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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Hacia una filosofía política del socialismo del siglo XXI: Notas desde el caso venezolano]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In the 21st century, socialism needs to articulate common bases that allow for building theoretical referents. To construct a self-powered theoretical frame is not a contribution. It was the error of historical materialism that it ended up being an ahistorical idealism that assumed a future yet to come. To lay the foundations of scientific referents on socialism we need to define some common ground, although, socialism being a normative proposal, the task certainly becomes a difficult one. Trying to overcome the obstacles, we need a definition of whatever socialism is. To establish the values underlying what socialism in the 21st century will be is a pending issue. A clarifying exercise is to compare those values with the other great trends of the past century: liberalism, 20th century socialism, and neoliberalism. Socialism cannot be understood outside the historical circumstances that originated it, or outside the current processes that constitute it.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <b><font FACE="Verdana">     <p align="center">Hacia una filosofía política del  socialismo del siglo XXI. Notas desde el caso venezolano</p> </font></b><font FACE="Verdana" SIZE="2">     <p align="center">Juan Carlos Monedero*</p> </font>     <p align="justify"><font face="Verdana" SIZE="2"> * Profesor Titular de Ciencia Política de la Universidad  Complutense de Madrid. Madrid. España. </font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" SIZE="2"> Correo-e: <a href="mailto:juancarlos.monedero@gmail.com"> juancarlos.monedero@gmail.com</a> </font></p> <font FACE="Helvetica-Narrow"><font face="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify">Nota del autor: Parte  de estas reflexiones pude discutirlas en agosto de 2007 en Quito, en un  seminario internacional sobre el socialismo del siglo XXI (presidido por una  simbólica imagen irreverente de Marx escuchando un ipod). Agradezco los  comentarios allí realizados, entre otros, por José Miguel Sánchez, Juan  Sebastián Roldán, Fernando Lugo, Pedro Santana, Raúl Ponte y José Luis Coraggio.  Igualmente, algunas de estas ideas pude presentarlas y discutirlas en El  Escorial (España), en un curso sobre democracia local dirigido por Pedro Chaves  y organizado por la Fundación Europa de los Ciudadanos en julio de 2007. También  me he beneficiado de muchas charlas y debates en el Centro Internacional Miranda  de Caracas, presidido por Luis Bonilla. Una estrecha colaboración con Haiman El  Troudi está igualmente presente en estas reflexiones sobre el socialismo. Por  último, Boaventura de Sousa Santos, como siempre, planea con su enseñanza  permanente por todo el texto. Agradezco igualmente a los evaluadores anónimos  por sus acertados comentarios y sugerencias, máximo ejemplo del quehacer  universitario (generoso, esforzado y silencioso).</p> <b>     <p align="justify">Resumen </p> </b> </font><font FACE="Helvetica-Narrow" SIZE="2"><font face="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify">El socialismo en el  siglo XXI necesita articular bases compartidas que permitan ir construyendo  referentes teóricos. Nada aporta construir un marco teórico autoalimentado. El  error del materialismo histórico es que terminó siendo un idealismo ahistórico  que dio por hecho un futuro que aún no había pasado. Para cimentar referentes  científicos acerca del socialismo hace falta precisar algunos lugares  compartidos, si bien, al configurar el socialismo una propuesta normativa, esta  tarea se torna ciertamente complicada. Intentando superar las dificultades, hace  falta una definición de lo que sea el socialismo. Está pendiente establecer  cuáles son los valores que hay detrás de lo que vaya a ser el socialismo en el  siglo XXI. Un ejercicio clarificador es comparar los valores del socialismo en  el siglo XXI con las otras grandes concepciones del siglo pasado: el  liberalismo, el socialismo del siglo XX y el neoliberalismo. El socialismo no  puede entenderse al margen de las realidades históricas que lo hicieron surgir  ni de los actuales procesos que lo confrontan.</p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="1"> </font><font FACE="Verdana"><b> </b></font></font><font FACE="Verdana" size="2"><b>     <p align="justify">Palabras clave:</b></font><font FACE="Helvetica-Narrow" SIZE="2"><font face="Verdana" SIZE="2"> Filosofía política / Neoliberalismo /  Socialismo del siglo XXI</p> </font><font FACE="Verdana"><b> </b></font></font><font FACE="Verdana" size="2"><b>     <p align="justify">Abstract</p> </b></font><font FACE="Helvetica-Narrow" SIZE="2"><font face="Verdana" SIZE="2">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">In the 21st century,  socialism needs to articulate common bases that allow for building theoretical  referents. To construct a self-powered theoretical frame is not a contribution.  It was the error of historical materialism that it ended up being an ahistorical  idealism that assumed a future yet to come. To lay the foundations of scientific  referents on socialism we need to define some common ground, although, socialism  being a normative proposal, the task certainly becomes a difficult one. Trying  to overcome the obstacles, we need a definition of whatever socialism is. To  establish the values underlying what socialism in the 21st century will be is a  pending issue. A clarifying exercise is to compare those values with the other  great trends of the past century: liberalism, 20th century socialism, and  neoliberalism. Socialism cannot be understood outside the historical  circumstances that originated it, or outside the current processes that  constitute it. </p> </font><b><font FACE="Helvetica-Narrow" SIZE="1"> </font><font face="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify">Key words:</font></b><font face="Verdana" SIZE="2"> Political philosophy / Neoliberalism  / Socialism in the 21st century</font></p><font face="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify">RECIBIDO: JULIO 2008</p>     <p align="justify">ACEPTADO: AGOSTO 2008</p> </font><font face="Verdana" SIZE="2"> <i>     <p align="justify">El desafío intelectual  de pensar el «socialismo» luego del derrumbe de la modernidad, después de la  implosión de la Unión Soviética y sus satélites, en un tránsito cultural que ha  puesto patas arriba todas las convenciones que sirvieron para pensar y hacer  durante este largo trayecto, no es cosa de juegos. Tamaño reto en una coyuntura  caracterizada por la crisis de paradigmas, por la deriva de la voluntad y la  difuminación de la ética. ¿Cuál es esa teoría política que puede fundar otra  idea de «socialismo»? ¿Cuál Estado es ése? ¿Cuál sujeto? ¿Cuál progreso? ¿Cuál  Historia? ¿Qué idea de nación habrá detrás de esta metáfora del «socialismo»?  ¿Qué idea de lo político?</p> </i></font> <font face="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify">Rigoberto Lanz, </font> <i><font face="Verdana" SIZE="2">Debate sobre los socialismos</p> </font></i></font><font FACE="Verdana">     <p align="justify"><b><font size="2">Introducción</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">El socialismo en el  siglo XXI necesita articular bases compartidas que permitan ir construyendo  referentes teóricos. Para cimentar referentes científicos acerca del socialismo  hace falta precisar algunos lugares compartidos, si bien, al configurar el  socialismo una propuesta normativa, esta tarea se torna ciertamente complicada.  Intentando superar las dificultades, hace falta, en primer lugar, una definición  de lo que sea el socialismo. Buscando su esencia, su principal rasgo puede  encontrarse en el amor, en una empatía radical (que coincide con la parte  positiva del par schmittiano «amigo-enemigo»). La posibilidad de pensar el  socialismo pasa por una reconsideración de la naturaleza humana y por una  construcción de un lenguaje diferente sostenido en prácticas diferentes. En  tercer lugar, hay que detenerse en el papel del Estado, lugar esencial, junto a  la participación, del impulso de la sociedad socialista. En cuarto lugar, hay  que precisar cuáles son los elementos que debieran articular ese socialismo y en  qué se diferencia de las prácticas del socialismo en el siglo XX (con una  enunciación de sus aciertos y errores, del papel del nuevo sujeto plural y de  los problemas que implica un supuesto «socialismo científico»). Por último, está  pendiente establecer cuáles son los valores que hay detrás de lo que vaya a ser  el socialismo en el siglo XXI. Un ejercicio clarificador es comparar los valores  del socialismo en el siglo XXI con las otras grandes concepciones del siglo  pasado: el liberalismo, el socialismo del siglo XX y el neoliberalismo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Nada aporta construir un marco teórico autoalimentado. El  error del materialismo histórico es que terminó siendo un idealismo ahistórico que dio por hecho un  futuro que aún no había pasado. El socialismo no puede entenderse al margen de  las realidades históricas que lo hicieron surgir, de los desarrollos  tecnológicos, políticos, culturales en marcha ni de los actuales procesos que lo  confrontan. Aún más, esas confrontaciones –que llegan incluso al golpe de  Estado– tienen muchas probabilidades de ser las que determinen los contornos de  los socialismos, en ausencia de modelos cerrados. Eso hace aún más urgente el  esfuerzo teórico.</p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">El socialismo como empatía radical</font></b></p> <font SIZE="2">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Si no fuera porque  apenas sería entendido, y aun cayendo en la cursilería sobre la que advirtió  Ernesto Guevara, podríamos resumir la esencia de la organización política  deseable diciendo que socialismo no significa otra cosa que vida social basada  en el amor. Aun siendo cierto que le corresponderá a cada época y lugar  establecer su propio diálogo acerca de qué es el amor, podemos buscar un mínimo  común que nos permita entendernos. Con esta intención, decir amor –o decir aquí  socialismo– es mencionar una empatía social absoluta y desinteresada, la  radicalización de la regla de oro donde cada cual, sin ninguna funcionalidad  escondida, deja de alguna forma de ser, obteniendo al tiempo el increíble  resultado final de ser más. (Le corresponde a Hegel la brillante afirmación de  que amar es dejar de ser para ser más). Quien ama, vive en los demás y así  conjura simbólicamente la muerte. Un amor infinito implica, como bien vieron las  religiones del Libro, una vida inmortal, algo de gran interés para ese <i>homo  sapiens </i>cuya única certeza es que sabe que va a morir. El amor es la forma  más evidente de trascendencia –de «ir más allá», dotando de sentido al finito  ser humano.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, la racionalidad moderna, atenta a sólo lo cuantificable y guiada  por una lógica lineal que condenaba al limbo todo lo que quedase fuera de su  definición de <i>ciencia</i>, fue poco a poco reduciendo el asunto de la  emancipación a los medios e instrumentos, a números, procedimientos y planes  quinquenales. Del mismo modo, en términos de discurso cayó en ejercicios  ingenuos cargados de utopía negativa –no realizable– que ahorraba discutir los  perfiles del futuro, al atribuirle al mañana tan altas cualidades que  empequeñecía el problema de definir cómo se alcanzaba ese fin; igualmente, se  ahorraba complejizar el asunto de la naturaleza humana, evitando enturbiar ese  futuro luminoso. Cuando Lenin, siempre en lucha entre la reflexión y la  práctica, afirmó que socialismo no era <i>soviets más electrificación</i>, sino <i>soviets más cultura</i> ya era demasiado tarde.<sup>1 </sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Que socialismo es amor es una idea que encuentra acomodo en el Sermón de la  Montaña y su prédica de amar al prójimo por encima de todas las cosas. Es lo que  recogió San Agustín cuando afirmó «ama y haz lo que quieras», queriendo dar a  entender que quien ama realmente no hace daño a los demás. El socialismo, al  igual que ocurre con la regla de oro de todas las religiones –no hagas a los  demás lo que no quieres que te hagan a ti– es amor porque es la afirmación de la  empatía como el criterio central de la organización social. Tampoco andaba lejos Marx, siguiendo a Rousseau o interpretando a Aristóteles, cuando pensaba que la  política desaparecería cuando desaparecieran las clases sociales, esto es,  cuando se acabaran las diferencias sociales basadas en el diferente lugar que se  ocupa en la escala de producción. En ese momento histórico, la posición de clase  determinaba buena parte de la existencia social y particular. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">A  día de hoy podemos afirmar que si no hubiera tensiones sociales basadas en  cualquier tipo de desigualdad –y no solamente de clase– la sociedad viviría una  suerte de estabilidad permanente, de manera que esa idea que vincula política  con poder, con coacción, desaparecería. Sin conflicto no hay política. Politizar  es conflictuar, de la misma manera que despolitizar es ahuyentar el conflicto.<sup>2</sup>  Pero decir que socialismo es amor es un presupuesto normativo. El interrogante  que quiera ayudar a la transformación se aleja de lo que significa el socialismo  para preguntarse cómo se llega a él sin traicionar los principios que contendrá  ese futuro. Es más fácil llegar a un acuerdo acerca de esos perfiles ideales que  en torno a las formas de alcanzarlo. Porque, en realidad, decir que el  socialismo advendrá –como en Marx– cuando se dé un alto desarrollo de las  fuerzas productivas y un alto desarrollo de la conciencia no deja de ser una  tautología. Traducido querría decir: cuando estén cubiertas todas las  necesidades y los seres humanos sean ángeles, desaparecerá la política. Por eso,  la única pregunta realmente controvertida no es tanto qué sea el socialismo,  sino cómo es la transición al socialismo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El  capitalismo ha dedicado bibliotecas enteras a la transición de regímenes  autoritarios capitalistas o comunistas a la democracia parlamentaria  capitalista. Pero apenas hay teorización de cómo es la transición del  capitalismo parlamentario al socialismo, especialmente en el siglo XXI.  Convendría entender que el socialismo, como la Itaca del poema de Kavafis, es  más una razón para ponerse en marcha, y menos un modelo prefigurable. Al  socialismo hay que esperarlo siempre, pero hay que contar igualmente con que  nunca va a llegar. Es <i>socialista</i> porque constantemente está abriendo  nuevas sendas. El socialismo real sólo puede existir como adjetivo (permite  decir de algo que <i>es</i> socialista) pero no como sustantivo. De lo  contrario, al socialismo le ocurriría como a Dios: sería una causa demasiado  grande para un resultado necesariamente tan mediocre.<sup>3</sup> </p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Un nuevo lenguaje para un nuevo  socialismo</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">No era el momento,  sabemos hoy, para que los autores clásicos del socialismo pudieran entender que  la sociedad no se va a parar nunca. Vista la evolución del ser humano, podemos  prever que van a surgir siempre <i>diferencias</i> y, por tanto, <i>disidencias</i>  respecto de una realidad que no es absoluta sino representativa, esto es, que no  es leída en su estricta materialidad sino que se tamiza a través de marcos  heredados de la construcción social. Tanta fuerza tienen esos marcos,  especialmente en la era de la comunicación, que cuando un hecho niega el marco,  preferimos negar el hecho. Como reto, se trata de reconstruir esos marcos para  que dejen más espacio a la libertad de conciencia. Es lo que Gramsci llamó  «conquista de la <i>hegemonía</i>» –aunque quizá con intenciones no tan  libertarias–, camino de crear un nuevo sentido común socialista donde la empatía  sea algo inmediato. La hegemonía en el siglo, sin embargo, ha sido la contraria. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Es  cierto que la forma más sutil de construir marcos no es la que planteó el  ministro de Propaganda, Goebbels, cuando afirmaba que una mentira repetida mil  veces fungirá como verdad. Pero el silenciamiento de alternativas, la  recurrencia en afirmar que no hay más solución que la que se está aplicando, la  conversión de los medios de comunicación en los grandes socializadores o la  machacona insistencia en algunas mentiras básicas terminan por construir ese <i> puzzle</i> actual de la hegemonía. Por ejemplo, pese a no tener armas de  destrucción masiva, Sadam <i>tenía</i> armas de destrucción masiva (aún en 2008,  los porcentajes de norteamericanos que así lo creen son altos); pese a ganar  diez elecciones o aceptar el resultado adverso del referéndum constitucional de  diciembre de 2006, Chávez <i>es</i> un dictador; pese a sufrir el acoso de los  poderosos y la dictadura de unos medios de comunicación al servicio de las  élites, Evo Morales <i>es</i> el autoritario por su supuesto indigenismo  radical; pese a Abu Graib, Guantánamo o las cien invasiones realizadas por los  Estados Unidos en el siglo pasado, la Estatua de la Libertad sigue presentándose  como un referente de democracia que no se puede cuestionar sin verse uno a su  vez cuestionado; si protesta el pueblo llano, se habla de ingobernabilidad; si  protestan las clases medias y altas, estamos ante revoluciones de colores.<sup>4</sup> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por todo esto, un paso adelante del socialismo será renunciar a las palabras  heredadas y reconstruir en forma de diálogo los nuevos conceptos con los que  reorganizar la realidad social y también los referentes simbólicos. No caer en  el error de la modernidad de despreciar lo trascendente, ni tampoco abrazar el  irracionalismo, como quisiera una posmodernidad reaccionaria. Desmantelar las  palabras heredadas, reconstruir la realidad con palabras dialogadas, recuperar  el espacio de la plaza pública, vaciándola de tronos, templos y <i>shopping  centers</i>, donde una ciudadanía con iguales capacidades reconstruye los  contornos de su <i>polis </i>desde la perspectiva de la emancipación (la <i> isonomía </i>que reparte derechos de manera igual, y la <i>isegoría</i> que  reparte la posibilidad y la capacidad para que cada cual pueda hacer del ágora  el espacio en donde expresar y construir su propio proyecto de vida). El acceso  a la palabra es la única manera pacífica que tienen los oprimidos para recordar  a los opresores el daño que están haciendo. Lo que no tiene nombre, no existe  (en otras palabras, lo que no se expresa, no tiene efectos sociales útiles para  su transformación).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El  «ni en dioses, reyes ni tribunos/ está el supremo salvador» de <i>La  Internacional</i> requerirá alguna nueva reflexión. No hay que confundir la  necesidad de recuperar la trascendencia, de darle sentido a la vida propia del <i>homo sapiens </i>–el único animal que, como decíamos, tiene la única certeza  de que va a morir–, con abrazar remedios irracionales que en vez de ayudar a la  emancipación la limitan. Insistimos: se trata de despensar para repensar, un  ejercicio nada sencillo pues se tocan cosas profundas y comprometidas para los  seres humanos, como es la religión, la identidad o el nacionalismo. Es  igualmente sensato e insensato poner una estatua nacionalista en Edimburgo con  el rostro del actor Mel Gibson –quien representó al legendario escocés William  Wallace en la película Braveheart–, que pensar que alguna frontera y, por tanto,  un territorio, está dotado de alguna esencialidad que lleve incluso a matar a  quien no la comparta o que permite entender como <i>ilegales </i>o <i>sin  papeles </i>a quienes no sean reconocidos como nacionales propios. Es igualmente  una forma de monólogo que en nombre de un dios se pretenda eliminar la presunta  obra de ese dios, es decir, a otro ser humano. Nos cuesta salirnos de nuestros  marcos culturales para entender la sociedad; ¿no es cierto acaso que, llevemos  flores o alimentos a una tumba, en ninguno de los dos casos van a salir nuestros  deudos a ver y oler las flores o a comer los alimentos?</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Mientras exista la posibilidad de reconstruir intelectualmente la diferencia en  cualquier ordenamiento social, existirán seres humanos que cuestionarán la  existencia de privilegio, sea de clase, género y raza, pero también de edad,  ideología, creencia, opción sexual, estatus, primacía de algún aspecto en la  organización social, etc. Los seres humanos estamos dotados de neuronas espejo,  conocidas como el «ADN del comportamiento». Son las responsables de construir  sobre la base de la imitación la posibilidad de adaptación y supervivencia del <i>homo sapiens </i>(Rizzolatti, 2006). Los animales sociales han sobrevivido  gracias a la reciprocidad, el principal principio de cohesión del grupo. Ese  cumplimiento animal y particular del imperativo kantiano existe incluso entre  los chimpancés, lo que abunda en la idea de que es coherente pensar que existe  de manera más desarrollada en los seres humanos.<sup>5</sup> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como la ley de la entropía no permite vueltas atrás en el tiempo, el socialismo  no puede corresponderse con ninguna forma primitiva de organización social. Como  en las malas películas sobre regresos al pasado, esos planteamientos prefieren  ignorar que cualquier acto del ayer cambiaría el hoy, de la misma manera que el  hoy no puede llevarse al ayer sin transformarlo, sin acompañarlo de la evolución  ya alcanzada (algo obvio en asuntos tecnológicos). Parece razonable, desde un  principio de precaución, no usar semillas transgénicas. No parece razonable,  desde un principio de avance, renunciar al arado por tratarse de un instrumento  «no natural». El socialismo tiene la tarea de construir una organización social  acorde con la condición más evolucionada que significa el ser humano, definiendo  la evolución desde indicadores dialogados. Al tiempo, esa organización estará  signada, como venimos afirmando, por un profundo sentido de la empatía que habrá  de traducirse en un amplio compromiso con lo público y con el establecimiento de  un sistema social donde se garanticen las capacidades para participar de todas y  cada una de las ventajas de la vida social. En los experimentos de Franz de Waal,  el chimpancé maltratado critica el trato desigual, pero eso no hace sin más que  el que recibe el privilegio de la uva la comparta. Muy al contrario, acepta  gustoso la rodaja de pepino que lanza su congénere indignado. Los chimpancés son  brutales con chimpancés de otros grupos y también con los del propio cuando se  cruzan intereses de poder. Los bonobos (chimpancés pigmeos, dos millones y medio  de años más cerca de nosotros que los chimpancés), al contrario, comparten  incluso el alimento con otros grupos y solventan la mayoría de sus problemas a  través de contactos de tipo sexual y no con violencia. Cuando el ser humano es  destructivo es mucho más destructivo que cualquier otra especie. Pero cuando es  generoso, es infinitamente más generoso que cualquier otro animal de la  naturaleza. Y, además, escoge serlo. Los pájaros no son libres. </p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">¿Qué es el socialismo?</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">No es posible seguir  hablando de socialismo sin intentar una definición. De lo contrario, se está  impidiendo que el <i>corpus</i> doctrinal pueda avanzar y construir en ese  entorno algo que se parezca a una comunidad científica ocupada de los  desarrollos del ideario socialista. La discusión histórica sobre el socialismo  suele referirse a posiciones teóricas muy ligadas a posiciones prácticas (así  fue durante buena parte del siglo XIX y del XX con la progresión «Marx y Engels  ® Rosa Luxemburgo ® Lenin<i> à</i> Gramsci ® Luckács» (dejando al lado toda la  corriente revisionista). Ahora, por el contrario, pesan mucho los aspectos  teóricos (aquí surge la referencia a Laclau, Mouffe, el marxismo analítico,  Mészáros, Negri, Dieterich, Moulian, etc.). Sin embargo, creemos que eso es un  error.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Las bases del socialismo del siglo XXI como movimiento no son teóricas sino, muy  al contrario, beben de realidades bien concretas –esto siempre es así, pero se  pierde de vista en los análisis de grandes plazos y grandes estructuras . E  incluso, los referentes teóricos más influyentes han estado mucho más cerca de  coyunturas concretas que de discusiones de libros sobre libros. Las bases del  socialismo del siglo XXI hay que buscarlas (aun sin ánimo exhaustivo) en los  siguientes sucesos y en las reflexiones que abrieron: el derrocamiento de la  Primavera de Praga en 1978 por las fuerzas del Pacto de Varsovia; la creación  del sindicato polaco disidente Solidaridad en los astilleros de Gdansk, en 1980;  las victorias de la derecha en Europa y Estados Unidos (Juan Pablo II-1978;  Thatcher-1979, Reagan-1980, Kohl-1981); la caída del Muro de Berlín de 1989; el  nombramiento de Carlos Salinas en México en 1988, de Carlos Saúl Menem en  Argentina y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, ambos en 1989; la pérdida del  poder de los sandinistas en 1990; la enunciación del <i>Consenso de Washington </i>en 1990; la disolución de la URSS en 1991; el levantamiento zapatista de  1994; la fundación en 1980 de Los Verdes en Alemania (con las banderas del  socialismo, el ecologismo, la democracia de base, la no violencia y el  antiautoritarismo); el desarrollo de la teología de la liberación, con la fecha  emblemática de 1973, cuando el peruano Gustavo Gutiérrez Merino editó el primer  libro sobre el tema <i>Historia, política y salvación de una teología de  liberación </i>(que obligaría a pluralizar el sujeto); etc.<sup>6</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero a día de hoy, y a diferencia de lo que ocurre con otras ideologías que  tienen una referencia mínima compartida, la divergencia dentro del campo  socialista es enorme. Es factible que el socialismo implique para unos la  existencia de una vanguardia que marque el rumbo social, para otros la  reivindicación de la clase obrera como sujeto de la transformación, más allá, la  redistribución de la renta y la supresión de la herencia, para otros la  abolición de la explotación a través de la propiedad pública de los medios de  producción, para aquéllos reformismo, para éstos revolución, para unos  austeridad medioambiental, para otros inclusión multicultural, en otra  dirección, partido único y retórica obrera y campesina en un contexto económico  capitalista, al igual que habrá quien apostará por una mezcla de todos estos  elementos, y así hasta el infinito de la indefinición. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por nuestra parte, entendemos que una sociedad socialista es: <i>un sistema de  organización social, política, normativa, económica y cultural que busca la  libertad y la justicia, armonizando para ello los recursos materiales,  institucionales e intelectuales de la sociedad, con el objeto de conseguir la  igualdad de capacidades personales, la libertad de individuos y colectivos, la  solidaridad entre los miembros de la comunidad, la defensa de las diferencias,  el respeto medioambiental, la paz entre las naciones e iguales condiciones para  todos los pueblos del mundo</i>.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hablamos de «igualdad de capacidades» entendiéndola como una fórmula superior a  la igualdad de oportunidades –que no garantiza el resultado o la igualdad de  resultados– que, aún siendo superior, por lo común es una entelequia no  realizable o bien supondría una homogeneización que robaría la libertad  individual y no contemplaría la necesaria corresponsabilidad de las personas en  su destino. La igualdad de capacidades es una fórmula superior al «a cada cual  según sus necesidades y de cada quien según sus posibilidades» por, al menos,  dos razones. En primer lugar, es menos autoritaria –de cada cual según sus  posibilidades implica una exigencia, un hecho de fuerza al margen de la voluntad  de los individuos; por otro lado, el «a cada cual según sus necesidades» desresponsabiliza y, con ello, roba dignidad a las personas, cayendo en formas  de paternalismo que limitan la libertad individual.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Vivimos en una época confusa, propia de momentos de <i>crisis </i>(de peligro y  de oportunidad, como rezan los dos ideogramas con que los chinos escriben la  palabra), una época de frontera con sombras de lo viejo y apenas albores de lo  nuevo. De <i>transición paradigmática </i>(De Sousa Santos, 2005a), con el  añadido de que salimos de un paradigma, el conformado por la modernidad, el  desarrollo de los Estados y la implantación del capitalismo, pero sabemos que ya  no van a existir nuevos paradigmas totales, modelos o esquemas invariables de  comportamiento que alimenten la praxis. Al fondo del túnel hay una luz, pero esa  luz, como un sensor de movimiento, se enciende cada vez que se actúa. Va a ser  el movimiento, además, el que determine si esa luz va a ser onda o partícula, el  que marque su posición y su velocidad, el que defina su color y frecuencia. No  se trata de enrevesar las cosas con análisis oscuros, sino de no simplificarlas.  Si la física de Newton se complejizó con la física de Einstein, nuestras  sociedades deben saberse sumergidas en la misma nueva lógica que relativiza todo  lo anterior. Gestionar los nuevos modelos de matrimonio genera mayores  complicaciones burocráticas al Estado. Pero reducir esa complejidad por culpa de  la complicación administrativa que implica supone simplificar la vida social.  Calzar a la fuerza zapatillas, como los príncipes caprichosos de los cuentos,  hace sangrar los pies de las candidatas y, siguiendo con la metáfora, también al  cuerpo social.</p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2"> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Aprendiendo de los errores del  pasado</font></b></p> <font SIZE="2">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">El socialismo del  siglo XXI no es una mera referencia cronológica vacía (en el siglo XXI, es obvio  que el socialismo que se construya habrá de pertenecer a esa época), sino una  metáfora que recuerda que lo sustantivo permanece (el socialismo como  organización que supere el capitalismo) y lo adjetivo cambia (lo que quiere  significar que el contorno que adquiera en el siglo XXI va a ser diferente del  socialismo del siglo anterior). Esto es, va a hacerse al andar, como el camino  machadiano, y la única carta de navegación que ha legado el socialismo anterior  es la que recoge la esperanza de transformación que acumula, su compromiso  inicial con la democracia y, principalmente, los errores que no deben volverse a  cometer. Esto no constituye ningún problema epistemológico. Muy al contrario.  Saber lo que no debe hacerse marca un programa de actuación política superior  teóricamente a un programa que quisiera decir <i>a priori </i>lo que debe  hacerse.<sup>7</sup> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Cuando el joven Gramsci publicó «La revolución contra <i>El capital</i>» (apenas  un mes después de la revolución de octubre de 1917) sentaba las bases para  afirmar que las revoluciones, como procesos violentos que tumban las estructuras  de un país, no esperan a los teóricos. Pero bien sabía también el que fue  secretario general del Partido Comunista de Italia que la teoría era bien  relevante para orientar la praxis posterior. En esa dirección, podemos afirmar  que en los procesos de implosión del antiguo régimen, las explicaciones sobre  las base de la voluntad de los actores son muy relevantes, mientras que en la  fase de construcción del nuevo modelo, cuando los cambios permiten empezar a  hablar de transformaciones reales, las variables explicativas y orientadoras de  estos momentos son las variables estructurales, las condiciones materiales, el  grado de desarrollo, el nivel de la consciencia de lo colectivo, entre otros  aspectos profundos y que reclaman procesos lentos.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Es  cierto que las transformaciones profundas pueden darse en países donde no hay  madurez del capitalismo ni del Estado ni de la modernidad (dejemos como  hipótesis que es precisamente en esa debilidad en donde están las explicaciones  de por qué surge ahí el cambio brusco). Se trata de una reedición de la teoría  del <i>eslabón más débil</i>. Ahora bien, igualmente sabemos que si los marcos  teóricos marxistas –especialmente los del siglo XIX– no explicaron las  revoluciones en el siglo XX, hubieran sido de extrema utilidad para orientar la  fase de consolidación. Sabemos que Lenin reelaboró <i>ad hoc</i> y de manera  interesada el marxismo para adaptarlo a su análisis/deseo vanguardista de  acelerar la revolución (<i>historicismo estructuralista</i> lo ha llamado Tomás  Moulián [2001]). Esa renuncia a la teoría y la elaboración de análisis que  reinterpreten la teoría para ajustarla al momento histórico preparó el camino a  Stalin (por ejemplo, para justificar el socialismo en un solo país, la  colectivización forzosa, el Gulag, la eliminación de los disidentes). Sabemos  que el Che Guevara creyó, con mucho heroísmo, que la falta de subjetivismo en  países atrasados podía compensarse con lucha armada. Dejó su cuerpo en la  escuelita de la Higuera y los mil Vietnam anunciados no consiguieron los  resultados esperados. Sabemos que los movimientos guerrilleros confiaron en que  el ejemplo de abnegación iba a bastar para llenar sus filas de voluntarios. El  resultado fue, en no pocos casos, repetir comportamientos de aquellos contra los  que se peleaba. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hoy sabemos que hay una gran verdad en la consideración de que hace falta una  cierta madurez para que los cambios cuajen. Una madurez que no se mide en  desarrollo económico, sino en consciencia de lo colectivo, de lo público. El  Estado social ha sido un gran educador de comportamientos ciudadanos. Una  estructura fiscal permite una redistribución socialista. Pero en ausencia de esa  conciencia de lo público, el Estado puede convertirse, aun en manos de quienes  pretender crear el socialismo, en un <i>Dorado</i> sometido a la rapiña de los  que nunca pudieron aprender que lo que es público es de todos y no de nadie. El  mercado educa en la lucha de todos contra todos. Las colas y la atención por  orden de llegada en los servicios públicos, por el contrario, educan en  ciudadanía. Ese tránsito reclama instituciones eficaces y valores compartidos. Y  los valores nunca se consolidan antes de que pase, al menos, una generación.</p> </font> <font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2"> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">¿Cómo empoderar al pueblo? Cambiar  la sociedad transformando el Estado</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">Los bolcheviques en  1917, sobre la base de una interpretación del planteamiento marxista extraído de  la Comuna de París, decidieron que era necesaria una fase de <i>dictadura del  proletariado </i>para, desde un nuevo Estado al servicio del pueblo, empoderar a  una población mayoritariamente campesina y socializada en el capitalismo  depredador, egoísta y fragmentador (aunque es importante entender que el  concepto de <i>dictadura,</i> en ese momento, no significaba lo que hoy  entendemos al respecto). Casi un siglo después, la pregunta sigue abierta pese a  que aquella respuesta difícilmente puede ser de nuevo asumida. ¿Es posible una  transformación democrática por la vía electoral en países sin sociedades civiles  fuertes? ¿Es justo aplicar un <i>Estado temporal de excepción </i>con el fin de  reforzar esa sociedad debilitada? ¿Es posible sin una voluntad determinada  romper las estructuras creadoras de exclusión vigentes durante siglos? En  sociedades desestructuradas, es decir, sociedades por las que ha pasado el  vendaval neoliberal sin haber pasado antes con fuerza la lluvia del Estado  social y democrático de derecho, el riesgo de pretender sustituir esa falta de  instituciones y valores colectivos con comportamientos <i>despóticos ilustrados </i>(la dictadura del proletariado o, en el caso de hoy, una dictadura del<i> «pobretariado» </i>o, incluso, una<i> dictadura </i>de la <i>ciudadanía</i> o de las<i>  multitudes</i>) es muy alto. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Se  ha repetido que en unas elecciones se toma el Estado pero no se toma el poder;  es decir, por un lado, los espacios de poder real van más allá del aparato del  Estado; por otro, el Estado, como esa institución que reclama el monopolio de la  violencia física legítima, no responde igual a Gobiernos afines, a lo que Bop  Jessop (2003) llama «selectividad estructural» del Estado (comportamientos no  determinados pero que son los que tradicionalmente han puesto en marcha), que a  aquellos que cambian formas, actores o receptores de las políticas públicas.<sup>8</sup>  En el caso reciente de América Latina, todos los nuevos Presidentes han  expresado su queja ante la imposibilidad de manejar el aparato estatal heredado  para ponerlo al servicio de los nuevos Gobiernos, las nuevas Constituciones o  las nuevas políticas. Una vez constatado esto, la tentación es reforzar la  capacidad de acción para poder cumplir los objetivos que, con ingenuidad, se  pensaba que podrían alcanzarse desde el aparato estatal. Una vez más aparece la  dicotomía entre eficacia y democracia. Tomarse mayores atribuciones que las que  se corresponden con un Estado de derecho con el fin de enrumbar el país hacia la  democracia. Es la idea de la <i>dictadura del proletariado </i>como refuerzo del  poder con el fin de debilitar el poder.<sup>9</sup> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero ya sabemos que la respuesta dada en forma de dictadura del proletariado  trajo más problemas que soluciones ¿Cómo empoderar al pueblo que tiene que  hacerse cargo de sus propios destinos si no tiene ni la capacidad ni, quizá, el  interés de organizar su propia vida? ¿Cómo contrarrestar la presión de las  oligarquías, la financiación de la desestabilización –incluida la cooptación de  militares venales–, la tarea permanente durante decenios de las empresas de  medios de comunicación y de la jerarquía eclesiástica? No es sólo un problema  teórico. También es un problema empírico.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En  términos históricos está también el ejemplo del neoliberalismo, que primero se  hizo con el control del Estado para después obrar una mutación del mismo desde  su sala de mando (es así como se inició el ataque al Estado social y democrático  de derecho). Optar por la deriva «despótico ilustrada» desde posiciones  socialistas puede ganar el favor de los pobres –siguen dominados pero ahora ven  esperanza–, pero generaría paternalismo y, además, alejaría a las clases medias,  muy necesarias en la tarea de consolidación socialista (les corresponde a ellas  una parte relevante de la gestión administrativa y económica que ayude a salir  de la escasez y los cuellos de botella). Además, cuando se habla de valores,  están las consideraciones morales. El fin no justifica los medios. No puede  construirse el socialismo sin socialistas o, como se suele recordar, el  socialismo no se decreta.<sup>10</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Atendiendo de nuevo a la historia, hemos aprendido que pequeños pasos en una  dirección consolidan en el medio y largo plazo esa dirección. En sociedades  desestructuradas, la tarea esencial en la construcción del socialismo no está en  crear formas autoritarias previas que faculten para empoderar al pueblo, sino  que consiste en dar de inmediato instrumentos conceptuales que obliguen  –obliguen– a la corresponsabilización popular en las transformaciones. La tarea  de un fuerte liderazgo es, sin duda, esencial en esta fase. Sólo un referente  carismático incuestionado puede aunar las fuerzas de cambio en esta fase de  transición. Pero ese liderazgo tiene que tener legitimación legal-racional y no  legitimación carismática (en términos weberianos). Igualmente, una buena teoría  al respecto no puede caer en generalizaciones que ignoren las diferencias entre  democracias parlamentarias consolidadas y democracias en construcción que,  además, pretenden una nueva institucionalidad. El papel de los liderazgos  carismáticos –Chávez, Lula, Morales, Correa– se corresponde con fases diferentes  de procesos políticos a veces similares, pero otras no conmensurables. De lo  contrario, se volvería a caer en las tesis de la <i>modernización </i>o del <i> take-off </i>(el despegue) que establecían una senda única y necesaria para la  construcción de la democracia. No se trata de ir desde la teoría a la realidad,  sino de armar desde la realidad una nueva teoría.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Es  cierto que en momentos de «acumulación política originaria» (encargada de  construir una nueva institucionalidad inclusiva), las reglas no están cerradas.  De ahí que los «padres fundadores» de prácticamente cualquier nación fueron  inicialmente acusados de terroristas. Pero esto no puede llevar a una asunción acrítica del liderazgo, pues sería recuperar por la puerta de servicio el papel  de las vanguardias arrojado por la ventana tras la experiencia del siglo XX. La  solución pasa por un pueblo movilizado capaz de poner diques al torrente del  liderazgo y de crear una nueva institucionalidad. En vez de la <i>dictadura del  proletariado</i> estaríamos ante una suerte de <i>legislatura del pobretariado</i>  o de las <i>multitudes</i>: un momento audaz y determinado de superación del  viejo modelo en busca de la inclusión de los tradicionalmente excluidos, pero  que opta por <i>legislar</i> en vez de <i>dictar</i>.<sup>11</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En  la fase actual de construcción de la emancipación en América Latina es tan  necesaria la figura del liderazgo fuerte como inexplicable debiera serlo en la  fase de consolidación. Esto no significa, insistimos, asumir de ninguna manera  cheques en blanco para el liderazgo –estamos refiriéndonos a un líder fuerte, no  a un dictador, ni siquiera amable–, algo por otro lado impensable en términos  reales gracias a las actuales Constituciones vigentes y la falta de apoyo  popular que tendrían esas pretensiones. Por otro lado, ese liderazgo debe tener  como principal tarea crear todo un plantel de personas capacitadas para el  relevo. Toda la discusión acerca del cesarismo democrático de corte gramsciano  es pertinente aquí. Y una vez más, explota el dilema entre la deliberación y la  decisión.<sup>12</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Salvados los momentos de convulsión correspondientes a la fase de cambio, el  liderazgo sólo podrá ejercerse cuando realmente esté en sintonía con el pueblo,  correspondiéndole la obligación de entregar instrumentos al pueblo para su  autodeterminación y obrar con estricta transparencia (mandar obedeciendo). Por  el contrario, cuanto más insistan las oposiciones en los intentos extraconstitucionales de derribar a los Gobiernos del cambio, más se reforzarán  los liderazgos como forma necesaria de resistir los embates del antiguo régimen.  La teoría del Estado ha demostrado que el nacimiento de los Estados está muy  vinculado a la competencia entre señores feudales con similares pretensiones.  ¿Puede la teoría política ignorar el hecho de que los «enemigos» forman parte  esencial de la construcción de un movimiento? ¿Acaso puede pensarse el  socialismo en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia sin entender y analizar el papel  de las oposiciones en esos países? El enquistamiento social en un tablero de  empate técnico configura un escenario muy desafortunado para el desarrollo  democrático. La mejor forma de superarlo es con educación, de manera que una  mayor conciencia determine amplias victorias electorales que dirijan el Gobierno  y puedan usar el Estado, que entiendan la importancia de la movilización popular  y contrapongan ideas a las hegemónicas del monopolio mediático mundial del que  ya se quejaba la Unesco hace más de treinta años. El gasto público educativo en  un país pequeño como Venezuela –en torno al 5 por ciento del PIB– muestra la  dirección correcta y correctora en el medio plazo de un liderazgo que no  necesita repetir en el siglo XXI las gerontocracias soviéticas o la peculiaridad  histórica cubana. Como hemos dicho, la apuesta de Chávez por el socialismo y no  por el «chavismo» es una señal de coherencia ideológica que igualmente invita al  optimismo, ya que esa decisión sitúa a Chávez lejos de, por ejemplo, el cinismo  de Perón, que permitía en sus filas personas de extrema izquierda y de extrema  derecha, anarquistas o fascistas siempre y cuando fueran «peronistas». Sin  embargo, el surgimiento en Venezuela de un sector cortesano que juega al  autoritarismo mientras se enriquece con prácticas corruptas da una señal de la  necesidad permanente de controles sociales y tribunales independientes y con  coraje, incluso en el caso de un liderazgo democráticamente productivo como el  de Hugo Chávez.<sup>13</sup></p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Errores y aciertos del socialismo  del siglo XX</font></b><sup><font size="2">14</font></sup></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">El socialismo del  siglo XX ha brindado un mapa de navegación al socialismo del siglo XXI. Según  esta bitácora, el socialismo del siglo pasado tuvo cuatro rasgos: eficiencia,  heroísmo, atrocidad e ingenuidad. La eficiencia tiene que ver con su capacidad  para incorporar una parte considerable de la humanidad a la modernidad (la Rusia  feudal, la China imperial, zonas deprimidas de Centroeuropa, África o Asia). Su  atrocidad, la que configura el libro negro del llamado con abuso «socialismo  realmente existente», y que tiene que ver con el Gulag, los Muros, las purgas,  los presos políticos, la falta de democracia representativa, la creación de  enemigos del pueblo, la eliminación de la disidencia, etc. Valga recordar, sin  embargo, que los más ortodoxos, como bien recuerda la historia de la  Inquisición, siempre son los más exagerados en sus comportamientos.<sup>15</sup> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero el socialismo del siglo XX también reclama recordar su heroísmo, callado  con intención culposa, y que tiene como gesta para la humanidad el haber frenado  al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial –de los 50 millones de muertos de  la contienda, 20 millones fueron ciudadanos soviéticos–; igualmente el haber  puesto con frecuencia los muertos, los presos, los torturados en las luchas  contra las dictaduras y en las peleas por la democratización. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero de lo que se  habla menos es de la <i>ingenuidad</i> del socialismo durante el siglo pasado  (ingenuidad entendida como una solución simple aunque bien intencionada a  problemas complejos que no se solventan cambiando el análisis sobre la  naturaleza humana). El socialismo del siglo XX fue ingenuo por cinco grandes  razones:</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">1. Por creer que  	bastaba asaltar el aparato del Estado para, desde ahí, cambiar el régimen  	social. Esa ingenuidad está en el propio Marx pues, tan convencido estaba  	que después de derribado el capitalismo vendría un reino de armonía, que no  	se detuvo a desarrollar ni una teoría de la transición ni de la justicia ni  	del Estado a la altura de los retos que vendrían. Una vez alcanzado el poder  	en la estela de su pensamiento, todo fue improvisación, y de ahí que Lenin  	decidiera interpretar en cada momento el rumbo del proceso, mientras que  	otros marxistas le reprochaban las prisas y el no adecuarse a los ritmos  	marcados por Marx, convertido en oráculo.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">2. Por creer que  	bastaba con la creación de un partido único, regido por el centralismo  	democrático (la información circula de abajo arriba y las órdenes de arriba  	abajo), para regular la sociedad y dar respuesta a sus evoluciones o aunar  	sus diferentes voluntades. Sólo pensándose que hay una sola verdad y que se  	está en posesión de la misma puede postularse la existencia de un partido  	único.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">3. Por creer que  	nacionalizando los medios de producción y controlándolos desde el Estado se  	podrían satisfacer las necesidades sociales de manera más eficaz y abundante  	que en el capitalismo (en este caso, leyendo mal a Marx, el trovador más  	apasionado del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas).  	Nacionalizar los medios de producción no significa socializarlos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">4. Por creer que  	lo que servía para Rusia podía trasladarse a otros países con trayectorias  	diferentes, historias diferentes, cosmovisiones diferentes (es la amargura  	de un Mariátegui alertando a los ortodoxos de la necesidad de un marxismo  	latinoamericano que no fuera «ni calco ni copia» del soviético).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">5. Por creer que  	un crecimiento ininterrumpido traería un reino de la abundancia que  	terminaría con todos los problemas humanos y sociales, ignorando la  	necesidad humana de trascendencia, el agotamiento del planeta y los  	problemas del productivismo heredado por la modernidad. En la misma  	dirección, por incorporar la idea del <i>fin de la historia</i> y no  	entender que el socialismo también es histórico y que, por tanto, cambia con  	las sociedades, debiendo estar abierto para incorporar nuevas necesidades  	(por ejemplo, la sensibilidad ecológica.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En  conclusión, el socialismo del siglo XXI debe enmendar todos esos errores  complejizando los simples análisis que en el siglo pasado llevaron a cometer  acciones políticas que hoy podemos leer como contrarias a un sentido común  emancipador. O expresado de manera más clara: el socialismo no puede construirse  solamente desde el Estado, y mucho menos desde el Estado burgués; la  instauración de un sistema de partido único es una simplificación de la  organización humana que asombra por su grosería; la estatalización de todos los  medios de producción, incluso los más básicos, es igualmente, tras cinco siglos  de capitalismo, una simpleza que condena al estrangulamiento económico (nunca,  insistimos, se logró crear formas de propiedad social no estatal). Por último,  la separación entre socialismo científico y socialismo utópico hurtó a la  izquierda aquellos aspectos de la vida humana (curiosamente los más  gratificantes) que, por no ser materiales (amor, amistad, armonía, empatía,  etc.) quedaron fuera de foco y fueron tirados por la borda con el rechazo al  autoritarismo y la manipulación histórica realizada por las religiones.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De  cualquier forma, el socialismo del siglo XXI mantiene el sustantivo. Es  socialista porque se sitúa de manera clara y definida contra el capitalismo y la  explotación que conlleva, incorporando a la transformación cualquier tipo de  dominación (además de la de clase, de género y de raza, la medioambiental, la  sexual, la generacional, etc.). En este sentido, el socialismo mantiene su  condición de <i>aguafiestas</i> de la orgía prometida por el capital, ese <i> populismo del libre mercado</i> según la feliz expresión de David Harvey. El  capitalismo promete a la humanidad una vida de reyes, garantizándolo solamente a  unas minorías pero consiguiendo la aceptación del sistema gracias a esa simple  promesa incumplida durante siglos (injusto sería no decir que allí donde la  promesa deja de ser eficaz, el monopolio de la violencia física, legítima o  ilegítima, pasa a ocupar el lugar de los argumentos). La condición de  aguafiestas se radicaliza con el agotamiento del planeta. Allí donde ayer el  socialismo prometió una sociedad de abundancia que el capitalismo era incapaz de  proveer, hoy se ve en la obligación de exigir la austeridad como propuesta de  organización social, una vez constatado que ya hemos devorado medio planeta  Tierra que no es recuperable. Es en esa condición de <i>aguafiestas </i>en donde  el socialismo debe encontrar la razón más simple de la necesidad de la alegría,  pues un socialismo que recuerda el dolor no puede ser causante de dolor, además  de que un socialismo triste es un triste socialismo.<sup>16</sup></p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Hacia una teoría de la justicia  socialista: clarificar el liberalismo</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">Un aspecto  desconsiderado por el socialismo del siglo XX, pero que se convierte en una  exigencia en el siglo que comienza, es establecer la superioridad del socialismo  con los presupuestos filosóficos del liberalismo (el debate no puede permanecer  más tiempo en el estricto espacio economicista sin riesgo de caer en un  reduccionismo estéril y desalentador). Para la construcción del socialismo es  necesario previamente establecer en qué medida el socialismo puede competir con  la teoría liberal, yendo más allá del debate en la arena económica respecto a su  capacidad de satisfacer las necesidades sociales. Si bien es verdad que no hay  un único liberalismo, los rasgos que se suelen presentar para ponerlo a competir  con el socialismo serían los que se corresponden con su tradición emancipadora.  Esos rasgos serían:<sup>17</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">1. Todas las  	personas nacen libres e iguales.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">2. Respeto a las  	elecciones autónomas de las personas.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">3. Defensa de una  	noción fuerte de derechos individuales.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">4. Consideración  	de la democracia representativa como límite del poder (de un monarca pero  	también de las mayorías organizadas sobre bases corporatistas o sobre la  	definición universal de la clase obrera).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">5. Comprensión  	del Estado como árbitro neutral.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">6. Postura «antiperfeccionista»,  	es decir, rechazo a esa idea según la cual lo que es bueno para uno se  	define independientemente de lo que el mismo individuo opine al respecto (un  	planteamiento que afecta tanto a la izquierda como a una idea de dios  	omnisciente y omnipotente).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">7. También tiene  	una vis antiautoritaria, ligada desde sus orígenes a la lucha contra el  	despotismo.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero lo cierto es que hay un liberalismo conservador, que ha sido muy relevante  a la hora de prestar argumentos a la hegemonía política actual y que aparece  recurrentemente cuando los excluidos de la promesa liberal reclaman un sitio en  la mesa. Los rasgos de ese liberalismo conservador serían los siguientes:</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">1. Elitismo:  	pocos derechos, escasa participación popular y un Estado mínimo y represivo  	que garantice la propiedad privada y el orden existente.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">2. No consideran  	un problema el monopolio y mucho menos la empresa que decide sobre la vida  	de los ciudadanos sujetos a su lógica.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">3. Su comprensión  	de los derechos, utilizando la expresión de Isaiah Berlin, es como derechos  	negativos (derechos de no interferencia, no derechos que capaciten y que  	impliquen redistribución del Estado, sino que no impidan la libertad de los  	individuos).<sup>18</sup> Naturalizan los azares sociales o naturales y los  	convierten en injusticias sociales legítimas. Su crítica al Estado se dirige  	sólo a cuando éste palia esos problemas (cuando es un Estado  	intervencionista redistribuidor). Para esta concepción, que el Estado  	mantenga las cárceles o mantenga el aparato de justicia no es  	intervencionismo estatal.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero la riqueza del pensamiento liberal permite que exista otro liberalismo, en  este caso igualitario. Sin embargo, como insiste Roberto Gargarella, el  igualitarismo termina siendo adjetivo y no sustantivo incluso en este  liberalismo:</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">1. Es difícil  	encontrar a un liberal preguntándose quién va a cargar con el peso de un  	plan de ajuste o abriendo un debate sobre de qué van a tener que prescindir  	los que menos tienen.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">2. En cualquier  	caso, un liberal le da prioridad a los derechos civiles sobre los sociales,  	de manera que la participación popular le molesta, pues puede devenir en  	«interferencia de las mayorías».</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">3. No repara en  	que hay aspectos que se repiten socialmente, no porque sean deseados  	realmente, sino porque se analizan individualmente (el ejemplo claro es que  	la gente ve telebasura al tiempo que la critica invariablemente).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">4. No existe en  	el liberalismo un entramado que conecte al constituyente con sus  	representantes. Esto es así por su epistemología elitista, donde la libertad  	está en lo privado y los representantes saben mejor que los representados lo  	que conviene al <i>cuerpo </i>de la nación. Según este planteamiento, las  	decisiones las toman mejor unos pocos que las masas. El poder constituyente  	se congela como poder constituido y se desactiva.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">5. Por eso el  	liberalismo, en su vertiente igualitaria, confía en los <i>checks and  	balances</i>, los pesos y contrapesos. Sin embargo, estos equilibrios no son  	neutrales, de manera que la condición de clase que suele representar la  	judicatura o el vaciamiento de ideologías críticas de los legislativos  	terminan por frenar la voluntad mayoritaria.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">6. Igualmente,  	separan representantes y representados, priman el Poder Judicial, evitan la  	discusión pública participada y rechazan una «excesiva» participación.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">7. Por último,  	tienen dificultades para asumir que la desigualdad social real implica la  	necesidad de operar desigualmente para compensar esa situación  	desequilibrada. No saca las conclusiones correctas del hecho de que el  	Estado ha sido históricamente un aparato de clase y, por tanto, también el  	Poder Judicial, los parlamentos, los Ejecutivos, así como los aparatos  	ideológicos y militares que los alimentan o defienden.</p> 	</font>     <p align="justify"><b><font size="2">Socialismos del siglo XXI</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">Desde esta  perspectiva, una filosofía política para el socialismo del siglo XXI debiera  incorporar una serie de presupuestos capaces de competir con la hegemonía  liberal (que no con la neoliberal, un ejercicio quizá excesivamente sencillo<sup>19</sup>).  El socialismo del siglo XXI, desde la filosofía política, debiera establecer los  siguientes aspectos:</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">1. Insistir en la  	condición dual del ser humano, con su <i>gen egoísta</i> y su <i>gen  	solidario</i>, siendo este último una garantía biológica de supervivencia  	para ese mamífero desvalido que es el ser humano, y un elemento de  	consciencia que permita otorgar sentido a la vida. La búsqueda de la  	inclusión y del autogobierno no pueden, por tanto, entenderse al margen de  	la inclusión y el autogobierno universales.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">2. Entender que  	el «hombre nuevo» es el hombre viejo en nuevas circunstancias. De ahí que  	una diferencia esencial con el liberalismo esté en un diseño institucional  	al que se le da mucha relevancia y que no puede ser replicado a partir de  	modelos eurocéntricos. Para el socialismo, las instituciones tienen valores  	(no son neutrales). Y dentro de las instituciones, son de gran relevancia  	aquellas que permiten la libre comunicación (principalmente, los medios  	alternativos y las formas deliberativas de democracia).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">3. El  	autogobierno individual está vinculado a la autodeterminación social (si no  	hay condiciones básicas, ¿cómo va una persona a autogobernarse?). De ahí que  	haya que rechazarse el «vota y no te metas en política». Para el socialismo,  	lo político no se puede reducir a los «grandes momentos», sino que la  	ciudadanía debe estar constantemente activando su condición de «poder  	constituyente».</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">4. No se basa en  	comportamientos virtuosos individuales (por ejemplo, que un empresario con  	conciencia social pague un salario digno a sus empleados). En la sociedad  	hay costos muy altos por expresar opiniones discordantes, de manera que es  	necesario un diseño institucional para evitar situaciones de castigo (como  	recuerda Gargarella, los que abren camino con opiniones novedosas o con  	comportamientos nuevos o que reclaman un nuevo orden de cosas suelen pagar  	un precio alto por sus iniciativas). Para ello deben abrirse mecanismos de  	deliberación y decisión colectivas, ya que así, aireando los problemas en la  	opinión pública, resulta más difícil que los individuos persigan su mero  	interés. Las contralorías sociales crean límites sociales que son como  	fronteras, <i>aduanas</i> donde se paga un alto peaje por la búsqueda de  	cualquier privilegio.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">5. La igualdad  	debe considerarse como de influencia y capacidades. Deben brindarse las  	bases de sanidad, educación, libertad y justicia que permitan que la  	ciudadanía se corresponsabilice de sus decisiones pero que, al tiempo, tenga  	una verdadera opción material para poder planteárselas.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">6. El socialismo  	da un paso más allá del igualitarismo de un Rawls, que soporta la diferencia  	ética porque beneficia a terceros. Eso significaría que se está pagando «un  	precio» (asumiéndose una contradicción) por la igualdad. Pese a que pueda  	favorecer a otros, esa diferencia significa que habría gente con más  	capacidad que otros de marcar los asuntos colectivos. Y eso es contrario al  	socialismo.<sup>20</sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">7. La propiedad  	privada no tiene la misma fascinación para un socialista que para un  	liberal. Por el contrario, en el siglo XXI ha entendido finalmente que hay  	derechos individuales de gran valor que la izquierda no entendió durante el  	siglo pasado, despreciándolos al catalogarlos como «derechos burgueses» o  	«individuales» (<i>habeas corpus</i>, libertad de expresión, de residencia,  	de movimiento, inviolabilidad de la correspondencia, del domicilio, etc.).  	De ahí que el socialismo del siglo XXI tenga mucho de «republicanismo de  	izquierdas», donde la libertad no es un pago a considerar a cambio de  	mayores cotas de igualdad.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">8. Como gran  	diferencia con el liberalismo, desde posturas socialistas se asume la  	existencia de derechos colectivos y de grupos desaventajados, lo que implica  	asumir que hay una desigualdad de partida. En la misma dirección, el  	socialismo no puede aceptar el principio liberal de compartimentar o dividir  	y jerarquizar los derechos, con el fin de separar los civiles y políticos de  	los sociales y quitarle a estos últimos relevancia o postergarlos. El  	liberalismo, como filosofía política del capitalismo, tiene claro que sin  	explotación no hay beneficio y que, por tanto, cualquier forma de  	redistribución va al corazón del sistema.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">9. Por último,  	hay un posicionamiento respecto de la política real. El socialismo entiende  	los cambios sociales en su complejidad, prestando atención a la praxis, en  	este caso a la necesidad de crear las condiciones para que pueda operar el  	modelo que defiende. El socialismo no puede quedarse al margen del  	establecimiento de situaciones en donde el objetivo socialista sólo es  	posible limitando de manera radical las posibilidades que tienen los  	privilegiados de impedir cualquier cambio social. Esto, como hemos planteado  	anteriormente, no es un certificado para saltarse la legalidad en nombre de  	la legitimidad –uno de los principales errores del socialismo del siglo XX–,  	sino de entregar de manera real y efectiva el poder constituyente a su  	depositario, esto es, al pueblo consciente y organizado.</p> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Desbordar el Estado, desbordar el  capitalismo, desbordar la modernidad: una estrategia diferente para un  socialismo diferente</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">Si las tres grandes  autopistas que nos traen a la actualidad son el desarrollo de los Estados  nacionales, el pensamiento moderno y el desarrollo capitalista, en la superación  de estos tres procesos está una parte sustancial de la construcción del  socialismo. Nótese que el socialismo del siglo XX, muy al contrario, fue  profundamente estatista (el <i>Estado total</i> que permite hablar de <i> totalitarismo</i>), fue capitalista en cuanto a la explotación y alienación de  los trabajadores (todo lo relacionado con el capitalismo de Estado) y  eminentemente moderno (lineal, productivista, machista, colonial, depredador de  la naturaleza, basado en una idea simple de progreso, etc.). Superar estos tres  caminos crea un programa aproximado para empezar a trazar las políticas del  socialismo del siglo XXI.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El  Estado fue la palanca esencial tanto del reformismo socialdemócrata como de la  revolución comunista. Como plantea Boaventura de Sousa Santos, el reformismo fue  posible mientras el Estado era el sujeto y la sociedad el objeto. Con el  neoliberalismo, el Estado se convierte también en objeto de la reforma, de  manera que el reformismo se convierte en algo imposible pues, en verdad, ya no  existe la palanca tradicional que lo impulsó. De la misma manera, la revolución  pierde sustento al faltarle el horizonte hacia donde encaminar esa  transformación radical. Una cirugía masiva sin conocer el postoperatorio no  parece muy prudente. Estas transformaciones llevan a una reflexión similar a la  que obliga el paso de sociedades de pleno empleo a sociedades con un alto nivel  de paro. Si desde la izquierda se estigmatizó el trabajo como fuente de  explotación y pérdida de humanidad, el paso a sociedades de <i>workfare</i>,  donde<i> </i>se pierde el derecho al trabajo, alumbra una nueva categoría que  descoloca ese análisis. Es mejor estar explotado que no tener siquiera  explotador. De la misma forma, el desahucio del Estado como palanca reformista o  revolucionaria aleja la crítica al Estado en el siglo XX, con su sinfín de  errores y actuaciones contrarias a la emancipación. Una vez más, está el peligro  de caer en la nostalgia, de «añorar» (<i>ignorar</i>) lo perdido al negarnos a  conocerlo como en verdad era y acomodarlo a nuestro deseo imaginado. Sólo así  «cualquier tiempo pasado fue mejor». Pero como la marcha atrás es una  imposibilidad material por la ley de la entropía (el ayer nunca puede regresar  pues el tiempo no se puede deshacer), está vigente el hecho de que hay que  superar las fórmulas estatistas del siglo XX para construir un socialismo acorde  con las nuevas realidades, con la experiencia acumulada y con los nuevos valores  que se extraen de ese análisis (De Sousa Santos, 2005b).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Ni  el Estado moderno ni el capitalismo ni la modernidad deben tener en el  socialismo del siglo XXI la hegemonía que disfrutaron en la centuria anterior  (obviamente, es una propuesta normativa). Y una vez más hay que ser muy  cuidadosos con comparaciones que dejan fuera de foco demasiados aspectos. Si la  socialdemocracia fue menos estatista y permitió más libertad también fue porque  logró mucha menos igualdad (pensemos que sólo Rusia, como hemos señalado, debió  igualar a 160 millones de seres humanos). Pero lo que en un sitio lo hacía un  partido único, en el otro lo hacía un <i>cártel</i> de partidos (que es una  variante sofisticada de partido único) que compartían las mismas reglas del  juego y pequeñas variaciones en el porcentaje del gasto social, según hubiera  gobiernos liberales y democristianos o socialdemócratas, marcadas en todo caso  por el límite estructural de la reproducción capitalista y el mantenimiento de  la tasa de ganancia.<sup>21</sup> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">La  superación del Estado forma parte del reto del socialismo del siglo XXI. Esto no  significa que deba renunciarse a la tarea estatal para el empoderamiento de la  ciudadanía, o para recuperar las riquezas nacionales, o para frenar los intentos  internos o externos que buscan regresar a situaciones de privilegio. Pero un  socialismo estatista caería en las garras de la burocracia, de la desidia  ciudadana, de la pérdida de iniciativa que aquejó a los sistemas socialistas en  el siglo XX. Como plantear Moulian (2001:111), «Una política socialista debe  recuperar de forma nueva el ideal originario de la desestatización. El mejor  Estado es aquel desde donde se puede combatir contra el propio Estado,  desarrollando la asociatividad de ciudadanos, trabajadores y productores». Como  lo expone una vez más Boaventura de Sousa Santos, un Estado experimental que  permita a la ciudadanía intentar formas alternativas de organización política.  Un <i>Estado maternal</i>, que contraste con el <i>Estado paternal</i> y que  deje a las personas crecer, pero que también esté atento a cualquier  interrupción en ese camino de crecimiento personal.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De  cualquier forma, nótese que no se trata de abolir el Estado (ni el capitalismo  ni la modernidad), sino de <i>desbordarlos</i>, esto es, sustituirlos por  equivalentes funcionalmente superiores y valorativamente acordes con la moral de  justicia y libertad socialistas, tendentes al autogobierno. Hay que desarrollar  nuevos indicadores sociales que midan, con la misma fuerza que se mide el PNB o  la cuenta de resultados de una empresa, los siguientes asuntos:</p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">• la explotación,  	la redistribución universal de la renta, la seguridad en el trabajo  	(indicadores rojos);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• la  	sustentabilidad o la recuperación medioambiental (indicadores verdes);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• la igualdad de  	género o la autonomía de las mujeres (indicadores violetas);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• la contribución  	a la paz (indicadores blancos);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• la reducción  	urbana de la violencia (indicadores azules);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• el respeto al  	patrimonio cultural (indicadores amarillos);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• el trabajo  	doméstico, voluntario o comunitario (indicadores granates);</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">• la felicidad o  	infelicidad social escondida tras las cifras del PIB y que reclaman otras  	miradas para identificarse (indicadores multicolores).<sup>22</sup></p> 	</font>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b><font size="2">¿Y qué fue del sujeto universal?</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">La clase obrera no  existe. Existe el discurso sobre la clase obrera. Esto no quiere decir, como  leería una posmodernidad torpe, que sólo existen los discursos. Ni mucho menos.  Cientos de millones de seres humanos se levantan con el alba y regresan por la  noche a sus hogares para poder entrar un sueldo cada mes. Lo que quiere decir  esa afirmación es que la identidad de lo que sea la clase obrera no es sino un  discurso, por lo general bastante simplificador. Cuando se pretende que la clase  obrera sea el sujeto universal que dirija la revolución socialista se está  trabajando con ese tipo ideal –cercano, por cierto, al protagonista de la novela  de Ostrowski de 1930 <i>Así se templó el acero</i>–. Cuando se pretende  construir un sujeto universal sobre la base de una supuesta subjetividad  asalariada, se están poniendo cosas ahí que no necesariamente existen por el  hecho de la mercantilización de la vida que implica vender la fuerza de trabajo  en el mercado. Pero hay otros elementos objetivables que explican la fuerza de  la clase obrera como sujeto universal.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Los obreros, como conjunto de personas separadas de los medios de producción  dentro de un sistema con pretensiones de universalidad (el capitalismo necesita  llevar la ley del valor a todo el planeta), fueron los primeros en la historia  en condición de formar un <i>nosotros</i> político comunicable (sólo comparable  a los <i>nosotros</i> construidos religiosamente). El trabajo asalariado  construye un <i>nosotros </i>político, abstracto, pensable y otorgador de una  subjetividad sencilla armada sobre el hecho generalizado de dedicar el grueso de  la vida a trabajar para otros y de apenas tener nada para sobrevivir  (subjetividad entendida como ese pensarnos reflejados en el espejo de las ideas  que tenemos de nosotros mismos y de los demás). Esto, insistimos, sólo es  pensable por la generalización de la proletarización y por el proceso de  secularización que debilita la identidad religiosa. Hubo antecedentes políticos  con los esclavos (rápidamente sofocado) y luego con los campesinos (que no podía  tener el grado de extensión al no abolirse nunca la pequeña propiedad campesina  y permanecer intacto el aparato ideológico de la Iglesia). Y como posibilidad,  pudo haberse desarrollado también un movimiento de mujeres, si bien la opresión  aquí era principalmente doméstica, de manera que su articulación como grupo  abstracto hubiera generado un conflicto de lealtades o intereses (el del grupo  ampliado como mujeres o el de la propia familia). La desigualdad con la que  quería acabar el socialismo, ya desde los utópicos, era la desigualdad de clase.  Este conflicto de clase se construyó como la variable independiente al impedir,  por la dureza de las condiciones del proletariado, construir un proyecto de vida  mínimamente autónomo. De ahí que las condiciones objetivas que poseía la clase  obrera para erigirse como <i>subjetividad universal</i>, como <i>conciencia  desdichada,</i> difícilmente podían haber surgido antes en la historia.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La  Declaración Universal del Hombre y el Ciudadano de 1948, como correlato de las  victorias de la clase obrera organizada, dinamitó la fuerza de ese sujeto  revolucionario. El Artículo 23.3 de la Declaración Universal de los Derechos  Humanos («Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y  satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a  la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera  otros medios de protección social»), junto al Artículo 25.1 («Toda persona tiene  derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la  salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la  asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a  los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros  casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes  de su voluntad»), el Artículo 26.1 («Toda persona tiene derecho a la educación.  La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción  elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La  instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los  estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos  respectivos») y el Artículo 27.1 («Toda persona tiene derecho a tomar parte  libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a  participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten»)  tenían que necesariamente llevar a repensar el sujeto del cambio.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Los obreros perdieron consciencia de clase durante el fordismo, cuando  recibieron a cambio de su trabajo una remuneración que les permitía, a ellos o a  sus hijos, acercarse al modelo de vida de sus explotadores. Otro caso, quizá de  mayor actualidad, es el de los depauperados, el <i>lumpen proletariat, </i>los <i>andrajosos</i> despreciados por Marx por ser susceptibles, por su escasa  instrucción, de apoyar al Bonaparte de turno. En el modelo marxista, la sociedad  capitalista devenía en proletarización. No en depauperización, pues el  advenimiento de la pobreza hubiera significado romper con la idea de progreso y  perder la posibilidad de tener un sujeto para el cambio revolucionario. Las  limitaciones modernas de Marx –su pensamiento lineal– podían en ocasiones más  que su genio (Mires, 1992:21). Esto nos sitúa ante lo que Frei Betto ha llamado  «el pobretariado» y que Negri y Hardt han rescatado en <i>Imperio </i> definiéndolo como sujeto mundial, indisciplinado, libre; esos «andrajosos» que  no pueden ser representados pues ellos mismos son lo real, y que portan, por  ello, enormes capacidades revolucionarias (con una clara recuperación de un  discurso franciscano). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Esto abre un problema que se está viviendo en la América Latina en transición.  Como no hay ninguna sociedad homogénea, conviven los que tienen mucho, los que  tienen algo y los que no tienen nada. La estrategia de estos últimos es  desesperada y es en su nombre que los cambios tienen lugar. Pero pretender  articular en una misma dirección a diferentes grupos es arriesgado. Mientras que  las clases medias o bajas tienen algo más que perder que sus cadenas, los pobres  están situados en el momento original de la creación del Estado. Un momento que,  como han demostrado Mann (1991), Tilly (1992) o Giddens (1985), está atravesado  de pura violencia. Llama poderosamente la atención que en los procesos de cambio  en América Latina, articulados, como decimos, en nombre de las mayorías pobres,  la violencia haya quedado fuera del marco (violencia quizá evitada y sustituida  por liderazgos muy fuertes que devienen en formas de cesarismo y que por eso  mismo frenan la explosión de ira política popular). La violencia es, al  contrario, la de los grupos tradicionales de poder que pretender revertir los  cambios, o la que se infligen a sí mismos los pobres en las refriegas de bandas  en los barrios marginales de las grandes ciudades, esas zonas marrones donde el  Estado aún no se ha hecho presente más que como violencia. La relación «pobretariado»-liderazgo  marcó un lugar histórico en el devenir de América Latina al conseguir, contra  todo pronóstico, el regreso del depuesto presidente Chávez tras los luctuosos  días de abril de 2002. Los cambios sociales radicales nunca esperan a los  teóricos para realizarse.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El  socialismo del siglo XXI ha pluralizado el sujeto social de la emancipación. Es  de interés detenernos un instante en la siguiente paradoja: no existe  capitalismo sin explotación, es decir, sin trabajadores que reciban menos de lo  que producen (descontada la reposición de materiales y máquinas). Sin embargo,  los trabajadores no encarnan hoy los intereses generales de la humanidad, que  son más amplios que los que implica la explotación (mujeres, ecologistas,  ancianos, indígenas, pacifistas, etc.). Los trabajadores son, indudablemente,  los que hacen funcionar el capitalismo. Son, de hecho, la base de su existencia  –e, insistimos, desapareciendo los trabajadores no podría existir el  capitalismo–. Pero en nuestras sociedades complejas, aún más que en los siglos  XIX y XX, no construyen una universalidad, una voluntad colectiva que pueda  representar a todo el mundo. Las necesidades objetivas de los trabajadores  –recibir el producto de su trabajo– no pueden coincidir con las necesidades  subjetivas de una población que no encuentra su identidad en el ámbito laboral  –como ya hemos dicho, mujeres, indígenas, ancianos, minorías sexuales,  ecologistas, etc.–. El mundo del trabajo, por tanto, aparece como la  contradicción principal del capitalismo, pero eso no implica que se puedan  extraer conclusiones para la transformación que ignoren la imposibilidad de la  clase obrera para representar a todo el género humano (como decía la letra de <i> La Internacional</i>). Detrás está también la fugacidad de los tiempos, esta <i> modernidad líquida</i> (Baumann), que hace que el futuro sea incierto, fragmenta  el presente, le roba la homogeneidad al tiempo –como en una metáfora donde la  fábrica estuviera cada día en un sitio y cambiaran a cada rato los compañeros y  las máquinas– e impide hacer de la actividad un referente claro y seguro que  pueda interpretar por sí mismo el mundo y plantear pautas de acción. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Al  igual que el capitalismo es histórico y no necesario –las sociedades  occidentales pudieron, como China, haber tomado otro rumbo–, el socialismo que  se le opuso no es menos histórico y contingente. La generalización de la  explotación a través de un contrato de trabajo en sociedades con propiedad  privada de los medios de producción es un «accidente histórico». Si los obreros  son una realidad histórica, la teoría de la emancipación tiene que apuntar más  lejos. La idea de <i>opresión</i> –cualquier tipo de ejercicio del poder–tiene  rasgos más universales. De ahí que otra de las tareas del socialismo del siglo  XXI sea encontrar el mínimo común denominador de la pluralidad de luchas y de la  pluralidad de dominaciones (Mouffe). Ya hemos visto que el liderazgo cesarista  es una forma de superar esa fragmentación. Una virtud que también puede  convertirse en un vicio. El remedio: mandar obedeciendo. </p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2"> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">Del socialismo científico al  socialismo humanista</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">En el mundo <i> líquido </i>de la fugacidad y la confusión, allá donde los libros de autoayuda y  la oferta de espiritualidad más o menos mercantilizada están ocupando el interés  de una amplia parte de la ciudadanía fragmentada, el socialismo del siglo XXI  tiene que hacer una «síntesis de memoria y proyecto» (Tapia, 2006) que  reconstruya un sentido orientador de la vida perdido cuando se entregó toda la  trascendencia a la Iglesia y ésta la sacrificó en aras de su propio interés y el  de las élites para las que construyó el entramado institucional regido  principalmente desde el Vaticano. El socialismo del siglo XXI necesita una <i> trascendencia sin dios</i>, una espiritualidad laica que se ocupe de dar un  sentido a la vida humana sobre bases filosóficas y vitales (no meramente  funcionales o utilitaristas, pues para eso bastaría un buen código de derecho  civil).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">La  tentación de hacer del socialismo una ciencia, es decir, de dotar de un rumbo  necesario y, por tanto, predecible a la emancipación (no confundir con el  intento de hacer un análisis con base científica del capitalismo) fue un defecto <i>humano, demasiado humano</i> que cometió Marx y profundizaron algunos  marxistas. Como en otros aspectos, culminó en el delirio estalinista. Esto es,  fue inicialmente una ingenuidad que, guiada por buenas intenciones, terminó  formando parte esencial de ese empedrado del infierno que construyen los deseos  mal reflexionados y, finalmente, impuestos a los demás. La contraposición entre  socialismo científico y socialismo utópico simplificó a este último para  reforzar, con en el movimiento del péndulo, la necesidad de extraer del análisis  objetivo de las contradicciones del capitalismo las bases para superarlo. Se  mantuvieron los ideales, pero uno se arrumbó al armario de los sueños mientras  el otro, supuestamente, obraba con la misma fuerza científica que impulsaba la  realidad industrial (Fernández Buey, 2008:164). Ese socialismo <i>científico</i>  se entiende dentro de los parámetros de la ciencia «moderna», esto es, de una  ciencia que extrae leyes después de observar regularidades, creando un patrón de  comportamiento <i>lineal</i><b> </b>que permite hacer predicciones y que tiene  validez hasta que un nuevo paradigma explicativo viene a sustituir el anterior. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La  ciencia moderna ha sido profundamente arrogante, de manera que todo lo que no  encajaba dentro de su concepción <i>científica</i> era descalificado como «no  ciencia», esto es, como superchería, magia, prejuicios, etc. Una ciencia tan  arrogante que al tiempo que nos ha llevado a la luna ha acabado con la  biodiversidad allí donde ha sentado su hegemonía (De Sousa Santos). Una ciencia  que crea medicinas para curar enfermedades que ella misma ha creado. Una ciencia  basada en la cuantificación y las ecuaciones que fue expulsando de la humanidad  lo único que entrega a la humanidad serenidad, paz y alegría: todo aquello que  no puede medirse. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, una nueva ciencia, que bebe de los avances en física y en biología,  pone en cuestión esa interpretación tan lineal de lo que es la ciencia. Einstein,  Böhr, Heisenberg, Prigogyne han sentado las bases para entender que la ciencia  no es una explicación lineal, una recta inflexible que puede permitirse  despreciar lo que ignora. El «pienso luego existo» de Descartes ha sido  demasiado limitador. «Pienso luego existo» rompió demasiadas cosas. El  pensamiento se convirtió en un constructor de jerarquías. Un pensamiento más  humanista sería «existimos luego pienso», ya que el pensamiento que no está  conectado al resto de la existencia es un pensamiento fragmentado, roto,  peligroso para la convivencia. En otras palabras, pensemos lo que pensemos,  somos, y si el pensamiento no nos ayuda a esto, estamos «pensando mal». No se  trata de reclamar el irracionalismo. Se trata de entender que el pensamiento  moderno –y Marx era un pensador moderno– fue profundamente arrogante y a menudo  torpe. ¿No fue acaso el que nos llevó a dos guerras mundiales con setenta  millones de muertos, a la devastación de la naturaleza, al sometimiento de la  mujer, al desarrollo del capitalismo?<sup>23 </sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Esta búsqueda de un socialismo científico es lo que llevó a Althusser  –responsable de darle un nuevo impulso al marxismo pero también de sembrar una  línea mecanicista que empobreció muchísimo al socialismo– a diferenciar entre el  Marx <i>humanista</i> y el Marx <i>científico.</i> Los tiempos, por el  contrario, reclaman una flexibilidad que Oriente siempre cultivó con más  inteligencia que Occidente.<sup>24 </sup></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Entre los marxistas actuales, la línea mecanicista es marginal, y su empeño en  repetir que hay unas leyes inexorables, su insistencia en que se pueden  cuantificar los deseos y esfuerzos humanos –ahora con ayuda de los ordenadores–  vuelve a suponer un reduccionismo que, desde las buenas intenciones (pero no  exento de soberbia y arrogancia), regresa una vez más a los errores del  socialismo del siglo XX.<sup>25</sup> Por eso hay que hablar de <i>socialismos </i>y no de <i>socialismo</i>, pues cada país, cada grupo, va a conferirle un  rasgo particular a la construcción de su emancipación. Si nos empeñamos en que  el socialismo es <i>científico</i> ¿qué hacemos con los indígenas a los que no  les gusta hablar de socialismo sino que prefieren hablar de <i>dignidad</i>? Si  el socialismo es científico ¿de nada sirven entonces las experiencias  particulares de los grupos, las diferentes historias, las distintas suertes? Si  el socialismo científico nace con la clase obrera ¿no hay <i>salvación </i>en  los modelos previos al desarrollo capitalista? Si cada vez hay menos leyes en  las <i>ciencias duras</i>, qué no ocurrirá con las ciencias sociales, cuyo  objeto de conocimiento es un <i>sujeto</i> que tiene voluntad. Un sujeto que  está hecho, como decía Aristóteles, de lo que come, pero también, como decía  Shakespeare, de la misma materia de los sueños.</p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2"> </font>     <p align="justify"><b><font size="2">El valor del socialismo y los  valores del socialismo</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">Hablar de <i> socialismo científico</i>, repitiendo el mecanicismo marxista-leninista –es  decir, la interpretación del marxismo que hizo la escuela estalinista– es  devolver la propuesta del socialismo en el siglo XXI al siglo XX e, incluso, al  siglo XIX. ¿Alguien puede definir de una vez el amor, la paz interior, la  solidaridad, la belleza, la amistad, los anhelos, la dicha, el futuro? El  socialismo del siglo XX, después de la experiencia del Gulag soviético, tiene la  obligación de ser más amable. Ir diciéndole a todos esos pueblos que están  intentando formas de emancipación que su esfuerzo no es <i>científico</i>  –aunque estén construyendo modelos reales que los que hablan de ciencia han sido  incapaces de construir en sus países– es arrogante, eurocéntrico y colonialista.  Hay muchas cosas que, por nuestra formación generacional no vamos a poder  cumplir. Tendremos que convivir con ellas como contradicciones. Pero debemos  tener claro en el discurso lo que emancipa y lo que repite la falta de libertad  de la que nosotros somos víctimas y verdugos. Socialismo es amor, alegría, paz.  Todo lo demás son instrumentos para lograrlo.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Esto nos lleva a entender que la reinvención del socialismo en el siglo XXI sólo  puede hacerse desde instancias deliberativas que hayan encontrado una buena  parte de sus argumentos en desarrollos prácticos de acción colectiva.<sup>26</sup>  Un error repetido que fue estrangulando la orientación teórica del socialismo  del siglo XX fue mezclar las críticas desde la izquierda con las críticas  revisionistas o, aún más allá, con las críticas desde posiciones  contrarrevolucionarias o de derecha cristiana. De esta forma, se perdió la  posibilidad de un ajuste teórico constante. Al final, Otto Bauer, Kautsky,  Kerenski, Rosa Luxemburgo o Preobrajenski eran presentados como parte de un  mismo argumento. Después, en un bucle intolerable, fueron empatados con Hitler o  Mussolini. El socialismo que renunció a la disidencia interna perdió toda  posibilidad de ajustarse y por la simple ley de la entropía llegó a ese  equilibrio estable que se llama muerte. «Cuando se patina por hielo fino –decía  Ralph Waldo Emerson– la salvación es la velocidad». Cualquier cambio social que  afecta a los privilegiados de ese orden con el que se quiere poner fin es una  invitación constante a huir hacia delante. En la vertiginosidad, se cava una  trinchera donde sólo hay dos bandos: el del pasado y el del presente. Esa  carrera desbocada hacia el por venir aglutina a los propios, pero dificulta los  análisis. El hielo fino se rompe y se traga a los patinadores.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El  socialismo del siglo XXI debe completar la casilla de los valores que le son  propios y que, a día de hoy, está vacía. Tenemos bien definida la casilla de los  valores del capitalismo liberal (que hoy identificaríamos con el  conservadurismo); tenemos la casilla de los valores socialistas definidos a  finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX y que se articularon  frente a los valores del capitalismo liberal. Tenemos una tercera casilla, la  hoy hegemónica, propia de los valores neoliberales y neoconservadores (como  vimos, en una confusa mezcolanza). Queda por definir y completar, como hemos  afirmado, cuáles son los valores del socialismo del siglo XXI. Valores que han  aprendido de los errores colectivistas del socialismo anterior y que también han  interiorizado como valor la responsabilidad individual y la afirmación de cada  persona. Valores que se construyen en relación dialéctica con otros valores. Hay  que constatar que buena parte de los <i>nuevos valores </i>de la izquierda son  reelaboraciones de los valores iniciales del primer capitalismo, al menos en lo  nominal (son formas que insisten en lo comunitario). Respecto de la  incorporación a lo que Marx llamaba «la libertad de cada uno como condición de  la libertad de todos» (<i>Manifiesto comunista</i>), es una vez más Moulián  quien afirma que:</p> </font><font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2">     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">La <i>individuación</i> es un proceso positivo de distanciamiento frente a la  	moralidad y normatividad impuesta por los poderes. Mientras que el <i>individualismo</i> es exactamente lo contrario. Es un proceso de  	posicionamiento estratégico en el marco del sistema. Es la renuncia a la  	crítica para profitar del conformismo, en función de conseguir una  	autovaloración del Yo contra los Otros, involucrándose en la dinámica  	mortífera de la competencia. (Moulian, 2001:160. Las cursivas son nuestras). 	</p> </blockquote> 	</font><font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Si  se insiste en que el socialismo del siglo XXI no intercambia justicia por  libertad, no está dirigido por vanguardias, no es estatista ni capitalista ni se  queda detenido en la modernidad, si es ecologista y feminista, si renuncia al  eurocentrismo, al colonialismo y al epistemicidio occidentalista, si apuesta por  la igualdad de capacidades, si recupera la planificación, ahora de forma  participativa, si refuerza los ámbitos del mundo de la vida (afectos, empatía,  solidaridad y alegría), en definitiva, si cree en una renovación de la  emancipación, es relevante sacar las conclusiones valorativas al respecto. El  siguiente cuadro, en una exposición de urgencia, muestra una comparativa de los  valores de los cuatro grandes presupuestos políticos que enfrentamos:</p>     <p ALIGN="center"> <img border="0" src="/img/fbpe/cdc/v25n68/art05cua1.gif" width="580" height="1162"></p> </font>     
<p align="justify"><b><font size="2">A modo de conclusión</font></b></p> <font SIZE="2">     <p ALIGN="JUSTIFY">El socialismo del  siglo XXI debe encontrar la necesaria síntesis entre la voluntad y la necesidad,  entre la relevancia de actores que quieren romper con un estado de cosas y las  obligaciones objetivas que marca un determinado desarrollo social, unas  posibilidades materiales, una correlación de fuerzas. De ahí que la pelea  simbólica sea esencial y de mucha mayor plausibilidad que un cambio en las  condiciones estructurales. El optimismo que habita a los seres humanos no tiene  que ver con lo material, sino con lo intelectual. Es en el ámbito cultural donde  el ser humano despliega su máxima humanidad. De ahí que sea necesario romper con  la cadena de amortiguamiento del dolor propia de la sociedad del espectáculo. La  ecuación «<i>doler-saber-querer-poder-hacer</i>» debe transitarse para que  exista transformación. Sin dolor ante el hecho social ¿qué razones habría para  el cambio? Por el contrario, cuando el dolor se conceptualiza, se convierte en  saber y deja de entenderse como algo natural y necesario. El dolor se hace  conocimiento, saber, y se percibe como algo ajeno enemigo de la vida digna. Una  vez pensado el dolor y convertido en conocimiento, nace la voluntad, un querer  acabar con el dolor, identificado en su fuente. Pero no basta desearlo. Surge  así el momento político: el del poder. El individuo que ha identificado la  fuente del dolor ha entendido que su sufrimiento no se debe a una  personalización, sino a una lógica repetida y enraizada en las instituciones  sociales. Para cambiarlas hace falta <i>poder</i> cambiarlas. Una vez que se  tiene ese poder, viene finalmente la transformación. Además, el dolor es  acumulativo, de manera que un dolor superado no se quiere repetir. El umbral del  dolor cada vez es más bajo. Por eso hay lugares donde la muerte violenta es una  compañía cotidiana mientras que en otros esos comportamientos se ven como algo  traumático que la sociedad, el Estado y los valores evitan a toda costa. El  ciclo repetido de «doler-saber-querer-poder-hacer» construye sociedades  virtuosas donde la dignidad humana se respeta profundamente. La forma menos  traumática de construir una nueva sociedad del trabajo pasa porque cada persona  deje clara en su relación social todas sus exigencias construidas desde un dolor  siempre alerta. La opresión es más difícil cuando el oprimido recuerda al  opresor que le está haciendo daño.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hay que recuperar la memoria. Sin memoria, todo se repite, por lo general como  tragicomedia. De ahí que la reflexión teórica sobre el socialismo en el siglo XXI debe nutrirse de la lectura dialogada del pasado y de la construcción  igualmente debatida de la realidad en curso. No son intelectuales astutos, sino  el pueblo, el que ha mandado un nuevo telegrama a aquellos voceros del fin de la  historia que, como sugiere Rigoberto Lanz, bien podrían haber escrito:  «Suspendido, nuevo aviso, intentos infructuosos cambio sociedad. Ruégole  mantenerse expectativa. Favor abstenerse toda provocación». </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La  nueva misiva, que sin saber que era imposible, fue y lo hizo, dice: «Retomado,  sin previo aviso, intentos fructíferos cambio sociedad. Rogamos intelectuales  dejar expectativas y salir a la calle. Favor abstenerse toda justificación».</p> </font> <font FACE="Frutiger 47LightCn" SIZE="2"> </font><font SIZE="2">     <p align="justify"><b>Referencias bibliográficas</b></p>     <!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">1. <b>Biardeau,  Javier </b>(2007). «El proceso de transición hacia el nuevo socialismo del siglo  XXI: un debate que apenas comienza», <i>Revista Venezolana de Economía y  Ciencias Sociales</i>, vol. 13, nº 2, mayo-agosto, pp. 145-179.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795038&pid=S1012-2508200800020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">2. <b>Biardeau,  Javier</b> (2008). «La política y lo político en tiempos de la democracia  postliberal», en Gregorio Castro, ed., <i>Debate por Venezuela</i>, Caracas,  Editorial Alfa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795039&pid=S1012-2508200800020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">3. <b>Beck, Ulrich</b>  y <b>Elisabeth Beck-Gensheimr</b> (2002). <i>La individualización. El  individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales</i>, Barcelona,  Paidós.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795040&pid=S1012-2508200800020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">4. <b>Blackburn,  Robin</b>, ed. (1991). <i>Después de la caída. El fracaso del comunismo y el  futuro del socialismo</i>, Barcelona, Crítica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795041&pid=S1012-2508200800020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">5. <b>Bobbio,  Norberto</b> (1994). <i>Derecha e izquierda: razones y significados de una  distinción política</i>, Madrid, Taurus.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795042&pid=S1012-2508200800020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">6. <b>Castañeda,  Jorge</b> (1993). <i>La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesas de la  izquierda en América Latina</i>, Madrid, Ariel.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795043&pid=S1012-2508200800020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">7. <b>Cohen, Gerald</b>  (1999). <i>Si eres igualitarista ¿cómo es que eres tan rico?</i>, Barcelona,  Paidós.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795044&pid=S1012-2508200800020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">8. <b>De Francisco,  Andrés</b> (2007). <i>Ciudadanía y democracia. Un enfoque republicano</i>,  Madrid, Catarata. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795045&pid=S1012-2508200800020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">9. <b>De Sousa  Santos, Boaventura</b> (2005a). <i>El milenio huérfano</i>, Madrid, Trotta.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795046&pid=S1012-2508200800020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">10. <b>De Sousa  Santos, Boaventura</b> (2005b). «Reinventar el Estado», en <i>El milenio  huérfano</i>, Madrid, Trotta.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795047&pid=S1012-2508200800020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">11. <b>De Waal, Frans</b>  (2007). <i>El mono que llevamos dentro</i>, Madrid, Tusquets.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795048&pid=S1012-2508200800020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">12. <b>Dieterich,  Heinz</b> (2006). <i>Hugo Chávez y el socialismo del siglo XXI</i>, Caracas,  Ministerio de Industrias Básicas y Minería.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795049&pid=S1012-2508200800020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">13. <b>Fernández  Buey, Francisco</b> (2008). <i>Utopías e ilusiones naturales</i>, Barcelona,  Viejo Topo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795050&pid=S1012-2508200800020000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">14. <b>Fernández  Steinko, Armando</b> y <b>Christoph Köhler</b> (1995). «Sistemas de trabajo y  estructura social: una comparación República Federal de Alemania-España», <i> Cuadernos de Relaciones Laborales</i>, nº 7, Madrid, Universidad Complutense.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795051&pid=S1012-2508200800020000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">15. <b>García Linera,  Álvaro</b> (2007). «Evo simboliza el quiebre de un imaginario», entrevista, <i> Revista OSAL</i>, nº 22 ¿Refundar el Estado en América Latina? Desafíos, límites  y nuevos horizontes emancipatorios, Argentina, Clacso.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795052&pid=S1012-2508200800020000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">16. <b>Gargarella,  Roberto</b> (2005). <i>Derecho a protestar</i>, Buenos Aires, Ad Hoc.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795053&pid=S1012-2508200800020000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">17. <b>Gargarella,  Roberto</b> y <b>Felix Ovejero</b>, eds. (2001). <i>Razones para el socialismo</i>,  Barcelona, Paidós.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795054&pid=S1012-2508200800020000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">18. <b>Giddens,  Anthony</b> (1985). <i>The Nation-State and Violence</i>, Cambridge, Polity.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795055&pid=S1012-2508200800020000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">19. <b>Giddens,  Anthony</b> (1999). <i>Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las  políticas radicales</i>, 2ª ed., Madrid, Cátedra.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795056&pid=S1012-2508200800020000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">20. <b>Hirshmann,  Albert O.</b> (1986). <i>Interés privado, acción pública</i>, México, FCE.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795057&pid=S1012-2508200800020000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">21. <b>Jessop, Bob</b>  (2003). <i>The Future of Capitalist State</i>, Cambridge, Polity Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795058&pid=S1012-2508200800020000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">22. <b>Katz, Richard</b>  y <b>Peter Mair</b> (1995). «Changing Models of Party Organization and Party  Democracy. The Emergence of the Cartel Party», <i>Party Politics</i>, vol.1, nº  1.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795059&pid=S1012-2508200800020000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">23. <b>Lakoff, George</b>  (2007). <i>No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político</i>, Madrid,  Editorial Complutense.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795060&pid=S1012-2508200800020000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">24. <b>Mann, Michael</b>  (1991). <i>Las fuentes del poder social</i>, Madrid, Alianza.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795061&pid=S1012-2508200800020000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">25. <b>Mires,  Fernando</b> (1992). <i>Discurso de la miseria</i>, Caracas, Nueva Sociedad.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795062&pid=S1012-2508200800020000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">26. <b>Mires,  Fernando</b> (2007). «La tarea es construir la democracia», en F. Mires, <i>Al  borde del abismo. El chavismo y la contrarrevolución antidemocrática de nuestro  tiempo</i>, Caracas, Debate.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795063&pid=S1012-2508200800020000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">27. <b>Monedero, Juan  Carlos</b> (2007a). «En donde está el peligro… La crisis de la representación y  el surgimiento de alternativas en América Latina», <i>Cuadernos del Cendes</i>,  vol. 24, no 64, agosto, Caracas, Cendes. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795064&pid=S1012-2508200800020000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">28. <b>Monedero, Juan  Carlos </b>(2007b). «Sobre el Partido Socialista Unido de Venezuela:  potencialidades y riesgos», en Margarita López Maya, ed., <i>Ideas para debatir  el socialismo del siglo XXI</i>, Caracas, Editorial Alfa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795065&pid=S1012-2508200800020000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">29. <b>Moulián, Tomás</b>  (2001). <i>El socialismo del siglo XXI. La quinta vía</i>, Santiago de Chile,  LOM.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795066&pid=S1012-2508200800020000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">30. <b>Neef, Max</b>  (1994). <i>Desarrollo a escala humana</i>, Barcelona, Icaria.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795067&pid=S1012-2508200800020000500030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">31. <b>Ovejero, Félix </b>(2005). <i>Proceso abierto. El socialismo después del socialismo</i>,  Madrid, Tusquets.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795068&pid=S1012-2508200800020000500031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">32. <b>Rawls, John</b>  (1974). <i>Teoría de la justicia</i> [1971], México, FCE.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795069&pid=S1012-2508200800020000500032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">33. <b>Rawls, John</b>  (1996). <i>Liberalismo político </i>[1993], México, FCE.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795070&pid=S1012-2508200800020000500033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">34. <b>Rizzolatti,  Giacomo</b> (2006). <i>Las neuronas espejo. Los mecanismos de la empatía  emocional</i>, Barcelona, Paidós.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795071&pid=S1012-2508200800020000500034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">35. <b>Silva,  Ludovico</b> (2006). <i>Antimanual para uso marxistas, marxólogos y marcianos </i>[1976], Caracas, Fondo Editorial Ipasme.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795072&pid=S1012-2508200800020000500035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">36. <b>Tapia, Luis</b>  (2006). <i>La invención del núcleo común. Ciudadanía y gobierno multisocietal</i>,  La Paz, Muela del diablo Editores.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795073&pid=S1012-2508200800020000500036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">37. <b>Tilly, Charles</b>  (1992). <i>Coerción, capital y los estados europeos 990-1990</i>. Madrid,  Alianza. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795074&pid=S1012-2508200800020000500037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">38. <b>Willke, Helmut</b> (1997). <i> Supervision des Staates</i>, Frankfurt a.M., Campus Verlag.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=795075&pid=S1012-2508200800020000500038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><b><font face="Verdana" size="2">Notas</font></b></p> <font FACE="Verdana" SIZE="2">     <p align="justify"><sup>1</sup> Para la  idea de «utopía negativa» entendida como una «palabra deshonrada», como mero  sueño irrealizable, cargo adjudicado después de las revoluciones de 1848, véase  Fernández Buey, 2008:168-73.</p>     <p align="justify"><sup>2</sup> La  esencia de la política, como bien entendió Carl Schmitt, es el conflicto. Al  igual que si desaparece la escasez desaparece la economía, si desaparece el  conflicto desaparece la necesidad del poder y, por tanto, la política. Schmitt  era un nazi –justificó en Nüremberg su colaboración con Hitler, pero en la  reedición de 1963 de su libro de 1932 <i>El concepto de lo político</i> (Madrid,  Alianza Editorial, 1991) aun seguía sin considerar necesario disculpar el  holocausto o cuestionar el régimen–, pero eso no invalida su mirada implacable  sobre la política en la estela de los más lúcidos teóricos del poder.</p>     <p align="justify"><sup>3</sup> El poema  de Kavafis (traducción de Pedro Bádenas de la Peña) termina: </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Ten siempre a Itaca  en tu mente. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Llegar allí es tu  destino. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Mas no apresures  nunca el viaje. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Mejor que dure muchos  años </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">y atracar, viejo ya,  en la isla, </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">enriquecido de cuanto  ganaste en el camino </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">sin aguantar a que  Itaca te enriquezca. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Itaca te brindó tan  hermoso viaje. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Sin ella no habrías  emprendido el camino. </p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Pero no tiene ya nada  que darte. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Aunque la halles  pobre, Itaca no te ha engañado. </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">Así, sabio como te  has vuelto, con tanta experiencia, </p> 	    <p style="margin-top: 0; margin-bottom: 0" align="justify">entenderás ya qué  significan las Itacas. </p> </blockquote>     <p align="justify"><sup>4</sup> El tema  de la alienación está presente de manera esencial en Marx. La idea de hegemonía  y la necesidad de construir nuevos sentidos comunes fue parte central de la  reflexión de Gramsci. Toda la escuela de Frankfurt prestó atención a la  construcción de una mentalidad autoritaria. Recientemente, y desde tradiciones  que no cuestionan el capitalismo, se recupera esta idea, aunque sin citar estas  corrientes de pensamiento y, por tanto, privando a la reflexión de su contenido  emancipador, y convirtiéndose en una forma de moda intelectual válida tan sólo  para diferenciar entre demócratas y republicanos en Estados Unidos. Es el caso  de George Lakoff, <i>No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político</i>  (2007). Sin embargo, este estudio de psicología cognitiva aplicado a la derecha  norteamericana demuestra que los marcos con los que se apresa el conocimiento  tienen más fuerza que los hechos tozudos de la realidad. Tiene aquí pleno  sentido la frase de Einstein «es más fácil desintegrar un átomo que un  prejuicio».</p>     <p align="justify"><sup>5</sup> Son  conocidos experimentos en donde un chimpancé renuncia a accionar una palanca que  le gratifica con un plátano porque al tiempo otro chimpancé en una jaula  colindante recibe una descarga eléctrica. Más recientemente, otros experimentos  muestran como un mono contento y ufano por haber recibido como alimento una  rodaja de pepino, monta posteriormente en cólera y termina tirando una nueva  raja de pepino cuando el chimpancé de la jaula de al lado recibe una uva cada  vez que él recibe el –hasta hacía un momento– delicioso vegetal. Véase De Waal,  2007. </p>     <p align="justify"><sup>6</sup> Cuando  se habla de socialismo del siglo XXI se pretende a veces una novedad teórica que  en verdad no se sostiene (v. Fernández Suey, 2008), dejándose de lado la  verdadera novedad, que es de prácticas. La discusión teórica del eurocomunismo;  los programas políticos de la izquierda no socialdemócrata desde mediados de los  ochenta; la concreción movimentista y partidista del mayo del 68, además de  todos los sucesos reseñados, fueron creando un socialismo anticapitalista y  antiautoritario que era el único pensable en el entrante siglo que rechazaba de  manera amplia el totalitarismo soviético. Algunos autores como Anthony Giddens  (1999), Norberto Bobbio (1994), o Jorge Castañeda (1993) dan señales de la  rearticulación teórica de la izquierda a mediados de los noventa (si bien  Castañeda deja en el aire, desde su participación en el Gobierno derechista de  Fox, otras motivaciones más particulares que las teóricas). Javier Biardeau hace  un recorrido muy útil para ubicar la discusión en Venezuela, si bien, creemos,  insiste demasiado en la supuesta influencia de determinados autores,  disminuyendo relativamente la relevancia de los hechos históricos. Véase  Biardeau, 2008:145-179.</p>     <p align="justify"><sup>7</sup> Dice  Rigoberto Lanz: «La revolución es precisamente contra la lógica de la  dominación. He allí la primera regla de una sensibilidad efectivamente  transformadora. Sensibilidad sin la cual ocurre lo que ya conocemos en la  tragedia de los «socialismos» burocráticos: las mismas relaciones de dominación  recubiertas con la coartada de la revolución. Que esta desgracia haya ocurrido  de esta manera no se debe a la «traición» de un espíritu maquiavélico que se  infiltró en la fila de los buenos. Ello es sencillamente el testimonio de la  enorme dificultad de desinstalar mentalidades, pulverizar sistemas de valores,  abolir representaciones (cognitivas, éticas, afectivas, estéticas). El cambio  cultural que supone la irrupción de un proceso civilizatorio de nuevo tipo son  palabras mayores. Esto queda muy lejos todavía de planes de gobierno, de  estrategias de gestión y esquemas de transición, que siendo insoslayables en el  terreno práctico de los procesos políticos de cambio, son al mismo tiempo el  gran distractor para que las transformaciones verdaderas nunca lleguen». Véase  «Socialismo en clave posmoderna», disponible en www.debatecultural.net/Observatorio/RigobertoLanz16.htm  (bajado el 3 de septiembre de 2008).</p>     <p align="justify"><sup>8</sup> Los  Estados modernos ni tienen autonomía respecto de las clases sociales (tesis  institucionalista) ni responden sin más al interés de clase (tesis de <i>El  manifiesto comunista</i>). Los Estados modernos son relaciones sociales que  reflejan la forma en que se han solventado los conflictos sociales, si bien  poseen «memoria», una selectividad estratégica («estructural» la llama Claus  Offe), que descansa en su trayectoria histórica, en sus comportamientos  reiterados a favor de las clases privilegiada. Sin embargo, y como demuestran  los casos recientes de América Latina, eso está cambiando, de manera que un  nuevo resultado social se expresa en nuevas formas de estatalidad.</p>     <p align="justify"><sup>9</sup> La queja  ante los Estados heredados ha tenido la respuesta política más contundente en  Venezuela, donde en el año 2003 se pusieron en marcha las misiones, políticas  públicas participadas popularmente que funcionaron como un Estado paralelo  alimentado por la mística de un país que había resistido un golpe de Estado, un  paro patronal y un sabotaje petrolero. Las misiones, una sugerencia de Fidel  Castro al presidente Chávez, buscaban demostrar a la población efectos concretos  de la nueva política redistributiva ante la cercanía del referéndum revocatorio,  pero también eran una solución imaginativa y poderosa a la falta de respuesta  dada por los funcionarios de la llamada IV República a la deuda social,  principalmente en salud, educación, alimentación, vivienda y empleo. Las  misiones constituyen una suerte de Estado poscolonial (o posmoderno),  experimental, que acompaña las iniciativas populares ejerciendo una tarea de  supervisión (curiosamente, la que se reserva al Estado en la estela de Luhmann).  Ahora bien, como con astucia vio Albert O. Hirshmann (1986), la participación  funciona como un péndulo, de manera que con el reflujo de la  mística/participación, o viene la institucionalización o lo logrado puede  revertirse. Para la función del Estado en la perspectiva luhmanniana, véase  Willke, 1997. Del vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, es muy  interesante la entrevista donde explica su «giro hegeliano» en lo que respecta  al papel del Estado (García Linera, 2007).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><sup>10</sup> El  resultado del referéndum constitucional en Venezuela en diciembre de 2007 es un  ejemplo de todo esto. Es indudable que la oposición hizo todo lo que estaba a su  alcance para que fracasara el «sí» propuesto por el presidente Chávez (se  repitió toda la batería de desestabilizacion clásica: desabastecimiento,  manipulación mediática, amenazas de guerra civil e intervención norteamericana,  intentos de aislamiento internacional, cooptación de personas simbólicas del  chavismo, revolución de colores articulada con los estudiantes de las  universidades privadas o privatizadas), pero también hubo una profunda  responsabilidad gubernamental –y una inexplicable torpeza parlamentaria– al  poner en marcha un cambio que no estaba ni maduro ni había sido suficientemente  explicado entre la población. Puede consultarse Juan Carlos Monedero, «La  victoria escondida del presidente Chávez», disponible en www.elviejotopo.com/web/archivo_revista.php?arch=973.pdf.</p>     <p align="justify"><sup>11</sup> Quizá  el ejemplo más claro de esta determinación estaría en procesos como la  constituyente de 1999, las leyes habilitantes de 2001, la reforma constitucional  de 2007 y la nueva habilitante de 2008.</p>     <p align="justify"><sup>12</sup> Javier  Biardeau apunta que en el caso de Venezuela se está ante un cesarismo progresivo  (un bonapartismo de izquierda en otras clasificaciones), sometido además a la  tensión entre la cadena de mando propia del Ejército y la gramática democrática  afín a la deliberación en donde se enmarca la «utopía concreta» que portaría el  proyecto chavista. Igualmente apunta al dilema entre la condición redentora de  Chávez y el riesgo de repetir la ecuación «caudillo-Ejército-ausencia de  pueblo-ausencia de democracia». En nuestra opinión, la politización que ha  vivido el pueblo venezolano en los últimos diez años permite inferir una  evolución claramente democrática que, además, solvente los problemas de  participación de las democracias parlamentarias de baja intensidad. Pese a que  lo que Gramsci llamaba «cesarismo progresivo» es una realidad en la Venezuela  bolivariana, Chávez ha optado por crear un partido, no un movimiento que  responda a su voluntad. Igualmente, Chávez ha apostado por el socialismo, cuando  una decisión por el «chavismo» (al estilo de Juan Domingo Perón) le habría  brindado más apoyos y un control menos abierto a disidencias. Por último, Chávez  utiliza la televisión pública para explicar políticas públicas y también para  contrarrestar el ataque de los medios privados, cayendo con frecuencia en la  propaganda gubernamental, pero también ha creado una infinidad de medios  comunitarios autoorganizados y no controlados jerárquicamente. Una vez más, la  realidad es más compleja que la teoría. Para la caracterización cesarista de  Chávez, véase Biardeau, 2008: 237-40, y «Los peligros del cesarismo», disponible  en http://firmasdefaces.blogia.com/2007/111503-los-peligros-del-cesarismo-javier-biardeau.php  (consultado en septiembre de 2008).</p>     <p align="justify"><sup>13</sup> El  papel del liderazgo quizá ocupe el lugar central en las críticas al proceso  venezolano, con el exceso repetido y poco académico de comparar al presidente  Chávez con Hitler. Fernando Mires, en un libro «deliberadamente político»,  pretende aplicar las categorías de Hanna Arendt a Chávez. Un análisis más  objetivo sobre lo que está pasando en Venezuela habría intentado otro ejercicio  al constatar en Venezuela una realidad bien distinta a las de los totalitarismos  europeos: 1. en vez de un nacionalismo estrecho y racista, una insistencia en la  integración regional, un impulso a la idea de Nuestra América y a la patria  grande, compartiendo incluso los recursos del petróleo con los países más pobres  (imaginemos un nacionalista vasco, catalán o español hablando constantemente de  Europa y del sueño europeo de Altiero Spinelli o gastando parte del presupuesto  nacional en ayudar, por ejemplo, a Portugal). 2. En vez de un supuesto partido  único como el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) o el Partido  Nacional Socialista de Alemania (NSPD), decenas de partidos, pluralidad que  penetra incluso las filas del chavismo. 3. En vez de una simplista  «personalización extrema de la política en torno a un líder mesiánico», formas  de cesarismo progresivo (como explicó Gramsci), o una forma de liderazgo fuerte  como modo alternativo de acumulación política originaria en un país  desestructurado (sin olvidar que ese «líder mesiánico» pierde elecciones y  acepta el resultado). 4. ¿Violencia política en Venezuela? Otro error. Lo que  hay es una violencia extrema en los barrios pobres, que al no ser de tipo  político ni afectar determinantemente a los sectores acomodados, no forma parte  de la queja de estos sectores académicos. 5. ¿Monopolio de las comunicaciones?  RCTV, el canal al que no se le renovó la licencia en 2007, y que sería para  Mires la clara señal de la instauración de la dictadura, está emitiendo por  cable. Además de que el grueso de la audiencia audiovisual en Venezuela está en  canales privados, algunos de los cuales estarían cerrados en buena parte de  Europa por sus constantes invitaciones al magnicidio, al golpe de Estado y a la  desobediencia constitucional. 6. Por último, habla Hanna Arendt de una red  institucional paralela al Estado. En Venezuela, esa red sólo puede referirse a  las misiones, es decir, a políticas públicas participadas popularmente que  ahondan en procesos como el de los presupuestos participativos. ¿Entregar poder  a sectores populares organizados es nazismo? Véase Mires, 2007.</p>     <p align="justify"><sup>14</sup> Hemos  adelantado algunas reflexiones en esta dirección en Monedero, 2007a, 2007b. </p>     <p align="justify"><sup>15</sup> No hay  que confundir este recuento de errores y aciertos con los ajustes de cuentas  hechos por ex izquierdistas vehementes como una suerte de autocrítica realizada  al calor de la crisis de la URSS y su posterior hundimiento. Estos ejercicios  cundieron en los años noventa y, casi sin variación, fueron escritos por  antiguos extremistas de izquierda, a menudo militantes de grupúsculos radicales,  que trasladaban ahora su vehemencia extremista desde posiciones intransigentes  socialistas o comunistas a posiciones intransigentes conservadoras o  neoliberales.</p>     <p align="justify"><sup>16</sup> Un  ejercicio gráfico de la destrucción medioambiental en www.footprint.org.  Igualmente pueden consultarse los datos del Panel Intergubernamental sobre  Cambio Climático realizado por Naciones Unidas en 2007, donde se despejaron  todas las dudas sobre la responsabilidad humana en el calentamiento global, al  tiempo que se pusieron fechas muy cercanas como límite para intentar frenar la  irreversibilidad del cambio climático y las catástrofes que lo acompañan. Los  acuerdos de Bali en diciembre de 2007, apenas un acuerdo de mínimos sobre  reducción de emisiones de CO2, no invitan al optimismo, vista la falta de  voluntad, en una dirección u otra, de casi todos los países del mundo. Al final,  la fecha acordada por las grandes potencias para una reducción eficaz de CO2 se  ha trasladado a 2050.</p>     <p align="justify"><sup>17</sup> Véase  De Francisco, 2007; Gargarella y Ovejero 2001; Ovejero, 2005. Para un  clarificador resumen de las relaciones socialismo y liberalismo (cuya ordenación  seguimos), Gargarella, 2005.</p>     <p align="justify"><sup>18</sup>  Llevándolo a la caricatura, un derecho negativo, de no interferencia, sería el  que no prohibiera a nadie –ni a un miembro de la lista de las cien personas más  ricas de la lista Forbes ni a un sin techo–, dormir debajo de un puente. Un  derecho positivo sería el que garantizase una vivienda a todos los ciudadanos,  lo que afectaría positivamente al patrimonio del sin techo pero reduciría la  renta del millonario de Forbes.</p>     <p align="justify"><sup>19</sup> El  neoliberalismo, como opción económica, se ha cruzado con el neoconservadurismo  como opción política. De hecho, no nos equivocamos si los entendemos como dos  patas de una misma silla. Ambos mantienen la defensa del privilegio, si bien  ahora, como momento histórico, sitúan el eje de su discurso en la oposición al  Estado social, al que acusan de generar corrupción moral al fomentar la  debilidad en quienes reciben su ayuda (de hecho, los que llaman Estados fallidos  suelen intentar vías alternativas a la hegemonía económica). Ambos igualmente no  entienden la redistribución social como un derecho, y frente a la obligatoriedad  de los derechos sociales defienden el dolor como corrector de comportamientos. A  lo sumo, aceptarán unas ayudas asistenciales cercanas a la caridad y que tendrán  la funcionalidad de desactivar los conflictos sociales. Sin embargo, la  principal característica es su primacía por los resultados respecto de los  idearios políticos. Los neoconservadores insisten más en la necesidad de  reconstruir la trama moral de la sociedad –buscarán culpables en sitios  equivocados con tal de no culpar al capitalismo–, mientras los neoliberales  preferirán solventar los asuntos de droga, relaciones personales, consumo,  interrupción del embarazo desde la esfera privada, siempre y cuando esos  comportamientos no pongan en peligro su situación de privilegio.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><sup>20</sup> Es la  clarificadora reflexión de Gerald Cohen (v. Cohen, 1999). Para la reflexión  clásica de John Rawls, véase Rawls, 1974, 1996.</p>     <p align="justify"><sup>21</sup> Para la  cartelización del sistema de partidos véase Katz y Mair, 1995.</p>     <p align="justify"><sup>22</sup> En esta  línea ha avanzado Amartya Sen en el Programa de Naciones Unidas para el  Desarrollo, con el índice de desarrollo humano, y también Max Neef en <i> Desarrollo a escala humana</i> (1994), o más recientemente Fernández Steinko y  Köhler, 1995.</p>     <p align="justify"><sup>23</sup> Escribe  el sociólogo alemán Ulrich Beck: «La política no puede ser simplemente racional.  Está bien unas soluciones eficaces a los problemas, pero también son importantes  las pasiones. La política tiene que versar sobre la vida emocional, es decir,  sobre la capacidad de escuchar, sobre la justicia, los intereses, la confianza,  las identidades y el conflicto en caso necesario». Véase Beck y Beck-Gensheimr,  2003.</p>     <p align="justify"><sup>24</sup> Lo vio  con claridad Ludovico Silva en su <i>Antimanual para uso marxistas, marxólogos y  marcianos</i> (2006) [1976].</p>     <p align="justify"><sup>25</sup> El  ejemplo más conspicuo de esta idea puede verse en Heinz Dieterich, <i>Hugo  Chávez y el socialismo del siglo XXI</i> (2006) (en 2007 Monte Ávila Editores  sacó una nueva edición, prologada por el general Raúl Baduel). Se trata de un  trabajo antiguo que el autor alemán radicado en México reeditó añadiendo un  capítulo inicial donde comparaba a Chávez con Bolívar y Jesucristo. Al tiempo,  cambiaba el título, reclamando así la paternidad del socialismo del siglo XXI.  Valga decir que, más allá de esa recuperación tardía del socialismo científico,  el intento de asumir la autoría del socialismo para todo un siglo tiene algo de  intempestivo –¡ni Marx se hubiera atrevido a algo parecido con el socialismo del  siglo XIX!– además de erróneo –ignora todos los trabajos previos que apuntaban  en esa dirección, e incluso utilizaban el concepto, a partir de la caída del  Muro de Berlín en 1989 o en análisis del futuro de Rusia o Cuba–. Puede  consultarse Blackburn, 1991; Igualmente, de Alexander V. Buzgalin «El futuro del  socialismo», editado en lengua rusa en el año 1996. </p>     <p align="justify"><sup>26</sup> Es lo  que hay detrás del esfuerzo titánico de Boaventura de Sousa Santos en los siete  tomos que configuran la obra colectiva <i>Reinventar la emancipación social</i>.  Pueden consultarse muchos de esos documentos en www.ces.uc.pt/bss/index.htm  (visitado en septiembre de 2008).</p> </font>       ]]></body>
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