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<publisher-name><![CDATA[Instituto de Filosofía del Derecho "Dr. José M. Delgado Ocando" Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas - Universidad del Zulia - Maracaibo - Venezuela.]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El Sentido del proyecto de educación de la sistemología interpretativa (II)]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article presents the path of inquiry that led interpretive systemology to confront -and to conceptualize in a certain way- the problem of the crisis of meaning that affects our present culture. It shows that two phases can be distinguished in this path of inquiry: a first phase, devoted to understanding the theoretical assumptions that underlie the notion of "holistic sense," and a second phase, devoted to understanding the cultural conditions that act as a basis for the presence (or absence) of enthusiasm for the holistic sense in everyday life. The educational project emerges as the outcome of this long path of inquiry.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <BASEFONT SIZE="3">     <P ALIGN="center"><FONT COLOR="000000" FACE="Verdana"> <B>El Sentido del proyecto de educación de la sistemología interpretativa (II)</B></FONT></P>      <P ALIGN="center"><b><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Roldan Tomasz Suárez Litvin</FONT></b></P>     <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Centro de Investigaciones en Sistemología Interpretativa Universidad  de Los Andes, Mérida, Venezuela. <a href="mailto:roldansu@ula.ve">roldansu@ula.ve</a></FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Resumen</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Se presenta el camino de investigación que condujo a la Sistemología Interpretativa  a enfrentar y conceptualizar de un cierto modo el problema de la crisis  de sentido de nuestra cultura occidental actual. Se muestra que en tal  camino de investigación pueden distinguirse dos etapas: una primera dedicada  a comprender los supuestos teóricos que sirven de base a la noción de “sentido  holístico”; y una segunda dedicada a comprender las condiciones culturales  que sirven de base para la presencia (o ausencia) del afán de sentido holístico  en la vida cotidiana. El Proyecto de Educación surge como la desembocadura  de este largo camino de investigación. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Palabras clave:</B>  Educación, Sistemología Interpretativa, sentido holístico, pensamiento  sistémico. </FONT></P>    <P ALIGN="center"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>The Sense of Educational Project in Interpretive Systemology (II)</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Abstract</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> This article presents the path of inquiry that led interpretive systemology  to confront -and to conceptualize in a certain way- the problem of the  crisis of meaning that affects our present culture. It shows that two phases  can be distinguished in this path of inquiry: a first phase, devoted to  understanding the theoretical assumptions that underlie the notion of &quot;holistic  sense,&quot; and a second phase, devoted to understanding the cultural conditions  that act as a basis for the presence (or absence) of enthusiasm for the  holistic sense in everyday life. The educational project emerges as the  outcome of this long path of inquiry. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Key words:</B> Education, interpretive systemology, holistic sense, systems thinking. </FONT></P>     <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Recibido: 16-10-2008 Aceptado: 14-12-2008</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>1. Introducción</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En Suárez (2008) iniciamos la presentación del Proyecto de Educación de  la Sistemología Interpretativa introduciendo intuitivamente la noción de  “ausencia de sentido holístico” –como fenómeno central de la crisis que  afecta profundamente a la cultura Occidental– y señalando que dicho proyecto  intenta ofrecer una posible respuesta a tal crisis por medio del rediseño  de la educación básica venezolana –bajo un conjunto de lineamientos expuestos  por primera vez por Fuenmayor (2001). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Con la intención de hacer más claro y explícito el sentido del Proyecto,  en el presente artículo nos dedicaremos a exponer el camino de investigación  que condujo a la Sistemología Interpretativa a plantearse el problema de  la Educación en el contexto de la crisis de sentido de Occidente. Dicho  camino puede dividirse en dos momentos o etapas. Una primera etapa en la  que la Sistemología Interpretativa está concentrada en comprender teóricamente  la noción de “sentido holístico” (noción central para el enfoque de sistemas);  y una segunda etapa en la que esta disciplina aborda el problema de las  condiciones culturales que actualmente imposibilitan la presencia del sentido  holístico en la vida cotidiana del hombre Occidental. Como veremos a continuación,  al final de esta segunda etapa surge con fuerza la pregunta por el modo  como la Sistemología Interpretativa podría contribuir a re-hacer las condiciones  culturales adecuadas para la presencia del sentido holístico en nuestras  vidas. El Proyecto de Educación surge como respuesta a esta interrogante. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Antes de continuar vale la pena hacer una breve acotación acerca del tratamiento  dado en el presente artículo al tema del pensamiento de sistemas y al tema  de nuestra presente condición cultural –usualmente llamada “posmoderna”  en el ámbito de la reflexión filosófica contemporánea. El articulo no pretende  constituir una revisión exhaustiva del debate generado en las últimas décadas  en torno a estas dos temáticas. (Para ello sería indispensable discutir  la obra de autores como Lyotard, Heidegger, Gadamer, Wittgenstein, Habermas,  Foucault, Derrida, Deleuze, MacIntyre, Taylor, Morin, entre otros.) El  propósito del artículo es exponer el camino de investigación que la Sistemología  Interpretativa efectivamente ha seguido a partir de su problemática inicial,  y que la ha llevado a explorar <I>de un modo particular</I> el campo de la reflexión  sobre el Enfoque de Sistemas y la Posmodernidad. Dado que la incursión  sistémico-interpretativa en este campo ha estado guiada más por unos autores  que por otros, el recuento que presentamos a continuación puede dar la  impresión de un cierto sesgo en el tratamiento de la problemática. Se trata,  sin embargo, de un sesgo constitutivo del proceso mismo que aquí pretendemos  narrar, y cuya superación sólo se logra en etapas más avanzadas de dicho  proceso. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>2. Primera etapa de la Sistemología Interpretativa</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El postulado básico del enfoque de sistemas es que los fenómenos deben  ser concebidos y estudiados como totalidades y no como meras sumas de partes  (Fuenmayor, 1991). Tal postulado constituye una reacción en contra del  enfoque analítico-reduccionista dominante en la ciencia moderna, debido  al cual se pierde de vista sistemáticamente el hecho de que las partes  de un fenómeno no forman un simple conjunto de elementos dispersos, sino  que constituyen una <I>unidad</I>. De acuerdo con el enfoque de sistemas, no podemos  comprender esta unidad de los fenómenos si los concebimos, primariamente,  como agregados de partes. Sin embargo, si la unidad no puede ser reducida  a la reunión de las partes, ¿cuál es, entonces, su origen? En otras palabras:  ¿cuál es la naturaleza de la unidad y cómo estudiarla? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En la comunidad de sistemas la convicción dominante era que atender al  llamado del enfoque de sistemas significaba estudiar los fenómenos concentrándose  no en las partes, sino en las <I>relaciones</I> entre ellas. De acuerdo con esto,  la unidad del fenómeno es una “propiedad emergente” de las relaciones entre  sus partes. Sin embargo, esta idea de “emergencia” sigue estando atrapada  dentro de un pensamiento reduccionista que sólo puede concebir la unidad  como producto de una composición de elementos existentes de manera previa  a ésta (sean “partes” o “relaciones” entre partes). En cambio, comprender  los fenómenos <I>primariamente</I> como unidades implica concebir la unidad como  ontológicamente primaria con respecto a las partes. Pero, ¿cómo fundamentar  teóricamente esta primacía ontológica de la unidad? ¿Cómo puede haber unidad  antes de que haya partes? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Supongamos que trazamos sobre una pizarra dos líneas formando una figura  semejante a la letra “T”. Resulta claro que diferentes personas podrían  ver diferentes cosas en nuestro dibujo. Unos podrían ver una “T”, otros  podrían ver el símbolo matemático “+”, otros una cruz. También podría ocurrir  que alguien no viera ninguna unidad en ese dibujo, sino, simplemente, dos  líneas inconexas. Sin embargo, las relaciones entre las partes (en este  caso, la disposición de las líneas sobre el plano) obviamente no varían.  Lo que sí varía es la <I>interpretación</I> o el <I>sentido</I> que hace del dibujo quien  lo observa. La aparición de una unidad particular parece estar asociada,  entonces, al modo como se relaciona el observador con el dibujo. Sin embargo,  sería un error reduccionista pensar que la unidad surge del encuentro entre  dos elementos con existencia previa e independiente entre sí, a saber,  el dibujo y quien lo observa. Para preservar la primacía ontológica de  la unidad es necesario suponer que la unidad funda una relación que, a  su vez, funda los elementos que se relacionan. En términos de nuestro ejemplo,  la aparición de la “T” es el acto primordial de donde emergen tanto el  dibujo, como quien lo observa. Para que ambos elementos se funden en la  relación entre ellos, deben emerger como <I>lo-que-es-visto-como-una-“T”-por-quien-observa</I>  y <I>quien-observa-como-una-“T”-lo-que-es-visto.</I> Cada uno de ellos se define  en términos del otro, de modo que el vínculo entre ellos no es accidental  sino esencial: ninguno de los dos puede <I>ser</I> por sí solo. Se trata, en pocas  palabras, de lo que Fuenmayor (1991: 439-446) llama la “Forma de Recursividad  Esencial”. Esto, sin embargo, es altamente problemático: ¿cómo pueden surgir,  tanto el dibujo, como su observador, de la relación que hay entre ellos?  ¿Cómo puede iniciarse una relación sin que existan, previamente, los elementos  que han de relacionarse mediante ella? Por otra parte, si el observador  y el dibujo sólo se constituyen en un acto particular de observación, ¿cómo  se explica la permanencia de ambos a través del tiempo? </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Lo anterior pone de manifiesto que la oposición entre el enfoque de sistemas  y la ciencia moderna no se reduce a una disputa de carácter metodológico,  sino que implica un desacuerdo de carácter ontológico. El enfoque de sistemas  no tiene sentido bajo una ontología dualista como la que funda a la ciencia  moderna, donde sujeto y objeto existen de manera previa e independiente  entre sí. La ontología implícita en el enfoque de sistemas postula que  tanto el objeto como el sujeto apenas se hacen (o llegan a <I>ser</I> lo que son)  en el seno de su relación. Esto planteó la necesidad de articular una concepción  ontológica no-dualista –cuya primera versión fue desarrollada por Fuenmayor  (1991, 1991a y 1991b)– que permita explicar en qué consiste, en general,  la unidad de los fenómenos. Como hemos visto, tal unidad consiste en el  <I>sentido</I> con el que los fenómenos se presentan en nuestra experiencia. Pero,  ¿qué es el sentido? ¿Cómo conceptualizar el sentido de un modo no-dualista? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El punto de partida para la nueva ontología fue la idea de que el sentido  consiste en una relación esencial entre sujeto y objeto. De acuerdo con  esto, sujeto y objeto se deben el uno al otro: el objeto sólo puede <I>ser</I>  <I>ofreciéndose</I> al sujeto; el sujeto sólo puede <I>ser percibiendo </I>al objeto.  De aquí surgen dos consecuencias: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La primera es que el modo de <I>ser</I> de ambos lados de la relación sujeto-objeto  no es el de una cosa fija o estática sino el de una actividad. La actividad  de “ofrecerse” constituye la esencia del objeto, y la de “percibir” constituye  la esencia del sujeto. Por tanto, el enfoque de sistemas no sólo invita  a trascender una cierta división dualista del <I>ser</I>, sino que requiere concebir  el “<I>ser”</I> de manera diferente a la usual: <I>ser</I> no es permanecer o durar,  sino hacerse o devenir. En resumen: <I>ser</I> es <I>ser-siendo</I> (Fuenmayor, 1991:  443). ¿Cómo lidiar con un <I>ser</I> tan movedizo e inasible? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En segundo lugar, los modos de <I>ser</I> de sujeto y objeto son contrastantes  y complementarios entre sí. Lo propio del “ofrecerse” es mostrarse, colocarse  adelante, desocultarse, desplegarse. Lo propio del “percibir” es alojar,  hacer lugar, ocultarse, retrotraerse. Mientras el objeto <I>es siendo</I> en primer  plano, como lo que “tiene lugar” de manera abierta y visible, el sujeto  <I>es siendo</I> en el trasfondo, como lo que “da lugar” de manera oculta e imperceptible.  La relación sujeto-objeto es análoga a la relación figura-fondo de la Gestalt.  El objeto es la “figura” que sólo se distingue como tal gracias a la co-presencia  del sujeto que se repliega hacia el “fondo”. La aparición del sentido consiste  en un acto de <I>distinción</I> (Fuenmayor, 1991a: 466) por medio del cual se  separa un “adentro” (objeto) de un “afuera” (sujeto). El “encaje” creado  por esta distinción –el cual, a su vez, crea los lados que encajan– es  el sentido de lo que aparece. El estudio del sentido (es decir, de la unidad  de los fenómenos) consiste en un examen del modo como la figura (objeto)  “encaja” en su trasfondo (sujeto). Esto requiere hacer visible, al menos  parcialmente, dicho trasfondo. Pero, ¿cómo es posible hacerlo visible?  ¿En qué consiste, en general, este trasfondo? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La pregunta anterior corre el riesgo de caer en la tentación reduccionista  de describir el trasfondo de sentido como una colección de cosas particulares.  Esto significaría olvidar que, así como “objeto” y “sujeto” sólo surgen  como producto de un análisis operado sobre la unidad de sentido original,  así también cualquier conjunto de elementos que podamos distinguir en el  sujeto o en el objeto sólo es producto de un análisis ulterior operado  sobre éstos últimos. Para evitar esta nueva trampa reduccionista hace falta  concebir el trasfondo <I>como tal</I>, es decir, como una no-figura o no-cosa  cuya esencia es ocultarse, hacerse indistinguible (Fuenmayor, 1991a: 464).  Siendo <I>lo-que-no-es-la-cosa-distinguida</I>, el trasfondo corresponde a la  totalidad de la situación particular en la que aparece una cierta unidad  de sentido. En otras palabras, el trasfondo es el <I>contexto global</I> que se<I>  </I>oculta en cada acto de distinción para dar lugar a lo que se desoculta  u ofrece en ese mismo acto. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Nótese que lo anterior entra en conflicto con el afán cognoscitivo de hacer  visible el trasfondo para mostrar cómo éste es constitutivo del sentido  del fenómeno bajo estudio. ¿Cómo enfocar algo cuya esencia misma es estar  desenfocado? Por otra parte, ¿cómo mantener enfocado algo que esencialmente  depende de cada acto particular de distinción y que, por tanto, varía incesantemente?  Pero la situación es aún más complicada. Si bien el trasfondo o contexto  de sentido es particular para cada acto de distinción, a la vez tiene que  ser trascendente con respecto al <I>aquí-y-ahora</I> instantáneo en el que tiene  lugar tal acto. En efecto, el que algo tenga sentido en un determinado  instante parece estar muy vinculado al hecho de que ese algo presenta alguna  continuidad con anteriores situaciones. Algo completamente nuevo –que<I> </I>no  guarde la más mínima relación con nada que haya sido anteriormente– sería  algo completamente extraño y, por tanto, carente de sentido. Así, pues,  lo que ocurre aquí y ahora sólo tiene sentido si es una continuación posible  de lo <I>sido.</I> Pero tal “continuación” implica, además, un movimiento de transición  desde lo <I>sido</I> hacia lo <I>aún-no-sido</I>. De aquí se deduce, entonces, que el  trasfondo instantáneo de cada distinción comprime un <I>sido</I> proyectándose  hacia el <I>por-venir</I>. Tal proyectarse tiende a hacer<I> sido </I>lo que aún no lo  es, es decir, tiende a enriquecer lo <I>sido</I>. Este <I>sido</I> en proyección o enriquecimiento  –llamado <I>sido-siendo </I>por Fuenmayor (1991a: 452-459)<I>–</I> constituye la no-instantaneidad  requerida por la instantaneidad de la distinción. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Enfrentamos, pues, la necesidad de distinguir de manera rigurosa y sistemática  algo cuya esencia es ser indistinguible, que además varía a cada instante,  y que, finalmente, es esencialmente no-instantáneo –es decir, comprime  la <I>temporariedad</I> (sentido del tiempo) que necesariamente rodea a todo fenómeno  presente. Ahora bien, el <I>sido-siendo</I> no corresponde a un pasado acaecido  de manera objetiva e independiente de quien presencia un cierto sentido  de algo. Por el contrario, el <I>sido-siendo</I> es resultado de un proceso de  enriquecimiento que depende de la experiencia de vida particular de cada  quien. Pero el <I>sido-siendo</I> tampoco es, simplemente, algo subjetivo. En  primer lugar, porque el <I>sido-siendo</I> no es un atributo más del sujeto (comprendido  como lado de la relación esencial sujeto-objeto) sino que constituye su  <I>ser</I> más íntimo. Es el sujeto el que tiene carácter de <I>sido-siendo</I> y no  viceversa. El sujeto, por tanto, no es reducible a un “yo” individual,  portador de una serie de “vivencias” psicológicas y ubicable en un punto  del eje del tiempo. El sujeto es el tiempo mismo de cada situación presente;  pero no un tiempo abstracto, fijo y vacío de contenido, sino un tiempo  concreto, en el que se ha sedimentado el acontecer pasado, y que se halla  proyectado hacia un enriquecimiento aún mayor de ese sedimento. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Por otra parte, al calificar el <I>sido-siendo</I> como subjetivo, también corremos  el riesgo de reducirlo al devenir particular de la vida de un individuo.  Sin embargo, el <I>sido-siendo</I> guarda en su seno regiones de lo sido que corresponden  a momentos muy anteriores a la vida del individuo. La mayor parte de lo  que se sedimenta en el <I>sido-siendo</I> no proviene de una experiencia directa  y personal de las cosas, sino de lo que nuestra cultura, por distintos  medios, nos informa acerca del mundo en que vivimos. Sólo sobre esa base  cultural, compartida con otros, puede hacerse una experiencia de carácter  más privado o personal. De manera que el sujeto, entendido como <I>sido-siendo</I>,  abarca una experiencia que es, primariamente, la experiencia adquirida  por un <I>nos-otros</I> (Fuenmayor, 1991a: 461-462) y no, simplemente, por un  “yo” individual. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En resumen, el <I>sido-siendo</I>, en su nivel más fundamental, comprime el devenir  global del mundo sobre cuyo “escenario” (Fuenmayor, 1991a: 468- 469) ocurre  lo que ocurre en un momento dado. Ese devenir global es producto del enriquecimiento  de lo acontecido a un <I>nos-otros </I>y marca la temporariedad en la que habitan  los miembros de una determinada cultura<I>. </I>El “yo” sólo puede constituirse  sobre la base del <I>nos-otros</I> y no es más que una expresión particular de  éste. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Lo anterior muestra que el revelado del <I>sido-siendo</I> no consiste ni en un  estudio historiográfico de una realidad externa al “yo”, ni en un estudio  biográfico o psicológico de una realidad interna a éste. ¿En qué consiste,  entonces, el estudio del sentido? Este fue el punto culminante de la primera  etapa de la Sistemología Interpretativa: el enfrentamiento con el problema  de qué significa, cómo es posible y cuál es el horizonte último del revelado  del <I>sido-siendo.</I> Aquí empezó a perfilarse una problemática nueva, que abrió  una segunda etapa para la Sistemología Interpretativa. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>3. Segunda etapa de la Sistemología Interpretativa</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En la primera etapa de su camino, la Sistemología Interpretativa atendió  al llamado del enfoque de sistemas tratando de superar el reduccionismo  propio de la ciencia moderna. Sin embargo, pronto empezó a hacerse evidente  que el afán de sentido enfrenta obstáculos que trascienden a la actividad  científica. Empezó a descubrirse que la pregunta por el sentido choca,  de distintos modos, con una serie de convicciones y prácticas generalizadas  en estas sociedades. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En efecto, la Sistemología Interpretativa empezó a comprender (Fuenmayor  y López-Garay, 1991; Fuenmayor, 1993) que nuestra cultura se halla dominada  por una concepción instrumental del conocimiento que hace que la pregunta  por el sentido luzca ociosa e inútil. Descubre, también, que ello trae  como consecuencia la subordinación de todo afán cognoscitivo al desarrollo  de un aparato tecnológico cada vez más poderoso. Dicho desarrollo viene  acompañado de una sistemática ausencia de debate acerca de los fines a  los que éste sirve y del orden social en el que se inserta. Dicho orden,  por su parte, es asumido dogmáticamente como único posible. Empezó a descubrirse,  también, que todos estos rasgos culturales guardan un estrecho vínculo  con la concepción dualista. El dualismo sustenta la actitud instrumental  al reducir la realidad a un conjunto de objetos neutrales, carentes de  significado propio, y, por tanto, susceptibles de ser puestos al servicio  de cualquier fin. El dualismo también sustenta la ausencia de debate acerca  de los fines al reducirlos a meras preferencias subjetivas entre las que  no es posible elegir racionalmente. Finalmente, el dualismo sostiene un  pensamiento y una práctica social que ven a la sociedad como una reunión  de individuos que negocian entre sí para satisfacer intereses particulares. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El dualismo aparece, entonces, como una especie de lenguaje general en  cuyos términos se constituye nuestra cultura. El enfoque de sistemas, en  cambio, lleva en su interior la semilla de una cultura opuesta a esa; una  cultura en la que el afán de sentido domina por sobre cualquier otra clase  de interés, y donde las cosas no son vistas como <I>cosas-en-sí</I>, susceptibles  de control instrumental, sino como distinciones cuya presencia es posible  gracias (y hace posible) a un <I>nos-otros</I>. Una cultura, por tanto, en la  que el cuestionamiento de los fines de las acciones humanas es una actividad  central y sistemática de la sociedad –en el entendido de que la relación  social es primaria con respecto a (y constitutiva de) cada “yo”– y donde,  por tanto, la vida humana gira en torno al bien público y no los intereses  privados. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Así, la Sistemología Interpretativa descubre que el enfoque de sistemas  no sólo está llamado a trascender un pensamiento formal reduccionista,  sino también la cultura con la que éste forma una unidad indisoluble. Pero,  ¿qué implica y cómo es posible alcanzar esta transformación cultural de  nuestras sociedades occidentales? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El problema en cuestión invita a reflexionar en dos direcciones estrechamente  vinculadas. La primera apunta hacia una mejor comprensión de las condiciones  culturales de posibilidad/imposibilidad de la pregunta por el sentido.  Si las condiciones de imposibilidad las entendemos como una trampa en la  que nos encontramos aprisionados, esta primera dirección de la investigación  busca comprender la forma de dicha trampa, como paso previo para salir  de ella. Ello requiere comprender, por contraste, cuáles son las cualidades  propias de una cultura en la que la pregunta por el sentido sí encuentra  acogida. La segunda dirección busca un mayor nivel de auto-conciencia por  parte de quien impulsa la transformación, a saber, el enfoque de sistemas.  Esta tarea resulta inevitable ante el descubrimiento de que el enfoque  de sistemas, tal como lo comprende la Sistemología Interpretativa, constituye  un elemento extraño dentro de la cultura en la que se desenvuelve. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Ahora bien, la primera etapa de la investigación mostró que explorar nuestras  condiciones culturales actuales implica revelar la temporariedad general  del mundo que habitamos en el presente. Debido a ello –y pese a la falta  de claridad teórica sobre cómo revelar el <I>sido-siendo–</I> la Sistemología  Interpretativa dirige su mirada hacia el proceso histórico que forjó los  rasgos culturales anti-sistémicos antes señalados. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>3.1. El Proyecto de la Ilustración y su fracaso</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Al retroceder en el tiempo y examinar los orígenes de nuestra condición  presente encontramos que la ciencia moderna, la ontología dualista, la  racionalidad instrumental y las teorías sociales de corte individualista  o liberal originalmente formaban parte de un proyecto que, paradójicamente,  buscaba crear una cultura fundada en un pensamiento sistémico. El proyecto  en cuestión es el de la Ilustración, un movimiento intelectual usualmente  considerado como expresión máxima del horizonte de aspiraciones que originalmente  impulsaron a la Modernidad (Fuenmayor y López-Garay, 1991: 402-404). En  efecto, como bien lo muestra Immanuel Kant (1981), uno de los principales  exponentes del movimiento en cuestión, el tema central que guió al pensamiento  de la Ilustración es el logro de la autonomía individual por medio del  uso de la razón. La razón es la fuerza interna que el individuo debe oponer  a las fuerzas externas –culturales y naturales– que tratan de determinar  su modo de pensar y actuar. Por medio de la razón el individuo puede verificar  por su cuenta si lo que se le ofrece como verdadero o correcto efectivamente  lo es. La razón es, por tanto, la fuente suprema de verdad para el hombre  ilustrado. Sin embargo, el dominio en el que la razón opera es, en principio,  el de las ideas y los conceptos abstractos. La razón, por tanto, sólo puede  extender su validez al dominio de los fenómenos por medio de la representación  de éstos en su propio dominio. Pero, si nuestro pensamiento siempre se  da por medio de representaciones, ¿cómo podemos saber si la realidad tangible  es, en general, representable en el dominio de la razón? ¿Y qué asegura  que un cierto modo de representarla sea el correcto? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Según muestra Heidegger (1977), para el pensamiento moderno lo que asegura  la posibilidad y legitimidad de representar los fenómenos en el dominio  de la razón es que éstos son de antemano concebidos como representaciones.  En efecto, en Kant (1978) la razón es pensada como una fuerza que, desde  el interior del ser humano, ordena o estructura la realidad –que percibimos  como externa– con el fin de hacérnosla comprensible (darle sentido). Cuando  enfrentamos un fenómeno en la experiencia, éste se nos presenta ya estructurado  en términos de un orden inherente a la razón y, por ende, universal (es  decir, válido para todos los seres racionales). Dicho orden es responsable  de que la variedad presente en el fenómeno se nos ofrezca de antemano sintetizada  en una totalidad trascendente. El orden de la razón constituye el trasfondo  general, continuo, invisible y necesario para la constitución del sentido  en la experiencia. Sin embargo, debido a esa misma invisibilidad, nuestra  conciencia de la existencia de tal fundamento de sentido suele ser opacada  por fuerzas externas que nos inducen a interpretar erróneamente la naturaleza  de los fenómenos. El afán racional de autonomía se opone a tales fuerzas  intentando exponer en su totalidad la estructura y el carácter de fundamento  del orden universal de la razón. Esto significa que la libertad humana  no consiste más que en pensar y actuar a partir de la comprensión del sentido  de lo que ocurre en el contexto del orden universal de sentido –o, lo que  es lo mismo, consiste en pensar y actuar con plenitud de sentido. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Lo anterior pone en relieve el afán sistémico que se halla implícito en  el pensamiento del Proyecto de la Ilustración (Fuenmayor, 1994: 114-124).  Sin embargo, ¿cómo puede coexistir tal afán con aquellos otros elementos,  claramente anti-sistémicos, que también forman parte de aquel Proyecto?  Nótese que, de acuerdo con el razonamiento anterior la noción ilustrada  de autonomía requiere, por una parte, que la razón sea considerada como  el interior esencial del ser humano, y, por la otra, que los fenómenos  sean considerados como representaciones en el dominio de la razón. Más  aún, la noción de autonomía requiere que la naturaleza del hombre (su racionalidad)  sea pensada como esencialmente independiente de (o no condicionada por)  cualquier cosa externa a ella. Lo que es externo a la razón –y, por tanto,  sustancialmente diferente a ella– recibe el nombre de <I>materia</I>. La materia  es lo que, por medio de la representación, se presenta bajo la <I>forma</I> de  un fenómeno particular. Los fenómenos son, pues, <I>cuerpos materiales </I>(materia  con forma). Una representación puramente racional de los cuerpos materiales  elimina de ellos todo aquello que provenga del influjo de fuerzas culturales  y naturales. El cuerpo material, por tanto, se concibe como esencialmente  desligado de todo significado que pueda tener en un contexto <I>particular</I>.  Sólo el significado que le brinda el contexto <I>universal</I> del orden de la  razón –fundado en el afán de autonomía– es considerado como propio y constitutivo  del cuerpo material. Los cuerpos materiales son, pues, aquello que ofrece  resistencia a la razón y que, por tanto, puede y debe ser controlado y  dispuesto en concordancia con los planes de ésta. De aquí la concepción  específicamente moderna del “cuerpo material”, como una entidad cuyo comportamiento  responde de manera regular –y, por tanto, predecible– ante determinados  estímulos externos (causas, fuerzas). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Vemos, entonces, que el afán ilustrado de autonomía requiere de dos tipos  de reducción (Fuenmayor, 1994: 125-126): la reducción de los seres humanos  a seres racionales (sujetos), cuya naturaleza es independiente de las circunstancias  concretas de vida que enfrentan, y la reducción de los fenómenos a cuerpos  materiales (objetos), también independientes del contexto particular en  el que ocurren. Así, pues, el dualismo ontológico parece formar una unidad  indisoluble con el afán sistémico de la Ilustración. Por otra parte, vemos  también cómo la ciencia moderna forma parte de todo este proyecto. La ciencia  produce conocimiento racional sobre los fenómenos (reducidos <I>a priori</I> a  cuerpos materiales). De este modo, por una parte, permite darles sentido  sobre bases puramente racionales y, por la otra, permite controlarlos para  ponerlos al servicio de fines racionales. El control instrumental de la  realidad fenoménica es una actividad que tiene pleno sentido dentro del  Proyecto de la Ilustración en tanto sirve para alcanzar la autonomía racional.  Finalmente, las teorías sociales liberales surgen en el seno de este proyecto  como resultado de la reducción de los seres humanos a la condición de sujetos  racionales. El hombre ilustrado no se entiende a sí mismo como esencialmente  constituido por las relaciones sociales que mantiene en el seno de su sociedad,  sino que las ve como aspectos externos y accidentales de su existencia.  Bajo esta concepción, toda relación social concreta se sostiene sobre un  conjunto de voluntades individuales que buscan alcanzar ciertos fines preconcebidos.  Sin embargo, no se trata de fines egoístas. Al contrario, el individuo  ilustrado reconoce que todos los seres humanos están igualmente llamados  a realizar su naturaleza racional, y que, por tanto, relacionarse racionalmente  con los demás implica favorecer la realización del ideal de autonomía en  la Humanidad entera. El individuo ilustrado se entiende, entonces, como  esencialmente vinculado a los demás por medio de la idea abstracta de una  comunidad universal de seres racionales –“reino de los fines” en términos  de Kant (1785: 117)– destinados a desarrollar a plenitud su naturaleza.  Así, pues, la vida del individuo ilustrado tiene como eje central el bien  público y no el interés privado (Suárez, 2000: 40-45). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Al contemplar nuestra presente condición cultural sobre el fondo del Proyecto  de la Ilustración, ésta aparece como resultado de una especie de derrumbe,  catástrofe o fracaso sufrido históricamente por dicho proyecto. Aún persisten  en nosotros algunos fragmentos de lo que, una vez, fueron los pilares fundamentales  de aquel proyecto. Pero se ha perdido la unidad y el sentido que les brindaba  a todos ellos la noción de autonomía racional a la que se debía aquel pensamiento.  De hecho, nuestra noción dominante de libertad no guarda ninguna relación  con el afán de comprender el sentido del ocurrir. Tampoco se vincula con  la preocupación por el bien público, ni con cuestionamientos morales. Significa,  por el contrario, la posibilidad de actuar de manera arbitraria, atendiendo  a meros gustos y preferencias individuales. De este modo, la pregunta sobre  nuestra presente condición cultural se transformó en la pregunta por las  condiciones de posibilidad del fracaso del Proyecto de la Ilustración.  La investigación en torno a esta cuestión condujo a tres niveles de respuesta.   </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>3.2. Las condiciones de posibilidad del fracaso del Proyecto                 de la Ilustración</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En su nivel más superficial, el fracaso del Proyecto de la Ilustración  puede atribuirse a la contradicción lógica existente entre dos de sus elementos  fundamentales: el afán sistémico y el dualismo ontológico (Fuenmayor, 1994:  140-146). El afán sistémico de la Ilustración busca explicar el <I>ser</I> de  los fenómenos en términos de un orden trascendente fundado sobre –y motorizado  por– el afán de autonomía del sujeto racional. El afán de autonomía constituye,  pues, el bien supremo del sujeto racional, pero, simultáneamente, constituye  el fundamento ontológico de toda presencia (Fuenmayor, 1994a: 18-19). Esto  significa que el afán de sistemas de la Ilustración sólo tiene sentido  bajo el supuesto de que el dominio de los “hechos” (lo que <I>es</I>) no es independiente  del dominio de los fines o “valores” (lo que <I>debe ser</I>) sino que, por el  contrario, se funda sobre éste último. El dualismo, sin embargo, conduce  a concebir los hechos como existentes de manera independiente de la valoración  que se pueda hacer (o no) de ellos, y los valores como meras expresiones  de preferencias subjetivas y arbitrarias. Esto, por una parte, hace que  pierda poder de convocatoria cualquier concepción del bien humano (incluyendo  el ideal de autonomía racional) y, por la otra, abre una brecha insalvable  entre los dos dominios que pretende relacionar entre sí el afán sistémico  de la Ilustración. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Sin embargo, algún otro proceso destructivo del afán de autonomía debió  haber tenido lugar para que la tensión dialéctica entre el afán sistémico  de la Ilustración y el dualismo ontológico finalmente se resolviera a favor  de éste último. Para comprender este segundo nivel del proceso de fracaso  del Proyecto de la Ilustración debemos comprender el afán ilustrado de  autonomía dentro de su contexto histórico. ¿A qué condición cultural respondía  el afán ilustrado de autonomía? ¿Cuál era el poder –experimentado como  opresivo– contra el cual iba dirigido tal afán? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El esfuerzo filosófico por erigir a la razón como fuente suprema de verdad  y, a la vez, como interior esencial del ser humano, iba dirigido en contra  de la fuente de verdad y la concepción del hombre dominantes hasta ese  entonces. El pensamiento de la Ilustración se opuso al poder que la Iglesia  católica había venido ejerciendo, desde la Edad Media, sobre las sociedades  europeas. El poder en cuestión era, fundamentalmente, hermenéutico: la  Iglesia medieval pretendía autoridad exclusiva en la determinación de lo  que era verdadero (o falso) y de lo que era bueno (o malo). Como muestra  Fuenmayor (1994: 134-138), para liberar a los seres humanos de este poder,  el pensamiento de la Ilustración tuvo que escarbar un interior esencial  en el ser humano que, simultáneamente, constituyese una nueva fuente universal  de legitimidad. Esto condujo al rechazo del modo como el hombre medieval  se entendía a sí mismo –a saber, como esencialmente constituido por (y  dependiente de) el papel particular que cumplía dentro del orden al que  estaba subordinado– a favor de la creación de una identidad humana universal,  en esencia desvinculada o descomprometida de sus circunstancias concretas  de vida. Sin embargo, pese a esta pretensión, tanto la figura del sujeto  racional, como el afán de autonomía que la funda, sólo tenían sentido en  las circunstancias históricas concretas del rechazo al poder de la Iglesia  medieval. Al desvanecerse tal poder, la reacción en su contra tuvo que  perder sentido y vitalidad, lo que implicó el debilitamiento del afán de  autonomía y, finalmente, el derrumbe de todo el Proyecto de la Ilustración. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Pero hay, además, un tercer aspecto, aún más de fondo, del proceso de derrumbe  de este proyecto. Aunque la Ilustración creó una disposición ontológica  completamente nueva y opuesta al modo medieval de experimentar al ser humano  y a la realidad, tal oposición sólo podía darse sobre la base de un piso  común a ambas perspectivas; piso que sólo se hace claramente visible por  contraste con su ausencia en nuestra época presente. En efecto, como observa  Heidegger (1977a), tanto la concepción medieval como la ilustrada comparten  la convicción de la primacía ontológica del dominio de lo suprasensible  (o metafísico) sobre el dominio de lo sensible (o físico). En la Edad Media  la base suprasensible de la realidad fenoménica es el Dios personal del  cristianismo, mientras que, para la Ilustración, tal base radica en el  orden de la razón. En ambos casos, el mundo suprasensible constituye la  fuente de sentido de todo lo que <I>es</I>. Puesto de otro modo, ambas culturas  intuían que el <I>ser</I> de los fenómenos no estaba dado en sí mismo, sino que  dependía de un trasfondo intangible o inmaterial, temporalmente trascendente  a cada ocurrencia particular. Por el contrario, hoy en día pensamos que  la realidad material es el sustrato básico e incondicionado que sostiene  y condiciona lo intangible (que ubicamos dentro de lo “mental” o “subjetivo”).  Lo intangible no es más que una “propiedad emergente” de un alto “nivel  de organización” de la materia. Vemos, entonces, que el derrumbe del Proyecto  de la Ilustración marca el fin de algo de aún mayor envergadura histórica  que la disolución de la tensión entre la Edad Media y la Modernidad. Marca  una inversión de la jerarquía ontológica entre lo sensible y lo suprasensible;  inversión que requiere y, a la vez, posibilita, el olvido de la pregunta  por el sentido. Pero, ¿cuál es el espacio histórico en el que fue dominante  lo metafísico? ¿Qué hizo posible que tal dominio apareciera y que llegara  a su fin? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La indagación histórica en torno a la primacía de lo metafísico en Occidente  muestra que ésta tiene su origen en el pensamiento filosófico de la Grecia  clásica, de donde extiende su dominio hacia la Antigüedad, la Edad Media  y la primera etapa de la Modernidad. En efecto, es en la obra de Platón  donde se formula por primera vez, de manera explícita, la necesidad de  suponer la existencia de un mundo intangible de Ideas abstractas que permite  reconocer (dar sentido) a las apariencias concretas (fenómenos) que nos  ofrece la experiencia. Como muestra Fuenmayor (1991: 425-431), esta necesidad  surge en el pensamiento griego antiguo como solución a dos problemas estrechamente  vinculados. El primero podría formularse de este modo: si el sentido de  un fenómeno depende de un acto de re-conocimiento, ¿qué es exactamente  lo que se re-conoce en tal acto? Obviamente, lo que se re-conoce no es  una aparición anterior del <I>mismo</I> fenómeno, pues todas las apariciones instantáneas  son diferentes entre sí. Lo que se re-conoce tiene que ser algo que no  tiene carácter de aparición, que permanece inalterado en el tiempo, y que  constituye, además, la “mismidad” del fenómeno, es decir, su identidad  primordial. Pero hay, además, otra razón por la que se hace necesario suponer  que el <I>ser</I> de los fenómenos radica en ese algo fijo e invisible. Se trata  de que sólo bajo tal suposición puede existir un conocimiento acerca de  los fenómenos que pueda ser comunicado a (y verificado por) otros seres  humanos en cualquier tiempo y lugar; que tenga la universalidad y certeza  propias del conocimiento matemático. Puesto de otro modo, el conocimiento  científico o filosófico de los fenómenos no sería posible si la naturaleza  de los mismos fuese variable. Ambos problemas conducen, pues, a postular  la existencia de un mundo de entes fijos, a los que sólo puede accederse  por medio del intelecto, y que fundan ontológicamente la realidad fenoménica.  Es este mundo metafísico (o “mundo de las Ideas”) el que más de veinte  siglos después se constituirá en el interior esencial del ser humano. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Pero, si la aparición de la metafísica estuvo estrechamente vinculada a  la pregunta por el sentido, ¿por qué su desarrollo histórico desembocó  en el actual desvanecimiento del afán de sentido? Una respuesta a esta  pregunta surge del contraste entre la ontología del pensamiento metafísico  y la ontología de la Sistemología Interpretativa. Mientras ésta última  mantiene una aguda conciencia del carácter esencialmente in-distinto y  dinámico del trasfondo que brinda sentido al ocurrir, el pensamiento metafísico  reduce tal trasfondo a una estructura fija de Ideas particulares. Debido  a esta fijeza, el pensamiento metafísico tiene que postular, además, que  dicha estructura es independiente de los fenómenos particulares de la experiencia.  La Sistemología Interpretativa, en cambio, entiende que la aparición del  sentido se da como un acto primario de distinción que crea una relación  esencial entre el fenómeno y su trasfondo. Desde el punto de vista de la  Sistemología Interpretativa, el pensamiento metafísico, si bien intenta  atender a la pregunta por el sentido, presenta un claro sesgo anti-sistémico  en su respuesta. Una de las causas de dicho sesgo es el afán por hacer  posible un conocimiento sobre los fenómenos que emule el conocimiento matemático.  Este afán epistemológico conduce a identificar los fenómenos con entidades  conceptuales (o ideales) existentes en sí, es decir, de manera independiente  de toda circunstancia. El desarrollo histórico de este tipo de pensamiento  desembocó, finalmente, en la reificación del concepto de “cuerpo material”,  con lo cual éste adquirió carácter de <I>cosa-en-sí</I>, borrándose toda noción  de dependencia ontológica del fenómeno con respecto a un trasfondo. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Ahora bien, lo anterior muestra que la cultura occidental, desde sus mismos  orígenes, es movida por la pregunta por el sentido o el <I>ser</I> de los fenómenos,  pero, a la vez, es movida por un afán por dominar ese <I>ser</I> –dominarlo, primero,  intelectualmente, mediante la argumentación discursiva (<I>logos</I> o razón),  y, finalmente, dominarlo en términos instrumentales. De aquí se concluye  que ninguna de las épocas metafísicas de Occidente puede ser considerada  por nosotros como ejemplo supremo de una cultura que acoge y estimula la  pregunta por el sentido. Ciertamente, cada una de ellas proporciona un  cierto contraste con nuestra época presente, pero también cada una presenta  aspectos anti-sistémicos que responden al ya señalado afán de dominio sobre  el <I>ser</I>. Pero, ¿qué ocurre si retrocedemos aún más en el tiempo, hacia esa  etapa pre-clásica de la cultura griega en la que brotó, por primera vez,  la pregunta por el sentido? ¿Quizás allí el pensamiento sistémico aún no  estaba contaminado por ese afán de dominio que resultó tan destructivo  para la pregunta por el sentido? ¿Quizás allí encontremos un ejemplo más  puro de una cultura plenamente dominada por el pensamiento sistémico? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>3.3. En busca de un modelo cultural cultivador del afán                de  sentido</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En efecto, como muestra Fuenmayor (1993: 476-479 y 1994: 128-132) existen  indicios de que la cultura griega pre-clásica estaba involucrada en un  tipo de pensamiento que guarda notables similitudes con algunas de las  principales ideas ontológicas de la Sistemología Interpretativa. Como ya  señalamos, el pensamiento griego intuía que, en la vida cotidiana, lo que  se presenta siempre tiene un carácter dinámico, variable, y que la posibilidad  de la permanencia y la continuidad descansa en algo que no está presente.  Al parecer el pensamiento griego partía de una base cultural que concebía  la presencia de una cosa como un incesante “actualizarse” de ésta sobre  el piso de lo necesariamente no-actual. Eso necesariamente no-actual –y,  por tanto, esencialmente oculto y misterioso– constituía el origen o la  fuente del <I>ser</I> de cada cosa, de manera que las cosas <I>llegaban a ser</I> gracias  a un proceso de <I>des-ocultamiento</I> (“aleteia”). Cada cosa, por tanto, debía  su <I>ser</I> a ese misterio desde el cual se desocultaba. La existencia de las  cosas no podía nunca darse por sentado, como algo seguro y evidente por  sí mismo con lo que puede contarse sin necesidad de prestarle mayor atención.  Por el contrario, el ocurrir estaba envuelto en un hálito de misterio y  asombro, era experimentado como algo frágil y efímero, como una dádiva  que exigía respeto y agradecimiento. Nótese que, bajo este tipo de ontología,  la actitud humana dominante es la de recibir (o <I>percibir</I>) y velar respetuosamente  por aquello que se <I>ofrece</I> como dádiva. En vez de someter lo que se presenta  al dominio de lo enunciable y manipulable en términos lógico-matemáticos,  lo apropiado es replegarse y ofrecer espacio para que la dádiva pueda brillar  en todo su esplendor. Pero replegarse y ofrecer espacio no implica permanecer  pasivos ante la presencia; por el contrario, implica prestarle la mayor  atención posible, ofrecerle abundante y profundo pensamiento, abonar el  terreno necesario para su despliegue. En tales circunstancias, el llamado  hacia la comprensión de la presencia –es decir, hacia la búsqueda profunda  de su sentido– debía poder escucharse con gran claridad. Fue a ese llamado  que atendió el pensamiento de los primeros filósofos griegos, aún cuando  terminó respondiendo a él de un modo que traicionaba su propia esencia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Lo anterior permite hacer dos observaciones. En primer lugar, se pone en  evidencia que, así como el empobrecimiento del sentido de la realidad está  asociado a una especie de “des-mistificación” (olvido del carácter esencialmente  oculto) del fundamento de sentido, del mismo modo la riqueza de sentido  guarda estrecha correspondencia con el mantenimiento del carácter misterioso  de tal fundamento. La pregunta por el modo como se constituye el sentido  no luce relevante en la primera situación, mientras que se hace notoria  y llamativa en la segunda. Es, pues, una situación cultural como ésta la  que parece más propicia y acogedora para el pensamiento de sistemas. Más  aún, para que el pensamiento de sistemas pueda mantener sus propias condiciones  de posibilidad, es necesario que se plantee su tarea no como una “des-mistificación”  del fundamento de sentido, sino, por el contrario, como una “mistificación”  (des-olvido del carácter esencialmente oculto) del mismo que, simultáneamente,  enriquezca el sentido de la realidad. Sin embargo, recordemos que el pensamiento  de sistemas busca comprender, y, por tanto, des-ocultar el fundamento de  sentido. Por otra parte, preservar el carácter oculto del fundamento no  puede equivaler, simplemente, a hacerlo tan radicalmente ausente que no  sea posible dar cuenta de lo que ocurre –como es el caso de nuestra cultura  actual, o como suele suceder con los niños en cualquier cultura– pues con  ello estaría contribuyendo al empobrecimiento del sentido. En conclusión,  e<I>l pensamiento de sistemas está llamado a desocultar el fundamento de sentido  de tal modo que haga brillar, a la vez, la necesaria imposibilidad de su  desocultamiento</I>. Pero, ¿en qué puede consistir tan paradójica tarea? ¿Guardará  ella algún vínculo con las formas discursivas que, desde muy temprano,  fueron abiertamente rechazadas por la metafísica, a saber, las formas poéticas,  narrativas, metafóricas, proverbiales y mitológicas de la Grecia pre-clásica?  La segunda observación es la siguiente. Resulta claro que la riqueza de  sentido, el carácter misterioso del fundamento y la presencia de un pensamiento  sistémico están asociados a una actitud de respetuoso y agradecido acogimiento  que constituye la contrapartida del carácter de dádiva frágil y efímera  que tiene el desocultarse del ocurrir a partir de lo oculto. De acuerdo  con esto, un ocurrir rico en sentido sólo puede darse bajo la forma de  una armoniosa relación de mutua entrega entre quien <I>ofrece</I> la dádiva y  quien la <I>recibe</I> (o <I>percibe</I>). Sin embargo, claramente no se trata de una  actitud subjetiva o disposición “moral” en el sentido moderno de la palabra.  Se trata de un tono, un ambiente, una atmósfera que domina la situación  completa y le imprime la dinámica necesaria para que ocurra el ocurrir.  Actuar de modo no acorde con dicho “tono moral situacional” es atentar  contra el ocurrir de la situación. Bajo esta ontología, el <I>bien</I> es constitutivo  del <I>ser</I>, y la separación entre “hecho” y “valor” no tiene ningún sentido.  ¿Cómo puede, entonces, el pensamiento de sistemas <I>en-tonar</I> nuestra cultura  con este “tono” propio de un ocurrir con riqueza de sentido? ¿Existe algún  mecanismo que permita sentar las condiciones de posibilidad necesarias  para ello? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> A estas cuestiones nos dedicaremos en un siguiente trabajo. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Lista de Referencias</B> </FONT></P>      <!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 1. FUENMAYOR, R. (1991). <B>The Roots of Reductionism: A Counter-Ontoepistemology  for a Systems Approach</B>; Systems Practice, Vol. 4, N° 5; Plenum Press, New  York. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901493&pid=S1315-6268200900010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 2. FUENMAYOR, R. (1991a). <B>The Self-Referential Structure of an Everyday-Living  Situation: A Phenomenological Ontology for Interpretive Systemology</B>. Systems Practice, Vol. 4, N° 5; Plenum Press, New York. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901494&pid=S1315-6268200900010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 3. FUENMAYOR, R. (1991b). <B>Truth and Openness: An Epistemology for Interpretive  Systemology</B>. Systems Practice, Vol. 4, N° 5; Plenum Press, New York. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901495&pid=S1315-6268200900010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><font face="Verdana" size="2">4. </font> <FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> FUENMAYOR, R. (1993). <B>The Trap of Evolutionary Organicism</B>. Systems Practice,  Vol. 6, N° 5; Plenum Press, New York. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901496&pid=S1315-6268200900010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 5. FUENMAYOR, R. (1994). <B>“Systems Science: Addressing Global Issues” —  The Death Rattle of a Dying Era?.</B> Systemist, Vol. 16, N° 2; The United Kingdom  Systems Society. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901497&pid=S1315-6268200900010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 6. FUENMAYOR, R. (1994a). 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(2001). “Educación y la reconstitución de un lenguaje madre”. <B>LOGOI</B>, Vol. 4, Centro de Estudios Filosóficos de la UCAB, Caracas. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901499&pid=S1315-6268200900010000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 8. FUENMAYOR, R. (2001a). <B>Interpretando Organizaciones: Una Teoría Sistémico-Interpretativa  de Organizaciones.</B> Venezuela: Universidad de Los Andes.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901500&pid=S1315-6268200900010000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 9. FUENMAYOR, R.; LÓPEZ-GARAY, H. (1991). <B>The Scene for Interpretive Systemology</B>;  Systems Practice, Vol. 4, N° 5; Plenum Press, New York. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901501&pid=S1315-6268200900010000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 10. HEIDEGGER, M. (1975). <B>Early Greek Thinking.</B> San Francisco, Harper &amp; Row.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901502&pid=S1315-6268200900010000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 11. HEIDEGGER, M. 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(1981). ¿Qué es la Ilustración?.<I> </I>En: <B>Filosofía de la Historia</B>,  México, Fondo de Cultura Económica. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901506&pid=S1315-6268200900010000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 15. SUÁREZ, R. (2000). <B>Cárceles sin Fin</B>. Mérida, Venezuela: Consejo de Publicaciones de la ULA. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901507&pid=S1315-6268200900010000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 16. SUÁREZ, R. 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