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</front><body><![CDATA[   <font FACE="Verdana" SIZE="2">     <p ALIGN="center"><b>Eleonor Marx (1855-1898)</b></p>     <p ALIGN="center"><b>Gioconda Espina</b></p>     <p ALIGN="center"> <img border="0" src="/img/fbpe/rvem/v14n33/art15fig1.gif" width="253" height="365"></p>     
<p align="justify">Acerca de <i>El señor Marx no está en casa </i>(2009) de  Ibsen Martínez</p> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Construir sobre la propia  biografía al personaje que narra es un viejo y muy eficiente recurso no-velístico,  cuando se hace bien. Son inolvidables los policías y detectives que resuelven  los casos antes de que el lector llegue a la última página de todas las novelas  del mismo autor, como John Le Carre. Creo que ese ha sido el mayor logro de  Ibsen Martínez: crear en sus dos únicas novelas (la anterior fue El mono  aullador de los manglares, 2000), a partir de su propia biografía, al narrador  que ahora nos resulta familiar y del que esperamos nuevas historias. El narrador  es hijo de padre trabajador de la industria petrolera venezolana y un fanático  de los Leones del Caracas y de la salsa de Ismael Rivera, que siente como nadie  el placer que le dan el güisqui bueno, los puros hondureños y los habanos y que  pasó más de 20 años escribiendo culebrones para la televisión (que a nadie se le  olvide que I. Martínez fue el autor de Por estas calles). De su afición por la  literatura “negra” debe haber fraguado ese recurso, así como el de combinar una  historia presente con una del pasado, lo cual no todo el mundo sabe hacer pero  él sí, en esto estoy de acuerdo con Rodrigo Blanco, que acaba de publicar una  entrevista con el autor. Del oficio de escritor de telenovelas debe haber sacado  la idea de hacer de Carlos Marx un incestuoso, “gancho” para atrapar compradores  y lectores que, me parece, no era necesario, pues por su fama en televisión el  autor hubiera conseguido los mismos lectores que ha tenido. En cambio, no añadió  a los marxistas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Y es que el marxista de uña en  el rabo ni siquiera quiere leer tal “irrespeto a la memoria del camarada y a la  verdad histórica”, ni siquiera en el reverso de la tapa del libro. Y los  marxistas críticos, que son legión y, por cierto, la legión más importante de  los pensadores contemporáneos, desde fines de la primera guerra mundial hasta  nuestros días, buscarán afanosamente esas dos páginas en las que el narrador  cuenta “la noche del estupro” del señor Marx con su hija menor Eleanor Marx, de  16 añitos, hecho ocurrido en el diván del estudio de los Marx en su casa  londinense.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hubiera preferido como lectora  que el “gancho” no se hubiera concebido y que toda la novela hubiera sido sobre  un señor alemán cualquiera, exilado en Londres en los mismos años, con señora,  criada y tres hijas sobrevivientes de un número mayor de partos, así nadie  hubiera podido demostrar la conexión del filósofo con ese señor X incestuoso y  nadie atacaría a la novela en defensa del marxismo, casi siempre sin comprarla  ni leerla. O que la novela hubiera sido sobre la suicida Eleonor Marx, que  bastante tenía para terminar sus días y no requería además de un padre  incestuoso. O que la historia fuera la del narrador que escribe 150 capítulos de  una teleboa para Telemundo de Miami, mientras mata un tigre haciendo una  investigación seria sobre la familia Marx, sin ningún supuesto que no tuviera  soporte académico, por lo cual los resultados de la investigación tendrían una  importancia secundaria en la ficción. La elección fue otra, la historia íntima  de la familia Marx, un verdadero culebrón de alemanes pobres exilados en  Londres. De la familia he dicho, porque de todo lo demás, de la obra monumental  que Marx y Engels escribieron y de la que nadie puede zafarse hasta hoy, aunque  sea para revisarla, ajustarla o defenestrarla, ni una palabra se dice en esa  novela que, en cambio, insiste en describir minuciosamente enfermedades y  tratamientos de la época o en convertir libras esterlinas a euros de hoy. La  verdad es que tan prescindible resultan en la ficción estas informaciones como  la de la evolución de las diversas proposiciones marxistas que siguen haciendo  preguntas a filósofos, sociólogos, antropólogos y teóricos políticos. No a la  masa de militantes, a quienes nunca les ha valido mucho la teoría, sino a los  teóricos que logran convencer a líderes políticos de sus propuestas y así  inciden en las militancias y en los pueblos, para bien o para mal.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En mi opinión, la elección que  se hizo el autor fue la equivocada, literariamente hablando, porque la que el  narrador llama la hipótesis de Gloria Abadí no es de ella sino del narrador. Lo  que la psicóloga le dice es que si el narrador le hubiera contado la historia  del suicidio de Eleonor sin nombrar a Marx, ella hubiera concluido que hubo  incesto y culpa que llevó al suicidio. Algo que vale lo que vale cuando se está  acostada desnuda, tomando y fumando un puro hondureño, pero que no resiste  análisis. Primero, porque en la clínica no hay hipótesis generales para toda  mujer violentada por su padre; hay que oír caso por caso y por varios días,  hasta que salga la verdad de “la noche del estupro” de cada una. Segundo, porque  el novelista mismo se encarga –sin dejar de recordar muy de vez en cuando el  “gancho” que inventó por razones de mercado– de acabar con la hipótesis de Marx  incestuoso. La descripción sumaria del mismo “acto” muestra a un señor borracho,  hablando incoherentemente mientras musita el sobrenombre de un hijo muerto (Mouche)  y a quien la hija no se quita de encima, como puede hacer con relativa facilidad  cualquier adolescente con un borracho desarmado y sin pandilla que le cante la  zona (lo que, por ejemplo, no pudo hacer Rebecca, la hija del narrador, víctima  de una violación tumultuaria). La militante que estaba por resultar Tussy, apodo  de Eleanor, quien llegó a ser una gran oradora, podría habérselo sacado de  encima y salir corriendo a meterse en su cuarto o en el de la criada Lenchen,  que era una más de la familia. Además ¿por qué una muchacha de 16 años que haya  sido “violada” por su padre no le echaría llave a la puerta del cuarto ella  misma? ¿Por qué lo haría, en cambio, la criada, a quien la muchacha nada ha  dicho en la novela?</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La hipótesis de Marx incestuoso  es invalidada, pues, por el propio narrador, que nos muestra a un padre  maloliente, borrachín, enfermo, siempre en quiebra y pidiéndole prestado a  Engels (con todo, el narrador informa que Marx entregó el primer volumen de El  Capital a los 39 años), como uno pendiente de que su hija Laura y su marido  socialista francés Paul Lafargue abandonaran París antes de que los allanaran y  los metieran presos por comuneros; o preocupado por el nacimiento del bebé de la  mayor, Jenny, también casada con socialista francés de apellido Longuet; o muy  interesado en llevarle su última foto, tomada en Argel, a su hijo bastardo, el  obrero Freddy Demouth. Todas las hijas militantes socialistas sugieren una  identificación con los ideales del padre amado y no un rechazo por oscuras  razones. Y la elección de hombres socialistas por las tres hermanas lo  ratificaría. Que Tussy terminara el noviazgo con Lissagaray, no significa que el  padre incestuoso lo impidiera por celos, pues según el mismo narrador Tussy le  reclama a la hermana Laura no tratar bien a su “Lissa”, de manera que lo que  parece más lógico es que a todo el clan Marx no les caía bien Lissagaray por  alguna razón. Más razonable como causa probable del suicidio de Eleanor resulta  la traición de su amante, quien no sólo se casa a escondidas –mientras vivía con  ella– con una actriz de tercera sino que la presiona para quedarse con los  derechos de autor de Marx. Suposición que, por cierto, no le resta fuerza al  hecho de que, seguramente, estaba decepcionada de los socialistas europeos, cada  vez más socialdemócratas y menos comunistas después de la muerte de Marx y  Engels. Que la hipótesis del incesto supuesto se le hizo insostenible al autor  de la novela lo demuestra que lo haya despachado en cuartilla y media, del  segundo párrafo de la página 216 al primero de la 218, mientras que el resto de  las páginas se las dedica a las otras dos hipótesis.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Una última cosa: al escritor de  teleboas nunca se le dieron las escenas de amor –confiesa– y, casualmente,  tampoco al autor de esta segunda novela del autor, pues la mayoría de las  escenas no son de amor sino sexuales “tipo cutre”, llenas de pestes axilares,  olor de tabaco en la barba y en los abrigos de lana, sudores de ingles, pus de  furúnculos y alientos de cerveza y coñac del día anterior, así como de  posiciones sexuales raras como las de la “rana” que practica Edward Aveling con  Tussy. Quizás las únicas de amor y, por lo tanto, televisables son las del  narrador con la psicóloga clínica que diagnostica a personajes como si fueran  personas, especialmente una escena en una playa de Costa Rica, bien  hollywoodense ella, excepto el detalle de los vellos que sobresalen del traje de  baño enterizo.</font></p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS</font></b></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="Verdana" size="2">1. Martínez, Ibsen (2009). El  señor Marx no está en casa. Grupo Editorial Norma (La otra orilla).</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2817949&pid=S1316-3701200900020001500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body>
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