea lo querido.  La filosofía de la Escuela tenía para ello una respuesta: lo que es  necesariamente querido es el bien en general. Kant cita como una doctrina  conocida: nihil appetimus nisi sub ratione boni. Nada deseamos a no ser  bajo la razón del bien. Pero esta fórmula intriga más de lo que ilumina. “Puede  significar: nos representamos algo como bueno cuando y porque lo  deseamos (queremos); pero también: deseamos algo porque nos lo  representamos como bueno, de modo que o precede el deseo como fundamento de  determinación del objeto como bueno, o el concepto de lo bueno sea el fundamento  de determinación del deseo (de la voluntad); ya que el sub ratione boni  significaría en el primer caso: queremos algo bajo la idea de lo bueno;  en el segundo caso: de acuerdo con esta idea, que debe anteceder al  querer como fundamento de determinación del mismo.”<sup>1</sup>  Hace falta entonces aclarar en qué condiciones lo bueno se constituye como un  fundamento determinante de la voluntad, y no es meramente la expresión de la  investidura que un objeto recibe por ser deseado.</font></span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Que haya un fin en sí mismo  significa entonces primero que haya algo que no es un mero instrumento para  conseguir otra cosa y luego, más decisivamente, que sea relevante para nuestra  voluntad por su propia naturaleza, y no por resultar ser seleccionado por la  sorda facticidad de aficiones y preferencias dadas. Ahora bien, son muchas las  cosas que queremos lograr de manera no contingente, no por una mera afición  dada. sino por ser necesarias dada su naturaleza en conjunción con la nuestra  propia. El aire, el alimento, el cobijo y la interacción con los semejantes nos  son necesarios en vista de nuestra propia vida. Pero de cualquier modo, trátese  de tales necesidades básicas, o de metas más optativas, en toda orientación  hacia algún fin, puede afirmar Kant, nos consideramos a nosotros mismos, en  tanto que se trata de nuestra acción y de nuestra vida que se despliega en ella,  al mismo tiempo como fin en sí mismo. “Así se representa necesariamente el ser  humano su propia existencia; en esta medida se trata de un principio subjetivo de las acciones humanas.”<sup>2</sup></font></span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Cierta dificultad para una  comprensión adecuada se presenta ya aquí. Esta tesis no puede significar que  todo lo que hacemos lo hacemos únicamente porque nos sirve, y Kant aclara que la  consideración de sí como fin en sí mismo vale “tanto para las acciones dirigidas  hacia sí, como para las dirigidas hacia otros seres racionales”.<sup>3</sup>  ¿Valdrá esta afirmación aun en el caso del siempre posible sacrificio de sí? No  vacilaremos en responder afirmativamente: que aun en este caso extremo no nos  consideramos como un mero medio, sino que adherimos a una cierta concepción  acerca de cómo hemos de vivir, de modo que aun anteponiendo la tarea, el  servicio que hemos de prestar, la utilidad no egocentrada, no tiene porqué  tratarse de una alienación, sino de una forma de vida elegida para nosotros  mismos. Pero siguen habiendo aquí dudas estimulantes, por cuanto en este texto  alternan las formulaciones en es y en debe. Parecen combinarse  consideraciones acerca de una naturaleza dada con exigencias presentadas como  racionales. ¿Diremos que es imposible que alguien actúe como hipnotizado  por la gloria de otro? Aun si tuviésemos la audacia de afirmarlo, no es nada  claro qué se puede inferir en el orden ético de ello, si se tratara de una  especie de necesidad física o psicológica. En particular, ¿no ha dicho Kant  enfáticamente que la razón práctica no puede apoyarse en nada en la tierra ni  colgarse del cielo? Si se tratara de una especie de imposibilidad natural,  entonces esto podría considerarse a lo sumo como una circunstancia más con la  cual una ética debe contar, y no como el origen de un imperativo categórico. </font> </span></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Queda la posibilidad de  considerar este principio como definitorio de una acción libremente asumida, y  esto quiere decir no automáticamente desencadenada por un objeto o por su  representación, sino que responde a una máxima ponderada, y ésta implica una  regla de vida que uno se da, la forma en la cual uno estima que debe vivir. Es  este uno de los puntos en los cuales ser y deber ser se  interpenetran: es posible afirmar que en toda acción nos  consideramos forzosamente como fin en sí mismo porque la noción de acción  implica ya la concepción de un deber ser que responde no menos a una inquietud  por la forma de la vida y del desempeño propio que por las metas a realizar. La  acción regida por máximas, reglas subjetivas que nos formamos, es el punto de  partida de la reflexión moral kantiana. Se trata en ella de poder dar cuenta de  las consideraciones en virtud de las cuales cualificamos ciertas máximas como  inaceptables y otras como admisibles aun como moralmente obligatorias. Nos  formamos nuestras máximas para nuestro propio uso, en ella es cuestión de  nosotros mismos, aun siendo así que orienta una acción que involucra en forma  decisiva algo más que a nosotros mismos. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Los pasos decisivos serán sin  embargo los que siguen, que llevan de la noción de fin en sí mismo subjetivo a  un fin en sí mismo objetivo. El primero de ellos no presenta dificultades: Me  doy cuenta que por la misma razón por la cual yo cuento en lo que hago, trátese  en ello de mí mismo o de otras personas y cosas, así también los otros cuentan y  son significativos en su propia vida y en su propio hacer. La pregunta con la  cual se encara toda interpretación de la ética kantiana es entonces acerca del  momento en el cual el cada uno para sí se transforma en la exigencia de  la consideración mutua con la misma cualidad, y con ello del reconocimiento de  deberes para con otros. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">El paso hacia el  reconocimiento mutuo como fines en sí mismos, en un sentido obligante, coincide  con el paso que lleva al reconocimiento de la idea de un nexo sistemático que  constituye un posible reino de los fines como un principio moral  vinculante. Pero observemos que la magnitud de este paso, que lleva de la  conciencia genérica de que cada uno es para sí mismo un fin en sí a una  transformación consecuente de la acciones y actitudes de las personas, puede ser  considerada de manera variada. En su forma mínima sólo implica la voluntad de  una posible coexistencia de los que se consideran a sí mismo como fines y desean  poder proponerse los fines que juzgan apropiados, de tal manera que éstos no se  anulen mutuamente. En tanto que esto es la voluntad racional de cada uno se  puede decir que cada uno, es legislador de tal orden de coexistencia posible.  Pero nótese que ser legislador no presupone una disposición particular de ser  cumplidor de las leyes estipuladas y comprendidas como racionales, así como no  presupone necesariamente un interés por el otro y por sus fines. Este nivel  implica sólo la comprensión de la necesidad de un orden jurídico que asegure a  cada uno su ámbito de libertad de acción. Así pudo señalar Kant que aún un  pueblo de diablos, con tal de que tengan entendimiento, buscará establecer una  unión civil que administre justicia. Pero ¿tienen alguna posibilidad de lograrlo  si son tan diablos, o aun sólo egocéntricos comunes y corrientes? Un sistema  jurídico puede ser motivado exclusivamente por consideraciones egocéntricas,  pero la unión civil que lo ha de respaldar implica además un empeño societario  que funda un interés común, aun cuando éste no consista en otra cosa que en el  mantenimiento del orden jurídico mismo. Kant puede decir, en consecuencia, que  si bien el cumplimiento de las obligaciones estrictas para con los otros es  meramente lo debido y puede ser reclamado coercitivamente, el interés que  alguien pone en la institución del derecho es meritorio porque con éste la  persona hace suyo el interés común. Es aquí que se manifiesta un cambio en las  relaciones entre los seres individuales que se consideran como fines en sí  mismos: de coexistentes se han transformado en socios de una empresa común,  interesados en sus cualidades mutuamente cooperadoras que no se extienden  solamente a las acciones propiamente dichas, sino también a la misma capacidad  de pensamiento racional. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">De las variadas  caracterizaciones que Kant da de la razón es en particular elocuente la conocida  de la Doctrina del Método en la primera Crítica (A738-39/B766-67): “Nada es tan  importante en cuanto al provecho, nada tan sagrado, que pudiera sustraerse a  esta investigación examinadora. En esta libertad se basa la existencia misma de  la razón, que no tiene prestigio dictatorial y cuyo dictamen es el acuerdo de  ciudadanos libres, de los cuales cada uno debe poder manifestar sin inhibiciones  sus dudas, y aun su veto.” Estas líneas recuerdan que la razón, entendida  ahora como socialidad humana, no comienza con la unión política, sino ya con las  más elementales vinculaciones de familia, de amistad y de compañía, en las  cuales se forma en común un lenguaje y el juego de proponer, consentir y  rechazar, de unión y de resistencia. En cada uno de estos núcleos de comunidad  se trata no sólo de coexistir y cohabitar, sino también de valoraciones en común  y de acreditaciones de estima que se mezclan con los afectos y las preferencias  personales. Ahora bien, el paso de la parcialidad de los vínculos particulares a  la unión civil, es un paso, incompleto por cierto, en dirección a lo que Kant  concibió como reino de los fines en sí mismos, ya que se concibe la unión como  garante de justicia, y a la vez como empeño mancomunado. Por esto no debe  sorprender que Kant hable aquí de ciudadanos libres. La ciudadanía  representa el punto de vista liberado de las ataduras particulares, y es de esta  manera el ámbito de la razón. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Hume ha entendido ya muy  claramente que la simpatía, el vinculo humano original, no puede por si sola ser  fuente de justicia, ya que siendo esencialmente parcial e injusta, la  simpatía es precisamente la que necesita un correctivo racional. Pero el  compartir de manera confiable tareas, independientemente de la inevitable  variación del talante y de las emociones, da a su vez origen a un sentimiento  vinculatario que Hume describe como sentimiento de obligación moral, a  diferencia de la obligación natural que nos remite primariamente los unos a los  otros en la necesidad de aunar fuerzas. El sentimiento de obligación moral es  entonces una especie de sentimiento de gratitud en reconocimiento de la  confiabilidad del otro, esto es, de persona que a su vez posee un sentido moral  y lo ha puesto en práctica. Ahora bien, desde Hume a Kant notamos una  acentuación de la dimensión ciudadana cosmopolita de la moralidad, en parte a  expensas de la dimensión bipersonal<sup>4</sup>.  En la obra kantiana se hará prioritario el punto de vista de un orden general  posible, y en última instancia de la ciudadanía cosmopolita en un reino de fines  en sí mismos. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Encontramos en este respecto,  en lo que atañe la valoración de las personas, dos clases de enunciados en Kant.  Tenemos por una parte como tema ético central el de la valoración moral, el  respeto y el aprecio específico que suscitan en nosotros ciertas formas de  pensar, aspirar y actuar, a diferencia de otras que consideramos ya como  indiferentes, ya como despreciables, estando con ello en cuestión las  condiciones de nuestra autoestima. Pero otro grupo de enunciados no responde a  la pregunta por el valor ético, sino a la pregunta acerca de la orientación  de las actitudes éticas, acerca de lo que en ellas se trata o de realizar o  –prioritariamente- de cuidar y respetar, y en este orden el objeto del respeto  no es el ser humano en tanto que es portador de virtudes morales, sino el ser  humano a secas. Pero por más que no se le hace una previa evaluación moral, es  objeto del respeto en tanto que persona a la cual se apela como potencial  miembro de la comunidad moral: “Ahora bien, la moralidad es la condición bajo la  cual sólo el ser racional puede ser fin en sí mismo; porque solo por ella es  posible ser miembro legislador en el reino de los fines.”<sup>5</sup>  No está en cuestión aquí el haber cumplido satisfactoriamente con las exigencias  morales, pero sí el ser concebido como estando bajo tales exigencias que pueden  suponerse como siendo autoimpuestas. Es sólo en este orden, en la medida en la  cual la racionalidad implica ciudadanía en un reino de fines, que se puede decir  que la naturaleza racional existe objetivamente como fin en sí mismo. </font> </span> </p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Pero entonces ¿porqué comenzar  con Kant con el fin en sí mismo subjetivo, basado en el difícil y complejo  pensamiento de que con cualquier fin que se propone el agente se considera  necesariamente a sí mismo como fin en sí mismo? La pregunta se impone tanto más  por cuanto las perspectivas de poder fundar la ética en la mera estructura de la  acción individual son poco promisorias. Sin embargo, no es difícil darse cuenta  de la importancia de este señalamiento kantiano previo: solamente por cuanto  cada ser quiere y estima su propia vida puede éste ser para los otros algo más  que un útil, un inútil o una amenaza. No podemos apreciar en sí misma una vida  que no significa nada para sí misma, que no encarece, aprecia y disfruta su  propio ser, y así comprendemos que el fin en sí mismo objetivo, en cuyo  reconocimiento se basa la comunidad moral, debe comenzar por ser para sí,  subjetivamente, fin en sí mismo. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Al introducir Kant la noción  de un fin en sí mismo, en un primer paso por medio de la consideración subjetiva  de la propia existencia, como un fin siempre coordinado con sus fines  particulares -el equivalente del amor de si rousseauniano- y en un segundo paso  por el reconocimiento de la misma condición en los otros, indica una razón por  la cual el otro no es solamente un socio en la comunidad moral al cual hay que  comenzar por respetar para poder pedir de él que sea recíprocamente respetable,  sino también alguien ante cuya existencia y presencia somos primariamente  sensibles. Se da un sentimiento en el cual nos reconocemos en el otro, aun  cuando nuestra hostilidad activa o pasiva, pero siempre latente –la designada  como sociabilidad insociable- lo vuelve irreconocible. Este sentimiento es según  la Doctrina de la virtud de la Metafísica  de las costumbres  una de las pre-condiciones de la moralidad. </font></span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">La teoría de las “prenociones  estéticas de la receptividad del ánimo para nociones del deber en general” en el  Parag. XII de la Introducción a la Doctrina de la virtud presenta un pensamiento  nuevo en la obra de Kant. Anteriormente se admitían sentimientos coadyuvantes  que favorecen la vida moral, sentimientos que se desarrollan a partir de  las acciones realizadas con conciencia de lo debido, y por cierto,  implícitamente estaba presupuesta la capacidad de la sensibilidad humana de  sentir respeto ante la ley moral. Pero ahora se hace explícito lo involucrado en  esta condición sensible, y no se la caracteriza más con la extrema abstracción  del “respeto a la ley moral” sino como un complejo de sensibilidades que se  detallan como sentimiento moral, conciencia, amor al prójimo y respeto a sí  mismo o autoaprecio. No puede haber una obligación de tener tales sentimientos,  porque solamente a un ser que ya los tiene, como disposición natural, se le  puede pedir una conciencia del deber: no se puede apelar moralmente a las  piedras. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">El amor al prójimo, llamado a  continuación “amor del ser humano” (Menschenliebe) como precondición  moral, le plantea una particular dificultad a la interpretación. Kant había  distinguido el amor práctico de la benevolencia y el amor que es propiamente un  sentimiento en el cual nos encontramos empíricamente afectados, un pathos,  y que por ello se llama “patológico”. Ahora bien, el amor práctico, la  benevolencia activa, es moralmente exigido, mientras que del amor humano, que es  bajo el nombre de humanidad caracterizado en el Parag. 60 de la Crítica del  juicio como  sentimiento de participación y disposición comunicativa, se señala que no puede  ser reclamado, ya que es la condición previa para que una exigencia moral  sea pertinente. Allen Wood, quien ha hecho una aportación muy lúcida para la  comprensión de esta idea, nos señala esta alternativa: o consideramos al amor  humano como amor “patológico”, ya que es una precondición de la moralidad que no  puede ser producido a voluntad y tiene por consiguiente el carácter de un  afecto, o llegamos a la conclusión de que la disyunción de amor práctico y amor  patológico no es completa<sup>6</sup>.  El amor humano, reflejo del aprecio de sí, es entonces como una tercera forma,  la disposición natural que es el punto de partida desde el cual el universo  moral se constituye como algo más que un necesario marco de convivencia. </font></span></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">¿Cómo ubicamos ahora la noción  de buena voluntad con la cual Kant asegura inicialmente la sintonía con el  lector? Esta palabra rica y cálida, proveniente de una ya antigua tradición, le  sugiere al lector en lo más simple y elemental una disposición favorable,  benevolente, junto con la disposición a un empeño comprometido y efectivo. Este  sentido que le oímos a la expresión se ve robustecida cuando ya en el primer  párrafo leemos que los talentos del espíritu y las cualidades del temperamento  pueden volverse muy dañinos cuando no es una buena voluntad que hace uso  de ellas, y luego, con respecto a los dones de la fortuna, que hace falta que  una buena voluntad “corrija todo el principio del actuar y lo vuelva apropiado a  un fin general (o universal: allgemein)”. De acuerdo con estas  observaciones la bondad de la voluntad se determina por lo benéfico de la meta  que se propone realizar. Desde luego, si la fortuna no la acompaña y su  propósito se ve frustrado ella sigue teniendo plenamente su valor interno, pero  lo que le da este valor intrínseco, diríamos nosotros, es su orientación, su  atención que va obviamente a otra cosa que ella misma. Su tarea primaria, su  deber, es atender algo diferente de sí. Si no le interesara ningún objeto y  ninguna situación fuera de sí misma, no sería una buena voluntad, sino una  desastrosamente mala. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Aquí entra nuestra lectura en  dificultades, ya que Kant negará a continuación que fuera el propósito y la  dedicación a éste lo que determinaría la bondad de la voluntad. La relación de  la voluntad con la representación de un objeto no puede ser directa, sino sólo  mediada por la máxima: una regla que la voluntad se da a sí misma para su propio  uso. Ella dejaría de ser voluntad libre si fuera simplemente determinada por sus  objetos. Pero esta consideración perfectamente comprensible lleva de repente a  que la voluntad kantiana pueda ser vista como dirigida ante todo a sí misma,  como voluntad de voluntad, como lo formulará el ulterior Heidegger que veía en  Kant una destacada expresión de la fatal rebelión del sujeto que supuestamente  sería lo propio de la modernidad: una expresión de la voluntad de poder que no  se reconoce todavía como tal. </font> </span></p>     <p align="justify"> <span lang="ES-CO"><font size="2" face="Verdana">Es lo diametralmente opuesto  lo que representa para muchos de nosotros la ética kantiana. Su noción de un fin  en sí mismo existente es aparentemente paradojal, ya que un fin es  normalmente algo que no existe, sino que nos proponemos poner en existencia.  Pero precisamente de esto se trata en la ética: de reconocer un necesario límite  de todo hacer, de todo producir, que ha de comprenderse a sí mismo subordinado  al cuidar y atender. Aquí comienza el arte homilético, el arte del vivir en  interacción, del cual Kant pensaba equivocadamente que puede separarse de la  práctica ética. ¿Quién ha dicha que el reino de los fines en sí mismos es un  reino libre de conflicto? Se trata por cierto de una idea orientadora, pero no  es necesario pensarla como la fórmula de una utopía. Es el lugar mismo en el  cual fuimos acogidos al nacer y, aunque no lo parezca, el lugar en él que nos  encontramos mientras tenemos alguna capacidad de iniciativa, un atisbo de  humanidad.</font></span></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Referencias bibliográficas</font></b></p>         <!-- ref --><p align="justify">     <font face="Verdana">     <span lang="de"><font size="2">1</font></span><span lang="DE"><font size="2">.      Kant, I. Grundlegung der Metaphysik der Sitten. Akad. IV, 429, cap II.</font></span></font>    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2198553&pid=S0798-4324200800020001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"> <span lang="EN-US"> <font size="2" face="Verdana">2.&nbsp;Wood, A. Kant´s Ethical Thought. Cambridge University Press, 1996,      pp.35-40. </font></span>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2198554&pid=S0798-4324200800020001300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">Notas</font></b></p>     <p align="justify"><font face="Verdana"><font size="2">1.<span lang="ES-TRAD"> </span>     <span lang="DE">Kant, I., Kritik der praktischen Vernunft, Akademie Textausgabe      Nachdr., &nbsp;1968, </span>     </font>     <span lang="ES-CO"><font size="2">&nbsp;V, 59,      nota cap. “Sobre la noción de un concepto de la razón práctica pura”.      (Indico el tomo y la pagina en la edición de la Academia. Las traducciones      son mías. Para facilitar el cotejo con traducciones agrego también el título      del capítulo correspondiente).</font></span></font></p>         <p align="justify">     <span lang="DE"> 	<font size="2" face="Verdana">2.      Kant, Grundlegung der Metaphysik der Sitten. Akad. IV, 429, cap II.</font></span>    <p align="justify">     <span lang="ES-CO"> 	<font size="2" face="Verdana">3. Ibid.V,438.</font></span>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">     <span lang="ES-CO"> 	<font size="2" face="Verdana">4.&nbsp;Véanse, sin embargo, los oportunos señalamientos acerca de la presencia de la  relación bipersonal en la ética kantiana en Stephen Darwall, The Second  Person Standpoint, Harvard U.P., 2006.</font></span>    <p align="justify">     <span lang="DE"> 	<font size="2" face="Verdana">5.&nbsp;Kant, Grundlegung der Metaphysik ..., cit., &nbsp;IV, 434, cap.II.</font></span>    <p align="justify">     <font face="Verdana"><span lang="EN-US"> 	<font size="2">6.&nbsp;Wood, A., Kant´s Ethical Thought, Cambridge University Press, 1996,      pp.35-40. Véanse también sus precisiones en “The final form of Kant´s moral      philosophy” contenido en Timmons, M. (ed.): Essays on Kant´s Moral      Philosophy, Cambridge University Press, 2000.</font></span><font size="2"> 	</font></font>       ]]></body>
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