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</front><body><![CDATA[   <font FACE="Verdana" COLOR="#231f20">     <p align="center"><b>De Ana Teresa A Ana Teresa: Teresa de la Parra, paradigma  de un siglo</b></p> </font><font FACE="Verdana" SIZE="2" COLOR="#231f20">     <p align="center"><b>Luz Marina Rivas</b></p>     <p align="justify">Magister en literatura Latinoamericana y doctora en letras,  Venezuela. <a href="mailto:luzmarina.rivas@gmail.com">luzmarina.rivas@gmail.com</a></p>     <p align="justify">Fecha de recepción: 16 de febrero de 2010 Fecha de  aceptación: 28 de febrero de 2010</p>     <p align="justify">Todos los lectores del famoso <i>Quijote</i> recuerdan con  una sonrisa el genial episodio del cura y el barbero, haciendo un inventario de  los libros de Don Alonso Quijano, buscando cuáles podían haber sido las lecturas  perniciosas que habían causado la demencia de éste para que se hubiera creído un  caballero andante, justiciero y enamorado, y pretendiera vivir en persona la  vida de los personajes literarios. Igualmente, la lectura de <i>Madame Bovary</i>,  nos muestra a una mujer del campo, con una vida monótona de esposa de un médico  rural, enfebrecida con historias románticas, a través de las cuales se escapa de  la sujeción de su sexo en su época. Queriendo vivir historias de amor  apasionado, con el esplendor de una riqueza que estaba lejos de poseer, intenta  reescribir en su propia vida las historias románticas de la literatura, buscando  amantes que ve con los ojos de sus lecturas.</p>     <p align="justify">Cuando se le criticó a Ana Teresa Parra Sanojo –Teresa de la  Parra, para todos nosotros- que su novela <i>Ifigenia</i> (1924), podía ser una  lectura perjudicial para las jóvenes de su tiempo, por alentar en ellas una  peligrosa independencia y una inaceptable desobediencia, ella se defendió  diciendo:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">El diario de María Eugenia Alonso no es un libro de  	propaganda revolucionaria, como han querido ver algunos moralistas  	ultramontanos, no, al contrario, es la exposición de un caso típico de  	nuestra enfermedad contemporánea, la del bovarismo hispanoamericano, la de  	la inconformidad aguda por cambio brusco de temperatura, y falta de nuevo  	aire en el ambiente (Parra, Teresa de la: 473).</p> </blockquote>     <p align="justify">En efecto, María Eugenia Alonso es, como el <i>Quijote o  Madame Bovary</i>, una enfebrecida lectora que se identifica con las lecturas  románticas de las jóvenes de su tiempo y quiere vivir su propia aventura. La  literatura constituye un escape para su vida de mujer pobre pero decente, a  quien se alienta para que logre a través de su belleza y distinción, a través de  sus apellidos, un buen matrimonio. Para ella, el mundo sólo puede explorarse en  los libros que lee en la intimidad de su habitación. La literatura, como  experiencia vicaria, que permite vivir a través de la lectura lo que otros viven  en el mundo de la ficción, es el escape de esta Bovary criolla, de quien el  hablante implícito de la novela se ríe más de una vez. María Eugenia no es  feminista, según dice, porque no puede identificarse con unas señoras que usan  unos zapatos tan feos; es más bien una niña frívola y apasionada, que ansía un  buen matrimonio, tal como se lo señala su tío Pancho y reiteradamente también  Abuelita. Es, entonces, la fantasía literaria lo que marca buena parte de sus  transformaciones como personaje: la identificación con el idilio de Pablo y  Virginia en la animada conversación celestinesca de Mercedes Galindo, junto con  el saber que Gabriel Olmedo tiene posibilidades de labrar alguna fortuna,  desatan la pasión por éste, quien en un primer encuentro le había parecido algo  tosco, muy moreno y hasta presuntuoso, para que un tiempo después admirara sus  blanquísimas manos de pianista, libres de anillos ostentosos como los que  exhibía César Leal. María Fernanda Palacios (2001) dice, hablando de Mercedes  Galindo, que ella:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 	    <p align="justify">(…) se va convirtiendo en un doble de tía Clara, y es  	otro de esos espejos temibles en los que la muchacha lee su destino. Si el  	de Clara se llama soltería, el de Mercedes se llama «matrimonio» y los dos  	son igualmente espantables y terminan en «sacrificio». Entre uno y otro la  	única escapatoria posible es la evasión del cuento de hadas, la irrealidad  	del amor (p. 94).</p> </blockquote>     <p align="justify">Podríamos decir que María Eugenia, en este punto, aún no huye  del matrimonio. Puede espantarla en ese momento el matrimonio infeliz al lado de  un hombre desagradable, pero no la idea de casarse. Más bien, el ver su propia  figura, parecida a la de tía Clara, hacia el final de la novela, la hacen  recapitular sobre la ruptura del compromiso que pensaba plantearle a César Leal:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">Instintivamente, volví la cabeza para mirarme al espejo,  	y en efecto descuidada como estaba, me encontré pálida, sin vida, ojerosa,  	casi fea, y me encontré sobre todo un notable parecido con la fisonomía  	marchita de tía Clara. Dado el estado de pesimismo nervioso en que me  	hallaba, aquel parecido brilló de pronto en mi mente como la luz de alguna  	revelación horrible, recordé también aquella frase que había oído decir  	muchas veces a propósito de tía Clara: «Fue flor de un día. Preciosa a los  	quince años, a los veinticinco ya no era ni la sombra de lo que había sido…»  	(p. 301).</p> </blockquote>     <p align="justify">Por supuesto, el discurso que llevaba preparado, no sale de  sus labios. Más bien, sentimientos de cobardía acompañan los balbuceos con que  intenta aplazar el matrimonio, no romper el compromiso. Como muy bien apunta  Julieta Fombona,</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">María Eugenia Alonso se casa con el espeso y vulgarísimo  	César Leal, y repite así, como farsa, las sencillas crónicas de amor y  	matrimonio entre jóvenes pobres y virtuosas y ricos caballeros que le cuenta  	Abuelita para consolarla de su pobreza (p. XV).</p> </blockquote>     <p align="justify">Precisamente, por su pasión literaria, luego de la  conversación con Mercedes Galindo, imbuida también de lecturas de grandes  amores, María Eugenia cae en la trampa del romanticismo. Se enamora «librescamente»  de Gabriel Olmedo. Más adelante, ella vivirá en la hacienda de su tío Eduardo  una ensoñación pastoril, en sus paseos vespertinos, que irónicamente la alejan  de las noticias de su amado. En esos paseos, da rienda suelta a su imaginación  literaria. Los emprende con su primo Perucho «que es mi escudero y es mi  acólito, en estas peregrinaciones sentimentales» (p.150). La retórica romántica  es el vehículo de las descripciones de la hacienda:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">(…) yo, sola y desnuda, creyendo ser el alma viva del  	paisaje, me hundía en la ansiada frescura de mi pozo predilecto. Y recuerdo  	que aquel día, sumergida en el pozo, perdí como nunca la noción de mi propia  	existencia, porque el rodar del agua me tenía la piel adormecida en no sé  	qué misteriosa delicia, y porque mis ojos vagando por la altura, olvidados  	de sí mismos, se habían puesto a interpretar todos los amores de aquella  	muchedumbre de ramas que se abrazan y se besan sobre su lecho del río (p.  	149).</p> </blockquote>     <p align="justify">Es en este espacio natural, opuesto al espacio urbano, pero  indisolublemente asociado a la evasión de las lecturas románticas, donde María  Eugenia se permite sus ensoñaciones más nutridas y la expresión de un aún tímido  erotismo con imágenes sensuales asociadas con la naturaleza. Es allí donde le  escribirá a Gabriel, una carta apasionada, donde se compara a sí misma con la  Sulamita y a Gabriel con el rey Salomón, para condensar en clave romántica y  exótica su deseo:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">Tendida estoy sobre el ardor de la arena, y cubierta con  	mis joyas y abrasada por la sed, vigilo atentamente el horizonte, porque yo  	quiero ser la primera en ver lucir a lo lejos el brillo de palanquín, mi  	triunfante Salomón.</p> 	    <p align="justify">Yo soy tu amorosa Sulamita, Gabriel, y para la fiesta del  	amor con que te aguardo, he vestido ya mi lindo cuerpo con la pompa de la  	desposada en el palacio del Rey (p. 155).</p> </blockquote>     <p align="justify">Como puede verse, está muy lejos María Eugenia de un  feminismo liberador. Es todavía en sus fantasías la princesa que quiere ser  rescatada por el príncipe. Sin embargo, María Eugenia lleva un diario. La  escritura creadora, desahogo de la frustración que le produce la opresión  doméstica, da cuenta de sus contradicciones, por ejemplo, de lo torpe que se  siente cuando se queda sin habla frente a César Leal, luego de una muy  planificada entrada en escena, muy libresca, como una princesa autosuficiente y  encantadora.</p>     <p align="justify">En la escritura, María Eugenia se va deshaciendo de sus  imposturas, de las máscaras con las que quiere verse y de las casillas y corsés  con las que la familia la aprisiona. En la escritura del «yo», se revela la  confidencia, la autenticidad. Se hace más verosímil como personaje; se burla de  sí misma y adquiere la libertad de expresarse que no se le permite más allá de  su habitación. En la escritura, María Eugenia se desnuda, se construye como  subjetividad y devela con ironía los absurdos de su entorno. Fuera de ella, la  palabra le es confiscada. No tiene derecho a opinar, queda mal si se muestra  sabihonda; sólo el silencio y la sumisión la hacen parecer virtuosa a los ojos  de la sociedad patriarcal. Su escritura devela, además, las estrategias del  débil. En ella hace apología de la mentira y el fingimiento como defensa frente  al poder patriarcal, cuestiona los discursos masculinos de adoración  mitificadora como los del poeta colombiano del barco, los del poder del tío  Eduardo o los discursos retóricos, vacíos de sentido, de César Leal en el  congreso. En sus contradicciones, el hablante implícito se burla de María  Eugenia. El clímax de esto es la decisión de no huir con Gabriel por retrasarse  para buscar una maleta donde cupiera su <i>trousseau</i> rosado, que no podía  dejar por nada del mundo. Igualmente, el hablante implícito se burla de ella  cuando esconde su escritura íntima diciendo que sólo anota recetas de cocina y  el tío Pancho la desenmascara diciéndole que los ingredientes dialogan unos con  otros, pues hay signos de interrogación y admiración en esas «recetas».</p>     <p align="justify">El hablante implícito no toma en serio a María Eugenia cuando  hace suya la palabra ajena de Abuelita, de tía Clara y de Leal. María Eugenia  decide asumir esos discursos como máscara: representa como una actriz lo que se  espera de ella, pero en su interior bullen aún las inconformidades imprecisas y  el sueño de un matrimonio que le restituya los bienes de los que su tío Eduardo  la ha despojado. La ironía está en lo mal que le queda el disfraz, en lo visible  de sus costuras, en la conciencia que tiene el propio personaje de que se mueve  en su propia casa como en el escenario de un teatro. Así, el personaje por un  lado asume como propios los discursos ajenos y por el otro, en su intimidad,  sabe a conciencia que está representando un papel asignado en este <i>Gran  Teatro del Mundo</i> por la sociedad que lo impone. Ella representa un papel que  no se cree:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">«(…) El único objeto de mi carta es advertirle que si  	continúa usted persiguiéndome con proposiciones indignas, pase lo que  	pasare, pondré en cuenta de ello a César Leal»</p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Al llegar aquí, el nombre «César Leal» me sonó demasiado  	pomposo por su doble significado, y me pareció que podía prestarse al  	ridículo. Entonces borré las dos palabras, y puse sobre lo borrado «mi  	novio». Pero como la tinta se corriese un poco, demostrando el reemplazo de  	palabras, decidí inutilizar la carta, escogí de nuevo muy cuidadosamente  	otro pliego, copié en él lo escrito y seguí:</p> 	    <p align="justify">«… advertiré de ello a mi novio. Es preciso que usted  	sepa que no estoy sola. Tengo quien me proteja, y quiero decirle de paso,  	que quien sabrá defenderme contra usted, será mi marido dentro de ocho días,  	porque lo aprecio mucho, lo quiero con toda mi alma y lo considero además  	muy superior a usted, desde todo punto de vista. Y firmé: María Eugenia  	Alonso» (p. 305).</p> </blockquote>     <p align="justify">Aquí la borradura en la escritura del diario muestra la  conciencia de esta torpe joven que se autosabotea a sí misma, que encuentra en  la literatura una vía para la evasión y también un sueño que la sigue sujetando  los viejos estereotipos femeninos, que se apropia de los discursos ajenos para  escribir con ellos encima de los suyos, que se oculta y se devela, que se engaña  a sí misma y a los demás, pero lo sabe. Ella se ve a sí misma en el arquetipo de  Ifigenia, junto con todas las mujeres que asumen como femenino el espíritu de  sacrificio, sin cuestionarlo. <i>Ifigenia</i> es una novela de des-crecimiento.  El personaje va pasando de la inconsciencia juvenil a la alienación consciente,  al discurso ajeno. La literatura romántica y el ensueño del amor imposible la  conducen de manera paradójica al matrimonio y al sacrificio, pero por un camino  casi ridículo. El motivo del <i>trousseau</i> tiene algo de la muerte  tragicómica de Calisto al caer de la escalera en <i>La Celestina</i>. Lo  terrible del sacrificio femenino, parece decirnos el hablante implícito, es que  no tiene los visos de lo grandioso ni de lo heroico. La procesión de las mujeres  va por dentro. Ni siquiera se nota y no vale la pena el sacrificio. La evasión  de la literatura le propone un camino imposible: los grandes amores son  imposibles; por ello el detalle del <i>trosseau</i> es apenas un pretexto. Tanto  la imaginería literaria como el imaginario social colocan a las mujeres en el  camino del matrimonio y la protección masculina. No hay salida, de todos modos,  para María Eugenia. Su comedia es una tragedia.</p>     <p align="justify">Tan sólo le queda ser ella misma en la creación de su  escritura, aunque sea secreta. En ese desahogo se encuentra con su propia  subjetividad, que como explica Mabel Burin, desde el psicoanálisis «será  considerado como sujeto psíquico alguien que pueda configurarse como deseante  (…)» (p. 72). También explica esta autora, que luego de la Revolución  Industrial, en el siglo XIX se acentuó la necesidad de indagar en la  subjetividad, privilegiar los propios deseos y necesidades individuales y la  búsqueda de una identidad personal más allá de la división del trabajo, aunque  admite que las mujeres tienden a desear tener un hijo o ser objeto del deseo de  un hombre, como lo hace María Eugenia, aunque ella también desea lo que a las  mujeres no les está permitido desear: fortuna propia, decisión sobre el uso de  su tiempo, libertad de movimientos, libertad de escoger a un compañero, acceso a  la modernidad. Esos deseos se formulan libremente en la escritura, pues en el  intercambio social generan censura. Abuelita la tacha de egoísta. Precisamente,  el pensar en sí mismas hace de las mujeres «egoístas» en la sociedad patriarcal,  donde el sacrificio femenino se da por descontado.</p>     <p align="justify">Cuando María Eugenia escribe, utiliza la primera persona,  hecho novedoso para su momento, cuando todavía la narrativa privilegiaba al  narrador omnisciente. Para Rosa Rossi (1993), es importante la sexuación del  hablante. Nuestra protagonista habla de sí misma, se construye a sí misma en una  carta y un diario. La primera está dirigida hacia su mejor amiga; el segundo es  para sí misma. La imagen que compone está construida por fragmentos, como cuando  intenta ver por pedazos su rostro en un espejo de mano. Esta fragmentación nos  remite a sus contradicciones: se sabe bella pero se finge modesta; quiere la  libertad que da el dinero, pero la busca en la protección masculina; tiene la  pulsión de saber, de la que habla Mabel Burin, la pulsión epistemofílica, pero  la esconde porque se la censuran: cambia la lectura por el bordado y busca  convencerse a sí misma de que eso la hace mejor mujer.</p>     <p align="justify">En síntesis, <i>Ifigenia</i> juega con la escritura a dos  niveles. Por una parte, la pasión novelesca gana a nuestra protagonista, le  propone formas de sentir y de expresar lo femenino, le impone experiencias  vicarias que no la sacan del encierro doméstico, pero la hacen inauténtica.  Participa así del bovarismo del que hablaba Teresa de la Parra. Por otro, su  propia escritura, la escritura íntima en la que se construye como sujeto, devela  sus contradicciones y desengaños, la muestra en su tragedia cotidiana, se burla  de su entorno, subvierte el poder que la oprime, pero no la salva del destino  que la sociedad patriarcal le impone.</p>     <p align="justify">Por otra parte tenemos una tradición de la memoria inaugurada  en 1929 con <i>Memorias de Mamá Blanca</i>, novela de infancia de Teresa de la  Parra. De esta novela se ha dicho que es una novela nostálgica del orden  colonial. La historia de las siete hermanitas en la Hacienda de Piedra Azul que  luce como un lugar ahistórico, casi mítico, con la armonía de un paraíso  terrenal, es más bien una alegoría de la inocencia original de la infancia. Sin  embargo, en la <i>Advertencia inicial</i>, encontramos a Mamá Blanca anciana,  quien narrará la historia en primera persona. Sus papeles, tamizados por la  mirada de la joven dedicada a las letras que los hereda, con quien hizo amistad  cuando ésta era apenas una niña, van mostrando las fisuras de ese paraíso: la  separación de la sociedad en castas, la incomprensión entre éstas, las  revoluciones que pasaban de lado, los reveses económicos. De nuevo, el discurso  en primera persona establece una subjetividad que evalúa los hechos desde un  tiempo lejano, el de la vejez, donde es posible el guiño irónico.</p>     <p align="justify">Así, hay una condescendencia frente a la madre que ponía  nombres a sus niñas parecidos a los que el ordeñador ponía a las vacas;  igualmente, sonríe al recordar a su madre frente a la inútil tarea de celebrar  matrimonios entre los campesinos que vivían en concubinato en la hacienda. La  madre de Blanca Nieves, como María Eugenia, era una voraz lectora de historias  románticas y les contaba éstas a la niña embelesada mientras le hacía moñitos.  De ahí, los nombres inadecuados. La fascinación de Blanca Nieves por aquellos  cuentos le quita el respeto de sus hermanas, en especial de la aguerrida  Violeta, que se burla de su boca abierta y sus moñitos. Así ironiza Mamá Blanca  el mundo femenino en la sociedad patriarcal, en particular, el de las lectoras  de novelas románticas. En ese supuesto paraíso, el primer pecado que cometían  las niñas, dice, era nacer con su sexo. L<i>as memorias de Mamá Blanca </i>es un  compendio de diferentes modelos de lo femenino: la suavísima Blanca Nieves que  tiene nombre de princesa de cuento de hadas, pero una apariencia física que  desdice de su nombre y de lo que él evoca, una niña trigueña de cabellos lacios;  la brusca Violeta, que nada tiene en su personalidad para evocar esa humilde  flor y, sin embargo, ostenta los ricitos tan ansiados por Blanca Nieves; la  etérea Mamá, de habla florida y ademanes cursis y la recia Evelyn, con su  lenguaje económico sin artículos, mujer de acción y de poder.</p>     <p align="justify">Para Teresa de la Parra, según lo explica en su primera  conferencia dictada en Bogotá, el feminismo no era una revolución sino una  evolución que debía rastrearse en las mujeres antecesoras. Aclara que aunque  siente fascinación por la Colonia, está muy contenta de vivir su propio tiempo.  Esta visión de cómo se relaciona el pasado con el presente de las mujeres es  visible en la novela: Mamá Blanca, anciana escribe, escribe sobre su vida para  las generaciones siguientes y le pasa el testigo a una joven moderna, de quien  apenas sabemos que ejerce «la profesión de las letras» y de cuya comprensión  está segura: Ya sabes, esto es para ti. Dedicado a mis hijos y nietos, presiento  que de heredarlo sonreirían con ternura diciendo:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">«¡Cosas de Mamá Blanca!» y ni siquiera lo hojearían.  	Escrito, pues, para ellos, te lo legaré a ti. Léelo si quieres, pero no se  	lo enseñes a nadie. Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir  	conmigo que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí. Este es el retrato de  	mi memoria. Lo dejo entre tus manos. Guárdalo con mi recuerdo algunos años  	más (p. 321).</p> </blockquote>     <p align="justify">De esta manera, Teresa de la Parra invoca la tradición como  fuente de saberes, anclajes para la mujer moderna. En esta novela, el vehículo  es la escritura. Se trata de una escritura íntima, de una autobiografía  ficcional escrita con la distancia evaluadora de la vejez. Aquí no encontramos  una subjetividad construyéndose fragmentariamente, sino una subjetividad madura,  menos grandilocuente que la de <i>Ifigenia</i>, con la sencillez de quien está  de vuelta, con la libertad de quien no tiene deudas o reclamos para la sociedad.  Mamá Blanca es un ser marginal, pero libre. No está atada a las convenciones de  sus nueras y de sus hijos, de cuya tutela se escapa. Sus transgresiones no son  peligrosas. La vejez la protege dándole la licencia de la excentricidad. <i>Las  memorias de Mamá Blanca</i> no se comprende sin la Advertencia inicial, que da  cuenta de esa escritura y de la reunión de lo ancestral con lo nuevo, del pasado  con el presente en la metáfora de la amistad de dos mujeres que se origina en  los extremos de la vida: niñez y ancianidad, extremos que las alejan de las  exigencias sociales y los atavismos patriarcales. El rescate de la memoria en  esta novela va más allá del rescate de lo femenino ancestral. Busca rescatar la  historia excluída, la historia cotidiana, las costumbres de otras épocas, la  historia de los excluídos como las mujeres y los subalternos, como Vicente  Cochocho, el lenguaje oral de otro tiempo con sabor castizo, el pasado que  explica el presente, con sus desaciertos y con sus bondades.</p>     <p align="justify">En sus dos novelas, Teresa de la Parra marca pautas que  serían recogidas y recreadas por diferentes narradoras posteriores. De una u  otra manera, la escritura de la primera Ana Teresa estableció para las  generaciones siguientes la construcción de la subjetividad femenina, la  escritura femenina que reflexiona sobre sí misma y sobre los diferentes  lenguajes, el examen de las formas diferentes de ser mujer y el rescate de la  memoria de las mujeres.</p>     <p align="justify">Este personaje verosímil, que es María Eugenia, atrapada  entre su necesidad de libertad y el deseo de complacer a quienes le rodean,  tendrá ecos en Aurora, la protagonista de <i>Tierra talada</i>, novela publicada  por primera vez en 1937 (reeditada en 1997), de Ada Pérez Guevara. Aurora, en  claro homenaje de la autora a Teresa de la Parra, es una joven del llano, que  lee <i>Ifigenia</i>. A través de esta lectura, se produce una identificación  como puede verse en este diálogo, en que la metaficción teoriza sobre la  escritura femenina:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">«-Me sucede una cosa muy divertida. La María Eugenia ésa  	del libro tiene algunas cosas exactas a mí, como si yo fuera ella. Y creo  	que, como es un libro de mujer, la mujer del libro es una mujer de verdad, y  	se parece un poco a todas las mujeres.</p> 	    <p align="justify">-Bueno, ¿y usted, es mujer de verdad?</p> 	    <p align="justify">- (…) Mire, lo que quiero decir, Mauricio, es que yo  	encuentro en algunas novelas escritas por hombres que las mujeres de estas  	novelas no son reales, son mujeres raras, casi fantásticas. Puede ser que  	las haya así. Pero yo no las he visto; y pienso que como ellos son hombres  	por más inteligentes y grandes escritores que sean, no pueden saber cómo  	somos las mujeres por dentro. Casi siempre somos dos. Una por dentro y otra  	por fuera. Por más que no querramos; no es culpa de nosotras. ¡Y ustedes ven  	la de afuera» (pp. 96-97).</p> </blockquote>     <p align="justify">Aunque Aurora, a diferencia de María Eugenia, se plantea  trabajar; sin embargo, también era lectora y soñadora. También se prenda de un  cuento de hadas sobre una joven que tenía un espejo mágico que le daría el  rostro de su futuro esposo: «Ahora el cuento que lee, la absorbe toda, hasta  hacer de ella protagonista fiel» (114). Pese a los deseos de autodeterminación,  pese a que en cierto momento de la novela Aurora tendrá un empleo, ciertamente  el matrimonio es también su destino y su sueño. El empleo, como cajera de una  joyería, le muestra la otra cara de la discriminación femenina: la mitad del  salario de un hombre y la explotación laboral. Como María Eugenia, es un  personaje dual, que contiene dentro de sí a una mujer transgresora y a una mujer  ancestral<sup>1</sup>:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Y sueña Aurora, en estos días, encontrarse con un hombre  	«íntegro» como lo anhelaba tía Rosario, para quererlo, para tener una  	casita, un nido, y allí toda la dicha del mundo, escondida. Sueño, color de  	veinte años, de muchacha de provincia, que a pesar de su mucho leer y  	cavilar, ve un solo camino dichoso en el mundo, un solo camino claro: el  	matrimonio (p.114).</p> </blockquote>     <p align="justify">Tres años más tarde, en 1940, Irma de Sola Ricardo publicaría <i>Síntesis</i>, un libro de cuentos en el que se incluye el relato «Leticia».  Los eufemismos asociados con la naturaleza para referir una experiencia erótica  femenina en oposición a la mayor vigilancia de la conducta en la ciudad  recuerdan en buena medida los paseos campestres de María Eugenia Alonso en <i> Ifigenia</i>, que le permitían sentirse más libre con respecto a su propio  cuerpo. Sin embargo, el erotismo es mucho menos tímido:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">Caminaba distraída con el foete en una mano cuando la  	detuvo idéntica impresión a la del día anterior al ver al hombre tras la  	reja del jardín. Y ahora era en el corral, la embargó la misma sensación que  	entonces y con chispeantes ojos contempló cómo el gallo y las gallinas  	escarbaban el suelo y se estrujaban con verdadera lujuria contra la tierra  	húmeda del jardín. Los vió y se sonrió. Ella también tenía el instinto, como  	aquellas aves, de revolcarse contra las hierbecillas frescas del campo. Le  	encantaba ese frescor de la verdura donde ella podía acostarse y sentir  	sobre su carne tropical el calor y el vaho de la fecunda tierra. A veces  	pasaba horas así. Con los cabellos en desorden, los brazos abiertos, la  	nariz dilatada; como en comunión con la savia que rodaba bajo su pujante  	cuerpo, creía ser otro árbol de tantos que reciben su ración de alimento de  	los senos robustos de la madre tierra (p. 55).</p> </blockquote>     <p align="justify">En la herencia de Teresa de la Parra, seguiría <i>Ana Isabel</i>,  una niña decente (1949), de Antonia Palacios, memoria de una infancia citadina,  encerrada en los prejuicios de una sociedad aún pueblerina, donde las mujeres  sólo tenían algún espacio de libertad en la plaza durante la infancia y quedaban  enclautradas en el espacio doméstico al despuntar la adolescencia. En la  rebeldía de Ana Isabel reencontramos de alguna forma a la valiente Violeta de <i> Memorias de Mamá Blanca</i>. Curiosamente, en esta novela se invierten los roles  sexuales: Ana Isabel tiene comportamientos que Mamá Blanca llamaría varoniles:  juega en la plaza con toda clase de niños, es capaz de defenderse con golpes,  alza la voz, es inquieta. Por el contrario, su hermano es pacífico y obediente.  En la casa de Ana Isabel, es la madre el eje que sostiene, moral y  económicamente, el hogar. El padre, enfermo, sólo está para recordar la alcurnia  familiar como consuelo de la pobreza.</p>     <p align="justify">Múltiples cuentos de Laura Antillano, en especial los de <i> La bella época</i> (1969), «La luna no es de pan-de-horno» (1977 y 1988) y la  novela <i>Perfume de gardenia</i> (1982) reivindican los mundos de la infancia y  la conexión de las mujeres feministas y modernas con las mujeres precedentes,  madres y abuelas, que han dejado legados. Las sagas femeninas, el encuentro y la  sucesión de los roles de abuela, madre e hija son temas reiterados en buena  parte de la narrativa de Laura Antillano. Esto queda particularmente plasmado en  el cuento mencionado, en el que la hija que escribe una larga carta a su madre  muerta, encuentra en ella misma los rasgos y los gestos de aquélla. También los  recuerdos de la infancia son vías de acceso al mundo de la madre.</p>     <p align="justify">De otra manera, Altina, joven madre profesional, rastrea sus  orígenes y los de su familia en Haití, en <i>Amargo y dulzón</i> (2002), de  Michaelle Ascencio, intentando explicarse la historia familiar por vía de las  mujeres, de las tías y abuelas precedentes, de un hilo de la memoria que reúne a  unas mujeres con otras, hasta que ella se hace de una memoria propia que legará  a su hija Coralia. En esta historia interesa la explicación de la identidad.  Está presente el sentimiento de desarraigo de quien ha debido dejar su país en  la infancia y la necesidad de encontrar las propias raíces. Probablemente, un  desarraigo parecido podría haber sentido la autora de <i>Las memorias de Mamá  Blanca</i>, sabiéndose ya al final de sus días y queriendo rescatar tanto su  infancia como la memoria de su propia tierra, experimentando con el habla  popular y con la descripción de una cotidianidad muy venezolana.</p>     <p align="justify">La pulsión de saber, de explicarse su origen, comienza en la  infancia. Ya en las primeras páginas aparece el recuerdo infantil de Altina, de  verse frente al lecho de muerte de su abuelo en un hospital en Cibao, el Haití  de la ficción. Para la niña, el abuelo desconocido como desconocida es la  historia familiar. Este será un recuerdo reiterado a lo largo de su vida. No hay  aquí exactamente una historia de infancia, sino la necesidad de recuperar el  pasado por vía femenina. Se formula el deseo como la necesidad de discursos,  requeridos a la madre, como Blanca Nieves le pedía cuentos a la suya. Altina  «quería una historia larga, de muchos sucesos y bastantes capítulos» (p.14- 15).  La madre aparece, entonces, como el eslabón más cierto con el pasado, a través  de su capacidad fabuladora.</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">Mucho después comprendería Altina, convertida ya en  	mujer, que fue ese, en realidad, el mejor legado de su madre, cuando en las  	tardes, sentada en su mecedora, trazaba la historia ante su hija, con la  	misma firmeza y seguridad con que su lápiz, siempre demasiado corto y con la  	punta roma, marcaba la tela para cortar el vestido imaginándoselo  	perfectamente terminado sobre el cuerpo de la cliente (pp. 11-12).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La visión de esa madre en la mecedora se prolonga hasta la  ancianidad de la narradora de historias, quien a los ochenta y cuatro años  continuaba contando sentada de la misma manera. En su viaje de regreso a Cibao,  Altina encontrará a otras madres en la fiel servidora de la casa, Finelia,  sabedora de todos los secretos, sacerdotisa del culto vudú, y en las muchas y  diversas tías que se irían remontando hasta los tiempos de la plantación  colonial. Cabe destacar que Finelia es una vieja sabia, como la Gregoria de <i> Ifigenia</i> y la Fabiana de <i>En cristales de cuerdas de arena</i> (2000), de  Carmen Vincenti. Estas tres viejas criadas se caracterizan por ser depositarias  de la memoria familiar, conocedoras de la intimidad de sus amas y guías en  asuntos femeninos y certeras en el arte de la subversión mediante estrategias  del débil.</p>     <p align="justify">La historia rescatada es la historia excluída también, la  intrahistoria de los débiles, y en especial, de las mujeres, contada en voz  baja, en diálogos al amparo doméstico, informales y orales. También en esta  novela se reúnen las mujeres ancestrales con la mujer moderna. Al final de la  novela, encontraremos a Altina como guía de su hija Coralia, contándole las  mismas historias escuchadas, que ésta repetirá desde su infancia.</p>     <p align="justify">Por otra parte, <i>Ifigenia</i> deja su huella en la obra de  Laura Antillano. María Eugenia tiene muchos aspectos en común con Leonora  Armundeloy, protagonista de <i>Solitaria solidaria</i> (1990), la cual escribe  en su adolescencia un diario también y sueña con el amor de su primo Sergio  Gentile, quien adquiere rasgos de príncipe literario en las primeras páginas de  la novela. Las primeras páginas del diario de Leonora rememoran la retórica  romántica de María Eugenia. Sin embargo, el lenguaje irá cambiando. La escritura  será liberadora para este personaje, pues dura el tiempo suficiente como para  que Leonora madure como mujer y como ser humano con deseos y metas propios.  También en esta novela, el verbo oral resulta confiscado por el poder. En muchas  ocasiones Leonora debe callar, como María Eugenia.</p>     <p align="justify">Como homenaje a Teresa de la Parra, aparece <i>En cristales  de cuerdas de arena</i> (2000), de Carmen Vincenti. Desde los múltiples  epígrafes tomados de los más románticos discursos de María Eugenia Alonso, hasta  la construcción de la anécdota, Teresa de la Parra se actualiza en esta novela.  La protagonista es Isabel, joven del siglo XIX, una protagonista díscola como  María Eugenia, quien en la intimidad de su habitación se escapa a otros mundos y  a otras épocas a través de los sueños, vertidos en narraciones, que le cuenta a  su fiel nana, Fabiana, la cual aparece, como hemos dicho, como arquetipo de la  sabiduría popular. En los sueños de Isabel, ésta se reúne con las mujeres de lo  que sería el futuro siglo XX. Ahora bien, el personaje de Isabel encarna a una  Madame Bovary criolla, pero con más recursos que la de Flaubert. La novela nos  la muestra al principio en su adolescencia, próxima a casarse con Esteban, un  médico joven y prometedor, de temperamento suave y costumbres monótonas, que nos  recuerda al pacífico marido de la célebre Emma Bovary. Isabel, de espíritu  fogoso y con una libido exigente, vivirá una historia de amor tormentosa con  Santiago, su tío político, lo cual no obsta para que se realice el matrimonio  con Esteban. Isabel sabe muy bien la incompatibilidad de su pasión con la vida  rutinaria del matrimonio, como sin saber de sus aventuras se lo dirá la voz de  la abuela:</p>     <blockquote> 	    <p align="justify">No, mijita, para ser una inteligente, buena y digna  	esposa, y entender las inmensas responsabilidades del matrimonio, la mujer  	tiene que ser abnegada y discreta, tiene que poder sobrellevar bien las  	calamidades, que son muchas, saber dirigir a los criados, estar encima de  	todo. Porque lo contrario es el desorden y la ruina, yo que se los digo.</p> 	    <p align="justify">(…) Como si la vida de casada fuera uno de esos  	folletines que andan por ahí –continuó la anciana imperturbable –, llenos de  	heroísmos y romanticismos. Como decía el padre el otro Domingo, esas  	tonterías no hacen sino envenenar el alma y el corazón y poner en peligro el  	candor que debe conservar toda mujer para ser madre. (p.199).</p> </blockquote>     <p align="justify">En efecto, como sucedía con María Eugenia, la educación  familiar para el matrimonio coexistía con la lectura de esas novelas  «perniciosas». Sin embargo, en esta novela el bovarismo criollo adopta una nueva  modalidad. Isabel logra mantener ambas relaciones sin morir en el intento, sin  suicidios ni sacrificios, apenas con los sobresaltos esperables de un amor  clandestino, para descubrir que poco a poco Santiago se irá haciendo casi un  marido posesivo que la cansa con sus reclamos. Sin embargo, ella tiene hijos de  ambos hombres, se acostumbra a los dos y, finalmente… se queda con los dos,  rompiendo irónicamente el esquema romántico de la entrega a un solo amor.  Destacan en la novela las escenas amorosas en escondites rurales, donde de nuevo  se asocia la naturaleza con la expansión amorosa. En su madurez, simplemente se  busca a sí misma más allá de los hombres, en su taller de alfarería. La clave de  esa madurez está en los sueños con las mujeres del futuro, es decir, las que  tendrán más recursos, las del siglo XX. Esta solución del final del siglo XX, en  una novela donde las grandes obras de literatura se encuentran intertextual y  metaficcionalmente (nótese que el título de la novela es una frase clave del  cuento «Las ruinas circulares» de Jorge Luis Borges), parece ser la respuesta de  una atenta lectora que se hace novelista. Carmen Vincenti parece haberle tomado  la palabra a Teresa de la Parra, sobre el bovarismo criollo y le permitió a su  propio personaje, lo que no podía permitirle la primera Ana Teresa: vivir la  aventura de Madame Bovary pero cambiar su final trágico.</p>     <p align="justify">Algo parecido hace la protagonista de <i>El exilio del tiempo</i>  (1990), de la segunda Ana Teresa, es decir, Ana Teresa Torres. En esta novela  hay subjetividades femeninas que se cuentan a sí mismas, personajes rebeldes  como María Eugenia y sumisos como Tía Clara, dentro de una misma familia, que se  suceden generación tras generación, quienes en sus discursos escondidos en la  intimidad confesional, subvierten la palabra patriarcal. El hilo de estas  confesiones lo lleva la más joven, una adolescente sin nombre, que escucha todas  las historias y hace ella misma la historia de la familia, con los recuerdos de  las mujeres, que se permitirá entregar al Señor del Tiempo. Esta narradora  indaga en la memoria de las mujeres precedentes para descubrir en ellas, muchas  veces con humor, la historia excluída y recuerda, además, su propia infancia,  aspectos ya visualizados en <i>Las memorias de Mamá Blanca.</i> Ahora bien, esta  narradora, hija de su época, se permite reinventar alguna historia, en  particular la de la romántica tía Malena del siglo XIX, quien se había echado a  morir por amor, acostándose por años en un diván. La narradora, como lo hace la  novela de Carmen Vincenti, despoja la historia de su sino trágico a través de la  imaginación y de nuevos imaginarios, posteriores a los del romanticismo, como el  que rodea a las vampiresas del cine:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A mí me gustaba imaginarme que así no habían sido las  	cosas y que cuando a Malena le contradijeron sus amores hizo lo mismo que  	nuestra prima María Josefina: se fue a París y se soltó el moño y fue la  	amante de artistas muy célebres y de un conde ruso y tenía fama de ser una  	de las mujeres más bellas, tanto como la Marie Duplesis y eso que era París  	(…)</p> 	    <p align="justify">Junto con Graciela montó un apartamento a todo lujo para  	recibir a los caballeros de cinco a siete. Les servían el té y unas pastas  	finísimas y una champaña de la mejor y era como un salón de los que tenían  	las marquesas y condesas para recibir a intelectuales, poetas y músicos y  	hablar de cultura y cosas así. Todo sale como en las películas, llega el  	general alemán al hotel, un soldado le abre la puerta, choca los talones y  	enseguida entra el general con el pelo muy planchado, su aspecto rudo y  	cruel contrasta con la suavidad y delicadeza del salón donde ella lo recibe,  	decorado con sofás tapizados en seda de colores tenues y cortinas vaporosas,  	y entonces él también se dulcifica en el abrazo de la heroína y le rodea la  	cintura, mientras ella se deja caer lentamente recostándose en él y se  	sirven una champaña antes de hacer el amor. Creo que se lo vi a Marlene  	Dietrich. (p. 40).</p> </blockquote>     <p align="justify">Este proyecto de deconstrucción del romanticismo es llevado  más lejos por la segunda Ana Teresa en su <i>Malena de cinco mundos</i> (1995 y  2002). Entre los diversos personajes cuyas vidas se constituyen en las  reencarnaciones anteriores de la protagonista, también llamada Malena,  encontramos a esta tía de <i>El exilio del tiempo</i>, reinventada: pasará del  diván de la casa solariega de Caracas, al diván del mismísimo Sigmund Freud,  enferma de amor, elaborando un alambicado discurso romántico, mostrando una  histeria criolla, producto de las múltiples lecturas románticas, como las que  causaron en la joven María Eugenia Alonso el bovarismo criollo.</p>     <p align="justify">Como puede verse en este breve panorama, que incluye a Ada  Pérez Guevara, Irma De Sola, Antonia Palacios, Laura Antillano, Michaelle  Ascencio, Carmen Vincenti y Ana Teresa Torres, un notable número de las  narradoras del siglo XX han encontrado en Ana Teresa Parra Sanojo o Teresa de la  Parra, un paradigma. No son las únicas. Hemos debido hacer una selección de las  más evidentes. Todas ellas han deconstruido las imágenes patriarcales de la  mujer en la literatura romántica, entronizada en tradiciones anteriores, a  través de la condescendencia, la burla, la ironía, la puesta en escena de las  contradicciones, la desmitificación, sin dejar de lado el reconocimiento a un  aprendizaje de las generaciones precedentes. En sus ficciones, han indagado en  los temas de la memoria de la infancia o de la memoria familiar para encontrar  otras formas de asumir la feminidad y han mostrado un hilo conductor que  establece una tradición –entre otras– en la narrativa femenina en Venezuela: de  Ana Teresa Parra Sanojo a Ana Teresa Torres, es decir, de Ana Teresa a Ana  Teresa.</p>     <p align="justify"><b>Nota</b></p>     <p align="justify">1 Los conceptos de «mujer transgresora» y «mujer ancestral»  son trabajados por Liliana Mizrahi (1987). Muestra el conflicto de las mujeres  que han heredado una cultura patriarcal y reaccionan contra ella sin haberse  desprendido del todo de patrones que tienen componentes conscientes e  inconscientes.</p>     <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS</b></p>     <!-- ref --><p align="justify">1. Antillano, L. (1969). La bella época. Caracas, Monte  Ávila.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816107&pid=S1316-3701201000010001100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2. Antillano, L. (1982). Perfume de gardenia. Caracas,  Seleven.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816108&pid=S1316-3701201000010001100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3. Antillano, L. (1988). La luna no es de pan-de-horno.  Caracas, Monte Ávila.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816109&pid=S1316-3701201000010001100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4. Antillano, L. (1990). Solitaria, solidaria. Caracas,  Planeta.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816110&pid=S1316-3701201000010001100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5. Ascencio, M. (2002). Amargo y dulzón. Caracas, Casa de las  Letras.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816111&pid=S1316-3701201000010001100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6. Burin, M. (1987). Estudios sobre la subjetividad femenia.  Mujeres y salud mental. Buenos Aires, Librería de mujeres.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816112&pid=S1316-3701201000010001100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. De Sola, I (1940). Síntesis. Caracas, Asociación Cultural  Interamericana. Biblioteca femenina venezolana.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816113&pid=S1316-3701201000010001100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">8. Fombona, J. (1982). Teresa de la Parra. Las voces de la  palabra. Estudio introductorio de Teresa de la Parra: Obra (narrativa, ensayos,  cartas). Caracas, Biblioteca Ayacucho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816114&pid=S1316-3701201000010001100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">9. Mizrahi, L. (1987). La mujer transgresora. Acerca del  cambio y la ambivalencia. Buenos Aires, Grupo Editor latinoamericano.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816115&pid=S1316-3701201000010001100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10. Palacios, A. (1989). Ana Isabel, una niña decente.  Ficciones y aflicciones. Caracas, Biblioteca Ayacucho. No. 146.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816116&pid=S1316-3701201000010001100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11. Palacios, M.F. (2001). Ifigenia. Mitología de la doncella  criolla. Caracas, Ediciones Angria. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816117&pid=S1316-3701201000010001100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12. Parra, T.de la. (1982). Obra (Narrativa, ensayos,  cartas). Caracas, Biblioteca Ayacucho. No. 95.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816118&pid=S1316-3701201000010001100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">13. Pérez Guevara, A. (1997). Tierra talada. Caracas, Monte  Ávila. Primera edición: 1937 por Tipografía La Nación.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816119&pid=S1316-3701201000010001100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">14. Rossi, R. (1993). Introducción, instrumentos y códigos.  La «mujer» y la «diferencia sexual». Breve historia feminista de la literatura  española (en lengua castellana). Tomo I de Teoría feminista. Discursos y  diferencia. Coordinado por Myriam Díaz Diocaretz e Iris Zavala. Barcelona,  Anthropos y Comunidad de Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816120&pid=S1316-3701201000010001100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15. Torres, A.T. (1990). El exilio del tiempo. Caracas, Monte  Ávila.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816121&pid=S1316-3701201000010001100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16. Torres, A.T. (1995). Malena de cinco mundos. Washington,  Literal Books.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816122&pid=S1316-3701201000010001100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Vincenti, C. (2000). En cristales de cuerdas de arena.  Caracas, Memorias de Altagracia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2816123&pid=S1316-3701201000010001100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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