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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Los diez peligros de la democracia en América Latina]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[After the end of the Cold War, difficult but positive process of democratization took place in most Latin American countries. Nevertheless, the consolidation of democracy is not free from dangers. On the one hand, there are those of a relapse into past militarism and dictatorships. On the other hand, we witness the advance of extremely aggressive nationalist populisms, to a great extent due to the political disintegration in the region during the bi-polar time. Against such a reality, there is no choice but to contribute, in any possible way, to the democratic strengthening of the countries in question. The ten core threats to democracy presented in this essay do not constitute an exhaustive list. They are to be considered as a proposal for the discussion of the «democratic phenomenon» in its Latin American form.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="center"><b><font face="Verdana" size="3">Los diez peligros de la democracia  en América Latina</font></b><font face="Verdana" size="2">    <br>     <br> FERNANDO MIRES</font></p>      <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2">     <br> <b>Resumen </b>    <br> Después de la Guerra Fría, en la mayoría de los países latinoamericanos han  tenido lugar dificultosos pero positivos procesos de democratización. Sin  embargo, la consolidación democrática latinoamericana no está exenta de  peligros. Por una parte están aquellos que significan una recaída en un pasado  militarista y dictatorial. Por otra parte asistimos al avance de populismos  nacionalistas extremadamente agresivos, que en gran parte son el resultado de la  desintegración política en la región durante el período bi-polar. Frente a esas  realidades, no queda más alternativa que ayudar, como sea posible, al  fortalecimiento democrático de las diversas naciones. Los diez peligros que  constituyen la base del presente ensayo no agotan una posible lista. Deben ser  considerados sólo como una propuesta para la discusión acerca del «fenómeno  democrático» en su expresión latinoamericana.    <br>     <br> <b>Palabras clave</b>    <br> Latinoamérica / Democracia / Política    <br>     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <b>Abstract</b>    <br> After the end of the Cold War, difficult but positive process of democratization  took place in most Latin American countries. Nevertheless, the consolidation of  democracy is not free from dangers. On the one hand, there are those of a  relapse into past militarism and dictatorships. On the other hand, we witness  the advance of extremely aggressive nationalist populisms, to a great extent due  to the political disintegration in the region during the bi-polar time. Against  such a reality, there is no choice but to contribute, in any possible way, to  the democratic strengthening of the countries in question. The ten core threats  to democracy presented in this essay do not constitute an exhaustive list. They  are to be considered as a proposal for the discussion of the «democratic  phenomenon» in its Latin American form.     <br>     <br> <b>Key words</b>    <br> Latin America / Democracy / Politics    <br> &nbsp;</font></p>      <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> RECIBIDO: MARZO 2006&nbsp;&nbsp; ACEPTADO: ABRIL 2006</font></p>     <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2">    <br> En el famoso libro The Clash of Civilization, su autor, Samuel Huntington  (1996), entiende la llamada «cultura latinoamericana» como una variante de la  cultura occidental, pero que no es plenamente occidental. Esa extraña  caracterización tiene que ver con la deficitaria noción de cultura que utiliza  Huntington, quien, en efecto, no hace ninguna diferencia entre los términos  cultura y civilización. Pero el error más grave de Huntington fue entender a  Occidente como una cultura, haciendo caso omiso de que una de sus  características principales –aparte de aquella esencial que es la separación  entre religión y Estado– es la coexistencia de diversas culturas y, por lo  mismo, que al ser Occidente una unidad multicultural, no puede ser definido  culturalmente.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo que seguramente intentó decir Huntington al declarar a  América Latina como un continente «no totalmente occidental» fue que en los  países latinoamericanos no se han interiorizado usos y valores democráticos que  hacen que las naciones occidentales sean compatibles entre sí. Pero si  Huntington hubiera admitido esa posibilidad, habría tenido que aceptar que  Occidente se define por medio de un orden político y no por una cultura  específica. Eso, a su vez, habría echado por tierra su tesis central: la de la  guerra entre culturas y civilizaciones. Tal es la razón que explica su radical  incapacidad para entender culturalmente no sólo a América Latina, sino a todo  Occidente.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Ahora bien, esta breve crítica a quienes sustentan, como  Huntington, la tesis de la no occidentalidad latinoamericana se deduce de la  siguiente afirmación: el moderno Occidente no es ni una unidad geográfica, ni  religiosa ni cultural. Es en primer lugar una unidad política que tuvo que ser  política dada su imposibilidad de ser religiosa o cultural. En segundo lugar, ha  llegado a ser una unidad democrática cuyo espacio no geográfico incluye a todas  aquellas naciones que aceptan la separación entre religión y Estado, en donde se  garantizan la libertad de creencia y las pertenencias culturales conforme a un  orden que contempla entre sus características esenciales la separación de los  tres poderes básicos, la celebración de elecciones periódicas libres y secretas,  y la existencia de diversos partidos, organizaciones y corrientes de opinión. A  ese espacio pertenece América Latina, y ya no puede pertenecer a ningún otro.  ¿Lleva ello a aunar la idea de Occidente con la idea de la democracia política?  Sí, efectivamente: el moderno Occidente, que ya no es geográfico sino político,  se caracteriza esencialmente por su adhesión a la democracia política, como  forma de gobierno y como medio de convivencia ciudadana.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Desde luego que hay muchos intentos de definir a América  Latina desde una perspectiva no política. Ya desde comienzos del siglo XX,  partiendo de los legendarios Rodó, Vasconcelos y Valcarcel, pasando por  Mariátegui, hasta llegar a Octavio Paz, hay cientos de libros y miles de  artículos cuyo objetivo es descubrir la esencia de una supuesta «identidad  latinoamericana». Pero aparte de algunos elementos comunes a todas sus naciones,  como el idioma, algunos usos y costumbres y ciertos aspectos históricos  similares, esa identidad latinoamericana no ha podido ser encontrada. La mayoría  de los autores ha concluido que está todavía por hacerse, y con ello reconocen  objetivamente que no se encuentra en la existencia subterránea de alguna cultura  milenaria, como es el caso de las culturas asiáticas e islámicas, sino que  deberá ser el producto siempre inconcluso de múltiples experiencias históricas.  Y el espacio en donde tienen lugar esas experiencias históricas es –y no puede  ser otro– un espacio político. En breve: la política, sobre todo la política  democrática, es y será en América Latina una fuente de identidad. Quizás  Latinoamérica se constituya, para decirlo en los términos de Alain Rouquié  (1987), en una suerte de «extremo Occidente»; o como también se dice, en «otro  Occidente» o incluso en «el tercer Occidente». Como sea, a lo único que las  naciones latinoamericanas no pueden renunciar es a su occidentalidad; ahora  bien, esa occidentalidad está asegurada hoy en día por su conformación política  y democrática.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Las naciones de América Latina, a diferencia de aquellas que  se encuentran organizadas de un modo religioso y/o cultural (como por ejemplo  las del mundo islámico), no tienen detrás de sí ninguna cultura milenaria a la  que regresar (Ortiz, 2000:166) –excepto que se sustente tesis etnicistas que  hablan de un regreso al pasado indígena. Pero si al igual que Estados Unidos y  la mayoría de las naciones europeas ya no tiene hacia donde regresar, sí tiene,  en cambio, hacia donde avanzar. ¿Hacia dónde? La respuesta es simple: hacia su  plena occidentalidad, la que sólo puede ser realizada por medio de la acción  política.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; No obstante, carecer de un pasado al que pudiera regresar si  el proyecto occidentalizador fracasara, no significa que el tránsito hacia la  democracia no esté plagado de peligros, que si bien no son prepolíticos, son  radicalmente antipolíticos. Y si tenemos en cuenta que una democracia sólo puede  constituirse de modo político, todo proyecto destinado a suprimir o a suspender  los usos políticos es definitivamente antidemocrático.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Para que quede más claro: cuando hablo de usos políticos me  estoy refiriendo no sólo a las instituciones políticas, sino fundamentalmente a  dos condiciones básicas del hacer político. La primera es la alineación de los  conflictos de acuerdo con la delimitación de intereses de actores concretos (y  no supuestos), y segundo, y esto es más importante: que el modo como esos  conflictos deben ser dirimidos ha de ser esencialmente gramático, lo que excluye  definitivamente la aplicación de medios coercitivos, de violencia y de terror.  Un grupo armado, independientemente de que sus objetivos tengan una altísima  justificación moral, no puede ser jamás una organización política. Tampoco puede  serlo un ejército. De esa constatación surge la primera tesis, que al ser tan  obvia es casi un axioma, a saber: que el principal peligro para la democracia  moderna en las naciones latinoamericanas reside en el regreso a un pasado  reciente, no prepolítico, pero sí antipolítico, cuya principal característica  era la presencia de los ejércitos en el poder.     <br> &nbsp;</font></p>     <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>El peligro de la (re)militarización  del poder</b>    <br> Muchas naciones latinoamericanas están viviendo un proceso de democratización  que surge de la negación del reciente pasado representado por dictaduras  militares. Sobre el carácter y sentido de esas recientes dictaduras hay una  enorme cantidad de aportes. Aquello que, sin embargo, no ha sido suficientemente  analizado, es el hecho de que la militarización del poder no es un fenómeno  reciente, sino que se encuentra en las propias raíces de dichas naciones. Esa es  la diferencia entre la formación de la nación estadounidense y las  latinoamericanas. Si bien tanto en EE. UU. como en América Latina el acto  fundacional ocurrió como negación radical de un pasado colonial, en el primero  el Estado se constituyó –valga la redundancia– por medio de una Constitución,  mientras en la segunda la Constitución surgió desde los ya constituidos Estados  (Pietschmann, 1992). En América Latina, el Estado precede a la norma  constitucional, pues emergió de un acto de fuerza. Los ejércitos libertadores, y  no una ciudadanía política organizada, fueron en nuestro continente la fuente  originaria del poder constitucional.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay que considerar que la formación ideal-típica de una  nación, a saber: Constitución-Estado-república-democracia, no se da nunca en una  forma pura. No obstante, la formación de las naciones latinoamericanas no sólo  contradice la tipología ideal, sino que la invierte. El Ejército no surgió del  Estado, sino el Estado de los ejércitos. El Estado no emerge de la Nación, sino  la Nación del Estado. La Constitución no emana de la aplicación de la fuerza,  sino que de la fuerza surge la aplicación de la Constitución. Los primeros  gobernantes de las naciones latinoamericanas fueron generales victoriosos de las  guerras de emancipación. Desde esos momentos, salvo contadas excepciones, la  jefatura militar parecía ser la forma «natural» de gobierno.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En los tiempos que siguieron a la Independencia, los  generales ilustrados fueron prontamente relevados de sus cargos, asumiendo el  poder aquellos que garantizaban el orden de acuerdo a los proyectos de nación de  los grandes propietarios agrarios postcoloniales. Los ejércitos continuaron la  colonización interior por medios mucho más cruentos, «limpiando» territorios de  habitantes indígenas y delimitando fronteras, tanto externas como internas. El  Estado militar oligárquico fue un Estado de guerra interna, y por lo mismo  excluía el manejo político en sus relaciones con la ciudadanía. En ese sentido,  la amenaza del retorno de los militares al poder puede ser interpretada como la  atracción que ejerce la posibilidad de regreso a la condición nacional  originaria: a la de la fusión entre Estado y Ejército, a aquel pasado en donde  las leyes no eran promulgadas, sino simplemente «dictadas».     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Luego de la primera fase del Estado militar, caracterizada  por la clásica dictadura oligárquica que en América Central se mantiene casi  durante todo el siglo XX, sucedió una segunda donde la función de los ejércitos  era, por un lado, mantener las estructuras del poder oligárquico durante el  período de la llamada «sociedad industrial moderna», y, por otro, evitar la  intrusión geopolítica de determinados gobiernos o poderes extra o  antioccidentales como, por ejemplo, el comunismo soviético. Es posible decir que  fue esa dualidad de funciones la razón que explica por qué América Latina se  integró tan tarde al proceso político de occidentalización, que recién a  principios del siglo XXl comienza realmente, y con muchas dificultades, a ser  puesto en forma.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El período de transición de la sociedad oligárquica a la  sociedad de masas –analizado de un modo sociologista por autores como Gino  Germani y Torcuato di Tella, o de un modo economicista por el discurso  desarrollista inaugurado por Raúl Prebisch y la Comisión Económica para América  Latina y el Caribe (Cepal)– fue en la mayoría de las naciones latinoamericanas  una época predominantemente dictatorial. Ya sea como fuerza armada de contención  oligárquica frente al avance de masas irredentas (en la mayoría de los casos),  como poder autónomo en el Estado, o en su forma militar populista –Juan Velasco  Alvarado en Perú (1968-1975), Juan José Torres en Bolivia (1990-1991), Omar  Torrijos en Panamá (1968-1978), entre otros– lo cierto es que en América Latina  tuvo lugar una entrada no sólo tardía, sino además incompleta, en la modernidad.  En efecto, como consecuencia del predominio de los militares en el poder, la  modernidad latinoamericana tomó la forma de una «modernización sin  democratización» que es lo que diferencia el desarrollo histórico de las  naciones latinoamericanas de las europeas, particularmente después de la Segunda  Guerra Mundial. En gran medida, dicha entrada incompleta tuvo sus orígenes en  una situación adicional, determinada por el orden geopolítico mundial existente  durante el período de la Guerra Fría.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero la Guerra Fría solamente fue fría en Europa y EE. UU.,  pues en diferentes regiones del llamado «Tercer Mundo» tuvo lugar en forma  caliente (Mires, 2004). América Latina fue uno de esos escenarios de guerra y  ello se dio a partir de la confluencia mencionada entre reivindicaciones  sociales y las ambiciones soviéticas tendientes a ocupar posiciones en «la  periferia», luego de que Stalin fracasara en su proyecto de anexar toda Europa.  Porque una de las características esenciales del avance del imperio soviético en  el Tercer Mundo fue la de utilizar legítimos movimientos anticoloniales de  liberación, o simplemente movimientos populares. Así ocurrió en el Medio  Oriente, en África, en el Sudeste asiático y también en América Latina. Una  revolución como la cubana, por ejemplo, nunca habría sido posible en un  escenario que no hubiese estado marcado por los signos de la Guerra Fría. Así,  muchas veces EE. UU. se vio presionado a apoyar las más siniestras dictaduras  militares, incluso a instalarlas en el poder, para contener a movimientos  sociales que, independientemente de la justicia de sus demandas, estaban  fatalmente envueltos en la retórica comunista, o pro comunista (como ocurrió con  la Unidad Popular en Chile) o castrista-soviética (como ocurrió con el «sandinismo»  en Nicaragua) o en ambas (como en El Salvador). De este modo, a fin de detener  el peligro, a veces imaginario otras veces real, de que llegaran al poder  movimientos que facilitaran el avance soviético (después castrista-soviético),  los militares latinoamericanos apoyados desde Washington destruían en nombre de  la defensa de la democracia las débiles estructuras democráticas que habían sido  levantadas en nuestros países. Estas fueron las llamadas dictaduras de  «seguridad nacional», cuyo luctuoso historial es suficientemente conocido. La  entrada a la modernidad democrática, o lo que es igual, la occidentalización  política de América Latina, fue postergada hacia la agenda histórica del siglo  XXl.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay que tener en cuenta, además, que el proceso de transición  entre la sociedad postcolonial y la moderna conlleva la irrupción de las masas  en la política y coincide con los llamados proyectos de industrialización «hacia  dentro», o substitutiva, los que fueron relativamente exitosos en Argentina,  Brasil, Chile, México y Uruguay. En ciertos casos fueron las propias oligarquías  agrarias las que emprendieron el proyecto industrialista, jugando los militares  el rol de mediadores entre diversas fracciones en el poder (caso argentino). En  otros casos, la modernidad industrial surgió cono consecuencia de una ruptura  radical entre los movimientos insurgentes con el orden agrario tradicional  (México). Rara vez se produjo la combinación entre Estado, movimientos populares  y partidos políticos con exclusión de las fuerzas armadas (quizás Chile hasta  1973). En Brasil, en cambio, después del derrumbe de los populismos de Getulio  Vargas (1930-1945; 1950-1954), Jânio Quadros (1961) y Joao Goulart (1961-1973),  los propios militares intentaron liderar el proceso de modernización industrial  jugando el papel de, como se decía en los años setenta, «burguesía nacional  uniformada». Hubo incluso países en donde se produjo la fractura con el orden  postcolonial sin que de ahí surgiera ningún proceso modernizador, ni en la  economía ni en la política. Este fue el caso de Bolivia, país que posee el  record mundial en materia de golpes militares. Incluso, y de modo tardío, los  generales peruanos, con Velasco Alvarado (1968-1975) a la cabeza, pretendieron  realizar una curiosa síntesis entre nacionalismo, movimientos de masas,  populismo y dictadura militar. Las combinaciones nombradas (y hay muchas otras)  no permiten, en consecuencia, dibujar un solo modelo de dominación política  militar en América Latina. Ha habido, y probablemente seguirá habiendo,  generales latifundistas, modernizadores, nacionalistas, socializantes,  desarrollistas, neoliberales, populistas, etc. Lo único que no vamos a  encontrar, porque es un contrasentido, son generales democráticos, por lo menos  no cuando ocupen el Estado. Los militares en el poder, independientemente de  ideologías, proyectos, modelos y locuras, han sido resultado de la precariedad  del desarrollo político latinoamericano, precariedad que esos mismos militares  han acentuado notablemente.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La Guerra Fría, es cierto, dio a los militares  latinoamericanos dos impulsos. El primero: una ideología negativa de poder, el  anticomunismo, basada en la amenaza hipotética o real del avance comunista. El  segundo: un considerable apoyo norteamericano en el marco de «la guerra del  Tercer Mundo» en contra de la hegemonía pro soviética. Después del fin de la  Guerra Fría esos impulsos ya no existen, lo que ha facilitado la tardía  democratización en el continente. Pero eso no significa que el peligro del  retorno de los militares ha desaparecido. Ese peligro existirá mientras sigan  prevaleciendo dos condiciones históricas. Por una parte, el bajo grado de  tradición democrática de la mayoría de la población latinoamericana. Por otro  lado, que dentro de los estamentos no políticos, las Fuerzas Armadas siguen  siendo una de las instituciones con mayor cohesión interna. Después de la Guerra  Fría cogobernaron con Alberto Fujimori en el Perú. En la Venezuela de Hugo  Chávez ya ocupan los comandos claves del poder. E ideologías nunca faltan, más  bien sobran, cuando se trata de realizar la utopía militar de cada ejército: la  despolitización radical de las naciones.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; De los enclaves autoritarios a los que se refiere M. A.  Garretón al analizar los procesos de transición democrática en Chile y América  Latina, el más «enclavado» está representado sin duda por las Fuerzas Armadas.  Garretón (2002:85) entiende esos enclaves como residuos del pasado dictatorial.  Sin embargo, ellos coexisten con poderes antipolíticos que no son sólo resultado  de dictaduras, sino más bien líneas constantes del historial latinoamericano. De  más está decir que una de las tareas de la transición política implica convertir  esos poderes antipolíticos, no en políticos –la llamada politización de las  Fuerzas Armadas no es posible, ya que esas fuerzas están armadas, y la práctica  política implica la exclusión de las armas–, sino en a-políticos. Pues no todos  los poderes que constituyen un orden nacional son políticos, ni tampoco deben  serlo. La sociedad totalmente politizada es un sueño totalitario, tanto como el  de la sociedad no política que imaginaron generales como Jorge Rafael Videla o  Augusto Pinochet. Las estructuras familiares, culturales, religiosas,  empresariales, sindicales, etc. representan núcleos no políticos de poder. Y a  esos núcleos han de ser integradas las Fuerzas Armadas. Esa es una tarea; quizás  una de las más importantes en la agenda de la democratización intercontinental.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando la ausencia de politicidad es manifiesta, o cuando las  estructuras políticas han sido destruidas (a veces por los propios políticos),  suele ocurrir, y ha ocurrido, y no sólo en América Latina, que poderes no  políticos ocupen el lugar reservado al poder político. Ya establecidos en ese  lugar, realizan, aunque sea una paradoja, una política de la antipolítica que es la que sin excepción caracteriza a todas las dictaduras en cualquier  lugar del mundo. No obstante, como las dictaduras militares no pueden gobernar  sólo de acuerdo con la lógica del poder militar, tienden a asociarse con otros  poderes no políticos, en contra del enemigo común: la política y los políticos.  En Europa, en especial en España y Portugal, las dictaduras militares franquista  y salazarista se unieron con poderes religiosos a fin de afianzar su  legitimidad. En algunos países latinoamericanos ha habido intentos similares,  como el de Efraín Ríos Montt (1982-1983) con las iglesias pentecostales en  Guatemala, entre otros, pero generalmente los dictadores han tendido a unirse  con los llamados poderes económicos, ya sea nacionales o internacionales. Las  últimas dictaduras militares del Cono Sur fueron no sólo militares, sino,  además, económicas, es decir, directamente asociadas a corporaciones  empresariales nacionales y extranjeras. Ahora bien, puede darse el caso, y eso  está a punto de ocurrir en diversos países, de que en una situación histórica en  que los ejércitos carecen de legitimidad social, los poderes económicos tiendan  a autonomizarse, y ocupen, a veces de modo subrepticio, el lugar que le  corresponde al poder político. Ese es, sin duda, otro de los peligros más  notorios en los actuales procesos de transición democrática en América Latina.    <br>     <br> <b>El peligro de la economización de la política</b>    <br> No sólo los residuos de las dictaduras militares constituyen enclaves  autoritarios. Por lo general, todo espacio que no es reglado mediante el juego  político es tendencial o realmente autoritario. No es casualidad que del  concepto «polis» se desprendan tres derivados semánticos: política, polémica  y policía. La política se realiza de acuerdo a la participación de  los ciudadanos organizados, quienes recurren a la polémica a fin de  dirimir sus antagonismos. La policía interviene cuando la política  ha sido destruida, suprimiendo la polémica. Ahora bien, si los intereses  económicos no están políticamente representados, pasan a ser representados por  instancias no políticas, o se representan a sí mismos, como está ocurriendo en  diversos países latinoamericanos. El problema no reside en que determinados  intereses económicos se encuentren representados en la política. El problema  surge cuando el lugar donde están representados no es el de la política.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Los grupos empresariales, agrarios, sindicales, etc. alinean  sus intereses alrededor de determinados partidos con los cuales establecen  relaciones de seguimiento, de militancia o de clientelismo, con el objetivo de  alcanzar más poder del que poseen. Así, los intereses económicos son  pluralizados, ordenados y canalizados alrededor de la política, en el marco de  una lucha por el poder que no debe terminar jamás, pues si termina ya no hay  democracia. La democracia vive de su ejercicio. En cambio, la representación no  política de intereses económicos se ha dado mediante el establecimiento y acción  de dictaduras militares.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El pasado reciente de América Latina mostró cuán estrecha fue  la colaboración entre los militares y determinados sectores empresariales y  latifundistas, pues así como todo poder no político al no ser polémico es  policial o autoritario, la representación de intereses económicos es de por sí  autoritaria, y en muchas ocasiones policial y militar a la vez. Por lo menos así  lo ha sido en América Latina.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La hegemonía de la economía sobre la política no sólo es  autoritaria porque la economía no es política, sino porque la práctica económica  contiene una serie de elementos autoritarios, aun con prescindencia de los  militares. En ese sentido, hay que tener en cuenta que todo proyecto económico  se ajusta a un determinado plan, que puede ser de crecimiento, de ajuste, o de  desarrollo. De ahí que lo que interesa a los representantes de la economía es la  realización y cumplimiento de esos planes, con prescindencia de todo aquello que  no es funcional o compatible con ellos. El problema es que muchas veces ese  «todo aquello» está formado por seres humanos cuyos intereses deben ser  postergados en aras del cumplimiento del plan.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Al igual que las dictaduras comunistas de Europa del este,  orientadas siempre por un «plan de desarrollo», las tiranías militares  latinoamericanas también fueron dictaduras económicas. No son lejanos los  tiempos en que representantes de distintas escuelas económicas se apropiaban de  los ministerios y dictaban las pautas del desarrollo nacional, aplicando  políticas de shock, esto es, eliminando social y muchas veces físicamente  a los sectores disfuncionales a los planes. No fue tanto, como afirman algunos  ideólogos, que las llamadas políticas neoliberales permitieran el  establecimiento de dictaduras militares, sino exactamente a la inversa: la  existencia de dictaduras militares permitió que se aplicaran medidas  neoliberales con absoluta prescindencia de mediaciones políticas. Los  economistas en el poder, respaldados por comandancias militares, estuvieron a  punto de cumplir su utopía, que no era otra sino convertir al Estado en una  empresa financiera y comercial y a las naciones en sociedades anónimas. En  algunos países, como es el caso de Chile, incluso pueden mostrar algunos éxitos,  como por ejemplo, contener la inflación o una mayor diversificación de las  exportaciones. No obstante: ¿qué dictadura no puede mostrar determinados éxitos  en el plano de la economía e incluso de las reformas sociales?     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En efecto, a diferencia de la política, la economía actúa de  acuerdo a dos relaciones inherentes a su propia lógica. La primera es la  relación costo-ganancias. La segunda es la relación medios-fines. Si la ganancia  es mayor, no importan los costos. Si el objetivo puede ser alcanzado, no  importan los medios. Pero esa lógica es precisamente la que no puede pertenecer  a la política, porque ella es, entre otras cosas, un medio reflexivo, que se da  un orden social para que sus diferentes actores discutan y se conviertan en  sujetos de acuerdo a los conflictos y compromisos que contraen entre sí. Así se  explica que la política, para realizarse, requiera de un marco democrático, del  mismo modo que la democracia sólo puede ser realizada por medios políticos: y  estos son esencialmente éticos-discursivos. La economía, en cambio, no precisa  de medios éticos-discursivos para su realización. Más todavía, ellos son  disfuncionales a los objetivos de los planes de desarrollo y/o crecimiento. Es  por eso que ajustar la política a planes económicos lleva necesariamente a la  destrucción de la política. De lo que se trata, en cambio, es de ajustar los  planes económicos a la discusión política; y eso es lo que no está ocurriendo en  casi ningún país latinoamericano.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La ya extensa y casi monótona literatura acerca del llamado  neoliberalismo económico no toma en cuenta que en la teoría económica no hay  teorías que sean correctas o incorrectas en sí. Toda teoría económica es  correcta si se poseen medios para aplicarla. A la inversa: cualquiera teoría  económica, y no sólo la neoliberal, puede causar estragos en una nación si no  cuenta con medios políticos para orientar las instancias económicas. Y en  América Latina no sólo el neoliberalismo ha causado estragos; también el  estatismo ha dejado detrás de sí ruinas sociales y ecológicas. Cualquiera teoría  económica que prescinda de la política es esencialmente destructiva.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno de los problemas mayores reside en el hecho de que la  creciente economización de lo político se encuentra respaldada en América latina  por macroideologías que han llegado a ser dominantes, tanto en círculos  académicos como políticos. Una es la liberal, que supone que la economía se  regula por sí misma, autorregulación desde donde surgirá un orden político  absolutamente racional. La otra es la marxista, todavía muy influyente en  algunas universidades. De acuerdo al postulado macroideológico  marxista-universitario, el desarrollo de las fuerzas productivas determina el  curso del acontecer político, de modo que la política, así como las  instituciones democráticas, no son sino una «superestructura» determinada por  una base económica. Los puntos de contacto entre marxismo y (neo) liberalismo  son mucho más estrechos de lo que parece a primera vista. En ambas escuelas, la  lógica de la razón económica determina la realidad, y por lo mismo ambas afirman  que una buena política consiste sólo en escoger una adecuada línea de  desarrollo, que debe ser impuesta desde el poder. De ahí que las dos teorías se  caractericen no sólo por su apoliticismo, sino también por un desprecio no  disimulado a la democracia.<sup>1 </sup>    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La hegemonía de la razón económica sobre la política ha  traído consigo incluso una notable economización de los discursos políticos.  Léase cualquiera revista de ciencias sociales de cualquier país latinoamericano  y se verá que el 90 por ciento de los escritos son de carácter económico. Pero  ese sobrepeso de lo económico no se da tan solo en el ámbito literario. El  discurso económico dominante ha sido asumido por los propios políticos, quienes  se ven en la obligación de presentarse como expertos en materias económicas,  aunque muchas veces sólo dominan las operaciones aritméticas básicas. Más aún:  cuando se encuentran en períodos electorales, la mayoría de sus promesas son  económicas. De ese modo intentan comprar indirectamente los votos de la  población. Casi todos ofrecen crecimiento, bienestar, fuentes de trabajo,  aumentos de salarios, pero sin tener idea de cómo van a realizar lo que  prometen. Temas políticos propiamente tales, como las libertades públicas, el  aumento de los espacios de discusión, la aplicación consecuente de los derechos  humanos, etc. casi siempre se dejan de lado. Así, para los electores comunes y  corrientes la boleta electoral tienen un significado similar a una tarjeta de  crédito. Votando por tal o cual imaginan adquirir un futuro económicamente  promisorio que, por supuesto, nunca llega, pues los ritmos del desarrollo  económico son muy diferentes a los de la política.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero no sólo los políticos quieren ser expertos económicos.  El problema mayor es que los economistas, y lo que es peor, los gerentes de  empresas, quieren ser expertos políticos. En Europa, el caso de un empresario,  como Silvio Berlusconi, que accede al poder político es comentado con sorna en  círculos políticos. En América Latina en cambio, el «berlusconismo» es una  tendencia creciente. Cada vez son más los candidatos que pregonan en su hoja de  servicio ser gerentes o empresarios, o por lo menos provenir del mundo de los  negocios. No quisiera nombrar a nadie, pero en diferentes países muchas  elecciones están siendo ganadas por representantes de empresas. Ha surgido  incluso un nuevo personaje: el político-ejecutivo.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En un ambiente absolutamente economizado, los  políticos-ejecutivos intentan hacer creer al público que la administración de un  país no es muy diferente a la de una empresa comercial o financiera. Hay quienes  imaginan que si el ejecutivo ha tenido éxito en su empresa pueden tenerla  también con la nación-empresa. Convertido el país en una empresa, suele suceder  que el empresario-político confunde sus propias empresas con el bienestar de la  nación. No es casualidad entonces que la secuela más inmediata de la  economización de la política sea la corrupción de la democracia. Cuando el  dinero y el poder se encuentran muy cerca, el dinero se convierte en un medio  para adquirir poder; y el poder se convierte en un medio para adquirir dinero.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>El peligro de la corrupción</b>    <br> Muy lejanos están aquellos tiempos de la polis griega en donde la  condición para hacer política residía en la separación radical entre política y  economía. La más mínima relación entre ambas significaba para los griegos  corromper la democracia. Pero no sólo por la economía podía ser corrompida la  democracia. Corrupción en la significación aristotélica significaba el abandono  de virtudes ciudadanas, que son aquellas que llevan a los «hombres libres» a  ponerse al servicio de la polis (v. Aristóteles, 1962). La corrupción  económica era sólo una entre otras. Hoy, en cambio, bajo el concepto de  corrupción se entiende sólo el de la económica, hasta el punto que corrupción y  venalidad han llegado a ser términos casi sinónimos.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Hoy, por cierto, no vivimos en tiempos griegos, y a nadie se  le ocurriría postular la separación entre actividades económicas y políticas. En  tiempos de la llamada globalización esa es una imposibilidad total. Pero ello no  lleva a deducir que la política ha de ser puesta al servicio de la economía, y  mucho menos que los políticos deben ser instrumentos de poderes económicos;  aunque en muchas naciones hayan llegado a serlo.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La opinión que prevalece en el público internacional poco  informado es que los gobiernos latinoamericanos nadan en la más absoluta  corrupción, y por lo mismo, que nuestras naciones no están preparadas para el  juego democrático. Sin embargo, un análisis detallado del fenómeno de la  corrupción permitiría deducir que éste es universal. El ser humano, incluyendo a  los políticos, es trasgresor, de eso no cabe duda. Aquello que varía de lugar a  lugar no es tanto la intensidad de la corrupción, como sus métodos. Y hay  métodos que son muchos más visibles que otros, sobre todo cuando la  institucionalidad es insuficiente, precaria o informal. Incluso aventuraría la  hipótesis de que en América Latina los políticos son tan corruptos como en  Europa, pero en la primera prevalecen ciertas condiciones objetivas que  facilitan el ejercicio de la corrupción. Una ya ha sido señalada y es la extrema  cercanía entre los poderes económicos y los políticos. Hay, además, otra razón  que conviene tomar en cuenta.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En América Latina la moral institucional no reposa sobre  pilares religioso-culturales. Esto significa que no hay una moral espiritual  sustitutiva de la legal, de tal modo que si los ciudadanos no se ajustan a leyes  tienen que inventar su propia normatividad, lo que hacen, en muchas ocasiones,  según su conveniencia. Lo afirmado contrasta, por cierto, con la creencia  relativa a la intensa religiosidad de los latinoamericanos. La adhesión a las  iglesias, que en América Latina es muy alta, no tiene que ver demasiado con el  concepto de religiosidad. Es sabido que el cristianismo de las clases altas y  medias latinoamericanas es predominantemente formal y por lo mismo con una muy  escasa cuota de espiritualidad. En muchas ocasiones se es católico o protestante  del mismo modo como se es miembro de un club deportivo. En los sectores  populares el fervor religioso es más intenso, pero en la mayoría de los casos la  religiosidad popular, sobre todo la agraria, está impregnada de signos mágicos,  de modo que de la práctica religiosa no puede deducirse casi ningún  comportamiento moral.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La moral ciudadana que prevalece en América Latina es más  bien una ética constitucional, y si las constituciones y leyes no rigen, la  moral se reduce sólo a un asunto privado y no de la polis. Los políticos,  en ese sentido, son un reflejo del sustrato moral de cada nación. No obstante,  esa constatación no implica necesariamente una desventaja . Todo lo contrario.  La precariedad de una moral religioso-cultural obligará en el futuro a reforzar  las relaciones de civilidad, que es de ahí, y no de las voces divinas, de donde  hay que extraer la moral ciudadana. La ética político-discursiva, y no la  prescripción cultural o eclesiástica, deberá ser en América Latina la fuentes  principal del comportamiento social.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Afirmar que la política, tanto la institucional democrática  como la discursiva, son y deberán ser fuentes de moral ciudadana, significa  invertir uno de los discursos predilectos de las dictaduras que afirman que  mediante la supresión de la política –actividad, según ellos, corrupta– ha de  producirse una re-moralización de la vida ciudadana. Este es también un discurso  arraigado en amplios sectores de la opinión pública. Por eso todos los  dictadores han llegado al poder como redentores morales, acusando a los  políticos y a la política de corruptos. La verdad es que si no hubiera  corrupción política los dictadores la inventarían.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En ningún caso, empero, la corrupción en una democracia  supera a la de las dictaduras. Las dictaduras, de por sí y por definición, son  corruptas, pues usurpan o roban un poder que no les corresponde. Además, tienden  a corromper tanto el carácter como las facultades racionales de los ciudadanos.  Por de pronto, al no permitir la libertad de opinión, inhiben la capacidad de  pensar. Al no permitir las libertades de reunión y de asociación, inhiben las  posibilidades comunicativas. Pero aun en el sentido de la corrupción  tradicional, que es la venalidad, las dictaduras militares son corruptas. La  diferencia es que en una democracia los casos de corrupción son más visibles.  Los de una dictadura se conocen mucho después de que los dictadores han  abandonado el poder. Al escribir este artículo, muchos años después de la  dictadura de Pinochet, recién se está conociendo cómo el dictador robaba del  tesoro público, y a manos llenas, para él y su familia. Mientras tanto,  predicaba su odio desmedido a la política y a los políticos.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La corrupción, actividad que nunca podrá ser definitivamente  erradicada –a menos que encomendemos el gobierno a los ángeles–, sí puede ser,  en cambio, limitada. Como todo los empleados públicos, los gobernantes deben ser  vigilados, tanto por los demás poderes del Estado, como por la prensa libre,  como por las organizaciones civiles. Eso debe ocurrir sobre todo en naciones  donde el Estado administra fondos proveniente de ventas de materias primas. Un  Estado con mucho dinero puede ser tan peligroso para una democracia como uno  famélico. Pues no sólo para su enriquecimiento personal usan determinados  gobernantes el dinero de la nación, sino que también, y sobre todo, para  aumentar su poder político. Existen, en efecto, muchas formas de corrupción  velada, como son, por ejemplo, la repartición de puestos públicos generalmente  inútiles entre seguidores del partido gobernante; el aumento de sueldos y  salarios a funcionarios fieles al régimen e incluso la repartición de títulos y  puestos académicos en universidades donde determinados partidos tienen más  acceso que otros. Un gobierno puede ser limpio y puro, pero si las instituciones  intermedias han sido corrompidas, apenas podrá gobernar. Y cuando la corrupción  no sólo es política sino también social, es decir, generalizada, la democracia  política no puede prosperar en ninguna parte. Cuando la nación comienza a  corromperse no sólo vertical, sino también horizontalmente, ha llegado la hora  de los golpistas, o de los demagogos, o de los populistas, o de todo eso a la  vez. El tan conocido fenómeno del populismo latinoamericano es en gran medida un  resultado de la corrupción de las instituciones públicas, y por cierto, uno de  los peligros más grandes para cualquier proceso democrático.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>El peligro populista</b>    <br> Mientras en Europa la noción de populismo posee una significación negativa, en  América Latina es más bien descriptiva. La razón es simple: en la primera el  populismo está asociado a los fascismos que la asolaron. Y aunque el fascismo es  una forma de populismo, este es multiforme. En América Latina, en cambio, la  idea de populismo se encuentra más bien asociada a la presencia de multitudes en  la escena política en el marco de proyectos retóricamente nacionalistas. En ese  sentido, la noción latinoamericana de populismo se encuentra más cerca del  sentido real del término «pueblo» que la europea.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Evidentemente, populismo tiene que ver con pueblo. «Pueblo»  es una noción que si bien es prepolítica es, sin embargo, más política que la de  «multitud» o «masa». La apelación al pueblo presupone, por un lado, cierta  superación de intereses parciales, y por otro, la elevación de ellos a un nivel  de encuentro entre diversos sectores, grupos, incluso clases, en donde todos se  reconocen como miembros de una misma unidad. En consecuencias, si el poder  político es alcanzable mediante la conquista de «mayorías», toda práctica  política es y debe ser populista. Pues una de las características esenciales de  la práctica política es que en ella los intereses particulares nunca pueden  presentarse en su forma específica, sino articulados unos con otros, y por lo  mismo, a través de representaciones simbólicas que son precisamente las que  políticamente las unifican. «Política es representación».<sup>2</sup> Y la  representación no puede ser sino simbólica.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Hacer política implica «sumar fuerzas»; pero las cifras son  expresadas no una detrás de la otra, sino a través de un «mínimo común  denominador». Ese común denominador está constituido gracias a las  representaciones simbólicas de cada una de las fuerzas que se suman. Es decir,  la política populista presupone tres momentos formativos: el de la suma, el de  la síntesis y el de la representación, que puede ser un partido, un líder o un  signo. En el recorrido de esas tres fases, el movimiento populista adquiere una  identidad que ya no es igual a las de cada una de las partes del movimiento, lo  que significa que cada una de ellas ha debido ceder una cuota de autoidentidad  en aras de una identidad simbólica común. Luego, no es tan cierta aquella  creencia historicista que afirma que el fenómeno populista es sólo propio de un  período histórico, como lo formulara una vez, entre otros, J. C. Portantiero.<sup>3</sup>  El populismo, como en el Perú de Fujimori y en la Venezuela de Chávez, puede  emerger en cualquier momento de la historia de cada nación, sobre todo cuando  las muchedumbres hacen su entrada en la política y a través de signos  representativos se constituyen, o son constituidas, imaginariamente, como  pueblo.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Ahora bien: si la práctica política es siempre populista ¿por  qué aparece contabilizada aquí como un peligro para la democracia? Para  responder a esa pregunta tenemos que tomar en cuenta dos razones: una es que el  populismo como tal no existe más allá de sus formas de articulación, y estas  pueden ser múltiples, porque hasta el fascismo, como se dijo, es populista. De  ahí que el peligro del populismo resida, no en él como tal, sino en determinadas  formas de representación. Es por ese motivo que, si bien la práctica populista  no es exclusiva de una fase del desarrollo histórico –que es la tesis de los  historicistas–, debe ser analizada a partir de sus formas articulativas, las que  son en cada lugar y tiempo diferentes, y por cierto, siempre novedosas. La  segunda razón, es que si bien toda política populista es fuente de identidades  que trascienden las identidades particulares, es decir, que supone cierta  desfiguración de las particulares, puede llegar el momento en que estas se  encuentren tan desdibujadas en la síntesis populista que ya no puedan  reconocerse en ella sus trazados originales. Es decir, puede llegar a ser  posible, y lo ha sido en diferentes experiencias, que las representaciones  simbólicas adquieran vida propia hasta el punto de no encontrar ninguna conexión  con el objeto que una vez representaron. Se trata en este caso de una  fetichización de las representaciones. Es por eso que así como una nación  totalmente politizada lleva a la destrucción de la práctica política, pues esta  sólo es reconocible a partir de sus diferencias con la que no es política, la  realización total del populismo, que es la conversión de toda la nación en un  pueblo, destruye el espacio de la práctica política, que requiere no sólo un  pueblo, sino –o si no no es política– de diferentes líneas divisorias dentro de  un pueblo.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Un lema de las izquierdas como es por ejemplo «el pueblo  unido jamás será vencido» puede ser muy emotivo, pero carece de lógica. Porque  ninguna izquierda puede representar al pueblo unido; sólo a la parte de  izquierda de un pueblo, es decir, al igual que la derecha, la izquierda sólo  puede representar a un pueblo no unido. O para ser más precisos: un pueblo sólo  puede unirse en un espacio que no es político, pues lo político presupone la  división de un pueblo. Espacios no políticos de constitución popular son, por  ejemplo, la revolución y la guerra. En el de la revolución, el pueblo se  constituye a sí mismo frente a un poder que ya no lo representa y reclama la  devolución de una soberanía que le ha sido arrebatada. En el de la guerra, el  pueblo se une, a través de su Estado, en contra de otro pueblo que también está  unido a través de su propio Estado. Pero el pueblo jamás se une en contra de sí  mismo. El peligro del populismo reside, entonces, en la pretensión de sus  representantes de cerrar las líneas divisorias que hacen de la política, y por  lo mismo, de la democracia, un campo de representación de diversas posiciones. Y  como esas posiciones son diversas, la síntesis populista que suprime el  antagonismo tiene que ser radicalmente simbólica.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En el simbolismo radical del populismo las líneas divisorias  que separan el pueblo entre sí son transportadas en contra de enemigos que  pueden ser reales, pero también imaginados. Ese agente externo de negación  constitutiva de la afirmación popular puede ser muy diverso: puede ser la nación  enemiga, pueden ser los extranjeros que habitan el país, pueden ser los ricos,  los corruptos, la oligarquía, el imperialismo, la globalización; es decir, puede  ser cualquier cosa que opere como representación simbólica del mal absoluto,  contra el bien total representado por la voluntad popular –y esta es una de las  características esenciales del populismo– corporizada por un líder carismático  cuya función es trasladar las diferencias hacia el exterior del pueblo, para que  el pueblo siga imaginando que es un solo pueblo. Todo populismo se expresa  necesariamente en la personificación extrema del poder. O dicho al revés, la  personificación extrema del poder, si bien es un resultado de una política que  ha sido desbordada por sus componentes populistas, es también una de las razones  que llevan a la radicalización antipolítica de los populismos. De más está  quizás decir, porque es un hecho muy conocido, que las personificaciones  extremas del poder constituyen un signo particular de la política (no sólo de la  populista) latinoamericana y, por de pronto, uno de los peligros más grandes  para la transición democrática de la región. Eso explica que todos los  populismos sean autoritarios, aunque no todas las representaciones autoritarias  son populistas.    <br>     <br> <b>El peligro de la personificación extrema del poder</b>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Del mismo modo en que la política tiende a ser populista, ha de representarse en  determinadas personas que simbolizan la unidad de diferentes actores. La  política ha sido, es y será siempre antropomórfica. La excesiva personificación  es, en el fondo, un problema de gradación. Así como en el populismo puede  suceder que las siempre necesarias representaciones adquieran una significación  que escapa a sus significados originarios, la personificación del poder puede  alcanzar un extremo que la desligue de sus representaciones y pase a constituir  en sí el principal agente político de diferenciación, hasta el punto que los  alineamientos políticos comiencen a ordenarse a favor o en contra de una  determinada persona en el poder, y no en función a los intereses, ideales,  posiciones que esa persona representa. Si así sucede, quiere decir que la  política ha sido degradada desde la fase de la representación personal a la de  la representación carismática.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En analogía a las formas legítimas de dominación  tipologizadas por Weber (1995) –legal, tradicional y carismática– es posible  también establecer diferentes formas de representación. La representación  carismática surge de la creencia relativa a que el agente que ejerce el poder  actúa no sólo en representación de sí mismo, sino de una voluntad superior, de  la que ese agente sólo es intermediario. La teoría del derecho divino europea se  basaba en el postulado de que el rey gobernaba de acuerdo con una voluntad  superior que era cedida al pueblo y que el pueblo cedía al soberano. La teoría  del poder entre los islamistas se basa en la tesis de que los califatos  representan la autoridad de Dios sobre la Tierra. No obstante, en tiempos y  zonas seculares, las formas de representación han debido ceder el terreno a  otras instancias carismáticas no religiosas; entre ellas, las ideológicas y las  personalistas.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En el período comunista, la dictadura del Partido se basaba  en la creencia carismática relativa a que éste era el depositario de la  Historia. Todos los dictadores comunistas creen por eso que «la historia los  absolverá». El dictador populista, en cambio, imagina que actúa de acuerdo a una  voluntad general que solo él representa, porque él es la síntesis personificada  de esa voluntad. El problema es que a veces llega a serlo. Por ejemplo, en un  momento culminante de su historia, Juan Domingo Perón llegó a ser la  representación del pueblo argentino. El amor sin límites que todavía algunos  argentinos profesan a Perón es un amor narcisista. A través de él se aman a sí  mismos.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero no sólo en nombre de un pueblo imaginario o real actúa  el dictador, populista o no, sino también de «un pueblo histórico», es decir, su  carisma se basa en la fantasía de que ese poder proviene desde un inconsciente  colectivo cuyas voces el dictador escucha. Mussolini, por ejemplo, suponía que  él encarnaba a la Roma de los Césares transportada por voluntad superior al  siglo XX. Franco suponía que él era el portador de la antigua España medieval y  cristiana. Detrás del caudillo carismático hay siempre una «voluntad superior»  que puede ser divina o secular. Pinochet por ejemplo, se hizo nombrar «Director  Supremo», homologando a Bernardo O´Higgins, el fundador de la nación. En América  Latina en general, casi siempre detrás del «gran hombre» se encuentra la sombra  de un «gran nombre». Los caudillos latinoamericanos han recurrido por lo común  al telón de fondo representado por la imagen de un «gran libertador» (San  Martín, Martí, Bolívar, Sucre, etc.). Pero esa misma recurrencia es la que  delata el notable ímpetu antidemocrático que los caracteriza. Porque es evidente  que esos grandes libertadores representan símbolos positivos, como, por ejemplo,  energía, valor, honor, etc. Pero esos símbolos, al corresponder justamente con  la prehistoria de sus naciones, son no-políticos y predemocráticos, es decir,  símbolos de guerra, y no pueden ser trasladados al espacio democrático a menos  que se quiera convertirlo en uno de guerra interna. Los grandes libertadores  fueron grandes dictadores, y no podían sino serlo. Hoy día las naciones  latinoamericanas no precisan de símbolos dictatoriales por muy grandes que hayan  sido los portadores de esos símbolos en el momento histórico que les  correspondió vivir. Por esa misma razón, las permanentes recurrencias a  personificaciones autoritarias son inocultables intentos de regreso a estadios  no políticos que, como ha sido dicho, constituyen el momento originario de  nuestras naciones. Muchas veces tales recurrencias se presentan como  revoluciones. En realidad, se trata de simples involuciones.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por cierto, es ilusorio creer que la política debe ser una  práctica puramente institucional y, por lo mismo, extremadamente racional. Hacia  el espacio de la política son transferidos no sólo intereses sino emociones,  odios y amores, y los representantes políticos deben contar con esa  emocionalidad transferida. No obstante, cuando el representante político concita  demasiado amor, y por consiguiente demasiado odio, hay que hacerse preguntas  acerca de la estabilidad emocional de una nación. Pues, una de las tareas de la  política es no sólo servir de espacio de transferencia, sino también de  conversión, es decir, ha de ser un lugar en donde las emociones deben ser  convertidas en argumentos, y por lo mismo, no deben concentrarse en un solo  personaje. Una de las obligaciones del político profesional es dar formato  político a las emociones, y no enardecerlas.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Lamentablemente, cuando el personalismo político alcanza un  grado extremo, el representante político se convierte en el principal objeto de  discusión. En esas circunstancias es muy fácil que si él no es contenido a  tiempo, caiga en excesos representativos o en fantasías omnipotentes. Ello se  puede observar en el curso de su retórica. Casi siempre tiende a abusar del  tiempo ciudadano y a hablar mucho más allá de lo que es políticamente necesario.  Sus discursos serán cada vez más emocionales; y suele suceder que abandone el  lenguaje de la discusión y caiga fácilmente en la invectiva y en la  descalificación. La violencia de las palabras no tarda en esos casos en  traducirse en la violencia de los hechos. Poco a poco la lógica argumentativa  será reemplazada por gritos y signos mágicos, y las multitudes en las calles se  dejarán llevar más por la uniformidad de los colores de las banderas, camisas o  boinas, o por la rima de consignas gritadas a coro, que por sus intereses e  ideales. En síntesis, la política, y sin que sus actores se den cuenta, entra en  un abierto proceso de facistización. Las estructuras populares se convierten en  un pueblo; el pueblo se disuelve en masa, y la masa en chusma. La facistización  de la política, que siempre es una de las secuelas del desmedido populismo y de  la irresponsabilidad de los líderes populistas, no corresponde a un período  histórico cronológicamente determinado. Es más bien un peligro constante en  todos los procesos de consolidación democrática. Y la región latinoamericana  está viviendo uno de ellos.     <br>     <br> <b>El peligro de la desigualdad</b>    <br> Una de las legitimaciones de los desbordes populistas y/o autoritaristas de las  (re)nacientes democracias latinoamericanas ha sido localizado por la mayoría de  los expertos en las enormes desigualdades sociales que caracterizan a los países  del continente.<sup>4</sup> Naciones con desigualdad social extrema no están en  condiciones de generar estructuras democráticas; ese es un argumento que los  enemigos de la democracia esgrimen con frecuencia. Una variante desarrollista  y/o evolucionista, supone que la democracia es un bien necesario, pero que las  naciones sólo podrán adquirirlo cuando hayan superado el lastre de la pobreza  social. Antes de hablar de democracia, dicen los desarrollistas de derecha, es  necesario educar al pueblo, y mediante esa vía integrarlo a la comunidad  nacional. Antes que nada es necesario –responden los desarrollistas de  izquierda– realizar transformaciones sociales radicales y después podemos  comenzar a hablar de democracia. Sobre la base de la desigualdad social, dicen  en afinado coro las dos tendencias, es imposible construir una democracia.  Recuerdo en ese sentido una antigua polémica que enfrentó a dos grandes  escritores de nuestro tiempo. El alemán Günter Grass y el peruano Mario Vargas  Llosa.     <br> Grass manifestó una vez su plena comprensión relativa a que en países como Cuba  hubiera una dictadura, pues esa era, según él, la única alternativa para superar  la pobreza extrema de nuestras naciones. Vargas Llosa, indignado, calificó tales  opiniones de «eurocentristas», pues sugerían que los latinoamericanos no estaban  preparados como los europeos para el ejercicio democrático. Democracia para los  europeos, dictaduras para los latinoamericanos, esa era según Vargas Llosa la  intención del argumento de Grass. Los latinoamericanos también deseamos la  democracia, y no mañana, sino ahora mismo, replicó Vargas Llosa. Interesante es  constatar que la argumentación de Grass se dio en los años ochenta, cuando en  muchos países latinoamericanos tenían lugar luchas en contra de dictaduras  militares, y esas luchas estaban guiadas por la intención de (re)establecer la  democracia.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya lejos del calor de esa polémica, hay que conceder un punto  a Grass, y en ese punto quizás Vargas Llosa estaría de acuerdo; que pobreza  extrema y desigualdad social no constituyen el mejor terreno para construir  democracias. Las desigualdades sociales, sólo por existir, generan tensiones  internas difíciles de ser superadas políticamente. La pobreza es, además, un  buen alimento para demagogos y populistas de todas las especies, y ningún  gobierno puede aspirar a una segura estabilidad en esas condiciones.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero, que las desigualdades sociales y la pobreza extrema no  sean un terreno adecuado para una democracia, no significa que la democracia sea  una imposibilidad. Por el contrario –y esta es mi contra-tesis–, esas  condiciones hacen más necesario el establecimiento de un orden democrático. En  este sentido, las dificultades para erigir un orden democrático, más que de las  desigualdades sociales, provienen de un malentendido que conviene dejar en  claro. Ese no es otro que aquel que afirma que la tarea inmediata de toda  democracia debe ser la de superar las condiciones que determinan la pobreza  social. Ese malentendido es generalmente propagado por los propios políticos,  pues como ya se dijo anteriormente, la mayoría de ellos tiene la opinión de que  son excelentes expertos en materia de economía; es decir, se trata de una  creencia derivada del peligro de la «economización de la política».     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por cierto, por su cercanía al poder, el político está en  condiciones de incentivar muchas medidas económicas, pero eso no significa que  siempre se encuentre en condiciones de alterar estructuras sociales, pues ello  depende de procesos que duran mucho más que un período gubernamental. Los  tiempos de la economía son muy diferentes a los de la política. Es igualmente  cierto que todo gobierno es a la vez que político, administrativo y económico.  Pero la democracia, y esto es lo que aquí se está discutiendo, no es sólo  administrativa o económica: es esencialmente política, y si un gobierno  efectivamente está en condiciones de implementar decisivas medidas económicas,  esa es tarea del gobierno: pero no de la democracia. La democracia no puede ser  juzgada por las buenas o malas gestiones económicas que de ahí surgen. Sólo nos  puede garantizar que es posible cambiar un mal gobierno por otro mejor; o  también, por otro peor; pues el juego político implica apuestas y riesgos. En  otras palabras: la democracia no soluciona, por su sola existencia, los  problemas sociales, pero sí, y esto es otra cosa, crea condiciones políticas y  jurídicas para que las luchas sociales tendientes a superar problemas económicos  puedan tener efectivamente lugar. Recuerdo en ese propósito que hace algunos  años el presidente argentino Raúl Alfonsín dijo en uno de sus discursos: «Yo fui  elegido Presidente porque prometí restaurar las libertades públicas, lo que he  cumplido. Pero algunos me quieren derrocar porque no he eliminado la desigualdad  social; y eso nunca lo prometí». La sinceridad de Alfonsín no podía ser aceptada  por una población que había creído a pies juntillas en la omnipotencia total de  la política. Después de Alfonsín fue elegido Menem, que sí prometió eliminar, y  en pocos días, la desigualdad social. Por cierto, no cumplió; no podía hacerlo.  Más todavía: el Estado, gracias entre otras cosas a las geniales políticas de  Menem, cayó en la bancarrota más grande que conoce la historia argentina.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La democracia, en tanto forma política de vida, pertenece al  reino de las libertades; y la economía, al de las necesidades. De acuerdo al  pensamiento economicista latinoamericano –que ha sido el de todas las  dictaduras– el reino de la libertad debe ser sometido al de la necesidad. Sin  embargo, entre libertad y necesidad no puede haber ningún antagonismo que no sea  voluntario, tampoco una subordinación de una respecto a la otra; se trata, si se  quiere, de dos espacios que pueden ser complementarios pero que siempre son  diferentes. Permítaseme poner un ejemplo: la lucha de un sector obrero por  obtener mejores salarios, no es una lucha política, sino social y económica.  ¿Cuándo es una lucha política? Pues cuando esos obreros exigen mayor libertad de  opinión, de reunión y de palabra, para poder librar una lucha social y económica  que les permita elevar sus salarios. A través de este ejemplo se demuestra cómo  las luchas políticas pueden llegar a ser complementarias. La posibilidad de esa  complementariedad es la que hace y ha hecho posible que en condiciones de  desigualdad social los sectores pobres hayan unido reivindicaciones materiales  con reivindicaciones políticas, exigiendo democracia cuando no la hay, y una  ampliación de la democracia cuando esta es muy restringida. El ejemplo dado  (puede haber otros parecidos) demuestra, además, por qué en condiciones de  desigualdad las relaciones democráticas son más necesarias que en condiciones de  relativa igualdad, pues ellas son las que permiten seguir luchando por una mayor  justicia social.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Los mejoramientos sociales pueden ser alcanzados por dos  vías: 1) mediante la dádiva o concesión de un tirano que lleva a cabo  determinadas medidas sociales asistencialistas con el objetivo de mantenerse en  el poder, es decir, de hacer imposible la lucha democrática. Todos los  dictadores han llevado a cabo dichas medidas; unos más, otros menos. 2) Mediante  la lucha social. Pero esta última, para llevarse a cabo, requiere de una  organización de los que luchan, lo que implica el derecho a asociarse. Requiere,  además, la publicitación de demandas, lo que implica luchar por el derecho a la  libertad de opinión que sólo puede existir allí donde hay libertad de prensa,  radio y televisión. Requiere además de libertad de reunión, de palabra, y no por  último de pensamiento. Así se explica que las grandes conquistas sociales hayan  ido acompañadas de un aumento notable de los espacios democráticos; y viceversa  también. La dicotomía entre el reino de la necesidad y el de la libertad no sólo  es tendenciosa; es, además, falsa.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El otro argumento en contra de la apertura democrática en un  orden social radicalmente desigual es que, bajo esas condiciones, la democracia  adquiere sólo un carácter formal y no real. Esa opinión ha sido tan repetida que  ya es un lugar común. No obstante, cabe hacer la siguiente pregunta: ¿qué tiene  de negativo que una democracia sea formal? Seamos lógicos: lo contrario de  democracia formal es democracia informal, y eso sí que es un absurdo muy grande.  La democracia es y debe ser formal por dos razones. La primera, porque en sus  momentos fundacionales debe ser puesta en forma a través de instituciones  que suelen preceder al ejercicio democrático. Lo segundo, porque ya en  ejercicio, las formas de la democracia deben ser mantenidas, ya que de ellas  depende que los conflictos puedan ser solucionados políticamente. La democracia  existe siempre en forma.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por cierto, hay que tener en cuenta que cuando algunos dicen  «formal» quieren decir que la democracia no es lo suficientemente participativa,  sino más bien exclusiva. Aquí hay que hacer de nuevo una pregunta ¿es posible poner en forma una democracia que sea inmediatamente válida para todos y  para siempre? Aun en las naciones más democráticas del mundo la fundación  democrática tuvo un carácter exclusivo, y en muchos casos, elitista. Pero,  precisamente porque en su momento fundacional la democracia no es para todos, o  sólo lo es formalmente, puede permitir a aquellos que no están, o no se sienten  integrados en ella, luchar para participar plenamente en su ejercicio. Una buena  democracia se mide no porque sea para todos, en todos los lugares y tiempos,  sino porque contiene dispositivos que permiten renovarla y ampliarla. Todo lo  que es grande hoy día ha sido pequeño alguna vez. Digámoslo más claramente: la  democracia no es un regalo de los políticos a un pueblo; la democracia se  conquista, día a día, y sin fin, porque cuando haya sido alcanzada la democracia  perfecta, o estaremos en el reino de los cielos o en el infierno totalitario.  Son las imperfecciones, las asimetrías, las desigualdades, los motivos que hacen  posible y necesaria la razón democrática. Si hubiera sólo igualdad, no  necesitaríamos de ninguna democracia. Por eso no es lógico pensar que la  instauración de una democracia debe ser el resultado de la supresión de las  desigualdades sociales; pero sí es lógico pensar que la existencia de una  democracia hace posible que la lucha entre las desigualdades pueda ser  políticamente regulada. Con eso se quiere afirmar que la democracia, antes que  nada, es un campo de luchas cuyo resultado será siempre incierto.    <br>     <br> <b>El peligro de la desintegración política</b>    <br> Si la democracia es un campo de luchas políticamente regulado, es también el  lugar en donde se ordenan las correlaciones entre diferentes posiciones  antagónicas. A través de esa lucha los distintos actores adquieren una identidad  que jamás alcanzarían si no entraran en conflicto entre sí y con los poderes  centrales. De ahí que la democracia permita la adquisición de determinadas  identidades políticamente configuradas, pero a la vez, para que estas  identidades sean adquiridas, se requiere de la acción de sujetos portadores de  una mínima capacidad de articulación. Ahora bien, si los diferentes actores no  se articulan entre sí, difícilmente los conflictos pueden alcanzar una categoría  política, pues política supone, en primera línea, la articulación de las  instancias que la constituyen. Así se explica por qué las dictaduras no siempre  reprimen los movimientos sociales, sino que, además, los organizan verticalmente  con el objetivo preciso de que no puedan articularse políticamente. No hay  prácticamente ninguna dictadura que no haya intentado incentivar la formación de  «organizaciones populares». Hasta una dictadura tan antipopular como la de  Pinochet en Chile, logró estructurar amplias bases de apoyo popular en las  «poblaciones» de Santiago.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Las dictaduras institucionalizan la articulación social sobre  la base de la desarticulación política. Por lo común, surgen gracias a la  desarticulación política, o lo que es parecido, de una situación en donde las  diferentes posiciones, al no poder articularse entre sí o en contra de sí,  tampoco logran generar un espacio democrático de contienda. Muchas veces, y no  sólo en América Latina, los espacios democráticos de articulación han sido  cerrados por las propias fuerzas democráticas cuando se apartan de las reglas  que han contraído para poder luchar entre ellas de un modo no destructivo. Los  ejemplos en ese sentido son innumerables.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Es posible distinguir entre diferentes formas de  desarticulación de la política. Una, quizás la más conocida, es la  desintegración regionalista y/o territorial. El fraccionalismo regional ocurre  por lo general cuando el propio Estado vive un proceso de desintegración, hecho  que en América Latina suele ser frecuente. En ese sentido, el regionalismo es  una suerte de retroceso a la situación prenacional que en muchos países ha  continuado existiendo, cobijada bajo las sombras de un Estado más bien ficticio  que real. Los caudillos regionales adquieren en esas condiciones un poder mucho  más efectivo que el estatal, y en zonas agrarias han logrado generar poderes que  cuentan con medios represivos, e incluso con ejércitos propios, que actúan de  modo independiente al poder central.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El caudillismo territorial antecede al de masas. El primero  corresponde a un orden patrimonial que en algunas zonas del continente sigue  prevaleciendo. El segundo a la llamada «sociedad moderna»; y entre esos dos  tipos de caudillismo hay no sólo rupturas, sino también una innegable  continuidad. El caudillo populista, por ejemplo, es muchas veces la  representación imaginaria de un «patriarca nacional» quien, para representar el  poder público, ha debido pactar con el caudillismo regional, que en países como  México, Brasil, Colombia y, en alguna medida, Argentina, es una realidad muy  actual.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Más allá de los poderes regionales, están los llamados  poderes fácticos, los que atraviesan a los poderes territoriales. Entre ellos  encontramos agrupaciones familiares, sectas religiosas, logias, asociaciones  empresariales, comerciales y sindicales, los llamados «carteles», determinados  grupos armados e incluso a algunas mafias.     <br> Suele suceder que en períodos de crisis política los poderes fácticos emergen a  la luz pública a manejar directamente los mecanismos de la política. A la  inversa, muchos políticos son representantes de poderes fácticos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;  Suele suceder también que desde el poder político se contraen complejas  relaciones de alianza con esos poderes. Muchas veces detrás de un mandatario, o  de una simple gobernación, se mueven los hilos de poderes no políticos. Ahora,  como la práctica política no puede existir en estado de pureza, lo más normal es  que los poderes fácticos usen su poder en la política, lo que implica para ellos  aceptar cierta politización. El problema reside en el grado de representación de  dichos poderes que, si es muy excesivo, lleva a una subordinación de la  actividad política a la factual. Si los poderes fácticos actúan en un campo  legal, el problema no es demasiado grande. El tema se complica cuando actúan al  margen de la Constitución, y este es el caso de las mafias, de los consorcios de  drogas, de guerrillas de autosubistencia como las Fuerzas Armadas  Revolucionarias de Colombia (FARC), y no por último, de organizaciones  criminales adheridas al Estado, como las policías secretas, y sobre todo, los  grupos paramilitares, encargados de hacer el trabajo sucio que ni la policía  oficial ni el ejército constitucional pueden realizar bajo la luz pública.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La existencia de poderes fácticos no es siempre un obstáculo  para el orden democrático, pues gracias a la diferencia con ellos, el poder  político adquiere su especificidad. Hay ocasiones, incluso, en que los  gobernantes políticos deben dialogar con organizaciones ilegales (grupos  armados, mafias regionales) con el objetivo preciso de integrarlas de algún modo  al orden común, pues el pasado antipolítico es en muchos países latinoamericanos  parte del presente. No hay que olvidar que la democracia política nace donde,  por lógica, no hay política, ni mucho menos democracia.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por lo demás, tanto en la economía, como en las estructuras  sociales, los diversos poderes quieren ser reconocidos. Y la política es sobre  todo lucha por el reconocimiento. Pero para ser reconocidos, los poderes  fácticos tienen que anunciarse de algún modo en la escena pública. Ya ese  anunciamiento implica cierta politización, pues como deben presentarse  políticamente, tienen que asumir ciertas reglas del juego y ceder parte de su  identidad no política a instancias de representación política. Quizás el caso  más interesante de reintegración política es el que está teniendo lugar  actualmente en Colombia. A partir de «una contradictoria recomposición nacional»  (Restrepo, 2004) tienen lugar difíciles conversaciones entre representantes  gubernamentales con grupos armados, ya sean guerrilleros o paramilitares. La  desligitimación universal de la violencia como medio de lucha por el poder está  llegando incluso a Colombia, como demuestra un inteligente análisis de Eduardo  Pizarro Leongómez (2004).    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno de los objetivos del juego democrático reside  precisamente en la integración social por medio del uso político. Es por ello  que en aquellas zonas donde predominan tendencias desintegrativas es difícil  acceder a un orden democrático. En ese sentido, la desintegración territorial es  un obstáculo menor comparada con la desintegración social.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La expresión más radical de la desintegración social es la  delincuencia, la que implica un altísimo grado de solidaridad intergrupal y uno  aún más alto de ausencia de solidaridad social. El aumento de la delincuencia en  los diferentes países latinoamericanos ha obligado a los cientistas sociales a  hacer de la «seguridad» un tema preferencial.<sup>5</sup> Por cierto, no existe  consenso relativo a cómo enfrentar la delincuencia. Pero ya hay por lo menos  algunas concordancias. Por una parte, prevalece cierto acuerdo en que si bien la  pobreza material incide en la delincuencia, no es su causa determinante. Allí  donde los sectores populares poseen algún grado de organización, ya sea comunal  o regional, las tasas de delincuencia no son muy altas. Una comunidad de  campesinos o de indígenas pobres no cae en la delincuencia, porque la  pertenencia a una comunidad implica adscribirse a un conjunto de valores  comunes. En cambio, en aquellos lugares caracterizados por un grado de  organización social más bien baja, la delincuencia es alta, aunque los ingresos  sean superiores a los de otras partes.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La desintegración social tiende a acentuarse en períodos de  transición, ya sean económicos o políticos. Mucho se ha escrito en este sentido  acerca de la transición económica acelerada por los llamados fenómenos  globalizadores, y que lleva a la substitución de modos de producir basados en la  ocupación intensiva de fuerza de trabajo por otros que se caracterizan por la  implementación de tecnología altamente sofisticada, particularmente la  electrónica, y que son esencialmente ahorrativos de fuerza de trabajo. En el  marco de esas condiciones, una enorme masa de trabajadores es lanzada al mercado  e intenta subsistir por cualquier medio. No es casualidad que la delincuencia  sea más alta en ciudades que hasta hace poco fueron centros industriales. La  criminalidad organizada es, desde esa perspectiva, una forma de subsistencia  generada por la desintegración social. Y en períodos de transición es inevitable  que se produzcan determinados quiebres sociales.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero además de la transición económica, tiene lugar en  diferentes países de América Latina una larga y compleja transición política  entre regímenes autoritarios que ya no pueden gobernar, y gobiernos democráticos  que todavía no están ni social ni políticamente consolidados. Y cuando la  gobernabilidad es precaria, ella se traduce en un desgobierno de las conductas  sociales e incluso de la ética individual. Por lo tanto, la desintegración  parece ser consustancial a esa transición, y en algunos casos es tan avanzada  que las expresiones delictivas escapan a cualquiera posibilidad de control  social y deben ser enfrentadas policialmente. Pues como ya se dijo, ahí donde no  hay polí-tica, hay poli-cía. Pero, si la policía es parte de esa desintegración  total, y en algunos países lo es, las alternativas de democratización de la vida  social son muy pocas. Por lo menos en un corto plazo. Como se deduce, un Estado  organizado supone una mínima organización de sus aparatos de seguridad. Sin el  monopolio estatal de las armas puede tener lugar una suerte de privatización de  los medios represivos.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La privatización de la policía es una tendencia cada vez más  reconocida en América Latina, sobre todo en los sistemas de vigilancia  establecidos en los barrios habitados por gente pudiente. De la misma manera,  grupos poblacionales, sobre todo en los barrios populares, se han visto en la  obligación de organizar su propia defensa frente a la criminalidad organizada.  En ese sentido hay que diferenciar entre dos formas de privatización policial.  Una es producto de la descomposición de las instituciones estatales. La segunda  surge de la necesidad de crear organizaciones que asuman tareas que el Estado no  puede asumir, incluyendo las policiales. La primera es un resultado de una  desintegración que alcanza al propio Estado. La segunda corresponde a formas  provisionales de organización, en espera de que el Estado alguna vez «llegue».  En el sentido expuesto, la llamada «sociedad civil», uno de los temas preferidos  de los sociólogos, no puede ser concebida haciéndose abstracción de la  existencia del Estado. Sin un Estado que funcione, la sociedad civil es una  quimera, pues la civilidad sólo puede emerger en diferencia, pero también en  relación con el Estado.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Un hecho alentador en los dos últimos decenios es sin duda la  aparición de instituciones no estatales cuyos objetivos apuntan a construir  relaciones de civilidad. En ese contexto hay que mencionar a las organizaciones  no gubernamentales (ONG) y a redes comunicativas que, entre otras funciones,  organizan intrasocialmente a diferentes grupos, dando origen incluso a  movimientos tanto culturales como sociales. Los movimientos e iniciativas  sociales son medios articulativos que producen «sociedad» allí donde no la hay.  Sin embargo, hay que convenir en que tales instituciones y movimientos tienen un  sentido ambivalente. Por una parte, surgen donde las estructuras políticas,  tanto del Estado como de la población, no se encuentran plenamente consolidadas.  Debido a la ausencia de politicidad que marca el origen de estas agrupaciones,  es posible, además, que sus representantes mantengan una actitud negativa frente  a todo lo que aparezca como organización partidaria o simplemente política. Esa  actitud se manifiesta en dos tipos de opciones aparentemente contradictorias. La  primera es la opción movimientista, la que supone que a determinados movimientos  sociales les está encomendada la tarea de suplantar el rol de los partidos, lo  que implica sobrecargar a los participantes de un movimiento con tareas  «históricas» que jamás se han planteado. La segunda opción es la que podríamos  llamar «basista», que induce a plantear la reclusión de las actividades  «políticas» en determinados nichos sociales, culturales e incluso ecológicos,  con prescindencia de los temas nacionales. Otras iniciativas «de base» más  sofisticadas sugieren crear líneas comunicativas horizontales, sobre todo por  medio de redes virtuales, y su objetivo está orientado a realizar acciones de  protestas puntuales, esporádicas y discontinuas. La ausencia de interés por la  política real de la nación de la que hacen gala estos grupos, los lleva a  practicar una militancia social orientada a prácticas horizontales y sin  referencia a los poderes centrales, particularmente al Estado. Así como los  sectores autoritarios sueñan con la utopía de una sociedad puramente vertical,  el «basismo» –quizás el último reducto del romanticismo anarquista– acaricia la  utopía de una sociedad horizontalizada, plagada de intereses particulares, sin  articulación ni positiva ni negativa con el «resto del mundo». En fin, se trata  de proyectos despolitizadores, y por lo mismo, muy peligrosos para el difícil  proyecto de construir una democracia, pues la democracia debe ser nacional o no  ser.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Dentro de esas perspectivas movimientistas y particularistas  han ido ganado terreno en los últimos años ideologías étnicas, cuyo substrato  vindicatorio apunta en muchas ocasiones hacia una suerte de etnización de la  política. Dada la importancia política de ese tema, lo trataré a continuación.    <br> &nbsp;</font></p>     <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>El peligro de la etnización de la  política</b>    <br> Una característica de la democracia moderna es que actúa no sólo sobre la base  de desigualdades, sino además de diferencias. Desigualdades y diferencias en  lugar de ser obstáculos para la democracia son sus condiciones. En un mundo  igual a sí mismo, las relaciones políticas estarían de más. Por esa misma razón,  no es casualidad que una de las metáforas más recurrentes de los últimos tiempos  sea la de la «sociedad multicultural», la que alude a espacios marcados por  diferentes unidades culturales que pese a sus diferencias deben coexistir en una  misma nación y bajo un mismo Estado. No obstante, la metáfora de la «sociedad  multicultural» conlleva a la vez un inevitable contrasentido, pues la  alternativa contraria es «sociedad monocultural» y algo así no existe en todo el  mundo occidental. Precisamente porque la ciudad occidental no pudo regirse más  culturalmente, fue necesario en algún momento apelar a los recursos políticos, y  luego a los democráticos, como medios que regularan las relaciones entre  ciudadanos diferentes.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La multiculturalidad latinoamericana ha ido en aumento. Las  primeras oleadas migratorias caracterizaron todo el período industrial, y  ocurrieron sobre todo desde «la vieja Europa» hacia «las Américas». A ese  fenómeno se agregaron las masivas migraciones intercontinentales. Hay ciudades  latinoamericanas que han sido conquistadas por las migraciones «del interior»,  alterándose no sólo las estructuras demográficas, sino también la culturales.  Los emigrantes no sólo traen consigo fuerza de trabajo, sino también modos de  vida, creencias y mitos.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Además, el multiculturalismo latinoamericano se ha visto  incrementado en los últimos tiempos por demandas y reclamos de culturas  históricamente marginadas que presionan por obtener reconocimiento social,  jurídico y político. Dentro de ellas podemos distinguir con claridad a  diferentes movimientos de «indios» cuya presencia se deja sentir con fuerza en  naciones con alta composición «indígena»; naciones de las que los pueblos indios  quieren formar parte sin entregar como tributo sus pertenencias culturales.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Los movimientos sociales y culturales, al exigir su  pertenencia a la ciudadanía nacional en igualdad de derechos y deberes con todo  el resto ciudadano, amplían el espacio democrático en los países en donde  actúan. En cierta medida, aunque no se consideren miembros del Occidente  político, exigen reivindicaciones occidentales. La igualdad de derechos  ciudadanos, la libertad de asociación, de religión y creencia, el respeto a las  minorías, son nociones inscritas en las mayorías de las constituciones  occidentales, y en caso que no se cumplan, los movimientos indígenas tienen,  además, la alternativa de recurrir a nociones supraestatales, como los «derechos  humanos», cuyo origen y representación son también occidentales. En breve: los  movimientos indígenas, juntos con los sociales, los de género y muchos otros,  son partes insubstituibles de la expansión democrática de nuestro tiempo.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; No obstante, no todos los movimientos de los pueblos indios  son conscientes del potencial democrático que portan, asumiendo a veces  actitudes que tienden a lesionar el mismo orden republicano del que forman parte  y que es el que les permite, entre otras cosas, seguir luchando. Ese espacio en  el que libran sus luchas puede no ser muy democrático en su práctica, pero lo es  casi siempre en sus formas, por lo menos en las constitucionales. Uno de los  principales objetivos de los movimientos sociales significa, por lo mismo,  realizar un ajuste entre la forma constitucional y su puesta en práctica. Ese  ajuste implica en muchos casos enriquecer la Constitución nacional, la que,  gracias a las luchas políticas, incorpora a su listado leyes que no habrían  existido jamás si no se hubiera luchado por ellas. Detrás de cada ley social hay  múltiples luchas políticas. El no reconocimiento de un determinado orden  constitucional, por muy imperfecto que sea, implica en cambio renunciar al único  espacio donde pueden tener lugar las luchas políticas, adquiriendo estas un  carácter no político, y por lo mismo, violento. A fin de aclarar más lo  expuesto, permítaseme poner un ejemplo escogido entre varios.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Un encuentro que tuvo lugar en el Perú entre el 12 y el 14 de  abril del 2003, y que agrupó a más de doscientos delegados indígenas  provenientes de las diversas regiones del país, culminó con la entrega de una  propuesta concertada al primer vicepresidente de la República, Jesús Alvarado, y  al presidente de la República, Alejandro Toledo. En la propuesta se lee:    <br>     <br> Afirmamos que los derechos de los pueblos comparten la misma calidad jurídica  que la poseída por los derechos humanos personales. En ambos casos, los derechos  a los que nos referimos se desprenden de ser una persona humana o de ser un  pueblo. En consecuencia, el derecho a la existencia de los pueblos no puede  abolirse jurídicamente por ningún tipo de legislación, sea o no formalmente  promulgada. Cualquier «legalidad» que sea contraria a nuestros pueblos o a los  derechos humanos, si bien pudiera encubrirse con procedimientos formales, es en  sí misma nula.<sup>6 </sup>    <br>     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Retengamos la última frase. Los redactores del documento  consideran que su movilización es legítima, y por eso cualquiera legalidad que  se oponga a ella debe ser anulada. Con ello establecen que en caso de que haya  contradicción entre legitimidad y legalidad, hay que tomar partido a favor de la  legitimidad. Conviene aquí abrir más de un interrogante.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Que una legalidad no coincida con la legitimidad que los  pueblos reclaman, aun en el caso de que esa legitimidad esté avalada por los  derechos humanos, no significa que automáticamente esa legalidad sea nula. En el  peor de los casos puede ser declarada no equivalente con principios de  legitimidad que sustentan los pueblos de una nación. Pero la nulidad de una  legalidad sólo se deduce del procedimiento legal que ha de declararla nula.  Ninguna legalidad se declara nula sin un mínimo de procedimiento legal, si es  que no estamos hablando de movimientos secesionistas.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por lo demás, sólo es posible saber que la legitimidad de los  pueblos precede a la legalidad de todo Estado cuando la del Estado se encuentra  constitucionalmente conformada, ya que el derecho constitucional es la marca  moderna que permite diferenciarla de la que surge de la organización de los  pueblos basada en la pura legitimidad. Del mismo modo que el número dos no anula  al uno, el derecho constitucional no anula el orden del (mal llamado) «derecho  natural», sino que lo transforma en su condición.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Oponer en sentido alternativo la legitimidad de los pueblos a  la legalidad del Estado es jurídica y políticamente improcedente, a menos que se  trate de Estados dictatoriales que han barrido con toda legalidad. Ajustar lo  que se considera legítimo con la legalidad vigente es, en cambio, una tarea del  hacer político. En el fondo, todos los grandes movimientos sociales luchan por  convertir aquello que es o consideran legítimo en algo legal. De ahí que  declarar nula una legalidad que no se ajuste a principios legítimos –sea esta el  derecho ágrafo de los pueblos, sea la propia Declaración de los Derechos  Humanos– es anular desde un comienzo el sentido de la acción política de los  pueblos, pues estos luchan principalmente para que su legitimidad sea alguna vez  legalmente reconocida. O lo que es igual: la declaración de nulidad sólo puede  ser el resultado de una lucha política, pero jamás su comienzo. Abandonar el  campo de la legalidad, en función de tradiciones imaginarias o reales, es un  precio que ha sido pagado muy alto en América Latina; y no sólo por los pueblos  indios.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Suponer que la legitimidad histórica se encuentra por sobre  la constitucional es una de las características de las posiciones etnicistas. Y  uno de los más graves problemas que surgen de la etnización de la política es  que la identidad étnica no es negociable. Una lucha social puede ser negociada,  y la experiencia sindical así lo demuestra. Después de una huelga casi nunca los  trabajadores obtienen lo que exigen, pero por lo general obtienen más que lo que  ofreció la parte patronal antes de la huelga. Una reivindicación étnica, en  cambio, al no postular demandas políticamente realizables, tiende a caer en  posiciones fundamentalistas. El programa del Movimiento Indígena Pachacuti (MIP)  boliviano por ejemplo, liderado por el caudillo Felipe Quispe, estipula:  «Nosotros debemos regresar a los gloriosos tiempos de los Incas».<sup>7</sup>  Frente a una reivindicación de ese tipo, no hay negociación posible. La lucha de  ese movimiento sólo puede ser frontal, excluyendo la diagonalidad que  caracteriza a todos los conflictos políticos.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero el problema más delicado en las luchas que libran las  comunidades indígenas es sin duda el de la territorialidad. Que tales  comunidades exijan la devolución de terrenos arrebatados por gobiernos  anteriores, es una exigencia legítima. Pero cuando lo hacen alegando la  reivindicación de derechos históricos precolombinos, surgen muchos problemas.  Por un lado, nadie sabe bien dónde comienzan y dónde terminan esos derechos, y  por cierto, ninguna nación puede ni debe hacerse cargo de su historia  prenacional. Por otro lado, toda nación es constitucionalmente indivisible y  ningún gobierno nacional estará dispuesto a negociar sobre ese principio básico.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay que tener en cuenta además que las reivindicaciones  particulares –y las de las comunidades indígenas lo son– pueden entrar en  conflicto con otras reivindicaciones particulares. Es posible que suceda, y ha  sucedido, que la electricidad de una aldea dependa de la construcción de una  represa, y que si esta se lleva a cabo alteraría los usos y costumbres de las  comunidades indígenas de la región. Cualquier gobierno que no sea demagógico ni  dictatorial tiene que escuchar las voces de los habitantes de la aldea y las de  las comunidades indígenas, y buscar una solución adecuada, aunque deje  insatisfechas a las dos partes. Mucho más complejo es el problema si en  territorios habitados por comunidades indígenas se descubren yacimientos de  materias primas, petróleo por ejemplo, que pueden proveer de divisas al Estado  nacional. En uno como en otro caso, las comunidades indígenas se ven en la  necesidad de politizar sus demandas, y eso significa intentar ganar aliados en  otras comunidades, e incluso entre sectores no indígenas. Pero si utilizan el  argumento de los «derechos históricos» sus demandas se convierten en  innegociables, y con ello sólo pueden perder. En breve: de lo que se trata es de  politizar las demandas étnicas y no de etnizar a las demandas políticas.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El peligro de la etnización de la política es muy actual, y  tiene que ver en parte con influjos ideológicos que provienen desde fuera de las  comunidades indígenas, particularmente desde fracciones de una izquierda  antipolítica que después del derrumbe del comunismo busca nuevos actores que les  permitan mantener una actitud confrontativa respecto a todo gobierno y con ello  conservar su propia identidad. Para esas izquierdas, el indigenismo es una entre  otras teorías de substitución. De ahí que siempre sea necesario diferenciar  entre las demandas de las comunidades indígenas y agrarias, y las ideologías que  les han sido superpuestas.    <br>     <br> <b>El peligro de la ausencia (o de la escasa presencia) de una intelectualidad  política</b>    <br> La intelectualidad latinoamericana ha sido y es, salvando excepciones,  predominantemente ideológica. A la vez, la adhesión ideológica es un obstáculo  para el desarrollo del pensamiento político, pues las ideologías son sistemas  cerrados de pensamientos. Encerradas dentro de una ideología, los medios del  pensamiento que son los conceptos experimentan un proceso de petrificación que  es necesario sólo para la conservación del sistema ideológico. En un sentido  inverso, la práctica política sólo puede tener lugar en un espacio donde ocurren  acontecimientos que, al serlo tales, son siempre nuevos e imprevisibles, y por  lo mismo, tienden a alterar los sistemas ideológicos. Frente a los  acontecimientos, los llamados actores toman posiciones y ordenan filas unos  frente a otros, teniendo lugar diferentes conflictos que para ser políticos han  de ser gramaticalmente configurados. Para el pensamiento ideológico, en cambio,  las posiciones ya están ordenadas antes de que aparezcan los acontecimientos, de  los cuales las ideologías toman nota sólo si caben en el orden de sus sistemas.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; A pesar de que el pensamiento de muchos intelectuales  latinoamericanos es ideológico, son muy pocas las ideologías que han sido  producidas en tierra latinoamericana. En ningún otro nivel es la dependencia  externa tan notoria. No obstante, eso no quiere decir que de haber sido  producidas en América Latina habrían sido mejores. No deja sin embargo de ser  sintomático que los intelectuales que más insisten en denunciar las formas  económicas de «la dependencia» se sirvan de los instrumentos ideológicos más  dependientes que es posible imaginar. Particularmente ideológicos han sido y son  los intelectuales miembros de la izquierda académica, a la que prestaré en este  breve artículo una mayor atención, pues esa izquierda académica supone que las  ideologías que propagan tienen un indiscutible valor político.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Desde luego, no existe ningún imperativo ni moral ni de  ningún otro tipo para que el intelectual tenga que definirse como actor  político. En el campo cultural y artístico son muchísimos los aportes de los  intelectuales latinoamericanos, y no es a ellos a quienes me voy a referir aquí,  sino a quienes se ocupan de las llamadas ciencias sociales y económicas y que  tienen la pretensión de incidir políticamente con una producción intelectual que  suponen política y que en muchas ocasiones no lo es.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; En el espacio que ocupa la llamada intelectualidad hay en  cada nación una franja delgada desde donde son producidas ideas que serán  reformuladas en diferentes espacios de acción. Puede que los actores de esa  franja no se definan a sí mismos como políticos, pero su incidencia política es  importante, pues en la medida en que ellos piensan, la nación (otros dicen «la  sociedad») se piensa a sí misma. De ahí que cuando se habla de la crisis de la  política, no es sólo la política la que está en crisis, sino que también lo  están aquellos que tienen que producir ideas para que la política sea posible.  Muchas veces una crisis política no es sino una crisis intelectual reflejada en  la política.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Ahora bien, si el campo donde han de ser producidas ideas  está ocupado por ideo-logías, las ideas no circulan ni se reproducen, y lo más  probable es que la práctica política, o se convierta en ideológica, o se  convierta en jurídica o administrativa. Creo percibir que esas son las prácticas  dominantes en la política de la mayoría de los países latinoamericanos.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Una de las particularidades de los intelectuales ideológicos  es que ellos son, o imaginan ser, representantes de intereses e ideales  superiores. Por un lado tenemos a quienes prestan servicio a un movimiento,  partido o Estado. En la jerga «gramsciana» ellos se autodenominan «intelectuales  orgánicos». Dicha denominación es un contrasentido. Si un intelectual está al  servicio de una instancia externa, no es intelectual, pues la práctica  intelectual no puede estar determinada por el seguimiento de una instancia no  intelectual. La función de tales personas es otorgar legitimación intelectual a  instituciones preestablecidas. Su pensamiento no es libre, sino predeterminado.  En cierto modo esos intelectuales no piensan: «son pensados».     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Por otro lado tenemos a los que imaginan representar a  fuerzas externas que pueden ser una «clase», un «pueblo», una «razón moral» o  una «misión histórica». No obstante, esas fuerzas externas suelen ser simples  representaciones internas. Debido a esa razón, sus portadores imaginan que todos  quienes les contradicen son representantes de fuerzas también externas, como «el  neoliberalismo», «la globalización», el «mercado mundial», «el capital», «el  imperialismo norteamericano» o cualquiera fantasía grandiosa que represente una  «negatividad» absoluta frente a la cual ellos construyen una imaginada  afirmación. Eso explica que la izquierda académica rinda culto a macroideologías  que varían de tiempo en tiempo, pero que tienen en común prescindir de  cualquiera experiencia. En los años cincuenta, esos intelectuales apolíticos  rendían culto a las ideologías del desarrollo; en los años sesenta y setenta a  la «teoría de la dependencia»; en los años ochenta, a las ideologías  antineoliberales; desde ahí hasta ahora a la «teoría de la globalización». En  todos los casos, esas diversas ideologías han mantenido rasgos comunes. Por de  pronto, son universalistas, pues sirven para explicar distintos procesos en  distintas partes y a la vez. En segundo lugar, están canonizadas, es decir,  siguen un canon interpretativo que es repetido ritualmente con relación a cada  análisis que emprenden. En tercer lugar, poseen un trasfondo economicista que  las lleva inevitablemente a apoyar cualquiera tendencia autoritaria que se  plantee retóricamente en contra del imperialismo, de la dependencia, del  neoliberalismo o de la globalización, o de cualquier cosa parecida. El tema de  las libertades políticas es ignorado totalmente. Y en cuarto lugar, todas  carecen de inventiva y por lo mismo son intensamente aburridas. Y es explicable:  en todas esas teorías brilla por su ausencia la figura humana. En ellas sólo hay  estructuras y procesos que se desarrollan independientemente de la voluntad de  cualquier actor.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La extrema ideologización de la mayoría de los intelectuales  latinoamericanos origina contratendencias tanto o más apolíticas que las  tendencias ideologizadas. Por un lado tenemos a los investigadores «empiristas»,  que hacen «estudios de casos» y cuyos artículos con muchas estadísticas y cifras  llenan las revistas académicas. Por cierto, tales estudios pueden ser muy  necesarios, pero lo son sólo en el marco de la perspectiva de un saber cuya  condición no puede ser autorreferente. Por otro lado, tenemos una abundante  proliferación de estudios dedicados a analizar objetos teóricos inexistentes,  cuyo único fin es demostrar el conocimiento de sus autores, quienes, por lo  común, citan a destajo a autores europeos y norteamericanos aunque no tengan  nada que ver con el tema a tratar. El intelectualismo es una de las enfermedades  más frecuentes que contraen los intelectuales. Pero, si el ideologismo, el  empirismo y el intelectualismo no son actitudes políticas ¿cuándo es política la  práctica intelectual? En ese sentido, me atrevo a señalar cuatro condiciones  (probablemente sean más). Las dos primeras ya han sido nombradas.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La primera es la apertura hacia la realidad, o como ya se  dijo, hacia sus acontecimientos, pues cada acontecimiento es nuevo, o si no la  realidad no existiría. Ninguna ideología puede dar cuenta de la realidad de los  acontecimientos, pues las ideologías son antes que nada sistemas, y los sistemas  no reaccionan frente a momentos extrasistémicos, y los acontecimientos siempre  lo son. En breve, se trata de entender los procesos y las estructuras a partir  del estudio de hechos y no el estudio de hechos a partir de los procesos y de  las estructuras. Esa última es una de las principales características de muchos  cientistas sociales latinoamericanos. Todo lo que se encuentra afuera de alguna  teoría, no existe para ellos.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La segunda es centrar cada estudio en actores reales y no en  tendencias imaginadas, las que por cierto no son sino reflejos de cosmovisiones  que sólo existen en las cabezas de algunos intelectuales. Así como en el pasado  reciente la grandiosidad imaginativa se expresaba en términos de «revolución  mundial», hoy en día hay las que se expresan en la forma de «contrarrevolución  mundial del capital neoliberal y globalizante».<sup>8</sup> Hay estudios que han  llegado a producir alucinaciones como la «toma del poder mundial por el capital  global», o fantasías similares, pero sin nombrar a una sola persona que sea  responsable de tan apocalípticos desenlaces. Las estructuras y los procesos  suplantan en dichos escritos a la intervención de los humanos. En el mejor de  los casos, ellos son simples comparsas de teorías.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La tercera condición se deriva de la segunda, y reside en  mantener una abierta actitud a analizar conflictos reales. Pues suponer que  exista una realidad política sin conflictos es una imposibilidad total. No  obstante, se puede observar en nuestros intelectuales «políticos» una suerte de  miedo a analizar cualquier situación realmente conflictiva. Como la mayoría de  ellos ya ha tomado partido antes de que comience el juego de los antagonismos,  los conflictos son generalmente evaluados a partir de una moral universalista  situada por sobre toda experiencia. Dichos intelectuales aducen, por cierto, que  tomar partido es una posición legítima, pues el análisis imparcial es ingenua  imposibilidad. Pero, aun si se aceptara esa afirmación, hay que convenir en que  antes de emitir un juicio, sea político o jurídico, hay que escuchar a las  partes. Nadie puede aceptar que en un juicio legal un juez tome abiertamente  partido por el acusado o por el acusador antes de emitir sentencia. La tarea del  intelectual político no puede ser diferente. También ha de emitir juicios, y eso  supone analizar las razones que llevan a actuar a cada una de las partes en  conflicto. Eso significa, además, ponerse en la posición de cada uno de los  polos antagónicos, y a partir de ahí tratar de entender a sus representantes.  Sólo luego de eso es posible emitir un juicio. Y recién con la emisión de un  juicio o sentencia desaparece la imparcialidad. No obstante, prevalece la  tendencia a condenar primero y a juzgar después. Cualquier lector puede  corroborar mi opinión revisando las revistas de ciencias sociales que se  publican en cualquier país latinoamericano. Por cierto, hay excepciones; pero  son poquísimas.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Desde luego, muchos intelectuales aducen que ellos han tomado  una opción previa: la «opción por los pobres», por ejemplo. Esas opciones son  seguramente válidas en el pensar teológico, pero no en el político. Una opción  por los pobres no puede significar que los pobres deben tener siempre la razón  sólo porque son pobres. Suponer que los pobres no se equivocan nunca porque son  pobres, y que hay que darles la razón hagan lo que hagan, digan lo que digan,  elijan a quien elijan (aunque sea a un fascista), significa suponer que los  pobres carecen de razón discursiva. Y esa es una simple discriminación  disfrazada de «toma de posición».    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Si un intelectual evita como a la peste el análisis de los  conflictos reales, lo más probable es que evite el mismo entrar en conflicto con  otros intelectuales. Y efectivamente, la cuarta y quizás la más decisiva  condición del pensar político es la actitud polémica. Sin polémica,  efectivamente, no hay política. La polémica es guerra gramatical, y por lo mismo  es el agua y la sal de la política. No obstante, lo menos que se observa en la  producción intelectual latinoamericana es polémica. Casi nunca un autor critica  intelectualmente a otro. En casi todas las revistas de ciencias sociales  latinoamericanas encontramos artículos interesantes, inteligentes y eruditos. La  producción intelectual es, además, muy abundante. Pero en términos generales se  trata de artículos o ensayos paralelos, sin ninguna comunicación interdiscursiva.  Y eso es grave.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El antagonismo es condición de pensamiento, y pensar  significa entrar en conflicto, ya sea con uno mismo o con los demás, o dicho  así: cada afirmación se encuentra internamente articulada con una negación. El  pensamiento es siempre crítico. Y el diálogo, en la medida que busca acuerdo  entre dos interlocutores, necesita del desacuerdo, pues si no no hay diálogo,  sino monólogos paralelos. Pues bien, la inmensa mayoría de las revistas de  ciencias sociales latinoamericanas está construida sobre la base de monólogos  paralelos entre voces que no se interfieren ni interrumpen.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Ante la ausencia de polémica, suele darse el caso de que  cuando el enfrentamiento entre dos posiciones es inevitable, los argumentos son  reemplazados por la descalificación personal, por la invectiva e incluso por el  insulto. Y en ese punto escribo con conocimiento de causa.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El problema mayor de la ausencia de polémica es que sin  polémica ninguna nación (o «sociedad», como dicen algunos) puede pensarse a sí  misma. Las ideas sin dis-curso no tienen curso. Existen, pero atomizadas,  desarticuladas unas de otras, y eso lleva inevitablemente a cierta disociación  que se refleja inevitablemente en la producción intelectual. Sin el «otro» que  disiente es imposible corregirse a sí mismo. Sin la presencia de ese «otro» se  construyen fantasías que, si las personas que las representan tienen algún poder  –y muchas veces lo tienen– terminan por imponerse en institutos y universidades  del mismo modo que en el pasado eran impuestos los dogmas de «la verdadera  religión».     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Naturalmente, podrá decírseme que la que estoy describiendo  no es sólo una condición latinoamericana, y que es posible encontrar semejante  miseria intelectual también dentro de las más linajudas universidades  norteamericanas y europeas. Acepto ese argumento. Pero también hay que convenir  en que la frase que dice «mal de muchos, consuelo de tontos» tiene mucho de  verdad.     <br>     <br> <b>El peligro del democratismo</b>    <br> La vida en democracia implica riesgos, porque si su mantenimiento depende de  medios políticos hay lugar para que se produzcan equivocaciones que si no son  corregidas pueden provocar el quiebre de la propia democracia. Me atrevería a  decir incluso que uno de los motivos que hacen necesaria a la política es la  enorme capacidad de equivocación que porta el humano. Por eso la democracia  necesita de instituciones que la contengan y, sobre todo, que la limiten.     <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Un exceso de democracia puede ser nocivo para la propia  democracia. Si, por ejemplo, un gobierno quisiera satisfacer todas las demandas  sociales en el plazo más corto posible, llevaría a cualquiera democracia a la  ruina. Condición de existencia de una democracia son sus propias limitaciones y,  por lo mismo, los espacios vacíos que cada democracia contiene detrás de cada  uno de sus límites. Pero precisamente esos vacíos hacen posible la acción  política, sin la cual ninguna democracia podría existir. Los diferentes actores  actúan con la intención de cubrir esos espacios, originando nuevas vaciedades  que con su fuerza de gravedad –para decirlo de algún modo– atraerán nuevas  movilizaciones que serán configuradas en sus tornos.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando Churchill formuló su famosa frase relativa a que «la  democracia es la peor de todas las formas de gobierno con excepción de todas las  demás», no sólo hizo un juego de palabras. Pues «la peor» significa que sólo  puede ser mejor; por lo tanto, tiene que continuar manteniendo el atributo de  peor a fin de que sea alguna vez mejor. De ahí que todo intento por suprimir la  lucha política –que es y será una lucha por las libertades políticas– podría  inducir a que en nombre de la democracia sean bloqueados avances democráticos.  Una de esas posibilidades está dada por uno de los mecanismos insubstituibles de  toda democracia: el de las mayorías que llevan a gobernar en su nombre.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La voluntad mayoritaria puede llegar a ser una voluntad  dictatorial si la acción de las minorías no se encuentra plenamente garantizada  en el juego político. En ese sentido, hay democracias que no son demasiado  políticas, pues en nombre de las mayorías son reducidos los campos de acción de  las minorías. Si bien la democracia implica el gobierno de la mayoría, la  política implica las luchas de las minorías para llegar a ser mayorías. Si a las  minorías se les niega esa posibilidad, se suspende el juego político dentro de  una democracia y con ello la democracia misma comienza a extinguirse. Ningún  gobierno puede usar el recurso de la mayoría para reprimir minorías y seguir  llamándose a sí mismo «democrático». La mayoría otorga el gobierno; pero no un  cheque en blanco al gobernante. El democratismo no siempre es democrático.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; El mismo problema se presenta desde una perspectiva inversa.  Que un gobierno sea elegido por la mayoría no significa que cada una de sus  decisiones deba contar con apoyo mayoritario para que sea democrático. Gobernar  no es someter a la voluntad popular cada decisión política. La voluntad popular  es, por lo demás, tan cambiable como el tiempo meteorológico, y gobernar  permanentemente de acuerdo a ella es una imposibilidad. Un buen gobierno es  aquel que en determinadas ocasiones está dispuesto a tomar actitudes  antipopulares si es que fuera necesario. Buscar la complacencia del pueblo, no  es gobernar. Hay gobiernos en América Latina que no vacilan incluso en atizar  rencores en contra de otras naciones con el objetivo de aumentar su popularidad.  Para poner un ejemplo, la posibilidad de que un país como Bolivia tenga acceso  marítimo debe ser discutida bi- o multilateralmente, pero con prescindencia del  pasado histórico. Buscar legitimación a ese acceso marítimo en guerras que  ocurrieron hace casi un siglo y medio es simplemente una imbecilidad que no han  vacilado en cometer gobernantes inescrupulosos a fin de ganar simpatías fáciles.  Si en Europa hubiera que revisar los mapas de acuerdo a las guerras del siglo  XIX, todo ese continente ardería hoy en llamas.    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp; La democracia surgió de conflictos políticos y necesita de  ellos para seguir existiendo. Es por eso que tampoco se entiende el democratismo  anticonflictivo en que han incurrido algunos gobiernos en naciones que han  entrado en procesos democráticos después de dejar detrás de sí a dictaduras  militares. El período de transición a la democracia es complejo y difícil; y lo  es sobre todo porque no puede realizarse con exclusión de los relatos que vienen  del pasado reciente. Pero por esa misma razón, tratar de tender mantos de olvido  sobre ese pasado, en aras de la conservación de la democracia, no ayuda en nada  al proceso democrático; todo lo contrario. La población de esos países tiene  derecho a que los principales violadores de los derechos humanos que actuaron  durante esas dictaduras sean juzgados. Eso es válido no sólo en un nivel  jurídico sino también en un nivel simbólico, pues uno de los atributos del hacer  político es su alta dimensión simbólica. Eso significa que, aun a sabiendas de  que la idea de una justicia universal sigue siendo una utopía incumplida, la de  la impunidad tampoco puede ser políticamente aceptada. Para que haya democracia  es necesario el concurso de la mayoría ciudadana. Pero si los ciudadanos no  están demasiado seguros de si los poderes del Estado, entre ellos el judicial,  funcionan realmente, es difícil contar con ese concurso. Eso no significa, por  supuesto, que haya que perseguir o discriminar a todos aquellos que apoyaron a  las dictaduras. Por un lado, no siempre esas dictaduras fueron demasiado  minoritarias; y eso hay que decirlo alguna vez. Por otro lado, en ningún país  latinoamericano la democracia (re)surgió de una insurrección popular o algo  parecido. A diferencias de la democratización que tuvo lugar en el Este europeo,  que sí fue resultado de amplísimas movilizaciones populares, la de los países  latinoamericanos, sin desdeñar el alto potencial de movilización democrática que  tuvo lugar, fue también resultado de complejas negociaciones y compromisos.  Nadie puede reclamar para sí el derecho absoluto de los vencedores. Del mismo  modo, hay que convenir en que la condición de víctima no contiene ninguna  garantía de posesión de una determinada razón histórica. Por eso no sólo es  necesario un juicio a los principales hechores, sino también una intensa  discusión en torno a las razones que llevaron al quiebre de las democracias,  quiebre al cual muchos contribuimos. Pues si un sentido tiene la política, es no  sólo el de equivocarnos, sino que también el de corregir equivocaciones; sobre  todo frente a aquellas nuevas generaciones que hoy están a punto de volver a  cometerlas.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <br> <b>Referencias bibliográficas</b></font> </p>      <p style="line-height: 150%; margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify"><font face="Verdana" size="2">    <br> 1. <b>Aristóteles </b>(1962). La política, Madrid, Espasa Calpe.    <br> <b>Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal)</b> (2002). Panorama social de América Latina 2001-2002, Santiago de Chile.    <!-- ref --><br> 2. <b>Garretón, Manuel Antonio</b> (2002). «La transformación de la sociedad  latinoamericana y los procesos de democratización», en Robinson Salazar Pérez, Comportamiento de la sociedad civil latinoamericana, México, Colección  Insumisos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785603&pid=S1012-2508200600010000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 3. <b>Huntington, Samuel </b>(1996). The Clash of Civilization, Nueva York,  Simon &amp; Shuster.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785604&pid=S1012-2508200600010000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 4. <b>Mires, Fernando</b> (1994). El discurso de la miseria, Caracas, Nueva  Sociedad.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785605&pid=S1012-2508200600010000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 5. <b>Mires, Fernando</b> (2004). El Imperialismo norteamericano no existe; y  otros ensayos, San Juan de Puerto Rico, Ediciones Vértigo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785606&pid=S1012-2508200600010000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 6. <b>Ortiz, Renato</b> (2000). «América Latina. De la modernidad incompleta a la  modernidad-mundo», Nueva Sociedad, nº 166, marzo-abril, Caracas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785607&pid=S1012-2508200600010000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 7. <b>Pietschmann, Horst </b>(1992). «Das koloniale Erbe der lateinamerikanischen  Staaten», en Knud Krakau, Lateinamerika und Nordamerika, Frankfurt,  Campus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785608&pid=S1012-2508200600010000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 8. <b>Pizarro Leongómez, Eduardo</b> (2004). «Una luz al final del túnel. Balance  estratégico del conflicto armado en Colombia», Nueva Sociedad, nº 192,  julio-agosto, pp. 72-84, Caracas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785609&pid=S1012-2508200600010000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 9. <b>Portantiero, Juan Carlos </b>(1989). «La múltiple transformación del Estado  latinoamericano», Nueva Sociedad, septiembre-octubre, Caracas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785610&pid=S1012-2508200600010000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 10. <b>Restrepo, Luis Alberto</b> (2004). «Colombia. Tensiones y perspectivas», Nueva Sociedad, nº 192, julio-agosto, pp. 46-58, Caracas.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785611&pid=S1012-2508200600010000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 11. <b>Rouquié, Alain</b> (1987). Introduction à L‘lExtreme-Occident, París,  Ed. du Seuil.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785612&pid=S1012-2508200600010000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 12. <b>Weber, Max</b> (1995). «Die drei reinen Typen legitimer Herrschaft», en M.  Weber, Schriften zur Soziologie, Stuttgart, Reklam.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=785613&pid=S1012-2508200600010000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><br>     <br> <b>NOTAS:</b>    <br> 1 En mi libro El discurso de la miseria (1994) traté este tema con  relativa intensidad.    <br> 2 Ernesto Laclau. Entrevista: «Democracia, pueblo y representación», disponible  en &lt;www.exargentina.org&gt;.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 3 Citándolo exactamente dice: «La verdad es que el modelo redistributivo del  populismo murió entre nosotros, latinoamericanos, hace bastante tiempo, como  primera respuesta del ajuste del capitalismo local al estallido de la crisis a  mediados de los setenta» (Portantiero, 1989). Poco después del artículo de  Portantiero llegó al poder el populismo redistributivo de Carlos Saúl Menem.    <br> 4 Según cálculos de la Cepal más del 40 por ciento de la población entra en la  categoría de «pobre», y un 18-19 por ciento vive en la extrema miseria (Cepal  2002:39).     <br> 5 V. la revista Nueva Sociedad, nº 191, mayo-junio de 2004, cuyo título  es «Seguridad ciudadana y orden público en América Latina».    <br> 6 Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), 368, 29 de abril de 2003, p.  22.    <br> 7 Lateinamerika Nachrichten, nº 354, diciembre de 2003, p. 7, Berlín.    <br> 8 Razón que explica la positiva recepción que ha tenido en América Latina el  libro de Hardt et al., Empire, 1999.</font> </p>       ]]></body>
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<collab>(Cepal)</collab>
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