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<publisher-name><![CDATA[Instituto de Filosofía del Derecho "Dr. José M. Delgado Ocando" Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas - Universidad del Zulia - Maracaibo - Venezuela.]]></publisher-name>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This study attempts to respond to the normative character of social rules through the well-known practical theory of rules by Herbert Hart. Since this theory has experienced variations throughout the academic life of the aforementioned author, the study will not only acknowledge the original 1961 explanation, but all of its developments during the following thirty years. This review implies not only confronting Hart’s explanations, but also the criticism poured out on them, the interpretations, objections and consequences that his original ideas as well as its revisions have had.]]></p></abstract>
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<kwd lng="es"><![CDATA[Teoría práctica de las reglas]]></kwd>
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</front><body><![CDATA[  <BASEFONT SIZE="3">     <P ALIGN="center"><FONT COLOR="000000" FACE="Verdana"> <B>La normatividad en la teoría práctica de las reglas*</B></FONT></P>      <P ALIGN="center"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Roberto M. Jiménez Cano</B></FONT></P>     <P><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Universidad Carlos III de Madrid Getafe-España <a href="mailto:robertomarino.jimenez@uc3m.es">robertomarino.jimenez@uc3m.es</a></FONT></P>     <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>*</B> Este trabajo ha sido realizado&nbsp;en el&nbsp;marco del Proyecto Consolider-Ingenio  2010 “El tiempo de los derechos” CSD2008-00007. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Resumen</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El presente trabajo intenta responder al carácter normativo de las reglas  sociales a través de la conocida teoría práctica de las reglas de Herbert  Hart. Como esta teoría fue sufriendo variaciones a lo largo de la vida  académica de dicho autor, no sólo se dará cuenta de la explicación original  de 1961, sino de todo su desarrollo durante los siguientes treinta años.  Este repaso implica no sólo afrontar las exposiciones de Hart, las críticas  a ellas vertidas, así como las interpretaciones, objeciones y consecuencias  que han tenido tanto su idea original como sus revisiones. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Palabras clave:</B> Teoría práctica de las reglas, normatividad del Derecho, obligación jurídica,  razones para la acción, convencionalismo. </FONT></P>    <P ALIGN="center"><b><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Normativity in the Practical Theory of Rules </FONT></b></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Abstract</B> </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> This study attempts to respond to the normative<I> </I>character of social rules  through the well-known practical theory of rules by Herbert Hart. Since  this theory has experienced variations throughout the academic life of  the aforementioned author, the study will not only acknowledge the original  1961 explanation, but all of its developments during the following thirty  years. This review implies not only confronting Hart’s explanations, but  also the criticism poured out on them, the interpretations, objections  and consequences that his original ideas as well as its revisions have  had. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Key words:</B> Practical theory of rules, normativity of law, legal obligation, reasons  for action, conventionalism. </FONT></P>    <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Recibido: 04-12-2008 Aceptado: 09-02-2009</FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>1. Introducción</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En toda sociedad compleja existe, según lo planteado por Herbert Hart,  una regla de reconocimiento que sirve para reconocer o identificar las  reglas sociales (y, por ende, las jurídicas) del grupo por medio de los  criterios o características especificados por ella (Hart, 1961: 125, 137).  Dicha regla de reconocimiento, una vez aceptada, impone un deber sobre  los jueces consistente en considerar ciertos criterios específicos como  identificadores de los estándares jurídicos que deben aplicar en sus decisiones  (Hart, 1980: 7-8). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La pregunta a la que se enfrenta el presente artículo es la siguiente:  ¿por qué la regla de reconocimiento impone un deber o una obligación a  los jueces? Teniendo en cuenta que la idea de normatividad del Derecho  hace referencia ya sea a la obligatoriedad o fuerza vinculante de las normas  jurídicas (Delgado Pinto, 1996: 425; Bulygin, 2004: 16), bien a su consideración  como razones para la acción a la hora de fundamentar un comportamiento  (Raz, 1999: 354), la pregunta puede ser reformulada así: ¿cuál es el fundamento  de la normatividad de la regla de reconocimiento? </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Es cierto que el lector no profesional podría tener una duda previa a resolver:  qué es la regla de reconocimiento. Brevemente, la regla de reconocimiento  es una clase de regla social, en concreto una práctica social compleja,  normalmente concordante, de los operadores jurídicos y los particulares  de identificar el Derecho con referencia a unos criterios determinados.  Como práctica social su existencia es una cuestión de hecho y, por tanto,  es comprobable empíricamente, pero también dicha regla es Derecho, ya que  proporciona los criterios para la identificación de otras reglas pertenecientes  al sistema; nota que puede ser considerada como una característica definitoria  del sistema jurídico (Hart, 1961: 137-139). En definitiva, la regla de  reconocimiento sería el fundamento del derecho (Hart, 1961: 125). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Aclarados estos puntos, la cuestión previa se retoma en este sentido: ¿por  qué los operadores jurídicos y los particulares tienen la obligación de  obedecer al Derecho? La repuesta que Hart diera a esta pregunta es el objeto  de los siguientes epígrafes. La contestación no es unívoca, por ello se  comenzará, en el epígrafe segundo, ofreciendo la respuesta original y que  entiende las reglas sociales como la conjunción de una regularidad de comportamiento  y una actitud normativa hacia ésta, denominada aceptación, como elemento  definitorio de la obligación jurídica (lo que se conoce como «teoría práctica  de las reglas»). En segundo lugar, se describirá la crítica que Ronald  Dworkin realiza a tal exposición poniendo de manifiesto que en la explicación  original de Hart no hay nada de normativo. En los epígrafes cuarto y quinto  se abordarán dos transformaciones de la explicación original: el primero  estará motivado por un giro desde el punto de vista a través del cual se  pueda comprender la normatividad, acercándose, así, a la idea de razones  para la acción. El segundo será causado por la crítica dworkiniana y fundamentará  la redefinición de la exposición original como únicamente válida para las  convenciones sociales, desarrollándose, así, un convencionalismo en sentido  fuerte o débil. Por último, el trabajo concluirá con una llamada de atención  que pretenderá poner de manifiesto que el intento final de concebir la  regla de reconocimiento como una convención social, puede contribuir a  una mejor demostración de su fuerza normativa, pero a riesgo de modificar  la idea original de tal hecho social. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>2. La explicación original</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La respuesta a la pregunta sobre la obligación de obedecer al Derecho había  sido tradicionalmente clara, unidireccional y representada por las teorías  iusnaturalistas: los jueces están obligados a obedecer el Derecho siempre  que sea conforme con los principios morales o de justicia del Derecho natural  (Delgado Pinto, 1996: 426). En resumen, siempre que el Derecho sea justo,  éste impone a los jueces un deber o una obligación moral de obedecerlo.  Sin embargo, HART, al moverse en una órbita iuspositivista fundamentada,  entre otras, en la tesis de la separación conceptual entre Derecho y moral  (Jiménez Cano, 2008b: 179-182), entenderá que un sistema jurídico no tiene  necesariamente que apoyarse en la convicción de que existe una obligación  moral de obedecerlo. Dicho de otra manera, la obligación que impone el  Derecho no siempre es moral (Hart, 1961: 229). La idea de obligación propia  del Derecho, entonces, no puede explicarse únicamente por medio de los  valores o del concepto de obligación moral, sino a través de hechos sociales.  John AUSTIN había explicado, con anterioridad, la idea de obligatoriedad  jurídica como la probabilidad de castigar, por parte del soberano, las  desviaciones de conducta de los súbditos respecto a los comportamientos  prescritos en los mandatos o normas jurídicas de aquél. Dicho autor entiende  que un mandato es la expresión de un deseo, pero un deseo que se diferencia  de otros por la posibilidad de infringir un mal, esto es, de imponer una  sanción al responsable de no haber cumplido con tal deseo o mandato. Esta  responsabilidad por el incumplimiento del deseo se concibe, desde otro  punto de vista, como una obligación o deber de obedecer el mandato o deseo,  quedando así tanto el mandato como el deber y la sanción conectados inseparablemente.  Cuando los elementos «mandato», «deber» y «sanción» entran en el juego  de las relaciones entre soberano y súbdito la ejecución efectiva de la  sanción no sólo deviene posible, sino probable por cuanto el soberano es  superior a cualquier otro sujeto. Dicha superioridad del soberano y, por  ende, la probable sanción en caso de incumplimiento de sus mandatos conducen  a un hábito de obediencia de la mayor parte de los súbditos a los deseos  del soberano, esto es, aquel que no tiene hábito de obediencia a otro y  quien recibe obediencia habitual de la mayor parte de una sociedad dada  (Austin, 1832: 14-17 y 193-194). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El modelo de Austin, sin embargo, le parecerá insatisfactorio a Hart, quien  propondrá explicar la idea de obligación a través de la concepción de las  normas como reglas. Las reglas, en la concepción de este autor, son prácticas  sociales que envuelven dos aspectos, uno externo y otro interno. En primer  lugar, un hábito o una conducta regular uniforme. Es decir, se trata de  una regularidad fáctica o reiteración concurrente o convergente de un comportamiento  que conforma un patrón de conducta (aspecto externo). En segundo lugar,  una actitud crítica, vista como legítima, por parte de los sujetos de un  grupo, ante uno mismo y los otros, frente a la desviación presente o amenazada  de la conducta reglada (aspecto interno). Su desviación sería una buena  razón para la crítica. El aspecto interno tendría su expresión característica  en expresiones del tipo «yo debo», «tú tienes que», «deber», «correcto»  o «incorrecto». Tal y como se ha expuesto, en la teoría de Austin el concepto  de obligación quedaría reflejado en la imagen según la cual un empleado  de banca entrega el dinero ante la orden respaldada por amenazas de un  asaltante. Sin embargo, el empleado ¿se vio obligado a ello o tenía la  obligación de hacerlo? A juicio de Hart, parece que la mejor descripción  de la situación entre el empleado y el asaltante sería decir que el empleado  <I>se vio obligado </I>a entregar el dinero y no que <I>tenía la obligación</I> de hacerlo.  Para Hart, el enunciado «verse obligado» es principalmente un enunciado  psicológico que se refiere a las creencias y motivos que acompañaron a  una acción, mientras que el enunciado «tener la obligación» es de un tipo  muy distinto. En principio, un enunciado del tipo «tener la obligación»  es totalmente independiente de si se hizo o no lo que se tenía que hacer,  mientras que el enunciado «verse obligado» lleva aparejado que efectivamente  se hizo algo. Además, un enunciado del tipo «tener la obligación» implica  la existencia de una regla, sencillamente porque denota que el no hacer  algo sobre lo que se tiene obligación de hacer acarrearía una crítica justificada  (Hart, 1961: 102-107). La disposición continua por parte de los individuos  participantes en la práctica de considerar tales patrones de conducta como  guías de su propia conducta futura y como estándares de crítica, los cuales  pueden legitimar reclamos y varias formas de presión para exigir conformidad  hacia ellas, es denominada «aceptación» (Hart, 1994: 32). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Recapitulando, la existencia de una regla social requiere, por un lado,  la concurrencia de un comportamiento grupal que conforma un patrón de conducta  y, por otro, la actitud continuada de los miembros de ese grupo tanto de  tomar tal patrón de conducta como guía de su comportamiento como de reaccionar  críticamente contra cualquier desviación de dicha conducta. Esta explicación  «ha llegado a conocerse como la ‘teoría práctica’ de las reglas en virtud  de que trata las reglas sociales de un grupo constituidas por una forma  de práctica social que comprende, tanto patrones de conducta regularmente  seguidos por la mayoría de los miembros del grupo, como una distintiva  actitud normativa hacia esos patrones de conducta, a la cual he llamado  ’aceptación‘» (Hart, 1994: 32). La aceptación, en resumidas cuentas, permite  considerar el comportamiento practicado como una regla obligatoria. Sin  embargo, en esta explicación se abren varias interrogantes con respuestas  no muy claras. Por ejemplo, ¿por qué razón los individuos aceptan las reglas?,  ¿la existencia de un comportamiento regularmente convergente es suficiente  para seguir dicho comportamiento, criticar la conducta desviada y justificar  la presión social ante ésta? La respuesta de Hart parecía sencilla: un  individuo acepta la regla porque tiene razones morales o prudenciales para  ello, tales como cálculos interesados a largo plazo, interés “desinteresado”  en los demás, una actitud tradicional o incluso el mero deseo de comportarse  como lo hacen los otros (Hart, 1961: 250-251). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>3. La crítica</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La concepción de la idea de obligación descrita en la teoría práctica de  las reglas, fue objeto de crítica por Ronald Dworkin, quien, reconociendo  que la provisión de razones y el establecimiento de deberes son rasgos  de normatividad, mostró que ésta no puede provenir de un mero estado fáctico  de cosas -como es la regularidad y cierta actitud de comportamiento concurrente-,  sino de un concreto estado «normativo» de las cosas o, en su visión, de  la existencia de razones morales que realmente definen la tenencia de un  deber de aceptar la regla. En opinión de Dworkin, el deber que fundamenta  la obligación de los jueces de seguir la regla no puede ser, por ejemplo,  el deseo de comportarse como lo hacen los demás, sino la afirmación de  que los jueces tienen precisamente tal deber (Dworkin, 1977: 107-111). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El error de Hart sería, a juicio de Dworkin, no distinguir entre dos tipos  de obligación: la obligación por convicción y la obligación por convención.  De acuerdo con la primera, los agentes de una comunidad verán una regla  como obligatoria por convicciones morales, con independencia de que haya  concurrencia de convicciones. Sin embargo, en el segundo caso, los agentes  de una comunidad verán una regla como obligatoria cuando concuerden en  este hecho y precisamente lo ven así porque coinciden en ello (se acepta  porque todos los demás la aceptan, con independencia de su verdad sustantiva).  Si, para la teoría práctica de las reglas, la obligatoriedad de una regla  proviene, exactamente, de una concurrencia de actitudes, entonces dicha  teoría no puede explicar todas las reglas sociales, sino sólo las convenciones  (Dworkin, 1977: 111; 1986: 135-136). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> De esta manera, la teoría práctica se debilita, ya que podría ser que por  lo menos parte de los jueces se sintieran obligados más por convicción  que por convención (Dworkin, 1986: 111). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>4. La conversión</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Tras estos embates a la normatividad de las reglas sociales como reglas  obligatorias y con el renovado auge de la teoría de las razones para la  acción en los últimos años de la década de los setenta y primeros de la  de los ochenta del pasado siglo se empezó a concebir la normatividad de  las reglas no en clave de deberes y obligaciones, sino en términos de razones  para la acción. Esta idea se basa en que los individuos actúan de manera  racional, deliberando, oponiendo o ponderando las razones o motivos que  tienen para hacer o abstenerse de hacer algo. Si el elemento normativo  de las reglas sociales, la aceptación, no puede ser satisfactoriamente  comprendido en términos de obligación, dicha aceptación puede verse como  el reconocimiento de los individuos de tratar la regularidad de comportamiento  de la regla como una razón para la acción (Schauer, 1991: 183-188). O,  dicho de un modo más sencillo, la aceptación sería una actitud interior  del agente que permite convertir las reglas en razones para la acción.  Si en efecto la aceptación no es más que la asunción voluntaria por parte  de un individuo de que la existencia de la regla cuenta entre sus deliberaciones  prácticas o de comportamiento, entonces la cuestión de la normatividad  se ha convertido en un asunto de razones para la acción. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> De hecho, parece que la existencia de una regla supone para un individuo  aceptar que dicha regla cuenta en su consideración o deliberación para  actuar en tres cursos de acción diferentes. En primer lugar, significa  aceptar que cuenta en su deliberación o balance de razones para guiar su  conducta de acuerdo con el patrón de comportamiento de la regla. En segundo  lugar, es tomada en consideración como una razón para criticar el comportamiento  desviado. En tercer y último lugar, es tomada como una razón que justifica  el ejercicio de una presión social sobre los miembros del grupo para que  conformen su conducta con la regla (Marmor, 2001: 2-3). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Este paralelismo entre reglas sociales y razones para la acción fue puesto  de manifiesto por Hart al afirmar que «el reconocimiento general en una  sociedad de las palabras del superior como razones perentorias para la  acción es equivalente a la existencia de una regla social» (Hart, 1982:  96). De esta manera, que una sociedad reconozca a una persona (o institución)  como autoridad práctica, es decir, tome sus palabras como razones para  actuar conforme a esas palabras (Raz, 1985: 229) equivale a que dicha sociedad  toma las conductas prescritas en sus palabras o directivas como guías de  su propio comportamiento; las utiliza como críticas ante la conducta desviada;  y, finalmente, las usa como justificaciones de la presión social ante la  desviación. Desde el punto de vista de las razones para la acción, las  reglas sociales serían, pues, razones perentorias, esto es, razones que  excluyen toda deliberación, debate o argumento. El concepto de razón perentoria  es similar al de razón excluyente (razón de segundo orden negativa) que  usa Raz, esto es, una razón para no actuar según otras posibles razones  (Raz, 1975: 39-ss y 226-ss; 1979: 32). Ahora bien, además de perentorias,  las reglas sociales son razones independientes de contenido en el sentido  de que pretenden funcionar al margen de las razones que se tuvieran para  llevar a cabo la acción (Hart, 1982: 92-93; Bayón, 1991: 38). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Un punto a destacar en esta configuración es que las razones que proporcionan  las reglas sociales están siempre basadas en una regularidad de comportamiento.  Dicha regularidad de comportamiento será la razón para, como se ha señalado  anteriormente, guiar la propia conducta, criticar el comportamiento desviado  y legitimar el ejercicio de una presión social sobre éste. No obstante,  tal razón no le parece a Raz suficiente para explicar la normatividad de  todas las reglas sociales sino sólo de las convenciones, coincidiendo,  así, aunque por otros motivos con la crítica dworkiniana (Raz, 1975: 60-65). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> La teoría práctica de las reglas, recuérdese que se trata de la explicación  de las reglas como un tipo de prácticas sociales, no obstante, parecía  insatisfactoria para explicar la normatividad de todas las reglas sociales  bien sea por la tradicional vía de la idea de obligación o por vía de razones  para la acción. Serán estas críticas las que lleven a Hart a matizar, con  posterioridad, que su teoría práctica no sirve para explicar todas las  reglas sociales, sino sólo una categoría de éstas: las convenciones sociales.  La diferencia entre una convención y cualquier otra regla social es clara.  Las reglas sociales no convencionales están constituidas por el hecho de  que los miembros de un grupo han concurrido en su comportamiento, pero  por diferentes razones. Sin embargo, en las reglas sociales convencionales  los miembros han convergido en su conducta al menos por una misma razón:  porque otros individuos también se comportan así (Hart, 1994: 33). Esta  rectificación añade un dato importante a la teoría, consistente en mostrar  que una razón necesaria para seguir una convención social consiste en que  los otros también la siguen. En conclusión -y dicho en términos de Andrei  Marmor-, sólo en algunas circunstancias especiales una razón para seguir  la regla sería que los otros también la siguen: «a saber, en aquellos casos  donde la regla en cuestión es una convención social. Pero, desde luego,  no todas las reglas sociales son convenciones» (Marmor, 2001: 4-5). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>5. La regla de reconocimiento como regla convencional</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> El reconocimiento de Hart de que todas las reglas sociales no son convenciones  y que, por tanto, su teoría práctica sólo es aplicable a las segundas podía  poner en peligro la regla de reconocimiento. Sin embargo, será el propio  Hart quien la pondrá a salvo al señalar, explícitamente, que la regla de  reconocimiento es, en efecto, una regla convencional (Hart, 1994: 33).  Las preguntas relevantes son, ahora, qué tipo de convención es y cómo se  concibe su normatividad. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Básicamente han sido tres las opciones que se han mantenido sobre el tipo  de convención en que consiste la regla de reconocimiento; opciones que  van desde entenderla como una convención de coordinación, una convención  constitutiva o una actividad cooperativa compartida. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Los autores partidarios de considerar la regla de reconocimiento como una  convención de coordinación han sostenido que el propósito de aquélla sería  resolver problemas recurrentes de coordinación. De este modo lo entendió  Jules Coleman en un primer momento, haciendo extensiva esta opinión al  propio Hart, aunque este último no caracterizara expresamente a la regla  de reconocimiento como una convención de este tipo (Coleman, 1998: 117). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> A continuación, se intentará explicar el concepto y la función de una convención  de coordinación. Imagínese que una persona llama por teléfono a otra. En  medio de la conversación, la comunicación se interrumpe. Piénsese que ambos  prefieren esperar a que el otro llame o, por el contrario, que ambos prefieren  llamar. En ambos casos, si cada agente involucrado actúa por su propia  preferencia, la comunicación será infructuosa, ya porque ninguno llamaría  al otro, o porque, al llamarse al mismo tiempo, ambos tendrían la línea  ocupada. Este caso es un ejemplo de un comportamiento que necesita ser  coordinado. Otro ejemplo clásico es el de la circulación en automóvil.  En una carretera de dos carriles y doble sentido, si cada agente circula  por el carril y sentido que prefiera podría ocurrir un accidente (Lewis,  1969: 78-ss; Postema, 1982: 165-203; Narváez, 2004: 309-341) </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Por tanto, un problema de coordinación puede darse cuando varios agentes  tienen posibles modos de actuar o distintas preferencias respecto al modo  de conducta mutua y cada agente elige su propio modo de actuar. En este  sentido, entre varias alternativas de comportamiento abiertas ante ellos  en una circunstancia determinada, cada agente tiene una preferencia más  fuerte para actuar según su propio criterio que para hacerlo según los  criterios de los demás. No obstante, los problemas de coordinación se pueden  resolver fácilmente eligiendo, más o menos arbitrariamente, una alternativa  y afianzando una uniformidad de acción entre ellos. Por ejemplo, que el  que llamó primero vuelva a hacerlo mientras que el otro espera o que todos  los que van en el mismo sentido circulen por la derecha. Se entiende, de  esta manera, que es instrumentalmente racional coordinar la acción de los  agentes entre sí (Green, 1999: 41). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Ahora bien, cuando un problema concreto de coordinación es recurrente,  es decir, se repite, y el acuerdo es difícil de obtener, debido principalmente  al gran número de agentes involucrados, es muy probable que surja una convención  social. Las convenciones aparecen, pues, como soluciones a problemas recurrentes  de coordinación precisamente en aquellos casos en que los acuerdos son  difíciles o imposibles de obtener (Marmor, 2001: 7). Ante la falta de un  acuerdo, y debido a los problemas que acarrearía comportarse como cada  uno prefiere -por ejemplo, no hablar por teléfono o colisionar con otro  vehículo que circula en la misma dirección pero en sentido contrario-,  los individuos tienen una preferencia no ya por su propio modo de actuar,  sino por comportarse tal y como los otros individuos lo hacen. Es, entonces,  de esa preferencia por actuar coordinadamente y de tal regularidad de comportamiento  de la que surge la coordinación. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> De esta explicación pueden extraerse tres aspectos de las convenciones  de coordinación. En primer término, que una convención es una regularidad  en el comportamiento de los individuos que se mantiene, en parte, por la  creencia en que tal regularidad se seguirá manteniendo. En segundo lugar,  que dicha creencia, junto con otras creencias y deseos, genera la preferencia  de comportarse manteniendo la regularidad. Y, en tercer y último lugar,  que el comportamiento coordinado es fruto de esa regularidad de la conducta,  y no su causa ni su justificación (Narváez, 2004: 299). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Otros autores, sin embargo, consideran que las opciones y problemas que  se encuentran en una regla de reconocimiento son mucho más complejos que  los que se dan en un problema de coordinación. Por ello, lo conveniente  es aplicar a la regla de reconocimiento no la idea de convención de coordinación,  sino la de convención constitutiva. Para que haya una convención de coordinación  se debe conocer el problema de coordinación y las preferencias de los agentes.  Sin embargo, estas condiciones no se dan en las prácticas sociales convencionales  más comunes. Por ejemplo, sería una torpeza considerar a las reglas (constitutivas)  del ajedrez como una solución a un problema recurrente de coordinación,  puesto que antes de contar con las reglas que crean el juego de ajedrez  no existiría problema de coordinación alguno en este juego, ya que no existiría  el juego. No obstante, es cierto que una vez comenzado el juego podrían  aparecer algunos problemas de coordinación que pueden ser salvados por  convenciones adicionales. De la misma forma que en el ajedrez, antes de  la regla de reconocimiento no había ningún problema jurídico a resolver,  no habría nada que coordinar pues no existiría el Derecho. Por ello, la  idea de convención aplicable a la regla de reconocimiento sería la de una  convención constitutiva, esto es, una convención que determina lo que es  la práctica y cómo uno debe comprometerse con ella (Marmor, 2001: 12-14;  2006b: 347-371; Vilajosana, 2003: 58-60; 2007: 44-45). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En este sentido, la regla de reconocimiento, al determinar lo que la práctica  es, resulta similar a las reglas del ajedrez (Marmor, 2006a: 3-4) o de  cualquier otro juego. La misma opinión parece desprenderse de las palabras  de Gregorio Robles, para quien antes de la convención el juego de ajedrez  no existe; éste sólo existe tras la convención. Por este motivo, la convención  que crea el juego es una convención creadora del ser del juego y puede  ser tratada como una convención <I>óntica</I> (Robles, 1984: 35-36). Tal comparación  entre las reglas del ajedrez y el concepto de Derecho no es novedosa, ya  que fue establecida con anterioridad por Alf Ross (Ross, 1958: 34-40). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Un último argumento contrario a concebir la regla de reconocimiento como  una convención de coordinación sería que ésta no puede explicar por qué  la conducta de algunos jueces es o podría ser una razón para el actuar  de otros. Dicha explicación, no obstante, podría encontrarse en otro tipo  convencional como el de la «actividad cooperativa compartida» (Coleman,  2001: 94). Una forma de explicar la normatividad de las convenciones sociales  ha tenido, pues, como base la denominada «actividad cooperativa compartida»,  cuyos rasgos principales serían (Bratman, 1992: 328): </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 1. La sensibilidad mutua: en una actividad cooperativa compartida cada  agente participante intenta ser sensible a las intenciones y acciones del  otro, sabiendo que el otro también intentará ser sensible. O, dicho de  otra manera, cada uno busca guiar su conducta con un ojo puesto en la conducta  del otro, sabiendo que el otro busca hacer lo mismo. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 2. El compromiso a una actividad conjunta: en una actividad cooperativa  compartida cada uno de los participantes tiene un compromiso apropiado,  aunque quizá, por razones diferentes a la actividad conjunta. Su mutua  sensibilidad se encuentra en la persecución de ese compromiso. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 3. El compromiso de apoyo mutuo: en una actividad cooperativa compartida  cada agente se compromete a apoyar los esfuerzos del otro para jugar su  papel en la actividad conjunta. Estos compromisos en apoyarse mutuamente  les sitúan en una posición de realizar la actividad conjunta con éxito,  aun cuando sea cierto que necesiten ayuda. Lo que permite ese compromiso  mutuo es una intención a favor de la actividad conjunta, pese a que cada  agente pueda tener tal intención por razones diferentes (en el caso de  pintar una casa conjuntamente, uno puede tener la intención de tener la  casa recién pintada y otro la de hacer ejercicio). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Desde estas premisas, se ha pretendido aproximar dicha estructura de las  actividades cooperativas compartidas a la figura de la regla de reconocimiento.  Así, una regla convencional de reconocimiento es un tipo de la clase de  prácticas en que consisten las actividades cooperativas compartidas. Y  ello porque es la práctica de los operadores jurídicos de comprometerse  en un conjunto de criterios de juridicidad la que exhibe tales rasgos de  las actividad cooperativa compartida. En efecto, los jueces coordinan su  conducta entre sí, por ejemplo a través de los precedentes jurisprudenciales,  que es la manera en la que ellos son sensibles entre sí (la vinculación  de los tribunales de apelación hacia los jueces y tribunales inferiores).  No en vano lo que un juez hace en un caso particular depende de lo que  han hecho otros jueces, esto es, un juez es sensible a las intenciones  y acciones de otros (Coleman, 2001: 96-98; Himma, 2002: 132; Shapiro, 2002:  432; como crítica véase Dworkin, 2006: 213-216). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Otro argumento a favor de esta forma de articular la regla convencional  de reconocimiento consiste en entender que la noción de una actividad cooperativa  compartida podría contribuir a una explicación de cómo una práctica social  puede dar lugar a obligaciones. Desde esta perspectiva no habría ningún  misterio en comprender cómo los compromisos conjuntos pueden dar lugar  a obligaciones en la medida en que éstos inducen a la confianza y a un  juego justificado de expectativas (Himma, 2002: 132). En este sentido,  tales compromisos podrían equivaler a una promesa. Una promesa se satisface  cuando un sujeto hace algo en el futuro precisamente porque prometió hacerlo.  El sujeto crea (y acepta) un motivador externo (una razón para la acción)  que le obliga (Searle, 2000: 25 y 226; 2005: 11 y 21; Jiménez Cano, 2008a:  683-701). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Para aquellos que entiendan la idea de obligación referida exclusivamente  a parámetros de moralidad puede que no queden satisfechos con la explicación  de la normatividad de la teoría práctica de las reglas, pero para quienes  consideren que aquélla no necesariamente queda vinculada con la moral pueden  encontrar en el concepto de aceptación o, como se verá seguidamente, en  el de “razón social” un elemento sugerente de la explicación de la obligación  jurídica. En efecto, se puede decir que se está ante una regla convencional  cuando parte de las razones para seguir (o aceptar) una regla es que otros  también la siguen. Como señala Marmor, seguir una regla, algo diferente  a actuar de acuerdo con ella, trae consigo que el agente considere la regla  como una razón para la acción y quizás una razón para ejercer presión sobre  otros para obedecer la regla (Marmor, 2006b: 354). De esta manera, dicha  razón se configura como una razón social y entre las razones para seguir  una regla esta razón social siempre tiene que estar presente («yo intento»  sólo como parte de «nuestro intento»). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Esto quiere decir que cuando unas personas actúan por la misma razón social  en el contexto de una práctica social deben creer, uno, que los otros actúan  de forma similar y, dos, que esto es mutuamente creído por todos (Tuomela,  2002: 78-93). En este sentido, una práctica social consiste en «hacer algo  juntos». Ese «hacer algo juntos» que define a las prácticas sociales queda  reservado no para hacer algo al mismo tiempo (como cuando las personas  que esperan en el andén de una estación suben todas juntas al tren cuando  éste llega y abre sus puertas), sino para aquellos casos en que se da algún  tipo de <I>unidad</I> <I>sistemática</I> en la actividad que se realiza juntos (Smith,  2006: 269). Esa unidad sistemática viene cubierta por la ya mencionada  razón social. Entre las otras razones («razones primarias») para seguir  una regla convencional puede, como se apuntó anteriormente, haber razones  prudenciales o razones morales, pero las razones que sean no vienen determinadas  por la propia regla convencional (Marmor, 2001: 32-33). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Conclusión</B> </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> Admitir que los fundamentos del Derecho se encuentran en una convención  (convencionalismo en sentido débil) no significa necesariamente asumir  que dicha convención tenga un contenido normativo (convencionalismo en  sentido fuerte). De hecho, no todos los autores convencionalistas consideran  que una convención puede ser el fundamento de la normatividad jurídica.  Personalmente soy de los que piensan que ni todo lo normativo es necesariamente  moral ni que las razones de la aceptación tengan que ser necesariamente  morales. Es más, se me ocurren multitud de reglas sociales que acepto o  podría aceptar por razones meramente prudenciales. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> En todo caso, la cuestión que deseo resaltar en estas palabras finales  es que la concepción de la regla de reconocimiento como convención que  HART daba en 1994 no se encontraba en su cuenta original de 1961. En el  <I>Post</I> <I>Scriptum</I> la concurrencia de actitudes presente en la regla de reconocimiento  es parte de las razones que los individuos tienen para su aceptación (Hart,  1994: 33). Sin embargo, como hace notar Julie Dickson, no hay nada en la  explicación original de Hart de la regla de reconocimiento en <I>El concepto  de derecho </I>que apoye la idea de que tal regla se está concibiendo como  una regla convencional. En efecto, no se señaló que una de las razones  que siempre debe estar presente para aceptar la regla de reconocimiento  fuera que otros también la siguen. Pero tampoco que la práctica común de  los jueces constituye parte de las razones que tiene cada juez para tratarla  como obligatoria (Dickson, 2007: 379-383). En este sentido, y en el mejor  de los casos, podría considerarse que la conversión de la regla de reconocimiento  en una regla convencional ha conseguido una satisfactoria descripción de  su carácter normativo, pero a costa de alejarse de la explicación original  de aquélla. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> <B>Lista de Referencias</B> </FONT></P>      <!-- ref --><P ALIGN="justify"><font face="Verdana" size="2">1. </font> <FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> AUSTIN, J. (1832). <B>The Province of Jurisprudence Determined</B>. Citado por  la edición: <I>The Province of Jurisprudence Determined.</I> Indianápolis-Cambridge:  Hackett Publishing Company, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901585&pid=S1315-6268200900010000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 2. BAYÓN, J.C. (1991). <B>La normatividad del Derecho: deber jurídico y razones  para la acción</B>. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901586&pid=S1315-6268200900010000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 3. BRATMAN, M.E. (1992). «Shared Cooperative Activity». <B>The Philosophical  Review</B><I>, </I>101 (2): 327-341. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901587&pid=S1315-6268200900010000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 4. BULYGIN, E. (2004). «¿Está (parte de) la filosofía del derecho basada en un  error?». <B>DOXA</B>, 27: 15-26. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901588&pid=S1315-6268200900010000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 5. COLEMAN, J.L. (1998). «Incorporationism, Conventionality, and the Practical  Difference Thesis», <I>Legal Theory, </I>4: 381-425. Citado por la version de  Coleman, J. (ed.). <B>Hart´s Postscript</B><I>. Essays on the Postscript to the Concept  of Law</I>. Oxford: Oxford University Press, 2001. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901589&pid=S1315-6268200900010000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 6. COLEMAN, J.L. (2001). <B>The Practice of Principle. In Defence of a Pragmatist Approach  to Legal Theory</B>. Oxford, Oxford University Press. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901590&pid=S1315-6268200900010000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 7. DELGADO PINTO, J. (1996). «Normatividad del Derecho», en Garzón, E. y Laporta,  F.J. (eds.): <B>El derecho y la justicia</B>. Citado por la 2ª ed., 2000. Madrid:  Trotta. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901591&pid=S1315-6268200900010000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 8. DICKSON, J. (2007). «Is the Rule of Recognition Really a Conventional Rule?».  <B>Oxford Journal of Legal Studies</B>, 27 (3): 373-402. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901592&pid=S1315-6268200900010000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 9. DWORKIN, R. (1977). <B>Taking Rights Seriously. </B>Harvard University  Press. Cambridge. Citado por la traducción castellana de GUSTAVINO, M.:<B> </B><I>Los derechos  en serio</I>, 2ª ed. Barcelona: Ariel, 1989. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901593&pid=S1315-6268200900010000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 10. DWORKIN, R. (1986). <B>Law’s Empire</B>. Oxford, Hart Publishing, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901594&pid=S1315-6268200900010000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 11. DWORKIN, R. (2006). <B>Justice in Robes</B>.&nbsp; Harvard University Press.  Cambridge. Citado  por la traducción castellana de IGLESIAS, M. y ORTIZ, I.: <I>La justicia con  toga</I>. Madrid-Barcelona-Buenos Aires, Marcial Pons, 2007. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901595&pid=S1315-6268200900010000900011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 12. GREEN, L. (1999). «Positivism and Conventionalism». <B>Canadian Journal of  Law and Jurisprudence</B>, 12: 35-52. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901596&pid=S1315-6268200900010000900012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 13. HART, H.L.A. (1961). <I>The Concept of Law</I>. Clarendon. Oxford. Citado por  la traducción castellana de CARRIÓ, G.R.: <B>El concepto de Derecho</B>. Buenos  Aires: Abeledo-Perrot, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901597&pid=S1315-6268200900010000900013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 14. HART, H.L.A. (1980). «El nuevo desafío al positivismo jurídico», trad. L. Hierro,  F.J. Laporta y J.R. de Páramo, <B>Sistema</B>, 36: 3-18. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901598&pid=S1315-6268200900010000900014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 15. HART, H.L.A. (1982). «Commands and Authoritative Legal Reasons», en <B>Essays on  Bentham</B>. Oxford: Clarendon. Citado por la traducción castellana de PÉREZ,  J.L.: «Mandatos y razones jurídicas dotadas de autoridad», <I>Isonomía</I>, 6,  1997. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901599&pid=S1315-6268200900010000900015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 16. HART, H.L.A. (1994). «Postscript» to <B>The Concepto of Law</B>, 2.ª ed. Oxford: Clarendon.  Citado por la traducción castellana de TAMAYO, R.: <I>Post Scriptum al concepto  de Derecho</I>, ed. por P.A. Bulloch y J. Raz. México: Universidad Nacional  Autónoma de México, 2000. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901600&pid=S1315-6268200900010000900016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 17. HIMMA, K.E. (2002). «Inclusive Legal Positivism», en Coleman, J. y Shapiro,  S. (eds.): <B>The Oxford Handbook of Jurisprudence and Philosophy of Law</B>.  Oxford: Oxford University Press. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901601&pid=S1315-6268200900010000900017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 18. JIMÉNEZ CANO, R.M. (2008ª). «El Derecho como institución social: Searle  y Hart», en <I>Metodología y Teoría del Derecho. </I><B>Estudios en Homenaje a Gregorio  Peces-Barba</B><I>, tomo II</I>. Madrid: Dykinson. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901602&pid=S1315-6268200900010000900018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 19. JIMÉNEZ CANO, R.M. (2008b). <B>Una metateoría del positivismo jurídico</B>.  Madrid-Barcelona-Buenos Aires, Marcial Pons. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901603&pid=S1315-6268200900010000900019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 20. LEWIS, D. (1969). <B>Convention: A Philosophical Study</B>. 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(2006b). «How Law is Like Chess?». <B>Legal Theory</B>, 12: 347-371. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901607&pid=S1315-6268200900010000900023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"> <span style="font-size: 10.0pt; font-family: Verdana; color: black">24. NARVÁEZ,  M. 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(2006). «The Law as a Social Practice: Are Shared Activities  at the Foundations of Law?». <B>Legal Theory,</B> 12: 265-292. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901620&pid=S1315-6268200900010000900036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" SIZE="2" FACE="Verdana"> 37. TUOMELA, R. 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(eds.).<B> Ordinamento giuridico, sovranità, diritti.</B>&nbsp;Torino, Giappichelli. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901623&pid=S1315-6268200900010000900039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"> <font face="Verdana" size="2">40. VELLUZZI, V. (2007). Identificación y justificación del Derecho.&nbsp;Madrid-Barcelona-Buenos Aires,  Marcial Pons.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=901624&pid=S1315-6268200900010000900040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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