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versão impressa ISSN 0254-1637
Argos v.23 n.44 Caracas jun. 2006
Houston-Caracas. The tale of two towns: dos ciudades del petróleo*
Houston-Caracas. The tale of two towns: two oil cities
Roberto Segre
Universidad Federal de Río de Janeiro. bobsegre@uol.com.br
*El presente artículo fue posible por el otorgamiento de la Cullinan Chair en la Rice University School of Architecture, Houston, Texas, durante el primer semestre del curso 1995-1996. La colaboración de los profesores Richard Ingersoll y Stephen Fox de Rice; la ayuda del IERU (Instituto de Estudios Regionales y Urbanos) de Caracas, y el tiempo facilitado por la Coordinación del PROURB (Programa de Pós-Graduação em Urbanismo) de la FAU-UFRJ, Río de Janeiro, y por la beca que otorgara el CNPq. (Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico) de Brasilia.
1. Paralelismos y divergencias
Comparar Houston y Caracas tiene su origen en un ejercicio académico realizado en 1995: facilitar a un grupo de estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Rice, el acercamiento a los problemas de una capital latinoamericana, distintos a los experimentados cotidianamente en su ciudad de origen; y asumir el desafío crítico de dilucidar similitudes y contraposiciones en dos formas del habitar urbano, con múltiples puntos de contacto y objetivos similares en la representación cultural generada por concretos grupos sociales. Se intentó coser las experiencias vividas coralmente, imaginando las estructuras ambientales del futuro en estos tiempos de pesimismo generalizado, en busca de la soñada utopía, de la fugaz felicidad del Paraíso, más allá de las diarias vivencias del Infierno (Calvino, 1972). A partir de una interpretación dialéctica de dos modelos opuestos, sintetizar sus logros y deficiencias, encontrar las múltiples alternativas viables para una población metropolitana cada vez más atrapada en las redes de la improvisación y el egoísmo, la irresponsabilidad y la codicia, la fealdad y la pobreza. Ante la anunciada "muerte" de la ciudad (Choay, 1994), salvar los fragmentos de belleza que el hombre desea y ansía; rescatar las "alegrías esenciales" de Le Corbusier, no como atributo de "pocos", sino como derecho de "muchos"; mínimas compensaciones al vacío de la alienación y la carencia de contenido en la cotidianidad de millones de habitantes urbanos.
Surgieron dudas sobre la factibilidad de establecer un paralelismo entre ciudades caracterizadas por condiciones divergentes: las metrópolis, orteamericana, dependiente y soviética (Angotti, 1993). Ello resulta viable ya que los límites y diferencias del proceso de urbanización en el mundo se borran cada vez más: la desintegración de la URSS debilitó los controles de la planificación socialista en los conglomerados suburbanos de Rusia ante el resurgimiento de la propiedad privada; el flujo migratorio de "latinos" en Los Ángeles generó periferias que no divergen de las existentes en Ciudad de México; los problemas circulatorios de Tokio o San Pablo poseen fuertes semejanzas. De allí que el incremento de inmigrantes mexicanos o vietnamitas en Houston la acercan a los problemas sociales del llamado "Tercer Mundo". En la época de bonanza, Caracas pretendió ser una ciudad del "Primer Mundo", como ahora imaginan serlo Buenos Aires o Santiago de Chile. En síntesis, consideramos de utilidad verificar cómo condiciones originarias parecidas generan soluciones disímiles y al mismo tiempo, procesos opuestos culminan en imágenes homólogas.
El punto de partida de ambas ciudades - sitio y contexto geográfico produce configuraciones opuestas. Caracas está situada a 900 metros de altura en un valle de 18 kilómetros circundado de montañas. Houston, a 20 metros sobre el nivel del mar en una planicie que carece de límites físicos visibles. La primera compone un espacio cóncavo (Vegas, 1992); la segunda se diluye en un entorno inasible, no se percibe bien si sobre el inquieto mar o sobre el diluido desierto (Lerup, 1994). La naturaleza, en la capital venezolana, es una realidad material, tangible: el perfil verde profundo del Ávila predomina en la relación figura-fondo y su dimensión nunca es superada por los rascacielos. En Houston, las torres son la "naturaleza" estable sobre el evanescente "tiempo": las nubes de tormenta pasajera sobre la ciudad son atravesadas por afiladas agujas de acero y cristal. La topografía produce imágenes contrastantes. En Caracas, el derrame de la "lava" urbana en el valle construye la silueta de un caballo (Guzmán, 1993), mientras que la estructura de anillos concéntricos de las freeways houstonianas rememora la trama de la telaraña. Por una parte, los vacíos del duro y reverberante asfalto de los estacionamientos distribuidos arbitrariamente en el llano; por otra, la multitud de ranchos trepados en las colinas, densa estructura informal donde se apiñan los pobres de Caracas.
Una malla regular es el origen común de ambas ciudades, a pesar de los tres siglos que las separan. Diseños homólogos surgidos de contenidos diferentes. En Caracas, las 25 manzanas visibles en el plano de Juan de Pimentel (1578) constituyen la aplicación de las Leyes de Indias. La Plaza Mayor es el vacío que constituye el espacio social hegemónico, destinado a concentrar las funciones políticas, religiosas y económicas (Rojas-Mix, 1978). Esta perfección geométrica reúne los atributos humanos y divinos de la ciudad hispánica. Por una parte, centro evangelizador e irradiador de la nueva cultura e ideología sobre la población indígena. Por otra, locus estable de los colonizadores, dueños del territorio conquistado. La síntesis entre el contenido mesiánico del asentamiento cristiano y la regularidad renacentista identificada con la economía mercantil y el humanismo civilizador (Sartor, 1993) aparece en la forma cerrada, en los límites definidos y precisos. Hecho visible en el predominio de las construcciones religiosas, estandartes arquitectónicos que sobresalen de la trama. No ocurre lo mismo en Houston: cuando los hermanos neoyorquinos A. C. y John Kirby Allen trazaron las primeras manzanas y calles a orillas del Buffalo Bayou en 1836, el móvil era crear un sitio estable para la nueva población anglosajona que progresivamente emigraba hacia el vacío Texas, recién arrebatado a los mexicanos (Miller, 1992). De allí que en las primeras décadas, sólo fueron construidas viviendas individuales aisladas, una iglesia, hoteles y almacenes. La tierra era asumida en términos de un parcelamiento comercial (Fox, 1990). Ni el espíritu colonizador de los españoles en San Antonio o Los Angeles, ni el utopismo religioso de los Mormones en Nauvoo o Salt Lake City (Kostof, 1991) resultan un antecedente de la nueva ciudad. No es casual su ausencia en el estudio de Reps sobre las ciudades de la frontera americana (Reps, 1980), o el comentario de Philip Johnson, al decir: "Houston es la última gran ciudad del siglo XIX donde la gente no se propone objetivo alguno" (Miller, 1992).
Situadas a orillas de un río - el Guaire y el Buffalo Bayou - el propio nombre manifiesta el contenido divergente del hecho urbano. Establecida la ciudad en el valle de San Francisco, Diego de Losada (1567) la denomina Santiago de León de Caracas, en homenaje a la Orden de los Caballeros de Santiago de León, que en España protegía a los peregrinos y, en reconocimiento a la presencia de los indios caracas en la región, complementa la denominación del nuevo asentamiento (Troconis de Veracoechea, 1992). La nomenclatura responde a un sentido de integración social, de síntesis cultural entre nativos y recién llegados. Nada similar en la ciudad tejana: los hermanos Allen asumieron al aventurero Sam Houston, como homenaje y recordatorio de la derrota del presidente mexicano Antonio López de Santa Anna en la batalla de San Jacinto, que selló la separación definitiva de Texas del territorio mexicano. Concepción excluyente que nada recuerda de la preexistente cultura latina local.
En términos culturales, la esencia de las dos ciudades responde a concepciones religiosas contrapuestas que definen la modernidad "ilustrada" del protestantismo y la modernidad "barroca" del catolicismo (Fernández Cox, 1995); o sea, libertad individual versus condicionamiento social autoritario. La ética del "ascetismo mundial", definida por Max Weber (Sennett, 1988) está asociada al valor del trabajo, al pragmatismo, al individualismo introvertido que reduce al mínimo la exteriorización de sentimientos y rituales en la vida social. Por el contrario, en la cultura barroca latinoamericana, todo es extroversión y simbolismo sensible.
2. La amnesia del oro negro
En América, durante varias centurias, el comercio y la economía de plantación determinaron la expansión lenta de las estructuras urbanas. Existieron excepciones, al comienzo de la Conquista, cuando Ciudad de México, Lima o Potosí, tuvieron un repentino y desproporcionado crecimiento por los recursos provenientes de las minas de oro y plata. De allí que Caracas y Houston, relacionadas con la producción agrícola - café, cacao y tabaco en la primera, algodón en la segunda - mantuvieron una escala reducida hasta el siglo XX: en 1891 la capital venezolana poseía 72.429 habitantes (Troconis de Veracochea, 1992) y en 1900 Houston tenía 44.633 (Miller, 1992). El descubrimiento de la riqueza petrolera en Texas y el Zulia cambió la base económica de las dos ciudades. A pesar de las dos décadas de diferencia entre la explotación de los pozos en Estados Unidos y Venezuela - los primeros en Texas fueron en 1901 y 1905; en Maracaibo, el indicio inicial aparece en 1910 y la veta del lago estalla en 1922 (Angotti, 1995) - ya en la década del treinta el grueso de los recursos locales emanaron del petróleo. Ello transforma radicalmente la esencia de la vida urbana.
El primer hecho significativo radica en la desproporción existente entre el trabajo humano físico realizado y el beneficio obtenido. Ello avala la hipótesis de la disponibilidad infinita de los recursos en el vientre de la Tierra en manos de una minoría. Al constituir un producto de consumo universal, demandado básicamente fuera de los límites del territorio que lo produce, está vinculado a los avatares de la economía mundial regida por los centros de decisión: Nueva York, Londres, Amsterdam, Tokio, Berlín. El proceso de extracción y transformación del petróleo fue regido durante el siglo XX por las grandes corporaciones internacionales: Shell, Texaco, Standard Oil, Gulf, Creole, Exxon, etc. En la ciudad contemporánea, la cultura de los hidrocarburos del siglo del petróleo (Angotti, 1993) tuvo consecuencias devastadoras. El incremento poblacional se acelera en progresión geométrica, sin una relación armónica con el desarrollo económico urbano, sin que ello implique una planificación o un control de la forma de la ciudad. Si en Caracas a partir de los años treinta existió un intento de planificación estatal, Houston es la única ciudad de Estados Unidos que rechazó la instauración de un zoning (Feagin, 1988). Luego aparece el automóvil, siniestro objeto hegemónico en la vida urbana. Los 500 millones de vehículos que circulan en el mundo alteraron las infraestructuras viarias y de almacenamiento que en la actualidad ocupan un 30 por ciento del espacio de la ciudad. Su concentración en las urbes "petroleras" en la segunda mitad de siglo modificó la imagen heredada. El predominio de las funciones terciarias - consumo, finanzas y administración - es otro factor que caracteriza la vida citadina. Complejos nudos de autopistas, altas torres de oficinas apiñadas en la city, lujosos centros comerciales y residencias dispersas en suburbios bucólicos - básicos en la cultura del petróleo - se dilatan a todo el paisaje de Estados Unidos.
Hasta la segunda Guerra Mundial, el proceso de transformación de ambas ciudades no tuvo el carácter corrosivo que a partir de la década del cincuenta. El tejido originario de la cuadrícula aún predominaba sobre las expansiones; la altura de los edificios de oficinas mantenía una escala equilibrada en relación con la calle y el peatón (Caraballo, 1991). Con los sucesivos booms en las décadas del cincuenta y setenta, con sus consecuentes crisis, las construcciones megalómanas, la especulación financiera e inmobiliaria destruyeron la continuidad de la forma urbana. Fue diferente el desarrollo económico en Texas y Venezuela, en términos de los recursos disponibles. Es aquí donde aparecen las divergencias entre el Primer y Tercer mundos. En Houston radicaban las principales empresas internacionales del petróleo y de las tecnologías afines que exportaban el know-how a todas partes del mundo. Una política de inversiones abiertas, no sólo concentradas en el comercio y los servicios, creó funciones alternativas. La localización del centro espacial de la NASA en l961, con múltiples infraestructuras subsidiarias, así como el desarrollo del Texas Medical Center, uno de los mayores conjuntos hospitalarios de Estados Unidos, constituyen factores dinamizadores de las finanzas locales. Al constituir Caracas la capital nacional del Estado, éste mantuvo un riguroso control sobre los recursos. El beneficio estatal del 50 por ciento sobre la venta del petróleo hizo que el peso de las grandes empresas en la construcción urbana fuera menor que las iniciativas gubernamentales. O sea, no existió generación de actividades productivas que asimilasen a la población pobre que emigró durante décadas del campo a la ciudad. En la actualidad, más de dos millones de habitantes integrados en la economía "marginal" ocupan ranchos en cerros y colinas, imagen típica de las estructuras económicasparasitarias y rentistas, predominantes en el Tercer Mundo (Negrón, 1995).
El dinero del petróleo creó la ilusión del progreso y la confianza en la ciencia y la técnica como soportes del ambiente construido. Cuando el hombre pisó por primera vez la luna se dijo: "The moon is on Houston time" (Miller, 1992). Las obras adquieren una desmesura inusitada (Fernández Galiano, 1994), una escala casi esquizofrénica (Lerup, 1994) que escapa a las posibles relaciones contextuales con el entorno. La construcción del Astrodome (1965) para competencias de fútbol y béisbol - el espacio con aire acondicionado más grande del mundo, para 66.000 espectadores - hizo que Peter Papademetriou lo comparara con la obra de Sixto V en la Roma vaticana (Fox, 1990). Es como si en Houston hubieran querido materializar la burbuja plástica de Fuller sobre Manhattan. Luego, la competencia de gigantes en el CBD (Central Business District), multiplica el viejo sueño de la torre de Babel y de las catedrales medievales, de obtener la redención divina, con los 50 pisos del One Shell Plaza de SOM; los 56 pisos del Republic Bank Center de Johnson; los 71 del First Interstate Bank Plaza de SOM; los 75 del Texas Commerce Tower de Pei, así como los 64 de la Transco Tower de Johnson. De repente, al bajar los precios del petróleo en la crisis de 1984, todo se detuvo: los bancos quebraron, las torres se vaciaron, el CBD reafirmó las arenas movedizas de su espacio fantasmagórico.
Caracas expresa con menos intensidad el gigantismo promovido por el oro negro. Ello se debe a la primacía de la iniciativa estatal, más articulada con una visión de continuidad de las estructuras urbanas. Las torres con imagen corporativa - Polar, La Previsora o el antiguo Banco Unión - se diluyen dentro del sistema de edificios altos en el área central. El período de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-58), el momento más intenso de la imagen "petrolera" de la ciudad, identificada con el sistema de autopistas, impulsó obras monumentales del poder militar: avenida de Los Próceres y paseo de Los Precursores; también un conjunto de proyectos civiles que aún hoy siguen siendo los mejores de la ciudad: los bloques de viviendas populares, la Ciudad Universitaria, el Centro Simón Bolívar, el Parque del Este. Tres edificios simbolizan el cambio de escala territorial en los cincuenta, el centro comercial Helicoide de la Roca Tarpeya y el hotel Humboldt de Tomás José Sanabria, en las alturas del Ávila; en los setenta, el conjunto del Parque Central de Siso & Shaw, con dos torres de 60 pisos y cuatro bloques de 45, testimonio tangible del torrente monetario que introdujo el boom generado por la guerra de los Siete Días entre Israel y Egipto.
El carácter amnésico del petróleo tiene que ver con su generación espontánea. Aparece súbitamente en cualquier lugar de la Tierra: su explotación no está asociada a ninguna historia ni expresión cultural regional. Asimismo, representa la modernidad más avanzada al surgir en el siglo XX la tecnología necesaria para su extracción: la mayoría de los mecanismos móviles del presente-futuro existen gracias al petróleo. Cambia los destinos de latifundistas y empresarios; convierte anónimos propietarios de tierras en magnates. Las ciudades transpiran la dinámica del dinero que pasa de mano en mano: cambian las personas, las ropas, los automóviles, las casas, las oficinas, las tiendas, las calles, las plazas. La tesis es que el futuro siempre será mejor (Theis, 1990). No hay tiempo para hurgar en las propias raíces, buscar referencias, recordar acotaciones. Los modelos externos son asumidos al instante: Houston desea ser como Nueva York; Caracas intenta sustituir el "París pequeño" por el "New York junior" con las autopistas de Houston (Gilbert, 1994). La literatura documenta los fenómenos de desintegración social y arquitectónica asociados con el petróleo. Ya en los veinte, Upton Sinclair en su libro Oil!, denunciaba la estructura parasitaria de Los Ángeles y Houston. En Caracas, el contraste es más brutal ante la existencia de una estructura urbana con 400 años de edad que se resiste a ser barrida. Alejo Carpentier se refiere a la ciudad "cuya existencia cotidiana es siempre como un renovado happening" (del petróleo) (Carpentier, 1979). José Ignacio Cabrujas denuncia la pérdida de identidad y personalidad de Caracas: "Los caraqueños vivimos en una vitrina de sucedáneos, absolutamente irrepetible. Somos la maqueta de una ciudad universal, incapaz hasta ahora de encontrar su financiamiento. Todo lo que hemos levantado nos pareció en algún momento cierto, pero sólo con la certeza del parecido. En el fondo somos la literatura de una ciudad que debe existir en trocitos en el resto del planeta" (Cabrujas, 1988).
3. Peatón, caballo y automóvil
Desde el inicio, Caracas y Houston representan dos formas diferentes de circular: en la primera predomina el peatón y en la segunda el caballo y el ferrocarril. De allí la tendencia a la expansión en la cuadrícula cartesiana, adecuada al libre movimiento del peatón, frente a la linealidad generada por la concentración de funciones accesibles desde el caballo, que perdura con la instalación de las líneas férreas. Aunque la calle comercial es de antigua data en Occidente y en Oriente (Alsayyad, 1994), adquiere una personalidad propia en el Oeste americano: en la main street de los poblados se concentran las actividades sociales, separadas de las viviendas aisladas. Surge así la tipología del strip (Ford, 1994), dominante en la moderna ciudad del Norte, reafirmado por la aparición del automóvil: en Houston son los kilómetros de la rectilínea Westheimer Road.
El paso de la cultura del caballo al automóvil es más acelerada que la del caminante. Aquí reaparece la antítesis entre predominio de la vida social o de la individual que se plantea en las dos Américas. El peatón - del latín pedes, soldado de infantería (Vegas, 1983) - es más gregario y colectivista que el jinete. Éste deambula solitario sobre el territorio, ajeno a los vínculos comunitarios urbanos. Texas se identificó con la filosofía del cowboy. La presencia del automóvil reforzó y fortaleció esta visión de la realidad. Multiplicada la facilidad y velocidad de movimiento, el "llanero solitario" exige la total libertad de acción. Presente en la ciudad en 1902, su uso se incrementa aceleradamente y en 1940 puede afirmarse que casi desaparece en Houston el transporte público: en 1927, el 80 por ciento de los habitantes utilizaban el tranvía y el ómnibus, mientras en 1939 lo hace sólo el 6 por ciento de la población. En los años veinte, la proliferación de vehículos particulares promueve conexiones rápidas entre ciudades: surgen las parkways (Giedion, 1954). Con la expansión de la suburbia y el crecimiento de la población, en la segunda mitad del siglo XX las freeways cruzan libremente territorio y ciudad.
El automóvil y su infraestructura se convierten en los protagonistas del espacio y la vida urbana. Estacionamientos horizontales y verticales, infinitos puestos de gasolina, multitud de locales de venta de vehículos; rent-a-car en puntos estratégicos; terminales de ómnibus; cafeterías drive in, y las extendidas freeways. La trama regular del centro queda aislada de las independientes y arbitrarias urbanizaciones periféricas. Toma forma el modelo de NAC (New American Cities), conformado por tres elementos claramente definidos: el Downtown, la Suburbia y la Edge City (Mateo, 1993). Atrás quedó la ciudad continua, la articulación entre el centro y los barrios residenciales, la personalización de los lugares públicos. En Houston el centro ha dejado de constituir el sitio de la congregación, de la vida social. Las amplias galerías de hierro fundido, que protegían a los transeúntes del tórrido sol veraniego, desaparecen demolidas por la picota especulativa. Las brillantes torres vaciaron la calle de peatones. Ya nadie camina por las precarias aceras, fuera de los homeless, quienes a partir de las cinco de la tarde lo ocupan nómadamente (Vidler, 1993). Puentes envueltos en cristales térmicos y escondidos túneles comunican los edificios y conforman los espacios de circulación, en que se cruzan miradas fugaces los rostros tensos de los 180.000 empleados de bancos, compañías de seguros y empresas petroleras. Silencio que perdura en todo el sistema vial: en su indudable eficiencia que permite la circulación incesante día y noche, ni semáforos ni embotellamientos (Jiménez, 1990) en los sistemas automáticos de abastecimiento. Es posible sobrevivir en la autopista sin pronunciar una sola palabra.
Robert Venturi (1968), Tom Wolfe (1967) e inclusive Reyner Banham (1971), entusiasmados con Las Vegas y Los Ángeles, hicieron la apología del paisaje del strip y de la edge city. Hoy, agotados por la multiplicación reiterativa de signos luminosos, de anuncios publicitarios, de luces de neón y reflectores, ya resulta imposible reconocer los "lugares" en el veloz deambular por las freeways. El anonimato impersonal (Sennett, 1988) domina a lo largo de las autopistas o en las islas introvertidas de los shoppings que conforman los non-lieux (Augé, 1992). Y el soporte viario, estructurado en un sistema radioconcéntrico, posee las mismas connotaciones: en Houston no llega a destino quien carezca de memoria numérica para las Interstate Highways 10, 45, o 610. Sólo los rascacielos del centro, vistos a la distancia desde los nudos y tréboles que los circundan como las murallas medievales, poseen una personalidad arquitectónica en el combate cuerpo a cuerpo de la identificación corporativa. Ni siquiera la "ciudad" comercial Galleria, con una superficie mayor que el centro de las ciudades europeas de Colonia o Ámsterdam, logra transmitir un mensaje que la identifique sobre el territorio: una vez más fue Philip Johnson quien la hizo visible en el paisaje con el hito de la Transco Tower.
Diversos autores - Violich (1987), Greenfield (1994), Gilbert (1994) - sostienen que las autopistas hicieron de Caracas la ciudad latinoamericana semejante a las estadounidenses. En relación con Houston, resultan notables las diferencias. En primer lugar, el sistema vial posee una estructura lineal, extendida básicamente sobre el eje del valle. Por lo tanto, no se superpone sobre la trama urbana sino que conforma una hendidura de la estructura en dos niveles: en la profundidad del valle de San Francisco - la autopista Francisco Fajardo - y en la ladera de la montaña - la "cota mil" o Avenida Boyacá - borde preciso de la expansión constructiva. Tanto en el tronco principal como en las ramificaciones - Caricuao, del Valle, Baruta, Petare - las referencias están siempre determinadas por la especificidad de la arquitectura o la naturaleza. Tampoco se alcanzó el reduccionismo de los números: hombres o animales mantienen la primacía en la memoria de los usuarios. Los principales nudos y tréboles se denominan "La Araña", "El Pulpo", "El Ciempiés". Por último, las contradicciones implícitas al Tercer Mundo logran hacer de las freeways un espacio de estar más que de circular. En América Latina, el descontrol urbano, el excesivo número de automóviles en relación con las vías existentes, consiguen paralizar cotidianamente, por horas, el tránsito en la ciudad. Los conductores dejan de ser entidades aisladas y silenciosas e inician un diálogo fraterno en el tiempo estático; los vendedores ambulantes brotan de la tierra y ofrecen todo tipo de mercancías a lo largo de la autopista (Marcano, 1995). Por ejemplo, en Río de Janeiro, el promedio de parálisis en el carro es de dos horas por habitante; la pérdida de recursos - desgaste y gasolinade 700 millones de dólares al año; el insumo de combustible de cada usuario incrementado en un 67 por ciento (Ventura, 1996). Es similar el fenómeno en Caracas.
Ni el peatón, ni el transporte colectivo han abandonado la ciudad. Mientras en Houston el caminar queda restringido a espacios circunscritos de la ciudad - los parques para el jogging, los shoppings comerciales y los campus universitarios - en Caracas el centro sigue poblado cotidianamente de multitudes: residentes, trabajadores, turistas, vendedores ambulantes. Las calles están repletas de autobuses y camionetas "por puestos", principal sistema de transporte de los estratos populares. Por lo tanto, a pesar del carácter agresivo de las autopistas que realizaron fisuras irreparables en el tejido de la ciudad (Gómez de Llarena y Benacerraf, 1992), fueron materializadas varias iniciativas proyectivas tendientes a preservar el libre movimiento del peatón y la continuidad del tejido urbano. El Centro Simón Bolívar de Cipriano Domínguez (1949) es, a nuestro parecer, una de las principales obras urbanas de la arquitectura moderna de la década del cincuenta, no sólo en América Latina sino a escala internacional. No existe otro intento similar de integrar la circulación motorizada de una autopista; estructurar un complejo centro comercial, interno y articulado, con las tiendas callejeras; crear plazas públicas para la circulación y las actividades festivas y al mismo tiempo actuar visualmente como elemento simbólico de las funciones administrativas del Estado (Hernández de Lasala, 1991). Frente al eje de la avenida Bolívar, lo que hubiera sido un frío monumento, por la diversificación funcional del edificio y su contextualización en un barrio popular, se convirtió en uno de los espacios más vitales de la ciudad.
La segunda iniciativa, materializada en la década del ochenta por Carlos Gómez de Llanera y Moisés Benacerraf, revertió el significado de la avenida Bolívar (Gómez, 1987). Convertida en autopista, que prácticamente dividía la ciudad en dos partes, el gobierno propuso rescatarla para la vida peatonal fortaleciendo el valor de los espacios verdes extremos: El Calvario y el parque Los Caobos. Grandes lotes vacíos se transformaron en el Parque Vargas, integrando funciones culturales y galerías cubiertas. Nuevamente se hizo presente la "opción de deambular" sin trabas por calles y plazas (Pasquier, 1992), actividad predominante en la ciudad tradicional. Aparece aquí un marcado intento de recuperar la continuidad entre lo antiguo y lo nuevo; de concebir el espacio central urbano como un continuum, revalorizado por la presencia activa de sus habitantes. Por último, la construcción del metro de Caracas (1983), resolvió en gran parte los graves problemas circulatorios; vinculó barrios distantes y el centro; facilitó la integración entre diferentes estratos de población; rescató ámbitos urbanos degradados; peatonalizó áreas comerciales de la centralidad; creó una conciencia pública de la significación cultural del artefacto urbano. El Metro, más que el automóvil, representó la modernidad de la metrópoli cuya supervivencia sólo es posible a partir de la participación social, frente al suicidio implícito en la libre acción de los intereses individuales. Cuando Joel Garreau describe el rechazo de las propuestas de transporte colectivo en Houston - un tren expreso commuter que comunicase la suburbia con el centro sólo aceptado por los residentes si "vivieran en China comunista" (Garreau, 1988) - manifiesta la imposibilidad de arrancarse la "cuarta" piel, por parte de los habitantes urbanos de las Sunbelts norteamericanas.
4. Empresarios vs. Presidentes
Las dos ciudades poseen una orientación económica y política diferente: una, capital del estado venezolano; la otra, centro corporativo de la iniciativa privada a escala mundial. La esencia primogénita: cumplir con la voluntad divina de asimilar los "infieles" al mundo cristiano o fijar las bases sólidas de la especulación inmobiliaria (Feagin, 1988). Por lo tanto, la base operacional mantiene dos postulados divergentes: el control planificado de la forma a través de proyectos en gran escala o el laissez faire de la iniciativa privada, dispuesta a no dejarse imponer normas ni reglas. El zoning, aplicado en todas las ciudades de Estados Unidos, no existe en "la capital del petróleo". En 1991, algunos ciudadanos tomaron conciencia de los efectos devastadores y corrosivos de esta "libertad" individual sobre los intereses de la comunidad y plantearon la necesidad de normas y reglamentos (Miller, 1992). Esta solicitud fue rechazada por los habitantes en un referendum celebrado en 1993. Perdida la opción de capital del estado de Texas, Houston obvió los símbolos gubernamentales. Desde los orígenes estápresente la antítesis que las distancia en el significado otorgado a la imagen de la función pública: después de 1839, el edificio del Capitolio se vendió, transformándose en un hotel. En Caracas, el presidente Antonio Guzmán Blanco (1870-1888) encargó el Capitolio Federal (1872) a Luciano Urdaneta, quién diseñó uno de los principales monumentos emblemáticos de la República y quizás el edificio académico estatal más creativo de América Latina (Zawisza, 1988; Segre, 1991). Fue el primer momento de esplendor urbano, cuando la adopción de los modelos franceses transformó la imagen de la arquitectura colonial hispánica.
Los altibajos acaecidos en el siglo XX coinciden con las circunstancias económicas y políticas. En Caracas, durante las primeras tres décadas, fueron restringidas las iniciativas estatales: Cipriano Castro (1898-1908) afrontó serios problemas internacionales que no le permitieron prestar particular atención la ciudad. Luego, la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935), tampoco resultó favorable: el Presidente privilegió la cercana Maracay en sus iniciativas constructivas, por lo que la capital no prosperó al ritmo acelerado del crecimiento de los recursos petroleros. Lo más importante fue la expansión fuera de los límites de la cuadrícula, en dirección hacia el este donde se radicaron los estratos más adinerados, a partir de la subdivisión de las haciendas, con una escala especulativa reducida y un significativo nivel de diseño arquitectónico.
La ciudad de Houston alcanzó mayor dinamismo en el mismo período, con la disponibilidad económica del petróleo. El centro se llenó de edificios de oficinas, bancos y hoteles: en 1928 había 12 rascacielos en el downtown, por iniciativa de un agresivo promotor, Jesse H. Jones, acompañado por los primeros magnates del oro negro: William Marsh Rice, Howard R. Hughes y los fundadores de la Humble Oil & Refining Company. Por una parte se asumió la tipología arquitectónica proveniente de Nueva York y Chicago; por otra, en los asentamientos de los primeros ricos surgieron las grandes mansiones de ascendencia neo-colonial, pintoresca o del neoclasicismo sureño, insertas en extensos jardines privados. En este período también surge el "sistema" verde de la ciudad, a partir de donativos individuales o de clubs de golf próximos a las lujosas residencias. La actitud generosa de algunos magnates hizo posible sedes universitarias y hospitalarias con amplios espacios libres. Al mismo tiempo, operaciones inmobiliarias de menor escala, en sentido geográfico contrario, localizaban los estratos de trabajadores pobres y la población negra. Desde comienzos de siglo, los intereses privados siempre estuvieron estrechamente unidos con los poderes municipales: entre los "próceres" de Houston, figuran Oscar Holcombe - mayor durante 11 mandatos entre 1921 y 1958 - Roy Hofheinz y Louie Welch. Ello hizo que las inversiones públicas en infraestructuras y servicios, tanto municipales como federales, respondieran generalmente a la voluntad de los especuladores de terrenos y viviendas, quienes dictaban la política de crecimiento urbano. Entre aquellos con mayor vocación por la calidad ambiental sobresale el petrolero George P. Mitchell, creador de The Woodlands (1975), uno de los mayores conjuntos residenciales periféricos de Houston.
Entre la crisis del 29 y finales de la segunda Guerra Mundial, se produce una disminución de las iniciativas constructivas. En Houston, con el New Deal del presidente Roosevelt, surgen aisladas intervenciones estatales en el sector de la vivienda popular: San Felipe Courts constituye el mayor conjunto erigido próximo a la zona central. En Caracas, el regreso a la democracia en 1936 coincide con la preocupación del gobierno por la ciudad y la elaboración de un Plan Director que le otorgara su carácter de capital, no sólo del país sino "del sur de una nueva civilización Caribe". En 1938 se crea la Dirección de Urbanismo que invita al equipo francés de Prost, Lambert, Rotival y Wegenstein para realizar un proyecto perspectivo de la ciudad (Frechilla, 1991) e integrar el vínculo de la cuadrícula originaria con el arbitrario crecimiento a lo largo del valle. En 1942, surge la primera iniciativa de barrio popular - El Silencio - construido por el Estado. A partir de los cincuenta, en ambas ciudades se desata la euforia petrolera y la fiebre constructiva que perdura hasta la crisis de los ochenta.
Casi todas las imágenes que se difunden de Houston están referidas al conjunto de edificios construidos en los últimos treinta años. El primer "Alcalde-Promotor", Roy Hofheinz decide rehacer la ciudad, desde el centro hasta la distante periferia donde localiza el nuevo aeropuerto. De su gestión, el Astrodome simboliza los delirios de grandeza de aquellos tiempos, coincidentes con el lujo ostentoso del Shamrock Hotel - criticado por F. L. Wright y hoy demolido - llevado a cabo por el promotor Glenn Mc. Carthy. Otras figuras predominan en la expansión de barrios residenciales Sharptown, impulsado por Frank Sharp - asentamientos financieros y administrativos - Kenneth Schnitzer - y cadenas de hoteles: aquí inició Conrad Hilton su carrera de empresario, creando luego el College of Hotel and Restaurant Management en la Universidad de Houston. Pero el mayor promotor de todos los tiempos es Gerald D. Hines - maestro de Donald Trump en Nueva York - responsable de las principales torres de oficinas entre los sesenta y los ochenta y creador del centro comercial Galleria, diseñado por Hellmuth, Obata & Kassabaum (1969-1971). Las inversiones millonarias comienzan con el One Shell Plaza de SOM (1971) y culminan con la Transco Tower (1983) de Johnson & Burgee. Entre ambos rascacielos, también fueron levantados por iniciativa de Hines, el Pennzoil Place (1976) y el Republic Bank Center (1983), ambos de Johnson & Burgee y la Texas Commerce Tower (1981), de I. M. Pei. La posibilidad de llevar a cabo una actividad empresarial de este calibre, se basó en la seriedad financiera y en la percepción los requerimientos corporativos, no sólo económicos o funcionales, sino también estéticos y simbólicos. De allí su asociación con arquitectos de prestigio, quienes se moldearon al sistema publicitario dominante. Tuvo fuerte repercusión la solución original del Pennzoil, que rompió con el estereotipo del Seagram o de la Lever House, modelos canónicos en el uso de la curtain wall. Una de las mayores operaciones financieras del país respaldó el proyecto de Galleria - Hines afirmó que no se trataba de un nuevo shopping sino de un nuevo downtown - que en la época de bonanza atraía consumidores nacionales e internacionales. La conjunción de funciones en el espacio libre de la suburbia definió el canon ideal de la edge city: comercio, oficinas, hoteles, centro de convenciones, torres residenciales, espacios recreativos y deportivos, todos accesibles tanto por automóvil como por helicóptero. Sin embargo, también fueron construidos en el CBD múltiples edificios anónimos y mediocres, motivados por una hipotética demanda futura y una violenta especulación inmobiliaria. La "era" de Reagan, que liberó todos los controles sobre el capital e hizo soñar con ganancias fabulosas y escaso esfuerzo, tuvo breve duración. La crisis de 1984 paralizó el boom arquitectónico: quebraron o se perdieron 3.047 propiedades; los permisos de construcción bajaron de 251 millones en 1982 a 64 millones en 1986. La figura emblemática de esta época es el empresario J.R. McConnell, quien se suicidó en 1988. Diez años antes había llegado a Houston sin un céntimo y logró acumular una fortuna de 500 millones en los manejos turbios de la construcción (Barna, 1992). Todavía hoy, un 30 por ciento de los espacios de las torres del centro siguen vacíos (Ingersoll, 1995).
En Caracas no existe esta agresividad de la iniciativa privada, en términos de la construcción de un sistema simbólico corporativo. La multiplicidad de bancos, oficinas y comercios poseen dimensiones medias que conforma una malla tupida con acentuaciones a lo largo del valle, sin predominancias que haya coaccionado: el único ejemplo es el conjunto de las altas torres de Parque Central. Las mayores obras representativas de la riqueza petrolera se producen durante la dictadura de Pérez Jiménez. Resulta hoy asombroso verificar la impresionante disponibilidad de recursos que poseía el Estado, el cúmulo de iniciativas divergentes y la alta calidad de diseño de las obras realizadas para alcanzar el sueño presidencial del "Nuevo Ideal Nacional". A pesar del origen militar del gobierno, sorprende el apoyo otorgado a profesionales del país - Cipriano Domínguez, Fruto Vivas, Tomás José Sanabria y Carlos Raúl Villanueva, Luis Malaussena - e inclusive a invitados extranjeros como Burle Marx, diseñador del Parque del Este, y Oscar Niemeyer, proyectista del Museo de Arte Moderno de Caracas (Underwood, 1994). A su vez, la latitud social del proyecto de obras públicas abarcó grupos económicos e ideologías divergentes: el sistema vial de autopistas y el Centro Simón Bolívar, acordes a las modernas técnicas del tránsito urbano, respondían a las necesidades de empresarios y funcionarios estatales; la Ciudad Universitaria, orientada hacia la burguesía media y los estratos intelectuales; la Escuela Militar y los paseos de los Próceres y los Precursores, cuya monumentalidad escenográfica satisfacía las demandas castrenses; el Teleférico del Ávila y el hotel Humboldt, promovían una apertura turística del país relacionada con el nuevo aeropuerto y la autopista Caracas-La Guaira. Por último, el deseo de solucionar el problema de la vivienda popular, con la construcción de más de veinte mil apartamentos en 84 bloques desparramados por los cerros. Frente al desapego de la arquitectura realizada en Houston respecto a la ciudad, contrasta el carácter integrador urbano que proponía el gobierno a través de los proyectos, coordinados entre sí por la oficina del Plan Regulador de la Zona Metropolitana. Además de las obras citadas, sobresale el "sistema" verde público que se logró preservar a pesar de las presiones ejercidas por los intereses privados, ávidos de terrenos comerciables en el restringido espacio del valle.
5. Arquitectos urbanos y anti-urbanos
La ciudad se conforma genéricamente en tres niveles: la iniciativa espontánea de los usuarios, desde los fundadores hasta nuestros días; la intervención planificada del Estado en la mega-escala; el aporte individual de los arquitectos. Esta trilogía no funciona en términos independientes sino que se producen constantes cruzamientos e interacciones. En Houston, los profesionales respondieron básicamente a la promoción espontánea, no de los "constructores" urbanos, sino de las fuerzas económicas. En Caracas, diseñadores prestigiosos actuaron dentro de los lineamientos programáticos estatales. La inserción de artefactos arquitectónicos aislados puede o no "hacer" ciudad, de acuerdo con la voluntad de fortalecer o negar la tónica dominante del contexto urbano. En Houston, no cabe duda que a partir de la aplicación del vocabulario del International Style, se deshizo ciudad. Es casi irónico verificar aquí, la simbiosis entre las tesis de Wright y Le Corbusier: están presente la casa Eusonia en la dilatada suburbia de Broadacre City (Ciucci, 1975) y los rascacielos cartesianos de La Ville Radieuse. Pero, como en la mayonesa, la mezcla equivocada corta; no suma sino resta. El resultado es esclarecido en la afirmación de Lars Lerup: "el conglomerado de casas, rascacielos, máquinas y naturaleza, hace que Houston no sea ni una ciudad ni un árbol" (Lerup, 1994).
Aunque resulta difícil realizar extrapolaciones de personalidades y obras, comparar niveles diferentes de producción creadora ayuda a consolidar la percepción conceptual de ambas ciudades. Dos figuras predominantes y en parte contemporáneas, Carlos Raúl Villanueva (1900-1972) y Philip Johnson (1906-2005), demuestran interpretaciones divergentes en la relación edificio-contexto urbano. Desde su primera intervención en Houston, el "brujo" de la arquitectura moderna norteamericana se desinteresó por su especificidad: lo hizo explícito al diseñar la vivienda de los millonarios John y Dominique De Menil (1950), en que los cánones miesianos que influenciaron fuertemente la arquitectura local, en particular después de la presencia directa del maestro en el museo de Bellas Artes (1958-1974). Bajo la tutela de Mies van der Rohe, Johnson realizó la única obra referida a la trama originaria de la ciudad. En el campus de la Universidad de St. Thomas (1958) - el conjunto del Welder, Jones & Strake Halls - la modulación establecida en los bloques docentes por el alternarse de la estructura metálica y los paños de ladrillo - homenaje al IIT de Chicago - se multiplica en el ritmo más acelerado de las galerías de circulación que envuelven el espacio verde central. Al mantener la alineación de la calle, rescata la tipología del centro - referida a las funciones sociales- en antítesis con el entorno dominante de viviendas individuales. En el mismo tema escolar, casi tres décadas después convierte el Architecture Building de la Universidad de Houston (1986) en una réplica banal y fuera de escala de la Casa de la Educación de C.N. Ledoux, ajeno a todo vínculo con el campus circundante. Finalmente, en las dos torres enfrentadas, Pennzoil y Republic Bank, la ciudad está ausente; sólo una puerta comunica los piranesianos espacios públicos interiores con la calle. Quizás, la torre Transco sea la más significativa territorialmente, faro u obelisco, torre de San Geminiano que señala en el desierto la presencia del espejismo consumista de Galleria.
Mientras el Johnson neoyorquino no expresa ningún apego por Houston, el Villanueva caraqueño se siente enraizado en su ciudad, la ama apasionadamente, estudia en profundidad su origen y evolución, descubre sus ancestrales raíces, clasifica modelos y paradigmas, establece las interacciones culturales entre arte, literatura, arquitectura y vida cotidiana. Como creador y generador de formas y espacios, desea mejorarla, enriquecerla; lograr que la belleza no refleje sólo los valores estéticos de una minoría, sino que constituya el marco ambiental de los habitantes "llanos". A pesar de su nivel social, de su integración en la élite cultural y económica venezolana - que le hubiera permitido obtener jugosos encargos corporativos - nunca se sintió atraído por el proyecto de un banco, de un rascacielos, de un centro comercial. Tampoco interpretó el quehacer proyectivo como un juego, como una carrera detrás de una vanguardia "postiza", inventando cada día un estilo diferente. Asumida la cultura clásica - dentro de la cual se formó - y descubiertos los valores culturales, morales y sociales del Movimiento Moderno - en gran parte a través de la obra de Le Corbusier - participó de la batalla contra el historicismo y el academicismo y al mismo tiempo demostró la posibilidad de adaptar los enunciados universales a la particularidad regional de su país. De allí el gran mérito de Villanueva, no caer en una introversión nacionalista cerrada ajena a la vanguardia internacional. Su maduración lingüística no dependió de los modelos importados sino de un proceso interno de articulación entre razón y sensibilidad, psique y pensamiento, en un tempo definido por sus vivencias personales de la realidad circundante.
Por lo tanto su obra está inserta "en" la ciudad, dialoga con la naturaleza, el paisaje, la cultura, los valores, las creencias y aspiraciones de sus conciudadanos (Posani, 1985). Desde la primera construcción en Caracas - el museo de Bellas Artes (1935) y el museo de Ciencias Naturales (1939) - en los patrones del deco clásico, lo que prima es la articulación urbana y el carácter de perno de los dos edificios, entre el lejano eje de Rotival y la entrada al parque Los Caobos. Luego, al otro extremo del eje de la avenida Bolívar, diseña la urbanización El Silencio, uno de los paradigmas de la vivienda colectiva latinoamericana de la Primera Modernidad, por el uso de tipologías habitacionales contemporáneas insertas en el tejido urbano tradicional. Por último, realiza la Ciudad Universitaria de la Universidad Central de Venezuela (1944-1957), que lo consagra a nivel mundial (Moholy-Nagy, 1964). Es un tema que motiva a los arquitectos a construir "ciudad", asimilar conceptos urbanos preexistentes y articularse con el entorno concretando un pensamiento contextualizado. Enunciados que Johnson aplicara en St. Thomas y luego negara en la Houston University. Villanueva partió de una estructura urbana clásica en los cuarenta, que luego refutó en los cincuenta. Al adoptar un plano "libre" no quiso realizar un explícito homenaje a Le Corbusier, sino encontrar el turning point - parafraseando a Konrad Wachsmann - entre la ciudad ordenada por cuadrícula y la libre composición de los barrios residenciales periféricos. Negó la autonomía de cada edificio en aras de la valorización del conjunto. El clímax de la composición es el Aula Magna, el mayor espacio social de la Ciudad Universitaria, cuya presencia sólo se percibe a pocos metros de distancia. Al entrar en la plaza Cubierta y encontrarse con la rampa de acceso, no es imaginable el estallido de formas y colores que existe en el interior, producido por el aéreo estatismo de los "móviles" de Alexander Calder. Además de la expresividad propia del diseño arquitectónico - el uso del hormigón a la vista, la estructura explícita, el cromatismo de las superficies, la acentuación textural - el mayor aporte radica en la integración de las artes plásticas en la totalidad de la sede académica. Villanueva decidió colocar el arte en la calle, poner la vanguardia - nacional e internacional - en contacto con el transeúnte cotidiano en el recorrido del campus. Allí los murales y esculturas de Calder, Arp, Bloc, Laurens, Léger, Vasarely, Narváez, Otero, Soto y otros, no quedan restringidos al frente o en el vestíbulo de un banco como ocurre con las obras de Hepworth, Moore, Oldenburg y Stella en el First City Tower (1981),o dentro de los límites de una cerca periférica - el parque-museo Lillie and Hugh Roy Cullen Sculpture Garden (1986) de Noguchi en Houston - sino que se encuentran distribuidos en jardines y espacios públicos, en las plazas cruzadas por las galerías cubiertas, en las fachadas y terrazas de los edificios.
En la búsqueda de semejanzas y divergencias, no resulta fácil la selección de los "pares polares" arquitectónicos - parafraseando a Wölfflin - en la consolidación o negación de la ciudad. Resulta erróneo afirmar que las limitaciones económicas favorecen la buena arquitectura y la abundancia se corresponde con la mala; pero no cabe duda que entre los sesenta y los setenta, cuando aún no se derrochaba el dinero, las torres de oficinas realizadas en Houston y Caracas, tuvieron puntos de contacto en la calidad de las soluciones de diseño; en la relación con la calle y elespacio circundante; en el equilibrio entre volúmenes bajos - intermedios entre el peatón y la torre - y altos; en la busca de un lenguaje formal más vinculado a la estructura, las circulaciones o los componentes climáticos que a gratuitas adiciones decorativas; en la dimensión controlada dentro del perfil urbano. En Caracas, los tres ejemplos más significativos son el precursor conjunto Torre Polar- Teatro del Este de Vegas y Galia (1953); el Banco Central de Venezuela de Tomás José Sanabria (1967-74) y la Torre Europa de Carlos Gómez de Llarena (1971). En Houston, el Tenneco Building de Skidmore, Owings & Merril (1963) es un clásico de la ciudad, por las equilibradas proporciones y las profundas sombras adaptadas al clima local. Casi todo lo posterior tiende hacia la identificación corporativa formal - la piramidal Previsora en Caracas y el gratuito postmodern del Heritage Plaza (1987) en Houston - o hacia la gigantomanía anti-urbana: las torres del Parque Central (1970-79) en la primera, One Shell Plaza (1971) o en la Texas Commerce Tower (1981) en la segunda. En la difundida tipología de las figuras geométricas puras, abstractos y ciegos volúmenes esparcidos por la ciudad, también existe la posibilidad de introversión o extroversión. En Caracas, el Centro Banaven, el "cubo negro", de Enrique Gómez y Carlos Eduardo Gómez (1978), demuestra el logro de una síntesis entre la high tech, la curtain wall y una espacialidad que fluye desde la calle hacia el patio interior. La inexistencia de referencias similares, el mundo exterior concebido en términos de un vacío neutro con el cual no existe diálogo posible, determinan la gratuidad de las formas en el edificio Innova, de Cambridge Seven Associates (1984).
En el tema cultural, ajeno a las presiones de empresarios y "capitanes" financieros, las posibilidades creativas de los arquitectos pudieron explayarse. El diálogo con la ciudad y los usuarios asume un valor determinante en dos obras modestas y densas de significados urbanos: en Houston, el Museo para la Menil Collection de Renzo Piano y Richard Fitzgerald (1987); en Caracas, la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas de Carlos Gómez de Llarena (1987-92). En el primero, la estructura inventada por Piano para controlar la luz asume el valor de Leitmotiv integrador entre el exterior e interior. La ondulante sinuosidad de las piezas prefabricadas, además de filtrar el sol, suspende en el aire el edificio. La virtualidad del volumen construido está acentuada por el neutro color grisáceo aplicado sobre las tablas de madera que revisten las paredes, reflejo especular de la arquitectura balloon frame que circunda el edificio. Su concepción contextualista diluye la función en la estructura urbana: asistir al museo no implica un ritual dominguero, sino es parte de la vida cotidiana. La negación de la arquitectura como monumento y su reafirmación como un fragmento del "texto" que escribe la ciudad, está presente en la Escuela de Artes Visuales. Absorbida en las profundidades de un hueco preexistente en la avenida Bolívar, reconstruye en su interior el dinamismo de la circulación urbana: pisos translúcidos que dejan pasar la luz cenital; rampas y escaleras; patios interiores, afloran al exterior a través de las galerías cubiertas que enmarcan las circulaciones peatonales de la Avenida caraqueña. En ambos diálogos citadinos, los estilemas arquitectónicos se opacan frente al devenir de la vida. Todo lo contrario acontece en el Childrens Museum de Houston de Venturi, Scott, Brown & Associates (1989-92), donde se ponen en práctica las ya gastadas ideas del decorated shed, la iconografía de Las Vegas y la Main Street houstoniana. De nada sirven los arabescos eruditos y las citaciones históricas (Turner, 1993) para justificar la mediocridad de esta obra y su sentido anti-urbano. En medio del vacío, un grotesco pórtico que introducen a los niños a la nada - habitaciones que recrean algunas funciones urbanas (en particular, las de consumir) - con juegos y espacios cerrados, que deberían ser parte integral de la ciudad. Lejos del strip de Westheimer, representativo de la espontánea complejidad de la urbe contemporánea, esta figura solitaria, resulta de una insólita simplicidad (Venturi, 1972). Al final solo queda el recuerdo de los "Atlantes" infantiles que sufridamente sostienen un techo metálico, triste imagen que trae a la mente el trabajo callejero de los niños desposeídos en el Tercer Mundo.
6. Nido y colmena: dos tipologías posibles
Desde su origen, está presente la distancia existente entre las formas del "morar" en las dos ciudades: es la diferencia tipológica entre la casa del Libertador en Caracas (siglo XVIII), compacta dentro de la manzana, alineada a lo largo de la calle; y la Pillot House (1868) en Houston, cottage victoriano aislado circundado de espacio verde. Quedó así definido el opuesto esquema de crecimiento; por una parte la estructura continua del tejido colonial; por otra la trama abierta de la garden city. Las oposiciones se anulan cuando, a comienzos del siglo XX, los ricos del mundo adoptan el modelo de casa aislada, lejos del bullicio del centro y de la evidencia de los conflictos de clase (Wright Mills, 1962). Salvando las particularidades estilísticas y la disponibilidad de recursos, tienen puntos de contacto las residencias en El Paraíso o el Country Club, con aquellas construidas por los magnates del petróleo en Montrose, Shadyside y River Oaks (Fox, 1990). Sin embargo, algunos millonarios venezolanos se sintieron más atraídos por la innovación arquitectónica que por la reiteración de un pasado lejano: en los cincuenta, González Gorrondona encargó a Richard Neutra su residencia al pie del Ávila; Armando Planchart permitió a Gio Ponti realizar en Lomas del Mirador un ejemplo de integración de las escalas del diseño, así como Borges Villegas solicitó sin éxito la suya a F.L. Wright (Vegas, 1992).
En el tema de la vivienda, la clase media culta, formada por profesionales y empresarios jóvenes, resultó más propensa a los aportes de la vanguardia del Movimiento Moderno, tanto de la vertiente orgánica wrightiana como del racionalismo corbusiano. Entre los 30 y los 40, las pequeñas urbanizaciones suburbanas aún no repetían los modelos estereotipados de las casas Levitt. En Caracas, las fincas campestres son convertidas en áreas residenciales - El Conde, Los Caobos, La Florida, Campo Alegre - cuyas viviendas varían entre el neocolonial, el art deco y el proto-racionalismo. Se destaca la obra de Manuel Mujica Millán, autor de importantes casas racionalistas, hoy en proceso de demolición a causa de la especulación inmobiliaria que sustituye las pequeñas viviendas por altos edificios de apartamentos. Como afirma Cabrujas, persiste el fantasma de la ciudad "provisional": "la sensación era tumbar y tumbar, edificar y edificar, pero sin que las personas que edificaron allí, en ningún momento pensaron en la permanencia de los sitios" (Posani, 1993). En Houston, aunque existen algunos ejemplos racionalistas canónicos - la casa de Wirtz y Calhoun (1937) y de Bailey A. Swenson (1936) - predomina la influencia del modelo Eusonia: difundido en un conjunto de residencias realizadas por la firma MacKie & Kamrath, alcanza el clímax en la casa diseñada por Bruce Goff en 1960. Con posterioridad a los cincuenta reaparecen las divergencias, abandonado el "internacionalismo" arquitectónico. En Venezuela, predomina la búsqueda de la relación con la naturaleza y la respuesta a los determinantes climáticos. Es la respuesta alcanzada en la residencia propia Caoma (1951) de Carlos Raúl Villanueva y los apartamentos Altolar de Jimmy Alcock (1965). Resulta imposible en Texas obviar la estructura compacta e introvertida de la vivienda aislada que domina en las áreas residenciales. Mientras Carlos Jiménez impone el retorno a los orígenes, en la metáfora de la cabaña primitiva - su casa propia (1986), Pine Hill Lane (1989) - el grupo Arquitectonica intenta rescatar la imagen de la ciudad continua en Haddon Townhouses (1983) y en Mandell Residences (1985). En el tema de las estructuras bloqueadas urbanas, sin renunciar al verde privado, el conjunto más logrado lo construye el arquitecto William T. Cannady en los apartamentos Lovett Square (1978).
Los ejemplos citados constituyen gotas de agua en medio del desierto. El entorno hegemónico está constituido en Houston por las infinitas extensiones de viviendas especulativas, anónimas y sin diseño: liliputienses y reiterativas casas individuales - el "campo lacónico" (Ingersoll, 1995) o la "ecología del diablo" (Davis, 1992) - diluidas sobre el territorio rural surcado de autopistas alternándose con centros comerciales. La obsesiva horizontalidad del espacio absorbe a pobres y ricos, segregados en sus propios getos residenciales. En este sentido, negros, mexicanos y orientales, la población "otra", principalmente formada por emigrantes del Tercer Mundo, no resulta particularmente evidente entre los dos millones de habitantes. En Caracas, el deterioro urbano alcanza de igual manera a pudientes y humildes: densificado el territorio del valle por las construcciones en altura, escalan las colinas lujosos apartamentos o precarios ranchos espontáneos que constituyen la ciudad "informal". Su población creció entre 1959 y 1971 en un 242 por ciento, mientras la clase adinerada sólo lo hizo en un 38 por ciento (Violich, 1987). Éstos envuelven desde las alturas la totalidad de la ciudad "formal", cuyos habitantes de mayores recursos abandonan las áreas centrales para instalarse en las nuevas expansiones - La Lagunita y El Hatillo - a 20 o 30 kilómetros de distancia.
Otra divergencia entre Houston y Caracas radica en la política estatal o municipal frente a la vivienda popular. En la primera, prácticamente resultaron mínimas las construcciones ajenas a la empresa privada. En los treinta, durante el gobierno de Roosevelt fue creada la Housing Authority of the City of Houston (HACH) (Lang, 1996), que construyó pocos miles de unidades. Sobresale el conjunto San Felipe Courts (1942-44) - hoy denominado Allen Parkway Village - proyectado por Mac Kie & Kamrath, bloques esparcidos en un generoso espacio verde, entonces en la inmediata suburbia. Éste y otros similares, sin mantenimiento por parte de los organismos municipales, se encuentran abandonados. Resulta impresionante ver viviendas bien construidas, con un alto nivel de equipamiento técnico, que en cualquier ciudad de América Latina serían adecuadas a la clase media, vacías por problemas de contaminación social o por la aspiración de ocupar una vivienda individual. Debido a su localización próxima al downtown y en una zona privilegiada de parques cuyo eje principal lo comunica con el barrio rico de River Oaks, el gobierno de la ciudad ha decidido demoler casi todas las 1000 viviendas para construir lujosos condominios. Nuevamente es obviada la memoria histórica; se rechaza el consenso de la comunidad arquitectónica y académica que ha declarado este conjunto Monumento Histórico.
En los mismos años, en Caracas, Carlos Raúl Villanueva proyecta la urbanización de El Silencio, inserto en el tejido urbano del centro. Su concepción es diferente a San Felipe Courts. Mantiene la unidad de la manzana tradicional, valoriza la calle con las galerías heredadas de las plazas coloniales y coloca las funciones comerciales en la planta baja de los edificios. Luego, en la década del cincuenta, se lleva a cabo la gran operación de erradicar los ranchos en los cerros y sustituirlos por bloques de apartamentos. El Paraíso (1952), Cerro Piloto (1954) y 23 de Enero (1955), por el mismo Villanueva, albergaron más de cien mil habitantes, creando ciudadelas proletarias. El desajuste existente entre el nivel cultural exigido por el uso de la arquitectura y el de los nuevos residentes, creó serios problemas internos. Por otra parte, la inexistencia de infraestructuras de servicios y la carencia de recursos para el mantenimiento, deterioró la imagen originaria, hoy casi irreconocible entre el mal estado de conservación de los bloques y las inserciones espontáneas realizadas por los moradores. El Municipio ha propuesto un rescate de estos gigantescos conjuntos por medio de proyectos de densificación del espacio urbano y la inserción de nuevas funciones - en particular laborales - que integren socialmente a la comunidad y reduzca paulatinamente el carácter de ciudad-dormitorio. También en el período de bonanza petrolera de los setenta, el Banco Obrero erigió miles de viviendas de bajo costo, utilizando sistemas constructivos prefabricados y conservando la tipología de los bloques de apartamentos, no ya próximos al centro sino en las áreas periféricas, como el núcleo satélite de Caricuao. Fuera de la autoconstrucción de los ranchos, la célula aislada nunca constituyó un modelo válido en Caracas para la vivienda popular.
7. La metrópolis: ¿unidad inalcanzable o fragmentos dispersos de la realidad?
A lo largo de este ensayo hemos relacionado dialécticamente similitudes y diferencias en las dos ciudades. Resulta evidente el contraste entre el predominio del individuo en la estructura urbana de Houston y la vocación socializadora de Caracas. Ello nos lleva de nuevo al punto de partida: ¿Resulta lícito hablar de la "muerte" de la ciudad tradicional, en resonancia con el fin de la Historia? ¿Cuáles elementos definitorios de las raíces culturales, de hábitos y costumbres, resultan salvables en el incierto futuro del siglo XXI? ¿Es posible controlar la forma urbana en términos de diseño, fuera de las imposiciones e intereses del gran capital? ¿Es inexorable la fragmentación, no sólo formal, sino básicamente social de las estructuras funcionales? ¿Estamos aún a tiempo de detener la "guetización", la segregación, la expansión de las islas residenciales amuralladas, defendidas por ojos electrónicos, policías privadas y perros de presa? ¿Resulta inevitable la violencia y la balcanización (Lang, 1995) del espacio urbano, como nuevo territorio de conflictos y antagonismos "tribales"? Como form givers - parafraseando al siempre recordado Reyner Banham- y críticos del diseño ¿debemos aceptar como tema hegemónico la proyección de Arcadias para las élites, sofisticadas torres o lujosos shoppings y centros de convenciones? ¿No ha llegado la hora de insertarse de lleno en las soluciones de los problemas que afectan a los desposeídos del Tercer Mundo, que cada vez más están tercerizando el Primero? Como combatientes por los valores estéticos, por la belleza inherente a la especie humana ¿cabe renunciar a la lucha contra la mediocridad, el oportunismo, la banalidad del kitsch comercial, condicionante de la incultura urbana? ¿Existe todavía un valor del sitio, del lugar, asociado a la historia, a la memoria, al recuerdo, o estamos destinados a vivir en el progresivo nomadismo que iguala formas y espacios? Finalmente, la ciudad de la era de la globalización ¿es un instrumento de solidaridad entre entidades - sociales o culturales diferenciadas? ¿Resulta un mecanismo de autoritaria e impositiva homogenización o generador de antagonismos irreconciliables?
En la ancestral necesidad de generar modelos cabe preguntarse: ¿cuáles resultan válidos actualmente y para quién? El más difundido a escala universal es representado por la "manhattanización". Supuestamente identificado con los requerimientos de las estructuras financieras y comerciales del Primer Mundo, hoy domina en todos los mundos: las mismas torres abstractas y anónimas radican en Hong Kong, San Pablo, Johannesburgo e inclusive en el hipotéticamente antagónico sistema socialista. La segunda opción es la "houstonización": libertad total de acción sobre el territorio, dispersión infinita de la vivienda individual. Frente a la racionalización de bloques y torres, el Edén del refugio personalizado y diferente. Los líderes del romanticismo evasivo incluyen a Carlos, el príncipe de Gales, a Rob Krier y al cubano de Miami, Andrés Duany (Culot, 1993). La infinitud del espacio americano aún puede asimilar el sueño de los pudientes, de regresar en el hogar al mundo preindustrial - con el dinero obtenido en el post-industrial - de vivir aislados y protegidos, mientras multitudes se agolpan en las metrópolis. La tercera, la "euralización", implica la desintegración y fragmentación de la ciudad, reducida a una sumatoria de containers poli-funcionales, donde transitan cotidianamente millones de personas: la mega-escala acabó con la calle, la trama, el parque y sus vivencias, sustituidos por estaciones ferroviarias, aeropuertos y centros de convenciones (Koolhaas, 1993). La cuarta, la "caraquización": aceptar definitivamente la ciudad "informal" como un hecho irreversible en las metrópolis del Tercer Mundo, e integrar sus estructuras a la forma urbana futura. Apuntar hacia el valor de los espacios sociales, cuyo diseño haría posible el encuentro entre la cultura popular y la profesional. En ellos, la fragmentación tendría sus momentos de reunificación, el aislamiento quedaría equilibrado con la vida comunitaria; el individuo sentiría su pertenencia al colectivo social.
Si aún confiamos en la innata "bondad" del hombre, la ciudad como naturaleza artificial de la existencia social es el locus en que se explicita la diversidad en la unidad, tal como afirmara Fernando Salinas ¿cuál es la unidad? No ya el esquema formal que se mantuvo desde Platón hasta Le Corbusier, en la cual los hombres asociaban la búsqueda de la perfección con la exactitud geométrica, símbolo de la Divinidad. Es el planteamiento de objetivos comunes que permitan a la Humanidad seguir adelante y no terminar en el Apocalipsis o el Juicio Final. O sea, la distribución equilibrada de los recursos; la detención del incremento de la pobreza; la conservación del sistema ecológico; la suspensión de las directrices técnicoeconómicas irracionales que afectarán la vida de las generaciones futuras. ¿Cuál es la diversidad? Esa posibilidad de fortalecer las identidades culturales, no en términos excluyentes sino interrelacionados. Rechazar patrones y modelos universalistas, en aras de la falsa ideología contenida en los instrumentos tecnológicos que expresa el dominio de un grupo reducido, manipulador del poder sobre el resto de los individuos. Defender la democracia creadora, la participación, los flujos culturales y sociales que faciliten la integración, frente a las corrientes promotoras de la dispersión, atomización y fragmentación nihilista y destructiva.
La crisis del mundo socialista demostró que la civilización occidental cuestionó las estructuras totalitarias y represivas, que la democracia y la participación popular activa y crítica son los instrumentos esenciales de la política contemporánea, pese al margen de error que aún contienen los sistemas vigentes en el capitalismo. Evidenció el deseo de expresar la divergencia, de fortalecer el significado de la subjetividad sobre los imperativos de la "falsa" razón. Terminada la validez universal de los grandes sistemas ideológicos, hoy se buscan las pequeñas verdades, identificadas con múltiples razones contenidas en la compleja realidad. Al mismo tiempo, la dinámica de la vida actual se explicita en la ciudad a través de vínculos comunitarios. En América Latina, la participación social de los individuos que ha definido las crisis políticas.
De allí que algunas posiciones del pensamiento actual rescaten la articulación social aún inexistente en la ciudad: Félix Guattari planteó la urgente necesidad de lograr un vínculo entre la ciudad "formal" y la "informal", como salida a las contradicciones presentes en San Pablo o Río de Janeiro (Guattari, 1992). Es una visión similar a la de Saskia Sassen, quien plantea el objetivo de terminar con la dictadura de la fría y abstracta imagen corporativa como forjadora del downtown, que también contiene miles de seres humanos pertenecientes a la "otra" sociedad - los trabajadores manuales o administrativos de bajos ingresos - ajena al sistema de valores establecido por los rituales de los white collars (Sassen, 1993). No es casual entonces, que en Caracas, a pesar de las fuerzas mercantiles que fomentan la dispersión suburbana, se intente recuperar el centro para la vida ciudadana. Que además, se promueva la participación popular a través de la subdivisión municipal y el fortalecimiento de las parroquias, como forma de integrar al ciudadano con los problemas de su territorio; que en Río de Janeiro se afronte la creación de espacios públicos y servicios en el ámbito de las favelas y se invite a Enric Miralles a dirigir un workshop sobre el diseño de los espacios marginales. Que en Houston algunos miembros de la comunidad alerten sobre los lastres de la libertad empresarial absoluta y demanden los estudios del zoning. Que se hayan reunido las "fuerzas vivas" para estudiar la reactivación del CBD con el fin de insuflar vida comunitaria en ese espacio, desaparecida desde tiempos lejanos. En resumen, pensemos la ciudad no en términos de forma o de rentabilidad económica, sino en función de intensidad vital, de sentimientos, pasiones, alegrías y tristezas de sus habitantes. Si las nuevas formas y espacios responderán a estas ansiedades y deseos, urbanistas y arquitectos sentirán que han cumplido con su misión histórica y su responsabilidad social.
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