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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Impensando la ciudadanía moderna: alteridad y racismo en el sistema mundial]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The purpose of the following text is to argue about alterity´s problems, its concomitants and implications in the debate about the broadness of citizenship rights. We start, thus, a critical dialogue with Philosopher Richard Rorty´s intellectual work, considering the context of the globalization proceses. To start with, we show Rorty´s defense of we/us/our on the conteporary debate about the factum of pluralism. Secondly, we entail Westerns ethnocentrism’s defense with practices of racism on the world-system´s social cultural sphere. Besides, we inquire about the interactions between racism, cultural resistances, and the memory of politics. Finally we abide by the theoretic and practical consequences of the precedent researches, and try to model possible cultural politics’ actions on the radical democratic paradigm.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font size="4">Impensando la ciudadanía moderna: alteridad y racismo en el sistema mundial</font></b></p>      <p align="center">MIGUEL ÁNGEL CONTRERAS NATERA</p>      <p align="justify"><b>Resumen </b>     <br> El presente trabajo se propone discutir la cuestión de la alteridad, sus  concomitantes y profundas implicaciones en el debate sobre la ampliación de los  derechos de ciudadanía. Para ello establecemos un diálogo crítico con la obra de  Richard Rorty en el contexto del proceso mundializador. Primero, presentamos la  defensa del nosotros de Rorty en el marco del debate contemporáneo sobre el  factum del pluralismo. Segundo, vinculamos la defensa del etnocentrismo  occidental con la emergencia de prácticas de racificación de lo social en el  sistema histórico mundial. Tercero, indagamos acerca de las interacciones entre  racismo, resistencia cultural y la política de la memoria. Por último,  ateniéndonos a las consecuencias teóricas y prácticas de las indagaciones  precedentes se bosquejan posibles decursos de acción en un sentido  democrático-radical.     <br>     <br> <b>Palabras clave</b>    <br> Ciudadanía / Democracia / Movimientos sociales /Richard Rorty / Racismo /  Memoria / Diálogo pluricultural    <br>     <br> <b>Abstract</b>    <br> The purpose of the following text is to argue about alterity´s problems, its  concomitants and implications in the debate about the broadness of citizenship  rights. We start, thus, a critical dialogue with Philosopher Richard Rorty´s  intellectual work, considering the context of the globalization proceses. To  start with, we show Rorty´s defense of we/us/our on the conteporary debate about  the factum of pluralism. Secondly, we entail Westerns ethnocentrism’s defense  with practices of racism on the world-system´s social cultural sphere. Besides,  we inquire about the interactions between racism, cultural resistances, and the  memory of politics. Finally we abide by the theoretic and practical consequences  of the precedent researches, and try to model possible cultural politics’  actions on the radical democratic paradigm.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>Key words</b>    <br> Citizenship / Democracy / Social movements / Richard Rorty / Racism / Memory /  Multicultural dialogue.</p>      <p align="justify"> RECIBIDO: OCTUBRE 2003    <br> ACEPTADO: DICIEMBRE 2003    <br>     <br> <b>Introdución</b>    <br> En el marco de los debates de las ciencias de los últimos años se ha venido  consolidando una nueva sensibilidad que, aunque todavía es muy frágil, está  conduciendo a una reconstrucción de las mismas. Estamos presenciando el fin de  una tradición intelectual, y la emergencia dispersa y fragmentaria de un nuevo  patrón de diálogo relativo a la racionalidad humana. En esta tarea resuenan  significadores como inconmensurabilidad, alteridad, singularidad, <i>différence</i> y  pluralidad, cuyos signos constituyen un talante de deconstrucción, de  desestabilización, de ruptura, de fractura y de resistencia, a todas y cada una  de las modalidades de totalidad, de universalismo y de racionalismo abstractas.  Como es sabido, en el corazón del proyecto de la modernidad existe un falso  universalismo que, a su vez, bloquea tanto la apropiación como la apreciación de  diferencias substanciales (raza, etnicidad y género) y que, por consiguiente, ha  contribuido a engaños totalitarios, tras los que se ocultan formas diversas de  dominación.     <br> En todo caso, y en el marco del intenso debate sobre la racionalidad humana,  resulta crucial impensar una de las ideas-fuerzas de la modernidad, a saber: la  noción de ciudadanía. <i>Impensar </i>la ciudadanía implica considerar tanto las  resonancias teórico-prácticas de los nuevos significadores, como las  consecuencias prácticas de los complejos procesos globalizadores que discurren  en el sistema histórico mundial (Contreras, 2001:30). Para ello es necesario  profundizar en la crítica de la perspectiva eurocéntrica de la ciudadanía con el  objeto de dar cuenta de los crecientes movimientos migratorios subordinados  (grandes segmentos de población que viven en una creciente pobreza material y  cultural se convierten en migrantes potenciales), el incremento de las  desigualdades sociales (excluidos de las acciones de redistribución del Estado  benefactor), el aumento de la segregación y discriminación cultural (creación de  murallas fronterizas) y la aceleración de las presiones ecológicas en el sistema  histórico mundial (Santos, 2001:134-135).     <br> Para acometer los desafíos planteados quisiera delinear, mediante una  orientación previa, el recorrido teórico que realizaremos. Primero, como una  contribución al debate sobre el<i> factum del pluralismo</i>, presentaremos de manera  extensa la defensa etnocentrista del <i>nosotros</i> de Richard Rorty. En segundo  lugar, mostraremos las consecuencias prácticas del etnocentrismo rortiano en una  doble vertiente, es decir: tanto desde una perspectiva interna de la comunidad  histórica como desde una externa a la propia comunidad. La primera versa  principalmente sobre las deliberaciones críticas que desde la perspectiva de la  comunidad histórica de lenguaje ejercen sus miembros. En la segunda se encara el  problema de la defensa de una comunidad histórica de lenguaje considerando las  interacciones entre el <i>nosotros</i> y los <i>otros</i> desde la perspectiva del  funcionamiento del sistema histórico mundial. En tercer lugar, indagaremos sobre  las interrelaciones, solapamientos y entrecruzamientos entre el etnocentrismo  euro-norteamericano y el <i>racismo diferencialista</i> contemporáneo. En cuarto lugar,  desde lo que acertadamente Walter Mignolo denomina una geopolítica del  conocimiento, estableceremos las complejas interacciones entre el racismo, las  luchas y resistencias culturales de los movimientos sociales y una política de  recuperación de la memoria. Por último, se esbozan los gruesos lineamientos para  la profundización de un diálogo pluricultural en materias tan diversas como los  derechos humanos y de ciudadanía, la democracia y el conocimiento.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>El <i>nosotros</i> de Richard Rorty </b>     <br> En el marco del debate acerca del <i>factum del pluralismo</i> en las sociedades  contemporáneas la figura del filósofo norteamericano Richard Rorty ocupa un  espacio fundamental. La cuestión de si cada cultura es inconmensurable o de si  existen valores universales, no es solamente intelectual ni un asunto meramente  académico, ni mucho menos baladí. Tampoco está restringido a las disputas  limitadas al sentido y la extensión de la racionalidad. El debate sobre el  pluralismo cultural forma parte de uno de los problemas prácticos cruciales de  nuestro tiempo, uno que los procesos de mundialización económica, política y  mediática plantean de modo perentorio en la vida cotidiana de incontables  personas, pueblos y colectividades.     <br> Para Rorty, todos los seres humanos disponemos de un conjunto de palabras para  justificar nuestras acciones, nuestras creencias, nuestra vida. Son las palabras  con las que, a veces prospectivamente y otras retrospectivamente, narramos  nuestras vidas. Estas palabras las llama <i>léxico último</i>. Y las denomina así  porque, en el momento en que se introduce alguna duda acerca de su relevancia,  no disponemos de ningún otro vocabulario contra el cual medirlo, no tenemos  ningún recurso argumentativo que no sea circular (Rorty, 1991:91). Para él, la  identificación con nuestra comunidad se hace más fuerte cuando consideramos esta  comunidad como nuestra y no de la naturaleza, como <i>formada</i> y no encontrada, como  una entre las muchas que los seres humanos han construido. Frente a la búsqueda  de un fundamento fijo (filosofía sistemática) que haga conmensurables en un  discurso determinado o en un conjunto de reglas racionales todas las  aportaciones, su postura sostiene la idea de que sólo existen criterios de  racionalidad relativos a un particular sistema de pensamiento y a las prácticas  sociales de una determinada época (filosofía edificante).    <br> Para Rorty, el lenguaje de la ciencia y la cultura de la Europa del siglo XX fue  posible debido a un conjunto de circunstancias que cobraron fuerza a raíz de un  gran número de contingencias. Hay momentos en la historia en que, a causa de  todo tipo de accidentes históricos, se inventa un nuevo conjunto de metáforas,  distinciones y problemas que cautivan la imaginación de sus seguidores. Rorty  nos repite que <i>la historia de toda cultura</i> es una serie de contingencias,  accidentes, una historia del surgimiento y muerte de diversos juegos de lenguaje  y formas de vida.</p>      <blockquote>      <p align="justify"> Nuestro lenguaje y nuestra cultura no son sino una contingencia, resultado de  miles de pequeñas mutaciones que hallaron un casillero (mientras que muchísimas  otras no hallaron ninguno), tal como lo son las orquídeas y los antropoides.  Para aceptar esta analogía debemos seguir a Mary Hesse en su idea de que las  revoluciones científicas son redescripciones metafóricas de la naturaleza antes  que intelecciones de la naturaleza intrínseca de la naturaleza (Rorty, 1991:36).</p>  </blockquote>      <p align="justify"> En la confrontación de prácticas y lenguajes es donde radica la posibilidad de  autocreación, de pensarse a sí mismo y de entender la libertad como  reconocimiento de la contingencia. No podemos desvincularnos de nuestros  valores, historia, instituciones y tradiciones, ni asimismo los de nadie pueden  desvincularse de los suyos. Tal actitud es descrita por el autor en términos de  un <i>saludable etnocentrismo</i>. Dicho etnocentrismo es concebido como el medio de  establecer el nexo entre la postfilosofía y el liberalismo político, puesto que  permite entender la objetividad como intersubjetividad o, mejor, como  solidaridad. Así pues, cuando habla de una cultura postfilosófica indica la  necesidad de un desplazamiento de la filosofía sistemática a favor de una  filosofía edificante.     <br> Por una parte, lo común de los filósofos edificantes es que utilizan todos los  medios que pueden para expresar su escepticismo acerca de la totalidad del  proyecto de la conmensuración (filosofía fundacional). Por otra parte, los  filósofos edificantes quieren mantener un espacio abierto a la imaginación y al  sentimiento de admiración que causan los poetas –admiración por el hecho de que  haya algo nuevo bajo el sol, algo que no sea una representación exacta de lo que  estaba ahí, algo que (cuando menos por el momento) no se puede explicar y apenas  si es posible describir. Rorty nos ofrece la imagen del ironista, que queda  caracterizado por ser alguien que tiene dudas radicales y continua sobre el  vocabulario final que utiliza (Rorty, 1996).     <br> En este último aspecto, al referirse a lo que llama <i>ironista liberal </i>dice:</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>      <p align="justify"> Tomo mi definición de liberal de Judith Shklar, quien dice que los liberales son  personas que piensan que los actos de crueldad son lo peor que se puede hacer.  Empleo el término ironista para designar a esas personas que reconocen la  contingencia de sus creencias y esos deseos fundamentales remiten a algo que  está más allá del tiempo y del azar (....) Para nosotros, los ironistas, nada  puede servir como crítica de un léxico último salvo otro léxico semejante; no  hay respuesta a una redescripción salvo una re-redescripción. Como más allá de  los léxicos nada hay que sirva como criterio para elegir entre ellos, en la  crítica se trata de considerar ésta y aquella figura, no de comparar a ambas con  el original. Nada pueda servir como crítica de una persona salvo otra persona, o  como crítica de una cultura, salvo otra cultura alternativa, pues, para  nosotros, personas y culturas son léxicos encarnados (Rorty, 1991:17-98).</p>  </blockquote>      <p align="justify"> Así, cuando Rorty reflexiona sobre la moralidad de la comunidad histórica de  lenguaje concede un papel fundamental a la tradición como constitutiva de la  misma. La obligación moral no tiene una naturaleza o fuente distinta de la  tradición, el hábito y la costumbre. La moralidad es, sencillamente, una  costumbre nueva y discutible. Su modelo de edificación moral es deudor de la  concepción romántica de la autocreación, del poeta fuerte, único capaz de  comprender la contingencia. Para él,</p>      <blockquote>      <p align="justify"> El dolor no es algo lingüístico. Es el vínculo que a los seres humanos nos liga  con los animales que no emplean el lenguaje. Por eso las víctimas de la  crueldad, las personas que están padeciendo, no tienen algo semejante a un  lenguaje. Por eso no hay cosas tales como la voz del oprimido o el lenguaje de  las víctimas. El lenguaje que las víctimas una vez usaron, no opera ya, y están  sufriendo demasiado para reunir nuevas palabras. Así pues, el trabajo de llevar  su situación al lenguaje tendrá que ser hecho, en su lugar, por alguna otra  persona. <i>El novelista, el poeta o el periodista liberales son idóneos para eso</i> (Rorty,  1991:112).</p>  </blockquote>      <p align="justify"> En todo caso, la habilidad literaria del poeta fuerte en su creación y  producción de lúcidas y penetrantes metáforas permitiría sorprendentes  transformaciones de <i>Gestalt</i> y por ende cambios en la comunidad histórica de  lenguaje. No se trataría de procesos de autoperfección hacia alguna forma de  Humanidad superior, sino que implicaría un recurrente abandono de <i>lenguajes  obsoletos</i>. Lo que ocurre es más bien que, a causa de una serie de contingencias  históricas, el nuevo lenguaje le va dando pequeños codazos al primero, hasta que  lo hace a un lado. Rorty explica el progreso intelectual como literalización de  determinadas metáforas que refutan, redescriben y ensanchan un nosotros aún más  amplio y más abigarrado. La imaginación es el bisturí de la evolución cultural,  el poder que opera constantemente –dada la paz y la prosperidad– para hacer que  el futuro sea más rico que el pasado humano. Esta explicación del progreso  intelectual sintoniza con la noción nietzscheana de verdad como un móvil  ejército de metáforas.     <br> De cualquier manera, el sujeto moral rortiano no sería más que una red de  creencias, deseos y emociones, en constante estado de autocreación y  autoexploración. En palabras de Daniel Dennett <i>un centro de gravedad narrativa</i>.  Se trata de un ideal de autoformación, de expansión de las propias posibilidades  subjetivas y de multiplicación de las propias perspectivas a través de la  curiosidad, del constante aprendizaje que nos proporcionan nuestras contingentes  búsquedas y por consiguiente nuestro lenguaje. Si no hay un centro del yo,  entonces sólo hay diferentes maneras de insertar nuevas creencias y deseos  posibles en una trama ya existente de creencia y deseo.     <br> Para Rorty, <i>una ética sin obligaciones universales</i> es un enfoque antiuniversalista, en el sentido de que desalienta los intentos de formular  generalizaciones que abarquen todas las formas posibles de existencia humana. En  su ya conocida defensa del contextualismo radical esboza los elementos  fundamentales de la utopía liberal que persigue.</p>      <blockquote>      <p align="justify"> Una sociedad liberal es una sociedad cuyos ideales se pueden alcanzar por medio  de la persuasión antes que por medio de la fuerza, por la reforma antes que por  la revolución, mediante el enfrentamiento libre y abierto de las actuales  prácticas lingüísticas o de otra naturaleza con las sugerencias de nuevas  prácticas (..) Es una sociedad cuyos héroes son el poeta vigoroso y el  revolucionario porque reconoce que ella es lo que es, tiene la moralidad que  tiene, habla el lenguaje que habla, no porque se acerque a la voluntad de Dios o  la naturaleza del hombre, sino porque ciertos poetas y ciertos revolucionarios  del pasado han hablado como han hablado (Rorty, 1991:79).</p>  </blockquote>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> Su defensa del poeta o periodista liberal es una defensa del ámbito privado.  Conforme a él, en una cultura liberal ironista la asociación establecida entre  la teoría y la esperanza social, y entre la literatura y la perfección privada,  se invierte. En el seno de una cultural liberal cada vez más ironista los  filósofos son filósofos privados; comprometidos en la intensificación de la  ironía del nominalista y del historicista. <i>Su obra se adecua mal a los  propósitos públicos</i>. En consecuencia, el deseo de superar el abismo entre lo  público y lo privado sería entonces, nada menos que discrepancias residuales de  filosofía sistemática. Rorty separa abiertamente la noción de poeta fuerte de la  idea de responsabilidad social. Tanto la poesía fuerte como la filosofía  edificante devienen en asuntos privados. Lo propio de la esfera pública sería la  ingeniería social (Karl Popper), libre de pretensiones filosóficas, en la que  debemos limitarnos a reunir convicciones establecidas de nuestra tradición  política, y organizar las ideas intuitivas básicas y los principios implícitos  en esas convicciones en un principio coherente de justicia (John Rawls). La  literatura edificante debe mantenerse reservada al perfeccionamiento privado y  en cualquier caso no puede servir para criticar públicamente condiciones de vida  alienadas.     <br> Con un escepticismo juguetón y frívolo encara las cuestiones cruciales de  nuestra época. Una muestra clara de ello es su reflexión sobre el problema del  hambre y los derechos humanos. Para Rorty en un mundo en donde el hambre es  común, no nos resulta natural sacar la comida de la boca de nuestros hijos para  alimentar a un extraño y a sus hijos. Se interroga acerca de la pertinencia de  palabras como obligación y moralidad, cuando se trata de privar a nuestros hijos  de algo que quieren para enviar dinero a las víctimas de una hambruna en un país  que nunca hemos vistos, a personas que podríamos considerar repelentes, que no  querríamos que se casaran con nuestros hijos, a personas cuyo único reclamo a  que le prestemos atención es que se nos ha dicho que están hambrientas (Rorty,  1997:89). E insiste, no hay nada en lo profundo de nosotros, no hay una  naturaleza humana común, no hay ninguna solidaridad humana constitutiva, que  pueda usarse como punto de referencia moral.     <br> En un sentido claramente polémico y profundamente ambivalente explica la  emergencia de los derechos humanos en el mundo moderno. Para él, el pragmatista  puede coincidir con Nietzsche en que la idea de hermandad entre los seres  humanos sólo se le ocurrió a los débiles, a la gente desplazada por los  guerreros valientes, fuertes y felices que Nietzsche transforma en ídolos. Para  los pragmatistas los derechos humanos son construcciones, en tanto ser <i>una  construcción social</i> es, simplemente, ser el objeto intencional de cierto tipo de  oraciones usadas en algunas sociedades y no en otras.</p>      <blockquote>      <p align="justify"> Debatir la utilidad del conjunto de constructos sociales que llamamos derechos  humanos es debatir la cuestión de si las sociedades incluyentes son mejores que  las excluyentes. Y esto es debatir la cuestión de si las comunidades que  alientan la tolerancia ante el desviacionismo inocuo deben ser preferidas a  aquellas comunidades cuya cohesión social depende de la conformidad o de  mantener a distancia a los de afuera o de eliminar a los que tratan de corromper  a la juventud. La mejor señal de nuestro progreso hacia una cultura de derechos  humanos plenamente realizada puede ser la medida en la que dejamos de interferir  en los planes matrimoniales de nuestros hijos en función del origen nacional, la  religión, la raza o la riqueza del candidato, o porque el matrimonio va a ser  homosexual en vez de heterosexual (Rorty, 1997:98).</p>  </blockquote>      <p align="justify"> Partiendo de las consideraciones teóricas anteriores sería importante esbozar  algunos señalamientos críticos a la defensa del etnocentrismo occidental  rortiano. Primero, desde el contextualismo radical de Rorty, las prácticas de  justificación, al igual que todas las demás formas sociales de comportamiento,  dependen de nuestro lenguaje, de nuestras tradiciones, de nuestra forma de vida.  En tal caso, nuestra tradición en la perspectiva rortiana sería siempre  autoconfirmatoria. Antes bien, si aceptamos la afirmación de Rorty de que toda  justificación, ya sea del conocimiento o de elecciones morales, son contingentes  y adquieren sentido cuando se las refiere a prácticas sociales determinadas, de  todas formas seguimos encarando la labor crítica de determinar qué prácticas  sociales <i>son pertinentes, cuáles deben prevalecer y cuáles habrá que modificar o  abandonar</i>. Entonces habría que interrogarse acerca de cómo se da y cómo es  posible la crítica de la propia cultura y de las propias instituciones. Puesto  que, en este caso, no parece que se esté tratando con agentes que podrían  caracterizarse, utilizando las palabras de Harold Garfinkel, como imbéciles en  cuanto al juicio, ya que se supone que actúan de acuerdo con alternativas de  acción preestablecidas y legitimadas, proporcionadas por la cultura común.     <br> Pero, además, siguiendo a Richard Bernstein tendríamos que preguntarnos cómo  hemos de entender las prácticas sociales, cómo se generan, se sostienen y  mueren. En una forma aún más importante, queremos saber cómo se las va a  criticar, ya que en cualquier periodo histórico nos vemos confrontados no sólo  con una maraña de prácticas sociales, sino con prácticas que nos hacen  exigencias que entran en competencia y conflicto. Es de esperarse que pudiera  haber maneras inconmensurables de hablar en el marco de un lenguaje común.<sup>1</sup> En  consecuencia, desde la perspectiva defendida por Rorty existe el peligro de  cosificar la idea práctica social y de no saber apreciar que nuestras críticas y  argumentaciones acerca de lo que es racional y lo que es irracional son  constitutivas de tradiciones y prácticas sociales. En este caso, una de las  labores fundamentales es enfrentar los conflictos y confusiones de la  actualidad, tratar de diferenciar entre lo mejor y lo peor, centrarnos en la  autocrítica de nuestra propia tradición, y explorar cuáles prácticas sociales  pueden persistir y cuáles exigen reconstruirse, qué tipos de justificación son  aceptables y cuáles no.     <br> No podemos comprender los lenguajes, las teorías y las formas de vida como  sistemas cerrados y homogéneos que, por así decirlo, son autosuficientes y  envuelven sus propios criterios de validez, parámetros de solución, concepción  de la verdad o criterios de relevancia. Más bien, podríamos entender los juegos  de lenguaje y las formas de vida, utilizando la expresión de Richard Bernstein,  como una <i>constelación</i>, es decir, como un racimo de elementos contradictorios,  antagónicos y cambiantes, no integrados sino yuxtapuestos que resisten su  reducción a un común denominador o núcleo esencial (Bernstein, 1991a:9). De  hecho, el uso del lenguaje, que implica tanto la manera como la materia del  discurso, depende de la posición social del locutor, posición que rige el acceso  que éste pueda tener a la lengua de la institución, a la palabra oficial,  ortodoxa y legítima. Ya es sabido, en efecto, que el orden social debe en parte  su permanencia a la imposición de esquemas de clasificación que, ajustados a las  clasificaciones objetivas, producen una forma de reconocimiento de este orden,  forma que implica <i>el desconocimiento de la arbitrariedad de sus fundamentos</i>.     <br> De cualquier manera, la sofisticada defensa del <i>nosotros</i> rortiano se ejerce  desde una de las magistraturas sociales más poderosas de las sociedades  contemporáneas, el poder de condenar o de consagrar simbólicamente a través del  lenguaje de los expertos (como filósofo edificante). Las características  estilísticas del lenguaje de los novelistas, poetas fuertes o periodistas  liberales, proceden de la posición que ocupan en un campo de competencia esos  depositarios de una autoridad delegada. El lenguaje de los héroes de Rorty puede  ser considerado como una <i>formación de compromiso</i> en el sentido de Pierre Bourdieu, es decir, como el producto de una transacción entre unos intereses  expresivos, ellos mismos determinados por la posición ocupada en el campo y las  coacciones estructurales del campo en el cual se produce y circula el discurso  que funciona como censura (Bourdieu, 1985:69). El lenguaje poético como reserva  infinita de formas sensibles, en el sentido de Rorty, oculta y niega las  divisiones, subordinaciones, exclusiones y jerarquías sociales y culturales y  termina convirtiéndose en una forma de <i>apercepción de las profundas diferencias  y desigualdades de la propia comunidad histórica que defiende</i>. En este sentido,  la defensa de Rorty de la sociedad liberal en cuanto comunidad histórica de  lenguaje obscurece u olvida la violencia que hizo posible la construcción de  identidades estabilizadas tanto para la acción individual como para la acción  colectiva en Occidente. En todo caso, su argumentación contribuye a la  naturalización de las posiciones divergentes <i>y conflictivas de lo social y lo  cultural</i>. Por el contrario, su perspectiva tiende a allanar lo que es más  notorio de la vida social contemporánea, la quiebra del consenso político y  moral y el conflicto e incompatibilidad entre prácticas sociales competitivas  (Bernstein, 1991b:63).    <br> En segundo lugar, para Rorty se tiende a hablar de Occidente no como una  aventura en curso, llena de intrigas, en la que somos partícipes, sino como si  se tratara de una estructura de la que nos pudiéramos separar para  inspeccionarla a cierta distancia. Ello refleja el pesimismo sociopolítico que  ha venido afligiendo a los intelectuales, tanto de Europa como de Estados  Unidos, posterior al declive de las ideas socialistas, y como una consecuencia  de la profunda influencia de Nietzsche y Heidegger sobre la vida intelectual  contemporánea de Occidente. Su defensa de la tradición occidental es una  protesta firme a la tendencia a declarar –parafraseando a Heidegger– que  Occidente habría agotado sus posibilidades creativas (Rorty, 2001:20).    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Rorty define el propio <i>etnos</i> como el grupo ante el cual me siento obligado a  rendir cuentas. Para él, los estadounidenses no deben adoptar el punto de vista  de un espectador cosmopolita distanciado. Por el contrario, existe una necesidad  legítima de proteger a los EE UU como sociedad establecida y funcional contra la  entropía moral actual. En su confesión de manifestación extrema de  etnocentrismo, ha dilucidado este giro explicando que, como estadounidense, debe  insistir sobre la prioridad de la Constitución y de las instituciones políticas  de su país, sobre cualquier intento de crítica o legitimación filosófica de su  tradición local (Rorty, 1999:39). Y nos habla de dependencia de un consenso  apenas contingente, dentro de una tradición determinada. Él nos insiste: soy  norteamericano y nunca podré trascender esa condición. Soy completamente  dependiente de eso. Si se diera el caso de un debate con personajes tales como  Ignacio de Loyola o Nietzsche, asegura que no trataría de defender su tradición  mediante argumentos filosóficos, sino que se vería obligado a considerar a sus  oponentes como locos (Apel, 2001:230).     <br> Nos dice, nuestra cultura no es una de tantas <i>para nosotros</i>. Para él, tenemos  que partir de lo que somos, esto es parte de la fuerza del postulado de Wilfred  Sellars de que no estamos bajo ninguna otra obligación que las <i>intenciones  propias</i> de las comunidades con las que nos identificamos. En todo caso, la  defensa del <i>nosotros</i>, que está dedicado <i>a agrandarse a sí mismo</i>, a crear un  siempre mayor y más variado etnos, viene aparejada de un conjunto complejo de  problemas prácticos. Al enfocarse en una defensa del principio de autonomía  comunitaria soslaya los campos de intersecciones entre el <i>nosotros</i> y los  <i>otros</i> e  incurre en una ficción normativa. La ficción radica en el supuesto de que  podamos tratar los problemas de la comunidad histórica, sus principios y  valores, por referencia sólo a sociedades particulares, como puede ser la  norteamericana. Se trata de una ficción normativa.</p>      <blockquote>      <p align="justify"> El que en la filosofía política del mundo moderno –y ello hasta el reciente  debate entre liberales y comunitaristas– esta ficción normativa haya desempeñado  un papel predominante, tuvo que ver naturalmente conque no sólo el tema de la  filosofía política moderna –el orden interno de las sociedades modernas, los  derechos fundamentales de los ciudadanos frente al Estado, los recursos de  solidaridad en las condiciones introducidas por la modernidad, etc.– venía  definido de forma correspondiente, sino que tal restricción del tema a las  sociedades particulares concordaba ampliamente con la gramática política de un  sistema de Estados nacionales o Estados constitucionales soberanos (Wellmer,  1996:95).</p>  </blockquote>      <p align="justify"> En este sentido, la cuestión del <i>nosotros</i> no puede ser comprendida sobre la idea  falsa de que su tradición e historia puedan quedar contenidas dentro de  fronteras fijas de orden territorial, temporal o cultural. La identificación de  la sociedad con la nación y el entendimiento de la nación como una unidad  auto-contenida, a menudo conduce a la interpretación de los fenómenos económicos  internacionales como proyecciones externas de la dinámica endógena de las  naciones más avanzadas. Por eso erraríamos el <i>quid</i> si interpretásemos los juegos  de lenguaje desde esta ficción normativa, es decir, en términos de un sistema  común de reglas y criterios fijos, que hubiésemos de suponer semánticamente  cerrados y homogéneos en sí mismos.     <br> En una intervención relacionada con la ficción normativa, James Connolly llama  nuestra atención hacia la manera como una penetrante corriente oculta de la  teoría social y política deconstruye las fronteras entre un adentro y un afuera.  E insiste en que no podemos divorciar las formas como ha evolucionado la teoría  social y política en las sociedades occidentales de <i>las imaginaciones y  proyectos colonialistas e imperiales</i> que están profundamente arraigados en  dichas sociedades. De esta manera, aunque las heterogeneidades y complejas  diferencias que existen entre las categorías de occidental y no occidental, o  Norte y Sur, deben tenerse presentes constantemente, la memoria geopolítica  –re-evocar y re-presentar esas líneas divisorias cruciales en la naturaleza,  alcance y magnitud de las relaciones de poder– debe tomarse como componente  central de nuestro proyecto contemporáneo de análisis crítico (Slater,  2001:416-417).     <br> Desde esta perspectiva, cartografiar las interacciones e intersecciones entre el  <i>nosotros</i> y los <i>otros </i>en el amplio y conflictivo espacio de la modernidad sólo  puede percibirse desde una geopolítica del conocimiento ampliada hacia macroestructuras de larga duración (Mignolo, 2001:25). En consecuencia,  podríamos sostener que los planteamientos de Rorty tienden a ocultar y silenciar  los aspectos medulares del debate contemporáneo sobre la pluralidad cultural en  las sociedades modernas. Pero, además, su defensa del <i>nosotros</i> tiende a  privilegiar <i>una mirada aproblemática </i>sobre la actual configuración histórica de  Occidente, mostrando un apercibimiento de los medios y fines utilizados para el  logro y consolidación de los estándares de vida de la modernidad occidental.  Cabe, no obstante, una lectura que denuncia y cuestiona el intento de preservar  <i>la inocencia conceptual</i> (inconsciente) de su complicidad con la cultura de la  violencia lingüístico-simbólica, ejercida desde un lugar hegemónico en el  sistema mundial histórico.     <br> En todo caso, el pluralismo político, religioso, cultural e ideológico de Rorty,  más que a un vivo conflicto creativo permanente entre las culturas nos lleva a  un acentuado conformismo universal. En definitiva, la exploración rortiana nos  orienta hacia ámbitos conceptuales como el de comunidad, comunicación y  conversación, y, sin embargo, designa un abismo infranqueable, porque no se ve  acompañada de la correspondiente calidad democrática moral de la vida cotidiana  y porque a ella no responde ninguna relación transparente entre los procesos de  decisión política, por una parte, y las experiencias, necesidades y  posibilidades de acción colectivas e individuales, por otra. Su defensa  etnocentrista de Occidente resulta inadecuada desde la perspectiva de aquellos  marginados, discriminados y excluidos del sistema histórico capitalista.    <br> Una sociedad civil de tipo burgués democrático, que para Rorty es la mayor  esperanza para un nuevo orden mundial, recuerda un bazar rodeado por montones de  clubes privados exclusivos. Un mundo en el que el aislamiento étnico y racial se  está resquebrajando, en el que las distintas nacionalidades conviven en  conglomerados inevitablemente multiculturales, no puede mantenerse unido por una  cultura común, según Rorty; pero, después de todo, un bazar ordenado no  presupone la existencia de creencias comunes o valores compartidos. Sólo  requiere la aceptación de unas pocas reglas de procedimiento. Los valores y  creencias en conflicto no impiden a los que negocian en él sacar beneficios en  el regateo. El ironista liberal rortiano moralmente naufragado reafirma las  jerarquías sociales y culturales de siempre. De hecho, y ello resulta  particularmente contradictorio, Rorty realiza constantemente afirmaciones sobre  la naturaleza humana y asume incluso postulados de validez universal para  defender sus puntos de vista. Pero, igualmente, los inmuniza trastocando su  liberalismo en un fideísmo absolutista para utilizar la útil expresión de  Bernstein.     <br> Tras esta mezcla de novedoso posmodernismo discursivo con un antiguo y velado  conservadurismo político que tiende a neutralizar toda actividad crítica, se  esconde una perspectiva de la historia escatológica y esencialista (Bernstein,  1991a:215). El lenguaje de Rorty tranquiliza y reconforta a sus compatriotas,  primero, celebrando los valores tecnocráticos, autoconcepciones, y estructuras  económicas operando en (aunque no exclusivos de) las instituciones  norteamericanas y, segundo, sugiriendo que una vez que estos apoyos han sido  ofrecidos ya no queda mucho más por hacer.<sup>2</sup> La prosa de Rorty inhibe la  movilización discursiva de las energías políticas; cierra la conversación antes  que llegue a molestar todo aquello que está mal en Norteamérica.<sup>3</sup> Rorty abandona  la conversación exactamente cuando ésta devendría más intensa y desafiante. La  inconsistencia performativa de su argumentación se muestra en que él  –aparentemente liberal– admite la mera contingencia y relatividad de todos los  estándares normativos de la propia tradición cultural y, sin embargo, aboga por  ella de forma retórico-persuasiva, llegando incluso a aceptar dogmáticamente la  ruptura de la discusión frente a partidarios de tradiciones extrañas.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Su defensa de la sociedad liberal termina siendo naturalizada, cuando recurre a  una descripción neodarwinista de los humanos como seres vivos que desarrollan  instrumentos a fin de satisfacer necesidades y <i>adaptarse así, del mejor modo  posible, a su entorno</i>. Para él, el lenguaje es también <i>un instrumento</i> de este  tipo y no un medio para la exposición de la realidad. No importa si el  instrumento es un martillo o un arma o una creencia o una afirmación, el uso de  instrumentos es parte de la interacción del organismo con su entorno. Aquello  que nos parece normativo de la mente humana lingüísticamente construida pone de  manifiesto solamente que las operaciones inteligentes son funcionales para el  mantenimiento de una especie que, al actuar, tiene que habérselas bien con el  mundo (citado por Habermas, 2002:258-59).    <br> Antes bien, si nos situamos en el análisis de la reconfiguración de lo político  en las circunstancias contemporáneas, los planteamientos de Rorty no resultan  graciosas historias. Más bien están preñados de cruciales consecuencias  prácticas. No habría que olvidar que los niveles de bienestar de EE UU protegen  a una sexta parte de la población mundial (Santos, 2001:123). Es decir, están  restringidos a Norteamérica y, con la emergencia del Tercer Mundo interior,  estarán de manera creciente restringidos a una comunidad parcial dentro de  ellos.<sup>4</sup> El mundo ideal de Rorty se parece al mundo tal como es realmente, al  menos en EE UU; y muchos americanos están dispuestos a aceptarlo, supongo, como  el mejor de los mundos posibles. En su imaginativa intervención se soslayan las  dificultades prácticas de la política actual. Y se tiende más bien a una  pacificación de lo político utilizando la sugerente noción de Rancière.     <br> Ciertamente los temas cruciales de nuestra época aparecen oscurecidos en su  juguetona teorización. En todo caso, el hecho es que el Norte ha descubierto los  Sures de su propio territorio, y que del mismo corazón del Sur se han  consolidado y surgido Nortes que, a su vez tienen sus Sures (Contreras, 2000:5).  Pero, además, los países centrales tienden ahora a enfrentar a los otros en el  interior de espacios reconfigurados, tanto en sus propios países como en el  extranjero, en la medida en que los otros, que en épocas anteriores se  encontraban en continentes distantes o confinados a ubicaciones acotadas en los  países centrales, en la actualidad se multiplican y se disuelven al mismo tiempo  en los espacios nacionales de los países centrales. Con la interiorización de lo  exterior se fortalecen los patrones duplicados de ciudadanías de segunda y  tercera clase (el estatus jurídico de los migrantes dependerá de si son legales  o ilegales), y con ello los mecanismos de racificación de lo social, debido  principalmente al efecto del llamado «tercer mundo a domicilio».<sup>5</sup>    <br> Desde luego, ello ha implicado la revitalización y el desplazamiento de la  problemática del racismo en las sociedades contemporáneas. Lejos de ser un  anacronismo, el racismo está progresando y ha progresado como parte integrante  del desarrollo del sistema histórico mundial. En todo caso, el debate sobre la  pluralidad cultural –y la propia postura de Rorty sobre el etnocentrismo  estadounidense– no pueden disociarse de las diversas prácticas de racificación  de lo social. De cualquier manera, <i>el tema dominante del nuevo racismo</i> no es la  herencia biológica, sino la irreductabilidad de las diferencias culturales; un  racismo que, a primera vista, no postula la superioridad de determinados grupos  o pueblos respecto a otros, sino simplemente <i>la nocividad de la desaparición de  las fronteras</i>, la incompatibilidad de las formas de vida y de las tradiciones:  lo que se ha podido llamar, con razón, <i>un racismo diferencialista </i>(Balibar,  1991:37).    <br> El racismo diferencialista en lo que acertadamente Pierre-André Taguieff llama  <i>el efecto retorsión</i> naturaliza la cultura como una forma de encerrar <i>a priori</i> a  los individuos y a los grupos en una genealogía, una determinación de origen  inmutable e intangible. Al funcionar la cultura como medio natural del ser  humano, como atmósfera indispensable para su florecimiento y respiración  histórica, la desaparición de esta diferencia <i>acabará</i> provocando necesariamente  reacciones de defensa, conflictos interétnicos y un aumento general de la  agresividad. Los defensores del racismo diferencialista postulan que estas  reacciones son naturales, pero son también peligrosas. En un vuelco asombroso,  vemos como las doctrinas diferencialistas se proponen ellas mismas explicar el  racismo. Desde luego, lo que naturaliza no es la pertenencia racial sino el  comportamiento racista.     <br> En el fondo, el racismo diferencialista aparece como estrategia global de los  conservadurismos sociales y políticos. Es el racismo que una sociedad ejerce  contra sí misma, contra sus propios elementos, contra sus propios productos. Un  racismo de profilaxis y segregación del cuerpo social, de purificación  permanente del nosotros ante cualquier perspectiva de promiscuidad, de mestizaje  y de invasión de la(s) alteridad(es). Como lo ha sostenido Laclau, sólo una  identidad conservadora, cerrada en sí misma, puede experimentar los  intercambios, los diálogos y las hibridizaciones como una pérdida.    <br> La función globalizante del racismo, sus conexiones con el conjunto de las  prácticas de normalización y exclusión social y cultural, consolida un sistema  histórico de exclusiones y dominaciones complementarias, vinculadas entre sí.  Resulta claro que las desigualdades y discriminaciones no se han distribuido al  azar: desde los procesos de expansión de la economía mundo-capitalista han  estado relacionadas con ciertos grupos codificados en raza, religión o etnia,  tanto mundialmente como en el interior de los Estados (Contreras, 2001:31). La  raza, y por tanto el racismo, es la expresión, el motor y la consecuencia de las  concentraciones geográficas asociadas a la división axial del trabajo. La  autoridad de la raza como concepto organizador y clasificador se vio reforzada  durante el despliegue de la modernidad; la evidencia procedente de la  investigación científica fue compilada con el objeto de dar apoyo a la  pretensión de que la clasificación racial ayudaría a explicar las diferencias  entre los seres humanos.     <br> En consecuencia, los conceptos de raza autorizados y legitimados por la ciencia,  al combinarse con los proyectos de colonización que implicaban la distinción –y  en última instancia el control– de personas y grupos racialmente diferentes se  arraigaban y se desarrollaba, hasta convertirse en parte fundamental del acervo  común de la modernidad. En palabras de Edgardo Lander, el acoplamiento y la  extraordinaria continuidad entre el proyecto civilizador-colonizador y los  diversos discursos de legitimación de dicho proceso crearon los soportes  fundamentales para la naturalización y universalización de la cosmovisión  liberal (Lander, 2000:34). Los efectos culturales de la modernidad han formado  parte de la historia y la subjetividad local de nuestros países. El legado  subjetivo del colonialismo todavía permanece con nosotros.     <br>     <br> <b>Lo indecible: memoria y diálogo pluricultural</b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> La neutralización epistemológica del pasado siempre ha sido la contraparte de la  neutralización social y política de las clases peligrosas. En los últimos años  se ha formulado una miríada de agravios vinculados con acontecimientos ocurridos  hace tiempo. Lo común de las diferentes propuestas es su insistencia en que el  pasado, incluso el pasado lejano, contiene injusticias sin resolver que  mantienen las heridas abiertas. Lo que es evidente es que los reclamos por  agravios pasados reflejan la búsqueda de una injusticia intergeneracional que  complementa de diversas maneras el creciente respaldo a las responsabilidades  para con las futuras generaciones.     <br> La defensa de las minorías culturales, la recuperación de historias y  literaturas perdidas, la inspiración en renacimientos culturales, la  legitimación de la solidaridad social y comunitaria, la inspiración de resistir  contra la tiranía, el ideal de soberanía popular y movilización colectiva, son  unos de los tantos aspectos de la <i>política de la memoria</i>. Recordar nunca es un  acto silencioso de introspección o retrospección. Es un recordar doloroso, un  reunir el pasado desmembrado para que el trauma del presente tenga sentido  (Contreras, 2001:36). Obviamente, la política de la memoria tiene que extenderse  hasta una explicitación completa del racismo contemporáneo como sistema de  pensamiento y como relación social, resumen de toda una historia de  sojuzgamiento, exclusión y dominación que Occidente ha ejercido sobre los <i>otros</i>.    <br> En todo caso, y como un recordatorio de los conflictos indecibles, de las  soluciones apacibles y de los aires racionales de los discursos dominantes de  Occidente donde todo es coherente y armónico, se hace necesario deconstruir la  historia en singular colectivo ahora considerada como un mito colonizador. No  habría que perder de vista que las democracias liberales occidentales <i>han</i>  perpetrado limpiezas masivas, a veces equivalentes a un genocidio, en contextos  coloniales donde amplios grupos sociales se situaban por definición fuera de la  noción de pueblo.<sup>6</sup> Ese <i>nosotros</i> –el pueblo- estaba compuesto por grupos de  varones criollos blancos (europeos) acaudalados sobre una diversidad  jerarquizada de etnicidades y de culturas minoritarias condenadas a <i>asimilarse o  desaparecer</i>. Puesto que los pioneros deseaban legitimar el gobierno del pueblo,  al tiempo que se esforzaban en limitar la extensión del pueblo a los europeos,  tendían a desarrollar la noción de pueblo como raza.<sup>7</sup> En estas condiciones,<i> la  raza superior</i> no coincidía nunca con la totalidad de la población nacional ni se  limitaba a ella. Este es el primer sentido en el que el genocidio sistemático de  las culturas aborígenes constituía la cara oculta de la democracia y de la  civilización.<sup>8</sup> No se trataba de un producto de la democracia <i>per se</i>, sino de un  producto de la democracia en el marco de la explotación colonial (Mann,  2000:30).     <br> Así, en la narrativa occidental, el colonialismo europeo era necesario para  ayudar a las naciones atrasadas a romper con su antiguo patrón de estancamiento  e introducir el progreso. <i>Los países europeos tenían el deber y el derecho de  ayudar a las naciones bárbaras a convertirse en civilizadas </i>(Contreras,  2000:83). En todo caso, soportados en la convicción de que ciertos territorios y  pueblos necesitan y ruegan ser dominados, se construyeron nociones vinculadas a  tal dominación. Desde esta perspectiva se configuró un dispositivo de subjetivación doble con identidades infranqueables y excluyentes entre el  colonizador y el colonizado. De un lado, una subjetividad portadora de progreso  intelectual y material representada por la misión civilizadora del colonizador  europeo, ejercida básicamente hacia adentro de los Estados nacionales europeos,  en su intento por crear identidades homogéneas. Del otro, una subjetividad nueva  representada por el colonizado que era esencialmente racial, colonial, inmutable  y negativa, ejercida hacia fuera por las potencias hegemónicas del sistema  histórico mundial, en su intento de asegurar el flujo de materias primas desde  la periferia hacia el centro (Castro-Gómez, 2001:214).     <br> De esta manera, las poblaciones colonizadas fueron sometidas a la más perversa  experiencia de alienación histórica. La misión civilizadora buscaba asimilar lo  heterogéneo, racionalizar lo incongruente y, en definitiva, traducir lo Otro a  la lengua de lo Mismo. Es el tema, en suma, de la violencia del abrazo  imperialista de la razón. En estas circunstancias el patrón de dominación entre  los colonizadores y los otros fue establecido y organizado sobre la base de la  idea de raza, con todas sus implicaciones sobre la perspectiva histórica de las  relaciones entre los diversos tipos de la especie humana (Quijano, 2001:120). No  es de extrañar que las ciencias sociales hayan tenido un tenor racista,  especialmente cuando hacían referencia a la eliminación de lo inferior en  función de la conquista de lo superior en una obvia idea evolutiva de la  historia y las sociedades.     <br> Los inventarios, clasificaciones y categorizaciones de las poblaciones  realizados por los científicos sociales no se limitaban a la elaboración de un  sistema abstracto de reglas científicas, sino que tenían consecuencias prácticas  en la medida en que eran capaces de legitimar las políticas regulativas del  Estado. Utilizando palabras de Jacques Derrida, las ciencias sociales se  convirtieron para ese entonces en un <i>suplemento</i> fundamental del imaginario  social de conquista y colonización de América. Autorrecluidas en sí, abiertas a  su propia interioridad constitutiva, las ciencias sociales, ciegas a su propia  inscripción, contribuyeron como espacio de conocimiento a legitimar las diversas  formas de brutalidad, arrebato y sojuzgamiento del proceso colonizador europeo  (Castro-Gómez, 2000; Contreras, 2000; Lander, 20000; Quijano, 2000).     <br> Las taxonomías raciales se convirtieron en un vehículo primordial para tal  fijación, que quedaría más adelante sellada con el <i>imprimátur</i> de la ciencia,  autoridad emergente de la razón moderna, por medio de sus fórmulas empíricas y  precisas. Fue a través de la ciencia que los ejecutores del proyecto de la  modernidad trataron de tomar las diferencias morfológicas, culturales, sociales  e históricas existentes entre grupos de personas, para edificar con ellas una  jerarquía certificada por la razón, que acabaría por ocupar su propio lugar en  las disposiciones sociales y políticas del liberalismo. El liberalismo estaba  preparado por la Razón, tanto de la iluminación antigua como de la moderna, para  tratar con la diversidad a través de una jerarquía privilegiada por la razón,  que reducía el igualitarismo a la igualdad entre iguales. Las diferencias de los  colonizados quedaban así fijadas ontológicamente por medio de estrategias de  razonamiento articuladas al inicio por Aristóteles, desarrolladas histórica y  culturalmente por Hegel, y espiritual y biológicamente por la Biblia, por no  mencionar más que a unos pocos partícipes de esta gran conspiración.     <br> Desde la perspectiva que he venido delineando, las narrativas dominantes de la  modernidad se han construido sobre la base de exclusiones y negaciones que  sepultaban o enmascaraban dentro de coherencias funcionales o sistematizaciones  formales los contenidos históricos de este proceso civilizacional. En tales  circunstancias las operaciones visibles e invisibles que filtran, seleccionan,  descalifican y naturalizan la memoria histórica de los pueblos y territorios  sometidos tendieron a producir sus respectivas formas de amnesia histórica  (Foucault, 1992:21). La perspectiva moderna se ha caracterizado –como ha  subrayado Johanes Fabian– por una negación de la simultaneidad de cualquier  estilo de vida que sea distinto al suyo. Se define al <i>otro</i> de tal manera que su  estatus queda determinado <i>a priori </i>como inferior, pasajero e ilegítimo. En  consecuencia, las luchas por recuperar una narrativa autóctona del tiempo, de la  tradición, la historia y el conjunto de significados simbólicos asociados al  territorio de una nación determinada en América Latina, África, Asia y EE UU,  han formado parte esencial de una política de la memoria ejercida desde los  intersticios de la resistencia cultural (Slater, 2001:427).     <br> En el marco de la crisis de la modernidad y en un contexto sociopolítico de  profundización de las luchas sociales, culturales y ecológicas emergen formas  políticas de recuperar el pasado, de enfrentar la amnesia histórica y las  diversas formas de ejercicio del olvido.<sup>9</sup> Dicho contexto de conflictos y  antagonismos determina las formas en que estas luchas interpelan el pasado.  Pasado que se recupera a través de una política de la memoria que busca re-unir  lo destrozado. Frente al exterminio simbólico y material, las diversas formas de  resistencia social y cultural construyen nuevos arreglos enunciativos para  pensar lo ausentado. En tal sentido la memoria se constituye como un acto del  presente, pues el pasado no es algo dado de una vez para siempre. La lucha de  las diferentes identidades colectivas por rememorar sus respectivas historias  remite a un ámbito de representación donde reconocerse y ser reconocida. A su  vez, las posibilidades y alcances de esa lucha están marcados por la forma y la  dinámica de ese ámbito. La disputa de las memorias remite, pues, a la política  en tanto escenificación de las memorias posibles. En donde la memoria se  transforma en la representación de las posibilidades que nos están abiertas y de  los caminos que nos están vedados como efecto de la experiencia vivida. Como lo  diría T. Todorov, el pasado es fructífero, no cuando alimenta el resentimiento o  el triunfalismo, sino cuando nos induce amargamente a buscar nuestra propia  transformación (citado por Lechner, 2002:69).    <br> Adicionalmente, estas recuperaciones de pasados productivos están cimentadas en  múltiples y transversales luchas sociales, culturales y ecológicas que han  venido ampliando el <i>telos transformativo</i> de los movimientos sociales antisistémicos. Pero, además, el alcance de las luchas democráticas está  transformando los trazados de fronteras entre el adentro y el afuera, entre lo  social y lo político. Es en este contexto de agrietamiento general del proyecto  moderno, y de redescubrimiento de las luchas y de la memoria bruta de los  acontecimientos sojuzgados, que emerge la recuperación de los saberes sometidos  y de los conocimientos descalificados. Se trata, sobre todo, de una insurrección  de los saberes. Y no sólo contra los contenidos, métodos y conceptos de la  ciencia, sino también y de manera significativa contra los efectos de poder del  discurso científico. En todo caso, la emergencia de nuevos campos cognitivos y  políticos ha permitido encarar la necesaria transformación del campo  histórico-político que hizo posible el colonialismo y el imperialismo europeo  (norteamericano), y determinar las responsabilidades que otorguen derechos a  obtener compensación y que establezcan los criterios de participación en la  asunción de las cargas.<sup>10</sup>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> La apertura hacia otros campos de conocimiento permite distinguir entre las  diferencias culturales que no generan subordinación y las que sí lo hacen.  Dichas proposiciones llevarían esencialmente hacia la reestructuración del  conocimiento y a la redefinición de las condiciones de su transmisión y  construcción, así como hacia la introducción de nuevos campos cognitivos debido  a los avances del conocimiento y de los cambios económicos, sociales y  tecnológicos. La construcción de nuevos campos de intersección entre el <i>nosotros</i>  y los <i>otros</i> pasa por la edificación de un universalismo pluralista y  democrático, así como por la profundización del diálogo pluricultural. Éste  funciona también como un medio para trascender los confines de nuestras  comunidades históricas de lenguaje, y para ampliar el espacio de la comunicación intersubjetiva. Aun cuando ciertamente el poder del diálogo pluricultural puede  ser limitado, los límites de su poder no están determinados por los de los  sistemas conceptuales, puesto que una vez que nos percatamos de esos límites, ya  los rebasamos.     <br> En el caso de un diálogo pluricultural, la transacción no es sólo entre  conocimientos diferentes sino también entre culturas diferentes, es decir, entre  universos de significado diferentes e inconmensurables en sentido estricto. Ello  presupone un esfuerzo sostenido y permanente de traductibilidad entre lenguajes,  culturas e intereses que son asimétricos. La noción de traducción hace posible  entender cómo el contexto y el contenido son reconfigurados simultáneamente. La  traductibilidad no implica conmensurabilidad. Esto significa que las cadenas de  traducciones se convierten en interpretaciones y/o apropiaciones, de modo que la  traducción se configura como un desarrollo continuo de transformación,  enriquecimiento e incorporación de renovados procesos de aprendizajes,  cognitivos, sociales y culturales. Aunque se siguen reconociendo en su mayor  parte como culturas diferentes, hay entre ellas un área gris donde ocurren  frecuentes casos de fertilización cruzada, hibridación y migración.     <br> La perspectiva de la traductibilidad tiende hacia lo totalmente <i>otro</i>, hacia lo  absolutamente <i>otro</i>. Pero, de cualquier manera, es necesario que los otros entren  en la historia y se concreten políticamente para que el diálogo pluricultural  tenga sentido. En todo caso, y ello hay que destacarlo, la singularidad de la  experiencia occidental debe ser plenamente reconocida e históricamente contextualizada. En el esfuerzo de traductibilidad de universos  simbólicos-culturales inconmensurables, propondré siguiendo a Boaventura de  Sousa Santos, una hermenéutica diatópica. La hermenéutica diatópica está basada  en la idea de que los <i>topoi </i>de una cultura particular, sin importar qué tan  fuertes sean, son tan incompletos como la cultura misma. Tal «incompletud» no es  visible desde el interior de la misma cultura, debido a que la aspiración a lo  universal induce a tomar <i>pars pro toto</i>. La incompletud en una cultura debe ser  estimada desde los <i>topoi</i> de otra cultura. El objetivo de la hermenéutica  diatópica no es, por lo tanto, lograr la completud –lo que es considerado un  telos inalcanzable– sino, por el contrario, suscitar de la incompletud  recíproca, tanto como sea posible, la participación en el diálogo de la manera  que se haría si se tuviera un pie en una cultura y otro en otra. De aquí su  carácter diatópico. El reconocimiento de la incompletud y las debilidades  recíprocas es una <i>conditio sine qua non</i> del diálogo pluricultural (Santos,  2001:200-202).     <br> De esta consideración, por lo demás decisiva, se extrae la exigencia de una  reconsideración radical de la reciprocidad, por el hecho de que, disponerse  hacia el <i>otro</i>, como quien pudiera compensar el vacío, comporta un desequilibrio  y, en fin, una asimetría en la relación. Y se percibe, desde el inicio, que el  vacío no puede de ningún modo ser colmado. Las partes del diálogo son  contemporáneas, pero también lo son cada una de ellas y la tradición histórica  de sus respectivas culturas que las une ahora en el diálogo. Esta última forma  de contemporaneidad tiende a subvertir o a obstruir la primera, cuando ser  contemporáneo con el pasado propio implica la negación del otro como persona con  derecho a ser contemporáneo con su pasado propio. Esta es la situación más  probable cuando las diferentes culturas involucradas en el diálogo comparten un  pasado de intercambios desiguales. Para las sociedades de América Latina, África  y Asia, los intercambios culturales ocultan, niegan y obstruyen un pasado de  asimetrías estructurales configuradas por los estragos del proceso colonizador.  El imperialismo cultural y el epistemicidio han sido parte fundamental de la  trayectoria histórica de la modernidad occidental (Santos, 2001:208-209).    <br> En consecuencia, el dilema de un diálogo pluricultural es el siguiente: ¿ya que  en el pasado la cultura occidental volvió impronunciables algunas de las  aspiraciones a la dignidad humana de las culturas subordinadas, es posible ahora  pronunciarlas en el diálogo pluricultural sin que con ello justifique e incluso  refuerce su impronunciabilidad? Re-abrir y re-pensar el pasado en cuanto a lo  que vuelve a convocarnos para un diálogo pluricultural supone la construcción de  nuevos espacios enunciativos. Implica re-conocerse en la complejidad de sus  intersecciones y superposiciones coloniales, y en la crítica y deconstrucción de  esa herencia colonial. El tema de la memoria se remonta a una crítica de las  modernas condiciones de vivir. Sólo en la crítica a una cultura, según Georg  Lukács, la conciencia de esa tardanza no es olvido. No es nostalgia ni estilo,  sino el instante de una nueva memoria.    <br> Una vez que se ha aceptado la posibilidad de diálogos pluriculturales, las  experiencias culturales quedan transfiguradas en nuevas entidades y nuevas  conexiones. El desarrollo alternativo de conocimiento crítico incita al cruce de  fronteras y a la vinculación del adentro con el afuera, pero lo hace dentro de  un marco que requiere reconocimiento y reciprocidad y en un contexto que  trascienda los límites. Uno de nuestros retos futuros es combinar las  percepciones que ganaremos a partir de la hibridización de conocimientos con una  continua interrogación sobre las múltiples formas de poder y resistencia  (Slater, 2001:435)    <br>     <br> <b>La búsqueda de nuevas gramáticas</b>    <br> Una obra teórico-filosófica no es un objeto aislado que debe interpretarse  únicamente desde los púlpitos seguros del <i>formalismo academicista universitario</i>.  Pues la interpretación formalista establece una autoridad irrebatible del autor  y su obra que aísla y clausura otras posibilidades interpretativas. Pero también  excluye la intención y el contenido de la obra, así como la agencia social e  histórica identificable de su elaboración. En este sentido, la obra de Rorty no  es un objeto filosófico que flota libre y autónomamente por derecho propio, por  el contrario, refleja las contradicciones y antagonismos del contexto  histórico-político que la hace posible. Contexto histórico-político signado por  el incremento de las desigualdades sociales, la segregación y discriminación  cultural, la migración subordinada y la aceleración de las presiones ecológicas  en el sistema histórico. En efecto, la defensa rortiana del <i>nosotros como  estrategia de contención</i> se dirige insistentemente hacia la <i>clausura </i>de las  contradicciones y antagonismos del contexto histórico-político que el texto en  vano trata de controlar y reprimir. En este caso, la función de inventar  soluciones imaginarias –como el <i>nosotros</i> rortiano– a contradicciones sociales  insolubles tiene que verse como un acto ideológico por derecho propio. Desde  esta perspectiva, la estrategia de contención rortiana puede desenmascararse  únicamente por medio de la confrontación con el telos normativo de sociedad que  implica y a la vez reprime.     <br> En este sentido, cuando la expansión y el dominio occidental están garantizados,  sobre todo mediante la intensificación progresiva de la mundialización económica  y comunicacional, la producción de alteridades enemigas en el imaginario  euro-norteamericano sirve para justificar y legitimar la exclusión social y  cultural, y por consiguiente, contribuye al cierre de las fronteras  territoriales y simbólicas de Occidente.<sup>11</sup> «A decir verdad, para regocijo de  nativistas y neofascistas de todas partes, todo el bloque de la OCDE parece  estar elevando puentes levadizos y echando cerrojo a las puertas para mantener a  raya al resto de la humanidad» (Davis, 2002:45). En consecuencia, las  posibilidades desafortunadas para el diálogo pluricultural se instalan, de  nuevo, en la civilización misma, particular e irónicamente quizás en una  civilización euro-norteamericana que está reflexionando sobre la necesidad de  crear y consolidar espacios para pensar el<i> factum del pluralismo</i>.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> En todo caso, en el pasado reciente del sistema histórico mundial se puede  encontrar una pluralidad de movimientos sociales y políticos que persiguen  nuevas posibilidades de existencia societal. Movimientos que apuntan tanto a la  atención de las desigualdades sociales (redistribución) como a la  singularización de las diferencias culturales (reconocimiento). La impronta de  los movimientos sociales y políticos ha desnaturalizado las identidades  hegemónicas abriendo espacios para promulgar nuevas posibilidades de existencia  identitarias. Esto es particularmente relevante si consideramos que la exclusión  de la alteridad (la mujer, el indio, el negro, el homosexual y el pobre) ha sido  uno de los signos de la violencia simbólica y material en la construcción de los  límites identitarios de la sociedad liberal occidental.<sup>12</sup> Pero, además, como  consecuencia de la profunda crisis epocal euro-americana ha surgido un conjunto  de plurales recuperaciones teórico-críticas de narrativas e historias  (mnemohistorias) sobre el trauma y la conflictividad de la relación entre  Occidente y los otros; dichas teorizaciones han devenido en un cuestionamiento  radical a la <i>Historia en singular colectivo</i>, y como acontecer teórico-práctico  han develado un escepticismo alrededor de la promesa moderna de bienestar y  emancipación. Los desplazamientos y nuevos énfasis en los debates de las  ciencias sociales hacia la cuestión de la cultura en las últimas décadas no son  meramente un accidente. Este hecho se sigue de la descomposición de la doble fe  decimonónica en los escenarios político y económico como <i>loci</i> del progreso  social y, por consiguiente, de la salvación individual.     <br> Antes bien, la búsqueda de alternativas a las configuraciones  socio-institucionales excluyentes y desiguales del mundo moderno exige un  esfuerzo de deconstrucción y crítica del carácter naturalizado que ha adquirido  la sociedad capitalista-liberal. La naturalización de lo social, entendida como  la transfiguración del orden social en un aparente orden natural, requiere de la  profundización de la crítica y el cuestionamiento del conjunto de saberes que  conocemos globalmente como ciencias sociales, los cuales no sólo han legitimado  el <i>establisment actual</i>, sino que también han conducido a grandes exclusiones y  negaciones de la <i>realidad</i> (Lander,2000:13, Lechner,2002:15). Pero ello sólo es  posible con una estrategia crítico-deconstructiva de <i>dessedimentación</i> de lo  social. Dicha estrategia persigue dislocar las nervaduras de un orden social  naturalizado. La dessedimentación permitiría desnudar su contenido político, y  puesto que lo social se expresa a través de una pluralidad de formas, la  deconstrucción de los supuestos sociales, en su multiforme pluralidad, revelaría  la naturaleza potencialmente proteica de lo político. La estrategia de crítica y  deconstrucción constituye una palanca de intervención activa que se ejerce no  sólo en el ámbito teórico sino también, de manera decisiva, en el terreno  político-práctico (Slater, 2001:418).     <br> En este sentido, la combinación y complementación de una estrategia de  <i>dessedimentación</i> de lo social con el diálogo pluricultural implicaría avanzar  hacia una concepción mestiza y pluricultural de los derechos de ciudadanía, lo  que significaría que todas las culturas serían consideradas problemáticas frente  a la idea de derechos humanos. En consecuencia, una teoría de la ciudadanía  mestiza y pluricultural sería sólo un primer paso hacia una conciencia  individual y colectiva cosmopolita. Para ello se hace necesario encontrar e  inventar otros modos de participación social y política ciudadana que permitan  revitalizar, repensar y reconfigurar las democracias modernas. El panorama  alienta la reinvención de la ciudadanía en forma de participación en iniciativas  cívicas de distinto tipo y en múltiples espacios, incluyendo los conflictos  políticos por el reconocimiento y la redistribución, los intentos  transnacionales de promover los derechos humanos y la paz, las múltiples luchas  para proteger el medio ambiente, la agenda alternativa del Sur y la emergente  búsqueda de una regulación de las fuerzas globales del mercado.     <br> Dicho panorama representa una sustracción más de energía a los terrenos  tradicionales de la acción ciudadana occidental. El futuro de la ciudadanía y la  democracia como telos normativo, es hoy uno de los temas relevantes del debate  público internacional, pero tiene que ser abordado atendiendo a las necesidades  de establecer diálogos pluriculturales. Semánticamente, es posible discernir en  esto o bien indicios del declive de la idea de ciudadanía o los elementos  rudimentarios de una ciudadanía cosmopolita emergente que acompañaría a la  formación de una sociedad civil global. Esto implica avanzar en una crítica al  carácter discriminatorio del funcionamiento de la política moderna de  ciudadanía.<sup>13</sup> La noción de ciudadanía ha sido un centro vital de la vida  política del Estado-nación moderno. Para los efectos de mi posición en este  punto bastará mencionar, antes bien, que el concepto moderno de ciudadanía  siempre ha operado en articulación con un concepto más amplio de pertenencia que  está también fundado territorialmente y que está destinado a cubrir una amplia  gama de estatus de personas que no son ciudadanos plenos. Los derechos  ciudadanos, así entendidos, son de carácter exclusivo o excluyente. Mediante  ellos los hombres y mujeres en un territorio determinado se dividen en dos  clases: aquéllos que disfrutan de derechos de ciudadanía (en una determinada  sociedad) y aquéllos que no los tienen (en esa sociedad).    <br> Naturalmente la <i>exclusividad</i> fáctica de tales derechos ciudadanos no es ninguna  ficción. Esto significa, esencialmente, que el problema de la legitimidad  política en las sociedades modernas puede plantearse sin tomar en consideración  el contexto universalista de tal problema. En todo caso, no podemos eludir el  hecho trivial de que las sociedades modernas están inmersas en crecientes  procesos de mundialización. Dicha mundialización ocasiona que las decisiones  económicas y políticas que podríamos llamar locales, aun cuando se tomen  democráticamente afectan o <i>co-afectan</i> a cada vez más hombres y mujeres en  sociedades que no han participado en absoluto en la toma de esas decisiones. Con  esto puntualizo aquellos aspectos vinculados al entrelazamiento internacional de  la política y la economía, a la explosiva interdependencia Norte-Sur, al peligro  de una catástrofe ecológica de tipo global, así como la realidad internacional  de grandes corrientes de refugiados y emigrantes, los cuales representan un  conjunto de problemas prácticos y morales de primer orden, cuyos significados  esenciales no pueden ya ser entendidos recurriendo a los términos de las  categorías morales y políticas convencionales. De modo tópico, la conexión  conceptual entre derechos ciudadanos particulares y derechos humanos universales  se convierte por primera vez en un desafío verdaderamente dramático para las  sociedades contemporáneas.     <br> Este desafío societal se sigue del doble nexo existente entre derechos humanos y  derechos de ciudadanía. Por un lado, la idea de derechos humanos, como ya vio  Kant, no puede desvincularse del imperativo de su positivización jurídica. Y  esta cuestión no se formula más como una cuestión moral individual, sino como un  problema planteado al orden jurídico internacional. En cierto modo, las  sociedades sólo pueden actuar moralmente en el plano de su sistema jurídico.  Pero para las crecientes zonas de problemas en los que no se trata ni de  regulación de asuntos internos, ni de la relación entre las sociedades  occidentales con otras, cabe decir que el imperativo de positivización jurídica  significa un desafío al sistema jurídico para las sociedades occidentales  industrializadas principalmente. Conforme a la lógica universalista de su  autocomprensión democrática, tienen que hacer valer de alguna forma en su propio  sistema jurídico los derechos humanos de los no ciudadanos.<sup>14</sup> Esto  implica la posibilidad de construir ciudadanías menos nacionales y más  igualitarias, de tal manera que la diáspora jurídica de millones de personas  pueda llegar a su fin.<sup>15</sup>     <br> Por otro lado, la dispersión y multiplicación de la ciudadanía en diferentes  campos sociales presupone el surgimiento de nuevas personalidades jurídicas,  diferentes del individuo liberal monolítico y del Estado. Aquí se encuentra el  ideal de una comunidad política y una sociedad civil nuevas. La conexión interna  entre democracia y derechos de ciudadanía supone la inscripción de un <i>telos</i>  normativo supranacional. Las perspectivas de una sociedad cosmopolita y  democrática se refieren a la supresión de las diferencias entre derechos humanos  y derechos de ciudadanía, en el sentido del imperativo categórico marxiano, a  saber, el de subvertir todas las relaciones en las que el ser humano se  convierte en un ser humillado, avasallado, abandonado, despreciable (Wellmer,  1996:98-99).     <br>     <br> <b>Referencias bibliográficas    <br> </b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 1. <b>Altvater, Elmar</b> y <b>Mahnkopf, Birgit </b>(2002). <i>Las limitaciones de la globalización:  economía, ecología y política de la globalización</i>, Ciudad de México, Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773455&pid=S1012-2508200300030000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 2. <b>Apel, Karl Otto</b> (2001). «Una macroética planetaria para la humanidad: necesidad,  dificultad aparente y posibilidad eventual», en Deutsch, Eliot, ed., <i>Cultura y  modernidad: perspectivas filosóficas de Oriente y Occidente</i>, Barcelona, Kairós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773457&pid=S1012-2508200300030000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 3. <b>Balibar, Etienne</b> (1991). «¿Existe un neorracismo?», en Wallerstein, Immanuel y  Balibar, Etienne, <i>Raza, nación y clase</i>, Madrid, Iepala.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773459&pid=S1012-2508200300030000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 4. <b>Bernstein, Richard</b> (1991a). <i>New Constellation: The Ethical-Political Horizons of  Modernity/Posmoderty</i>, Boston, MIT University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773461&pid=S1012-2508200300030000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 5. <b>Bernstein, Richard</b> (1991b). <i>Perfiles filosóficos: ensayos a la manera  pragmática</i>, Madrid, Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773463&pid=S1012-2508200300030000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 6. <b>Bourdieu, Pierre</b> (1985). <i>¿Qué significa hablar?</i>, Madrid, Ediciones Akal.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773465&pid=S1012-2508200300030000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 7. <b>Castro-Gómez, Santiago</b> (2000). «Ciencias sociales, violencia epistémica y el  problema de la invención del otro», en Lander, Edgardo, comp., <i>La colonialidad  del saber: eurocentrismo y ciencias sociales perspectivas latinoamericanas</i>,  Caracas, Unesco-Faces/UCV.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773467&pid=S1012-2508200300030000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 8. <b>Contreras, Miguel </b>(2000). <i>El posdesarrollo en la búsqueda de un regionalismo  crítico</i>, Caracas, Serie Mención Publicación, Cendes-UCV.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773469&pid=S1012-2508200300030000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 9. <b>Contreras, Miguel </b>(2001). «Ciudadanía, pluralidad y emancipación: perspectivas  democráticas de un debate en ciernes», <i>Cuadernos del Cendes</i>, año 18, n° 48,  segunda época, septiembre-diciembre, Caracas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773471&pid=S1012-2508200300030000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 10. <b>Davis, Mike</b> (2002). «Las llamas de Nueva York», <i>New Left Review</i>, n° 12,  enero-febrero, Madrid.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773473&pid=S1012-2508200300030000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 11. <b>Falk, Richard</b> (2002). <i>La globalización depredadora: una crítica</i>, Madrid, Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773475&pid=S1012-2508200300030000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 12. <b>Foucault, Michel</b> (1992). <i>Genealogía del racismo: de la guerra de las razas al  racismo de Estado</i>, Madrid, Ediciones de La Piqueta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773477&pid=S1012-2508200300030000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 13. <b>Habermas, Jürgen </b>(2002). Verdad y justificación, Madrid, Trotta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773479&pid=S1012-2508200300030000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 14. <b>Lander, Edgardo </b>(2000). «Las ciencias sociales: saberes coloniales y  eurocéntricos», en Lander, Edgardo, comp., <i>La colonialidad del saber:  eurocentrismo y ciencias sociales perspectivas latinoamericanas</i>, Caracas, Unesco-Faces/UCV.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773481&pid=S1012-2508200300030000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 15. <b>Lechner, Norbert</b> (2002). <i>Las sombras del mañana: la dimensión subjetiva de la  política</i>, Santiago de Chile, Ed. LOM.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773483&pid=S1012-2508200300030000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 16. <b>Mailer, Norman</b> (2003). ¿<i>Por qué estamos en guerra?</i>, Barcelona, Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773485&pid=S1012-2508200300030000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 17. <b>Mann, Michael</b> (2000). «La cara oculta de la democracia: la limpieza étnica y  política como tradición moderna», <i>New Left Review</i>, n° 1, febrero, Madrid.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773487&pid=S1012-2508200300030000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 18. <b>Mignolo,Walter</b> (2001). «Introducción», en Mignolo, Walter, comp., <i>Capitalismo y  geopolítica del conocimiento: el eurocentrismo y la filosofía de la liberación  en el debate intelectual contemporáneo</i>, Buenos Aires, Ediciones del Signo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773489&pid=S1012-2508200300030000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 19. <b>Quijano, Aníbal</b> (2000). «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América  Latina», en Lander, Edgardo, comp., <i>La colonialidad del saber: eurocentrismo y  ciencias sociales perspectivas latinoamericanas</i>, Caracas, Unesco-Faces/UCV.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773491&pid=S1012-2508200300030000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 20. <b>Quijano, Aníbal </b>(2001). «Colonialidad del poder. Cultura y conocimiento en  América Latina», en Mignolo, Walter, comp., <i>Capitalismo y geopolítica del  conocimiento: el eurocentrismo y la filosofía de la liberación en el debate  intelectual contemporáneo</i>, Buenos Aires, Ediciones del Signo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773493&pid=S1012-2508200300030000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 21. <b>Rorty, Richard</b> (1991). <i>Contingencia, ironía y solidaridad</i>, Barcelona, Paidós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773495&pid=S1012-2508200300030000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 22. <b>Rorty, Richard</b> (1996). <i>Objetividad, relativismo y verdad</i>, Barcelona, Paidós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773497&pid=S1012-2508200300030000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 23. <b>Rorty, Richard</b> (1997). <i>¿Esperanza o conocimiento? Una introducción al  pragmatismo</i>, Buenos Aires, F.C.E.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773499&pid=S1012-2508200300030000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 24. <b>Rorty, Richard </b>(1999). <i>Forjar nuestro país: el pensamiento de izquierda en los  Estados Unidos del siglo XXI</i>, Barcelona, Paidós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773501&pid=S1012-2508200300030000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 25. <b>Rorty, Richard</b> (2001). «Filósofos, novelistas y comparaciones interculturales: Heidegger, Kundera y Dickens», en Deutsch, Eliot, ed.,  <i>Cultura y modernidad:  perspectivas filosóficas de Oriente y Occidente</i>, Barcelona, Kairós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773503&pid=S1012-2508200300030000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><br> 26. <b>Santos, Boaventura de Sousa</b> (1998). <i>De la mano de Alicia: lo social y lo  político en la postmodernidad</i>, Santafé de Bogotá, Siglo del Hombre-Uniandes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773505&pid=S1012-2508200300030000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 27. <b>Santos, Boaventura de Sousa</b> (2001). <i>La globalización del derecho: los nuevos  caminos de la regulación y la emancipación</i>, Santafé de Bogotá, UNC-ILSA.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773507&pid=S1012-2508200300030000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 28. <b>Slater, David</b> (2001). «Repensar la espacialidad de los movimientos sociales:  fronteras, cultura y política en la era global», en Escobar, Arturo, Álvarez,  Sonia y Dagnino, Evelina, eds., <i>Política cultural &amp; cultura política: una nueva  mirada sobre los movimientos sociales latinoamericanos</i>, Santafé de Bogotá,  Taurus-Icanh.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773509&pid=S1012-2508200300030000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 29. <b>Stevens, Jacob</b> (2002). «Atrancar las puertas», <i>New Left Review</i>, n° 12,  enero-febrero, Madrid.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773511&pid=S1012-2508200300030000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 30. <b>Wellmer, Albrecht</b> (1996). <i>Finales de partida: la modernidad irreconciliable</i>,  Madrid, Ediciones Cátedra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773513&pid=S1012-2508200300030000300030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>NOTAS    <br> </b>    <br> 1 Estamos pensando en los desacuerdos y controversias morales, en determinadas  decisiones judiciales, en la actual declaración de guerra unilateral contra  Irak, en las políticas estadounidenses contra el terrorismo nacional e  internacional, en las explicaciones históricas, en los conflictos teóricos y  políticos acerca del pluralismo cultural, la inmigración, las políticas  sociales, entre otros aspectos de inconmensurabilidad (Wellmer,1996:184).    <br>     <br> 2 «No creo que los liberales podamos ahora imaginar un futuro de dignidad  humana, libertad y paz. Esto es, no podemos contarnos la historia de cómo salir  del presente real para dirigirnos hacia un futuro así. Podemos imaginar diversos  sistemas económicos que sean preferibles al actual. Pero no percibimos con  claridad el modo de abandonar el mundo real para pasar a esos mundos  teóricamente posibles, y no tenemos por tanto una idea clara de aquello por lo  que debemos trabajar» (Rorty,1991:200).    <br>      <br> 3 En este aspecto, Richard Falk, refiriéndose a la manipulación de la agenda de  los derechos humanos en EE UU, escribía acerca de una política de invisibilidad  y una política de supervisibilidad. Como ejemplo de invisibilidad, mostró como  los medios ignoraron al pueblo de Maubere de Timor Oriental que estaba siendo  diezmado (500 mil vidas). Y como política de supervisibilidad, mencionó la  presteza con la que los abusos contra los derechos humanos de los regímenes  revolucionarios de Irán y Vietnam fueron denunciados por EE UU  (Santos,1998:354).    <br>     <br> 4 Para un autor como Michael Dummett, la relación entre la renta real per cápita  de los países más ricos y la de los países más pobres, que era de 3 a 1 en 1800  y de 10 a 1 en 1900, había aumentado a 60 a 1 para 2000. La guerra de alambre de  espino y patrullas fronterizas a lo largo de las fronteras del mundo rico habla,  por el contrario, de una defensa pétrea de la desigualdad global. Pero, además,  como un claro ejemplo de esto último tenemos la defensa del gobierno de George  Bush padre, que insistió en su momento en que el estándar de vida americano <i>no  es negociable</i> (Stevens, 2002:145-149; Falk, 2001:258-259).    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 5 A pesar de la igualdad jurídica externa de los ciudadanos/nacionales de los  propios Estados, las prácticas discriminatorias interiores en el seno de éstos  se han convertido en algo trascendental e incluso la lucha por una participación  equilibrada de todos los ciudadanos plantea una miríada de cuestiones  subsidiarias sobre el género, la raza, la clase, la religión y la región  (Santos, 2001).    <br>     <br> 6 En palabras de Beatriz González, los manuales de urbanidad para ser buen  ciudadano (el muy famoso de Carreño publicado en 1854) se diseñaron como un  intento de reglamentar la sujeción de los instintos, el control sobre los  movimientos del cuerpo, la domesticación de todo tipo de sensibilidad  considerada como bárbara. Por eso, el manual establece el cultivo de la  sociabilidad como un principio rector para la conservación y el progreso de los  pueblos. Ese nosotros al que hace referencia el manual es, entonces, el  ciudadano burgués, al que se dirigen las constituciones republicanas; el que  sabe cómo hablar, comer, utilizar los cubiertos, sonarse la nariz, tratar a los  sirvientes, conducirse en sociedad. Es el sujeto que conoce perfectamente el  teatro de la etiqueta, la rigidez de la apariencia, la máscara de la contención  (citado por Castro-Gómez,2000:209).    <br>      <br> 7 La carrera del concepto raza comienza en la oscuridad, puesto que los expertos  siguen discutiendo sobre si el término procede de fuentes árabes, latinas o  alemanas. La idea de raza venía, probablemente, formándose durante las guerras  llamadas de reconquista en la península ibérica. Pero como sede y fuente de  relaciones sociales y culturales concretas fundadas en diferencias biológicas,  la idea de raza se constituyó junto con América, como parte de y en el mismo  movimiento histórico que el mundo del capitalismo colonial, junto con Europa  como centro de este nuevo mundo y con la modernidad (Quijano,1992, 2001).    <br>     <br> 8 Naturalmente, una vez que <i>la nación ha sido limpiada</i>, se requiere poca  violencia adicional. Los Estados-nación pueden prosperar impecablemente sobre  <i>las fosas comunes de quienes fueron purgados</i>. En América del Sur y Central, así  como en algunas zonas de Asia y Oceanía, la limpieza de pequeños pueblos  indígenas continúa perpetrada en su mayor parte por colonos paramilitares  locales. El colmo de la ironía es que las excolonias de pioneros, que fueron  purgadas en su día y que posteriormente han recibido inmigración masiva, pueden  incluso hacer gala de multiculturalismo. Si bien <i>los pueblos indígenas  permanecen en silencio porque están ausentes</i>, los nuevos inmigrantes no han sido  asociados con un Estado externo, ni exigen autonomías regionales amenazantes  (Mann, 2000:47) (las cursivas son mías).    <br>     <br> 9 No habría que olvidar que los procesos de colonización europeo han sido  confrontados a lo ancho de todo el sistema mundial por múltiples y ricos  procesos de resistencia cultural, identificación e indigenización (Quijano,  2001).    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 10 Los estragos del colonialismo euro-norteamericano cuyos efectos todavía  resuenan en el período post-colonial han venido siendo enfrentados por una  multiplicidad de luchas sociales y políticas por recuperar la memoria histórica.  Pero también en el debate sobre la responsabilidad común emprendido en el seno  de las Naciones Unidas. En este particular la Conferencia Mundial contra el  Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de  Intolerancia realizada en Durban en agosto de 2002 acordó a través de un Plan de  Acción establecer las cargas, responsabilidades y compensaciones del  colonialismo europeo y americano para con sus excolonias. Dada la creciente  desigualdad global tales tentativas de crear tribunales imparciales parecen una  fantasía. El ejercicio de la violencia imperial de EE UU como superpotencia  militar socava dichas posibilidades. Obviamente, nos encontramos en una  reedición compleja de las prácticas coloniales e imperiales de los siglos  precedentes y en un momento de crisis terminal del sistema de la ONU como  consecuencia de la Declaración de Guerra Unilateral de los EE UU contra Irak. En  cualquier caso, el aumento exponencial de la resistencia a la guerra de los  movimientos antisistémicos (pacifistas, ecologistas, culturales), la  transversalidad y espacialidad de sus prácticas, dejan entrever que las  tensiones irán aumentando.    <br>      <br> 11 Un documento prematuramente preparado en 1992, denominado «Proyecto para un  nuevo siglo americano», se convirtió, tras el 11 de septiembre, en la política  del gobierno de George W. Bush. El documento veía a EE UU como un coloso que se  alzará sobre el mundo, imponiendo su voluntad y manteniendo la paz mundial  mediante el poder militar y económico. En 1992, el Secretario de Defensa era  Richard Cheney, y el documento lo redactó Paul Wolfowitz, quien en aquella época  era Subsecretario de Defensa para la formulación de políticas. Este documento  pretende señalar el nacimiento oficial de EE UU como<i> imperio mundial</i> de pleno  derecho, poseedor único de la responsabilidad y la autoridad como policía  planetario (Mailer, 2003:69-70).    <br>     <br> 12 Como lo dice Norman Mailer, después del 11 de septiembre los estadounidenses  padecieron una profunda crisis de identidad colectiva, crisis identitaria que se  expresaba a través de un patriotismo febril. Se formulaban preguntas sobre la  idiosincrasia nacional que la mayoría de ellos no se había hecho. Preguntas  como: ¿Por qué nos odian tanto? ¿Cómo puede alguien tenernos tanto rencor? No  hacemos mal a nadie. <i>La defensa de la América amenazada </i>realizada por el  presidente Bush se convirtió, con sus propias y encendidas hipérboles, en una  nueva fuente de fortaleza de la identidad nacional estadounidense. Como esporas  de pesadilla, la alteridad –árabes, coranes y esporas– se convirtió en la  obsesión central de esa interminable combinación de sesión informativa del  Pentágono y de ceremonial de Bush que pasa por televisión estadounidense. En las  seis semanas que siguieron al 11 de septiembre, los grupos pro derechos civiles  estiman que hubo por lo menos 6 asesinatos y 1.000 agresiones graves cometidas  contra personas percibidas como árabes o musulmanas.    <br>     <br> 13 En la actualidad, los temas de inmigración y asilo se han trasladado al  centro del debate de la política internacional. Las anodinas directivas  burocráticas de EE UU y Europa muestran su verdadero y salvaje rostro en el  tratamiento a esta trágica problemática. En este aspecto merece especial  atención la referencia que hacen E. Altvater y B. Mahnkopf al respecto. «El  Limes fue una muralla fronteriza que los romanos construyeron hace dos mil años  para mantener alejados a los germanos. Los Limes siguen existiendo en la  actualidad, sea en forma de cerca electrificada en la zona fronteriza entre  México y EE UU, o en las fronteras de la Unión Europea, en el río Oder o en el  mar Mediterráneo. Se trata de una muralla de protección contra los no  privilegiados del mundo –así pues, el Limes es el símbolo de la división del  mundo» (Altvater y Mahnkopf, 2002:369).    <br>      <br> 14 Debido a que el derecho internacional privado tradicional regula sólo un  número muy pequeño de asuntos, el movimiento internacional de personas es en  gran medida una <i>tierra de nadie </i>desde el punto de vista jurídico. En  consecuencia, la protección jurídica de los seres humanos parece estar mucho más territorializada que la protección jurídica de los bienes y servicios. Los  movimientos y las interacciones internacionales de personas implican, por lo  tanto, una pérdida neta de protección jurídica (Santos, 2001; Falk, 2002).    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 15 Autores de izquierda como Michael Walzer y de derecha como Rorty han  sostenido una defensa sofisticada del principio de autonomía comunitario, basada  en las siguientes premisas: si la libertad de circulación es un derecho humano,  también se debe defender el derecho de las comunidades a oponerse a lo que no  quieren, inclusive la inmigración. En la medida en que ambas reivindicaciones se  oponen sin solución, sólo el lenguaje del interés propio puede romper el  <i>impasse</i>. Para una crítica a la defensa de la autonomía comunitaria, los trabajos  de Santos y Richard Falk representan una saludable alternativa a tales  tentativas teóricas.</p>       ]]></body>
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