<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>1012-2508</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Cuadernos del Cendes]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[CDC]]></abbrev-journal-title>
<issn>1012-2508</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad Central de Venezuela, Centro de Estudios del Desarrollo.]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S1012-25082004000100006</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Última conversación con Norbert Lechner: Las condiciones sociales del trabajo intelectual]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[GUTIÉRREZ]]></surname>
<given-names><![CDATA[PAULINA]]></given-names>
</name>
</contrib>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[GONZÁLEZ]]></surname>
<given-names><![CDATA[OSMAR]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2004</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2004</year>
</pub-date>
<volume>21</volume>
<numero>55</numero>
<fpage>105</fpage>
<lpage>127</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1012-25082004000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S1012-25082004000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S1012-25082004000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font size="4">Última conversación con Norbert Lechner. Las condiciones sociales del trabajo intelectual</font></b></p>     <p align="center">Entrevista realizada por PAULINA GUTIÉRREZ* y OSMAR GONZÁLEZ**</p>     <p align="justify">* Socióloga, colaboradora científica de la Facultad Latinoamericana de Ciencias  Sociales (Flacso), Sede Santiago de Chile, viuda de Norbert Lechner.</p>     <p align="justify">** Colaborador científico de Flacso, Chile.</p>     <p align="justify"><b>Nota Previa</b></p>     <p align="justify">El 17 de febrero del presente año falleció el doctor Norbert Lechner, víctima de  una violenta enfermedad de relativamente corta duración. Lechner fue uno de los  más destacados y creativos científicos sociales de la comunidad intelectual de  América Latina. Su trayectoria como investigador y pensador lo llevó desde la  indagación acerca de las particulares características del Estado en los países  de la región hasta, especialmente en los últimos años, profundas y altamente  novedosas reflexiones sobre la política y la subjetividad de los individuos en  nuestras sociedades. Valga también recordar que Lechner, en un acto de coraje  civil y hasta de audacia política, permaneció en el Chile del dictador Pinochet,  participando activa y creativamente en el largo proceso de preparación  intelectual y política de la reconquista de la democracia en ese país, lo cual  le mereció el otorgamiento de la ciudadanía chilena por una decisión unánime del  Parlamento.</p>     <p align="justify">No está demás recordar y destacar las extraordinarias cualidades humanas de  Norbert Lechner, que tuvieron su contrapartida en el hondo aprecio de quienes  tuvimos el privilegio y el honor de ser sus amigos.</p>     <p align="justify">Norbert Lechner estuvo vinculado al Cendes y a muchos de sus investigadores y  fue un miembro muy activo del Comité Asesor de la revista <i>Cuadernos del  Cendes</i>. </p>     <p align="justify">A su esposa y a sus hijos el Cendes dedica la publicación de esta conversación  en nuestra revista, como un homenaje solidario y sereno.</p>     <p align="right">Heinz R. Sonntag</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>Sabemos que el pensamiento es un proceso complejo, difícil de reconstruir en  la mezcla de intuiciones y convicciones, de dudas y certezas, de apuestas y  argumentación lógica. El propósito de esta entrevista consiste en explorar un  aspecto específico: las condiciones sociales de la reflexión. ¿Cómo llegas a  producir las ideas que presentas en tus escritos? Tus trabajos revelan un estilo  de indagación, incluso de redacción, muy particulares, que tienen poco que ver  con el grueso de los análisis políticos. Me pregunto si tu reflexión intelectual  no refleja los rasgos particulares de tu biografía. Naciste y te formaste en  Alemania, mientras que realizaste tu carrera profesional en Chile en contextos  tan diferentes como los de Allende, Pinochet y la reconstrucción democrática. El  lugar especial de tu obra ha sido ratificado recientemente cuando el Congreso  chileno te concede la nacionalidad por especial gracia, en reconocimiento a tus  contribuciones a pensar la democracia. Es notable que obtengas este  reconocimiento cívico, respaldado por todos los partidos políticos, a pesar de  que tus textos tratan más de los patios interiores de la democracia que de las  grandes avenidas. Tus libros no son manuales de uso masivo, sino una mirada  oblicua sobre lo que nos está pasando. En suma, cuando te pones a observar tu  propia producción intelectual ¿qué te llama la atención?</i></p>     <p align="justify"><b>Norbert Lechner</b>.Comparto la preocupación por conocer  cómo nuestras interpretaciones de la realidad social se encuentran condicionadas  por determinadas condiciones de producción. En América Latina se cultiva poco la  historia de las ideas y en Chile todavía menos. Tenemos poca conciencia de que  nuestra manera de pensar tiene su historia, sus tradiciones, sus encrucijadas.  Incluso los intelectuales muchas veces eluden una auto-observación de su  trayectoria e ignoran cuán condicionada está por su entorno social. Me parece  que debemos distinguir dos estrategias de investigación igualmente legítimas.  Una se guía por los temas y problemas derivados del desarrollo de la disciplina;  los mismos avances de la ciencia política o la sociología suscitan nuevas  preguntas. La otra se nutre de los retos que plantea la realidad social; la  originalidad de un estudio reside en la capacidad de «escuchar», nombrar e  interpretar los fenómenos sociales emergentes. Yo me guío por esta segunda  estrategia. Mi reflexión nace en respuesta al mundo que me rodea. Y buscando  respuesta, echo mano del debate teórico como una caja de herramientas para  interpretar esa realidad. Por cierto, dependerá de la calidad de la reflexión  teórica que el análisis no se agote en la coyuntura.</p>     <p align="justify"><i>Tu libro sobre La construcción del orden deseado lleva como  introducción una larga entrevista con Tomás Moulián. Sin embargo, vuestra  conversación no alude a tus antecedentes biográficos. Comencemos pues por  revisar qué influencias puede haber tenido tu historia de vida.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Nací el 10 de junio de 1939 en Karlsruhe,  Alemania, en víspera de la Segunda Guerra Mundial. Nací pues en un clima de  tensiones y temores que marca mis primeros meses de vida.</p>     <p align="justify"><i>Pocas semanas después, el primero de septiembre, la  invasión de Alemania a Polonia da inicio a la guerra. Más allá de la acción  militar, empero, se trata del apogeo de Hitler. ¿Qué significa la dictadura nazi  para tu vida?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>En lo personal, no tengo una vivencia consciente  del nazismo. Más me impactó la guerra: los bombardeos ingleses, el ruido de las  sirenas y la corrida a los refugios. Treinta años después, en las semanas  posteriores al golpe de 1973, las balaceras y los demás despliegues del poder  militar actualizan mis miedos infantiles. En cambio, conozco y asumo la  existencia del nazismo recién en el liceo. En mi familia no se hablaba de  Hitler; ella no era partidaria del régimen, pero tampoco opositora. Creo que no  se sentía política y moralmente responsable de lo que sucedía; debe haber  compartido con muchos alemanes el afán de encontrar un <i>modus vivendi</i> al  menor costo posible. No es gente que participe en las atrocidades nazis; no las  aprueba ni las apoya. Pero tampoco las combate. Opta por el silencio, la  indiferencia. Es un acto de cobardía, pero quizá yo hubiera actuado igual: como  dice Brecht: pobre el país que requiere de héroes. En mi caso, no me peleé con  mis padres acerca del pasado nazi, un conflicto que jugó un rol sobresaliente en  el movimiento alemán del 68. Sin embargo, durante muchos años sentí vergüenza de  ser alemán. Mis vínculos con «lo extranjero» me hacían ver «lo alemán» como un  estigma que, sin haberlo provocado, no podía borrar.</p>     <p align="justify"><i>Volveremos sobre la dificultad de ser alemán, pero antes  háblanos de la influencia que tú atribuyes a tu familia.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Bueno, soy hijo único de una familia de clase  media. Mi padre estudió matemáticas y física y después fue profesor de educación  secundaria. Es un hombre culto, con gran vocación musical, pero carente de todo  gusto por la literatura. En cambio, yo comencé a leer desde muy temprano. La  literatura me sirvió para hacerme un espacio frente a la figura dominante –en  términos normativos e intelectuales– de mi padre. Creo que esa mezcla de rigidez  normativa, superioridad intelectual y reserva emocional condiciona mi formación.  Al mismo tiempo tenía un talante liberal que no buscaba influir en mi modo de  pensar. </p>     <p align="justify"><i>¿Y tu madre?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Fue mi fuente de amor. Mi madre muere muy joven,  a los 36 años, de un cáncer, cuando yo apenas tengo 12 años. La pérdida de la  madre a esa edad representa un trauma que me persigue por muchos años. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>Da la impresión de que creces en una familia de clase  media bastante típica.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Es una familia con movilidad ascendente y, por lo  mismo, sensible a las amenazas de descenso social. Mis abuelos paternos y  maternos son gente del campo que llega a la ciudad en el marco de la  industrialización y urbanización que caracterizan a Alemania en 1900. Un abuelo  es funcionario de ferrocarriles y el otro carnicero. Mi padre es el primero de  la familia que entra a la universidad, mientras que mi madre no tiene más que  educación básica. De ahí que la búsqueda de reconocimiento haya sido un factor  recurrente en mi desarrollo intelectual.</p>     <p align="justify"><i>Un factor decisivo de la educación son los valores que te  inculcan tus padres. ¿Cuáles eran los valores básicos que orientan tu infancia?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Provengo de una familia católica practicante que  impone una educación bastante rígida en virtudes y pecados. El catolicismo  alemán de entonces tiene un doble efecto: pone distancia respecto al régimen  nazi y, al mismo tiempo, trasmite una visión conservadora del orden. Inculca una  distinción nítida entre el bien y el mal, pero no ayuda a formar un juicio  propio. Me tomó tiempo elaborar una opción individual. Lo lento de mi  emancipación se desprende de lo tardío que fue mi aprendizaje político. Sólo  como estudiante, habiendo abandonado el entorno familiar, comienzo a interesarme  por mi entorno social. </p>     <p align="justify"><i>En muchos casos existe una relación fuerte entre una forma  de pensar y determinado espacio urbano. En tu caso, ¿la ciudad de Karlsruhe  influyó en algo sobre tu formación?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Es cierto que la ciudad establece un espacio muy  particular porque fue diseñada, en pleno absolutismo ilustrado, a la manera de  un abanico con el palacio en el corazón. Más importante que la trama urbana, sin  embargo, parece ser el ambiente y la experiencia urbana. Al respecto, Karlsruhe  tiene menos carácter que Freiburg, donde hice gran parte de mis estudios  universitarios. Además, me mudé demasiadas veces: Oporto, Madrid, Valencia. Más  tarde París y Córdoba y, sobre todo, Santiago. Recuerdo con afecto ambientes  específicos de cada una de estas ciudades, pero no percibo un impacto sobre mi  trabajo. </p>     <p align="justify"><i>Vuelvo a la cronología. En Karlsruhe viviste el comienzo  de la guerra y conociste los bombardeos. En medio de esas tensiones tu familia  decide emigrar a Portugal. Esa decisión debe haberte cambiado la vida.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> A fines de 1940 partimos a Oporto, donde mi padre  trabajará en el Instituto Goethe. El traslado permite alejarnos de la guerra y  evitar sus penurias, pero al precio de un desarraigo. Pierdo los lazos y lugares  que conformaban mi origen. Desde entonces me cuesta definir un lugar propio. </p>     <p align="justify"><i>Tuviste la suerte de vivir lejos de la guerra y la post-guerra en Alemania. Ello  marca una diferencia con los jóvenes de tu generación. ¿Tú percibes esa  diferencia?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Cuando nos trasladamos a Madrid, a comienzos de  1945, conozco una doble post-guerra –europea y franquista– que se refleja en una  ciudad pobre y triste. Es la primera mirada al mundo que me rodea y descubro un  mundo gris. Sin embargo, terminan siendo más significativas las alegrías que  acompañan mis primeras identificaciones de «lo propio»: me vuelvo aficionado de  los toros y del Real Madrid. O sea, hay una vivencia de «ser español» en  paralelo al ambiente alemán en la familia. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>Eso me recuerda el papel del lenguaje entre las  condiciones sociales del pensamiento. ¿La educación bilingüe influye en tu  manera de pensar? </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Me parece que el bilingüismo puede acentuar las  dificultades de un joven para desarrollar una identidad propia. En mi caso,  aprendo al mismo tiempo el alemán y el portugués, luego olvido el portugués para  aprender el castellano y termino hablando una mezcla incomprensible de alemán y  español, propia de los niños del pequeño <i>ghetto</i> alemán. Vale decir,  carezco de un anclaje lingüístico firme que me permita comunicar espontáneamente  ideas y emociones. Ahora pienso que esa debilidad del lenguaje materno debe  influir igualmente en mi dificultad de recordar y verbalizar mis sueños. Aquí  podría radicar el impacto. Yo pienso a partir de imágenes que por una u otra  razón se cargan de significaciones preverbales que buscan expresarse en palabras  escritas. En ese paso de la imaginación visual al pensamiento discursivo se  juega para mí el trabajo intelectual.</p>     <p align="justify"><i>Parece que sufriste bastante con el desgarro entre el  hecho de ser alemán y el sentimiento de pertenencia que nacía de la afición a  los toros y al fútbol. Esa afición o, mejor dicho, pasión se mantiene hasta la  fecha. Comparado con esos poderosos mecanismos de identificación, el retorno a  Alemania no te ofrece referentes alternativos. </i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Regreso a Karlsruhe en el año 1952 cuando tengo  trece años. Fue un cambio brutal. En primer lugar, no soy Ulises, quien tras  largas aventuras retorna al hogar. Yo viví mi infancia en lugares distintos a  los de mis padres y abuelos. Para mí Alemania es un país desconocido, una  familia extraña, un modo de vida ajeno. Segundo, Alemania representa el lugar  donde perdí a mi madre. Es a partir de una vivencia inicial de pérdida y soledad  que debo construir mi inserción. En tercer lugar, el regreso a Karlsruhe  significa ingresar a un gran liceo, con exigencias de calidad y disciplina muy  superiores a las que estaba habituado. Además mis compañeros de curso suelen  llamarme «el español» y por medio de esa mirada externa me asumo a mí mismo como  extranjero. A esta auto-identificación contribuyen mis lecturas de adolescente.  Cuando leo <i>El Extranjero</i> de Camus me descubro a mí mismo en ese personaje  solitario y desarraigado. Como muchos de mi generación tengo a Camus y Sartre,  Brecht y Kafka como autores de cabecera. Estoy convencido de que muchas veces se  aprende más de la realidad por medio de la literatura que a través de las  ciencias sociales. </p>     <p align="justify"><i>Eres un adolescente de trece años cuando comienzas tu ciclo  alemán. ¿A partir de entonces toda tu formación intelectual es alemana?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Sí, hice mi bachillerato en 1959 y a  continuación, contrariando mi vocación espontánea por la literatura y las artes  plásticas, comencé a estudiar Derecho porque significaba mantener abiertas más  opciones a futuro. Tuve el apoyo de mi padre para dedicarme primero a una  formación cultural general. Con ese pretexto pasé tres semestres en Munich y  luego un año en París disfrutando de una especie de fiesta intelectual. Sobre  todo la estadía en París me abre de par en par una ventana al mundo. Mi vida  universitaria en Freiburg implica una larga «travesía del desierto» aprendiendo  el rigor y la disciplina del Derecho. Visto en retrospectiva fue un aprendizaje  útil, pero no te imaginas lo feliz que fui entonces al terminar mis estudios  jurídicos y al obtener en 1964 mi licenciatura. </p>     <p align="justify"><i>¿Y ejerciste alguna vez como abogado?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>No, nunca me vi como jurista. Con la licenciatura  en la mano fui aceptado en el curso de doctorado de Dieter Oberndörfer,  catedrático de Ciencia Política en Freiburg. Además, por saber español, me  contrató como colaborador junior en el Centro de Estudios del Tercer Mundo que  él dirigía. Aquí comienza mi aventura latinoamericana, un poco al azar.</p>     <p align="justify"><i>Tu infancia te había imbuido de un «estilo latino». Así y  todo, no es un salto menor irte de Freiburg en el corazón de la Selva Negra a  Chile, un país al fin del mundo. ¿Por qué te decidiste a venir a Chile?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Me incorporé al mencionado Centro para colaborar  en una serie de estudios sobre el movimiento universitario en América Latina.  Propuse trabajar sobre Chile. ¿Por qué? Creo que mi decisión responde a un  conjunto de factores bastante azarosos. Una primera razón es que Chile era  noticia en la prensa alemana de 1964. Las elecciones chilenas de ese año  tuvieron una fuerte repercusión en Alemania dada la posibilidad de que ganara la  Democracia Cristiana. Segundo, me atrajo el programa de «revolución en libertad»  que proponía Eduardo Frei Montalva. Aparece aquí una pregunta que me perseguirá  por años: ¿cómo compatibilizar orden y cambio social? Te das cuenta de que el  interrogante tiene que ver más con mi biografía que con un planteo académico.  Hay un tercer elemento que interpela mi espíritu aventurero: Chile es uno de los  países más alejados de Alemania y me permitiría conocer otros lugares en los  viajes de ida y regreso. Es probable que mi salida fuese también una suerte de  fuga; estaba hastiado. Así fue como un joven candidato a doctor de veinticinco  años desembarca en el viejo aeropuerto Cerrillos en enero de 1965. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>En aquella época el salto trasatlántico debe haber sido  todavía una verdadera aventura. De pronto te ves enfrentado a un mundo noeuropeo.  ¿Qué te llama la atención en tu primer contacto con la realidad chilena?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Me siento como pez en el agua. Prolongo una  estadía prevista de tres meses a un año entero. Me adapto con facilidad al modo  de vida chileno y hago buenas amistades. Sin embargo, mi gran descubrimiento en  aquel viaje es la política. La estadía en París significó una primera  aproximación, pero nunca había estado en un lugar donde se hablara y polemizara  tanto sobre temas políticos. Viniendo de un ambiente de guerra fría, aprendo  rápidamente lo entretenida que puede ser la política. De regreso en Freiburg, la  Fundación Adenauer me ofrece trabajar en su oficina santiaguina; de este modo  estoy de vuelta en Chile entre enero de 1966 y mediados del 67.</p>     <p align="justify"><i>Un factor decisivo en la formación intelectual es la  socialización que brinda el entorno universitario. Por lo que cuentas, tu  socialización académica es posterior a tus estudios de Derecho, más vinculada a  tu estadía en Chile y tu estudio de Ciencia Política.¿Reconoces la influencia de  algún «maestro» que haya orientado tu pensamiento posterior?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Mi principal amistad es con Franz Hinkelammert,  un economista berlinés y gran intelectual, que se desempeñaba como director de  la Fundación Adenauer en Santiago. Él debe haber sido el primero en Chile en  plantear una teoría social del desarrollo. A través de él conozco a Marx y un  pensamiento crítico que yo desconocía por completo. Mi misión era colaborar con  el Instituto de Estudios Políticos, dirigido por Jaime Castillo Velasco, que es  el núcleo de formación ideológica de la Democracia Cristiana. Allí me hice amigo  de muchos jóvenes que –como Juan Enrique Vega– después formarían un nuevo  partido, el MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria).</p>     <p align="justify">En esa época y hasta el golpe de 1973, Santiago era un centro intelectual  efervescente. En el debate intervenía, desde luego, la primera generación de  cientistas sociales chilenos a la que pertenecían Eduardo Hamuy, Osvaldo Sunkel,  Enzo Faletto, Raúl Urzúa. A ellos se agregaba un grupo de sociólogos brillantes  en la Cepal, (Fernando Henrique Cardoso, Francisco Weffort, Edelberto Torres  Rivas, Aníbal Quijano), un fuerte grupo de exiliados brasileños en el CESO (Ruy  Mauro Marini, Theotonio Dos Santos) y otros intelectuales destacados como André  Gunder Frank y Armand Matellart. Otro polo de influencia eran los jesuitas en  torno a Roger Veckemans, mientras que Flacso organizaba el primer y entonces  único postgrado en Ciencias Sociales de la región, con profesores como Alain  Touraine, Johan Galtung y Adam Przeworski. Viendo esa aglomeración de nombres  famosos, todo el mundo esperaría un animado debate intelectual. En realidad, las  relaciones eran bastante segmentadas. Así y todo, sin duda fue un momento  estelar en la historia cultural chilena.</p>     <p align="justify"><i>Los conflictos políticos que culminan en el golpe de 1973  han tapado la vista de los debates que animaban las ciencias sociales en esos  años. La conmemoración de los treinta años por la televisión ha puesto de  relieve muchos aspectos olvidados, pero no podía reconstruir los hitos más  complicados del debate chileno de entonces. Cuéntanos del contexto intelectual  en que se movía la discusión.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Para no perderme en un anecdotario, me limito a  recordar algunos textos famosos. En primer lugar, la formulación latinoamericana  del estructural-funcionalismo de Parsons. Me refiero a <i>Política y sociedad en  un período de transición</i> de Gino Germani que debe haber sido el libro más  influyente en las incipientes carreras universitarias. Su teoría de la  modernización es pronto cuestionada por otras dos obras representativas de la  época: el libro de Cardoso y Faletto sobre <i>Dependencia y desarrollo en  América Latina</i> y el de André Gunder Frank sobre el <i>Desarrollo del  subdesarrollo</i>. Con enfoques muy distintos, ambos plantean un mismo tema: el  modelo de desarrollo en América Latina y, en especial, la viabilidad del  capitalismo como estrategia de desarrollo. </p>     <p align="justify">Ahora bien, en aquel momento la discusión teórica aparece subordinada a la  posición político-ideológica de los autores. Su auto-identificación  político-partidista suele definir el punto de vista a partir del cual abordan  los fenómenos sociales. Tales presuposiciones valóricas son premisas (tácitas o  explícitas) de todo análisis social. Pero en los años sesenta, la polarización  política agudiza y rigidiza dichas presuposiciones. Se conforma una especie de  «academia militante» donde los intelectuales tienden a racionalizar y justificar  las posiciones políticas tomadas de antemano. Podría hablarse de «productores de  ideología» en el sentido de crear cosmovisiones racionalizadoras, capaces de  dotar de sentido las experiencias cotidianas de la gente. </p>     <p align="justify"><i>Dentro de ese espíritu militante, ¿recuerdas lecturas  significativas de esa época?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Más que una lectura de libros ocurre una lectura  de la realidad. Predomina una fetichización de la práctica política que para mí  equivale a un período de aprendizaje político. Antes no tenía pensamiento  político propio, salvo una identificación sentimental con la Guerra Civil  española. Nunca me sentí involucrado con la política alemana. Es gracias a los  amigos chilenos que aprendo no solamente a analizar los problemas de gobierno  que enfrenta Frei, sino a descubrir el funcionamiento real de una máquina como  es el Partido Demócrata Cristiano. Sólo de manera secundaria me dedico a  recopilar material para la tesis de doctorado. Había decidido hacerla sobre el  proceso de democratización en Chile; un tema algo manoseado en la actualidad,  pero poco analizado en aquel entonces. En los años sesenta la historia de la  democracia chilena hacía parte del sentido común, pero no era tema de indagación  académica. Había estudios constitucionales como los de Julio Heise o análisis  electorales, pero no una interpretación propiamente politológica (La democracia  en México de Pablo González Casanova debe haber sido uno de los primeros  estudios en considerar las condiciones sociales de la democracia).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>La tesis de doctorado debe haber sido tu entrada a la  producción académica. ¿Cuál es el enfoque teórico que orienta tu interpretación  de la democracia chilena?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Déjame confesar que se trata de un enfoque  ecléctico, sin mayor brillo. Los enfoques predominantes en la ciencia política  de esa época (la escuela del Political Development o la teoría sistémica de  David Easton) no ofrecían, a mi entender, un marco conceptual adecuado.  Políticamente la estadía chilena me había acercado a posiciones de izquierda.  Pero esa mirada no tenía traducción al plano teórico. No encontraba un esquema  interpretativo que permitiera dar cuenta de la realidad empírica. Había  demasiada realidad, por así decir. Finalmente adopté un enfoque de Ralf  Dahrendorf que tematizaba algunas cuestiones claves: la dinámica del cambio  social, el conflicto de clases, la democracia como institucionalización de  conflictos. Eran temas ausentes en la escuela norteamericana pero, a mi juicio,  indispensables para la comprensión del proceso chileno. </p>     <p align="justify">Defiendo la tesis a mediados del 69 y al año siguiente José  Aricó publica una versión abreviada en Buenos Aires bajo el título La democracia  en Chile. No he vuelto a leer el libro y me cuesta hacer una evaluación  retrospectiva del valor que pudiera haber tenido entonces. Expresaba una visión  optimista sobre el progreso casi irresistible del proceso de democratización.  Ahora bien, a la hora de publicarse el libro, la dinámica de la Unidad Popular  había instalado ejes temáticos distintos a la democracia. Y cuando la cuestión  democrática retorna a fines de los años setenta será en un contexto muy  distinto.</p>     <p align="justify"><i>Tú escribes tu tesis en pleno movimiento del 68. Sin  embargo, no mencionas ese contexto y sus posibles efectos para tu trabajo. ¿No  participas del fenómeno?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> El 68 representa un acto militante contra cierta  historia de la nación alemana. Pienso en los jóvenes que aclamaron a Hitler y  poco después marcharon a su guerra. En los años cuarenta enunciaron una timorata  declaración de culpa («no fue culpa nuestra»), pero ya en los años cincuenta  estaban instalados cómodamente en el llamado milagro alemán. Y en los sesenta se  creen en pleno derecho a acusar a la nueva generación de alemanes,  desvergonzados y sin moral, que se atreven a poner en duda la historia de la  nación alemana.</p>     <p align="justify"><i>Para los jóvenes de hoy no es fácil hacerse una idea del debate  intelectual en aquellos años. ¿Qué otros temas retienes de aquel momento?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Leía mucho y recuerdo el impacto de <i>El hombre  unidimensional</i> de Marcuse y <i>Dialéctica del iluminismo</i> de Horkheimer y  Adorno. Marx desplaza a Max Weber en la lectura de los clásicos y se recuperan  autores críticos como Rosa Luxemburgo o Erich Fromm. Son insumos para una  crítica noeconomicista del capitalismo. Había entonces una visión de la sociedad  como totalidad que ayudó a plantear una de las preocupaciones más discutidas: la  relación entre el campo de experiencias individuales y el mundo de los asuntos  públicos. El colapso de los viejos códigos de interpretación que se produce en  aquellos meses pone en marcha un aprendizaje práctico que, para mi persona, no  alcanzo a formular hasta bastante después. En el fondo fue el descubrimiento  incipiente de la dimensión subjetiva de la política. ¿Cómo se articulan  auto-realización individual y auto-determinación colectiva por medio de la  democracia? La pregunta quedó diluida por la posterior ofensiva neoliberal que  realza unilateralmente al individuo a la vez que echa por la borda toda  referencia a la sociedad.</p>     <p align="justify"><i>Tu ciclo estudiantil dura de 1959 al 69. Una vez que  obtuviste el doctorado, era hora de decidir el futuro laboral. Pasaste un año en  Córdoba, Argentina,…</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> … donde me hice de dos amigos entrañables: Pancho  Aricó y Francisco Delich. </p>     <p align="justify"><i>Pero seguía flotando en el aire la pregunta existencial de  fondo: ¿qué hacer?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>N.L.</b> La pregunta encuentra su respuesta el 4 de  septiembre de 1970 cuando asistí en Santiago a la victoria electoral de Salvador  Allende. En seguida me entusiasmé con participar en la experiencia inédita de  una revolución socialista por la vía legal. Y en marzo del 71 me embarqué de  nuevo para Santiago sin saber que de hecho estaba dando un paso definitivo. A  partir de entonces resido de modo ininterrumpido en Chile. La experiencia me  hace pensar que, al menos en mi caso, las grandes decisiones son tomadas sobre  la marcha y no responden a plan alguno. </p>     <p align="justify"><i>Emigraste con treinta y un años, un doctorado de ciencia  política y una sola maleta, para embarcarte emocional e intelectualmente en el  gobierno de Allende. ¿Qué motivaciones estaban tras esa decisión?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Te cuento los hechos. Llego invitado por Manuel  Antonio Garretón, director del Centro de Estudios de la Realidad Nacional, Ceren,  que era un instituto dependiente de la Universidad Católica. Además de mi amigo  Hinkelammert, había un equipo de investigadores de gran calidad académica y  humana: Paulina Gutiérrez y Pilar Vergara, Tomás Moulián, Kalki Glauser, Rafael  Echeverría, Jorge Larraín, Armand Mattelart, Ariel Dorfman y Hernán Valdés,  entre otros. Pero mi relación fundamental sigue siendo con Franz. Con él armamos  grupos de discusión inéditos en medio de la efervescencia política. Me cuesta  transmitir lo insólito: realizamos un seminario sobre la sexualidad como  mecanismo de control social, conversamos largamente sobre la racionalidad del  «pensamiento nocturno» en relación a la «lógica diurna», etc. Era un ambiente  muy creativo. Ahora me doy cuenta de la suerte que tuve, primero en el Ceren y  después en Flacso y ahora en el PNUD, de poder participar en instituciones que  eran verdaderos equipos.</p>     <p align="justify"><i>Cuesta visualizar cómo esa creatividad intelectual se compagina  con la agitación social y política que reina en el país. Ya señalaste cómo un  clima de fuerte politización y polarización atravesaba también a las ciencias  sociales. ¿Cuál es la relación entre producción intelectual y compromiso  político?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Tratando de recordar esos años, me vienen a la  mente algunos factores que pueden haber intervenido. Uno sería el «efecto  número»; la «masa crítica» de científicos sociales es pequeña y, por tanto, la  demanda de sus habilidades para «explicar el mundo» es más grande. Segundo, el  «efecto generacional». Las ciencias sociales estaban constituidas por una  generación joven, recién egresada de la universidad, con enormes ganas de  aplicar el conocimiento adquirido a los problemas nacionales. Eso se ve  potenciado, tercero, por el «efecto climático»; quiero decir, la sociedad  chilena se encuentra en medio de un clima de cambio impulsado por la revolución  cubana, los años Kennedy, el «aggiornamiento» de la Iglesia Católica y, por  supuesto, los Beatles. En este contexto, las motivaciones psico-sociales para  comprometerse con los marginales, con el cambio, con el servicio público y el  desarrollo del país brotan por todos los poros. Y, cuarto, habría que destacar  la pretensión de «objetividad científica» que invocaban tanto la tradición  funcionalista como la marxista, que introduce a la discusión aquel dogmatismo y  sectarismo que tanto daño nos hizo.</p>     <p align="justify"><i>¿Tú participabas en un partido político?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>En 1972 entré al MAPU, un movimiento generacional  de jóvenes deseosos de otra forma de vida, pero me retiré en marzo de 1973,  cuando el partido se escinde y priman intereses organizacionales. Ni antes ni  después milité en un partido. Ahora bien, no sólo en el período de Allende,  también en el de Pinochet, existía una tensión entre la reflexión intelectual y  el compromiso político. Es una tensión ineludible, pienso yo, para la cual no  existen instrucciones de uso. </p>     <p align="justify">E<i>n medio de la vorágine revolucionaria, no debe haber sido  fácil establecer una línea de trabajo coherente. </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> A raíz de mi formación jurídica y mi amistad con  José Antonio Viera Gallo, subsecretario de Justicia, elegí Estado y Derecho como  área de investigación. No había muchos estudios sobre este aspecto a pesar de  que era crucial en la estrategia de la Unidad Popular. Por lo tanto, intenté  proponer una reflexión teórica, abordando los límites del Estado de derecho  burgués en la línea de Otto Kirchheimer y las oportunidades que brinda el  derecho como instrumento de cambio siguiendo la orientación de Lelio Basso. Y en  enero de 1973 organicé un seminario internacional sobre el tema con la  participación de numerosos juristas de América Latina y Europa. Pocos meses  después, esos colegas, sensibilizados con la problemática chilena, jugarán un  papel destacado en las campañas de solidaridad. </p>     <p align="justify"><i>Todavía nos falta la distancia necesaria para realizar un  balance matizado del gobierno de Allende. Será tarea de la próxima generación,  menos involucrada emocionalmente en el proceso. ¿Pero te atreves a hacer una  evaluación tentativa?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>N.L.</b> El gobierno de Allende sigue siendo motivo de  controversia y no podía ser de otra manera. Por un lado son evidentes las  ambivalencias del presidente y las contradicciones de la Unidad Popular. Hubo  errores estratégicos que conducen no sólo a la derrota política del gobierno,  sino al fracaso. Enrico Berlinguer, líder de los comunistas italianos, formuló  más claramente la conclusión: no hay estrategia viable de cambio social sin el  respaldo de una mayoría cultural y política. Por el otro lado, empero, y visto  en retrospectiva, el gobierno de Allende es también un motivo de orgullo porque  actualizó el viejo sueño de «libertad, igualdad y fraternidad». A mi entender,  no logramos rendir justicia al proyecto de Allende si no lo ponemos en el  contexto de la historia chilena en su onda larga. Su significado histórico  radica en haber puesto fin al proyecto oligárquico que reinaba desde 1830. Ese  orden oligárquico, basado en la desigualdad social, seguía definiendo el modo de  vida chileno hasta los años sesenta cuando yo llegué a Chile por primera vez.  Chile era entonces –y sigue siendo– una sociedad muy «clasista» con grados de  desigualdad en las condiciones económicas y en el trato diario de la gente que  me impactan fuertemente. El gran mérito tanto de Frei como de Allende consiste  en romper con el principio de la desigualdad y en reivindicar la igualdad y  dignidad de cada individuo. No es fácil apreciar el alcance de esa ruptura en el  orden moral y los esquemas interpretativos de la realidad nacional,  especialmente ahora que las desigualdades sociales han vuelto a adquirir una  apariencia de hecho natural. </p>     <p align="justify">El enfrentamiento con la tradición oligárquica conlleva  muchos excesos pero algunos quizás sólo sean la versión exagerada de ciertas  virtudes. Por ejemplo, la alegría y la fiesta que reinaban los primeros años  tienen su contraparte en una pérdida creciente de realismo. Junto con gozar una  subjetividad largamente reprimida se tiende a olvidar que «lo posible» tiene  límites. Otro ejemplo es, a mi juicio, la reivindicación de las clases populares  de ser el sujeto efectivo de los cambios en curso. Esa lucha por hacerse actores  del proceso social encuentra su cara oscura en un desconocimiento infantil de la  lógica específica que gobierna el proceso económico. Pues bien, no olvido mi  responsabilidad por la ceguera ideológica con que todos terminamos interpretando  la realidad del país.</p>     <p align="justify"><i>El 11 de septiembre de 1973 es el gran terremoto de la  historia chilena. ¿Cómo viviste el golpe?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Anímicamente yo me salvo en septiembre del 73 porque  me había enamorado de quien sería mi mujer, Paulina Gutiérrez. Existía pues un  anclaje afectivo amoroso que impide que el vendaval del golpe nos borre del  mapa. Gracias a este lazo existencial sobrevivo al derrumbe de un sueño. Hoy lo  veo como el fin previsible pero no menos brutal de un deseo de emancipación.  Pero me acuerdo que, al mismo tiempo, vivo el golpe con una suerte de alivio  después de meses de tensión cada vez más insoportables. Los sentimientos de  miedo e impotencia nacieron en los días posteriores. No nos detuvieron ni  allanaron la casa. Pero nos sabíamos vigilados por el taxi que estaba  estacionado delante. Todavía conservo el documento de la embajada alemana  indicando que estaba bajo su protección. Para ilustrar las vueltas de la vida,  colgué al lado una copia del <i>Diario Oficial </i>de agosto del 2003  promulgando mi nacionalidad chilena por gracia especial. </p>     <p align="justify"><i>En aquellas semanas muchos extranjeros, la mayoría exiliados  latinoamericanos abandonan el país. Incluso tu amigo Hinkelammert se va. ¿Qué te  motiva a quedarte en Chile? En una entrevista reciente declaraste que era una  decisión de amor, amor de una mujer y amor por el país.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Creo que el vínculo amoroso instituye o, a lo  menos, condiciona la mirada y la actitud con que enfrentas a la realidad social.  En mi caso, es una doble relación. Por un lado, el amor de una mujer crea un  sentido de vida que el golpe no alcanza a cuestionar. Al contrario, frente a la  adversidad del entorno la experiencia de pareja enamorada se vuelve una  auto-afirmación casi épica. Por el otro lado, el amor al país hace sentirme  perteneciente a Chile en las buenas y en las malas. A diferencia de mi salida de  Alemania, no estoy tentado por la fuga. Por el contrario, tenía presente el  costo que había tenido para la vida cultural alemana el exilio forzoso en la  época de Hitler. Y la decisión llegó a ser factible a raíz de un tercer  elemento: mis amigos habían optado por la estrategia de quedarse –dentro de lo  posible– en Chile. Y pronto el coraje y la tenacidad de personas como M.A.  Garretón logran conformar las condiciones que hacen viable una resistencia  intelectual a la dictadura. Gracias al apoyo de Nita Manitzas de la Fundación  Ford, de Francisco Delich desde Clacso y otras muestras de solidaridad, la  continuidad de algunos centros de pensamiento crítico queda asegurada. </p>     <p align="justify"><i>En aquel momento te incorporas al equipo de Flacso-Chile  que será uno de los centros académicos más productivos y prestigiados en los  años ochenta. Ya estaban Enzo Faletto y Ángel Flisfisch y pronto se incorporarán  otros amigos como Tomás Moulián. ¿Por qué no describes el nuevo escenario?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> En ese tiempo, como dije, se confunden las  ciencias sociales y las estrategias de cambio social y no sorprende, por  consiguiente, que la mayoría de las instituciones de ciencias sociales fueran  intervenidas o clausuradas por los militares. Se salva la Facultad  Latinoamericana de Ciencias Sociales, creada en 1957 por la Unesco, por ser un  organismo intergubernamental dedicado a fortalecer el desarrollo de las ciencias  sociales en la región. Su actividad principal –la labor docente– queda  suspendida, pero igual sirve de refugio académico a un conjunto de jóvenes  investigadores expulsados de la universidad. Bajo la dirección de Luis Ramallo  se inicia la insólita proeza de transformar un conjunto muy diverso de  individuos en un equipo con un perfil intelectual propio. </p>     <p align="justify">Déjame hacer un pequeño homenaje a ese equipo y ver si  recuerdo todos sus nombres: Adolfo Aldunate, Rodrigo Baño, Jorge Chateau, Enzo  Faletto, Ángel Flisfisch, Manuel A. Garretón, Sergio Gómez, Julieta Kirkwood,  Norbert Lechner, Eduardo Morales, Tomás Moulián, Carlos Portales y Augusto  Varas.</p>     <p align="justify">Quiero agregar una ausencia que me apena; todavía está  pendiente la tarea de escribir la historia de Flacso de ese período. Sería una  tarea muy estimulante porque permitiría no sólo explorar los factores que  ayudaron a constituir un equipo exitoso de investigación, sino también a  vincular aspectos habitualmente escindidos: la ruptura del proceso político con  las discontinuidades en las biografías individuales, las dinámicas de la  renovación intelectual y la reconstitución del sistema político-democrático. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>Bueno, existe el análisis de los denominados centros  académicos independientes que realizó José Joaquín Brunner. Es un análisis  sociológico de las instituciones que no aborda la historia de las ideas. ¿Puedes  hablarnos del contexto en que se formulan las nuevas líneas de indagación? </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Es más fácil hacer un recuento de los elementos  institucionales-organizativos que inciden en la experiencia de Flacso. Primero,  la existencia de una personalidad jurídica de organismo intergubernamental que  el gobierno de Chile respeta inicialmente y sólo cancela en 1979. Dos, ese  «paraguas» jurídico incluye la extraterritorialidad del edificio, dando una  sensación precaria pero cierta de protección. Hay algo como una «casa propia».  Tres, cuando Pinochet nos retira la personalidad legal obtenemos el respaldo del  cardenal Silva Henriquez que nos incorpora a la Academia de Humanismo Cristiano.  Cuatro, otro factor sobresaliente es el apoyo financiero inmediato e  incondicional de la Fundación Ford a la que se suman pronto las fundaciones  canadienses y más adelante las europeas. Es la ocasión de subrayar un hecho  básico: no hay pensamiento crítico que subsista sin base material. Un quinto  elemento de gran importancia es la capacidad organizativa que aportan los nuevos  integrantes de Flacso a partir de su anterior militancia partidista. Somos  personas con alguna experiencia en acción colectiva. Sexto, cabe considerar  procesos más misteriosos como la configuración de una fuerte identidad de grupo,  forjada en contra del entorno adverso. Me acuerdo también de un séptimo factor,  pocas veces mencionado: aprender a ser tolerantes respecto a diferentes  tradiciones culturales. Faletto y Flisfisch provienen de la Universidad de  Chile, mientras que Garretón y Moulián se han formado en la Universidad  Católica. Son dos mundos culturales muy distintos que cuesta poner a  interactuar. Por último, quiero reiterar la solidaridad internacional que nos  hacía sentir que los sacrificios propios al trabajo en Chile valían la pena.</p>     <p align="justify"><i>El derrumbe de la Unidad Popular implica no solamente un  proyecto político. En realidad, todos los referentes habituales se vienen abajo.  Cuéntanos cómo ese derrumbe radical incide sobre los modos de pensar y escribir. </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Todavía hoy me cuesta recordar el brutal colapso  de una serie de condiciones que uno suele tomar por algo dado de antemano. Al  igual que la mayoría de mis colegas, disfrutaba de la estabilidad propia de un  cargo en la universidad. De pronto, el golpe trastoca completamente la vida  cotidiana. De un día a otro, el mundo es otro. Y descubrimos nuestra  vulnerabilidad a cada paso. Un hecho básico: el Ceren es disuelto y somos  expulsados de la universidad. Por tanto, perdemos los ingresos con los cuales  manteníamos la familia. ¿De qué vamos a vivir? Perdemos asimismo la cobertura de  los servicios médicos; nadie puede enfermarse. El siguiente impacto proviene del  colegio de los hijos. ¿Cómo pagarlo a fines de mes? ¿Cómo ayudar a los niños a  conversar sobre lo ocurrido? No hay un momento de paz y sosiego. Expulsados del  trabajo, estamos obligados a reinventar las rutinas diarias. ¿En qué ocuparemos  todas las horas libres? Quedarse en casa, despierta las sospechas de los  vecinos. La delación se ha vuelto una amenaza omnipresente. La propia vida  familiar cambia por completo. La convivencia se intensifica súbitamente, sin  contar con los amortiguadores que aportaba el entorno social. Así aprendemos que  la dictadura no es un factor externo a nosotros, sino parte intrínseca de  nuestras condiciones de vida. En fin, cuando uno recorre las condiciones de vida  y de trabajo que se impusieron entonces, uno se da cuenta de las miserias y los  dolores que tuvimos que superar. </p>     <p align="justify">Sobre todo los primeros años post-golpe fueron una busca  desesperada de palabras que dieran nombre a lo que nos había pasado, que dijeran  qué se había hecho de «mí mismo», cómo podía cambiar tanto el país. No sólo eso:  creo que han quedado muchas ruinas enterradas en el silencio. Lo que quiero  decir: tanto en el nivel macro-social (país) como micro-social (familia),  estábamos forzados a pensar la derrota sufrida. Y a pensarnos desde la derrota.  Ese es el trabajo de duelo que tuvimos que realizar. Y sus resultados influirán  luego sobre el modo de enfocar la transición.</p>     <p align="justify"><i>La incorporación a Flacso permite iniciar una especie de  «reconversión» intelectual. Pero cabe presumir que no fue fácil transitar desde  el universo cultural de la Unidad Popular hacía un nuevo horizonte.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Una vez más, la historicidad del proceso tiende a  escaparse. Me acuerdo que en los setenta hubo largas discusiones en Flacso;  seguro que, en buena parte, trataban de la coyuntura pero deben haber surgido  otros temas que ya no recuerdo. Por ejemplo, falta reconstruir el registro de  libros que leíamos en aquellos años. Yo destaco dos autores que leo  inmediatamente después del golpe: Gramsci y <i>La condición humana</i> de Hannah  Arendt. No sólo por su contenido, también por su estilo de exposición, son  textos que incitan a buscar un nuevo marco de referencia. Posteriormente vendrá  la lectura de Habermas y, por supuesto, todo el debate europeo (en particular el  italiano) de los años setenta. Es decir, hubo un conjunto de lecturas  «neo-marxistas» que ayudan a revisar el universo político-intelectual en que me  movía, sin echar por la borda lo aprendido. En este contexto recuerdo con cariño  a Enzo Faletto con quien mantenía largas conversaciones; todos los días  caminábamos juntos a la oficina.</p>     <p align="justify">Otro elemento muy influyente son los seminarios  latinoamericanos de Clacso organizados por Francisco Delich. Rápidamente el  circuito se extiende; funciona un sinnúmero de comisiones de trabajo que  provocan una circulación regional de los intelectuales nunca antes vista. En  aquellos seminarios se anudan los nexos entre exilio e interior; entre quienes  provenían de dictaduras y quienes disfrutaban libertades democráticas; entre los  nombres consagrados y las nuevas figuras. Cabe destacar la conferencia sobre  democracia que tuvo lugar en 1978 en Costa Rica porque ella inaugura el debate  sobre la cuestión democrática que prevalece en los años ochenta. Debe haber sido  mi primera salida a un seminario internacional.</p>     <p align="justify">A solicitud de Guillermo O’Donnell, en 1978 me encargo de  coordinar la comisión Estado y Política de Clacso. Y me dedico a construir y  animar una red que se mantiene activa hasta los años noventa. Incluye a Delich,  José Aricó, Juan Carlos Portantiero y Oscar Landi de Argentina, a Andrade Regis  de Castro y María Herminia Tavares de Brasil, a Angel Flisfisch de Chile y Julio  Labastida de México quien organiza algunos seminarios memorables. Y con la  victoria del PSOE se intensifican las relaciones con España: Ludolfo Paramio,  José María Maravall, Miguel Satrústegui. Con la colaboración de este grupo  informal, organizo durante los años ochenta tres seminarios cuya publicación  alcanza cierta resonancia: «¿Qué significa hacer política? ¿Qué es realismo en  política? y Cultura política y democratización». Reseño los títulos porque  indican, a modo de interrogación, el propósito de impulsar una nueva manera de  pensar y de hacer política, al margen de las grandes avenidas. </p>     <p align="justify"><i>Esa generación de intelectuales latinoamericanos anunciaba  la emergencia de una «nueva izquierda», según señalaste entonces. ¿Se cumplió la  promesa?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>N.L.</b> En los años ochenta se torna visible la ruptura  con el discurso revolucionario de los setenta. Hay nuevas experiencias, a veces  traumáticas, que, sin embargo, pueden ser compartidas y que dan lugar a una  nueva lectura de la realidad. Te doy ejemplos de la innovación temática:  discutíamos acerca de la vida cotidiana de la gente en la constitución de los  sujetos políticos; planteábamos una concepción de utopía basada en la definición  de qué es «lo posible»; incorporamos a la teoría política el rol de los  universos simbólicos e imaginarios colectivos. Todo ello con el fin de indagar  en la «lógica» de una política democrática. Paulatinamente, tan sólo revisando  la realidad de nuestros países, se fue configurando una nueva perspectiva que  tomaba distancia de la tradición marxista a la vez que se oponía al economicismo  neoliberal. Luego, el retorno a la democracia en Argentina, Brasil, Perú,  interrumpió ese tipo de reflexión teórica y exigió el estudio de problemas  concretos. No deja de ser paradójico que la transición a la democracia, basada  en la deliberación ciudadana, termine por inhibir la discusión intelectual.</p>     <p align="justify"><i>Volvamos al régimen militar. ¿De qué manera tu producción  intelectual se hace cargo de la dictadura? </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> En los primeros años post-golpe intento tematizar  la dictadura de Pinochet a partir de mi línea de trabajo anterior. Reúno tres  artículos en torno a <i>La crisis del Estado en América Latina </i>y preparo una  antología con cierto éxito editorial, <i>Estado y política en América Latina</i>  (Ed. Siglo XXI, 5a edición 1985). Sin embargo, estoy cada vez menos satisfecho  con un enfoque estructural de la vida social. ¿Cómo dar cuenta de las  experiencias subjetivas de la gente? Mi propia contribución a la antología ya  explora nuevos campos (antropología política) buscando una nueva mirada sobre el  Estado.</p>     <p align="justify">Una segunda fase corresponde a los años ochenta. Recién  entonces elaboro una producción autónoma y original que se manifiesta en dos  obras. La primera, publicada en 1984 por Flacso, <i>La conflictiva y nunca  acabada construcción del orden deseado</i>, introduce una reflexión sobre la  cuestión del orden. A pesar de haber sido un tema crucial tanto para la  deslegitimación de Allende como para la legitimación fáctica de Pinochet, no fue  asumido como un tema político hasta entonces. Haber planteado la construcción  del orden y el sentido de orden como desafíos centrales del quehacer político ha  sido, a mi juicio, una contribución significativa al pensamiento político.  Contribuyó a romper con la idea de revolución como eje temático de la izquierda  y obligó a enfrentar la transición a la democracia como una demanda de orden.  Creo que tuvo un mérito adicional. En una época muy dada a una visión consensual  de la democracia, yo postulo desde el mismo título del libro que la democracia  sería una construcción conflictiva y una construcción necesariamente inacabada.</p>     <p align="justify">Una segunda colección de artículos (publicada por el Fondo de  Cultura Económica en 1990) aparece bajo el título <i>Los patios interiores de la  democracia. Subjetividad y política</i>. Aquellos textos hacen hincapié en un  tema que me sigue obsesionando hasta hoy en día: la dimensión subjetiva de la  política. Como dije, ya me había enfrentado al tema anteriormente, pero sólo en  los años ochenta se vuelve el motivo explícito de mi indagación. El hecho me  hace pensar que, en general, soy muy lento para madurar una idea. Pero luego  parece que soy perseverante. Mi último libro –<i>Las sombras del mañana</i>,  publicado por LOM en 2002– vuelve sobre las experiencias subjetivas de la gente  como tema central de la política.</p>     <p align="justify"><i>A mediados de los ochenta publicas un artículo con un título  muy llamativo: De la revolución a la democracia. Parece un escrito programático  que culmina no sólo un giro biográfico tuyo, sino una inflexión en el debate  intelectual.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> En una primera lectura el título postula una  reorientación político-estratégica de la izquierda chilena. Pero mi  argumentación de fondo apunta a una reorientación intelectual, incluyendo otra  concepción de la investigación social. A la revolución como un proceso que se  guía por «la causa» como un principio externo, opongo la democracia como la  forma en que las experiencias subjetivas de la ciudadanía pueden traducirse en  agenda pública. El texto refleja mi insatisfacción con los análisis habituales  de la dictadura por su incapacidad de dar cuenta de la vida cotidiana de quienes  la vivíamos día a día. Es una crítica a un enfoque que silencia el miedo a la  violación sistemática de la intimidad; la violencia concreta de quedar cesante;  las restricciones (más mentales que físicas) del Estado de sitio, etc. En suma,  me opongo a una mirada sobre la realidad que no incluya los temores nocturnos y  no hable de los sueños de un país diferente. De hecho, el artículo resume mi  principal aprendizaje: no debemos escindir experiencia subjetiva y reflexión  intelectual. La vivencia de la gente (incluyendo la del investigador) tiene que  formar parte de la mirada con que evaluamos la realidad social.</p>     <p align="justify"><i>Tú reivindicas el nexo entre la indagación intelectual y su  entorno cotidiano. Te darás cuenta, sin embargo, de que dicha escritura tiende a  ser una crónica. ¿Cómo establecer la distancia adecuada de modo que la reflexión  se pueda hacer cargo de la experiencia subjetiva, sin limitarse a su mera  descripción?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>No sabría responder en términos generales. Te  reitero mi punto de partida: ¿cómo hablar de Pinochet sin tener presente las  experiencias diarias de miedo y de mentira? El análisis político debe abarcar  asimismo la cultura de la época por cuanto no sólo moldea la convivencia  práctica con el otro, sino también la imagen que nos hacemos del mundo que nos  rodea y de la historia en que estamos insertos. Cada vez estoy más convencido de  la relevancia que tienen los imaginarios colectivos porque ellos fijan los  criterios con los cuales miramos e interpretamos la realidad. ¿Por qué extraños  caminos llegamos a dar nombre y dar sentido a nuestras experiencias? En  definitiva, los imaginarios son tan reales como lo son las políticas públicas y  las preferencias de los consumidores. </p>     <p align="justify"><i>En aquellos años levantas otros dos temas bastante ajenos a los  estudios de tus colegas: la busca de comunidad y la demanda de certidumbre. Se  trata de una aproximación poco convencional a la «sociedad de mercado» que se  estaba instalando en Chile. Y representa una toma de posición explícita en  contra de las posiciones conocidas bajo el rótulo de «posmodernidad».</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>N.L.</b> Trato de defender el proyecto de la modernidad de cara a  la ingenuidad de la «mirada posmoderna». Ello implica asumir dos procesos  básicos de la modernidad –la creciente individualización y una mayor  secularización. Las grandes identidades colectivas del pasado se diluyen y ya no  podemos fundar el orden social en algún principio trascendente. Pero atención:  estos procesos de transformación no eliminan ciertas constantes de la  convivencia social. Por un lado, la mayor autonomía individual no hace  desaparecer la necesidad de vínculo social. El individuo se constituye en  sociedad. Por el otro, podrás asumir la incertidumbre como principio posmoderno  de tu existencia individual. En cambio, la existencia del orden colectivo supone  ciertas certezas. El Nosotros requiere duración y, por ende, alguna certidumbre. </p>     <p align="justify">En 1973 perdí la inocencia de creer que los cambios sociales  por sí solos resolverían automáticamente los problemas del pasado. No, vivir  juntos en sociedad conlleva desafíos que –bajo formas y fórmulas cambiantes– se  plantean una y otra vez sin tener una «solución» de una vez y para siempre. Las  demandas de comunidad y de certidumbre ilustran algunas continuidades en la  convivencia social. Y precisamente por ser demandas actuales ya no admiten las  respuestas del pasado.</p>     <p align="justify"><i>Tus escritos son bastante conocidos en América Latina.  Parece que viajabas mucho. En cambio, no tienes discípulos propiamente tales.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> En esos años, asistía a dos o tres seminarios al  año y las ponencias resumían mi producción. La resonancia latinoamericana tiene  que ver con el hecho de que estábamos obligados a publicar los artículos en  revistas extranjeras. Para el consumo nacional ellos circulaban como documentos  mimeografiados. En realidad, me sorprende el interés. No escribo mucho, no doy  clases y tampoco circulo mucho por los eventos académicos. Buscando explicarme  cierta influencia, la atribuyo al hecho de que mi tipo de análisis provocaba  resonancia con algunas experiencias concretas de los lectores. Esta suerte de  anclaje en la vida cotidiana confirmaría la sensación de que determinado  análisis tiene que ver con el mundo que se está viviendo.</p>     <p align="justify"><i>Volviendo a la cronología, viviste otro punto de inflexión en  1988. Pasaste de la investigación a la gestión al ser elegido sucesor de José  Joaquín Brunner en la dirección de Flacso. No debe haber sido un paso fácil.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Brunner tiene el gran mérito de haber logrado  combinar el respeto por la diversidad de intereses de los investigadores con una  imagen integrada de la institución. Yo traté de continuar esa política en un  nuevo contexto: el período de transición que se pone en marcha con el plebiscito  del 88 y el gobierno democrático en marzo de 1990. Me tocó un reordenamiento  total del escenario con algunas repercusiones directas para el desarrollo  institucional. Algunos colegas pasan a cargos de gobierno y varias fundaciones  anuncian su retiro de Chile al mismo tiempo que el gobierno democrático se  muestra reacio a apoyar a los centros académicos independientes y prefiere  «normalizar» las ciencias sociales en el ámbito de las universidades. El  resultado está a la vista: el Estado se desentiende de una institucionalidad  viva y dinámica, mientras que las universidades fracasan en constituir equipos y  líneas de investigación estables con sólido apoyo financiero e institucional. A  mi manera de ver, la decisión gubernamental representa un craso error que pone  fin a una de las etapas más creativas de las ciencias sociales chilenas. </p>     <p align="justify"><i>Después de seis años en la dirección, parece que no te  fuiste muy contento. ¿Son incompatibles las exigencias de la gestión y de la  reflexión académica?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Obtuve algunos logros visibles como el retorno  del Estado chileno al acuerdo internacional de Flacso. Sin embargo, había  tendencias anónimas que escapaban a mis posibilidades de conducción. Te menciono  algunas. En parte, me sentí frustrado por la despreocupación del Estado  democrático por el desarrollo de las ciencias sociales. Las autoridades  reconocían la deuda que tenía la democracia con los centros académicos, pero  terminaron optando por el mercado como principio regulador. Ello fomenta una de  las mayores distorsiones de la producción de conocimiento: la consultoría  privada. Por otra parte, me angustió la pérdida del <i>animus societatis.</i> La  preeminencia de estrategias individuales socava al trabajo intelectual en tanto  desafío colectivo. No es casual, creo yo, que el retorno de la democracia  coincida con el desvanecimiento de un espíritu de equipo. Y por defender cierta  idea del aporte intelectual al desarrollo del país, fracasé en llevar cabo las  reformas necesarias para adecuar la institución al nuevo contexto. </p>     <p align="justify">Pues bien, frente a la adversidad traté de ser fiel a una  sentencia de Italo Calvino: «No hacerse nunca demasiadas ilusiones y no dejar de  creer que cualquier cosa que hagas pueda ser útil».</p>     <p align="justify"><i>En 1994 terminaste un largo ciclo de veinte años en Flacso-Chile  y te incorporaste a la Sede México. ¿Había alguna razón en especial para salir  de Chile y radicarte en México?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>N.L. </b>Confluyen varios factores. Por un lado, quería  volver a la investigación en un ambiente tranquilo y estimulante a la vez. Por  el otro, estábamos algo cansados de Chile. Parecía el momento oportuno de pasar  una temporada fuera y la vida cultural de México nos pareció la más atractiva.  De hecho, los directores de la sede mexicana, José Luis Barros y Germán Pérez,  me ofrecieron condiciones óptimas para estudiar y publicar. Mi estadía mexicana  fue corta –tres años– pero productiva y gratificante. </p>     <p align="justify"><i>Volver a la investigación en el contexto mexicano debe  haber influido sobre tus temas.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>Nunca tuve la idea descabellada de estudiar la  política mexicana. Además, uno viaja con sus fantasmas y sueños. Cambiar de país  sirve para revisar los argumentos en gestación, para socavar rutinas y para  poner una oreja más atenta a los fenómenos que te rodean. En México comienzo a  reflexionar una intuición previa –la política ya no es lo que fue. Creo haber  introducido al debate un tema innovador: la erosión de los mapas mentales con  los cuales pensamos y hacemos política. No obstante, la indagación queda  inconclusa. Sigue pendiente un estudio mayor de las transformaciones que  caracterizan la política actual en sus múltiples dimensiones.</p>     <p align="justify"><i>A pesar de los atractivos de México regresas a Chile a  mediados de 1997. Inicias entonces un nuevo ciclo. Pero es algo sorpresivo que  tu trayectoria de investigador te conduzca a un organismo internacional como el  Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> En realidad, no es tanto el cambio, porque soy un  funcionario local, dedicado exclusivamente a la investigación. Somos un equipo  pequeño en el que nos distribuimos las tareas según las habilidades de cada  cual. Acá tienes un factor decisivo en la producción intelectual: la existencia  de un grupo bien integrado. Cuando no hay un buen ambiente la creatividad se  seca. Por lo demás, sigo con mi vieja pelea por encontrar nombre (o sea,  significaciones) a ciertas constelaciones de la realidad social; constelaciones  que aparecen como una especie de vapores que flotan sin forma por entre todos  los rincones de la vida social y que, al mismo tiempo, se manifiestan como un  material extremadamente duro a la hora de moldear nuestra vida diaria. </p>     <p align="justify"><i>Tú contribuyes a la preparación de los informes chilenos  sobre desarrollo humano que no sólo han tenido una notable resonancia en el  debate público, sino que encontraron asimismo un importante reconocimiento  internacional. En el último tiempo parece haber resucitado cierto interés por  estudios críticos sobre la sociedad chilena, comenzando por el libro de Tomás Moulián Chile Actual. Anatomía de un mito. ¿Cuál sería en tu opinión el aporte  novedoso de estos informes que explicaría su impacto? </i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Los hilos que se hilvanan entre autor y lector  suelen ser misteriosos. Y muy diversos factores inciden en el eco relativo de  los informes del PNUD. Uno es el carácter fragmentario y esporádico que muestra  la discusión pública cuando es pautada por la televisión. Es más, predomina una  tendencia general a una mayor volatilidad en las relaciones sociales y a un  desvanecimiento de los mapas mentales con que nos movíamos habitualmente. Como  resultado de ello el discurso público tiende a reducirse a denuncias nostálgicas  del neoliberalismo y la globalización o, por el contrario, se contenta con  apologías ingenuas del progreso irreversible que impulsa la sociedad de mercado.  En ambos casos, creo yo, quedamos huérfanos de esquemas interpretativos que nos  ayuden a dar inteligibilidad al mundo que nos rodea. Se agotaron las propuestas  de las décadas pasadas: la introducción del pensamiento neoliberal en los años  setenta, los esfuerzos de la llamada renovación socialista y la reformulación  del ideario democrático en los ochenta. Después las energías parecen haberse  gastado en la gestión de lo establecido. </p>     <p align="justify">El déficit reflexivo refleja tanto la falta de investigación  social como las dificultades de un sistema político que tampoco ha sabido  elaborar «ofertas de sentido». Carecemos de un «cuento de Chile» que permita a  la gente interpretar los cambios ocurridos. Por consiguiente, resulta difícil  que los chilenos puedan apropiarse de las enormes transformaciones como algo  propio, algo producido por ellos y que «tiene sentido». No digo nada nuevo. Por  el contrario, en medio de una modernidad que se ha vuelto líquida, al decir de Zygmunt Bauman, existe una demanda creciente por «mapas de navegación». Es en  este contexto, a mi juicio, que los informes de desarrollo humano se vuelven  insumos útiles. </p>     <p align="justify"><i>Estás proponiendo una inversión sugerente de nuestro tema.  En lugar de las condiciones sociales de la producción intelectual, destacas la  producción de claves que permitan interpretar la realidad social. Si te entiendo  bien, se trataría de analizar la recepción que encuentra determinado discurso en  la opinión pública.</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Nos hemos interrogado poco acerca de la  circulación y el consumo del trabajo intelectual. ¿Qué se lee y cómo se lee? ¿A  qué temas se presta atención y cuáles se pasan por alto? ¿En qué medida la  apropiación de nuevas ideas se combina y metaboliza con el conocimiento previo? </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><i>Parece sensato suponer que la resonancia de los informes  de desarrollo humano tiene que ver no sólo con la capacidad de nombrar ciertas  preguntas tácitas de la sociedad chilena, sino también con las respuestas que le  dan. ¿Cuál sería la perspectiva general que proponen los distintos informes?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L. </b>El enfoque del desarrollo humano tiene el mérito  de presentar una mirada que comulga con los sentimientos básicos de la gente: el  deseo de ser sujeto activo de su vida. En un momento en que el avance de los  sistemas funcionales toma la apariencia de un proceso automático que funciona a  espaldas de las personas, se vuelve a plantear el fundamento de la modernidad:  la autonomía individual. Pero ya no basta la promesa inicial que aseguraba al  individuo la libertad de poder elegir su destino; nadie la pone en duda. El  problema son los obstáculos materiales y mentales que impiden a tantas personas  ejercer efectivamente esa autonomía. La retórica actual sobre el individuo  emprendedor no suele considerar el lado oscuro; muchos chilenos se sienten  frustrados e impotentes en su anhelo de realizar sus aspiraciones. A mi  entender, no basta con apostar a una política de «igualdad de oportunidades»  porque es un enfoque centrado en soluciones individuales. La libertad del  individuo, empero, se juega en las condiciones de posibilidad que ofrece la  sociedad. De ahí que la noción de «sociedad de individuos» sea la clave del  desarrollo humano.</p>     <p align="justify"><i>En relación con la producción sociológica en Chile de los  últimos años, resultan novedosos los temas tratados por los informes del PNUD.  Hay un esfuerzo notable por recuperar dimensiones del desarrollo que habían  quedado relegadas a un plano secundario. Respaldados por material empírico,  ustedes nos recuerdan la centralidad que tiene la subjetividad social de las  personas, sus miedos y sus dificultades de imaginar el país deseado, el  deterioro de las formas tradicionales de identidad colectiva y la relevancia de  una imagen del Nosotros. ¿Esta coherencia temática la intuían de antemano o es  un resultado no intencional?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> La preocupación por la subjetividad y  sociabilidad de los chilenos o por las condiciones culturales de su convivencia  se inscribe lógicamente en la perspectiva general de los informes en torno a las  capacidades de las personas de ser sujeto. Pero no se trata de la aplicación  mecánica de una receta. Al mismo tiempo, cada informe comienza con una larga y  cuidadosa discusión del equipo acerca de los fenómenos específicos que debieran  ser tratados. Cada estudio descansa pues sobre una combinación de elementos  normativos y analíticos. Esa combinación caracteriza todo trabajo intelectual,  creo yo.</p>     <p align="justify"><i>Otra característica de los informes de desarrollo humano  reside en su intención práctica. Quieren ofrecer insumos para el diseño de las  políticas públicas. Ello genera tensiones. Los informes se acercan a una suerte  de consultoría técnica que podría ser contradictoria con la reflexión teórica  que los anima. ¿Ustedes también perciben esa tensión?</i></p>     <p align="justify"><b>N.L.</b> Veo una tensión fructífera. Por un lado, somete  el análisis a las exigencias y restricciones de la vida real, evitando caer en  elucubraciones vacuas. Entiendo la investigación como un servicio de utilidad  pública. Por el otro lado, la elaboración de instrumentos prácticos para las  políticas públicas (por ejemplo, el mapa nacional de asociatividad o el registro  nacional de dinámicas culturales) está sujeta a una indagación acerca de los  objetivos de la intervención estatal. De poco nos sirve la medición empírica de  un fenómeno si no tenemos claro a qué desafíos nos queremos enfrentar. En suma,  lo específico de los informes consiste precisamente en describir un campo de  relevancia socio-política junto con ofrecer algunos instrumentos que permitan  abordar sus problemas.</p>     <p align="justify">Hay un aspecto adicional que quiero destacar. Un destinatario  de los informes es el Gobierno, con el fin de mejorar las políticas públicas.  Pero hay otro destinatario no menos importante: la ciudadanía. El éxito más  notorio de los informes radica en su contribución al debate público. Pienso que  ellos aportaron insumos significativos para que los chilenos podamos conversar  sobre nuestro modo de vida, sobre la seguridad ciudadana o sobre el proyecto de  país que queremos construir. Son estas conversaciones cotidianas las que van  conformando el espacio público.</p>       ]]></body>

</article>
