<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>1012-2508</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Cuadernos del Cendes]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[CDC]]></abbrev-journal-title>
<issn>1012-2508</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad Central de Venezuela, Centro de Estudios del Desarrollo.]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S1012-25082007000300006</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Entrevista a Eric Hobsbawm]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[COSTA]]></surname>
<given-names><![CDATA[IVANA]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>12</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>12</month>
<year>2007</year>
</pub-date>
<volume>24</volume>
<numero>66</numero>
<fpage>107</fpage>
<lpage>113</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1012-25082007000300006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S1012-25082007000300006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S1012-25082007000300006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[   <font face="Verdana" size="2"><b>     <p align="justify">Entrevista a Eric Hobsbawm*</p> </b>     <p align="justify">por IVANA COSTA</p> </font> <dir> 	<dir> 		<dir> 			<dir> 				<dir> 					<dir> 						<dir> 							<font SIZE="2" face="Verdana"> 							    <p ALIGN="justify"> 							Ñ de CLARIN 9 de junio de 2007</p> 							</font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> 							</font><font SIZE="2" face="Verdana"> 							    <p ALIGN="justify"> 							El más prestigioso historiador del siglo XX, Eric  							Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia, en un  							mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa  							militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del  							marxismo. Su concepción de la Historia, las  							dificultades de una disciplina acechada por el  							escepticismo y el conformismo de la permanente  							especialización. Hoy, cuando cumple 90 años,  							reflexiona sobre el tiempo que pasó y el tiempo por  							venir.</p> 							</font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> 						</dir> 					</dir> 				</dir> 			</dir> 		</dir> 	</dir> </dir> <font SIZE="2" face="Verdana">     <p ALIGN="justify">Cuando cumplió 85  años, el historiador Eric Hobsbawm, el más reconocido intelectual marxista de la  actualidad, publicó su autobiografía <i>Años interesantes</i>. Para un  especialista interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX, quizás  este libro no fuera más que una colorida guía por los modos en que él fue  abordando cada cuestión –el siglo XX, la formación de la clase obrera, la  tensión entre capitalismo y revolución–; una serie de curiosidades biográficas  que definieron ciertos temas y una preferencia filosófica y política. Pero para  todo lector apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su  pasado inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente  única, en la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción personal con  los acontecimientos históricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y  hermoso, una «edad de los extremos». Una pieza comparable, en su valor literario  y testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las memorias de Vladimir  Nabokov o al conjunto que forman la novela <i>G</i>, de John Berger, y algunos  de sus relatos breves.</p>     <p ALIGN="justify">Una importancia central que tiene la narración de la propia vida, en el caso de  un lúcido observador y analista del siglo XX, es que él «estaba ahí». Nacido «en  el año de la Revolución Rusa», estaba ahí cuando se desintegró el imperio  británico –se desintegraron, al menos, los efectos simbólicos de ostentar el  ejercicio del poder gubernamental en las colonias–, y sobre todo cuando el mundo  decimonónico y sus valores cayeron derrotados a los pies de la «vida moderna»  –los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su joven esposa  austríaca, miembros de la parte más cosmopolita de la comunidad judía de Viena,  se vieron allí hundidos en la miseria–. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler  al poder y cuando fue vencido. Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y, con él,  toda una era de «socialismo real». Hobsbawm estaba ahí, recorriendo  Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo en  los años que van desde la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas  setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo  cómo Washington se declaraba «único protector de cierto orden mundial» y  decretaba así la clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm  estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: «No existe lugar mejor que ese,  lugar por excelencia de una víctima en cautiverio –escribió–, para reflexionar  sobre el aluvión extraordinario de palabras e imágenes orwellianas que inunda a  la prensa escrita y la televisión». Pero además, Hobsbawm –que hoy cumple 90, y  todavía escribe artículos, publica libros y responde largas entrevistas  telefónicas– sigue estando ahí. Desconfía de la perdurabilidad del imperio  americano, señala las ingenuidades de la utopía altermundista, piensa que es  preciso ser «un historiador escéptico» y, a la vez, esperar lo mejor del  proyecto liberador del marxismo, al que sin dudas reivindica.</p>     <p ALIGN="justify"><b> Ivana Costa:</b> <i>En una entrevista en </i>Libération<i> decía que «hay que  devolverle al marxismo su elemento mesiánico». A pesar de que el pensamiento  político (sobre todo el marxismo) aspira a «salvar» a grandes porciones de la  humanidad, la tendencia secular es a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista  tiene aún una oportunidad mesiánica en este siglo?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>Eric Hobsbawm:</b> No en la forma en que creíamos en ella, es decir, la  de una economía planificada centralmente que prácticamente eliminaba el mercado,  sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la  libertad humana y el desarrollo de las habilidades humanas. Creo que, así, el  marxismo todavía tiene un campo de acción considerable.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>¿Y las utopías altermundistas?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="justify"><b>EH:</b> Lo positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear la  cuestión de que el capitalismo en su totalidad debe ser criticado. Lo negativo  es cierta falta de realismo. Respecto de la globalización, por ejemplo: se la  puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo  varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea  universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y  XX. Mucho del utopismo altermundista está más cerca de los viejos anarquistas,  que decían: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el régimen malvado y  después, de alguna manera, todo resultará bien. Hay versiones políticamente más  útiles: algunas ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera  presión en campos importantes como el ambiental.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>En su último libro, </i>Guerra y paz en el siglo XXI<i>, afirma que  la democracia está rodeada de retórica vacía: se ha convertido en un concepto  incuestionable que, sin embargo, enmascara situaciones inaceptables de  injusticia. ¿Sería posible recuperar un sentido auténtico de democracia?  ¿Tendría sentido?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>La retórica vacía de la democracia sirve de justificación a las  conquistas imperiales, pero la crítica principal a la democracia como retórica  de propaganda es más amplia. En general se la usa para justificar las  estructuras existentes de clase y poder: «Ustedes son el pueblo y su soberanía  consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que  nosotros, el Gobierno, somos legítimos aun para los que no nos votaron. Hasta la  próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos. Entretanto,  nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo que hacemos es para  bien de la nación». Una crítica: la democracia queda reducida a una  participación ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una democracia  uno no está autorizado a emprender otras acciones políticas que no sean las  legítimas y pacíficas.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>Varios politólogos franceses piensan mejorar la democracia  fortaleciendo el debate institucional.</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Sí, pero mi objeción es mucho más amplia: no digo únicamente que  la democracia no puede quedar reducida sólo a las elecciones, tampoco puede  quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace y es debe influir en el  Gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede quedar reducida a una forma  particular de constitución. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI  escapan al marco de los Estados nacionales. La democracia existe sólo dentro de  los Estados nacionales así que, nos guste o no, tenemos que encontrar otras  formas de abordar problemas globales. Es difícil saber cuáles van a ser porque,  hasta ahora, nada reemplazó a los Estados.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC</b>: <i>Cuando habla de «pueblo» piensa en movimientos sociales, los de  Argentina, por ejemplo.</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre  que el gobierno tome en cuenta la opinión del pueblo.</p>     <p ALIGN="justify"><b>IC:</b> <i>Usted estudió la forma en que, históricamente, muchos movimientos perdieron  eficacia al convertirse en usinas de clientelismo, usados por el populismo</i>.</p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>«Populismo» es un término que se usa en sentido demasiado general. La  mayoría piensa que el populismo está asociado a la derecha política, pero  también puede estar asociado a la izquierda o al centro. «Populismo» simplemente  quiere decir Gobiernos que tratan de hablar directamente con la gente; lo pueden  hacer con diferentes propósitos. Perón era populista en un sentido y Chávez en  otro. No diría que necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por  completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el Gobierno tiene que  tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No hay ningún mecanismo  eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy eficaz. A veces  funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>¿Tiene futuro la «multitud» entendida como sujeto político, tal como  piensa Toni Negri?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Debo decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena  opinión de Negri. Y creo que el término «multitud» es demasiado general. Hay que  definir qué se entiende por «multitud». Se la podría estructurar por clases, por  nacionalidad o de otras formas, pero decir «multitud» no nos lleva muy lejos.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>El concepto de «clase social» también fue objetado (Philip Furbank lo  atacó sociológica e históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política  del concepto de clase?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice  resultados electorales verá que se los descompone por clase, sección y nivel de  educación (hoy día esto también significa clase). Hoy la política no está  dominada por movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no  significa que la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy  menos relevantes (la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que  las clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia  de la clase. Y es un gran error suponer que una clase representa a las otras.</p> </font> <font SIZE="2" face="Verdana">     <p ALIGN="justify">«El 8 de febrero de  1929, a última hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez más  desesperadas idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo  o de algún préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la puerta principal de  casa». Así narra Eric Hobsbawm el más directo impacto de la Depresión en su  memoria de 12 años. Dos años después iba a morir su madre. Pero hasta entonces,  la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le había resultado casi  inadvertida. El primer indicio de «lo dura que era la situación» lo había tenido  –cuenta– luego de mostrar la lista de libros que pedían sus profesores del  secundario: entre ellos el costoso <i>Atlas Kozenn</i>. «¿Es absolutamente  imprescindible que lo tengas?», se había alarmado su madre. El libro finalmente  se compró, pero –escribe Hobsbawm–: «la sensación de que en esa ocasión se había  hecho un sacrificio importante siempre me acompañó». En su biblioteca, Hobsbawm  conserva el viejo <i>Atlas Kozenn</i> un poco maltrecho y lleno de dibujitos en  los márgenes. Dice que todavía lo consulta. Su obra, que abarcó el mundo entero  en transformaciones sucesivas, quizás haya sido una forma de reconocer el valor  de aquel sacrificio.</p>     <p ALIGN="justify">Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la globalización  capitalista, no verá desaparecer las unidades políticas reconocibles. Por ahora,  al menos –afirma Hobsbawm–, no verá desaparecer los Estados nacionales. «La  globalización debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar  la economía, la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes  organizaciones supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en  función de la globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales), pero  hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, más chicos,  son importantes porque imponen límites a la globalización. La globalización  capitalista, por ejemplo, insistía en el libre movimiento de todos los factores  de la producción –dinero, bienes–, sin restricción y por todo el mundo. Pero la  mano de obra es un factor de la producción que no ha instaurado el libre  movimiento, y una de las razones es política (los Estados no lo permiten porque  podría crear enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no está  desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con un puñado de  corporaciones, pero no desaparece». </p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>El proyecto de Unión Europea, dice, es todavía dudoso. ¿Cuáles son  los aspectos más dudosos?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman  los Gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo  en términos de política nacional. La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún  más evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta que no  lo tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la base efectiva de la  democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organización. Al contrario,  parece buena. </p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>Una grandeza económica</i>.</p>     <p ALIGN="justify"><b> EH: </b>Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en  materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los  Estados. Quizá lo más cercano a una federación. </p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>La UE acaba de sancionar una ley que castiga a quien niegue el  Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al historiador David Irving  (acusado de negar la «solución final»): «La misma expresión –dijo– pertenece a  una era en la que la condena moral reemplazó a la historiografía». ¿Qué opina de  esta ley?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="justify"><b>EH: </b>No creo que se pueda establecer o negar la verdad histórica por  medio de la legislación. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito  negar el Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley  sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del Gobierno de Chirac  insistir en que hay que enseñar que el imperio francés fue positivo. Es la  opinión general de los historiadores profesionales –no hace falta aclarar que  difícilmente tengamos simpatía alguna por los nazis o la masacre de los armenios  por los turcos–. Sólo que esa no es la manera de establecer la verdad.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>Usa un ejemplo futbolístico para señalar diferencias entre los EE. UU.  y el antiguo imperio británico. ¿Le gusta el fútbol?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>No soy fanático pero todos somos parte de una cultura  futbolística. Lo que digo es que hay un conflicto básico entre la lógica del  mercado, una lógica global, y el hecho de que las emociones de la gente están  atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los  principales clubes de los principales países europeos son los que dan el dinero.  Pero allí no hay nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el  Arsenal, no tenía prácticamente ningún jugador nacido en Inglaterra). Para estos  grandes clubes, las selecciones nacionales son una distracción. No les gusta  prestar a sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las  selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes  –empresas capitalistas, naturalmente– la selección nacional es una distracción  y, sin embargo, no pueden prescindir de ella porque lo que mantiene al fútbol en  funcionamiento es la competencia internacional.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>Esa distracción y las tensiones que plantea son un atractivo mayor.  Los partidos no serían tan intensos si no estuvieran esas emociones en juego.</i> </p>     <p ALIGN="justify"><b> EH: </b>Sí. Y en muchos sentidos, muchos países que antes no tenían identidad,  como algunos de África, adquieren identidad a través de esto. Porque es más  fácil imaginarse como parte de una gran unidad a través de once personas en una  cancha que a través de abstracciones.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>¿Cómo influyen las emociones en su oficio de historiador?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que  poder imaginar las emociones de personas que no se le parecen. No se puede  llegar al fondo de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era.  Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los  historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar  pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene  sus propios sentimientos, pero ellos no deben interferir con las pruebas. En  este sentido, el gran modelo es el francés Marc Bloch. No sólo era un  maravilloso historiador: en su primer gran libro también imaginó una sociedad  que creía que el rey estaba en contacto directo con el cielo y que, por eso, la  mano del rey podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se unió a  la Resistencia y murió a manos de los alemanes durante la guerra. No era en  absoluto una persona neutral. </p>     <p ALIGN="justify"><b> IC</b>: <i>El historiador no inventa los hechos, pero descubre –en los textos,  en los documentos, en el análisis– cosas que estaban allí y nadie había visto.  «Descubrir» e «inventar» son palabras muy próximas, aun etimológicamente.  Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?</i></p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que  surgen de cómo han sido criados, cómo piensan, etc. No llegan a la historia como  cámaras que sólo filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y  además, los historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden  discutir las pruebas; sí las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no  murió: está equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí  partimos. Qué piense usted de Elvis, cómo interpreta el Holocausto, hay  infinitas discusiones posibles.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>¿Su concepción de la historia cambió en todos estos años?</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Básicamente no ha cambiado.</p>     <p ALIGN="justify"><b> IC:</b> <i>Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pensó qué es el tiempo?</i> </p>     <p ALIGN="justify"><b>EH: </b>Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera  de la vida humana. La humanidad abarca una pequeña porción de la historia del  mundo, siguiendo patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se  inventó hace quizá 10.000 años. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo.  Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de  la raza humana en perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el  desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se pueda concentrar en  períodos más breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antropólogos solían  entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los  historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro  de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe la historia no  como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos  elegidos según un criterio cualquiera. Y es muy importante que los historiadores  se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no sólo para otros  especialistas.</p> </font></font>       ]]></body>

</article>
