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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[En el nombre del pueblo La razón populista y el sujeto de lo político]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The aim of the article is to give a survey of some of the most salient themes in Laclau’s recent book On Populist Reason. The extent to which populism can, as Laclau holds, be taken to be the general logic of all politics is at issue here. Additionally, the author examines how the name of «the people» can thus assume the role of the name of political subjectivity. On the basis of this discussion, two innovations of Laclau’s theory are given particular attention. First, the reformulation of his theory of signification into a general theory of naming where the «name becomes the ground of the object», and second, his introduction of the concept of heterogeneity -as that which cannot be named- into his theoretical framework.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p style="word-spacing: 0; line-height: 100%" align="center"><b><font face="Verdana" size="3">En el nombre del pueblo La razón populista y el sujeto de lo político*</font></b></p>      <p style="word-spacing: 0; line-height: 100%" align="center"><font face="Verdana" size="2"> OLIVER MARCHART</font></p>      <p style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> * Traducción del inglés por Nora López para la <i>Revista Cuadernos del Cendes.</i></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Resumen</b></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Este artículo se propone ofrecer un examen de algunos de los temas principales  del reciente libro de Ernesto Laclau La razón populista. Se analiza hasta qué  punto el populismo puede ser considerado, como sostiene Laclau, la lógica  general de toda política. Además, el autor discute cómo el nombre «el pueblo»  puede asumir entonces el papel de nombre de la subjetividad política. Sobre la  base de estas dos consideraciones, se presta especial atención a dos  innovaciones en la teoría laclauniana. En primer lugar, la reformulación de su  teoría del discurso en una teoría general de la nominación donde «el nombre se  convierte en el fundamento del objeto»; y en segundo lugar, su introducción del  concepto de heterogeneidad –como aquello que no es posible nominar– en su marco  teórico.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Palabras clave</b> Populismo / «El pueblo» / Teoría laclauniana</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Abstract</b></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> The aim of the article is to give a survey of some of the most salient themes in  Laclau’s recent book On Populist Reason. The extent to which populism can, as  Laclau holds, be taken to be the general logic of all politics is at issue here.  Additionally, the author examines how the name of «the people» can thus assume  the role of the name of political subjectivity. On the basis of this discussion,  two innovations of Laclau’s theory are given particular attention. First, the  reformulation of his theory of signification into a general theory of naming  where the «name becomes the ground of the object», and second, his introduction  of the concept of heterogeneity –as that which cannot be named– into his  theoretical framework.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Key words</b> Populism / «The people» / Laclau‘s theory</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>RECIBIDO</b>: JULIO 2006&nbsp; <b>ACEPTADO</b>: AGOSTO 2006</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>El obstáculo</b></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> James Joyce, como lo comentó una vez Ernesto Laclau en una entrevista, regresaba  constantemente a sus experiencias en su Dublín nativo, y en forma similar Laclau  regresa siempre a su vivencia del populismo en Argentina. Fue la experiencia del  peronismo la que sirvió de trasfondo histórico principal para su posterior  teorización sobre hegemonía y política, universalismo y particularismo,  representación y «significante vacío». Sin embargo, aunque Laclau se labró un  nombre como uno de los principales teóricos del populismo con un capítulo de su  primer libro, Politics and Ideology in Marxist Theory (1977), podría  haber quedado la impresión de que nunca regresó, de manera explícita, a su  proyecto inicial de desarrollar una teoría del populismo. Ahora, casi treinta  años después, Laclau retoma esa labor con On Populist Reason (2005),<sup>1</sup>  pero la retoma en una coyuntura política y teórica ambigua, donde está menos  claro que nunca cómo entender la naturaleza y el sujeto de la política. Por una  parte, se puede dar testimonio de un resurgimiento de políticas neopopulistas en  muchos países de América Latina (sin hablar de los numerosos populistas de  extrema derecha de Europa o de las versiones populistas del fundamentalismo  religioso), junto con un renovado interés en la categoría teórica «el pueblo»,  no sólo en el trabajo de Laclau, sino también, por ejemplo, en el de Jacques  Rancière. Pero por otra parte parece que no es tan fácil subsumir bajo el rubro  «populismo» al movimiento antiglobalización y otras formas «dispersas» de acción  política. Y, además, la idea de «el pueblo» como categoría teórica ¿no ha  recibido críticas desde otras toldas del pensamiento político? A juicio de Paolo  Virno, Antonio Negri y Michael Hardt, hace mucho que la teoría política sojuzgó  el concepto de «multitud» –ligado a formas alternativas de existencia política–  al dominio del concepto identitario «el pueblo», y hoy día hay que liberarlo. Lo que está implicado en esos debates no es solo la política en el sentido  regional u «óntico» de un sistema funcional de sociedad o una cierta forma de  acción humana ligada a un determinado agente social. Lo que está en discusión  es, sospechamos, el nombre mismo del sujeto político. ¿Existe un sujeto  político más allá del campo de posiciones-sujeto pasivas, o funciones sistémicas  independientes? Y de ser así, ¿cuál es el nombre de ese sujeto? ¿El partido? ¿El  pueblo? ¿La multitud? ¿El movimiento? Las respuestas a estos interrogantes  tienen consecuencias que van mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar,  porque lo que está en juego es, simultáneamente, el nombre de lo político como «fundamento o cimiento» (ground) ontológico de lo social y de la  sociedad. Dicho de otro modo, la manera en que concebimos la subjetividad  política tiene consecuencias para la forma en que captamos la naturaleza de la  política como tal vis-à-vis el terreno sedimentado de los procesos  sociales. Por ejemplo, tal como argumenta perspicazmente Laclau, un nombre como  «multitud» no solo está mal concebido desde el punto de vista teórico, sino que  resulta además debilitante desde la perspectiva política, pues implica el  «eclipse total de la política» (Laclau, 2005:242). Y es que si, como en el  enfoque de Hart y Negri, la subjetividad política consistiera solamente de una  dispersión pura de singularidades, no habría necesidad de estrategias políticas  de reagregación de equivalencias y al final podríamos entregarnos a una  «política de la espera» antipolítica y escatológica.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Contra las tendencias antipolíticas en el pensamiento político contemporáneo,  del cual la teoría de la multitud es apenas un ejemplo, en su nuevo libro Laclau  articula una decidida defensa del nombre del pueblo y del populismo como la  lógica misma de lo político. Porque lo que está comprometido en una teoría del  populismo, y en cualquier teoría política, es la «naturaleza y lógica de la  formación de identidades colectivas» (ibíd., p. ix), de identidades cuya  existencia no puede darse por sentado mientras no estén construidas  políticamente. Comenta Laclau que On Populist Reason nació de una  insatisfacción básica con perspectivas sociológicas que, o bien toman «el grupo»  como unidad básica cuya existencia social antecede a su construcción política, o  diluyen totalmente el sujeto político al ubicarlo dentro de paradigmas  funcionalistas o estructuralistas más amplios (es decir, dentro de la sociedad y  de lo social). De este modo las Ciencias Sociales toman parte en la tradición  antipolítica del pensamiento occidental, que desde Platón ha sido cómplice del  esfuerzo de rechazar lo político a favor de la administración gerencial  de una sociedad ordenada, «buena» o «justa». El nombre del pueblo, en lugar de  servir –como lo sugieren Virno o Negri– como principio identitario de  demarcación social, ha sido visto en esa tradición como un obstáculo para el  logro de una sociedad bien organizada. Como lo muestra Laclau en su análisis de  la «psicología de las muchedumbres» del siglo XIX, las masas fueron el grande  peur de ese tiempo y de comienzos del siglo XX. Donde el nombre del pueblo  se asociaba con comportamiento de masas, era visto como un fenómeno político  «aberrante», emocional e irracional. Gustave Le Bon percibía las acciones de las  masas como una enfermedad contagiosa que rayaba en la locura y los trastornos  mentales (que también eran considerados contagiosos). Dentro del paradigma que  estableció Le Bon y continuaron Hippolyte Taine y las primeras obras de Gabriel  Tarde, es imposible que la conducta de las masas pueda tener racionalidad o  lógica propia alguna, pues la provoca nada menos que la ausencia patológica de  racionalidad –una deficiencia que las masas comparten con las mujeres, los  «locos», los «salvajes», los niños y los alcohólicos–. De este modo se  estableció una frontera más o menos estable entre lo normal y lo patológico, aun  cuando este último –dada su naturaleza contagiosa– siempre amenazó con  desestabilizar lo primero.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Las teorías posteriores sobre el populismo heredarán ese dudoso legado de, en  palabras de Laclau, «denigración de las masas». Como fenómeno político, afirma  Laclau, el populismo «siempre estuvo vinculado a un exceso peligroso, que  cuestiona los patrones bien definidos de una comunidad racional» (2005, p. x).  Forma típica de conducta colectiva irracional, el populismo fue descartado o,  alternativamente, usado para «la construcción discursiva de una cierta  normalidad, de un universo político ascético del cual había que excluir su  lógica peligrosa» (ibíd., p. 19). Pero aun donde los enfoques de la ciencia  política dominante no retratan el populismo como una amenaza, lo que se pone de  relieve, sin embargo, es «su vaguedad, su vacuidad ideológica, su  antiintelectualismo, su carácter transitorio» (ibíd., p. 13).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Laclau somete esas teorías dominantes sobre el populismo –la psicología de masas  del siglo XIX y las teorías sociales del siglo XX– a una lectura sintomatológica. Es como si algo en el fenómeno del populismo escapara  constantemente del alcance de cualquier descripción y teorización positivas. En  las Ciencias Sociales la investigación produce listas incoherentes de rasgos  supuestamente empíricos de movimientos populistas, lo que resulta en  enumeraciones arbitrarias que (ya en el artículo que escribiera en los años  setenta) hacían recordar a Laclau la poesía surrealista. Esos esfuerzos de  clasificación solo pueden originar tipologías arbitrarias y no pueden  suministrar criterios coherentes que ayuden a definir el fenómeno; de este modo,  el populismo emerge como el «locus de un obstáculo teórico» (ibíd., p.  4). Dado que los análisis empiricistas no poseen las herramientas ontológicas  necesarias para revelar la significación del fenómeno y descifrar el nombre y el  verdadero papel de su sujeto, el populismo y el pueblo constituyen un límite  inherente para el análisis político y la teoría política.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Tomando en serio este síntoma de un límite inherente, Laclau resuelve el  problema que encuentra la ciencia positiva cuando se enfrenta al populismo con  una estratagema atrevida y radical. Invirtiendo el papel que generalmente se le  asigna al populismo, este pasa, de ser un fenómeno aberrante e irracional en los  márgenes de lo social, a ser el rasgo central y la racionalidad específica de lo  político: «el populismo es la vía real para entender algo sobre la constitución  ontológica de lo político como tal» (ibíd., p. 67). Laclau descubre que la  simplificación dicotómica del espacio político, una característica común de la  movilización populista, no debe ser considerada como una mera secuela de la  política populista. Ella es la condición misma de toda acción política, la forma  concreta de la racionalidad política; pues si se encapsula esta última en la  lógica del antagonismo, la marca de fábrica del populismo es, entonces,  «simplemente el énfasis especial en una lógica política que, como tal, es un  ingrediente necesario de la política tout court». En forma similar, la  vaguedad que se asocia típicamente con los símbolos del populismo funciona como  una dimensión constante de racionalidad social, «una condición previa para  construir significados políticos pertinentes» (ibíd., p. 18). Más aún, Laclau  pone en relación recíproca al antagonismo y al fenómeno de la vaguedad o  vacuidad, dentro de una teoría general de la política desarrollada bajo el  nombre de hegemonía. La vacuidad ideológica es un resultado directo de la  racionalidad social expresada por la movilización populista: el vaciamiento del  significante es consecuencia de la dicotomización de lo social en cadenas de  equivalencia (a expensas del contenido diferencial de los significantes  que entran en la cadena de equivalencia).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Esa lógica del significante vacío había sido desarrollada antes por Laclau, y  más adelante volveremos sobre su teoría de la significación, pero en su nuevo  libro la amplía para convertirla en una teoría general de la nominación  que tiene implicaciones radicales para nuestras representaciones mentales de la  acción política. Mientras para la ciencia social dominante el «grupo» es una  entidad que existe antes del proceso de nominación, en el enfoque de la teoría  de la hegemonía un agente social existe solamente en la medida en que él/ella es  nominado. La política no es la expresión de intereses previamente establecidos o  de la voluntad de un cierto grupo, sino que debe ser entendida como el proceso  mismo mediante el cual un grupo asume su nombre. De esta forma, Laclau reformula  la teoría de la hegemonía como una teoría del acto de nominar: si la  identidad de un grupo dado no puede derivarse de una base estable dentro de lo  social (la posición dentro de las relaciones de producción, por ejemplo), solo  puede ser el resultado de un proceso de significación/articulación hegemónica.  Lo único que mantiene unido el grupo será el nombre que surja de ese proceso.  Por consiguiente, el nombre «no expresa la unidad del grupo, pero se convierte  en su base» (ibíd., p. 231).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>¿Una teoría de todo? Rastreando el problema</b></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Los dos aspectos principales de esta intervención laclauniana, que son  estrictamente correlativos, vienen a ser: a) su «inversión» del populismo, que  pasa de fenómeno marginalizado a lógica de lo político, y b), implicado en el  paso anterior, el regreso del pueblo como un nombre para la subjetividad  política. Ahora bien, esos pasos radicales están obviamente destinados a  encontrar resistencias en las ciencias positivas y teorías rivales. En ambos  casos es fácil imaginar por dónde vendrán las críticas. En cuanto al primer  aspecto, se va a argumentar que la noción de populismo pierde toda especificidad  si se supone que el término designa no solo una forma específica de movilización  política sino la acción política como tal. Y eso podría conducir enseguida a la  pregunta: ¿para qué, entonces, llamarlo populismo (y no simplemente «política»)?  El mismo Laclau trata de anticiparse a esta crítica en el Prefacio de su libro:</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">Una consecuencia de esta intervención es que el referente del «populismo» se  vuelve borroso, porque muchos fenómenos que no se consideraban tradicionalmente  populistas entran bajo ese rótulo en nuestro análisis. Aquí reside una crítica  en potencia a mi enfoque, a la cual respondo simplemente que en el análisis  social el referente del «populismo» ha sido siempre ambiguo y vago. Una breve  mirada a la literatura sobre el populismo (…) basta para demostrar que está  llena de referencias a la vacuidad del concepto y a la imprecisión de sus  límites. No he buscado encontrar el verdadero referente del populismo,  sino hacer lo contrario: mostrar que el populismo carece de unidad referencial  porque no está adscrito a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social  cuyos efectos atraviesan muchos fenómenos. El populismo es, sencillamente, una  manera de construir lo político (ibíd., p. x1).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> La primera parte de esta respuesta parece más bien defensiva, al menos si uno  olvida que la intervención de Laclau consiste en desentrañar el carácter  sintomático de la ambigüedad y vaguedad que usualmente se asocian con el  populismo, a fin de invertir el carácter de este. La verdadera respuesta está  oculta en la última oración, formulada todavía, sin embargo, de una manera  (sorprendentemente) indecisa. A primera vista, no parece que esa respuesta logre  refutar la crítica, porque ¿qué significa decir que el populismo es una forma de construir lo político, cuando antes se afirmó que populismo es sinónimo  de política tout court?<sup>2</sup> Si el populismo es solo una de  muchas (¿algunas?, ¿dos?) maneras posibles de construir lo político, ¿cómo puede  ser el populismo la lógica o racionalidad de la política eo ipso? En lo  que sigue trataremos de demostrar que esa impresión de aparente incoherencia  puede evitarse si introducimos una diferenciación mucho más explícita entre  «política» y «lo político», o lo «óntico» y lo «ontológico». Pero, a fin de  resolver el acertijo de por qué para Laclau «populismo» es el nombre de la  política tout court tendremos que aplicar –si queremos seguir dentro del  marco argumental de Laclau–, la lógica de nominación (que él mismo esbozó) a su  propio esfuerzo de nominar, es decir, a su intervención teórico-política, para  encontrar un nombre para lo político y (re)nominar el «populismo político.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Se puede intuir ya cómo lo anterior se relaciona con las críticas a la segunda  intervención principal de Laclau, que consiste en nominar al sujeto de lo  político «el pueblo». En su libro, Laclau parece argumentar que, si bien  populismo es el nombre de la política tout court en el sentido de que  toda política es populista en algún grado, por otra parte se pueden construir  cadenas de equivalencias alrededor de muchos significantes vacíos diferentes, no  sólo en torno al nombre del pueblo –lo que implica la posibilidad hipotética de populismo sin «el pueblo»–. De allí que haya llegado a hablarse de «un  cambio en su posición sobre la localización del significante ‘el pueblo’» con  respecto a sus primeras formulaciones de los años setenta. Como se pregunta  Yannis Stavrakakis (2004:263):</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Si el populismo se convierte en sinónimo de política, y si cualquier  significante puede convertirse virtualmente en el punto nodal de un discurso  populista, ¿cómo podemos dar cuenta conceptualmente de la diferencia entre un  discurso equivalencial articulado en torno a «el pueblo» (…) y cualquier otro  discurso equivalencial? Mientras, conforme a la posición anterior de Laclau sólo  el primero sería realmente populista, ahora ambos lo son, y posiblemente en la  misma medida (si los dos siguen una lógica igualmente equivalencial). En otras  palabras, aquí el riesgo que se corre es perder la particularidad conceptual del  populismo como una herramienta para el análisis político concreto.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Stavrakakis percibe el peligro de sacrificar los beneficios de la primera noción  de populismo de Laclau, empíricamente más productiva, y opta por «un concepto de  populismo capaz de mediar entre el nivel ontológico/formal y el nivel de la  realidad significante de luchas políticas concretas, sirviendo como una interfaz  entre el análisis teórico y la realidad de la práctica política. En tal sentido,  la referencia a la ubicación estructural de ‘el pueblo’ sigue siendo crucial  como criterio de definición en el análisis del populismo, conjuntamente con el  criterio de la equivalencia» (ibíd., p. 264). Nosotros sospecharíamos que tal  enfoque, si bien parece razonable y productivo para el análisis empírico, corre  el riesgo de pasar por alto el carácter verdaderamente radical de la  intervención de Laclau, que consiste precisamente en el atrevido paso –en el  nivel ontológico, de hecho– de dar un nombre al sujeto de lo político y  convertir lo que antes era considerado el obstáculo del análisis político, en el  cimiento mismo del pensamiento político. Nuevamente, es posible evitar una  confusión en potencia si se mantienen separados los diferentes niveles de  argumentación –lo óntico y lo ontológico– tan claramente como sea posible (aun  cuando se les rearticule en un segundo paso). Es decir, uno tiene que  diferenciar claramente entre dos «nombres» del pueblo: el «pueblo» como un actor  de la política, o un significante dentro del discurso político, y el pueblo como  el sujeto de lo político. Y una vez más tenemos que preguntarnos qué  implica haberle dado al sujeto de lo político este nombre: «el pueblo».</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Sobre cómo nombrar nominando</b></font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Recapitulemos el problema que encontramos en nuestra lectura inicial, aquel que  se relaciona con una cierta indecisión o ambigüedad con respecto al estatus  tanto del populismo como del nombre del pueblo. Por un lado, populismo describe  una lógica social particular, y «el pueblo» es simplemente el  significante/nombre –o uno de los significantes/nombres posibles– que garantiza  la unidad de identidades populares. Por otro lado, el populismo se convierte en  sinónimo de política tout court (o cuando menos una dimensión necesaria  de toda política), y el nombre del pueblo parece apuntar a una instancia más  radical de subjetividad política (antes que a formas específicas de acción o  identidad políticas). Para responder este problema doble –relacionado con el  nombre de lo político y el de su sujeto– tendremos que reconstruir la teoría de  la nominación de Laclau en forma un tanto más detallada.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Para punto de partida de su teoría de la nominación, Laclau recurre al debate  entre descriptivistas y antidescriptivistas en la filosofía analítica. En pocas  palabras, los descriptivistas (como Bertrand Russell) sostenían que los nombres  propios se relacionan con sus objetos mediante un rasgo descriptivo o un grupo  de ellos. Un ejemplo tradicional sería el nombre «Aristóteles» como descripción  abreviada de «pupilo de Platón»; Laclau presenta el ejemplo de «George W. Bush»  como descripción abreviada de «el presidente de Estados Unidos que invadió Irak»  (Laclau. 2005:101). Los antidescriptivistas, encabezados por Saul Kripke, atacan  esa idea argumentando que aun si en otro mundo Bush no hubiera invadido Irak y  Aristóteles hubiese sido un pintor en lugar de un filósofo, los nombres «Bush» y  «Aristóteles» se seguirían aplicando a ellos. En cambio, dice Kripke en su  conocido argumento en Naming and Necessity (1980), en esos nombres (y  esto es válido no solo para nombres propios sino también para nombres comunes  tales como «oro») hay designadores rígidos que refieren al mismo y único  objeto en todos los mundos posibles. Ellos no designan sus objetos a través de  una descripción o de un grupo de ellas, sino a través de un acto inicial y  fundacional de nominar: es decir, utilizando el término de Kripke, de un  «bautizo original».</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Aunque esta solución es más convincente que la de los descriptivistas, también  presenta sus problemas, y aquí Laclau refiere a la discusión del debate en la  obra de Slavoj Zizek. Conforme a Zizek (1989:89-97), los antidescriptivistas no  pueden dar una respuesta al asunto de qué hace al objeto de la «designación  rígida» idéntico a sí mismo en todos los mundos posibles y más allá de cualquier  cambio descriptivo. La solución lacaniana, propuesta por Zizek, es que ese  «factor X» que garantiza la identidad del objeto en cualquier situación  contrafáctica es nada menos que «el efecto retroactivo del mismo acto de  nominar: es el propio nombre, el significante, el que sostiene la identidad del  objeto» (ibíd., p. 95). Laclau concuerda con esto básicamente: la identidad de  cualquier objeto, en su caso la identidad de «el pueblo», no está expresada por  el nombre «el pueblo», sino que es el resultado retroactivo del propio proceso  de nominar. Por consiguiente, nominar se vuelve productivo en un sentido nuevo,  pues deja de estar restringido al momento de la designación pura, como en el  bautizo original de Kripke, para asumir una dimensión performativa. Sin embargo,  Laclau le concede al campo antidescriptivista el mérito de haber liberado, en un  grado significativo, la función del nombre y la de nominar, aunque fuera solo  con Lacan que el nombre, es decir, el significante, se emancipó realmente de  cualquier subyugación de lo significado. Laclau detecta una emancipación  progresiva del orden del significante (frente a lo significado y, por supuesto,  el referente) y, de ese modo, de la autonomía de nominar:</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Para el descriptivismo, las operaciones que puede ejecutar la nominación están  estrictamente limitadas por la camisa de fuerza dentro de la cual ocurren: los  rasgos descriptivos que residen en cualquier nombre reducen el orden del  significante al medio transparente a través del cual se expresa una imbricación  puramente conceptual entre nombre y cosa (siendo el concepto su naturaleza  común). Con el antidescriptivismo tenemos el comienzo de una autonomización del  significante (del nombre). Sin embargo, esta bifurcación de caminos entre  nominación y descripción no conduce a un aumento de la complejidad de las  operaciones que puede ejecutar la «nominación», pues aunque la designación ya no  está subordinada a la descripción, la identidad de lo designado está asegurada  antes del proceso mediante el cual éste es nominado y en forma totalmente  independiente del mismo. Es solo con el enfoque lacaniano que tenemos un  verdadero avance: la identidad y unidad del objeto son resultado de la misma  operación de nominar (Laclau, 2005:104).</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> El nombre «se convierte en el fundamento de la cosa», pero para desempeñar ese  papel tiene que vaciarse: el proceso de nominar tiene que conceptualizarse  conforme a la lógica del significante vacío, elaborado por Laclau en un  importante ensayo anterior (1996:36-46). Ya hemos aludido al hecho de que, en la  teoría de Laclau, el vaciamiento del significante es un resultado directo de la  extensión equivalencial de demandas para las cuales el significante vacío  funciona como punto nodal. Para usar uno de los ejemplos preferidos de Laclau,  el nombre Solidarnosc (Solidaridad) funcionó inicialmente como un  significante para demandas específicas en la situación particular de los  estibadores de Gdansk. Si solo hubiera significado una demanda de esos  trabajadores, esta habría podido ser satisfecha por el marco institucional del  sistema polaco; podría haber sido integrada en un sistema de diferencias.  Sin embargo, al estar conectada a otras demandas de otros sectores descontentos  de la sociedad, se formó una cadena de equivalencias con la que el sistema ya no  podía lidiar en una forma diferencial. Desde la perspectiva de esta cadena de  equivalencias, el sistema comunista funcionaba como el «otro» antagónico que, en  términos puramente negativos, servía como base para la vinculación equivalencial  de las más diversas demandas sistémicas. Solidarnosc pasó de eslogan de  un grupo local de trabajadores a nombre de la oposición en sí. Sin embargo, al  mismo tiempo había que vaciarlo de su contenido específico para que pudiera  funcionar como un nombre para una cadena equivalencial contrahegemónica mucho  más amplia. Así se volvió un significante vacío cada vez más desprovisto de  significados particulares.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Sería difícil dejar de notar cuán fuertemente inspira a Laclau la lógica  lacaniana del significante, sin embargo, al mismo tiempo hay que subrayar que en  un cierto punto la teoría de Laclau toma otro rumbo. El significante vacío no es un significante «puro» o «significante sin significado». Para Laclau  esta última noción sería contraproducente, pues un significante sin ningún  significado solo podría producir ruido y el proceso de significación fallaría  totalmente. En consecuencia, el significante vacío no está localizado fuera del  campo de la significación, sino que es «un lugar dentro del sistema de  significación que es constitutivamente irrepresentable; en ese sentido permanece  vacío, pero esta es una vaciedad que puedo significar, porque estamos tratando  con un vacío dentro de la significación» (Laclau, 2005:105). Dicho de otra  manera, siempre habrá un remanente, un «resto» de significados –volveremos a  esta cuestión del remanente–, y por lo tanto el significante vacío siempre va a  estar solo tendencialmente vacío (mientras más larga sea la cadena de  equivalencias más vacío será el significante que le sirve de punto nodal). Sin  embargo, Laclau está de acuerdo con el «avance» lacaniano de teorizar el nombre  –como punto nodal o de «quilting»– como el fundamento de la cosa, pues  afirma reiteradamente que «la identidad y unidad del objeto es resultado de la  propia operación de nombrar» (ibíd., p. 104). Pero la ampliación crucial de la  lógica lacaniana del significante consiste, por supuesto, en el viraje político  dado al proceso de nombrar, que se explica ahora por la «dialéctica» social de  diferencia y equivalencia. La lucha hegemónica por la ampliación de la cadena de  equivalencias –y en forma concomitante por la vacuidad del significante– a  expensas del campo de la diferencia es exactamente lo que es la política. El  «bautizo original» de un agente político o identidad popular, por medio del cual  el agente o identidad adquiere existencia, viene a ser simplemente una  intervención hegemónica.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Si aplicamos ahora esos instrumentos al «bautizo original» de la política  realizado por el propio Laclau, es decir, a su sorprendente intervención de  nombrar a la política «populismo», el aspecto político de ese paso debería ser  obvio. Primero que nada, si por populismo entendemos una estrategia política  orientada a la dicotomización de lo social y el vaciamiento del significante,  entonces es evidente, dada la teoría de la política que acabamos de esbozar, que  no existe política que no sea populista en cierto grado. Pero todavía queda la  desconcertante pregunta de por qué, en todo caso, habría que llamar «populismo»  a una estrategia política que apunta a la dicotomización de lo social y el  vaciamiento del significante, si eso es un rasgo de toda política. ¿No se vuelve  redundante el término «populismo»? Presumimos que solo es posible responder  satisfactoriamente esa pregunta, dentro del esquema conceptual laclauniano, si  entendemos que para Laclau «populismo» no es tanto un concepto de lo político,  sino que sirve, precisamente, como el nombre de lo político. Para fundamentar  esa aseveración es crucial recordar la diferenciación de Laclau entre concepto y nombre que se deriva claramente de su teoría de la nominación.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Para Laclau el orden conceptual está estructurado según la lógica de la  diferencia, al concepto se le asigna un «contenido» particular mediante su  propia posición diferencial frente todas las demás posiciones diferenciales; en  cambio el orden nominal funciona sobre la base de la equivalencia: un  nombre surge como punto nodal en torno al cual las diferencias se estructuran en  una cadena equivalencial. En el segundo caso, es este nombre particular el que  asume la tarea de representar la totalidad de un sistema de significación sin expresar «ninguna unidad conceptual que lo preceda» (Laclau, 2005:108). No  hay un correlato conceptual (no significado) al cual pudiera referirse el nombre  (o el significante). La nominación no ocurre dentro de un medio transparente  sino en un terreno desigual y opaco donde el nombre siempre buscará en vano el  concepto.<sup>3</sup> Ahora bien, un enfoque del populismo desde las Ciencias  Sociales permanecerá siempre dentro del orden conceptual. Al desarrollar  sistemas de clasificación y enumeración de rasgos supuestamente descriptivos del  populismo, con todo lo arbitrarios y surrealistas que puedan parecer, tal  enfoque buscará siempre aprenhender conceptualmente el fenómeno del populismo  delimitándolo frente a otras formas de política. Por otro lado, para Laclau el  populismo deja de ser un fenómeno regional y se convierte en el nombre  para la política tout court, esto significa que ahora «populismo» designa  la unidad equivalencial de todas las cosas políticas. Vemos como esta operación,  lejos de ser una de determinación o clasificación conceptuales, implica la  verdadera intervención política que es el acto de nombrar. Para enmarcarlo en  los términos laclaunianos de la teoría de la hegemonía: un concepto óntico de política (populismo) asume la tarea de representar la naturaleza ontológica de lo político, es decir, de la condición cuasi  trascendental de la política tout court. Ahora nos damos cuenta de por  qué es crucial diferenciar una fuerte noción de «lo político» de «política», o  la dimensión «ontológica» de lo «óntico», si queremos determinar el estatus  aparentemente equivalente de la noción de populismo de Laclau.<sup>4</sup> En  cierto sentido, el populismo sigue siendo una forma particular (óntica) de  política, y sin embargo asume una función representativa universal como el nombre para lo político.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Por lo tanto, la misma teoría del populismo de Laclau implica un momento de lo  político, una dimensión performativa de la nominación. Y ¿no era  precisamente ese, como lo mencionamos al comienzo, el objetivo fundamental del  intento de Laclau de desentreñar la marginalizada y denigrada noción de  populismo (y de «el pueblo») como un síntoma de la negación o repudiación  de lo político en el pensamiento político? ¿No es esta repudiación de lo político como el momento fundacional de lo social y como indicador (en  forma de antagonismo) de la imposibilidad de la sociedad-como-totalidad, es  decir, como una dimensión ontológica, la razón por la cual cualquier  politización eficaz de la teoría social dominante –en cualquiera de sus  variantes empiricista, funcionalista, sociologista o de teoría de sistemas– está  siempre bloqueada desde el inicio? Es dándole el nombre de «populismo» a lo  político, e invirtiendo así los términos mismos del debate, que Laclau  pasa del registro de la diferencia (el orden conceptual) al registro de la  equivalencia (el orden nominal), contribuyendo de esta manera no solo a la  teorización de lo político, sino también a la politización de la teoría.5</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Los dos nombres del pueblo</b></font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Habiendo esbozado algunas de las apuestas políticas implicadas en la teorización  de Laclau sobre el populismo, quisiéramos abordar ahora el segundo problema  implicado en la doble apariencia de «el pueblo» en su libro. Por una parte, para  recapitular, «el pueblo» es el significante vacío o nombre que mantiene unidas  identidades populares (e hipotéticamente cualquier significante podría asumir  esa función). En ese sentido se le puede considerar igual a un agente o  identidad social particular. Por otra parte, «el pueblo» parece desempeñar un  papel más fundamental como límite inherente u «obstáculo» que encuentra la  mayoría de las variantes de la teoría política. Aquí «el pueblo» parece  convertirse, mediante la inversión de los términos mismos del debate que  hace Laclau, en el nombre para el sujeto político tout court; en otras  palabras, apunta a la instancia, más radical, de la subjetividad política como  tal. Antes de proponer una respuesta análoga a la que encontramos con respecto a  la doble apariencia del «populismo», debería recalcarse que en este caso las  implicaciones son diferentes, pues lo que está en juego no es tan solo la  naturaleza ontológica de la política (es decir, el nombre de lo político), sino  la existencia y el nombre del sujeto de lo político. En otras palabras,  el cambio sutil pero permanente que hace Laclau entre los dos nombres del pueblo  no involucra dos versiones «ónticas» de acción, pero constituye algo en el orden  de una apuesta con respecto a la existencia «ontológica» de un sujeto  de lo político. Nada podría ser menos patente que esto, porque nunca encontramos  al «sujeto» en la realidad política –lo que encontramos son siempre agentes  políticos particulares, organizados en grupos, partidos, movimientos, redes o,  como preferiría Laclau, identidades discursivas–. La categoría del sujeto,  relegada al cubo de la basura de la historia intelectual por la mayoría de las  escuelas de las Ciencias Sociales –que en esa cuestión se encuentran en raro  acuerdo con muchas escuelas del posmodernismo y el posestructuralismo  (incluyendo el propio enfoque de Laclau y Chantal Mouffe en Hegemony and  Socialist Strategy, donde ofrecen una teoría foucaultiana de tan solo  posiciones-sujeto)– se vió repatriada, como meollo del pensamiento político, por  los enfoques influidos por el psicoanálisis (incluyendo el propio trabajo de  Laclau desde New Reflections on the Revolution of Our Time en adelante).  Así que, antes que nada, la decisión de Laclau de dar nombre al sujeto de  lo político significa apostar a que, para comenzar, existe un sujeto de lo  político (esto es, existe aparte de posiciones de sujeto en el plano óntico de  lo social).</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Si decidimos teorizar el sujeto de lo político en analogía al concepto lacaniano  del sujeto, tenemos que estar de acuerdo también en que la existencia –o más  bien ex-sistencia– de este último no es algo que pueda determinarse con  una prueba lógica o empírica, solamente puede suponerse. Suponer el  sujeto político significa, entonces, dar un nombre a lo que, en última  instancia, debe permanecer innominado; y, sin embargo, sentimos la necesidad  política de encontrar ese nombre. Obviamente esta va a ser una tarea difícil,  quizás paradójica, teniendo en cuenta que en el trabajo de Lacan el sujeto no  tiene un nombre. El sujeto –sin importar si lo designamos como  sujeto-de-ausencia o sujet barré– es en primer lugar un concepto teórico  antes que un nombre en el sentido que le da Laclau al elaborar su teoría.  Entonces, ¿qué está involucrado en la decisión de Laclau de darle un nombre  al sujeto y de denominarlo «el pueblo»?</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Anteriormente dijimos que por «nombre» no debemos entender una mera «etiqueta»  puesta a alguna entidad que en sí misma existe antes del propio proceso de  nominar, sino aquello que constituye el fundamento de una entidad, lo  cual es la razón del porqué la propia existencia de algo dependerá de un proceso  de nominar y no simplemente de una cuestión de predicación («el momento de  unidad de sujetos populares se da en el nivel nominal, no en el conceptual») (Laclau,  2005:118). Aplicando nuevamente esta teoría de la nominación al propio bautizo  original laclauniano del sujeto político como «el pueblo», observaremos que para  Laclau el nombre del pueblo se convierte en el fundamento del sujeto político,  de la subjetividad política per se. Se podría objetar que esta es una afirmación  bastante peculiar pues ¿cómo puede un significante óntico de la política («el  pueblo») convertirse en el fundamento de la instancia ontológica del sujeto?  Pero esa relación de reversibilidad quiasmótica entre seres ónticos y fundamento  ontológico es precisamente el meollo de la radical noción heideggeriana de la  diferencia onto-ontológica. Para Heidegger esa diferencia debe ser pensada como  diferencia, como el juego contingente del «Seyn» entre el «Ser» ontológico y  «seres» ónticos, un juego (entre piso y abismo) que vuelve imposible un  apuntalamiento definitivo; lo que, por otra parte, no nos exime de tender ciertas bases, aunque sea tan solo de una manera siempre provisional e  históricamente contingente. Si relacionamos esta perspectiva heideggeriana y  posfundacional con la diferencia política entre «política» y «lo político», se  volverá evidente que todo nombre, todo fundamento contingente pero ontológico,  puede ser proporcionado solamente desde adentro del ámbito óntico de los  nombres, es decir, del reservorio de significantes políticos disponibles. Un  nombre particular de la esfera óntica de la política tendrá que asumir la tarea  de convertirse en el nombre para el sujeto ontológico de lo político.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Si la apariencia doble de «el pueblo» en el pensamiento de Laclau se explica en  términos de la diferencia ontológica (una diferencia entre política y lo  político), hay que concluir en que mientras el sujeto (como ausencia) no existe  como una entidad óntica y sigue siendo un «concepto» ontológico, tiene que  asumir un nombre óntico para poder estar políticamente fundamentado. La  intervención de Laclau –y ahí, sostenemos, yace precisamente el aspecto político  de la teoría desarrollada en On Populist Reason– consiste en fundamentar el  concepto de sujeto por vía de un bautizo original, es decir, denominándolo «el  pueblo». El quiasmo resultante entre «sujeto» y «agente» hegemónico se ilustra  de la mejor manera posible con la fórmula lacaniana, replanteada en términos  laclaunianos: «‘el pueblo’ (como significante vacío) es el significante que  representa ‘el pueblo’ (el sujeto) para todos los demás significantes (de una  cadena de equivalencia)». Es precisamente porque el sujeto como tal carece de  nombre y permanece ausente, que tiene que ser representado. Y solo puede ser  representado asumiendo un nombre, el cual necesariamente tendrá que ser  provisional y vinculante. Vinculante porque otros significantes quedarán  eslabonados por este nombre en una cadena de equivalencia. Sin embargo, la  función representativa del nombre sigue mostrando dos caras: el nombre  representa lo que podríamos llamar el principio-identidad de esta cadena dentro  de un continuum óntico de política, pero también representa la ausente instancia  ontológica del sujeto de lo político dentro del ámbito óntico de lo social.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>El pueblo y el horizonte democrático</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Sin embargo, lo que no queda del todo aclarado con la explicación anterior es la  pregunta: ¿por qué este nombre óntico –«el pueblo»–, que es un significante  vacío, asume la función de representar el sujeto ontológico para otros  significantes? ¿Por qué este papel crucial del nombre del pueblo (y no de  cualquier otro nombre)? Obviamente, la intervención de Laclau sería muy poco  convincente si se basara nada más en el voluntarismo. La decisión de asignarle  al nombre del pueblo una función tan crucial no puede ser arbitraria aun si, por  otro lado, se acepta que nunca podrá alcanzarse una base conceptual estable para  tal decisión. El esbozo que hace el propio Laclau de las condiciones que  posibilitan el surgimiento y la expansión de las identidades populares es más  bien sumario y consiste en el diagnóstico de que «habitamos un terreno histórico  donde la proliferación de heterogéneos puntos de ruptura y antagonismos requiere  formas cada vez más políticas de reagregación social» (2005:230). Laclau  inscribe las condiciones históricas interrelacionadas que hay tras este fenómeno  de creciente dislocación social bajo la etiqueta de capitalismo globalizado.<sup>6</sup>  Pero como él mismo lo sabe perfectamente, las dislocaciones que produce el  capitalismo globalizado no pueden explicar por qué fue el nombre «el pueblo» el  que vino a tomar posesión de un papel tan central dentro de nuestro imaginario.  Podría haber sido cualquier otro significante, pues el «contenido» potencial de reagregación política no está predeterminado por el puro hecho o «forma» de  dislocación. Por consiguiente, tendremos que descender al plano óntico del  discurso y analizar el surgimiento del imaginario político occidental a fin de  explicar la preponderancia del nombre del pueblo.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">Así pues, aunque Laclau no ofrece una explicación histórica explícita, la  función sintomática adscrita al «pueblo» puede proporcionar alguna pista sobre  la posición central de este. ¿No podría ser que la denigración del pueblo deba  leerse, no como una indicación de su estatus marginal, sino exactamente como un  indicador de su papel fundacional –oculto o repudiado– para la política  contemporánea? La marginalidad sola no explicaría el estatus sintomático  atribuido al pueblo. Por el contrario, no es debido a su estatus marginal que el  pueblo se ve denigrado por el pensamiento (anti)político: es debido a su papel central en lo que Claude Lefort denomina el dispositivo simbólico de la  democracia (Lefort, 1988). Si ese es el caso, la denigración antipolítica del  pueblo tendría que ser entendida como parte de un contraataque antidemocrático  dirigido a la re-marginalización de aquellos que, históricamente, ya asumieron  el papel de sujeto de la política.<sup>7&nbsp;</sup></font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Este supuesto se basa en la perspectiva lefortiana de que el papel del pueblo  cambió radicalmente con la revolución democrática, la cual instigó una cesura  dentro de la historia política de Occidente, un cambio simbólico irreversible.  Con la decapitación del rey, según la célebre declaración de Lefort, se cortó el  cordón umbilical entre la sociedad y su instancia trascendental de legitimación.  El lugar del poder quedó vacío y desde entonces solo pudo ser re-ocupado  temporalmente por fuerzas políticas. Simultáneamente se instaló el dispositivo  democrático a través de la separación de los registros de poder, ley y  conocimiento. Ocurrió una «disolución de los marcadores de la certeza» que  desestabilizó los cimientos de la sociedad. Laclau acepta en gran parte esta  descripción histórica de la revolución democrática y sus consecuencias, mientras  a la vez critica el análisis de Lefort de la democracia por concentrarse  exclusivamente en los regímenes liberal-democráticos y no en la construcción de sujetos popular-democráticos (Laclau, 2005:166). Sin embargo, nos atreveríamos a  afirmar que el recuento de Lefort de la revolución democrática como un suceso  irreversible podría servir como explicación histórica para la centralidad del  significante vacío del pueblo. Cuando Laclau (ibíd., p. 169) sostiene que la  construcción de un «pueblo» «es el sine qua non de funcionamiento democrático»,  pues sin «producción de vaciedad no hay ‘pueblo’, no hay populismo, pero tampoco  hay democracia», se sigue entonces que esa relación es reversible: sin la  revolución democrática no ocurre la expansión del nombre del pueblo al horizonte  imaginario de toda política. Por consiguiente, la cesura de la revolución  democrática es el sine qua non histórico para que la lógica del populismo asuma  el papel cuasi ontológico de política tout court. Nuevamente vemos cómo las  condiciones (cuasi) trascendentales de posibilidad de política (el nivel  ontológico) se relacionan, en una forma quiasmótica y reversible, con sus  propias condiciones históricas (ónticas). Las condiciones de posibilidad y la  posibilidad de condiciones están entrelazadas de manera inseparable.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Reflexionar sobre las implicaciones del recuento de Lefort de la revolución  democrática nos permitiría además determinar mejor el estatus «ambivalente» del  nombre del pueblo –esta vez con respecto al horizonte democrático–, pues si el  significante vacío del «pueblo» hubiera asumido su centralidad porque cualquier  retirada a nociones más antiguas del pueblo fue cortada dada la naturaleza  irreversible de la revolución democrática, seguramente se tuvo que pagar un  cierto precio por eso. Según Lefort, después de la desincorporación del rey y  del vaciamiento del lugar del poder, la soberanía no pudo seguir recurriendo a  una instancia trascendente de legitimación. Aunque la instancia de soberanía no  desapareció, fue ocupada por el nombre del pueblo (esto es todo lo que significa  la «soberanía del pueblo»). Sin embargo, como el nexo con un lugar trascendental  de legitimación quedó cortado sin remedio, nadie que asuma el papel del soberano  alcanzará jamás, después de la revolución democrática, un fundamento legitimador  definitivo. Se comprende que el pueblo se verá dividido constitutivamente: por  un lado tiene que asumir la función clásica de la soberanía, pero por otro esa  función será más que precaria, pues el pueblo no puede recurrir a ninguna base  trascendental de legitimación. Aquí podemos encontrar la razón óntica o histórica de la apariencia vaga y ambivalente del pueblo y del populismo. En  otras palabras, el populismo presupone la revolución democrática como un suceso  histórico por el cual el nombre del pueblo asumió la función de una soberanía  sin soberano.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>¿Es posible dar un nombre a lo heterogéneo?</b></font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Así pues, el significante vacío logró desempeñar el papel de punto nodal con  respecto a todos los demás significantes porque se expandió históricamente, para  emplear la terminología de Laclau, desde el «mito» de la revolución democrática  hasta el «horizonte imaginario» de la política como tal (Laclau, 1990:63-67).  Rearticular la teoría laclauniana de la hegemonía con la teoría de Lefort de la  revolución democrática –pese a algunas reservas de Laclau sobre esta última–  ayuda a entender por qué, después de la revolución democrática, no hay política  que no esté ligada al nombre del pueblo. Por supuesto que eso no significa que  el significante «el pueblo» estará literalmente presente en todo discurso  político. Pero implica que necesariamente la acción política tendrá que tener  lugar en nombre del pueblo –independientemente de cuál significante particular  se encuentre vinculado a esa acción–. Después de la revolución democrática, la  política será promulgada en nombre de un soberano que estará ausente y deberá  permanecer así en última instancia. La «hora solitaria» de la soberanía no  ocurre nunca, excepto en las acciones de un representante que es siempre menos  que soberano.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">Pero la historia no termina ahí, y Laclau está muy consciente de ello. Georges  Bataille fue quien señaló la naturaleza dual de la soberanía: soberano no es  solo el/la que ostenta el poder de dominar («soberano imperativo»), la noción de  soberanía refiere también a lo absolutamente inútil, incalculable, excesivo e  inconmensurable. Este «otro» radical ante las fuerzas homogeneizantes del orden  social surge ahora, en nuestro argumento, como un Doppelgänger [el «doble»]  necesario del pueblo como sujeto de la soberanía. Laclau sigue a Bataille (2000)  al llamar heterogeneidad al «otro lado» del orden homogéneo de diferencias. En  la definición laclauniana, lo heterogéneo es algo imposible de integrar en el  juego hegemónico entre diferencia y equivalencia: no pertenece al orden  homogéneo de diferencias porque entonces, obviamente, no sería heterogéneo; y  tampoco pertenece al orden de equivalencia antagónica, pues entonces habría  adquirido un nombre y nuevamente pertenecería al orden de significación. La  heterogeneidad social es una suerte de exterior que «presupone exterioridad, no  solo respecto de algo dentro de un espacio de representación, sino respecto del  espacio de representación como tal» (Laclau, 2005:140). Se concluye que «el  campo de representación es un espejo roto y oscuro, interrumpido constantemente  por un ‘Real’ heterogéneo al cual no puede dominar simbólicamente» (ibíd., p.  141).</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Una manera de captar esta instancia de heterogeneidad social como algo que no  tiene acceso al espacio de representación sería imaginarla no como negatividad  antagónica (por ejemplo, el «enemigo del pueblo» que sirve como «reverso  negativo de una identidad popular», ibíd., p. 139), sino como un remanente o  residuo puro que no contribuye a configurar una identidad dada (Laclau remite al  ejemplo lacaniano del caput mortuum como el residuo puro que queda en el tubo de  ensayo después de un experimento químico). A partir de esas premisas, nos parece  que la pregunta clave desde la perspectiva de la teoría política de la  nominación sería: ¿cómo es posible que algo que está fuera de cualquier lógica  de representación, algo que no puede representar al sujeto de lo político para  otros significantes, pueda, sin embargo, ser nominado? Claro está que el  interrogante no es cómo la categoría de la heterogeneidad, como aquello que se  resiste a la simbolización, puede ser conceptualizado teóricamente –desde Kant  hasta Lacan, podemos encontrar una variedad de enfoques teóricos–. Más bien se  impone preguntarnos cómo lo que es heterogéneo puede asumir un nombre  políticamente. ¿Existe una política de aquellos que no tienen nombre? ¿Una  política en nombre de la anonimia?</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Laclau parece aseverar que hay algo dentro de un nombre bautismal –la  materialidad del significante– que es heterogéneo vis-à-vis ese nombre y el  proceso de nominar en general. Tomando el caso crucial del pueblo: «El ‘pueblo’  es siempre algo más que el opuesto puro del poder. Existe un real del ‘pueblo’  que resiste la integración simbólica» (ibíd., p. 152). Una posible lectura de  esa aseveración sería siguiendo la diferencia tradicional entre el populus (todos los ciudadanos) y la plebs (los menesterosos). Giorgio Agabem (2000)  observó, de manera comparable, que en la historia del pensamiento político lo  que llamamos pueblo no es un sujeto unificado sino algo que oscila entre los dos  polos opuestos del cuerpo político integral del Pueblo (Popolo) y el resto  excluido (el popolo definido por Agabem también como una de las formas de vida  básica). Una vez más encontramos una división constitutiva en el propio núcleo  del pueblo. El pueblo es lo que no puede incluirse en el todo del cual es parte,  y no puede ser parte del todo en el que está incluido. Este hendimiento interno  del pueblo se encuentra legalmente instituido en la distinción entre populus y plebs de la Roma antigua, o entre el popolo minuto y el popolo grasso de tiempos  medievales. De la misma forma, para Jacques Rancière «el pueblo siempre es más o  menos que el pueblo» (citado en Laclau, 2005:10).<sup>8</sup> Hay política porque existe  una parte de aquellos que no tienen parte en el todo de una comunidad bien  ordenada.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> El enfoque de Rancière es informativo porque en cierto punto ejemplifica su caso  con una fábula de autonominación. Su fuente es una versión del recuento de Livy  de la secesión de los plebeyos en el monte Aventino, contada por el escritor del  siglo XIX Pierre-Simon Ballanche. En esta versión de la historia, los plebeyos  del Aventino construyeron un contraidentidad frente a los patricios, mediante un  proceso de autonominación:</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Ellos se dan representadores rebautizándolos. En pocas palabras, se comportan  como seres con nombres. Mediante la trasgresión, se dan cuenta de que ellos  también, justo como los seres parlantes, están dotados de un habla que no  expresa simplemente necesidad, sufrimiento o ira, sino también inteligencia.  Escriben, nos dice Ballanche, «un nombre en el cielo»: un lugar en el orden  simbólico de la comunidad de seres hablantes, en una comunidad que aún no tiene  ningún poder efectivo en la ciudad de Roma (…) Los plebeyos han violado de hecho  el orden de la ciudad. Se han dado nombres a sí mismos (Rancière, 1990:24-25).</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Aquellos a quienes el orden homogéneo no considera seres hablantes («Quien no  tiene nombre no puede hablar», Laclau, 2005:23) solo serán oídos cuando escriben  «un nombre en el cielo» del orden simbólico.<sup>9</sup> De tal modo, la política es  presentada como un proceso que evidentemente se asemeja al proceso laclauniano  de la hegemonía. Traduciendo el ejemplo de Rancière al «laclauense»: lo que  hacen los plebeyos es construir un antagonismo frente a los patricios, asumiendo  así un nombre (o una cadena de nombres) que sirve como significante vacío que  mantiene unida la identidad plebeya. Pero ¿dónde está lo heterogéneo en ese  ejemplo? Es vital entender que lo heterogéneo, en su aspecto más radical, no es  lo mismo que la particularidad que trata de llenar el espacio de una  universalidad ausente. Para Laclau, el «pueblo» del populismo es una plebs que  reivindica ser el único populus legítimo, pues el populismo «necesita la  división dicotómica de la sociedad en dos campos –uno de los cuales se  representa a sí mismo como una parte que afirma ser el todo–» (Laclau, 2005:83).  Pero lo heterogéneo es precisamente lo que queda fuera de este juego, lo que no  es parte de la dialéctica entre diferencia y equivalencia, entre la plebs y el  populus. En términos rancièrianos, lo heterogéneo no es una parte de aquellos  que no tienen parte en el todo, sino que ni siquiera es una parte (sin ser la  negación de una parte), pues el vocablo «parte» solo tiene sentido en relación  con otras partes o con un todo. Lo heterogéneo, en su aspecto más radical,  escapa a cualquier relación entre parte, no parte y todo. Laclau ofrece el  ejemplo del apolitizable Lumpenproletariat en el pensamiento marxista. Marx  distingue entre proletariado –la plebs que aspira a ser el populus– y «el  lumpenproletariado» (ibíd., p. 144), un outsider cabal, no involucrado en el  proceso de producción, y por lo tanto expulsado del campo de la historia y de la  lucha de clases. Un ejemplo similar puede encontrarse en la noción de Hegel de  los «pueblos sin historia», es decir, de aquellos pueblos no europeos que se  encuentran, a juicio de Hegel, fuera del ámbito de la historicidad eo ipso.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>La sombra de un nombre</b></font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> En los ejemplos del Lumpenproletariat y de los «pueblos sin historia»  encontramos un problema obvio. ¿Cuál es el estatus de esos nombres? ¿Es Lumpenproletariat un nombre para lo heterogéneo? Si es así, este nombre –en  virtud de serlo– tendrá que ser el resultado de un proceso político de  nominación, un supuesto excluido desde el principio (pues en este caso no sería  un nombre para lo heterogéneo, sino para una particularidad que representa al  sujeto ante otras particularidades: el Lumpenproletariat sería ya el Proletariat).  Sin embargo, por otro lado tampoco puede ser un concepto, porque entonces ya  estaría inscrito en un orden simbólico de diferencias como otra diferencia más (  y no como lo heterogéneo). Al parecer hemos descubierto en el significante Lumpenproletariat una tercera «categoría» realmente posible. Un significante o  «nombre» que no es ni nombre ni concepto, pues está localizado más allá tanto  del ámbito de la equivalencia como del de la diferencia.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> Lo que hace que Lumpenproletariat sea un significante imposible o paradójico es  el hecho de que, por definición, cada significante surge de la interacción entre  equivalencia y diferencia. Pero en este caso pareciera trancado el acceso al  campo de la significación como tal. ¿Llegamos aquí a lo que Laclau menciona como  la materialidad del significante?, ¿a aquello dentro de un nombre o un proceso  de nominación que se resiste a la integración simbólica? Si ese fuera el caso,  un significante como Lumpenproletariat no sería un nombre sino el subproducto  obligatorio de la nominación, el sobrante que produce necesariamente cualquier  proceso de hegemonización. En ese sentido podríamos definir lo heterogéneo como  aquello que no puede ser nominado directamente dentro de una coyuntura  hegemónica dada. Lo heterogéneo no tiene un nombre que le pertenezca: es la  sombra de un nombre. Pues cada vez que, en un proceso de conflicto hegemónico,  un nombre es «escrito en el cielo», proyectará una sombra –como hacen las nubes–  sobre cierta área. Cada nombre producirá necesariamente algo en el orden de un  punto ciego. Por consiguiente, desde la perspectiva del sujeto de la nominación,  la sombra del nombre del sujeto no puede sino estar vacía de significado, ya que  un significante en su materialidad pura, separado de cualquier otro  significante, viene a ser nada más que un ruido. En el mejor de los casos puede  experimentarse lo heterogéneo como una molestia, como un disturbio y dislocación  del proceso de nominar.<sup>10</sup> Nos vemos tentados a explicar este hecho con lo que  sería una fórmula de teoría de sistemas típicamente luhmanniana: no se puede  nombrar lo que no se puede nominar. Dentro de nuestra propia lucha política,  dentro de nuestro propio proceso de nominar, no podemos ver ni podemos nombrar  lo que, por definición, no puede ser visto ni puede ser nominado: nuestro punto  ciego, el anverso de nuestro propio nombre.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">Sin embargo, decir que lo heterogéneo no puede ser nominado directamente dentro  de una coyuntura hegemónica dada no excluye la posibilidad de significarlo desde afuera de esa situación. Por ejemplo, solo saliéndonos del marco marxista  podemos determinar el papel del Lumpenproletariat como aquel de lo heterogéneo  respecto de la lucha hegemónica del proletariado. Tenemos que salirnos de la  sombra que proyecta nuestro propio nombre, pero eso nos obligaría a renunciar a  él. Significaría entrar en un proceso de des-nominación. ¿Cómo imaginar un  proceso tal? ¿Tendríamos que abandonar nuestro nombre? Pero tal abandono de la  dimensión misma de nombrar, y por lo tanto de equivalencia, solo sería  concebible si estuviéramos preparados para dejar del todo el ámbito de lo  político. Si no lo estamos, entonces quizás la única manera política de des-nominar sería asumiendo algo más que un nombre particular. Pues tal vez la  única forma de atisbar la sombra de nuestro nombre sería mirándolo desde la  perspectiva del nombre de algún otro. Asumir el nombre de otro podría ser la  condición previa para nominar la sombra de heterogeneidad proyectada por nuestro  nombre. Nos atreveríamos a aseverar que esta no es solamente la condición  ontológica misma de todo lo que se entiende «bajo el nombre» de Solidaridad.  También suponemos que, eventualmente, el nombre del pueblo –como punto nodal  dentro del horizonte no superable de la democracia– se verá afectado: pues lo  que implicaría una estrategia tal de des-nominar es la pluralización de nombres,  la pluri-perspectividad (en el sentido de Hanna Arendt) de la esfera de la  política, donde no encontraremos un nombre único de «el pueblo», sino una  pluralidad de nombres. Una pluralidad que no es, sin embargo, otra variante de  «pluralismo» liberal, sino una pluralidad cuya condición misma de posibilidad  reside en el hecho de que el nombre del pueblo nunca es uno, de que siempre está  dividido, y de que, de todos modos sigue siendo el único horizonte no superable  de la política democrática.</font></p>     <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Referencias bibliográficas</b></font></p>     <!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">1. Agamben, Giorgio (2000). Means without End. Notes on Politics, Minneapolis,  University of Minnesota Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787144&pid=S1012-2508200600020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">2. Arendt, Hannah (1982). Lectures on Kant’s Political Philosophy, Chicago, Chicago  University Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787145&pid=S1012-2508200600020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">3. Bataille, Georges (2000). «The Psychological Structure of Fascism», en Fred  Botting y Scott Wilson, eds., The Bataille Reader, Oxford, Blackwell.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787146&pid=S1012-2508200600020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">4. Hardt, Michael y Antonio Negri (2004). Multitude. War and Democracy in the Age  of Empire, Nueva York, The Penguin Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787147&pid=S1012-2508200600020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">5. Heidegger, Martin (1957). Identität und Differenz, Stuttgart, Neske.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787148&pid=S1012-2508200600020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">6. Kripke, Saul (1980). Naming and Necessity, Cambridge, MA, Cambridge University  Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787149&pid=S1012-2508200600020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">7. Laclau, Ernesto (1977). Politics and Ideology in Marxist Theory. Capitalism,  Fascism, Populism, Londres-NuevaYork, Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787150&pid=S1012-2508200600020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">8. Laclau, Ernesto (1990). New Reflections on the Revolution of Our Time, Londres-NuevaYork,  Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787151&pid=S1012-2508200600020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">9. Laclau, Ernesto (1996). Emancipation(s), Londres-NuevaYork, Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787152&pid=S1012-2508200600020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">10. Laclau, Ernesto (2005). On Populist Reason, Londres-Nueva York, Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787153&pid=S1012-2508200600020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">11. Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe (1985). Hegemony and Socialist Strategy,  Londres-NuevaYork, Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787154&pid=S1012-2508200600020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">12. Lefort, Claude (1986). The Political Forms of Modern Society. Bureaucracy,  Democracy, Totalitarianism, Cambridge, MA, MIT Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787155&pid=S1012-2508200600020000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">13. Lefort, Claude (1988). Democracy and Political Theory. Minneapolis, University  of Minnesota Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787156&pid=S1012-2508200600020000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">14. Marchart, Oliver (2004). «Politics and the Ontological Difference: On the  ‘Strictly Philosophical’ in Laclau’s Work», en Simon Critchley y Oliver Marchart,  eds., Laclau. A Critical Reader, Londres-Nueva York, Routledge.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787157&pid=S1012-2508200600020000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">15. Marchart, Oliver (s/f). Post-foundational Political Thought: Political  Difference in Nancy, Lefort, Badiou and Laclau, Edinburgh, Edinburgh University  Press (próxima publicación).</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787158&pid=S1012-2508200600020000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">16. Negri, Antonio (2002). «Pour une définition ontologique de la multitude», Multitudes 9, pp. 36-48.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787159&pid=S1012-2508200600020000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">17. Rancière, Jacques (1999). Disagreement. Politics and Philosophy, Minneapolis-Londres,  University of Minnesota Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787160&pid=S1012-2508200600020000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">18. Rancière, Jacques (2002). «Peuple ou multitudes?» Multitudes 9, 95-100.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787161&pid=S1012-2508200600020000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">19. Rosanvallon, Pierre (1998). Le peuple introuvable, París, Gallimard.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787162&pid=S1012-2508200600020000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">20. Spivak, Gayatri Chakravorty (1999). A Critique of Postcolonial Reason. Toward a  History of the Vanishing Present, Cambridge, MA, Harvard University Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787163&pid=S1012-2508200600020000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">21. Stavrakakis, Yannis (2004). «Antinomies of Formalism: Laclau’s Theory of  Populism and the Lessons from Religious Populism in Greece», Journal of  Political Ideologies 9(3), pp. 253-267.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787164&pid=S1012-2508200600020000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">22. Virno, Paolo (2004). A Grammar of the Multitude, Nueva York, Semiotext(e).</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787165&pid=S1012-2508200600020000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">23. Zizek, Slavoj (1989). The Sublime Object of Ideology, Londres-NuevaYork, Verso.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=787166&pid=S1012-2508200600020000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>Notas:</b></font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">1 Publicado en español ese mismo año con el título La razón populista (Buenos  Aires, Fondo de Cultura Económica). Las referencias a esta obra de Laclau en el  presente texto remiten a la edición en inglés.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">2 En forma correlativa, en cierto punto Laclau sostiene que el pueblo es solo  «una manera de construir la unidad del grupo», y sigue explicando: «Obviamente,  no es la única manera de hacerlo. Existen otras lógicas que operan dentro de lo  social y que hacen posible tipos de identidad diferentes del populista» (ibíd.,  p. 73).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> 3 En el descriptivismo, por ejemplo, la función de los rasgos descriptivos es  «reducir el orden del significante al medio transparente a través del cual se  expresa a sí misma una imbricación puramente conceptual entre el nombre y la  cosa (siendo el concepto su naturaleza común)» (Laclau, 2005:104). Esto apunta  al aspecto ulterior de un «concepto», aparte de su aspecto referencial, que no  debería pasar desapercibido: el «concepto» es lo que se supone como el correlato  transparente del nombre. En el discurso marxista tradicional, por ejemplo, se  presupone un contenido conceptual de «clase trabajadora», por el cual el objeto  «clase trabajadora» puede ser reconocido dentro del mundo objetivo de las  relaciones de producción. En este caso, el nombre «es el medio transparente a  través del cual se muestra a sí mismo algo que es totalmente aprehensible desde  el punto de vista conceptual» (ibíd., p. 183).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">4 En relación con la genealogía y el uso imperante de esta «diferencia política»  entre «política» y «lo político», remitimos al lector a una monografía que  desarrollamos sobre este tópico. La diferencia política, como se afirma allí,  tiene que ser entendida como una versión politizada de la diferencia ontológica  y como el verdadero «piso» –un piso que es simultáneamente un abismo– del  pensamiento social posfundacional. Véase Marchart, Post-foundational Political  Thought, próxima publicación.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">5 No hace falta decir que, por supuesto, Laclau no abandona el orden conceptual  de la teoría como tal, por lo tanto, todavía veremos un concepto laclauniano de  «lo político» elaborado en una forma diferencial con respecto a sus conceptos de  lo social (el ámbito de prácticas sedimentadas) o de sociedad. El punto es que,  aparte de su trabajo teórico, que en cierta medida –simplemente por ser teórico–  se mantendrá dentro del orden conceptual, la teoría de Laclau de la nominación  –aplicada a su propia intervención teórica– nos permite determinar con exactitud  el momento de lo político (de equivalencia) en su trabajo. Y ese es el momento  del populismo.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> 6 Esta etiqueta de capitalismo globalizado requiere cierta especificación.  Sostiene Laclau que por capitalismo «no entendemos ya una totalidad auto-cerrada  gobernada por movimientos derivados de las contradicciones de la mercancía como  una forma elemental. No podemos seguir entendiendo el capitalismo como una  realidad meramente económica, sino como un complejo en el que determinaciones  económicas, políticas, militares y otras –cada una dotada de su propia lógica y  de una cierta autonomía– entran en la determinación del movimiento del todo»  (2005:230).</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">7 De paso eso explicaría por qué muchas veces el resentimiento antipolítico va  acompañado de una ideología antidemocrática.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">8 Laclau (2005:244-249) discute explícitamente y critica, afablemente, el  enfoque general de Rancière.</font></p>      <p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2"> 9 Puede observarse una analogía obvia entre la idea de Rancière y la célebre  pregunta de Spivak: ¿pueden hablar los subalternos? Sería interesante saber  cómo, desde el punto de vista de Laclau, se relaciona la categoría de la  heterogeneidad con la noción de Gramsci del «subalterno», tal como se usa  actualmente en los estudios poscoloniales y subalternos. Como afirma Spivak, el  «sujeto subalterno colonizado es irreparablemente heterogéneo» (Spivak,  1999:270), y la noción del «subalterno» debería reservarse hoy día para «la  cabal heterogeneidad del espacio descolonizado» (ibíd., p. 310). Spivak incluso  habla claramente en favor de –en nuestros términos– un esfuerzo hegemónico de  asumir un nombre o de llegar a estar inscrito en el ámbito de lo nombrable, pues  no hay nada deseable en estar relegado al ámbito de la anonimia: «Cuando se  establece un vínculo de comunicación entre un miembro de grupos subalternos y  los circuitos de ciudadanía o institucionalidad, el subalterno ha sido insertado  en el largo camino a la hegemonía. A menos que querramos ser puristas o  primitivistas románticos en cuanto a ‘preservar la subalternidad’ –una falta de  lógica– esto es algo absolutamente deseable» (ibíd.).</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="line-height: 100%" align="justify"><font face="Verdana" size="2">10 No obstante, uno desearía que Laclau hubiera explicado más explícitamente el  estatus de su categoría de la heterogeneidad en relación con la categoría de  dislocación tal como la desarrolló en New Reflections (1990).</font></p>       ]]></body>
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