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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[¿Ciudadanía postpolítica?: El legado liberal y la despolitización]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article begins with an analysis of the de-politization and asphyxiation of civic life in western contemporary societies, and suggests that in order to analyse it, references to the complexity of both the postmodern and neoliberal cultures are not enough to explain such phenomena. Instead, the analysis has to take into account the constitution of modern citizenship and its functionality within capitalism. In this respect, the elucidation of the notions of civic society and of individual consensus allows us to understand that the abstraction in which citizenship is delineated is found in the model of utilitarian and individualistic subjectivism, which is not at all similar to the re-creation of civic virtues, and that it becomes institutionalized within a format that sacrifices what is political in favor of processes that focus on a few strictly "para-political" powers.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <BASEFONT SIZE="3">     <P ALIGN="CENTER"> <B><FONT COLOR="000000" size="4"> ¿Ciudadanía postpolítica? El legado liberal y la despolitización </FONT></B> </P>      <P ALIGN="CENTER"><FONT COLOR="000000">Claudia Yarza </FONT></P>      <P ALIGN="CENTER"><FONT COLOR="000000">Facultad de Ciencias Políticas y Sociales Universidad Nacional de Cuyo,  Mendoza, Argentina E-mail: nautilus@supernet.com.ar</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">Resumen</FONT></B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">El trabajo toma como punto de partida la despolitización y asfixia de la  vida cívica en las sociedades occidentales contemporáneas, y sugiere que  para su análisis no alcanza con remitir toda la capacidad explicativa al  complejo que introducen, en las últimas décadas, la posmodernidad cultural  y el neoliberalismo, sino que debe pasar también por la constitución de  la ciudadanía moderna y de su funcionalidad con el capitalismo. En este  sentido, la elucidación de las nociones de sociedad civil y de consenso  individual permite comprender que la abstracción en que se delinea el ciudadano  se solventa en un modelo de subjetivación utilitarista e individualista,  muy poco proclive a la recreación de virtudes cívicas, y que se institucionaliza  dentro de un formato de prescindencia de la política a favor de procesos  de concentración de unos poderes estrictamente “para-políticos”.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">Palabras clave: </FONT></B><FONT COLOR="000000">Postpolítica, despolitización, liberalismo, apatía cívica.</FONT></P>      <P ALIGN="CENTER"><FONT COLOR="000000"><b>Postpolitical Citizenship? The Liberal Legacy and&nbsp;Depoliticization</b></FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">Abstract</FONT></B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> This article begins with an analysis of the de-politization and asphyxiation  of civic life in western contemporary societies, and suggests that in order  to analyse it, references to the complexity of both the postmodern and  neoliberal cultures are not enough to explain such phenomena. Instead,  the analysis has to take into account the constitution of &nbsp;modern citizenship  and its functionality within capitalism. In this respect, the elucidation  of the notions of civic society and of individual consensus allows us to  understand that the abstraction in which &nbsp;citizenship is delineated is found  in the model of utilitarian and individualistic subjectivism, which is  not at all similar to the re-creation of civic virtues, and that it becomes  institutionalized within a format that sacrifices what is political in  favor of processes that focus on a few strictly “para-political” powers. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000"> Key words:</FONT></B> <FONT COLOR="000000" SIZE="3"> Postpolitics, depoliticization, liberalism, civic apathy.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><font color="#000000">Recibido: 02 de marzo de 2005 • Aceptado: 07 de julio de 2005</font></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">INTRODUCCIÓN </FONT></B> </P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Fenómenos actuales como la despolitización de la vida cívica en las sociedades  occidentales contemporáneas, e incluso el muy mentado “fin de la política”,  suelen explicarse a partir de los enormes cambios provocados por la denominada <I>globalización capitalista</I>: una nueva totalidad constituida por las redes  tecnológicas, mediáticas y financieras y su impacto en un tipo de socialidad  que se dirime entre la contracción privatista de la vida pública y la repolitización  autoritaria que inducen las grandes corporaciones. Abordajes tales como  los que refieren a la crisis de la representación, el impacto de los medios  masivos y del marketing, la proliferación del “giro cultural”, articulan -acertadamente, las más de las veces- el problema de la deflación de la  política a una condición, un <I>humus</I> societal, derivado del emergente contexto  donde se conjugaron la posmodernidad cultural y neoliberalismo político-económico.  Y sin embargo, a nuestro juicio tales expedientes no abarcan todo el entramado  disponible para iluminar los contornos de la despolitización contemporánea.  Corresponde, a nuestro juicio, retrotraer tales análisis a una escena previa,  la de la constitución misma de la ciudadanía moderna y de su funcionalidad  capitalista, para acceder a otra instancia explicativa. Sobre esa senda  nos internaremos en lo que sigue.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">1. DEL CIUDADANO AL “INDIVIDUO COMÚN”</FONT> </B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Una primera aproximación al tema que deseamos analizar concierne a la expansión  de las lógicas privatistas en el mundo occidental, a la forma en que se  extiende un tipo de subjetividad crecientemente individualista como terreno  de la política moderna (y posmoderna). Contrariamente a lo que se espera,  los cientistas políticos no poseen un <I>corpus</I> ni descriptivo ni explicativo  acerca de este <I>factum,</I> del hecho de que el mundo de la pluralidad esté  tornándose un “territorio baldío -abandonado, o cedido al experto- que  no convoca a la voluntad de los individuos comunes”; ¿acaso éstos han perdido  esa ‘vocación por el ágora’ alguna vez mentada en la literatura política? (Carozzi, 2001).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">La pregunta nos lleva a pensar la materia de que están hechos tales <I>individuos  comunes</I>, asunto que no es ninguna obviedad ni en la filosofía ni en la  ciencia política. De las tradiciones que nos hablan del ciudadano -tradiciones  políticas occidentales-, la que tiene más larga historia (desde Sócrates  hasta el republicanismo cívico actual) ha hecho especial hincapié en que  el bien de la comunidad depende del compromiso que con él contraigan ciudadanos  informados por virtudes cívicas, y que éstas dependen a su vez del fomento  que reciban por parte de las propias instituciones y las prácticas políticas.  Sin la atención que despertaba la necesidad del desarrollo de las virtudes  ciudadanas por encima del interés egoísta no se entiende la “Oración fúnebre”  de Pericles ni la <I>Politeia</I> de Platón, ni la vinculación sociológico-política  que desde entonces se establece entre la democracia y la <I>paideia</I> ciudadana. Tradiciones recogidas por Maquiavelo en sus <I>Discorsi</I>, cuando alega que  sólo la búsqueda del bien común -y no del “bien particular”- engrandece  a los pueblos, y que a éste sólo atienden las repúblicas que entrenan a  sus pueblos en la libertad (Maquiavelo, 1965). En esta constelación, la ciudadanía era entendida no como “portación de derechos” sino como la capacidad  de entrar a decidir en los asuntos públicos por parte de hombres libres  e iguales -en palabras de Aristóteles, se trataba sin más de<I> </I>“la participación  en la judicatura y en el poder” (<I>La</I> <I>Política</I>, Libro III, I).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Desde el punto de vista sociológico, sin embargo, estos ciudadanos no son  los “individuos comunes” mentados en la política moderna. Aristóteles en  la obra mencionada relega la inclusión de trabajadores y artesanos de los  asuntos de la <I>polis</I> ideal, por estar aquellos en contacto con los “trabajos  necesarios a la vida”… aún cuando admite que existen otras posibilidades:  por ejemplo, la oligarquía los haría ciudadanos “ya que muchos artesanos  llegan a ser ricos” y la democracia otro tanto… “en razón de la penuria  de los ciudadanos genuinos” (Libro III, III). Si confiamos en las consideraciones  más sociológicas de Hannah Arendt, no debe sorprendernos el cambio en la  concepción de la ciudadanía, ni el que aquellos relegados del <I>ágora</I> -más  cercanos al <I>homo laborans</I> que al <I>zoon politikón-</I> hayan sido encomiados  veintitantos siglos después por Marx como la clase realmente revolucionaria  que cambió la faz del mundo y del lenguaje, y que fue capaz de acompañar  cada momento de su evolución con los progresos políticos concomitantes:  la burguesía fue estamento bajo la dominación feudal, y asociación armada  y autónoma en las comunas; consagró repúblicas urbanas independientes en  unos sitios, y fue tercer estado tributario de la monarquía, en otros;  pasó, finalmente, de contrapeso de la nobleza en el absolutismo a portadora  de la hegemonía del poder político en el Estado representativo moderno  (Marx y Engels, 1974). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> De ahí que no sea tan asombrosa, por ende, la inversión de aquella vieja  tradición sobre la ciudadanía política efectuada por los escritores políticos ingleses del siglo XVII, con el privilegio acordado a la funcionalidad  política del individuo, a su interés personal e “independencia” con respecto  a los asuntos públicos. Si ya la “oligarquización de lo público” (Wolin,  1974) en la decadencia de la República Romana (hacia el siglo I a.c.) había  hecho plausible la primera versión filosófica del “contrato social” -que,  en la pluma de epicúreos y estoicos, contenía una clara advertencia sobre  el “desentendimiento” de los sujetos con respecto a la política-, de igual  modo en la Inglaterra del 1600 el crecimiento de la propiedad privada en  desmedro de la propiedad comunal, clánica o feudal, potenciaron otra vez  la admisión de una tesis que ponía al individuo como fundamento del lazo  social. Desde la célebre “<I>Fábula de las Abejas, o Vicios privados, virtudes  públicas</I>” de Mandeville, hasta <I>On Liberty</I> de John Stuart Mill y todo el  liberalismo político posterior, se consiguió instalar perdurablemente un  nuevo <I>ethos </I>que dejó, como dice Carlos Strasser, “la marca indeleble de  la modernidad burguesa” (Strasser, 2001). No es baladí tener en cuenta  que esta otra tradición floreció en una sociedad cuyos caracteres culturales  y religiosos ya eran profundamente individualistas, los que pudo imponer  luego globalmente hasta convertirse en el “sentido común” de las sociedades  occidentales “bárbaras” posteriores, en forma ininterrumpida, masiva y  penetrante en los últimos dos siglos. El resultado ha sido el de una concepción  de la vida política en la que la libertad personal y el interés individual  se transforman en “principios” y punto de partida del orden social, bajo  la premisa de que cada cual debe aspirar a ver garantizada su independencia  respecto de la “interferencia” de lo político como condición de posibilidad  del libre goce de sus derechos personales.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"><B>2.</B></FONT> <FONT COLOR="000000"><B>LA CONSTRUCCIÓN DE UN MODELO DE CIUDADANÍA</B></FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Desde el punto de vista filosófico, dos ideas de la modernidad política  son ajenas a las tradiciones clásicas: la de sociedad civil y la del consentimiento  individual como fundamento del Estado. Si bien tanto en Aristóteles, en  Cicerón y en Maquiavelo se asume la correlación entre gobierno republicano  y participación ciudadana, ésta no reviste los caracteres que posee la  idea de consenso posterior: será la ilustración europea -con el portentoso  puntapié del <I>Leviatán</I> de Hobbes- la que establecerá al consentimiento individual  de cada uno como piedra angular de la fundamentación del Estado moderno.  El concepto moderno de ciudadanía, entonces, está ligado a la suposición  de la voluntad de los individuos de asociarse para lograr su bienestar,  siendo tal voluntad el resultado de una operación racional -una forma de  cálculo que no depende, necesariamente, de la “buena voluntad”-, artilugio  que permitió a las clases medias en ascenso pensar el cuerpo social como  un producto “artificial” devenido del consenso entre individuos libres  e iguales y así desmontar todo fundamento basado en la autoridad o la tradición.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Al pensar al Estado como dependiente de la voluntad de los individuos para  la protección de sus propiedades y derechos, el contractualismo y su correlato  jurídico -la doctrina de los derechos naturales individuales-, vinieron  a solventar las necesidades de emancipación de la burguesía (Bobbio, 2000).  Aún así, el modelo contiene una vocación de universalidad y de realización  que las tradiciones de ciudadanía precedentes nunca plasmaron realmente,  vocación que manaba de la enorme conflictividad social y política ocasionada  por las transformaciones económicas, sociales y culturales que hacia el  siglo XVII detonó con las guerras civiles inglesas (1). La subjetividad  emergente tenía que recoger la exigencia de libertad igual, voluntad libre,  obediencia también libremente consensuada y resistibilidad al poder cuando  éste es ilegítimo, demandas que enriquecieron la vertiente democrática  de las ideologías políticas posteriores. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> Pero el recurso categorial elegido fue, a fin de cuentas, la invención  de una subjetividad abstracta e individualista: son los <I>individuos </I>quienes  habitan desnudos el estado de naturaleza, allí radica su condición de libres  e iguales, y también su extrema insociabilidad. De aquí se siguen amplísimas  consecuencias para la concepción moderna de la ciudadanía, que agruparemos  en los dos apartados que siguen. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">2.1. D</FONT></B><FONT COLOR="000000" FACE="TimesNewRomanPS" SIZE="3"><B>el </B><I><B>zoon politikón </B></I><B>al egoísta racional</B><I><B>, </B></I><B>y de la </B><I><B>civitas</B></I><B> a la </B></FONT><I><FONT COLOR="000000"><B>civilitas</B></FONT></I></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">El primer punto concierne a la forma en que se desdibuja la imbricación  entre el “animal racional” y el <I>zóon politikón </I>que dominó el entramado  conceptual de la teoría política antigua y medieval; para la burguesía  en ascenso, predicar la sociabilidad natural del hombre impedía cuestionar  las relaciones jerárquicas e inigualitarias ínsitas en la idea de autoridad  natural, mientras que, en cambio, el modelo del contrato social -solución  racional a la suposición antropológica sobre la “insociabilidad” y el egoísmo  naturales- permitía pensar una situación contrafáctica de igualdad y libertad  predicable a todos. Suele entenderse esta nueva cimentación como opuesta  a la tradición aristotélica acerca del fundamento de la <I>polis </I>(Bobbio,  2000) <I>-</I>en rigor, tal sería la lectura cristiano-medieval del aristotelismo,  ya que los antiguos griegos habrían fundado la especificidad de la política  en ruptura con el ámbito del hogar, la familia y por ende la naturalidad  (2)-; con todo, los filósofos contractualistas forman su credo en la revisión  de estas tradiciones, pregonando que el Estado no surge de una génesis  natural, sino de una construcción deliberada y consciente por parte de  individuos abstractamente puestos en una situación hipotética o ficticia.  En efecto, si bien el pacto que da origen a la sociedad funge como el fundamento  jurídico-constitutivo del Estado, sin embargo no se le considera como un  hecho histórico; basta con pensarlo como una especie de condición, un “como  si” sistemático cuya función es la de constituir un principio racional  de legitimación del poder (3).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> Pero además, al desplazar al <I>zoon politikón</I> también se gana en protección  de un espacio de civilidad definida por fuera de los márgenes del Estado:  el énfasis en la idea de sociedad civil, y su separabilidad con respecto  a lo estatal, no tiene tampoco precedentes en el mundo antiguo. Ya Hegel  le da esta connotación de figura histórica en los <I>Principios de la filosofía  del</I> <I>derecho </I>(2004), al señalar que los estados de la antigüedad -tanto  los despóticos de Oriente como los de las ciudades griegas- no contenían  en su seno una sociedad civil y que su descubrimiento pertenece al mundo  moderno (§182, 185, 206). Bobbio nos recuerda que la traducción latina  del modelo aristotélico basado en la dicotomía entre la esfera doméstica  y la política, acuñó la oposición <I>Societas civilis/societas domestica, </I>donde <I>civilis</I> de <I>civitas</I> corresponde a <I>politikós</I> de <I>polis, </I>y cuya expresión  en Aristóteles sería la <I>koinonía politiké</I>, noción que presentaba a la <I>polis</I>  como una comunidad autosuficiente ordenada en base a una constitución (<I>políteia</I>),  motivo por el cual era un equivalente del Estado en el sentido moderno  de la palabra (Bobbio, 2001). Lo que introduce en esta línea la tradición  iusnaturalista moderna es el carácter instituido o artificial de la sociedad  civil (<I>machina machinarum</I> de Hobbes), antítesis (y no continuación) del  estado de naturaleza, constituida gracias al acuerdo de los individuos  para salir del mismo.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> También la tradición escocesa -de Ferguson, Hume y Adam Smith- incorpora  con el término una idea de demarcación histórica, pero con la diferencia  de que en estos escritores <I>civilis</I> no es el adjetivo de <I>civitas</I> (condición  política) sino de <I>civilitas</I> (condición civilizada), con lo que la expresión <I>civil society </I> connota el progreso histórico que representa el paso de las  sociedades primitivas al estado civilizado caracterizado por la institución  de la propiedad privada, el intercambio y el Estado (Bobbio, 2001). Precisamente  tal sentido de mundo “civilizado” es el que discute Rousseau frente a la  Academia de Dijón para contradecir esa autoimagen progresista de que se  dotaba la lógica de la maximización del beneficio privado en el crucial  momento de la ofensiva social contra el <I>Ancien régime </I>(Rousseau, 1961).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> De manera que el surgimiento de la sociedad civil viene junto a un conjunto  de ideas que acompañan el nacimiento del mundo burgués: la afirmación de  derechos naturales que pertenecen al individuo y que como tales restringen  la esfera del poder político; el descubrimiento de un campo propicio para  el desarrollo de las relaciones interindividuales, como las relaciones  económicas, que se autorregulan sin necesidad de intervención estatal;  la dilatación del derecho privado mediante el cual los individuos ajustan  sus acciones de acuerdo con sus intereses particulares; todos ellos sumados  a un <I>ethos</I> que suponía que el crecimiento urbano y comercial no sólo conllevarían  prosperidad material sino también impondrían la nueva civilización a nivel  planetario, pacificado en adelante por un nuevo <I>sentido común</I> político  y comercial.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> En el suelo discursivo del antagonismo a las monarquías absolutistas, dicha  matriz permitió la articulación de categorías, como dijimos, con una fuerte  impronta democrática; sin embargo, la escisión individuo/ciudadano, imposible  de cancelar, exhibió también los límites ideológicos de las clases sociales  en ascenso: ¿cuánto contenido social consiente esta noción de ciudadanía?  ¿Y cuánto de civil, de derecho privado? Si la antropología atomística en  la que acabó por configurarse el discurso liberal nacido de la ilustración  fue, finalmente, el dispositivo “ideal” que necesitaba el nuevo orden burgués,  sin embargo tal borramiento de lo social no era un simple dato en el entramado  discursivo del siglo XVIII; por el contrario, las figuras de Rousseau o  de Kant contrastan con una ética anti-utilitarista las posibilidades de  fundamentación de la esfera de lo público y de los derechos ciudadanos,  con lo que recogían -presumiblemente- una arena discursiva preconstituida  con trazas libertarias ciertas. Será por eso que Hegel, pasada ya la convulsión  revolucionaria, sintió la necesidad de “cubrir” la hiancia entre ambos  encuadres, al postular para el Estado unas funciones ético-políticas que  superasen a la mera regulación de las relaciones sociales e interindividuales  en el seno de la sociedad civil. Como dice Atilio Boron, si bien la agenda  política de los estados capitalistas priorizaba la separación de poderes,  el estado mínimo, o una democratización sin peligros para las clases dominantes,  funciones todas que sin dudas las filosofías del liberalismo político cubrían  normativamente, sin embargo éstas dejaban vacante la importante función  ideológica de consagrar el “todo social” resultante como una expresión  de universalidad. En este sentido, Hegel puede ser visto como la síntesis  entre las perspectivas que hemos presentado, al haber logrado solventar  una imagen del Estado burgués por encima de los antagonismos de clase y  neutral respecto de los sórdidos intereses materiales; una construcción  más esbelta, capaz de diluir el carácter clasista presente en la sociedad  civil con un manto de fines trascendentales (Boron, 2001).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> Semejantes fines no pasaron por alto para Marx cuando emprendió el estudio  de la <I>Filosofía del Derecho</I> de Hegel; incluso puede afirmarse que ese estudio  tenía por santo y seña la convicción de que -si no en la política- era  en el campo de la teoría que los alemanes estaban a la altura del presente  moderno (Abensour, 1998). Criticando la teoría hegeliana, Marx ataca en  un mismo movimiento la abstracción de la concepción burguesa del Estado  y el fenómeno socio-histórico de lo que denominará la “alienación política”,  como si la imposibilidad histórica de la emancipación política en Alemania  le hubiera revelado al mismo tiempo la incompletud intrínseca de ese proyecto.  En efecto, si en la <I>Crítica del Derecho del Estado de Hegel </I>(1843) se analiza  cómo la esfera política se desarrolla en un “más allá” de las otras esferas  materiales, esto es, en la enajenación y la abstracción de la contradicción  real, ya en <I>Sobre la cuestión judía </I>Marx considera que el acontecimiento  revolucionario de 1789 y su producto, la emancipación política, aunque  represente un gran progreso “dentro del orden del mundo actual”, no es  sin embargo una emancipación del hombre real sino la emancipación que la  clase burguesa, en tanto clase revolucionaria, ha legado al mundo: una  liberación, por ende, limitada y contradictoria (Marx, 1982). Porque la  emancipación política, y la propia existencia del Estado político que surgen  de esa revolución, han neutralizado “políticamente” las desigualdades y  diferencias que antes eran abiertamente políticas. Ahora, convertidas en  diferencias no-políticas, actúan sin embargo a su modo: </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="2">Pero el Estado anula políticamente, a su modo, las diferencias de <I>nacimiento,  </I>de <I>nivel social</I>, de <I>cultura</I> y de <I>ocupación</I>, al declarar el nacimiento,  el nivel social, la cultura y la ocupación del hombre diferencias <I>no políticas</I>,  al proclamar que todo miembro del pueblo, sin atender a estas diferencias,  participa <I>por igual</I> de la soberanía popular, al tratar a cuantos intervienen  en la vida real del pueblo desde el punto de vista propio del Estado. Pero  ello no obsta para que el Estado deje que la propiedad privada, la cultura  y la ocupación <I>actúen</I> a <I>su</I> modo, es decir, como tales propiedades privadas,  cultura y ocupación, y hagan valer su naturaleza <I>especial</I>. Muy lejos de  acabar con estas diferencias de hecho, el Estado descansa sobre estas premisas  (Marx, 1982).</FONT></P>  </blockquote>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En adelante, como afirma el autor, el Estado descansa sobre estas diferencias <I>de hecho</I> de clase, de nacimiento, de cultura, de ocupación; el “idealismo  del Estado político” y de la ciudadanía política es posible porque el “materialismo  de la sociedad civil” ya ha hecho su trabajo. Ese es el contenido estrecho  de la emancipación política, su específica <I>abstracción</I>: los derechos proclamados  en la revolución (libertad, igualdad, propiedad privada, seguridad) son  los derechos no del hombre real sino del individuo aislado, de la mónada  disociada de la sociedad y replegada en sí misma que hace las veces de  fundamento de la sociedad burguesa, mientras que a la condición ciudadana  -formalmente predicable de todos los miembros de la comunidad- le queda  una soberanía imaginaria; así, en tanto el hombre es despojado de su vida  real como individuo, es dotado de una “generalidad irreal” como ciudadano.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En conclusión, podríamos decir que no se trata de impugnar simplemente  las declaraciones modernas de los derechos individuales ni las revoluciones  burguesas en cuanto tales, sino de señalar su lugar, su espacio de eficacia  empírico-social. La enseñanza que tomamos de Marx es la que nos permite  decir -como lo hizo Gandhi alguna vez en referencia al aspecto positivo  y progresista de la civilización occidental- que “sería una buena idea”,  aunque por desdicha tengamos que atenernos a una comprobación menos celebratoria  del inventario de sus logros reales. Porque al percibir la hiancia entre  el horizonte de fundamentación de la revolución política burguesa contra  el <I>Ancien régime</I>, por un lado, y la institucionalización moderna de una  ciudadanía cortada al talle del Estado capitalista, por el otro, se ilumina  el estatuto ambiguo del rol de esa ciudadanía.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> En esta senda, el propio derecho -como lo han analizado Enrique Marí y  Carlos María Cárcova- es una “ficción fundante”: consagra la ficción de  lo colectivo en el contrato social, y la ficción del hombre libre e igual  (Marí, 1991; Cárcova, 1998). Con ello “se realiza” en términos de dos operaciones  de eficacia práctica: por un lado -como lo enfatizó la tradición althusseriana-  está la dimensión ideológica por la cual el derecho produce una representación  imaginaria de los hombres respecto de sí mismos y de sus relaciones con  los demás, los estatuye como <I>sujetos libres</I> e <I>iguales</I> ocultando el código  de sus efectivas diferencias; esta dimensión del derecho promueve así específicos  efectos de realidad y verdad en el todo social, ya que oculta el sentido  de las relaciones estructurales entre los sujetos, con la finalidad de  reproducir los mecanismos de las hegemonías sociales. Pero por otro lado  -y en esto los autores recogen una indicación inequívocamente foucaultiana-  la misma ficción del derecho no sólo reproduce sino que <I>produce</I> un orden  simbólico con sus sujetos y sus formas de resistencia, proveyendo así el  espacio necesario para inscribir nuevos compromisos materiales. En otras  palabras, la productividad misma del mecanismo de la libertad y la igualdad  asienta sobre la ficción del sujeto (“persona” en el código civil), ilusión  de autonomía que es sin embargo un efecto de las relaciones de poder.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> Desde ese mismo marco teórico, se invalida la concepción teleologista del  desarrollo de la ciudadanía moderna que -como en la obra de T.H. Marshall  (1998)- dibujaba una serie evolutiva según la cual los derechos sociales  suceden a los derechos civiles y a los derechos políticos (Marshall y Bottomore,  1998). Un enfoque más contingente del cambio social halla en cambio una  paradójica reciprocidad entre la expansión del poder de vigilancia y control  por parte de los aparatos de gobierno, y la formación de identidades sociales  “sujetas” a formas de ciudadanía. Al permitir una visión anti-evolucionista,  esta visión logra inteligir que si bien el decurso de los derechos señala  importantes cambios y conquistas históricas, nada inherente a ellos hay  que impida su erosión (lo que se aprecia con creciente fuerza en la “posmodernización”  actual de los derechos, donde la idea de <I>exclusión</I> pervierte los términos  de la consideración de la ciudadanía).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En síntesis, el modelo moderno de la ciudadanía aúna, por una parte, la  capacidad de fundamentar la emergencia de un discurso de los derechos,  y por otra parte, instala normativamente un dispositivo político exitoso  que fue capaz de solventar el desarrollo capitalista. Aún cuando para el  gran crítico de este dispositivo, como fue Karl Marx, era menester “correr  el velo” a este ciudadano “celestial” y abstracto que consagran política  y jurídicamente las revoluciones burguesas, sin embargo también es cierto  que el fundamento teórico desplegado no deja de presentar un exceso, un  plus de fundamentación que abre la dimensión emancipatoria (4).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">2.</FONT></B><FONT COLOR="000000"><B>2. La ciudadanía “capacitaria” y sus instituciones </B></FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Nuestro segundo punto concierne a la forma en que la ficción del ciudadano,  y la distinción categorial entre Estado y sociedad civil, consagran una  nueva escisión en la ciudadanía moderna: se trata de la partición entre  el ejercicio privado de los derechos civiles y el ejercicio cuasi-profesional  de la decisión política. Esta dualidad enlaza con otras dicotomías que  le son solidarias, porque hay, en efecto, como dos modelos de racionalidad  que están en juego: si por una parte, Rousseau y Kant sostienen el principio  ilustrado de libertad como autonomía, y una concepción no instrumental-individualista  de la vida social, por otra parte, en la tradición anglosajona de Hobbes  a Bentham el énfasis en las libertades negativas era solidario con una  ética y una racionalidad utilitaria. El afán sistemático de Kant intentó,  incluso, recoger ambos filos de la cuestión al proponer, como forma de  ejercicio de la libertad positiva, el uso público de la razón, por el cual  el hombre se eleva por encima de todo particularismo, representa los intereses  del género humano y expande las luces de la razón (Kant, 1987). Mientras  el Estado se obliga a dar a publicidad los actos de gobierno, para el ciudadano  el cuestionamiento de la ley no sólo es un derecho sino también una obligación: del ejercicio de la crítica -que no dispensa de la obligación de obedecer-  se seguirá la necesaria reforma de las instituciones del Estado y el progreso  constante hacia el mejoramiento y la emancipación de la humanidad (5).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> El problema es que, más allá de los esfuerzos de estos grandes teóricos  para cimentar una noción positiva de libertad como autonomía, la oculta  tensión entre el <I>ciudadano abstracto</I> y el <I>burgués</I> portador de intereses  particulares instituyó la nueva legitimidad sobre un fundamento más bien  precario e inestable, ya que el ejercicio de la ciudadanía queda circunscrito  a su participación en la “esfera pública”, esto es, la instancia de apelación  al consenso racional, público -por libremente expuesto a la crítica y la  revisión-, supuesto espacio ideal donde se borran las diferencias sociales  bajo la forma pura de la <I>ciudadanía</I>. El trabajo dicotómico que se articula  en este dispositivo (crítica y obediencia, libertad positiva y libertad  negativa, espacio público y espacio privado), va dibujando asimismo un  mecanismo político-institucional, que segrega hacia un extremo lo que para  los antiguos era el núcleo de la definición de ciudadanía: el derecho de  acceso a la decisión política. Representación mediante, la teoría política  posterior a las revoluciones burguesas delinea esta problemática -paradigmáticamente  presente en Weber, Sieyès, Madison, Hegel- en torno a lo que algunos denominan <I>ciudadanía</I> <I>capacitaria</I>, esto es, la profesionalización o reclutamiento  de las élites -republicanas o no- encargadas de la gestión del sistema  (Vermeren, 2001).</FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Como ha establecido Bernard Manin, el gobierno representativo no sólo no  estaba destinado a avanzar a una mayor identidad o identificación entre  gobernantes y gobernados, sino que incluso fue formulado explícitamente  como opuesto y superador de la democracia <I>tout court</I>. La superioridad de  la representación política, por ejemplo para quienes -como Madison o Sieyès  o Alberdi- han reflejado sus preocupaciones en las constituciones de nuestros  estados modernos, consiste justamente en que abre una separación entre  la voluntad (o decisión) pública y la voluntad popular. Contrariamente  a los conceptos con que se lo suele explicar en los manuales de historia  de las ideas, semejante juicio no concierne al tamaño o a la complejidad  de las naciones modernas en relación con las ciudades-estado de la antigüedad;  el argumento atañe, en cambio, a la oposición entre las “pasiones desordenadas”  o las “ilusiones efímeras” de que es presa el pueblo, y la sabiduría, madurez,  patriotismo y justicia de que pueden ser capaces un cuerpo selecto de ciudadanos.  Además, el gobierno representativo debía colocar a las sociedades modernas  en condiciones de liberar al “ciudadano común” de las preocupaciones de  lo público gracias a la existencia de un cuerpo de personas esclarecidas  y dedicadas por completo a la política. El mismo argumento, en la pluma  de Benjamin Constant, haría famosa la fórmula de la “libertad de los modernos”  por contraposición a los antiguos: son las sociedades <I>comerciantes</I> de la  modernidad las que han abierto una separación en la noción de ciudadanía,  separación que es vista como auspiciosa para el mejor desarrollo de los  asuntos privados y, utilitarismo mediante, para el conjunto social.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Decíamos que el complemento de la representación sería la existencia de  una esfera pública política, que como advertimos en Kant, implica el acceso  a la información y la libertad de expresión como garantía del “uso público  de la razón” en una esfera libre de limitaciones o prerrogativas. La libertad  de opinión no es vista como una libertad “negativa”, sino radicalmente  política, porque consagra la posibilidad de acción de los ciudadanos sobre  los gobernantes: en su dimensión política, es la contrapartida de la “opacidad”  de la representación tal como ésta se ha dado en los sistemas políticos  modernos, o sea del hecho de que no exista mandato imperativo, revocabilidad  del representante o derecho de instrucción (Manin, 1995). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> La actual teoría de la democracia, en el afán de superar el reduccionismo  procedimental ínsito en las formulaciones de la ciencia política positivista,  ha retomado abundantemente el asunto sobre el significado de la esfera  pública como núcleo dramático de una definición de la democracia, y en  ello, probablemente, consista lo intempestivo del legado de Hannah Arendt.  Sin embargo, aún cuando en este marco se enfatice el análisis de la democracia  como espacio de indeterminación, tal como lo analiza Claude Lefort -un  dominio simbólico sin fronteras definidas y sustraído a toda autoridad  que imponga lo decible o lo pensable (6)-, ello no cancela la partición,  la división del trabajo entre gobernantes y gobernados que trae consigo  el formato moderno de ciudadanía. Si llevamos esta distancia a su expresión  más alta, precisamente los análisis de Hannah Arendt invitan a no ponderar  ligeramente las virtudes de la esfera pública tal como ésta aparece en  nuestras sociedades contemporáneas: su significado por momentos se sustrae  de lo político para convertirse en un espejo de conductas privadas llevadas  al gran terreno de lo social (Arendt, 1998). Por ello habrá que recelar  de esta figura de un “ajuste” del poder político gracias a la constitución  de una esfera pública, y sobre todo, de su manifestación a través de los  medios masivos de comunicación, que colabora menos al triunfo de la opinión  pública que al “triunfo político de la opinión”, esto es, a la organización  de un dispositivo por el cual la manifestación del <I>demos</I> no acaece, y su  lugar es ocupado por una saturación de mensajes que forcluyen, exitosamente,  el mundo social (7).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En otras palabras, la nueva concepción del Estado y del poder posibilitaba  la emergencia de una nueva ciudadanía; ésta debía advenir, era -por otra  parte- su condición de posibilidad, su escena… pero lo que sucedió fue,  en cambio, el liberalismo individualista, la desestimación -por parte de  individuos cada vez más concentrados en su fuero privado- de la <I>praxis</I>  política prometida o prevista en el nuevo dispositivo. S. Carozzi lo afirma  sin ambages: </FONT></P>      <blockquote>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="2">Ese personaje teórico que es el individuo autónomo, desencajado de los  lugares tradicionales de pertenencia y de los sentidos dados de antemano,  habitante desamparado del universo de la libertad, se instala en una identidad  en defensa y en negativa. La vida se privatiza y el sujeto es un sujeto  retirado. Los territorios de lo colectivo (el Estado, pero no sólo el Estado)  le resultan, cada vez, menos interesantes y más ajenos. Así la escena -escena  que, en verdad, la economía capitalista no causa pero promueve- es inevitable  la “pendiente estructural” que deriva, en el mejor de los casos, en un  Estado tutelar… (Carozzi, 2001). </FONT></P>  </blockquote>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En este punto tampoco hay que ser ingenuos: tal desestimación ¿la realizan  los sujetos, o es obra de las instituciones? No es ocioso recordar cómo,  tanto en la Constitución norteamericana como en las de las repúblicas de  la América del Sur, las burguesías se aseguraron que la forma del Estado  no constituyera, precisamente, una invitación a la participación política  de las masas… Como sugiere Carlos Strasser, si sumamos la socialización fuertemente individualizante provista por el modelo societal del <I>cosmos</I>  mercantil, a la desestimación de la participación política surtida por  un modelo institucional dedicado a prevenir el surgimiento de ninguna mayoría  estable capaz de afectar el sistema o de cuestionar la libertad o la propiedad  en la sociedad civil, no debería extrañarnos el no-advenimiento del ciudadano  activo.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> En un sentido similar se expresa Roberto Gargarella a propósito de la reaparición -en el marco del debate norteamericano entre liberalismo y comunitarismo-  del lamento republicano sobre el decaimiento de las virtudes ciudadanas;  el argentino, en cambio, insta a enfocar los mecanismos de institucionalización  de la ciudadanía antes que la potencialidad política de los planteos éticos:</FONT></P>      <blockquote>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="2">Tal vez sea más sencillo y más acertado explicar los males políticos que  describe el republicanismo a partir del desplazamiento de este tipo de  instituciones, que por el decaimiento de ciertas virtudes cívicas. En este  sentido, uno podría tender a ver la decadencia de ciertas virtudes cívicas  más como una consecuencia de un radical cambio en los incentivos institucionales  existentes, que como una causa motora fundamental de la apatía política  (Gargarella, 1999).</FONT></P>  </blockquote>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">En América Latina, como han enfatizado varios autores (Strasser, 2001;  Lechner, 1999; Boron, 2000), al formato institucional “heredado” (consistente,  como ha mostrado Carlos Strasser, en especies de regímenes mixtos, cuyas  modalidades apenas cubiertas por las leyes expresan -o dejan colar- a las  oligarquías locales) se ha sumado el ataque neoliberal actual a las ya  de por sí débiles instituciones democráticas; el resultado, unas democracias  restringidas, en las que al déficit de conducción democrática por parte  del parlamento y los partidos políticos se lo compensa con un presidencialismo  plebiscitario, mientras se apela retóricamente a la ciudadanización de  la política que, las más de las veces, no es sino una sociedad civil que  se identifica con la sociedad de mercado. Y todo ello contra el fondo de  una desigualdad social en ascenso rampante, que cristaliza en formas de  exclusión social de carácter estructural y que ha convertido a la región  en la de peor distribución de la riqueza en el mundo.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"> <B><FONT COLOR="000000"> CONCLUSIONES </FONT></B> </P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">Estamos ahora en condiciones de puntualizar algunas conclusiones. En primer  lugar, la ciudadanía moderna es más un postulado (un “personaje conceptual”  como dice Patrice Vermeren siguiendo a Deleuze) que una identidad política  sustantiva: el ciudadano no aparece, o aparece eventualmente -justo lo  suficiente como para alimentar los discursos sobre la sociedad civil o  las bondades de la esfera pública- como un sujeto vinculado al gobierno  de sus asuntos; no es una condición en la que nos instalamos, sino quizás  tan sólo acontecimiento, o como diría Rancière, un accidente en la historia  de las formas de dominación (Rancière, 1996). Y ello es así porque, como  hemos intentado reseñar, la abstracción en la que se instala esta figura  del ciudadano en la modernidad, además de solventarse en un modelo de subjetivación  individualista y utilitarista -por ende, muy poco funcional a la recreación  de virtudes cívicas de compromiso activo-, se institucionaliza ya dentro  de un formato de prescindencia de la participación política.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> En este punto debemos volver al cuadro de situación del momento actual  del capitalismo globalizado: si esto que decimos de la ciudadanía estaba  ya contenido en las formas de institucionalización del Estado liberal en  el siglo XIX, con la sociedad de masas el fenómeno se complejizó, y alcanzó  su “paroxismo” cuando la “contrarrevolución” posterior al quiebre del keynesianismo  soldó la derrota de toda alternativa política al sistema. En otras palabras,  si ya en los albores del capitalismo monopólico se aventuraba que no habría  posibilidad de “pasar por encima” a la abstracción burguesa (como quiere  aún hoy el republicanismo), basta con mirar el entramado social del occidente  contemporáneo para ver cómo se ha realizado ese experimento societal, hasta  qué grado se ha cumplido ese proceso de abstracción y reificación: un mundo  sin empleo donde todos podemos “sobrar”, un mundo cuyas coordenadas existenciales  -trabajo, seguridad social, derechos, redes de contención- han perdido  toda previsibilidad, estabilidad y capacidad normativa, y cuya imagen de  una “red inmensa”, amenazadora y sólo oscuramente perceptible -que comienza  en lo tecnológico y termina en lo militar, pasando por el formato dinero  que se extiende a todo- alcanza un grado sumo de fetichización y alienación  (y en efecto, no hay que menospreciar los impactos subjetivos de la extraordinaria  autonomía alcanzada por el trabajo objetivado frente al trabajo viviente,  que lo dota de un poder suficiente para coartar nuestra imaginación utópica  y nuestra capacidad de ubicarnos como sujetos individuales y colectivos,  de ejercer respuestas políticas frente a estos fenómenos). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> Este fin de la política, esta privatización de lo público y su funcionalidad  para con la concentración de unos poderes estrictamente “para-políticos”  (Beck, 1998), no son en sí mismos explicables desde la política: ella no  posee una autonomía tal, como cosa separada capaz de ostentar capacidad  explicativa; el fenómeno, además de requerir un esfuerzo teórico suplementario  para <I>ser percibido</I>, requiere además toda nuestra capacidad de objetivación  del presente y de historización, de captación de la “totalidad orgánica”  que se levanta frente a nosotros y explica desde sí los atolladeros de  la actual situación.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"> <B><FONT COLOR="000000"> Notas </FONT></B> </P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 1.</FONT> <FONT COLOR="000000"> Al respecto George Sabine dedica un capítulo de su <I>Historia de la teoría  política</I> al surgimiento de los <I>levellers</I> y los <I>diggers</I> como antecedentes  del liberalismo radical y del comunismo, respectivamente, en el preciso  momento de la República de Cromwell y como episodio de agitación concomitante  a esa revolución (Sabine, 2000, 369 y ss).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 2.</FONT> <FONT COLOR="000000"> Hannah Arendt insiste en el malentendido presente en la traducción latina  del <I>zoon politikón</I> aristotélico por el concepto de “ser social”, que no  atiende la discontinuidad radical entre la esfera pública y el gobierno  del hogar; Aristóteles -recogiendo la acepción común griega- establece  con claridad que la fundación de la polis fue precedida de la destrucción  de las unidades organizadas que se basaban en el parentesco -la <I>phratria</I>  y la <I>phyle</I>. De todas las actividades necesarias y presentes en las comunidades  humanas, sólo dos se consideraron políticas y aptas para la <I>bios politikós</I>:  la acción (<I>praxis</I>) y el discurso (<I>lexis</I>), de los que surge la esfera de  los asuntos humanos, de la que todo lo meramente necesario o útil queda  excluido de manera absoluta (Arendt, 1998, 41 y ss).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 3.</FONT> <FONT COLOR="000000"> En Kant, el contrato es una “idea <I>a priori</I>”: “[el contrato originario]  es una mera idea de la razón, pero que tiene indudablemente realidad (práctica),  a saber, la de obligar a cada legislador a hacer leyes como si ellas pudiesen  haber nacido de la voluntad reunida de todo un pueblo y para que considere  a cada súbdito, en cuanto quiera ser ciudadano, como si hubiera estado  de acuerdo con una voluntad tal” (Kant, 1964, p. 167 s).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 4.</FONT> <FONT COLOR="000000"> Dimensión dramáticamente presente en el discurso independentista latinoamericano,  cuyas matrices ilustradas muestran un despliegue de connotaciones que superaron  largamente el <I>corsé</I> clasista de la burguesía criolla, como lo demuestra,  para el caso de Francisco de Miranda, Estela Fernández Nadal (2001).<I> </I>Véase  asimismo Alcira Argumedo (2001).</FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 5.</FONT> <FONT COLOR="000000"> De donde resulta que los filósofos, con su conciencia “naturalmente” transparente,  son los grandes benefactores de la humanidad: a su consejo deberían remitirse  los gobernantes (Kant, 1967 y 1964).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 6.</FONT> <FONT COLOR="000000"> Las categorías desplegadas por Claude Lefort enfatizan la dimensión simbólica  de la política democrática y la esfera de los derechos, contra la impugnación  de las mismas como “esfera ilusoria” de acuerdo al tratamiento dado por  Marx en <I>Sobre la cuestión judía. </I>A nuestro juicio el expediente se enmarca  en una sintomática defensa “post-revolucionaria” de la democracia (con  énfasis, en el caso de Lefort, contra los matices decididamente totalitarios  de los regímenes comunistas soviético y chino). Véase Lefort (1990 y 1987).</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 7.</FONT> <FONT COLOR="000000"> El análisis, citado por Patrice Vermeren (2001), es de Dominique Reynié, <I>Le triomphe de l’opinion publique. L’espace public français du XVIº au  XXº siècle, </I>Paris, Odile Jacob, abril de 1998, p. 347.</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><B><FONT COLOR="000000">Bibliografía </FONT></B> </P>      <!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">1. ABENSOUR, M. 1998. <B>La democracia contra el Estado</B><I>. </I>Colihue, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464184&pid=S1012-1587200500020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 2. ARENDT, H. 1998. <B>La condición humana.</B><I> </I>Paidós, Barcelona. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464185&pid=S1012-1587200500020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 3. ARGUMEDO, A.<I> </I>2001. <B>Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre  el pensamiento nacional y popular</B><I>. </I>3ª reimp. Ediciones del Pensamiento  Nacional, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464186&pid=S1012-1587200500020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 4. ARISTÓTELES. 1999. <B>Política</B><I>,</I> Versión española de Antonio Gómez Robledo.  18º ed. Porrúa, México.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464187&pid=S1012-1587200500020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">5. BECK, U. 1998. <B>¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas  a la globalización</B>. Paidós, Barcelona.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464188&pid=S1012-1587200500020000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">6. BOBBIO, N. 2000. “El modelo iusnaturalista”. Bobbio, N. y Bovero, M. <B>Sociedad  y Estado en la filosofía moderna</B><I>. </I>1º reimp.; 11-122. FCE, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464189&pid=S1012-1587200500020000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 7. BOBBIO, N. 2001. <B>Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de  la política</B><I>. </I>8ª reimp. FCE, México.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464190&pid=S1012-1587200500020000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 8. BORON, A. 2001. “Filosofía política y crítica de la sociedad burguesa:  el legado teórico de Karl Marx”. Boron A.A. (comp.), <B>La filosofía política  moderna. De Hobbes a Marx</B>;<B> </B>289-333. Clacso-Eudeba, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464191&pid=S1012-1587200500020000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 9. BORON, A. 2000. <B>Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el  capitalismo de fin de siglo</B><I>.</I> FCE, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464192&pid=S1012-1587200500020000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 10. CÁRCOVA, C.M. 1998. <B>La opacidad del derecho</B>. Trotta, Madrid.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464193&pid=S1012-1587200500020000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 11. CAROZZI, S. 2001. “Entre el diálogo y la guerra: la polémica sobre los  fundamentos de lo político”. Carozzi S. y Ritvo J. (comps.), <B>El desasosiego.  Filosofía, Historia y Política en diálogo</B>; 21-34. Homo Sapiens, Rosario  (Argentina).</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464194&pid=S1012-1587200500020000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 12. FERNÁNDEZ NADAL, E. 2001. <B>Revolución y utopía. Francisco de Miranda y la  independencia hispanoamericana.</B><I> </I>EDIUNC, Mendoza (Argentina). </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464195&pid=S1012-1587200500020000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">13. GARGARELLA,<SUP> </SUP>R. 1999. <B>Las teorías de la justicia después de Rawls. Un breve  manual de filosofía política. </B>Paidós, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464196&pid=S1012-1587200500020000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">14. HEGEL, G.W.F. 2004. <B>Principios de la Filosofía del Derecho o Derecho Natural  y Ciencia Política.</B> Trad. de Juan Luis Vermal. 2º ed. Sudamericana, Buenos  Aires. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464197&pid=S1012-1587200500020000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 15. KANT, I. 1987. “¿Qué es la ilustración?”, <B>Filosofía de la Historia.</B> FCE,  México. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464198&pid=S1012-1587200500020000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 16. KANT, I. 1967. <B>La paz perpetua</B>. Aguilar Madrid.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464199&pid=S1012-1587200500020000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 17. KANT, I. 1964. “Acerca de la relación entre teoría y práctica en el derecho  político”. <B>Filosofía de la Historia</B>, 2º ed. Nova, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464200&pid=S1012-1587200500020000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">18. LECHNER, N. 1999. “Estado y Sociedad en una perspectiva democrática”. Macor  D. (editor), <B>Estado, democracia y</B><I> </I><B>ciudadanía.</B> Papeles de Investigación  Nº6; 23-40. Página 12 y REUN (Red de Editoriales de Universidades Nacionales),  Buenos Aires. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464201&pid=S1012-1587200500020000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 19. LEFORT, C. 1990. <B>La invención democrática.</B> Nueva Visión, Buenos Aires. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464202&pid=S1012-1587200500020000800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 20. LEFORT, C. 1987. “Los derechos del hombre y el estado benefactor”. <B>Vuelta</B>,  Nº12, julio.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464203&pid=S1012-1587200500020000800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 21. MANIN,<SUP> </SUP>B. 1995. “La democracia de los modernos. Los principios del gobierno  representativo”. <B>Revista</B><I> </I><B>Sociedad</B>, Nº6, marzo. Facultad de Ciencias Sociales  (UBA), Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464204&pid=S1012-1587200500020000800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 22. MAQUIAVELO, N. 1965. “Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio”. <B>Obras Políticas.</B><I> </I>2º ed. 49-447. El Ateneo, Buenos Aires.  </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464205&pid=S1012-1587200500020000800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 23. MARÍ, E. <I>et al</I>. 1991. <B>Materiales para una teoría crítica del derecho.</B> Abeledo-Perrot,  Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464206&pid=S1012-1587200500020000800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">24. MARSHALL, T. H. y BOTTOMORE, T. 1998. <B>Ciudadanía y Clase Social</B>. Alianza  Editorial, Madrid.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464207&pid=S1012-1587200500020000800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 25. MARX, K. y ENGELS, F. 1974. <B>Manifiesto del Partido Comunista</B><I>. </I>12º ed. Anteo,  Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464208&pid=S1012-1587200500020000800025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 26. MARX, K. 1982. <B>Escritos de Juventud, Obras fundamentales de Marx y Engels.</B><I>  </I>Trad. por Wenceslao Roces. FCE, México. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464209&pid=S1012-1587200500020000800026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">27. RANCIÈRE,<SUP> </SUP>J. 1996. <B>El desacuerdo. Política y Filosofía</B>. Nueva Visión, Buenos  Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464210&pid=S1012-1587200500020000800027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000">28. ROUSSEAU, J.J. 1961. “Discurso sobre el siguiente tema propuesto por la  Academia de Dijón: ¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres?  ¿Está ella autorizada por la ley natural?”. <B>El contrato social o Principios  de derecho político</B><I>.</I> 45-150. Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464211&pid=S1012-1587200500020000800028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 29. SABINE, G. S. 2000. <B>Historia de la teoría política.</B> 3º ed., 3º reimp. FCE,  México. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464212&pid=S1012-1587200500020000800029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 30. WOLIN, S. 1974. <B>Política y Perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento  político occidental</B><I>. </I>Amorrortu, Buenos Aires.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464213&pid=S1012-1587200500020000800030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 31. STRASSER, C. 2001. <B>Democracia &amp; Desigualdad. Sobre la democracia real a  fines del siglo XX.</B> CLACSO, Buenos Aires. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464214&pid=S1012-1587200500020000800031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000"> 32. VERMEREN,<SUP> </SUP>P. 2001. “El ciudadano como personaje filosófico”. Quiroga, H.;  Villavicencio, S. y Vermeren, P. (comps.), <B>Filosofías de la ciudadanía.  Sujeto político y democracia</B><I>. </I>2º ed. 19-32. Homo Sapiens, Rosario (Argentina).</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1464215&pid=S1012-1587200500020000800032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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