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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Las elecciones de diciembre 2005 y la cuestión democrática]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Abstract Just days before the Venezuelan parliamentary elections of December 2005, the main opposition parties withdrew their candidates, leaving the National Assembly in the hands of those parties which support the Chávez administration. Apparently, the decision was made, taking into account that the most reliable opinion polls indicated that the pro-government parties would manage to win more than the two-thirds majority necessary, according to the Constitution, in order to approve major legislative proposals. Nevertheless, the opposition parties explained their decision, adducing the lack of ‘democratic guaranties’. As both the opposition and the pro-government parties proclaimed their own democratic credentials and accused each other of being anti-democratic, the author of this article tries to examine what one and another understand when they talk about democracy]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font FACE="Verdana"><b>     <p ALIGN="CENTER"><font size="3">Las elecciones de diciembre 2005 y la cuestión democrática</font></b></font></p>     <p ALIGN="CENTER"><font FACE="Verdana" SIZE="2"><b>Dick Parker </b> </p>  </font> <font FACE="Verdana" SIZE="2">     <p>Historiador galés, educado en la Universidad de Oxford,  Inglaterra, es actualmente profesor titular del departamento de Estudios  Latinoamericanos en la Escuela de Sociología de la UCV. Hasta 1999 fue director  de la <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>. Entre sus  publicaciones más recientes: &quot;El chavismo: populismo radical y potencial  revolucionario&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias </i>Sociales,  (1-2001) y &quot;Debilidades en la conducción política también facilitaron el golpe&quot;, <i>Observatorio Social de América Latina</i> (7-2002).</p>     <p>Parker, Dick dickparker@cantv.net</p> <dir>   <dir>     <dir>       <dir>         <dir>           <dir>             <dir>               <dir>                 <dir>                   <dir>                         <p ALIGN="RIGHT">&quot;Cuando yo uso una palabra, insistió Humpty                      Dumpty con un tono más bien desdeñoso, </p>                         <p ALIGN="RIGHT">significa justamente lo que yo quiero que<b>                     </b>signifique, ni más ni menos&quot;.</p>                   </dir>                 </dir>               </dir>             </dir>           </dir>         </dir>       </dir>     </dir>   </dir> </dir>                                                         <p ALIGN="RIGHT">Lewis                                                      Carroll: <i>A través del                                                      espejo</i> (1872)</p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Resumen</b></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Faltando días para la celebración de las elecciones  parlamentarias venezolanas de diciembre del 2005, los principales partidos de la  oposición retiraron sus candidatos, dejando la Asamblea Nacional en manos de los  partidos que apoyaban al gobierno de Chávez. Pareciera que el motivo de fondo  era que las encuestas más confiables indicaban que los partidarios del gobierno  iban a conquistar más de las dos terceras partes de la representación, lo que  permitiría aprobar iniciativas gubernamentales que, según la Constitución,  requerían de esa mayoría calificada. Sin embargo, la oposición explicó su  decisión aducíendo una &quot;falta de garantías democráticas&quot;. Tanto la oposición  como los partidarios del gobierno proclamaban sus propias credenciales  &quot;democráticos&quot; y tildaban a sus contrincantes de &quot;antidemocráticos&quot;, el autor de  este artículo pretende indagar qué se entiende por &quot;democracia&quot; de un lado y del  otro.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><b>Palabras clave:</b> Elecciones parlamentarias, democracia,  idearios políticos, Chávez, Venezuela.</p>     <p ALIGN="center"><b>The Venezuelan Parliamentary Elections in December 2005 and  the Question of Democracy</p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Abstract</b></p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Just days before the Venezuelan parliamentary elections of  December 2005, the main opposition parties withdrew their candidates, leaving  the National Assembly in the hands of those parties which support the Chávez  administration. Apparently, the decision was made, taking into account that the  most reliable opinion polls indicated that the pro-government parties would  manage to win more than the two-thirds majority necessary, according to the  Constitution, in order to approve major legislative proposals. Nevertheless, the  opposition parties explained their decision, adducing the lack of ‘democratic  guaranties’. As both the opposition and the pro-government parties proclaimed  their own democratic credentials and accused each other of being anti-democratic,  the author of this article tries to examine what one and another understand when  they talk about democracy.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Key Words:</b> Parliamentary Elections, Democracy, Political  Ideology, Chávez, Venezuela.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Introducción</p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY">Nunca he sido aficionado de las encuestas: Seguramente por  estar demasiado consciente de sus limitaciones: De cómo se utilizan y manipulan  con propósitos políticos; de cómo, en el mejor de los casos (es decir, cuando se  efectúan con profesionalismo y honestidad), aportan una especie de fotografía  &quot;instantánea&quot;, que muchas veces se proyecta ilegítimamente hacia el futuro para  hacer predicciones políticas, etc. Sin embargo, hacia finales del 2005, empecé a  dedicar más atención a las encuestas serias y descubrí que aquellas que se hacen  periódicamente (con criterios consistentes) pueden señalar tendencias de mucha  relevancia para el análisis político (y no solamente para la política  electoral).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Inicialmente, mi interés me llevó a examinar las encuestas  publicadas por tres empresas encuestadoras venezolanas que, con razón, se  considera &quot;profesionales&quot;, aun cuando sean propiedad de conocidos simpatizantes  de la oposición al presidente Chávez y que, en las actuales circunstancias de  acentuada polarización política del país, se las podría sospechar de ser  &quot;interesadas&quot;. Se trata de las empresas Datanálisis, Consultores 21 y Keller  Asociados. En los tres casos, los resultados de sus respectivas encuestas  señalaban que, acercándose las elecciones parlamentarias de diciembre del 2005,  la abrumadora mayoría de los electores favorecía a los partidos que respaldan al  gobierno de Chávez (como también habían señalado la cómoda victoria de Chávez en  el referendo revocatorio de 2004). Además, las encuestas indicaban que la  &quot;intención de voto&quot; registrada hacía muy probable que los partidarios del  gobierno llegaran a conquistar más de las dos terceras partes de la  representación parlamentaria en la Asamblea Nacional. La seriedad de sus  encuestas se había comprobado en el caso del referendo revocatorio en 2004, pero  no podría reafirmarse en 2005 porque los partidos principales de la oposición  retiraron sus candidatos faltando menos de una semana para las elecciones (a  pesar de haber acordado con los observadores internacionales que estaban dadas  las condiciones para celebrar las elecciones).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Yo, junto a unos cuantos más, sospechábamos que había alguna  relación entre lo que decían las encuestas de estas empresas de simpatizantes de  la oposición y la decisión de retirarse. Sin embargo, la decisión se justificó  en términos de una supuesta &quot;falta de garantías&quot; democráticas o de un  &quot;ventajismo oficialista&quot; incompatible con el ejercicio de una &quot;verdadera  democracia&quot;. Por su parte, los partidarios del gobierno interpretaban la  decisión como una manifestación más de la vocación &quot;golpista&quot; de la oposición y  de su desprecio por la voluntad de las mayorías y por cualquier elección  democrática en que sabía de antemano que no podría ganar limpiamente.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En estas circunstancias, me acordé de Humpty Dumpty quien,  por razones de mi procedencia personal, forma parte del imaginario infantil que  me tocó. El personaje es un huevo, a quien se le ocurrió sentarse en un muro y  (naturalmente, por la forma de su cuerpo) caerse. La rima infantil registra el  hecho y señala que &quot;ni con toda la caballería de Rey, ni con todos sus soldados&quot;  había manera remediar el desastre que se produjo cuando tocó tierra. En todo  caso, antes de su desafortunada caída, el personaje se había revelado como  bastante terco, un mandón poco dispuesto a escuchar a los demás, tal como se  evidencia en las palabras geniales de Lewis Carroll que encabezan este ensayo.  Lo que no quedó del todo explicitado es si la decisión de sentarse en el muro y  la inevitable caída fueron consecuencia de la terquedad y de la prepotencia del  huevo Humpty Dumpty (aunque el autor del cuento infantil me permite o me incita  a pensar que sí).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">De manera que se me ocurrió que valdría la pena explorar este  fenómeno del diálogo de sordos, todos reclamando como propios los valores de la  democracia y tildando a sus adversarios de antidemocráticos. Además, me animé en  este propósito a consecuencia de los resultados que se presentaban en dos  encuestas, registradas brevemente en la prensa venezolana en los mismos meses  pero que nada tenía que ver con la coyuntura electoral venezolana y que, además,  eran de empresas extranjeras ajenas a nuestras preocupaciones domésticas. Me  sugerían que se trataba no solamente de discrepancias respecto a lo que se  entendía por &quot;democracia&quot;, sino de una situación en que se estaban produciendo  cambios importantes en la manera de entenderla (por lo menos entre los  encuestados venezolanos). Una, del Centro Nacional de Investigación de Opinión,  basado en Chicago, Estados Unidos, mereció un tercio de columna discreto en <i> El Universal</i> (3 de marzo 2006, A-4). En su <i>survey</i>, diseñado para  medir los niveles del &quot;orgullo nacional&quot; en 33 países, Venezuela encabezó la  lista con un registro de 18,4 puntos sobre 25, seguido por Estados Unidos con  17,7, después venía Australia, etc. No encontré ningún medio de comunicación  venezolano que comentara esta noticia, ni que se diera cuenta de que, de ser  cierta, reflejaba un cambio dramático en la auto-estima de los venezolanos e iba  a contrapelo de todos los estudios académicos que habían analizado los valores  &quot;nacionales&quot; de los venezolanos en las últimas décadas.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La otra, ya comentada en un artículo anterior (Parker, 2006),  también sugería que se habían producido cambios dramáticos en los &quot;valores&quot; de  los venezolanos durante los últimos años. Esta vez se trataba de la última  encuesta de la empresa chilena Latinbarómetro<i> </i>que viene midiendo la  actitud de la población de los distintos países latinoamericanos sobre política  desde 1996. Lo que resultó sorprendente en esta encuesta (tan sorprendente como  los resultados de la encuesta del Centro Nacional de Investigación de Opinión)  era que Venezuela había reemplazado a Uruguay como el país con mayores niveles  de satisfacción respecto al funcionamiento de su democracia. Sobre una escala de  10, los encuestados en Venezuela calificaban a su democracia con 7,6 puntos,  comparado con un 7,1 para Uruguay y un promedio regional de 5,5. Mientras que lo  registrado en el caso uruguayo corresponde a los niveles de años anteriores, en  el caso venezolano el registro resulta sorprendente precisamente porque, frente  a la pregunta sobre su satisfacción con el funcionamiento de su democracia, el  registro de 75% de respuestas positivas en 2005 contrasta con 30% en 1998 y un  55% en 1999-2000. Ninguna de estas dos encuestas provocó mayor comentario, ni en  los medios de comunicación, ni entre los actores políticos. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De manera que, revisando las encuestas, me convencí de la  importancia de entender la brecha que separa a los dos bloques que se enfrentan  en Venezuela cuando hablan de &quot;la democracia&quot;. Las encuestas me sugerían que  había interrogantes importantes que plantear. Como ni los partidarios del  gobierno de Chávez ni sus opositores llegan a los extremos de Humpty Dumpty  (aunque algunos se acercan peligrosamente), me parecía importante tomar en serio  los planteamientos de los dos bandos y examinar cuáles pudieron ser las claves  para entender un enfrentamiento radical que se justificaba, de lado y lado,  apelando aparentemente a los mismos valores básicos. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para buscar respuestas, sentimos, como de costumbre, la  necesidad de empezar tomando distancia de los términos de la polémica cotidiana.  Parecía conveniente explorar una serie de problemas generales relacionados con  la genealogía del concepto de democracia durante el llamado proceso de  modernización en Occidente, haciendo hincapié en los más recientes  deslizamientos de significado ocurridos durante la actual época de globalización  neoliberal. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Tomamos como punto de partida el supuesto de que la noción de  democracia siempre ha estado integrada a diversos imaginarios políticos y que  resulta imprescindible entender cualquier uso del concepto en función del  ideario político más general dentro del cual se encuentra inserta. Suponemos  también que los distintos idearios políticos deben entenderse históricamente, es  decir, que ellos forzosamente se adaptan en función de los problemas cambiantes  que enfrentan a una sociedad cualquiera y que, por lo tanto, deben analizarse  dentro del contexto de su momento histórico específico. Además, consideramos que  las ideas más difundidas y más influyentes en cualquier época responden, en  general, al ideario de los sectores dominantes de la sociedad. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En períodos de relativa estabilidad política suele haber un  consenso amplio en torno al discurso dominante y en torno a la legitimidad de la  institucionalidad vigente, y éstos pasan a alcanzar el estatus de una especie de  &quot;sentido común&quot;; pero en períodos de crisis en el sistema de dominación, suelen  hacerse visibles idearios contestatorios o alternativos que ponen en entredicho  los conceptos fundamentales del ideario dominante. En estas circunstancias, el  consenso se resquebraja, los enfrentamientos se agudizan y se revelan de forma  más nítida las diferentes maneras de entender la democracia. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sobre esta base, introducimos nuestra discusión examinando  cómo se ha ido cambiando el concepto de democracia dentro del ideario de los  sectores dominantes con el desarrollo del Occidente moderno, poniendo el énfasis  en los deslizamientos de significado que han caracterizado las últimas décadas  de transición política, desde el sistema construido a partir de la Segunda  Guerra Mundial hasta los actuales momentos de globalización neoliberal. En  segundo lugar, examinamos la importancia (sobre todo para América Latina) de la  política de &quot;promoción de la democracia&quot; que el presidente estadounidense Ronald  Reagan introdujera como una dimensión fundamental de la política exterior de su  país, y que sigue siendo de central importancia en la actualidad. Después de  examinar el lugar de la democracia en los idearios del liberalismo social y del  marxismo, abordamos la experiencia venezolana de los últimos tres quinquenios,  hasta culminar analizando los dos idearios enfrentados en torno a las elecciones  parlamentarias de diciembre de 2005. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Deslizamientos semánticos hacia el neoliberalismo </b> </font>   <font FACE="Verdana" SIZE="2"> <b>en el discurso dominante </p> </b> <i>     <p ALIGN="JUSTIFY">el siglo xix al Estado de Bienestar</p> </i>     <p ALIGN="JUSTIFY">Desde sus inicios, la legitimidad del sistema político  representativo en Occidente ha estado íntimamente vinculada a su supuesto  carácter &quot;democrático&quot;. Sin embargo, hasta una superficial comparación entre la  concepción liberal de la democracia vigente durante el siglo <span style="font-variant: small-caps; text-transform: capitalize">xix</span> y  aquella que se consolidó a partir de la Segunda Guerra Mundial en los países  capitalistas desarrollados, indica que el concepto de democracia se ha  modificado en el transcurso de los años. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">El sistema político que respondía al ideario liberal tenía,  desde sus inicios, tres características generales: Primero, se basaba en una  diferenciación entre el sistema político, la economía y la sociedad civil,  otorgando a la economía una autonomía sobre la base del supuesto de que  respondiera a la &quot;mano invisible&quot; del mercado y argumentando que el sistema  político debiera responder a los intereses de la sociedad civil; en segundo  lugar, se trataba de una institucionalidad republicana (dominio de la ley,  división de poderes, alternabilidad en el poder y derechos civiles del  individuo); y, por último, abarcaba una concepción particular de ciudadanía y de  representación, como fuentes de legitimación de una soberanía enraizada en la  sociedad civil. En su conjunto, estos tres elementos imponían límites a lo que  se consideraba la legítima esfera de actuación del Estado. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Si comparamos el ideario del siglo <span style="font-variant: small-caps; text-transform: capitalize">xix</span>  con el del período posterior a la Segunda Guerra Mundial podemos constatar que  la diferenciación entre sistema político y sociedad civil se mantenía intacta,  aunque había ciertos deslizamientos de la frontera que los separaba, mientras  que la plena autonomía de la economía estuvo puesta en entredicho, planteándose  como problema los límites apropiados de intervención política en el  funcionamiento de la economía. La institucionalidad republicana seguía sin  mayores modificaciones, salvo que el concepto de derechos individuales se amplió  para abarcar lo que se llamaban los &quot;derechos sociales&quot;. En todo caso, donde se  produjeron los cambios más profundos fue en torno a la concepción de ciudadanía  y de representación.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Así, durante el siglo <span style="font-variant: small-caps"> <span style="text-transform: capitalize">xix</span>,</span> la concepción  liberal de la democracia era explícitamente elitista: La ciudadanía se  restringía a los propietarios y a quienes tuvieran una educación adecuada. No  contemplaba el sufragio universal de los varones, ni mucho menos la  incorporación de las mujeres. Ya, después de la Segunda Guerra Mundial, en los  países capitalistas desarrollados (y en general), se incorporó el sufragio  universal (incluyendo a las mujeres) como constitutivo y central para definir a  un régimen como democrático. Además, se amplió el concepto de democracia más  allá de lo estrictamente político y procedimental, para incorporar una dimensión  social. Es más, la idea de &quot;derechos sociales&quot; se tornó medular para el concepto  de democracia después de 1945, cuando se construyeron las bases del Estado de  Bienestar en los países capitalistas desarrollados. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De hecho, el notable consenso en torno a la vigencia de la  democracia en los países capitalistas desarrollados en esa época era en gran  parte consecuencia del hecho de que, con tasas de crecimiento entre 1945 y  mediados de los años 60 sin parangón en la historia del capitalismo, resultó  factible combinar instituciones y procedimientos democráticos basados en el  sufragio universal con una mejora notable en las condiciones de vida de amplias  franjas de la población que, en consecuencia, sentían que sus intereses estaban  reflejados a través de la institucionalidad vigente. La importancia de &quot;la  democracia&quot; como concepto básico de legitimación para los sectores dominantes  fue reforzada, por supuesto, por el hecho de que la Segunda Guerra Mundial se  había justificado como una lucha en contra del totalitarismo (fascista) y  porque, en el período de posguerra, la amenaza central al sistema era &quot;el  comunismo&quot;, definido como la nueva amenaza totalitaria.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Si en el siglo xix, la noción de democracia excluía a las  mayorías en los países desarrollados (las mujeres y los varones no propietarios  de bienes o educación), después de la Segunda Guerra Mundial la incorporación de  estos sectores dentro de un sistema político basado en el sufragio universal en  los países capitalistas desarrollados se combinaba con una notable renuencia de  reconocer a los pueblos sujetados por el sistema colonial como candidatos para  el ejercicio de estos mismos derechos democráticos. Así que la lucha por la  liberación nacional en las colonias europeas en general fue combatida por la  fuerza, hasta que, en los años 60, se lograra la independencia formal de la gran  mayoría de las &quot;ex colonias&quot;. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En el caso de Estados Unidos, la existencia de un sistema  político doméstico enraizado en valores democráticos ampliamente consensuales (a  pesar de que los negros seguían siendo ciudadanos de segunda) resultó compatible  con el recurso a la invasión militar y el apoyo a regímenes dictatoriales en sus  áreas de influencia, que ya cubrían más de la mitad del mundo. En el caso de  América Latina, la democracia norteamericana aseguraba la estabilidad del  continente durante los años 50 a través de los Batista, Trujillo, Somoza, Odría,  Pérez Jiménez, etc. A partir de mediados de los años 60 y hasta comienzos de los  80, Estados Unidos apoyaba a los regímenes militares que ejercían el terrorismo  de Estado en los países del Cono Sur, justificándolo sobre la base de la  doctrina de Seguridad Nacional. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><i>De la crisis de la democracia de los años 60 </i> </font>   <font FACE="Verdana" SIZE="2"> <i>a la versión neoliberal de la democracia </p> </i>     <p ALIGN="JUSTIFY">Con la crisis de acumulación capitalista a escala mundial a  partir de comienzos de los años 70 y la imposición del neoliberalismo desde los  años 80, los sectores dominantes dieron una nueva inflexión a la manera de  entender la democracia. Por un lado, la ofensiva en contra de las bases del  Estado de Bienestar llevó de vuelta a una concepción estrechamente política y  procedimental de la democracia en los países desarrollados, disociándola del  contenido de derechos sociales que había adquirido con anterioridad. Por otro  lado, a partir de la administración de Reagan, se inició una política de  &quot;promoción de la democracia&quot; en los países del Tercer Mundo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como la política norteamericana de &quot;promoción de la  democracia&quot; y la concepción neoliberal de la democracia pesan tanto en América  Latina hoy en día y son de indudable relevancia para entender la polémica sobre  la democracia en Venezuela, conviene examinar con más detenimiento cómo se  justificaban en sus inicios, precisamente en el momento en que empezaba a  manifestarse en círculos empresariales su descontento con aquel Estado de  Bienestar construido a partir de 1945, el cual había llegado a ser visto como un  obstáculo a la resolución de la crisis de acumulación.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El primer clarinazo para los sectores dominantes del mundo  occidental la sonó la famosa Comisión Trilateral, el conocido <i>think-tank</i>  compuesto por líderes políticos, intelectuales y de las corporaciones  transnacionales occidentales. Significativamente, el informe preparado para la  comisión por los profesores conservadores Crozier, Huntington y Watanuki en 1975  llevaba como título <i>The Crisis of Democracy: Report on the Governability of  Democracies to the Trilateral Commission.</i> Los autores argumentaron que el  problema de fondo que había llevado a las crisis políticas que se desataron a  partir de 1968, año del Mayo francés, se debía a deficiencias no del capitalismo  sino de la democracia. El problema era que un &quot;exceso&quot; de democracia había  llevado a un cúmulo &quot;excesivo&quot; de demandas al sistema político, lo que a su vez  provocaba un problema de &quot;gobernabilidad&quot;. A todas luces, la solución era una  modificación del sistema político &quot;democrático&quot;, con vistas a limitar estas  demandas tan poco convenientes. Era un anuncio del comienzo de la ofensiva del  capital en contra de los asalariados, en contra de sus sindicatos y en contra  del sistema de seguridad social construido a partir del Estado de Bienestar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">En los países capitalistas desarrollados, esta ofensiva  asumió las características de una guerra de atrición. Dentro del marco del  sistema político vigente, resultó ser cuesta arriba desmantelar todo el  andamiaje de derechos sociales conquistados en las décadas anteriores, a través  de un <i>Blitzkrieg</i> político. De hecho, el presidente republicano Reagan,  enfrentado con un Congreso dominado por el Partido Demócrata (de oposición),  avanzó relativamente poco (como también fue el caso de su homóloga británica,  Margaret Thatcher). Por ejemplo, cuando, en 1983, se planteó el problema de un  déficit financiero potencial en el sistema público de pensiones, en lugar de  aprovechar la ocasión para debilitar este sistema, el gobierno de Reagan  colaboró con la mayoría en el Congreso para proporcionarle bases financieras más  sólidas. Recién con la elección del presidente Bush Jr. en 2000 y con una  mayoría republicana en el Congreso, se pudo llegar a desatar una ofensiva a  fondo en contra de este sistema público de financiamiento de las pensiones, al  mismo tiempo que se intentó promover una privatización del sistema de seguros de  la salud.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Con su acostumbrada candidez, Huntington llegó a comentar que  &quot;el mantenimiento de políticas democráticas y la reconstrucción del orden social  son fundamentalmente incompatibles&quot; (citado en Robinson, 1995, 26). En efecto,  ha sido mucho más fácil reconstruir el orden social según los requerimientos del  neoliberalismo sin los inconvenientes de una institucionalidad democrática, tal  como se hiciera en Chile a partir del golpe de Estado en 1973. Pero también  resultó más fácil en América Latina en aquellos países que disfrutaban del marco  institucional de las democracias pactadas a partir de mediados de los años 80. Y  fue así, en parte, porque las organizaciones sindicales eran más débiles que sus  homólogos de los países centrales; en parte, porque, con la crisis de la deuda,  el capital financiero internacional tenía una capacidad de presión potenciada  que se utilizaba sistemáticamente para promover esta política. En todo caso, el  resultado fue que en América Latina se dieron condiciones más propicias para la  imposición del neoliberalismo que en cualquier otra región del mundo (tal vez  con la excepción de Europa oriental después del desplome del Bloque Soviético).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De todas maneras, lo que nos interesa destacar para los  propósitos de nuestro argumento son las implicaciones del ideario neoliberal  para su manera de entender la democracia. Aun cuando la utopía neoliberal no se  ha realizado plenamente en ninguna parte (ni siquiera en Chile), en la lucha por  imponerla se han articulado claramente sus presupuestos fundamentales. Según  Edgardo Lander: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Los supuestos y metas básicas que orientan a los actuales    procesos de redefinición de las relaciones entre Estado y mercado, no sólo en    América Latina sino en todo el mundo, tienen –como es bien sabido– su    fundamentación teórica en el pensamiento de los economistas neoliberales.    Este, además de ser una teoría económica, es una <i>teoría política normativa</i>    que estipula las modalidades que <i>deben</i> asumir el Estado y los sistemas    políticos para garantizar el máximo despliegue de las potencialidades del    mercado (…) De acuerdo a los economistas neoliberales, hay sólo dos formas de    organizar a la gente, la <i>cooperación voluntaria</i> a través del mercado o    la <i>coerción</i> a través de la política. Se trata de dos opciones    irreconciliables. De acuerdo a James M. Buchanan, la <i>esclavitud</i> es la    forma pura de la relación política, mientras que las relaciones económicas son   <i>libres y cooperativas</i>. El gobierno amenaza la libertad, mientras que el    mercado la maximiza. El mercado al ser competitivo y descentralizado, responde    ante los individuos y promueve la diversidad. El mercado es siempre libre    porque la gente entra y sale de él de acuerdo a su voluntad. En el mercado no    hay coerción, y es éste la garantía de la libertad… El mercado es la base de    la libertad, incluso de la libertad política. La coerción es el único límite a    la libertad, y sólo los gobiernos tienen el poder consistente como para    ejercer la coerción. Por lo tanto, sólo el gobierno es una amenaza a la    libertad. El grado de libertad existente en una sociedad es directamente    proporcional a los límites existentes a la acción del gobierno (Lander, 1995,    168-171).</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Estos supuestos básicos tienen consecuencias evidentes.  Imponen restricciones radicales a la esfera de actuación legítima del Estado, a  la vez que vacían de contenido la misma posibilidad de hacer política, si ésta  se entiende como el proceso de elaboración de &quot;políticas&quot; capaces de incidir en  los asuntos de interés colectivo. Dentro de este ideario, la noción de  democracia necesariamente se limita a los procedimientos formales diseñados para  cambiar los equipos que dirigen el aparato de Estado, y se niega radicalmente  cualquiera posibilidad de alternativas políticas que cuestionen la soberanía del  mercado. Las alternativas posibles son entre quienes prometen ser más eficaces  en garantizar las condiciones jurídicas, institucionales y de gobernabilidad  necesarias para que se desplieguen al máximo las potencialidades del mercado.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Tal vez el elemento del ideario anteriormente hegemónico que  se desterró con mayor énfasis era la idea que asociaba la democracia con la  aspiración de una mayor justicia social. Por supuesto, una concepción de la  función del Estado tan acotada limitaba seriamente las posibilidades de que el  Estado promoviera políticas de esta naturaleza. Sin embargo, el ideario  neoliberal insistía en que la misma idea de justicia social era simplemente un  sinsentido. En circunstancias en que rigieran debidamente los valores  impersonales y benéficos del mercado, la pretensión de interferir en sus  resultados distributivos simplemente perjudicaba a los supuestos beneficiarios,  a la vez que representaba una intervención del Estado inadmisible, por ser una  extralimitación coercitiva. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Evidentemente, este acotamiento radical del sentido de la  democracia tiene implicaciones para la manera de entender la política. Como  hemos visto, se ha restablecido aquella plena autonomía de la economía y del  mercado respecto a la política, que observamos en el ideario liberal del siglo  xix. Pero se ha hecho necesario reformular la relación entre el Estado y la  sociedad civil, los mecanismos legítimos de representación y la misma manera de  entender la sociedad civil, porque ya se había instalado el sufragio universal y  se habían consolidado en la sociedad civil organizaciones poderosas que  defendían intereses grupales. Lander sostiene que en América Latina: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">En base al profundo (y justificado) desprestigio que tienen    hoy el Estado, los partidos y los sindicatos en la mayor parte del continente,    se postula la necesidad de una nueva forma <i>moderna</i> de hacer política:    La <i>política de los ciudadanos</i>, en oposición a la política tradicional    de los partidos. A las formas tradicionales de articulación organizada de    intereses sociales confrontados, se opone la imagen del <i>mercado político</i>    en el cual cada quien persigue su interés individual. En oposición a las    perversiones del Estado y los partidos se defiende una mitológica <i>sociedad    civil</i>, que abarca indiferenciadamente desde las cooperativas campesinas y    las organizaciones populares urbanas, hasta las empresas transnacionales.    Sobre el supuesto neoliberal de que la única amenaza a la libertad reside en    el gobierno, se identifica automáticamente la reducción del poder del Estado    con un aumento de la democracia (186).</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por último,</p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Apelando a un discurso sobre el fin de las viejas    ideologías y al fin de la historia, el discurso neoliberal niega la    posibilidad de que la sociedad pueda incidir democráticamente en la    construcción de un orden social deseado. Aquí está en juego no sólo el papel    del Estado y cambios en los sistemas políticos, están en cuestión las ideas    mismas de política y de democracia (187-188). </p> </dir>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Aun cuando los ideólogos más importantes del neoliberalismo  eran ciudadanos de los países capitalistas desarrollados, hemos visto que los  primeros intentos de aplicación sistemática de políticas neoliberales ocurrieron  en América Latina, empezando con Chile. En consecuencia, hay aportes originales  relacionados con las características típicas de las sociedades de este  continente &quot;subdesarrollado&quot;. El latinoamericano que hizo el aporte más original  al pensamiento neoliberal fue el peruano Hernando de Soto y su originalidad fue  resultado de abordar un problema que era fundamental para los países  latinoamericanos y, en general, para los demás del Tercer Mundo: ¿Cómo  incorporar al proyecto a aquellos sectores cada vez más amplios que vivían y  trabajaban al margen de las relaciones formales del mercado y de las  instituciones diseñadas para asentarlas, es decir, en la &quot;informalidad&quot;? </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">A estos &quot;marginales&quot;, se les ofrece legalizar sus  propiedades-inmueble (entiéndase el rancho) para poder pedir prestado con el  necesario colateral y así liberar los potenciales dotes empresariales suprimidos  por la situación de informalidad (de Soto, 1986). Aunque la propuesta era  básicamente incorporar a estos sectores al mercado, y por eso parecía no ser una  propuesta que incidiera mayormente en el sistema político, era, a la vez, la  respuesta central del neoliberalismo a las crecientes exigencias de una mayor  participación &quot;popular&quot; en el sistema democrático. Pero también había una  propuesta de participación social para los sectores populares y que respondía al  afán de liberar al Estado del peso que implicaban los programas sociales.  Básicamente se ofrecía una participación que pasaba por la iniciativa individual  de compartir los costos, abaratando así el aporte del Estado.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por último, hay otra contribución latinoamericana que ha  recibido menos reconocimiento y que también está relacionada con una de las  características de nuestras sociedades: Se trata del continente con la más  desigual distribución del ingreso y de la propiedad en el mundo entero, de  manera que ha resultado cuesta arriba desterrar como totalmente inapropiada  cualquier preocupación por la justicia en un sistema democrático. Frente a esta  dilema, se ha incorporado la justicia al discurso neoliberal (hasta planteándola  como un interés prioritario –como en el caso del partido venezolano Primero  Justicia) pero, cuando se habla de justicia, ésta se entiende como acceso al  sistema judicial para quienes se encuentren &quot;marginados&quot;, de manera que lo que  se ofrece es una participación concebida como sometimiento a las normas legales  vigentes. Además, como en América Latina las limitaciones de los sistemas  judiciales &quot;realmente existentes&quot; incluyen su limitado alcance efectivo (sobre  todo en los barrios populares), se puede aceptar una participación de la misma  comunidad en la administración de la justicia (Jueces de Paz), por supuesto  siempre y cuando se aplique la normativa correspondiente.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><i>Promoviendo la democracia en el mundo</p> </i>     <p ALIGN="JUSTIFY">Resulta que la transformación de la &quot;promoción de la  democracia&quot; en un pilar fundamental de la política exterior de Estados Unidos,  también tiene su explicación en las experiencias de los años 70, cuando una  serie de regímenes autoritarios respaldados por los norteamericanos (con la  justificación de la doctrina de Seguridad Nacional) empezaban a revelar su  vulnerabilidad. El régimen que apoyaban los norteamericanos en Vietnam del Sur  colapsó y, en 1975, Estados Unidos se encontraba obligado a firmar un Tratado de  Paz que no disfrazaba las dimensiones humillantes de su derrota. Había protestas  masivas en contra del régimen dictatorial en Corea del Sur que culminaron en el  asesinato del mandatario general Cheng Hee Park en 1979, y una oposición  creciente a Fernando Marcos en las Filipinas, después de haberse declarado  presidente vitalicio en 1975. En África, el régimen colonial portugués se  desintegró en 1975 y la rebelión de Soweto en 1976 sugirió cuán vulnerable era  el régimen de apartheid dominado por los aliados blancos en África del Sur.  Mientras tanto, en el Medio Oriente, persistía el problema palestino y, en 1979,  se produjo la caída inesperada del Shah en Irán, la pérdida de una pieza clave  en la política de seguridad estadounidense para la región. Por último, el mismo  año, la victoria de los sandinistas en Nicaragua, resucitó el fantasma de la  revolución en Centroamérica (Robinson, 1995, 17). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como el mismo informe de Crozier, Huntington y Watanuki a la  Comisión Trilateral ya había advertido respecto a los peligros de construir el  sistema de alianzas mundiales sobre la base de regímenes autoritarios que  podrían ser derrocados repentinamente, con consecuencias imprevisibles, empezaba  a escucharse menos el argumento del autoritarismo como mal necesario y se  destacaba cada vez más la importancia de una política que promoviera los  derechos humanos y la democracia. Los argumentos que respaldaban lo que  repentinamente parecía una cruzada a favor de la democracia en el mundo  provenían de los sectores más conservadores del Partido Republicano de Estados  Unidos y fueron incorporados a los conocidos <i>Documentos de Santa Fe</i>.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En 1981, dos de las figuras más destacadas de la nueva  campaña, Michael Samuels y William A. Douglas, escribieron en la revista <i> Washington Quarterly</i>, explicando cómo, durante el curso del siglo xx, a los  tradicionales instrumentos de la política exterior –los diplomáticos , los  económicos y los militares– se había añadido dos más: &quot;Uno es la propaganda (…)  El otro nuevo instrumento de política –la ayuda a las organizaciones políticas  amigas en el extranjero– (…) ayuda a formar a actores políticos en otros  gobiernos, en vez de buscar simplemente ejercer influencia sobre los que ya  existen&quot; (citado en Robinson, 1995, 29). Se trataba de ayudar a potenciales  líderes amigos capaces de encabezar gobiernos de relevo en caso de ser necesario  para promover los intereses de Estados Unidos, pero de hacerlo dentro del marco  de una institucionalidad democrática. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">¿Pero en qué tipo de democracia se estaba pensando?  Huntington tenía claro que no era ninguna democracia a secas, ni siquiera  aquella que se venía practicando a partir de la Segunda Guerra Mundial en los  países capitalistas desarrollados. Según Robinson (1995, 23), Huntington hasta  &quot;llega al extremo de afirmar que el capitalismo de mercado libre basado en el  modelo neoliberal es un requisito previo para la democracia, y que cuestionar el  modelo neoliberal significa cuestionar la democracia misma&quot;. De manera que se  trataba de redefinir lo que se entendía por democracia para acomodarlo a los  requerimientos de una reconstrucción del orden social de signo neoliberal.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Ésta era la democracia que se proponía promover como  instrumento de la política exterior y de los intereses de Estados Unidos. Se  trataba, según Douglas, de una <i>democracia reglamentada</i>. En <i>Developing  Democracy,</i> el libro pionero que publicó en 1972, Douglas explicó que la  alternativa democrática al autoritarismo no significaba un abandono del objetivo  primordial que era garantizar la estabilidad: &quot;Es innegable que se necesita una  mano firme&quot; dijo. Argumentaba que &quot;la democracia puede brindar un grado  suficiente de reglamentación, si logra fortalecer a las organizaciones de masas  necesarias para que lleguen a la mayoría de las gentes cotidianamente. La  dictadura no tiene el monopolio sobre el principio de tutelaje&quot; (citado en  Robertson, 1995, 31). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por supuesto, esta nueva preferencia por una estabilidad  basada en la promoción de la democracia no significaba que se descuidaban los  demás mecanismos de influencia. Bajo la misma administración Reagan se produjo  la invasión de Granada y la guerra &quot;de baja intensidad&quot; y de desgaste de los  Contra en Nicaragua y se invirtió mucha &quot;ayuda militar&quot; para impedir la caída  del régimen en El Salvador. Además, con la crisis de la deuda, las presiones  ejercidas a través de los organismos financieros internacionales pesaban cada  vez más. Sin embargo, para los propósitos de nuestra discusión, destacamos la  &quot;promoción de la democracia&quot; por su innegable influencia en el ideario político  de los sectores dominantes del continente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><b>El aporte del liberalismo social a la discusión</p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY">En el acápite anterior, enfatizamos la continuidad que existe  entre el ideario liberal predominante en el siglo xix y aquel que se ha impuesto  con el neoliberalismo señalando, al mismo tiempo, cómo se ha adaptado a las  nuevas circunstancias de globalización neoliberal. También indicamos cómo, a  partir de la Segunda Guerra Mundial y hasta los años 70, el ideario dominante en  Occidente era más bien de un liberalismo social mezclado con las tradiciones  socialdemócrata y socialcristiana. En este acápite, queremos examinar más de  cerca esta otra vertiente del ideario liberal que pasa, en el siglo xix, por  John Stuart Mill, a mediados del siglo xx por John Maynard Keynes, William  Beveridge y Harold Laski, y que tiene su expresión más contemporánea en  pensadores como John Rawls, Crawford MacPherson, Robert Gray, David Held y Carol  Pateman. Se trata de enfatizar cómo se difiere de la vertiente más conservadora  del liberalismo en su manera de entender el problema de la democracia.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El liberalismo social pone el énfasis en las condiciones  consideradas necesarias para la construcción y consolidación de una &quot;sociedad&quot;  democrática. A partir de los planteamientos de John Stuart Mill, que había sido  influenciado por la descripción que ofreciera De Tocqueville de la vitalidad de  la participación democrática en las ciudades pequeñas de Estados Unidos, las  nociones de &quot;autodesarrollo personal&quot; y de &quot;igualdad de oportunidades&quot; son  consideradas elementos constitutivos del ideario liberal. Mill argumentaba que  el Estado no era la única fuente de amenazas potenciales a la libertad, que la  misma sociedad estaba impregnada de relaciones autoritarias que limitaban la  libertad y el despliegue del potencial de los individuos; y señaló como caso  extremo la &quot;esclavitud femenina&quot; (Mill, 1859, 1861, 1869). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Bajo el impacto de la Gran Depresión, John Maynard Keynes  estableció los fundamentos teóricos para justificar una intervención estatal en  el funcionamiento del mercado (para contrarrestar sus &quot;imperfecciones&quot;) y,  durante el curso de la Segunda Guerra Mundial, William Beveridge sentó las bases  doctrinarias para la construcción de un sistema comprensivo de seguridad social.  Harold Laski, filósofo político de aquel Partido Laborista que introdujera las  medidas básicas para construir el Estado de Bienestar británico, seguía con las  preocupaciones de Mill y sirvió de puente entre el liberalismo social y la  socialdemocracia. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Los ideólogos neoliberales de esa época, académicamente muy  minoritarios y políticamente marginados, condenaban a los partidarios del  liberalismo social, junto con los comunistas y los socialdemócratas. Se  aferraban a una concepción de libertad que fue resumida en un famoso ensayo de  Isaiah Berlin (de 1958) que distinguía la noción de &quot;libertad negativa&quot;  (garantías para el individuo frente al Estado, del liberalismo clásico) de la de  una ilusoria &quot;libertad positiva&quot;, que implicaba un papel activo por parte del  Estado en pos de ampliar la libertad sobre la base de la acción colectiva pero  que, de hecho, era un simple paso en el &quot;camino a la servidumbre&quot;. Los ideólogos  neoliberales desarrollaron la lógica de esta argumentación negando toda validez  a aquella tradición occidental que hubiera asumido los supuestos filosóficos del  &quot;racionalismo constructivo&quot;.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Frente a aquella &quot;crisis de la democracia&quot; identificada en el  Informe a la Comisión Trilateral a mediados de los años 70, los pensadores del  liberalismo social concentraron sus reflexiones en torno a dos problemas que  consideraban indisolublemente relacionados con la salud de un sociedad  democrática: La justicia social (Rawls) y la participación ciudadana (casi todos  los demás). Para nuestros propósitos, quisiéramos concentrar la atención en la  discusión sobre la participación ciudadana y sus implicaciones. Lo hacemos no  porque consideramos la &quot;justicia social&quot; menos importante que &quot;la  participación&quot;, sino porque esta última ha tenido mayor impacto político,  obligando a los distintos idearios en conflicto a asumir una postura al  respecto. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De hecho, como hemos visto, el neoliberalismo simplemente  rechaza los planteamientos en torno a la justicia social, argumentando que, en  una sociedad regida por las leyes impersonales y benéficas del mercado, una  discusión sobre justicia social es impropia y, a fin de cuentas, un simple  subterfugio para volver a las ilusiones de una &quot;libertad positiva&quot;. &quot;La  justicia&quot; significa el imperio de la ley, para todos. Pero, en el caso de la  participación ciudadana, resultaba difícil rechazarla así, de plano, porque  hasta la concepción clásica y conservadora de la democracia suponía que el  Estado y el sistema político debieran responder a los intereses y anhelos de la  &quot;sociedad civil&quot;. Además, se suponía que el sistema representativo garantizaba  precisamente eso. De manera que no se podía rechazar de antemano interrogantes  que simplemente pedían evidencia de que así fuera (en la práctica) o que, sin  rechazar los supuestos, demostraban que el sistema político (realmente  existente) no funcionaba así, planteando que, precisamente por eso, padecía de  un &quot;déficit democrático&quot;.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En la medida en que las propuestas neoliberales se han ido  radicalizando, haciéndose más transparentes sus implicaciones prácticas, el  ideario del liberalismo social se ha hecho más nítido y hasta más radical,  distanciándose con mayor claridad de la vertiente conservadora del liberalismo.  De hecho, fue precisamente durante aquella &quot;crisis de la democracia&quot; de los años  60 y 70 que comentaba Huntington cuando surgió de nuevo en círculos liberales la  preocupación por el problema de la participación ciudadana en un sistema  político democrático. Se trataba fundamentalmente de una reflexión sobre las  condiciones sociales más propicias para que la igualdad política formal  estuviera sentada en una &quot;sociedad civil&quot; compuesta por ciudadanos con iguales  oportunidades de incidir efectivamente en las decisiones políticas. En este  sentido volvían a plantear las preocupaciones originalmente expresadas por Mill.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para no extendernos demasiado en la discusión del punto,  vamos a señalar cómo, a partir de esta preocupación, se podría llegar a  conclusiones muy radicales. De hecho, eran pensadoras feministas quienes  siguieron con mayor consistencia estas implicaciones radicales. A pesar de que  ya en los años 60 las mujeres tenían el derecho al voto, Carole Pateman, autora  de uno de los libros de mayor impacto en las discusiones sobre la democracia en  los años 70, llegó a afirmar que &quot;para las feministas la democracia no ha  existido jamás&quot;. En otra frase que resumía las implicaciones potencialmente  radicales del planteamiento, argumentó que &quot;lo personal es político&quot;. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para Pateman, la persistencia de relaciones patriarcales en  el seno de la familia (núcleo básico de la organización social) tenía  implicaciones profundas para la vigencia de la democracia. Así cuestionaba la  separación tajante entre lo privado y lo público. El mismo argumento  evidentemente era aplicable a otros grupos sujetos a relaciones autoritarias en  el seno de la sociedad civil: A los asalariados sujetos a relaciones de trabajo  autoritarias en la empresa; a las exclusiones inherentes a la discriminación  racial; a las desigualdades en el acceso a la propiedad o en el ingreso, etc. La  misma Pateman llegaría a plantear un ingreso mínimo garantizado para todos los  ciudadanos, como un aporte a la realización de la igualdad de oportunidades y,  por extensión, a la democracia. Aun cuando eran pocos aquellos que sacaban las  conclusiones más radicales de esta línea de pensamiento, su influencia práctica  se encontró reflejada en la adopción, a partir de los años 70, de las políticas  de <i>affirmative action</i> en el sistema de educación superior de Estados  Unidos, con una &quot;discriminación positiva&quot; a favor de las minorías  tradicionalmente marginadas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Los planteamientos en torno a una &quot;democracia participativa&quot;  no solamente apuntaban hacia el problema de la &quot;igualdad de oportunidades&quot;, sino  que rechazaban tajantemente la visión schumpeteriana de la democracia (Schumpeter,  1942) como un simple mecanismo para elegir aquellas elites destinadas a tomar e  implementar las decisiones políticas. Se trataba precisamente de una  participación en la toma de decisiones por parte del ciudadano común, y de  romper el monopolio político de las elites. Se trataba, en fin, de alguna forma  de &quot;democracia directa&quot;. Por supuesto, en el contexto de la sociedad  norteamericana, las oportunidades para implementar esta propuesta eran bastante  reducidas y, de hecho, la discusión respecto a su aplicabilidad se restringía  básicamente al ámbito local. En todo caso, los partidarios del liberalismo  social han mostrado un notable interés en las experiencias participativas de  otros países (como en el caso del &quot;presupuesto participativo&quot; de Porto Alegre),  llegando hasta plantear su aplicabilidad en el contexto norteamericano (Goldfrank,  2005).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Aun así, la propuesta provocaba cuestionamientos entre  quienes se identificaban con el liberalismo social. Se planteaba la inevitable  persistencia de desigualdades, el peligro de la imposición de criterios  mayoritarios a expensas de legítimos intereses de las minorías, dudas respecto a  la &quot;racionalidad&quot; de decisiones adoptadas de esa manera, etc. (Fung, 2004). En  fin, aun cuando se planteaban interrogantes legítimas con implicaciones  potencialmente radicales, la discusión nunca pudo liberarse del todo del temor a  una democracia desbordada. Finalmente, la discusión sobre el tema en el seno del  liberalismo social en general se deslizó más bien hacia una visión menos radical  de la democracia, adoptando las sugerencias sobre la &quot;acción comunicativa&quot; de  Habermas, para redefinir la democracia deseable como más bien &quot;deliberativa&quot; (Young,  2000; Fung, 2004; Williamson y Fung, 2004; Avritzer, 2003).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Recientemente, se ha propuesto una crítica radical a las  propuestas de una democracia deliberativa y, en general, a los supuestos que  subyacen en las posturas del liberalismo social, desde una perspectiva que no  proviene ni de neoliberales ni de marxistas. Chantal Mouffe (2002) señala lo que  considera la influencia perniciosa de las tendencias actualmente dominantes en  el campo de la teoría política y argumenta que: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">… el abordaje identificado con la &quot;democracia    deliberativa&quot;, que está aceleradamente imponiendo los términos de la discusión    actual [sobre la democracia], tiene como uno de sus supuestos centrales que    cuestiones políticas son de carácter moral y, en consecuencia, susceptibles de    un tratamiento racional. Desde esta perspectiva, el objetivo de una sociedad    democrática es la creación de un consenso racional a través de procedimientos    deliberativos apropiados, culminando en decisiones que reflejan de manera    imparcial los intereses de todos. Todos aquellos que cuestionan la posibilidad    misma de lograr este supuesto consenso racional y que sostienen que la    discordia es una dimensión inherente a la política, se encuentran acusados de    atentar en contra de la misma posibilidad de democracia. </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Después señala cómo esta tendencia (de excluir la posibilidad  de cualquier expresión de antagonismo de la esfera política) produce una  inevitable apatía política, con todos los peligros que esto significa para la  vida política democrática, insiste en que los antagonismos son inherentes a la  política democrática. Es más, &quot;la dimensión conflictiva es siempre presente  porque de lo que se trata es de una lucha entre proyectos hegemónicos  enfrentados que no se puede reconciliar racionalmente&quot;. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En el próximo acápite tendremos la oportunidad de explorar  más a fondo la manera en que el pensamiento de Gramsci (patente en el caso de  Mouffe) viene ejerciendo influencia en la discusión sobre la democracia, más  allá de los círculos identificados con la tradición marxist</p> <b>     <p ALIGN="JUSTIFY">La democracia en la tradición marxista</p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para los liberales conservadores, y para muchos de los  liberales sociales, postular algún aporte del marxismo a una discusión sobre la  democracia es un sinsentido. El ideario dominante, desde el siglo xix, pasando  por la época de vigencia del Estado de Bienestar, hasta llegar al  neoliberalismo, ha identificado al marxismo como una amenaza para la democracia,  como la quintaesencia de los valores antidemocráticos. Sin embargo, es la  tradición ideológica que ha estado más íntimamente vinculada a las luchas de los  sectores subordinados en pos de su &quot;emancipación&quot;, la que más estrechamente se  identifica con la suerte de los &quot;sectores populares&quot;, del &quot;demos&quot;. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por supuesto, resulta cuesta arriba hablar de la tradición  marxista a secas, porque cubre demasiado. De manera que precisamos de antemano  que no nos interesa la tradición socialdemócrata (que, como hemos visto,  confluye con el liberalismo social a partir de 1945); tampoco nos interesa el  marxismo como ideología de Estado en los países del bloque soviético. Nos  interesa más bien aquellos aportes del mismo Marx y de aquellos de sus  seguidores que han ofrecido reflexiones de relevancia para nuestra discusión de  la política democrática: Básicamente Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo. También  nos interesa hacer hincapié en las confluencias y discrepancias que tienen Marx  y estos marxistas con la tradición del liberalismo social.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Marx mismo hizo una crítica demoledora a las pretensiones  &quot;democráticas&quot; de los liberales de su época cuando mostraba cómo la distinción  entre la &quot;sociedad política&quot; y la &quot;sociedad civil&quot; les permitía presentarse como  partidarios de una igualdad frente a la ley e igualitarios en su concepción del  sistema político, mientras que defendían una sistema social basada en la  desigualdad y en la explotación. Propugnaba una práctica revolucionaria de los  mismos explotados para superar esta situación. Aun cuando Marx tenía un  horizonte utópico, el &quot;comunismo&quot;, y contemplaba una etapa transicional llamada  &quot;socialismo&quot;, ni siquiera especuló sobre los problemas inherentes al proceso de  transición, mucho menos sobre la dimensión &quot;política&quot; del problema. Fiel a su  convicción de que las semillas de la nueva sociedad se encuentran en las  entrañas de la actual (y no en la cabeza de soñadores utópicos), se limitó a  explorar las implicaciones de las luchas prácticas del proletariado, sobre todo  en las jornadas revolucionarias de la Comuna de París (1871).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">En su análisis de la Comuna de París, Marx encuentra  desarrolladas en forma embrionaria las características de una democracia obrera,  es decir, de una democracia que respondiera a las necesidades y anhelos de las  grandes mayorías, en circunstancias de efectiva igualdad de condiciones entre  los participantes en el sistema político. Muchos autores han señalado que, si  bien Marx no lo reconoce explícitamente, su planteamiento retoma los conceptos  centrales de Rousseau de la &quot;voluntad general&quot; y de la democracia directa. Es  decir, supone la posibilidad de llegar a una voluntad consensualmente acordada  (siempre y cuando hay condiciones de igualdad efectiva entre los ciudadanos).  Supone, además, la participación directa de los ciudadanos en el proceso de toma  de decisiones, es decir, un sistema que, cuando va más allá de las posibilidades  de una discusión en asamblea, se basa en la figura del &quot;delegado&quot; (es decir,  vocero de decisiones ya acordadas) y no del &quot;representante&quot; (que implica una  autonomía frente a lo que pudieran haber decidido o querido los  &quot;representados&quot;). También implica un cuestionamiento radical de la separación  liberal entre la sociedad civil y el sistema político, junto con una disolución  de la estructura de separación de poderes, explícitamente aquella entre las  funciones legislativas y ejecutivas. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por supuesto, donde este enfoque se diferencia más  nítidamente de cualquier enfoque liberal sobre la democracia (inclusive de sus  versiones más radicales) es en su planteamiento de que &quot;la emancipación de la  clase obrera será obra de la misma clase obrera&quot; y de que pasa por la superación  del capitalismo como tal. Según Kohan (2005).</p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Si la pregunta básica de la filosofía política clásica de    la modernidad se interroga por las condiciones de la obediencia al soberano,    el conjunto de preguntas del marxismo apuntan exactamente a su contrario.    Desde este último ángulo lo central reside en las condiciones que legitiman no    la obediencia sino la insurgencia y la rebelión; no la soberanía que corona al    poder institucionalizado sino la que justifica el ejercicio pleno del poder    popular. Antes, durante y después de la toma del poder. </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, el marxismo compartía con la tradición del  liberalismo social de Mill la convicción de que, más allá de las formalidades de  derechos políticos y civiles, la construcción de la democracia requería la  superación de relaciones autoritarias en la sociedad misma, para que hubiera  posibilidades efectivas de participación en condiciones de igualdad. Para que  estas condiciones se produjeran, hacía falta lo que Mill consideraba un proceso  de autoformación personal y Marx concebía como el desarrollo de una conciencia  de clase. De allí, el énfasis de Mill en la dimensión &quot;educativa&quot; de la  participación en los asuntos públicos; y la convicción de Marx de que los  explotados necesitaban un proceso de aprendizaje forjado en la lucha cotidiana  contra la explotación (y su interés en los saltos cualitativos en la  &quot;conciencia&quot; que se produjeran cuando la lucha de clases se agudizaba). En todo  caso, lo que separaba irremediablemente a los dos pensadores era que Mill  concebía la búsqueda de una democracia plena sin cuestionar el carácter  capitalista de la sociedad, mientras que Marx consideraba que era precisamente  la lógica inherente a esa sociedad lo que hacía imposible la realización de la  igualdad y la libertad verdadera. Hasta los planteamientos más radicales de Mill  apuntaban hacia la construcción de las condiciones necesarias para la resolución  consensual de los conflictos políticos. Marx colocaba como problema político  central la relación antagónica entre los beneficiarios y los perjudicados en el  contexto de un sistema social de explotación, lo que se resumía con la expresión  &quot;lucha de clases&quot;.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El otro momento crucial para precisar la postura del marxismo  frente a la cuestión democrática se produjo a raíz de la victoria de los  bolcheviques en Rusia en 1917. La primera revolución anticapitalista estalló  donde menos se la habían esperado, en un país notoriamente subdesarrollado, en  medio de una guerra mundial y el colapso militar del imperio ruso. Además, los  bolcheviques enfrentaban la tarea de &quot;construir el socialismo&quot; cercados por  ejércitos enemigos y nunca pudieron contar con la esperada revolución en los  países capitalistas desarrollados, condición que consideraban imprescindible  para poder llevar a cabo la construcción del socialismo. Sobrevivieron, pero en  el proceso edificando un Estado que poca relación tenía con las expectativas de  Marx, ni de los marxistas de la época. Y adoptaron el marxismo como la ideología  oficial de un Estado que, en efecto, llegó a negar los más elementales valores  democráticos. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En todo caso, lo que interesa para nuestra discusión es la  reacción de dos de los revolucionarios marxistas europeos más destacados de la  época, cuando la Revolución Rusa y su posterior desenvolvimiento provocaron un  debate en torno a la relación entre democracia y una transición hacia el  socialismo. Se trata de las dos figuras marxistas cuyo legado más se discute hoy  en día: Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo. Ambos militantes y dirigentes del  Partido Comunista de sus respectivos países; ambos solidarios con la Revolución  Rusa; ambos expresión de lo mejor de la tradición marxista en la medida en que  se manifestaran su crítica radical al capitalismo y su dedicación a la acción  revolucionaria; pero los dos también preocupados por el rumbo de la revolución  dirigida por los bolcheviques.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La primera en reaccionar fue Rosa Luxemburgo quien, apenas un  año después del triunfo bolchevique, polemizó con Lenin, precisamente porque  sentía que la revolución rusa se alejaba de los valores democráticos que ella  consideraban parte integral de la herencia marxista. En su ya conocida polémica  con Lenin, Luxemburgo criticó la eliminación de los órganos de la democracia  representativa, y la pretensión de construir una democracia basada  exclusivamente en los soviets, órganos que se suponían expresión de una  democracia directa: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Toda institución democrática tiene limitaciones e    insuficiencias (...) Pero el remedio que han encontrado Trostky y Lenin, la    eliminación de la democracia en general, es peor que la enfermedad que ha de    curar; porque obstruye la fuente viva de la que podrían emanar, y sólo de    ella, los correctivos de las insuficiencias inherentes a las instituciones    sociales (...) Y cuanto más democráticas sean las instituciones, cuanto más    vivaz y enérgico sea el pulso de la vida política de las masas, tanto más    directo y exacto será el influjo ejercida por éstas (...) Es innegable que sin    una prensa libre y sin trabas, sin una libertad de reunión y de asociación    ilimitada, es totalmente inconcebible precisamente el dominio de las amplias    masas populares. La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para    los miembros de un partido, por muy numerosos que puedan ser no es libertad.    La libertad es siempre únicamente para el que piensa de otra manera (Luxemburg,    1918, citado en Vergara, 1998).</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">En su reacción en contra de lo que entendía como las  &quot;desviaciones&quot; de los camaradas rusos, Luxemburgo resultó ser tan elocuente como  Mill en su defensa de las libertades individuales y de las instituciones  representativas. Sin embargo, su lucidez estaba al servicio de una ya comprobada  vocación revolucionaria. Muchos años después, cuando las implicaciones de la  toma del poder por los bolcheviques se habían hecho mucho más evidentes,  Poulantzas retoma el planeamiento de Luxemburgo, proponiendo que la superación  del capitalismo pasaba por: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">… la transformación radical del Estado, la ampliación y    profundización de las instituciones de la democracia representativa y de las    libertades (...) con el despliegue de las formas de democracia directa de base    y el enjambre de focos autogestionarios: Aquí está el problema esencial de    &quot;una vía democrática al socialismo y de un socialismo democrático&quot; (Poulantzas,    citado en Vergara, 1998). </p> </dir>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">En vez de la tesis de construcción de un doble poder, propone  potenciar la lucha de masas orientada a la modificación de fuerzas en el seno  del Estado. En vez de la idea de un movimiento de masas dirigido por un partido  revolucionario, propone potenciar el movimiento autogestionario (Vergara, 1998). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como, en general, el aporte de Gramsci es mejor conocido, nos  limitamos por el momento a indicar que también se desarrolló a partir de la  convicción de que la experiencia rusa no proporcionaba ningún modelo para los  marxistas de Europa occidental. La dominación burguesa en los países europeos  desarrollados era menos frágil que en Rusia, dependía menos del aparato  represivo del Estado, y estaba más sentada en el mismo tejido de la sociedad. En  lugar de adoptar la distinción liberal entre el régimen político y la sociedad  civil, Gramsci planteaba que la hegemonía de las clases dominantes se descansaba  sobre una combinación de coerción y de construcción de consenso, que atravesaba  (con peso relativo variable) a todas las instituciones de la sociedad, tanto  públicas como privadas. La consecuencia de esta línea de argumentación era que  la posibilidad de una transición hacia el socialismo dependía de la conformación  de un bloque &quot;contrahegemónico&quot; cuyo escenario prioritario de lucha era en torno  a la creación de un consenso contrahegemónico. Es decir, Gramsci concebía la  lucha revolucionaria, sobre todo, como una lucha por convencer a la opinión  pública y por lograr lo que él llamaba la &quot;dirección moral&quot; de la sociedad,  requisito imprescindible para ejercer una nueva hegemonía e iniciar una  transformación revolucionaria de la sociedad. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De esta manera, Gramsci aportó a la tradición marxista una  manera de concebir la lucha política revolucionaria, enraizada en la tradicional  visión del papel central de la &quot;lucha de clases&quot; pero nutrida por su  reconocimiento de la importancia fundamental de la creación de un amplio  consenso popular, capaz de contrarrestar y eventualmente derrotar la hegemonía  de las clases dominantes. Para los propósitos de nuestra revisión del debate  sobre la democracia no interesa tanto seguir la posterior influencia de Gramsci  en el pensamiento marxista, sino más bien señalar su importancia para un  pensamiento que se identifica como socialista (pero no marxista), que se  deslinde claramente del liberalismo precisamente porque toma de Gramsci no  solamente su concepto de hegemonía, sino también el supuesto de que la  profundización de la democracia y el proyecto socialista suponen la creación de  un proyecto contrahegemónico capaz combatir y desplazar la hegemonía de las  clases dominantes. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Este planteamiento, que se empata con las críticas de Mouffe  al liberalismo (mencionadas al final de acápite anterior), ha sido desarrollado  por Ernesto Laclau (2005) a partir de su interés en dar cuenta de la radical  incapacidad, tanto del liberalismo como del marxismo, de entender ese fenómeno  político recurrente y central en la experiencia política latinoamericana que se  denomina &quot;populismo&quot;. No es éste el lugar para examinar los argumentos de Laclau  en detalle. Sin embargo, quisiéramos destacar cuatro de sus características que  parecen relevantes para nuestra discusión sobre Venezuela. Primero, a diferencia  de los liberales, coloca el conflicto y el antagonismo en el centro de su manera  de entender la política democrática. Segundo, se deslinda de las posturas  marxistas cuando deja de otorgar a los conflictos &quot;clasistas&quot; un estatus  trascendental para entender la política y opta por asumir la heterogeneidad de  lo social y la multiplicidad de los conflictos que confluyen en la arena  política (de los cuales algunos son clasistas). Tercero, concibe el populismo  como una práctica política discursiva cuya función es articular la multiplicidad  de reclamos populares en torno a una identidad popular común (&quot;el pueblo&quot; o el  &quot;demos&quot;) enfrentada a un adversario común (la &quot;oligarquía&quot; o el conjunto de las  clases dominantes). Por último, señala que este discurso populista tiene un  potencial &quot;contrahegemónico&quot; mayor que el tradicional discurso clasista de los  marxistas, aunque la conformación (y sobre todo la consolidación) de un bloque  contrahegemónico está atravesada inevitablemente por fuertes contradicciones. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Los enfrentamientos en torno a la democracia en Venezuela </b> </font>   <font FACE="Verdana" SIZE="2"> <b>y las elecciones parlamentarias de diciembre 2005 </p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY">Después de haber dedicado tantas páginas a discutir cómo la  noción de democracia se ha adaptado a los idearios más importantes del Occidente  moderno, el lector podría esperar que en nuestra discusión de los idearios  enfrentados en Venezuela en la actualidad se encuentren reflejados los  enfrentamientos más generales que se dan en el mundo occidental globalizado.  Resulta que sí consideramos que el ideario que predomina entre la oposición a  Chávez refleja con sorprendente nitidez los valores neoliberales que hemos  resumido, aunque hay quienes se identifican con los valores del liberalismo  social y otros (muy marginales) que se declaran marxistas. Sin embargo, queremos  argumentar que el ideario del chavismo, aun cuando recoge las preocupaciones del  liberalismo social y del marxismo, no se puede entender en los mismos términos,  y que resulta <i>sui generis</i>, con características que no se pueden entender  sin ubicarlas dentro del contexto de la &quot;razón populista&quot; que tantos dolores de  cabeza ha provocado entre quienes montan sus análisis de la política  latinoamericana usando exclusivamente las herramientas conceptuales del  Occidente desarrollado.</p> <i>     <p ALIGN="JUSTIFY">El ideario de la oposición</p> </i>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como pudimos apreciar al inicio de este artículo, la  situación política de polarización tan acentuada que experimenta Venezuela en la  actualidad, se encuentra reflejada en visiones claramente encontradas en torno a  lo que se entiende por la democracia. A continuación intentaremos explorar las  raíces de estas visiones contrapuestas, empezando por analizar aquella que  predomina en los círculos de la actual oposición a Chávez.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">La prolongada crisis del sistema político venezolano estuvo  acompañada por intentos por parte de las elites políticas de los partidos  dominantes (AD y Copei) de superar sus limitaciones, cada vez más evidentes, por  vía de una &quot;democratización&quot; del sistema. De allí, la labor de la Comisión  Presidencial para la Reforma del Estado (Copre) a partir de 1984, el proceso de  descentralización política a través de la elección popular de gobernadores y  alcaldes y las reformas que apuntaban hacia una democratización de las  estructuras partidistas. Sin embargo, como ha comentado acertadamente Edgardo  Lander, &quot;los procesos económicos y culturales de exclusión [reflejados en el  alarmante aumento en los índices de pobreza] son mucho más potentes que los  potenciales impactos democratizantes de las reformas políticas&quot; (2005, 4). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">A partir de comienzos de los 90, después del &quot;Caracazo&quot; de  1989 y los dos intentos de golpe de Estado en 1992, las bases electorales de los  partidos AD y Copei empezaron a esfumarse y algunos de sus dirigentes más  perspicaces se refugiaron en las gobernaciones, después de renunciar al partido  para poder presentarse como &quot;independientes&quot; (Enrique Salas en Carabobo, Enrique  Mendoza en Miranda y, posteriormente, Manuel Rosales en Zulia). Rafael Caldera,  fundador de Copei y su figura dominante durante toda su larga trayectoria  política, renunció a su partido para presentar su candidatura presidencial en  1993 como &quot;independiente&quot; y antineoliberal. Así daba por cerrado el ciclo  histórico de su partido.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">El desplome de los partidos AD y Copei representó un  acentuado debilitamiento de todo el ideario político asociado con las  tradiciones socialdemócrata y socialcristiana (que nosotros hemos identificado  en términos gruesos con el liberalismo social). En palabras de Lander: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Como en el resto del continente, las nociones de origen    socialdemócrata y demócrata cristianas con relación al Estado, la igualdad, la    ciudadanía y la política, que habían sido compartidas por la mayor parte del    espectro político durante décadas, fueron sometidas a severos cuestionamientos    y dotadas de nuevos significados desde posturas ideológicas neoliberales y    neoconservadoras (ibíd.., 4). </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">De esta manera:</p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">En los medios de comunicación se hace dominante un discurso    antipolítico y antipartido que establece una oposición maniquea entre Estado    (caracterizado como corrupto, ineficiente y clientelar) y una mítica &quot;sociedad    civil&quot; (que incluye a los medios) entendida como la síntesis de todas las    virtudes: Creatividad, iniciativa, eficacia, honestidad, participación. El    paradigma de los nuevos sujetos de la &quot;democracia de ciudadanos&quot; que debe    reemplazar a la &quot;democracia de partidos&quot; es el <i>ciudadano-vecino</i>,    concebido a partir de la experiencia de las organizaciones vecinales urbanas    de clase media y clase media alta. En estas organizaciones ha sido    preocupación central la defensa de la propiedad y la protección de las    amenazas representadas por los excluidos. El horizonte normativo de esta idea    de democracia conservadora es el de una sociedad apolítica, sin debates    ideológicos, donde los principales asuntos de gobierno tienen que ver con la    eficacia y la honestidad de la gestión y en la cual la participación y la toma    de decisiones democráticas sobre la vida colectiva están estrechamente    acotadas a los ámbitos locales. La economía debe estar vigorosamente protegida    de las exigencias &quot;demagógicas e irresponsables&quot; que se formulan a nombre de    la democracia. Toda política social y/o redistributiva del Estado es    sospechosa de <i>populismo</i> (Lander, 1985, 87).</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Era tal la eficacia de este discurso que pasó a constituir un  especie de &quot;sentido común&quot; entre amplios sectores intelectuales y académicos,  hasta tal punto que, cuando Chávez ganó las elecciones en 1998, uno de los más  destacados científicos políticos del país confesó, con admirable candidez, que  frente a la evidente crisis de los partidos políticos tradicionales, &quot;el único  discurso alternativo parecía ser el de la ‘modernización’, entendida como  desplazamiento de los partidos por la sociedad civil, de las ideologías por el  pragmatismo, de las utopías por el pensamiento tecnocrático y del Estado por el  mercado (...) pocos pensaron que la fuerza capaz de desplazar a AD y Copei de  sus posiciones iba a ser [el chavismo]&quot; (Gómez Calcaño, 2000, 3-4).</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Durante los casi siete años que lleva el presidente Chávez en  el poder, la crisis de los partidos AD y Copei ha llegado a ser terminal, hasta  tal punto que en las encuestas sobre intención de voto para las elecciones de  diciembre del 2005 se les atribuían un escaso 5% (conjuntamente). Además,  mientras que se hundían estos partidos, que se habían fundado y que había  llegado a dominar la escena política del país con un ideario programático y un  horizonte utópico de innegable eficacia, se encontraban incapaces de proponer  alternativas políticas creíbles frente a un movimiento populista que les había  quitado sus bases sociales populares. Conscientes de la necesidad de unificar al  conjunto de las fuerzas opositores para reconquistar el poder, se encontraban  forzosamente incorporados a una Coordinadora Democrática en donde su propio  perfil se diluía y que tenía como único cemento para preservar la unidad la  consigna &quot;fuera Chávez&quot; y el cuestionamiento de las credenciales &quot;democráticas&quot;  del régimen.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En forma cada vez más clara, la dirección efectiva de la  oposición pasó a manos de los dueños de los medios de comunicación y a  organizaciones de su &quot;sociedad civil&quot;, como Súmate, que compartían su ideario (y  recibían generosos subsidios del gobierno norteamericano) o Gente del Petróleo,  que asumió un papel decisivo, por razones obvias, en el momento del intento de  tumbar el gobierno paralizando la industria petrolera. De hecho, el único  partido de la oposición promovido por los medios de comunicación era nuevo,  concebido a partir de una asociación civil y con el mismo ideario radicalmente  neoliberal. Ya, para finales del 2005, Primero Justicia se perfilaba también  como el único partido de la oposición con cierto arraigo nacional, con 13,7% de  la intención de voto (aunque había partidos regionales con fuerza en los estados  Zulia y Carabobo). Aun cuando la oposición incluía a AD y Copei, es decir, a los  restos de partidos que arrastraban elementos de un ideario distinto y más afín  al liberalismo social, la hegemonía del ideario neoliberal era aplastante. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Una de las debilidades de una oposición efectivamente  liderada por los dueños de los medios de comunicación es que éstos no asumen  ninguna responsabilidad por los errores políticos que cometen, ni tampoco pagan  el precio político –que está asumido lastimosamente por los partidos  tradicionales. Es más, los sucesivos fracasos de la oposición llevaron a la  construcción de una realidad ficticia que se incorporó a su ideario.  Arrinconados en su mundo de clase media, los dirigentes de la oposición se  constataban cotidianamente que su &quot;gente&quot; (ya no se habla del &quot;pueblo&quot;) era en  su gran mayoría antichavista. Se sentían mayoría, y en su entorno social más  inmediato lo eran, de manera que ni encuestas ni mucho menos resultados  electorales podían convencerlos que fueran dirigentes de una fuerza política  minoritaria. Si las encuestas de sus mismos partidarios sugerían otra cosa  simplemente no las publicitaban o, si era necesario, se las descalificaban. Si  perdían en una consulta electoral, como en el caso del Referendo Revocatorio de  agosto del 2004, gritaban &quot;fraude&quot; y, cuando los observadores internacionales en  que confiaban decían que no lo había, también los descalificaron (Lander, 2004).  Llegaron al extremo de acusar al mismo Imperio de haberlos abandonado, a  consecuencia de su interés en no perjudicar el suministro del petróleo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por supuesto, los dirigentes de la oposición no solamente  construyen discursos. También consultan las encuestas, sobre todo aquellas que  les inspiran confianza, y toda la evidencia indicaba en noviembre del 2005 que  estaban a puertas de una derrota aún más humillante que las anteriores y que, en  consecuencia, perderían su capacidad de bloquear las iniciativas oficialistas  que requerían de una mayoría de dos tercios en la Asamblea Nacional. Por si eso  fuera poco, saldrían de la coyuntura electoral con sus bases sociales de apoyo  aún más desanimadas y la credibilidad de su discurso hecha añicos. Al mismo  tiempo, las encuestas (esta vez las de Keller en septiembre) indicaban que su  base electoral potencial (disminuida por la perdida de ánimo de amplios  sectores) al mismo tiempo había ido radicalizando su postura frente al gobierno.  Mientras que la proporción de su base identificada como entregada al abandono de  la lucha, y que seguramente se abstendrían en la coyuntura electoral, había  aumentado de 15% a 43% durante el curso del año 2005, aquella que buscaba una  reestructuración de la lucha, la deslegitimación del gobierno pero a través de  una participación electoral acompañada por una visón alternativa y un nuevo  liderazgo, se redujo de 55% a 25%. El sector más radical que insistía en el  carácter fraudulento del sistema electoral y promovía protestas callejeras, la  desobediencia civil y hasta la actividad conspirativa se había consolidado  (registró 32% comparado con el previó 30%), pero así pasó a ser mayoritario  entre quienes persistían en la lucha contra el gobierno (32% contra 25%). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para la oposición más radical, la decisión de retirar los  candidatos de la oposición era lógica. Permitía seguir con el mismo discurso  diseñado para descalificar las credenciales democráticas del régimen,  atribuyéndose la abstención electoral (que se estimaba iba a ser mínimo 60%, que  llegó a ser 75% y que se redondeaba 80% para los propósitos de la polémica) como  un rechazo mayoritario al régimen y evidencia de que la oposición, en efecto,  seguía siendo mayoría. Además, ofrecía un chivo expiatorio para los fracasos y  frustraciones anteriores: Los partidos de la oposición, que no habían sabido  interpretar, ni mucho dirigir, el sentir mayoritario de la &quot;gente&quot; de la  sociedad civil. Como explicó un autoproclamado representante de esa &quot;sociedad  civil&quot;, los partidos de la oposición:</p> <dir>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">… se han visto obligados por la presión inclemente de una    ciudadanía que dijo basta y echó a andar (...) Ni AD, ni Copei, ni muchísimo    menos Primero Justicia –los más cercanos a nuestros corazones– quisieron    prestarnos oídos (…) Incluso la observación internacional se prestó al juego:    La OEA y la Unión Europea han hecho presencia activa pretendiendo mediatizar    en la caminata al cadalso (…) El verdadero héroe de esta memorable jornada que    recién comienza es la sociedad civil. Nadie más… (Sánchez García, 2005). </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">La encuesta de Keller nos sugiere que sería un error  desestimar la presión proveniente de la &quot;sociedad civil&quot; (entiéndase las bases  sociales de la oposición) porque, después de tantas frustraciones (ya Chávez iba  a cumplir 7 años en el poder), efectivamente se había radicalizado y ya  mayoritariamente no creía ni en sus propios partidos políticos. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, interesa examinar más de cerca cómo se logró  convencer a los partidos para que retiraran sus candidatos. El anuncio inicial  fue de AD y Copei, partidos que ya sabían que iban a perder todos (o casi todos)  sus diputados. No tenían más nada que perder. El problema era convencer a  aquellos dirigentes políticos de la oposición que iban a salir fortalecidos de  las elecciones, a pesar de la derrota de la oposición, es decir, fortalecidos en  sus aspiraciones de proporcionar el candidato presidencial de la oposición  contra Chávez en 2006: Julio Borges de Primero Justicia, que ya se perfilaba  como quien más pesaba en las encuestas (y no era para menos después de tanto  tiempo contando con la promoción de los medios); Manuel Rosales, que todavía no  tenía mucha presencia nacional pero que había mostrado en Zulia que sí había  cómo derrotar a Chávez; y Teodoro Petkoff quien, con sus antecedentes de  izquierda y eso de hablar &quot;claro y raspao&quot;, gozaba de preferencias entre algunos  círculos intelectuales. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El hueso duro era Primero Justicia, que ya se perfilaba como  un partido con proyección nacional y que, además, contaba con casi 14% de las  preferencias de los encuestados, dejando enterrados definitivamente a los  partidos nacionales de antaño, AD y Copei. Para Primero Justicia, era el momento  de asumir el liderazgo de la oposición, y el escenario tradicional y casi  natural para eso era la Asamblea Nacional, en donde iban a tener una  representación capaz de asumir ese liderazgo que le correspondía. En la pelea  interna que se escenificó el día 31 de noviembre, cuando se reunió el Comité  Nacional de emergencia para decidir qué hacer frente a las presiones que  recibían para retirarse, el partido se dividió por la mitad y la decisión de  retirar sus candidatos se impuso por 24 votos contra 22. A pesar de lo que Julio  Borges reconoció como &quot;fuertes presiones&quot; provenientes de los dueños de los  medios, el mismo seguía siendo partidario de participar en las elecciones.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Cuando hablamos de la hegemonía del ideario neoliberal entre  la oposición, no nos referimos simplemente al papel clave que han asumido los  dueños de los medios de comunicación en su dirección política, o de la  transformación de Primero Justicia en el único partido de oposición con arraigo  nacional, ni tampoco al peso cada vez más evidente del ideario neoliberal entre  la oposición en su conjunto. Estamos pensando más bien en cómo aquellos  elementos de la oposición que provienen de tradiciones claramente  antineoliberales se iban acomodando a los vientos que soplaban. Al respecto, hay  dos figuras que podrían considerarse emblemáticas: Teodoro Petkoff y Rafael  Caldera. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Son dos personajes clave en la historia política venezolana,  que se juntaron en 1996 cuando Petkoff aceptó ser ministro de Cordiplan y vocero  del gobierno de Caldera, para justificar la aplicación de la Agenda Venezuela  impuesta por el FMI. Lejos de ser ideólogos neoliberales, sus respectivas  trayectorias anteriores sugieren que simplemente estaban convencidos de que era  necesario ser realista y acomodarse lo mejor posible. Después de todo, era el  momento de apogeo del neoliberalismo, justo antes de que la crisis económica en  Asia empezara a minar las bases de su aplastante hegemonía intelectual (Parker,  2003). De hecho, Caldera (a diferencia de Carlos Andrés Pérez en 1989) había  preparado cuidadosamente un colchón social diseñado para suavizar el impacto de  las medidas de ajuste introducidas. En todo caso, lo que nos interesa es la  actual coyuntura y examinar cómo estas dos figuras políticas, uno formado en las  filas del marxismo y el otro la personificación del socialcristianismo  venezolano, se acomodaron a la decisión política de la oposición de abstenerse  en las elecciones de diciembre 2005. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Petkoff, desde su tribuna <i>Tal Cual</i> el 29 de noviembre,  respondió a la decisión de AD y Copei de retirar sus candidatos con indignación,  calificando la decisión de &quot;desastre&quot;. El día siguiente, optó por no opinar,  llenando su espacio acostumbrado con un enorme signo de interrogación, para  volver a opinar a los dos días, el 31, recomendando que se postergaran las  elecciones. Además, en los dos meses siguientes se limitó a escribir artículos  criticando al gobierno, sin referirse más a las razones que lo habían llevado a  calificar el retiro de los candidatos de la oposición de &quot;desastre&quot;. Caldera, de  quien no podríamos sospechar ya motivaciones y/o aspiraciones en relación con su  futuro político, pero indudablemente consciente del peso de sus palabras,  publicó un artículo casi dos meses después de las elecciones, avalando  arteramente las fantasías más descabelladas de la oposición radical sobre el  significado de la abstención: Hablando de las elecciones del 4 de diciembre de  2005, hizo referencia a &quot;la actitud del ochenta por ciento de abstencionistas,  que se supone que no eran partidarios del Gobierno, sino de la oposición&quot; (<i>El  Universal</i>, 1 de febrero de 2006). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Por supuesto, hay voces aisladas que reclaman por una  discusión, con los pies puestos en la tierra, en torno a la estrategia política  de la oposición. Parecen francotiradores y reciben como respuesta plomo cerrado.  El más notable, pero de ninguna manera el único, es Claudio Fermín, figura  también emblemática: Ex candidato presidencial de AD, ex alcalde de Caracas,  expulsado de AD cuando intentaba enfrentar a aquel cogollo que llevaba a su  partido hacia el triste fin que finalmente le tocó, la víctima más destacada del  poder de los dueños de los medios que, ya antes de que ganara Chávez, lo habían  matado políticamente, negándole acceso al escenario privilegiado para que  cualquier político pueda proyectarse hoy en día. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Indudablemente, desde la oposición, se expresan críticas  válidas, sobre todo aquellas dirigidas a repudiar los elementos autoritarios que  se encuentran en el régimen de Chávez. Desafortunadamente, la hegemonía del  ideario neoliberal entre la oposición significa una incapacitad para ir mucho  más allá de una defensa de la &quot;libertad negativa&quot; (que defienden  consecuentemente, por lo menos para quienes se sienten amenazados por el  régimen). Además, se ha mostrado notablemente renuente de responder al reto de  una profundización de la democracia a través de una participación y protagonismo  de los sectores populares y, en consecuencia, tiene muy poco apoyo entre los  sectores mayoritarios del país, es decir, entre los pobres.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">A consecuencia de esta debilidad de las credenciales  &quot;democráticas&quot; de la oposición (sin hablar de sus propias tendencias  autoritarias tan nítidamente reveladas durante el efímero régimen de Carmona),  los verdaderos problemas que se presentan para una profundización de la  democracia, incluyendo aquellos relacionados con el funcionamiento de las  instituciones republicanas que señala acertadamente la oposición, tienen que  procesarse fundamentalmente en el seno del chavismo. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><i>El ideario del chavismo </p> </i>     <p ALIGN="JUSTIFY">A primera vista, precisar el lugar y las características de  la democracia en el ideario chavista parece relativamente simple. Frente al  neoliberalismo y a aquella democracia burguesa que se limita a reclamar los  aspectos formales y procedimentales de la institucionalidad democrática  (mientras que defiende los intereses de la &quot;oligarquía&quot;), el chavismo es  partidario de una &quot;democracia participativa y protagónica&quot;. Para mayor  precisión, se puede recurrir al mismo texto de la Constitución de la República  Bolivariana de 1999 o a otros documentos del movimiento que desarrollan sus  implicaciones.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">El artículo 70 de la Constitución expresa en forma sintética  lo que se entiende por la nueva modalidad democrática: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Son medios de participación y protagonismo del pueblo en    ejercicio de su soberanía, en lo político: La elección de cargos públicos, el    referendo, la consulta popular, la revocación del mandato, las iniciativas    legislativa, constitucional y constituyente, el cabildo abierto y la asamblea    de ciudadanos y ciudadanas cuyas decisiones serán de carácter vinculante,    entre otros; y en lo social y económico: Las instancias de atención ciudadana,    la autogestión, la cogestión, las cooperativas en todas sus formas incluyendo    las de carácter financiero, las cajas de ahorro, la empresa comunitaria y    demás formas asociativas guiadas por los valores de la mutua cooperación y la    solidaridad.</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">Omar Gómez (2004) precisa la diferencia fundamental entre  esta concepción de la democracia y la democrático-representativa, cuando señala  que: </p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">En la Democracia Participativa el pueblo nombra voceros    quienes llevan adelante sus planteamientos, pero cuando la gestión del vocero    deja de ser expresión del pueblo, entonces éste tiene la posibilidad de    revocar dicha vocería. Esa es la esencia de los referendos revocatorios: Una    profundización de la Democracia. La concepción del <i>vocero</i> como    expresión de las organizaciones de base, se contrapone a la del <i>   representante</i> quien se adueña del poder de decisión del pueblo y lo ejerce    en su nombre. El vocero expresa las discusiones y las posiciones de los    colectivos. El representante, asumiendo su &quot;representatividad&quot;, expresa sus    ideas y posiciones en &quot;nombre&quot; de sus representados. Un vocero, como expresión    de un colectivo, no es el dueño del poder, es sólo un instrumento y lo ejerce    en tanto sea voluntad del colectivo. El representante ejerce y se adueña del    poder para sí y lo ejerce hasta que se le termine el periodo. Por lo tanto, el    referendo revocatorio es un proceso que sólo se puede aplicar a los voceros y    no a los representantes, ya que devuelve al pueblo, el poder originario de    decisión.</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">El artículo 62 de la Constitución establece que &quot;la  participación del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión  pública es el medio necesario para lograr el protagonismo que garantice su  completo desarrollo, tanto individual como colectivo. Es obligación del Estado y  deber de la sociedad facilitar la generación de las condiciones más favorables  para su práctica&quot;. Este artículo fue el sustento constitucional para la Ley de  los Consejos Locales de Planificación Pública que regula la participación del  pueblo en la formulación, ejecución y control de la gestión pública, siendo  concebida ésta como parte de un sistema nacional de planificación participativa  que integra los niveles nacional, estadal, municipal, parroquial y comunal. Sin  embargo, la introducción de estos Consejos Locales de Planificación Pública ha  avanzado muy poco, de manera que difícilmente podríamos argumentar que  constituyen, hasta el momento, un instrumento eficaz de promoción de la  participación protagónica. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">De hecho, las instancias e instituciones en donde se empezó a  aplicar los nuevos principios no fueron contempladas explícitamente en la  Constitución. En otra publicación (Parker, 2006), hemos señalado la importancia  de las Mesas Técnicas de Aguas a partir de 1999, de los Comités de Tierras  Urbanas a partir de 2002 y del Plan Barrio Adentro, promovido por el Alcaldía  del municipio Libertador a partir de abril del 2003, antes de que las Misiones  pasaran a ocupar un lugar central en la estrategia política del gobierno.  Argumentamos que la incorporación popular entusiasta a estas iniciativas  tempranas era posible porque se trataban de solucionar problemas cotidianos que  afectaban a todas las comunidades de los barrios. Además, en el caso de las  Mesas Técnicas de Aguas, se contaba con una experiencia previa de iniciativas  populares de las comunidades de Antímano y El Valle para solucionar sus  problemas de agua, durante el período cuando Aristóbulo Istúriz era alcalde del  municipio Libertador. De la misma manera, los Comités de Tierras Urbanas  contaban con las luchas barriales de la década anterior.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Después de analizar estas experiencias, argumentamos que  traducir los principios participativos en práctica no es simple. La  participación popular no se puede legislar, ni se puede imponer; cuando mucho se  puede contribuir a mejorar las condiciones para las luchas populares que, a fin  de cuentas, son la única base sobre la cual una nueva institucionalidad puede  construirse. Sostuvimos, además, que a pesar de los altos niveles de protesta  popular a partir del Caracazo de 1989, la experiencia de organización popular  autónoma acumulada era relativamente frágil, si la comparamos con aquella de  otros países latinoamericanos. De esta manera, entendimos la dificultad de  implementar la propuesta de Consejos Locales de Planificación Pública.  Simplemente no había una tradición de organización popular dirigida a incidir  sistemáticamente en los asuntos del municipio.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En todo caso, parece claro que, dentro del contexto general  de los distintos idearios que hemos identificado como centrales en el desarrollo  del Occidente moderno, la preocupación por entender la democracia en función de  la participación protagónica refleja algo de las tradiciones tanto de los  social-liberales como de los marxistas. Sin embargo, Chávez no se identifica con  ninguna de estas dos tradiciones, ni mucho menos recurre a ellas como fuente de  inspiración o de justificación para sustentar su concepción de la democracia. Es  más, las fuentes de inspiración explícitamente reconocidas en el ideario  &quot;bolivariano&quot; (Las Tres Raíces, Bolívar, Rodríguez y Zamora) tienen muy poco que  ofrecer para un debate sobre la democracia. Podríamos concluir, entonces, que el  chavismo se encuentra prácticamente huérfano de referentes teóricos para  sustentar su concepción de la democracia. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Esta situación, algo incómoda para el analista intelectual  acostumbrado a tener estos referentes como guía para su quehacer cotidiano,  resulta doblemente desconcertante, si se toma en cuenta que esta ausencia de  claridad (o más bien de referente) teórica se combina con una extraordinaria  eficacia política, reflejada no solamente en los altos niveles de apoyo popular  al chavismo sino, además, en el dramático mejoramiento en la imagen de la  democracia entre la población venezolana durante el curso de los años que lleva  Chávez en el poder (como hemos visto, según Latinbarómetro, de 30% de aprobación  en 1998 a 75% en 2005). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Indudablemente, la experiencia práctica de participación  &quot;protagónica&quot; en las misiones, la revalorización de lo &quot;popular&quot; en el discurso  de Chávez, la reivindicación &quot;simbólica&quot; del pueblo por parte del &quot;gran  comunicador&quot;, junto con mejoras tangibles en las condiciones de vida de los  sectores populares, sobre todo durante los últimos dos años (entre otras cosas  por los recursos disponibles con los altos precios del petróleo) habrán  contribuido a una extendida sensación de que el actual régimen político de veras  toma en cuenta y promueve los intereses de las mayorías anteriormente excluidas  y despreciadas. Además, el acentuado protagonismo de los sectores populares en  los escenarios en donde se plantea la búsqueda de soluciones a sus necesidades  más sentidas seguramente nutre la convicción de que esta nueva &quot;democracia  participativa y protagónica&quot; efectivamente abre la perspectiva de una democracia  que responde a los anhelos de pueblo, en lugar de acentuar sus problemas. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, como señala con insistencia la oposición, se  trata de un régimen político en donde la toma de las decisiones políticas  cruciales se concentra en manos de un solo hombre quien, por lo demás, encabeza  un movimiento político en donde la práctica de una democracia interna brilla por  su ausencia. Además, el liderazgo de Chávez se ejerce a través de un discurso  construido sobre la división maniquea entre amigos y enemigos, patriotas y  traidores, es decir, en términos que chocan con los valores de pluralismo y  respeto por las minorías políticas, generalmente considerados inherentes a la  democracia. Según la oposición, ni siquiera se respeta la misma Constitución  Bolivariana, que consagra la separación de los poderes, cuando se lleva a  extremos nunca antes visto (en forma tan evidente) la influencia del Ejecutivo  en las decisiones de los demás poderes. Sin llegar a hilar muy fino respecto a  las múltiples acusaciones de la oposición sobre las aspiraciones totalitarias de  Chávez, difícilmente se puede negar la existencia de tendencias autoritarias que  parecen contradecir el ideario construido en torno a una democracia  participativa y protagónica. Es más, la oposición señala que el enorme poder  acumulado por Chávez está acompañado por un afán de mandar hasta el año 2021 y  por una vocación mesiánica que, a la larga, podría poner en entredicho hasta los  avances democráticos ya alcanzados. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">¿Cómo entender esta paradoja? ¿Cómo interpretar un fenómeno  político tan aparentemente contradictorio? ¿Cómo plantear una incorporación  política de las mayorías excluidas en circunstancias de una acentuada  personalización del poder y un discurso político que es excluyente para aquellas  minorías políticas que no apoyan al líder? En otra ocasión, hemos argumentado  que la solución pasa por entender el peso de la tradición populista en América  Latina, su función en momentos de crisis de hegemonía del sistema dominante, y  su importancia como mecanismo de incorporación política de los sectores  subordinados (Parker, 2001). No es éste el lugar para repetir los argumentos  esgrimidos. Basta subrayar que el chavismo, que consideramos una forma radical  del populismo con un horizonte de cambios revolucionarios (que no es simplemente  retórico), está atravesado por una permanente tensión entre tendencias  autoritarias y una efectiva promoción de la organización popular democrática.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Si bien el chavismo ha asumido elementos importantes del  ideario popular tanto del social-liberalismo como de la izquierda marxista, lo  ha hecho sin llevar el peso de ser un partido con ideario programático. En  circunstancias en que hay un sentimiento generalizado de rechazo a los partidos  políticos (incluso entre las bases sociales del chavismo), el MVR cumple un  papel secundario en la organización de los sectores populares. De ninguna manera  funciona como un instrumento de agregación de intereses para la formulación de  políticas (como sugiere la teoría clásica). Su misma estructura vertical lo  identifica más bien como un instrumento para cumplir directrices, y ha  funcionado sobre todo para movilizar a las bases de apoyo en las coyunturas  electorales y para llenar las curules en disputa en las mismas elecciones. Este  problema fue reconocido por el mismo Chávez hacia finales de 2001, cuando lanzó  la iniciativa de crear los Círculos Bolivarianos y de resucitar el MBR-200. En  entrevista con Marta Harnecker, explicó que:</p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Fuimos sintiendo que el MVR se fue burocratizando y    alejando de las masas. Había como una modorra, una pesadez, Marta. Empezaron a    surgir elementos preocupantes, por ejemplo, la gente se quejaba mucho en las    regiones de que no había dirigentes a la altura de las necesidades, de que    había muchas divisiones internas, rivalidades. (...) Yo sentía que el Partido    ya no convocaba, que ya no servía para la nueva situación estratégica en la    que estábamos entrando: Una fase de profundización del proceso.</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">A la postre, ni el MBR-200 ni los Círculos Bolivarianos  llegaron a llenar adecuadamente el vacío que había dejado el MVR. Después, se  ensayaron otras iniciativas, pero el MVR quedó básicamente como un instrumento  de lucha en el terreno de la institucionalidad democrático-representativa y con  características que no permiten concebirlo como una alternativa más democrática  que los partidos de la llamada Cuarta República. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En todo caso, como ha sido una constante en las experiencias  populistas, el movimiento descansa más bien sobre una relación directa que se  establece entre el &quot;líder carismático&quot; y las bases sociales de apoyo, entre la  actuación &quot;personalizada&quot; del Ejecutivo y unas bases sociales organizadas en  múltiples escenarios pero, hasta el momento, sin mayores articulaciones con los  mecanismos políticos de toma de decisiones.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Para nuestra discusión, resulta crucial la manera de entender  la relación dialéctica entre el liderazgo de Chávez y la participación  &quot;protagónica&quot; de los sectores populares. Aparentemente, para la mayor parte de  la oposición, Chávez es simplemente un dictador en potencia (o de hecho),  sediento de poder, que simplemente aprovecha la credulidad de unas masas fáciles  de engañar a través de una demagogia populachera, para asentar un proyecto que  siempre ha sido profundamente antidemocrático. Por supuesto, quienes apoyan el  &quot;proceso&quot; tienen que entender la relación de otra manera, porque el desprecio  clasista (y hasta racista) que a menudo se evidencia en esta postura es  precisamente lo que siempre ha provocado una fuerte reacción en los sectores  populares y simplemente fortalece su lealtad hacia Chávez. Sin embargo, no es  una relación fácil de entender, sobre todo cuando estamos empeñados en explorar  el problema de la democracia.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Empezamos por reconocer que Chávez ha sabido expresar las  frustraciones acumuladas de los sectores populares y transformarlas en  esperanza. No es el &quot;gran comunicador&quot; simplemente porque tenga talentos  histriónicos, sino porque entiende las angustias de las mayorías excluidas y,  sobre todo, porque habla su lenguaje (lo que le parece escandaloso para las  elites mejor educadas). Es más, el discurso de Chávez es un ejercicio permanente  de pedagogía popular y su eficacia es el resultado de haber entendido (con  Freire) que el proceso de aprendizaje no es simplemente cognitivo, sino que  tiene una dimensión afectiva importante. Es más, se potencia en la medida en que  va acompañado de un aumento en la autoestima, en una conciencia del propio  valor. De allí, las expresiones despreciativas dirigidas hacia aquellos  (opositores) que, anteriormente acostumbrados a mandar, también estaban  acostumbrados a un trato respetuoso (pero que ahora se encuentran tildados de  &quot;oligarcas&quot;, &quot;escuálidos&quot;, &quot;frijolitos&quot;, &quot;Míster Danger&quot;, etc.). Pero,  paralelamente, se valoriza lo popular, se promueve la organización popular y se  insiste reiteradamente en que los sectores populares son el sostén fundamental  de la revolución bolivariana. Toda esta dimensión del liderazgo de Chávez se  engarza con la convicción tradicionalmente expresada por liberales sociales de  que la construcción de una sociedad democrática requiere de un proceso de  autodesarrollo y de potenciación de las posibilidades de participación efectiva  de las mayorías. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY">Parece innegable que Chávez ha logrado potenciar la  autoestima y la participación política de amplias franjas de los  tradicionalmente despreciados y excluidos. Sin embargo, se trata de un proceso  que tiene que renovarse permanentemente y que, además, tiene que reflejarse no  simplemente en el discurso, sino en la orientación de la política gubernamental.  Entre finales de 2001 y de 2003, se produjo una erosión marcada de la  popularidad de Chávez, reflejada en las mismas encuestas que estamos utilizando  para analizar la situación en diciembre del 2005. No viene al caso analizar a  fondo las razones; basta señalar que sectores populares importantes no veían el  queso a la tostada. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hemos señalado lo anterior porque queremos discutir hasta qué  punto los voceros de la oposición tengan razón, no con la descabella afirmación  de que la abstención del 4 de diciembre de 2005 refleja un simple rechazo al  régimen, sino al argumentar que sí refleja importantes niveles de descontento  entre las bases sociales del chavismo. Consideramos que tienen razón pero que  tal vez no logran captar las razones, ni tampoco sus implicaciones políticas.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Empezamos por poner en perspectiva las cifras de abstención.  Antes de producirse el retiro de los principales partidos de la oposición, las  encuestas anticipaban una abstención por encima de 60%, pero no anticipaban que  perjudicara al chavismo (ver el informe de Consultores 21). De hecho, se  consideraba normal, tomando en cuenta que estas elecciones parlamentarias no  coincidían con una elección presidencial. Es de suponer que gran parte del  aumento en la abstención fue resultado de la no participación de aquellos que  hubieran votado por los candidatos de la oposición. Podría suponerse, incluso,  que la abstención chavista no aumentó de manera sustancial respecto a los  niveles anticipados, a pesar de que sus candidatos ya habían ganado por <i> forfeit</i>. Sin embargo, la abstención entre las bases chavistas era alta y,  más significativo, el presidente Chávez jugó su prestigio personal en un intento  infructuoso de movilizar a estas bases cuando los partidos opositores anunciaron  el retiro de sus candidatos.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sospechamos que una razón de fondo para esta abstención es  que las bases del chavismo todavía comparten con amplias franjas de la oposición  un rechazo a los partidos, y que no se identifican con el MVR, salvo en la  medida en que representa un necesario apoyo a Chávez. En todo caso, para una  primera aproximación a los distintos motivos por detrás de la abstención  chavista, recurrimos al testimonio de un militante del MVR que cuenta sus  experiencias intentando movilizar a los electores. Entre los militantes más  activos encontró varios elementos que motivaban la abstención:</p> <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY">Está el sentimiento de abstención como un freno a la    velocidad que el presidente le da al proceso bolivariano al plantear como    rumbo el socialismo del siglo xxi cosa ésta que no había hecho antes de agosto    de 2004. La línea de pensamiento que expresaba esta conducta se aprovecha de    que las elecciones parlamentarias no ponen en cuestión al presidente y eso    permitía tomar distancia sin expresar rechazo. Está el sentimiento que    interpretó la decisión judicial que permitía los enmorochamientos como una    agresión a la conciencia. Ese sentimiento tenía y tiene claro que el espíritu    y el texto constitucional privilegian y defienden la representación de las    minorías, que era a quienes aplastaban los procesos de enmorochamientos. Está    el sentimiento de utilizar a la abstención como una protesta frente a    agresiones a la democracia en la confección de las listas parlamentarias,    ineficacias gubernamentales e indolencia frente a los hechos de corrupción (Arconada,    2005).</p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY">De estos factores, queremos destacar aquellos directamente  vinculados al funcionamiento del sistema representativo. El descontento con &quot;las  morochas&quot; no surge porque debilita a la representación de la oposición, sino  porque excluyen a alternativas populares en el seno del chavismo. Ya, en las  elecciones locales de agosto de 2005, el partido Tupamaros y otros habían  protestado formalmente por los mismos motivos. La protesta contra la manera de  confeccionar las listas de candidatos del chavismo refleja una inquietud  similar: Indica un convencimiento arraigado entre importantes sectores del  chavismo de que el sistema representativo, tal como viene funcionando, no  refleja adecuadamente las preferencias de los sectores populares, que no permite  la incorporación a las instituciones de representación popular a quienes  efectivamente tengan la confianza de las bases, en fin, de que la &quot;partidocracia&quot;  sigue viva.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Como se puede apreciar de lo anterior, hay tensiones  importantes en el seno del chavismo respecto a los alcances efectivos de una  &quot;democracia participativa y protagónica&quot;. Conviene recordar que los  planteamientos originales del MBR-200 en torno a la Constituyente la concebían  más bien como una asamblea popular revolucionaria que reemplazara al sistema  democrático-representativo vigente. Además, durante el curso mismo de las  deliberaciones de la Asamblea Constituyente, surgieron protestas respecto a la  limitada participación de las organizaciones populares (Denis, 2001; Pérez  Martí, 2004). Es más, a partir de ese momento, sectores importantes de aquel  chavismo dedicado a potenciar las organizaciones populares siguen manifestando  escepticismo frente a la institucionalidad democrático-representativa (Denis,  2005; Pérez Martí, 2004, Izarra, 2004). </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">En cuanto al problema de la representación proporcional de  las minorías, el sistema electoral consagrado en la Constitución de 1999 es  mixto (parecido al alemán), combinando elementos de proporcionalidad con otros  uninominales. Lo curioso es que, en los debates dentro de la Constituyente, los  partidarios de un sistema uninominal eran los opositores y quienes defendían la  representación proporcional de las minorías con más vehemencia eran chavistas (Camejo,  2005). La razón básica era que el voto uninominal (que cuadra perfectamente con  el ideario de &quot;la política de los ciudadanos&quot;) también favorece a quienes tengan  mayor acceso a los medios de comunicación, de manera que los políticos  tradicionales o aquellos nuevos promovidos por los medios de comunicación, aun  representando un ideario minoritario en el país, tendrían posibilidades de una  representación mayoritaria.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Ésta era la lógica que había llevado a la comisión del  antiguo Senado (dominado por la oposición a Chávez) a optar por un sistema  uninominal para la elección de los miembros de la Asamblea Constituyente. Frente  a este sistema, los chavistas lograron hace valer su apoyo mayoritario,  recurriendo a un mecanismo que siempre habían condenado: Las listas de partido,  el famoso &quot;Kino de Chávez&quot;. En aquellas circunstancias, era difícil criticarlos,  porque el objetivo era evitar que una oposición minoritaria se apoderara de una  representación mayoritaria en la Asamblea Constituyente. Había sido un recurso  defensivo de la representación mayoritaria (que también tiene que defenderse en  contra de minorías que quieren imponerse). Desafortunadamente, el resultado fue  una sobrerrepresentación acentuada de las fuerzas políticas mayoritarias y esto,  inevitablemente, marcó la experiencia de la Asamblea Constituyente.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Pero, en circunstancias en que el sistema electoral  incorporado a la Constitución de 1999 (con su sistema mixto) garantiza que no  haya mayor peligro de que una oposición minoritaria se quede con una  representación mayoritaria, seguir con la misma lógica a través de &quot;las  morochas&quot; es visto como una agresión hacia los sectores minoritarios, tanto de  la oposición como del chavismo mismo. Además, con toda razón, se denuncia como  un debilitamiento del principio de representación de las minorías incorporado a  la Constitución Bolivariana. Por lo tanto, debe considerarse, al mismo tiempo,  un reflejo de las tendencias autoritarias dentro del chavismo y del afán de  reducir a la oposición (tanto de la oposición misma como de los sectores del  chavismo que pudieran tener visiones discrepantes) a su mínima expresión en la  Asamblea Nacional.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><b>A manera de conclusión</p> </b>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hemos argumentado que el ideario dominante entre la oposición  es claramente neoliberal y que condiciona la concepción de la democracia que  defiende. A estas alturas, debe ser claro para el lector que el autor de este  artículo tiene mayor simpatía para con la concepción de la democracia tal como  ha sido presentado en los idearios del liberalismo social y del marxismo y  también, de manera <i>sui generis</i>, a través del chavismo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Sin embargo, esta postura de ninguna manera nos lleva a  despreciar las críticas válidas que hace la oposición, sobre todo aquellas  dirigidas a repudiar los elementos autoritarios que indudablemente se encuentran  en el régimen de Chávez. Es más, al referirnos a estas críticas como &quot;válidas&quot;,  las estamos avalando. Desafortunadamente, la hegemonía del ideario neoliberal  entre la oposición significa una ya evidente incapacidad de ir mucho más allá de  una defensa de la &quot;libertad negativa&quot; (que defienden consecuentemente, por lo  menos para quienes se sienten amenazados por el régimen). Además, se ha mostrado  notablemente renuente de responder al reto de una profundización de la  democracia a través de una participación y protagonismo de los sectores  populares y, en consecuencia, tiene muy poco apoyo entre los sectores  mayoritarios del país, es decir, entre los pobres.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY">A consecuencia de esta debilidad de las credenciales  &quot;democráticas&quot; de la oposición (sin hablar de sus propias tendencias  autoritarias tan nítidamente reveladas durante el efímero régimen de Carmona),  los verdaderos problemas que se presentan para una profundización de la  democracia tienen que procesarse fundamentalmente en el seno de las bases  sociales del chavismo. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hemos podido apreciar cómo se ha mejorado la imagen del  sistema democrático actual entre las mayorías (a través de Latinbarómetro), cómo  se ha potenciado la participación y el protagonismo de quienes estuvieron  anteriormente excluidos de una efectiva ciudadanía y cómo la organización  popular ha avanzado. Por último, hemos visto cómo se ha producido un acentuado  sentido de autovalorización reflejado en un &quot;orgullo nacional&quot; potenciado. No  obstante, la notable polarización política del país y los elementos de poder  real con que todavía cuenta la oposición (más allá de su debilidad electoral)  refuerzan tendencias de solidaridad &quot;automática&quot; con el gobierno e inhiben o,  por lo menos, dificultan la lucha en contra del autoritarismo, del burocratismo,  del sectarismo y de la corrupción, en sus propias filas. </p>     <p ALIGN="JUSTIFY">Hemos sugerido, además, que una lectura apropiada de los  niveles de abstención de los chavistas en las elecciones parlamentarias de  diciembre 2005 señala en qué dirección debe dirigirse la lucha nunca acabada por  una profundización de la democracia. De hecho, la respuesta central de Chávez ha  sido una campaña dirigida a hacer de los Consejos Comunales y los Consejos  Locales de Planificación Pública escenarios efectivos de una participación  protagónica. Sin embargo, si las organizaciones populares no se apropian de  éstos y de los otros instrumentos legales (y financieros) disponibles para  profundizar su papel protagónico, existe el real peligro de una involución de  este proceso que tantas esperanzas ha despertado. En todo caso, las perspectivas  de una profundización de la democracia en Venezuela parecen pasar por la  dialéctica entre el chavismo y los movimientos populares. Pero explorar los  múltiples problemas que esta dinámica encierre tendrá que postergarse para un  próximo artículo.</p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><b>Bibliografía</b></p>     <!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">1. Alayón Monserrat, Rubén (2005): &quot;Barrio Adentro: combatir  la exclusión profundizando la democracia&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y  Ciencias Sociales</i>, vol. 11, nº 3, septiembre-diciembre, pp. 219-243.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411655&pid=S1315-6411200600030000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">2. Antillano, Andrés (2005): &quot;La lucha por el reconocimiento  y la inclusión en los barrios populares: la experiencia de los Comités de  Tierras Urbanas&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>,  vol. 11, nº 3, septiembre-diciembre, pp. 205-219.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411656&pid=S1315-6411200600030000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">3. Arconada Rodríguez, Santiago (2005a): &quot;Golpes decembrinos&quot;,  www.apo-rrea.org, 19 de diciembre.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411657&pid=S1315-6411200600030000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">4.&nbsp; Arconada Rodríguez, Santiago (2005b): &quot;Seis años después: Mesas Técnicas y  Consejos Comunitarios de Aguas&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias  Sociales</i>, vol. 11, nº 3, septiembre-diciembre, pp. 187-203.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411658&pid=S1315-6411200600030000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">5. Avritzer, Leonardo (2003): <i>Democracy and the Public  Space in Latin America</i>, Princeton, Princeton University Press, 198 pp.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411659&pid=S1315-6411200600030000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">6. Caldera, Rafael (2006): &quot;Oposición unida&quot; (Reflexiones de  Tinajero), <i>El Universal</i>, 1 de febrero.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411660&pid=S1315-6411200600030000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">7. Camejo, Yraima (1998): &quot;La trayectoria política de la  democracia en Venezuela&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>,  vol. 4, nº 2-3, Caracas, abril-septiembre, pp. 213-257.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411661&pid=S1315-6411200600030000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">8.&nbsp; Camejo, Yraima (2005):<i><b> </b>La propuesta democrática y sus  desplazamientos en el proyecto bolivariano</i>, Informe al CDCH.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411662&pid=S1315-6411200600030000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">9. Crozier, Michel, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki  (1975): <i>The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies  to the Trilateral Comisión</i>, New Cork, New York University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411663&pid=S1315-6411200600030000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">10. De Diego, Enrique (1989): <i>La ofensiva neoliberal</i>,  Barcelona, Ediciones del DRAC, 182 pp.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411664&pid=S1315-6411200600030000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">11. De Soto, Hernando (1986): <i>El otro sendero</i>, Lima,  Instituto por la Libertad y la Democracia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411665&pid=S1315-6411200600030000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">12. Denis, Roland. (2001): <i>Los fabricantes de la rebelión.  Movimiento popular, chavismo y sociedad en los años noventa</i>, Caracas,  Editorial Primera Línea y Editorial Nuevo Sur.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411666&pid=S1315-6411200600030000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">13.&nbsp; Denis, Roland. (2005): &quot;Del pueblo bolivariano no votante (al  menos esta vez)&quot;, www.aporrea.org, 3 de agosto.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411667&pid=S1315-6411200600030000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">14. Francia, Néstor (2003): &quot;El pueblo en la revolución  bolivariana&quot;, <i>Venezuela Analítica</i>, febrero, tomado de: http://www.analitica.com/bitblioteca/nestor  _francia/el_pueblo.asp.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411668&pid=S1315-6411200600030000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">15. Fung, Archon (2004): &quot;Deliberation’s Darker Side: Six  Questions for Iris Marion Young and Jane Mansbridge&quot;, <i>National Civic Review</i>,  vol. 93, nº 4, Winter, pp. 47-54, tomado de: http://www.archonfung.net/papers/FungDeliberation  DarkNCR04.pdf.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411669&pid=S1315-6411200600030000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">16. Gómez Calcaño, Luis (2000): <i>Sociedad civil y proceso  constituyente en Venezuela: encuentros y rivalidades</i>, Ponencia presentada al  XXII Congreso Internacional de Latin American Studies Association, Miami, 16-18  de marzo, 23 p. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411670&pid=S1315-6411200600030000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">17. Gómez, Omar (2004): &quot;Construyendo, en Venezuela, la  democracia directa&quot;, <i>Espacio Autogestionario</i>, Caracas, enero, tomado de:  http://www.espacio autogestionario.com/construyendo_la_democracia_direc.htm. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411671&pid=S1315-6411200600030000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">18. Goldfrank, Benjamín (2005): &quot;Participatory Democracy  Versus Elitist Democracy: Lessons from Brazil (Book Review)&quot;, <i>Latin American  Politics and Society</i>, vol. 41, nº 1, Spring, pp. 133-138.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411672&pid=S1315-6411200600030000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">19. Gray, John (1981): <i>El liberalismo</i>, Madrid,  Alianza.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411673&pid=S1315-6411200600030000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">20. Hermet, Guy (2003): &quot;El populismo como concepto&quot;,<i><b> </b>Revista de Ciencia Política</i>,<i><b> </b></i>vol. 23, nº 1, Santiago de  Chile, pp. 5-18.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411674&pid=S1315-6411200600030000200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">21. Held, David (1987): <i>Modelos de democracia</i>, Madrid,  Alianza. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411675&pid=S1315-6411200600030000200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">22. Izarra, William E. (2004): <i>Reforma o revolución</i>,  Plataforma Unitaria. Centro de Estudios e Investigación de la Democracia  Directa, Caracas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411676&pid=S1315-6411200600030000200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">23. Kohan, Néstor (2005): &quot;Rosa Luxemburgo, la flor más roja  del socialismo&quot;, <i>Rebelión</i>, 2 de julio, tomado de: http://www.rebelion.org/  docs/17281.pdf.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411677&pid=S1315-6411200600030000200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">24. Laclau, Ernesto (2005): <i>La razón populista</i>.  México: CME.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411678&pid=S1315-6411200600030000200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">25. Lander, Edgardo (1995): <i>Neoliberalismo, sociedad civil  y democracia. Ensayos sobre América Latina y Venezuela</i>, Consejo de  Desarrollo Científico y Humanístico, Universidad Central de Venezuela, Caracas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411679&pid=S1315-6411200600030000200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">26.&nbsp; Lander, Edgardo (1996): &quot;¿Tiene la teoría democrática algo que  aportar al futuro de América Latina?&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y  Ciencias Sociales</i>, vol. 2, nº 1, enero-abril, pp. 38-59.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411680&pid=S1315-6411200600030000200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">27.&nbsp; Lander, Edgardo (1998): &quot;Hacia una refundación de la teoría  democrática&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>, vol. 4,  nº 2-3, abril-septiembre, pp. 181-211.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411681&pid=S1315-6411200600030000200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">28.&nbsp; Lander, Edgardo (2004): &quot;El colonialismo racista de opositores  e intelectuales en Venezuela&quot;, www.aporrea.org, 30 de septiembre.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411682&pid=S1315-6411200600030000200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">29.&nbsp; Lander, Edgardo (2005): <i>Izquierda y populismo: alternativas al  neoliberalismo en Venezuela</i>, Informe al CDCH, 28 p. (mimeo).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411683&pid=S1315-6411200600030000200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">30. Larrique, Diego (2006): &quot;La creación del control de  poderes. Una elegía a la democracia&quot;, Manuscrito de artículo a publicarse en el  tomo editado por Oscar Reyes Matute: <i>Ser democrático</i>, Caracas, UCAB-UCV  (en la imprenta).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411684&pid=S1315-6411200600030000200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">31. Laski, Harold (1936): <i>El liberalismo europeo</i>,  México, FCE, 1961.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411685&pid=S1315-6411200600030000200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">32. Luxemburgo, Rosa (1918): <i>La Revolución Rusa</i>,  Barcelona, Anagrama, 1975. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411686&pid=S1315-6411200600030000200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">33. MacPherson, Crawford B. (1962): <i>La teoría política del  individualismo posesivo</i>, Barcelona, Fontanella, 1970. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411687&pid=S1315-6411200600030000200033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">34. Marx, Carlos (1871): <i>La guerra civil en Francia</i>,  tomado de: http://www.pacocol. org/es/Biblioteca/002_Marx/016_Guerra_Civil_Francia/index.htm.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411688&pid=S1315-6411200600030000200034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">35. Mediaris, John (1997): &quot;Schumpeter, the New Deal and  democracy&quot;. <i>American Political Science Review</i>, vol. 19, nº 4, dic., pp.  819-832.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411689&pid=S1315-6411200600030000200035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">36. Mill, John Stuart (1859): <i>Sobre la libertad</i>,  Madrid, Alianza, 1970, 207 p. tomado de: http://www.eumed.net/cursecon/textos/mill_js_sobre_la_libertad.htm.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411690&pid=S1315-6411200600030000200036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">37.&nbsp; Mill, John Stuart (1861): <i>El gobierno representativo</i>,  Sevilla, Biblioteca Científico-literaria, 1878, 590 p., tomado de: http://fama.us.es/search*spi/t?&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411691&pid=S1315-6411200600030000200037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">38.&nbsp; Mill, John Stuart (1869): <i>La esclavitud femenina</i>,<i> </i> tomado de:<b> </b>http://www.cervantes virtual.com/servlet/SirveObras/02589516444614584232268/index.htm.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411692&pid=S1315-6411200600030000200038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">39. Mouffe, Chantal (2002): &quot;Which Public Sphere for a  Democratic Society?&quot;. <i>Theoria</i>, junio, pp. 55-65.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411693&pid=S1315-6411200600030000200039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">40. Parker, Dick (2001): &quot;El chavismo: populismo radical y  potencial revolucionario&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>,  vol. 7, nº 1, enero-abril, pp. 11-42.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411694&pid=S1315-6411200600030000200040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">41. Parker, Dick (2003): &quot;¿Representa Chávez una alternativa al  neoliberalismo?&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>,  vol. 9, nº 3, septiembre-diciembre, pp. 83-110.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411695&pid=S1315-6411200600030000200041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">42. Parker, Dick&nbsp; (2006): &quot;¿De qué democracia estamos hablando?&quot;, <i> Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales</i>, vol. 12, nº 1, Caracas,  enero-abril, pp. 89-99.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411696&pid=S1315-6411200600030000200042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">43. Pateman, Carole (1992): &quot;¿Una nueva teoría democrática?  Ciencia política, lo público y lo privado&quot;, <i>Realidad económica</i>, nº  105-106, Buenos Aires, enero-marzo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411697&pid=S1315-6411200600030000200043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">44. Pateman, Carole (1970): <i>Participation and Democratic Theory</i>,  Nueva York, Cambridge University Press, 122 p.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411698&pid=S1315-6411200600030000200044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">45. Pérez Martí, Felipe (2004): &quot;Hacia el Estado popular  participativo y protagónico&quot;, <i>Conexión social</i>, 4 de mayo, tomado de: http://www.consejolocal.org  /foro-clpp/read.php?f=1&amp;i=268&amp;t=268.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411699&pid=S1315-6411200600030000200045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">46. Robinson, William I. (1995): &quot;El rol de la democracia en  la política exterior norteamericana y el caso de Cuba&quot; en: Haroldo Dilla (ed.), <i>La democracia en Cuba y el diferendo con los Estados Unidos</i>, La Habana,  Centro de Estudios sobre América, pp. 9-38.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411700&pid=S1315-6411200600030000200046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">47. Schumpeter, Joseph A. (1942): <i>Capitalism, Socialism  and Democracy</i>,<i><b> </b></i>New Cork, Harper &amp; Row, 381 p.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411701&pid=S1315-6411200600030000200047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">48. Soria, Carlos (1994): &quot;Las relaciones entre la  información y el poder político: revisión crítica de la teoría del 4º poder&quot;, <i> Diálogos</i>, nº 34, enero, pp. 23-32.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411702&pid=S1315-6411200600030000200048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">49. Young, Iris Marion (2000): <i>Inclusion and Democracy</i>,  Oxford, OUP.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411703&pid=S1315-6411200600030000200049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">50. Vergara, Jorge (1998): &quot;Teorías democráticas  participativas: un análisis crítico&quot;, <i>Revista Venezolana de Economía y  Ciencias Sociales</i>, Vol. 4, nº 2-3, mayo-agosto, pp. 155-180. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411704&pid=S1315-6411200600030000200050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY">51. Williamson, Abby y Archon Fung (2004): &quot;Public  Deliberation: Where are we and Where can we go?&quot; <i>National Civic Review</i>,  vol. 93, nº 4, Winter, pp. 3-15.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2411705&pid=S1315-6411200600030000200051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p ALIGN="JUSTIFY"><b>Notas</b></p> </font>    <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote" class="MsoFootnoteReference">1. </span>Estas restricciones al derecho de sufragar hacían que las credenciales “democráticas” del sistema representativo se cuestionaran a nombre de aquellos que quedaban descalificados.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><font size="2" face="Verdana">2. <span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Como nuestro interés es precisar el ideario detrás de estas políticas, no abundamos en detalles respecto a su implementación, siendo ampliamente documentado el papel crucial del Nacional Endowment for Democracy<b style="mso-bidi-font-weight: normal"><i style="mso-bidi-font-style:normal"> </i></b>como mecanismo para canalizar fondos del Estado norteamericano para estos propósitos.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote" class="MsoFootnoteReference">3.</span>Para un buen resumen de los argumentos, presentados por un neoliberal, ver De Diego, 1989.</font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2">4. <span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Cuando, a comienzos del siglo <span style="font-variant:small-caps">xx</span>, ya había empezado el proceso de ampliación del sufragio (por lo menos de los varones), se hicieron presentes las teorías sociológicas (Pareto, Mosca) que analizaban los mecanismos de control del sistema por parte de las elites (para una discusión reciente, ver Larrique, 2006). El economista Joseph Schumpeter (1942) finalmente proporcionó el argumento que tuvo mayor impacto en los debates sobre la democracia (ver Mediaris, 1997).</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">5. </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Así, Gramsci indicaba que las fuerzas armadas, instrumento privilegiado de la coerción, sin embargo son objeto de toda una mitología “patriótica” diseñada para robustecer su legitimidad. Por otro lado, los medios de comunicación, instituciones privadas dedicadas prioritariamente a la labor de construcción de consenso, no obstante se asientan sobre la institución de propiedad privada garantizada, en última instancia, por el poder represivo del Estado.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">6. </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Hace falta explorar más a fondo el papel que han asumido los dueños de los medios de comunicación (y sus periodistas) en esta coyuntura política. No se trata simplemente de reconocer cómo, en las últimas décadas, la manera de hacer política se ha transformado por la importancia de la televisión como medio privilegiado de comunicación política, de señalar que se trata de un actor político de indudable peso, o de sugerir que, en circunstancias de crisis política y de debilitamiento de otros actores políticos (más tradicionales), el peso político de los medios se potencia. Se trata más bien de analizar hasta qué punto los medios pretenden, de verdad, asumir el papel de “cuarto poder”, de manera que el poder informativo “se impondría al legislativo, trazaría los criterios judiciales y tendría la fuerza para designar, mantener o destruir al ejecutivo, condicionando a los tres poderes clásicos” (Soria, 1994, 24). También de analizar si, de verdad, como estamos sugiriendo, ha asumido aquellas funciones de dirección política que correspondían, tradicionalmente, a los partidos políticos. Al respecto, nos parece interesante el análisis que hace Gramsci de la trayectoria de la política italiana durante las últimas décadas del siglo <span style="font-variant:small-caps">xix</span>, cuando argumenta que la misma dispersión y fragmentación del sistema de partidos llevó a que “la prensa” cumpliera el papel de verdadero “partido de la burguesía”.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2">7. <span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA"> </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">El caso del partido marxista Bandera Roja es distinto, pero no tiene peso en el conjunto de la oposición.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">8.</span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA"> Las malas lenguas dicen que un conocido dueño de una televisora de la oposición le llamó y amenazó con impedir su acceso a los medios si Primero Justicia no retiraba sus candidatos. Era un recurso que los medios habían utilizado anteriormente para anular las aspiraciones de Claudio Fermín de transformarse en abanderado de Acción Democrática.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">9. </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">La respuesta de Claudio Fermín a sus detractores de la oposición radical, de mucha altura, puede consultarse en <i style="mso-bidi-font-style:normal">La Región</i>, Los Teques, 21 de febrero del 2006, p. 9. José Vicente León, de Datanálisis, argumenta que la oposición radical “tiene mucha resonancia en los medios y está políticamente muy motivado, pero no representa más de 15% del electorado potencial (…) Que la oposición sea sólo la oposición radical constituye una falacia. Normalmente suele confundirse la exposición comunicacional de este segmento, su presencia en los programas de opinión, con su impacto real en la gente”. (citado en el excelente reportaje del periodista Alonso Moleiro en <i style="mso-bidi-font-style: normal">El Nacional</i>, 19 de febrero<span style="mso-spacerun: yes">&nbsp; </span>de 2006, A-2).</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">10. </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Para una discusión a fondo del debate en la Asamblea Constituyente y de los problemas de su implementación, ver Camejo, 2005.</span></font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-special-character: footnote; mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA" class="MsoFootnoteReference">11.</span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA"> </span><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">Para más detalles, se puede consultar Alayón, 2005; Antillano, 2005 y Arconada, 2005b.</span></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY"><font face="Verdana" size="2"><span style="mso-fareast-font-family: Times New Roman; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA">12.El tiempo populista.</span></font></p>       ]]></body>
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