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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El ALCA: más allá de la economía Un ensayo]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Ever since the eighties, when the neoconservative reaction arises, the predominance of the free-market ideas and the goal of creating a single world capitalist market were reinforced by the weakening of the USSR and its posterior collapse. With the rise of neo-conservatism in the U.S. the old Monroe project is once again operative, now under the guise of the FTAA. This cannot be regarded as a simple scheme of economic and commercial integration. Its design and consequences go well beyond that to affect liberty, justice, democracy, equality, human rights, ecological sustainability, national self-determination and general well-being. The anti-FTAA movements should not be only centered in the economic consequences of the FTAA but should take into consideration the totality of components of the project.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><b><font size="4">El ALCA: más allá de la economía Un ensayo*</font></b></p>     <p align="center">ATILIO A. BORÓN</p>     <p align="justify"><b>Resumen </b></p>     <p align="justify">Desde los años ochenta, cuando irrumpe la reacción neoconservadora, el  predominio de las ideas del libre mercado y la aspiración de crear un solo  mercado capitalista mundial fueron reforzadas por el debilitamiento de la URSS y  su posterior implosión. Con el triunfo neoconservador en Estados Unidos se  reactualiza el viejo proyecto del monroismo, ahora bajo el manto del ALCA. Éste  no puede ser visto sólo como un esquema de integración económica y comercial. Su  diseño y sus consecuencias van mucho más allá, y afectan la libertad, la  justicia, la democracia, la igualdad, los derechos humanos, la sustentabilidad  ecológica, la autodeterminación nacional y el bienestar de los pueblos. Los  movimientos contra el ALCA no pueden seguir centrados sólo en la crítica a sus  consecuencias económicas: deben tomar en cuenta todos los aspectos del proyecto.</p>     <p align="justify"><b>Palabras clave</b>: ALCA / Integración / Autodeterminación</p>     <p align="justify"><b>Abstract</b></p>     <p align="justify">Ever since the eighties, when the neoconservative reaction arises, the  predominance of the free-market ideas and the goal of creating a single world  capitalist market were reinforced by the weakening of the USSR and its posterior  collapse. With the rise of neo-conservatism in the U.S. the old Monroe project  is once again operative, now under the guise of the FTAA. This cannot be  regarded as a simple scheme of economic and commercial integration. Its design  and consequences go well beyond that to affect liberty, justice, democracy,  equality, human rights, ecological sustainability, national self-determination  and general well-being. The anti-FTAA movements should not be only centered in  the economic consequences of the FTAA but should take into consideration the  totality of components of the project.</p>     <p align="justify"><b>Key words</b>: FTAA / Integration / Self-determination</p>     <p align="justify">RECIBIDO: JUNIO 2004</p>     <p align="justify">ACEPTADO: AGOSTO 2004</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>Introducción</b></p>     <p align="justify">El propósito de este artículo es examinar algunos aspectos poco tenidos en  cuenta en las actuales discusiones sobre el Área de Libre Comercio de las  Américas (ALCA). Basta echar una ojeada a los documentos en circulación para  comprobar que tanto los gobiernos de la región como las organizaciones populares  que bregan por evitar la firma de dicho tratado concentran sus argumentaciones  casi exclusivamente en las consideraciones económicas. </p>     <p align="justify">Donde unos ven inéditas oportunidades de acceso al tan  apetecido (como protegido) mercado norteamericano, otros avisoran la  institucionalización del imperialismo. Nuestra identificación con los segundos  no nos inhibe de ver, sin embargo, que en la propuesta del ALCA hay muchas cosas  que se juegan más allá de la economía y que son tan importantes como ésta. No  obstante, pese a su indudable gravitación, su lugar en la agenda de discusiones  es completamente marginal. Se comprenden las razones por las cuales los abogados  de la lisa y llana anexión a los Estados Unidos restringen sus planteamientos al  terreno puramente económico. Lo que resulta menos comprensible es que los  movimientos sociales y las fuerzas políticas que luchan contra el ALCA acepten  esos términos de referencia y no introduzcan en la agenda pública lo que  brevemente podríamos denominar como sus dimensiones militares, ideológicas y  políticas. Este es, al final de cuentas, un proyecto imperial en el cual este  tipo de consideraciones tiene una importancia decisiva. </p>     <p align="justify">Reducir el ALCA a una cuestión meramente comercial, o si se  quiere, económica, podría tener como consecuencia perder de vista aspectos  cruciales que hacen a la relación de nuestros países con EE UU. No es por  casualidad que los negociadores norteamericanos limitan cuidadosamente sus  argumentaciones a los asuntos económicos.</p>     <p align="justify">Pero Washington no está librando un combate de esta  naturaleza tan sólo para garantizar mayores ganancias a sus empresas. Pensar que  el ALCA se promueve tan sólo para mejorar los balances de IBM, Microsoft o  Chiquita Banana es un grave error de perspectiva que subestima los reales  alcances del proyecto. Es nuestra obligación, en consecuencia, explorar los  temas ocultos de la agenda y discutir lo que no quieren que se discuta. Este  trabajo tiene por objetivo realizar un pequeño aporte en esta dirección. </p>     <p align="justify"><b>El nuevo contexto internacional </b></p>     <p align="justify">El sistema internacional está transitando por una fase extraordinariamente  peligrosa, producto de la implosión del orden mundial de la posguerra y la  demencial militarización promovida por la Casa Blanca como única respuesta a los  desafíos de la época.</p>     <p align="justify">A raíz de esto, EE UU se enfrenta a una desquiciante  paradoja: es la única superpotencia militar del planeta, con una superioridad  aplastante en ese terreno. Sin embargo, puede arrasar países enteros (ahí están  los dolorosos ejemplos de Afganistán e Irak) pero no puede ganar una guerra. En  las recientes semanas las noticias procedentes de Irak no podían ser más  desalentadoras. La «victoria» triunfalmente proclamada por George Bush Jr.,  descendiendo de un avión de combate disfrazado de piloto de la Fuerza Aérea  frente a las costas de San Diego –precisamente, él que había utilizado sus  influencias familiares para eludir sus obligaciones militares durante la guerra  de Vietnam– esa victoria, decíamos, se ha convertido en una humillante derrota. </p>     <p align="justify">La ficción hollywoodesca que había convencido a Donald  Rumsfeld y a otros diletantes como él de que para ganar una guerra bastaba con  arrasar desde el aire e impunemente a una población indefensa tropezó de súbito  con la clásica leyenda que pone fin a todas las ensoñaciones fílmicas de  Hollywood: <i>the end</i>. La «hora de la verdad» era la de la ocupación y  control efectivo del territorio, y llegado ese momento los invasores demostraron  que no habían ganado nada, que el pueblo iraquí detestaba tanto a Saddam Hussein  como a quienes hace poco más de 20 años lo habían impuesto para combatir a la  naciente revolución iraní y que pretendían aparecer ante sus ojos como sus  «liberadores». Tal como lo establecen los grandes teóricos del tema, desde Tzung-Tsu  hasta Clausewitz, pasando por Maquiavelo, ganar una guerra significa ocupar un  territorio, someter a la población derrotada y establecer un cierto ordenamiento  elemental de la vida económica y social. Pese a su inmenso poderío militar, la  evidencia contemporánea indica que EE UU no ha podido hacer eso.</p>     <p align="justify">De ahí que la única alternativa que tienen los talibanes de  Washington es diseñar una huida lo menos indecorosa posible, antes de que la  lúgubre caravana de soldados estadounidenses muertos en combate (más de 500 a  mediados de enero de 2004) amén de los centenares de heridos y mutilados –acerca  de los cuales la prensa poco o nada informa– terminen por convencer a los  electores de que el majestuoso vengador de la Casa Blanca no es sino un pequeño  personaje del folklore tejano, a quien su cargo y la historia le quedan  demasiado grandes.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Pero hay otro componente de la actual paradoja militar que atribula a EE UU, y  es su extraordinaria vulnerabilidad ante los eventuales ataques de sus enemigos.  En efecto, pese al crecimiento desorbitado de su gasto militar, que en la  actualidad equivale aproximadamente a la mitad de todos los gastos militares del  planeta, el país es más vulnerable que nunca, como lo demuestran los atentados  del 11 de septiembre de 2001 y las reiteradas denuncias gubernamentales de  inminentes ataques terroristas a la población. Una población que, en función de  esto, vive en perpetua zozobra y propensa, por lo tanto, a cerrar filas en torno  a su gobierno, quienquiera que esté al frente del mismo. </p>     <p align="justify">Son estas poco auspiciosas condiciones las que determinan las  urgencias de Washington por lanzar el ALCA cuanto antes. Éste le aseguraría el  control absoluto –económico, político y militar– del vasto espacio geográfico  que se extiende desde Alaska hasta Tierra del Fuego, construyendo un  imprescindible anillo protector del ahora vulnerable y amenazado territorio  norteamericano. Recientes documentos de trabajo del Pentágono, entre ellos uno  del coronel Joseph Núñez, insisten precisamente en eso: que la nueva doctrina  estratégica norteamericana debe abandonar la presunción de que EE UU es una isla  y que el diseño de una nueva arquitectura de seguridad construida con base en  nuevas premisas es un imperativo categórico de la hora actual (Núñez, 2002).  Esta nueva doctrina debe ser congruente, se nos dice en dicho documento, con el  desarrollo del ALCA, lo cual justifica de por sí sobradamente el examen del  tema. Cabría preguntarse, además, si la relación no podría ser exactamente al  revés de lo que se postula: ¿por qué no pensar al ALCA como la faceta económica  de una concepción militar-estratégica? Si, como lo aseguran muchos expertos, la  lógica militar subordina por completo algo tan delicado como el presupuesto  federal de EE UU, ¿por qué no pensar que dicha lógica impera también en el plano  de las relaciones hemisféricas? </p>     <p align="justify">No decimos que esto sea estrictamente así, pero conviene  pensarlo. Sobre todo cuando en el documento de marras se sostiene enfáticamente  que tanto el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Río, 1947) como la  Organización de Estados Americanos son «reliquias de la Guerra Fría  insuficientes para atender a los desafíos y amenazas de hoy» (Núñez, 2002: VII)  En todo caso, no es una cuestión menor, sobre todo si se recuerdan las palabras  del Representante Comercial de EE UU y principal negociador del ALCA, Robert  Zoellick, cuando dice que hay una tríada inseparable integrada por el libre  comercio, la democracia y la seguridad (todos términos que, por supuesto, son  definidos en función del interés nacional norteamericano). No parece conveniente  que los movimientos sociales que se oponen al ALCA se desentiendan de estas  consideraciones.</p>     <p align="justify"><b>¿Un esquema de integración económica mutuamente beneficioso?</b></p>     <p align="justify">A pesar de la palabrería neoliberal que lo presenta como un virtuoso esquema de  integración comercial, el ALCA es mucho más que eso. Es la culminación de un  secular proyecto de dominación continental, la realización práctica de las ideas  forjadas en 1823 (¡un año antes de la batalla de Ayacucho, que puso fin al  proceso emancipador en Sudamérica!) por quien fuera el quinto Presidente de EE  UU, James Monroe, y sintetizadas en la doctrina que lleva su nombre. El ALCA es  el postrero triunfo del monroísmo, disimulado bajo los mantos engañosos de una  simple integración comercial. </p>     <p align="justify">Debemos a Simón Bolívar y a José Martí la precoz  identificación de los peligros que entrañaba nuestra vecindad con lo que el  cubano llamaba «la Roma americana». El Libertador ya había denunciado,  contemporáneamente a la formulación de la doctrina Monroe y con palabras que  conservan una rigurosa actualidad, que «los Estados Unidos parecen destinados  por la Providencia a sembrar de miserias a las Américas en nombre de la  libertad». </p>     <p align="justify">Martí, sin duda el latinoamericano que mejor conoció a EE UU,  nos advertía de los riesgos derivados de un rasgo cultural muy arraigado en las  clases dominantes norteamericanas, su creencia en el derecho bárbaro como único  derecho posible: «esto es nuestro porque lo necesitamos.» No hace falta  esforzarse demasiado para ver cómo esta observación prefigura con un siglo de  anticipación la más reciente innovación doctrinaria norteamericana en materia de  seguridad, que viene a justificar las «guerras preventivas» contra todo aquel  que, en un futuro incierto, pudiera llegar a ser una amenaza para la seguridad  norteamericana. Quien se oponga a las pretensiones de la gran potencia y a su  «derecho» a apropiarse de lo que se le venga en gana se convierte en un enemigo.</p>     <p align="justify">Martí también anotaba los peligros derivados a una intensa  relación económica, algo que adquiere especial importancia en estos momentos.  Contrariamente a las visiones tan difundidas en estos días, que ven al comercio  como un intercambio neutro y mutuamente beneficioso entre las naciones, Martí  decía que: «quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que  compra, manda. El pueblo que vende, sirve. El influjo excesivo de un país en el  comercio de otro, se convierte en influjo político» (Martí, 2001:53-54).</p>     <p align="justify">Siendo esto así, pocas dudas caben acerca de lo que realmente  es el ALCA. Pero nuestro juicio negativo sobre esta propuesta no sólo se asienta  en un análisis crítico del imperialismo y del capitalismo en su fase actual, o  en las fundadas denuncias de los movimientos y organizaciones que en toda  América Latina resisten a la prepotencia de Washington. Sus verdaderas  intenciones han sido también expresadas por importantes funcionarios y  dirigentes norteamericanos. En su oportunidad Henry Kissinger sostuvo que las  relaciones México-EE UU, plasmadas en el Tratado de Libre Comercio de América  del Norte (Tlcan), son las que deben servir de modelo para las negociaciones con  otros países latinoamericanos. En otras palabras, el ALCA significa la extensión  para toda la América Latina del tipo de relacionamiento económico establecido  entre EE UU, Canadá y México. Los negativos resultados que, según todos los  observadores, ha traído el Tlcan para la gran mayoría de la población mexicana  nos eximen de mayores comentarios. Para los escépticos bastaría con recordar que  el flujo de migrantes desde México hacia EE UU lejos de detenerse, no hizo sino  acentuarse desde la entrada en vigor del Tratado, indicador más que elocuente de  los ingentes costos sociales que produjo el proceso de integración, y de la  persistencia de la pobreza al Sur del Río Bravo, 10 años después de la pomposa  inauguración del Tlcan. Recordemos también la gravísima crisis del sector  agrario desatada por la desleal competencia entre la agricultura subsidiada de  EE UU y la producción del campesinado y los pequeños productores mexicanos, que  ha arruinado a estos últimos y cuyas protestas han dado lugar a la gestación de  un formidable movimiento de masas como «El campo no aguanta más».</p>     <p align="justify">Poco después de la Cumbre de Québec el secretario de Estado  del actual gobierno norteamericano, Colin Powell, decía que: «nuestro objetivo  es garantizar para las empresas norteamericanas el control de un territorio que  se extiende desde el Ártico hasta la Antártica y el libre acceso sin ninguna  clase de obstáculo de nuestros productos, servicios, tecnologías y capitales a  un mercado único de más de 800 millones de personas, con una renta total  superior a los 11 billones de dólares». Y poco tiempo atrás Robert Zoellick,  Representante de Comercio de EE UU, decía en un mensaje al Congreso, que «vamos  a forzar y monitorear este proceso en todo lo que esté a nuestro alcance. Y  utilizaremos todos los medios legales y necesarios [¡lo cual quiere decir que  algunos de ellos no necesariamente serán legales!] para conquistar el máximo de  ventajas para los norteamericanos». Sus palabras eran un eco de las que pocos  años antes pronunciara su predecesor Mickey Kantor, al decir que «nada podría  ser más importante para apoyar a las economías del hemisferio que construir el  Área de Libre Comercio de las Américas. ... Si ésta llegara a concretarse, para  el año 2010 el valor de las exportaciones de EE UU a América Latina y el Caribe  superaría el valor de los bienes exportados a los mercados de Europa y Japón  combinados. ... Tan sólo en el período comprendido entre 1985 y 1994 las  exportaciones norteamericanas a la región aumentaron en 30.000 millones de  dólares, y generaron 800.000 nuevos empleos para los trabajadores  norteamericanos» (Latin America Institute, 1995).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Por último, en una audiencia ante el Subcomité de Comercio  del Congreso estadounidense el economista Jeffrey J. Schott, del Institute for  International Economics, declaraba ante los congresistas que América Latina ya  es un importante mercado para las compañías norteamericanas; que el comercio con  la región arroja un saldo favorable para EE UU; que las negociaciones del ALCA  no requieren un cambio sustancial en las leyes o prácticas comerciales  norteamericanas, mientras que los nuevos socios tendrán que ajustar las suyas  liberalizando y desregulando sus economías. En su presentación, el economista  decía que los latinoamericanos no tenían más alternativas que admitir esta  «liberalización asimétrica» porque de lo contrario no podrían competir en los  mercados mundiales. A cambio, el ingreso al ALCA les aseguraría el acceso al  mercado estadounidense y los pondría a resguardo de los nuevos impulsos  proteccionistas que prosperan en EE UU y en los mercados del mundo desarrollado.  Pero, al mismo tiempo, para Washington la puesta en marcha del ALCA sería una  manera efectiva de coagular las reformas económicas que se produjeron en la  región en los años noventa a través de renovadas obligaciones internacionales  que incrementarían enormemente los costos de cualquier tentativa de revisar lo  actuado y desandar el camino de las reformas neoliberales (Schott, 1997). </p>     <p align="justify">Dicho sin eufemismos diplomáticos y para resumir, el ALCA  equivale a la legalización e institucionalización del pillaje colonial vehiculizado por las políticas del Consenso de Washington y que los pueblos de  la región han padecido por décadas. </p>     <p align="justify">De todo lo anterior se desprende que es necesario y urgente  impedir la creación del ALCA. Los borradores del proyecto, discutido al margen  de toda clase de escrutinio público, cual si fuera una conspiración de  malhechores, incluyen entre sus puntos más sobresalientes los siguientes:</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; La completa liberalización del comercio y los servicios,  incluyendo la educación, la salud y la previsión social, que sufrirían un  proceso de total mercantilización. De esta manera todas estas actividades  caerían en poco tiempo en manos de las gigantescas firmas norteamericanas y los  gobiernos de la región carecerían de instrumentos de política pública para  incidir sobre estas áreas.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Garantizar la más irrestricta libertad para los  inversionistas externos, cuidándose los gobiernos anfitriones de interponer  limitaciones de cualquier tipo a sus actividades, a sus estrategias de inversión  y a sus decisiones en materia de remesas de utilidades a sus casas matrices.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp; Abrir por completo el mercado de los contratos gubernamentales,  sea en el nivel nacional, provincial o municipal, a los efectos de facilitar la  participación de cualquier empresa nacional o extranjera. De este modo se  destruye una importantísima arma de la política económica, cual es la  utilización del poder de compra del Estado.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp; Eliminación unilateral y completa de todas las restricciones  al comercio, poniendo fin a las prácticas proteccionistas de carácter  arancelarias o no arancelaria por igual, como, por ejemplo, normas relativas a  la salud pública o de preservación del medio ambiente.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Supresión de los subsidios a la exportación de productos  agropecuarios así como de cualquier requisito susceptible de ser utilizado para  entorpecer el flujo comercial en este terreno.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Garantizar el más estricto respeto a los derechos de  propiedad intelectual, lo que en la práctica significa aceptar la apropiación de  los bienes de la naturaleza por empresas oligopólicas dotadas de enormes  recursos tecnológicos que les permitirán patentar plantas, animales y semillas.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Asegurar que los gobiernos firmantes del acuerdo se  abstendrán de promover prácticas comerciales anti-competitivas como, por  ejemplo, la preservación de empresas estatales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al igual que se estipula en el por ahora abortado Acuerdo  Multilateral de Inversiones, cualquier disputa entre los países del ALCA o entre  éstos y las empresas transnacionales deberá ser dirimido ante tribunales  especiales de mediación, poniendo fin de este modo a cualquier arresto de  soberanía nacional en cuestiones centrales de la vida económica y social de  nuestros países. </p>     <p align="justify">En suma, el ALCA es un proyecto que pretende  institucionalizar nuestra subordinación al imperialismo forzando la capitulación  de los intereses de los pueblos latinoamericanos ante la potencia hegemónica. Se  trata de lograr la silenciosa anexión de nuestros países a EE UU, liquidando  definitivamente cualquier pretensión de soberanía y autonomía nacionales.</p>     <p align="justify">Es por eso que los borradores del proyecto han sido  discutidos entre «expertos», al margen de toda clase de escrutinio público. La  razón es muy simple: los verdaderos objetivos del ALCA son inconfesables:  legalizar la rapiña imperialista, que sólo favorece a las grandes empresas  norteamericanas y a sus aliados y representantes locales. Es por eso que los  voceros de la derecha, que a diario nos aturden con sus graznidos en favor de la  democracia liberal, la rendición de cuentas, la transparencia administrativa y  el «empoderamiento» de la sociedad civil, incurren alegremente en la flagrante  violación de todos estos principios a la hora de imponer el ALCA, chantajeando  gobiernos y marginando a los pueblos de toda discusión. En este caso, la  rendición de cuentas y la transparencia en la gestión de la cosa pública se  convierten en molestos obstáculos que es preciso sortear a cualquier precio, y  la sociedad civil es mejor que permanezca sumida en el sopor narcotizante a que  la inducen, no por casualidad, los medios de comunicación de masas controlados  por los grandes monopolios. La insolente idea de convocar a un referéndum  popular sobre un tema tan crucial como éste despierta la santa indignación de  nuestros sedicentes demócratas latinoamericanos. La inmoralidad de su doble  discurso sólo puede igualarse con la alevosía de su conducta. </p>     <p align="justify"><b>La involución democrática de los Estados Unidos</b></p>     <p align="justify">De todo lo anterior se desprende muy claramente que el ALCA es un proyecto que  trasciende lo meramente comercial. Quisiéramos en esta sección plantear unas  breves reflexiones sobre estas cuestiones, que van más allá de lo estrictamente  económico y que todos quienes nos oponemos al ALCA no podemos dejar de  considerar muy seriamente. </p>     <p align="justify">Esta iniciativa anexionista de la clase dominante  norteamericana se inscribe en el contexto de una verdadera contrarrevolución que  tuvo lugar desde comienzos de los años ochenta del siglo pasado. En palabras de Gore Vidal, uno de los críticos más acerbos del gobierno norteamericano, en los  últimos años del siglo XX cristalizaron una serie de cambios involutivos que  erosionaron gravemente la democracia norteamericana, produciendo un tránsito  desde lo que Vidal denomina la «vieja república» al «Estado de seguridad  nacional». Esto es, a una forma estatal cuyo único propósito es librar  permanentemente guerras. De ahí el título tan sugerente de su libro, <i>Guerras  perpetuas para una paz perpetua</i>, inspirado, como el mismo autor lo reconoce,  en la obra del gran historiador socialista norteamericano Charles A. Beard  (Vidal, 2002).</p>     <p align="justify">El itinerario de este tránsito reconoce tres etapas  principales. La primera tiene una fecha muy precisa: el 27 de febrero de 1947,  cuando Harry Truman da por concluida la alianza con la Unión Soviética, declara  el comienzo de la Guerra Fría y se propone militarizar la economía para hacer  frente a la así llamada «amenaza soviética». Años más tarde las consecuencias de  esta decisión serían lamentadas por Dwight Eisenhower en su discurso de  despedida presidencial de enero de 1961, al denunciar el nefasto papel  desempeñado por el «complejo militar-industrial». Según Vidal, el senador  republicano Arthur Vandenberg le advirtió a Truman que para lograr este objetivo  tendría que aterrorizar a la población con la amenaza de que «los rusos están  viniendo.» Y Truman lo hizo (Vidal, 2002:158). Conviene recordar que los  principales análisis actuales de la política norteamericana, entre ellos los  realizados por Noam Chomsky, insisten en señalar el carácter crucial del miedo y  la intimidación públicos como mecanismos de dominación política. De ahí la  incesante búsqueda de nuevos enemigos susceptibles de ser agitados para  aterrorizar a la población. </p>     <p align="justify">La segunda etapa la inaugura Bill Clinton, un año después del  atentado contra el edificio federal de la ciudad de Oklahoma. En abril de 1996  promulga una legislación, fuertemente promovida y respaldada por la derecha  republicana, la «Ley Anti-terrorista y de Pena de Muerte Efectiva». Esta nueva  pieza legal permite la intervención de las Fuerzas Armadas estadounidenses en  funciones represivas en contra de la propia población civil, lo que significó el  acta de defunción para una ley progresista vigente desde 1878 (la Posse  Comitatus Act). La ley promulgada por Clinton también suspende selectivamente el <i>habeas corpus</i> a los sospechosos de actividades terroristas y legaliza el  accionar de los grupos SWAT del FBI para actuar dentro de EE UU, como lo  hicieron en 1993 en Waco, Texas, contra una secta milenarista y pacifista, los  Branch Davidians, ocasionando la masacre de 128 ciudadanos norteamericanos. Es  interesante destacar además que en la prolija estipulación de la ley promulgada  por el presidente norteamericano queda sin definición legal alguna el  significado de la palabra «terrorista». Obviamente, bajo estas condiciones  cualquier puede ser acusado de ello. </p>     <p align="justify">La tercera etapa, la más reciente y conocida, es la que  inaugura Bush Jr. luego del 11 de Septiembre de 2001: guerra preventiva, guerra  infinita, monitoreo y control de la población, escalada desorbitada en el  presupuesto militar, agresión a Afganistán e Irak, «eje del mal», «Estados  canallas», etc. No nos detendremos en este tema porque la nueva doctrina de  seguridad norteamericana, anunciada un año después de los atentados arriba  mencionados, ha sido ampliamente discutida y cuestionada por un enorme abanico  de organizaciones y fuerzas sociales anti-imperialistas del mundo entero.</p>     <p align="justify">Según Vidal, al final de esta trayectoria la mera idea de  «gobierno representativo» se desvanece en la memoria del pueblo norteamericano.  Tal como lo señala este autor, sólo la plutocracia corporativa está representada  en el Congreso y en la Presidencia. La razón es muy clara: «hacer política» en  EE UU es una actividad sumamente onerosa. La construcción del espectáculo  mediático gracias al cual se confunde y desorienta a la población requiere mucho  dinero, y son las grandes empresas quienes financian las actividades tanto de  los miembros del Congreso como la de los ocupantes de la Casa Blanca. Sus  carreras políticas están totalmente sometidas a la calculada benevolencia de los  capitalistas. Y este verdadero secuestro de la clase política norteamericana a  manos de la burguesía es posible por la creciente indiferencia, cuando no  desprecio, de la población por la suerte de la cosa pública (una actitud  cuidadosamente cultivada en la masa de la población por los agentes ideológicos  del neoliberalismo) y por la sistemática desinformación con que se alimenta al  público norteamericano, como lo ha demostrado de manera irrebatible Chomsky en <i>Manufacturando el consenso </i>y <i>Cartas de Lexington</i>, entre otros  tantos brillantes análisis. Ocurre además que la misma América corporativa que  compra al gobierno es casualmente la dueña de los principales medios de  comunicación. Desde hace más de medio siglo los ocupantes de la Casa Blanca se  las han ingeniado para que esa «prensa libre» nunca diga la verdad de lo que los  sucesivos gobiernos norteamericanos han hecho a otros pueblos, ni que decir al  propio pueblo norteamericano. Aunque se pregona que el pueblo estadounidense es  la única fuente de legitimidad política del gobierno, ese pueblo ya no está más  representado en el Congreso. Fue secuestrado por la América corporativa y su  instrumento armado, la maquinaria militar imperial (Vidal, 2002:X).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El reverso de la medalla de la decadencia de las  instituciones democráticas norteamericanas es el creciente ascendiente del  Pentágono. De ahí que algunos críticos sostengan que la principal tarea de un  nuevo presidente estadounidense debería ser controlar el papel de los señores de  la guerra del Pentágono y sus compañeros de conspiración en el Congreso y las  salas de juntas de las grandes corporaciones. El resultado de este ascenso en la  gravitación de las FF AA ha sido la búsqueda incesante, afanosa, de nuevos  enemigos útiles en la permanente empresa de aterrorizar a la población y para  sostener la creciente demanda del gasto militar, fuente inagotable de ganancias  del complejo industrial vinculado a la «defensa» y la seguridad nacional. Luego  de la desaparición del mortal enemigo de la Guerra Fría, la URSS, se inventaron  muchos otros: la guerra contra las drogas y el narcotráfico, contra los «estados  canallas», ahora contra «el terrorismo» refugiado, según estima la Casa Blanca,  en más de 60 países de todo el mundo, y contra los países que forman el así  llamado «eje del mal», al cual se puede sumar rápidamente cualquier otro que  tenga la osadía de desobedecer los mandatos de Washington.</p>     <p align="justify">El impacto de esta militarización sobre la economía  norteamericana ha sido devastador. El gasto militar estadounidense,  eufemísticamente denominado «gasto en defensa», en el período 1949-1999 ascendió  según cifras oficiales a 7,1 billones de dólares, es decir, 7,1 millones de  millones de dólares (o <i>trillions </i>en inglés). Esto se ha traducido en una  deuda nacional que a finales del siglo pasado ascendía a los 5,6 billones de  dólares, de los cuales 3,6 billones se les debe al público y 2 billones a los  fondos fiduciarios de la seguridad social y <i>medicare</i>. Esta deuda es  consecuencia del gasto militar y los intereses contraídos a causa de él. Tales  magnitudes ilustran ejemplarmente la magnitud del extraordinario fracaso de la  política exterior norteamericana: luego de un despilfarro tan grande de  recursos, y de los centenares de miles de víctimas que ocasionó esa política en  todo el mundo, EE UU acumula una larga sucesión de derrotas militares y  políticas en los más diversos rincones del globo, y con más enemigos que nunca  (Vidal, 2002:152).</p>     <p align="justify">En la actualidad las estimaciones más conservadoras ubican al  gasto militar norteamericano por encima de la mitad de la totalidad de los  gastos militares de todos los países. Sin reales enemigos a la vista, las FF AA  estadounidenses gastan 22 veces más en armas que la suma de los siete  potenciales enemigos denunciados por los halcones de Washington: Corea del  Norte, Cuba, Irak, Irán, Libia, Sudán y Siria. La irracionalidad de todo este  despilfarro, en un mundo en el cual más de la mitad de la población pasa hambre,  habla elocuentemente de la intolerable inmoralidad del imperialismo. </p>     <p align="justify"><b>El marco ideológico del neoconservadurismo</b></p>     <p align="justify">Unas palabras finales para referirnos al marco ideológico global en el cual es  preciso inscribir la propuesta del ALCA. Desde los años ochenta, cuando explota  la reacción neoconservadora, el predominio indiscutido de las ideas  libremercadistas y la aspiración de crear un solo mercado capitalista mundial  fueron reforzadas primero por el debilitamiento económico y político de la URSS  y, pocos años después, por la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS.</p>     <p align="justify">El derrumbe del así llamado «socialismo real» en Europa  Oriental puso fin al pesimismo imperial y las tesis «declinistas» que se habían  popularizado en los años setenta tras la humillante derrota experimentada por EE  UU en Vietnam. Dichas tesis planteaban que el poder y la prosperidad  estadounidenses estaban desvaneciéndose irremisiblemente y que EE UU debía  prepararse para un nuevo y más modesto papel en la escena internacional. En el  nuevo contexto internacional lo que prima, en cambio, es una visión que se sitúa  exactamente en las antípodas del «declinacionismo» y que plantea la necesidad de  que EE&nbsp;UU se asuman como una gran potencia imperial. </p>     <p align="justify">En un trabajo aparecido en 2002, Robert Kagan –de la Hoover  Institution y uno de los más influyentes asesores de Bush Jr.– sostenía que EE  UU, a diferencia de Europa, estaba obligado a ejercer su poder «en un mundo  anárquico y hobbesiano, en el cual las leyes y normativas internacionales son  inseguras e inciertas, y la verdadera seguridad, defensa y promoción de un orden  liberal todavía dependen de la posesión y uso de la fuerza militar». Es por eso  que con frecuencia debe actuar como un verdadero «<i>sheriff </i>internacional»,  y que pese a su autodesignación este papel es ampliamente bienvenido en el  ámbito internacional porque procura imponer la paz y la justicia en un mundo sin  leyes. En tal escenario, los que están fuera de la ley deben ser neutralizados o  destruidos.</p>     <p align="justify">Siguiendo con esta alegoría del lejano Oeste, Kagan sostiene  que Europa, especialmente la llamada «vieja Europa», en cambio, no desempeña el  papel del <i>sheriff</i> sino el del inescrupuloso cantinero a quien sólo le  importa que los bandidos –léase Saddam, Khadaffi, o cualquier otro enemigo de  Washington– compren sus licores y gasten el dinero obtenido con sus fechorías en  su establecimiento (Kagan, 2002:10-11). Nuestro autor remata su argumentación  apelando a un trabajo de un experto británico, Robert Cooper, quien alega que al  tratar con el mundo exterior Europa «debe regresar a los métodos más brutales de  antaño –la fuerza, el ataque preventivo, el engaño y cualquier cosa que sea  necesaria. ... Entre nosotros mantenemos la ley, pero cuando operamos en la  jungla debemos también utilizar las leyes de la jungla». La jungla es,  obviamente, todo el resto del planeta que se encuentra fuera del Atlántico  Norte.</p>     <p align="justify">El proyecto de la derecha no es, pues, volver a un pasado  liberal que nunca existió, habida cuenta del persistente intervencionismo  estatal en la vida económica y social norteamericana desde la llamada «conquista  del Oeste», la prohibición del consumo de alcohol y la larga tradición de  subsidios y proteccionismo que caracteriza a las políticas económicas de  Washington. Se trata, por el contrario, de un proyecto fundacional y  reaccionario que, según John Gray, supone lo siguiente:</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Usar los poderes del gobierno federal y las corporaciones  para imponer niveles de desigualdad desconocidos desde la década de los veinte,  muy superior a la desigualdad que existe en otros países capitalistas hoy.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Llevar adelante un proyecto de encarcelamiento masivo de la  población como estrategia fundamental de control social. </p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Preservar a la elite en comunidades valladas y vigiladas,  dividiendo a la sociedad más profundamente de lo que se observa en países  subdesarrollados e instituyendo un verdadero <i>apartheid</i> social.</p>     <p align="justify">-&nbsp;&nbsp;&nbsp; Coagular la existencia de una «subclase» condenada  definitivamente a la exclusión y la opresión, y a vivir en la indigencia (Gray,  1998:103 y ss).</p>     <p align="justify">Se trata, en suma, de un plan de acción para librar una  verdadera guerra civil cultural exaltando la tecnología (sus productos, como la internet, y sus agentes e íconos corporativos, como Bill Gates), satanizando al  Estado, sostén imprescindible del orden democrático, y reafirmando, con el  fanatismo de los conversos, que las fuerzas del mercado solucionarán todos los  males sociales.</p>     <p align="justify">En resumen, no hay nada de nuevo en este supuesto  «neoliberalismo». Se trata de la grotesca resurrección de una filosofía difunta  desde comienzos del siglo XIX que vuelve a la vida al concluir el siglo XX. Su  nombre más apropiado no es neoliberalismo sino «paleoliberalismo». </p>     <p align="justify">Lo que podríamos laxamente denominar como la «era liberal» de  los gobiernos norteamericanos llegó a su fin en agosto de 1996, cuando Clinton  promulgó la Welfare Reform Act mediante la cual el gobierno federal abdicaba de  gran parte de sus responsabilidades en la provisión de beneficios sociales,  revirtiendo un logro consagrado desde mediados de la década de los treinta por  la administración de Franklin D. Roosevelt. El supuesto de esta reforma legal  era que el reforzamiento de la «ley y el orden» sería un buen sucedáneo de las  instituciones sociales que el mercado libre había liquidado. </p>     <p align="justify">Esta fenomenal regresión social, una verdadera «desciudadanización»  de la mayoría de la población norteamericana, se produce en un tipo de sociedad  que, como bien anota Gray, está dominada por profundos sentimientos de ansiedad  e inseguridad. Desde mediados de los ochenta la economía ha crecido, igual que  la productividad y la riqueza. Sin embargo, los ingresos de la mayoría de los  norteamericanos se ha estancado. Aún para los que prosperaron, los riesgos  futuros se acentuaron considerablemente. Muchos temen un fatal despido a la  mitad de sus vidas y del cual difícilmente podrían recuperarse. Otros, un  desfalco tipo Enron, que les esfume de la noche a la mañana los ahorros de toda  su vida, algo que puede hacerse sin grandes problemas gracias al perverso  vínculo establecido entre la clase política y la oligarquía financiera. </p>     <p align="justify">Es por eso que EE UU es hoy una sociedad dividida, en la cual  una mayoría ansiosa y temerosa está flanqueada por una subclase sin esperanzas y  una «superclase» que se enriquece sin medida y a la que poco le importa el caos  que siembra a medida que sus finanzas se fortalecen. De este modo, las capas  medias están redescubriendo la condición de inseguridad económica propia de los  desposeídos que afligió a los proletarios europeos del siglo XIX. Pese a sus  mayores ingresos y a su mejor posición social, su inseguridad económica es muy  grande, producto de su dependencia ocupacional y de sus trabajos crecientemente  inciertos e inestables (Gray 1998:111).</p>     <p align="justify">Esta incertidumbre se acrecienta cuando se toma en cuenta que  en el país hay una crisis profunda de una institución tan central como la  familia. La penetración de la lógica mercantil en todas las esferas de la vida  social afectó a esta institución nuclear de la sociedad. En 1987 la duración  media de los matrimonios norteamericanos era de siete años, según el Censo  oficial. Un norteamericano desempleado no puede pues esperar ayuda de la familia  extendida, como en algunos países de Europa o América Latina. La razón de esta  crisis es la extraordinaria movilidad requerida a los trabajadores  norteamericanos, acentuada por las tendencias desregulatorias recientes que  afectaron profundamente la estabilidad laboral y el mercado de trabajo. Para  calibrar los alcances de esta movilidad digamos que en el Reino Unido la  probabilidad de que un trabajador se mude a otra región del país es 25 veces  menor que en EE UU. Esto tiene serias implicaciones no sólo para la estabilidad  de los lazos familiares sino también para la integración de los vecindarios y  las comunidades residenciales. Cuando los hombres se convierten en simples  mercancías la familia y la comunidad se convierten en objetos en desuso y  disfuncionales para el sistema. Eso fue lo que ocurrió en EE UU. </p>     <p align="justify">El radical debilitamiento de la familia y la comunidad tiene  serias implicaciones desde el punto de vista del control social. No es casual,  entonces, la existencia de las muy elevadas tasas de criminalidad que  caracterizan a EE UU. Sin embargo, esto no es lo novedoso. Lo nuevo es el  recurso al encarcelamiento masivo como estrategia de disciplinamiento social y  control de la amenaza planteada por los excluidos del sistema. La cárcel aparece  como la institución llamada a reemplazar a la familia y la comunidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Claro está que hay un doble encarcelamiento: por un lado, el  de la población carcelaria (incluyendo los convictos sirviendo la sentencia,  algo más de 1,5 millones de personas, según cifras del Departamento de Justicia)  a los que hay que sumar a quienes «están afuera» de las cárceles, en <i>parole </i>o <i>probation</i>, y que suman otros 3,5 millones. En total, más de 5  millones de personas con restricciones serias a su libertad. Un número enorme lo  constituye también otro sector, el de los fugitivos y prófugos de la justicia. </p>     <p align="justify">Por el otro, también encerrados se encuentran los  norteamericanos que dejan de cohabitar con sus conciudadanos y se retiran a  comunidades fuertemente amuralladas, vigiladas con guardias privadas y toda la  parafernalia que hoy ofrece la moderna tecnología. Hay 28 millones de ellos, un  10 por ciento de la población total, viviendo en tales condiciones. </p>     <p align="justify">El resultado de esta política es que la tasa de  encarcelamiento de EE UU, a finales de 1994, era 4 veces superior a la de  Canadá, 5 veces mayor que la del Reino Unido y 14 veces mayor que la de Japón.  Tan sólo en California, en 1998 había 150.000 presos, contra los 18.000 que  había en sus cárceles en 1970. La cifra anterior es superior al total de la  población carcelaria del Reino Unido y Alemania combinadas. La tasa de  encarcelamiento varía, por supuesto, según clase y raza. Tal como era  previsible, los negros tienen 7 veces más probabilidades de ir a prisión que los  blancos. Las cifras son espeluznantes: 1 de cada 7 negros varones estuvo preso  en algún momento de su vida. En 1992, más del 40 por ciento de los negros  varones entre 18 y 35 años de edad viviendo en Washington D.C. estaban en  prisión, en <i>probation</i>, bajo <i>parole</i> o fugitivos (Gray, 1998:117).</p>     <p align="justify">La otra cara del encarcelamiento masivo como técnica de  preservación del orden social es la existencia de una desorbitada cultura de la  litigación. Estados Unidos tienen la tercera parte de todos los abogados del  mundo. Hoy debe haber unos 900.000 en condiciones de litigar ante las cortes.  Hay 300 abogados por cada 100.000 norteamericanos, pero sólo 12 en Japón y menos  de 100 por 100.000 en Alemania.</p>     <p align="justify">Conclusión: el auge de las doctrinas libre-mercadistas, con  su énfasis supersticioso en las virtudes del mercado para promover el bienestar  colectivo y resolver los antagonismos sociales destruyó la fibra más profunda de  la estructura social norteamericana. Las fenomenales cifras de encarcelamiento,  crimen violento y litigaciones retratan a una sociedad en la cual la ley se  convirtió en casi la única institución social que funciona, y las prisiones en  uno de los poquísimos medios de control social. ¿Es éste el modelo de sociedad  libre, democrática, educada, que nos proponen con el ALCA? La sociedad  norteamericana hoy constituye, en realidad, una «anti-utopía» que señala  precisamente el rumbo que no hay que tomar y las cosas que no hay que hacer si  es que queremos construir un mundo mejor.</p>     <p align="justify"><b>La reconstrucción ideológica del destino manifiesto</b></p>     <p align="justify">En su célebre libro <i>The Clash of Civilizations</i>, Samuel Huntington afirma  que «la responsabilidad principal de los líderes occidentales ... es preservar,  proteger y renovar las cualidades únicas de la civilización occidental». Dado  que es el país más poderoso de Occidente, esta responsabilidad recae  abrumadoramente sobre EE UU (p. 311). Por eso, según este teórico  neoconservador, Washington debe promover una «civilización atlántica» con los  países europeos a través de instrumentos tales como el Área Trans-Atlántica de  Libre Comercio, y para el sur del Río Bravo debe, en consecuencia, instituir el  ALCA tan pronto como sea posible. </p>     <p align="justify">¿Qué significa hoy la expresión «Occidente?» Nada. En  realidad, cuando en EEE UU dicen Occidente hay que entender «capitalismo  neoliberal» o tiranía de los mercados. Y el ALCA es precisamente eso: pingües  ganancias para los monopolios norteamericanos empaquetadas en un proyecto  ideológico increíblemente reaccionario y que ofende a la conciencia de la  humanidad. El ALCA es la expresión internacional de esta involución cultural,  política y social experimentada por EE UU con el triunfo de la reacción  neoconservadora. Por eso es incompatible con la libertad, la justicia, la  democracia, la igualdad, el respeto a los derechos humanos, la sustentabilidad  ecológica, la autodeterminación nacional y el bienestar de nuestros pueblos. Por  eso tiene que ser negociado en secreto. Conviene recordar una vez más las  palabras de Martí: «el pueblo que quiera ser libre, que sea libre en negocios».  El ALCA consagra nuestra sujeción económica a EE UU. Con esa sujeción desaparece  también nuestra autodeterminación política, y la poca democracia que con grandes  sacrificios hemos logrado conseguir en América Latina se vacía de todo  contenido, convertida en una mueca carente de significado y eficacia  transformadora. Un ritual que se perpetúa cada dos años y que de nada sirve para  cambiar la desoladora realidad que prevalece en nuestra región.</p>     <p align="justify">El ALCA es el caballo de Troya que introduce en los pueblos  latinoamericanos la conciencia resignada de nuestro inexorable destino como  colonias de EE UU. Las generaciones venideras jamás nos perdonarían si  flaqueásemos en nuestra lucha para impedir tan indigna capitulación. Las  propuestas y los planes conjuntos de acción de los movimientos contra el ALCA,  tanto a escala latinoamericana y caribeña como de nivel mundial, y contra el  imperialismo norteamericano y la militarización del sistema internacional,  constituyen formidables aportes a una lucha que no puede conocer desmayos ni  desalientos. Condición indispensable de la victoria es la convicción de que el  imperialismo no es invencible ni inexpugnable. Sus debilidades son evidentes,  tanto en el terreno militar como en el económico y el social. También son  igualmente visibles los progresos internacionales de la resistencia contra el  ALCA y las pretensiones de dominación mundial de la Casa Blanca. Como lo  recordara oportunamente Jean-Jacques Rousseau hace ya más de dos siglos: «Si  Roma y Esparta perecieron, ¿qué imperio puede durar para siempre?». El  imperialismo no es una maldición bíblica sino un producto histórico y, como tal,  puede ser derrotado por la acción de las fuerzas que se le oponen. Hay que  proseguir la lucha con más determinación que nunca. Hemos perdido algunas  batallas pero ganado algunas otras, bien importantes. Y aún estamos a tiempo de  triunfar. </p>     <p align="justify"><b>Referencias bibliográficas</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><b>1. Gray, John</b> (1998). <i>False Daw</i>, Nueva York, The New Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776318&pid=S1012-2508200400020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>2. Huntington, Samuel</b> (1998). <i>The Clash of Civilizations and the Remaking  of the World Order</i>, Touchstone.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776319&pid=S1012-2508200400020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>3. Kagan, Robert</b> (2002). «Power and Weakness», Hoover Institution Papers,  Stanford, California.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776320&pid=S1012-2508200400020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>4. Latin American Institute</b> (1995). «Latin America Data Base», <i>Chronicle  of Latin American Economic Affairs</i>, vol. 10, nº 22, University of New Mexico.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776321&pid=S1012-2508200400020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>5. Martí, José</b> (2001). <i>América para la humanidad</i>, La Habana, Centro  de Estudios Martianos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776322&pid=S1012-2508200400020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>6. Núñez, Joseph</b> (2002). <i>A 21st Century Security Architecture for the  Americas. Multilateral Cooperation, Liberal Peace and Soft Power</i>, Carlisle,  Strategic Studies Institute.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776323&pid=S1012-2508200400020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>7. Schott, Jeffrey J.</b> (1997). «Declaración de Jeffrey J. Schott, Senior  Fellow del Institute for International Economics, ante el Subcomité de Comercio,  Comité Parlamentario de Medios y Arbitrios, Congreso de los Estados Unidos», 22  de julio.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776324&pid=S1012-2508200400020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><b>8. Vidal, Gore</b> (2002). <i>Perpetual War for Perpetual Peace</i>, Nueva York,  Thunder’s Mouth Press / Nation Books.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=776325&pid=S1012-2508200400020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><b>Nota</b></p>     <p align="justify">* Agradezco a Andrea Vlahusic por su colaboración en la preparación de este  trabajo, y a los jóvenes investigadores del Departamento de Economía y Política  Internacional del Centro Cultural de la Cooperación (Buenos Aires) por su  constante apoyo en la búsqueda y análisis de datos y bibliografías y en el  examen de sus contenidos. Por supuesto, todos están eximidos de cualquier  responsabilidad por los errores que puedan encontrarse en este trabajo.</p>      ]]></body>
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