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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El sentido histórico del proyecto educativo de Lutero (I)]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This is the first of two papers devoted to the historical comprehension of educational reform promoted by Martin Luther in early 16th century Germany. After showing some preliminary connections between Luther’s thoughts and the crisis of the medieval order, Luther’s educational ideas are treated in detail. First, the nature of the educational issue as seen by Luther is explained, and why it seemed to demand closer attention. Secondly, Luther’s proposals for educational reform are presented as a response to the wider problems confronted by him at that time.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <BASEFONT SIZE="3">     <P ALIGN="CENTER"> <B><font color="000000" face="Times New Roman" size="4">El sentido histórico del proyecto educativo de Lutero (I)</font></B></P>  <A NAME="_VPID_2"></A>     <P ALIGN="CENTER"><font size="3"><I><B><FONT COLOR="000000" face="Times New Roman"> Roldan Tomasz Suárez Litvin </FONT></B></I><FONT COLOR="000000" face="Times New Roman"> <I>    <BR> </I>Centro de Investigaciones en Sistemología Interpretativa    <BR> Facultad  de Ingeniería    <BR> Universidad de Los Andes    <BR> Mérida, Venezuela    <BR> roldansu@ula.ve </FONT></font></P>      <P ALIGN="CENTER"> <B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Resumen </FONT></B> </P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El presente es el primero de un conjunto de artículos dedicados a la comprensión  histórica de la reforma educativa que Martín Lutero impulsó en Alemania  a principios del siglo XVI. Luego de ofrecer algunos indicios preliminares  acerca de la vinculación entre el pensamiento de Lutero y la crisis del  orden de sentido medieval, se procede a tratar en detalle las ideas educativas  de este pensador. Se muestra, en primer lugar, de qué modo el tema educativo  se le presenta a Lutero como problemático y digno de atención. En segundo  lugar se despliega la propuesta educativa que Lutero formula en vista de  la problemática que tiene entre manos. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="LEFT"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> <B>Palabras clave:</B></FONT> <FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman">Reforma educativa, lutero, orden medieval, comprensión histórica. </FONT></P>      <P ALIGN="CENTER"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> The Historical Sense of Luther´s Educational Project </FONT></B> </P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> This is the first of two papers devoted to the historical comprehension  of educational reform promoted by Martin Luther in early 16<SUP>th</SUP> century Germany.  After showing some preliminary connections between Luther’s thoughts and  the crisis of the medieval order, Luther’s educational ideas are treated  in detail. First, the nature of the educational issue as seen by Luther  is explained, and why it seemed to demand closer attention. Secondly, Luther’s  proposals for educational reform are presented as a response to the wider  problems confronted by him at that time. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> <B>Key words:</B></FONT> <FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman">Educational reform, Luther, medieval order, historical comprehension. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><font color="#000000" size="3" face="Times New Roman">Recibido: 04-11-2002 · Aceptado: 20-10-2003</font></P>      <P ALIGN="LEFT"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 1. Introducción </FONT></B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El presente trabajo despliega un camino inquisitivo que busca comprender  a fondo el pensamiento de Martín Lutero en el campo de la educación. La  expresión “comprender a fondo” debe ser entendida, aquí, en un doble sentido.  En primer lugar, se trata de superar (ir más allá de) el enfoque usualmente  adoptado en esta clase de trabajos. Podríamos caracterizar tal enfoque  diciendo que éste supone dogmáticamente que las ideas educativas de un  pensador del pasado forman parte de un proceso histórico de continuo progreso  del saber humano en esa materia; progreso que culmina –al menos por ahora–  en nuestras presentes convicciones acerca de cómo y por qué debe educarse  a los jóvenes de una cierta manera. Desde esta perspectiva, lo que interesa  del pensamiento educativo de otras épocas es en qué medida y de qué forma  éste hizo “avanzar” esa “área” particular del saber –de la cual se presume  que está, y siempre ha estado, en continuo perfeccionamiento. Por eso esta  clase de investigación busca detectar aquellas ideas del pensador que resultan  novedosas para su época, y que parecen ser precursoras de las nuestras  actuales, y distinguirlas de aquellas otras que lucen como conservadoras  o retrógradas. Nótese que esto implica ver la obra del pensador como una  especie de colección de ideas independientes entre sí, donde cada una de  ellas puede perfectamente sostenerse por sí sola, sin necesidad de acudir  a las demás. Más aún, de acuerdo con esa misma lógica, el conjunto de ideas  educativas de un pensador forma un “área” de conocimiento auto-subsistente,  es decir, fundamentalmente independiente de cualquier otra área en la cual  haya podido trabajar ese pensador. Es por ello que las investigaciones  realizadas bajo ese enfoque pocas veces necesitan recurrir a temas ajenos  al estrictamente educativo para construir sus explicaciones. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Lo que el presente trabajo pretende “superar” con respecto a ese enfoque  dominante es, en pocas palabras, la ingenuidad histórica en la que éste  incurre. Por “ingenuidad histórica” entiendo la falta de conciencia crítica  acerca del carácter históricamente contingente de los presupuestos sobre  los cuales se basa ese (o cualquier otro) enfoque. Tal ingenuidad permite  suponer que la problemática educativa de nuestra época particular fue el  tema de fondo al que trató de dar respuesta el pensamiento educativo desde  sus mismos inicios, y que nuestras convicciones actuales en ese campo fueron,  desde siempre, el gran objetivo que ese pensamiento se propuso alcanzar  –aunque ciertamente de manera defectuosa y balbuceante. Esta posición parece  olvidarse de una de las mayores ganancias que, en términos de conocimiento  crítico, nos ofrecieron la antropología y la filosofía del siglo XX: la  noción de “relativismo cultural”, es decir, la idea de que toda realidad  percibida y/o comprendida depende (y se da sobre la base) del sustrato  cultural en el que ella aparece y del cual forma parte. Bien conocidos  son, en ese campo, los trabajos filosóficos de pensadores de la talla de  Heidegger, Foucault, Lyotard, MacIntyre y otros similares. De ellos se  deduce, claramente, que el tratamiento que una cierta época da a una determinada  temática sólo puede ser comprendido adecuadamente –es decir, “a fondo”–  si logra comprenderse el sentido que dicha temática tenía en su contexto  original. El despliegue de ese contexto de sentido epocal torna a ser,  entonces, una tarea de vital importancia para el investigador (Fuenmayor,  1991). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Así arribamos al segundo significado de nuestro afán por “comprender a  fondo” el pensamiento educativo de Lutero. Se trata de un tipo de comprensión  que busca destapar el “fondo” de ese pensamiento –o, mejor dicho, su “tras-fondo”.  Ese trasfondo no es otro que la época particular en la que Lutero vive,  y que constituye el contexto fundamental e inseparable de su trabajo. La  inseparabilidad de ambos puede ser pensada en términos de la relación figura-fondo  de la Gestalt: cada uno de los lados de dicha relación implica al otro,  al punto que intentar prescindir de uno de ellos es destruir al otro. De  hecho, el procedimiento utilizado por el enfoque dominante que antes describimos  no hace más que tratar de separar la “figura” de su “trasfondo”, obteniendo  como resultado un conjunto inconexo de elementos –en este caso: ideas educativas  o “áreas” independientes entre sí– carentes de un sentido unitario que  los englobe a todos. Como veremos más adelante, lo particular del pensamiento  educativo de Lutero es que éste parece <I>responder a un cambio de fondo</I> en  la cultura occidental. En efecto, a lo largo de nuestro camino inquisitivo  iremos mostrando cómo este pensamiento nace de la necesidad histórica de  develar un nuevo orden de sentido para Occidente, capaz de sustituir al  declinante orden de sentido medieval. Veremos, también, que ese momento  histórico particular parece constituir el umbral de la Modernidad, es decir,  prefigura el orden de sentido al que aún hoy nos hallamos sometidos, al  menos parcialmente. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 2. El rechazo del orden medieval </FONT></B></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Cuenta la tradición que el día 31 de Octubre de 1517, Martín Lutero clavó  en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos, en Wittenberg, un escrito  que pasaría a la historia como el punto de ignición de la Reforma Protestante.  En dicho documento –conocido como las “Noventa y Cinco Tesis”– Lutero atacaba  la práctica eclesiástica de la “indulgencia”, un procedimiento mediante  el cual el pecador quedaba eximido de sus pecados a cambio del pago de  una cierta cantidad de dinero a la Iglesia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Aunque la indulgencia había sido practicada por la Iglesia cristiana desde  la temprana Edad Media, en su forma original no era más que la conmutación  de una pequeña parte de la penitencia por la donación de una suma de dinero  para fines religiosos. Tal donación en ningún caso podía ser vista como  mérito suficiente para el perdón de los pecados, pues ello exigía, además  de la penitencia, la confesión ante un sacerdote, el arrepentimiento sincero  y la absolución. A partir del siglo XII, sin embargo, las indulgencias  se transformaron en algo más atractivo para los fieles y más lucrativo  para la Iglesia. En ese su momento de mayor poder y esplendor, la Iglesia  medieval estaba en pleno proceso de expansión, lo que implicaba, entre  otras cosas, tener que multiplicar cargos eclesiásticos, construir todo  tipo de edificaciones (catedrales, iglesias, monasterios, universidades,  hospitales) e involucrarse en expediciones militares (como, por ejemplo,  las Cruzadas). Las indulgencias se transformaron en la principal fuente  de financiamiento de tales actividades y progresivamente empezaron a ser  presentadas como el medio de expiación más seguro y expedito, sustituyendo  incluso el acto de confesión. Con el paso del tiempo, el uso abusivo de  las indulgencias se hizo notorio, y para la época de Lutero adquirió unas  dimensiones francamente escandalosas. Así, por ejemplo, en 1476 el papa  Sixto IV extendió la autoridad de las indulgencias al purgatorio, lo que  significaba que gracias a una donación en efectivo era posible lograr la  liberación inmediata de un alma que permaneciese atrapada en dicho sitio.  Más tarde llegaron a ofrecerse indulgencias válidas para pecados futuros  y otras que abiertamente eximían al pecador de la necesidad de arrepentirse  por sus pecados. El tráfico de indulgencias llegó a convertirse en un negocio  tan extenso y lucrativo que los banqueros más poderosos en la Europa de  aquel entonces (los Fugger de Augsburgo) terminaron por encargarse de su  manejo. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Las indulgencias fueron, pues, la causa inmediata de la protesta que Lutero  hizo pública en aquellas célebres circunstancias. Al igual que muchos otros  hombres educados de la época, Lutero vio en el tráfico de indulgencias  la manifestación más cruda y descarnada del extremo de degradación al que  había llegado la Iglesia para ese momento. Quizás por ello mismo las “Noventa  y Cinco Tesis”, sin que nadie se lo propusiese intencionalmente, se difundieron  por toda Alemania con inusitada rapidez y pronto levantaron una polémica  que habría de incendiar a Europa entera. Pero las indulgencias no eran,  ni mucho menos, la única situación percibida por Lutero como irregular  dentro de la Iglesia. Tampoco constituían la causa de fondo que impulsaba  el aún incipiente movimiento de Reforma. Muchas otras prácticas de la Iglesia  estaban siendo puestas en tela de juicio: La opulencia y suntuosidad de  la que vivían rodeados los altos jerarcas de la Iglesia (y cuyo punto cúspide  lo representaba la corte del papa en Roma), contrastaban con su pretendido  papel de guías espirituales. La posesión de ejércitos propios por parte  del papa, su continuo involucramiento en diversas guerras, su intromisión  en asuntos de política, el nepotismo patente en los nombramientos eclesiásticos,  todo esto hacía ver al “Vicario de Cristo” como alguien preocupado más  por asuntos mundanos que espirituales. A esto se le sumaba, además, un  sinnúmero de prácticas que, como en el caso de las indulgencias, a todas  luces no buscaban otra cosa que aumentar el drenaje de recursos materiales  hacia la Santa Sede. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Ahora bien; Lutero veía estos males no como un alejamiento accidental y  pasajero de lo que el discurso oficial de la Iglesia planteaba como ideal,  sino como el resultado inevitable de una concepción totalmente errada del  papel que debía jugar la Iglesia en el mundo. Las indulgencias, precisamente  por llevar la depravación eclesiástica hasta su límite, revelaban con claridad  cuál era ese problema de fondo que constituía la raíz de todos los males.  En primer lugar, en la práctica de las indulgencias se hallaba implícita  la suposición de que la Iglesia tenía el poder de influir en los juicios  y en las decisiones divinas –si es que no gozaba de control completo sobre  ellos. Sólo así podía explicarse que el perdón de los pecados (en principio,  un acto libre de Dios) pudiese ser garantizado por decisión del papa o  de alguno de sus agentes. Las implicaciones que esto tenía eran sumamente  graves: si estaba en manos de los jerarcas eclesiásticos asegurar el perdón  de los pecados, entonces de ellos dependía también la salvación del alma,  que era el fin último de la vida humana y de la existencia de este mundo.  La Iglesia parecía desplazar a Dios de su sitial de honor y atribuirse  ella misma sus facultades. Por otra parte, la práctica de las indulgencias  suponía y promovía un modo de relacionarse con Dios que se reducía a una  simple negociación comercial. A Dios parecía no importarle otra cosa que  el pago en efectivo que un pecador le pudiese hacer por concepto de los  pecados cometidos. No importaba si el pecador se arrepentía o no de sus  pecados, si estaba genuinamente dispuesto a enmendarse, ni siquiera importaba  si tenía fe o no, lo único que le importaba a Dios, lo único que aseguraba  la salvación, era cuánto dinero podía pagar esa persona. En pocas palabras,  dejaba de tener importancia la disposición interna de cada individuo hacia  Dios, su apertura hacia El, la experiencia personal que se pudiese tener  de su presencia. Claro está, la imagen de Dios como un usurero universal  difícilmente podía servir de inspiración para esta clase de experiencias. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El problema de fondo que las indulgencias ponían al descubierto era, entonces,  el que los jerarcas de la Iglesia se habían elevado por encima de los hombres  comunes para convertirse en una especie de elite de “allegados” a Dios,  un grupo de privilegiados que tenía acceso directo al Creador, que podía  influir en sus decisiones y que se arrogaba el derecho exclusivo de hablar  en su nombre. Esta elevación, a la vez, rebajaba a Dios a la condición  propia de un príncipe terrenal: incapaz de gobernar el mundo sin el apoyo  permanente de sus funcionarios, eternamente rodeado de su séquito de cortesanos  y alejado de las grandes masas, siempre ávido por acumular riquezas materiales  para preservar su gobierno. De este modo entre el hombre común y Dios se  abría un abismo insalvable. El contacto directo entre ambos, sin la intermediación  de la Iglesia, resultaba impensable. Y lo único que los hombres le debían  a Dios era una obediencia incondicional a sus leyes (so pena de tener que  “pagar” las transgresiones en esta u otra vida), sin que importasen en  lo más mínimo los móviles internos de esa obediencia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero, ¿qué había llevado a la Iglesia a elevarse de esa manera por encima  de los demás seres humanos? Para Lutero la causa estaba muy clara: la Iglesia  había caído presa del pecado más abominable de todos: la soberbia. Desde  la época de San Agustín la soberbia era entendida como el vicio fundamental  del cual fluían todos los demás pecados (MacIntyre, 1998, p. 155). Era  lo que hacía que el hombre se olvidara de Dios y concentrara todos sus  deseos en torno a sí mismo, en el engrandecimiento de su propio ego. Por  el contrario, la humildad, entendida como la sumisión y obediencia a Dios,  era considerada como la virtud fundamental del buen cristiano. La soberbia  ya se había hecho presente en los mismos orígenes de la humanidad, cuando  Adán y Eva probaron el fruto del Arbol del Conocimiento movidos por el  deseo de ser iguales a Dios. Ese primer acto de soberbia fue lo que desencadenó  su expulsión del Paraíso y todos los males que sobrevinieron a consecuencia  de eso. Del mismo modo, de acuerdo con Lutero, la soberbia de papa y sus  acólitos parecía haberlos llevado a pensar que eran algo más que simples  seres humanos, que estaban más cerca de Dios que los demás y que las limitaciones  propias de la condición humana (como la imperfección del conocimiento y  la debilidad de carácter) no los afectaban. El lujo, el esplendor mundano,  las ansias de poder y todos las demás abusos en los que había incurrido  la Iglesia de la época no eran para Lutero sino manifestaciones de esa  gran soberbia. Por eso, cuando en 1520 Lutero hace su primer llamado público  a romper definitivamente lazos con Roma, lo que denuncia en primer lugar  es esa soberbia: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Es algo horrible y aterrador el que el líder de la Cristiandad, que se  presume Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro, viva en un esplendor  mundano tan grande que en este aspecto ningún rey ni emperador pueden igualarlo  o, siquiera, acercársele, y que aquel que pretende el título de “más sagrado”  y “más espiritual” sea más mundano que el mundo mismo. Lleva sobre su cabeza  una triple corona, cuando los más grandes reyes usan una sola; si esto  se parece a la pobreza de Cristo y de San Pedro, entonces se trata de un  nuevo tipo de parecido.... Si el papa rezara con lágrimas a Dios, tendría  que dejar de lado esas coronas, pues nuestro Dios no tolera la <I>soberbia</I>;  y su cargo no consiste más que en esto: llorar y rezar a diario por la  Cristiandad, y dar un ejemplo de toda <I>humildad </I>(Lutero, 1520, Abuses to  be discussed in Councils; traducción y énfasis míos). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Más adelante, en el mismo texto, Lutero denuncia prácticas como la de besarle  los pies al papa, cargarlo como un ídolo sobre los hombros, permitirle  recibir la comunión sentado en vez de arrodillado, y otras. Pero su critica  no se limita a estas cuestiones de carácter más superficial, sino que toca  también asuntos de mucha mayor gravedad y trascendencia. Lutero pone en  duda dos pilares fundamentales sobre los que descansaba el poder del papa  en aquella época: su potestad exclusiva para interpretar normativamente  la Biblia y su supremacía política sobre las autoridades temporales. Ambas  pretensiones se basaban en la idea de la superioridad del “estado espiritual”  (al que pertenecía todo el clero) sobre el “estado temporal” (al que pertenecían  todos los laicos). Lutero rechaza categóricamente tal superioridad argumentando  lo siguiente: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Es pura invención que el papa, los obispos, los sacerdotes y los monjes  deban ser llamados “estado espiritual”, mientras que los príncipes, señores,  artesanos y campesinos deban llamarse “estado temporal”. Esto es, en verdad,  una buena pieza de mentira e hipocresía. Pero nadie debería sentirse atemorizado  ante esto, y he aquí la razón: todos los cristianos verdaderamente pertenecen  al “estado espiritual”, y no hay diferencias entre ellos que no sean las  del cargo, como dice Pablo en I Corintios 12:12. Todos somos un cuerpo,  aunque cada miembro tenga su propio trabajo, mediante el cual sirve a todos  los demás, y esto porque tenemos un mismo bautismo, un mismo Evangelio,  una misma fe y todos somos igualmente cristianos; pues el bautismo, el  Evangelio y la fe de por sí nos hacen un pueblo “espiritual” y cristiano  (Lutero, 1520, The Three Walls of the Romanists; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Nótese que Lutero parte aquí de una idea de igualdad fundamental entre  todos los seres humanos (o, al menos, los cristianos) ante los ojos de  Dios. Por ello nadie puede alegar, en virtud del cargo que detenta, que  tiene un acceso privilegiado al Creador, y que esto lo autoriza a gobernar  en la Tierra. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Tan extravagantes, <I>presuntuosas</I> y torcidas obras del papa han sido concebidas  por el demonio, con el fin de que bajo su amparo pueda éste con el tiempo  traer al Anticristo y elevar al papa por encima de Dios, como muchos están  dispuestos a hacerlo y lo han hecho. No es propio de un papa exaltarse  a sí mismo por encima de las autoridades temporales, excepto en labores  espirituales tales como predicar o absolver. En otras cosas él debe ser  súbdito.... Sus nobles están en el deber de impedir y castigar tal tiranía.  El no es Vicario de Cristo en el Cielo, sino de Cristo tal como éste caminó  sobre la Tierra (Lutero, 1520, The Three Walls of the Romanists; traducción  y énfasis míos). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Vemos, entonces, cómo el problema aparentemente simple de las indulgencias  escondía en su seno una problemática de mucho mayor peso. Lo que Lutero  estaba cuestionando era la posición que la Iglesia pretendía ocupar en  el mundo, y por tanto el papel que le correspondía desempeñar ante Dios  y los hombres. Pero no sólo eso. Si examinamos con cuidado las citas anteriores,  notamos que el problema del papel de la Iglesia estaba llevando a Lutero  a plantearse cuestionamientos aún más radicales, tales como: ¿cómo debe  practicarse la virtud cristiana de la humildad? ¿en qué consiste nuestra  condición como cristianos ante los ojos de Dios? ¿cuál es la naturaleza  de una comunidad cristiana? ¿cómo debe ejercerse en ella la autoridad?  Eran preguntas que interrogaban por la condición humana, por el papel que  nos correspondía jugar dentro de la Creación, por el modo como debíamos  conducir nuestras vidas y los bienes que debíamos perseguir. Pero, yendo  aún más a fondo, la protesta de Lutero estaba poniendo sobre la mesa preguntas  estrictamente teológicas, como por ejemplo: ¿Cómo gobierna Dios al mundo  y por qué necesita a un Vicario? ¿En qué consiste la dualidad “espiritual”  vs. “temporal”? ¿Qué es el bautismo? ¿De qué depende el perdón de los pecados  y la salvación del alma? Las respuestas que Lutero estaba empezando a formular  a todas estas preguntas entraban en conflicto con las doctrinas establecidas  por la Iglesia –de hecho, con gran parte del acervo teórico acumulado durante  los últimos siglos. Estas doctrinas dominantes, a los ojos de Lutero, no  eran más que producto de la soberbia que había cegado a la Iglesia y que  le había impedido atender e interpretar con el debido cuidado la palabra  de Dios. La única función de tales doctrinas era justificar, legitimar  y promover esa misma soberbia que las había originado. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> No es de extrañar, entonces, que una de las reformas que Lutero vio como  más urgente fue la de las Universidades. Las Universidades, por la naturaleza  de su actividad, eran el lugar más indicado para llevar a cabo el tipo  de debate que Lutero estaba proponiendo y para comprobar la legitimidad  de sus planteamientos. De estas instituciones, por tanto, podía y debía  partir un movimiento de profunda reforma de toda la cristiandad. Pero las  Universidades eran, precisamente, los principales centros de elaboración,  difusión y defensa de aquellas concepciones erróneas que Lutero estaba  combatiendo: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Los asuntos de los que hablo son de domino público, y sin embargo carezco  de palabras para contarlos. Los obispos, los sacerdotes y, sobre todo,  los doctores en las Universidades, que cobran sus salarios para tales fines,  debieron haber cumplido con su deber y haber escrito y gritado contra estas  cosas; pero han hecho todo lo contrario (Lutero, 1520, Abuses to be discussed  in Councils; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El que las Universidades hayan podido ponerse al servicio de los errores  y abusos de la Iglesia le indicaba a Lutero que estas instituciones también  habían caído presa de la generalizada decadencia espiritual y se habían  olvidado de la misión original que les dio su sentido: defender la verdadera  fe cristiana de todo error, pecado y herejía. Hacía falta, entonces, encaminarlas  nuevamente hacia esa misión, lo que implicaba depurar el currículo universitario  de gran parte del material de estudio que con el tiempo allí se había acumulado  hasta obstruir por completo el acceso a la Palabra de Dios. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> ¿Qué otra cosa son las Universidades, si su condición presente permanece  inalterada, que, como dice 2 Macabeos 4:9,12, <I>Gymnasia Epheborum et Graecae  gloriae</I> (“lugares para entrenar a los jóvenes en la gloria de los griegos”),  donde prevalece la vida disoluta, las Sagradas Escrituras y la fe cristiana  poco se enseñan y el ciego y pagano maestro Aristóteles reina por doquier,  incluso más que Cristo? (Lutero, 1520, Proposals for Reform, Part III;  traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El cambio curricular planteado por Lutero en ese mismo texto distaba mucho  de ser superficial. Pedía la eliminación inmediata de toda la filosofía  natural y moral de Aristóteles (<I>Física</I>, <I>Metafísica</I>, <I>Del Alma</I>, <I>Etica Nicomaquea</I>),  que para aquel momento constituía el tronco central de la formación universitaria.  En los estudios de teología proponía disminuir o eliminar la lectura de  los <I>Cuatro Libros de Sentencias</I> de Pedro Lombardo y de los escritos de  los Padres de la Iglesia, textos entonces considerados como básicos e indispensables  para esa disciplina. En el campo del Derecho, Lutero abogaba por abandonar  el estudio del derecho canónico, lo que para la gran mayoría de los juristas  de la época debía significar, simplemente, la destrucción del objeto de  estudio de su disciplina. En resumen, con estas propuestas Lutero estaba  desmantelando no sólo el currículo universitario medieval –tal como éste  había sido concebido y practicado al menos desde el siglo XIII–, sino las  bases mismas de todo el cuerpo de conocimientos desarrollado en los siglos  precedentes. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Todo lo anterior pone en evidencia uno de los aspectos del pensamiento  de Lutero que resulta de la mayor importancia para la investigación que  aquí estamos adelantando. Se trata de que, más allá de los asuntos circunstanciales  que ocupaban la atención de Lutero de manera explícita –como, por ejemplo,  el caso de las indulgencias–, su pensamiento parecía estar destinado a  cuestionar a fondo la totalidad del orden que hasta ese momento había regido  a las sociedades europeas. Lo que Lutero estaba poniendo en tela de juicio,  quizás sin ser plenamente consciente de ello, eran las bases mismas de  las instituciones, de la religiosidad y del saber medievales. El terreno  fértil en el que cayó tal cuestionamiento muestra que su llegada se dio  en el momento oportuno, y que una nueva humanidad pugnaba ya por emerger  de las ruinas del orden medieval. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Vale le pena detenernos un momento en torno a este último comentario sobre  el carácter “arruinado” del orden medieval para la época de Lutero. Como  hemos visto, Lutero estaba convencido de que los múltiples abusos de la  Iglesia de su época se debían, en gran medida, a las falsas doctrinas que  se habían impuesto en los siglos precedentes y que aún seguían dominando  en sus tiempos. Parece claro, sin embargo, que ninguno de los pensadores  medievales que contribuyeron a dar forma a tales doctrinas habría estado  dispuesto a justificar o legitimar aquellos vergonzosos procederes que  Lutero enfrentaba en su época. Ninguno de ellos habría esperado que su  pensamiento algún día fuese a servir sistemáticamente como sustento para  unas prácticas a todas luces perversas y viciadas. Cabría suponer, entonces,  que el uso que se le daba a tales doctrinas a principios del siglo XVI  constituía una degeneración del sentido que ellas tenían en su contexto  original. Al parecer, entonces, ese contexto original, ese orden medieval  que les había dado sentido, estaba ausentándose ya en la época de Lutero.  Más aún, sólo de ese modo podemos explicar el hecho de que el pensamiento  de Lutero haya podido poner en duda aspectos fundamentales del orden medieval.  Si Lutero aún hubiese estado sometido a su poder, no habría sido capaz  de distinguir esos aspectos fundamentales, de hacerlos tema, de planteárselos  como problema. Por el contrario, habría permanecido aprisionado dentro  de ellos: su pensamiento, sin él saberlo, los habría asumido como dogmas  incuestionables. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Algunos acontecimientos históricos que tuvieron lugar durante los dos siglos  precedentes al comienzo de la Reforma parecen corroborar la idea de que  el declive del orden medieval estaba en marcha desde hacía ya un bien tiempo.  No hay duda de que la corrupción y la decadencia en el seno de la Iglesia,  con la consiguiente caída de su prestigio y autoridad, habían comenzado  ya desde principios del siglo XIV. El período conocido como el “Cautiverio  Babilónico de la Iglesia” (1309-1377), durante el cual el papado cambió  su tradicional residencia en Roma por la ciudad francesa de Avignon, inauguró  una época de creciente confusión en torno a la legitimidad del papa de  turno, precipitando, finalmente, la crisis conocida como el Gran Cisma  de Occidente (1377-1417), cuando Europa tuvo que presenciar el insólito  espectáculo de tres papas rivales disputándose la silla de San Pedro. Poco  tiempo después el primero de los Borgia asumía el cargo de Sumo Pontífice  (Calixto III), dando inicio a uno de los periodos más tristemente célebres  en la historia de la Iglesia católica. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero no sólo el liderazgo espiritual, sino también el liderazgo temporal  de Europa estaba atravesando por un proceso de fragmentación y desmoronamiento.  Desde la coronación de Carlomagno como emperador, en el año 800, Europa  había soñado con la unificación política de toda la cristiandad bajo un  único gran <I>Imperium Christianum</I> (llamado posteriormente “Sacro Romano Imperio”).  Este proyecto, aunque encontró siempre enormes dificultades a su paso y  nunca llegó a realizarse de manera plena, siguió vigente como proyecto  por lo menos hasta el siglo XIII. A partir de ese momento, sin embargo,  pese a que el título formal de Emperador del Sacro Romano Imperio continuó  siendo utilizado (de hecho hasta 1806), las pretensiones territoriales  se hicieron cada vez más modestas, llegando finalmente a cubrir sólo el  área correspondiente hoy día a Alemania. Al mismo tiempo Europa se dividía  y fragmentaba en una serie de monarquías independientes que entablarían  una multitud de prolongados conflictos armados en los siglos venideros. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Lo anterior muestra que las dos principales instituciones que reflejaban,  en diferentes planos, el orden, la unidad y la armonía del mundo medieval,  entraron en un proceso de franco deterioro después del siglo XIII. Dicho  deterioro, junto con los conflictos y dilemas que traía para la sociedad  europea, lo encontramos reflejado, por ejemplo, en una de las obras literarias  más emblemáticas del siglo XIV: el <I>Decamerón</I> de Giovanni Boccaccio (1353).  En ella su autor nos dibuja la imagen de una ciudad –Florencia– que, ante  la expansión vertiginosa de la peste bubónica, se sumerge en el caos absoluto.  Tanto las autoridades temporales como las espirituales abandonan sus cargos  y deberes, dejando a la sociedad a la intemperie del “¡sálvese quien pueda!”.  El egoísmo humano empieza a desbordarse y a producir innumerables horrores,  ante lo cual aparecen no sólo difíciles decisiones morales sino también  la necesidad de re-evaluar globalmente el sentido de la vida humana. En  particular el valor de la vida monástica, con su ascetismo y desprecio  por lo mundano, queda en entredicho: las difíciles circunstancias hacen  que esa máscara hipócrita de elevación espiritual ruede por el suelo, revelando  la ignorancia, la avaricia y la lujuria que reina en aquellos recintos.  Por oposición, otro modo de vida, más condescendiente con las necesidades  y los placeres del mundo natural, empieza a abrirse camino. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La imagen del monasticismo que nos presenta Boccaccio se ve reforzada por  algunos datos historiográficos que dan cuenta de la decadencia intelectual  que empieza a sufrir el clero desde fines del siglo XIII, y que se profundiza  aún más en los siglos siguientes. Diversos documentos de la época revelan  una creciente preocupación de algunos jerarcas eclesiásticos por el manifiesto  desconocimiento del latín que reina en la mayoría de los monasterios. Cada  vez más sacerdotes y monjes son incapaces de leer y entender correctamente  el latín, mucho menos de hablarlo y escribirlo. Este problema sólo puede  ser comprendido en toda su magnitud al recordar que, a lo largo de toda  la Edad Media, el latín fue el único idioma de la cultura y del saber,  al punto de que su desconocimiento cerraba por completo el acceso a cualquier  tipo de formación intelectual. Quien no conocía el latín, ni siquiera podía  leer la Biblia en su versión estándar (conocida desde el siglo VI como  la <I>Vulgata</I>), y mucho menos interpretarla y exponerla de manera acertada.  Obviamente esta situación tenía que traer consecuencias nefastas para la  educación que se impartía en los monasterios de la época –que de hecho  era la única educación pre-universitaria existente– donde la ignorancia  de los profesores crecía a la par de la brutalidad de sus métodos (Bowen,  1975, Vol. 2, p. 239). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Vale la pena observar que el problema de la desaparición del latín no constituía  sólo un problema de la Iglesia y de la educación que ésta impartía en sus  instituciones. Entre los siglos VI y IX el latín dejó de hablarse en su  forma clásica y se transformó gradualmente en una serie de lenguas vernáculas  que dieron origen a los idiomas modernos de Europa. Para el siglo X el  latín ya no era el idioma de ningún pueblo en particular, y desde el siglo  XI todo el que estudiaba latín no tenía más remedio que enfocarlo como  una lengua extranjera. En los siglos XIII y XIV la pérdida del latín en  el conjunto de la población ya era manifiesta (Bowen, 1975, Vol. 2, p.  234). Ahora bien; como ya hemos dicho, el latín era el idioma en el que  estaban contenidos todos los conocimientos y toda la tradición literaria  de la Europa de aquel entonces. Era, por tanto, el idioma portador de la  cosmovisión propia de aquellas sociedades medievales, el depositario de  su orden de sentido. Sólo por intermedio del latín este orden podía subsistir,  dominar y reproducirse en la cultura europea. Incluso las clases más bajas  e incultas podían ser penetradas por esa cosmovisión gracias a que podían  comprender lo que se decía en las misas a las que asistían regularmente  (que hasta bien entrado el siglo XX se oficiaron exclusivamente en latín).  Podemos imaginar, entonces, los efectos que debió haber tenido la pérdida  del latín en el común de la sociedad, seguida de su pérdida hasta en las  clases más cultas. Este evento no consistió, simplemente, en la sustitución  de un “sistema de signos” por otro, como pensaríamos hoy en día. La pérdida  del latín necesariamente tuvo que significar la pérdida del poder que aquel  orden de sentido ejercía sobre la cultura europea. Por ello no sería descabellado  afirmar que el desmoronamiento del orden medieval tuvo que estar estrechamente  asociado a la pérdida del latín como idioma básico de la civilización europea. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Sea como fuere, todos estos acontecimientos sin duda eran testigos del  proceso de declive del mundo medieval. A ellos habría que sumarles, también,  dos importantes eventos históricos que tuvieron lugar en vida de Lutero:  el descubrimiento de América (1492), y la aparición del modelo copernicano  del universo (1543). Es bien conocido que ambos eventos chocaban abiertamente  con la imagen medieval del mundo, e incluso con algunos de los supuestos  más básicos sobre los que se fundaba el saber de la Edad Media. En términos  generales, entonces, podemos decir que para la época de Lutero el orden  medieval ya no parecía capaz de seguir dándole sentido ni a la vida humana  en su totalidad, ni a los asuntos particulares que los seres humanos enfrentaban  a su paso por esa vida. Pero tampoco había surgido aún un orden nuevo y  diferente que fuese capaz de sustituir al anterior. En tales circunstancias  era inevitable que la vida humana perdiese su sentido de trascendencia  y, por consiguiente, fuese dominada por un afán egoísta de satisfacer deseos  inmediatos. Esto, quizás, podría explicar el mar de excesos y vicios en  los que parecía estar ahogándose la sociedad europea de aquel entonces. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 3. La problemática educativa </FONT></B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Hasta ahora hemos estado bosquejando someramente la situación en la que  se encontraba Lutero al momento de emprender su proyecto de Reforma, a  principios del siglo XVI. Tal bosquejo constituye un primer intento por  desplegar el contexto que impulsa y le brinda sentido a dicha Reforma y  al proyecto educativo que la acompaña. Sin embargo, antes de pasar a examinar  ese proyecto educativo debemos advertir que el mencionado contexto de sentido  aún no ha sido desplegado por nosotros con suficiente profundidad. Se han  anunciado algunos de los principales temas que la Reforma pone en juego,  y se ha mostrado que dichos temas apuntan hacia una transformación de la  cosmovisión o el orden de sentido de la cultura europea. Pero todavía no  se ha hecho claramente visible en qué consiste esta transformación de fondo,  cuál es el orden que cede y cuál el que avanza. Como veremos más adelante,  la discusión en torno al proyecto educativo de Lutero nos ayudará a completar  el despliegue en profundidad de ese gran contexto histórico que le da sentido. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Hemos visto que ya en 1520, cuando Lutero llama por primera vez a la nobleza  alemana a rebelarse contra el papado en Roma, una de las reformas que más  le preocupa es la de las Universidades. A partir de ese momento, la preocupación  por el tema de la educación será una constante en la vida de Lutero y de  sus más cercanos colaboradores. Uno de ellos, Philip Melanhtchon, jugará  un papel de tan crucial importancia en el establecimiento de escuelas y  la reforma de universidades, que aún en vida será conocido como <I>Praeceptor  Germaniae</I> (“Maestro de Alemania”). Las voces de estos hombres no fueron  desoídas por los gobernantes de su época, y bajo su patronazgo pronto se  inició un proceso de transformación de las instituciones educativas alemanas.  Dicha transformación rindió su fruto más maduro en 1537, cuando Johannes  Sturm creó en Estrasburgo el primer <I>Gymnasium</I> alemán, institución que sería  copiada en todo el resto del continente europeo, especialmente en los países  que habían adoptado la Reforma protestante (Kimball, 1995. p. 93). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La mayor parte de las ideas educativas de Lutero se halla contenida en  dos de sus obras: La primera de ellas, compuesta en 1524, tiene la forma  de una carta abierta <I>A los regidores de todas las ciudades de Alemania,  para que establezcan y mantengan escuelas cristianas</I> (“An die Radsherrn  aller Stedte deutsches Lands: Das sie Christliche Schulen auffrichten und  hallten sollen”). La segunda es el sermón <I>De mantener a los niños en la  Escuela</I> (“Dass man Kinder zur Schulen halten solle”), escrito en 1530.  En ambos escritos el pensamiento de Lutero está combatiendo, una y otra  vez, a un mismo enemigo que se presenta bajo diferentes formas: la sujeción  de la educación al poder de “Mammón” –el demonio que personifica la avaricia,  la búsqueda desenfrenada de riquezas materiales. Consideremos la opinión  de Lutero acerca del estado en el que se encuentra la educación en sus  tiempos: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> En primer lugar, hoy estamos presenciando, en todas las tierras alemanas,  cómo por doquier las escuelas están siendo abandonadas y van a la ruina.  Las universidades se están debilitando y los monasterios van en declive....  Pues ahora se está poniendo en evidencia, por medio de la Palabra de Dios,  cuán poco cristianas son estas instituciones y cómo ellas están dedicadas  únicamente a las barrigas de los hombres (Lutero, 1524, p. 348; traducción  mía). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El que dichas instituciones fuesen “poco cristianas” y estuviesen “dedicadas  únicamente a la barriga de los hombres” significaba para Lutero dos cosas.  Primero, que quienes enviaban a sus hijos a aquellas instituciones educativas  no tenían en mente ponerlos al servicio de Dios, sino sólo hacerlos partícipes  del bienestar material que normalmente brindaba la carrera eclesiástica.  Prueba de ello es que, en el mismo momento en que el flujo de riquezas  hacia los monasterios fue cerrado por la Reforma, los padres dejaron de  enviar a sus hijos a estudiar en esas instituciones. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Las masas volcadas hacia lo carnal están empezando a darse cuenta de que  ya no tienen la obligación o la oportunidad de empujar a sus hijos, hijas  y familiares a los claustros y fundaciones, y de echarlos de sus propias  casas y propiedades para establecerlos en las propiedades de otros. Por  ese motivo ya nadie desea que sus hijos obtengan una educación. “¿Por qué”,  dicen ellos, “debemos preocuparnos por enviarlos a las escuelas si no se  van a convertir en sacerdotes, monjes o monjas? Mejor que aprendan a ganarse  el sustento” (Lutero, 1524, p. 348; traducción mía).    <BR> [Satanás] engaña a  la gente común haciendo que no quieran mantener a sus hijos en las escuelas  ni exponerlos a la instrucción. Pone en sus mentes la idea mezquina de  que, dado que el monacato y el sacerdocio ya no ofrecen la esperanza que  una vez brindaron, entonces ya no es necesario estudiar ni hace falta que  haya gente educada, y que en vez de eso tenemos que pensar sólo en cómo  ganarnos el sustento y hacernos ricos (Lutero, 1530, p. 217; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero estas instituciones también eran “poco cristianas” y estaban “dedicadas  a las barrigas de los hombres” por el modo como funcionaban, el tipo de  enseñanza que se impartía en ellas y, sobre todo, por lo que animaba su  misma existencia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> [El estado espiritual] tal como lo conocemos hoy en los monasterios y fundaciones....  no es más que un estado fundado por la sabiduría mundana con el propósito  de obtener dineros y rentas. No hay nada espiritual en él, excepto el hecho  de que los miembros del clero no están casados.... aparte de esto todo  lo demás es mera pompa externa, temporal y perecedera. Ellos no prestan  atención a la Palabra de Dios ni al oficio de predicar –y donde la Palabra  no se usa, el clero tiene que ser malo (Lutero, 1530, p. 220; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Las escuelas no eran para los monasterios sino otra forma de asegurar que  el dinero siguiese fluyendo a sus insaciables arcas. Pero, a pesar de las  grandes sumas de dinero que los padres debían donar por la educación de  sus hijos, el resultado de esta dicha educación era nefasto: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Los niños podían ser conducidos, empujados y confinados a los monasterios,  iglesias, fundaciones y escuelas a un costo inexpresable –todo lo cual  era una pérdida total (Lutero, 1530, p. 256; traducción mía).    <BR> En verdad,  ¿qué es lo que los hombres han estado aprendiendo hasta ahora en las universidades  y monasterios excepto cómo convertirse en asnos, brutos y tarugos? Durante  veinte, incluso cuarenta años estudiaban minuciosamente sus libros, y aún  así fallaban en dominar el latín o el alemán, sin hablar de la vida inmoral  y escandalosa allí reinante, donde muchos buenos jóvenes fueron vergonzosamente  corrompidos (Lutero, 1524, p. 351-352; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero la avaricia también gravitaba sobre la educación por otra vía: era  debido a ella que las autoridades temporales tampoco se afanaban demasiado  en promover el establecimiento de escuelas. En vez de ello sólo tenían  puesta la mira en su propia riqueza y poder, o, en el mejor de los casos,  en la riqueza y el poder de sus países. Por eso Lutero tiene que recordarles: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Los príncipes y señores deberían estar adelantando [esta labor educativa]....  pero sus inaplazables necesidades consisten en pasear en trineo, beber  y desfilar en bailes de disfraces. Cargan con el peso de sus elevadas e  importantes funciones en la bodega, en la cocina y en el dormitorio. Y  los pocos que podrían estar dispuestos a adelantarla permanecen temerosos  de los otros, no sea que los tomen por tontos o herejes (Lutero, 1524,  p. 368; traducción mía).    ]]></body>
<body><![CDATA[<BR> Mis queridos señores, si debemos gastar cada año  sumas tan considerables en cañones, caminos, puentes, represas e innumerables  cosas de ese tipo para asegurar la paz temporal y la prosperidad de una  ciudad, ¿por qué no deberíamos destinar mucho más a la pobre juventud desatendida  –al menos lo suficiente para emplear a uno o dos hombres competentes para  enseñar en las escuelas? (Lutero, 1524, p. 350; traducción mía).    <BR> El bienestar  de una ciudad no consiste únicamente en acumular vastos tesoros, construir  poderosas murallas y magníficos edificios, y producir una buena provisión  de cañones y armaduras. De hecho, cuando tales cosas abundan y se apodera  de ellas algún tonto temerario, es tanto peor, y la ciudad sufre una pérdida  tanto mayor (Lutero, 1524, p. 356; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero esta concentración de riquezas materiales, esta avaricia que conducía  a un descuido de la educación, formaba parte, según Lutero, de una actitud  más general: la de no agradecer a Dios los bienes que éste nos dispensa.  En efecto, Lutero hace ver a sus lectores el importante papel que juega  la educación en la preservación de dos oficios creados por Dios para nuestro  bien: el llamado “estado espiritual” y el gobierno terrenal. El primero  de ellos permite que los hombres alcancemos nuestro fin supremo en cuanto  seres espirituales: la salvación del alma. El segundo nos permite alcanzar  nuestro bien máximo en cuanto seres dotados de cuerpo: la protección de  nuestras vidas. Lutero presenta la naturaleza de ambos oficios del siguiente  modo: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Espero que los creyentes, aquellos que desean ser llamados cristianos,  sepan muy bien que el estado espiritual ha sido establecido e instituido  por Dios, no con oro y plata, sino con la preciosa sangre y la amarga muerte  de su único hijo, nuestro Señor Jesucristo [I Ped. 1:18-19].... El pagó  caro para que los hombres pudieran tener por doquier este oficio de predicar,  bautizar, desenlazar, vincular, dar el sacramento, confortar, advertir  y exhortar con la Palabra de Dios y todo lo que pertenezca al oficio de  pastor. Pues este oficio no sólo ayuda a continuar y mantener esta vida  temporal, y todos los estados mundanos, sino que también da vida eterna  y libera del pecado y de la muerte, lo que constituye su labor más propia  y principal (Lutero, 1530, p. 220; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El gobierno terrenal es una ordenanza gloriosa y un don espléndido de Dios,  quien lo ha instituido y establecido y desea que éste se mantenga como  algo indispensable para los hombres. Si no hubiese gobierno terrenal, un  hombre no podría mantenerse en pie frente a otro; cada uno necesariamente  devoraría al otro, como las bestias irracionales se devoran entre sí. Así,  pues, del mismo modo como es función y honor del oficio de predicar hacer  santos a los pecadores, vivos a los muertos, salvos a los condenados e  hijos de Dios a los hijos del demonio, así también es función y honor del  gobierno terrenal hacer hombres de las bestias e impedir que los hombres  se conviertan en bestias.... ¿No pensáis que si las aves y las bestias  pudieran ver el gobierno terrenal existente entre los hombres dirían –si  pudieran hablar– “¡Oh, humanos! ¡Comparados con nosotros no sois humanos  sino dioses! ¡Qué seguridad tenéis, tanto vosotros como vuestras pertenencias,  mientras que, entre nosotros, ninguno está a salvo del otro ni por un momento,  en cuanto a la vida, al hogar y a la provisión de alimento se refiere!  (Lutero, 1530, p. 237-238; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Ahora bien; estos magníficos dones de Dios –de los que dependen los dos  bienes más importantes de la vida humana– sólo pueden ser mantenidos por  nosotros por medio de la educación de nuestros hijos. En otras palabras,  sólo gracias a una buena educación podremos formar a los buenos pastores  y a los buenos gobernantes que Dios desea que tengamos. De manera que,  cuando descuidamos la educación, no sólo estamos condenando nuestras almas  y nuestros cuerpos a un infierno en ésta y en la otra vida, sino que, sobre  todo, estamos despreciando esos dones maravillosos que nos ha otorgado  el Creador en su infinita bondad. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Despreciamos vergonzosamente a Dios cuando nos negamos a entregar a nuestros  hijos para este glorioso y divino trabajo y, en vez de ello, los sumimos  en el servicio exclusivo de la barriga y de la avaricia, haciéndoles aprender  nada más que a buscar el sustento, como puercos revolcando por siempre  sus narices en el estiércol.... (Lutero, 1530, p. 241; traducción mía).    <BR> Descuidáis  este servicio como si no fuese asunto vuestro, o como si fueseis más libres  que otros hombres y no tuvieseis que servir a Dios, sino que pudieseis  hacer con vuestros hijos y vuestras propiedades exactamente lo que os place,  aún cuando Dios y su reino mundano y espiritual tengan que caer al abismo.  Pero, al mismo tiempo, queréis hacer uso diario de la protección, la paz  y la ley del imperio; queréis tener el oficio de predicador y la palabra  de Dios disponibles y a vuestro servicio. Queréis que Dios os sirva de  gratis, tanto con el predicar como con el gobierno terrenal, de manera  que vosotros podáis tranquilamente alejar a vuestros hijos de El y enseñarles  a servir sólo a Mammón. ¿No pensáis que Dios algún día lanzará una condena  definitiva a vuestra avaricia y a vuestra preocupación por la barriga y  os destruirá a vosotros, a vuestros hijos y a todo lo que tenéis aquí y  en el más allá? Estimados amigos, ¿no se aterra vuestro corazón ante esta  abominable abominación –vuestra idolatría, desprecio a Dios e ingratitud,  vuestra destrucción de ambas instituciones y ordenanzas de Dios, la injuria  y ruina que infligís a todos los hombres? (Lutero, 1530, p. 243; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Así, pues, una abominable ingratitud domina a los hombres haciendo que  se olviden de Dios y no vean más allá de sus barrigas. Pero esta ingratitud  luce aún mayor ante una nueva observación de Lutero: Dios no sólo ha ordenado,  en general, la existencia de muchas cosas buenas para los seres humanos,  sino que, además, en ese momento histórico particular, ha hecho aparecer  ciertas condiciones especialmente propicias en Alemania para fomentar la  buena educación. Entre tales condiciones Lutero destaca la presencia de  muchos hombres cultos y educados que podrían brindar un gran servicio como  educadores: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> No debemos aceptar la gracia de Dios en vano y descuidar el tiempo de salvación.  Dios todopoderoso graciosamente nos ha visitado a nosotros los alemanes  y proclamado un verdadero año de jubileo. Hoy tenemos el grupo de los mejores  y más educados hombres, adornados con las lenguas y todas las artes, que  podrían también rendir un verdadero servicio si sólo nosotros los utilizáramos  como instructores de la juventud. ¿No es evidente que ahora somos capaces  de preparar a un muchacho en tres años, de modo que a la edad de los quince  o dieciocho sabrá más que lo que han sabido todos los monasterios y universidades?....  Ahora que Dios nos ha bendecido tan ricamente, y provisto con tantos hombres  capaces de instruir y entrenar bien a la juventud, sin duda es imperativo  que no arrojemos tal bendición al viento ni desoigamos su llamado (Lutero,  1524, p. 351-352; traducción mía). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Pero la aparición de estos hombres “adornados con las lenguas y todas las  artes” sólo forma parte de un acontecimiento histórico de aún mayor envergadura  que Dios ha dispuesto para beneficio de la educación y de la Reforma: el  renacimiento de las lenguas latina, griega y hebrea. En efecto, Lutero  dice: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Ahora que las lenguas has sido revividas, están trayendo consigo tanta  luz y logrando cosas tan grandes, que el mundo entero se maravilla y tiene  que reconocer que tenemos el evangelio tan puro y inmaculado como lo tuvieron  los apóstoles, que ha sido completamente restaurado en su pureza original,  mucho más que en los tiempos de San Jerónimo y San Agustín (Lutero, 1524,  p. 361; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Para comprender la importancia de este punto debemos recordar que la Biblia  fue escrita en hebreo (el Antiguo Testamento) y en griego (el Nuevo Testamento)  y que se difundió por todo el antiguo Imperio Romano gracias a su traducción  al latín. Este hecho histórico no es visto por Lutero como algo casual,  sino como prueba de que estas tres lenguas fueron escogidas intencionalmente  por Dios para difundir su Palabra entre los hombres. No se trata, por tanto,  de tres “sistemas de signos” cualesquiera que podrían ser sustituidos por  cualquier otro sin que se vea afectada nuestra comprensión de la Palabra  de Dios. Muy por el contrario, Lutero sugiere que la decadencia espiritual  de la Iglesia empezó, precisamente, en el momento en que empezaron a declinar  las lenguas, lo que trajo como consecuencia la pérdida del evangelio en  su pureza: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Tan pronto como las lenguas, luego de la época apostólica, declinaron hasta  casi esfumarse, el evangelio, la fe y la cristiandad declinaron más y más  hasta que, bajo el papa, desaparecieron por completo. Luego del declive  de las lenguas, la cristiandad presenció pocas cosas de valor; en su lugar  emergieron muchas terribles abominaciones a causa de la ignorancia de las  lenguas (Lutero, 1524, p. 361; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Efectivamente, desde los mismos inicios de la Edad Media el conocimiento  del griego y del hebreo desapareció casi por completo en Europa. Un pensador  de la talla de San Agustín, por ejemplo, cuyo obra dominó por siglos a  la teología medieval, tenía sólo un conocimiento muy rudimentario de ambos  idiomas. En los escritos que estamos discutiendo, Lutero indica, de hecho,  explícitamente, varios errores de interpretación cometidos por San Agustín  en su exposición de la Biblia, mostrando que éstos provienen de un dominio  deficiente del hebreo. El latín, por su parte, como ya lo mencionamos anteriormente,  fue perdiendo el carácter de lengua básica de la civilización europea para  convertirse paulatinamente en el lenguaje especializado de una minoría  de estudiosos. Esta condición de lenguaje técnico o especializado inevitablemente  fue restándole al latín la vitalidad y el vigor propios de una lengua viva.  A esto hay que agregarle, además, el hecho de que gran parte de las obras  clásicas de la antigüedad se perdieron al principio de la Edad Media, razón  por la cual durante siglos escasearon buenos ejemplos de un uso excelente  de estas lenguas. Fue apenas en el siglo XIV, con el trabajo de Petrarca,  que ciertos círculos intelectuales se dieron a la tarea de recuperar el  legado discursivo de la antigüedad, explorando sistemáticamente los sótanos  olvidados y las bibliotecas polvorientas de muchos monasterios, iglesias  y conventos. Esta fue la labor que dio origen al humanismo renacentista  y que trajo consigo, también, el “renacimiento de las lenguas” del que  habla Lutero. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esta situación duró hasta que, como hemos visto, las lenguas y las artes  fueron recuperadas laboriosamente –aunque de manera imperfecta– de pedazos  y fragmentos de viejos libros, ocultos entre polvo y gusanos. Los hombres  aún los buscan penosamente cada día, como gente que escarba entre las cenizas  de una ciudad arruinada, buscando tesoros y joyas (Lutero, 1524, p. 374;  traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Nótese, sin embargo, que este Renacimiento tampoco podía ser visto por  Lutero como un hecho fortuito: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Anteriormente nadie sabía por qué Dios había revivido las lenguas, pero  ahora vemos, por primera vez, que esto fue hecho por el bien del evangelio;  El se propuso traerlo a la luz y utilizarlo para exponer y destruir el  reino del Anticristo (Lutero, 1524, p. 359; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Ahora bien; retomado el hilo de nuestro argumento, nótese que esta ingratitud  que Lutero identifica como la causa de fondo de los males que aquejan la  educación de sus tiempos, está estrechamente vinculada con la incapacidad  para apreciar el orden global en el que se inserta la vida humana. “Apreciar”  en el doble sentido de ver dicho orden y de reconocer su valor, su bondad.  Los hombres, en lugar de “apreciar” tal orden, lo han estado “despreciando”,  han estado viviendo como si no hubiese nada “más allá de sus propias barrigas”.  Hemos visto que esta situación en buena medida se debe a la pérdida de  las lenguas, que trajo como resultado una comprensión deficiente de la  Biblia. Ahora, gracias a que Dios ha “revivido las lenguas”, tenemos la  oportunidad de recuperar la Biblia en toda su pureza y, a través de ella,  aprender nuevamente a apreciar el orden de la Creación. Es por eso que  todos los esfuerzos de Lutero van dirigidos a lograr que sus lectores puedan  apreciar ese orden global y, gracias a ello, reconocer la terrible ingratitud  en la que han estado sumidos. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Sólo pensad cuantas cosas buenas Dios os ha dado y os sigue dando todos  los días de manera completamente gratuita: cuerpo y alma, casa y hogar,  esposa e hijo, paz terrenal, el servicio y uso de todas las criaturas en  el Cielo y en la Tierra; y, además, el evangelio y el oficio de predicar,  el bautizo, el sacramento y todo el tesoro de Su Hijo y Su Espíritu. Y  todo esto no sólo sin ningún mérito de vuestra parte, sino además sin costo  ni inconveniencias para vosotros.... Lotenéis todo, y todo de manera gratuita,  y sin embargo no mostráis ni una partícula de agradecimiento. En vez de  ello dejáis que el reino de Dios y la salvación de las almas de los hombres  vayan a la ruina; incluso ayudáis a destruirlos (Lutero, 1530, p. 254;  traducción mía). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Vale la pena hacer tres observaciones en relación con esto. La primera  es la estrecha relación que aquí se establece entre la capacidad o incapacidad  para entender globalmente el sentido de las cosas y la actitud o el humor  bajo el cual vivimos nuestras vidas. Cuando no logramos ver “más allá de  nuestra barriga” –es decir, cuando no vemos aquello que nos trasciende,  aquello que da “lugar” a nuestra existencia– no podemos preocuparnos por  otra cosa no sea nuestra barriga: sólo atendemos nuestras necesidades inmediatas,  nuestros deseos inmediatos, nuestro entorno inmediato, nuestro futuro inmediato,  etc. Nuestra vida no se debe a nada más allá de sí misma, no se debe a  nada más que a ella misma, en una palabra, carece de trascendencia. Por  el contrario, cuando vemos que, más allá de nosotros, hay un orden que  le ofreció espacio a nuestra existencia, y que nos sigue acogiendo para  que podamos seguir siendo en su seno, nuestra vida se transforma en un  interminable gesto de agradecimiento que se realiza cuidando y preservando  dicho orden para que éste pueda seguir siendo. Se trata de una vida que  no se vive para sí misma, sino para algo que va más allá de ella misma.  Es una vida que eternamente se debe a (está en deuda con) el Todo en el  que se inserta. En pocas palabras, se trata de una vida con sentido de  trascendencia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La segunda observación es que ahora, a la luz de lo anterior, podemos entender  mejor por qué en los momentos históricos de debilitamiento de un orden  de sentido pueden cobrar fuerza la avaricia, el egoísmo, la ingratitud  y todas estas actitudes que Lutero resume bajo la idea de “no ver más allá  de la propia barriga”. Se trata de síntomas de pérdida de trascendencia  de la vida humana. Y son esos síntomas, precisamente, los que está enfrentando  Lutero al momento de lanzar su proyecto de Reforma de la cristiandad. Esto  parece corroborar la idea de que el problema de fondo al que responde el  pensamiento de Lutero es la pérdida del poder del orden medieval de sentido,  con su consiguiente incapacidad para brindarle trascendencia a la vida  humana. Recuperar tal trascendencia requiere desplegar un nuevo orden de  sentido que pueda establecerse como dominante. Los esfuerzos de Lutero  por lograr que los hombres puedan apreciar el orden de la Creación en todo  su esplendor –y de un modo que, según él, había sido inaccesible a lo largo  de toda la Edad Media– podemos interpretarlos, precisamente, como un intento  por desplegar ese nuevo orden, diferente al medieval. El punto de partida  para este despliegue, según lo entiende Lutero, es la recuperación de la  Palabra de Dios en toda su pureza, lo que implica remover todos los obstáculos  que hasta ese entonces habían estado obstruyendo el acceso a la Biblia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Y esto nos trae a la tercera observación: dado que el despliegue de ese  nuevo orden de sentido requiere que los seres humanos lleguen a apreciarlo  como tal, resulta claro que el tema de la educación tiene que jugar un  papel central en el pensamiento de Lutero. Sólo por medio de la educación  los hombres pueden llegar a ver “más allá de sus barrigas” y aprehender  ese orden trascendente que los aloja. De hecho, podría decirse que la educación  constituye la forma más básica e importante de agradecer y velar por el  orden, pues cualquier otra forma de cuidado presupone y requiere que éste  sea apreciado como tal. Este papel central de la educación en la preservación  del orden también se hace manifiesto en el argumento que Lutero construye  para establecer la importancia de la educación. Recordemos que el punto  central de dicho argumento es que la educación permite mantener dos oficios  de enorme importancia: el “estado espiritual” y el gobierno terrenal. Pero  la importancia de estos oficios radica en que ambos están directamente  relacionados con la preservación del orden que hace posible nuestra existencia  como seres dotados de cuerpo y alma. En efecto, por una parte, los teólogos  y predicadores tienen la misión de comprender la Palabra de Dios y enseñársela  a los demás seres humanos. Con ello contribuyen a que Dios gobierne las  almas de los hombres, y que todos sus dones sean debidamente cuidados y  preservados: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Por medio de su trabajo se mantiene en este mundo el reino de Dios; el  nombre, el honor y la gloria de Dios; el conocimiento verdadero de Dios;  la fe y el conocimiento rectos de Cristo; los frutos del sufrimiento, de  la sangre y de la muerte de Cristo; los dones, las obras y el poder del  Espíritu Santo; el verdadero y salvador uso del bautismo y de los sacramentos;  la pura y recta enseñanza del evangelio (Lutero, 1530, p. 228; traducción  mía).    <BR> Más allá de esto, sin embargo, el [predicador] hace grandes y maravillosas  obras para el mundo. Informa e instruye a los diferentes estados acerca  de cómo deben conducirse externamente en sus diferentes oficios, de manera  que puedan hacer lo que está bien a los ojos de Dios.... El refrena al  rebelde; enseña la obediencia, la moral, la disciplina y el honor; instruye  a los padres, madres, hijos y sirvientes en sus deberes; en una palabra,  da orientación a todos los estados y oficios temporales (Lutero, 1530,  p. 226; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Por otra parte, los gobernantes, cancilleres, consejeros y sobre todo,  los juristas, son los encargados de comprender y dar vigencia al orden  temporal –codificado en leyes– al que deben plegarse las acciones humanas  en esta vida. Ellos constituyen los principales pilares del gobierno terrenal,  y, por tanto, de la paz en el mundo. De modo que los juristas cumplen,  en el plano material, un papel similar al que los teólogos cumplen en el  plano espiritual. Los primeros protegen el “reino terrenal”, mientras que  los segundos protegen el “reino de Dios”: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Los juristas y estudiosos en este reino terrenal son las personas que preservan  esta ley, y por tanto mantienen dicho reino. Y así como en el reino de  Cristo un devoto teólogo y sincero predicador es llamado un ángel de Dios,  un salvador, un profeta, un sacerdote, un sirviente, un maestro,.... así  también un devoto jurista y verdadero académico puede ser llamado, en el  reino terrenal del emperador, un profeta, un sacerdote, un ángel, un salvador  (Lutero, 1530, p. 240; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Si no hubiese educación, no habría buenos teólogos y juristas, y sin ellos  el orden instituido por Dios para nosotros iría a la ruina, trayendo como  consecuencia la total degradación de nuestra condición humana, tanto a  nivel espiritual como material. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Nosotros, los teólogos y juristas debemos permanecer o todo lo demás irá  a la destrucción con nosotros; podéis estar seguros de ello. Cuando los  teólogos desaparecen, la Palabra de Dios también desaparece, y no quedan  sino paganos y demonios. Cuando los juristas desaparecen, desaparece la  ley, y con ella la paz; entonces sólo queda el robo, el asesinato, el crimen  y la violencia, de hecho sólo quedan bestias salvajes (Lutero, 1530, p.  251; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 4. Las propuestas educativas de Lutero </FONT></B></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La discusión adelantada en la sección anterior ha permitido revelar la  importancia y el sentido que Lutero le atribuye a la educación, así como  también su explicación de por qué la mayoría de los hombres de su época  no logra ver la educación de esa manera. En pocas palabras, educar a los  jóvenes es uno de los mejores modos que tenemos para agradecer a Dios por  el orden que éste nos ha dado para que podamos ser lo que somos. Es uno  de los mejores modos porque sólo gracias a la educación ese orden puede  ser apreciado, lo que constituye una condición fundamental para su preservación.  Claro está, cuando no somos capaces de apreciar ese orden, tampoco podemos  entender el papel que la educación juega dentro de él, lo que hace que  entonces la pongamos al servicio exclusivo de nuestra barriga. Esta visión  de la educación es el elemento fundamental establecido por Lutero en sus  escritos y, por consiguiente, el punto de partida para todas sus propuestas  de reforma en este campo. Pero veamos en qué consisten tales propuestas. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La consecuencia más obvia de las ideas de Lutero es la necesidad de un  cambio en el currículo de la educación básica y universitaria. En la sección  2 de este artículo ya habíamos mostrado que Lutero descarta una gran parte  del material de estudio que, hasta entonces, había formado parte del currículo  universitario. Desde su punto de vista, la mayor parte de estas obras surgían  de una comprensión deficiente de la Biblia o, incluso, eran completamente  contrarias a la fe cristiana. De manera que, en vez de perder el tiempo  estudiando esos libros perniciosos, había que dedicarse a estudiar las  lenguas, pues sólo mediante ellas podía lograrse un auténtico acceso a  la Biblia. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Es una empresa estúpida intentar ganar una comprensión de las Escrituras  escarbando entre los comentarios de los padres [de la Iglesia] y una multitud  de libros y glosas. En vez de ello los hombres deben dedicarse a las lenguas....  Dado que es de cristianos hacer un buen uso de las Sagradas Escrituras,  nuestro único libro, y es un pecado y una vergüenza no conocer nuestro  propio libro, ni entender el lenguaje ni las palabras de nuestro Dios,  es un pecado y una pérdida aún mayores no estudiar las lenguas, especialmente  en estos días en que Dios está ofreciéndonos hombres, libros y todas las  facilidades y estímulos para el estudio, pues desea que su Biblia sea un  libro abierto (Lutero, 1524, p. 364; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> No es necesario que tengamos todos los comentarios de los juristas, todas  las sentencias de los teólogos, todas las <I>quaestiones</I> de los filósofos  y todos los sermones de los monjes. De hecho, yo descartaría todo este  estiércol y llenaría mi biblioteca con el tipo adecuado de libros, consultando  con los estudiosos para hacer mi selección (Lutero, 1524, p. 375-376; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> ¿Cuáles son los libros que Lutero recomienda cultivar y preservar? En primer  lugar, claro está, la Biblia –en latín, griego, hebreo, alemán y cualquier  otro idioma al que haya sido traducida– y una selección de los mejores  comentarios que se puedan hallar sobre ella, preferiblemente los más antiguos.  Luego libros que sean útiles para aprender las lenguas, como los de los  poetas y oradores de la antigüedad: Homero, Ovidio, Virgilio, etc. También  libros referentes a las llamadas “artes liberales” –gramática, retórica,  lógica (conocidos como el “trivium”), aritmética, geometría, astronomía  y música (conocidos como el “cuadrivium”)– que proporcionaban un entrenamiento  básico en lengua latina y matemáticas. Además, buenos libros sobre derecho  y medicina –que, junto con la teología, conformaban las tres facultades  superiores de las universidades. Y, finalmente, Lutero recomienda estudiar  y conservar crónicas e historias, en cualquier lengua que se consigan,  pues “ellas son una magnífica ayuda en la comprensión y la dirección del  curso de los eventos, y especialmente para observar las maravillosas obras  de Dios” (Lutero, 1524, p. 376). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> De manera que lo que Lutero despliega como plan de estudios para las universidades  está en perfecta consonancia con su proyecto de hacer accesible a los hombres  el verdadero orden de la Creación, tal como éste se halla contenido en  la Biblia. En cuanto a la educación básica, ésta no constituye más que  un entrenamiento preparatorio para acceder a esa clase de estudios universitarios.  Así, según lo establecen las <I>Instrucciones para los Visitadores de las  Escuelas Parroquiales</I> (“Unterricht der Visitatoren an die Pfarherrn im  Churfürstenthumb zu Sachsen”) –documento escrito conjuntamente por Lutero  y Melanchthon en 1528 con el fin de normar el funcionamiento de estas escuelas–,  la educación básica debía constar de tres etapas. En la primera de ellas  los niños aprenderían a leer y escribir en latín, enriquecerían su vocabulario  y se les dictaría los primeros rudimentos de gramática. La segunda etapa  estaría dedicada por completo a la gramática y a las primeras lectura de  obras de autores clásicos (como, por ejemplo, las fábulas de Esopo). Finalmente,  en la tercera etapa se les daría a los estudiantes obras de autores como  Virgilio, Ovidio, Cicerón y se les introduciría al estudio de la lógica  y de la retórica. Vale la pena destacar que durante las tres etapas a los  niños se les haría leer y memorizar fragmentos de la Biblia, empezando  por los pasajes más sencillos y fáciles de explicar, y luego siguiendo  con los de mayor dificultad. Pues recordemos que, </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Por encima de todo, el más importante y general objeto de estudio, tanto  en las escuelas superiores como en las inferiores, deben ser las Sagradas  Escrituras, y para los niños, el Evangelio.... ¿No debería todo cristiano,  a los nueve o diez años de edad, conocer todo el Santo Evangelio, del que  deriva su nombre y su vida? Una hilandera o una costurera le enseña a su  hija el oficio en sus años mozos; pero ahora ni siquiera los grandes y  doctos prelados y obispos conocen el Evangelio (Lutero, 1520, Proposals  for Reform, part III; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esta última cita nos lleva a un segundo y muy importante aspecto de la  reforma educativa de Lutero: la idea de que la educación debe alcanzar  a todos los niños, independientemente de su condición social. En efecto,  la tarea de la educación, según Lutero, no se reduce únicamente a formar  doctores en teología y derecho. Estos, sin duda, representan la cúspide  del proceso educativo y los niños más talentosos deben ser educados para  estos oficios. Pero el mundo también necesita hombres de menor preparación  para ocupar una multitud de importantes cargos. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Los niños de gran habilidad deben ser mantenidos en sus estudios, especialmente  los hijos de los pobres.... Pero también los demás niños deben estudiar,  aún los de menores habilidades. Ellos deben, cuando menos, leer, escribir  y entender el latín, pues no sólo necesitamos doctores altamente instruidos  y maestros de las Sagradas Escrituras, sino también pastores ordinarios  que enseñen el Evangelio y el catecismo al joven y al ignorante, bauticen  y administren el sacramento. No importa que sean incapaces de batallar  con los herejes. En una buena construcción no sólo hacen falta finos revestimientos,  sino también piedras rústicas que le sirvan de apoyo. Del mismo modo debemos  tener, también, sacristanes y otras personas que sirvan y apoyen el oficio  de predicar la Palabra de Dios (Lutero, 1530, p. 231; traducción mía).    <BR> Cuando  hablo de juristas no me refiero sólo a los doctores, sino a toda la profesión,  incluyendo cancilleres, secretarios, jueces, abogados, notarios y todos  aquellos que tienen que ver con los aspectos legales del gobierno; también  los consejeros de las cortes, pues ellos también trabajan con la ley y  ejercen la función de juristas.... Todos los condes, señores, ciudades  y castillos necesitan síndicos, empleados y toda clase de gente estudiada.  No existe un noble que no requiera de un secretario. También los necesitan  los mineros, los comerciantes y los hombres de negocios (Lutero, 1530,  p. 240-244; traducción mía). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La educación, incluso, les servirá a aquellos que se van a dedicar a cualquier  otra clase de oficio, pues gracias a ella podrán conducirse mejor en su  trabajo y en su hogar: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Aún cuando un niño que haya estudiado latín deba luego aprender un oficio  y convertirse en artesano, siempre estará disponible en caso de ser requerido  como pastor o para algún otro servicio a la Palabra. Por otra parte, en  ningún caso este conocimiento dañará su capacidad para ganarse el sustento.  Al contrario, podrá gobernar su casa mucho mejor gracias a él (Lutero,  1530, p. 231; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esta sola consideración sería suficiente para justificar el establecimiento  por doquier de las mejores escuelas para niños y niñas: que el mundo tiene  que tener buenos y hábiles hombres y mujeres, hombres capaces de gobernar  bien sobre tierras y gentes, mujeres capaces de administrar la casa y entrenar  correctamente a los niños y a los sirvientes (Lutero, 1524, p. 368; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Todo esto no hace sino confirmar que, en la visión de Lutero, mientras  más y mejor educación haya, mejor será preservado el orden en todos sus  aspectos, tanto a nivel de la sociedad como un todo, como a nivel de la  familia, el trabajo y la vida privada. Tómese en cuenta, además, que en  las circunstancias históricas que vivía Lutero la extensión de la educación  se hacía aún más urgente debido a la necesidad de enraizar sólidamente  el nuevo orden de sentido en aquella cultura. Sin embargo, la necesidad  de extender la educación a todos no obedecía únicamente a la necesidad  de imponer y preservar un orden. Había un asunto más de fondo que presionaba  en esa dirección independientemente de las bondades que pudiera traer el  disponer de muchos hombres y mujeres bien educados. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Recordemos que, según Lutero, la incapacidad para apreciar el orden de  la Creación nos conduce a una vida en la que lo único que apreciamos son  nuestras propias barrigas. Cuando no logramos apreciar ese orden nos hacemos  soberbios, avaros, egoístas y terminamos sirviéndole a Mammón. Por el contrario,  cuando apreciamos ese orden en todo su esplendor, nuestra vida es poseída  por la humildad, la generosidad, el agradecimiento y el servicio a Dios.  Pero resulta que sólo podemos ser buenos cristianos si vivimos nuestras  vidas de este último modo. En caso contrario nos convertimos, como ha dicho  Lutero, en paganos, demonios, bestias salvajes, puercos escarbando por  siempre en el estiércol. Cuando nuestras almas se corrompen de ese modo,  no sólo dejamos de ser cristianos, sino que dejamos de ser seres humanos  y nos convertimos en seres infrahumanos. De esa manera perdemos nuestro  <I>ser</I> distintivo dentro de la Creación, por lo que, en esencia, dejamos de  <I>ser</I>. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> De lo anterior resulta que la educación es absolutamente indispensable  para que un niño pueda llegar a <I>ser</I> (humano, cristiano). La condición humana  es algo que se desarrolla a lo largo de la vida en la medida en que se  va apreciando y agradeciendo más el orden que permite nuestra existencia.  Ser un ser humano es un oficio que hay que empezar a aprender desde temprano  –al igual que las hilanderas y las costureras aprenden su oficio desde  temprano. No basta con haber sido bautizado, asistir a misa, obedecer las  leyes humanas y divinas, ser caritativo, etc., sino que hace falta aprender  a ver el mundo y a disponerse hacia él de una cierta manera. Sólo por medio  de la educación, entonces, es posible avanzar hacia la plena realización  de nuestra humanidad. Y es por eso que todos los hombres estamos en la  obligación de proporcionarle a todos los niños encomendados por Dios a  nuestro cuidado, la oportunidad de llegar en su educación tan lejos como  puedan, lo que equivale a desarrollar su humanidad tanto como les sea posible. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Ahora bien; la idea de que cada recién nacido estaba llamado por Dios a  apreciar el orden global de la existencia no sólo era contraria a lo que  se pensaba y se practicaba en los tiempos de Lutero, sino que rompía por  completo con el legado de la tradición medieval en ese aspecto. En efecto,  a lo largo de toda la Edad Media se había dado por sentado que el tipo  de educación que conducía a la posibilidad de contemplar el orden del universo  era dominio exclusivo de un grupo social particular: el clero. No es que  los demás grupos sociales careciesen de toda educación. Al contrario, cada  uno de ellos mantenía en su seno el tipo de educación que le era propio.  Pero, aparte del clero, ningún otro grupo social cultivaba sistemáticamente  la lectura, la escritura y la oratoria en latín, y mucho menos la filosofía,  la teología, el derecho, la medicina y las demás artes en las que se hallaba  comprimido el conocimiento del orden del mundo. Así, por ejemplo, entre  la nobleza dominaba el ideal del caballero de armas, y sus hijos recibían  un entrenamiento orientado hacia las proezas militares –manejo del caballo,  de la lanza, de la espada, código de conducta caballeresca, etc. Por su  parte, los artesanos y comerciantes solían preparar a sus hijos para los  oficios que ellos mismos ejercían, por lo que cada gremio o cofradía mantenía  escuelas dedicadas a la formación de sus miembros. Finalmente, los campesinos  formaban a sus hijos en el seno de sus propias familias y comunidades a  través de su participación cotidiana en las labores del campo y del hogar,  sin que mediara ninguna clase de educación formal. Como resultado de esto,  la inmensa mayoría de la población europea se mantuvo completamente analfabeta  a lo largo de toda la Edad Media, y no era infrecuente que hasta los mismos  emperadores, reyes y príncipes fuesen iletrados. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esta diversificación de la educación medieval muestra que aquella época  estaba lejos de dar por sentado que todos los seres humanos estaban destinados  a contemplar el orden global del universo. Por el contrario, diferentes  grupos de seres humanos estaban destinados a diferentes tipos de vida y  a diferentes clases de bienes. El destino de cada quien estaba determinado  por la clase social en la que había nacido, lo que imponía límites precisos  e intransgredibles a lo que la persona podía <I>ser</I> y hacer. Por ese motivo,  la clase social tenía que formar parte fundamental de la identidad básica  de cada quien: era aquello que uno no podía dejar de <I>ser</I> a lo largo de  toda su vida. En otras palabras, la pertenencia a una determinada clase  social no podía ser vista como un hecho accidental o una circunstancia  externa al individuo. Por el contrario, el <I>ser</I> de cada individuo su hundía  profundamente en su pertenencia a esa clase social. Al punto que para el  campesino (al igual que para el noble o el artesano), dejar de ser campesino  debía significar algo muy cercano a dejar de <I>ser</I> en general. Perder esa  identidad básica significaba perder toda orientación con respecto a las  acciones, actividades y bienes que se debían realizar o perseguir. Más  aún, dado que las diferentes clases sociales representaban diferentes tipos  de oficios por medio de los cuales los individuos contribuían con el funcionamiento  armonioso de su sociedad, dejar de pertenecer a cualquiera de ellas tenía  que implicar una grave pérdida de trascendencia de la propia vida. Podríamos  decir, en resumidas cuentas, que la diversificación social de la educación  medieval obedecía a una situación en la que el lugar que cada quien ocupaba  dentro de la sociedad le era consustancial a su identidad individual. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Podemos ver, ahora, que cuando Lutero plantea la necesidad de brindar a  todos el tipo de educación que antes estaba reservado para el clero, entra  en conflicto con ciertos aspectos muy básicos del orden medieval. Bajo  la perspectiva medieval tal expansión de la educación resulta completamente  innecesaria, tanto desde el punto de vista de la preservación del orden,  como del logro de la plenitud humana de cada quien. Para vivir una vida  plena de sentido en la Edad Media no hace falta ser capaz de apreciar el  gran orden de la Creación. Basta con realizar de manera excelente la tarea  que nos ha sido encomendada dentro de ese orden. Esto, ciertamente, requiere  que vivamos dicha tarea como “encomendada”, es decir, que experimentemos  su carácter trascendente, pero tal experiencia no necesariamente requiere  de una aprehensión directa del orden. Puede ocurrir, por ejemplo, que el  proceso de entrenamiento para un oficio particular no simplemente forme  destrezas técnicas (como lo pensamos hoy en día), sino que, en el mismo  acto, enseñe una cierta actitud hacia el trabajo, y, en general, hacia  la vida, sin la cual todas aquellas destrezas perderían sentido. Es lógico  suponer que en una cultura en buen estado, el orden de sentido en gran  medida ejerce su poder por vías invisibles y poco explícitas como ésta.  Tal invisibilidad, de hecho, constituye un elemento esencial de su poder.  Sólo cuando ese poder se deteriora, como ocurre en la época de Lutero,  aparecen la necesidad urgente y generalizada de buscar el orden y el afán  por contemplarlo directamente. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Por otra parte, debemos recordar que todos los individuos de esta sociedad  estaban sujetos a una educación regular, aunque informal, ejercida por  la Iglesia por medio de las misas y de la confesión. Como mencionábamos  en la sección 2 de este artículo, en la medida en que el latín era comprendido  por todos, la Iglesia, por medio de estas prácticas, podía instruir a la  población acerca del mundo en que vivía, y cuáles eran sus deberes dentro  de él. Se trataba, muy probablemente, de una enseñanza de carácter dogmático,  enfocada más en aspectos cotidianos de la vida que en temas generales.  Más que comprensión, exigía obediencia a las autoridades establecidas.  Pero este hecho resultaba perfectamente natural en un mundo en el que de  antemano se suponía que los únicos capaces de ganar claridad acerca del  orden del mundo eran los clérigos, quienes se encontraban en una situación  de cercanía al Creador, y, por tanto, eran directamente iluminados por  esa fuente suprema de toda luz y toda verdad. Los demás grupos sociales  sólo podían recibir una luz tenue de esa fuente –y ello sólo gracias al  papel mediador que jugaba la Iglesia. Más allá de eso se abría ante ellos  un misterio insondable con el que debían convivir hasta el fin de sus días.  No era de esperar, entonces, que estos “legos” ganasen mayor comprensión  acerca de temas de trascendencia, sino que obedeciesen respetuosamente  a quienes sí eran capaces de esa clase de conocimiento. Sobre la base de  tal obediencia se sostenía todo el orden social medieval. </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> La propuesta de Lutero, entonces, no sólo resultaba innecesaria dentro  del orden medieval, sino que era, inclusive, altamente peligrosa para él.  Lo que Lutero estaba proponiendo no podía significar allí más que una grave  confusión de papeles sociales, un caos en el que las funciones de unos  serían usurpadas por otros, lo que aparentemente sólo podía conducir a  una situación en la que ya nadie sabría cual es su rol en la sociedad y  cómo debía conducir su vida. Además, era de suponer que al expandir de  ese modo la educación, todos se sentirían autorizados para debatir acerca  del orden de la Creación, lo que resultaría destructivo para aquella obediencia  respetuosa a las autoridades sobre la que se sostenía el mundo medieval.  En pocas palabras, la propuesta de Lutero “des-ordenaba” el orden medieval  al deshacer la jerarquía de roles sociales que le era constitutiva. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> No en vano Lutero abogaba por incluir a todos los cristianos en el llamado  “estado espiritual” (véase la sección 2 del presente artículo). Con ello  pretendía mostrar, precisamente, que todos los hombres estamos llamados  a comprender y a predicar la Palabra de Dios. Esa igualdad fundamental  no sólo implicaba que todos podían poner en duda, cuestionar y discutir  lo que decían y hacían quienes ocupaban algún puesto de autoridad, sino  que, yendo más a fondo, modificaba la idea misma de autoridad que había  dominado a lo largo de la Edad Media. En efecto, como ya hemos visto, la  autoridad de la Iglesia medieval se derivaba de una presunta cercanía que  mantenían los miembros de ésta con el Creador. Esa cercanía hacía que los  clérigos formaran una clase aparte, claramente separada de los demás hombres  y jerárquicamente superior con respecto a ellos. Los clérigos se distinguían  de las demás clases sociales por una serie de poderes particulares (recordemos,  por ejemplo, la infalibilidad del papa) o por marcas particulares en su  <I>ser</I> (como el <I>character indelebilis</I> que Dios le imprimía al sacerdote al  momento de su ordenamiento). En todo caso eran algo más que hombres comunes.  Pero si se aceptaba la igualdad fundamental que postulaba Lutero, ningún  tipo de autoridad podía seguir derivándose de esa fuente, pues era inadmisible  la existencia de seres sobre-humanos que gozaran de un acceso privilegiado  a Dios. Quienes ocupaban un puesto de autoridad no podían hacerlo, entonces,  en virtud de algún poder especial que les fuese consustancial, sino simplemente  porque tenían el consentimiento de sus pares: los demás miembros de la  comunidad, cada uno de los cuales también estaba facultado para ejercer  ese puesto. Debido a eso, además, quien ocupaba algún puesto de este tipo  era responsable ante la comunidad y podía ser removido por ella cuando  fuese necesario. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Mediante el bautismo todos somos consagrados al sacerdocio.... Así que,  cuando un obispo consagra [a un sacerdote] es como si él, en nombre de  toda la congregación, cuyos miembros tienen todos igual poder, escogiese  a uno de entre ellos y lo encargase de usar ese poder en nombre de los  demás.... Ahora; precisamente porque todos somos igualmente sacerdotes,  nadie debe colocarse por encima de los demás y encargarse, sin nuestro  consentimiento ni elección, de hacer lo que está en poder de todos. Pues  lo que es común a todos, nadie debe atreverse a arrogarse a sí mismo sin  la voluntad y el mandato de la comunidad; y si ocurriese que alguien escogido  para tal cargo fuese depuesto por malos manejos, pasaría a ser exactamente  lo que era antes de asumir el cargo. De manera que un sacerdote en la Cristiandad  no es más que un funcionario. Mientras está en el cargo, tiene precedencia;  cuando es depuesto, es un campesino o un citadino como los demás (Lutero,  1520, The Three Walls of the Romanists; traducción mía).    <BR> Así que, del mismo  modo como aquellos que ahora son llamados “espirituales” –sacerdotes, obispos  o papas– no son diferentes de los demás cristianos ni superiores a ellos  (excepto por el hecho de que se les ha encargado la administración de la  Palabra de Dios y los sacramentos, que es su trabajo y oficio), así también  ocurre con las autoridades temporales –ellas detentan la espada y la vara  con la que se castiga al malvado y se protege al bueno. Un zapatero, un  herrero, un granjero: cada uno tiene la labor y el cargo de su oficio,  y sin embargo todos ellos son sacerdotes y obispos consagrados, y cada  uno, por medio de su propio trabajo u oficio debe beneficiar y servir a  todos los demás, de manera que muchos tipos de trabajo puedan hacerse para  el bienestar corporal y espiritual de la comunidad, del mismo modo como  todos los miembros del cuerpo se sirven entre sí (Lutero, 1520, The Three  Walls of the Romanists; traducción mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Como vemos, el cargo, oficio, puesto o, en general, el lugar particular  que alguien ocupa en la sociedad no le añade nada adicional a lo que la  persona ya <I>es</I> antes de asumirlo y lo que seguirá <I>siendo</I> luego de abandonarlo.  El que alguien juegue un papel social determinado no hace que <I>sea</I> otra  cosa que un hombre como los demás. En pocas palabras, lo que la persona  es –su <I>ser</I>– no depende del oficio particular que desempeñe. Por el contrario,  desde el nacimiento y el bautizo hasta la muerte todos somos lo mismo:  seres con cuerpo y alma llamados a alabar a Dios y predicar su Palabra.  Esa es nuestra identidad fundamental; con respecto a ella todas lo demás  en nuestras vidas es circunstancial y contingente. Y en ello consiste la  igualdad fundamental que hay entre nosotros. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esto, evidentemente, significa negar ese aspecto fundamental del orden  social medieval que mencionábamos antes: la suposición de que cada ser  humano pertenece de manera necesaria y esencial a una determinada clase  social, que constituye el eje central de su identidad como individuo. Bajo  esta visión medieval, el orden social era algo que fundaba lo humano, en  la medida en que sólo dentro de él los hombres podían ganar su <I>ser</I> individual.  Puesto de otro modo, el <I>ser</I> humano sólo podía fluir por los cauces que  le ofrecían las clases sociales. En ese sentido podría decirse que las  jerarquías sociales medievales tenían un carácter ontológico. Pero, en  la visión luterana, el orden social es secundario con respecto a lo que  los hombres <I>son</I>. La jerarquías sociales y la división de labores sin duda  son indispensables para que los hombres puedan llegar a ser hombres en  el pleno sentido de la palabra. Pero son indispensables no porque sean  el lugar donde se realiza lo humano sino sólo porque constituyen un mecanismo  para la producción de ciertos bienes fundamentales –educación, seguridad,  etc. Tales jerarquías, por tanto, tienen un carácter operativo: los seres  humanos asumen los diferentes puestos que las conforman sin que su <I>ser</I>,  su pensamiento y su acción se vean confinados a ellas. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Vemos, entonces, que la idea luterana de extender la educación a todos  traía consigo una idea de sociedad muy distinta a la medieval. Una de las  consecuencias de esta nueva visión de la sociedad era que los hombres no  podían limitar el campo de sus preocupaciones a sólo una pequeña parcela  dentro de la totalidad del orden social. Nuestra vocación a apreciar y  cuidar la totalidad del orden exigía que estuviésemos permanentemente atentos  al funcionamiento de toda la sociedad. Cada quien debía vigilar y contribuir  con el buen desempeño de todas las funciones sociales. En pocas palabras,  todos éramos responsables de mantener en buen estado cada una de las actividades  necesarias para la buena convivencia. Esta idea novedosa, de que todos  eran responsables por todo, obviamente tenía que modificar sustancialmente  la concepción acerca de quién y cómo debía encargarse de mantener los procesos  educativos en la sociedad. Como veíamos antes, los diversos procesos educativos  de la Edad Media no eran instaurados, supervisados ni coordinados por ninguna  institución en particular. Cada clase social, cada tipo de oficio estaba  encargado de darse continuidad a sí mismo. Dado que cada oficio era algo  “encomendado” a nuestro cuidado, educar a las futuras generaciones tenía  que formar parte esencial de cada oficio, pues sólo de ese modo evitábamos  que éste pereciera. El oficio de clérigo, y su correspondiente tipo educación,  estaban, claro está, a cargo de la Iglesia. La Iglesia medieval, en otras  palabras, tenía total exclusividad en lo referente al mantenimiento y la  orientación de la clase de educación que Lutero pretendía extender a todos. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Esta situación necesariamente tenía que cambiar. Había dos razones de carácter  circunstancial para ello y otra de fondo. La primera razón circunstancial  era que el tipo de educación que para la época se brindaba en los establecimientos  controlados por la Iglesia era considerado como pernicioso por los reformadores.  Hacía falta sustraer todos aquellos establecimientos al control eclesiástico  para poder imponer en ellos los nuevos programas educativos. La segunda  razón circunstancial era que, en las regiones que adoptaban la Reforma,  uno de los primeros actos de las autoridades era cortar inmediatamente  el flujo de dinero, donaciones, tierras y otros bienes que habían estado  alimentado la actividad de los monasterios, conventos y demás fundaciones  de dicha región. Esto obviamente traía como resultado el cierre de tales  instituciones, así como también de las escuelas que éstas solían mantener.  De modo que algún otro agente social tenía que encargarse de mantener escuelas.  Lutero vio a las autoridades temporales como las indicadas para llevar  a cabo esta labor. En esto, precisamente, consistió el tercer aspecto importante  de su reforma educativa. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Las razones de fondo que llevaron a Lutero a postular como deber de las  autoridades temporales el mantener escuelas gratuitas para todos los niños,  eran las mismas que lo habían llevado a ver a tales autoridades como las  más indicadas para luchar contra el poder de la Iglesia y promover, en  general, la causa de la Reforma. En la sección 2 de este artículo vimos  que, en la visión luterana del orden social, las autoridades temporales  no están sometidas o gobernadas por las autoridades espirituales –como  era lógico que sucediese dentro del orden jerárquico medieval. Por el contrario,  dentro de la organización global de la sociedad, las autoridades temporales  tienen una función propia y claramente diferenciada en la que son plenamente  soberanas –debiendo sometérseles, en ese campo, incluso la Iglesia misma.  Esa función consiste, como ya hemos visto, en preservar el “reino terrenal”,  es decir, el orden social que le permite a todos realizar su vocación como  cristianos. Con el fin de preservar ese orden las autoridades temporales  ejercen un poder coercitivo sobre los hombres, obligándolos a hacer (o  dejar de hacer) todo cuanto sea necesario para alcanzar dicho objetivo.  Si bien las autoridades espirituales también cumplen un importante papel  en la preservación del orden, su función es predicar, exhortar, traer las  almas hacia Dios por medio de la Palabra, pero no tienen facultades para  obligar a nadie por la fuerza, pues no les corresponde gobernar sobre las  acciones humanas. De modo que es prerrogativa de las autoridades temporales  refrenar a todo aquel que atente contra el orden, incluso si se trata de  un alto jerarca eclesiástico: </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> El poder temporal es un miembro del cuerpo de la cristiandad, y pertenece  al “estado espiritual”, aunque su trabajo sea de naturaleza temporal. Por  tanto, su trabajo debería extenderse libremente y sin obstáculos hacia  todos los miembros de todo el cuerpo; debería castigar y usar la fuerza  siempre que la culpabilidad lo merezca o la necesidad lo exija, sin detenerse  ante papas, obispos o sacerdotes (Lutero, 1520, The Three Walls of the  Romanists; traducción mía). </FONT></P>      ]]></body>
<body><![CDATA[<P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Dado que la educación de todos los niños lucía, ahora, como uno de los  principales modos de preservar el orden, parecía evidente que las autoridades  temporales debían asegurarla, incluso por la fuerza. Este era uno de estos  casos en los que “la necesidad lo exigía”. Ciertamente a lo largo de la  Edad Media las autoridades temporales también tenían por misión preservar  el orden social. Pero su condición de subordinación a la Iglesia hacía  que fuese impensable que ellas pudiesen encargarse de una labor que era  dominio exclusivo de su superior jerárquico. Eso sería una escandalosa  usurpación de funciones, algo tan absurdo como proponer que los artesanos  se encarguen de la educación de la nobleza y de los hijos de la familia  real. Por otra parte, como hemos visto, la preservación del orden medieval  no requería extender a todos el tipo de educación brindado en las instituciones  eclesiásticas. Era suficiente con asegurar la obediencia de todos a la  autoridad de la Iglesia. El papel de los reyes y príncipes en la preservación  del orden se limitaba, entonces, a servir de brazo armado para afianzar  la autoridad de la Iglesia en el mundo. De aquí que las expediciones militares  en defensa del papa, de la Santa Sede o del Santo Sepulcro, fuesen un ejemplo  paradigmático del tipo de actividad que era considerado como más propio  de un gobernante medieval. No en vano los reyes medievales eran coronados  por la Iglesia, juraban obedecerla y protegerla, y se comprometían a combatir  a los infieles. Por eso, precisamente, cuando Lutero exhorta a las autoridad  temporales a que funden escuelas, compara esta labor con la de mantener  ejércitos, y muestra que esto último no es suficiente para preservar el  orden. </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Mantengo que es deber de las autoridades temporales obligar a sus súbditos  a que mantengan sus hijos en las escuelas, especialmente a los más prometedores.  Pues verdaderamente es deber del gobierno mantener los oficios y estados  que hemos mencionado, de manera que siempre haya predicadores, juristas,  pastores, escritores, médicos, maestros, etc., pues no podemos prescindir  de ellos. Si el gobierno puede obligar a los súbditos aptos para el servicio  militar a cargar lanzas y mosquetes, proteger murallas y hacer otras clases  de trabajos en tiempos de guerra, cuanto más puede y debe obligar a sus  súbditos a mantener sus hijos en las escuelas. Pues aquí enfrentamos una  guerra peor, una guerra contra el demonio (Lutero, 1530, p. 257; traducción  mía). </FONT></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Lo distintivo del nuevo papel que Lutero le estaba asignando a las autoridades  temporales era, por tanto, no sólo su independencia de la Iglesia, sino  también el hecho de que la preservación del orden debía lograrse no tanto  por vía de la fuerza, sino haciendo que todos los súbditos pudieran apreciar  ese orden, se responsabilizaran de su mantenimiento y participaran activamente  en su cuidado. Esto nos hace volver a un punto que dejamos abierto unos  párrafos atrás: la idea de que todos somos responsables por todo y las  consecuencias que esto traía para el campo de la educación. En efecto,  estrictamente hablando, la responsabilidad por la educación recaía en todos  los miembros de la sociedad. Cada quien debía hacer su aporte a ella del  mejor modo que se lo permitiera su posición en la sociedad. Así, en las  autoridades temporales recaía la responsabilidad de recoger impuestos,  construir escuelas e imponer como ley la asistencia obligatoria de todos  los niños a ellas. En los predicadores y sacerdotes recaía la responsabilidad  de exhortar a todos, por medio de la Palabra, a asumir su responsabilidad  en el mantenimiento de escuelas (como, por cierto, lo hace Lutero en sus  escritos). Y en los padres recaía la responsabilidad de enviar a sus hijos  a las escuelas, así como también de contribuir económicamente con su mantenimiento  en la medida de sus posibilidades. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><B><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 5. Transición </FONT></B></P>      <P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> Con esto cerramos nuestra discusión en torno a los principales aspectos  de la reforma educativa impulsada por Lutero. Dicha discusión nos ha permitido  ver que tras esta reforma se perfilaba ya un nuevo modo de concebir a la  sociedad y al individuo. Vimos que ella apuntaba hacia una transformación  del modo de <I>ser</I> del ser humano en el mundo, lo que necesariamente tenía  que estar en estrecha correspondencia con el modo de <I>ser</I> de todas las cosas  en general. De manera que no podemos seguir postergando la pregunta por  la naturaleza exacta del orden de sentido que parecía estar retrocediendo  en la época de Lutero, así como también por la naturaleza de aquel otro  orden que parecía estar emergiendo. A este tema nos dedicaremos en el segundo  artículo de este ciclo. </FONT></P>      <P ALIGN="LEFT"><font size="3"> <B><FONT COLOR="000000" face="Times New Roman"> Lista de </FONT> </B><FONT COLOR="000000" face="Times New Roman"> <B>Referencias</B> </FONT></font></P>      <!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 1. BOCCACCIO, G. <B>El Decamerón</B>; Editorial Bruguera, Barcelona, 1978. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885724&pid=S1315-6268200300030000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 2. BOWEN, J. <B>Historia de la Educación Occidental</B>; Editorial Herder, Barcelona,  1992. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885725&pid=S1315-6268200300030000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 3. FUENMAYOR, R. <B>Truth and Openness</B>; Systems Practice, Vol. 4, N° 5; Plenum  Press, New York, 1991. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885726&pid=S1315-6268200300030000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 4. KIMBALL, B. <B>Orators &amp; Philosophers</B>; The College Board, New York, 1995. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885727&pid=S1315-6268200300030000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 5. LUTERO, M. <B>An Open Letter to the Christian Nobility of the German Nation  concerning the Reform of the Christian Estate</B>, en <I>Works of Martin Luther:  With Introductions and Notes</I>, Vol. 2; A.J. Holman Company, Philadelphia,  1915. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885728&pid=S1315-6268200300030000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 6. LUTERO, M. <B>To the Councilmen of All Cities in Germany that They Establish  and Maintain Christian Schools,</B> en <I>Luther’s Works</I>, Vol. 45; Fortress Press,  Philadelphia, 1999. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885729&pid=S1315-6268200300030000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 7. LUTERO, M. <B>A Sermon on Keeping Children in School</B>; en <I>Luther’s Works</I>, Vol.  46; Fortress Press, Philadelphia, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885730&pid=S1315-6268200300030000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 8. LUTERO, M. y Melanchthon, Ph. <B>Instructions for the Visitors of Saxony</B>,  en <I>Luther’s Works, </I>Vol. 40; Fortress Press, Philadelphia, 1958. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885731&pid=S1315-6268200300030000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P ALIGN="justify"><FONT COLOR="000000" size="3" face="Times New Roman"> 9. MACINTYRE, A. <B>Whose Justice? Which Rationality?</B> University of Notre Dame  Press; Notre Dame, Indiana, 1988. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=885732&pid=S1315-6268200300030000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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