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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Cultura e intelectualidad en Cuba: De la utopía al desengaño revolucionario]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article attempts to approach he complicated question of cultural policies and actors in Cuba since 1959 and their importance for the construction and reproduction of the imaginary of the Cuban Revolution. The initial utopia was to fuse the political and cultural vanguards in a common emancipating project. This gave way, during the so-called ‘gray period’ of the early seventies, to the institutionalization of a homogeneous, overall imaginary that ended up belying the official discourse. More recent experiences suggest that it is not sufficient to apply identitary and cultural policies of inclusion; these must also be the product of horizontal processes of negotiation between multiple actors]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p ALIGN="CENTER" style="line-height: 100%"><font face="Verdana"><font size="2">&nbsp;</font><b><font size="3">Cultura e intelectualidad en Cuba. De la utopía al desengaño revolucionario</font></b></font></p>     <p ALIGN="CENTER" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b> Magdalena López</b> </font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b>Resumen</b> </font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> Este ensayo constituye una aproximación al complejo entramado  de las políticas culturales y sus principales actores en Cuba después del año  59, entendiendo que dicho entramado ha ocupado un espacio de primer orden en la  construcción y sostenimiento de los imaginarios del régimen revolucionario. La  utopía inicial de enlazar las vanguardias artística y política en un proyecto  común emancipador se diluyó durante el &quot;quinquenio gris&quot; tras la  institucionalización de un imaginario nacional homogeneizador y totalizante que  terminó por desdecir el discurso integracionista oficial. Las últimas décadas  señalan que no es suficiente establecer las identidades y las políticas  culturales en términos inclusivos; se precisa además que ambos deriven de  procesos horizontales de negociación entre múltiples actores. </font> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b>Palabras clave</b>: identidad, cultura, intelectuales, política  cultural, Cuba. </font></p>     <p ALIGN="CENTER" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b>Culture and Intellectuals in Cuba. From Utopia to  Revolutionary Disillusionment</b> </font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b>Abstract</b> </font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> This article attempts to approach he complicated question of  cultural policies and actors in Cuba since 1959 and their importance for the  construction and reproduction of the imaginary of the Cuban Revolution. The  initial utopia was to fuse the political and cultural vanguards in a common  emancipating project. This gave way, during the so-called ‘gray period’ of the  early seventies, to the institutionalization of a homogeneous, overall imaginary  that ended up belying the official discourse. More recent experiences suggest  that it is not sufficient to apply identitary and cultural policies of inclusion;  these must also be the product of horizontal processes of negotiation between  multiple actors. </font></p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"> <b>Key words</b>: Identity, Culture, Intellectuals, Cultural Policy,  Cuba. </font> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>Introducción</b> </font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Elaborar un balance sobre el escenario cultural de la  revolución cubana resulta una tarea ambiciosa. Tal como aclara Theda Skocpol,  difícilmente puede hacerse una lectura de los procesos revolucionarios sociales  en términos de dinámicas lineales, coherentes y con actores homogéneos (Skocpol,  1979, 14). Incluso en Cuba, con la centralidad del liderazgo político de Fidel  Castro, resulta temerario concluir que las trasformaciones que han tenido lugar  en esa sociedad en los últimos cuarenta años respondieron a un lineamiento  voluntarista concebido de antemano por él y un estrecho círculo de  colaboradores. Hacerlo sería eludir los intensos procesos de negociación y de  intercambio político, económico y cultural para ceder ante las narrativas  totalizadoras de los discursos hegemónicos, tanto los oficiales como los de la  disidencia. Este ensayo constituye entonces un intento de aproximación al  complejo entramado de las políticas culturales y sus principales actores,  entendiendo que dicho entramado ha ocupado un espacio de primer orden en la  construcción y sostenimiento de lo que se pensaba sería una sociedad utópica  habitada por &quot;el hombre nuevo&quot; que visionaba Ernesto &quot;Che&quot; Guevara. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>Una cultura revolucionaria</b> </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El libro La ciudad letrada de Ángel Rama establece una  genealogía cultural en la que la historia política latinoamericana ha estado  intrínsicamente ligada a su actividad intelectual (1984). Para el crítico  uruguayo, los procesos de emancipación, modernización y posterior politización  de las sociedades latinoamericanas estuvieron signados por la actuación de  figuras como Andrés Bello, José Martí, Domingo Faustino Sarmiento, José Enrique  Rodó, José de Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Rómulo Gallegos, Juan Bosch,  Octavio Paz, Jorge Amado y Roberto Fernández Retamar, cuyas actividades  políticas estuvieron y han estado legitimadas por su autoridad como letrados. En  particular, algunas de estas voces tuvieron un decisivo papel en la conformación  de los Estados nacionales y en los posteriores proyectos nacionalistas del siglo  XX. La autoridad letrada fue la encargada de articular las identidades  nacionales a fin, no sólo de legitimar la existencia misma de las nuevas  &quot;comunidades imaginadas&quot; en América Latina sino también, de legitimar su propia  autoridad intelectual en el diseño de las políticas idóneas para el bienestar  nacional. El camino entre la definición identitaria, el diagnóstico nacional y  la práctica política fue muchas veces el mismo. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La revolución cubana de 1959 no escapó a esta visión  providencial del intelectual, a pesar de que el mismo &quot;Che&quot; Guevara llegara a  asegurar que: &quot;no hay ningún artista de gran autoridad que posea también gran  autoridad política. Los miembros del partido deben tomar esa tarea en sus manos  y lograr el objetivo principal: educar al pueblo&quot; (en Franco, 2003, 121).  Planteada como una ruptura radical con los regímenes anteriores, la revolución  cubana repitió sin embargo el gesto de sus congéneres liberales al asumir que  sus intelectuales y artistas debían ser creadores de identidades culturales,  portadores de utopías y en última instancia las voces articuladoras –y  educadoras-- del sujeto pueblo. La labor histórica del intelectual tuvo tal  importancia, que Mario Benedetti llamó la atención sobre la mayor frecuencia con  que el llamamiento a la responsabilidad se dirigía a ellos sin tener la misma  urgencia o intensidad para los trabajadores, los técnicos y los deportistas (en  Franco, 2003, 122). </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Al triunfo de la revolución siguió una efervescencia cultural  inmediata que reunió a los más diversos artistas. El soporte intelectual al  proceso fue una prioridad. Personalidades como el poeta Nicolás Guillén, el  novelista Alejo Carpentier, el músico Leo Brouwer y el dramaturgo Antón Arrufat  regresaron a Cuba para incorporarse rápidamente a los debates y políticas  culturales de la revolución. En pocos años, numerosas instituciones culturales  como el Instituto de Arte e Industria Cinematográfica (Icaic) –referente  obligado del cine latinoamericano--, Casa de las Américas, el Consejo Nacional  de la Cultura, El Teatro Nacional de Cuba, el Teatro Escambray, la Unión de  Escritores y Artistas (Uneac) y la Imprenta Nacional --que después pasó a ser la  Editora Nacional de Cuba--, fueron creadas. Simultáneamente, se llevó a cabo una  política de democratización de la cultura a todos los sectores de la sociedad a  través de la campaña de alfabetización del 61, la difusión masiva de música,  libros, revistas, espectáculos teatrales y las unidades de cine móviles que  llegaban a los lugares más recónditos de la isla para proyectar filmes. Sobre  aquellos años se refiere el novelista Leonardo Padura de la siguiente manera:  &quot;el sólido potencial artístico y la proyección de la cultura cubana reciben un  importante impulso hacia adentro que sirvió para multiplicar aquellas  potencialidades y revertirlas en una realidad cultural de alcance verdaderamente  nacional, asequible a todas las capas de la población (como productores y  consumidores de cultura), a la vez que alcanzaba nuevos niveles de prestigio  internacional&quot; (Padura, 2002, 322). </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">En efecto, la vitalidad artística y de fervor revolucionario  vino acompañada también de la solidaridad y la participación entusiasta de  intelectuales y artistas progresistas fuera de la isla, entre los que se  contaron Jean Paul-Sartre, Simone de Beauvoir, Octavio Paz, Julio Cortázar,  Gabriel García Márquez, Marguerite Duras, Italo Calvino, Pablo Neruda, Susan  Sontag, Hans Magnus Enzenberger, Mario Vargas Llosa, Juan y Luis Goytoisolo,  José María Castellet, Jorge Semprum, Regis Debray y Alberto Moravia, quienes  vieron en Cuba el modelo de inspiración socialista que había dejado de ser la  Unión Soviética (Miller, 1992, 83). Casa de las Américas, fundada en 1960, abría  por fin la posibilidad de quebrar las fronteras latinoamericanas con la  circulación de debates y textos, la confluencia de diversos intelectuales y las  convocatorias a sus premios anuales para obras inéditas de autores  latinoamericanos (Miller, 1992, 84). En la misma línea de integración fue creada Prensa Latina como agencia que cubriría las noticias más relevantes de  todo el continente. Al tiempo que escritores ya reconocidos encabezaban algunas  de las nuevas instituciones, como en el caso de Guillén y Carpentier, las  recientes generaciones también encontraron espacio para expresar sus ideas y  obras. Varias fueron las publicaciones que atrajeron a jóvenes y no tan jóvenes  simpatizantes de la revolución, entre ellas, el suplemento cultural Lunes de  revolución (1959-1961) dirigido por Guillermo Cabrera Infante y Pablo  Armando Fernández, El caimán barbudo (1966) y Juventud rebelde (1965). La revista Casa de las Américas por su parte, también ofrecía la  oportunidad de divulgar gran cantidad de crítica literaria, ficción y poesía con  criterios estéticos bastante amplios. El escenario cultural cubano de los  primeros años lleva --todavía hacia 1967-- a Vargas Llosa a asegurar que &quot;la  cultural política cubana no había sido aun viciada por un espíritu de sectarismo  y dogmatismo&quot; (en Franco, 2003, 128). </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Para los políticos e intelectuales cubanos revolucionarios  estaba claro que la nueva sociedad tendría que partir de la reivindicación de  todos aquellos sectores que históricamente habían estado marginados de las  esferas sociales, económicas, políticas y culturales. No sólo había que cambiar  entonces el sistema político y revertir la inequidad social, también tenía que  operar un drástico cambio cultural emancipador, acorde con los nuevos tiempos.  ¿Qué función debían cumplir el arte, la literatura, la filosofía en una nación  socialista? Si, según la lógica del &quot;Che&quot;, la legitimidad política venía dada  por la militancia en la lucha armada, ya que &quot;este tipo de lucha nos brinda la  oportunidad de transformarnos en revolucionarios, el punto más elevado de la  evolución humana&quot; (en Franco, 2003, 121), entonces, ¿cuál podía ser el lugar de  los intelectuales, la mayoría de los cuales no habían empuñado un arma en toda  su vida? Y, aun en términos más dramáticos para muchos de ellos, ¿cómo purgar el  &quot;pecado original&quot; de haber sido intelectuales de clase media en un orden  anterior tremendamente desigual? Alrededor de estas interrogantes se suscitaron  las polémicas de los primeros años. La respuesta más articulada en términos  estéticos e ideológicos la ofreció sin duda el filme Memorias del  subdesarrollo (1968). Considerada como la película emblemática de la  revolución cubana, la obra de Tomás Gutiérrez Alea es una adaptación homónima de  la novela de Edmundo Desnoes. Enmarcada en los sucesos recientes de Playa Girón  (1961), y finalizando con la crisis de los misiles de octubre (1962), el filme  desarrolla la problemática de la inserción del intelectual burgués en las nuevas  dinámicas de la revolución. La propuesta formal de Gutiérrez Alea conjuga las  estrategias del discurso ficticio y de la autoridad conferida por las imágenes  documentales yuxtapuestas, para complejizar la realidad representada. Así, los  conceptos de objetividad se relativizan, del mismo modo en que relativizan los  límites entre ficción y documentación. El protagonista, Sergio --un intelectual  atractivo e inteligente--, inicialmente provoca simpatía e identificación con el  espectador. Sin embargo, su incapacidad de acción, su anonimia existencialista  en medio de la crisis internacional que confronta la isla, nos lleva a  cuestionar la simpatía inicial. En los conflictos internos y externos de Sergio  se delata la dificultad de conciliar lo individual con lo colectivo, la  nostalgia con el compromiso político (Burton, 1986). De allí que el filme  produzca esa sensación de ambigüedad en el espectador, ambigüedad que llevó a  las interpretaciones más contradictorias, fuera y dentro de Cuba. Al mostrar las  contradicciones sin resolver de Sergio, que son en realidad las contradicciones  del proceso y de sus intelectuales, la película fue leída tanto como  contrarrevolucionaria como oficialista. En todo caso, la versión de Gutiérrez  Alea fue que Memorias estaba dirigida precisamente a provocar la toma de  conciencia en el espectador y no la asimilación pasiva de una moraleja o de un  mensaje maniqueo al estilo de las películas hollywodienses (1994). </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El desencuentro del personaje Sergio con su realidad  inmediata es causado por su incapacidad para actuar. Al no decidirse por el  exilio ni tampoco por su incorporación a las masas en la defensa de la isla  frente a una posible intervención estadounidense, queda totalmente aislado,  recluido literalmente en su apartamento lleno de libros y papeles. El  intelectual que nos ofrece Gutiérrez Alea es de alguna manera la antitesis del  ideal que visionaba el &quot;Che&quot;, para quien la militancia era un factor  indispensable para convertirse en un revolucionario. Si bien una de las virtudes  del filme está precisamente en la complejización de la posición de Sergio como  intelectual, una conclusión posible es la necesidad imperante de resolver esa  ambigüedad política para finalmente eliminar las contradicciones en el seno de  la revolución. De este modo, la obra podría leerse como el llamado a la  militancia activa, dejando las dudas a un lado. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El clima de la indefinición de ideas, la experimentación  artística, las diferentes tendencias estéticas y generacionales y los debates  ideológicos de los diferentes grupos políticos --básicamente divididos en dos:  los antiguos Movimiento 26 de julio (M-26-7) y el Directorio Revolucionario 13  de Marzo, los cuales aún no habían definido una ideología precisa y; el Partido  Socialista Popular (PSP), de línea dura, que logró captar intelectuales  orgánicos como Juan Marinello, Carpentier y Guillén (Martínez, 2006, 45)— fueron  leídos como una debilidad del proceso. De igual manera en que Memorias  muestra el ambiente suscitado por lo que se creía la inminente invasión  imperialista sobre la isla, los sectores más radicalizados estaban alarmados  ante una realidad urgente a la que era necesario responder con posiciones  definitivas e inmediatas. Aunque no es materia de este ensayo juzgar esta  percepción, sin duda alguna, los resultados fueron desastrosos para el sector  cultural, sobre todo durante la primera mitad de la década de los años 70,  conocida como el &quot;quinquenio gris&quot;. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Siguiendo la propuesta de Skocpol, de entender los procesos  revolucionarios no en términos de voluntarismo sino como el resultado de una  dinámica de negociación entre diferentes actores internos y externos, resulta  importante destacar algunos de los factores que contribuyeron al brusco cierre  del ambiente cultural. Este giro estuvo determinado, en gran medida, por las  dinámicas propias de la Guerra Fría y la polarización que ésta produjo a nivel  mundial. Sucesos como la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de Octubre, la  invasión soviética a Checoslovaquia (1968) y la muerte del &quot;Che&quot; Guevara en  Bolivia (1967) suscitaron importantes diferencias entre los intelectuales que a  la larga contribuyeron a provocar rupturas definitivas. Ante la extraordinaria  política ofensiva estadounidense sobre la isla, la revolución cubana parecía  insostenible sin el apoyo soviético. Sin embargo, era claro para muchos  intelectuales que aquel régimen socialista difícilmente podía ser un modelo a  seguir. De hecho, más de uno se pronunció públicamente contra la invasión a  Checoslovaquia en solidaridad con sus pares de la primavera de Praga, a pesar  del apoyo que Fidel Castro había manifestado a dicha acción militar. La posición  frente a la Unión Soviética despertaba hondas polémicas que estaban ligadas, a  su vez, a las diferentes facciones internas que luchaban por la hegemonía  política. Al respecto, el escritor Pablo Armando Fernández señala: &quot;En esa época  había dos bandos en este país –el 26 de Julio y el Partido Socialista Popular,  que editaba el periódico Hoy. Todas las semanas surgía un problema entre  los dos bandos, por lo que constantemente había una controversia entre los  periódicos y sus suplementos, Hoy Domingo y Lunes de la Revolución&quot;  (en Padura, 2002, 163). </font>   </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Ciertamente, para el PSP --alineado con las directrices  soviéticas--, resultaba sumamente difícil tolerar la publicación y divulgación  de &quot;‘obras &quot;heréticas’ como las de Trostky, Pasternak, Kafka y Joyce, cuando  todas ellas había sido censuradas en la Unión Soviética&quot; (Miller,1992, 88, trad.  mía). Las tensiones entre los diversos grupos internos alcanzaron tal magnitud  que en 1968 se produce el escandaloso enjuiciamiento por &quot;microfacción&quot; al  secretario general de ORI –primera asociación política unitaria después de 1959—  junto con otras 36 personas. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Bajo una mirada retrospectiva, es posible leer el asesinato  del &quot;Che&quot; como la clausura simbólica de una época en que se aspiraba la  consecución de una revolución socialista propia, autónoma. Las sanciones  petroleras impuestas a Cuba por la Unión Soviética en 1968 como castigo por la  promoción de la lucha armada que el gobierno cubano llevaba a cabo en América  Latina, así como la posición de extrema dependencia y fragilidad en que quedó el  país tras el fracaso de la recolección de las diez millones de toneladas de  azúcar, pareció determinar la sovietización de las políticas económicas, así  como las culturales. El fracaso del &quot;Che&quot; en Bolivia no hizo sino reafirmar la  inviabilidad del proyecto revolucionario latinoamericanista de los primeros  años. Así, pues, inmersos en la lógica de la polarización mundial, los años 70  respondieron en gran medida a las directrices del bloque socialista. Ello  terminó por favorecer la hegemonía de los sectores más rígidos dentro del establishment cubano. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>Desencuentros revolucionarios</b> </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Bajo la perspectiva de extrema resistencia frente el  imperialismo estadounidense, la pluralidad dejó de ser una virtud para  convertirse en una debilidad que atentaba contra la cohesión revolucionaria. El  discurso de clara confrontación se tradujo en una narrativa épica en la que no  había lugar para los personajes frágiles o dubitativos como el Sergio de Memorias del subdesarrollo. Se estaba ante la institucionalización de un  imaginario fundacional cuyo carácter beligerante legitimaba el nuevo proyecto  nacional. Plagado de combatientes, guerrilleros, mambíses, espías legendarios y  calibanes, el imaginario nacional se caracterizaba por la centralidad de los  atributos típicamente masculinos: la agresividad, el arrojo, la valentía, entre  otros. La retórica revolucionaria recuperaría una figura como José Martí para  encabezar su panteón historiográfico. El independentista cubano ofrecía el  modelo ideal del nuevo intelectual. El hombre de ideas debía ser también el  hombre de armas, aquel dispuesto a dar la vida por la revolución. Su  pensamiento, además, se ajustaba a las aspiraciones del nuevo proceso. La Cuba  revolucionaria prometía las reivindicaciones sociales y raciales de aquellos  sectores de los que hablaba Martí en Nuestra América, aquellos sectores  tradicionalmente marginados de la América mestiza. Visto así, la victoria de los  barbudos de Sierra Maestra se planteaba como la culminación del proyecto  inacabado de Martí. Paradójicamente, al afiliarse con una tradición de  pensamiento liberal como la de Martí, el discurso fundacional de la revolución  del 59 permaneció atrapado en una episteme occidentalista. La identidad se  planteaba en los términos totalizadores y teleológicos de una narrativa  homogenizante en la que finalmente las diversas voces disonantes al interior  tendrían que ser silenciadas en aras de una identidad nacional única. Al igual  que sus pares decimonónicos, los intelectuales cubanos revolucionarios tuvieron  la tarea de reescribir la historia y sentar las bases de una narrativa  fundacional epopéyica, suficientemente viril y &quot;saludable&quot; para hacer frente a  los nuevos desafíos del Imperio estadounidense y a las oligarquías internas. La  nueva sociedad, que prometía la reivindicación de los sectores históricamente  excluidos, cayó en la contradicción de apelar a un universo simbólico que  marginaba aquello que atentaba contra la unidad nacional, bien fuese en términos  ideológicos, religiosos, étnicos, estéticos, de género y de orientación sexual. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Aunque esta narrativa totalizadora –y totalitaria– se  institucionalizó en la década de los años setenta, ya habían surgido claros  antecedentes. El más significativo lo constituyeron las famosas &quot;Palabras a los  intelectuales&quot; de Fidel Castro, pronunciadas en la Biblioteca Nacional en 1961:  &quot;Dentro de la revolución: todo; contra la revolución ningún derecho&quot;. Las  palabras del mandatario vinieron dadas por el primer gran choque en el medio  cultural a propósito del cortometraje P.M. realizado por Saba Cabrera  Infante y Orlando Jiménez. Exhibido en la televisión en el horario de  programación patrocinado por la revista Lunes de revolución, la película  fue rápidamente confiscada. Las escenas de una Habana nocturna, bohemia, no  parecieron ser las más apropiadas en un imaginario revolucionario que se  proponía como la antítesis del espacio urbano decadente y degenerado de la época  de Fulgencio Batista. Exhibido seis semanas después de los acontecimientos de  Playa Girón, las imágenes de P.M. contradecían el imaginario épico de la  lucha antiimperialista. La prohibición despertó agrias protestas que terminaron  finalmente con el cierre de Lunes. Sobre estos hechos, refiere Antón Arrufat: </font>  </p>  <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Lunes era para ellos (los del Partido Socialista    Popular) un francotirador, un liberal y la ocasión de terminar con el magacín    surgió a partir del problema que hubo con la película PM, que parecía criticar    hasta cierto punto la naciente institucionalización del cine que ya estaba    realizando el ICAIC. Todo este episodio terminó con el fin de Lunes y    la creación de la Unión de Escritores. Según el modelo soviético, había que    unir todas las fuerzas en una sola institución y poner allí un hombre que    fuera representante de esa tendencia y que tuviera prestigio y ese hombre fue    Nicolás Guillén (en Padura, 2002, 72-73). </font>    </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">En efecto, la centralización de las políticas culturales se  tradujo en el cada vez más estricto control gubernamental. Prácticamente, se  hacía imposible publicar dentro de la isla sin la aprobación estatal (Miller,  1992, 90). Publicaciones como Lunes eran vistas como un foco de  indisciplina en el que se atacaba a la Unión Soviética al mismo tiempo que se  abrigaba una cultura decadente burguesa, representada por movimientos como el  surrealismo y el existencialismo (Miller, 1992, 87). La centralizadora Uneac  llegó a imponer lo que se conoce como la &quot;parametración&quot;, una serie de  directrices que debían llevar a cabo los escritores, en los que la valoración de  la &quot;libertad&quot; parecía subsumida a la de la &quot;responsabilidad&quot; (Franco, 2003,  134). La intervención del sector militar, con Raúl Castro a la cabeza, en el  debate cultural hacia finales de la década, también contribuyó al endurecimiento  de la atmósfera. En varios artículos publicados en la revista militar Verde  Olivo, se hicieron fuertes acusaciones contra escritores como Cabrera  Infante, Calvert Casey, Arrufat, Emir Rodríguez Monegal y Heberto Padilla.  Arrufat, de hecho, fue destituido como director de Casa de las Américas y, la  editorial independiente El Puente, que publicaba autores no estrictamente  ceñidos a la literatura comprometida, fue clausurada en 1965 (Franco, 2003,  125). Ya para esa época, Jean Franco refiere que escritores como Cabrera  Infante, Severo Sarduy y Calvert Casey habían decidido irse al extranjero. En  1966, Pablo Neruda recibe una carta crítica de escritores cubanos en protesta  por su participación en una conferencia en Nueva York (Franco, 2003, 133). El  escritor estadounidense Allen Ginsberg, a su vez, es expulsado de la isla en  1965 y al poeta Nicanor Parra se le retira una invitación para formar parte del  jurado de Casa de las Américas por haber asistido a una recepción en la Casa  Blanca en 1970 (Franco, 2003, 133). El ámbito musical tampoco escapó a las  represalias dogmáticas. Silvio Rodríguez &quot;fue suspendido de los programas de la  televisión cubana, y se le prohibió cantar la canción ‘Fusil contra Fusil’.  También (supuestamente en nombre de la pureza ideológica) fue criticado por su  reconocimiento de la música de los Beatles –en una época en que los comisarios  decían que representaba lo peor de la decadencia occidental. Y tanto él como Leo  Brouwer fueron criticados por sus apariencia poco revolucionaria, ya que  llevaban el pelo largo&quot; (Kirk en Padura, 2002, 19).</font> </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La paulatina sovietización de las políticas culturales llevó  al divorcio de la utópica alianza entre una vanguardia política y una avant-garde  artística: &quot;la construcción de una sociedad nueva requería disciplina, no  ironía, trabajo duro, no un irresponsable estilo bohemio (….) Trasladado al arte  y a la literatura, el término ‘revolución’ podía aludir al contenido, las  afirmaciones retóricas de corrección política o a la definición de lo nuevo y lo  experimental por parte del escritor. Era esto último lo que irritaba a los  recién institucionalizados intelectuales cubanos&quot; (Franco, 2003, 126). </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Esta irritación llegó a su paroxismo debido a la publicación  y premiación del libro de poemas Fuera de Juego de Heberto Padilla.  Conocido como el ‘caso Padilla’, la encarcelación y autoinculpación pública al  estilo soviético hecha por el poeta tras la publicación de su libro, marcó el  quiebre definitivo entre ambas vanguardias, en 1971. El proceso contra Padilla  en abril, originó el distanciamiento y el repudio internacional de muchos  intelectuales simpatizantes de la revolución. Dos cartas de protesta fueron  dirigidas a Fidel Castro condenando la persecución del escritor. Entre los  firmantes de la primera se contaron personalidades como Beauvoir, Sartre,  Calvino, Cortázar, Enzensberger, Fuentes, García Márquez, Juan Goytosolo,  Alberto Moravia, Maurice Nadeu, Paz, Francisco Rossi y Mario Vargas Llosa. En un  tono similar, la segunda carta fue firmada casi por los mismos intelectuales con  las notables excepciones de Cortázar y García Márquez (Miller, 1992, 95). Para  mayo de 1971, Vargas Llosa envió una carta pública renunciando a su cargo en  Casa de las Américas, la cual fue respondida por Haydeé Santamaría acusándolo de  contrarrevolucionario (Miller, 1992, 94). El clímax de aguda confrontación  originado por el caso Padilla puso fin al idilio de muchos escritores y artistas  con los ideales revolucionarios y marcó el inicio del ostracismo al que muchos  intelectuales cubanos se verían condenados por más de una década. Atrás quedaba  el fervor cultural inicial para dar paso a la &quot;burocratización institucional&quot;. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>La calibanización de la revolución</b> </font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Los años 70 han sido generalmente interpretados como el  período de dogmatización de la cultura, un período en que la actividad  intelectual parece detenerse dramáticamente. La circulación de revistas y  periódicos extranjeros escasea y los estantes de las librerías van vaciándose.  La producción artística se encarece, se vuelve mucho más uniforme –son los años  de la entronización del realismo socialista soviético— y se produce o continúa  la represión y/o el marginamiento de muchos artistas e intelectuales como José  Lezama Lima, Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, Reynaldo  González, Abelardo Estorino, César López, Eduardo Heras León, Norberto Fuentes,  Delfín Prats, Raúl Martínez, y el mismo Padilla. Algunos se decidieron por el  exilio, otros por el ostracismo dentro de la isla. En medio del desierto  cultural, se produjo un boom literario en el género de contraespionaje.  Patrocinadas por el Ministerio del Interior, en un intento por capitalizar la  producción literaria desde el Estado, estas novelas se publicaron en extensos  tirajes llegando a alcanzar cierta popularidad. Representativas del único tipo  de imaginario oficialmente posible –el épico— ponen en escena las dicotomías  morales propias de las narraciones de espionaje durante los años de la Guerra  Fría, pero invirtiendo las asignaciones valorativas para exaltar la revolución  cubana. Novelas como Y si muero mañana (1978), de Luis Rogelio Nogueras,  se mueven en las polaridades morales de la solidaridad, el martirologio, el  idealismo, el amor concretados en el espía cubano y, el individualismo, el  materialismo, la tecnificación y la traición que caracteriza a los agentes de la  CIA y a los cubanos exiliados en Estados Unidos. Se trató, pues, de la  apropiación de las narrativas que se forjaron en el contexto de bipolarización  mundial, al mismo tiempo que ofrecían propósitos pedagógicos y moralizantes. La  idea era construir héroes literarios capaces de representar el modelo del ideal  revolucionario. Había que forjar una identidad hegemónica que quedó articulada  en términos esencialistas y planos. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Bajo esta misma orientación, se hacía imperante una  reescritura de la historia que legitimara al régimen. En 1971 el escritor cubano  Roberto Fernández Retamar publica su emblemático ensayo-manifiesto Calibán  en la revista Casa de las Américas. Su texto, legitimado a la luz de las  nuevas políticas culturales, supone una respuesta contundente a las polémicas  que hacía más de una década llevaban políticos, intelectuales y artistas tras el  derrocamiento del régimen de Batista. ¿Cuál debía ser la identidad nacional de  la Cuba revolucionaria? Y, por sobre todo, ¿cuál era el rol que la nueva  sociedad cubana demandaba de los intelectuales? Al recoger estas preocupaciones,  Fernández Retamar inscribe simbólicamente las bases programáticas de la cultura  nacional y del quehacer intelectual. Su &quot;concepto-metáfora&quot; de Calibán supone la  narrativización oficial de la difundida frase &quot;Dentro de la revolución: todo;  contra la revolución ningún derecho&quot;. El texto define el hasta entonces ambiguo  espacio del adentro y del afuera de la revolución cerrando así el intenso debate  público y legitimando el quinquenio gris. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Calibán, como luego explica el mismo Fernández Retamar,  surge en una &quot;encendida coyuntura polémica&quot; (2003,102) relacionada  principalmente con dos hechos: uno, el referido anteriormente &quot;caso Padilla&quot; y,  el otro, la circulación de la revista Mundo Nuevo en la que participaban  activamente intelectuales como Carlos Fuentes y Emir Rodríguez Monegal. Esta  revista aparentemente era financiada y controlada por la CIA para neutralizar a Casa de las Américas. El ensayo-manifiesto de Fernández Retamar propone  la figura de Calibán para definir la identidad latinoamericana y para asignar  las funciones éticas-políticas del intelectual latinoamericano (Beverley, 1995,  804). </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El título se refiere a uno de los personajes de La  tempestad de Shakespeare, a la vez que funciona como anagrama de caníbal,  asociado &quot;con las voces ‘caribe’ y ‘pueblos del Can’, que se empleaban para  designar a los indígenas del Nuevo Mundo&quot; (Beverley, 1995, 803). En la conocida  obra isabelina, Calibán es el esclavo deforme, originario de la isla, que se  rebela ante el amo, el rey-mago Próspero. Por su parte, Ariel, también  originario de la isla, es el esclavo dócil que se somete a la voluntad del amo.  A Retamar le interesa alinearse en una línea de pensamiento &quot;calibánico&quot;, cuya  matriz se sustenta en el carácter mestizo de Nuestra América (1891) de  José Martí en contraposición a la América sajona y al discurso &quot;nordomaníaco&quot; de  un Domingo Faustino Sarmiento, quien proponía y defendía el blanqueamiento y la  aculturación de América Latina a ejemplo de &quot;países civilizados&quot;. Fernández  Retamar polariza el discurso en dos bandos. Por un lado, los actuales herederos  del colonizador Próspero y de su siervo Ariel y, por el otro, los herederos del  rebelde Calibán. En el primer bando identifica a Estados Unidos y a todos  aquellos &quot;arieles&quot; criollos aliados con ese país. Estos últimos son  representados por una intelectualidad latinoamericana al servicio del  imperialismo, como Sarmiento, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes y Emir Rodríguez  Monegal. Calibán, por el contrario, es el personaje mestizo que se resiste a la  opresión aprendiendo el lenguaje del amo para revertirlo en su contra. A este  correspondería una intelectualidad latinoamericana verdaderamente  revolucionaria, emparentada con una tradición de resistencia que viene desde los  sectores &quot;subalternos&quot;: Tamanaco, Guaicaipuro y demás indígenas caribes, pasando  por Túpac Amaru, las guerras independentistas y la figura de Sandino. En  particular, la figura del esclavo cimarrón funciona en consonancia con el  ideario de la revolución cubana. Frente a la absoluta sumisión ante la opresión,  el cimarrón presenta los paradigmas de lucha y liberación nacional. Desde su  condición étnica –mulato, negro o mestizo– y política –de autodeterminación, y  rebeldía ante el estatu quo– fundamenta las bases de la nueva identidad  en el estado socialista cubano. Una identidad en la que las alteridades  subalternas –tal como se queja el ex-esclavo Montejo después de haber logrado la  independencia de España en Biografía de un cimarrón (1966)--, no habían  tenido cabida en el pasado, y cuya rebeldía y sufrimiento hacían posible la  utopía del presente. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La propuesta de Fernández Retamar va a ser recogida por el  cine cubano en esa misma década de los 70 al recurrir al pasado esclavista &quot;en  busca de una raíz genuinamente nacional que sirva de sostén ideológico a la  práctica revolucionaria&quot; (West, 1987, 183). Una serie de filmes van a abordar la  figura histórica del cimarrón. Se dirigen varios documentales, Sergio Giral  produce su trilogía del tema en El otro Francisco (1973), Rancheador  (1975) y Maluala (1979); y Tomás Gutiérrez Alea dirige La última cena  (1976). La idea en palabras de este último director, no estaba en &quot;reconstruir  de una manera espectacular el hecho en sí. [Ni le] (...) interesa el trabajo  arqueológico, sino aprovechar de la historia algún momento, debido a la  repercusión que eso puede tener en nuestro presente&quot; (en Oroz, 1989, 155). Sin  embargo, algunos estudiosos considerarán estas películas históricas como  intentos escapistas frente a un régimen que se había vuelto demasiado sensible a  las críticas. Contrariamente, Gutiérrez Alea esgrime, &quot;nuestros filmes  históricos son necesarios particularmente porque la visión que existe del pasado  ha sido sistemáticamente distorsionada por la historiografía burguesa.  Afortunadamente, tenemos también pocos historiadores que han dedicado sus vidas  a estudiar nuestro pasado con un óptica diferente –incluyendo a algunos que han  usado la óptica marxista decididamente- y sus estudios algunas veces fueron  actos genuinos de rebelión en el medio de una sociedad racista y reaccionaria  que estaba sujeta a los intereses de capitalismo&quot; (en Oroz, 1989, 68). </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El llamado escapismo, por otro lado, pudo haber funcionado  como una estrategia efectiva para evadir la censura. Ello resulta evidente, por  ejemplo, en el filme La última cena, donde se juega con ciertos niveles  de ambigüedad ideológica. El tema de la esclavitud, de las relaciones entre el  amo y el esclavo, pudo resultar adecuado para contemporaneizar con el del  autoritarismo. Tal como sucede con el conocido poema de Nancy Morejón &quot;Amo a mi  amo&quot;, publicado en 1986, una lectura posible sobre el tema de la esclavitud  puede conllevar a una crítica no explícita sobre el autoritarismo. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Más allá de las posibles ambigüedades interpretativas que el  tema del cimarronaje suscita, es claro que la sustentación por parte de  Fernández Retamar de una identidad nacional cimarrona y de una identidad  intelectual calibánica, fue sin duda problemática. Proponiéndose como una  identidad originaria, contradictoriamente se definía en la lógica binaria de  tesis y antítesis; como si la propia identidad estribase simplemente en  contrariar al otro hegemónico (Torres-Saillant, 2000), Calibán obviaba, así,  cualquier oportunidad de legitimarse a partir de sus propias especificidades  culturales y quedaba adherido, por oposición, a un centro occidental. La  proposición del mestizaje como resultado &quot;sintético&quot; de las diferencias y  particularidades latinoamericanas conllevó, a su vez, a la articulación de una  identidad homogeneizante. Calibán no sólo excluía a aquellos intelectuales que  identificaba con el imperialismo, sino que también lo hacía con aquellas voces  al interior que difícilmente eran identificables con este modelo único. ¿Dónde  quedaban, por ejemplo, las voces femeninas de la revolución en una genealogía  cultural y política conformada sólo por hombres como Simón Bolívar, Martí, Julio  Antonio Mella, Franz Fanon, Fidel, Augusto César Sandino, y el Che? ¿En qué  espacio ubicar la propuesta estética-poética del negrismo, que partía  desde su propia diferencialidad étnica ante una narrativa hegemónica del  mestizaje? Y, finalmente, ¿cómo incluir la homosexualidad en una narrativa masculinista? </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La articulación de una identidad monolítica revolucionaria se  tradujo en una política cultural intransigente en la que las diferencias  quedaban subsumidas a las de clase. Preocupada por las histórica inequidad  racial, de género y de clase, la revolución efectivamente llevó a cabo una serie  de políticas integradoras. Como nunca antes, estos problemas fueron inicialmente  debatidos y ferozmente atacados. A la vuelta de los años, sin embargo, las  premisas de una nación igualitaria conllevaron a ciertas paradojas. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">El tema racial resulta particularmente revelador. Con el  tiempo, se produjo la ausencia de un debate público sobre el asunto, puesto que  la revolución ya había solventado los problemas raciales del pasado (De la  Fuente, 2001, 279). Al respecto, Alejandro de la Fuente refiere en su libro A  Nation for All lo siguiente: &quot;Tal como uno de los informantes de Sutherland  estableció, ‘El problema en Cuba es que es un tabú hablar sobre racismo porque  oficialmente ya no existe más. Y nadie, negro o blanco, desea hablar sobre eso’.  Si abiertamente los comportamientos racistas fueron condenados por  contrarrevolucionarios, los intentos por debatir públicamente las limitaciones  de la integración en Cuba, fueron de igual manera, considerados como tarea del  enemigo&quot; (2001, 279, trad. propia). </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La cancelación del debate racial puedo haber influido en el  cambio temático de la poesía de Guillén, quien desplazó los tópicos negristas  por los sociales y políticos a partir del 1959 (Duno, 2003,162). Su conocido  poema &quot;Tengo&quot; (1964) resumió la posición oficialista, estableciendo &quot;el nexo  histórico entre el período antes y después de la revolución, por el cual se  solidifica el discurso identitario nacional bajo el término birracial&quot; (Branche,  1999, 495). La poesía negrista no sólo dejaba de dar cuenta de una realidad  nacional sino que peligrosamente minaba la armonía sintética-racial de la  identidad. Jerome Branche aclara que, &quot;si bien los conceptos de nación y  mestizaje van de la mano en la Cuba posrevolucionaria, es la misma lógica de la  revolución la que dicta que por cuestiones de seguridad, que lo nacional supere  cualquier interés partidario o racial&quot; (1999 ,499). Este hecho nos permitiría  especular sobre las razones del ostracismo cultural durante la década del  setenta de la poeta Nancy Morejón, quien fuera seguidora de Guillén y heredera  del movimiento negrista cubano (Branche, 1999, 499). </font>   </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La posición gubernamental frente al tema racial tuvo también  sus efectos sobre la cultura popular. Paralelamente al silencio en el debate  público, las manifestaciones culturales afrocubanas fueron recuperadas e  institucionalizadas como parte de la nueva identidad inclusiva mestiza. Con tal  fin fueron creados organismos como el Instituto Nacional de Etnología y Folklore  y el Conjunto Folklórico Nacional (De la Fuente, 2001, 289). Las tradiciones  afrocubanas fueron reapropiadas a fin de articularse a una matriz  revolucionaria. Un ejemplo claro de ello fue el control que el gobierno asumió  de la celebración anual del carnaval, &quot;transformado de suceso religioso en  acontecimiento secular, ahora tiene lugar el 26 de julio, fecha del fallido  ataque de Fidel al cuartel Moncada de Santiago en 1953&quot; (Franco, 2003, 127). No  obstante las directrices revolucionarias, las relaciones entre la cultura  oficial y la popular fueron siempre tensionantes. Para la línea partidista más  dura, manifestaciones afrocubanas como la religión de la santería representaban  prácticas arcaicas propias de sociedades alienadas y colonizadas. En otras  palabras, las manifestaciones afrocubanas ofrecían un atractivo en tanto fuesen  supeditas a la autoridad estatal, en tanto eran susceptibles de transformarse en folklore, sufriendo una desacralización (De la Fuente, 2001, 290). Aunque  las prácticas religiosas afrocubanas nunca fueron prohibidas oficialmente,  numerosos estudios señalan el ambiente de hostilidad –frecuentemente ligado a  prejuicios raciales–, que sus practicantes tuvieron que confrontar. La capacidad  de supervivencia de religiones como la santería demuestra hasta qué punto las  dinámicas culturales son complejos procesos de negociación nunca determinados  unidireccionalmente de arriba hacia abajo. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Los intentos de apropiación cultural del establisment  revolucionario surgían por la necesidad de disciplinamiento de sus ciudadanos.  La nueva sociedad demandaba una profilaxis de todos aquellos elementos asociados  con la corrupción colonialista del pasado. Así como la noción de raza debía ser  eliminada de la conciencia social (De la Fuente, 2001, 280), así también  prostitutas y homosexuales debían sujetarse a las prácticas profilácticas de  rehabilitación. El lado más oscuro de dichas prácticas delató la terrible  homofobia institucional. Ya en 1965 se habían creado los campos disciplinarios  de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP), los cuales tenían por  objetivo la rehabilitación de los homosexuales. Aunque la UMAP fue prontamente  desmantelada y Fidel Castro ofreció disculpas públicas, la verdad es que la  política de discriminación homosexual en el sector cultural continuó a lo largo  de los años setenta produciendo estragos. El dramaturgo Abelardo Estorino  testimonió sobre aquello: &quot;Lo primero que ocurre es el Congreso de Educación y  Cultura de 1971, donde sí queda establecido que los homosexuales no podían  trabajar ni en la educación ni en la cultura. Ese fue el inicio de una década  muy dura para el teatro cubano&quot; (en Padura, 2002, 122). No fue solamente el  sector teatral el único que sufrió las directrices homofóbicas, aunque  ciertamente ha de haber sido uno de los más afectados. El encarcelamiento de  Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas, el marginamiento de Lezama Lima –y el retraso  de la publicación de su novela Paradiso, la cual contenía un capítulo en  el que abordaba una relación homosexual– fueron algunos de los ejemplos que  demostraron cuán extendidas se hicieron estas prácticas represivas.  Decididamente el énfasis masculino en la beligerancia calibánica que enunciara  Fernández Retamar hacía de la homosexualidad una práctica peligrosamente  transgresora (Franco, 2003, 133). </font>   </p>      <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>La apertura del desengaño</b> </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Las dos décadas subsiguientes entrañaron un giro de apertura  con respecto al dogmatismo anterior. Las dramáticas imágenes del éxodo de Mariel  demostraron hasta qué punto una cantidad significativa de cubanos no habían sido  alcanzados por la utopía socialista. A nivel internacional, las expectativas de  escritores y artistas por conjugar la vanguardia estética con la política se  trasladaron al escenario nicaragüense, tras la victoria de los sandinistas. Allá  como en la Cuba de los primeros años, el fervor revolucionario conjugaría  nuevamente a intelectuales y guerrilleros. En Cuba, mientras tanto, siguió el  proceso de &quot;rectificación&quot; dirigido a una reorientación política alejada de los  modelos normatizadores soviéticos, los cuales no habían resultado muy  eficientes. El tema de la libertad creativa apareció discretamente en el tapete  de discusión ante la necesidad de una mayor iniciativa de las bases por combatir  las enquistadas y verticales estructuras gubernamentales que habían causado  vicios como el de la corrupción burocrática (Franco, 2003, 137). En esta  dirección, la creación del Ministerio de Cultura (1976) comenzó a operar un  cambio significativo en ese sector. Las llamadas &quot;rehabilitaciones&quot; paulatinas  de aquellos escritores y artistas que, marginados por el establishment  durante la década de los setenta, habían permanecido en la isla, ofreció una  nueva oportunidad para los primeros &quot;balbuceos críticos&quot; (Padura, 2002, 327).  Este accidentado proceso estuvo lleno de tensiones, como lo demostrara la  censura del filme El techo de vidrio (1981) de Sergio Giral. Sin embargo,  no cabe duda del debilitamiento de las rígidas posturas partidistas. Para el  dramaturgo Arrufat, &quot;gran parte de los escritores y artistas que fueron  excluidos por homosexualismo, que se consideraba una aberración política, son  readmitidos (…) Los años 80 son de la rehabilitación pública. La gente empieza a  dar conferencias, a publicar y, sobre todo, empieza a viajar&quot; (en Padura, 2002,  83). Escritores como Pablo Armando Fernández, Nancy Morejón y Antón Arrufat  vuelven a publicar después de un silencio de 14, 12 y 9 años respectivamente.  Esta distensión en el ambiente permitió que &quot;pintores, escritores, teatristas y  hasta cineastas y bailarines comiencen tímida y arriesgadamente a optar por una  creación cultural que se comprometía, otra vez, con la función estética del  arte, antes que con la directa expresión política de sus contenidos&quot; (Padura ,  2002, 324). Las artes plásticas cubanas se permitieron un mayor experimentalismo  estético al tiempo que el Icaic produjo filmes distanciados de las narrativas  épicas y más conectados con la realidad cotidiana. Aunque desde una perspectiva  todavía oficialista, el filme Lejanía (1985) de Jesús Díaz se propone la  exploración del hasta entonces maniqueo tema del exilio bajo una mirada más  compleja, aproximando la línea divisora entre los que se fueron y los que se  quedaron. Con un tono poético, la película aborda el trauma afectivo de una  familia escindida por el exilio. </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La década de los ochenta también ha sido interpretada como el  período de gestación de una nueva generación de artistas e intelectuales nacida  bajo la revolución, que florecería finalmente en la década de los noventa. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La aparición del filme Fresa y chocolate (1993) de  Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío concretiza finalmente el cambio radical en el  escenario cultural. Criticada por su supuesto tono &quot;comprensivo&quot; y &quot;displicente&quot;  al abordar el tema de la intolerancia sexual y estética durante el quinquenio  gris, la realización de la película supuso una clara señal de apertura para las  nuevas generaciones intelectuales: </font>  </p>  <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">…   una película en específico mostró por dónde iban los    intereses de los cineastas cubanos y cuáles eran sus urgencias expresivas:    así, Fresa y Chocolate, dirigida por el veterano Tomás Gutiérrez Alea,    en colaboración con Juan Carlos Tabío y a partir de un guión de Senel Paz,    funcionó como un verdadero revulsivo estético y marcó, como ninguna otra obra,    los reclamos y las posibilidades del arte cubano de los 90, bien distantes del    romanticismo épico de los 60, el maniqueísmo ideológico de los 70, y los    balbuceos críticos de los 80 (Padura, 2002, 327). </font>    </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Retomando el ‘género menor&quot; del melodrama, Gutiérrez Alea  recrea la amistad entre una heterosexual del partido –David– con un homosexual  –Diego–, que ha sido víctima de las rígidas directrices culturales oficialistas.  El abrazo final entre ambos personajes, simboliza el reconocimiento de las  diferencias y funciona a manera de desagravio frente a todas aquellas personas  que sufrieron la represión y la persecución en años anteriores. El final feliz  del filme no deja de ser problemático, ya que, al constituir una autocrítica  impensable en el pasado, termina por absolver veladamente las terribles  prácticas discriminatorias que pretende denunciar. En este sentido, Fresa y  Chocolate supone una reapropiación de las denuncias descarnadas de muchos  intelectuales que terminaron en el exilio como Reynaldo Arenas y el director  Néstor Almendrós. De hecho, el filme de Gutiérrez Alea se propone como una  respuesta institucional frente al documental Conducta impropia (1984) de  Almendrós y Orlando Jiménez en el que se denunciaban los campos de trabajo  forzados a los que fueron sometidos muchos homosexuales: </font>  </p>  <dir>       <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">ratándose la película (Fresa y chocolate) del tema    de un homosexual en Cuba pues inevitablemente tenía que asociarla con lo que    había hecho Néstor; de modo que sí, de alguna manera Fresa y chocolate    es una repuesta a Conducta Impropia (…) Los hechos que se resaltan en Conducta impropia son casi todos ciertos, pero se cuenta solamente una    parte y no se contextualiza, no se da la medida real de ese hecho sino    simplemente se dice que hubo represión. A mí me pareció muy elemental lo que    había hecho Néstor, algo que no estaba a la altura de su talento. En fin, que    con medias verdades se pueden hacer grandes mentiras y a mi juicio eso es lo    que él había hecho (Gutiérrez Alea, 1996 71-72). </font>    </p> </dir>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Desagravio complaciente o significativa autocrítica, lo  cierto es que este filme forma parte de un conjunto de obras que marcaron una  década de producción reflexiva no sólo sobre el quehacer intelectual y  artístico, sino sobre los aciertos y errores de la revolución cubana. Tal  libertad crítica se produjo paradójicamente en uno de los peores momentos  económicos y políticos de la isla: el periodo especial. El encarecimiento de  recursos durante este período alcanzó también a la industria cultural. La  situación se hizo insostenible para un significativo número de intelectuales que  hasta entonces había apoyado el proceso revolucionario. Se produjo el éxodo de  personalidades como el historiador Manuel Moreno Fraginals, el novelista y  cineasta Jesús Díaz, el pintor Tomás Sánchez, el músico Arturo Sandoval y el  periodista Norberto Fuentes entre muchos otros (Padura, 2002, 329). Ello debe  haber disuadido a los funcionarios de la cultura a un cambio estructural. </font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">Finalmente, la terrible crisis económica por la que pasaba la  isla obligó a una flexibilización de las políticas. Con el derrumbe del bloque  socialista parecieron sucumbir también las restrictivas posturas dogmáticas que  habían limitado las áreas económicas y culturales. El gobierno cubano se vio  obligado a liberalizar varias de sus normativas, lo cual favoreció el sector  cultural. Como parte de una visión menos estricta sobre el quehacer intelectual,  altos funcionarios gubernamentales, como el novelista Abel Prieto, permitieron a  artistas y a escritores publicar, exhibir y comercializar sus obras directamente  en el exterior. Ello obviamente redundó no sólo en una mejora sustancial de la  calidad de vida de las personas que conforman este sector, sino también en una  mayor libertad creativa. Los filmes Madagascar (1994), La vida es  silbar (1998) y Suite Habana (2003) de Fernando Pérez y, Lista de  espera (2002) de Tabío; así como las novelas Pasado perfecto (1991)  de Leonardo Padura, Tuyo es el reino (1997) de Abilio Estévez, Muerte  de nadie de Arturo Arango (2003) y los sórdidos cuentos que componen la Trilogía sucia de La Habana (1998) de Pedro Juan Gutiérrez, son  apenas algunos ejemplos de la excelente producción artística en años recientes.  Dicha producción se ha dado irónicamente desde una perspectiva desengañada de  los grandes relatos revolucionarios. La crisis de los 90 posibilitó así un  riquísimo florecimiento cultural, intrínsicamente ligado al autocuestionamiento  y la deconstrucción de la épica revolucionaria. Vendedoras ambulantes,  borrachos, escritores fracasados, adolescentes desorientados, prostitutas, amas  de casa, madres sobrevivientes, homosexuales, funcionarios corruptos, detectives  empobrecidos son los nuevos personajes que vienen a desplazar al heroico Calibán  en el imaginario de la Cuba actual. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La trágica paradoja de las rígidas directrices culturales de  la revolución cubana fue que la controlada apertura al libre mercado en los años  90 conllevó a prácticas democratizadoras –¿emancipatorias?-- en el sector  cultural, que no fueron posibles durante la Cuba calibánica que imaginaba  Fernández Retamar. Esta contradicción nos lleva a redefinir el papel asignado  por la izquierda a las prácticas culturales en el nuevo contexto del siglo XXI.  La tarea, tal como propone John Beverley, debe comenzar por el &quot;reconocimiento  de que la globalización y la economía política neoliberal han hecho mejor que  nosotros un trabajo de desjerarquización cultural. Este hecho explica en parte  por qué el neoliberalismo —a pesar de sus orígenes en una violencia  contrarrevolucionaria inusitada— llegó a ser una ideología en la que sectores de  clase o grupos subalternos pudieron ver también cierta posibilidad para sí  mismos&quot; (2004, 26). </font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">La experiencia cubana plantea a la izquierda latinoamericana  el desafío de repensar un imaginario estratégico emancipador desde abajo, no ya  en términos cerrados –esencialistas, monocordes y atemporales—, sino abierto al  constante movimiento de las negociaciones culturales entre todos los diferentes  actores. En esta dirección, sería posible entonces pensar nuevamente en la  conjunción de una vanguardia artística y una política que se caracterice por su  naturaleza no sólo inclusiva, sino también, verdaderamente horizontal. </font>   </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2"><b>Bibliografia</b> </font>  </p>     <!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">1. Beverley, John (2004): &quot;Hacia un nuevo latinoamericanismo&quot;, A contracorriente, Vol. 2, Fall, pp. 21-32. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417931&pid=S1315-6411200700020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">2. </font>  <font face="Verdana" size="2">Beverley, John (1995): &quot;Calibán&quot;, Diccionario Enciclopédico de las Letras  de América Latina (Delal), 1er tomo, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho,  Monte Ávila Editores Latinoamericana, pp. 802-805.</font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417932&pid=S1315-6411200700020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">3. Branche, Jerome (1999): &quot;Negrismo: hibridez cultural,  autoridad y la cuestión de la nación&quot;, Revista Iberoamericana, Vol. LXV,  N<sup>o</sup>. 188-189, julio-diciembre, 483-504. </font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417933&pid=S1315-6411200700020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">4. Burton, Julianne (1986): &quot;Tomás Gutiérrez Alea (Cuba),  Beyond the Reflection of Reality&quot;, Cinema and Social Change in Latin America, Austin, University of Texas Press, pp. 115-132. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417934&pid=S1315-6411200700020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">5. Duno Gottberg, Luis (2003): &quot;Los imaginarios sosegantes de  la nacionalidad&quot;, Lo que teníamos que tener: raza y revolución en Nicolás  Guillén. Jerome Branche Editor, Pittsburgh, Instituto Internacional de  Literatura Iberoamericana, pp. 147-164. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417935&pid=S1315-6411200700020000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">6. Fernández Retamar, Roberto (2003): Todo Calibán,  San Juan, Ediciones Callejón. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417936&pid=S1315-6411200700020000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">7. Franco, Jean (2003): &quot;Territorios liberados&quot;, Decadencia y caída de la ciudad letrada, Barcelona, Debate. </font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417937&pid=S1315-6411200700020000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">8. Franqui, Carlos (1981): Retrato de familia con Fidel,  Barcelona, Seix Barral. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417938&pid=S1315-6411200700020000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">9. Gutiérrez, Alea (1996): &quot;Estamos perdiendo todos los  valores&quot;, Encuentro de la Cultura Cubana, n° 1 , &quot;Primavera, Madrid&quot;, pp.  71-76. </font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417939&pid=S1315-6411200700020000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">10. Gutiérrez, Alea (1994): &quot;Dialéctica del espectador&quot;, Tomás Gutiérrez Alea,  poesía y revolución, Las Palmas de Gran Canaria, Filmoteca Canaria, pp.  33-134.</font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417940&pid=S1315-6411200700020000800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">11. Director (1994): Fresa y Chocolate, La Habana, Icaic. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417941&pid=S1315-6411200700020000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">12. Director (1968): Memorias del subdesarrollo, La  Habana, ICAIC. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417942&pid=S1315-6411200700020000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">13. Martínez Pérez, Liliana (2006): Los hijos de Saturno.  Intelectuales y revolución en Cuba, México D.F., Facultad Latinoamericana de  Ciencias Sociales. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417943&pid=S1315-6411200700020000800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">14. Matos Moquete, Manuel (2000): Caamaño: La última  esperanza armada, Santo Domingo, Videocine Palau. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417944&pid=S1315-6411200700020000800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">15. King, John (1995): &quot;Cuba: proyecciones revolucionarias&quot;, El carrete mágico, Bogotá, Tercer Mundo, pp. 207-238. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417945&pid=S1315-6411200700020000800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">16. Miller, Nicola (1992): &quot;The intellectual in the Cuban  Revolution&quot;, Intellectuals in the Twentieth-century Caribbean, Vol. II,  pp. 83-98. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417946&pid=S1315-6411200700020000800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">17. Montejo, Esteban (1966): Biografía de un cimarrón,  La Habana, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Etnología y Folklore. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417947&pid=S1315-6411200700020000800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">18. Oroz, Sivia (1989): Tomás Gutiérrez Alea: Los filmes  que no filmé, La Habana: Ediciones Unión. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417948&pid=S1315-6411200700020000800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">19. Padura, Leonardo y John Kirk (2002): La cultura y la  revolución cubana. Conversaciones en La Habana, San Juan, 2002. </font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417949&pid=S1315-6411200700020000800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">20. Rama, Ángel (1984): La ciudad letrada, Hannover,  Edciones del Norte. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417950&pid=S1315-6411200700020000800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">21. Rodó, José Enrique (1976): &quot;Ariel&quot;. Ariel. Motivos de  Proteo. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1-56. </font>   &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417951&pid=S1315-6411200700020000800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">22. Skocpol, Theda (1979): &quot;Explaining Social Revolutions:  Alternatives to Existing Theories&quot;. States and Social Revolutions. New  York, Cambridge University Press, pp. 3-33. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417952&pid=S1315-6411200700020000800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">23. Torres-Saillant, Silvio (2002): &quot;La traición de Calibán:  hacia una nueva indagación de la cultura caribeña&quot;. Roberto Fernández Retamar  y los estudios latinoamericanos. Pittsburgh: Instituto Internacional de  Literatura Iberoamericana, pp. 21-54. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417953&pid=S1315-6411200700020000800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font face="Verdana" size="2">24. West, Dennis (1987): &quot;Esclavitud y cine en Cuba: El caso  de la Última Cena&quot;, Alea, una retrospectiva crítica, La Habana, Editorial  Letras Cubanas, pp. 183-196. </font>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2417954&pid=S1315-6411200700020000800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font size="2" face="Verdana"><b>Nota</b></font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font size="2" face="Verdana">1.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>Se trató de un teatro de masas, distinto al tradicional teatro de sala.</font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font size="2" face="Verdana">2.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>Su primer tiraje de libros fue una edición de Don Quijote de la Mancha  de 150.000 ejemplares.</font>  </p>     <p ALIGN="JUSTIFY" style="line-height: 100%"><font size="2" face="Verdana">3. Pablo Armando Fernández&nbsp; --Premio Nacional de Literatura 1996--&nbsp; recuerda:</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font face="Verdana" size="2">“Yo estuve en la Unión Soviética en 1960, y  realmente aquello me espantó. Y, porque hice una crítica a la Unión Soviética,  aquí fui públicamente regañado-en buen cubano me dijeron que no hablara tanta  mierda--. También estuve en China, en el mismo año 1960, cuando Mao Tse-Tung  hizo un discurso donde decía que Cuba, era un astro más en la constelación del  socialismo. Luego yo repetí la frase en un brindis, y la jefa de nuestra  delegación me dijo que no tomara más, que Cuba no era socialista…” (en Padura,  2002, 162) </font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">4.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>Para el novelista Manuel Matos Moquete, la derrota de la expedición del coronel  Francisco Caamaño en 1973 a la República Dominicana se debió en gran parte al  vacilante apoyo recibido por Cuba a raíz de estos giros políticos internos  (2000).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">5. Carlos  Franqui refiere la lógica histórica de aquellos días: “Haremos la revolución/la  revolución que no se hizo en el 98 ni en el 33” (81, 13). Ésta sería la  propuesta de narrativas como las del filme Lucía (1968) de Humberto Solás.  Por su parte, Liliana Martínez Pérez señala que durante los primeros años, “la  inclinación de la cultura revolucionaria a favor de los revolucionarios del  siglo XIX antes que los de los del siglo XX, tenía un doble sentido: por una  parte, colocaba a la cultura nacionalista y antiimperialista como el ‘cemento  social’ más poderoso de la revolución cubana y, por la otra, permitía a los  políticos retrasar, por omisión, el enfrentamiento ideológico con la cultura  marxista en su versión estalinista” (2006, 48).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">6. Algunas de estas acusaciones eran francamente homófonas.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">7. Aunque ha sido una historia menos difundida, la pieza teatral Los siete  contra Tebas de Arrufat&nbsp; corrió una suerte similar al poemario de Padilla,  tras haber ganado junto con aquél el premio del la Uneac ese año.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">8. Heberto Padilla ya había provocado algunas polémicas. En 1968 publicó un  artículo en El Caimán Barbudo atacando la novela La pasión de Urbino  de Lisandro Otero, quien era en ese momento el vicepresidente del Consejo  Nacional de Cultura. En ese artículo se quejaba además de la no publicación en  Cuba de la novela de Cabrera Infante Tres tristes tigres, obra que  consideraba superior a la de Otero. A raíz del artículo de Padilla, el consejo  editorial de El caimán tuvo que renunciar (Miller, 1992, 90).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">9. Con anterioridad Vargas Llosa había sido criticado en 1969 por no haber  adjudicado el dinero del premio Rómulo Gallegos a una causa revolucionaria tal  como lo había hecho García Márquez con el partido venezolano MAS (Franco, 2003,  133).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">10. Sobre el tema se ha escrito abundantemente. Para mayores detalles del caso  Padilla ver artículo de Miller incluido en la bibliografía.</font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">11. Existen importantes excepciones en este período. Algunas de ellas lo constituyen  las obras El recurso del método (1974), Concierto barroco (1974), La consagración de la primavera (1978) de Alejo Carpentier, El pan  dormido (1975) de José Soler Puig y Onoloria (1973) de Miguel  Collazo.&nbsp;</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">12. La “nordomanía” es el término utilizado por Rodó en su Ariel (1900) para  caracterizar negativamente a Estados Unidos.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">13. Fernández Retamar invierte la valoración positiva que elabora Rodó en el  personaje de Ariel.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">14. Esta novela testimonial inicia de alguna manera una nueva propuesta  político-literaria desde la izquierda, que pretendió revertir el carácter  “burgués” y elitista de la literatura tradicional. En contextos de clara  insurgencia o emergencia, las voces “subalternas” irrumpen en la escritura  desestabilizándola. Quizá el testimonio más conocido ha sido el libro de  Rigoberta Menchú. Sobre el tema han debatido ampliamente autores como Miguel  Barnet, Juan Duchesne, Arturo Arias y John Beverley, entre otros.&nbsp;&nbsp;</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">15. Una de las razones específicas para esta vuelta al pasado pudo haber estado las  directrices rígidas expresadas en el Congreso Nacional de Cultura y Educación  realizado en 1971. Allí, Fidel Castro Fidel fue particularmente beligerante al  atacar a una “mafia de seudoizquierdistas” intelectuales (Miller, 1992, 94).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">16.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>La única excepción en esta genealogía la constituye Violeta Parra. Sobre el tema  de la exclusión de género Jean Franco exalta la ausencia de mujeres en el  pensamiento posrevolucionario. Haydeé Santamaría y Wilma Espín serían más bien  funcionarias públicas con altos cargos ( 2003,123).&nbsp;</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">17.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>Al respecto la bailarina Alicia Alonso refiere que no fue sino hasta el año 59  que los afrocubanos se integraron al ballet clásico (en Padura, 2002, 101).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">18. Resulta interesante observar que la hostilidad estatal no sólo se limitó  entonces al tratamiento de la religión católica asociada con los sectores  oligárquicos y reaccionarios del país. El “opio de los pueblos” estuvo  identificado con las prácticas religiosas de muy variados sectores.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">19. Jean Franco señala la satanización de la que fue objeto el imaginario urbano. La  vieja ciudad de La Habana, con sus casinos, prostíbulos y clubes sociales estaba  asociada a la dominación estadounidense. Por el contrario, el espacio rural fue  concebido en términos positivos y de allí algunas de las políticas que  incentivaban la vuelta al campo (Franco, 2003, 127).</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">20.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>El humor y/o la narración de pequeñas historias fue una tendencia preponderante  en esto años con películas como Se permuta (1984) y Plaff (1988)  de Juan Carlos Tabío , Una novia para David (1985) de Guillermo Orlando  Rojas y Vampiros en La  Habana (1985) de Juan Padrón.</font>  </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">21.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>El escandaloso enjuiciamiento a íconos del mundo militar y político como el  general Arnaldo Ochoa en 1989 por sus nexos con el narcotráfico, fue un  acontecimiento de significativa importancia para una generación intelectual que  vio el derrumbe de los ideales revolucionarios.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">22.&nbsp;<span class="MsoEndnoteReference"> </span>Esta libertad sigue estando condicionada en la medida en que aún existen líneas  dogmáticas al interior del aparato gubernamental En 1991 la película Alicia  en el pueblo de las maravillas de Daniel Díaz Torres fue censurada y la Guantanamera (1995) de Tabío fue acusada de contrarrevolucionaria por Fidel  Castro.</font>  </p>     <p class="MsoEndnoteText" style="line-height: 100%" ALIGN="justify"> <font size="2" face="Verdana">23. Prácticas que por el contrario han conllevado a un significativo retroceso en la  consecución de una sociedad más igualitaria en términos raciales y económicos  para Nancy Morejón (Padura, 2002, 216-217).</font>  </p>       ]]></body>
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