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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[De la pluralidad arendtiana a la equidad de género]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[With Hanna Arendt´s notion of plurality as starting point, the ambiguos side of her concept of equality is developed, highlighting its worth for the feminist theory. In the same vein, the concepts of equality and difference are compared, pointing out with Katharine MacKinnon that the latter neither adds up to inequality nor is it a paradigmatic proposal to be reached. It must be understood, from a political view, as implying dominance. Therefore, it is in the political realm where the equality/difference issue could be solved as equivalence, as equity: which is not to wipe away the differences nor to make them the heart of the matter.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font size="4">De la pluralidad arendtiana a la equidad de género</font></b> </p>      <p align="center">GLORIA COMESAÑA SANTALICES </p>      <p align="justify"> <b>Resumen </b>    <br> A partir de la noción arendtiana de pluralidad, desarrollamos el aspecto ambiguo  de su concepto de igualdad, señalando su riqueza para la teoría feminista. Así  mismo cotejamos la noción de igualdad con la de diferencia, indicando, con  Catharine MacKinnon, que la noción de diferencia ni es desigualdad, ni propuesta  paradigmática a alcanzar, sino que debe ser entendida, a partir de una  concepción política, implicando dominio, de modo que es en el terreno del poder  político en el que la cuestión igualdad-diferencia puede llegar a resolverse  como equivalencia, equidad, que no borra las diferencias ni las convierte en el  centro de la cuestión.    <br>     <br> <b>Palabras clave</b>    <br> Género / Equidad / Pluralidad    <br>     <br> <b>Abstract</b>    <br> With Hanna Arendt´s notion of plurality as starting point, the ambiguos side of  her concept of equality is developed, highlighting its worth for the feminist  theory. In the same vein, the concepts of equality and difference are compared,  pointing out with Katharine MacKinnon that the latter neither adds up to  inequality nor is it a paradigmatic proposal to be reached. It must be  understood, from a political view, as implying dominance. Therefore, it is in  the political realm where the equality/difference issue could be solved as  equivalence, as equity: which is not to wipe away the differences nor to make  them the heart of the matter.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>Key words</b>    <br> Gender / Equity / Plurality </p>      <p align="justify"> RECIBIDO: NOVIEMBRE 2003    <br> ACEPTADO: MARZO 2004    <br>     <br> <b>A manera de introducción</b>    <br> Con el objeto de facilitar la comprensión de nuestro artículo, y que quien nos  lea pueda ubicar adecuadamente el concepto de pluralidad en el contexto del  pensamiento arendtiano, consideramos necesario comenzar con una breve  presentación de la concepción que nuestra autora tiene de la política. De pasada  queremos señalar nuestro desacuerdo con algunos críticos de la filosofía  política de Hannah Arendt que, entre otras cosas,<sup>1</sup> señalan que su  reflexión sobre el hecho político nos desvía hacia planteamientos inalcanzables,  que no pueden darse en lo concreto, o que se enreda en afirmaciones  contradictorias. Para nosotr@s* por el contrario, la autora apunta más bien a  reconciliarnos con la realidad de la política mediante la comprensión de lo que  en ella es esencial. Si lo que el pensamiento busca es el sentido de las cosas,  es precisamente un abordaje filosófico del hecho político lo que propone Arendt,  y no una simple teoría de la política.    <br> No es entonces la seguridad confortable del conocimiento que busca certeza, sino  el viento del pensamiento, lo que nuestra autora convoca para tratar de captar  la esencia del hecho político, entendiendo que no se trata simplemente de  definir qué es la política y atrapar en un concepto definitivo y acabado  –congelado, como diría ella– lo que de político tiene la política, sino más bien  de abordar una situación humana por excelencia, la acción, descifrando mediante  la lectura de sus caracteres esenciales el sentido de la pluralidad humana, no  como una simple sumatoria de individuos diferentes, sino en la medida en que  estos individuos se organizan para vivir y actuar en común en un mundo que les  es también común.    <br> Para nosotr@s, por otra parte, lo que marca el interés del tratamiento que  Arendt hace del hecho político es su manera de abordarlo mediante la aplicación  del método fenomenológico. Es precisamente de esa manera de proceder de donde va  a derivarse la fuerza de sus conceptos clave, como el de <i>poder </i>opuesto al  de<i> fuerza</i>, por ejemplo, o los de <i>acción, pluralidad, espacio de  aparición, libertad, natalidad... </i>Aunque cada uno de estos conceptos parece  conducir a los otros de forma circular, nos referiremos en primer lugar a la  acción, señalada por Arendt como la verdadera materia prima de la política (Arendt,  1998:13). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>Breve presentación de la concepción arendtiana de la política</b>    <br> Desde el comienzo de <i>La condición humana</i> Arendt define la acción como la  «única actividad que se da entre los hombres sin la mediación de cosas o  materia», añadiendo que «<i>corresponde a la condición humana de la pluralidad</i>,<sup>2</sup>  al hecho de que los hombres, no el hombre, vivan en la Tierra y habiten en el  mundo» (Arendt,1993:22). Por otra parte, precisa que «la pluralidad es  específicamente la condición –no sólo la <i>conditio sine qua non</i>, sino la <i>conditio per quam</i>– de toda vida política» (ibíd.). Sin embargo, a pesar  de lo señalado por Arendt con respecto a este carácter crucial de la pluralidad  para el surgimiento de la política, nos es preciso añadir, siguiendo sus  reflexiones, que la acción no depende originariamente de la pluralidad, puesto  que como nos dice en el capítulo que le dedica en la obra mencionada, toma su  impulso del comienzo, es decir de la natalidad, y por ende de la libertad, y  para la mejor comprensión de esto, nos permitimos insertar esta larga cita:</p>     <blockquote>     <p align="justify">Con palabra y acto nos insertamos en el mundo humano, y esta inserción es como  un segundo nacimiento (...). A dicha inserción no nos obliga la necesidad, como  lo hace la labor, ni nos impulsa la utilidad, como es el caso del trabajo. <i> Puede estimularse por la presencia de otros cuya compañía deseemos, pero nunca  está condicionada por ellos; su impulso surge del comienzo</i>,<sup>3</sup> que  se adentró en el mundo cuando nacimos y al que respondemos comenzando algo nuevo  por nuestra propia iniciativa. Actuar, en su sentido más general, significa  tomar una iniciativa, comenzar (...) poner algo en movimiento (...). Debido a  que son <i>initium</i>, los recién llegados y principiantes, por virtud del  nacimiento, los hombres toman la iniciativa, se aprestan a la acción (...) Este  comienzo no es el mismo que el del mundo, no es el comienzo de algo sino de  alguien que es un principiante por sí mismo. Con la creación del hombre, el  principio del comienzo entró en el propio mundo, que, claro está, no es más que  otra forma de decir que el principio de la libertad se creó al crearse el  hombre, no antes<sup>4</sup> (ibíd., p. 201).</p> </blockquote>     <p align="justify">Es pues evidente que, a pesar de que la pluralidad es para nuestra pensadora  tanto la <i>conditio sine qua non</i> como la <i>conditio per quam</i> de la  vida política, el impulso que lleva al ser humano a actuar, lo cual, por  supuesto, requiere de la presencia de los demás, se encuentra en éste como  espontaneidad y libertad, en la medida en que es un ser que ha nacido, que ha  irrumpido en el mundo que ya lo antecede, como comienzo, como portador de  novedades que por supuesto está en sus manos realizar o no a través de la  acción.     <br> Hemos de destacar ahora, para completar nuestra reflexión, que este concepto de  pluralidad, tan original y central en la obra de la autora, es de una enorme  riqueza teórica, pues nos permite comprender dos cosas fundamentales: la primera  es que la pluralidad viene a ser el telón de fondo sobre el cual se asienta la  condición humana, tanto en su aspecto de <i>vita activa</i> como en el plano de  la <i>vita contemplativa</i>, que pretende constituirse huyendo de la  pluralidad, sin lograrlo nunca del todo. La segunda nos lleva a afirmar la  inagotable riqueza de este concepto y de la realidad a la que se refiere. Pues  la pluralidad como «ley de la tierra» implica que nunca somos ni hemos sido  solos en el mundo (prueba fehaciente de ello es nuestro «ser nacidos»), y si  esto es así, el afirmar esta pluralidad debe llevarnos a reconocer el hecho de  la diversidad y diferencia entre los seres humanos como valores, y la necesidad  de lograr la convivencia y el entendimiento armonioso entre individuos y  culturas como un objetivo fundamental a perseguir.     <br> Desde el punto de vista arendtiano, cada ser humano es pues miembro de una  pluralidad que acontece en el mundo, espacio de su aparición en el que  precisamente se muestra como tal ser humano, es decir, libre. Esta libertad se  manifiesta mediante la acción en sus dos aspectos: acto y palabra, a través de  los cuales aparece volviendo a nacer cada vez, al mismo tiempo autor-creador y  elemento «atrapado» en la red de los asuntos humanos en la cual debe aprender a  desenvolverse mediante su libertad.     <br> Otro concepto clave muy relacionado en Arendt con la noción de natalidad, y por  ende con la de acción, es el recurso a la idea de milagro, «el carácter  milagroso de la acción», para destacar y comprender el carácter improbable e  impredecible del actuar humano. El milagro es consecuencia precisamente de la  libertad, pero en nuestra opinión, también de la pluralidad.</p>     <blockquote>     <p align="justify">Lo nuevo siempre se da en oposición a las abrumadoras desigualdades de las leyes  estadísticas y de su probabilidad, que para todos los fines prácticos y  cotidianos son certeza; por lo tanto, lo nuevo siempre aparece en forma de  milagro. El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe  esperar de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente  improbable. Y una vez más esto es posible debido sólo a que cada hombre es  único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en  el mundo (Arendt,1993:202).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Puede parecer sorprendente en una autora como Arendt, que aparentemente se  interesa más por la política que por cualquier otra cosa, esa caracterización de  la acción no sólo como comienzo, «initium», sino como milagro, debido al hecho  de su infinita improbabilidad e impredecibilidad, corolarios, evidentemente, de  la libertad. No es pues el milagro en su sentido religioso lo que interesa a  nuestra pensadora, sino en cuanto, en su absoluta espontaneidad, la acción, la  libertad, hace milagros, al introducir algo totalmente inesperado en el mundo.    <br> En diversos textos, particularmente en su artículo sobre «¿Qué es la libertad?»  (Arendt,1996:155-184) Arendt distingue entre la libertad «interior»,colocada  entre comillas en su texto, y la libertad como sentido o razón de ser de la  política, estableciendo que la una es la antítesis de la otra. En efecto, la  libertad como sentido de la política es la condición ineludible sobre la cual se  asienta la posibilidad del hecho político, que se da siempre en un espacio  concreto determinado,<sup>5</sup> precisamente el de la polis:</p>     <blockquote>     <p align="justify">Lo decisivo de esta libertad política es su vínculo a un espacio. Quien abandona  su polis o es desterrado pierde no solamente su hogar o su patria sino también  el único espacio en que podría ser libre; pierde la compañía de los que eran sus  iguales (Arendt,1997:70).</p> </blockquote>     <p align="justify">Pero a la vez, esta libertad política implica y exige la pluralidad, como ya  hemos señalado, la compañía de los iguales, de los pares, y el intercambio con  ellos a través de la palabra y la acción. La libertad «interior», en cambio,  remite a un sentirse libre y al alejamiento, aunque sea momentáneo, del mundo en  el que la coacción exterior puede hacernos perder la libertad. Este «sentimiento  íntimo» es para Arendt irrelevante desde el punto de vista político.    <br> Queremos referirnos ahora al concepto de espacio de aparición y su relación con  la noción arendtiana de poder. La acción y el discurso, dice Arendt, crean un  espacio entre los participantes que puede encontrar su propia ubicación en todo  tiempo y lugar. «Se trata del espacio de aparición en el más alto sentido de la  palabra» (Arendt,1993:221). Este espacio de aparición no debe confundirse con la  esfera pública, puesto que es anterior a toda constitución formal de ésta. De  modo que, si bien la esfera pública es algo equivalente al mundo que poseemos en  común, constituido por el artificio humano, que a la vez que nos une nos separa  (ibíd., p. 62), el espacio de aparición se presenta como algo intangible y  potencial, que sólo cobra realidad cuando «los hombres se agrupan por el  discurso y la acción» (ibíd., p. 222), desapareciendo cuando se dispersan o  interrumpen las actividades en común.    <br> Así, entendemos nosotros tratando de ir a la esencia de los conceptos, mientras  que el espacio público sería un espacio «concreto» constituido como mundo del  artificio humano,<sup>6</sup> y permanente siempre entre los seres humanos,  aunque no se manifiesten en él, el espacio de aparición es absolutamente  intangible, y depende en su existencia, no sólo de la concreción del artificio  mundano, sino básicamente de la acción humana concertada, de modo que, sin actos  y palabras coordinados en busca de un objetivo común, no hay espacio de  aparición. Éste, que es previo «a toda formal constitución de la esfera pública  y de las varias formas de gobierno» (ibíd., p. 222), es siempre potencial, pues  desaparece en cuanto los que actúan se dispersan. Completando esta idea  podríamos concluir señalando que, si bien puede haber una esfera pública en la  que en un momento dado nada acontezca, y ninguna empresa común entre los humanos  esté desarrollándose, no podemos imaginar un espacio de aparición en el cual  actos y palabras concertados no estén siendo realizados por un grupo humano  constituido como tal para el logro de una determinada finalidad.    <br> Esto que venimos analizando está estrechamente emparentado con la noción  arendtiana del poder como potencialidad. Ésta nos parece ser una de las nociones  más originales de la filosofía política de nuestra autora, pues no sólo devuelve  al concepto su originaria frescura al darnos de él una visión positiva, sino que  desentraña su esencia al delimitarlo con respecto a otros conceptos con los que  de ordinario se le confunde. En efecto, la noción arendtiana de poder se nos  presenta como una respuesta contundente y quizás definitiva a esta indagación  por el ser del hecho político, cuya columna vertebral es precisamente el poder  tal cual nuestra autora lo define: «El poder es lo que mantiene la existencia de  la esfera pública, el potencial espacio de aparición entre los hombres que  actúan y hablan» (Arendt, 1993:223). Y más arriba en el mismo texto señala:</p>     <blockquote>     <p align="justify">El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las  palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se  emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se  usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas  realidades (...) Cabría decir que el poder es siempre un poder potencial y no  una intercambiable, mensurable y confiable entidad como la fuerza (...) El poder  surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece en el momento en que  se dispersan (ibíd., p. 3).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En estas afirmaciones se encuentra condensada la filosofía arendtiana del poder.  A diferencia de quienes ven en éste un hecho consumado, una situación negativa  que implica dominación y constreñimiento, Arendt destaca su carácter eminente de  potencialidad, su ser como posibilidad que solo se activa cuando, del fondo  condicionante de la pluralidad humana, se destaca un grupo que actúa consensual  y coordinadamente para lograr un objetivo. Pero esto no basta. Es preciso que la  acción, palabra y acto, tengan ciertas características para ser tales: y así, si  la palabra y el acto deben corresponderse (los actos deben corroborar las  palabras y viceversa), los actos deben distanciarse de la violencia y la fuerza,  que son lo contrario del poder, mientras que las palabras no pueden ser vacías,  ni menos aún sonidos sin sentido, ni tampoco pequeñas o grandes mentiras o  medias verdades de circunstancia.    <br> El acto y la palabra se acompañan pues en la acción plural, conjugada, que abre  el espacio de aparición y da nacimiento al poder. Sobre la importancia de la  palabra como acompañante de la acción, insiste nuestra autora al señalar:</p>     <blockquote>     <p align="justify">(...) sin el acompañamiento del discurso, la acción no sólo perdería su  carácter revelador, sino también su sujeto (...) y aunque su acto pueda captarse  en su cruda apariencia física sin acompañamiento verbal, sólo se hace pertinente  a través de la palabra hablada en la que se identifica como actor, anunciando lo  que hace, lo que ha hecho y lo que intenta hacer. Ninguna otra realización  humana requiere del discurso en la misma medida que la acción (Arendt,1993:202-203).</p> </blockquote>     <p align="justify">En esa imbricación entre discurso y acto, en el caso de la acción, es preciso  seguir destacando con la autora que la función de los actos y las palabras es,  debe ser, positiva, para que la potencialidad que es el poder se cumpla: las  palabras deben descubrir las intenciones, así como los actos deben establecer  relaciones, creando así nuevas realidades.    <br> Tal como lo presenta Arendt, cabría entonces decir, que el poder es algo  inestable y frágil, ya que como ella misma lo señala, no es algo que se posee y  puede tratar de mantenerse, como la fuerza física o la fuerza bélica o  policíaca, que se mide de alguna manera y puede enumerarse, contarse y  almacenarse. Por otra parte, podemos también afirmar que el poder es además  efímero, puesto que depende de la organización de los individuos, de su unión, y  desaparece con su dispersión. El poder no es entonces un estado de cosas, sino  un acontecimiento que requiere para su realización de la libertad de los  individuos humanos y de su capacidad de comenzar algo nuevo en el mundo, la  acción, sobre cuyo estatuto ya nos hemos detenido anteriormente.    <br>     <br> <b>Premisas del trabajo</b>    <br> Para realizar este trabajo nos apoyamos en las siguientes premisas:    <br> a) El concepto de pluralidad, tal como es manejado por Hannah Arendt a lo largo  de su obra.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> b) El concepto de equidad entendido en el sentido de igualdad originaria entre  los sexos-géneros.    <br>     <br> <b>El concepto arendtiano de pluralidad y su riqueza para la teoría feminista</b>    <br> En su obra <i>La vida del espíritu</i>, afirma Arendt que «la pluralidad es la  ley de la tierra» (Arendt, 1984:31). Ya en <i>La condición humana</i>, obra  clave, si la hay, dentro del conjunto del pensamiento arendtiano, se refiere la  autora a la <i>pluralidad </i>como una de las condiciones que caracterizan a la  realidad humana, en cuanto es la clave de la acción, pues es «la condición (no  sólo la <i>conditio sine qua non</i> sino la <i>conditio per quam</i> ) de toda  vida política» (Arendt, 1993:22).    <br> Este concepto de pluralidad, poco estudiado por quienes se interesan en los  planteamientos de nuestra autora, nos parece de suma importancia. Por una parte,  caracteriza de una manera peculiar el hecho político en cuanto a sus causas y  origen. En efecto, la pluralidad es no sólo aquello sin lo cual la vida política  no podría darse, sino que, desde un punto de vista positivo, implica que, dada  la pluralidad, estamos «naturalmente» inclinados a actuar políticamente. Es una  posibilidad fundamental siempre abierta hacia nuestra realización como seres  propiamente humanos, según la autora. Por la otra, nos permite desde nuestra  perspectiva desarrollar ciertas reflexiones que pueden enriquecer la teoría  feminista con respecto al problema de la igualdad, pues, como veremos, el  estudio de la pluralidad nos conduce al concepto arendtiano de igualdad, el  cual, por ser en cierto sentido ambiguo, es de una gran fertilidad para el  problema que nos ocupa.    <br> Antes de entrar en materia debemos indicar que en nada es deudor el concepto  arendtiano de pluralidad con respecto al <i>Mitsein</i> de Heidegger. Tal como  lo señalara Jacques Taminiaux, el <i>Mitsein</i> heideggeriano, del cual  pretenden algunos que se deriva la pluralidad arendtiana, actúa a la luz de la  actividad de la poiesis, es decir, de lo que Arendt llama el <i>trabajo </i>como  productor de artefactos (Taminiaux, 1985), mientras que la pluralidad arendtiana  se ubica en el terreno de la acción, implicando, no una relación auténtica o  inauténtica con el otro, siempre en la esfera de la producción y sin remitir en  absoluto a la vida pública, sino una respuesta a la pregunta por el quién del  ser humano, que desemboca en Arendt «en la afirmación de la pluralidad. Es por  los otros que esta cuestión es planteada y es a los otros que cada uno responde,  en tanto que se identifica a sí mismo como el actor de sus actos y anuncia a los  otros ‹lo que hace, lo que ha hecho, lo que tiene intención de hacer›. La  condición de la pluralidad está así estrechamente soldada a la acción  propiamente dicha y a la palabra sin la cual aquella no podría darse» (ibíd.,  pp. 120-121).    <br> Este concepto arendtiano de pluralidad, elimina del panorama filosófico  cualquier planteamiento solipsista, y con él la necesidad de demostrar la  existencia del prójimo. Por otra parte, nos parece posible también basarnos en  este concepto para apoyar la crítica y el rechazo del sujeto único,  pretendidamente neutro pero marcadamente masculino, y de la razón moderna  occidental, supuestamente rigurosa y universal, más allá de toda determinación  particular, sopesando la realidad concreta a partir de un mundo de esencias e  ideas puras y verdaderas.     <br> Todo esto nos parece igualmente respaldado por la autora en el comienzo del  capítulo sobre la acción en <i>La condición humana</i>, al señalar que «<i>la  pluralidad humana</i>, básica condición tanto de la acción como del discurso, <i> tiene el doble carácter de igualdad y distinción</i>» (Arendt, 1993:200). A  partir de aquí introduce Arendt una serie de conceptos que trazan con mayor  nitidez el perfil de lo que ella entiende por pluralidad. Así pues, nos dice,  ésta tiene el doble carácter de igualdad y distinción. Pero, nos preguntamos  ahora, ¿cómo podríamos acotar mejor esta igualdad de la que habla aquí Arendt?  Porque entendemos que en este caso no se trata de la igualdad que se logra en la  política, consecuencia del reconocimiento por los pares y de vivir bajo un mismo  Estado de derecho. Consideramos que la igualdad a la que se refiere aquí la  autora tiene que ver con el hecho de pertenecer todos los seres humanos plurales  a la misma especie humana sometida a las mismas condiciones. Así, al comienzo de <i>La condición humana</i> nos dice:</p>     <blockquote>     <p align="justify">La acción sería un lujo innecesario (...) si los hombres fueran de manera  interminable repeticiones reproducibles del mismo modelo cuya naturaleza o  esencia fuera la misma para todos (...) <i>La pluralidad es la condición de la  acción humana debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y sin  embargo nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá</i><sup>7</sup>  (Arendt, 1993:22).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">No obstante, y como bien lo señala, la igualdad en cuanto a la condición  compartida, no excluye la distinción o diferencia, que es la forma humana de la  alteridad. Pues si bien el ser humano comparte con las cosas y con los entes  orgánicos esta característica, poseída «por todo lo que es»,<sup>8</sup> solo él  «puede expresar esta distinción y distinguirse, y solo él puede comunicar su  propio yo y no simplemente algo: sed o hambre, afecto, hostilidad o temor» (ibíd.,  p. 200), y añade: «En el hombre, la alteridad que comparte con todo lo que es, y  la distinción, que comparte con todo lo vivo, se convierte en unicidad, y <i>la  pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos</i>»<sup>9</sup>  (ibíd.).    <br> Es precisamente esta característica de unicidad y distinción, que hace de cada  human@ un ser irreemplazable, lo que se manifiesta a través de la acción (acto y  palabra), a partir de la cual se expresa el quien de cada un@ de nosotr@s. Es  justamente por esto que, como ya hemos señalado, la pluralidad es la condición <i>sine qua non </i>tanto como la <i>condición per quam</i> de toda vida  política.    <br> Aquí quisiéramos apartarnos brevemente del comentario que estamos haciendo del  texto arendtiano, para señalar que el término igualdad que usa la autora, en  este contexto de <i>La condición humana</i>, nos parece inevitablemente ambiguo,  pues, como hemos aclarado, para ella la igualdad como tal entre los humanos sólo  se logra en el plano de la política. Así queda claro ya desde <i>Los orígenes de  totalitarismo</i>, donde al hablar de las <i>perplejidades de los derechos  humanos</i>, señala:</p>     <blockquote>     <p align="justify">(...) la esfera pública está tan consecuentemente basada en la ley de la  igualdad como la esfera privada está basada en la ley de la diferencia y de la  diferenciación universales. La igualdad, en contraste con todo lo que está  implicado en la simple existencia, no nos es otorgada,sino que es el resultado  de la organización humana, en tanto que resulta guiada por el principio de la  justicia. <i>No nacemos iguales; llegamos a ser iguales como miembros de un  grupo por la fuerza de nuestra decisión de concedernos mutuamente derechos  iguales</i><sup>10</sup> (Arendt, 1974:380).</p> </blockquote>     <p align="justify">Esto parece pues contradecir lo señalado en <i>La condición humana</i> con  respecto a una igualdad que sería natural: por el mero hecho de ser humanos  seríamos ya iguales, pues de lo contrario, como ella bien lo indica, no habría  forma de entendernos. Es en este sentido que hablamos de igualdad, puesto que  estamos sometidos «a las mismas condiciones», sin que eso implique disolución de  las diferencias o de la diversidad. Sin embargo, la autora no reconoce la  riqueza de este concepto de igualdad y las consecuencias que el mismo debería  tener en la esfera de lo privado, en donde según ella puede campear la  desigualdad e incluso el uso de la imposición y la fuerza. Por otra parte es  absolutamente discutible su afirmación según la cual la esfera privada está  basada en la ley de la diferencia y la diferenciación universales, implicando  con ello que la desigualdad, es decir, el trato no igualitario o no equitativo  estarían justificados.    <br> Permítasenos añadir a continuación que nos parece encontrar en su afirmación:  «la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos», un  reconocimiento de esta ambigüedad, por lo cual nos parece poder afirmar que  nuestras disquisiciones no están en absoluto desencaminadas. De la repercusión  de este concepto de igualdad, tal como estamos descubriéndolo en toda su riqueza  de contenidos, basado en el compartir la misma condición humana, y en el  reconocernos como iguales en la esfera público-política, hablaremos, sin  embargo, más adelante, así como del concepto de diversidad o diferencia, que  vamos a ver está íntimamente ligado al de igualdad. De todo ello trataremos de  sacar las consecuencias que la autora no vio o no quiso ver.    <br> Volviendo a la cita anterior, allí afirma Arendt que es más bien en la esfera  política donde accedemos a un tipo de igualdad que es, según ella, la auténtica  igualdad, pues en esta esfera decidimos, en uso y expresión de nuestra libertad,  reconocernos como iguales «a pesar de» y muchas veces justamente a causa de  todas las diferencias que de la naturaleza nos vienen. Sin embargo, éste es otro  aspecto en que la teoría arendtiana se hace eco de una ambigüedad. En efecto, si  bien en la esfera de la acción es donde se alcanza la igualdad, lo que en ella  mostramos y de alguna manera demostramos a los demás es nuestro <i>quién</i>  único e irreductible, es decir nuestra distinción y diferencia, nuestra  particularidad, que, incluso, como ella misma señala, no es realmente conocida  sino por los demás, con lo cual este concepto de nuestro <i>quién</i> se parece  mucho al concepto sartreano de la trascendencia del ego, objeto mundano que sólo  los otros conocen como tal.<sup>11</sup> Así, dice Arendt:</p>     <blockquote>     <p align="justify">Mediante la acción y el discurso, los hombres muestran quiénes son, revelan  activamente <i>su única y personal identidad</i> y hacen su aparición en el  mundo humano, mientras que su identidad física se presenta bajo la forma única  del cuerpo y el sonido de la voz, sin necesidad de ninguna actividad propia. El  descubrimiento de «quién» en contradistinción al «qué» es alguien –sus  cualidades, dotes, talento y defectos que exhibe u oculta– está implícito en  todo lo que ese alguien dice y hace. Sólo puede ocultarse en completo silencio y  perfecta pasividad, pero su revelación casi nunca puede realizarse como fin  voluntario, como si uno poseyera y dispusiese de este «quién» de la misma manera  que puede hacerlo con sus cualidades. Por el contrario, es más que probable que  el «quién», que se presenta tan claro e inconfundible a los demás, permanezca  oculto para la propia persona, como el <i>daimon</i> de la religión griega que  acompañaba a todo hombre a lo largo de su vida, siempre mirando desde atrás por  encima del hombro del ser humano y por lo tanto sólo visible a los que éste  encontraba de frente (Arendt, 1993:203).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Arendt habla aquí por una parte de igualdad y de diferencias, y por la otra del <i>qué</i> y del <i>quién</i> es alguien. Sin entrar ahora en disquisiciones  acerca de aquello a lo que exactamente se refiere la autora cuando distingue el  cuerpo, con su aspecto físico y su voz, y que se hace presente simplemente por  estar ahí sin que deba cumplir ningún tipo de actividad en particular, el <i>qué</i>,  que aparentemente parte de la esfera física del individuo, y el <i>quién </i>es  alguien, en su identidad única y personal, que se muestra en la acción y el  discurso, es evidente que, como ya hemos señalado, aun en la esfera de la  acción, en la esfera de la vida público-política para la autora, aquella esfera  en que priva la igualdad, en realidad es lo peculiar de cada uno, su unicidad y  distinción como ella dice, lo que se manifiesta en medio de este escenario de  igualdad. Así pues, este concepto de igualdad, en la medida en que es ambiguo,  es también sumamente rico en cuanto a sus referencias. De modo que, y  recapitulando, diremos que por naturaleza somos a la vez distintos, diversos,  diferentes e iguales, así como lo somos iguales y únicos, particulares a nivel  de la acción, a través de la cual expresamos nuestra capacidad de comenzar, es  decir, nuestra libertad, que permitiéndonos manifestar nuestra identidad,  compartimos como «esencia» con todos los demás humanos.     <br> Creemos, pues, que vale pues la pena insistir en la riqueza insospechada del  planteamiento arendtiano, que puede servir de base a tantas reivindicaciones de  grupos humanos de toda índole que exigen la igualdad, sin por ello tener que  renunciar a lo que les hace diferentes y diversos, y sin que esa igualdad les  sea reconocida como una especie de amable concesión otorgada por quienes se  consideran representantes del sujeto universal absoluto a, partir de cuyo modo  de ser humano se definiría el mayor o menor grado de humanidad de los demás.    <br> Es preciso reivindicar la igualdad a pleno pulmón, como algo que por derecho  corresponde a todos sin excepción en el plano de la vida política, máxima  expresión de la humanidad mundana,<sup>12 </sup>así como en el plano de lo  privado. Y es preciso insistir también en la idea de la enorme riqueza y fuente  de múltiples crecimientos (culturales, sociales, económicos, etc.), que  constituyen, para cualquier Estado, y para el fenómeno mundano histórico en  general, la diversidad y las diferencias. Riqueza que la autora reconoce en toda  su importancia, particularmente en un texto de su obra póstuma: <i>¿Qué es la  política?</i>, donde afirma:</p>     <blockquote>     <p align="justify">Si es verdad que una cosa tanto en el mundo de lo histórico-político como en el  de lo sensible sólo es real cuando se muestra y se percibe desde todas sus  facetas, entonces siempre es necesaria una pluralidad de personas o pueblos y  una pluralidad de puntos de vista para hacer posible la realidad y garantizar su  persistencia (...) Si es aniquilado un pueblo o un Estado o incluso un  determinado grupo de gente (...) que presentan una visión del mismo que sólo  ellos pueden hacer realidad, no muere únicamente un pueblo o un Estado o mucha  gente, sino una parte del mundo –un aspecto de él que habiéndose mostrado antes  ahora no podrá mostrarse de nuevo (Arendt, 1997:117).</p> </blockquote>     <p align="justify">Sin embargo, las precisiones tan detalladas a que nos ha conducido la ambigüedad  que hemos detectado en el planteamiento arendtiano de la igualdad, y el mismo  desenvolvimiento de la teoría feminista con respecto a este tema, nos conducen a  realizar ciertas acotaciones, advirtiendo que su germen se encuentra en la misma  doctrina de la autora.    <br>     <br> <b>Hacia la equidad de género</b>    <br> Aunque la afirmación de la igualdad en y por la esfera política resulta un  planteamiento sumamente tentador, es insuficiente para tod@s aquell@s que, en  cualquier sociedad o situación sufren las gravísimas consecuencias de la  discriminación. Porque la igualdad política no basta, y la igualdad ante la ley  se convierte en una trampa si nos conformamos con ella, permitiendo que en la  vida cotidiana, es decir en la vida privada, y en la mayoría de las situaciones  de la vida pública, todo siga igual para l@s oprimid@s.    <br> En este sentido nos permitimos citar este extenso párrafo de Catharine MacKinnon:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>     <p align="justify">Según el enfoque sobre el tema de la igualdad sexual que ha prevalecido en la  política, en la ley y en la percepción social, la igualdad es una equivalencia,  no una distinción; y el sexo es una distinción. El mandato legal de un trato  igualitario (...) se convierte en una cuestión de trato igual a los semejantes y  de trato desigual a los que son distintos debido a su falta de parecido mutuo.  Dicho de otra manera,el género se construye socialmente como diferencia  epistemológica; la legislación sobre la discriminación sexual une doctrinalmente  la igualdad de los géneros con la diferencia. Existe una tensión inherente entre  este concepto de igualdad, que presupone similitud, semejanza, y este concepto  de sexo, que presupone diferencia. De este modo, la igualdad sexual se convierte  en una contradicción de términos (...) lo que puede dar una idea de por qué nos  ha costado tanto trabajo conseguirla (MacKinnon, 1999:78).</p> </blockquote>     <p align="justify">En este párrafo tenemos muy bien planteado el problema que aquí nos ocupa,  aunque su autora, cuyas tesis compartimos, se mantiene sobre todo en el plano  del análisis legal y político de la situación. En efecto, para MacKinnon la  doctrina legal de la igualdad sexual entraña una enorme contradicción al  construir como semejanza lo que en realidad es una distinción. Nadie puede negar  que el sexo es una distinción natural, biológica, entre quienes han venido al  mundo con uno u otro tipo de diferencias anatómicas genitales. Y en este  sentido, tan diferente es el varón de la mujer, como ésta lo es de él. Ni el uno  ni la otra tienen el derecho de colocarse como referente único de lo humano,  como sujeto universal, paradigma no intercambiable con respecto al cual lo otro  aparece como diferente. Pero eso es lo que hasta ahora sigue sucediendo con el  modo masculino de ser humano, que se impone como paradigma en detrimento del  modo femenino de ser humana.    <br> En este sentido, la igualdad no se logra por decreto, pues aunque es un problema  político, de dominio, de manejo del poderío de unos sobre otras, no sabríamos  resolverlo si no vamos a su raíz, cual es la consideración <i>arbitraria</i> de  que de la diferencia natural se tiene que derivar una diferencia de estatus  político y privado que luego la cultura desarrolla y elabora. Aquí es donde la  igualdad de la que habla Arendt en <i>La condición humana</i> nos es útil, así  como su idea de una semejanza en la condición entre unos y otras.    <br> En efecto, tal como afirma la autora en la obra mencionada, no podemos menos que  afirmar que tod@s l@s human@s coincidimos, somos iguales en lo que respecta a  las constantes que caracterizan la condición humana en cuanto tal. Pero, tal  como ella lo señala también, nos distinguimos un@s de otr@s por la particular  forma que la alteridad toma en nosotr@s, como dice Arendt, convirtiéndose en  distinción y unicidad, lo cual nos permite diferenciarnos y ser divers@s, cada  un@ un ser únic@ e irrepetible en medio de una pluralidad de semejantes.    <br> Sin embargo, de esta igualdad natural correspondiente a la condición humana  compartida no se deriva espontáneamente la igualdad de oportunidades. Pareciera  que más bien son las diferencias y diversidades las que marcan el paso, apoyadas  en el uso y abuso de la <i>arbitrariedad</i> ideológica y de la violencia. La  igualación a la que nos somete la humana condición pareciera tener que pasar  desapercibida ante la notoriedad de las diferencias de todo tipo que distinguen  a unos seres humanos de otros. Es por ello que la igualdad, como dice Arendt,  aparentemente no podría vivirse sino en la esfera política, en la cual, como  hemos visto, paradójicamente es el «quién», lo original de cada cual, lo que se  manifiesta, utilizando precisamente esa condición de igualdad que se otorga en  esta esfera, y que parece ser, además, su marca de honor característica.    <br> La esfera política o pública es por excelencia la de la igualdad entre los  pares, los iguales, que sólo lo son en ella, dice la autora. Sin embargo, es  preciso entender que la falta de igualdad que se da en la esfera privada, o la  igualdad siempre incompleta de la pública, tienen su origen precisamente en una  interpretación equivocada y, repetimos nuevamente, <i>arbitraria</i>, de las  diferencias, como si fuesen desigualdades que debiesen producir, o en todo caso  justificasen el trato desigual y por ende injusto y no equitativo para los que  son diferentes. Aquí habría que preguntarse por el origen de este trato  desigual, y ello debería conducirnos a hablar de ideologías dominadoras y de  poderes impuestos por sujetos que se asumen a sí mismos como referentes únicos y  universales.    <br> En este sentido, sería como si la mente humana sólo funcionase mediante binomios  opuestos y con valoraciones siempre desiguales para cada lado del par, de modo  que las definiciones, determinaciones y diferencias implicasen obligatoriamente  una polaridad siempre nefasta para uno de los elementos del binomio. Pero no  cabe duda de que este es un falso dilema, que se da básicamente en la razón  occidental, y a partir de su pretendida universalidad. Falso dilema que, a pesar  de todo, ha marcado siempre las relaciones humanas, particularmente, en el caso  que nos ocupa, las relaciones de sexo-género. Cabría preguntarse por otra parte,  lo siguiente: si esto es así, ¿cómo explicar la subordinación de las mujeres en  otras culturas, donde imperan otros esquemas de pensamiento? No creemos poder  contestar esta pregunta dentro de los límites de este trabajo. Quizás sea éste  un tema a abordar dentro del contexto de la filosofía intercultural (Fornet-Betancourt,  1998), y requeriría otras indagaciones que no podemos realizar ahora. Queda, no  obstante con ello puesto en evidencia, lo radical y trascendental de la  diferencia sexual, que divide en dos (o quizás más) sexos-géneros a la especie  humana, sin que esto tenga que dar lugar a desigualdades o antagonismos.  Nuevamente afirmamos aquí, esta vez con Simone de Beauvoir (1970), que los datos  naturales son neutros, y que son las culturas las que los interpretan de una u  otra forma, en función de intereses de poder y dominación.     <br> Esta es la historia de todas las discriminaciones, y particularmente de aquélla  basada en el sexo, que se profundiza con la atribución del género. Esta  discriminación, como las otras, si bien puede surgir dentro del campo de lo  político, como producto de elucubraciones filosófico-culturales de todo tipo, se  asienta también en el espíritu de dominación que nunca dejan de ejercitar  quienes han logrado imponer sus pretensiones sobre las de los demás.    <br> En este sentido, la discriminación, surja de donde surja, sea producto de una  ideología o de una dominación de hecho, hace que se establezca de inmediato un  círculo tal, que la una se alimenta siempre de la otra. Pero no puede negarse  que el trasfondo de todo es el problema del poder, un problema de dominación,  como bien señala MacKinnon:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>     <p align="justify">(...) si el género es ante todo una desigualdad, construida como una  diferenciación socialmente relevante con el fin de mantenerla en su lugar,  entonces las cuestiones de desigualdad sexual son cuestiones de dominio  sistemático, de supremacía masculina, para nada abstracta y para nada un error (MacKinnon,  1999:97).</p> </blockquote>     <p align="justify">Si esto es así, y en ello coincidimos con esta autora, es preciso abordar la  solución de este problema desde una <i>perspectiva política</i>, entendiendo por  tal no sólo el ámbito en el que se dilucidan las cuestiones del poder, sino, en  el sentido arendtiano, el ámbito por excelencia de expresión de la libertad  humana y el de la igualdad, tanto de la igualdad propiamente política entre los  pares, construida como producto de la vida en comunidad, como de la igualdad  natural entre los seres sometidos a la misma condición, a las mismas constantes  en su estar en el mundo. Sólo un trato adecuado de este problema puede  aproximarnos a la solución. Por eso dice MacKinnon:</p>     <blockquote>     <p align="justify">(...) contra el peso de la diferencia empírica, ¿deberíamos tratar a algunos  como los iguales de otros, incluso cuando no tengan derecho a eso porque no  cumplen con el estándar? En la medida en que esta construcción del problema es  parte de lo que el enfoque del dominio desenmascara, no surge con este enfoque,  y por lo tanto no considera moral su propio fundamento (...) Cuando se revela  como una simple cuestión de poder, no se puede aislar la pregunta sobre lo que  debería ser. La única pregunta real es saber qué es y qué no es una cuestión de  género. <i>Si no hay diferencia que justifique tratar a las mujeres como  subhumanas, entonces eliminar eso es el objetivo de la ley de igualdad. En este  cambio de paradigmas, las proposiciones de igualdad dejan de referirse a lo  bueno y lo malo para transformarse en proposiciones de poder y falta de poder,  no menos desinteresadas en sus orígenes ni más neutrales en sus conclusiones que  los problemas que abordan</i><sup>13</sup> (ibíd., p. 99).</p> </blockquote>     <p align="justify">La idea de MacKinnon, absolutamente pertinente, implica reconocer que  mientras sigamos asumiendo el género como una diferencia, sin insistir en que es <i>arbitrariamente malinterpretada</i>, y que además su definición está ligada a  un problema de poder, en esta situación que nos ocupa, de carencia de poder por  parte de las mujeres, no comprenderemos nunca que se trata de un problema  político –de dominio, dice ella– en cuyo caso «el género pasa de ser una  distinción presuntamente válida a un prejuicio presuntamente sospechoso» (ibíd.,  p. 100).    <br> Sin embargo, a pesar de nuestra coincidencia con MacKinnon en cuanto a la  necesidad de ver de otra manera el problema de la búsqueda de la igualdad de  oportunidades, rechazando la bipolaridad sexual socialmente construida, porque  «el sexo, en su naturaleza (...) es un continuo» (ibíd.), mientras que es de la  misma forma un error construir la igualdad como semejanza, en el sentido de  querer ser «semejante a...», puesto que implica aceptar lo masculino como  estándar de medida, creemos que es preciso insistir aún más en el aspecto  político, y no simplemente moral, que también lo es, de esta cuestión. Por todo  ello consideramos que las ideas de Arendt que hemos estado analizando pueden  sernos de gran ayuda, así como el empleo del concepto de equidad.    <br> En efecto, como hemos dicho, juzgamos de gran valor el concepto arendtiano de  igualdad, precisamente por su ambigüedad, pues nos permite colocar el problema  de la igualdad de oportunidades en el plano político, en el cual, efectivamente  y con MacKinnon, consideramos que debe estar. Por otra parte, el concepto  arendtiano de igualdad, entendido –aunque ella no lo valore mucho– como la  semejanza entre todos los seres humanos en cuanto a su condición de tales, nos  permite insistir en lo absurdo de jugar todas nuestras cartas insistiendo en la  diferencia, cuando esta constatación debe llevarnos a desarrollar la idea de la  equidad en el tratamiento que se da a la cuestión de la diferencia sexual. De  esta manera saldríamos de la trampa de la igualdad-diferencia entre varones y  mujeres, pues quedaría claro que ni se trata de negar la diferencia ni de  insistir en ella, como tampoco la igualdad significa afirmar la semejanza entre  mujeres y varones, ni mucho menos proponer como modelo a imitar lo que hasta  ahora se ha entendido como masculinidad o como el modo masculino de vivir la  realidad humana.    <br> De lo que se trata, tal como lo propone MacKinnon y Arendt nos da las  herramientas teóricas para hacerlo, es de buscar la equidad<sup>14</sup> entre  mujeres y varones ubicando el problema en el terreno de la política, es decir en  el terreno en el cual lo que se manifiesta es nuestra libertad, y en el que  poder significa actuar conjuntamente en pro de la consecución de un objetivo  común (Arendt, 1999:222 y ss.). Y usando a Arendt, a pesar de sí misma,  insistiremos en los dos aspectos que hemos descubierto en su manejo del concepto  de igualdad, para señalar que la solución que estamos buscando tiene que incidir  en el dominio de lo privado, repitiendo que se entienda que lo privado es  también político, y que ningún ámbito debe escapar al Estado de derecho cuando  está en juego algo tan importante como la igualdad de oportunidades y el derecho  a acceder al mundo partiendo de las mismas condiciones. Así, ya sea que nos  encontremos en el ámbito de lo público o de lo privado, seamos mujeres o  varones, nada debe oponerse a que compartamos con equidad el mundo que entre tod@s  hemos construido, y disfrutemos de las mismas oportunidades en igualdad de  condiciones (léase otra vez equidad) para acceder a todo lo que hay en él.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>Referencias bibliográficas</b></p>      <!-- ref --><p align="justify">1. <b>Arendt, Hannah</b> (1974). <i>Los orígenes del totalitarismo</i>, Madrid,  Taurus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773989&pid=S1012-2508200300030000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 2. <b>Arendt, Hannah</b> (1984). <i>La vida del espíritu</i>. Madrid, Centro de  Estudios Constitucionales.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773991&pid=S1012-2508200300030000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 3. <b>Arendt, Hannah</b> (1993). <i>La condición humana</i>, Barcelona, Paidós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773993&pid=S1012-2508200300030000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 4. <b>Arendt, Hannah</b> (1996). <i>Entre el pasado y el futuro,</i> Barcelona,  Ediciones Península.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773995&pid=S1012-2508200300030000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 5. <b>Arendt, Hannah</b> (1997). <i>¿Qué es la política?</i>, Barcelona, Paidós.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773997&pid=S1012-2508200300030000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 6. <b>Arendt, Hannah</b> (1998). <i>Crisis de la república</i>, Madrid, Taurus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=773999&pid=S1012-2508200300030000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 7. <b>Birulés, Fina</b>, comp. (2000). <i>Hannah Arendt: el orgullo de pensar</i>,  Barcelona, Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774001&pid=S1012-2508200300030000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 8. <b>De Beauvoir, Simone</b> (1970). <i>El segundo sexo</i>, Buenos Aires, Siglo  Veinte.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774003&pid=S1012-2508200300030000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 9. <b>Fornet-Betancourt, Raúl</b> (1998). «Supuestos filosóficos del diálogo  intercultural», <i>Utopía y Praxis Latinoamericana</i>, año 3, n° 5,  julio-diciembre.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774005&pid=S1012-2508200300030000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <!-- ref --><br> 10. <b>MacKinnon, Catharine A.</b> (1999). « Diferencia y dominio: sobre la  discriminación sexual», en Navarro, Marisa y Stimpson, Catharine R., comps., <i> Sexualidad, género y roles sexuales</i>, Buenos Aires, Fondo de Cultura  Económica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774007&pid=S1012-2508200300030000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 11. <b>Taminiaux, Jacques</b> (1985). «Arendt Disciple de Heidegger?», <i>Etudes  Phénoménologique</i>, vol. I , n° 2, Bruselas, Editions Ousia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774009&pid=S1012-2508200300030000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>      <!-- ref --><br> 12. <b>Tassin, Etienne</b> (1999). <i>Le trésor perdu: Hannah Arendt, l´intelligence  de l´action politique</i>, París, Editions Payot.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=774011&pid=S1012-2508200300030000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <br> <b>NOTAS    <br> </b>    <br> 1 Nos referimos aquí a autores como Martín Jay, en su artículo «El  existencialismo político de Hannah Arendt» en Birulés, 2000:147 y ss. O como  Manuel Cruz, que al hacer la recensión del libro de Elisabeth Young-Bruehl sobre  nuestra autora, (en «Suplemento Babelia», <i>El País</i>, Madrid, 30.10.1993),  hace comentarios como el siguiente: « ...muchos pasajes de sus obras (...)  incluyen afirmaciones francamente desazonantes», añadiendo a continuación  palabras textuales de una serie de pensadores que, como E. Gellner, I. Berlin, o  S. Hampshire, denigran del aporte de Arendt o malinterpretan, casi habría decir  que con mala voluntad, los planteamientos de la autora. Ciertamente, aquí habría  que señalar aquello que la teoría feminista conoce muy bien: los estándares con  los que se valora a una mujer son siempre más exigentes que los que se utilizan  para juzgar al varón, o en otras palabras, la mujer tiene que presentar el doble  o triple esfuerzo allí donde el varón llega sólo poniendo en juego la mitad de  sus fuerzas.    <br> * N.E. Aun cuando este uso no ha sido sancionado por la Real Academia Española,  se mantiene el símbolo «@» para connotar género femenino y masculino  (nosotras/os).    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 2 Cursivas nuestras.    <br>     <br> 3 Cursivas nuestras.    <br>     <br> 4 Aquí omitimos la referencia de la autora a San Agustín, en el cual se apoya  para formular esta teoría del comienzo.    <br>     <br> 5 El <i>espacio de aparición</i> del que hablaremos más adelante, que es a la  vez un determinado espacio físico y un espacio que se constituye a partir de la  pluralidad de los individuos humanos.    <br>     <br> 6 Es decir, producto del trabajo humano.    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 7 Hicimos aquí una corrección en la traducción castellana del texto,  sirviéndonos de la versión francesa y de la versión original del mismo en  inglés. Cursivas nuestras.    <br>     <br> 8 Y que obliga a definir siempre a partir de una diferenciación, de un indicar  lo que algo es, distinguiéndolo de algo «otro».    <br>     <br> 9 Cursivas nuestras.    <br>     <br> 10 Cursivas nuestras.    <br>     <br> 11 Sin embargo, el ego que para Sartre es trascendente, objeto mundano que puede  ser captado como tal por los demás, se contrapone al «para-sí», nuestro  verdadero ser, nuestro ser existencia-libertad según Sartre, y este nuestro  para-sí es, nos parece, en tanto conciencia (de) sí, lo cual significa que no se  «pone» teoréticamente como objeto, captación intuitiva (de) sí, a través de lo  cual se capta de una manera colateral, aunque no se sepa como un objeto de  conocimiento.    <br>      ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 12 Y decimos esto porque para Arendt la contemplación, que apunta a la  experiencia de lo eterno, experiencia por lo demás intraducible, y el  pensamiento, como actividad no visible que apunta a darle sentido al mundo que  nos rodea, son modos de vida que nos alejan o apartan, aunque sea  momentáneamente, del contacto mundano con los demás.    <br>     <br> 13 Cursivas nuestras.    <br>     <br> 14 La equidad, es decir la equi-valencia, la valoración equitativa, igual, para  mujeres o varones, sin importar su sexo-género.</p>       ]]></body>
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